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[10] J. Ortega y Gasset. Meditación de la técnica y otros ensayos sobre ciencia y filosofía. Madrid: Revista de Occidente, 2002. [11] Ibid., p. 34.

es aplicable, como hemos visto, al arte. Con la transformación de la estética se produce un nuevo marco en torno a su comprensión. Las obras como tales deben corresponderse con un ideal que, si bien ha derivado en otras concepciones que avalan sus más diversos aspectos (la aceptación de lo no bello, de lo feo, lo abstracto o lo negativo), en un ejercicio de restauración de la unidad se pretende pasar por alto esta transformación. Es lo que sucede en el plano de la conservación y la restauración. Parece que no aceptamos el paso del tiempo en su más estricta radicalidad: tratamos de responder al deterioro, a la pérdida del (permítanme la utilización del término) propio bienestar de la obra, concepto que se nos hace, lejos de la creencia habitual, harto complicado. En 1933, se publicó la Meditación de la técnica[10], obra donde el filósofo español José Ortega y Gasset lleva a cabo un análisis de la técnica desde un punto de vista metafísico, atendiendo a sus relaciones con el hombre en tanto que creador de la misma desde los orígenes de los tiempos. Según Ortega, lo paradójico de la cuestión es cómo el hombre centra sus esfuerzos en ahorrar esfuerzo, es decir, en conseguir que la técnica se haga cargo de sus necesidades en pro del bienestar. Pero ¿en qué consiste la dimensión técnica del bienestar? Y, lo que más nos interesa, ¿cuál es su aplicación en el ámbito de la conservación de obras de arte? Ortega definió los actos técnicos no como aquéllos que se encargan de satisfacer las necesidades de los hombres, sino como los que reforman las circunstancias que provocan esas necesidades, las cuales tratan de ser eliminadas. La condición técnica del hombre es la que le lleva a concebir la vida no como un simple “estar” en ella, sino como un “estar bien”. Es lo que se conoce como el bienestar. En este sentido dirá Ortega que “el hombre no tiene empeño alguno por estar en el mundo. En lo que tiene empeño es en estar bien. Sólo esto le parece necesario y todo lo demás es necesidad sólo en la medida en que haga posible el bienestar”[11]. La dimensión técnica del hombre de la que nos hablaba Ortega es extrapolable a las relaciones entre el arte (cual producto de la expresión humana) y la conservación. Frente a la comprensión del objeto artístico desde su más radical “estar” nos encontramos con el afán por su preservación, por el desafío del azar, del tiempo, de lo que pueda escapar al control. Esta necesidad se antoja como un añadido, una especie de ortopedia sin la cual parece que el arte no puede dejar de ser, cuando lo que precisamente se lleva a cabo es su perversión. El bienestar en este sentido se entiende como el buen estado de las obras. Pero ¿qué queremos decir con esta expresión? ¿Realmente el bienestar es connatural a ellas, o es un añadido técnico que nos hemos encargado de imponer y declarar como necesario? Cierto es que todo artista desea que su obra perdure en el tiempo, pero ese perdurar no consiste tan sólo en su perfección estética, pues ésta, tras el proceso restaurador se encuentra en una realidad distinta, falseada. Las manos del restaurador no tienen la intención del artista, no crean, sino que recrean, rehacen una actitud que en el fondo no es más que intuición. Podemos imaginar o estudiar al artista, un conocimiento que se ve afectado por la hermenéutica, por la interpretación, por la técnica. En este sentido nos situamos en una posición crítica en lo que al planteamiento de Brealey se refiere. Recordemos cómo apelaba al trabajo del restaurador como aquél que se ocupa de resucitar las intenciones del artista. Esta propuesta pone de manifiesto una tendencia romántica de considerar el proceso restaurador no como un añadido, sino como parte del arte. Gracias a él, suponemos, podemos traer a la actualidad la dimensión creativa del artista así como su obra, la cual se adapta para sobrevivir, incluso, a nosotros. Pero la pervivencia en el tiempo y en la memoria no es sólo esto. Calar en las conciencias de las futuras generaciones y en la tradición cultural no es sólo una cuestión de presencia, sino también de conocimiento, de goce estético y de comprensión del quehacer propio del tiempo. Tenemos que hacernos cargo de nuestro patrimonio, pero respetar su ser en el tiempo no es destruirlo, sino atender a su dimensión ruinosa, parte ineludible, querámoslo o no, de su esencia. En el

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Conservación de Arte Contemporáneo. 13ª Jornada  

Publicación de Conservación de Arte Contemporáneo. 13ª Jornada

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