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la empresaria

MAGALY SILVA

gerenta general de Tamales Magaly Silva

“NO podemos DEJAR de

SOÑAR”

POR ANTONIO ORJEDA FOTOGRAFÍAS LUCERO DEL CASTILLO

LOS TAMALES DE SU MAMÁ TENÍAN HARTA DEMANDA, PERO CON 12 HIJOS Y UN VAGO POR PAREJA, JAMÁS PUDO SALIR DE POBRE. MURIÓ CUANDO ELLA TENÍA 19. LE DEJÓ MIL PROBLEMAS Y LECCIONES SOBRE QUÉ NO HACER. HOY ES LA MEJOR TAMALERA DEL PERÚ.

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Es la última de doce hermanos. Su padrastro era un vago y su madre se rompía el lomo como tamalera para darles de comer a todos. Para cubrirlo todo: pago de luz, agua; si alguien se enfermaba, de ahí (de los tamales) tenía que salir para todo. Sus hermanos, por el prejuicio… Para que no les dijeran “negros tamaleros”. Por esa razón no ayudaban a su mamá. Decían: “Te ayudo acá, en la casa; pero, salir a vender, no”… Yo me crié en esa cuna de monjas, donde me dieron valores, principios. La hermana Petra –que fue mi madre, allá, en la cuna- desde muy pequeña me decía: “¿Quién te ha dicho que la vida es fácil? Nada de lo bueno es fácil, pero tú lo puedes hacer. Si te lo propones, lo haces”.

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Estuvo con ellas hasta los 6 años. Marcaron su vida. Fue el único lugar donde sentí amor verdadero. Para ellas era

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MAGALY ROSARIO SILVA CORDERO ESTUDIOS Primaria en el Mariscal Castilla y, secundaria, en el Santo Domingo; ambos en Comas. Cosmetóloga del Instituto Santa Lucía.

ESES ATRÁS, un cliente le preguntó si hacía delivery a Nueva York, pues allá una peruana dice vender “Tamales de la Negrita Magaly”. Son una desgracia, le confesó. Sí, se trataba de una ‘criollada’ más. “Lo único que les pido es que los mejoren”, solicita desde Comas, desde su casa y centro de operaciones en un cerro, Magaly Silva a esos torpes coterráneos que pese a estar valiéndose de su nombre y prestigio, no saben sacarle el jugo a su pseudo viveza. Pero no nos hagamos hígado, que lo que viene es una historia poderosa. Mientras conversamos con Magaly, Héctor -su pareja- y sus operarios envuelven tamales de pulpa de cangrejo, de langostino, y unos cuya masa ha sido hecha con quinua y maíz. Además, claro está, de los tradicionales de chancho y pollo. ¿Le hemos abierto el apetito? Aquí vamos…

¿Usted le debe todo a su hermano con polio? Se lo pregunto porque a los seis meses de nacida, debido a que entonces se creía que ese mal era contagioso, su madre la dejó en

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una cuna donde fue criada hasta los 6 años por unas monjas canadienses. Viéndolo de la mejor manera, podría decir que sí, porque de lo contrario Magaly Silva sería otra persona.

Tiene hermanos que se han perdido en el mundo de las drogas. Eso fue después de que mi papá falleció, cuando yo tenía 8 años. No sentí nada cuando lo perdí, porque él siempre decía que yo no era su hija porque era negra… Él era hijo de italiano –blancón-, y mis hermanos habían salido entre morochos y sacalaguas. Yo no era su hija por ser negra, decía, pero yo no lo tomaba a mal, más bien pensaba: “Como es un borrachito, habla así…”. Mi mamá comenzó a salir con mi padrastro. Esa experiencia fue traumática, me volví retraída. Él me pegaba: “Esta no habla, ¡parece tonta! -¡pum!-, ¡no despierta! -¡pum!…”; golpe para acá, golpe para allá… Extrañaría su vida con las monjas. La nostalgia me duró hasta la

adolescencia… De noche miraba el techo y extrañaba nuestro techo (en la cuna), nuestras paredes con nuestros dibujos ahí pegados… Esta casa es producto de una invasión, y lo que comenta ocurría cuando aquí no tenían techo de material noble. Cuando llovía, el agua se pasaba… Estabas durmiendo, llovía, y por más que corrías la cama, ponías baldes o lo que hubiera, todo se mojaba. Yo quería regresar a la cuna. No podía entender por qué no podía. Sentía que me habían castigado por algo, pero no sabía por qué… Era tal la repulsión que le causaba su padrastro que, pese a lo duro que era, prefería ir con su mamá a vender tamales por las calles. Mi mamá me decía: “Quédate, yo camino kilómetros. Estás muy chiquita, hija”. “No importa, te ayudo. ¡No te voy a pedir nada!”, me acuerdo que le decía. Estamos en la calle Nicolás de Piérola, en un cerro de Comas, catorce cuadras arriba de la Av. Túpac Amaru. Hoy aquí hay pistas, aceras…

“La madre Petra, desde muy pequeña me decía: ‘¿QUIÉN TE HA DICHO QUE LA VIDA ES FÁCIL? NADA de lo bueno ES FÁCIL, PERO SI TE LO PROPONES, LO HACES’”

EDAD 41 años CARGO Gerenta general de Tamales Magaly Silva.

muy importante abrazar, decir: “Te quiero, eres especial, fuerte, valerosa”. Eso, a un niño le da los cimientos para saber actuar cuando viene alguien con una actitud negativa: no te deprimes, más bien le das la vuelta y sigues.

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“Mi mamá paraba en una esquina y yo corría a ANUNCIAR que teníamos tamales. ESA ERA MI CHAMBA”

madre no hizo un buen papel… Ella creía que carajeándolos los iba a corregir, pero ellos no le tenían ni un mínimo de respeto. No había temor al castigo. No había reglas ¡para nada! El que no quería hacer, no hacía; se iba a la calle e igual, a la hora de almorzar iba a tener un plato servido. Ellos lo sabían… Yo le decía a mi mamá, pero ella me decía que no quería renegar más; y como no quería verla renegar, me ponía a moler el maíz, me ponía a amarrar los tamales. Pero llegó un momento, ya de adolescente, en que sentí la sobrecarga: eso ya no era una cosa de apoyo ni de ayuda, sino de esclavitud; y a los 13 años, me harté. Me enfrenté a mi padrastro: “Tú a mí no me tocas más, porque ¡o me matas o te mato!”. Mi mamá siempre sacaba cara por él. Me convertí en una chica rebelde, pero mi rebeldía se tradujo en que comencé a vender el tamal a un precio mayor… Cuando yo le pedía a mi mamá que me compre algo, siempre me decía que no. Fue por eso que lo hice, como yo ya había comenzado a vender sola frente a una panadería… A los 13 años. ¿Cómo así? Porque nos íbamos callejeando y yo le decía: “¿Por qué siempre vas para el norte? Allá hay mucha pobreza. ¿Por qué no vamos a Ingeniería, a Independencia?”. Un día probamos, y así, callejeando, llegamos hasta el Rímac, y ubicamos la panadería “Malatesta”, frente a la cual ella vendió durante años…

En ese tiempo todo era tierra, trocha; y yo corría a anunciar que teníamos y nosotras íbamos en sayonaras… tamales. Esa era mi chamba: ver cuántos tamales la gente quería, Cargando el canastón con tamales. entregarlos, cobrar, dar el vuelto… Exacto. Mi mamá cargando de Eso me alegraba y entusiasmaba, un asa y yo de la otra. Como era porque estaba fuera de casa. chiquita, a veces mi mamá me decía: “Hijita, tú lleva la canasta Sin pretenderlo, estaba chiquita”; y ella se echaba la otra a aprendiendo a ganarse la vida. la espalda. Yo veía el esfuerzo que ¡A valorar el plato de comida hacía… Ella paraba en una esquina que me servían! Yo he visto mujeres 14 batalla

infinidad de veces llorar a mi madre de impotencia, porque se quería comprar algo y no tenía, quería cocinar algo y no le alcanzaba… “¡Hasta cuándo esta vida de pobreza!”, decía… Sin embargo, convivía con un vago y, varios de sus hijos, iban por ese mismo camino. He tenido que aceptar que como

Caminaban con la canastota de Comas ¡al Rímac! Así se caminaba. Por eso salíamos a las cinco de la mañana, y para cuando estaba aclarando, ya estábamos por Ingeniería, Independencia; y seguíamos, porque la andada era hasta el mediodía, la una de la tarde. ¿Su mamá era una gran tamalera? Sí. Su problema era… El miedo a crecer, a hacer cosas diferentes, a arriesgar. “¿Por qué siempre haces de chancho y de pollo, por qué no hacemos tamales

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de otra cosa?”. “¡No! Los tamales son de chancho o de pollo”.

“Desde niña leía, VEÍA que la GENTE EMPRENDEDORA había hecho variaciones, innovado, y que eso LOS HABÍA AYUDADO A DESARROLLARSE”

¿Y usted por qué planteaba hacer cosas diferentes: dejar de ir hacia el norte, ensayar con otros rellenos para el tamal? Siempre fui curiosa. Desde niña leía, veía que la gente emprendedora había hecho variaciones, innovado, y que eso los había ayudado a desarrollarse… Además, yo siempre decía: “No quiero morir pobre. No quiero vivir como mi mamá, que siempre está lamentándose…”.

A los 13 años ubicó la panadería frente a la cual trabajar. Sí, “El Manzano”. A los 12, ella me dijo: “Magaly, ya tienes que vender tú sola”. Fue ahí que comenzó a venderlos más caro. Si ella los vendía a cincuenta céntimos, yo lo hacía a sesenta; y juntaba la diferencia. Era ¡muy ahorrativa! Así tenía para mis zapatos, mi pantalón. Y ya a los 15, como era el boom del dólar, me puse a cambiar en una esquina (era fines de los 80). Terminó el colegio y estudió Cosmetología. De no haber fallecido su mamá cuando usted tenía 19, seguro se habría desarrollado en esa carrera. Sí… Aunque, en realidad, yo me metí a estudiar Cosmetología porque tenía un medio hermano que vivía en Venezuela –allá entonces la cosa estaba bien- que me prometió que si lo hacía, me llevaba y me iba a ayudar a poner

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mi salón de belleza. Eso para mí fue una motivación. Estudié, saqué mi pasaporte, ¡todo! Pero, al final, él decidió llevarse a otra persona… Me fui al piso. Mi mamá me decía que no llore, que por algo son las cosas. “¡Él me prometió! ¡Por qué me ha hecho gastar! ¡Por qué no me avisó antes!”… Mi mamá falleció al año de que eso ocurrió. Tuvo que elegir entre seguir su carrera o los tamales. Entonces no existía el boom de la cocina peruana, más bien estaba el prejuicio y menosprecio a la tamalera. Algo que nunca dejé de ser, porque estando mi mamá enferma, yo seguía vendiendo para poder comprarle sus medicinas. Yo era la única que aportaba. Mis hermanas parecían buitres detrás del dinero que yo llevaba… Cuando mi mamá falleció dejé “El Manzano” y me fui a la “Malatesta”. La gente, los clientes, me apoyaron: “No te preocupes, hija, sigue adelante. Tu madre desde arriba te va a iluminar”. En la calle encontraba el afecto que en casa no había. Exacto. Es más, me quisieron botar de acá. Entonces esto no era una casa, sino prácticamente un terreno cercado. Mis hermanos querían venderlo para repartirse el dinero, pero yo no los dejé. Además, para entonces la mayoría estaba casado, tenía sus hijos. En cambio, yo vivía aquí, con mi hermana, su hija, y mis hermanos… Yo siempre he dicho: “Mi madre me dejó una gran herencia: una casa llena de deudas y tres hermanos drogadictos que querían


Equipo. Los tamales los hacen Anthony Vílchez, Magaly, su esposo y jefe de Operaciones Héctor Trujillo, Eduardo Trujillo y Maximiliano Chagua; de la alegría en el centro de operaciones, se hace cargo la pequeña Génesis.

matarme…”. Tuve que volverme una guerrera, y tuve que trompearme como hombre con ellos, porque venían y se robaban los platos, las ollas, los focos, la ropa… Vivía con personas que se drogaban mañana, tarde y noche. Ellos ya no eran mis hermanos. Eran cualquier cosa. Tenía que asumirlo. Sí, porque eso ya me estaba trastornando… Un día llegué, y se habían llevado todo: mi minicomponente, mi televisor… Solo me dejaron mi cama. Me fui a la PIP, los denuncié, y ellos se hicieron cargo. Vino una asistenta social, nos ayudó. ¿Cómo entender que habiendo vivido tantos dramas, hoy sea reconocida como la mejor tamalera del país? Esto es porque decidí seguir en la calle, y porque siempre quise aprender. La mayoría de mis amigos era gente adulta, que se sentaba en mi esquina (donde ella vendía) y me contaba sus experiencias. Para mí, ¡era como si me pasaran películas!

“Nos hicieron una mala pasada, gente que creía amiga… Quisiera ser más desconfiada, pero ¡igual sigo abriendo mi corazón!”

Esa fue su universidad. ¡Mi universidad de la vida! No sabes las experiencias que escuchaba, y yo era una mocosa de 19… Eso me enseñó a vivir la vida intensamente, a darme y abrirme a la gente, porque yo soy así. No tengo secretos.

que mi madre. Uno: no tener demasiados hijos. Dos: dar con la pareja adecuada. Alguien que quiera caminar a tu lado, porque tuve otras parejas, pero que menospreciaban lo que yo hacía: “¡Cómo vas a seguir vendiendo! ¡Ya deja eso!”. En cambio, Héctor era noble, humilde, sencillo. A los dos nos había golpeado la vida, y nos entendimos. “Bueno, vamos a producir más -me dijo-. Yo te voy a ayudar”. Porque hacer tamales sola ¡no es fácil! Le dije que quería entrar a las chicharronerías, darles para que prueben y hacer más rentable el negocio. Entre semanas íbamos y les dábamos una cortesía.

Se unió a Héctor y, a diferencia de su madre que tuvo doce hijos, ustedes solo tienen a Génesis. La primera pauta que me planteé fue no cometer los mismos errores

Se fueron haciendo conocidos. Todavía no tenía un logo, pero les decía: “Son tamales Magaly Silva”. Eso me ayudó mucho, porque yo misma reconocía mi producto. Y la mujeres 18 batalla

bola de nieve fue creciendo… Hasta que la Universidad San Martín se interesó en mi historia gracias al señor Humberto Rodríguez Pastor, que vivía en el Rímac y era cliente mío. Publicaron un libro sobre la vida en el entorno del tamal, pero como me pareció injusto que no incluya a más personas, encontraron dos casos más y los presentaron. Pero no trascendieron. O sea, les dieron sus libros, estuvieron en la presentación, pero nada más. No tuvieron el empuje. En cambio, yo agarré ese libro y fui a tocarle la puerta a las empresas: “Miren, la San Martín se ha interesado en mi historia -les decía-, nosotros les podemos hacer tamales para sus fiestas, para sus eventos…”. Y comenzaron a llamarme. El trabajo ha sido duro, pero paso a paso y tocando puertas…

¿Administración? ¿Porque ese ha sido su punto flaco? Sí. Porque a mí me comienzan a explicar sobre esos temas, y digo: “Mira, yo sé hacer tamales” (ríe)… Que a mí no me hablen de números porque me bloqueo. Para eso está mi contadora.

La rompió en Mistura. En los cuatro años que participamos, la rompimos. ¿Qué pasa si Génesis le dice que quiere ser tamalera? La apoyaría, pero también quiero que estudie algo aparte.

Al tercer mes de embarazo le diagnosticaron cáncer al cerebro. De eso, ya no hay ni rastro. Cada seis meses me hacen mis chequeos. Todo está muy bien. Opté por la medicina natural. Viajé a Brasil, allá me hicieron un tratamiento con el que me ha ido muy bien: me hicieron entender que los males son consecuencias de nuestros sufrimientos, de nuestras penas. Yo tenía una cólera acumulada por mi padrastro. No había sabido asimilarla… Pero eso ya pasó. Hoy es una feliz sobreviviente. ¡Soy una feliz sobreviviente! mujeres 19 batalla

Que nos está nutriendo con los tamales más ricos del Perú. (Ríe)… La vida nunca deja de sorprenderte. He entendido –a mis 41 años- que no podemos dejar de soñar. Porque hasta el problema más fregado, tiene solución. ¡Hasta el más fregado! El año pasado nos hicieron una mala pasada, sentí la discriminación en mi cara, de gente que creía amiga… Me sentí usada. Pero golpe enseña, eso me hizo más fuerte… Quisiera ser más desconfiada, pero ¡igual sigo abriendo mi corazón! (ríe)… Uno no puede dejar de ser uno mismo. Exacto. ¿Voy a comenzar a dudar de cada persona? ¡Jamás! Eso se me hace imposible… Si ya me golpearon, ¡me golpearon, pues! ¡Vamos pa’lante nomás! ¡Pa’lante!


IBETH ANGULO Directora académica de la Escuela de Posgrado de la Universidad Tecnológica del Perú

Los errores que cometí PORQUE TODA HISTORIA DE ÉXITO ENCIERRA TAMBIÉN TROPIEZOS, FRUSTRACIONES Y DESENGAÑOS, MAGALY NOS CONFIESA HECHOS QUE -A LA LARGA- LE SIRVIERON PARA CRECER

CONFIAR EN QUIENES NO DEBÍA. A veces crees haber establecido una amistad y descubres que todo no era más que una relación utilitaria. Me pasó el año pasado. ¿Cómo evitar que vuelva a pasar? Madurando como empresaria, enfocándome en mi negocio, dejando de creer en quienes te dicen: “Vamos a trabajar juntos, vamos a luchar por nuestro país”; cuando lo único que en realidad quieren es su propio beneficio y el de los suyos.

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NO HABER ABIERTO LOCALES. Aunque es un error a medias, porque al otro extremo de la balanza estaba mi espacio de venta en el Rímac, frente a la panadería Malatesta. Además, de haber abierto locales habría tenido que descuidar a mi hija, a mi familia. Y, para mí, más pesa mi familia.

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NO HABER HECHO ESTUDIOS DE ADMINISTRACIÓN. Soy una empresaria empírica… Pero aún hay tiempo, tengo que actualizarme.

3

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Tamal de virtudes

L

a palabra tamal tiene su origen en el término tamalli, utilizado por los nahuas de México y Centroamérica para referirse a algo envuelto. Sirva esta introducción para empezar a analizar la historia de Magaly Silva, quien envuelve virtudes diversas y grandes lecciones humanas, empresariales y sociales, preservando la esencia del desarrollo y los factores claves para alcanzarlo, cualquiera sea la dimensión con la que a este se lo asocie. La niñez y la juventud de Magaly transcurren durante las décadas de los 80 y 90. Es importante señalarlo porque entonces varios gobiernos occidentales adoptaron estrategias de desarrollo centradas en el aspecto económico. La desatención de los otros dos componentes de la trilogía del desarrollo sostenible: el social y el medioambiental, trajo consigo –entre otras graves consecuencias- una mayor pobreza. Nuestro país no fue la excepción. Es decir, sumada a la crisis familiar, de carencias económicas y afectivas en el hogar de Magaly –y por si esto fuera poco- el contexto social tampoco era capaz de alentarla ante la queja de su madre: “¡Hasta cuándo esta vida de pobreza!”. En medio de este escenario, mezcla de pesadumbre y fuerzas en contra, la joven Magaly prefirió aceptar su realidad y las pocas oportunidades que esta le ofrecía (a diferencia de sus hermanos que no querían ser llamados “tamaleros”), apoyando su confianza en los recuerdos positivos de su niñez, los mensajes motivadores de la hermana Petra: “Si te lo propones, lo haces”. Desde una mirada empresarial, dos aspectos que han llamado poderosamente mi atención en medio del relato son su capacidad para innovar y su deseo de emprender retos mayores. A decir de Mark Casson, el emprendedor es aquel que se especializa por utilizar su juicio para tomar decisiones y aprovechar oportunidades en contextos de escasos recursos. Eso hizo Magaly: utilizó su juicio para explorar nuevos mercados y sacar provecho de sus saberes culinarios, más allá de prejuicios y sacrificios. Además se atrevió a innovar las recetas habituales; las de pollo y cerdo, que ordenaba la tradición. El aprendizaje social de esta historia es que haber crecido en la pobreza e infelicidad no sentencia tu vida. Voltaire enfatizaba que “No siempre depende de nosotros ser pobres; pero siempre depende de nosotros hacer respetar nuestra pobreza”, a esto añadiría que está en nosotros la posibilidad de transformar positivamente nuestra realidad; si acaso no es ese el sentido de la vida.


Magaly silva