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La flor del pueblo. En el jardín América que quedaba en Misiones, brotaba una rosa, se decía que sus pétalos curaban el dolor de panza, era muy hermosa de un color rojo muy oscuro casi decían que era como un bordo y un aroma muy suave, la gente la observaba, hablaba mucho de ella, la cuidaban ya que no querían que le pasara nada porque era la única en la provincia y nacía una cada 50 años. El pueblo entero visitaba su esplendor. Mate de por medio, rondas espontáneas se armaban a su alrededor. Una calurosa tarde de la primavera misionera, los primeros estudiantes, los niños y los abuelos empezaban a acercarse, como todas las tardes, a la bella flor. Antes que ella, chocaron con un luminoso cartel: “¡Visite la flor más bella del mundo, compre sus recuerdos!”. Un empresario, de esos que ya reservaron el mundo para ellos, alquila la libre hermosura de la flor. Unos niños que lograron esquivar la boletería y pasar el alambrado que ahora encerraba el predio (pero no sus historias) aseguran que con cada flash, la flor sangraba su penetrante rojo. “¡permiso! ¿Pero este hombre quién es? Murmuraban entre ellos. El pueblo no podía creer lo que estaba pasando. La tristeza lo invadía todo. Querían hacer algo para poder remediar lo que estaba pasando. “No podemos permitirlo”, se oyó una suave voz desde el fondo de la multitud. Era Don Roque, uno de los abuelos más viejos del pueblo, que había crecido jugando en el parque de la flor. Cuando Roque hablaba, grandes y chicos hacían silencio para escucharlo. Era la voz de la experiencia. Un hombre de pocas palabras, sólo las necesarias. Los habitantes del pueblo decidieron que, entre todos, iban a luchar para defender a esa flor que tanto les había dado. Los estudiantes se encargaron de los volantes, los niños de las banderas, los abuelos de los carteles, los trabajadores de la fábrica hicieron un guiso para todos. Ese día el pueblo entero estuvo en la entrada del predio que amenazaba con alambrados y carteles de “propiedad privada”. Casi cuando la impotencia abrumaba a la multitud reunida, el empresario decide irse. No dijo nada. Sólo se fue. Seguramente a otro pueblo, a explotar otra mercancía.

Malena Buzzano y Nadia Albino


La flor del pueblo