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Mu単eca y Macho, enero de 2014


‘Si quieres saber la edad de alguien fíjate en sus manos, en su dorso, no en las palmas, nunca creí en la quiromancia ni en los charlatanes. Son como los anillos de los árboles, no engañan, el carné es muy fácil falsificarlo siempre podrás encontrar profesionales del hampa que hagan un buen trabajo, nos guste o no las alcantarillas siguen existiendo, son como los cirujanos plásticos solo que no trabajan en quirófanos asépticos bien iluminados sino en tugurios con un flexo, un ordenador y una buena impresora. ¿Me puedes abrir otra botella de vino que se me seca la boca? Hay quienes tras el café prefieren una copa pero mi hígado ya no tolera el coñac y los pacharanes o los licores de hierbas sacados de la nevera me parecen una mariconada tan grande como los gin-tonic de ahora y la ginebra a palo seco no me gusta, tampoco el whisky, claro que si vais a cerrar me puedo ir a otro sitio para terminar de leer el periódico, no quiero molestar más. Por cierto, me llamo Darío Cuervo’. Le traje la otra botella de vino que me ofrecí a compartir con él, ese día el restaurante había estado casi vacío, era jueves dos de enero y la mayoría de los oficinistas habituales estaban de vacaciones o de puente, servimos dos menús del día y una comida a la carta, la suya. Darío Cuervo entró al poco de abrir y se sentó en una mesa preparada para cuatro, la más alejada, al lado de la escalera que conducía a los sótanos del establecimiento donde se encontraban los baños y una amplia sala above-


dada con muros de ladrillo que había pintado de blanco y que estaba esperando un uso. Dejó el sombrero sobre una de las sillas y desplegó el periódico que llevaba bajo el brazo encima de la mesa, un diario vespertino de una cabecera ya desaparecida con el nombre de la capital, coincidían el día y el mes de la mancheta pero no el año, la portada del año 1967 la compartían estas dos noticias: “Huelga de brazos caídos en Standard Eléctrica” y “Solidaridad de los obreros de Perkins con los de Echévarri”, y una foto del salón de plenos del Ayuntamiento de Madrid presidido por “carnicerito de Málaga” que no fue precisamente un matador de toros sino un maestro en llevar al cadalso (horca, fusilamiento, tortura hasta la muerte en los calabozos o garrote vil, qué más daba la manera) a todo sospechoso de no ser leal a Franco, primero como fiscal de Málaga, luego como gobernador de no se sabe cuántas provincias y al final como alcalde de infausto recuerdo, ministro de la gobernación cuando volaron a Carrero Blanco y hasta presidente del reino sin y con rey. ‘Seguro que te ha chocado que lea un diario de hace cuarenta y siete años, quizás te parezca aburrido, a mí me divierte elegir uno por las mañanas antes de desayunar y después de ducharme. Hay gente que pasa minutos delante del armario pensando en qué ponerse, yo no tengo ese problema siempre visto el mismo traje, la misma camisa y el mismo sombrero, tengo los bastantes, me da igual que sea enero o agosto. Lo que no me da igual es el


día y mes del diario, tienen que ser los de la fecha, ¿te parecerá una extravagancia, verdad? Tengo que ir al baño, me estoy haciendo pis, me indicas ¿por favor?’ Darío Cuervo tenía el pelo cano, corto y pero no tanto como para que no se le revelara, seguramente por el abuso del sombrero, lo que aunque parezca mentira le confería un aspecto de niño travieso. Bajó las escaleras titubeando y agarrándose al pasamanos, pensé que un bastón le sería de ayuda pero que seguramente se resistía a llevarlo por pura coquetería, su traje negro con listas blancas y su camisa gris, sin corbata, abotonada hasta el final hizo que me recordase a Leonard Cohen, como tardaba fui a la barra y a poco volumen puse canciones habladas en el ordenador y encendí un Ducados negro, aunque “LeBar” (era el nombre que le había puesto al restaurante) no estaba formalmente cerrado solo quedábamos en el Darío, la camarera Grace y yo. ‘Suponía que fumabas, me gusta tu voz andaluza con cazalla, aunque seas tan blanca y tan delgada, estoy seguro de que no eres de Cazalla de la Sierra, ni de Écija, ni de Estepa, ni siquiera sevillana. Apuesto a que eres malagueña, hueles a sal. He tardado tanto porque he tenido una erección espontánea y a esta edad no hay que desaprovechar ninguna oportunidad. Seguramente ha sido de tanto sacudírmela y por pensar a la vez en la camarera que anotó la comanda, ¿cómo se llama?, y en ti’. El señor Cuervo hacía preguntas pero no esperaba respuestas


porque inmediatamente proseguía su monólogo, con el mismo tema o con otro. ‘A mí también me gusta Leonard Cohen, soy tres o cuatro años más joven que él si es que a esta edad se puede emplear esa palabra, la de joven quiero decir. Ya que me has dado pie voy a encender un Habanos, ahora los llaman de otro modo, ellos sabrán porqué; los fumo desde que los pusieron a la venta en los estancos. Por cierto estoy seguro de que este sitio fue un sus tiempos una carbonería, la vista ya me falla, el oído también pero el olfato todavía me sigue siendo fiel. Y otra cosa que no quiero que se me olvide decirte’. ¿Cuál?, le pregunté, pero calló o cayó en una especie de ensimismamiento o siesta de segundos, del que despertó por el ruido seco del tapón al descorchar de la botella. Cuando alquilé el local tuve la precaución de hablar con buena parte de los vecinos para exponerles mis intenciones de negocio y contar con su aprobación anterior, así supe que en efecto esto antes de ser varias veces bar había sido una tienda de salazones y de ultramarinos, y originalmente una carbonería en cuyos sótanos se refugiaban cuando sonaban las sirenas que anunciaban los bombardeos de “los nacionales”, nunca peor dicho. Me sorprendió su olfato afilado y su capacidad para reconocer el olor a hollín en los ladrillos repintados de blanco. ‘Ya sé lo que quería decirte, por cierto este vino huele mejor que el anterior, es menos afrutado, tiene más años de barril y de botella, tengo ganas de probarlo pero


no quiero que se me vuelva a olvidar lo que me parece importante, ¿igual no lo es para ti? Me gusta el nombre que le has puesto al bar: “LeBar”, pero le sobra la be en mayúsculas, lo hace demasiado evidente, llámale “Lebar” e incluso ponlo todo en minúsculas blancas de neón: “lebar”. Los oficinistas no suelen ser muy listos y empezaran a conjeturar sobre el nombre que les sonará a verbo, para ellos todo se reduce a la acción, desconocen el valor de lo sustantivo y no digamos de lo adjetivo o adverbial. Pero seguro que tú sabes mucho más que yo de esto’. — Vamos a la barra y así te presentó a Grace, la fuente de inspiración de tus sacudidas, antes de que se marche —ya eran casi las cinco de la tarde— además este parte está quedándose muy oscura. ¿Y qué te parecería “LeBad”? — Espera que coja el sombrero, sin él me siento como un lisiado —lo cogió pero no se lo caló—. Tampoco está mal. Caminé delante sin exagerar los movimientos, hasta se podría decir que lo hice sobriamente, pero sin dejar de volver la vista a cada poco, lo seguía viendo inestable y volví a pensar que debería cambiar el sombrero por un bastón. En la barra me senté frente a él, de espaldas a la entrada, en uno de los taburetes, dejó el sombrero sobre el mostrador y prefirió permanecer de pie.


— Grace, te presento a Darío Cuervo, el señor que me cayó tan mal cuando entró y se sentó en la mesa preparada para cuatro, la última. No me acuerdo exactamente la grosería que dije. — ‘Será gilipollas, el local vacío y casi se sienta en los retretes’, eso fue lo que dijiste y también me pediste que fuera yo a tomarle nota porque tú ibas a ser maleducada. Encantada señor Cuervo, me alegro de conocerlo —y le extendió la mano, Grace siempre usaba el usted para tratar con los clientes, al contrario que yo. — La alegría es de este viejo al tener tan cerca la mano de una belleza tan extraordinaria —respondió sin llegar a besarla pese a que la tenía a unos milímetros de los labios—, espero que no tuviera de mí la misma impresión que su jefa o que al menos se haya disipado si así hubiera sido. Por cierto no sé cómo te llamas —se dirigió a mí—, llevamos un buen rato de charla y no te lo he preguntado ni tú me lo has dicho. — Bárbara —le contesté—, y no te puedes imaginar lo qué le ha pasado en el baño —giré la cabeza para hablarle a Grace. — No sé, pero seguro que tiene que ver con esas luces que se encienden o se apagan según haya movimiento o no, a veces juegan malas pasadas si nos quedamos demasiado quietos.


— Nada que ver, creo que el problema es que por lo menos sus matos no se quedaron muy quietas. — No tengo párkinson —terció, suspendiendo la mano izquierda en el aire sin apoyar el codo sobre la barra. — Entonces me lo puedo imaginar pero prefiero que no entremos en los detalles —Grace era implacable con los clientes. — Perdón, creo que mi broma ha sido impropia y no ha tenido ninguna gracia. Discúlpeme por favor. — ¡Ay Darío, no se nos ponga serio! —y ruborizado estuve a punto de añadir, sin duda se le habían subido los colores, un detalle que me gustó en un hombre de su edad—, si hubiera culpa sería mía. Grace se marchó pero antes de que lo hiciera me aseguré de que en la nevera hubiera una botella de cava brut rosé. Se lo indiqué arqueando las cejas y guiñándole un ojo, me lo confirmó enviándome un besito y con un movimiento de hombros que sin lugar a dudas quería decir: ‘¡También te vas a tirar a este abuelo!’, entre sorpresa y pregunta. A Grace no le hacían ninguna gracia mis devaneos con los clientes ni que siempre mi uniforme de trabajo fuera una minifalda o un vestido muy corto como el que llevaba esa tarde, plateado y con lentejuelas como correspondía a las fechas. El intercambio de señales no


pasó desapercibido para Darío. Después, cuando ella dejó el cierre de persiana a medio echar, nos bebimos la botella de vino desde el gollete hasta el culo. Sin demasiado reparo crucé y descrucé las piernas no sé cuántas veces para que él me viera el final de las medias y el pico de las bragas. ‘Creo que entre tú y Grace hay algo, si yo fuera ella o si yo fuera tú, no dudaría en liarme con las dos. Estás muy buena y siempre me han gustado las piernas largas y las bragas blancas por encima de las negras, también me gustan cárdenas o azules y hasta con dibujos infantiles como muñequitos o globos, sobre el estilo no tengo muchas preferencias, depende mucho de la forma de los culos. Bragas no colecciono, usadas se entiende, y no sé si sería una buena idea empezar ahora, no creo que ya lograse reunir muchas piezas —sin interrumpirle descrucé las piernas y las abrí cuanto el vestido dio de sí para que viera algo más que el pequeño triángulo—, lo que si acumulo porque no se le puede llamar colección es un buen número de calendarios de los que se veían colgados de las paredes de los talleres de mecánica, creo que eso ya está en declive, será porque antes eran los hombres los únicos que llevaban los coches a cambiar el aceite, ahora las cosas son distintas y más pulcras, no sé. No me puedo imaginar pedir cita en la Peugeot y que en la recepción me reciba una bata blanca con un almanaque colgado de los cristales con una señora de pechos como globos que


plantan cara a Newton, y estoy seguro de que existen, pero últimamente los prefiero pequeños como los tuyos que rehúyen los sostenes y suelen tener unos pezones sobresaliente que obtienen matrícula de honor cuando se excitan’. Quien tenía una necesidad apremiante de ir al baño en ese instante era yo, así que aproveche uno de sus silencios para hacerle un gesto con la mano y con las piernas que rápidamente entendió. Las luces del baño se encendieron en cuanto abrí la puerta, me subí el vestido y me bajé las bragas, aposenté el culo sobre la tabla del inodoro que estaba impoluta, ninguna mujer salvo Grace y yo lo había utilizado ese día, reconozco que me dio un pequeño escalofrío y que los pezones se me pusieron de punta, no tanto porque la tabla estuviera algo fría cuanto porque se me vino a la cabeza la imagen de Grace en una posición parecida a la mía: los pantalones bajados hasta los tobillos, las bragas por las rodillas y su culo sin llegar a tocar el váter de acero inoxidable colgado de la pared, así era mucho más fácil mantener limpio el retrete. La luz hizo amagos de apagarse en algún momento pero como no me estaba quieta el silencio luminoso duraba lo que un parpadeo. Me guardé el último buche, si así puede llamársele, de pis para el final y me acaricié lo suficiente para estar a segundos del orgasmo, lo hice pensando en que Grace volvía porque había olvidado algo y de paso bajaba al baño y me encontraba masturbándome , tenía unas


ganas locas de liarme con ella pero la muy perra o la muy estrecha o quizás la muy sensata siempre me dejaba con la miel en los labios y con ello no estoy diciendo que ella fuera una calienta pollas o una calienta coños, todo lo contrario: nunca me dio pie. Era el momento de dejar la luz apagada, me subí las bragas y ya de pie me toqué el “lacasito” (así lo bautizó un amante de lengua prodigiosa y así lo llamo desde entonces) hasta que los muslos, por decirlo de algún modo, se contrajeron espontáneamente y sentí que las piernas me fallaban. Mientras me atusaba frente al espejo solté el chorrito de pis, el mal llamado buche, que tenía guardado en la vejiga. Me bajé el vestido y me saqué las bragas, subí las escaleras sabiendo que nadie me espiaba el culo. Allí estaba, fumándose otro pitillo negro más fuerte que mis Ducados, exhalando volutas que las bombillas absorbían y desfiguraban con la complicidad de la voz de Leonard Cohen. No creo que hubiera estado abajo más de cinco minutos, mis orgasmos suelen ser rápidos y recurrentes, más cuando pienso en Grace. Puede que hubieran pasado un par de canciones, por ejemplo: “Suzanne” y “The Partisan”, o tal vez tres si añadimos “So Long Marianne”. Seguía de pie y se había puesto el sombrero, la canción que sonaba en ese momento, “Chelsea Hotel”, era una premonición. — Es mi regalo —le dije enseñándole las bragas—, están bien perfumadas y seguro que te apetece conservarlas, guardarlas, almacenarlas y hasta exponer-


las un día cualquiera en tu casa, en una fiesta, como un trofeo tardío, para darte importancia. — Quizás te haga caso, ¿te has puesto otras? — Juzga por ti mismo —dije subiéndome el vestido hasta las caderas. — Tienes el coño completamente depilado, me gusta así, he oído decir que ahora vuelven a llevarse con pelo aunque no tanto como antaño, no me gusta eso. ¿Te puedes dar la vuelta para que compruebe si tu culo es como imaginaba? —me giré, apoyé los codos sobre el taburete, abrí un poco las piernas y exageré la posición para que pudiera verme tanto el culo como la vulva. — ¿Qué te parece? —hubo unos segundos de silencio hasta que escuché su respuesta. — Majestuoso, regio, no sé, magnífico, ya sé: pomposo —su voz provenía de abajo, lo cual quería decir que se había puesto de rodillas o en cuclillas, de hecho escuché un leve crujido de alguna articulación. Primero sentí como sus manos, que a pesar de su edad aun conservaban cierta suavidad, se paraban en mis nalgas, las manoseaban y les propinaban suaves cachetes, después como las separaba y como con su lengua acariciaba mi agujero. Me sorprendió la cantidad de saliva que


era capaz de segregar y la facilidad con que su dedo pulgar penetró por mi ano así como la habilidad para a la vez introducir el cordial en mi vagina y con el índice masturbarme el clítoris. ‘Cuando baje al servicio, antes que tú, no acabé la función, quiero decir que no me corrí, no quería quedarme frígido durante un par de horas así que preferí dejarlo para otro momento por si acaso. Mientras estabas abajo me he tomado un comprimido de tadalafilo por si se presentaba la ocasión y parece que he acertado, tus bragas olían a una mezcla de orgasmo y pis, ¿me equivoco?, no suele fallarme el olfato, estoy seguro de que te has corrido con ellas puestas y luego has dejado un chorrito pequeño de lo otro y me las has entregado. Me gusta mucho sacar y meter el dedo de y por tu culo y llevármelo a la boca mientras con los otros continúo acariciándote. Reconozco que desde hace muchos años lo que me más excita es disfrutar de un buen culo, el tuyo es bárbaro, digno de Afrodita Calipigia. Ni el sueño más optimista pensé en tener una entrada de año como esta, ¿estás preparada?’. Estaba más que preparada y cachonda como una perra cuando Darío Cuervo me lo preguntó sin dejar de tocarme el lacasito. Antes de que me sodomizara tuve mi segundo orgasmo de esa tarde. No cambié de posición ni cerré los ojos, otro crujido de alguna articulación suya me anunció que se incorporaba y el ruido de la cremallera de


la bragueta que se la estaba sacando y que pronto la tendría dentro. Por un instante traté de imaginar cómo sería pero el pensamiento se desvaneció rápidamente al sentir la punta de su verga embocando, la puya que sin pedir permiso me penetró a pesar del acto reflejo de contraer mi esfínter, una especie de señal de prohibido pasar que sin ningún reparo se saltó sabiendo que no habría multa o pena sino todo lo contrario. Pujó con las fuerzas de su edad, yo colaboraba meneando el culo y diciéndole obscenidades, nunca me gustó el papel de pasiva o de sumisa y menos cuando la coyunda es por detrás. — ¡Empuja más fuerte anciano!, ¡no flaquees ahora!, ¡la quiero dura como el bastón que necesitas para andar pero no llevas! —las palabras, al tenor de los embates, le estimulaban. — ¡Calla zorra menopaúsica! El bastón lo necesitaría para doblarte la espalda, estoy seguro de que te gusta que te zurren mientras te follan. Te voy a dar de azotes hasta que se te ponga colorado como una sandía. — ¡No se te ocurra ponerme la mano encima o te denuncio por violación, por sevicia y sobre todo por maricón, por maricón —repetí—y picha floja! — estaba segura de que estas palabras repercutirían en sus oídos, que no caerían en saco roto—, no la siento, no siento nada.


Así fue, tuvieron el mismo efecto que el fulminante en un explosivo, instantáneamente su miembro comenzó a percutir dentro de mi culo como si fuera un martillo neumático y sus manos a batirme las nalgas como si fueran las aspas de un helicóptero que despega. Apenas era capaz de articular palabra, había perdido el control por completo y yo estaba a punto de perderlo también si es que no lo había perdido ya. De haber seguido es posible que él hubiera sufrido un ataque al corazón o que yo hubiera quedado señalada de por vida. La razón volvió por casualidad, porque escuchamos el ruido del cierre de persiana a medio echar. Darío Cuervo me la saco de golpe y yo recuperé la verticalidad como pude, es posible que el vino hubiera tenido algo que ver con ese desenfreno. — No sé qué me ha pasado —la seguía teniendo tiesa como una cucaña —¿he sobrepasado los límites? — Puede ser, pero ha sido compartido —mi coño babeaba y mi clítoris era una exegesis del glande. — Necesito correrme —dijo poniéndose el sombrero, es posible que fuera una extraña filia—, ¿dónde lo quieres? — Siento interrumpir el derramamiento de semen pero olvidé las llaves de casa, tardo un segundo en cogerlas, las dejé sobre la nevera cuando puse a en-


friar el cava. Enseguida os lo traigo —Grace era cáustica como la sosa Tardó más de un segundo, un minuto o poco más, lo que la llevó recoger las llaves, abrir la botella y disponer dos copas sobra la barra. En ese tiempo me afané en que la polla de Darío no perdiera su turgencia, arrodillada comencé a chupársela. — Bárbara, perdona que vuelva a interrumpir pero si continuas con la felación me vas a estropear el cóctel, lo podemos llamar “RoseCrow” en honor al señor Cuervo, va a ser la bebida estrella cuando abramos “LeBad” por las noches, a ver qué te parece: una guinda confitada en el fondo de la copa de flauta, tres gotas de amargo de angostura sobre ella, un dedal de brandy y cava rosé hasta llenar la copa. — No veo que tenga nada de extraordinario, si quieres que te diga —dije desocupando mi boca y con cierto malestar. — Lo que tiene de especial es que cambiamos el amargo de angostura por unas gotitas de semen de este señor que está a punto de correrse ¿qué te parece, qué le parece? — Una idea magnífica, Grace —apunté, ya sin malestar—, pero algo tendrá que decir nuestro proveedor.


— Acérqueme las copas, estoy dispuesto a participar en el experimento, ¿sólo dos? —dijo dirigiéndose a Grace. — Soy la camarera —le respondió—, no estaría bien visto que bebiera.

Lebar  
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