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El motin de Esquilache (1766)  La decisión de acometer la reforma universitaria en España no la toma Carlos III hasta después de pensar seriamente en la expulsión de la Compañía de Jesús de sus dominios. Es, por tanto, una consecuencia inmediata del vacío dejado por los jesuitas en la enseñanza. El pretexto que sirvió para justificar el destierro fue que los jesuitas habían promovido el motín de Esquilache. Pero más tuvo que ver el hambre y la falta de tacto del ministro italiano que la instigación de los jesuitas. Veamos como sucedieron los hechos.

Leopoldo de Gregorio, Squilacce como se le llamaba en Italia y Esquilache como se lo llamaba en España, ministro preferido de Carlos III, hombre impetuoso y partidario de arreglarlo todo por la vía rápida, fue el firmante de las medidas que encendieron en 1766 las furias El motín de Esquilache, pintado por Goya. Recoge al Padre Yecla, fraile gilito  populares. (franciscano) de los que predicaban por las plazas, trayendo como insignias  En efecto, una vez lograda la libertad de penitencia una corona de espinas ceñida a las sienes y una soga al cuello,  de comercio de cereales -su gran encenizada la cabeza y un santo crucifijo en la mano, intentando predicar a la  proyecto- satisfecho por la marcha turba. Terminó llevando las peticiones del pueblo al rey; varios de los  de las obras que se llevaban a cabo congregados las firmaron sobre las espaldas de otro, como se refleja en la  en Madrid, Esquilache desempolvó un esquina derecha. viejo proyecto de los tiempos de (1766-1767. Colección Privada. París) Fernando VI, proyecto que proponía la sustitución de las arraigadas capas largas y los chambergos -enormes sombreros de ala ancha- por capas cortas y el sombrero de tres picos o tricornio. Las razones esgrimidas eran, bien mirado, obvias: a nadie se le ocultaba que aquellas larguísimas capas permitían un embozo perfecto, bajo el cual podía ocultarse cualquier arma y que, asimismo, el sombrero de ala ancha "vertía sombra impenetrable sobre el rostro", por lo que capa y sombrero servían para cometer toda clase de impunes fechorías. Esquilache estaba convencido de que la modificación del tradicional atuendo era ineludible y así lo exigió. Julián Marías ha comentado lo que la disposición tenía de dieciochesca: "Yo pienso que estas razones utilitarias -seguridad pública, conveniencia de que se pudiera reconocer a los delincuentes- no eran más que apariencia: la justificación 'objetiva' de otras razones más hondas, estéticas y 'estilísticas': los hombres del gobierno de Carlos III sin duda sentían malestar ante aquellos hombres tan de otro tiempo, tan distintos de los que se usaba en otras partes, tan arcaicos. Yo creo que la aversión a la capa larga y al chambergo era una manifestación epidérmica de la sensibilidad europeísta y actualísima de aquellos hombres que sentían la pasión de sus dos verdaderas patrias: Europa, el siglo XVIII.". He aquí una de las probables claves para entender el problemático siglo XVIII español. De él proceden, en gran medida, esa cerrazón hispánica, ese mirar hacia adentro y extraer del pasado las hondas raíces de una singularidad a prueba de cambios impuestos por el curso de los tiempos. Frente al reformismo borbón de cuño racionalizante y uniformizador, España reacciona con un casticismo exacerbado, con una revalorización de lo propio: el puro folklore, las añejas tradiciones... Pero en honor a la verdad conviene dejar aclarado que el llamado "traje español" ni era español ni su uso se remontaba a épocas remotas. Es éste un detalle curioso. Aquel traje cuyo uso tan celosamente parecían defender los madrileños fue importado por la guardia flamenca del general Schomberg en los no muy lejanos años de Carlos II, el último de los Austrias. Nacional, lo que se dice nacional, era, más bien, el traje que ahora pretendían implantar Carlos III y su ministro Esquilache... Lo cierto es que el pueblo no estaba dispuesto acortar las largas capas ni a cambiar el chambergo por el tricornio. Al principio, aunque ya era evidente el propósito de Esquilache, no fue posible llevar a cabo el proyecto: el angustioso tema de los precios lo relegaba a un segundo plano. Los días 13 y 16 de febrero de 1766, el Diario Noticioso Universal publicó sendas notas del marqués de Esquilache. Este trataba de razonar la subida de los productos de primera necesidad. La última cosecha, peor aún que las anteriores, y la ya decretada libertad de comercio del grano habían originado una descarada especulación que había incidido en los precios. La elevación del coste había seguido un proceso gradual: pan, aceite, carbón y tocino iban subiendo, a medida que corrían los años, para desesperación de los ya de por si muy descontentos madrileños. Así, el pan que en 1761 se vendía en la capital a siete cuartos la libra, ascendió a ocho en 1763, a


diez en 1765 y a doce en los primeros meses de 1766. Los razonamientos de Esquilache se basaban en la generosidad del Gobierno, que intentaba paliar la situación por todos los medios. Ciertamente, Esquilache, preocupado por la subida, trató de remediar el problema, no gravando en el precio del producto el que resultara de los transportes de grano traído de otros lugares. Pero no es menos cierto que la forma en que dicha operación se llevó a cabo constituyó un error político: se privó a los pequeños labradores de sus mulas, con el fin de utilizarlas para el traslado del grano. El conde de Fernán Núñez explica así lo ocurrido: "El marqués había dado unas providencias extremadamente violentas para hacer venir granos de todo el reino, a costa de sumas considerables y de grandísima incomodidad y pérdida de los conductores, violentados en parte, y cuyos clamores aumentaban el número de los descontentos, que parecían comprarse con el mismo dinero que el rey gastaba diariamente para mantener el pan a un precio moderado."

Los dispendios del monarca y los "favores" de Esquilache, que él mismo ponderaba en sus notas de aquellos días, no hicieron mella en los madrileños. En tan delicadas circunstancias, Carlos III y su ministro decidieron en mala hora prohibir las capas largas y los sombreros de ala ancha o chambergos. Al principio, tuvieron la precaución de limitar la prohibición al ámbito del funcionariado, con la idea de que, impuesta en tal ámbito, seria más fácil imponerla al resto de la población. El 21 de enero de 1766 aparecía el siguiente bando: "Siendo reparable al rey que los sujetos que se hallan empleados a su real servicio y oficinas, usen de la capa larga y sombrero redondo, traje que sirve para el embozo y ocultar las personas dentro de Madrid y en los paseos de fuera con desdoro de los mismos sujetos, que después de exponerse a muchas contingencias, es impropio del lucimiento de la corte y de las mismas personas que deben presentarse en todas partes con la distinción en que el rey los tiene puestos; conviniendo cortar estos abusos que la experiencia hace ver que son muy perjudiciales a la política y experiencia del buen gobierno, se ha dignado resolver que se den órdenes generales a los jefes de la tropa, secretarios de despacho, contadurías generales y particulares y a todas las demás oficinas que Su Majestad tiene dentro y fuera de Madrid, paseos y en todas las concurrencias que tengan, vayan con el traje que les corresponde, llevando capa corta o redigot, peluquín o pelo propio, sombrero de tres picos en lugar de redondo, de modo que vayan siempre descubiertos, pues no debe permitirse que usen trajes que les oculten cuando no puede presumirse que ninguno tenga probos motivos para ello... Advirtiendo a todos que están dadas las órdenes convenientes para que a cualquiera de los empleados que están al servicio del rey que se les encuentre con el traje que se prohíbe se le asegure y mantenga arrestado a disposición de Su Majestad."

Ante la amenaza de ser arrestados, los funcionarios, en bloque, aceptaron la medida. Vista la medida desde una óptica más abstracta, no significaba sino la injerencia estatal en un uso social arraigado. Pero, de hecho, los usos y las costumbres (a los que hoy la teoría sociológica considera como cosas distintas) son el producto de una larga elaboración social. Queremos decir que es la sociedad y no el Estado quien, de una forma y otra, las crea y las institucionaliza como formas globales de comportamiento. Las costumbres o mores son harto más importantes, y ciertamente ellas delimitan a escala total eso que una sociedad dada en un momento dado de su historia califica como bueno o malo. Pero, además, en aquella época los usos tenían más importancia que en la nuestra, que es más flexible y con mayor capacidad de asimilación para asimilar cambios. El hecho de que el traje anterior (capa larga y sombrero redondo) lograra ser considerado "nacional" habla por si solo de esta importancia que adquirieron los usos como forma -además- de oposición al uniformismo europeizante en que se basaba el rígido racionalismo de los Borbones. Dictar desde arriba, en aras de una sin duda mayor lógica, los usos, venía a constituir un claro atentado del Estado contra la sociedad que siempre había tenido capacidad para disponer, por su cuenta, sus usos sociales. La reforma de los usos y de las costumbres no puede realizarse desde arriba, por metodos drásticos o violentos. Impuesta la prohibición al funcionariado, Esquilache se dispuso a aplicarla a toda la población. El Consejo de Castilla tuvo la sagacidad de prevenirle: la Reforma no se podía hacer bruscamente. Por su parte, Campomanes señalaba que seria peligroso confiscar capas y sombreros en caso de incumplimiento, pues ello infundiría "odio y grave murmuración entre las gentes". Pero como ya dijimos, Esquilache era partidario de las decisiones tajantes. El 10 de marzo, Esquilache tenía ya preparado el bando definitivo. El dia siguiente, el bando apareció en las esquinas, para que todos los madrileños tuvieran conocimiento de que, definitivamente, se les prohibía el uso del chambergo y de la capa larga: "...Ninguna persona -se leía- de cualquier calidad, condición y estado que sea, pueda usar en ningún paraje, sitio o arrabal de esta Corte y reales sitios ni en sus paseos o campos fuera de su cerca el citado traje de capa larga y sombrero redondo para el embozo; pues quiero y mando que toda la gente civil y de alguna clase, en que se entiende, todos los que viven de sus rentas o haciendas o de salarios de sus empleos o ejercicios honoríficos y otros semejantes y sus domésticos y criados que no traigan librea de las que usan, usen precisamente de capa corta (que al menos les falte una cuarta para llegar al suelo) o de redigot o de peluquín o pelo propio o sombrero de tres picos, de forma que de ningún modo vayan embozados ni oculten el rostro; y

La reacción


motín de Esquilache  

revuelta popular del siglo XVIII

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