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A medida que nos fuimos adentrando en la reserva el río se hizo más estrecho y la distancia entre las dos ribas cada vez más pequeña: las copas de los árboles colgaban hacia el agua, como si las de un lado y el otro quisieran abrazarse y fundirse en la cubierta de un túnel vegetal. Un uacarí calvo (Cacajao calvus) cruza rápido entre los árboles, como un destello de piel roja y cara escarlata. El calor y la humedad nos rodearon creando un ambiente opresivo que sólo la ligera brisa creada por el movimiento de la barca nos ayudaba a olvidar. El ruido monótono del pequeño motor que nos empujaba se había convertido en una parte más del paisaje sonoro, junto a los otros sonidos de la selva: los gritos cortantes de una pareja de guacamayas rojas (Ara chloropterus) volando entre los árboles, unos gemidos entrecortados de un mono aullador rojo (Alouatta seniculus) perdido en el bosque o el rápido aletear de un Martín pescador amazónico (Chloroceryle amazona) cruzando el río de lado a lado. Y, de pronto, delante de la barca, escuchamos una rápida exhalación, alzamos la vista y distinguimos una nube de vapor suspendido a la mitad del río, unos cincuenta metros por delante de la proa. Vemos la espalda huidiza del Bufeo, de aleta dorsal baja y larga escurriéndose entre el agua densa. El capitán apaga el motor de la barca. La selva parece también callar para dejarnos concentrar en un silencio que rompe otra vez el fuerte bufido del delfín rosado cuando sale a respirar de nuevo unos minutos más tarde. Cada vez más cercano. La barca retrocede al ritmo del lento corriente de agua. Vemos una silueta rosada, como una especie de torpedo pasando bajo

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la quilla. El delfín se ha interesado por nosotros. Un pájaro grita en la selva y nos distrae. Escuchamos un chapoteo en el agua cercana y vemos, por unos instantes, como el delfín saca la cabeza del agua y nos observa. La piel húmeda resplandece con un rosado pálido bajo el sol tropical. Sus ojos minúsculos, poco útiles en las aguas sucias del río nos miran. Satisfecha su curiosidad, se sumerge lentamente y desaparece en las profundidades del río. Esta vez, el Bufeo colorado no se ha convertido en ningún joven seductor, pero en el pueblo vecino deberían andarse con cuidado. Quizá las muchachas, cuando vayan solas al río y vean al delfín, quedaran tan fascinadas como nosotros. Y como nosotros, quizá, lo único que querrán hacer será seguirlo hacia las aguas oscuras

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