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Los troncos y leñas grandes y más gorda, y las partes de las cepas comenzábamos a colocar y plegar alrededor del tronco piramidal del centro, que a su vez envuelve la guía. Las plegamos de pie, verticalmente e inclinadas sobre las caras del tronco piramidal que son las que nos dan la inclinación adecuada, dando por supuesto que ésta no es muy pronunciada. Este paso del proceso se llamaba “cargar la hoya o carbonera” (3). Una vez colocada la primera fila, piso o capa; procedíamos de la misma forma con la segunda, procurando pisar con cuidado encima de la primera, así hasta cerrar la carbonera que poco a poco cogía forma de cono, porque las filas sucesivas eran cada vez más pequeñas. Posteriormente se cubría con un manto de hierba seca u hojarasca: manta. Alrededor de la base se colocaban céspedes o terrones (5), en lugar de poner la manta ( 10-15 cm de alto), con la intención de que la manta (6). no se cayera al suelo. La manta la cubríamos con cisco o tierra (7). La manta no permitía que el cisco o tierra se introdujera entre las leñas, y la hoya podía respirar (transpirar) a través del cisco o tierra. Entretanto, atendíamos al pequeño fuego encendido y reducido a ascuas, que habíamos encendido en los alrededores (9). Con la ayuda de una escalera (8) íbamos subiendo hasta la boca de la hoya. Despacio y con sumo cuidado se procedía a extraer la guía, que como estaba holgada solamente teníamos que hacer fuerza hacia arriba sin tener que vibrar o mover hacia los lados; de forma que la chimenea no sufriera ningún daño ( por los movimientos se obstruyera). Utilizando la pala y/o un balde viejo se procedía a subir y verter por la boca las ascuas del fuego preparado en los alrededores. Al mismo tiempo, se retiraban los céspedes o terrones de la base para que entrada aire en la hoya y se prendieran los materiales del cuerpo piramidal, “dar fuego a la hoya”. Una vez que la hoya había prendido se procedía a colocar en su sitio los céspedes o terrones retirados. En nuestro caso, el fuego se desplazaba del interior al exterior. Era muy importante que se cociera y no que se quemara. La madera se tenía que cocer, y para saber si el proceso discurría correctamente estábamos atentos al humo que se desprendía por toda la hoya. De aparecer llamas, era indicativo de que se estaba quemando, y para que esto no ocurriera se procedía a verter sobre esa zona ( por donde salían las llamas) más cisco para recuperar el proceso del cocido. Si antes de dar por terminado el proceso de la cocción, no salía humo, se retiraban parte de los céspedes de la base, para crear corriente de aire hacia el interior y reavivar el fuego interno. Posteriormente se volvían a colocar los céspedes para que continuara el proceso de cocción. En algunos sitios se procedía a abrir agujeros laterales para permitir la entrada de aire (4)

Gurdia 33  

Revista del Museo Etnográfico de Artziniega

Gurdia 33  

Revista del Museo Etnográfico de Artziniega

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