Issuu on Google+

CUENTO DE NAVIDAD PARA LAIS

Mu単eca y Macho, diciembre de 2013


Había cumplido los 55 años en agosto y me sobraba tiempo por las tardes así que, a mediados de septiembre, fui al ayuntamiento para ver que cursos había para la gente de mi edad. Me interesé por un taller de teatro cuyo título era “Camerinos y bambalinas” y me apunté a él principalmente porque se impartía en el aula para adultos que estaba justo enfrente de mi casa (un pequeño edificio circular, mejor sería decir cilíndrico, construido con hormigón y apenas ventanales y una cubierta vegetal con forma de boina irrigada por tubos azules) al que los vecinos bautizamos como “la polla chata” aunque el nombre oficial era mucho más rimbombante, según rezaba la placa de cuando fue inaugurado con el nombre de un famoso dramaturgo que veraneaba en el pueblo y que murió casi a mi edad de una enfermedad venérea a principios del siglo pasado. El profesor del taller era Luis Isla Fernández y a decir verdad su curso tuvo escasa convocatoria, nos apuntamos una decena de personas y a la primera clase asistimos solo siete, cinco mujeres y dos hombres, y como suele ser la norma de estos cursos la gente se fue cayendo poco a poco, no porque Luis fuera un aburrido, todo lo contrario, sino por la natural pereza y por la presión de las ocupaciones de la vida diaria. Luis tenía unos treinta años, siempre iba impecablemente vestido con camisas amplias cerradas hasta el penúltimo botón y vaqueros ceñidos, el pelo largo recogido en una coleta sujeta con una goma


arcoíris y la barba impolutamente afeitada. El taller de una hora y media, tres días a la semana, versaba sobre lo que sucede detrás de las bambalinas antes de que comience una función de teatro, sobre lo que sucede antes de que se ponga en marcha la tramoya y principalmente sobre lo que pasa en los camerinos, en definitiva sobre el arte o la técnica de la transfiguración: maquillaje, peinados, pelucas, máscaras y vestidos. El miércoles 18 de diciembre fue la última clase formal, a la que asistimos nada más que tres, cuando acabó nos emplazamos para el viernes en el aula con el fin de cerrar el curso y después tomar unas cervezas. Sorprendentemente, ese día, en el aula estábamos casi todos los inscritos (Luis se había encargado de insistir por email, WhatsApp y Facebook), pero quien no acudió fue Luis, en su lugar lo hizo Lais y así se presentó: ‘Hola, soy Lais, la novia de Luis, él no ha podido venir por un inoportuno dolor de muelas y me ha dicho que ejerza de maestra en su lugar y que os de las gracias en su nombre por vuestra participación y que también os acompañé después a tomar unas copas, pero que antes, por favor, rellenéis este cuestionario’. No fui yo el único que se quedó boquiabierto ni el único que pensó ‘joder, y yo que habría jurado que era gay y tiene una novia despampanante’. Lais vestía de negro con solo cinco piezas que se vieran: un vestido ajustado con cremallera por delante y un trenzado por detrás


que dejaba visible un estrecho pasillo de su espalda que se prolongaba por el culo donde se entreveía el surco separador de las nalgas por el que presumiblemente discurría un cordón negro imperceptible, botas de tacón de aguja que le llegaban hasta la mitad de los muslos (entre las botas y el vestido tres dedos de carne) y unos guantes por encima de los codos; el pelo largo y un rostro perfectamente maquillado en el que resaltaban unos labios de color cereza con una sutil línea violeta, como la sombra de los ojos, demarcándolos . Cuando salimos a tomar algo se puso un sobretodo, también negro, de napa y una gorra de cuero con una insignia de la lengua y los labios rojos de los Rolling Stones. Recorrimos tres o cuatro bares despertando rumores, tomamos cañas e improvisamos conversaciones, la comitiva se fue reduciendo poco a poco y al final quedamos ella y yo. — ¿Me invitas a la última en tu casa? Me acaba de escribir Luis y me dice que la mezcla de ibuprofeno, aspirina y vino le ha anestesiado el nervio y que lo mismo se incorpora en el último momento. — ¿Pero sabe dónde vivo? —la pregunté para no decir directamente sí y deseando que Luis no tuviese la menor idea al respecto. — Eres bobo —me respondió— lo pone en la ficha del curso, cómo no lo va a saber. Es la que hay justo enfrente de la polla chata, así la llamáis ¿ver-


dad? —me preguntó—, la que ahora tiene iluminada la terraza con luces de Navidad. No pude sino afirmar, sonreír y decir ‘en efecto, enfrente de la polla chata, ¿a quién se le ocurriría el nombre?’ Le ofrecí el brazo y caminamos desde la plaza hasta mi casa sin pronunciar palabra para que no se nos congelara el aliento, hacía un frío de diciembre y los parabrisas de los coches ya tenían una capa de escarcha, nos cruzamos con pandillas de adolescentes que desafiaban el frío en el parque bebiendo cuba libre en botella de dos litros. Ya en casa, se quitó el sobretodo y la gorra de cuero negros y sin miramiento dejó que cayeran hasta el suelo de parqué del recibidor, después se giró. — ¿A qué no pensabas que Luis tendría una novia tan zorra? Aflójame los cordones del vestido que casi no puedo respirar y de paso me ves el culo que tanto mirabais en clase y cuando dejaba el abrigo sobre los taburetes de los bares. — La verdad es que no pensaba, y creo que no era el único, que tuviera novia —la respondí mientras soltaba las tiras y la tela iba cediendo paso a la carne—, prejuicios, estereotipos, tópicos…, llámalo como quieras —añadí. — ¿Y de mi culo qué? Lo tienes ante tus ojos y no dices nada. ¿Te parezco una zorra?


— Me da no sé qué, además Luis puede llegar en cualquier momento. Es lo que me has dicho. — Lo que me parece es que eres un tímido, anda suéltate, aflójate —hizo una pausa— y tócame el culo, es algo que me encanta. Por Luis no te preocupes, siempre llega en el momento oportuno y además tiene una cabeza muy abierta, ya sabes cómo son los de la farándula. Me costó ponerle las manos encima pero el deseo venció a la razón, más aun cuando escuché el sonido de la cremallera bajar y el vestido se convirtió en capa. Dejé de pensar en Luis que vendría o no y a partir de ese momento solo pensé en Lais. Para entonces mi excitación tenía su fiel reflejo en mi polla que tenía una erección inusual bajo los calzoncillos empapados que exudaban olor a sexo. Me bajé los pantalones y me comencé a frotar contra su culo. — Parece que se te ha pasado la timidez y que sí qué te gusta mi culo o si no lo disimulas muy bien. — Ponte como una perra, a cuatro patas, que quiero sodomizarte. — ¿Sin condón, sin aceite y con el tanga puesto? — ¡A pelo! —ya no aguantaba más. — Me da que te vas a correr en diez segundos. De acuerdo —dijo—si luego me dejas que te la chupe hasta que se recupere.


Apenas tuve tiempo de responder y de apartar la cinta violeta de ancho milimétrico, cuando me di cuenta o mejor dicho nos dimos cuenta (a veces las cosas suceden en segundos y ya no es posible dar marcha atrás) tenía media polla dentro de su culo. Bastó un leve empujón suyo para que entrara toda y cupiera sin esfuerzo. — ¡Muévelo, zorra! —la dije— ¡muévelo como una perra salida! — ¡Muévete tú, cabrón!, ¡métemela bien honda, hasta donde me quepa y te llegue! Los diez segundos presupuestados se transformaron en diez minutos de idas y venidas, en un pulso imprevisto contra el reloj, en un apretar los dientes para demorar lo ineludible, en una sucesión de procacidades irrepetibles hasta que al final, en el ensanche de sus muslos, en el túnel ciego, eyaculé incompasivamente. Después de aquella noche no volví a tener noticia ni de Lais ni de Luis Isla.


Cuento de Navidad para Lais