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Los pies en el agua Martin remojaba sus pies en la piscina. Todos dormían dentro. Martin, sin embargo, había preferido quedarse solo. Por fin solo después de más de tres días de comidas, gin tonics y baños alborotados. Eran casi las cuatro de la tarde y sólo existía un refugio del sol bajo la sombrilla del porche. Martin, sentado frente a ella, la miraba con envidia pero sus pies estaban bien bajo el agua. Supuso que Claudia ya estaría soñando en la siesta. “Vete yendo, amor, ahora me acerco” le había dicho. Por fin solo y los pies mojados, como cuando de niño descubrió que a él no le gustaba bañarse y las tardes de verano en Calella se redujeron al borde de la piscina.

La brisa, sus pies en el agua, el calor, las cigarras y Arturo Rodríguez. No pensó en Arturo Rodríguez hasta pasado un rato. No lo vio cruzar la calle. Durante las dos primeras semanas creyó que sí. Luego recordó, recordó mejor y recordó el daño de la culpa y decidió que no, que no lo había visto, que fue Arturo Rodríguez quien se abalanzó sobre la carretera. Él no tuvo tiempo de frenar. No pudo, nadie hubiera podido. Tan de noche, tan oscuro. Bajó del coche a tientas. Luego vio en el suelo el rostro del muerto y tuvo esa sensación, agria, muy agria. El muerto era él. Era el rostro de Martin Almagro. Tragó saliva, cerró los ojos y volvió a abrirlos. Y allí seguían su mismo pelo, su nariz aguileña y sus ojos hundidos. “Todos tenemos un doble en el mundo, todos; lo improbable es que algún día nos lo crucemos”. Eso había leído alguna vez en algún sitio. “Todos tenemos un doble en el mundo, todos; lo improbable es que algún día nos lo crucemos”. Él se lo había encontrado y lo había matado. No, no lo mató porque fue Arturo Rodríguez quien se abalanzó sobre la carretera y él no pudo frenar, nadie habría podido. Pero eso lo pensó dos semanas más tarde. Martin comprobó el pulso del muerto y trató de reanimarle. Quiso vomitar. También quiso abrazarle, abrazarse a si mismo muerto. Al final solo lloró. Buscó la documentación de Arturo Rodriguez en sus bolsillos y la guardó. Subió al coche y arrancó en sentido contrario. Dejó el cuerpo tumbado en el asfalto, como una sombra más. Tan de noche, tan oscuro.

Al día siguiente leyó la esquela: “Murió Martín Almagro el 26 de diciembre de 2008 en Madrid. Su viuda Elena Astudillo y sus hijos Ramón y Pedro ruegan….”. Martín no tuvo fuerzas de ver su propio entierro, y a Elena y a los chicos. Prefirió quedarse en la casa de la sierra, con Claudia y las nenas. Claudia hacía planes para el verano en la casa de sus padres, con sus hermanas y sus sobrinos. “Ya verás amor, lo pasaremos en grande; comeremos en el jardín, nos bañaremos en la piscina, beberemos gin tonics,...” Arturo asentía y Martín, que aún creía que lo había visto cruzar la calle, pensó que a él no le gustaba bañarse, que a él lo que gustaba era sentarse al borde de la piscina y remojar sus pies.


Los pies en el agua