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VIAJE INAUGURAL _________________________________________________________ Erick Hernández

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a tarea es relativamente sencilla. La gente que me ha contratado me consiguió un pasaje en el primer trayecto que realizará el tren 4D. Junto a mí viajarán algunos altos cargos del Gobierno, unos periodistas y algunas personas adineradas que han podido pagar el descomunal precio del billete. La idea es la siguiente: en el periodo de tiempo que dura el viaje, tengo que aprovechar la confusión para acabar con la vida de mi objetivo. No tendré ni un segundo para dudar; deberá hacerse rápido y sin que nadie más se dé cuenta de lo que ocurre. No sé mucho acerca del tipo de vehículo en el que voy a subir, sólo lo que ha dicho la prensa y eso es muy poco. Al parecer se quieren reservar los detalles para comunicárselos a los afortunados que hagamos este primer viaje. En realidad toda esta parafernalia no me importa en absoluto. Sólo quiero hacer mi trabajo e irme a cobrar el dinero; todo lo demás es algo trivial. Estamos todos en el interior de una carpa blanca que han habilitado para hacer una pequeña fiesta antes del viaje. Aquí los viajeros hablan unos a otros, comentan sus motivaciones para el viaje y tratan de sonsacarles información a los empleados mientras estos les sirven copas de champán y canapés. La pregunta que está en boca de todos es siem-

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pre la misma: “esto es el futuro, nos dicen, pero ¿qué quiere decir eso?” Nadie lo sabe y nadie les contesta. Es inútil; si es un secreto tan grande no sé cómo esperan que un montón de camareros sepan nada al respecto. Sin embargo, todos han sido lo suficientemente estúpidos como para ofrecerse para participar en esta charada sin saber a qué debían atenerse. Pensar que incluso hay quien ha desembolsado una fortuna por algo que bien podría ser simplemente un tren de lujo… Veo a mi objetivo. Es un político que ha metido las narices en asuntos que no eran de su incumbencia; ha hecho enfadar a demasiadas personas y ahora va a pagar el precio. Pasa todos los días. Me gustaría acabar el trabajo ya mismo, sin tener que pasar por toda esta parafernalia. Sería tan sencillo como acercarme a mi víctima por la espalda y hacer un rápido gesto para extraer la hoja oculta que llevo en mi estrafalario sombrero. Pero no puedo hacerlo, todavía no; me cogerían y me harían confesar, cosa que yo haría encantado. Después de todo, estoy en esto sólo por la pasta, no tengo ningún ideal, no soy partidario de ningún grupo o religión, sólo soy un asesino a sueldo. Me avergüenza el traje que llevo puesto pero forma parte del plan; aparentemente soy uno de esos ricos excéntricos. Voy disfrazado con un esmoquin nada convencional; el atuendo está lleno de colores como si fuese un pavo real, además tiene unos adornos muy raros colgando de todas partes. Como colofón está el sombrero, que es algo que difícilmente se podría considerar una prenda de vestir; está a medio camino entre un sombrero de copa y una corona real, pero con más tonalidades que el arcoíris. Se supone que todo esto es necesario, de forma que el arma que llevo encima pueda pasar desapercibida; el cuchillo visto desde el exterior no es más que otro adorno en mi sombrero, nadie sospecharía nunca. Nadie ha sentido siquiera curiosidad por mi aspecto, me ven como si fuese algo normal, como si se cruzasen a diario con gente con estas pintas. Cuando acabe el trabajo pienso quemar el traje, no sólo porque tenga que deshacerme de él, lo haré por disfrute personal, encenderé una hoguera, tiraré el disfraz en el interior y después bailaré alrededor del fuego mientras pienso en el uso que le voy a dar al dinero. Estoy tan abstraído en mis pensamientos que no me doy cuenta cuando uno de los presentes se acerca para hablar conmigo. Le miro con atención, es un tipo bajito con bigote, que rondará los cincuenta. 12


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Lleva una libreta y un bolígrafo en la mano, eso le delata, es uno de los periodistas. Obviamente no podía ser un político, estos jamás se mezclarían con el resto de los aquí presentes, ellos tienen su propio circulo privado mientras que los ricachones tampoco osarían acercarse a mí, a menos que fuese yo quien iniciase la conversación. Por descarte, si alguien habla conmigo, no puede ser nadie más que un periodista, lo hubiese imaginado incluso sin ver su cuaderno de notas. Al parecer es mi turno de responder a las preguntas de rigor para el artículo. Me pregunta mi nombre y yo se lo doy, obviamente no le digo el de verdad sino el falso que tenía preparado. Quiere saber sobre mi motivación para realizar el viaje y yo le respondo simplemente que alguien como yo tenía que estar en este viaje que va a hacer historia. Después me hace un comentario tratando de hacerse el gracioso, algo así como que parecemos los primeros tripulantes del Titanic, que seguro que estos debieron sentirse así. Secamente le contestó que el Titanic se hundió en su viaje inaugural. El periodista no me hace más preguntas por el momento, al parecer no le ha gustado el tono de mi voz y se aleja. “Que se joda”, pienso. No seré yo quien le dé otra línea que aprovechar en su ridículo artículo. Finalmente hay algo de movimiento, parece ser que por fin va a pasar algo. Todos miran a la cortina que se retira al otro lado de la carpa. Detrás hay un pequeño entarimado a modo de escenario y en la pared del fondo puede verse en letras grandes el símbolo de la compañía. El símbolo es una rúbrica con el nombre del tren, ese “tren 4D” que tanto se ha visto en los comerciales de la televisión durante los últimos meses. Todo el mundo conoce el símbolo pero nadie sabe qué hay detrás de esas letras. Por supuesto hay quien tiene sus teorías. La más común es la de intentar completar cada una de las ‘D’ con una palabra; probablemente estén en lo cierto, saldremos de dudas pronto y nos dirán qué quiere decir algo así como: Destino, Disfrute, Distinción y… Dinero, por ejemplo. Sale alguien al escenario. Un hombre muy bien vestido se sitúa en el centro del entarimado y comienza a dar un discurso acerca del avance de las nuevas tecnologías en los últimos tiempos. Nos cuenta el paso de gigante que ha dado la humanidad y cómo ahora los países están mucho más cerca unos de otros. Hace hincapié en la revolución que supuso en su momento internet y pretende equiparar lo que ahora están a 13


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punto de presentarnos con dicha revolución tecnológica. La presentación la está haciendo en inglés pero a ambos lados hay dos pantallas que muestran unas letras haciendo una traducción simultánea en varios idiomas, curiosamente ninguno de esos idiomas es el italiano a pesar de que nos encontramos en Roma. Sigue hablando de cifras y de inventos revolucionarios; empieza a perder interés, pero al parecer es todo un espectáculo perfectamente preparado, sólo estaba preparando el terreno para la última frase que nos dice. Al final lanza una pregunta a los asistentes: —¿Qué responderían si les digo que pueden estar en París en cinco minutos? Estalla un murmullo de incredulidad entre los presentes. La gente discute, todo el mundo piensa que dicha proeza es imposible. Nadie se deja convencer pero, para cuando quieren preguntar, el hombre ha desaparecido del escenario; en su lugar hay ahora unas luces de colores que se mueven en círculos mientras una música va aumentando su volumen. Está a punto de ocurrir algo importante. Entonces se abre la pared del fondo del escenario y aparece una antigua locomotora de vapor. Todos miran con asombro, ahora les resulta obvio que les han tomado el pelo; primero nos cuentan toda esa patraña de los cinco minutos y ahora nos dicen que eso se puede hacer con semejante trasto. Pero cuando la gente empieza a protestar, el espectáculo continúa. Se apagan los focos de colores y es su lugar empiezan a encenderse varias luces blancas entorno al tren. Esta nueva iluminación nos permite darnos cuenta de nuestro error: la máquina que estamos viendo no es una antigualla, sólo lo parecía. El vagón que tenemos frente a nuestros ojos está construido imitando la parte delantera de una antigua locomotora, pero no lo es, esta máquina es muy moderna. Los materiales son brillantes y lisos, no es un metal ordinario, y la forma es más alargada de lo que sería la máquina de vapor. El vagón se encuentra sobre unos raíles que parecen como los de cualquier otra vía ferroviaria; todo el efectismo ha conseguido cautivar a la gente, que ha enmudecido repentinamente y mira con atención la maravilla que tiene delante, pero yo sigo viendo nada más que un tren lujoso, en el que además no caben muchos pasajeros. Por un lateral aparece una nueva persona; es un hombre que va vestido como un antiguo maquinista de tren. En la mano lleva una cam14


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pana que va agitando mientras grita: “¡Viajeros al tren!”, y va acercándose al vagón. La gente no sabe qué hacer pero, en ese momento, se abre una puerta en la máquina y se despliegan unas escaleras, todo mucho más modernista de lo que en principio parecía; todo mecanizado. Una voz que se escucha por unos altavoces nos indica que sigamos al maquinista hacia el interior del tren donde, antes del viaje, se nos hará una breve presentación sobre la increíble tecnología de la que vamos a ser partícipes. Todos vamos acercándonos hacia la tarima que anteriormente era un escenario y que ahora hace de andén para el tren. Veo cómo, uno por uno, los asistentes van accediendo al interior del aparato. Uno de los periodistas intenta entrar con una cámara de vídeo pero un empleado junto a la puerta le hace dejarla antes de poder entrar. No me gusta lo que veo; me pregunto por qué no querrán que se grabe lo que va a ocurrir después de haber lanzado tanta publicidad en los medios. Por otro lado, la ausencia de cámaras me conviene; así no habrá pruebas posibles de lo que me propongo hacer. Soy el único que falta por entrar, de modo que avanzo hacia el vagón sin demora; si me muestro demasiado dubitativo empezaré a llamar la atención más de lo necesario. Así que sin darle más vueltas me introduzco en el tren. El interior es completamente distinto a lo que hubiese podido esperar. No hay lujos ni comodidades, sólo es un gran espacio blanco y muy pulcro sin nada que llame especialmente la atención. A los laterales hay dos cristales enormes a través de los que se puede observar el exterior; no son vidrios convencionales sin embargo, ya que desde fuera ni siquiera se hubiese podido adivinar su existencia, aparentemente sólo funcionan en una dirección, exclusivamente permiten que el pasaje mire desde dentro hacia fuera. En la parte delantera puedo ver al tipo disfrazado de maquinista, aparentemente no era sólo un disfraz y va a ser nuestro conductor, ya que está situado junto a un pequeño panel de control, no muy complicado en apariencia. Sólo puedo distinguir en dicha superficie un par de botones y una palanca. Me imagino que el auténtico sistema de control no estará dentro del aparato sino que será remoto, para evitar fallos humanos. Hay suficiente sitio como para que las ocho personas que vamos dentro del vagón no tengamos que estar pegados unos a los otros y po15


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damos movernos con tranquilidad. Todo esto me preocupa ya que no me imagino de qué forma va a poder estar toda esta gente tan distraída como para no darse cuenta de que uno de ellos es apuñalado; a no ser que pase algo, lo verán todo y verán también quién ha sido el responsable. Supongo que si la cosa es demasiado difícil siempre puedo abortar la misión y esperar un momento más apropiado. Aunque me resulta extraño que las personas que me contrataron me recomendasen este plan si no era posible hacerse; ya he trabajado otra vez con ellos y siempre han tenido unos planes muy elaborados. Por ahora todo lo que puedo hacer es esperar y ver si, en efecto, tengo una oportunidad para actuar. La puerta se cierra con un sonido neumático y quedamos finalmente recluidos en el interior del habitáculo. Lo primero que puedo comprobar es que la cabina está completamente insonorizada, ya no llega ningún ruido del exterior, sólo se escuchan los comentarios de los pasajeros e incluso la respiración agitada de los más nerviosos. Tal vez alguno de ellos ha empezado a creerse aquello de que pueden recorrer la distancia entre Roma y París en cinco minutos. De nuevo se conectan unos altavoces y la misma persona de antes nos empieza a hablar. Lo primero que nos dice es que debemos desconectar cualquier aparato electrónico que llevemos con nosotros, ya que la tecnología que utiliza el vagón es muy delicada y fácilmente se puede ver perjudicada por interferencias. Es más, nos cuentan que la máquina tiene un sensor que reconoce estas interferencias de forma que el tren no pueda ponerse en marcha hasta que las interferencias desaparezcan; al parecer, este es un sistema de seguridad que han incorporado para eliminar cualquier peligro que pudiese producirse de no seguirse esta norma. Varias personas sacan los teléfonos móviles y los apagan, pero la grabación no continúa, estamos en silencio. La gente se queja y pregunta qué va a pasar a continuación pero no hay respuesta. Finalmente la voz de los altavoces se vuelve a dirigir a nosotros y nos informa del motivo por el que no continúa la presentación. Según el empleado que no está hablando, hay gente que todavía no ha apagado sus terminales y no habrá más avances hasta que estas personas sigan las normas. Entonces uno de los periodistas se saca el teléfono del bolsillo y lo apaga, mientras nos explica a los demás que en realidad no creía que pudiesen detectarlo, y que pensaba que sería como las recomendaciones que 16


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ponen en las salas de cine antes de ver la película, más una cuestión de buen gusto que de seguridad. El periodista se disculpa ante todos y entonces los altavoces se conectan una vez más. La voz empieza a sacarnos de dudas a todos los presentes; nos dice: —Todo lo que les he contado hasta el momento es absolutamente cierto. El viaje que están a punto de realizar va a durar sólo cinco minutos, pero debo hacer algunos matices. Aunque para ustedes pasarán sólo esos pocos minutos, llegarán a su destino a la misma hora que si hubiesen cogido un tren convencional. La forma más sencilla de explicárselo sería comparando la experiencia a un viaje en el tiempo; ustedes partirán en este instante y mientras que para ustedes pasarán sólo cinco minutos, para el resto del mundo pasarán horas. Digamos que van a viajar al futuro. La gente grita, lanza exclamaciones de asombro y hay quien discute y dice que eso no es posible. Los mas escépticos explican al resto que probablemente lo que pretenden es sedarnos y hacernos pensar que hemos hecho tan inverosímil proeza. La voz ignora los comentarios y continúa: —La tecnología que estamos poniendo a su disposición ha requerido décadas de desarrollo y una gran inversión económica pero finalmente podemos mostrarla al público y ustedes serán las primeras personas, aparte de nuestros científicos, que podrán experimentarla. No vamos a aburrirles con detalles técnicos que probablemente no entenderían; sabemos que la mejor forma de demostrar nuestro nuevo sistema de locomoción es en movimiento, pero permitan que antes les demos una breve explicación del funcionamiento del aparato. Llegados a este punto todos guardan silencio; incluso los más incrédulos parecen querer escuchar la explicación. Ya sea por curiosidad o por fascinación todos prestamos atención, incluso yo. —En principio el funcionamiento del vagón es similar al de un tren normal. La máquina se pondrá en funcionamiento y comenzará a avanzar por la vía pero, en el momento oportuno, el maquinista que tienen junto a ustedes presionará un botón y se producirá el salto. Las partículas de la cubierta del tren, que está hecha de un material especial, empezarán a vibrar de una forma determinada que permitirá que el habitáculo en el que ahora se encuentran se introduzca en la cuarta di17


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mensión; de ahí el nombre del tren. Mientras se encuentren en este plano el tiempo y el espacio transcurren de forma distinta. Lo que nuestra compañía ha hecho ha sido aprovechar este efecto a nuestro favor, de modo que mientras el tren se encuentre anclado a las vías podremos controlar el destino. Ahora mismo todo les sonará, cuanto menos, extraño pero espero que en breve puedan entender al menos en parte lo que les he explicado. A partir de ahora cesaré esta comunicación también para que no interfiera con el funcionamiento del aparato y deberán seguir las instrucciones del maquinista en todo momento. Les aseguro que el viaje no entraña riesgo alguno pero si alguien, tras oír la explicación, siente algún tipo de ansiedad y quiere bajarse, el momento de hacerlo es ahora; después solo podrá hacerlo en París. El silencio es absoluto. Todos nos miramos los unos a los otros esperando a ver quién es el que se acobarda, o puede que lo que de verdad esperamos sea que alguien salte de repente diciendo que todo ha sido una broma. Pero no ocurre nada, nadie abre la boca, nadie se baja del tren; todos queremos averiguar si lo que acabamos de escuchar es realmente posible. —Sólo una última cosa —dice la voz al ver que nadie se baja—, durante el breve espacio de tiempo que se encontrarán en lo que hemos llamado ‘cuarta dimensión’, es posible que vean cosas extrañas pero deben tener en cuenta que están en un espacio para el cual, en principio, el ser humano no está diseñado para viajar, de modo que al igual que en los aviones pueden experimentar sensaciones desagradables con el cambio de presión, estas imágenes residuales que pueden, o no, llegar a ver durante su viaje no deben tomarse más que como un incómodo efecto secundario. Dicho esto, sólo me queda despedirme y desearles buen viaje; espero hablar de nuevo con ustedes cuando lleguen a su destino, aunque para ustedes eso será mucho más pronto que para mí. Lo lógico hubiese sido pensar que en este momento la gente se lanzaría sobre el maquinista atosigándole con preguntas, pero nadie lo hace, ni siquiera los periodistas. Todos estamos expectantes y deseosos por empezar el viaje, yo también, pero a pesar de todo no me olvido que tengo una misión que cumplir. Miro a mi objetivo y pienso en aquello de las imágenes residuales que ha mencionado antes el tipo de la compañía; tal vez ahí esté mi oportunidad. 18


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El maquinista nos da la espalda y acciona la palanca del cuadro de mandos. La gente se pega a las paredes tratando de buscar un punto de apoyo pero, con tranquilidad, el maquinista nos dice que no nos preocupemos, que no notaremos en absoluto la velocidad, por lo que no hay necesidad de sujetarse a ningún sitio. La gente deja de buscar asidero pero, aún así, esas palabras no parecen terminar de tranquilizarles. Mientras tanto yo calculo el número de pasos hasta el político y cuál será el ángulo más rápido para poder acabar con él. Si el viaje dura tan poco como nos han adelantado, apenas tendré tiempo para ejecutarlo de modo que tiene que estar todo muy calculado. El maquinista tiene razón. Si miramos por las ventanas podemos ver cómo hemos comenzado a movernos por la vía, pero la sensación en el interior es la de estar completamente parados. Al poco, el hombre se gira para mirarnos y nos avisa de que lo que todos estamos esperando está a punto de ocurrir. Se gira de nuevo y antes de que nadie pueda decir nada vemos cómo presiona el botón que nos hará entrar en la tan mencionada cuarta dimensión. No ocurre nada. No hay luces ni sonidos de otro planeta, no hay ningún aura mágica ni colores vibrantes. Se supone que ya estamos viajando por un plano distinto al nuestro pero a través de la ventana todo parece igual. La decepción general se palpa en el aire, pero el más decepcionado de todos soy yo; parece que no voy a tener oportunidad de asesinar a nadie hoy. Pero entonces empieza. A través de la ventana veo cómo el paisaje se transforma ante mis ojos incesantemente. Aparecen montañas y luego desaparecen. En un momento dado parece que estemos bajo el agua, a punto de ser golpeados por una enorme ballena que… se esfuma repentinamente en el aire, antes de poder decidir si lo que estaba viendo era realmente una ballena o era algo que no había visto nunca antes. El escenario cambia de nuevo. Esta vez atravesamos un campo plagado de soldados con trajes de la Segunda Guerra Mundial. Vemos los fogonazos de las armas y pasamos tan cerca que, en ocasiones, da la impresión de que los estemos atravesando, pero la gente de fuera no repara en nosotros, no nos ve. Todo el mundo está asombrado y no puede dejar de mirar al exterior. Entonces es cuando decido que este es mi momento. Están todos tan absortos en el espectáculo que nadie se dará cuenta de lo que ocu19


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rra dentro del vehículo. Miro al político. Al igual que los demás no aparta la vista de la ventana. Me acerco a él, saco el cuchillo del sombrero y… Una mujer grita. Pienso que alguien me ha visto y rápidamente escondo el cuchillo en el pantalón, pero no es por mí por quien grita. Una serpiente de luz verde en movimiento se ha colado por las ventanas y se enrosca entorno a una de las pasajeras, como si quisiese estrangularla. Alguien se acerca para ayudar pero cuando la mano de esta persona trata de tocar a la criatura de luz no entra en contacto con nada, la figura está y no está al mismo tiempo. Al parecer la mujer no corre peligro alguno. De todas formas, el suceso hace que la gente se asuste. Todos están agitados y se mueven de un lado a otro del vagón. Buscan por las ventanas cualquier otra posible amenaza. El maquinista se dirige a la gente y les pide que guarden la calma, nos recuerda que estos fenómenos que estamos observando son algo normal y que no suponen ningún peligro, nos dice que el viaje terminará en breve y que si alguien se marea sólo tiene que cerrar los ojos durante unos instantes; de ese modo las cosas que puedan ver no les turbarán durante más tiempo. Veo que más de uno de los presentes sigue la recomendación del maquinista y cierra los ojos, esperando que todo pase cuanto antes. Yo no puedo permitirme ese lujo; tengo una misión que cumplir. Las apariciones son cada vez más frecuentes; incluso dentro del vehículo hay seres extraños, luces misteriosas… Vemos reflejos de nosotros mismos haciendo cosas que no hemos hecho, me veo a mí apuñalando no sólo al político sino a todos los presentes, pero nada de eso está ocurriendo en realidad. Cada vez son más los que cierran los ojos y entonces decido que este es el mejor momento para intentar una vez más acabar con el político. Saco el cuchillo, me acerco a él y entonces… algo me roza en el brazo. Me llevo la mano al brazo y cuando la retiro veo que esta manchada con sangre. Algo me ha hecho un rasguño pero no me imagino cómo ha podido ocurrir. Me giro y me encuentro cara a cara con una horrorosa criatura de color verdoso y grandes garras que me mira con semblante hambriento. Me digo a mí mismo que sólo es una imagen que en realidad no está aquí, pero el ser alza una de sus garras y pasa la uña por mi mejilla, rasgándola a su paso. No sé cómo es posible pero lo es, la 20


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criatura está en efecto junto a mí, jugando conmigo de igual modo que un gato juega con el ratón antes de acabar con él. Da igual el miedo, no pienso morir aquí, no de esta manera. Empiezo a pegar puñaladas al aire, la criatura las esquiva con gran agilidad pero yo no desisto. El monstruo también intenta alcanzarme con sus garras, pero al igual que él yo no pienso ponérselo fácil. Es increíble que esté teniendo lugar semejante duelo y nadie más se dé cuenta. Doy un grito para pedir ayuda pero lo único que recibo en respuesta es una voz que se repite a sí misma: “no es real, nada de esto es cierto”. Nadie va a acudir en mi auxilio. Tendré que salir de esta por mis propios medios. Con un último esfuerzo me lanzo hacia delante y apuñalo al monstruo en el pecho. Al parecer lo he conseguido; veo cómo la criatura se retuerce de dolor hasta que finalmente parece morir. Exhausto, me tumbo en el suelo y tomo aliento. Ha sido horrible, pero si no cumplo con mi objetivo todo habrá sido en vano. Tengo que acabar con el político. Entonces alzo la cabeza y me encuentro con que el político me está mirando con una mueca de horror. Al parecer ha visto todo lo que ha ocurrido. Me acerco a él con el cuchillo levantado, pero no llego a clavárselo; antes de tener la oportunidad veo cómo se lleva la mano al pecho y se desploma en el suelo. Acaba de sufrir un infarto. Entonces escucho una voz. El maquinista nos informa de que estamos a punto de salir de la cuarta dimensión y que llegaremos a nuestro destino en unos segundos. Ahora el que está asustado soy yo, me doy cuenta de lo que acaba de pasar y estoy deseando que se acabe el viaje. Me guardo el cuchillo dentro de la ropa y, mientras los demás van abriendo los ojos, ahora soy yo quien los cierra. No sé cuanto tardamos. Pierdo la noción del tiempo. En un momento dado el maquinista nos informa en voz alta de que hemos llegado a nuestro destino, nos dice que el viaje ha durado cuatro minutos y medio y que por favor vayamos saliendo en orden y nos dirijamos a la sala que se ha habilitado para la rueda de prensa. Yo no me muevo, estoy esperando el grito. Y el grito ocurre, es la voz de una mujer que debe ser quien ha visto primero el cadáver de la criatura. A esa primera voz se unen otras, pero no escucho que cunda el pánico tanto como cabría imaginarse. —¿Está muerto? —pregunta alguien con más tranquilidad de la que hubiese esperado. 21


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Entonces abro los ojos y veo cómo todos los pasajeros están en torno al cadáver de un hombre mayor; es el político que había sufrido el ataque al corazón. Alguien intenta reanimarle pero no lo consiguen. Al poco llegan los paramédicos y se llevan el cuerpo, el único cuerpo que hay, porque la criatura no está, no hay rastro alguno del monstruo que casi acaba con mi vida. Me llevo la mano a la cara para tratar de evaluar los daños pero no noto nada. El rasguño no está, no hay sangre ni herida. Me doy cuenta de hasta qué punto llegaban los efectos secundarios de los que nos habían hablado. En realidad nada ha ocurrido, todo ha sido producto de mi imaginación. Salgo a la luz del día y sigo al resto de pasajeros. A lo lejos puedo ver la torre Eiffel. Es cierto que estamos en París. Todo resulta increíble, pero lo mejor de todo es que el plan ha sido un éxito, mi objetivo está muerto, no ha sido como estaba previsto pero lo importante son los resultados. En cuanto tengo la oportunidad me desvío del camino y me cuelo por una callejuela. No tengo ninguna intención de asistir a la rueda de prensa, quiero cobrar el dinero cuanto antes. Avanzo por las calles de París. Tengo que coger el tren de vuelta, esta vez uno normal, sin visiones extrañas. Pero antes de entrar en la estación recuerdo el cuchillo. Lo mejor será que me deshaga de él; no sería bueno que después de todo me encontrasen con un arma blanca en los bolsillos. Me voy hasta un rincón por el que no pasa nadie y saco el cuchillo para tirarlo en un contenedor. Me dispongo a limpiar las huellas y entonces me doy cuenta de que el cuchillo está empapado en una sustancia verdosa. La impresión que me llevo es tan fuerte que arrojo el arma allí mismo y me alejo corriendo aterrorizado. Esa sustancia era sangre, pero no era sangre humana. Eso quiere decir que la criatura existió, que tal vez haya más cosas como esa y que la próxima vez es posible que lo que vuelva con los pasajeros no sea sólo un poco de sangre. Soy consciente del peligro que corremos todos, de la amenaza que supone el tren 4D. Sé que alguien debería avisarles del peligro pero, como ya he dicho, lo único que a mí me preocupa es el dinero de la recompensa. Me alejo corriendo del lugar y me llevo el secreto conmigo. Sé que el horror que he presenciado me perseguirá por el resto de mis días, pero al menos tendré un buen fajo de billetes que me haga compañía durante todo ese tiempo. 22


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Erick Hernández Serra (Valencia, 1984). Joven escritor licenciado recientemente en Psicología y actualmente cursando el Máster Universitario en Profesor de Secundaria. Con gran afición por la lectura desde una muy temprana edad, no resulta extraño que se despertase en él la vocación por la escritura, actividad que compagina habitualmente con sus estudios. El relato aquí presente es su primera obra publicada y al mismo tiempo la primera que ha presentado a un concurso literario. En estos momentos se encuentra trabajando en su segunda novela, mientras la primera continúa inédita.

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