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En el trecho que va desde Agdz a Zagora la carretera se volvió amable, llena de sombras y recovecos frescos en los que descansar, atravesando pequeños pueblos de arcilla en donde volvía la vida y en donde todo eran invitaciones a la pausa y al paseo. Disfrutamos de la paz de aquellos lugares en donde el tiempo transcurre a otro ritmo. Observando la vida cotidiana encontramos, entre las luces y sombras de los viejos ksares, a un imán que impartía sus enseñanzas a su joven discípulo, a un pastor que descansaba junto al río con su rebaño, y a varios ancianos que reposaban a la sombra de una palmera envueltos en sus casullas mientras nos dirigían amistosos saludos. A cada una de nuestras paradas surgían de las calles grupos de niños que peleaban por vigilar el coche a cambio de unas monedas, en ocasiones con amabilidad, en ocasiones con agresividad, en ocasiones con sonrisas y buenas palabras y en ocasiones con dureza y piedras en la mano. El valle del Draa no solo es un oasis para la naturaleza y para la vida, si no también para viajeros como nosotros, que tras atravesar el árido camino entre Ouarzazate y Agdz, nos proporcionó un respiro y un descanso, aunque solo fuera un espejismo de sombra y vida ante la inminente llegada del gran Sáhara. El primer encuentro directo con un bereber se produjo ya en las cercanías de Mahmid, la puerta de entrada al Sáhara y donde la carretera súbitamente terminaba. Imponente, de una altura considerable y protegiéndose del sol con el pañuelo-turbante que apenas dejaba entrever sus ojos, se dedicaba a juguetear con un grupo de gatos que rondaban a su alrededor en busca de algo de comida. Tras intercambiar varias palabras amablemente, la imagen respetuosa y casi mítica de las etnias bereberes que se ha creado en el imaginario occidental se vino rápidamente abajo

60 • NAO | Mayo • Junio 2015

cuando con gesto profundamente serio comenzó a dirigirnos palabras en español no sin un atisbo de sorna en su entonación: “hola, hola, caracola… hola, hola, carabola”. Ante nuestro desconcierto él nos dedico una alegre risotada y nos hizo saber que éramos bienvenidos a su hogar: el Sáhara. Fueron bereberes, desde entonces, quienes nos adentraron en el desierto y quienes nos cobijaron, sabiendo que en los viajeros como nosotros tienen un modo de subsistencia en una zona de escasos recursos. Junto a ellos supimos que bereber es un nombre que aúna en realidad a un gran grupo de etnias diferentes que se extienden por todo el norte de África, de entre las cuales la más famosa es, posiblemente, la de los Tuareg, los grandes señores del desierto que viven en zonas de Mali, Burkina Faso, Argelia, Níger y Libia. Adentrándonos ya en el desierto también tuvimos oportunidad de conocer otra realidad, casi presente en cualquier lugar exótico del globo: la del turismo sexual. Compartimos jeep hacia el interior del Sáhara con unas jóvenes del lugar que nos hicieron saber que habían sido contratadas por un grupo de turistas para pasar junto a ellas una noche en el Sáhara, algo que era común y que las permitía llevar una vida holgada. Marruecos, a pesar de que no se habla mucho de ello, es un importante destino del turismo sexual en el norte de África. La literatura, la fantasía, los paisajes, el exotismo y la sensualidad han hecho que no sean pocos quienes se acercan hasta el lugar en demanda de cumplir unas expectativas de fantasía recreadas en su cabeza y que condena a niñas de familias humildes a un futuro desesperanzador. Las chicas se apearon del jeep en uno de los múltiples campamentos que hay en la zona, en donde, efectivamente, les aguardaba un grupo de hombres asiáticos que las recibió con gran efusividad.

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