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Cesare Brandi, considerado el padre de la restauración moderna, apelaba a la recuperación de la “unidad potencial” de las obras a partir del proceso restaurador. Pero, como nos dice Barbero, “ni podemos recuperar el pasado a través de las obras de arte, ni en todos los objetos que ahora llamamos arte reside una señal de identidad común que podamos reivindicar”[6]. Esta aclaración nos sitúa en la perspectiva moderna de las obras y en la actitud que las envuelve. Asimismo, nos acerca al cambio de registro en torno al arte que se produjo en la modernidad. La conservación preventiva responde a los criterios secularizadores propios de la modernidad. La secularización es un proceso que acontece en las sociedades modernas. Se produce con la pérdida de influencias por parte de la religión, momento en el cual otras esferas de la realidad van ocupando, progresivamente, su lugar. Ahora la sociedad toma el papel principal, un papel que se basa en la supremacía de la razón como elemento secularizador en la historia. Según Odo Marquard, una de las derivas de este proceso se observa en la exigencia de legitimación actual. Si antes era Dios el elemento último o el garante en torno a la concepción de lo real, ahora mediante el ejercicio reflexivo de los hombres se pretende responder y garantizar todo aquello que nos concierne. Esta exigencia proviene de la modernidad, momento en el que autores como Descartes, Kant y, más tarde, Hegel tratan de superar el fundamento del conocer en torno a Dios. Cuando la razón “reflexiona” ostenta el papel que antaño perteneció a Dios, si bien se está haciendo en el curso de la historia. Ello supone, en un sentido hegeliano, la concepción de la realidad como algo que está continuamente en construcción, un devenir que no nos es dado al modo que hasta entonces se comprendía. Así pues, estamos en un tiempo en el que todo queda sometido al tribunal de la razón, incluso la propia historia. La modernidad se entiende, desde esta perspectiva como un proceso que comienza buscando otro modo de legitimación, el de la razón. Los viejos fundamentos se desmitifican en la dinámica secularizadora y se pasa a la comprensión de la realidad desde diversas esferas del conocimiento. Pero, lejos de entender este proceso desde un punto de vista rupturista y autónomo, cada una de esas parcelas del conocer intenta reconstruir la totalidad, es decir, tratan de ofrecer una explicación satisfactoria del acontecer de un modo completo, absoluto. En este sentido, cada una de esas esferas pretende asumir el papel unificador que antaño perteneció a Dios, y es lo que también le sucede al arte. En la modernidad se produce el nacimiento de la estética como nuevo saber autónomo. La razón estética es inmanente a la propia historia de la modernidad. Surgió como tal en este tiempo de la mano de Baumgarten, quien utilizó por primera vez este término para referirse a los estudios en torno al arte. La estética contiene una potencia resacralizadora que trata de aunar la razón teórica y la práctica, lo que, en cierto modo, supone una restauración de la metafísica ya resentida por los efectos de la modernidad. Encontramos aquí restos teodiceicos, restos de esa divinidad que supuestamente había sido relegada a un último plano, llegando así a lo que Odo Marquard denomina “hipertribunalización de la realidad”[7], o lo que es lo mismo, el continuo afán por justificar o legitimar todo, algo que sucede en la actualidad. Según Marquard, todo precisa de justificación: la familia, el Estado… Todo excepto la propia exigencia de legitimación. En respuesta a esta “hipertribunalización” nos encontramos, según Marquard, con ciertos motivos que actúan como descargos, es decir, como réplicas a la responsabilidad que supone la exigencia legitimadora. Entre esos motivos nos topamos con la bonificación de la maldad o, como dice Marquard, “la desmalificación moderna de los males”[8], entre los que se incluye el mal estético: “en la Edad Moderna lo no bello se convierte rápidamente en un valor estético positivo cuando junto a la estética de lo bello (sobrepasándola) aparece la estética de lo no bello: de lo sublime, de lo sentimental, de lo interesante, de lo romántico, de lo feo, de lo dionisíaco, de lo abstracto, de lo negativo, etc.”[9]. Pues bien, esta necesidad de legitimación cuyo origen se encuentra en la modernidad también

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[6] Ibid., p. 13. [7] O. Marquard. Apología de lo contingente. Valencia: Diputació de València. Institució Alfons el Magnànim, 2000, p. 27. [8] Ibid., p. 39. [9] Ibid., pp. 39-40.

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Conservación de Arte Contemporáneo. 13ª Jornada  

Publicación de Conservación de Arte Contemporáneo. 13ª Jornada

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