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Teresa Wilms Santa Patrona (Matrona) de los Artistas Chilenos 1


Muñozcoloma www.munozcoloma.com.ar munozcoloma@yahoo.com Artículo aparecido en la sección «La Casa de Asterión» ESCÁNER CULTURAL Revista Virtual de Arte Contemporáneo y Nuevas Vanguardias N° 76 - Septiembre de 2005

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Hay miradas que a uno lo pueden transportar al infinito o a esferas que van más allá de lo comprensible. Pero hay otras (las menos) que aparte de llevarlo a uno lejos, definitivamente lo matan, lo hacen replantearte este viaje llamado vida como un nuevo ser, como un iniciado. Cuando me enfrenté por primera vez a la mirada de Teresa Wilms, en esa preciada fotografía tomada en Buenos Aires en 1916, comprendí realmente lo que significaba conocer a una mujer con esa clase de mirar, a una «mujer fatal». En ese momento pasaron a mi olvido voluntario mujeres como Matta Hari, Isadora Duncan, Anais Nin o las hembras de Gustav Klimt.

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Teresa Wilms (Buenos Aires 1916)

Pero esta mujer, tan poco conocida, pitonisa de las letras, generadora de tantas pasiones e incluso de un suicidio, ha sido una heroína olvidada por el pueblo chileno, como solemos decir acá, en la patria del sur: Ha recibido «el pago de Chile». Intentando resarcir, en parte mi olvido, de tantos años, quiero destacar algunos puntos de su vida y muy pocos de su obra. Esta primigenia Marilyn Monroe, arquetipo verdadero de la mujer fatal, mito de la intelectual maldita y bohemia de los albores del siglo XX, que a larga su

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vida se convirtió en la recompensa Olímpica para cualquier artista o profano del arte, cosa que finalmente detestó. María Teresa de las Mercedes Wilms Montt nació el 8 de septiembre de 1893 en la ciudad de Viña del Mar, Chile. En el centro de la rancia aristocracia chilena, emparentada con influyentes hombres públicos, Presidentes de la República, con la sangre azul latinoamericana y europea. Sus padres fueron Federico Wilms y Brieba (descendiente de la Casa de Hohenzollern) y Luz Victoria Montt y Montt. Fue la segunda de 7 hermanas y la predilecta de su padre. Su alma inquieta comenzó a manifestarse desde la cuna de ébano, sus ojos se paseaban por el paisaje dejando una estela de melancolía que la acompañó hasta su muerte, su mirada dejó en todos lados un rastro como el que dejan los focos de los automóviles sobre los adoquines mojados por la lluvia. Sus días de infancia transcurrieron entre la literatura, el bordado, el cuestionamiento, los sueños, la elegancia, el aprendizaje para el matrimonio y el Santo Rosario. Al cuidado de severas institutrices extranjeras, entre las que se cuenta una antigua actriz francesa, de gran sensibilidad que, sin dudas, influyó en la personalidad de Teresa. Los años fueron generosos con Teresa, la transformaron en una mujer de espolón de proa, en una mujer escultural y lozana, de gráciles movimientos y profundizaron su mirada nostálgica con una luminosidad desconocida hasta entonces para la raza humana. Como diría Teitelboim: «Ella era un

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cóctel sanguíneo de Venus catalana y Elsa germánica, con la tristeza de las ciudades nórdicas en sus enormes ojos verdes». En esos ojos cayó Gustavo Balmaceda Valdés (1883-1924), con quien recorría el cielo hablando de literatura y de óperas, estos dos protoescritores se casaron cuando Teresa tenía 17 años, sin el consentimiento de sus padres. Bajo la cruz generosa del cristianismo y de la aristocracia, la familia no le permitió entrar nuevamente a la que fuera su hogar, o eso, al menos, se propusieron. Bajo esas circunstancias, la Wilms y su marido se instalaron en Santiago, buscando sus sueños de literatos, aunque sólo uno de los dos lo conseguiría. La capital era un lugar que ofrecía inmejorables condiciones para las inquietudes de la mujer, de transformarse en vate o hechicera. Santiago bullía por la celebración de los 100 años de la independencia de Chile, pero la muerte de su pariente don Pedro Montt, Presidente de la República, estuvo a punto de suspender todas las actividades, pero el ánimo fiestero y nuestra idiosincrasia se impuso: primero fiesta, después lloramos un rato. La capital del Reino se transformó rápidamente en la «ciudad luz» del fin del mundo: en las plazas destellaban las bombillas rojas, azules y blancas. Se organizaron actividades para el vulgo; hubo tómbolas populares, funciones nocturnas del biógrafo en la calle, concursos de cachacascán y de canto, juegos deportivos en general, y por cierto, de fútbol. El vino hacía olas por las calles capitalinas, los intelectuales veían que su ambiente nocturno se poblaba cada día más de herejes, parapetándose 6


en tertulias y ateneos privados. Ese fue el ambiente que encontró Teresa, comenzó a frecuentar la bohemia artística, esa tan pesada a veces y tan leve en otras; ese mismo hecho hizo que su dualidad se convirtiera en unidad y comenzó a sentirse plena, la noche fue suya, el alcohol también. Se mezcló con músicos, literatos, artistas plásticos e intelectuales locos, por primera vez no se sintió sola en el mundo, pensó que habían más de su especie. Craso error. La bestia que llevaba en su interior se potenció en estas tertulias, los intelectuales se hipnotizaron y descontrolaron a raíz de sus sobrenaturales encantos; le dedicaban escritos, versos, canciones, melodías, pinturas, dibujos... Las mujeres envidiosas no tenían la altura moral siquiera de maldecir a una virgen. Balmaceda, su marido, comenzó a incomodarle la situación, sumando además que los comentarios sobre la bella mujer, rápidamente recorrieron las calles de la urbe como una mala noticia; y de todos lados venían los hombres, mujeres y niños a contemplar en directo a la musa-vatediosa-heroína. Para Balmaceda ya no era divertido ver a los hombres y a algunas mujeres perder la cabeza por ella, así comenzaron las discusiones, los celos, los excesos de alcohol que derivaron en golpizas que lo único que hicieron fue mantener firme el espíritu libertario de esta mujer. En septiembre 25 de 1911 nació la primera hija del matrimonio Balmaceda Wilms, todo un acontecimiento: ¡Teresa era humana! Gustavo se sintió aliviado, más aún cuando, por razones de trabajo, tuvo que instalarse en la nortina ciudad de Iquique, distanciando a la musa de la bohemia capitalina. Pero, las ansias de Teresa pudieron más, 7


y Gustavo, nuevamente, se vio sumergido en las tertulias trasnochadoras de la intelectualidad de la ciudad, Teresa en su habitación del Hotel Fénix, seguía con su ritmo frenético, abusando de los cigarrillos, del alcohol, del éter y de su belleza; rápidamente se transformó en la niña mimada y terrible de los artistas iquiqueños, ella, feliz, pero su profunda melancolía siempre al acechó, seguía sin sentirse amada, aún así se percataba que todos la amaban. El norte aún mantenía frescos los recuerdos de la matanza de la escuela Santa María de Iquique efectuada por el militar Roberto Silva Renard quien estaba bajo las órdenes de su pariente, el Presidente. Estos hechos y el conocer la verdadera pobreza comenzaron a forjar en ella pensamientos de carácter anarco-sindicalistas lo que profundizó más aún la brecha con las mujeres de su extirpe. Escribiría más tarde, con un dejo profundo de poeta que visita un zoológico, sabiendo que está fuera de la jaula con la posibilidad de abandonarlo cuando quisiese: «Conocí lo que es para las mujeres de mi clase: la verdadera miseria material y moral... Mi alma, salió pura de la prueba, pero asqueada». Pero vendría lo más dramático para su familia, adscribirse al pensamiento masón, prefiriendo la escuadra y el compás por sobre la cruz. Su espíritu libre pensador, se fortaleció a tal punto que comenzó a inmiscuirse en políticacontingente, escribiendo en la prensa iquiqueña bajo el pseudónimo de «Tebal».

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Retrato de Teresa Wilms, realizado por Aristodemo Lattanzi (Santiago 1912)

En noviembre 2 de 1913 sus actividades de madre, poco doméstica, se vieron incrementadas al nacer su segunda hija, Sylvia Luz. Unos años más tarde a Gustavo se le hicieron realidad todos sus temores, tuvo que volver a la capital, en el año 1915, las cosas siguieron igual como cuando se fueron, los hombres atónitos, Teresa dulce y peligrosa, con su mirada de ausencia y carente de amor, buscando algo «real». Y los hombres en general, como nos pasa a todos, embobados por la belleza. Tal fue el caso de Vicente 9


Balmaceda Zañartu («El Vicho»), primo de Gustavo, que dentro de su locura fue descubierto a raíz de las terribles cartas de amor que le enviaba a su prima política y que Teresa correspondía de alguna manera, con una mirada, con una sonrisa, con una noche... a esas alturas, daba lo mismo. Gustavo dentro de su desesperación de domador frustrado recurre a la familia Wilms para dictaminar el castigo de la fiera. El cónclave se efectuó en la casona de Santiago, y fue dirigido por el patriarca familiar, don José Ramón Balmaceda Fernández, éste decreta que la mujer infiel con los principios que dictan las buenas familias, debe ser recluida en un convento. El elegido fue el de «La Preciosa Sangre» ubicado en pleno centro capitalino (Calle Compañía 2226). Su encarcelamiento se efectuó el día 18 octubre de 1915 y sus hijas pasaron a la tutela de los padres de Teresa. Gustavo, mientras tanto, se entrega de lleno al alcohol y a la literatura. Entre las paredes del convento, levantado por el arquitecto Eusebio Chelli, que albergaba a las descarriadas, monjas, enfermas y locas, comenzó a escribir su DIARIO ÍNTIMO, un libro terrible que pone en el tapete público los secretos más profundos de las mujeres de su especie: cómo su alma de vate es rebalsada por una soledad temible, y que al ser deseada y amada por todos no hace más que hacerla sentirse profundamente sola y desdichada (conozco a una) buscando lo justo, lo correcto, lo preciso. En esa soledad profunda, en ese hastío mustio, en esa jaula para su espíritu comienza a recorrer un camino que a la larga concluirá. Intenta suicidarse tomando un frasco de morfina, el 29 de marzo

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de 1916. Falla en su intento, pero comienza a adquirir una práctica que con el tiempo perfeccionará. El «Rey de Chile» aparece en escena, el poeta Vicente Huidobro, trasgresor, de espíritu inquieto y perteneciente a la misma alcurnia de la musa-poeta. En su afán de libertad e hipnotismo decide ayudarla a escapar de su prisión. Las mujeres enloquecían por Huidobro, él enloqueció por Teresa. La describió como «…la más grande que ha producido la América, perfecta de cara, perfecta de cuerpo, perfecta de elegancia, perfecta de educación, perfecta de inteligencia, perfecta de fuerza espiritual, perfecta de gracia». Disfrazada de viuda (monja dicen otros), en el tren trasandino, la llevó a Buenos Aires en junio de 1916, para Huidobro sería un viaje más, para la Wilms un viaje sin r e t o r n o . Rápidamente se aclimataron al círculo artísticointelectual porteño.

Teresa Wilms, Retrato de Gregorio López Naguil (Buenos Aires 1917) 11


La ciudad europea de la América Latina recibió a la heroína con los brazos abiertos, en Florida, Palermo, Retiro, Corrientes y en todas las calles y barrios de la ciudad se murmuró que había llegado una diosa, los hombres se transformaron en niños y enloquecieron también, ella era la bohemia perfecta; no se hablaba más que del Morocho del Abasto y de la poeta chilena que embrujaba a todos los que miraba. En ese caldo efervescente de cultura Teresa, con 24 años, publica, en 1917, sus libros INQUIETUDES SENTIMENTALES y LOS TRES CANTOS recibiendo una excelente crítica, Teresa nuevamente fue feliz… por un instante. Con Huidobro tuvieron dos semanas de amor y desencuentro, cada uno preocupado de cosas más importantes para ellos, citando nuevamente a Teitelboim: «Ella no entiende a Vicente, que está demasiado preocupado de sí mismo. Vicente no la entiende a ella, que está demasiado ocupada de sus fantasmas». Era imposible mantener una relación entre estas dos personas, pero nunca dejaron de amarse, de verse, de escribirse, de celarse. Teresa siguió cargando su sino, siguió sufriendo el drama de la derilección según Heidegger, eso de tener la certeza de estar solo en este mundo. Ni las atentas miradas, ni los suspiros más grandes la alejaron de esos fantasmas que se incrementaron cuando un joven porteño, Horacio Ramos Mejía, embrujado por su belleza y desilusionado por su rechazo se suicida en su presencia con apenas 19 años. Este hecho marcó a Teresa y a su obra, más tarde le escribirá una especia de letanía-elegía, ANUARÍ. A partir de este hecho su letra siempre recurrirá al sonido seco de la muerte. 12


Nuestra Wilms nunca pudo sacarse el estigma de mujer atractiva y melancólica, su fama había traspasado la frontera, los argentinos la querían para ellos, los chilenos trataban de olvidarla, ni lo uno ni lo otro. En plena 1ra Guerra Mundial Teresa decide alistarse en la Cruz Roja y viaja a Nueva York, llegando a la ciudad el 3 de enero de 1918. La acusaron de espía alemana y fue enviada a prisión, luego de un tiempo no le quedó más remedio que abandonar su idea y partir rumbo a España. Horacio Ramos Mejía, Anuarí

El itinerario ya le era conocido, primero contactarse con el ambiente artístico de la ciudad para luego ser admirada y mimada. En Madrid transformó en niños a Gómez de la Serna, Gómez Carrillo y a su compatriota Joaquín Edwards Bello, quien sentenciará: «Una chica intoxicada de literatura y con el vicio chileno de lo trascendental». Pero a Ramón Valle-Inclán le aceptó sus miradas, convirtiéndose en su musa inspiradora y compañera de armas en su camino hacia el cielo (o infierno, lo mismo da). Sus primeras publicaciones en la capital española fueron EN LA QUIETUD DEL MÁRMOL, prologado por Gómez Carrillo y ANUARÍ prologado por el propio Ramón.

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Era el alma de los cafés madrileños, se la podía encontrar sentada todo el día y la noche, con la mano en su mentón, con su capelina negra, bañando a todos con su mirar, nadie le podía apartar la vista a sus ojos huidizos. A veces, si le parecía, se paraba o se subía a la silla y comenzaba a recitar a Tagore o a cantar fragmentos de óperas o un tema muy nuevo que ella llamaba «Tango» y que desde hace muy poco un tipo de apellido Gardel o Gardés estaba haciendo muy popular en la ciudad de Buenos Aires: «Mi noche triste». Era una escena totalmente seductora, la diosa cantaba, el whisky enroncaba su garganta y el opio la acompañaba en su viaje, que a su pesar, siempre tenía fin. Los pintores la plasmaban en la tela como fue el caso de Anselmo Miguel Nieto y de Julio Romero de Torres.

Teresa Wilms, retrato de Julio Romero de Torres (Madrid 1918) 14


Intentando dejar atrás su pasado de femme fatale decide utilizar el pseudónimo de «Teresa de la Cruz» (Teresa de la +), nada más apropiado para una mujer liberal, rebelde, con ideas anarquistas y masónicas inmersa en uno de los países más reaccionarios y católicos del planeta, de hecho acertó en no nombrarse: «Teresa de la Escuadra y el Compás». Comenzó sus periplos entre el viejo continente y Buenos Aires, en esta ciudad arribó en agosto de 1918 y publicó una colección titulada CUENTOS PARA LOS HOMBRES QUE TODAVÍA SON NIÑOS (es decir, todos), el 24 de febrero de 1919. Le quitó la luz a la ciudad porteña el 10 de junio del año a n t e s mencionado, fecha en que se embarca, nuevamente a E s p a ñ a ,

Teresa Wilms portando la Cruz meritoria regalada por el Rey Alfonso XIII, 1918. España. 15


pasando por Londres el 26 de junio. En España estuvo en Sevilla, Córdoba y Granada, donde volvió a las andanzas cautivando a cuanto hombre le salió al paso. Corrió por Europa, entre sus callejuelas, huyendo de la tristeza, de sí misma, siempre sin éxito. Siempre con la capelina negra que la cubría como su propia soledad. Una luz de esperanza la envolvió al saber que sus suegros viajarían a París con sus dos hijas. Viajó de inmediato y tuvo el esperado reencuentro, luego de 5 años de violenta separación. Su hija Sylvia recordaría después «Con mi hermana y ‘mi mamita’, íbamos por Les Champs Elysées cuando se detuvo un taxi y nos hizo señas una mujer con una capelina negra. Nos acercamos. Yo la quedé mirando abismada de su belleza. Tenía unos ojos de una profundidad increíble. No sabía que era mi madre. Se acercó para abrazarme y me dijo: ‘¡Mi amor, yo soy tu mamá... !» Cuando sus hijas tuvieron que volver a Chile, Teresa cayó en un profundo penar y comenzó a fumar en exceso, a tomar medicamentos de todo tipo, el alcohol siguió siendo su fiel compañero (¿de quién no?) en su habitación de Avennue Montaigne. La sombría habitación nada perpetuaba, el peso de la ausencia de algo que nunca conoció la acechó como nunca, la carencia del amor ideal más que nunca la sintió, obteniendo como resultado que sus ojos luminosos se fueran apagando lentamente. Fue una sobredosis de Veronal la que hizo que el 22 de diciembre de 1921 fuera internada en el Hospital Laënne con una pequeña flama en sus profundas pupilas que se apagó definitivamente el 24 de diciembre, cuando sólo contaba con 28 años de edad.

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¡Qué mujer! Nos dejó sin la luz, forjando una figura mítica sólo para iniciados. Qué mal le hizo este país: el olvidarle. Pero seguimos algunos porfiados reunidos como cofrades pertenecientes a alguna logia, de esas que tanto admiró, perpetuando secretamente su figura (aunque sea desde el discurso «fálico» como ahora). El próximo año (2006), el Séptimo Arte se preocupará de ella, Tatiana Gaviola realizará un largometraje sobre su vida, ¡qué apuesta!. ¡Qué desafío para quien cargue con la cruz de representarla! Ojalá que no la desintegren en el afán de inmiscuirse en su alma, porque justamente eso fue lo que la hizo hechicera: La unidad. Porque ella fue mágica, fue un animal rebelde y profundamente simbólico, incluso elegir las circunstancias de su muerte, buscar una fecha cercana a la Navidad Cristiana 17


o Fiesta del Saturnal Romano es un hecho para considerar. Sumando además, el poético suicidio con Veronal, que exquisitamente Cela refiere en algún libro suyo: «...siempre fue de buen tono, hijo mío, quitarse la vida con veronal. Es un suicidio como para gentes que hayan amado mucho, como para gentes a las que nunca haya faltado nada, absolutamente nada. Las almas van tomando un aire incierto y un color opalino, y los cuerpos languidecen, poco a poco, con una elegante tristeza, con un estudiado y amable abandono. El veronal, hijo mío, debe tomarse con champán y por la noche, como la resignación. Las mujeres, después de tomar su veronal, pueden dejarse amar por un amante apasionado y respetuoso, por un amante lento y servicial; es correcto. Lo que ya no es correcto, hijo mío, es escribir cartas de despedida». Hoy, como hace bastante tiempo no puedo dejar de pensar en ella, recuerdo esas fotos que vi, esas hechas en Buenos Aires en 1916 y me avergüenzo algunas veces de ser hombre, de verla como un premio, como un regalo, como una 18


presa, como un símbolo sexual y sensual, como una virgen deseada; así como todos los hombres de su tiempo, que fueron incapaces de amarla como ella hubiese deseado, alguien que la mirara a los ojos y no cayera en su embrujo, alguien que no la tratase como la mujer más importante que haya pisado la tierra, sino como la única de la historia. En el fondo alguien que jamás existió ni va a existir, por lo menos no de sexo masculino. A pesar de eso, hoy le pido perdón a Teresa, a la Santa Matrona (Patrona), en nombre de todos los artistas chilenos. De su obra… otro día. ¡Que así sea!

Fuentes: -

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Cela, Camilo José. «Mrs. Caldwell habla con su hijo». Ediciones Destino. España. 2003. Flores, Norberto. «Teresa Wilms Montt: Un signo externo en el discurso femenino sentimental de inicios del siglo XX». www.upa.cl Gómez Artigas, Karin. «Teresa Wilms Montt». www.letrasdechile.cl González-Vergara, Ruth. «Teresa Wilms Montt. Libro del camino». Editorial Grijalbo. Chile. 1994. Memoria Chilena.»Teresa Wilms Montt». www.memoriachilena.cl Seguel Bon, Marcelo. «Teresa Wilms Montt». www.panfletonegro.cl Teitelboim, Volodia. «Huidobro: La marcha infinita». Editorial Sudamericana Chilena. Chile. 1996 19


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Revista AA01  

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