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únicamente podían integrarse en la comunicación —en cualquier forma de comunicación— si se producían, directamente, dentro del área de percepción de los espectadores/receptores; cuando la fuente sonora o el movimiento no estaban directamente al alcance de los oídos o los ojos de los posibles receptores, para poder utilizarlos como medio de expresión, era imprescindible inventar y desarrollar estructuras de signos convencionales —como pueden ser las letras, las notas y claves musicales o los pictogramas— que permitieran la comprensión o la recreación de los sonidos y/o los movimientos que se deseasen transmitir. Luego, a lo largo del último tercio del siglo XIX y siguiendo el mismo camino abierto por la fotografía, se inició el desarrollo de una serie de sistemas, primero para el sonido y después para el movimiento, que llegarían a borrar el calificativo de “inasible” para esos elementos, consiguiendo registrarlos sobre objetos —incluso sobre objetos archivables— y permitiendo su introducción en el universo de la comunicación. Merece la pena detenerse un momento en la relación entre nuestra cultura y el desarrollo de medios aptos para transmitir/comunicar elementos inasibles. A lo largo de siglos de convenciones y codificaciones, los sistemas de escritura y de representación gráfica dotaron a los seres humanos de múltiples posibilidades para transmitir todo lo que pensaban y percibían de su realidad social y natural. Dado que los sistemas de escritura y de dibujo forman parte —una parte muy importante— de esa realidad, la escritura y el dibujo, en todas sus variantes, también pasaron a integrarse entre los elementos que deben ser convenidos y codificados para su transmisión. Hasta el desarrollo de los nuevos medios de comunicación y de expresión artística, los sistemas de escritura y de representación gráfica, sus convenciones y codificaciones, e incluso sus herramientas, han ejercido influencias determinantes sobre todo el desarrollo cultural. Ahora, transcurridos esos ciento cincuenta años (que, como dice el tango, no son nada), las imágenes, los sonidos, los movimientos se transmiten y comunican directamente, han dejado de ser elementos inasibles, sus registros se han integrado en nuestras colecciones de objetos —lo inasible se ha vuelto archivable— y han abierto el paso al tiempo en que vivimos.

REPRODUCCIONES La fotografía introdujo una consideración totalmente nueva en el universo de los medios de expresión y comunicación para el concepto de reproducción. La idea del “dibujo automático”, de conseguir que la luz directa mecánicamente reprodujera y fijara la imagen de lo que vemos, tiene muchos siglos de existencia, y el principio físico fundamental que podía hacer posible la realización de esas reproducciones automáticas, el ennegrecimiento de la plata, se conocía bien, como mínimo, desde el siglo XVII; no obstante, el desarrollo de sistemas válidos para conseguirlo tuvo que esperar hasta que Niépce y otros investigadores crearan sistemas para, precisamente, detener ese ennegrecimiento en el punto deseado, estabilizando —fijando— la imagen producida por la acción de la luz. Depués, rápidamente, hacia la mitad del XIX, la técnica fotográfica ya se había constituido en auténtico sistema de reproducción de imágenes y estaba capacitada para arrebatar su función comunicativa original a los sistemas convencionales de representación de imágenes como la estampa, el dibujo o la pintura. Al arrebatarle la función comunicativa original a las artes plásticas, la fotografía contribuyó, sin duda, a liberarlas de sus “obligaciones representativas”, permitiendo el desarrollo de formas expresivas cuya coherencia comunicativa dependía únicamente de las reglas creadas para su propio desarrollo y no de la concordancia con las imágenes exteriores que pretendieran transmitir. Pero la idea de reproducción contenía en germen elementos mucho más importantes. Constituidas sobre objetos, las imágenes reprodu-

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Conservación de Arte Contemporáneo. 13ª Jornada  

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