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Un lugar en el mundo Ignacio Díaz-Roncero Fraile, 2009

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Don Asclepio es un hombre pulcro. Levanta una por una las figuritas del mueble del salón y, con cuidado casi excesivo, limpia el poco polvo que se ha acumulado debajo. Las cubre con el trapo con la misma parsimonia con la que las va depositando, una a una, en su mismo sitio, siempre en el mismo lugar. El sol entra por el ventanal, casi paralelo al suelo, dibujando rayas en el aire que van a morir en la pared contigua al mueblecito. Don Asclepio sabe perfectamente dónde tiene que dejar cada figura: los años y el sol, siempre el mismo sol, han oscurecido la madera excepto en los lugares donde los trocitos de pasado – recuerdos de aquí y allá, pequeños regalos estúpidos – tienen su lugar asignado. El resultado es una serie de siluetas de formas variopintas dibujadas en la madera. En cada silueta va encajando Don Asclepio su figura. Es el puzzle de cada sábado por la mañana. Un puzzle conocido, familiar, fácil. A Don Asclepio le reconforta saber que en el pequeño universo del mueble del salón existe un orden predeterminado para las cosas, una correlación directa silueta-figura, una insaciable regla que se perpetúa más y más a cada rayo de sol, a cada tono más oscuro que adquiera la superficie de la madera. Don Asclepio siempre deja la persiana del ventanal subida para que el sol haga su trabajo. El Don es viudo desde hace año y medio. Dice la cuñada de Don Asclepio que tiene la inocencia simple de una oveja. Y lo dice delante de Don Asclepio porque sabe que tiene la inocencia simple de una oveja y no se va a molestar. No es esa inocencia genética para nada reñida con la inteligencia – afirma, mojando una pasta tras otra en el café –, sino una inocencia básica, infantil, tan pura que inspira lástima y cariño. La cuñada de Don Asclepio, pese a lo que parezca, no es mala mujer. Vive en un suspiro desde que murió la mujer de Don Asclepio, su hermana,. Una vez superado el dolor, se dio cuenta de los problemas que acechaban a su cuñado. Debiera haberse dado cuenta cuando, en los funerales, Don Asclepio no lloró ni habló con nadie. Simplemente se quedó estúpidamente mirando al infinito, el sombrero en las manos, la boca levemente entreabierta. Como una oveja, vamos. No piensen que la cuñada es cruel por compararlo con una oveja. Dorita – es su nombre – siempre piensa que, en este mundo de lobos, es una maravilla que queden aún ovejas. Por supuesto, añade,


ella no piensa ser oveja. Ella no se deja comer, a ella no se le sube nadie a las barbas; por Cristo, por mi difunto marido, que se me caigan los dientes si miento. Ella es una mujer enérgica, temerosa de Dios, sólo de Dios, y por ello mismo de nadie más en la tierra. Ella va a responder, pero bien, a todo aquel que le quiera buscar las cosquillas. Dorita viste con colores que otras mujeres de su edad considerarían extravagantes o poco apropiados para toda una señorona como ella, llena las horas muertas hablando y tiene un tic: retorcer constantemente su enorme pendiente, una media esfera nacarada. Cuando toca hablar de Don Asclepio siempre afirma, mojando la enésima pasta de té (no queda ya casi café en la taza aunque no le haya dado ni un sorbo): –

Pues yo a mi cuñado lo ayudo y pase lo que le pase lo defenderé. Él es incapaz de hacerle daño ni a una hormiga. Por él (sobre todo desde lo de mi hermana) yo muevo tierra y cielo. Y añade, con un tono de voz bajo y amargo que tiene el alma de un suspiro:

...porque si de él dependiera, mañana mismo se lo meriendan vivo.

Esta mañana, Don Asclepio tiene una duda. Más que una duda, es una urgencia. No le gusta tener una duda porque ha roto la cadena de normalidad de todas las mañanas. Ha limpiado la casa, ha venido su cuñada a hacerle compañía y a traerle la compra, han escenificado la cortesía habitual: él [en voz baja]: no hacia falta, no te preocupes; ella [tonante]: si me venía de paso, no me importa nada, ya me lo pagarás, así estás mejor, que tienes que comer, que tienes que mejorar esa cara, que tienes que olvidar ya lo de Lola. Don Asclepio no es un hombre violento en absoluto, pero ha de reconocer que, los primeros meses, la ayuda de su cuñada le supuso tal carga que le llegó a desquiciar. Su energía incontrolada, su constante insistencia en hablarle de Lola aunque fuese para decirle que se olvidase de Lola, el aumentar de su sensación de naufragio, de ser una sombra en un mundo de luces, de no tener un lugar en el mundo que se desenvuelve a su alrededor. Y Dorita como el cruel testaferro de la realidad, indeseado cordón umbilical que le ata a un mundo de ruido


del que él solo desea, como mucho, los más lejanos ecos. A veces Don Asclepio siente que nada queda en su sitio, que todo le es ajeno, que hasta la mirada que le devuelve el espejo es parte de un gran decorado en el que nada corresponde a nada. Quizá por eso le reconforta tanto, cada mañana, ordenar las figuritas del salón. Decía que tiene don Asclepio una duda. Todos las tenemos. Ha abierto el Don su periódico y le ha dado un buen repaso. Atiendan: no piensen que el Don, en su recién estrenada soledad, es o se está convirtiendo en un libidinoso, por favor. Flaco favor le harían. Lola era una mujer de fuerte raigambre católica, en lo social y en lo sentimental. Toda expresión carnal del amor quedaba reducida a medio para una procreación que, no sabe por qué, nunca llegó. Quién fuese el impotente, ahora da igual. Asclepio no sentía un fervor religioso tan fuerte, pero aceptaba formar parte del proyecto común por vivir con Lola, por ser con Lola, por añadirse a Lola y sentirse bien, o al menos sentirse mejor. Por eso no piensen que Asclepio – el Don, le llaman jocosamente los niños de su calle – es un hombre lujurioso por detenerse con cuidado en la sección de contactos. ¡Ay, si lo hubiera visto su cuñada! Le hubiera arrebatado el periódico como a un niño chico. Como si no debiese todavía saber que 'eso' existe. Cuánto hubiera equivocado entonces, doña Dorita, las intenciones de Don Asclepio. El Don se detiene con su inocencia de oveja y su paciencia de abeja. Inocente, no tonto: sabe de sobra lo que allí se vende, con lo que allí se comercia. Con lo mismo que Lola - otra vez Lola, siempre Lola – guardaba y escondía o, si lo mostraba, era con un temor animal escrito en el rostro. Lo que a Don Asclepio llama la atención es ese otro mundo del que le llegan ecos a través de las páginas de un periódico. Del periódico de siempre, por cierto, de ese que compraba para su padre cuando era chico. Un periódico que presume, bajo su cabecera, de no haber cambiado, de ser el mismo, de ser el de siempre; cosa que rápidamente desmiente en sus páginas interiores. Especialmente en la de contactos. Poco queda ya de ayer para Don Asclepio. Don Asclepio bucea en los anuncios. No comprende muchos de los términos que se manejan.


Deberías verlo, con su ropa del pasado, su sombrero del pasado, corbata – negra – del pasado. Le llaman el Don, los niños, ya lo he dicho. Lleva el Don pegado al nombre como su sombrero del pasado a la cabeza. Está un poco boquiabierto, siempre lo está, por eso su cuñada (que no es tan mala como parece) le compara con una oveja. El Don, decía, lee todos y cada uno de los anuncios. En algunos hay sugerentes dibujos y fotografías de mujeres que no provocan reacción alguna en Asclepio. No se parecen a Lola. Son los textos lo que le sorprenden. Dieciocho años, ¿cómo es posible que con dieciocho años...? Doña Dorita tiene toda una teoría sobre lo malos que son estos tiempos. Don Asclepio sólo tiene su incredulidad de oveja. A veces piensa que no entiende nada. Griego, francés, tailandés... ¿qué hacen esos términos en esta sección? Desgrana anuncio tras anuncio y piensa en todas y cada una de las personas que hay detrás de cada anuncio, cada nombre, cada edad. El Don es de esa gente que cree que las personas son buenas por naturaleza. Él es bueno y la gente, le parece, es buena con él. Hasta su cuñada, que le ha llegado a enervar, le parece una buena persona. ¿Quién es Dorita 19? No su cuñada, está claro. ¿De verdad es una estudiante? ¿Y por qué no estudia? Es lo que hicieron los pocos que se fueron a estudiar en su pueblo. ¿Le da tiempo a estudiar y a estar en la sección 'contactos' a la vez? Por un momento se le pasa por la cabeza la posibilidad de que el sexo se haya convertido en un campo de estudio más. Es imposible, se dice a sí mismo. ¿Por qué hay tanto anuncio bajo el título 'novedad'? Toda esa gente extranjera – Japón, China, Brasil, lugares de los que no conoce nada - ¿ha venido aquí a trabajar de ésto? Don Asclepio piensa que él les daría cualquier otro trabajo, si pudiera. Por un momento se ensueña, y piensa en un pequeño colmado como los de antes, con una brasileña y una japonesa atendiendo a la gente y él llevando las cuentas y la gestión y el recuerdo de Lola como algo desvanecido, una bonita historia que se fue. No se confundan, por favor: el contenido erótico del ensueño es nulo. De hecho, Don Asclepio no ha sabido bien cómo imaginarse a las exóticas mujeres, así que cree que le ha salido algo raro. El Don es un señor con una imaginación muy poderosa, pero eso es algo que poca gente sospecha. Ahora que Lola ha muerto, quizá nadie.


Decía que tiene Don Asclepio una duda. ¡No es una duda, es casi un problema! Cree estar seguro de haber visto algo tres veces repetido. Un mismo anuncio que es imposible que se repita tres veces. Al Don no le gusta que las cosas se salgan de lo normal. Casi de un salto, busca en la pila de periódicos un número de la semana pasada y otro de la anterior y comprueba que el anuncio persiste, inmutable, pese a ser imposible: PRIMERA VEZ, virgen, demostrable. Elena: 19 añitos recién cumplidos, apartamento privado, comodidad y confort. (03) 787 67 59 00 Creo haber dejado claro que Don Asclepio puede ser inocentón y algo anticuado, pero no tonto. Sabe qué significa ser virgen. Recuerda esa virginidad, ese objetivo adolescente, largamente tratado en noches de verano con sus amigos del pueblo, siempre el más avanzado dando los detalles, lecciones acerca de qué es y qué no es, cómo se hace y cómo no, qué hizo él con la Laurita, la del Pacheco. La virginidad como un rito iniciático, una frontera a alguna tierra desconocida, un objetivo individual y colectivo del que no se sabe nada. Y, al final, para el hombre, una especie de posesión sagrada, de medalla al valor. Como si en el virgo roto quedase atrapada el alma de la mujer poseída y la valía del hombre se midiese por el número de almas atrapadas. Ahí estaba Pedrín, sentados en la roca, en las noches del pueblo, dándoles clase a unos y otros, con sus medallas prendidas en la solapa. Y él, joven, púber, haciéndose más preguntas de las que pronunciaba. Preguntas más profundas y difíciles, a las que Pedrín no tendría respuesta. Su única medalla es Lola, pero no la luce ni presume de ella. Sólo la echa de menos. Lola lloró la primera vez que lo hicieron, tras casarse. Dijo que se sentía sucia y pecadora. Tenían veinte años. Don Asclepio la miró, se sintió mal por hacerla llorar y pensó que Pedrín estaba algo equivocado acerca de las mujeres. Sin embargo, el Don ha de reconocer que al día siguiente, preguntado por todos los colegas del pueblo, se limitó a decir que todo estuvo muy bien.


PRIMERA VEZ, virgen, demostrable. Elena: 19 añitos recién cumplidos, apartamento privado, comodidad y confort. (03) 787 67 59 00 No puede pensar en Elena sin ponerle el rostro de Lola, de Dorita o de cualquiera que pasara por la calle. No puede deshumanizarla, pensar que sólo es Elena, un eco a través de un periódico, un destello a través de un túnel. Que no sabe siquiera si existe, si tiene diecinueve años, si en su apartamento encontraría comodidad y confort. No puede dejar de creer firmemente en la existencia de Elena. Tampoco puede creer que Elena sea como Pedrín y no como Lola. Que se cuelga a los hombres como medallas. Que no llora cada vez que arrebatan su virgo. No puede creer que Elena no se sienta pecadora o, al menos, sucia. El pecado tiene aquí y para el Don un sentido no religioso. Es algo más personal, que es como él ha sentido siempre la religión de los demás. Especialmente de Lola y Dorita. El Don es un señor algo anticuado, pero guarda dentro muchas sorpresas. Por su cabeza pasan más cosas de las que su cuñada piensa. Sin embargo, hay algo que atormenta más al Don. Sabe Don Asclepio por experiencia que el virgo puede ser una medalla, un tormento, un dolor, un objetivo, un rito, un momento o una eternidad. Que se puede ceder o conservar, subastar o encerrar bajo siete llaves. No es tan tonto Asclepio como pensaban Pedrín y Dorita. Sabe perfectamente que, se haga lo que se haga, el virgo sólo se puede perder una vez. Después queda roto, disponible para su ulterior uso como flagelo o condecoración. Sólo se concede, se roba o se pierde una vez. ¿Miente Elena semana tras semana, o simplemente no encuentra un Pedrín cualquiera que la ame de mentirijillas, la achuche y le arrebate su virginidad? Don Asclepio está muy preocupado. Hay algo en el orden de su realidad que se desvanece, hay algo que le sustrae de su amada rutina, único ritual capaz de darle ahora un lugar en el mundo. Pensar le preocupa pero, a la vez, se siente activo y liberado de un peso. Piensa en los prodigios de la ciencia, capaz de hacer al hombre volar o surcar los océanos. ¿Cómo


no iba a ser posible de algún modo reconstruir la virginidad física de la mujer? Por un precio inferior a la ganancia obtenida, dotar a Elena y a otras mujeres de la capacidad de vender, semana tras semana, el mismo sueño a los hombres. Piensa en la mentira como protección, como rédito, como sustento. Piensa en una Elena mentirosa, artista en el engaño, que hace creer a los hombres que arrancan algo de su cuerpo, cuando no es más que una representación lograda. O quizá una Elena demasiado valiente que prometió lo que no tenía y se expone ahora a las iras de sus decepcionados clientes. Piensa en una Elena a la que ya ha puesto cuerpo para poder pensarla mejor. Es rubia, delgada y tímida, su sonrisa es de inusitada belleza pero hace mucho que no asoma a sus labios. Es infantil, casi inocente: ella tampoco encuentra con facilidad un lugar en el mundo. Elena no recibe a nadie, nadie quiere a Elena ni siquiera cuando vende su cuerpo. Elena es triste y desgraciada. La última tesis le parece la más creíble, tanto que ya puede imaginarse a Elena sola en su habitación, los cabellos rubios en desorden sobre sus hombros. El apartamento es pequeño pero bien situado y decorado. Arriesgó: le cuesta demasiado dinero. Elena es joven y algo bella, pero los hombres la encuentran demasiado delgada. Piensa el Don que algo muy doloroso la ha empujado a escribir esa nota que enviará a un periódico local, el más antiguo y prestigioso. Elena cierra el sobre con saliva, pero bien podría haberlo hecho con las lágrimas que corren por sus mejillas. Es la segunda semana que lo intenta. Tiene miedo al dolor, pero sabe que el mercado es el mercado y su virginidad cotiza al alza. Con el dinero que logre podrá comer mejor, engordar algo y dejar de anunciarse como virgen para anunciarse como esbelta y bella joven, lo que le reportará una clientela de mayor nivel, un pequeño ascenso en la espiral. Don Asclepio durmió fatal esa noche. Los cabellos rubios de la dulce y triste Elena se entremezclaban con el rostro de Lola. Al final de su sueño no sabía con cual de las dos hablaba. Cuesta creerlo. Don Asclepio no se ha levantado a la hora habitual, no ha hecho lo habitual, está


ya en la calle. Dorita llegará en una hora y seguro que se va a escandalizar. Don Asclepio ha hecho algo que los demás juzgarían increíble. Un papel con una dirección tiembla en su mano. Afortunadamente, no le ha contestado Elena, sino la metálica voz de un contestador automático. La secuencia de acontecimientos es rápida, casi fugaz. Don Asclepio: atraviesa dos vías principales y varias pequeñas: se detiene para preguntar por una calle concreta: busca un número en lo alto de los portales y se detiene en el 23: llama a un timbre, su mano tiembla levemente: un relámpago de debilidad recorre sus piernas: le abren sin responder: entra y sube una escalera hasta el tercer piso. Don Asclepio se queda en la puerta, con el sombrero entre las manos. Le abre Elena: 19 años, bajita, regordeta, sonriente, pelo teñido de rojo. El Don se queda azorado, plantado, tieso. Balbucea un poco. Elena ya sabe qué ocurre, ya se ha enfrentado antes a esta situación y lo coge de la mano con suavidad y cariño. El Don intenta decir algo que empieza por 'Yo' y, más tarde, 'venía'. Su voz le suena muy lejana, casi un gorgorito infantil. Elena le silencia con sus gestos rápidos, aprendidos de memoria. Le indica una habitación pequeña y bien decorada y lo sienta en la cama. Sombrero y gabardina caen al suelo con suavidad ante de que se levante para cerrar una puerta que da a una habitación contigua. Don Asclepio reprime un movimiento eléctrico. Una chica joven, rubia y bastante delgada lee algo, los codos apoyados en la mesa, el pelo en cascada sombre los hombros. La rodea un aura de intocable inocencia, casi infantil. El Don se levanta como un resorte e impide que la falsa Elena cierre la puerta. Ella le mira mutando su sorpresa por enfado: –

Soy yo la del anuncio.

Don Asclepio mira sin comprender. Mira a la Elena que se dice la del periódico, mira a la Elena rubia de su ensueño. Se siente víctima de un juego cruel. Balbucea. –

¿Qué te pasa? He dicho que no trabaja. Vamos a dejarla en paz.

Don Asclepio asiente, pero se dirige rápidamente a la puerta de salida. Elena reprime un gritito y


le coge del brazo, preguntándole qué hace. Lo acaricia en la cara, lo besa en la mejilla. Lo somete a un tormento de abrazos y caricias algo torpes con el único objetivo de detenerle en su huida. Susurra frases cálidas de frío corazón con atropello. Como única respuesta, Don Asclepio permanece rígido, de pie. Cierra los ojos para no ver y siente un tropel de manos sobre su cuerpo. Nota la saliva en sus labios y en su cuello, oye el chasquido de un botón al desprenderse, intenta no entender pero, por desgracia, entiende. –

¡Basta!

Su voz no era su voz. Elena se desprende y le mira. Su voz retorna a la normalidad mientras ensaya la explicación que le piden esos grandes ojos que le miran sin comprender. –

Yo... solo he venido... en realidad no sé muy bien, sólo quería saber qué... yo... ¿quien es ella?

Elena mira a aquel hombre ya mayor, algo anticuado. Mira sus ojos asustados y su expresión de inocencia. Mira su ademán gentil, de otro tiempo, y recuerda su reciente rigidez ante las caricias que a tantos otros, pese a su atropello, ablandaron. –

¿No vienes por el anuncio del periódico?

No... yo... sólo hay una cosa... que quería saber.

Elena rompe a llorar. Don Asclepio se acerca a ella y, con cariño, la sienta en la cama. Elena llora desconsoladamente. Su figura rechoncha inspira lástima: parece una niña a la que han arrebatado un juguete. Sin embargo, algo debe haber en la figura de Don Asclepio que hace que Elena se sienta confiada, ya que, entre hipidos, empieza a contarle una triste historia de orfandad, de penuria, de dolor. Elena odia la ciudad y odia este mundo pero debe sonreírle para lograr el dinero que permita a su hermana pequeña estudiar y no caer, como ella. Elena no tiene diecinueve años: por eso se maquilla, se tiñe el pelo y se aprovecha de su corta estatura. Elena no es una prostituta de altos vuelos ni está en posición de elegir: por eso vienen a verla mucho los viejos, entre otros clientes menos recomendables; por eso se había confundido con Don Asclepio. Lo siente, lo siente, lo siente


de veras. Todo es una mentira, dice Elena. ¿La virginidad? También, dice Elena. Le cuenta que hace mucha fuerza 'ahí abajo' para que los hombres crean que es virgen, para que crean que todavía le cuesta hacer el amor. Está convencida de que se trata de una mentira compartida, que la mayoría saben que no es así. A veces, si hay suerte, sangra un poco. Dice que le duele mucho. Elena, comprende Don Asclepio, entrega su dolor y su cuerpo abierto en canal sin querer pararse a pensar qué oscuro mecanismo hace a los hombres gozar de ello. Don Asclepio quisiera contarle algo acerca de eso, pero se mantiene callado. Quisiera hablarle de Lola llorando al hacer el amor con veinte años, de Pedrín y sus clases, de las medallas colgando de la pechera. Quisiera decirle lo que él cree, en el fondo, de las personas. Le invade un enorme pesar al entender que todo ello de nada le sirve a Elena. Se mantiene callado. Don Asclepio quiere hablar con la hermana de Elena. No sabe qué le va a decir, pero quiere hablar con ella. Tal vez le dirá que siga adelante, que no se rinda, que luche. Al Don le parece que decir eso es como no decir nada. Elena llora, queda, apoyada en su hombro. De vez en cuando, le da las gracias, aunque Don Asclepio no sabe por qué. Se siente débil, no debería haber venido, quiere huir. Elena solloza en la cama y Don Asclepio está ya poniéndose el sombrero y la gabardina cuando entra la hermana de Elena. Rubia, delgada, cansada de llantos y dolor; quizá tenga una sonrisa hermosa pero hace mucho tiempo que no aflora en sus labios. Mira lo que ocurre y poco le cuesta comprender. Elena llora, Don Asclepio queda con el sombrero en la mano y quiere hablar pero no lo hace. La Elena imaginaria, entra en cólera. Grita y sacude el aire. Dice cosas ingratas. Llama bestia y animal a Don Asclepio. Dice que está harta, dice que no va a permitir que esto suceda más. Besa a su hermana, que llora sin decir nada. Vuelve a gritar algo contra los hombres y sus manías, contra la locura de los que disfrutan con el dolor de los demás. Ahora, la Elena rubia empuja a Don Asclepio a la puerta. Lo insulta, dice que va a llamar a la policía. Don Asclepio opone una tenue resistencia, quiere decir algo pero no hay espacio entre los gritos. Como su hermana, también ella rompe a llorar mientras grita. Casi arroja a Don Asclepio


escaleras abajo. ¡Largo, largo de aquí! El Don queda inútil, como un niño chico, frente a la puerta cerrada con un portazo. El silencio se hace pesado. La boca, entreabierta: como una oveja. Se da cuenta de que varios ojos otean en los rincones y mirillas y huye de allí.

Ya lo sabía ella. Allí viene, girando la esquina. Con su sombrero y su gabardina de siempre. ¡A quién se le ocurre bajar a la calle! Mira que cara trae, y yo aquí como una santa, esperándole con las bolsas de la compra. Ya lo sabía yo. ¡Está pálido, vete a saber qué le ha pasado! Es que este hombre no está hecho para este mundo. ¡A ver qué ha hecho! Lo que yo digo, si no estoy pendiente se lo meriendan, ¡se lo meriendan! De arriba a abajo, no le dejan nada. A ver qué me dice, a ver si le han atracado o robado, a ver en qué lugar de la ciudad se ha metido. Que éste no sé en qué lugar del mundo se cree que vive. ¡Ay, Dios, ten piedad de él! Don Asclepio ve a su cuñada esperándole en su puerta, Dorita, siempre Dorita, aunque no se lo pidas, Dorita siempre viene. Las bolsas de la compra a sus pies. Comienza a caminar más deprisa sin atreverse ni a pensar en la posibilidad de detenerse y mirar atrás o disimular que nada le ocurre. Quien sabe si, pegados a su aliento, estarán cualquiera de las dos Elenas o la policía. Don Asclepio camina muy rápido, demasiado para lo que uno espera de un hombre de su edad. Los niños de la calle miran al Don y ríen entre ellos, ¿qué hace? Don Asclepio ya se lanza, inclinando el torso hacia adelante, ya las rodillas se elevan hacia su pecho, ya corre como no ha hecho desde cuando era un niño chico. Respira fuerte y pesado, está mayor pero siente que esta vez aún podrá hacerlo. Su mueca se contrae: hacía mucho que no sentía ganas de llorar. Recuerda que ni siquiera una lágrima acudió en su auxilio cuando lo de Lola. Un metro, dos metros, tres metros... Dorita, su rostro boquiabierto, cada vez más cerca. El peligro, conjurado, cada vez más lejos. Don Asclepio recorre los últimos pasos a trompicones y casi lanza al suelo a los dos cuando se abraza a su cuñada encontrando, por fin, un refugio. –

Ya está, ya, ya ha pasado. Ya, ya, ya. Ya, mi niño, ya.


La letanía de consuelo. Dorita aprieta con fuerza contra sus enormes senos a su cuñado y le besa repetidamente en la frente. Ninguno de los dos repara en las decenas de ojos, conocidos y desconocidos, que se detienen para observar la curiosa escena. –

Ya, mi niño, ya. Ea, ea, ea. Ya pasó todo ya, ya, ya; mi niño, ya...

Don Asclepio llora. La gente pasa, mira, se detiene y no entiende nada.

Un Lugar en el Mundo  

Relato corto, vencedor del XIV Certamen de Creación Joven de Soria.

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