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Se inmiscuía en su vida, como una araña que teje su frágil y delicada red. Andaba torpemente, vacilaba de la pierna izquierda y los dedos finos que nacían de aquellas largas manos le daban la habilidad de abrir, sigilosamente, cada tosca puerta de habitaciones ajenas.Compartía piso con una mujer, una desconocida. La gente que la había visto le había dicho que no era gran cosa, que no era fea pero que tampoco era guapa, que no estaba gorda pero que tampoco estaba delgada. El tan solo había visto su sombra correr por el pasillo y como se escondía tras alguna cortina para no ser descubierta. Nunca imaginó que una mujer semidesnuda, que yacía sobre camas y sofás envueltos en sábanas blancas o que mostraba su tez desnuda a media luz, le tenía tan obsesionado. Y su cabezonería le estaba provocando el espiar cada uno de sus movimientos. Su mente llegaba a tal extremo de la obsesión, que necesitaba observarla, y así poder escapar de pensamientos indecorosos e impertinentes, que le hacían imaginarla vulnerable y desnuda bajo su cuerpo, cometiendo caída tras caída al abismo del sexo. Al mediodía envuelto en turbulencias y en pensamientos extraños, se aproximó a su puerta y entre luces y sombras le entregaba aquella mujer unas vistas imposibles de olvidar.Algunas dolían, otras se marcaban fuertemente entre sus piernas y otras desgarraban su alma en mil tiras como el ancla que remueve la arena al paso de un navío naufragado. No podía creer que aquella persona de la cual solo conocía su sombra comenzaba a comprender y entender cada zona de su anatomía, y le sumergía en una pesadilla de la cual jamás podría escapar.


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Introspección