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Geografía del alma Ignacio Díaz-Roncero Fraile, 2009

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Hay lugares que no son lugares: son manuales de instrucciones del propio alma. Alma hecha de carne, recuerdo, dolor, placer y hueso. Lugares que son mapas de la propia vida, con trazos de tinta en el suelo que indican senderos de amor, aprendizaje o desesperación. Geografía alternativa de los sitios donde algo se aprendió, se olvidó o se abandonó para nunca volver a ver. Denme papel y lapicero. No soy buen dibujante, pero todavía sería capaz de bosquejar aquella estancia. De un modo somero, sin reproducir su orografía de montes y colinas, cerros y mesetas, bahías y collados. La vieja puerta de madera y cristal, chirriante, siempre engrasada y jamás silenciosa, queriendo dar testimonio de la vejez del lugar. Los enormes sacos de legumbres, cortados en su parte superior, mostrando el género. Eran otros tiempos, representados por otros sentidos: se palpaba, se sopesaba, se arañaba, se olfateaba. Las gigantescas y pesadas latas de encurtidos, con su olor amargo y atractivo a vinagre y especias. Pepinillos, anchoas, alcachofas... flotando en el líquido, tan sabroso y tan prohibido. Las ancianas en fila, degustando, queriendo saber y probar todo antes de gastar una sola peseta. Un concurso de catadoras cada mañana, pronto, a las nueve. Y la atronadora voz al otro lado de la altísima mesa de madera carcomida, parapetado tras la balanza cruel, alemana (¡qué prestigio en aquellos tiempos!), que jamás erraba ni un gramo. Las idas y venidas por las avenidas, larguísimas, de la tienda. Y dos o tres pepinillos de regalo para la señora, para que vuelva; veinte gramos que son poco gasto en contante y mucha ganancia en fidelidad. La tenue psicología detrás de la voz atronadora, bramando entre las montañas de alubias y lentejas, resonando entre cajas de madera y latón. Un taburete como una cima, un recodo oculto como una bahía con su playa y su relajo, un grito admonitorio como un tifón desencadenado en la costa. La tienda de ultramarinos – así se les llamaba entonces y aún se puede oír en algunos lugares – era sin duda la más grande del pueblo, que tendría entonces unos diez mil habitantes. Situada en una calle céntrica y regentada por la misma familia desde no se sabe cuándo, era un negocio próspero y reconocido por su calidad. La última mano en la que había caído, la de Don José, era una mano más vieja que su portador: rugosa, calluginosa, firme. Cuando descargaba una bofetada parecía de


madera, y yo la comparaba mi mano débil y nervuda y me venía la certeza cruel de que jamás dispondría de un elemento de trabajo como aquel. Éramos tres chavales, aunque al pobre Manuel, Manolito 'Leches', se lo llevó su enfermedad – a la que se debía su palidez y su mote - a la tierna edad de trece años. Era el más joven de los tres, y un día no vino a trabajar. Fue el único día que pude ver alguna fisura en la opaca geografía del rostro de don José: una expresión de preocupación, el arco de una ceja más relajado, el trazo de la boca ausente de cualquier tipo de rigidez; la tensión de la mandíbula, cuadrada como trazada con escuadra, similar a la de un ataque de ira, pero en su forma de actuar nada que presagiase tormenta. Los enormes brazos, acabados en las manos como palas, parecían también otros: su rigidez no hacái temer, por fortuna, la próxima llegada de un buen papirotazo. Hugo y yo trabajamos toda la mañana en silencio, comentando por lo bajo la extraña actitud de Don José y la ausencia de Manolito 'Leches'. Escondidos en nuestra particular cueva, una pequeña habitación lateral completamente inútil y dedicada a guardar los trastos de la limpieza, oteamos con disimulo la llegada de la madre del 'Leches' a hablar con Don José. La madre parecía desconsolada y creímos verla llorar un poco, apenas unos segundos de abatimiento: un temblor en los hombros, una mano que se pasea por el rostro y elimina las trazas de un relámpago de dolor. Don José escuchaba impertérrito pero atento, su mirada fija en la madre del 'Leches'. Cuando esta acabó de hablar, dijo algo que sonó sorprendentemente suave. Nos miramos, ¿era esa la misma voz que cada tarde nos acobardaba? Mecánicamente, llenó un par de bolsas de legumbres y encurtidos - ¡hasta bacalao seco! - y se las dio a la pobre mujer sin cobrarle nada. Acto seguido, vociferó nuestros nombres. Acudimos dando un rodeo por las estanterías, como hacíamos siempre, para evitar que viese que en vez de trabajar estábamos escondidos en la pequeña alacena, casi un armario. –

Manuel está enfermo y no se sabe cuando volverá. Hoy tendréis que hacer su trabajo.

Manuel nunca levantó de su cama, y mi recuerdo se ha diluido hasta borrar su rostro. Es una mancha blanca – blanquísima, como la leche – en mi memoria. Hugo tenía quince años, y yo, catorce. Don José no acogió bajo su brazo a ningún otro chaval: su carga de trabajo la recibimos


Hugo y yo, sin ningún tipo de aumento de la paga. Me avergüenza reconocer que maldijimos la suerte del 'Leches'. Desde entonces, nunca volvimos a ver destensarse la mueca de Don José, eterna en su dureza. Ni siquiera en su funeral los maquilladores lograron recomponer el gesto, y Don José miraba a todos desde el féretro como reprendiéndoles por no estar, como él, muertos. La tienda era un portentoso rectángulo sólo estrechado a la altura de la puerta, precedida de cuatro peldaños que llevaban a la calle, que se encontraba a mayor altura respecto al local. El género se encontraba dispuesto a lo largo de tres avenidas, divididas por dos estanterías largas, viejas y chirriantes, en las que el género se acumulaba caóticamente. A la entrada se colocaban los sacos de legumbres, abiertos, con su contenido expuesto en forma de pequeños cerros multicolor. Lo mismo se hacía como los más pequeños sacos de especias, pero estos ya no apoyaban en el suelo sino en los estantes. El bacalao seco, para evitar robos y picardías, colgaba de una serie de ganchos situados detrás del mostrador. Como un guardían, entre la infalible balanza y los bacalaos, se situaba siempre Don José: un golem de piedra que rara vez abandonaba su sitio. Hugo y yo cargábamos y descargábamos sacos y latas con la ayuda de los mozos del reparto que a veces nos ofrecían cigarrillos de liar. No podíamos aceptar con la mirada de Don José clavada en nuestras nucas, pero sé que Hugo una vez se escondió detrás de la camioneta y le dio dos tiros a uno. Volvió tan mareado que tuve que hacer yo prácticamente toda su descarga. Abríamos las latas y colocábamos bien el contenido, que a veces venía muy movido debido al viaje y al escaso celo de los conductores, una de las cosas que más hacía rabiar a Don José. Sardinas, anchoas, arenques en conserva. Caballa, atún, congrio seco. Latas de tomate y de verduras. Salmueras: aprovechando un descuido del Don, nos chupábamos los dedos impregnados de su sabor tras abrir las latas. Después venía la sed y maldecíamos nuestra idea hasta que llegaba la siguiente salmuera. Pepinillos, cebollitas, berenjenas rellenas, alcachofas, aceitunas de todos los colores y sabores. Ristras de ajo: colgarlas de lo alto del techo era un suplicio. A Don José le hubiera bastado con subirse a un taburete, pero para ello debería abandonar su puesto. Jamás: su labor era dirigir desde el otro lado, vociferaba, nos reprendía por cada pequeña cosa. Trepábamos


por la montaña traicionera de una escalera demasiado vieja y carcomida, descendíamos a los abismos de una alacena de oscuridad insondable, saltábamos cajas y sacos como riscos de un despeñadero, transitábamos con agilidad las estrechas avenidas llenas de gente oliendo, saboreando y paladeando el género, trepábamos a la meseta de Don José para recibir un desgraciado castigo por alguna tarea mal hecha. También había una geografía secreta. Debido a nuestro tamaño, la mencionada alacena de los trastos de limpieza sólo a nosotros se nos aparecía como escondite. Parapetados por los sacos y estanterías, compartíamos un segundo de descanso robado y quizá, muy de vez en cuando, un manjar escamoteado de las latas, mientras Don José leía el periódico en su mostrador pensando que seguíamos trabajando. Para ello era menester disimular: teníamos guardadas en una esquina dos pequeñas latas vacías y, mientras nos escondíamos, las golpeábamos con irregularidad para hacer ver que estábamos abriendo los recipientes y colocando su contenido. Pequeña geografía del poder. En aquella tienda había caminos, recovecos, santuarios, lugares prohibidos y anhelados. Si la voz de Don José atronaba al repasar nuestro trabajo y pronunciaba un nombre, sólo un camino - el que pasaba por el desfiladero de las especias, dejando a la izquierda colinas de judías y pasando bajo una cascada de ajos en ristra cayendo del techo al suelo – llevaba hasta el mostrador en el que Don José te arreaba una bofetada con su guante de madera, dos si la falta era grave. Acto seguido indicaba el fallo a corregir: –

Los guisantes.

Había puertas de madera siempre cerradas, que llevaban a habitaciones de un tamaño, sabor, color y olor desconocidos. En una de ellas sorprendimos una vez a Don José haciendo el amor de un modo burdo y casi salvaje con una de sus clientas habituales, una mujer de unos cuarenta años. Pasada la hora del cierre, Hugo y yo habíamos vuelto a por un jersey que había olvidado entre las cajas. Era ya tarde, entramos sin llamar y nos sorprendió no ver a Don José en la tienda, perfectamente iluminada. Lejanos, dos o tres viandantes repiquetaban sus pasos en la calle. Nos atrevimos más profundo: una de las puertas nunca abiertas estaba entornada. Hugo me hizo señas de silencio, y nos acercamos. Oteando desde detrás de unas cajas, aprovechando los intersticios,


podíamos ver sin ser vistos. Don José empujaba – no se puede decir otra cosa – a la mujer, con la larga falda arremangada hasta la cintura. Besaba su cuello como si fuese a devorarla, y la mujer respondía con gemidos. Oímos palabras de deseo y de amor, pero sonaban como reprimendas en la boca de aquel hombre tan serio y de un físico tan brutal. Mencioné antes que sólo con la enfermedad del 'Leches' vimos algo descomponerse en la geografía de su rostro. Y es cierto: ni siquiera la pasión y dulzura que aquella mujer – nunca supimos por qué – le entregaba cambiaban un ápice su forma de ser. Me pareció un acto grotesco y ridículo, violento e innecesario. Sorbimos con la mirada cada uno de sus movimientos y cuando sentimos que los gemidos se hacían menos intensos huimos sin hacer ruido, parapetados por un collado de sacos y cajas. En un descamapado, con la complicidad de nuestra amistad y la inocencia de nuestra edad, juramos no hacer nunca el amor. Hugo sacó un alfiler y nos hicimos cada uno un pinchazo en una falange. Juntamos nuestras sangres. Años más tarde el pacto de honor quedaría en nada. Don José dejó la tienda a su hijo a los seis años de entrar yo a trabajar, y éste la remodeló y me echó a la calle. Yo tenía veinte años. Hugo se había ido ya con su familia a Madrid: al principio nos escribíamos cada mes, pero luego nos fuimos olvidando cada uno del otro. Geografía caprichosa de la memoria, de la que tanto desconocemos. Un día me llegó una carta en la que reconocía haber roto la promesa, presumía de una novia que se había 'echao', muy madrileña, garbosa y guapa, y de que habían hecho el amor y que estaba muy bien y que lo de Don José era porque ese hombre no sabía amar y que no fuese tonto y que me fuese 'pa' Madrid con él que la Dolores tenía una amiga menos guapa pero igual de garbosa, que podía hacer algo con ella y que qué bien nos lo íbamos a pasar juntos otra vez. No le contesté.

Años más tarde, geografía de tu piel y tu cuerpo. Exhaustos y felices, de una felicidad tan animal e idiota como reconfortante. Hemos cosido con sudor nuestros cuerpos y ahora nadie desatará nuestro abrazo. Sentirse bien por unos pocos minutos de eternidad. Recorro con un dedo tu torso desnudo.


Veo montañas y valles, pequeñas bahías y calas donde reposarse. Curvas que son carreteras a la espera de la siguiente curva, peligrosa pero nunca letal. Una línea recta en tu espina dorsal como una invitación a la velocidad, a pisar el acelerador a fondo. Una secreta cascada en tu pelo y debajo, como en las películas, un recoveco en el que esconderse de la mismísima muerte. El valle al que se desciende desde el monte de la Diosa. Un secreto. El collado que forman tus muslos. Ascender a tu rodilla y divisar el paisaje. Un camino secreto, un ruido insospechado, el tejer de tu piel por dentro y por fuera. Cada centímetro como si fuese el último. Descansar en tu frente y tomar un respiro para seguir luchando contra los elementos hasta llegar al hogar que en alguna parte de tu cuerpo busco. Lluvia de sudor e inclemencias del temporal, la mar viene brava. Y quizá, al final, una lágrima; no de pena, compasión o alegría. Una lágrima larga y salada porque sí. Es cierto. Me tatué tu piel como un mapa en el mapa de mi piel.

Décadas más tarde volví a pasar por la calle y la tienda de ultramarinos era un moderno supermercado de una pequeña cadena regional. Paseaba de la mano de mi hijo, de trece años, despierto y vivaz. No pude resistirme a entrar y disfrutar de la nueva geografía. La forma rectangular de la tienda permanecía, pero ahora las avenidas en que se distribuían los productos eran de baldosa blanca y estantería de plástico y metal. Un supermercado estándar, con su zona de refrigerados, su disposición temática de los productos y una caja al final, con su cajera incluida. El sueño de la estandarización, del hacer que cada supermercado de la marca sea partícipe de un ideal común, que todos sean un calco circunstancial de un supermercado-matriz eterno. Entré y paseé con calma por las amplias avenidas, limpias y ordenadas, de productos. Como una ciudad moderna, sin montes ni montañas, sin valles ni ríos. Blanca y reconfortante. Sólo avenidas y plazas en la que confluyen otras avenidas para poder saltar de la una a la otra. Pude ver una puerta con un 'personal autorizado' como cartel: era la alacena mínima de nuestros escondites. Hicimos la compra. Al ir a coger un pequeño tarro de cristal de pepinillos, de nuestra marca favorita, un inesperado temblor me sacudió el cuerpo. Maldita geografía del sentimiento. Hube de


pasarme la mano por el rostro y sacudirme una lágrima bastarda, que no era de nadie ni de nada. Mi hijo me miraba, interrogante. Cogimos el tarro y pagamos en caja. Rápido, y con la cabeza baja para ocultar los sentimientos tatuados en el rostro. Pero había alguien a quien no se le engañaba tan fácilmente. No dejó de escrutarme con sus grandes ojos hasta preguntar: –

¿Qué te pasa, papá? ¿Es por mamá? ¿La echas de menos?

No le contesté.

Geografía del Alma  

Relato corto. Mapa geográfico de los recuerdos de infancia de una persona.

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