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plantar tomates - La noche está abierta a todo tipo de abismos – pensaba Marcelo – si ella al menos estuviera aquí…. En octubre, cuando los ocasos comenzaban a acortarse, Marcelo acudía a la llamada del mar. La casa tendría unos 230 metros cuadrados. Definitivamente era la casa con la que siempre había soñado. De fondo el vago reposar de la marea.

“Háblame aunque sea un poco. Si te soy sincero, deseo que nada sepas de mí Y estés dormida” Kepa Murua, 1999. Madrid.

Déjala ir, deja que todo surja como tiene que aparecer- pensaba. A veces, en octubre, las mareas comenzaban a ser intensas, y entonces Marcelo, conseguía acercarla al mismo regazo donde ella conoció la felicidad. La libertad siempre fue algo obsesionante. Plantar tomates. Plantar tomates. Y estar dormida, aunque sea un poco, bajo un tímido susurro. Les bastaba el sonido del chapoteo para alcanzar el horizonte. Dos, eran dos, al mismo tiempo, en octubre. A pesar de todo, Marcelo era un hombre tranquilo.


ariadna

Ariadna camina entre miradas anónimas, esquiva calles y escucha el rugir de sus pulmones.

A veces cuando pasa más de media hora sin disturbios en su habitación, siente la comodidad del silencio. Es ahí cuando Ariadna se abre a su mundo y descubre colores desconocidos: acipago, estupo o mostral. También se arrodilla frente a un mar sin orilla, ni olas y tampoco barcos sobre su lomo. Es un mar con cachindes, atríbudes y pachucos. Otras veces, incluso pasea entre montañas sin árboles ni flores ni piedras en los ríos. Son montañas con pardetres, rucienos y marluchos.

Ahora Ariadna se mezcla entre laberintos de piernas, perdida, tratando incansable de buscar un pájaro de color estupo, que vio frente a un rucieno brillante hasta desaparecer en el horizonte de un mar lleno de pachuchos.


el abrigo púrpura

Nunca supo verdaderamente que su vocación era reír. Sátira, estupenda y en los días de verano, presumida.

“Y mientes para olvidar lo que hiciste. Y sientes la necesidad de amar como un paso más e inocente.” Kepa Murua, 2000. Madrid.

Ella le vio en un escaparate. Lucía un viejo abrigo de color púrpura. Con la mano derecha rozaba la lujuria. Con la izquierda, la desvergüenza. De repente, cayó sobre la acera y golpeó su cabeza contra el cristal. Ella rió, burlo la situación desde la distancia, y se regocijó en la humillación humana. Entonces él mostró su rostro. Rugoso, charlatán de historias sobre un mundo que ella desconocía. Ella cruzó la calle, le tendió la mano, y con las pestañas, le pidió comerse sus arrugas y arrugarse con su risa.


basterlux Aquel tren no llegaría a la estación correcta. Mario lo observó desde lejos. Repleto de viajeros inconscientes, asombrados por el confort, la posibilidad de asomar la cabeza y el traje azul del inspector. El constante golpeo del acero de las ruedas con las hendiduras de la vía, había dejado a algunos adormilados.

Mario los miró con indeferencia; no era la primera vez que las agujas de su padre se desviaban. Mario estaba convencido de que el Gobierno, obligaba a su padre a hacerlo y de esta forma, reducía la inmigración a Basterlux e incrementaba la de Luxterbas.

El desconocimiento geográfico y la cotidianeidad de las desapariciones de familiares con destino a Basterlux, amortiguarían la frustración del primer impacto, justo al leer el rótulo de la estación de destino “Luxterbas, ciudad de oportunidades”. En ese preciso momento, cuando el golpeo del acero de las ruedas se hubiera detenido, el inspector gritaría: “Bienvenidos a Basterlux”. Sin duda, el traje azul le dotaba de una autoridad suprema, que haría que en algunos viajeros la vista se doblegara ante el poder del oído.

Todo era cuestión de sentidos – pensaba Mario – mientras veía las agujas girar hacia el contrario.

“Los ojos crecieron como las uñas crecen en la mano. Lentamente, mientras la carga oscura de los ojos buscaba su identidad, como si nada.” Kepa Murua. 1999. Madrid.


gaviotas Lucía llegó a la cuidad sin un objetivo claro. Conocía las probabilidades de encontrarse con caras conocidas. También conocía las probabilidades de que aquellas caras conocidas fueran incapaces de reconocer un rostro doce años mayor. Descendió los peldaños del vagón y enfiló el andén hacia la salida. Los primeros rayos de la mañana se colaban entre los huecos de la tejavana. Calor, silencio y bocanadas de olor a salitre. Acamparía en la playa sur y contaría gaviotas. Luego subiría al barrio alto y tomaría un café con Mariona. Le contaría la vida en Madrid de los últimos doce años y buscaría su abrazo. También visitaría a Manuel y juntos pintarían el mismo paisaje del puerto que tanto vendía a los turistas. El domingo comería paella con su padre. Sonó el silbato del guarda raíles. El olor a salitre se hizo entonces demasiado intenso. Aún titubeando, Lucía se giró y en un solo impulso subió al último vagón. Estaba casi segura que la siguiente estación era Bayona. Acamparía en la playa; contaría gaviotas.


tejado Todos los del Barrio Sur. Ahí estaban. Ocres, anaranjados, casi negros; algunos elegantes, otros no. El de la Avenida Núñez con Calle Casimiro, siempre iba de etiqueta: recién para entrar en un hotel de cinco estrellas o a una fiesta de chaqué. El de casa de Lucía, sin embargo, vestía harapos ásperos y parches multicolor. Ignacio podía estar horas admirando aquel bosque de tejados. Todas las tardes del verano del 82 desnudaba su torso y dejaba colgar los pues desde nuestra azotea. No miraba, no observaba: liberaba sus ojos del cerebro soltando las amarras del prejuicio. Así lograba llegar más allá, planear sobre cada tejado y perforar las vidas rutinarias bajo los mismos. Reía, suspiraba, abrazaba, lloraba, gritaba. Nunca me atreví a seguirlo, a pedirle que me enseñara cómo hacerlo, cómo volar sobre aquel paisaje y atravesar cuerpos vivientes: remover sus almas, conocer sus entrañas. Fui paciente y esperé. Aguardé al día en que vino a por mí. Y me adueñé de él y de los secretos Barrio Sur; también de los de Lucía.


la señora Molina La Señora Molina era oscilación en estado puro. Oscilaba entre los setenta y noventa años, oscilaba de un extremo al otro de la calle, oscilaba al subir las escaleras del portal, oscilaba de un canal a otro de la televisión en las noches de tedio, y oscilaba de un hijo a otro dependiendo del cariño que éstos desprendieran. La Señora Molina era la reina de la comunidad de vecinos del 18 de la Calle San Juan. Manejaba, reía, lloraba, gritaba, ordenaba; todo en su vida giraba alrededor de aquel portal. Una mañana de febrero nos cruzamos en la escalera. Yo bajaba con prisa, con la mirada fijada en los escalones, tratando de no tropezar con alguna esquina mal rematada. Desde que salí por la puerta de casa supe que la Molina subía con la compra. Se oía el crujir de la madera al reposar su cuerpo orondo sobre la superficie carcomida, desde el primero hasta quinto. Yo tenía la certeza de que si algún día resbalaba y caía, la estructura del edificio no aguantaría el impacto y todos nos iríamos para abajo. Creo que el cruce se produjo en el tercero. Ella fijaba su iris en el horizonte infinito que solo se vislumbra cuando el esfuerzo es supino. En la mano derecha alzaba cinco bolsas de plástico del supermercado y en la izquierda un carro de la compra. De todo aquello sobresalían raíces de puerros, tomates embolsados, hojas de lechuga, yogures de fresa, pimientos embotados y dos barras de pan. Sus manos temblaban, su frente sudaba, y las piernas bailaban una especie de claque.

Desde el 46 llevo reclamando un ascensor en esta casa...; ¡desde el 46! – gritó entre bocanadas de aire.

Y entonces me pregunté: -

¿Cuántos años tendrá el edificio? ¿Los mismos que llevan sin pintar las escaleras? ¿o los mismos que llevan sin cambiar los buzones? ¿La señora Molina es viuda o separada? ¿Cuánto pesa la señora Molina? ¿Para que lleva tantos yogures de fresa y dos barras de pan? ¿Si lleva 60 años subiendo las escaleras hasta el cuarto piso, por qué es obesa? ¿Tendrá retención de líquidos? ¿Cómo será su casa? ¿Tendrá las paredes llenas de fotos en blanco y negro de parientes lejanos fallecidos?. ¿Habría heroinómanos en los 80 tirados en esta escalera? ¿Qué actitud tuvo entonces la Molina con ellos? ¿Cómo serían los ascensores en el 46?

Abrí la puerta del portal y paré de discurrir. El viento azotaba con fuerza y el día era frío. Llegaba tarde, como todos los jueves de sol.


un trago de cerveza

Recuerdo que él me solía gritar cuando las cigüeñas comenzaban a acercarse al pueblo. Subíamos al campanario de la iglesia, desnudábamos nuestros egos entre cervezas y decidíamos suicidar nuestros ojos contra el sol.

Allí se hacían las sombras, allí nacía el mundo de Miguel, cuando todo se apagaba, y la luz dejaba cegar su alma incansable.

Recuerdo a Esther mirándonos desde el cerro. Recuerdo que sus pupilas no entendían nada; pero aún extraño su murmullo comprensivo al acercarse al campanario. El calor invadía la senda, las cigüeñas aleteaban y Miguel, desnudo, esperaba su presencia desde lo alto. Nadie hablaba, nadie sonreía, nadie quería saber el porqué. Los tres, solos los tres, fugaces espectros del verano, tendíamos nuestros cuerpos vírgenes sobre la piedra.

Un trago de cerveza; todo aquello no era más que un trago de cerveza.

Aún me duele el costado, cuando en tardes como ésta, subo al campanario, me dejo cegar por la luz del sol y desnudo mi ego sobre la piedra. A Miguel le hubiera encantado compartirlo conmigo, pero sobre todo con Esther; ahora, la razón de mi vida.


la abuela cloqueta La abuela Cloqueta vivía en el número 12 de la Rue de Tívoli. Una casa grande, unifamiliar, con dos pisos y un sótano; típico habitáculo del Barrio Inglés. Todos la recuerdan residiendo siempre en este número, pero las voces más viejas cuentan que vino de la zona del puerto a principios de siglo. Nadie conocía bien su pasado, qué fue antes de abuela Cloqueta, ni que relación la unía con el señor Macintosh, también habitante del número 12. Su cuerpo resultaba extravagante: largas piernas cubiertas siempre por medias claras, tronco retorcido que se acentuaba en una joroba de parábola perfecta y un rostro embaucador. La perfección de su sonrisa y su magistral movimiento de iris descubrían un alma joven, que en sus años de flor tuvo que ser preciosa. La rareza de su fisionomía contrastaba con la simpleza de su pensamiento. Su boca era una fábrica de palabras dulces, gratas, que apaciguaban los días grises del Barrio Inglés. El señor Macintosh era un general americano retirado. A los 33 años de edad conoció a Cloqueta Rodríguez durante una misión en México y nunca más volvió a separarse de ella. Abandonó esposa y dos hijos rubios en Texas y se llevó a Cloqueta con él. Viajaron, lucharon y se enamoraron, no por gracia de Cupido, sino por insistencia del general. El vientre de Cloqueta les impidió concebir un hijo mutuo y decidieron entonces no casarse por el momento. La vejez llevó al general a la locura y comenzó a pagar sus frustraciones con su compañera. Día tras día, el señor Macintosh golpeaba a Cloqueta con saña hasta que su cuerpo se vestía de sangre. La abuela respondía con resignación, achacando su comportamiento a la falta de cordura y tratando de retrotraer su mente hasta los días felices. Desde la caída del señor Macintosh en la demencia, todas las noches Cloqueta pintaba una marca cruzada en su diario. Desde la primera “X” se prometió a si misma que no aguantaría más de 10.000 días de linchamiento. Y así llegó el 29 de Febrero de 1956, en el que Cloqueta trazó su marca 10.001. Fue entonces cuando su mente despertó y aprovechó la siesta del general para introducirle un viejo pelapatatas en la espalda. Y lo hizo 10.001 veces y con 10.001 más saña que cuando el señor Macintosh la golpeaba. La ira le recorrió todo el cuerpo a través de sus venas, desde los ojos hasta las manos que, a dúo, empuñaban con los dedos entrelazados la madera del pelapatatas. La sangre salía a lentos chorretones, de la misma forma que lo hacía cuando era su propia savia la que rezumaba sobre las sábanas. El general callaba, guardaba silencio, tratando de imitar el aguante de Cloqueta de las años anteriores, sabiendo de la racionalidad de la venganza y recuperando por momentos la cordura. Cuando terminó, la abuela Cloqueta miró a los ojos al general y le susurró un “lo siento” al oído. Llamó a la policía y ésta ratificó la muerte de Sir Alfred Macintosh Wallace. Fue encarcelada, llevada a juicio y condenada a morir en la horca. El Barrio Inglés se enteró entonces de su relación con el señor Macintosh, de su crueldad y de la sensatez del acto de Cloqueta. Sin embargo, nadie levantó la voz en favor de la abuela, pidiendo su indulto, posible si el pueblo la perdonaba. La tarde del 25 de junio de 1956 Cloqueta Rodriguez Maruez murió en la horca, en mitad de la plaza mayor del Barrio Inglés y ante la atenta mirada de sus vecinos. Ella sonrió, dio las gracias a su verdugo y desfiló un último movimiento de iris, comprendiendo que la ira que mató a su marido se había instalado ahora en un barrio envidioso, que prefería su ausencia, antes que el desnudo de sus almas ingratas.


el camino de Hugo De Corrientes a Santa Fe debía de haber no más de 8 cuadras. Para Hugo esas 8 cuadras, eran 7.872 pedaladas a la bicicleta azul de su padre. Desde la oscuridad del departamento en el 1.726 de Hipólito Irigoyen hasta la monotonía diaria del laburo en Santa Fe con Uruguay, Hugo contaba 79 autos adelantados. Por cada dos cuadras lo detenía un semáforo. Aquello hacía del trayecto una lucha constante contra el calor del asfalto y el hedor a gas de los taxis. Sin embargo, Hugo poseía una capacidad extraordinaria que le permitía vacilar y hacer de aquella lucha un juego. Además de reptar sigilosamente entre los autos y colocarse en parrilla de salida, conseguía anticiparse a la luz verde de forma magistral. - ¡Por fin conseguí adelantarte, Peugeot de mierda! – gritaba. Entonces, a los pocos metros, el juego volvía a ser lucha y la sensación pasaba a ser frustrante. El Peugeot de mierda, comandado por una mole con mostacho francés, lo rebasaba por la derecha: flamante, orgulloso, volcaba su poderío sobre el rostro de Hugo en forma de humo negro. En aquel instante, Hugo se resignaba, continuaba contando sus pedaladas y esperaba va volver a detenerse… buscaba la revancha... Los días de lluvia, en momentos de flaqueza, todo se desvanecía: - Al final, todo en esta vida se reduce a lo mismo – pensaba. – Uno se esfuerza en desarrollar su don, lo logra y triunfa; pero con el tiempo, un gordo bigotudo con más capital consigue robarte el orgullo y escupírtelo en la cara.


parís

Desvestir los cristales desde el interior, acaudalar el calor y dejarse mojar en invierno. La intersección hace suyo el paisaje: su adoquín, su ritmo menguado por mis ojos. Haré una fotografía y la colgaré de la pared del salón. Enmarcada en rojo y un poco empañada, guardando el calor. París, 19 de marzo de 2008.

La quietud del aire es agradable. Mis piernas se alargan, dejan de asumir funciones habituales y me siguen. No caminan, no pedalean, no flexionan ni piden a gritos un sofá. Se unen al resto del cuerpo y son absorbidas por el tronco. Al igual que los brazos y el cuello. Soy ahora un viajero, convertido en vehículo. Me abandono al viento; al frío que repta entre las cabezas del boulevard; a mi propia respiración. Suspiro. Paris 20 de marzo de 2008 No es más que sentirse y conversar. El protocolo impregnado en actos, en apariencia naturales. Lo visualizas: el lugar. Observas: el asiento y la orientación. Entonces dos, tres o cuatro o cinco mentes se hablan sin pronunciar y deciden dar la salida. Vivencias, opiniones, insultos y fantasías. Bajo un ritmo marcado, sin protocolo aparente, con todas las reglas de las relaciones sobre la mesa. Falta libertad o de definición de los límites para tenerla. Para el mi el fin último: sonreir, pretender una felicidad excesiva. París, 22 de marzo de 2008.


propósitos de verano

Alcanzar la plenitud; la transparencia imparable. Como lanzarse al vacío y esperar la desintegración con un todo abrumador.

Deslizar mis dedos y encontrar tus miedos azules.

Gritarte y escuchar tu sudor escapando, abandonado a la suerte del día.

Correr sobre la hierba húmeda y lanzarnos a través del verano.

Oler el mar desde lo lejos respirando marea, inhalando sudor.


astronauta

Deseo regalarte un mohin absurdo para que escupas tu sonrisa; para que la escupas y mis ojos se llenen de vacaciones junto al mar.

Deseo regalarte una caricia para que tu piel se contraiga junto a mis muslos; para que te contraigas y mi boca expulse la ansiedad que oprime mi otoĂąo precipitado.

Deseo regalarte un planeta entero para verte despegar hacia el infinito y entonces, antes de que sea demasiado tarde, envolver uno en papel azul y verte despegar hacia ĂŠl.


la nada te espera.

La nada espera.

El universo de lo divino, del paraíso más ansiado por el hombre, del karma del alma destrozada por los suburbios de la ira y de la envidia.

La nada espera.

Sollozante, angustiada. Despoblada sólidos, acuosos y gaseosos. Impregnada sustancia absoluta.

de elementos de su misma

La nada espera.

A que toquen su puerta los humanos más desvergonzados. A que abraces su propia plenitud y la invadas. Y se transforme así en esencia.


domingo A veces en todo esto no existe nada coherente. Parece ser que lo habitual resulta alzar la mano y que todo caiga por su propio peso. No es cierto; cada vez más, las cosas, los objetos, carecen de peso.

Quisiera crecer y alcanzar todo aquello que no he podido alcanzar....

Dejar atrás el corazón austero, deslizar la mano húmeda sobre un rostro apagado, retener la luz de la vela con la cera que cruje sobre el mantel, [sin duda, saber que estás....]

Recuerdo el hambre en mis noches más lúcidas; apenas podía contener mi aliento, mientras tus pies gozaban entre las sábanas rumiantes.

Mas las penumbras de este día no me dejan sollozar bajo el murmuro del cigarro que despejo. Estrujar el futuro, exprimirlo con la fuerza de la lluvia; y la gota, la última gota que caiga sobre el mantel y detenga la rigidez de la cera petulante; entonces, esa gota serás tu.

Lanzarme hacia el abismo de lo extraño, recorrer parajes que jamás haya contemplado, destruir las hojarascas del suelo en las tardes de otoño.

Quisiera detenerlo todo hacia esa mirada del cabello que tendido sobre la cama, no dejaba respirar a los muertos del jardín.

Días en rojo; sólo quiero días en rojo; para estrujar tu corazón y teñir mis domingos de sangre.

Pinzas  

Pinzas selección de trabajos

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