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[19] Ibid., p. 251. [20] Ibid., p. 252. [21] Ibid., p. 254.

por ello pase en balde la historia. Los hechos son los que componen lo ya pasado, lo acontecido. Y de ello quedan en un poso de supervivencia las ruinas, “lo más viviente de la historia, pues sólo vive históricamente lo que ha sobrevivido a su destrucción, lo que ha quedado en ruinas”[19]. Es tarea de los hombres dejarlas a éstas en su ser o buscar en ellas la repetición de su historia. Esta dimensión existencial del acontecer es aplicable al arte en su más radical esencia. Frente a las tareas de conservación y restauración que tratan de suplir los efectos del tiempo, lo que desde Zambrano reivindicamos es la asunción de éste, la aceptación del derrumbe material como algo propiamente constitutivo de la obra. Las ruinas suponen parte de su identidad, de su ser histórico en cuanto a su existencia. Las obras de arte están vivas, sometidas al devenir del tiempo más allá de la mano del hombre. Y es a partir de su ser en ruinas como comprobamos la infinitud que se desarrolla en el tiempo. Pues ésta no habita en la reconstrucción, sino en su contemplación, en su propio transcurrir que nunca pasa inadvertido. Esas ruinas suponen la actualización del tiempo que fue y del futuro que nunca llegó a ser, suponen por tanto la aceptación de su existencia. La dimensión vital de las obras de arte implica la asimilación de su ser en ruinas, pues, como dice Zambrano, “también las cosas gastadas muestran el paso del tiempo y en el caso de un objeto usado por el hombre algo más: la huella, siempre misteriosa de una vida humana grabada en su materia”[20]. Las modificaciones técnicas aplicadas a las obras de arte no siempre atienden a esta cuestión. Se trata de borrar la huella del tiempo, la presencia de su transcurrir para pervertir su esencia en un intento de perpetuar su presente. Por el contrario, si asumimos la ruina estamos acogiendo la plenitud de la obra, pues ella es parte constitutiva e imperecedera de la misma. En el momento que ésta se quiere conservar más allá de su dejar ser se interrumpe su discurrir, su esencia, su constitución más radical en pro de un carácter monstruoso que nada tiene que ver con lo que la obra es: “la ruina nítidamente conservada, aislada de la vida, adquiere un carácter monstruoso; ha perdido toda su significación y sólo muestra la incuria o algo peor; parece ser el resto de un crimen; al concretarse la ruina, se concreta su autor y se le busca un nombre: ‘esto lo hizo…’. Sólo el abandono y la vida vegetal haciendo al par de la piedra y de la tierra que la rodea, abrazándola, invitándola a hundirse en ella dejando su fatiga, hace que la ruina sea lo que ha de ser, un lugar sagrado”[21]. La contemplación de las ruinas nos ofrece la oportunidad de admirar las obras en toda su plenitud, redescubriendo el paso del tiempo, el transcurrir de la existencia que es siempre indefinido, acercándonos a un punto en común entre el vivir de la persona y el paso del tiempo, la historia. Inevitablemente, la expresión artística forma parte de la dimensión trágica de la existencia y, como tal, está sometida a su crueldad, a su devenir, a su destrucción. Tratar de reconstruir o conservar de modo impertérrito su esencia no es más que, aludiendo a Zambrano, traer a presencia su carácter monstruoso y negar el sentido triunfador del tiempo. Desde un punto de vista práctico y, por tanto, desde las políticas de preservación del patrimonio cultural estas ideas son harto complejas, pues desafían todo un campo de trabajo que no siempre depende de la voluntad personal. Pero lo que desde aquí reivindicamos es el respeto al paso del tiempo, su aceptación y comprensión para así hacernos cargo de la dimensión trágica de la existencia, no sólo de los hombres, sino también de sus manifestaciones. El derrumbe material nos abre la posibilidad de contemplar su sentido más triunfador, el tiempo que fue y que no alcanzó a ser. Y esto es algo específicamente humano. Lo que hemos tratado de ofrecer son diversas respuestas al problema de la conservación de las obras de arte, que, satisfactorias o no, han suscitado la reflexión en torno a esta cuestión. Y, precisamente, presentar las más diversas propuestas es lo que mantiene vivo el pensamiento, pues su riqueza reside en la diferencia y en la discusión. Así nos lo manifiesta Marquard: “quien da a un pro-

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Conservación de Arte Contemporáneo. 13ª Jornada  

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