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A単o 1 No. 1

Perfiles


Inés Diego Güemes

Artista Plástica - Diseñadora del logo

Nota de Agradecimiento

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veces, los ángeles aparecen en la primera esquina de tu destino y te diseñan logotipos. En Nabuart lo sabemos por propia experiencia. Apenas habíamos finiquitado la elección del nombre, cuando se nos vino el mundo encima. Teníamos que crear una imagen que nos identificase y nuestras cualidades artísticas en ese campo, eran inservibles. Para nuestra inmensa fortuna, conocíamos a Inés. Inés Diego Güemes, artista plástica, diseñadora gráfica y restauradora de muebles, aceptó nuestra propuesta con un decidido “yo os lo diseño”. Durante unos días, se olvidó del trabajo delicado y sibarita que devuelve al presente los muebles del pasado, y centró toda su extraordinaria imaginación y sensibilidad en crear la imagen para nuestro sueño. Apenas unos días más tarde, nos presentó nuestro logotipo acompañado de una completa explicación sobre sus formas y colores. E irremediablemente, los miembros de NABUART supimos lo que era el amor a primera vista. Desde NABUART, queremos agradecer a Inés el hermoso y vital rostro que nos creó.

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Biografía Inés Diego Güemes nació en Santander, España. Desde niña mostró su preferencia por las artes plásticas y los muebles antiguos, lo que la llevó a estudiar bellas artes, diseño gráfico y restauración de muebles. En su etapa como estudiante participó en diversas exposiciones, entre las que destacan las realizadas en el Palacio de Festivales de Santander en 1991 y 1992, ambas auspiciadas por el finado artista Ramón Calderón. En 1997 ganó el segundo premio, en la modalidad de escultura, del Certamen Nacional de Arte Joven Pancho Cossío con su obra titulada “Tres llaves”. A principios del 2000, incursiona en el diseño gráfico, actividad a la que dedica durante varios años y que relega a un segundo plano, cuando comienza sus estudios de restauración de muebles. Actualmente, compagina su labor como restauradora de muebles con esporádicas incursiones en el diseño gráfico y colaboraciones en otros proyectos artisticos.


¿Por qué NABUART?

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nte todo, no fue al azar. Por el ciberespacio viajaron propuestas y sugerencias de todo pelaje. Desde varios rincones del planeta y durante varias semanas, las mentes febriles enfrascadas en este proyecto echaron a volar ideas magníficas y originales. Finalmente, por unanimidad – y absoluta complicidad - se escogió NABUART. NABU, dios babilonio de la sabiduría y la escritura. ART, esa actividad humana dedicada a expresar ideas y emociones a través de los más diversos lenguajes estéticos… La fusión NABUART englobó con precisión los objetivos que nos proponemos alcanzar con esta revista. NABU era el patrón de los escribas en la antigua Babilonia, representado siempre con lápiz y tablilla en mano, cabalgando sobre un dragón alado. Se le confería poder absoluto sobre la existencia ya que era capaz de pautar el destino, aumentando o disminuyendo a voluntad la vida de cada persona. ¿Y acaso tamaña responsabilidad no sigue recayendo hoy - de cierto modo - sobre los escritores; esos singulares seres que cabalgan su soledad hilvanando palabras, escurriendo sentimientos y trazando caminos? NABU también es anuncio, resplandor, cielo, paraíso, universo, ese espacio infinito donde los hombres tratan de encontrarse a sí mismos desde el principio de los tiempos, ese sitio mágico donde la creación humana no tiene límites y donde hay cobijo para todas las disciplinas artísticas. El logotipo, diseñado por la artista plástica Inés Diego Güemes, está formado por la máscara del dios NABU dentro de un círculo. La máscara representa el mundo de la actuación y de la ficción en la literatura. El círculo, la universalidad, el poder que tiene toda obra artística de traspasar las fronteras, los idiomas y el tiempo. Los colores también tienen un sentido. El blanco es la creación a partir de la nada, el instante imperioso donde irrumpen las musas y se hace la luz. El rojo es el esfuerzo y la dedicación, son las horas en vela y ¿por qué no? un toque de pasión.

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Primavera 2011 Jugando Dominó en la Habana Erick Hernández Mora 7 El Legado Rosa Lina Diego Güemes 15 El Screenplay Jorge Alvarado 19 El Tren de las Seis y Media Verónica Mezzini 25 La Camella Confundida Ernesto Alonso Flores 29 La Tía Wichy Gisela Labrada 33 Luna de Papel Rogério Manzano 39 Papá Luis Mercedes Aguilera 43 ¡Pelota! Araceli Má 47 Receta para Ensalada de Pollo Luz Castillo 51 Recuerda Olvidar Javier Gallo 55

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Actores Participantes Adriana Oliveros Carlos Villuendas Marisela González Servat Ruth Carvajal 62


Año 1 Número 1 Rosa Lina Diego Güemes Directora de Colaboradores

Colaboradores Redacción

Gisela Labrada z

Sitio Web

Araceli Má z

Maquetación

Luz Castillo z

Fotos & Gráficas Susana Miguel z

Información sobre la edición: © Nabuart Todos los Derechos Reservados 2011 NABUART es una revista electrónica trimestral establecida en 2011 por los miembros fundadores de la organización de actores y escritores latinoamericanos del mismo nombre. Subscripciones: Para subscribirse, visite nuestro sitio en el internet: http:\\www.nabuart.com. Comunicaciones - Si desea más información por favor contacte a Rosa Diego, directora de colaboradores (rdgtorre@yahoo.es). Advertencia: “Los derechos de los texto y las fotos pertenecen a sus autores y/o personas que las han cedido y no pueden ser publicadas sin permiso de NABUART o del propio autor”. “Contacta con el autor del texto o fotografía o con NABUART para obtener su permiso y autorización expresa para poder usar o publicar su contenido de forma total o parcial”. MARZO 2011 NABUART 5


JUGANDO DOMINร“ EN LA HABANA Escrito por Erick Hernรกndez Mora

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Jugando Dominó en la Habana

A Lucio el iluso, que me gritó ¡Aguanta! – cuando la mar se nos picó.

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s domingo y jugamos al

dominó. Ponemos una ficha blanca tras otra sobre la mesa, sin apenas darnos cuenta del calor sofocante. Un calor denso y pegajoso que te cala hasta los huesos, dejándote agobiado. Aquí, sentados en la acera, bajo la sombra del portal de la bodega, de este edificio viejo de La Habana Vieja, el aire de la bahía no alcanza nunca. Solo las calles aledañas al puerto tienen la suerte o virtud de refrescar en tardes de verano. De modo que ignoramos el vapor y la humedad, y hacemos ejercicio mental para olvidarlo, concentrados en el esfuerzo de poner una ficha tras otra.

—Dale, Pablito, juega. Te veo un poco pasmado hoy. –me dice Lucio. Lucio es mi pareja esta tarde. Viste de camiseta blanca, sucia, manchada de aceite y otras raras sustancias, y lleva un pañuelo atado a su cuello de hipopótamo. Como todo ser obeso y peludo, suda por cantidades de a litro. Sus masas extras se quejan a todo minuto del día, botando por sus poros un sudor espeso y abundante. Lucio es el bodeguero del barrio, y como todo bodeguero, lleva un lápiz en la oreja y tiene bola de billetes. Bueno, tenía, porque hoy en día no le queda ni vergüenza. Ha perdido tanto dinero en tantos días consecutivos que su mala maña de apostar lo ha llevado a

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jugarse su destino, esta tarde, aquí, en esta mesa. Yo le acompaño en esta odisea del azar porque de perder solo tengo mi pellejo curtido pegado al espinazo. Y me da lo mismo chícharo que limonada. Eso sí, jugar al dominó es mi virtud. Mi única y reconocida virtud en este ambiente callejero de la Habana. Pongo el cinco cuatro en la mesa y Bembadulce se pasa porque no lleva. No le gusta que lo pasen. Hace muecas. —Este blanquito es un monstruo jugando. Juega como los viejos. –dice Pericón, el otro rival. Un mestizo vestido todo de blanco a pesar de la temperatura. Hace una semana juró de santo y cuelga como tres mil collares en su pescuezo. No sé como puede. —Su abuelo lo enseñó. –afirma Lucio. —¿No se acuerdan de Facundo? —Creo que sí. Era aquel gallego que se paraba en la esquina de la calle Corrales y apuntaba los números de la bolita. –dice Pericón. —Ese mismito. Vestía de tal manera que parecía vivir en los años de la república. – recordó Lucio. Yo no dije nada. Mi abuelo fue un santo para mí, un hombre respetable. Entrar en detalles sobre su vida es como violar su memoria. —Vamos, vamos ¿A quién le toca?– digo para animar. Hoy el barrio está tranquilo. Unos niños juegan al taco en la esquina, usando un palo de escoba y un corcho de botella. Dos ancianos se abanican y conversan en la puerta del solar. Pocas personas en las calles: el calor los espanta. Un camión de color verde está parqueado a dos metros de nosotros. Es un cacharro viejo y gastado, maltratado por el paso de los años y la falta de repuestos.


Escrito por Erick Hernández Mora

este ron? –pregunta Pericón con su típica voz Lleva un cajón grande de madera pegado a la ronca de trueno. cabina, sobre la columna vertebral del chasis. —Es de mi bodega. Lo escogí yo Allí, en ese cajón, está el premio gordo de la mismo ¿Por qué? apuesta en este dominó dominical. Pericón y —Porque está bueno, asere. No es el Bembadulce se robaron el vehículo anteayer. alcohol de farmacia que nos vendes, ja, ja, ja… Metieron las manos en una finca por allá por el pueblo de Artemisa, y cuando ya lamen Como de costumbre hoy Lucio hace taban el estéril atraco, se tropezaron con la trampas al dominó. Con cautela de zorro, grata sorpresa: Los dueños, al parecer bobos cuidando de no ser descubierto en el brinco. o entretenidos, olvidaron la llave en el motor Su habilidad más destacada consiste en botar de arranque. Lo demás fue un paseo. Hasta fichas gordas cargadas de puntos negros, la Habana no pararon. El dilema para ellos cambiándolas por otras más ligeras, de menos consistía en buscarle salida al camión y a su puntos. Es un bicho. Se vale de la sorpresa, contenido. cuando nuestros rivales se concentran en decidir entre ellos quién abrirá el siguiente juego; —Yo me apuesto todo lo que hay en o aprovecha el instante en que los negros esta bodega contra el camión y lo que lleva discuten asuntos de religión afrocubana. Es detrás. –les propuso Lucio, en la mañana, sin curioso ese vocabulario. De sus bocas brotan pensarlo mucho. palabras pintorescas como Changó, Ochún, —Trato hecho. –le dijo Bembadulce. Yemayá … Y siguen con La Virgen de la CariBembadulce, mi rival a la derecha de la mesa, dad, San Lázaro, Obatalá….Muchos dioses hay disfruta de una libertad condicional pasajera. en la mente de nosotros los cubanos; dioses Nada raro para él. Es un negro grande, duro hasta para hacer dulce. Y terminamos, cosas y musculoso, de cabeza rapada y frondosas de la vida, endiosando a un dinosaurio con bembas. En su hombro izquierdo, exhibe con ínfulas de tirano. Mejor me callo. orgullo, un tatuaje en letras azul oscuras que Una mulata alegre y caderona, de gritan “Concha es mi jeva”; y en su mejilla sonrisa fácil, dobla por la esquina de la calle derecha está la lejana huella de un navajazo. Apodaca y toma el rumbo de nuestra acera. Se Posee un expediente delictivo para estudio acerca caminando suave, con estilo, con cade academia. Ha cometido tantas fechorías dencia musical, provocando groserías y silbidos este individuo, que ya casi cuesta labor mende todo transeúnte. En su brazo cuelga una tal contarlas. Es un experto en la materia: Un jaba. Divisa nuestra posición y joroba el timón abanderado de la mala vida. Pero conmigo de sus senos hacia la mesa, portando una risa se lleva mamey. Nos conocemos desde hace del mismo color de las fichas del dominó. décadas. Desde aquel día de nuestra niñez, cuando nos atraparon robando compotas rusas —¡Ave María purísima! –exclama Lucio. de esta bodega ahora administrada por Lucio. – ¡Y esta cimarrona de donde salió! Eran unas compotas pastosas con sabor a rayo Es evidente que Lucio, cuando está emocioencendido. Sin embargo, hoy en día añoramos nado, lo mismo es religioso que esclavista. su presencia. —¿No quieren comprar ron?. –pregun —Oye Lucio ¿De donde tú sacaste ta la mulata.

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Dominó Dominical (Cont.)

Bembadulce y Pericón la miran con ojos de caníbal. No es difícil imaginar a la mulata ya desnuda a la pelota recorriendo sus ideas. —Aquí sobra ron y faltan hembras. – se queja Lucio—Quédate un ratico, mamita. La mujer ajustó su jaba y su compostura. Luego respondió: —No tengo tiempo para gordiflones ni pervertidos, papito. –Y se marchó, siguiendo el ritmo acompasado de sus nalgas. La veo irse y desaparecer y pienso en Luisa, mi ex novia, ex amante, cuando se fue, se desapareció de mi vida. Recuerdo las tardes de verano a su lado. Íbamos juntos a la playa de Guanabo, muy alegres y apretujados en la guagua. Sus ojos se confundían con el azul verdoso del mar, y su cuerpo de miel dorada resplandecía al salir ella del agua, dejando en mí la vaga ilusión del amor. Hablo de amor sin siquiera conocer el correcto significado de la palabra. Lo mío con Luisa era otra cosa. Luisa expresaba sus sentimientos a ritmo de quejidos de placer y risotadas de loca que colmaban los cuartos de cuanta posada visitábamos. Todo se jodió por culpa de aquel mexicano. Un tipo pequeño y bigotudo pero con aires de exitoso empresario. Mucho billete. Le pintó villas y castillas en sus ojos y ella cayó en sus brazos aztecas como mansa paloma enamorada. Desapareció del mapamundi hace dos años, sin dejar ni rastro de su huida. —¡Pablito! Atiende el juego, compadre. Estás ido del aire. –me dice Lucio. Hablando de Idas. Pericón ha tirado el juego con ocho por ambos lados. Me parece que erró en su jugada. Sonrío. Tengo cuatro ochos en mi poder. Voy allá. Lanzo el tres con ocho y ellos conversan

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sobre la Yuma, sobre toda esa gente desfilando día y noche con balsas por las calles. Hombres, mujeres, niños y ancianos, que se dirigen hacia la costa para cruzar las noventa millas. Es la moda del momento. El último aliento para escapar del desastre. La fiebre del éxodo también nos merodea cerca y nos moja con su embullo. Lucio suele afirmar que esta Isla es un basurero con rejas, que no hay futuro para nadie. Yo no opino de tales temas en público. Es una locura. Uno nunca sabe donde encontrará a su delator. Y por estos parajes abundan. Puede ser cualquiera; el menos imaginado. Sin embargo, hay tardes en que, ron y cigarros por medio, he creído sus aseveraciones. Lucio es gordo pero no tonto. Parece un tipo ducho en materia de estados extranjeros. Tiene familia en el norte, en un lugar llamado Neu Yersy o algo así por el estilo. La verdad es que los nombres raros y americanos se me traban en la lengua, se atoran de mala manera, como si no quisieran salir y sonar como dios manda. Me pegué con el doble cero. Es Definitivo: Soy una luminaria jugando al dominó. Un as de espadas en este pasatiempo. Todos mis amigos me aseguran buen futuro en la calle ocho de Miami si algún día cruzo el mar Caribe. A veces lo pienso. Hoy lo estoy pensando. Barajamos ahora las fichas. Movemos las manos y bailan sobre la mesa. Chocan con estrépito una contra otra. Me encanta el sonido. Recojo diez y las acomodo de cinco en cinco. Dos filas parejas, perfectas, como me enseñó mi abuelo Facundo, que en paz descanse. Trato de concentrarme pero no puedo. Hay ideas revoloteando por mi mente, ideas confusas, como gorriones indecisos que desconocen donde posarse. Se trata de duras decisiones a tomar. —Entonces, Pablito, ya el nene se


Escrito por Erick Hernández Mora

lanzo con mi balsa de cámara de tractor y al decidió. –me pregunta Pericón y no respondo. menos tiro algo pal estómago. Otros ni eso. No Y ahora que sonríe; ahora que me fijo se atreven por miedo al mar y los tiburones. Y en sus dientes incisivos, acabo de encontrarle pescan también, claro que lo hacen. Algunos otro apodo. Lo de Pericón es por su desenfreno pescan turistas extranjeros, sobre todo las de palabras, bautizado por este que cuenta, un mujeres, las lindas muchachas cubanas para servidor. Por cierto, palabras en su mayoría exportación. Otros pescan en los latones de indescifrables. Pero hoy, ahora, observando debasura. Encuentran algo masticable entre tanta tenidamente su rostro canino, podemos rebauinmundicia. Pericón y Bembadulce son caso tizarlo con el nombre de Jíbaro, aquel cachorro aparte; son fanáticos a pescar borrachines perde perro, aventurero de muñequitos, que todas didos y desvalijarlos en plena calle, valiéndose las tardes pasan por la medicinal televisión de métodos nada cordiales. cubana. —Ayer cogimos a un borracho en el —Déjame tranquilo ¡Jíbaro! Prado y lo dejamos encuero en pelotas. –cuenLucio y Bembadulce se encorvan de la risa. ta Pericón, orgulloso de la hazaña. Ríen a carcajadas. Pericón, ahora Jíbaro, se ¿Qué les dije? bebe un trago rápido de ron, vaciando su contenido de un golpe. —Un día de estos los coje la policía Continuamos el juego, suelto el doble y se acaban sus patrañas. –les advierto. Con cinco y sigo pensando. humor, por supuesto. Poco a poco me he percatado de mi —¡Mejor todavía! –dice Bembadulce— situación. No tengo trabajo ni dinero, mucho Una temporada de vacaciones…En la cana te menos propiedades. Vivo al diario, sin obligaalimentan, te cuidan el sueño, hay mariconcitos ciones ni horarios; pero el hambre erosiona lindos que son una delicia, y no hay tentamis sentidos. Ni el ron y los cigarros regalados ciones. Es mejor que andar mataperreando por por Lucio logran extinguirlo. Dejé de estudiar la Habana ¡Y hambriento! años atrás. Tiré la toalla académica, pues he No me sorprenden sus aspiraciones. visto a jóvenes amigos fundírsele las neuronas Son legítimas en este ambiente de orilla, en por cinco años en la Universidad y terminar este hábitat habanero ¡Qué elemento me sembrando malanga o cortando caña. Vivo rodea! Son abortos del creador. Menos mal consciente del espacio y el tiempo que me tocó. que últimamente me llego a la Iglesia y limpio Son tiempos duros en una Isla en la hecaun poco la conciencia. Con disimulo, pero tombe. Hay pocos espacios para progresar, y llego. Uno encuentra cierta paz espiritual, como en su vasta mayoría, son inalcanzables para un cuando éramos niños y todo parecía inocente, tipo como yo, inestable, inconforme, con solo el reposado, sosegado, sin el desorden y el caos mísero aval de un doce grado a empujones. existente hoy en día, a punto de estallar en mil Pero sobrevivo en medio de esta selva pedazos este final de siglo veinte. Y no estoy habanera. No me quejo. Hay gente en peores solo en ese aspecto: Cada día más la gente condiciones. En días claros de nube, pongo aquí se acerca a la iglesia. Todos son católimis nalgas en remojo y pesco cualquier bicho cos, apostólicos y hasta romanos. Los hay mar afuera, a un kilómetro del malecón. Me cristianos, Evangelistas, Bautistas, Testigos de

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Dominó Dominical (Cont.)

Jehová…hasta creo que hay un brujo con collares sentado en la Asamblea Nacional. Ahora es permitido porque el Caballo lo dijo. Así que todos van, a los templos, como corderitos a desahogar sus penas, sus inquietudes. De esa manera vivimos más calmados en esta Isla. Qué bien. El calor arrecia. Baja desde el cielo claro y transparente con rabia, como si tuviera odio hacia nosotros aquí abajo. Puede convertirse en peligro. Pericón y Bembadulce comienzan a sudar también, y el aroma que despiden no es nada agradable. —Por alguna casualidad ¿Ustedes usan desodorante? –les pregunto. —¿Desodorante? ¿Qué coño es eso? –pregunta Pericón. —Es un líquido alcohólico que se unta bajo el brazo. Para evitar el mal olor. –les explico, aunque sé que lo saben. —¡Ah! Eso. Hace años que no lo veo. Ja, ja, ja… —Al menos podrían usar alcohol boricado. –dice Lucio. Y luego de una pausa, Añade. —Están volaos, caballeros ¡Tienen el grajo cortado! Ambos levantaron un brazo y husmearon el sobaco. El gesto fruncido de sus cejas lo dice todo. —Para ti es fácil. Tú eres bodeguero y te robas el alcohol. –protesta Pericón. —Vamos, vamos, pongan fichas. –les digo. De pronto se escucha un escándalo in crecendo. Levantamos la mirada de la mesa, y observamos a un individuo no identificado que corre raudo y veloz perseguido por un enjambre de personas gritando ¡Ataja el ladrón! ¡Ataja!

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El tipo, un mulato flaco y harapiento, pasa como una flecha por nuestro lado, con una bolsa de mujer bailando en una mano. Esquiva con una certera curva el camión verde y desaparece al doblar la esquina. Los perseguidores no le pierden pie ni pisada. Se dividen en dos pelotones: un grupo toma el mismo rumbo del ladrón y el otro coje por la calle Aponte. Me imagino que traman una emboscada. Miro de reojo hacia la mesa. Lucio está haciendo trampas otra vez. —¡Ese mulato no llega ni a la calle Montes! –asegura Bembadulce y todos le creemos. —Por supuesto. Nunca vi un carterista tan lento. –opina Pericón. –Parecía llevar ladrillos en vez de zapatos. —El problema es sencillo. Es un carterista sui generis. –digo y todos alzan la vista. No entienden. Desconocen la palabra. —¿Qué quiere decir eso? –me pregunta Lucio. —Quiere decir único, poco común, especial. O algo de eso. –les explico. —Este blanquito dice cada palabrita. – dice Bembadulce. —El problema es que lee mucho. Cualquier mañana se nos amanece convertido en polilla. –dice Lucio y tiene razón. Como el ocio y la pereza consumían mis días, caí con agrado en el mundo de la lectura. Leo bastante, es verdad. Demasiado en opinión de algunos. Devoro un libro semanal como promedio. Empecé por temas suaves, fáciles de digerir, poco complicados. Novelas policíacas y de detectives. Luego salté para Latinoamérica: Vargas Llosa, Carpentier, García Márquez, Cabrera Infante, Rulfo…Y ahora, por estos días de verano, estoy enfras-


Escrito por Erick Hernández Mora

cado con los ruidos y furias de Faulkner y los tipos duros de Hemingway. Es una lectura caótica la mía. Una lectura sin orden ni medidas, a lo loco. Pero liquido las lentas horas sumergido en esos mundos. Me escapo de la realidad y vivo vidas ajenas interesantes. Solo me falta conocer el idioma Inglés, aprender a leerlo, a pensarlo. Cuando consiga este propósito, me fajo de lleno con Joyce el irlandés en su propia lengua. Quizá algún día, que espero no sea lejano, pueda disponer de un librero abarrotado de libros. Uno nunca sabe. Va y a lo mejor hasta puedo escribir un relato corto. De ciencia ficción o fantasía, por supuesto. Jugar con las llamas de la verdad puede quemar tu existencia. Me toca jugar y tengo solo dos fichas. Bebo un trago de ron para obtener enfoque. Bembadulce tiene dos fichas y Lucio una sola ¿Habrá botado alguna? Estudio posibilidades, ya que tenemos que ganar. Faltan quince puntos para el final. Echo un vistazo sobre la mesa. Pero no hizo falta discurrir ni adivinar: Lucio, con talento de mago, me muestra de refilón el siete y uno, afincado en sus manos, sin que nuestros rivales lo adviertan. Tiro el doble siete. Bembadulce se pasa, golpeando la mesa con su puño, y Lucio se pega. Se pegó, ganamos ¡Somos unos campeones! La hora está cada vez más cerca. —Bueno, caballeros, se acabó esto. – dice Lucio, con sonrisa placentera. Pericón y Bembadulce se ponen tristes con la derrota. Cambian su actitud. De repente han perdido el sentido del humor. Parece ser que fue ahora cuando comprendieron la magnitud de la apuesta. Pero ya es tarde, cachorros. No es hora de lamentos. Perdieron la oportunidad de cruzar hacia el futuro. —Dame la llave. –le pide Lucio a Per-

icón. El negro se pone de pie, dejando caer la silla en la calle. Mete una mano en el bolsillo del pantalón blanco y le entrega la llave del camión. Me levanto junto con Lucio. Me pongo el pulóver para irme, pero Bembadulce me agarra por un brazo. —Esperen un momento. Esto no se puede quedar así tan fácil. Tienen que dejarnos algo. ¿Será sinvergüenza este canalla? ¿No se da cuenta de la derrota? —Yo estoy pelado como una tusa de maíz. Tú lo sabes. No tengo ni donde caerme muerto. –le digo. Hubo un instante de tensión. Los cuatro en silencio. Al fin Lucio dice algo: —Está bien, toma. Hoy estoy de buen humor. –y le entrega la llave de la bodega. – Pero fíjate, espera hasta mañana por la tarde. Lucio monta en la cabina del camión y yo me trepo en el cajón de atrás. Enciende el motor y el vehículo ruge como un león. Tiembla, soltando humo negro. Salimos andando despacio, con cuidado para no llamar mucho la atención. Me siento en el suelo de madera y levanto la lona. Ahí está. Completo en su conjunto, bien preparado. Las dos cámaras de goma, negras, redondas, sujetadas con gruesas sogas al entarimado de tablas. Una baranda baja rodea la balsa improvisada y un motor fuera borda metálico resplandece, atornillado en el trasero de la embarcación. ¿Soportará la travesía? l

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Retrato de Kika por Sollet


El legado Escrito por Rosa Lina Diego G端emes

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EL LEGADO

A mi tatarabuela Kika por su maravilloso legado fotográfico.

D

A5 la historia de su tripa de cordero fueron todos los retazos que recibimos de su existencia. A priori, un legado extravagante y cercano a la ciencia ficción. Pero tan cierto, como que la realidad supera a la ficción. Quizás por eso, por lo irreal de su realidad, su trozo de intestino de cordero y sus fotos pasaron de generación en generación, enmarcadas en la colección de grandes anécdotas de la saga familiar. Según contaban mi abuela, y antes de ella mi bisabuela, la leyenda de mi tatarabuela Kika comenzó con una lapidaria frase pronunciada por Don Manuel Escalante, el médico del pueblo. El galeno, quien ejercía también como veterinario, era un hombre guapo, con planta de torero y famoso por ser tan delicado como un cactus florecido de espinas. Don Manuel apreciaba la sinceridad y la exigía. Para él, era la cualidad que distinguía a los hombres de verdad de los meros botarates, parlanchines y buenos para nada en ese exacto orden. Consideraba los adornos y subterfugios lingüísticos una completa pérdida de tiempo y por eso, no se detuvo en consideraciones melindrosas cuando le soltó, a bocajarro, un parco: “Señora, se le pudren las tripas“. A Kika, con la impresión, se le aflojó una risa histérica y desesperada, que el médico soportó con resignación, mientras limpiaba sus anteojos con montura de plata. Cuando quedó vacía y al borde del llanto, Don Manuel comenzó a hablarle del tratamiento. Su única posibilidad de salvación, pasaba por someterse a una intervención quirúrgica, aún en fase experimental, que se practicaba en os fotografías tamaño

y

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la capital desde hacía ya unos cuantos meses. El sencillo procedimiento consistía en suplantar la parte dañada de los intestinos de Kika por los de un cordero cualquiera, sin más requisito que el de ser una res sana. Si no se presentaban complicaciones, dos semanas y a casa. La otra opción: la muerte garantizada. Como era de esperarse, Kika optó por la menos mala. No porque pensase que era mejor, o que con ella fuese a burlar a la muerte. La batalla ya la tenía perdida, de eso era muy consciente, pues por mucho que se lo jurase cualquier doctor, no concebía la idea de que Dios permitiese a ningún hombre transformarse en animal. Y mucho menos, vivir como un híbrido. Si aceptó que la abriesen y la convirtiesen en mitad bovino, fue por la vana esperanza de ganar un poco de tiempo y así, poder cumplir su último deseo: tener una fotografía suya. Una imagen que perdurase en el tiempo y con la que asociar la casa, la media hectárea de tierra de labranza, los pendientes y la medalla de la Virgen del Carmen que constituían todo su patrimonio terrenal. Por aquel entonces, la fotografía era un lujo caro y extravagante, practicado sólo por ricos y por gente de dudoso linaje pero con la cartera repleta de duros. Kika no pertenecía a ninguno de los dos. Provenía de una familia de gente del campo, obsesionados con acumular animales; ahorrar hasta la última peseta para comprar unos metros más de tierra en la que plantar más hortalizas y con la que alimentar más bestias; y para la que una fotografía era sinónimo de capricho y de dinero malgastado. Por eso se calló el antojo y sólo les contó, a su marido y a sus siete hijos, el dictamen médico. La noticia de su enfermedad sacudió la tranquila existencia de la familia, transformándola en un ir y venir de planes y cálculos frenéticos. Tanto fue el apuro, que apenas cuatro días después del aterrador diagnóstico, ya estaban los ahorros sacados de la viga del pajar; la cirugía programada para finales de la


Escrito por to por Rosa Lina Diego Güemes

semana siguiente y el pasaje de tren de Santander a Madrid comprado. Tan sólo faltaba el último detalle y ese, corría por cuenta de Kika. Un día antes de tomar el tren que la llevaría a su cara o cruz con la vida, salió de su casa, sin despedirse, rumbo al estudio fotográfico de Sollet. La noche anterior, hostigada por una pesadilla, cambió de planes y decidió hacerse la foto antes de la operación por miedo a que la muerte frustrase su deseo. Para estar a la altura de la posteridad, se enfundó el traje y el abrigo de los domingos, se recogió el cabello castaño en un moño bajo y siguiendo un impulso de pura coquetería, se dio el leve toque de rubor en las mejillas, que junto a los pendientes, constituían el único artificio añadido a su apariencia real. El de Sollet era un estudio fotográfico dividido en tres estancias. La primera estaba a la vista de los transeúntes a través de los vitrales del escaparate. Kika la conocía de memoria. A menudo se detenía a observar el rectilíneo y austero mostrador de castaño, las paredes llenas de retratos anónimos, el sillón de terciopelo verde botella en el que se sentaba la clientela y el cortinón que, a juego con el sillón, servía para ocultar la magia con la que se atrapaba cada trozo de tiempo impreso en las fotografías. La segunda estancia la descubrió ese mismo día y superó con creces sus expectativas. Se trataba de una habitación diminuta y funcional, en la que el orden impuesto evitaba la sensación de asfixia y dotaba al cuarto de una ilusoria atmósfera onírica. Al fondo, estaba emplazado el escenario donde posaban los clientes y en el extremo opuesto, separada por escasos metros y alzada sobre un trípode, reposaba la cámara de fotos. En la pared Sur se abría la puerta a la tercera sala del estudio que desempeñaba, a la vez, las funciones de laboratorio y almacén. Y en la del Norte, formados en una perfecta fila, descansaban apoyados los fondos paisajísticos

que Sollet usaba para crear ambientes. El propio Sollet se los mostró a Kika uno a uno. Ante sus ojos pasearon templos griegos, jardines botánicos, bosques encantados, paisajes bucólicos y hasta fondos claroscuros al más puro estilo Caravaggio. Sin embargo, Kika eligió un fondo blanco y limpio de distracciones porque consideró que a sus descendientes, lo único que habría de importarnos sería ella. Tomó asiento en la silla que el asistente de Sollet sacó del almacén, giró su cuerpo levemente hacia la izquierda y mostró al futuro su cara huesuda de frente amplia, fortificada por su alargada nariz, adornada con unos ojos caídos llenos de ternura y rematada por una sonrisa dulce esbozada, sutilmente, por sus prácticamente inexistentes labios. Ese segundo regalado, es el que tres generaciones más tarde nos contempla desde la pared de la escalera. El resto de su historia es breve de contar. Viajó a Madrid, le trasplantaron un cacho de tripa de cordero y dos semanas después, regresó a Santander con el alivio de saber que sería enterrada en su pueblo natal. Vivió apenas unos meses más porque el intestino de cordero se pudrió con el resto del suyo. La segunda foto se la tomó semanas antes de que las contracciones mortuorias la encontrasen sembrando lechugas en la huerta. Su rostro es el de una mujer demacrada y cansada, con la mirada fija en el más allá, pero dispuesta a dejar a sus herederos su último legado en forma de consejo.Porque cada vez que me detengo en la escalera y contemplo esa fotografía, en mi cabeza, un eco lejano me grita: “¡Jamás permitas que un intestino de cordero usurpe ni un gramo de los tuyos!”  l

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el “screenplay” Escrito por Jorge Alvarado

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el “screenplay”

M

i padre caminaba por el

corredor con un periódico en la mano cuando oyó mi voz e irrumpió en la habitación. Tan solo unos segundo antes yo le había dicho a mi hermano Manolo que ese día, en el que yo cumplía diecisiete años, había tomado la decisión de mi vida. Manolo miraba al viejo y el viejo asomaba sus ojos sobre el marco de sus anteojos, esperando que yo continuara mi conversación. Yo empecé a explicar mis razones mientras sentía placer al mirarlos a los ojos, como si ellos entendieran que yo ya era grande, que podía tomar ciertos riesgos, que sabía y entendía lo que quería hacer. Sabía que un día estarían orgullosos de mí. —Bueno, suelte a ver cuál es la noticia, dijo finalmente el viejo. —Creí que había escuchado detrás de la puerta, dije, —lo que pasa es que voy a ser escritor. —Ahora sí que se volvió loco, dijo el viejo tratando de mantenerse en calma y después de una silencio infinito añadió: —¿está enfermo, mijo? ¿Por qué no duerme un poco y hablamos de esto mañana? No esperaba una reacción distinta. Yo entendía lo que para él significaba que su hijo mayor se quisiera dedicar a lo que él pensaba era el más improductivo e inoficioso de los oficios. ¿Y quién iba a pagar por eso? ¿Cuánto le iba a costar? ¿Y si no lograba publicar nunca un libro? ¿Quién iba a pagar sus billes? Con suerte conté con el apoyo incondicional de mi

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hermano Manolo que, con sus siete años, soñaba con el día en que yo escribiera sus comics. Anoche desperté dos veces y las dos veces estuve recordando esa escena de mi juventud. Los recuerdos no llegan como por arte de magia; los llamamos, o ellos nos llaman a nosotros por intermedio de los deseos o los sueños. Y fue eso exactamente lo que pasó: tuve un sueño. Después de haber construido por más de treinta años una vida totalmente distinta, en mi sueño yo era ese hombre que había querido ser a mis diecisiete: un escritor. Caminaba por las calles de Los Ángeles, fumando un cigarrillo, con un folder bajo el brazo. Caminaba lento, tratando de recordar los nombres de las películas y las estrellas del cine que más me gustaban. Que Tom Cruise y la misión imposible, que el graduado con Dustin Hoffman. Tenía que estar preparado para cualquier pregunta inesperada que me hiciera uno de los productores cuando presentara mi trabajo. Sonreía por la labor cumplida. Había terminado mi primer screenplay; mi nombre, Pedro Sánchez, se veía perfecto debajo del título de la obra; ya estaba listo para ser promocionado. Sí, iba a ser conocido en Los Ángeles, y luego de que se hiciera la producción cinematográfica, iba a asistir a muchas entrevistas y a ser galardonado por mi estilo único; sería sin duda el autor de aquella historia distinta. Y luego vendría el estrellato. Sería conocido en Hollywood, Europa, Buenos Aires, Bogotá, México. Pero primero yo tenía que llegar a la estación del metro y tomar el Red Line hacia Highland, hacer el intercambio al bus que me llevaría a los estudios de la Paramount Pictures, donde seguramente me iban a recibir con las puertas abiertas y me harían una cita


Escrito por Jorge Alvarado

específica con los productores para esa misma semana. El trabajo de Pedro el grande, no podía esperar. En los sueños las escenas no son continuas y uno tiene que reconstruirlas como hacen los editores de las movies, así es que todo esto de mi viaje hasta Highland tuvo que haber sucedido en menos de un segundo, porque recuerdo que de la escena en la que yo caminaba por la estación del metro pasé a la escena en que una chica muy amable en la Paramount me daba unas instrucciones en inglés dulcemente, mientras me mostraba un formulario del cual yo no entendía mayor cosa y al final, con una sonrisa, me preguntaba: “you got it?” Yo recibía el papel de instrucciones que ella me daba y emprendía mi regreso mientras leía el contenido. Al parecer, si yo quería someter mi escrito para que fuera leído por los producers debía también llenar el formulario respondiendo todas las preguntas, lo cual significaba que todos leerían mi script sin mi presencia y yo me perdería la oportunidad de explicar secuencias o escenas que hubieran podido ser importantes. En el formulario me preguntaban si alguna vez yo había publicado algún escrito, si alguna estación de radio había representado algo mío, si algún programa de televisión había mostrado interés en mi trabajo y, por supuesto, la más dramática de todas las preguntas: ¿conoce usted a algún productor en esta compañía? después de contestar cuatro veces ‘no’ desperté angustiado y empecé a traer las memorias de cuando le dije a papá esa noche que quería ser escritor y con su frío ‘hablaremos de eso mañana’ me había enviado a dormir. El día siguiente a esa confesión, después de una larga conversación en la que expliqué a fondo cuáles eran las ventajas de

estudiar literatura y cómo podría eso aportarme en mi futuro de escritor, finalmente ese día, a mis diecisiete años y un día de edad, llegamos a un acuerdo fundamental: yo sería matemático. Creo que desde ese día me empezó a inquietar el cine; nuestra charla fue como ver en el cine una de esas películas en francés con subtítulos en español: mi padre me hablaba en un lenguaje que yo no entendía y yo leía una traducción en mi lenguaje que nada tenía que ver con lo sucedido. Sin embargo estábamos de acuerdo. Y por esos hechos inexplicables de las negociaciones habíamos decidido que lo mejor para mí en la vida era estudiar matemáticas. Prendí un cigarrillo y pensé en la cantidad de esfuerzo que se requiere para responder un ‘sí’ en un formulario; en la cantidad de hechos que tendría que haber vivido o asimilado antes de intentar siquiera que un producer leyera mi historia; la cantidad de tiempo que debería haber invertido en todo esto mientras estuve dedicado a hacer de los logaritmos imagen y de las ecuaciones poesía. Afortunadamente fue sólo un sueño, me dije, y volví a la cama para borrar las memorias. Los sueños suelen dividirse en partes. Y esa noche, al volver a la cama, ahora más tranquilo, hubo una segunda parte en mi sueño. Esta vez en la escena yo iba caminando con mi script bajo el brazo, pensando en una nueva estrategia. Recordaba que en una entrevista Hemingway había dicho que su estilo lo había desarrollado cuando fue empleado del Kansas City Star Newspaper. Allí le habían enseñado las reglas básicas de escritura que conformarían el tan conocido estilo hemingwayano. Después de revivir este pensamiento en mi sueño, empecé a preguntarme si había

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el “screenplay”

también reglas para escribir un script de tal forma que este fuera exitoso. En este país que se consiguen manuales escritos para todo, física para poetas, matemáticas para rubias, y hasta poesía para astronautas, sin mencionar otros campos del saber como la culinaria, la medicina, la geografía, y las ciencias ocultas; no me cabía la menor duda de que en algún rincón de una librería encontraría el manual que me haría perfeccionar mi guión para llevarlo al estrellato. Y como los sueños no son más lógicos que nosotros mismos, sólo en ese instante supe que yo estaba escribiendo el thriller que me haría inmortal aunque debo admitir que el suspense no es mi fuerte, como tampoco lo es la comedia. De pronto me veía caminando entre los estantes de la librería escogiendo el manual para escribir la mejor obra de suspenso. Después de seleccionar el manual indicado, se veía mi imagen mientras escribía siguiendo las instrucciones del manual. Siempre me ha llamado la atención cómo uno puede ver su cuerpo completo en sueños, desde lejos, como en las películas. Es como si uno contara su propia historia en tercera persona; creo que en la mayoría de mis sueños he hecho el papel del narrador. Lo que más recuerdo del manual es el checklist que por supuesto yo seguí al pie de la letra luego de haber escrito mi historia: ¿Hay personajes definidos en su historia? Sí, hay dos, un asesino y una víctima. ¿Cree usted en esos personajes? Para ser honesto, dudo un poco. ¿Hay un conflicto en la historia? Por supuesto, el asesino quiere sacrificar a su víctima. ¿Hay alguna acción complementaria? Sí, la víctima llama a la policía. ¿Qué otros elementos hay en su historia? Persecución y miedo. Una vez hecho el checklist me sentí

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listo para la fama. Era ya la hora de hacer el lobby indicado. Y es que mi manual de ‘how to become a successful script writer’ contemplaba absolutamente todo. En el capítulo tres, que parecía el más práctico, había una lista de recomendaciones que debía seguir. Entre ellas estaban la de contactar a la gente VIP del medio. Sí, de hecho se recalcaba como un elemento fundamental empezar a asistir a los cocteles donde los producers y la gente VIP van con mayor frecuencia. Una de las sugerencias era iniciar una conversación sobre el último artículo que alguien hubiera escrito de alguna producción cinematográfica y dejar entrever que uno estaba escribiendo un guión que podría encajar en esa clase de producciones. Sin embargo, para hacer algo así se necesitaba más tiempo y como yo quería resultados inmediatos, opté por el plan B de mi manual. Los sueños, además de no tener una secuencia, son más extensos de lo que creemos. Por alguna extraña razón, siento que todo esto sucedió al mismo tiempo y reconstruyo textualmente la lectura de mi manual, aunque las imágenes han empezado a borrarse con el tiempo. Recuerdo que el plan B del manual me invitaba a llamar directamente a la compañía de producción para contactar algunos de los producers. Y con la extraña lógica de los sueños, esta vez me veía en la siguiente escena llamando al conmutador de la BBC, cuya oficina principal quedaba, curiosamente, en California. Al terminar de marcar oía una voz que decía: “welcome to the BBC Productions Line. Para Español, oprima la tecla número tres en este momento.” Luego de aplicar la tecla número tres, había un listado de opciones que iba escucha-


Escrito por Jorge Alvarado

ndo cuidadosamente: “Para someter un escrito para producción, oprima uno, para saber el estado de un escrito sometido anteriormente, oprima dos, para hablar con un representante oprima la tecla con el símbolo de número.” Tenía que someter mi escrito de suspense, el cual sería leído con prioridad por los producers y sería seleccionado para la próxima temporada. Luego la voz decía: “Para telenovela o tv show, oprima uno, para cinematografía oprima tres.” Y al oprimir tres decía: “Para comedia oprima uno, para drama oprima dos, para terror oprima tres, para suspense oprima el cuatro.” obviamente, el cuatro. Y luego me decía: “Si existe un asesino en su historia, oprima el uno, si hay más de una asesino, oprima dos, si no hay asesino, oprima tres para hablar con un representante.” Luego de diferentes menús de opciones, escuché en mi sueño una voz en el conmutador que me decía: “lo sentimos, todos nuestros producers están ocupados con historias más interesantes. Por favor, cuelgue, escriba otra historia y llámenos cuando esté listo. Good bye.” Entonces desperté, esta vez, literalmente, a mi realidad. El radio reloj había sonado varias veces y seguramente yo había asociado las alarmas con los timbres que se escuchaban en el menú de opciones de la línea telefónica de la BBC. Papá tenía razón, las matemáticas no son tan complicadas como ciertas artes a las que otros se dedican. Y lo que más me gusta de ser matemático es que puedo imaginar ecuaciones colectivas para entender mis sueños. Y puedo imaginar la música cuando canto ‘all the leaves are brown and the sky is gray’, mientras camino en el tibio invierno de Los Ángeles, con destino al community college, donde mis alumnos esperan todas las mañanas mi clase de álgebral

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el tren de las seis y media Escrito por Ver贸nica Mezzini

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el tren de las seis y media

J

oaquín cerró su programa de

contabilidad y miró a través de la ventana. Más allá del vidrio, la lluvia caía como un velo nupcial sobre la tarde citadina. Nueve pisos debajo de él, la estación del Metrorail estaba desierta. Una brisa barrió las hojas que el otoño incipiente había desparramado sobre el suelo. El reloj marcó las seis y veinte y entonces, como todas las tardes, ella llegó a la estación. El pelo rubio volando con las hojas del otoño, un abrigo negro, un paraguas, un pequeño maletín. Joaquín la observaba. Era una recurrente visión, casi cinematográfica, que desde hacía un tiempo irrumpía en la ventana de su oficina cuando la tarde moría y el cansancio comenzaba a instalarse, corrosivo, en la superficie de sus huesos. Él no sabía su nombre, ni su edad, ni exacta cronología de sus días y sus noches. Sólo sabía del halo de misticismo que la circundaba, de su belleza sobrenatural, de la serenidad que expresaban sus movimientos, la liviandad de su cabello ondulando en el aire, la soledad que la contenía... Él sólo sabía que el tren de las seis y media llegaría para anteponerse entre ella y él y, como el paño de un mago, la haría desaparecer, dejando un vacío saturado de ausencia. Ella nunca lo vio. Agazapado tras su computadora, agobiado de cotidianeidad, con el peso del hastío colgándole de la corbata. Ella no veía que él la veía.

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No veía sus ojeras violáceas en las que naufragaba una mirada exhausta de tantos rojos, verdes y azules, de blancos y negros, de rostros conocidos y desconocidos, amados y repudiados, de tantos números bailando una danza diabólica entre sus papeles y su computadora. Entonces, comenzó a materializarse en su interior la necesidad. La imperiosa necesidad que gestó la idea. Miró hacia abajo. Ella aguardaba aún su tren. ¿Y si escapaba? ¿Y si se iba con ella? Por un instante, deseó huir, abandonar la cordura, el lastre de la obligación, la rutina expresada en todo su esplendor en ese cargo de administrador de cuentas enquistado debajo de su piel... Abandonar la vacuidad de su vidita de tipo común y mediocre. Sintió deseos de tomarla de la mano, fundirse con su realidad, sensual, misteriosa y desconocida. ¿Y si lo hacía? ¿Por qué no? Si ella era una dulce invitación que todos los días, a la misma hora, lo sobrecogía desde la estación. Bella. Etérea, Ángel. Demonio. Luz. Tiniebla. Ausencia. Presencia. Duende. ¿Por qué no? ¿Por qué no hundir su cara en esos cabellos húmedos de lluvia? Y besarla y hacerla parte de sí mismo y perderse en aquella quietud. ¿Por qué no? Ella elevó la mirada y, por primera vez, lo vio. A pesar de la distancia, la transparente claridad de aquellos ojos lo hipnotizó. ¿Por qué no? Joaquín abrió la ventana. Atrás quedaba su pasado, su presente y su futuro. Atrás quedaba


Escrito por Verónica Mezzini

él mismo y su coherente sucesión de días y de noches. Se encaramó en el alféizar y se dejó ir. Y flotó en el aire mojado de la tarde, sobrevolando como un pájaro la explanada de la estación, hasta que sus pies se posaron suavemente sobre el piso. Ella lo aguardaba. Emanaba una paz más allá de lo real. Le tendió una mano, blanca y dulce. —¿Vienes?- preguntó ella. —Voy- respondió él. Y, tomados de las manos, desaparecieron en el interior del tren. Joaquín se abandonó a ella, leve, enamorado, embebido de beatitud. Feliz. Su cuerpo fue encontrado a las seis y cuarenta y cinco, desangrándose en el andén helado de la estación del Metrorail. Quienes lo vieron aseguran que sus labios morados dibujaban una mueca extraña. Parecía una sonrisal

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la camella confundida Escrito por Ernesto Alonso Flores

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la camella confundida

H

abía una vez un lugar muy

remoto de la tierra donde habitaban la mayoría de los camellos, llamado Camellolandia. Allí vivía felizmente la camella Yeya quien soñaba con ser una gran modelo reconocida. Cierto día, mirando un show de televisión, Yeya quedó encantada con un desfile de modas que exhibía a las mejores modelos jirafas de la región. Y en ése momento se le metió una idea en su cabeza…. —¡Yo puedo ser mejor que todas ellas! Luego se quedó pensando y exclamó: —¡Pero por supuesto; soy mejor que todas ellas! ¡Ya lo verán! Luego se puso a pensar, pensar y pensar. Y así, pensó, pensó y pensó. Después se le ocurrió una gran idea…. —¡Tengo que hacer ejercicio para desaparecer esta fea joroba y así crecerá mi cuello! —¡Eso es! Lo intento así por mucho tiempo pero a pesar de sus grandes esfuerzos y su terrible cansancio su cuerpo seguía igual. Luego pensó: –¡Ah, ya sé! ¡Me pondré a dieta! Así mi cuerpo delgado se estirará mejor. Y lo intentó. Después continúo con una serie de ideas locas que resultaron en vano y que lo único que estaban provocando en su cuerpo era una reacción negativa a su salud. Comenzó a quedarse calva, le aparecieron tremendas ojeras y sus enormes labios eran lo que más resaltaba en su cara. En medio de su

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desesperación por no lograr su objetivo, comenzó a alejarse de sus amigos y vecinos. Pues todos veían, además de descabellada, imposible lograr su meta y estaban cansados de discutir su necedad. Así fue como comenzó a quedarse sola. —¡Esto de parecer modelo jirafa cuesta mucho!–Pensaba. Y así transcurrió el tiempo. Después de muchos intentos y sacrificios, se veía flaca, enferma, ojerosa, débil y sobre todo fea. Sus vecinos y amigos la miraban sorprendidos e intentaban ayudarla pero ella seguía obstinada con su absurda idea. Y es que la verdad ya no parecía camella, había perdido la esencia de los de su especie. Se veía rara, tanto que llamaba mucho la atención y generaba comentarios. Empecinada en su idea y sin dar marcha atrás decidió poner tierra de por medio para evitar oír comentarios. Así se fue a vivir a un lugar lejano donde nadie la reconociera y dejó Camellolandia. Ya instalada en una ciudad urbana, donde habitaban todos los tipos de animales, las burlas continuaban. —¡Bueno, y ésta o éste! ¿Qué es? –Escuchaba a su paso —¡Qué fea, parece que no se desarrolló del todo! –Decían otros. Mientras unos niños camellos que la vieron exclamaron: —¡Pobrecita, ha de estar enferma! Y corrieron a pedirle comida a sus papás camellos para llevarle. Y así trascurrió el tiempo, la camella Yeya seguía con la idea de ser una súper modelo y participó en un concurso exclusivo para jirafas modelo. Cuando llegó a la audición todas las jirafas la miraban sorprendidas, creían que no estaba cuerda y por supuesto, nadie decidió


Escrito por Ernesto Alonso Flores

incluirla en sus desfiles. Al vivir tan de cerca el rechazo y cansada de tantas críticas, Yeya se desilusionó. Se sentía confundida, no sabía qué hacer. Pues para nada parecía jirafa y como camella se veía horrible. Sin saber qué hacer, se alejó. Caminó, caminó y caminó hasta llegar a un lugar solitario. Allí lloró, lloró y lloró. En medio de su llanto escuchó que le hablaban. —¿Por qué lloras?–le dijeron. Al voltear ser dio cuenta que quien le hablaba era una hormiga, su nombre era Miga. Luego Yeya se desahogó con la hormiga Miga, quien también le contó su historia. Ella, en algún tiempo, se confundió y creyó que podría ser avispa y al intentar tener ésa cinturita casi pierde la vida, razón de peso que la hizo comprender una gran lección. —¡Cada uno es como es Yeya!¡Somos únicos! Y lo mejor es aceptarnos tal y como somos. ¡Por supuesto que podemos intentar ser mejores pero dentro de nuestra condición y limites! En eso consiste la riqueza de ser únicos e irrepetibles. Yeya seguía triste y pensativa. —¡Valora quien eres y lo que tienes– Continuaba la hormiga Miga–¡Ya verás que así la vida se disfruta mejor! —¡Lástima que no me di cuenta antes! –Exclamó Yeya con un suspiro. —¡No hubiera desaprovechado tanto tiempo de mi vida intentando ser alguien que no soy! ¡Era tan feliz antes! ¡Vivía rodeada de mis amigos y todos me apreciaban por ser como era! ¡Qué estúpida he sido al no valorarlos! ¡Mírame ahora, sola y triste pero muy arrepentida de lo que hice! Luego volteó a ver a la hormiga Miga con una mirada de valor y fuerza. Decidida exclamó:

—¡Tienes razón, cada uno de nosotros es único e irrepetible! —¡Lo mejor es que te das cuenta de tu error y ése es el primer paso para cambiar! Regresa a tu pueblo y vive feliz, ya verás que tus amigos te apoyarán. Luego, la hormiga Miga siguió su camino y la camella Yeya emprendió su regreso a Camellolandia. Al llegar buscó a sus amigos y vecinos y les pidió perdón por su comportamiento. Todos la perdonaron y le organizaron una gran fiesta de bienvenida en la que por supuesto, no podía faltar la comilona. Yeya aceptó ser como era y se olvidó por completo de la absurda idea de ser modelo jirafa. Y esta vez tomó una gran decisión: ser feliz por siempre en Camellolandia. Y así sucedió. Pasó el tiempo y se enamoró de un camello llamado Barbón y juntos procrearon a Yeyita y Barbónsito, sus dos entrañables cachorros. Y fueron felices por siemprel

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LA TÍA WICHY Escrito por Gisela Labrada

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LA TÍA WICHY

M

is mañanas eran un

rectángulo de sol deslizándose lento sobre el pizarrón. Mi profesora Margarita, vestida de caqui beige, se encargaba de llenar el resto del espacio de intenciones docentes. Nunca pude entender su interés por reducirme el encanto de la lluvia a una simple condensación de vapor, el susto del rayo a un intercambio de cargas eléctricas y el misterio de la luna llena a un rutinario movimiento de rotación. Sufrí calladamente los secos dogmas de la enseñanza, especialmente los de la geografía, empeñada en la terquedad asfixiante de los límites. Sólo recuerdo haberme rebelado el día en que intentaron simplificarme las estrellas. Nunca olvidaré las carcajadas de mi maestra cuando le dije que las estrellas no eran meros cuerpos celestes sino una luminosa mezcla de anclas y alas porque, como solía decir mi abuelo, ellas nos dan la latitud exacta del lugar al que pertenecemos y el espacio infinito donde habitan nuestros sueños. Todos se burlaron de mí y me miraron como a un sapo de dos cabezas. Suspiré. Bajé la vista y con resignación y disciplina seguí llenando mis cuadernos con letras redondas y agachadas, como bibijaguas dormidas, mientras toda la magia del mundo se me escurría por el riguroso agujero de la ciencia. Aunque

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todo no estaba perdido… me quedaba la Tía Wichi. Hacia el centro del día el aire se hacía más ligero. Al sonido del timbre nos desbordábamos por la puerta del colegio en una alegre y bulliciosa algarabía. Emprendía entonces el camino de regreso a mi casa, entre risas y gritos que iban apagándose en la distancia. Me gustaba tomar el camino que bordeaba la línea de la costa para no perderme el mar. Me dejaba atrapar entonces por el vuelo en círculo de alguna gaviota enamorada, o por el chapoteo risueño de las sardinas, burlándose de algún peje barrigón incapaz de darles alcance. Así, casi sin darme cuenta, llegaba a mi casa. Las tardes eran una rutina diferente. Mi madre me esperaba para adentrarme en las labores del hogar. Mi condición femenina así lo requería y mientras mi hermano jugaba con sus amigos yo debía pagar mi deuda con la sociedad por haber nacido con ciertos adminículos de menos. —¿Por qué no recoges tu cuarto?... ¿Por qué no lavas los platos?... ¿Por qué no barres la cocina?” No he conocido a nadie con tanto sentido de la curiosidad para dar órdenes como mi madre. Yo emprendía las tareas con una increíble ligereza. Mi meta era concluirlas todas antes de las cuatro, esa hora divina en la que comenzaba el programa. Me movía a 75 revoluciones por minuto seguida de cerca por mi perro Ciclón, quien nunca pudo soportar mi velocidad. Al cabo de


Escrito por Gisela Labrada

un rato de persecución, el pobre animal comenzaba a chocar contra las paredes hasta que me miraba con ojos vidriosos y finalmente caía desmayado. Yo desempolvaba, regaba las plantas y hasta era capaz de doblar la ropa en orden alfabético; hacía cualquier cosa con tal que me dejaran escuchar el programa de la Tía Wichi. ¡Ah, la Tía Wichi, con su voz de guarapo con espumita! Me acariciaba con cada palabra, me hacía adivinanzas ingeniosas, me cantaba canciones hechas de algodón de azúcar… pero lo mejor eran sus cuentos. Eran historias maravillosas capaces de hacer desaparecer las paredes, los muebles y hasta el techo del comedor, porque todo el espacio se llenaba de hadas de raso y princesas de tafetán, ratoncitos parlanchines, caballos con alas de encaje y príncipes invencibles que con sus brillantes espadas despanzurraban de un golpe a villanos barrigones, brujas narilargas y ogros con aliento de trueno…. Era toda una hora de ensoñación. Al terminar el programa se iban esfumando uno a uno todos los personajes y el comedor regresaba a la normalidad. Yo quedaba en un total estado de felicidad, con el recuerdo de mi angelical, preciosa y rubia Tía Wichi girando en mi memoria. Tan reales llegaban a ser los seres de sus cuentos que una vez le abrí un hueco a la tela de la bocina del radio, tratando de descubrir en su interior al gigante de las siete leguas…Ante tanta afición, mi madre decidió premiarme: —Mañana te llevaré al estudio donde

trasmiten el programa infantil. No he vuelto a darme en mi vida otro baño como ese. Lavé casi con saña todos los resquicios de mi cuerpo sin olvidar ninguno. Acepté de buen agrado ponerme la bata de seda natural con su incomprensible lazo de avioneta en la cintura, y aún más, las dos paraderas de almidón acorazado que tanto odiaba. Aguanté sin chistar mientras mi madre me estiraba el pelo una y otra vez, con dolorosa meticulosidad, hasta consumar su impecable rabo de mula, peinado que me dejaba los ojos chinos y las mandíbulas entumecidas. Nada importaba, me embargaba una excitación casi narcótica: finalmente iba a conocer a la Tía Wichi… Tras más de media hora de espera en el estudio de radio, tiempo que bastó para que me cercenara todas las uñas, entró en el mismo una señora regordeta y bajita, con falda gris, blusa azul de mangas largas, enormes zapatos ortopédicos, pelo canoso recogido en un moño y unos gruesos lentes por donde se asomaban, desde la profundidad de una caverna, unos inexpresivos ojitos pardos. Sentí un extraño y premonitorio latigazo en el ombligo... Con aspereza y altanería, la señora impartía órdenes a diestra y siniestra a un par de asustados asistentes que enredaban y desenredaban metros de cable, soplaban en los micrófonos y le acomodaban la altura de la silla. Un señor con audífonos hizo un complicado gesto y de pronto se encendió un letrero pegado al techo y con letras rojas que decía: EN EL AIRE.

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LA TÍA WICHY

Acto seguido aquella señora tan mandona, tan cotidiana, tan real, tan...distinta, se sentó ante el micrófono y comenzó a hablar - ¡horror! - con la misma voz de guarapo con espumita de la Tía Wichi… Fueron los sesenta minutos más rígidos de mi existencia. Apenas concluyó el programa salí corriendo y bajé de dos en dos los escalones hasta la calle, donde dejé escapar al fin el grito que se me había instalado en el mismo borde de la garganta durante toda una hora. Y lloré. Lloré con sollozos, espasmos y lagrimones chorreándome por la nariz durante todo el camino de regreso. Mi madre estaba tan desconcertada que me hacía mil promesas con tal de consolarme. —Que yo te traigo otra vez, que te traigo todas las semanas, todos los días, ¡pero no llores más coño! Ella no podía entender mi llanto. Lloraba por un sueño roto, por una ilusión desecha, por el dolor que produce un trallazo de realidad a mansalva. Lloraba porque había descubierto que la vida podía ser peligrosamente diferente…. Al llegar al pueblo me fui directo a la costa. Allí permanecí entre los arrecifes, con la vista fija en el horizonte, hasta que la boca se me llenó de salitre. Con la última luz de la tarde apareció mi estrella favorita. Como de costumbre, le conté todo en voz baja y sin respirar, esperando que al menos ella pudiese darme algún consuelo con sus parpadeos en clave. Una ola traicionera rompió a destiempo contra las rocas y me bañó de pies a cabeza. Triste,

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empapada y sin ninguna respuesta, regresé a la casa. No quise comer. Me acosté temprano y me quedé dormida entre hipos y suspiros. Entonces sucedió el milagro. Soñé con la Tía Wichi, pero con la mía, esbelta y preciosa, con sus trenzas de melcocha, sus enormes ojos donde cabía todo el mar y su sonrisa de promesas, esa que le dejaba marcados dos hoyitos juguetones en los cachetes. Mi Tía Wichi me tomó de la mano y me llevó por sus cuentos. Visité castillos y auroras boreales, hablé con duendes, cíclopes y odaliscas y hasta dimos un paseo montadas en la cola de un cometa… Casi al amanecer regresamos a mi cuarto. Entonces me dio un beso de merengue en la frente y me dijo, con su inconfundible voz de guarapo con espumita: —Yo siempre viviré aquí… Sólo tienes que llamarme… Y dicho esto, se marchó por una de las esquinas del universo montada en un unicornio. Me desperté pero no abrí los ojos. Sonreí. ¡Estaba tan contenta…! Había encontrado un sitio donde la realidad podía ser desafiada, un lugar estrictamente mío, invulnerable y encantado…un lugar donde no cabían los desengaños, ni la tristeza, ni tan siquiera la ciencia con su manía de deshacer la magia... Sólo bastaba con cerrar los ojos y dejarme llevar por mis gaviotas, esas que siempre volaban al sur de mi garganta. En ese lugar podía rehacerlo todo. Podía hacer que mi padre dejara de ser simplemente una foto gris encima del bucarito y


Escrito por Gisela Labrada

que volviera a inundar la casa con su risa de terremoto y manantial. Podía hacer que mi abuela Angelita encontrara el cofre de sus palabras perdidas, así los besos que me escribía en el aire y las canciones que me cantaba con sus manos de alondra se llenarían de sonido. Podía hacer que mi amiga Silvia corriera conmigo por la orilla de la playa, cazando cangrejos y recogiendo caracoles, sin esos odiosos aparatos de metal que le estrangulaban las piernas y le quitaban el brillo de los ojos. Hasta podía lograr que a Mochito le saliera la cuarta pata que nunca tuvo, para que fuera el perro más lindo y veloz del mundo, o al menos, para que lo quisieran mucho y no le tiraran piedras por ser un perro cojo. Sí, era un lugar donde había espacio para las maravillas. Sólo tenía que llamar a mis gaviotas, esas desveladas que se pasaban la noche bebiéndose la luna. Ellas conocían el camino y me llevarían hasta allí en un santiamén. Me estiré, solté una carcajada triunfal y abrí los ojos. Tropecé entonces con la entrañable gordura de mi madre y con sus ojos estrujados por el sueño y la preocupación. Mi cambio de humor no la sorprendió. Desde hacía tiempo había decidido que era más fácil quererme que entenderme. Me vestí rápido y desayuné con una de mis más perfectas alegrías. No dejé de cantar ni tan siquiera mientras me cepillaba los dientes. Mi madre seguía todos mis pasos con su inigualable presencia de mariposa. Le sacudí las orejas a Ciclón y le silbé dos veces al sinsonte de todas mis mañanas. Finalmente tomé los cuadernos de la escuela y

me paré en la punta de los pies para colgarle un beso de hasta luego a mi madre en la mejilla. Entonces la vi. La vi en la grandiosa sencillez de su entrega, en toda su bondad suicida, en todo su implacable amor. Quedé convencida, desde ese mismo instante, que mi madre sería una de las pocas cosas de este mundo que nunca podría rehacer mejorl

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LUNA DE PAPEL Escrito por Rogério Manzano

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LUNA DE PAPEL

V

igiliae

El libro era antiguo. Despegué con cuidado la primera página y leí... El sol arde encima de mi cama, -¿será que Manuel lo incendió?-. Se consume, como yo, entre la acritud de las sábanas. Y mi padre con aquella ocurrencia. Mi padre: tan honesto, tan acaudalado, tan padre. —Es cosa de negocios-, alega, mientras coloca cada vez mayor énfasis en las eses que pronuncia. —Será cuestión de unas horas. Voy a oponerme. Pero mi padre se llama Severo y él nunca ha dejado de asistir al salón de la Condesa, es un argumento equivocado. Quizá también debiera llamarse obstinado. Llegamos aunque, en efecto, yo todavía pretenda regresar temprano a la Habana. El Rosario es una finca larga y negra y en la casa de tejas de Trinidad nos recibe un cuerpo redondo y colorado: pertenece a don Esteban Briseño. Le acompaña una risita insípida que sólo sustituye por una amabilidad persistente, tan incómoda como un herpes. Debajo de las tejas el calor absorbe el sudor instintivamente y las palabras rebotan con fuerza en las paredes enjalbegadas. Son palabras de negocios que se entrelazan y anudan sobre la cara del Rey. ¿Me salvará del ostracismo...? Pero el español gordito insiste, insiste, insiste, en embutirnos aquella merienda total y exclusivamente elaborada con frutas. Todas bajo mi nariz… me penetran con su olor faringe adentro. Y luego los refrescos y los dulces que no me voy a comer pero que insiste en que los pruebe, que son sabrosos, deliciosos, reconstituyentes. Pero yo no quiero nutrir mi estómago. Yo quiero avivar mi fantasía. Entonces aparece Manuel. Cae sutil,

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como la gota que resbala por el cristal. Reconocer que ha llegado es presentir la mirada que resplandece detrás de los párpados. Es observar el machete proscrito que le cuelga a la cintura. Es admirar aquella altivez innata, quizás heredada de su raza, que lo muestra menos criollo de lo que figuro. La sorpresa toma a todos por el cuello. Los ahoga de miedo. Me río de Don Esteban, que pálido y nervioso, balbucea las palabras... —¿Qué... quieres, Manuel?-. —Usted lo sabe Don Esteban. Tenemos un trato-. Y le hinca la mirada de bandido, de un modo tan convincente, que el hacendado extravía su arrogancia. Y allá corre a la casona el negro mayordomo. Regresa con una gran bolsa de cuero de vaca y se la entrega a Manuel, que se vuelve hacia mí y me roza con la mirada. Manuel tiene los labios como de sangre y los apoya en mi mano. —Soy Manuel García, Rey de los Campos de Cuba, pa’ servirle a Dios y a usted-. Es como en mis sueños...

L

audes

—¡Manuel García, Manuel García, Manuel García! ¡Es una rata de campo!- grita mi padre, que engendra valor con cada copa de vino. —¡Aquí no vendrá, no, no! ¡La Habana le queda demasiado ancha a ese guajiro!-, y se hunde por la puerta hacia su despacho a abrazar a sus duros y a sus mulatas. (Si me pidieran mi opinión, solicitaría un par de tijeras para cercenarle la cabeza a los trasgos). Los trasgos me halan por una esquina de las sábanas cada madrugada. Me fastidian, me atemorizan, me enloquecen. Escucho llamar desde afuera.


Escrito por Rogério Manzano

—Niña, un señó píe’ licencia pa’ jablar con su mercé-. Pero esta noche, la figura recurrente de un caballo gris los interrumpe. Los trasgos, amedrentados, huyen hasta el borde de mi cama y escapan con rápidas zancadas. La voz, con olor a hierba del monte, me ordena categórica: —¡¡¡Salta!!!-. Y salto. Y caigo a la espalda de Manuel. Me agarro de su chaleco de cuero avellanado y galopamos como bandoleros todos los potreros desde Palos hasta Nueva Paz. Cerca de un arroyo nos detenemos. Es luna llena y el cuerpo de Manuel se yergue encima de un círculo de sombras. Son las mismas sombras que esconden el secreto de su vida. El Tres luce largo, como un Remington, en sus manos. Los dedos juegan con las cuerdas flacas. La voz se escapa viril... Libre un día he nacido en el pueblo de Alacranes y crecido en los desmanes de un país oprimido. Oiga usted lo sucedido y atienda mi narración; soy hombre de corazón que en el monte ha escondido una vida de bandido, por causa de la opresión. El Tres calló un instante. Después Manuel continuó. Las tonadas se extraviaron entre las copas de los árboles negros hacia la noche inmensa...

P

rima

Retornamos. Voy tras sus huellas. Lo observo. Los brazos se le separan del cuerpo al ritmo de las zancadas de la bestia.

El sombrero de ala ancha limita los extremos de la luz casi ausente. Escudriño la distancia hasta el límite de las sábanas blancas. No hay trasgos, ni enemigos, ni leyendas, ni mitos. Vuelvo a mirar atrás y ya no logro acordarme de quién era Robin Hood. Sólo la veo la silueta de un Rey que cabalga por los campos en una noche de papel.

T

ercia

Mi cama es un selecto sitio para morir, o simplemente, para esperar a Manuel. Pero mi madre aún no lo sabe y el resplandor de sus pasos lacera las páginas del libro sobre mi cama. ¡Ay mamá, no ves que estoy dormida! Pero ella se acerca y me pone una mano sobre la frente. Puedo escuchar su aliento preocupado. —Sandra hija, por qué no te levantas-. (—¡Míralo mamá, ya llega! ¡Tiene los ojos como de miel...!-.) —Sandra, ya es muy tarde. Llevas muchas horas dormida. ¡Levántate, por favor!-. (—Es él... es Manuel. Vino a buscarme, como me lo prometió anoche-.) —¡Levántate de esa cama niña! ¡Por Dios despierta!-. (—¿Sabes? Nuestro amor fue concebido dentro de estas páginas...-) Ella intenta marcharse pero vuelve y me susurra. —Ahí está Jorgito, quiere verte-. (—¡Ay mamá...!-) Me doy media vuelta y abrazo a Manuel. Él me estrecha entre sus brazos, espolea al caballo y nos diluimos entre las páginas de un libro antiguol

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Papรก Luis Escrito por Mercedes Aguilera

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Papá Luis

L

os pasos que ha dado mi

abuelo son muchos, sin lugar a dudas, pues 103 años recorriendo los caminos de esta vida no son cualquier cosa. Hace un par de días escuché que había vuelto a enfermar. Una noticia no muy agradable. Las ha pasado perores, seguramente, pero la edad no es la misma, el cansancio es mucho y él ya se ha despedido de todos sus hijos (nietos incluidos). Aún recuerdo cuando, siendo yo una niña, nos reunía a todos: nietos e hijos (que estuviéramos presentes), encendía una fogata y nos contaba historias. Muchas reales, otras…no tanto. La verdad es que creo que la mayoría de ellas fluían de su imaginación. Inventadas momentos antes de comenzar a contarlas. Definitivamente, esas eran las mejores. Fantasmas que abrían y cerraban puertas; otros más que buscaban hablar con los que aún estaban vivos; brujas que volaban sin escoba, la mostaza regada en el techo para mantenerlas ocupadas durante la noche (eso para evitar que entraran por la ventana) y si lograban mantenerlas ocupadas hasta el amanecer, ellas morirían al contacto con el sol; el ‘perro del mal’, que rondaba en las noches

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buscando almas corrompidas para llevarlas a las puertas del infierno. Siempre muy supersticioso. Nunca dejó que le tomaran una fotografía. Y sus historias reflejaban todo lo que él creía. —¿Qué pretendes con esa cosa?- Me decía serio mientras yo intentaba esconder la cámara. Su radar para ‘esas cosas’ era muy bueno pues, hasta el día de hoy, no existe una sola fotografía suya. Él ha sido la más grande influencia que he recibido en mi vida. El mejor tiempo de mi infancia fue durante esas noches de interminables historias. Justamente, fueron esas historias las que me inspiraron a escribir. Su voz de trueno en las noches de fogata aún resuena en mi cabeza y parece ayudarme mientras me inspiro al escribir. En mi familia ha sido el único que se atreve a decir lo que piensa sin sentir remordimiento. —‘Mija’, ese cabrón con el que andas ¡qué feo es! y yo que pensé que después de tu mamá ya nadie tendría peor gusto.–Le decía a mi prima Flor cuando, a sus dieciséis años, le presentó a su novio. Nunca ha envidiado nada pues su espíritu aventurero siempre lo llevó por los caminos que él deseo recorrer. Y los caminó


Escrito por Mercedes Aguilera

con pies de plomo. Amó como pocos lo han hecho. Amó tanto que su lista de amantes fue larga. —Sequé las lágrimas de tu abuela–me contó en una ocasión. Mi mamá y mis tíos nos han dicho que dejó de parrandear el día que mi abuela murió. Permaneció encerrado durante tres meses en una habitación oscura y apenas si comía. Cuando decidió salir de su encarcelamiento voluntario, vendió todo lo que tenía y se llevó a sus hijos a un lugar lejano a comenzar una nueva vida. No más alcohol, no más mujeres. Cometió muchos errores pero las personas se recuerdan por las cosas buenas que hicieron y, en el caso de mi abuelo, no fueron pocas. Cuidó y educó a sus hijos con amor y respeto y los enseñó a valerse por sí mismos. —Las personas tienen que ser capaces de poder vivir con dignidad, valiéndose de sus propias manos pero nunca deben ser lo suficientemente orgullosas como para no reconocer cuando necesitan ayuda.–Decía mientras su mirada se perdía a lo lejos, en un lugar o tiempo que nadie más podía ver ni alcanzar. Su cansado cuerpo reposa en una cama de hospital con la cadera fracturada, la columna desviada y una vista tan mala que ya no es capaz de reconocer a sus hijos pero su oído es tan bueno como siempre.

—No los puedo ver, pero no se preocupen, aún los puedo escuchar; así que no hablen mal de mí pues aún sigo aquí.–Les dice a los presentes mientras muestra su enorme sonrisa. Justo ahora, mientras terminó de escribir estas líneas, el teléfono ha sonado. —Es cuestión de horas.- me dice la voz temblorosa de mi madre. —Pon el altavoz por favor.- Le digo, con la misma voz que se quiebra. – Papá Luis, ve tranquilo, que en esta tierra ya no hay nada más que debas hacer. En el cielo te reclaman y es demasiado egoísta de nuestra parte querer retenerte más tiempo, te quiero. No hay contestación pero mamá me dice que ha sonreído y también llorado. Su reloj está en cuenta regresiva…tic, tac, toc. Ahora lo sé, no hay remordimientos ni dolor, él vivió como pocas personas que haya conocido. Nos veremos, no muy pronto espero. Adiós abuelol

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ยกPelota! Escrito por Araceli Mรก

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¡Pelota!

E

n los Andes centrales de Sudamérica vive una familia pobre. Una pequeña parcela de tierra con unos pocos animales tiene que sostener a la familia. En esta tierra el frío es penetrante pero ellos caminan en sandalias y se cubren con dos o tres ropas para evitar que el frío se cuele entre los huecos de las ropas viejas que utilizan. Aquí vive Teresa, quien es madre de tres hijos y no tiene esposo. Ella se levanta temprano, se lava y se hace una hermosa trenza negra con unas lanitas de color colgando, con las que entretiene a su bebé que lleva cargado en su espalda. Eulogio, su segundo hijo, debe recolectar leños para cocinar y Manuel, el hijo mayor, va al río a traer agua fresca para hacer el desayuno. Aún no ha terminado de amanecer y ya todos están trajinando porque Manuel estudia en una escuela lejana que le queda a una hora caminando. Por la tarde cuando termina sus clases va a la iglesia donde hace sus tareas. Aquí las hermanas tienen una biblioteca. Tienen sillas, mesas, luz eléctrica y sobre todo libros, cosas que Manuel no tiene en su casa para hacer sus tareas. Una tarde de diciembre, la hermana Graciela invitó a Manuel con toda su familia a la fiesta de Navidad que se celebraba el siguiente sábado. Manuel llegó muy contento con la buena noticia a casa y la compartió con toda la familia. Eulogio no entendía porque estaba tan contento, entonces Manuel le explicó En la fiesta de Navidad de la biblioteca, las hermanas reparten pan dulce y chocolate caliente y luego, a cada niño le dan un regalo. —Regalo. ¿Qué es un regalo? pregunta Eulogio

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—Regalo puede ser un juguete, una ropa o un libro, las hermanas nos regalan por Navidad, entonces a los niños nos pueden dar carritos o muñecos pero a los más grandes les dan pelotas. Voltea a su mamá y le pregunta: —¿Mamá, este año tú crees que me toque una pelota? —No sé Manuel, tú sabes que no sabemos que nos tocará pero lo que sea hay que dar gracias a Dios y a las hermanas, todo es bienvenido. —¿Qué es pelota?, pregunta Eulogio —Es algo redondo, como una naranja pero más grande, como una col, pero no tan dura, es algo que rueda y la pateas y ¡juegas fútbol!, explicaba emocionado Manuel, -En la escuela tenemos una, pero este año si me regalan una voy a poder tenerla en casa y te voy a enseñar a jugar fútbol. —¿Y de qué color es? —Es blanca y tiene manchas negras. Sí, este año me debe tocar una pelota. Decía Manuel entusiasmado tan sólo con la idea. Eulogio se contagió del entusiasmo de Manuel y dijo —Yo quiero Pelota. Entonces Teresa intervino: —Es hora de dormir, ya basta de conversar, a soñar. Buenas noches. —Buenas noches, respondieron los dos. Pero Manuel siguió soñando con pelotas “Voy a patear fuerte y voy a hacer goles...” y con esos felices pensamientos Eulogio y Manuel, arropados por su mamá, se durmieron. El día señalado, Teresa se levantó temprano como de costumbre, dio de comer a los animales e hizo el desayuno para todos. Ató a la bebé a la espalda y empezó a caminar con sus dos niños al costado. Todos iban contentos e ilusionados, avanzaron hasta la colina y vieron que un bus se acercaba por la carretera, si apretaban el paso lo alcanzarían y llegarían muy a tiempo. Pero al apretar el paso con el bebé en la espalda, Teresa se tropezó y


Escrito por Araceli Má

se lesionó el tobillo. Teresa sentía dolor en su tobillo, tuvo que acomodar a la bebé en el suelo y rasgó un trozo de tela, luego le pidió a Manuel que recogiese una hojas de yanten. Ella cogió las hojas grandes y verdes y las chancó con una piedra y las puso alrededor de su tobillo y las ató con la tela al tobillo. Eso la alivió mucho. Manuel cargó a la bebé en sus espaldas y Teresa avanzó con una ligera cojera pero reanudaron el paso. Cuando llegaron a la carretera, el autobús ya había pasado. Así que empezaron a caminar al lado de la carretera. Para su buena suerte, pasó Don Alfredo, en su camioneta llena de papas —¿A dónde van? preguntó. —A la biblioteca, respondieron. —Yo también, dijo él, Vamos, suban. Agregó. Ellos se subieron encima de los sacos de papas y avanzaron hasta la biblioteca. Teresa buscó unas monedas y se las ofreció a Don Alfredo como pago por su pasaje. Sabía que no era suficiente, pero quería darle algo. Don Alfredo le dijo: —No, hija, ¡Cómo se te ocurre!, anda no más. Teresa y sus hijos escucharon la música de la fiesta a lo lejos. Eso quería decir que la fiesta ya se había iniciado en la biblioteca. El dolor del tobillo aumentaba y el sudor bañaba su frente, pero seguía caminando aprisa. No quería que sus hijos se quedaran sin regalo. La familia era tan pobre que los únicos regalos que recibían en Navidad eran los de la caridad de la Iglesia. —La hermana Graciela los reconoció y cuando entraron les alcanzó sus tazas de chocolate con quinua caliente y sus panes. Los chicos, contentos, se acomodaron en las mesas y comieron. Mientras los niños estaban entretenidos la hermana Graciela llamó a Teresa y le dijo:

—Teresa, este año sólo podemos darles a los bebés un peluche pequeño, pero para los niños grandes no nos alcanza. Así que decidimos dar una pelota por familia, a quién le damos el regalo¿a Manuel o a Eulogio? —Una pelota, uff, suspiró Teresa. Era la primera fiesta de Navidad para Eulogio. Él jamás había visto una pelota pero escuchó atento la explicación de su hermano mayor. Pero por otra parte, sabía de la ilusión de Manuel y cómo le gustaba el fútbol. ¡Qué decisión más difícil para una madre! —De pronto, la mirada de Teresa se fijó en la paredes adornadas de globos y le dijo a la hermana: —Hágame un favor Hermana. Entréguele a Manuel la pelota pero regáleme un globo de los que están en la pared y papel periódico. La hermana le alcanzó un globo de la pared agregando: —Vaya la cocina. Allí hay papel periódico. Al momento que la hermana Graciela anunció los regalos, todos los niños gritaron de emoción: ¡Regalos! ¡Regalos! ¡Regalos! Cada bebé recibió su peluche y cada familia una pelota, Manuel recogió la suya sonriendo emocionado y Eulogio se quedó parado, atento, pero no decían su nombre. Y cuando parecía que todo había sido repartido, le alcanzaron algo a la hermana Graciela. Casi redondo y de color casi blanco y negro. Ella dijo: —Esto es para ti, Eulogio, ¡Feliz Navidad! —¡Pelota, pelota, pelota! Gritaba loco de emoción Eulogio mientras se la enseñaba a Manuel. Manuel, sabía que si abría su regalo, su hermano notaría la diferencia. Así que dejó el papel de regalo y miró a Eulogio para juntos gritar: —¡Pelotas! Los dos hermanos, abrazados, saltaron de alegríal

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receta para ensalada de pollo Escrito por Luz Castillo

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receta para una ensalada de pollo realmente fresca

T

odos en el estudio de televisión

estaban atentos, listos para lo inesperado. —Una vez que el agua está hirviendo, es hora de agregar el ingrediente principal a nuestra ensalada de pollo verdaderamente fresca.– con estas palabras, la cámara se volvió hacia él. Paula extendió las manos para agarrar a Pepito y él dejó que ella lo tomara sin emitir ni un chirrido. Después de todo, su rostro lucia dulce, amistoso, enmarcado por una mata de pelo blanco algodonado que la hacía parecerse a una mamá gallina. Olía a hierbas que le recordaban su hogar. Su voz era suave y tranquila. —Anda… ven Tomó a Pepito y, apretándolo contra su cuerpo en lo que a él le pareció un abrazo amoroso, lo presentó a la cámara. —¡El pollo! Pepito no se dio cuenta de que estaba hablando de él. No previó el peligro. Nadie antes le había llamado así, pollo. En la granja, él había sido amigo de la anciana y los niños. Entraba y salia de la casa grande como uno más de los señores. Siempre había sido “Pepito”. La chef acostó al pollo sobre la tabla de cortar. El lente de la cámara enfocó de cerca a Pepito. Era un pollo hermoso blanco de cresta roja. Aún no había miedo en su rostro, pero sí parecía confundido.

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“¿Quiere que tome una siesta?”, se preguntó Pepito. Había visto a la anciana y los niños, e incluso al viejo, acostarse para dormir. Sin embargo, éste no era su estilo. “Bueno, en ese caso, tengo que ponerme de pie.” Se retorcía y agitaba tratando de pararse, pero Paula lo sostenía firme contra la tabla de cortar hasta que él se dio por vencido. “Bien doña, si insiste, me acuesto, pero sólo por esta vez.” Paula sostuvo a Pepito sobre la tabla con una mano y con la otra tomó un gran cuchillo. El brillo de las luces del estudio se reflejó en la hoja del cuchillo y cegó a Pepito por un instante trayendo a su mente el recuerdo del glorioso sol asomándose al amanecer allá en la granja. Paula levantó el cuchillo por encima de su hombro listo para cortar la cabeza del pollo. Pepito reconoció el arma y el gesto amenazante del brazo de Paula. Él había visto al viejo usarlo en otros animales. Recordó la sangre y las cabezas sin vida al caer al suelo. “¡Oh, no!” En lo que el cuchillo golpeó la tabla, Pepito levantó la cabeza con una velocidad asombrosa, y con todas sus fuerzas enterró su pico en la mano de Paula. Adolorida, ésta dejó ir el pollo, que intentando escapar se enredó en la mata de pelo blanco algodonado de la chef. —¡Ayúdenme! —¡Quítenmelo! —¡Rápido! Todos, excepto el camarógrafo, quien


Escrito por Luz Castillo

continuaba haciendo su trabajo, corrieron a su rescate. Pepito no se rendía. Se agitaba, y chillaba desesperadamente. Paula corría por todo el estudio sacudiendo las manos sobre su cabeza tratando de espantar al pollo como si este fuera una mosca gigante. Una manada de personas la seguían, pero ninguno lograba alcanzar a la chef. De repente, Paula se enredó con unos cables que estaban en el piso, y todo su cuerpo, la mata de pelo blanco algodonado incluyendo el pollo enmarañado en ella, cayeron al piso. ¡Bangan!...Un ruido estruendoso hizo retumbar el estudio y luego, silencio. El silencio fue roto por un largo quejido de “uhh ahh...” proveniente de la cocinera boca abajo tendida en el piso. Pepito aún atascado en la mata algodonada del pelo de Paula sentía el corazón atorado en la garganta latiendo violentamente. Le faltaba el aire y las fuerzas.Había dejado de aletear, pero continuaba abriendo y cerrando el pico del que no le salía ni un sonido en un desesperado intento por defenderse. Parecía decir: “Moriré luchando”. Estaba aturdido y no podía ver con claridad. Sacudió la cabeza para despejar su visión. Entre la bruma creyó distinguir algo que parecía un montón de gusanos acercándosele. “¿Gusanos?” Sacudió la cabeza una vez más. “¡Peligro!” “¡Ring..ring...ing!” Una alarma se disparó en la mente de Pepito. “¡Dedos!” Las manos de todo el equipo de producción, calmadamente, tratando de no asustarlo,

intentaban pillar al pollo por el cuello. Los ojos de Pepito saltaron, no había tiempo para recuperar fuerzas; sabia que este podría ser el final; conocia el destino que le esperaba si lo capturaban y llenándose de fuerzas sin pensarlo más, en ese mismo instante, se impulsó como pudo y salió volando llevándose con él la mata de pelo blanco algodonado de la cocinera, una peluca. Mientras tanto, Paula había logrado levantarse del piso, y cuando se dio cuenta de que la cámara seguía rodando, con gran dignidad, se quitó unas cuantas plumas y se acomodo algunos mechones de pelo. Un asistente le dio otra peluca, pero ella lo ignoró. Caminó cojeando hasta la nevera, abrió la puerta, sacó un paquete de pechugas de pollo y dirigiéndose a la cámara dijo: —Para asegurarse de que su pollo verdaderamente fresco permanezca en el plato, no se complique: cómprelo ya muerto en la bodega. Se acercó al mostrador para terminar la receta. En unos minutos en una gran bandeja sobre una cama de hojas verde de lechugas y espinaca descansaban un par de pechugas de pollo bien doradas sazonadas con comino, ajo y jugo de limón. Todo parecía haber vuelto a la normalidad, perfecto..., cuando del cielo cayó sobre la hermosa ensalada de pollo una plasta oscura. La cámara volvió hacia arriba, y allí, balanceándose sobre una viga, triunfante, estaba Pepito.

“¡Cloc!” l

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recuerda olvidar Escrito por Javier Gallo

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recuerda olvidar

L en coma.

e tengo dos noticias, una buena y una mala.

La mala es

que su cerebro registra demasiada actividad para estar

La buena es que no estará solo —Despertó. ¡Despertó! Charlie, ¿Me escuchas? Las paredes son verde pistache. El aire huele a metal esterilizado. La enfermera da los buenos días en tagalo. A las 8 de la mañana abre las cortinas, tanto las que dividen las camas al anochecer como las de las ventanas, para que les entre el sol. Charlie sintió el calor y abrió los ojos como si fueran a explotar. —No le haga preguntas, tenemos que ver cómo reacciona. Charlie miraba a su esposa extrañado. Trató de sentarse en la cama pero sus músculos languidecían. Desde la tercera cama del cuarto se escuchó el estruendo de la charola que el paciente no pudo sostener. Cuando los platos cayeron al suelo los músculos de Charlie se tensaron, todo su cuerpo respondió con un movimiento, se lanzó sobre su mujer. Sandra, tirada, tenía la vista como la de Charlie al despertar, pero esta era fría. De inmediato se sintió tan confundida como él.

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Pero no podía hacer preguntas. Hasta la segunda noche Charlie no dejó de observarla distante, a menos de un metro de distancia. Sandra se sentaba y se levantaba de su lado. No podía mirarlo a los ojos. Cuando dejaba la habitación salía como jalada por la corriente de un río que urge desembocar en el mar. Cuando regresaba, el silencio descansaba sobre tierra seca, erosionada. Sandra no se atrevía a preguntar nada; no estaba segura que quería saber más. Él la observaba. ¿A dónde iba cuando se salía del cuarto? ¿Con quién hablaba? Charlie no quería que hiciera cosas a sus espaldas pero no podía ir con ella. Odiaba pensar que pudiera ser su enemiga. Odiaba pensar que los pudieran matar brutalmente, todo por culpa de Sandra y descuido de él; tenía que vigilarla. Sus sospechas le impedían confesarle a su esposa sus miedos; crecía una tensión custodiada por sus ojos siempre irritados, igual que su humor. La tercera noche Charlie lo logró por primera vez. Tardó 25 minutos en meter el pie a la pantufla derecha, 10 en la izquierda, 45 minutos en levantarse de la cama y otros 25 en ir al baño, 15 en orinar, 15 en regresar y 25 en meterse a la cama de nuevo. Le costaba trabajo hasta respirar. Se sentía enclaustrado. El ambiente se tornaba cada vez más agobiante. Sentía que ese lugar estéril que lo vio renacer era cada vez más inseguro. En sus idas al baño miraba a su


Escrito por Javier Gallo

alrededor como buscando lo que podría ser una amenaza. En la cama contigua había un hombre corpulento, inconsciente, conectado a cables y armazones por toda la espalda, cuello y cabeza. Salían tubos con líquidos rojos, amarillos y blancos. Entraban cables con impulsos eléctricos traducidos como información vital. —Mínimo tres semanas. Tenemos que ver cómo reacciona. La doctora dice que es mental, pero que los puede ayudar a los dos. —Él es quien necesita ayuda Una noche, a la semana siguiente, Charlie despertó a Sandra. Con su brazo tenso le agarró la muñeca y con la otra mano le tapó la boca para que no gritara. Le susurró para que su asombro se disipara y cooperara. —Tengo que ver que las puertas estén cerradas, pero voy a dejar la ventana del baño de hombres sin candado, en caso de emergencia. —Charlie, no es necesario, las enfermeras… —¡Cállate! Con un lento movimiento de su brazo tenso empujó a Sandra a un lado y comenzó a caminar frente a ella, a un solo paso de distancia, a donde la pudiera ver para asegurarse de que no le pasara nada a nadie. Al pasar frente a la habitación 248 una luz lo deslumbró, como impacto de dinamita. Para Charlie, el polvo de una mina explotando

se levantaba en cámara lenta alrededor de la mitad del cuerpo humano frente a él; sus ojos veían lo que quedó de un soldado vivo, un torso con un brazo derecho, cabeza y genitales; por fuera no había algo más que ropa blanca, una sábana larga que no colgaba, más bien parecía que la soplaba el viento. Hasta la oscuridad en su mente se volvió a ondular con la presión de 8 ondas de choque. La explosión no sonó. Antes de que pudieran reaccionar ya estaban sordos. 8 ondas golpearon los cascos de 5 soldados. Los copilotos las recibieron como escudo. Todos ensordecieron. El impacto llegó por el hemisferio derecho y el segundo golpe de la masa cerebral fue a la izquierda, derecha, izquierda… se restablece como gelatina si no hubo derrames o contusiones. Todo está nublado, lleno de polvo. Charlie se soplaba con la mano el polvo que le dificultaba ver quién había sobrevivido. —¿Están atacando el hospital? Están… Sandra le puso la mano en la espalda y le preguntó si todo estaba bien. Al sentir su toque, Charlie reaccionó con el brazo tenso por delante y un grito como los que de vez en cuando salían de los cuartos o entraban desde los pasillos y despertaban a otros veteranos. Charlie golpeó a Sandra en la cara. Trató de escapar pero tenía que asegurarse que en su retaguardia no tuviera enemigos y al darse cuenta que Sandra no estaba atrás, se lanzó

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recuerda olvidar

sobre ella con coraje. La sacudió tan fuerte que ambos hemisferios de su cerebro golpearon la bóveda del cráneo. Su brazo derecho se tensó, lo zafó y corrió. Él la alcanzó y la abrazó. Lloró. La abrazó tan fuerte, muy fuerte, la apretó, la estrujó hasta temblar. Ella volvió a correr. Se encerró en el baño. No podía preguntar. No podía llorar. No podía moverse de su lado. No podía regresar a él. El verde pistache de las paredes del pasillo brillaba con la luz del sol. Charlie ya no tenía los ojos rojos. Ya no observaba a nadie. La enfermera daba los buenos días en tagalo. Charlie temía que algo estaba por pasar pero no sabía qué era. Al final de las dos semanas, Charlie abrió los ojos y vio a Sandra con la mano en la boca y el ceño fruncido. ¿Se estaba resistiendo al llanto? ¿Quería vomitar? ¿Era la cara de la culpa? ¿Qué hizo? —Hice una cita con la doctora. No me siento bien. No sé quién está más enfermo. Charlie la miraba tratando de encontrar qué estaba ocultando, pero su cara no era tan diferente de cómo cuando la miraba sospechando de lo que haría si no la estuviera vigilando. Sandra se levantó de la silla y dio la espalda. A Charlie se le hizo sospechoso su cabello rubio y perfectamente ondulado. Ella caminó sin detenerse. Los ojos vidriosos de Charlie fijaron la mirada en el reflejo del sol sobre el verde pistache. El corazón de Charlie

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se cayó a pedazos como los edificios que destruyó en combate. Si estaba en el hospital era por algo que no tenía nada que ver con cómo funcionaba su corazón. Se cansó de ir a la salita de entretenimiento y ver Pearl Harbor en una televisión pegada a la pared, rodeado de revistas semanales, asientos, plantas artificiales y Palani sentada y con la mirada fija sobre un póster de las olimpiadas especiales de este año, que serían en Hawái, donde vive la única abuela que le queda. Palani era una paciente hawaiana de 23 años que podía hacerlo casi todo excepto por sí misma. La lesión cerebral que causó la parálisis sucedió en Iraq, aunque aparentemente nada tuvo que ver con Iraq. No se acordaba de nada. Sabía que se le olvidaban las cosas porque cada vez que trataba de recordar algo, no podía; en su memoria no encontraba ni siquiera motivo para recordar. La hinchazón y el frío de su cerebro durante la parálisis reconfiguraron todas sus neuronas. Si acaso su memoria emocional no la traicionó cuando su abuela la visitó al mes de haber comenzado su rehabilitación, en California, donde volvería a aprender a hablar y a por lo menos mover sus piernas. Aunque sus padres no son un par de hippies que odian las armas, sí son una pareja de drogadictos, ahora en proceso de rehabilitación. Ambos son mitad china y mitad filipina; crecieron rechazando los ideales de sus padres


Escrito por Javier Gallo

de hacer guerra, por lo que la decisión de su única hija de formar parte de las fuerzas armadas nunca fue apoyada. Palani pasó de buscar y encontrar la manera de expandir exponencialmente su familia, a verse a sí misma en un mundo independiente de sus padres. Lawieli, la única abuela que le quedaba, todavía vivía en la base militar de los marines en Honolulu. Cuando la despidió, Palani le pidió que le dijera a sus padres que iba a Iraq como enfermera no como soldado. No iba a matar a nadie, sino a luchar por la vida. La abuela ni siquiera les dijo que Palani estaba ya en rehabilitación. A los dos meses de estar en Iraq sufrió una parálisis cerebral. La causa no fue un contagio y mucho menos una bala o una mina. No fue la comida enlatada ni ignorar los correos electrónicos que desean buena suerte y amenazan con lo peor. En el mismo hospital donde fue enfermera fue paciente. Fue transferida y desde entonces, desterrada de la vida que sólo degustó. Su visión periférica izquierda se había oscurecido debido a la lesión en el hemisferio derecho de su cerebro. Palani no tenía razones con qué oscurecerse. No había nada que la derrotara, que la deprimiera, que la frustrara, que la entristeciera y si lo había, quince minutos después no lo recordaría. Aunque le molestaba tener que esperar que alguien

viniera a moverla, lo olvidaba. No había nada que durara tanto como para hacer su vida miserable. Todo estaba en el momento en que, este año, asistiera a las olimpiadas especiales. Pedro ha pensado en ella como esposa. Le recordaría siempre hacer lo que necesita: olvidar. Llevaba cuatro años en rehabilitación y a estas alturas su mayor reto era superar el trauma psicológico, el único que podían tratar, además de proveerle de las prótesis para sus piernas y dos terceras partes de un brazo. Por eso estaba en ese piso, un nivel en el que ayudan a los pacientes a reincorporarse a la sociedad, o por lo menos, a la sociedad a la que pertenecen ahora. La enfermera entró y dio los buenos días en tagalo. Se detuvo frente a Charlie y Pedro sosteniendo un catéter. Pedro hizo volar la sábana blanca y la enfermera comenzó a remover la bolsa de orín y a cambiar el catéter en el pene. —Quieren que vaya a las olimpiadas especiales. Es en Hawái, ¿tú vas a ir? —Yo no estoy para ir ahí —¿Porque no estás discapacitado? No sé qué es mejor, si perder las piernas y el brazo o perder la cabeza. —¿Vas a ir? —Ya parece. Voy a ponerme a trabajar en ventas, ya tengo el trabajo. Me voy a hacer rico y quien quita y me consigo una enfermera que quiera cambiarme el catéter.

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recuerda olvidar

—Yo no sé qué voy a hacer —Deshazte de las marcas, por lo menos a ti no se te ven. Charlie reincorporó su espalda y sintió calor. Quería deshacerlo todo, deshacerse de todo. En la salita de entretenimiento, Charlie estaba harto de ver Pearl Harbor, la película con la que Palani trataba de reconstruir su propia historia como veterana, lo que importaría poco 15 minutos después era si sus lesiones habían sido en combate, cocinando o curando enfermos. Lo que sí perduraba era una ligera sonrisita cuando aparecían Ben Affleck y Kate Beckinsale. A las dos semanas y seis días Charlie había abierto los ojos una vez más pero no estaba seguro de que había despertado desde que las ondas golpearon y agitaron su cerebro. El verde pistache volvió a brillar por última vez. Se onduló con el cabello negro de la doctora que vino a entregarle a Charlie algunos documentos como protocolo de su alta del hospital. Entre ellos había un folleto color sepia con el sol del amanecer que enmarcaba la frase en dos líneas “Cuando padeces PTSD, no estás solo”. —Le tengo una buena y una mala noticia. Lo que usted tiene es estrés postraumático. Es una condición psicológica tratable y su seguro médico de veterano cubre

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todo. Va a experimentar paranoia, ansiedad, soledad, depresión, mucha confusión, ira pero, además de terapia, va a tomar medicamentos que le van a ayudar. —¿La mala noticia es de mi esposa? —Ya le di las dos noticias, pero no le puedo dar la de su esposa, su diagnóstico es confidencial. La enfermera lo despidió en tagalo. Los pasos de Charlie eran lentos, ligeros. Se detuvo antes de salir por la puerta principal que se abrió y cerró ante él por algunos minutos. No pensó en hablarle a nadie. No tenía ningún número de teléfono ni tenía teléfono. Ni siquiera sabía si tenía esposa. Miró a su alrededor y sólo vio paredes verde pistache con los pósteres de las olimpiadas especiales, plantas artificiales, puertas abiertas y cerradas. En cada paso que dio por el pasillo que llevaba a la calle se imaginaba que una mina lo dejaría como a Pedro. Casi podía ver a un hombre ensangrentado salir de las jardineras con una metralleta en las manos. Su brazo tenso sostenía su historial médico, el papeleo de su siguiente cita y en el folleto del sol incandescente resaltó “no estás solo”. Cuando levantó la mirada escuchó la sirena de la ambulancia y vio cómo sacaban a un suicida con la cabellera bañada en sangre. Los paramédicos lo metieron y Charlie los siguió.


Escrito por Javier Gallo

—¿Es usted familiar? —¿Yo?… sí. —La bala sólo salió por detrás de la oreja, si no estaría muerto. No sabemos cómo se va a recuperar pero estaremos al pendiente. Charlie regresó a la salita de entretenimiento del segundo piso. Vio a Palani sentada frente al televisor. Se sentó al lado de ella y la tomo de las manos. —Yo te voy a llevar a las olimpiadas Palani lo abraza y lo besa cada vez que Charlie lo repite, inclusive después de que las olimpiadas pasaron. Palani compitió en los deportes acuáticos. Ya tiene movilidad en piernas y brazos. Pedro corrió los 100 metros. Los tres viven en Maui. Charlie y Pedro venden tiempos compartidosl

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Actores Participantes Adriana Oliveros monserat60@yahoo.com

Miami, Florida

Carlos Villuendas

villuendascarlos@hotmail.com

Valencia, EspaĂąa

Marisela GonzĂĄlez Servat mgservat@gmail.com

Miami, Florida

Ruth Carvajal ruthmecar@hotmail.com

New York, New York

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Revista Nabuart, "Perfiles" Marzo-Mayo 2011  

Revista de relatos de escritores latinoamericanos del grupo internacional Nabuart.