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Ciudades Imposibles MIRIAM GOLUBOFF (CHEPSY)


© 2017 Myriam Goluboff Scheps Edición abril 2017

Imagen portada: © Elio Caporossi Edición: Myriam Goluboff Scheps Impresión: Tórculo D.L.: C 475-2017

Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio, sin la preceptiva autorización expresa, por escrito del titular del copyright.


En recuerdo de la época, allá lejos y hace tanto tiempo, en la que compartía con el padre de mi hijo, a quien dedico estos relatos, el entusiasmo por la recién nacida ciencia ficción


OP1 Suena el despertador en el teléfono móvil. Abro los ojos en la oscuridad de esa mañana de invierno. No enciende la luz de la mesilla ni la lámpara de la habitación. Me acerco a la ventana y miro hacia el exterior. Negro. Negro absoluto. No hay luz en las farolas de la calle, ninguna luz orada la fachada de la torre de enfrente y ni siquiera las estrellas brillan en el cielo. Una capa de nubes, más oscura que la noche, nos cubre en forma implacable. Avanzo con cuidado, sorteando banquetas y buscando la puerta del baño, siguiendo el mapa mental dibujado en tantos años de recorrer el mismo camino.

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Aprovecho la carga del inodoro que ya no se podrá renovar, giro el mando del grifo que escupe sus últimos chorros, y nada más… Me visto y bajo despacito las escaleras, con cuidado, apoyándome en la tenue luz que aún irradia el teléfono. Si se apaga antes de que se resuelva el problema, ya no podré recargarlo. Cuando llego al octavo, tropiezo con un bulto. Es la pareja del piso veinte, que tantas veces he encontrado en el ascensor. El no puede seguir subiendo y se han quedado en el rellano, abrazados para protegerse del frío. A partir de ese encuentro tengo otros, con vecinos que también han quedado allí, pasando la noche, porque no pudieron seguir adelante. Y esperan la hora en que vuelvan a la vida los ascensores y la luz vuelva a brillar, porque confían en que todo se va a resolver rápidamente. Pero… ¿y si no se arreglara?

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Salgo a la calle. Está desierta de coches. La gente no ha podido abrir las puertas de su garaje, otros no han podido siquiera salir de sus casas y muchos, acurrucados contra la pared en los pisos más bajos, ateridos de frío, no logran avanzar. El apagón nos encontró sin capacidad de respuesta, nadie esperaba ese cataclismo. Tendremos que vegetar en una jungla oscura peleándonos por un poco del agua que nos traerán en cisternas cada mañana, tal como escuchamos anunciar a través de las pequeñas radios que aún funcionan. Eso nos da cierta esperanza, el fenómeno parece ser local. Pero pronto se agotarán todas las baterías y ya no las podremos cargar… Ya nada volverá a ser igual… No lo es: Algunas torres se mantienen iluminadas por potentes y sofisticados equipos electrógenos. Guardias uniformados impiden que puedan entrar grupos cada vez

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más numerosos que buscan restos de lo que sea…Son aquéllos que han emigrado a la periferia donde no queda más luz que la del sol y la luna…

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OP 2 ¡Las máscaras! ¿Dónde están las máscaras? Vivimos dentro de una nube tóxica. No se ve nada más que la niebla amarillenta que nos rodea. No podemos viajar en coche, ni en autobús, ni en tren y las pistas de aterrizaje están totalmente cubiertas de un manto viscoso. En las calles, el ulular de las sirenas de los camiones que reparten oxígeno orada el silencio de la ciudad abandonada, su gente encerrada en las casas. Quienes se rebelan contra la inmovilidad andan kilómetros en bicicleta, sus cabezas cubiertas con esferas de plástico rígido. Poco a poco, a medida que pasan los días, se va difuminando el humo y se van formando

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agujeros por los que se comienza a ver, muy arriba, un cielo azul que nos manda su luz y algunos rayos de sol. Ya nunca podremos volver a nuestros hábitos anteriores. Si lo hacemos, la nube nos envolverá y tendremos que encerrarnos nuevamente. Pero la vida quiere continuar y otra vez comienzan a circular coches por las calles, trenes sobre los rieles, aviones que parten y llegan a los aeropuertos, como si nada hubiera ocurrido. El año que viene, cuando paren los vientos, la pesadilla volverá a comenzar…

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OP 3 Fiebre. Más fiebre No se puede evitar, ya no hay medios técnicos, ni laboratorios, ni el dinero necesario para depurar. El agua, fuente de vida, es ahora vehículo para la enfermedad y la muerte. Aún quedan algunas vacunas y medicinas, pero no alcanzan y salvan a los pocos de siempre. Sólo nos resta esperar. La difteria nos atrapa y nos lleva. Las aguas subterráneas ya no son de fiar y los ríos arrastran aún antiguas impurezas porque, aunque ya no funcionan las industrias que hay en sus orillas, siguen escupiendo escoria en los torrentes.

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La vida primitiva es imposible y la vida “superior” no se puede sustentar. Las bombas ya no tienen repuestos. Es inútil intentar llegar más abajo con otros medios y donde sí podemos llegar, ahí el agua también está contaminada. Dentro de poco tiempo, ya no habrá con qué hacer los análisis… No se permitirá acceder con libertad al agua para beber, pero la gente, incapaz de vivir sin ella, la tomará de donde pueda y encontrará otra forma de morir…. Los menos se salvarán. Beberán agua embotellada de los deshielos, de algunas aguas minerales, de vetas en las rocas. Todas esas fuentes, convertidas en zona militar…

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OP 4 Masas vestidas con girones, las miradas ausentes, apenas se pueden sostener sobre sus débiles piernas. Buscan tierra y agua donde asentarse, donde poder sobrevivir. Los acompañan perros y gatos que tienen su piel fláccida rodeando casi sin carne los huesos. Son miles, que avanzan en columnas, en silencio, alertas ante cualquier ataque de grupos que puedan estar asentados en los territorios que van atravesando. Campos yermos, ciudades desiertas donde ya no se puede vivir. Todo depende de la técnica: del transporte, de tendidos de cables y de tubos. Ya no se pueden reponer, y tampoco reparar.

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Caminan, cada vez más débiles, alimentándose de animales que van matando, de hierba y hojas de los campos que atraviesan. A veces encuentran cultivos abandonados donde pueden reponer fuerzas o algunos frutos que aún quedan en los árboles. Forman una caravana del color del polvo adherido a las telas, que va perdiendo hombres, mujeres y niños que caen exhaustos y que nadie puede atender, ni curar. Y que, de forma inevitable, se convierten en alimento para los que aún siguen adelante…

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OP 5 Las grietas de nuestra civilización, van tragando a miles y miles que no pueden salvarse. Las células cancerosas aumentan y aumentan su número hasta morir con el organismo que han atacado. Así es el hombre, una célula cancerosa que, lentamente, a lo largo de los siglos, fue invadiendo el planeta. Ahora, en esta última etapa, ya no encuentra defensas que se le enfrenten y se multiplica y se multiplica y se vuelve a multiplicar… Somos tres veces más que hace sesenta años ¡Ocho mil, en vez de dos mil quinientos millones! Es inevitable la muerte. Hace cuarenta años ya se conocía el diagnóstico, se publicó urbi et orbi, pero nadie le

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hizo caso. Las cÊlulas asesinas no paran de reproducirse‌ Como las mangas de langosta, como el caballo de Atila, los seres humanos destruyen todo lo que encuentran a su paso. Cual dioses del Olimpo, nos divertimos enviando rayos y truenos a nuestro capricho y nuestra avidez de riqueza. Esa es nuestra droga, nuestra daga‌

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OP 6 El zumbido ha desaparecido. Ya no tenemos que cuidarnos. Las naves que sobrevolaban a nivel de los pisos más altos de las torres, se perdieron en la masa ocre del horizonte. Su vuelo insistente, alrededor de los volúmenes cilíndricos que yerguen sus cientos de pisos, como si les estuvieran tejiendo una piel que construían a su paso, ha terminado. Nos preguntamos si realmente su abandono será definitivo o mañana volverán a escucharse desde que la luz nos vuelva a rodear. Se recuerda la historia de las torres de Nueva York, aquella fatídica mañana, y la imaginación vuela, silenciosa. La vista se posa en estas ciudades verticales, el miedo a un cataclismo se apodera de las mentes y no pode-

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mos dejar de mirar los enormes hologramas, nuevas constelaciones, que anticipan las noticias del siguiente día. Pero están callados, sólo vemos imágenes que no dicen nada. A medida que pasan las horas, esas también van desapareciendo, nos abandonan a nuestra incierta suerte…

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OP 7 Lunes de carnaval 2004 La calle está en silencio. El año pasado, a esta misma hora, once y media de una noche tibia de marzo, estaba llena de gente. Figuras con disfraces de todo tipo se paseaban sin perder sus risas, algunos tiraban cohetes y bengalas y lenguas de fuego de colores se elevaban al cielo. Al llegar a la piazzeta, en la esquina de mi casa, en su centro, un carro, con la enorme figura de nuestro presidente envuelto en una gran bandera norteamericana, emitía una serie de arengas y amenizaba, entre una y otra, con desenfadado ritmo de cumbia. La gente formaba corro a su alrededor, sonreía con sus ironías y movía las caderas al compás de la música.

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La ciudad era, toda ella, alegría y diversión. Aquí, los carnavales son carnavales; no como los de Río, no como los de Cádiz, pero, en este puerto, moldeado por los vientos y las lluvias, también se disfruta la fiesta. Sólo un año después, nada es igual. Ya no hay fiesta, no hay bengalas, ni disfraces. Vivimos atrincherados en cuanto cae la tarde. Miramos con desconfianza, observamos las caras que rondan por el barrio, no nos sentimos seguros de nadie. Cada vez hay más gente acurrucada en los portales pidiendo limosna, solos, a veces abrazados a sus perros, de ojos tan tristes como los de sus amos. Cada cara nueva es un interrogante. Suponemos que vienen de las zonas ocupadas, desnutridos, enfermos… Desconfiamos. Tememos que puedan ser la avanzadilla de cuerpos especiales enmascarados. Sabemos que una amenaza sorda se cierne sobre nosotros y, en tensa espera, sin

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una consigna concreta, quedamos de noche en nuestras casas, en un estado de toque de queda voluntario. Este lunes de Carnaval me siento frente al ordenador para mandar un mensaje. Pero Yahoo no me permite entrar al correo. En la pantalla sólo aparece un cartel que dice: “Pruebe más tarde”. Me siento como si estuviera en un lugar desierto, donde no hubiera nadie. Si se pierden esos muñequitos, será como si mis amigos se hubieran muerto, ya no habrá comunicación posible, estaremos aislados. La frustración y la angustia me invaden. Miro Hotmail y veo que funciona. Eso me da tranquilidad, tiene que ser una avería pasajera. Preocupada, pero con confianza, me voy a la cama. Lo primero que hago al día siguiente es encender el ordenador. Todo parece normal, Hotmail y el servidor de la Universidad no

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tienen problema, pero el correo de Yahoo está totalmente anulado. ¿Cuántos lazos se habrán roto esta noche de carnaval 2004? Las gentes absorbidas en el magma del ciberespacio, imposibles de rescatar, ya no están. Como si las hubiera perdido en una batalla. No conozco sus direcciones, no podría mandarles una carta. Ni asumiendo el peligro que implica subir a un avión, con la cantidad de atentados y secuestros que hay en el aire, podría encontrarlos. Nuestro contacto estaba dado por el hilo invisible, frágil, de esos mensajes que vuelan por los aires, esa pantalla que abre un universo afectivo sólo con dos palabras: “Yahoo mail” y que, cuando no está, nos borra del mapa. Todos los días intento conectar y todos los días encuentro el mismo aviso. En mi ciudad aparecen, cada vez más, nuevos personajes extraños, cual marea que va cre-

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ciendo lenta, pero inexorablemente. Vienen huyendo de su tierra, ocupan las plazas y pueden ser portadores inconscientes de una nueva peste, esa enfermedad de la que se habla, desconocida y temible, o traer escondidos, en sus ropas raídas, frascos diminutos que al abrirse la expandan a los cuatro vientos. También aparecen, sin ningún aviso, tropas que invaden las calles con sus ejercicios militares. De Yahoo aún no se sabe nada. Los primeros días había desaparecido el correo pero ahora ya no vemos,. en la pantalla, nada más que unas letras que dicen: “Yahoo”. Sólo puedo mirar ese nombre, vacío de contenido, pero verlo ahí, me abre un hilo de esperanza. Lo que más apuntala mi espíritu son los momentos en que conecto a través del Messenger de Hotmail y puedo intercambiar noticias, impresiones, opiniones, con los trece amigos que tengo allí, de México, de Perú y de Japón.

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En esas conversaciones me entero de la existencia de algunas zonas acordonadas, cerca de donde ellos viven, superficies más o menos amplias que, en algunos casos, ocupan zonas rurales poco pobladas pero, en otros, atrapan a millones de habitantes. Lugares donde se ha decretado un ineludible aislamiento, para evitar que la enfermedad se propague y donde se aisla a los pobladores de las comunicaciones para que no se pueda tener certeza de la situación, de su gravedad, y cómo se expande por todo el planeta. Ya ha pasado un mes desde el colapso de Yahoo. Abro Messenger y no más entrar, descubro que han desaparecido dos contactos. Sólo hay once muñequitos en la pantalla. Me falta el de mi amigo que vive cerca de Tokyo y el de Veracruz, en la costa atlántica mexicana. Dos nuevas personas se perdieron en el ciberespacio. Aún no pude superar la falta de Yahoo, y ahora empieza a fallar mi Hot-

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mail… Me siento abandonada, con una pérdida que resulta peor que la de la muerte, porque no puedo tener certeza de qué es lo que les pueda estar pasando. Quizás estén en zonas acordonadas, de epidemia, en peligro de muerte, o quizás estén bien, pero sin poder comunicarse. La inquietud me provoca y genera teorías. Imagino un virus que avanza atacando las señales y entonces no podremos impedir que, con el tiempo, quedemos aislados, como electrones totalmente sueltos, desgajados de cualquier átomo. A medida que pasan los días, las noticias son cada vez más inquietantes. Se habla de que se multiplican las zonas arrasadas por los bombardeos, las muertes, las enfermedades. Y cada vez más, masas humanas, pobres y desnutridas, avanzan por las carreteras, antes atiborradas de coches y camiones pero hoy casi desiertas.

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Corre la voz de que están apareciendo, en diversos lugares del globo, los síntomas de una enfermedad que resiste todos los medicamentos conocidos. Una variante de la neumonía atípica, que mata por asfixia. Desde el Gobierno Central Universal, que se organizó por esta crisis y asumió todos los poderes, se tomó la decisión de aislar las zonas afectadas. Ya desaparecieron otros más, ya no puedo contactar para nada con los mexicanos. Sin embargo, hay novedades de D.F. en algún periódico. Quiero pensar que no están en una zona aislada, que el problema es sólo del sistema, de las conexiones. Pero con ello aumenta mi sensación de soledad y el temor, o casi diría la certeza, de que en poco tiempo todos puedan ir desapareciendo. Las noticias siguen siendo cada vez más inquietantes, focos de violencia se producen en muchos lugares cercanos. Violencia con-

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tra los refugiados, por el estado de tensión que genera la incertidumbre, por vivir en un mundo sin seguridad, con atentados indiscriminados, porque ya no podemos tener amigos, no podemos confiar en nadie. Al mismo tiempo, cada vez hay más leyes universales y la vida local se va transformando. Ya se habla de que permanecerá el Gobierno Único, que controla y coordina acciones en todo el planeta. Habrá un Gobierno Universal. He tenido un tiempo de calma con los contactos. Han pasado otros dos meses y, cada mañana, cuando voy a encender el aparato, temo que haya desaparecido otra figura, otro nombre de la lista. Pero no. Siguen todos ahí. Hoy es domingo, el momento más propicio para encontrarlos. Me acomodo frente al ordenador, doy al botón de encendido y aparece mi pantalla totalmente negra. Apago y enciendo varias veces, hago todas las

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pruebas que puedo y llamo con angustia a los técnicos de guardia. No quiero esperar a mañana, porque cada día que pasa aumenta la posibilidad de que alguien más falte. Su respuesta me deja atónita: “Ya tuvimos muchísimas llamadas. Los ordenadores no arrancan”. Eso nunca lo había llegado a imaginar. Siempre había temido que desaparecieran mis amigos. Pero ahora, no era ninguno de ellos quien ha desaparecido. Soy yo misma. Y es mi mundo el que está aislado, el que se ha borrado del mapa…

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OP 8 Ciudades sin alma Somos miles, somos millones, pero estamos solos. Somos un hormiguero pero no sabemos coordinar una acción común como hacen las hormigas. Cada uno hace lo que cree que le conviene, a costa del grupo, contra las necesidades del grupo, a costa también de sí mismo, contra sus necesidades más profundas. Me asomo a la ventana. Busco con la mirada algún niño. Espero. Pasan las horas… Ciudades en las que desaparecieron los niños. Falta que convivan con la gente que puebla las calles, la que pueda estar caminando, sentada en el banco de una plaza, atendiendo

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su local. Les hemos robado el conocimiento del mundo que los rodea, complejo y rico. —¡No puedes salir a la calle! Mandato habitual. La pescadilla que se muerde la cola. Como si en la selva quedaran en sus chozas para evitar las serpientes y su mordedura venenosa. Incapaces de reconocer, de discernir, de saber en quien confiar. —Quédate tranquila, mira la tele. Pasividad. Desarrollamos el silencio. Silencio en el pensar. Silencio en el comunicar. Silencio de la capacidad de crear. —Hay que hacer las tareas. ¡Que no los escuche conversar! Oyen a sus maestros que les explican desde el encerado, autoritarios. Deben trabajar sin hablar. Deben escuchar y retener. Más…y más…y más…

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—¡He dicho que no hablen! Si siguen molestando se quedarán sin recreo. Al hablar aprenden a usar la palabra, enriquecer el lenguaje. Así surgirán las ideas y podrán alimentar la capacidad de enfrentar problemas complejos, de trabajar en equipo, de desarrollar un diálogo creativo. —Resolví el problema: Encontré guardería para la niña. La dejo allí mientras estoy en la oficina —¿Y tu abuela? ¿Queda sola? —En un centro de día. Edificios especializados, personal especializado, actividades especializadas. Nos cortamos en rebanadas homogéneas. No hay interrelación entre las distintas edades. Los ancianos podrían contar cuentos a los niños, hablarles de su vida de pequeños, en el campo, de los tiempos duros de la guerra…, participar en los juegos con ellos. Los niños

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podrían alegrar con sus voces y sus abrazos a quienes aún tienen mucho para dar y mucho para recibir. Para ello sólo hace falta aceptar la riqueza de la diversidad. Organizar el equipamiento para articular el desarrollo de la vida de todos en armonía. —Pasaremos la tarde en el centro comercial. —Sííííííí ¡qué guay! El ocio unido al consumo. Locales comerciales, bares…Se sienten seguros sin coches alrededor. Salen de la casa, llegan directamente al enorme aparcamiento y se sumergen en ese espacio que crea apetencias compulsivas. Seguimos sin vivir la ciudad. —Tres cervezas, un gin-tonic y dos refrescos En la mente del pequeño, de la pequeña, se dibuja esta pregunta: ¿Cuándo seré mayor para poder beber como ellos?

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—Nos vemos a la una. Me costó conseguir el permiso, pero lo logré. Ayer cumplí los catorce. ¡Por fin! Ansiado botellón. El alcohol los hace sentirse hombres, las hace sentirse mujeres. Beben porque es lo que corresponde, porque es lo que siempre vieron y desearon. Forma de convertir en individual el estar juntos. Cada uno se acompaña con su borrachera. Aumenta la incapacidad de comunicación. La necesaria para comprender, para construir, para desarrollar objetivos comunes. Para poder amar… Desde el sillón, mirando el partido. —¿Es que hoy no hay comida? ¡Estoy hambriento! ¡Yo soy el que trabaja en esta casa! Agotamiento, sobrepresión. Repetición de palabras escuchadas en la infancia. Vuelca la rabia en la familia, sobre la mujer, sobre los hijos…Violencia. Más violencia. Hasta

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la violencia que hiere, hasta la violencia que mata… Claridad. Convicción. Voluntad. Acción. Y… ¿Podremos tener ciudades de las que uno nunca quisiera escapar? ¿Podremos tener una forma de trabajo que permita que nadie sea esclavo? ¿Podremos tener una vida que desarrolle la creatividad, que permita un convivir armónico?

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ÍNDICE OP1 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5 OP2 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9 OP3 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11 OP4 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 13 OP5 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 15 OP6 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17 OP7 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19 OP8 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 29

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Este libro se terminรณ de imprimir en la imprenta Tรณrculo en Santiago de Compostela el 5 de abril de 2017.


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