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He cerrado el blog, lo volver茅 a abrir, a ver vamos a basar la primera edicion en este archivo. Mas tarde lo convertiremos a pdf y despues lo mandaremos a formato web para poder descargarlo desde el blog. A esto teneis acceso todos, asi que editad a vuestro antojo he creado tambien una carpeta para que metais ilustraciones, tanto para el fondo de las paginas como la portada... etc. Tambien hay un archivo simple de texto para poner comentarios. Voy a ir modificando el archivo, esta noche tendre ya los textos y toda la organizaci贸n, por favor rapido lo de las ilustraciones que es lo que mas curro tiene. Enga, agur. Lo que hay hasta el momento solo son los textos. Luego ya organizaremos columnas... emmm imagenes... etc. PORTADA


Indice Comentario Editorial Relatos en una Biblioteca: Will el Sin Dientes En las colinas de la Desesperación Descenso en Nueve Actos: Obertura y primer acto Cuenta Atrás. 13:43 Una terrible enfermedad De Reinas y Cuervos I Pequeño Shangai

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Carta editorial Seguro que ustedes emplean redes sociales, igual que nosotros; y seguro que han ojeado, alguna vez, el perfil de alguno de sus agregados, igual que nosotros. Y por poca costumbre que tengan de cotillear en estos temas, es muy probable que hayan leído en repetidas ocasiones respuestas muy parecidas en la sección dedicada a autores y escritores favoritos. Me refiero a los “No me gusta leer”, “Leo solo cuando me obligan”, “Leer es aburrido”… Según un estudio del Gobierno sobre los hábitos de lectura realizado en el 2012 y publicado en Enero de este año, un 92% de la población lee al menos una vez al trimestre y la mayoría del 8% restante se sitúa por encima de los 55 años; hay que reconocer que es un sector de población que no vivió buenos tiempos para la educación pública. El problema llega cuando recordamos que estos estudios son tan fiables como cualquier artículo periodístico de hoy en día, tan objetivo como la persona entrevistada, el dinero y el editor lo permitan. El sector de edad y ocupación que más libros lee coincide: De 14 a 24 años, los estudiantes de Secundaria y Universidad, cuyos estudios exigen, precisamente, una o dos lecturas obligatorias trimestrales. Por encima de los 25 años, en un sector principalmente en paro, una vez abandonado los estudios, la costumbre de leer libros disminuye notablemente favoreciendo a la lectura de periódicos. Resulta que los “lectores frecuentes”, aquellos que leen al menos una vez a la semana, y los “lectores ociosos”, aquellos que leen por afición, son un porcentaje menor. Vivimos una época de desempleo, pobreza y pésima educación donde la lectura por afición no parece estar muy de moda. Pero lo cierto es que nuestra intención no es criticar las obviedades de nuestra sociedad, al menos no es la intención principal; no, queremos ayudar a promover ese tipo de lectura. ¿Cómo? Resulta que hubo otra época muy parecida a la nuestra, también pobre y dura para vivir, donde el analfabetismo se estaba muriendo en el primer y el segundo mundo, pero donde no había tiempo, dinero o ganas de leer un buen libro. Aquella época empezó en las últimas décadas del XIX con los primeros periódicos literarios, pero encontró su auge en los años 30 y 40, cuando escritores malvivían vendiendo relatos a penique la palabra, creando historias fantásticas o terribles sobre pasados que nunca sucedieron o futuros asombrosos, intentando evadirse de la dura realidad o criticándola aún con más dureza. Relatos breves, viscerales, que buscaban emocionar al lector aunque no tuvieran mucha calidad, ni trasfondo o estuvieran mal escritos; publicados en periódicos, revistas o diminutos libros de bolsillo de páginas duras, rugosas y amarillentas. La edad dorada del género Pulp. Y nosotros nos hemos reunido, recordando a aquellos escritores de baratillo, con dos sencillos fines: Volver a promover la lectura ociosa, ofreciendo mundos maravillosos o terroríficos que atrapen los corazones de ustedes; y ganar, a ser posible, algún renombre entre nuestros seguidores, obviamente. No esperen maravillas a la altura de Cervantes, ni perfección ortográfica, ni historias políticamente correctas; ni siquiera obras con la intención de perdurar para la posteridad. Tan solo somos un grupo extraño que vive vidas extrañas y relatan cuentos extraños, porque vivimos en un mundo extraño. Bienvenidos a Weird Planet, permítannos hacerles soñar con nuestros relatos.


Will, el Sin Dientes. Se acaba de cerner la noche sobre la ciudad como una gran amenaza de tormenta y en la Calle Mayor cae un gran rayo que deja en relieve la silueta de un grupo de personas que avanzan sin inmutarse a la gran biblioteca. Cuando se encuentran a pocos metros de la entrada de la biblioteca empieza a llover violentamente, pero ellos siguen con paso firme hacia delante, suben los 13 escalones que llevan a la gran puerta principal y, tal como la abren, otro gran y ruidoso rayo cae sobre la cúpula. Tras entrar en el gran recibidor, antaño reluciente y lleno de vida pero hoy abandonado, lleno de polvo y apagado, dejan sus abrigos mojados en un viejo perchero en una esquina de la sala; después pasan a la biblioteca por una puerta de madera, lacada de un azul que se intuye que en otro tiempo fue del azul más azul que se podía haber visto, pero hoy ya ha perdido su intensidad, y rematada con un ojo de buey en el centro de la puerta, el cual, hacía años, permitía ver el interior pero que hoy estaba lleno de polvo y agrietado. Al pasar la puerta se encuentran con una inmensa sala con varios kilómetros de estanterías de unos 10 metros de altura y a la derecha un pequeño mostrador polvoriento, todo ello en penumbra gracias a las luces del exterior, que entraban por los grandes ventanales de la biblioteca, algunos de ellos con complejas vidrieras de colores que ninguno de ellos logra entender. Tranquilamente se dirigieron hacia el pequeño mostrador, corroborando que no ha pasado nadie por aquí hace años; y tras un tiempo dando vueltas y sin señal alguna de vida uno de ellos dice a voz alzada: -¿Hola? Seguido de un silencio sepulcral que permite oír perfectamente una voz algo ronca y débil diciendo: -¿Qué desean? Se oyen unos pasos provenientes del interior de la biblioteca que se acercan, a lo que se agrupan rápidamente; ven salir de entre las estanterías un viejo vestido con ropa estrafalaria, un bastón y una gorra irlandesa que deja ver por los laterales su pelo canoso, se acerca lentamente andando con su bastón, dirigiéndose hacia el mostrador y cuando estuvo tras él pregunta: -¿Qué deseáis? El grupo, con cara de sorpresa, se queda mirándolo; uno de ellos se adelanta y tartamudeando pregunta: -¿Usted es el viejo de la biblioteca? Y el anciano, poniéndose unas gafas, responde: -Viejo soy y en una biblioteca estoy, así que supongo que sí que soy ese viejo de la biblioteca. Ante esa respuesta, otro se aparta del grupo y con voz firme dice: -Entonces tenemos varias preguntas para usted, llevamos varios años buscándolo. A lo que el viejo le responde, mirando unos viejos libros:-Si sí, pero antes déjenme contarles una historia. Todo el mundo viene a una biblioteca a leer una buena historia. Tas eso el viejo abre un libro y empieza a leer: -Todo empezó en el Londres victoriano. Concretamente el 26 de Julio de 1857, en el que nace nuestro protagonista, William, en el seno de una familia pobre dedicada a la panadería. Los próximos siguientes años los pasó como cualquier otro niño de la época: jugando con otros y, como no, haciendo un poco de pillaje. Al menos hasta el 15 de Abril de 1868, día en el que la panadería de su familia se quemó, pereciendo en ella toda su familia y acabando con él en un hospicio a las afueras de la ciudad, en el cual se relacionó otros jóvenes que le llevaron por el camino del robo al menos para poder sobrevivir; porque las comidas del hospicio eran pocas y malas. Eso le llevó a que, con quince años, tras robarle un reloj a una persona, fuera perseguido por la policía hasta que uno lo paro de un porrazo en la boca, dejándole sin todos sus incisivos y caninos, por lo que se ganó el sobrenombre “el Sin Dientes”. Tras eso su vida entro en una espiral de autodestrucción por los peores garitos de Londres y con algunos periodos en la cárcel, por robo…


Todo esto nos lleva al día de hoy 16 de Abril de 1882, el último día de Will en la Tierra. Todo empezó a las 6 de la mañana, siendo echado de un garito de opio por un par de chinos que lo tiran a la calle; tras lo cual, uno de los chinos le dice: -Tu no tenel más dinero, tu no fumal mas. A lo que Will se dio la vuelta lentamente, con la mirada perdida, y con la boca algo desencajada les replico: -Pues no pienso volver, este es el peor garito de opio de la ciudad. Cualquier garito se muere por tenerme como cliente. A lo que los chinos se rieron y se dieron media vuelta y mientras entraban al local se pusieron a hablar en chino. Will se levantó tambaleándose, se quitó el polvo y se fue a por algo de comer dirigiéndose a un mercado cercano. Cuando llego eran las 7 y todavía no había abierto, así que se sentó en una esquina, saco su pipa, la llenó de tabaco, la encendió y se puso a fumar; a cada calada se iba quedando más adormilado hasta que finalmente se quedó dormido. Sobre las 9 un policía le despertó dándole unos pequeños golpecitos y diciéndole: -Despierta holgazán, la calle no es para dormir. Will se despertó con cara de “que está pasando” y lentamente se levantó; guardo su pipa, se metió las manos en los bolsillos y se dio media vuelta pensando “-Malditos polis de mierda.” Y se dirigió hacia uno de los puestos de fruta que había por la plaza. Disimuladamente robó una manzana metiéndosela en el bolsillo y a lo que se iba, vio que el dueño del puesto estaba despistado coqueteando con una clienta. Se dirigió disimuladamente a la parte de atrás del puesto y, rápidamente, robo la saca del dinero del tendero; tras eso se fue rápidamente pero intentando no llamar la atención, metiéndose en el primer callejón que encontró para contar cuánto dinero había en la saca: tenía 2 libras y 22 peniques. Se guardó el dinero, sacó la manzana y le dio brillo frotándola contra su chaqueta; salió del callejón comiéndose la manzana con una sonrisa de oreja a oreja pensando en irse a gastar algo de dinero en algún burdel. A eso de las 11, tranquilamente caminando, llego a un burdel en el qué le conocían. Entró y dijo: -Buenos días, ¿a quién le apetece pasar un buen rato con migo? A lo que la señora que dirigía el burdel le contesto: -¡Fuera, fuera muerto de hambre! Aquí no hay sitio para ti. A lo que Will le contesto:-¿Seguro?-haciendo sonar las mondas de su bolsillo A lo que la madame contestó:-Oh, así que el señorito sin dientes tiene dinero, pues entonces puedes quedarte un rato. Tras la contestación, Will esbozo una sonrisa en su cara y dijo: -Quisiera a Anne. La señora miró un cuaderno y le contesto: -Lo siento, Anne está ocupada en este momento y tardara más o menos una hora; pero si lo desea hay otras muchas mujeres libres. Entonces Will quito su sonrisa y puso una cara pensativa y, tras unos segundos, respondió: -Eh… no, prefiero esperarla; así que ponme un vaso de ginebra. La mujer le sirvió un vaso de ginebra y Will se lo fue tomando lentamente, pensando en sus cosas, ignorando que se acercaba su final. Trascurridos unos 50 minutos, de una habitación salieron 3 hombres y una mujer de pelo rubio y ojos verdes, que era Anne; tras salir se le acerco la madame y le susurro unas palabras al oído y tras eso le señalo a Will, sentado en una mesa, fumándose una pipa y terminado de beber el vaso de ginebra. A lo que Will se da cuenta de que le están señalando, se termina su vaso de ginebra, apaga la pipa y se levanta de la silla, frotándose las manos y diciendo: -¿Ya está lista? La madame, sonriendo, le responde: -Sí, sí-y mientras Anne le llevaba a la habitación, la madame le dice a Anne en voz baja-. Haz lo que te he dicho. Mitras Will se sienta en la cama y se acomoda Anne le dice: -¿Quieres algo de beber? Mientras, le sirve en un vaso de ginebra junto a otro líquido que echó de una botella más pequeña, que Will no vio. A lo que Will responde: -De acuerdo-cogió el vaso y se lo bebió de un solo trago, tras hacerlo se estiró y, con voz ronca, dijo-. ¡Jodo! Esta ginebra sí que esta fuerte, y además sube rápido-lentamente se fue tumbando en la cama y, balbuceando, añadió-. Entonces ¿cuándo empezamos?-antes de quedarse inconsciente en la cama. Más o menos 2 horas después Will se despertó en una cuneta, lejos del burdel, y tambaleándose aún


por los efectos de la droga se levantó, quitándose el polvo de la ropa, dándose cuenta de que le habían robado el dinero que le había costado tanto robar: cabreado, sin dinero y sin follar se dirigió a casa; que más bien era una habitación con un colchón mohoso y un viejo baúl destartalado. Cuando llegó a su casa se preparó para irse a ganar algunas libras por los barrios adinerados para poder pasar una buena noche, sobre las 3 salió de su casa. A eso de las 6 llegó de nuevo a su casa para cambiarse, y con un par de libras en su bolsillo, se preparó para irse a tomar unas pintas con sus colegas en el pub de la esquina. A las 7 entro en el pub diciendo: -¡Buenas tardes, cabrones hijos de puta! Y un grupo de jóvenes de unos 27 años se levantaron y le contestaron: -¡Mirad quién es, Will el Sin Dientes! ¿Qué haces aquí que no estás trabajando? A lo que él replicó: -No, ya tengo dinero para pasar una buena noche. Otro de los hombres del grupo dijo: -Pues invítanos a unas pintas. A lo que Will contestó: -¡Que os invite tu madre, que las putas siempre tienen dinero! Tras unos cuantos minutos intercambiando insultos, Will se cogió una pinta y se sentó con ellos. Estuvieron hablando y bebiendo, contándose batallitas exageradas y que demostraban su virilidad, que un poco más y todos se hubieran sacado la polla sobre la mesa a ver quién la tenía más grande. Pero antes de llegar a esos extremos les apeteció irse a fumar algo de opio, y puesto que aun que le quedaban algo más de una libra en el bolsillo, Will se apuntó. Así que sobre las 10 de la noche se fueron todos juntos, cantando, borrachos, al fumadero que, según uno de ellos, tenía el opio a mejor precio. Cuando llegaron ya casi eran las 11 y como el que recomendó el local era un viejo conocido del dueño y eran un grupo grande de personas, les ofreció una botella de ginebra para que bebieran algo mientras fumaban. Las horas se les pasaban volando mientras daban cada calada de opio. Ya eran las 3 de la mañana cuando se le acabo el opio y no podía comprar más; decidió irse a casa a dormir un rato, pero antes fue a avisar a sus amigos, y aprovechándose de que estaban drogados se hartó de darles bofetadas con la excusa de despertarles. Mientras iba por la calle, tambaleándose de vuelta a casa, le entraron ganas de mear, así que se puso en una esquina a mear tranquilamente. Entonces era cuando su vida iba a dar una un giro de 360 grados: se podía haber topado con una banda de ladrones que, al ver que no tenía dinero, le hubieran dado una simple paliza; o se podía haber encontrado con una pandilla de asesinos, pero se encontró con una pareja de policías que iban patrullando. Mientras Will estaba meando, uno de ellos le dio unos golpes en el hombro y dijo: -Perdone ¿Qué está haciendo? A lo que al sentir los golpes y oír algo, Will se dio la vuelta aún con la polla en la mano, por lo que le meo encima a los dos policías, que al ver lo que había hecho le empezaron a propinar un montón de porrazos mientras le decían: -¡Maldito montón de mierda! ¡Te vamos a enseñar modales a base dé porrazos! Mientras, Will, aún bajo los efectos del opio, se empezó a reír; lo cual sacaba aún más de quicio a los policías, por lo cual ellos le daban cada vez más fuerte hasta que, de un severo golpe en la cabeza, lo dejaron tieso en el sitio. Cuando se dejó de mover los policías dejaron de darle golpes y se miraron el uno al otro, diciendo a la vez: -Lo hemos dejado tieso. Entonces limpiaron y guardaron sus porras, tras eso uno de ellos dijo: -Llevémosle a la morgue de este distrito, que tengo un amigo allí que lo meterá en una fosa común sin hacer preguntas. A eso de las 4 dejaron su cadáver en la morgue del amigo de uno de los policías, y se despidieron diciendo: -Gracias Mike, te debo una. Mike puso el cadáver de Will sobre una camilla y mirándolo dijo: - A ver qué hago contigo, tienes buen aspectos, no tienes heridas graves en los órganos vitales y eres joven… sería un desperdicio meterte en una fosa común. Así que, joven amigo, servirás a un bien mayor yendo a la facultad de medicina-dándole un par de palmadas en la cara le dijo-. ¿No te alegra? ¡Vas a ir a la universidad! Así que Mike cogió su carro fúnebre, metió a Will dentro y se dirigió a la puerta de atrás de la facultad de medicina para vender el cadáver de Will por un buen dinero, después de hacer la transacción Mike se despidió diciendo: -Es un placer hacer negocios con usted, Profesor White, trátenlo bien; no sé cuándo tendré otro ejemplar para ustedes.


Rápidamente un par de alumnos del profesor metieron el cadáver dentro de la facultad y lo dejaron preparado para la clase de por la mañana. Dieron las 9 de la mañana y empezó la clase de disección del Profesor White, en la que estaban 7 alumnos y 2 cadáveres; uno de ellos el de Will, en el que se pusieron 3 alumnos: George, John y Robert. El profesor se puso delante de la pizarra y dijo: -Caballeros hoy estudiaremos el sistema circulatorio pulmonar, así que vayan empezando y con cuidado. Los alumnos se pusieron a abrir el cadáver a lo que cuando John se puso a mirarlo reconoció una cicatriz que tenía Will en el hombro derecho. Cuando la vio, dijo a sus compañeros en voz baja: -Oye, ¿esa cicatriz no se parece mucho a la que tiene Maggie en el hombro? A lo que George la miró dijo: -Si, se parece mucho-entonces cogió un lápiz y le abrió la boca, miró dentro, soltó el lápiz y dijo-. Ostia, no tiene los dientes, como Maggie. A lo que Robert dijo: -No es posible, ¿quieres decir que todo este tiempo nos ha estado comiendo la polla un tío y no nos hemos dado cuenta? La respuesta que estaban buscando John, George y Robert era que Will, gracias a su físico, con un vestido y un par de naranjas, se podía hacer pasar por una mujer, y gracias a que le faltaban un gran número de dientes tenía una gran habilidad para comer pollas. Gracias a eso podía ganarse unos peniques comiéndoles los miembros a los jóvenes de alta alcurnia como los que andan por las facultades de medicina. A John le dio una arcada que le hizo vomitar el desayuno, por lo que el profeso le dijo: -¿Qué le pasa, John, esto es demasiado para usted? A lo que respondió: -No, no señor… es que algo del desayuno me sentó mal. Tras recomponerse John de esta arcada, Robert dijo: -Chicos ¿qué hacemos?; como la gente de la facultad se entere de que nos ha estado comiendo la polla un tío estamos acabados, porque este tío corresponde con las descripciones que hemos estado dando de Maggie… A lo que John contestó: -Pues entonces está claro. Tenemos que librarnos de éste cadáver esta noche para que ningún grupo más haga prácticas con él. Así que quedaron por la noche en un pub cerca de la facultad para después entrar en la facultad por la puerta de atrás, pues George era uno de los alumnos que solía ir a por los cadáveres y tenía la llave. Al ser tan pronto aún no había nadie para ver si traían cuerpos, así que entraron con facilidad y rápidamente cogieron el cadáver y lo metieron el en el carro de John para llevarlo al cementerio sin levantar ninguna sospecha. Al llegar al cementerio dio la casualidad de que pasaban un par de policías, y para no levantar sospecha de qué hacían unos jóvenes parándose en el cementerio a esas horas de la noche, decidieron dar una vuelta para hacer tiempo hasta que se fueran. Cuando llegaron de nuevo, sacaron el cadáver de Will y lo metieron en una fosa vacía ya cavada, luego le echaron un saco entero de cal y un cubo de agua y, tras eso, le echaron unas cuantas paladas de tierra hasta cubrirlo lo suficiente para que no se viera el cadáver. Se fueron de ahí para olvidarse de este turbio asunto y no volver a hablar de él. Así fue como el joven Will murió, sin pena ni gloria, que desapareció sin que nadie se diera cuenta y sin que, después, nadie se preguntara qué había pasado con el joven Will el Sin Dientes; demostrando la fugacidad de la vida, cómo de sórdida podía ser esta y de cómo un simple acto accidental pueden llevar a cualquiera a la tumba. *** -…Y esta es la historia del joven William, el Sin Dientes-entonces el viejo cierra el libro, lo deja sobre el mostrador y les dice-.Señoras y señores, esto ha sido todo por hoy; así que vayan saliendo de la biblioteca que voy a cerrar. A lo que uno de los del grupo dice: -Pero aun no nos ha contestado a ninguna pregunta. A lo que el viejo contesta: -Si, sí. Pero hoy ya voy a cerrar, así que otro día será. Adiós y buenas noches-otro va a decir otra cosa, pero el viejo se anticipa volviendo a decir-. Buenas noches y gracias. Por lo que, viendo que el viejo no va a contestar ninguna pregunta ahora, se dan media vuelta y se van de la biblioteca, pasando por el recibidor y recogiendo sus abrigos, con la intención de volver a por las respuestas que querían conseguir y aún seguían buscando. Por: El Viejo Bibliotecario.


En las Colinas de la Desesperación. 27 de Marzo de 1926. Acabamos de llegar a nuestro destino. En la primera jornada llegamos desde la Universidad hasta el puerto de Génova, donde embarcamos el equipo y el instrumental. Recorrimos el Mediterráneo sin problemas hasta desembarcar en Mersin. La ciudad, que es capital de provincia desde hace unos dos años, es un lugar realmente hermoso para los ojos de un arqueólogo, archivo imperecedero de grandes civilizaciones como la hitita, asiria, persa, griega, macedonia, seléucida y lágida. Allí el equipo se dividió. El director de la excavación, el Profesor Schmidt, su secretario y su traductor nos dejaron para encaminarse a Ankara, a unas cuantas horas de viaje al norte, y probablemente no los volvamos a ver hasta dentro de dos o tres días, o más. Se dirigían a la capital para reunirse con los representantes del gobierno turco, que se ha mostrado muy cooperativo con nuestro proyecto, y ultimar los últimos trámites legales. No queremos dar la impresión de que venimos a saquear tumbas, como Carter. El resto del equipo, bagaje incluido, se encaminó hacia el este. Hemos tardado una jornada en recorrer más de trescientos kilómetros, en los que he podido asombrarme con el cambio climático. El puerto, tierra baja y llana, era un próspero núcleo de casas blancas achaparradas rodeado por enormes llanuras verdes y fértiles repletas de los más diversos cultivos, entre ellos el algodón. Las vías de tren cortaban el paisaje con sus estelas de humo negro y los nativos daban ese colorido toque exótico cumpliendo con sus deberes diarios, tan tradicionales en la ropa y el método. Poco más de cien kilómetros de trayecto después, los verdes vergeles se tornaban en tierras algo áridas moteadas por cultivos y arbustos, aquí y allá, entonces pudimos disfrutar del paisaje de ganaderos recorriendo el monte como personajes bíblicos, guiando sus cabezas de ganado a la más antigua usanza. Un poco más al este, la tierra se había vuelto dorada, pero también desolada. Dura, seca y polvorienta, las carreteras y los caminos desaparecían bajo nuestros pies, ni crecía apenas más vegetación que algunos arbustos y hierbajos. Apenas encontramos unas cuantas aldeas desperdigadas en el trayecto, habitadas por hombres y mujeres de vidas sencillas y costumbres hospitalarias, que de buena gana nos ofrecían las aguas de sus pozos siempre que mostráramos un mínimo de respeto, atraídos por el misterio de ver hombres y mujeres tan blancos tan al sudeste. Incluso hubo una divertida anécdota sobre cómo una niña de apenas nueve años insistía en acariciar el cabello dorado de Eric, uno de nuestros compañeros, cuya cabellera es realmente algo espectacular incluso entre nosotros. Al final de la jornada llegamos a Urfa, a las orillas del Tigris, también un espectáculo maravilloso a los ojos de un arqueólogo. Supuesta ciudad de Ur y cuna de la civilización mesopotámica, aún guarda magníficos vestigios de la gloria pasada. Allí pasamos la noche y nos repusimos, retomando el viaje con el alba junto a un nuevo guía, dado que el que nos había acompañado hasta ese momento no había querido seguir cobrando su salario a partir de este punto del trayecto. Nos encaminamos a una larga travesía hacia el nordeste, dirigiendo nuestros pasos hacia una elevación montañosa situada en el corazón de una región absolutamente desértica. Nuestro nuevo guía, que hablaba un francés perfecto y guardaba rasgos europeos en su apariencia nativa, nos comentó que los nativos eran bastante supersticiosos respecto a aquella región desolada y nos advirtió, creo que en tono de broma, que no osáramos pasar allí una noche o le pagáramos por adelantado; no quería quedarse sin su recompensa.


Hemos llegado justo a tiempo. Aunque el clima de nuestra tierra, ahora, siga siendo frío y nevoso, aquí eso solo sucede al caer la noche; durante la mañana, incluso en pleno y frío Marzo, el sol solo contiene sus despiadados latigazos unas cuatro horas tras el amanecer y otras antes del anochecer. Ahora mismo se aproxima el medio día, así que hemos detenido el viaje en una de las colinas próximas al monte al que tenemos que llegar y estamos montando las tiendas para esperar a que anochezca. Es lo que nos ha recomendado el guía, y no nos ha parecido mala idea. Creo que mañana estará montado el campamento y podremos empezar a trabajar. 28 de Marzo de 1926. El último tramo del trayecto fue muy duro para nuestra camioneta, el calor ha hecho que el motor se estropee y aún no hemos podido enviar a nadie para informar. Por fortuna, se estropeó poco antes de llegar a nuestro destino y no fue difícil empujarlo unos cuantos metros, aunque los hombres que ayudamos hemos caído exhaustos. Los demás se apresuraron en montar las tiendas antes del mediodía para tener un lugar en el que cubrirse a tiempo del sol. Aquí arriba, en contra de lo que esperábamos, hace aún más calor, seco e intenso, que encoje los pulmones. Pasamos desde el mediodía hasta el atardecer ocultos a la sombra de las lonas de las tiendas, para darnos cuenta de que, además de estar todos agotados por el esfuerzo, el frío aquí arriba es aún más intenso que en la llanura cuando se pone el sol. Por suerte, la Universidad había contado con ello. Como no estábamos en condiciones de trabajar y vamos algo adelantados de tiempo, nos tomamos la tarde de descanso y nos prometimos que empezaríamos a trabajar mañana, así que dedicamos la tarde a poner en orden el equipo. Hemos levantado un total de seis tiendas de campaña: Una de ellas alberga las literas de los hombres del equipo de arqueología, la otra alberga a las mujeres, la tercera contiene el instrumental de investigación, la cuarta aún está vacía, esperando a que el Profesor Schmidt y su secretario regresen de Ankara, la quinta es para el equipo de ingenieros y está acoplada a la sexta, que es el almacén de su instrumental. Esa ha sido una curiosa novedad para mí, y creo que para todos. Han enviado un equipo de cuatro ingenieros a las órdenes directas del Profesor Schmidt con su propio laboratorio a cuestas; trabajan de forma absolutamente independiente y no tratan para nada con nosotros, incluso uno se mostró arisco conmigo cuando intenté echar un vistazo en su equipaje. Lo único que nos han dejado ver es un taladro de grandes proporciones con motor diésel, cuyo aspecto no me resulta muy ortodoxo para la arqueología, pero también llevan un generador eléctrico, lámparas, herramientas pesadas y una serie de arcones cerrados con candado con el sello de “frágil”. Supongo que no son tan primitivos como para traer nitroglicerina hasta aquí, principalmente porque entre el calor y lo irregular del terreno, ya habríamos volado por los aires, así que confiaré en su parte del trabajo mientras ellos no estropeen el nuestro. 5 de Abril de 1926. No he podido escribir en siete días, estoy agotado, pero hoy merece la pena. El Profesor Schmidt y su secretario regresaron a mediados de semana y ya hemos avisado a nuestros intendentes en Urfa de que necesitamos recambios para la camioneta; aunque nos avisaron de que tardarían, porque la mecánica en estas alejadas tierras no es algo que se estudie muy a menudo. Durante el resto de la semana nos dedicamos a dividir en áreas la cima del monte, separar el trabajo por grupos y empezar a cavar. Los primeros días se trabajó con cierta desgana, puesto que a


la mayoría de nosotros nos pareció que no había nada que mereciera la pena en la montaña; llegamos a dudar de que realmente estuviéramos en la situación correcta hasta que el Profesor insistió en que continuáramos las prospecciones. A partir de la cuarta jornada de trabajo, los ánimos cambiaron inesperadamente. Tras abrir amplios cráteres a base de pico y pala en el suelo, sin contar con la ayuda de nativos como suele ser habitual para esta parte del trabajo, y sacar tierra y roca carente de valor alguno que echábamos ladera abajo, Elisabeth detuvo su pala al escuchar cerámica rompiéndose bajo ella. Con más cuidado, trajeron los cepillos y tapices y se dedicó a extraer los fragmentos de una antigua ánfora de barro, incompleta; cuando pasamos a datarla, según los materiales de su composición y su aspecto, la situamos en el Neolítico. Lo cierto es que la pieza no tenía nada realmente especial, pero nos animó a seguir buscando. Durante las tres jornadas siguientes, siempre a partir de la misma profundidad, hemos seguido extrayendo más y más fragmentos de alfarería neolítica, y también herramientas como hachas y puntas de flechas rotas o desgastadas. Ahora mismo estamos intentando recomponer alguna de las piezas para examinarla más detalladamente y juzgar si podemos considerar este lugar como uno de los primeros asentamientos primitivos del ser humano. No entiendo cómo hemos podido dudar de la Universidad. Es cierto que no es especialmente importante, pero teniendo en cuenta la enorme inversión económica que se está dedicando en este proyecto, contrastado con la situación económica de Europa tras la Gran Guerra… Es incomprensible cómo pudimos creer que nos mandaban a picar al infierno tan solo por diversión. 10 de Abril de 1926. Llevamos cinco días excavando y extrayendo fragmentos, no se acaban. Hemos extendido las excavaciones a las áreas cercanas y avanzamos lentos, pero seguros, no queremos romper absolutamente nada. Sin embargo, me parece que nuestros esfuerzos son innecesarios. Anna y Viveka no lograban nada de provecho intentando ensamblar fragmentos y me pidieron ayuda. Pasé unas tres jornadas enteras junto a ellas, con sus respectivas noches en vela, hasta que caímos rendidos por el agotamiento. Ahora los tres estamos absolutamente seguros de que nuestra hipótesis es cierta, pero tenemos que constatarla: No somos nosotros quienes hemos roto estas vasijas. Ninguna de las ánforas que hemos encontrado hasta ahora está completa, como si fueran los restos de loza rota y desaprovechada de una antigua población nativa del lugar. Tenemos la sensación de que la cima del monte es artificial, formada por siglos de arena compactada contra toneladas de arcilla cocida. Como si este sitio fuera una especie de basurero. Es cierto que ya habíamos visto cosas similares, sobretodo reaprovechando los materiales como mortero para construcciones, pero… sigue siendo extraño, por la cantidad. No dejan de salir nuevos fragmentos de alfarería, pero la mayoría de las piezas no coinciden. Como si toda la región hubiera decidido dejar caer sus fragmentos de loza y sus viejas herramientas estropeadas aquí, pese a que las costumbres funerarias del Neolítico incluían el enterramiento con las pertenencias del difunto. Creo que estamos sobre algo importante, pero con las pruebas actuales, solo divago. 14 de Abril de 1926. No hay tiempo que perder, esto es importante: Hemos seguido excavando y analizando los restos


de alfarería, hemos encontrado fragmentos más antiguos, y hay un patrón. Cuanto más excavamos, más antiguos son los restos, pero también más abundantes. Esto no era el basurero de una región, esto era un depósito, un depósito usado al menos durante varios siglos. Tengo que trabajar. 25 de Abril de 1926. Hemos descubierto algo en el Área 1, la primera que abrimos. Es una roca rectangular tallada, de grandes proporciones, unos dos metros de largo por uno de ancho; aún no conocemos su alto, pero es de suponer que es un altar. Un altar. Bajo restos de alfarería neolítica del milenio VII antes de Cristo, puede que anterior. Esto revoluciona nuestra concepción de la Historia de la Humanidad, los ritos funerarios ya estaban organizados un milenio antes de lo que habíamos datado. Aunque estamos centrando nuestra atención en esa área, hemos decidido avanzar lento pero despejar las colindantes. Sin duda, hemos dado con algo importante. 28 de Abril de 1926. No hemos avanzado mucho más desde mi última entrada, pero el alta tiene ya medio metro de altura y algún tipo de motivo grabado en una de sus caras más amplias, que da al norte, pero aún no hemos podido limpiarlo y examinarlo adecuadamente. Las áreas colindantes están siendo despejadas y hemos dado con lo que, teniendo en cuenta la época y situación geográfica, suponemos es la cúspide de varios monolitos. Hay bastante separación entre ellos, uno seis o siete metros, y no parecen cumplir un patrón geométrico, así que es pronto para juzgar. Los ingenieros han sacado de su taller una serie de vástagos de metal, cada uno mide dos metros y medio de largo. Con pequeños taladros han perforado agujeros en todo el borde de la colina y anclado los vástagos en ellos. Les he preguntado para qué sirven pero no me han respondido, al parecer estaban demasiado ocupados. El Profesor Schmidt nos anima a despreocuparnos de esos nimios detalles y centrarnos en lo que podría ser el descubrimiento del siglo. 29 de Abril de 1926. No es un altar. Después de desenterrar medio metro del suelo, hemos descubierto que la piedra tallada se apoya sobre otro monolito, solo parcialmente descubierto. Hemos limpiado la piedra, apoyado papel de estraza sobre él y pasado el carboncillo; tanto Eric como yo estamos de acuerdo en que parece una forma primitiva de representar una mano en alto. Los ingenieros han levantado un perímetro alrededor de la excavación uniendo los vástagos con largas mallas metálicas. Siguen demasiado ocupados para responder para qué sirve eso y el Profesor insiste en que no me preocupe por esas pequeñeces, solo están ahí para disuadir a cualquier alimaña del desierto que se atreva a acercarse por la noche. 14 de Mayo de 1926. El calor es insoportable, pero trabajamos sin descanso. Escribo estas palabras mientras me tomo un respiro, durante las horas más intensas de sol, porque sería un suicidio seguir trabajando ahora


mismo. Sin embargo, el consumo de diésel del campamento se ha duplicado este mes. Los chicos están muy animados, después de desenterrar el monolito en forma de “T”. Mide nada más y nada menos que tres metros de altura, y toda la cara norte está grabada con una primitiva figura antropomórfica a la que solo le falta la cabeza. En contra de lo que escribí en mi última entrada, no es una roca apoyada sobre otra como los dólmenes típicos de esta edad prehistórica: Es una única pieza, tallada a mano, hace unos nueve mil años, probablemente. También desenterramos los otros monolitos, que tampoco son monolitos. Son pilares. Lo descubrimos cuando tras desenterrar sus dos largos metros encontramos un muro ancho y bajo, de medio metro de altura, que formaba un perímetro redondo y regular entorno al pilar, recubierto con relieves de animales diversos. Estamos convencidos de que son los cimientos de una pared, aunque dentro de los perímetros no hemos encontrado ningún tipo de utensilio, la verdad. Sea como fuere, hemos descubierto tres de estos edificios, suficientemente amplios para albergar a siete u ocho de nosotros cada uno, todos situados tras la “T” antropomórfica. Creemos que hemos dado con la entrada norte de un primitivo asentamiento humano datado hace nueve mil años, en el Neolítico, antes que cualquier asentamiento sedentario conocido en el mundo. Pero la emoción me desvía del tema que estaba hablando. Estamos tan ensimismados en la excavación que casi todos hemos estado de acuerdo en aprovechar el frío nocturno para acelerar la investigación. El Profesor Schmidt se mostró bastante complacido al respecto y ordenó a los ingenieros que pusieran las lámparas eléctricas y construyeran elevadores con madera y poleas, para vaciar de escombros la zona. Estamos ante algo importante, lo sé. Más importante que ese Niño Faraón. 16 de Julio de 1926. Y decía que el calor era insoportable. Pobre imbécil, prefería los últimos meses. Sin embargo, eso no nos ha impedido trabajar y apenas nos ha detenido. Hemos dejado de trabajar en dos periodos diurnos y hemos decidido empezar con las últimas horas de la tarde, acostándonos poco antes del medio día; eso nos obligaba a consumir bastante combustible, así que empezamos a ingeniárnosla con antorchas y linternas de queroseno. Hemos despejado buena parte del área norte del asentamiento y avanzado por el perímetro. Todos los escombros han sido amontonados al otro lado de la malla metálica, formando un pequeño muro ovalado a nuestro alrededor, aunque buena parte se ha ido desprendiendo ladera abajo. Solo han dejado una pequeña sección despejada, una entrada a nuestro yacimiento. Empiezo a preocuparme y preguntarme si no nos estaremos perdiendo algo de la civilización. ¿Habrá empezado una revuelta en Turquía? ¿Los franceses habrán reclamado otra vez el territorio? ¿O serán los británicos esta vez? Decididamente, tiene pinta de que nos estamos fortificando en la colina. Lo que hemos descubierto, hasta ahora, es una serie de edificios amplios y redondos, todos ellos con pilares situados en su centro; los más externos del complejo solo tenían grabados de animales, pero cuanto más nos acercamos al recién descubierto lienzo interior, más elaboradas son las figuras: Hemos datado altorrelieves de todo tipo de animales, como leones, lobos, cocodrilos y buitres, entre otros. También hemos descubierto que los monolitos antropomórficos estaban en parejas, situados dos al norte, dos al este y dos al sur. Ninguno conserva su cabeza y tienen muy desgastados sus


detalles, pero los seis parecen tener la mano alzada en alto al horizonte. Seguimos sin encontrar restos de alfarería más antigua, solo algunos cuantos huesos animales y fibras vegetales, aunque no sabemos si se trata de ropa o alimento. Damos por absolutamente cierto que este lugar albergó una amplia comunidad humana antes del Neolítico y, por lo tanto, la aparición de las costumbres sedentarias. Lo que no tenemos seguro es si se trataba de una ciudad, puede que la primera ciudad de la Humanidad, o solo un lugar de paso. Un lugar sagrado. Esta última deducción es mía y no me atrevo a comentarla por miedo a la vergüenza de un posible error. Hasta ahora, habíamos considerado que la religión surgió como una forma de organización interna de la sociedad: De la Ciudad a la Iglesia. Pero la parte que queda por desenterrar es demasiado amplia para tratarse de una sencilla casa más, y las figuras antropomórficas de las entradas se me antojan como representaciones de dioses impidiendo el paso a algún tipo de fuerza oscura primitiva: probablemente los demonios de la enfermedad y la hambruna, como aquellos que intentaban espantar los mesopotámicos. Además, respaldo el hecho con la falta de elementos cotidianos en las casas que hemos desenterrado. No hay loza, ni herramientas, ni cuentas; no hay absolutamente nada a parte de los fragmentos de loza acumuladas durante un milenio sobre la ciudad. Empiezo a pensar que los hombres y mujeres que vivieron en esta ciudad o solo estaban de paso o se marcharon sin intención de regresar. Eso podría deberse a un cambio de la ecología próxima, tal vez a una migración masiva hacia una tierra más fértil como la cuna de Mesopotamia, pero… eso no explicaría por qué, durante mil años, sus descendientes vendrían hasta aquí a arrojar sus restos de alfarería. Una tradición duradera, que se acabó olvidando, mucho antes de que naciera una de las dos primeras civilizaciones sobre la faz de la Tierra. Creo que este lugar fue sagrado y dejó de serlo. Y quisieron que fuera deliberadamente olvidado. 23 de Julio de 1926. Ya no tengo dudas. Empezamos a excavar el muro exterior. Son sillares de grandes dimensiones, algunos tallados en la roca de la colina y otros en las cercanías, según la composición de la piedra. Hemos mandado un equipo a explorar el entorno en busca de las canteras de las que pudieran haber traído los bloques con el fin de datar exactamente cómo de civilizados estaban aquellos ya-no-tan-primitivos humanos. Toda la cara exterior del muro tiene complejos altorrelieves, teniendo en cuenta las rudimentarias técnicas de la época, pero algunas figuras han desaparecido con el tiempo; toda la parte superior representan buitres, creemos, sobrevolando sobre las figuras borradas, de las que apenas quedan unas pocas desgastadas figuras cinomorfas devorando cadáveres. El Profesor Schmidt insiste en maldecir la inclemencia del tiempo sobre las obras de arte de la Humanidad, y aunque no hay ninguna prueba fehaciente de violencia física en el lugar, tengo la sensación de que los altorrelieves cinomorfos fueron deliberadamente arrancados de su lugar, basándome en unos pocos fragmentos que he podido encontrar. Nuestro guía cambió el aspecto de su rostro cuando las figuras aparecieron, algo asustado, pero Frida, que vivió con su padre en el Himalaya durante su infancia, aseguró que los budistas practican un rito funerario a cielo abierto en el que el cadáver es despiezado para facilitar a los buitres que lo descarnen; una vez han devorado toda la carne, machacan el hueso y lo mezclan con una masa similar a la del pan, para que terminen de devorar los restos. Estas tradiciones ciertamente brutales y


primitivas se repiten en algunos rincones del mundo, donde se dejan los cadáveres a merced de las alimañas. Encontrar aquel altorrelieve allí, más que una siniestra sorpresa, era la señal irrefutable de que yo tenía razón: Nos encontrábamos en una ciudad entorno a un templo funerario. El primero que había alzado la Humanidad, mucho antes del Neolítico. También descubrimos los primeros escalones ascendentes en la parte este, ahora nos queda despejar lo que, sin duda, es la parte más importante del enclave. 28 de Julio de 1926. Si cualquier persona racional pisara este yacimiento ahora mismo, alertaría a las autoridades sanitarias más cercanas para internarnos en alguna residencia para enfermos mentales. Y la verdad sea dicha, si tenemos constancia de que realmente no nos hemos vuelto locos, es porque aún somos conscientes y bromeamos respecto a nuestras propias excentricidades. Trabajamos tan duro que parece que solo lo hagamos de noche, pues casi nadie aguanta despierto tras el amanecer, cuando el frío nos obliga a arroparnos en nuestras mantas. Y hemos descubierto a alguno de nosotros poniendo en peligro la salud de sus ojos, trabajando si ayuda de linternas cuando la luna llena nos echa una mano desde el cielo. Pero hay que entenderlo, hoy en día, todo el mundo busca el yacimiento arqueológico del siglo, invirtiendo sumas inmensas de dinero que se pierden en años y años de esfuerzo fútil. Llegamos nosotros, clavamos una pala en el suelo y descubrimos el primer templo de la historia. Tenemos que ser rápidos y cuidadosos en datar todo este yacimiento y presentarlo a la comunidad histórica, antes de que nadie más lo sepa. De lo contrario, de repente centenares de hombres ricos e instituciones poderosas se presentarían en Ankara, como si de una subasta se tratara, amenazando u ofreciendo dinero con tal de derogar nuestros permisos y anteponer los suyos al resto de la competencia. Lo que sea con tal de ser los descubridores de este sitio. O sus destructores. No creo que a la Iglesia le haga mucha gracia este lugar. Si tenemos que sentirnos afortunados es por no haber encontrado ni oro ni ningún otro material precioso. Eso sí que hubiera sido nuestra condena. Ahora empiezo a sentirme bastante más tranquilo con la idea de tener el muro de escombros y la malla metálica cerrando el perímetro. Lo que me hace plantearme… ¿ellos lo sabían? Supongo que los ingenieros no, por supuesto, solo cumplen órdenes al igual que nosotros, pero… ¿Y el Profesor Schmidt? ¿Y la Universidad? Yo, por supuesto, no hubiera firmado ningún talón por excavar en la cima de un monte de piedra seca y polvorienta; y no creo que sea casualidad que, de todos los montes próximos de la región, sea precisamente el nuestro el que esconde un tesoro semejante. En fin, tampoco creo que sirva de mucho perder el tiempo en esos aspectos. Lo importante es que hemos desenterrado la escalinata, que da a un piso superior, una especie de plaza ovalada rodeada por una serie de monolitos T. Todos miden entorno a los tres metros de altura, diferenciándose apenas en unos cuantos milímetros entre ellos; en esta ocasión, algunos están derruidos, pero las evidencias apuntan a que los grabados antropomórficos se encontraban en las caras interiores, hacia el oeste. No comprendo muy bien los grabados, pero juraría que tienen las manos alzadas hacia el cielo, en posición de rezo u ofrecimiento.


Pronto lo sabremos. 2 de Agosto de 1926. Hemos despejado la mayor parte de la plaza y aún no entendemos qué estamos viendo. Los monolitos antropomórficos miran todos hacia un trono de piedra tallado en un sillar de roca, adornado con cuernos de uro, una primitiva forma de mostrar el vigor de un soberano. Lo más sorprendente es dónde se encuentra situado el trono, en la base de una monolítica cruz de diez metros de altura. Por un momento ha sido como contemplar una iglesia cristiana, con sus acólitos rezando cara al púlpito, bajo la cual se sitúa un cura. La escena, al amanecer, cuando hemos terminado de desenterrarlo todo, era asombrosa, con la luz incidiendo directamente sobre el monolito y proyectando una enorme cruz en el suelo. Por un momento me he replanteado si esto realmente ofenderá a la Iglesia, o si al final, resulta, que hemos encontrado el primer templo cristiano de la Humanidad, después de tantos siglos de dudas… 3 de Agosto de 1926. ¡Qué idiotas hemos sido! ¡No es una cruz! Supongo que estábamos demasiado cansados y desvariamos, pero me di cuenta cuando me levanté al ocaso. El sol se ponía bajando justo por la vertical de la monolítica cruz de diez metros de altura, ofreciendo una absoluta oscuridad al trono. El monolito carece de ningún tipo de representación o dibujo, a diferencia que el resto; extrañado, bajé de la plaza, subí al campamento y rodee la excavación. ¡Y allí estaba! ¡Qué ciegos fuimos! La T de siempre, grabada con formas antropomórficas, en posición de alabanza hacia la luz roja del atardecer, rematada por una enorme y pesada cabeza. Pero los rasgos de la cabeza no eran, ni de lejos, humanos. Reconocí de inmediato la figura de Anubis y me pregunté qué diablos hacía allí, en la frontera sur de Turquía con Siria. Qué diablos hacía el dios chacal tan lejos de su auténtico hogar. Obviamente descarté que fuera una representación del dios egipcio, como tal, pero sin duda alguna era una figura humanoide con cabeza de cánido, adorando la puesta de sol; y la amplitud de su base ofrecía la oscuridad a la plaza, donde deberían situarse sus adoradores. Aquel sitio era un templo, pero no a Dios, ni siquiera al sol. Era un templo a la oscuridad. Sí, suena siniestro, pero eran otros tiempos, y los mismos griegos la adoraban bajo el nombre de Nix. Tenemos que seguir investigando, a ver qué más encontramos. 4 de Agosto de 1926. El trono estaba en una posición elevada, pero los escombros nos lo habían impedido ver. A su alrededor hay un descenso relleno de tierra, diferente a los materiales de la plaza; excavando hemos dado con los primeros escalones a un nivel subterráneo. ¡Creo que hemos encontrado un edificio entero y en pie! Hemos empezado la excavación, pronto sabremos qué tesoros oculta el templo debajo.


8 de Agosto de 1926. Hoy, por fin, hemos podido acceder al nivel inferior. Lo que hemos hallado nos ha dejado a todos sorprendidos. Se trataba de una cámara ovalada semi-excavada en la cima de la colina, los altos contrafuertes que sostienen los arcos, sobre los cuales se levanta el pavimento de la plaza, están tallados con formas zoomórficas y rasgos vagamente humanos, al estilo adecuado de las deidades egipcias. Entre estas estatuas nada expresivas de temperamento hierático, con función de columnas, hay centenas de nichos excavados en la roca viva de la colina donde se acumulan centenares de huesos blancos y antiguos; la mayoría de los cuales hemos podido comprobar que eran humanos. Este hallazgo nos ha enmudecido a todos, y no en el buen sentido. Nadie habla al respecto porque todos sabemos que esto no puede existir, porque desafía por completo toda nuestra concepción de la Historia de la Humanidad. Aún no hemos datado los huesos, pero nuestro paleontólogo ha confirmado que se tratan de humanoides del Paleolítico; por el contrario, las figuras se asemejan en forma a las primeras estatuas egipcias y persas, datadas unos cinco mil años antes que las más antiguas conocidas. Para incrementar el misterio que envuelve a este lugar, han encontrado un túnel al fondo del osario. He visto con mis propios ojos el primer tramo y puedo asegurar que poseía, al menos, cuatro metros de ancho y más de dos de alto. No poseía decoración alguna, pero tampoco relieves ni mayores imperfecciones que los propios de milenios de agua filtrada desde la cumbre de la colina. Tras unos siete u ocho metros de descenso, el camino se interrumpe bruscamente a causa de un gran cúmulo de escombros. El equipo de ingenieros ha descendido y despejado el lugar de inmediato, dicen que para analizar las posibilidades de despejar el camino y seguir al frente. No sé si deseo con toda mi alma seguir bajando, o con toda mi sensatez, salir corriendo hacia Ankara. 9 de Agosto de 1926. Pasa algo extraño. Nadie quiere hablar de ello, pero todos lo sabemos. Las pieles están pálidas, los cuerpos demacrados, los ojos ojerosos, el pulso tiembla al sostener las tazas y los labios guardan largos silencios solo rotoso por algún ocasional murmullo. Llevamos meses trabajando bajo un clima infernal, llevando un horario inapropiado y una dieta insuficiente, asombrados por nuestros descubrimientos e hipnotizados por las sorpresas ocultas en sus entrañas. Pero ahora, empiezo a preguntarme si no estamos enloqueciendo. He estado ojeando los huesos, todos deslucidos, limpios y mordisqueados por mandíbulas poderosas de colmillos afilados. Revisé los pocos altorrelieves que se conservan, aquellas figuras cinomórficas devorando salvajemente los cuerpos humanos, y sentí un repentino, un intenso escalofrío, recorriendo mis espaldas mientras me invadía una terrible ansia al pensar en el sufrimiento que podría causar una muerte semejante. Por un momento imaginé los terribles alaridos de dolor que deberían haber emitido personas vivas y conscientes que hubieran podido sufrir un fin así… No tiene sentido, obviamente este sitio se trata de un templo funerario, la primera necrópolis de la humanidad, lo sé. Y aun así, un sudor frío en la sien me advierte de que intento negarme a mí mismo el significado obvio de las evidencias. Puede que el comportamiento de los ingenieros y el Profesor Schmidt estén contribuyendo a mi desconfianza o, sencillamente, que me esté volviendo paranoico a causa de nuestros lamentables y nada beneficiosos métodos de vida. Pero tengo la sensación de que todos ellos sabían perfectamente


qué iban a encontrar bajo la colina, y no puedo evitar pensar en la curiosa coincidencia de que cavamos justo encima de un lugar tan importante, o cómo fue el mismo Profesor el que descubrió los escalones al osario, o cómo ninguno de ellos sintió la más mínima aversión hacia la mirada oscura y hace largo tiempo vacía de todas aquellas calaveras paleolíticas. Ni tampoco mostraron asombro por los pilares zoomórficos, con cabezas de can. Sencillamente bajaron con sus picos, sus palas, sus contrafuertes y sus linternas, y empezaron a examinar el túnel. O al menos eso hicieron casi todos, porque uno de ellos se quedó arriba y arrastró en una carretilla una pesada caja de madera al exterior del perímetro mientras creían que todos dormíamos. Desembaló, luego, un pequeño generador eléctrico, alguna nueva invención que ellos mismos habrán diseñado, sin duda, al que llenó el depósito y conectó a la malla metálica. Y tengo la desagradable sensación de saber para qué funciona. 11 de Agosto de 1926. Despejaron el túnel y descendimos. El camino era muy largo y varios compañeros se sintieron tan agobiados por la inefable oscuridad y el absoluto silencio que decidieron hablar. Así es como todos confirmamos, con ayuda de los temores de otro, nuestras respectivas sospechas. Muy agitados y nerviosos, retomamos el camino hacia la superficie, dispuestos a hablar con el Profesor Schmidt para exigirle, si era necesario, que cancelara la excavación e hiciera desaparecer ese lugar de la Historia de la Humanidad. O al menos, que se buscara otro equipo. Pobres ilusos hemos sido. Cuando subimos, los ingenieros estaban armados con rifles a la espalda y revólveres en los cintos, colgándoles del pecho bandas de munición, linternas, cuerdas y pequeños botiquines de campo. Más que ingenieros, parecían un pelotón militar perdido en mitad del desierto; y estaba claro que el Profesor Schmidt era quien los dirigía. Se habían atrincherado tras un muro de escombros construido en lo alto de la colina, en el campamento, desde donde resultaba fácil vigilar la escalinata hacia el osario, y estaba más que claro que esperaban nuestro amotinamiento, por llamarlo de algún modo. Lo que no entiendo es para qué resultan necesarias tantas armas de fuego, no creo que seamos tan peligrosos. Intentamos dialogar con él, e intentó arengarnos para calmar nuestros ánimos y despertar, una vez más, nuestros ardorosos instintos arqueológicos; pero sus armas nos disuadieron más que ningún otro alegato. Uno de los muchachos salió corriendo hacia la alambrada, gritando que nadie le obligaría a quedarse allí atrapado, lejos de su familia. Intenté gritarle, detenerle, sabiendo qué iba a pasar, pero era demasiado tarde: En el momento en el que tocó la alambrada se quedó pegado a ella hasta que se secó el agua de su cuerpo ennegrecido. Atrapados dentro de un cerco electrificado de alto voltaje, acorralados por las armas de fuego de los ingenieros, salimos corriendo de vuelta a las profundidades de la tierra en busca de un refugio más seguro. Escribo estas palabras precisamente desde aquí abajo, a la luz de una linterna, en una cámara ovalada y abovedada de paredes apenas rugosas, cubiertas por decenas de gravados y bajorrelieves recubiertos de tintes y esmaltes. Las figuras me son extrañas y enigmáticas, mucho más elaboradas que simples caracteres prehistóricos como los de Altamira. Pero si algo es asombroso y escalofriante a un mismo tiempo es esa puerta negra, lisa, brillante, que se encuentra en el extremo opuesto y a la que ninguno de nosotros ha atrevido acercarse. Hemos asentado una especie de campamento en el extremo de la sala por el que llegamos y


ninguno se aproxima a la puerta que parece de basalto. Todos padecemos un repentino miedo irracional, similar al que siente un niño hacia un pasillo a oscuras, o al ruido que proviene desde debajo de su cama. Y no sé por qué, pero eso me preocupa. Es como si todos, subconscientemente, supiéramos qué hay detrás de la puerta, y supiéramos que es innegablemente malvado. De lo que estoy seguro es de que todos sabemos que esa puerta no debería estar ahí, esta cámara, estos grabados, estas estatuas: Nada de esto debería estar aquí abajo. 13 de Agosto de 1926. Nos turnamos para dormir y vigilar el camino, o al menos es lo que intentamos, pero el nerviosismo empieza a volverse cada vez más intenso. Apenas trajimos comida desde la superficie, y tras dos días de cautiverio, se empiezan a agotar nuestras pequeñas reservas de agua. Algunos hablan de subir a la superficie, pero sé que nos esperan. Puedo verlos, con sus armas, cargadas, apuntando, esperando… Sé que nos quieren muertos. Agosto de 1926. Mi reloj ha dejado de funcionar, ya no puedo calcular cuánto tiempo pasamos aquí abajo. El queroseno de las lámparas empieza a agotarse también y no sé durante cuánto tiempo más podré permitirme seguir escribiendo este diario. Así que he decidido datar todo y acercarme a la puerta mientras me sea posible. Todos se han mostrado bastante recelosos ante mis intenciones y han insistido en impedirlo como les ha sido posible. Primero intentaron disuadirme, luego me refrenaron agarrándome de los brazos e intentando mantenerme junto a ellos. Incluso vociferaron cuando me liberé de sus presas y crucé la mitad de la sala, más allá de donde se atrevieron a seguirme. Incluso desde la otra punta de la sala, me observan con miedo y murmuran algo, no me importa, tengo que datarlo. Pretendo salir de aquí, y me llevaré cuanto pueda llevarme conmigo. La entrada, a un extremo de la sala, está formada por un sencillo arco excavado en la roca viva; sobre él se alza un altorrelieve semiesférico de un tono ligeramente más amarillento que el reto de la roca local. A la altura de la parte superior de la abertura, en la derecha, hay un grupo de figuras humanoides y achaparradas, huyendo de las bestias salvajes; en las escenas sucesivas se puede distinguir cómo son cazados y van muriendo sin remedio, incapaces de cazar por sí mismos. En la siguiente escena, a mitad de la pared derecha, puede distinguirse a las figuras reunidas sobre un arco rectangular negro, dibujado probablemente a tizón. Algunas de las figuras huyen en la siguiente escena mientras las otras desarrollan primitivas herramientas con las que cazar. La última escena de la pared derecha, situada junto a la base de la puerta del extremo opuesto de la sala, puedo distinguir las figuras de rodillas, en posición de adoración, mirando hacia esta. La puerta mide unos cuatro metros de alto y otros tantos de ancho, ocupando la completa amplitud de la curva que forma en este extremo la pared. Las esculturas que flanquean la Puerta no son muy diferentes a las que hallamos en el osario, de expresión fría y enigmática, como si encerraran en su interior una misteriosa comprensión que escapa al sencillo y ridículo entendimiento humano. Poseen cuerpo de humano, con los pies cubiertos de polvo y las manos culminadas en largos dedos, tal vez garras, con testas de can similares a la de Anubis, pero con una sombra mucho menos amable. La puerta en si poco tiene de descriptible: son dos losas de basalto,


definitivamente sí, se trata de basalto, negro, frío y perfectamente pulido, entre las cuales apenas he logrado introducir siquiera una hoja de este diario. Ni grabado, ni relieve ni inscripción alguna. Al principio, su gélido tacto me resultó indefiniblemente desagradable, repulsivo hasta límites que jamás había imaginado en una mente humana, más intenso que cualquier fobia; ningún crimen se hace a los ojos de la consciencia tan repugnante. Pero a medida que pasan los silenciosos segundos frente a esta puerta, hay algo en ella que más intensamente me atrae, como si me hiciera una silenciosa promesa. Al otro lado, junto a la base de la puerta en la pared izquierda, hay un grupo de criaturas humanoides con cabezas alargadas, similares a las de un can; el mismo número que se arrodilló ante la Puerta. Las figuras ascienden a la superficie, en la siguiente escena puede verse cómo devoran a otras bestias, a otras bestias como las que ellos mismos fueron una vez, y cómo las someten. Crean herramientas, doman a los salvajes, les enseñan a usarlas. En la siguiente escena están tallando el túnel y esta misma caverna, y sobre ella, las bestias simiescas construyen una gran cruz. Las figuras se sientan en un trono bajo la cruz y son adoradas por las bestias, en parte como sacerdotes, en parte como reyes; y algunas se sacrifican. Las siguientes escenas son diferentes, no están talladas en la roca, solo pintadas, y son las que peor se conservan; puede que ya en un principio estuvieran muy deterioradas. En una de ellas se ve a todas las figuras devorando siervos al mismo tiempo y nadie sentado en el trono, la Puerta está sola, muy debajo de ellos. En la siguiente, se ve a las bestias simiescas y abotargadas reunirse con las herramientas en las manos, defendiéndose de los ataques depredadores de los cinocéfalos. En la siguiente escena se ve a las figuras, ya humanoides, más definidas, enfrentarse a los primeros y derrotarlos, obligándolos a huir junto a la puerta. En la última escena, los cinocéfalos vuelven a adorar a la puerta y el túnel está cerrado; las bestias de las Tierras de la Luz lo han cerrado. Ojalá pudiera abrirla, seguro que arriba tiene dinamita. Sí, no sé por qué, pero quiero abrir esa Puerta, quiero saber qué se esconde detrás de la puerta; si pudiéramos subir, si pudiéramos combatir, si hubiera alguna posibilidad de sobrevivir… Agosto de 1926. Puede que haya escrito la última entrada hace un par de horas, o puede que hayan pasado días. Lo cierto es que no podía imaginar que en la oscuridad, un humano, pudiera perder de una forma tan intensa la percepción del paso del tiempo. Digo en la oscuridad porque he dejado de encender la lámpara más que para escribir estas entradas. Ya no necesito su cálida luz para sentirme seguro, es más, empieza a marearme. La puerta me ha enseñado a apreciar el frío y la oscuridad. Su susurro es astuto, sabio y hábil. Otros se han acercado con curiosidad hacia la Puerta y todos la han tocado al menos una vez, pero solo yo me he atrevido a dormir apoyado contra ella y solo yo mantengo el oído pegado a la Puerta. Los demás que han venido me admiran por ello, los otros sienten miedo hacia nosotros, una aversión que no había visto en los ojos humanos siquiera ante los más denigrantes criminales. Nos temen. Y me parece bien, porque deben. No tenemos ni comida ni agua, y no sé cuánto tiempo ha pasado. Mis tripas gruñen y siento como mi grasa se consume, también he empezado a sentir la boca pastosa y la lengua hinchada, empieza a costarme pronunciar las palabras; y no soy el único al que le pasa. Algunos están tan débiles que han caído enfermos, y si aguantamos tanto tiempo es, de seguro, por la protección de


esta fría oscuridad. Arriba nadie da señales de vida. Agosto de 1926. Hambre, sed. La Puerta susurra. Huele a miedo. Y a sangre, sobre todo a sangre. Una de las mujeres, creo. Y el olor es dulce. Nunca había olido sangre. ¿O sí? No lo sé, pero es dulce, y tengo sed. ¿Sabrá dulce? Sí. No. No lo sé. Creo que estoy perdiendo la cabeza. No lo tengo muy claro. Tal vez. ¿Y la carne? Tengo hambre, muchísima, me tiembla el pulso al escribir, quiero comer. Un filete, un filete bien grande, tierno, jugoso, que se deshaga en la boca. Su sabor, saliva, se me hace la boca agua. Tengo hambre. Dios, por favor, te necesitamos, sálvanos. Sálvanos de ellos, del hambre, del miedo, de la locura. De la Puerta. Esto no tiene sentido, somos seres racionales, civilizados. ¿Cómo puedo pensar en esto? La Puerta susurra. Esperanzas, susurra, promete la vida, susurra. Y yo quiero vivir, y otros quieren vivir. Todos estamos enfermos, pero los que estamos junto a la puerta aún conservamos nuestras fuerzas. Si pasa mucho más tiempo, los otros morirán. Su carne se pudrirá, será cruel, insectos, ratas, enfermedad… moriremos todos. Ella lo dice. Debo evitarlo. ¡No! No… No podemos. Hay otros modos. Tiene que haberlos. No podemos caer tan bajo. ¿O sí? Dios, no quiero, no sé si quiero. Pero debemos sobrevivir, la Puerta dice que debemos sobrevivir. Por el amor de Dios, por favor, alguien, quien sea, dime, cómo. ¿Qué debo hacer? Es odioso. Solo Ella responde. La Puerta susurra. Agosto de 1926. Lo hemos hecho. Todos tenían miedo, todos tenían duda. Pero hay que sobrevivir. Yo di el primer paso, en la oscuridad, mientras nadie veía, mientras nadie oía, fue fácil. Palpé en la oscuridad, sentí su piel, casi fría, seca, pero blanda y tierna, y hundí en ella mi mandíbula. Intentó gritar. Otros se movieron, preguntaron, no había respuestas. No para ellos, solo para mí. Solo la Puerta responde, y solo a quien conoce las auténticas preguntas. Su sangre estaba dulce, caliente, mucho, sabe bien, podría acostumbrarme. Los tendones son duros, complicados, el músculo cuesta desgarrarlo, pero la Puerta dice que es cosa de práctica. También sabía bien, como a cerdo, pero más tierno, más sano. Alguien encendió una luz, me cegó, hubo gritos, me aturdieron. Alguien se lanzó sobre mí, patadas, pero otro saltó sobre él. Más gritos, y miedo, mucho miedo, apestaba a miedo. Qué dulce es el olor del miedo. Hubo otros gritos, las luces se apagaron, se hizo el silencio. Ahora los enfermos no sufren, descansan tranquilos, su enfermedad era triste, no querían vivir, es duro pero es cierto; ahora descansan en paz, sin sufrimiento. Y los sanos nos reponemos, queremos vivir, tenemos comida, tenemos bebida.


Dios, la Puerta me felicita, qué he hecho. Lo pienso, se me revuelven las tripas, siento náuseas. ¿Asco? No, no es asco, es… es… ¿Hambre? Tengo más hambre, esa carne estaba tan… La Puerta dice que soy un buen líder, un buen maestro. Qué les he enseñado, por qué lo he hecho. Teníamos hambre, no había otro medio, ellos lo saben, yo lo sé. La puerta susurra, no debería escucharla. Pero nos ha salvado. Ella nos ha salvado… La Puerta susurra y debemos… ¿escuchar? Agosto de 1926. Abrí los ojos, lo vi todo claro. Vi nuestras mandíbulas, alargadas. Vi nuestras garras, afiladas. Vi nuestros cuerpos, hambrientos. Vi las paredes, la historia desvelada. Atar-hasis. Vi nuestro poder, la Puerta nos lo ha regalado. Sí. Poder en nosotros. La Puerta promete. Podemos ver. Podemos oír. Podemos oler. La Puerta dice que la Gran Estrella no vigila, bestias inferiores duermen, nuestra es la hora. Subir, matar, comer, dinamita, bajar. La Puerta suplica, ordena: Quiere ser abierta. Obedeceremos. […] (A partir de aquí, el texto es absolutamente ilegible.) Diario del Profesor Kummer, miembro de la Expedición Algol, desaparecida en Turquía durante 1926. Texto hallado en una colección privada anónima de Ankara; los descendientes del difunto propietario exigieron un contrato de confidencialidad sobre su identidad.

Escrito por Soren.


Obertura. Qué día tan horrible. Heinrich se encogía sobre sí mismo, hecho un ovillo, en un rincón de la carroza que ascendía por aquel camino endiabladamente empinado, hacia la cumbre del pico. El joven muchacho de unos diecisiete años permanecía hundido en la oscuridad, con los ojos cerrados y muy apretados, haciendo pasar con sus nerviosos dedos cada una de las cuentas del rosario, totalmente absorto en sus plegarias. No era para menos, en absoluto. El camino había sido duro y empinado casi desde su inicio, pero a medida que se acervan al Fegefeuer Schule, el camino no sólo se volvía más inclinado, si no también más estrecho y más crudo. Las ruedas de madera botaban continuamente al hundirse en los baches o chocar contra pequeñas piedras del camino, desprendidas de la cruda ladera rocosa que se erguía a un lado, como una pared de cuchillas incrustadas; al otro flanco del vehículo sólo se extendía un inmenso vacío, hermoso al principio, desde el que se podían contemplar los preciosos parajes de los montes suizos. Pero ahora, los cielos dejaban caer toda su furia sobre aquel lugar. Apenas habían abandonado el último pueblo, las nubes se habían arremolinado sobre la montaña y tornado de un color negro como el carbón. Los truenos empezaron a retumbar sobre sus cabezas como si se estuvieran disparando salvas de cañones, y la luz de los mismos era la única fugaz iluminación, pues la tempestad había convertido en noche el día. El aguacero no tardó en caer, aumentando su intensidad en cuestión de minutos hasta convertir la ladera en una fiera catarata de torrentes que el conductor sorteaba casi milagrosamente. Era como si los cielos se hubieran propuesto arrojar de un manotazo al carro, descargando sobre él todo su arsenal natural. El muchacho tenía el corazón en la garganta, y que el cochero hubiera acelerado el trote de los caballos no mejoraba la situación. Cada vez, el carro avanzaba más rápido y más inclinado, a cada curva del camino daba un bandazo y con cada nuevo bache un nuevo salto, dando una sensación de vértigo inmensa que hacía pensar a Heinrich, por un segundo en cada ocasión, que finalmente se había precipitado barranco abajo. Incluso creyó escuchar un derrumbamiento tras ellos, entre el eco de un temible trueno que iluminó los cielos durante, al menos, un minuto. Rezó, rezó con más voz y más fe que nunca, porque si alguien podía salvarle de tan inefable destino, sin duda, era Dios. Y el coche frenó. Escuchó el chirriar de una verja abriéndose y los cascos del caballo, agotado, al trote. La caja negra como un féretro avanzó y lo balanceó con suavidad, recuperando la completa horizontalidad, y el fervor del aguacero golpeando con crudeza el techo mermó hasta convertirse en un suave rumor. Un par de golpes resonaron contra la caja, golpes de nudillos, y al poco un mayordomo vestido de negro y armado con un enorme paraguas cóncavo abrió la portezuela. -Señorito, es un placer recibirle en nuestra escuela-dijo con un tono frío y aséptico, tan común en los mayordomos ingleses, que nunca pierden la paciencia. Heinrich alzó la mirada. Los truenos seguían iluminando los cielos de tanto en cuanto, pero los negros nubarrones habían quedado lejos, y ahora su lugar lo ocupaban nubes grises, entre las cuales se habría hueco un tímido sol de atardecer, que con su tono rojizo teñía las aguas de un amplio lago y arrancaba luces de colores a la lluvia que lentamente amainaba. Saltó del carro y estuvo a punto de desfallecer, cayendo de rodillas sobre el sólido suelo embarrado del camino. Pero logró conservar la compostura. -Del equipaje se encargará el servicio, señorito-añadió con aquella misma voz carente de emoción ni opiniones, al ver cómo Heinrich echaba mano a sus maletas-. Acompáñeme. Heinrich tentado estuvo de abrazarse al mayordomo, pero conservando la calma apropiada de su alcurnia y domando a su desbocado corazón, logró seguirlo con la cabeza alta, aun respirando nerviosamente, camino a la enorme puerta de madera que daba acceso al viejo castillo suizo. Un nuevo chirrido captó su atención, a sus espaldas. Se giró y miró por encima del hombro cómo se cerraban las verjas de la escuela. Dejó de tronar allá arriba, mientras se dispersaban las nubes del cielo. Primer Acto.


El joven Heinrich cabeceaba, a medio camino entre el cansancio y el aburrimiento, sobre las páginas ajadas de un viejo libro de lomos desgastados, acariciado por los rayos solares que se filtraban a través del enorme ventanal de la biblioteca. Más allá de los cristales emplomados se extendía un amplio parque verde adornado con algunos setos de coloridas flores y una gran fuente de piedra, cuya cristalina agua caía en cascada a través de sus tres amplios platos superpuestos. Algunos jóvenes estudiantes y profesores de la escuela caminaban por allí, aprovechando sus pocas horas libres, previas al ocaso. Más allá, un oscuro bosque vestía la falda de una empinada ladera, y el pico, oculto entre algunas perpetuas nubes, cubría con su sombra, tan protectora como amenazante, el edificio. La biblioteca, por su parte, era una salía amplia y bastante fría, de suelo entarimado y paredes formadas por enormes sillares de roca gris, sobre los que se apoyaban los gigantescos armarios y estantes de madera oscura que guardaban centenares de tomos de conocimiento. En mitad de la sala, entre el grueso portón de madera maciza adornado con los bajorrelieves de sabios griegos y la amplia cristalera, se extendían amplísimas mesas considerablemente pesadas, dotadas de altos candelabros donde clavar velas de sebo, y flanqueadas por bancos donde tomar asiento. A los laterales del amplio salón podían encontrarse escaleras de caracol, construidas en negro hierro forjado, por las que ascender al segundo nivel de la biblioteca. Largas vigas de madera sostenían el suelo de ladrillo, reforzados por algunos pilares de aspecto clásico que enmarcaban los estantes del nivel inferior; sobre el otro nivel, aún había más pasillos formados por más estanterías, aquellas de maderas menos nobles y menos pesadas, con más de otro centenar de volúmenes. Y allá, arriba del todo, un desnudo techo abovedado sostenido por contrafuertes y arcos. Aunque habían intentado que pasara desapercibido, los motivos naturales y las reminiscencias clásicas junto al ladrillo revestido de entarimado resaltaban contra la crudeza del muro de roca. Fegefeuer Schule era una honorable institución dedicada enteramente a la plena instrucción de los jóvenes descendientes, y probables herederos, de los hombres más poderosos de Europa y parte del extranjero fundada en torno a mediados del siglo anterior. Sin embargo, el edificio principal era mucho más antiguo y ocultaba historias de personajes mucho más ancianos, erigido por guerreros en la Alta Edad Media, aunque restaurado, modificado y ampliado durante los sucesivos siglos. Respecto al joven Heinrich, que casi dormitaba sobre su libro, era el joven tercer hijo de un conde bávaro. Tenía que haber tomado los hábitos, pero el destino quiso que aquel miserable año los franceses osaran invadir las tierras germánicas, forzando a su padre y el mayor de sus hermanos a presentar batalla. La victoria había sido suya, pero a un precio desconsiderado: Muchos primogénitos heredaron antes de tiempo, y otros con menos fortuna, habían cedido su cargo a sus familiares más jóvenes. Así fue cómo Heinrich, educado entre sacerdotes y mujeres para tener un carácter afable y piadoso, se encontró segundo en la línea sucesoria de los títulos de su familia; y como no había sombra alguna de ardor guerrero en su sangre, había que asegurar de algún modo su futuro. Los tiempos cambiaban. Sí, la guerra seguía siendo guerra y los nobles seguían siendo nobles, pero la plebe ya no era la misma. Ahora, en la segunda mitad del decimonoveno siglo, cualquier hombre por solitario o mujer en compañía podía ascender muy rápido mediante la invención de nuevas tecnologías, la dedicación a la industria o la Bolsa. Eran tiempos donde la aristocracia ya no solo la formaban méritos militares; y Heinrich parecía adecuado para una vida culta y completamente formada. Así se había decidido que el muchacho partiría hacia Suiza. El cambio tampoco supuso ningún desagrado. A Heinrich le gustaba estudiar y aprender, y detestaba los excesos propios de la violencia; sin embargo, a medida que la pubertad formaba su carácter, tampoco había asimilado gratamente su futuro como sacerdote. En cierto modo, se sentía aliviado con el cambio. Sin embargo, el giro del destino había sido repentino: se había unido a la escuela en la última semana de Octubre, y sus compañeros le aventajaban. Motivo por el cual estudiaba en la biblioteca a aquellas horas, en vez de disfrutar uno de los últimos, aunque fríos, agradables atardeceres del año. -Tengo la impresión de que no te había visto antes por aquí. La voz, dulce y cantarina, lo arrancó de sus cabezadas con una violenta sacudida. Se giró hacia la


voz, en el piso superior, y vio allí asomado a un muchacho de edad similar a la suya y piel muy morena. -Ha… hace poco que llegué, señor. El otro muchacho descendió alegremente los escalones de hierro y se dirigió a grandes zancadas junto a Heinrich. -¡Nada de señor! No me gustan todos esos formalismos-dijo con tono enérgico-. Es un placer conocerte-añadió, recorriéndolo con la mirada hasta fijarse en sus ojos a la vez que extendía su mano hacia él-, y créeme, no es un mero formalismo-sonrió. Heinrich se quedó un momento quieto y pensativo, algo desconcertado por la repentina aparición del extraño. No era habitual que en el silencio de la biblioteca alguien apareciera inesperadamente, pero en aquel momento allí no había nadie más, y los ojos cansados del bávaro picaban. Finalmente se repuso y le devolvió el apretón de manos. -Gracias, supongo-titubeó-. Soy… Heinrich, ¿y usted, señor? -¡Nada de señor, por favor!-exclamó sin perder la sonrisa- Y lamento mi pésima educación, no sé cómo pude pasar por alto presentarme: Me llamo… bueno, no creo que te sea fácil pronunciar mi nombre, es algo extraño. Oh, bueno, puedo tutearte ¿verdad? -Eh, sí, por supuesto-Heinrich no era una persona amigable, pero tampoco hostil; aunque el carácter del extraño era avasallador, había algo realmente encantador y misterioso en él, algo que lo relajaba al instante-. ¿Por qué dice usted…? ¿Por qué dice eso? -Porque en Oriente se emplean nombres que en Europa resultan extravagantes, cuántos hombres eminentes del este han visto irremediablemente transmutados sus propios nombres. No, yo prefiero ponerlo más fácil: Llámame Gagner. Heinrich recorrió con la mirada al extraño muchacho. Era alto, un poco más que él, pero el pantalón, el chaleco y la levita negra del uniforme escolar dejaban entrever una figura esbelta. Las manos eran delgadas y los dedos largos, sin ninguna marca característica, pero el apretón era firme y fuerte, de forma muy parecida a sus propias manos, aunque estas fueran de tez bien blanca; los rasgos de su bronceado rostro eran proporcionados: unos finos labios oscuros, una alargada y estilizada nariz, unos ojos oscuros, casi negros, ligeramente almendrados, unas arqueadas cejas y una negra cabellera lisa peinada con la raya a un lado; en esto, Heinrich era absolutamente lo contrario: sus labios eran sonrosados, sus ojos del color azul del cielo y la cabellera rubia, ligeramente rizada, todo enmarcado en una piel blanca como la nieve. Lo cierto es que Gagner parecía de origen árabe, probablemente otomano, aunque vistiera y peinara según la moda europea, lo que tampoco era extraño. El Imperio Otomano tenía una larguísima historia inevitablemente ligada a Europa, en esos mismos momentos aún controlaban la Hélade. Y por terribles que fueran las diferencias religiosas, el nuevo siglo había traído consigo la expansión de los territorios, la mejora de las rutas comerciales, la apertura hacia nuevas culturas y la alianza entre gobernantes. Por muy abominable que a algunos les resultara, era inevitable que otomanos y europeos acabaran entremezclando si no sus culturas, al menos sus sangres. -Gagner-repitió-. También es un placer para mí-y logró retener el “señor” justo a tiempo. -No lo dudo-bromeó-. ¿Y qué ata a un joven a esta aburrida biblioteca? Llevo todo el mes buscando los libros interesantes, pero deben tenerlos bien escondidos, en otro sitio. -Acabo de llegar y estoy bastante retrasado en mis estudios-resopló-. Me temo que tardaré semanas en ponerme al día. -Menuda jugarreta del destino. -¿Y ust… y tú? -Como he dicho, buscaba alguna lectura entretenida para evadirme de este purgatorio-bromeó con un juego de palabras-, pero no hay nada más que libros de ciencias varias y absurda teología cristiana. Aunque inapreciable para quien no conociera aquella escuela, el juego de palabras de Gagner era bastante obvio y sencillo: Fegefeuer Schule tenía por misión, según decían sus profesores, purgar de la incultura y las malas costumbres a todos sus alumnos, encaminándolos a una visión elevada sobre la vida y la educación, por un bien mayor.


-Esta escuela… tampoco me parece tan terrible. -Ah, joven ingenuo e insensato, hablas con la voz de la ignorancia y desde la carencia de la experiencia-replicó fingiendo hábilmente una voz rasgada y envejecida, con tono gruñón-. Sobre el dintel de las puertas de este edificio debería estar escrito, en grandes letras de bronce, siempre iluminadas por vivas antorchas, aquello de “Es por mí que se va a la Ciudad del Llanto, es por mí que se va al dolor eterno y el lugar donde sufre la raza condenada, yo fui creado por el poder divino y no hubo nada que existiera antes que yo. Abandona toda la esperanza si entras aquí.” Heinrich soltó una carcajada. Cuando recordó en qué lugar se encontraba, la contuvo rápidamente, amortiguándola con una sonrisa, pese a que no hubiera siquiera bibliotecario al que molestar. -Es usted el más irreverente exagerado que he tenido el placer de conocer. -¡Te dije que nada de usted! -Lo recuerdo, pero te castigo-añadió, en un claro tono de burla-. Te castigo por tu impiedad contra Dios y contra Dante Alighieri, por profanar sus versos de un modo tan vulgar. -¡Oh! ¿Tan seguro estás de eso? Pues aún puedo ser más impío, pero sensato, y asegurar que esta escuela la dirige el mismo Satán. Heinrich tornó el rostro, un poco incómodo. -Eso sí ha sido excesivo-dijo con tono más grave, pero luego recordó que hablaba con un turco y supuso que, para ellos, mencionar el nombre de Satán no sería tan grave, dado que no formaría parte activa de sus creencias-. Además, si tal aseveración fuese cierta ¿cómo iba a permitir Dios la condenación eterna de mi alma tan a la ligera? ¿O se atreve usted a dudar de mi inocencia? Esta vez fue el rostro de Gagner el que varió a lo dramático, dándole la espalda a Heinrich y agravando su voz, mientras su figura se perfilaba contra los verdes prados y la gris ladera. -Ten en cuenta que, por más impiedades que tenga la desfachatez de proclamar, no dudo ni un momento de la ortodoxia de tu voluntad ni la pureza de tu alma, Heinrich. Pero sí dudo de Dios, y de su auténtica naturaleza. -¿Cómo… cómo puedes insinuar eso? -Es un tema que habitualmente crispa y enerva, y más a aquellos que ofrecen su vida a Dios, por ello no quiero empañar nuestra recién formada amistad con tales habladurías. No al menos que tú te consideres capaz de soportar mis ideas. Heinrich guardó silencio, sentado, meditando sobre aquel curioso otomano con el que estaba hablando. Y finalmente se decantó por pensar que, cómo iba un turco a sentir piedad por un Dios que no era el suyo, y qué insensatez sería entonces ofenderse por cualquier cosa que pudiera decir alguien de una cultura tan diferente y exótica a la propia. -Creo que podré soportarlo. Es más-añadió en tono de broma-, puede que pueda hacerte ver la luz. -Oh, eso sería una auténtica proeza-carcajeó-. Lo cierto es que sostengo la existencia de Dios, pues solo una sapiencia infinita y todopoderosa puede ordenar la infinita magnitud del universo con tan preciso orden que, pese a parecer un absurdo y completo caos, persiste a incontables eras cumpliendo periódicamente a las mismas funciones, con una abrumadora y meticulosa exactitud que no puede ser comprendida por ningún inglés ni plasmada por ningún suizo en ningún reloj. -Pues bien, he ahí cómo es que Dios es benevolente en su naturaleza. -He ahí cómo es Dios de preciso y exacto. Porque Él es el primero y de Él provienen todas las cosas; y por tanto, de él provienen todas las epidemias que arrasan a animales y gentes, todas las hambrunas que a menudo nos debilitan, todos esos inmensos y brutales baños de sangre, toda esa muerte, que lo mismo alcanza al anciano en la plenitud de su vida como al joven, que empieza a formarla. -Pero las Sagradas Escrituras mencionan que los Jinetes del Apocalipsis son el castigo a la Humanidad mortal por el Pecado Original. -¿Y estabas allí para verlo por ti mismo?- Heinrich guardó silencio, frunciendo el ceño, sin comprender a qué se refería.- ¡Ah! Triunfo para mí. Las Sagradas Escrituras las escribieron humanos para humanos, y Dios me parta con un rayo si realmente hubo alguna intervención divina.


Y es así cómo todo el Génesis no es sino una infame mentira para explicar un pasado que se ignora, devorado por el tiempo. -¿Y para qué diantres iba un hombre a inventar semejante calumnia contra toda la Humanidad? -Para esclavizar.- Heinrich se horrorizó ante aquella respuesta.- No me dirás que es impropio de la naturaleza del hombre: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit”; Así es como un hombre convence a muchos de que están condenados junto a todos sus hijos, salvo si se unen a su fe, porque él, un miserable mortal más, puede limpiar con agua ese pecado original. Y estos borregos, manipulados desde su mismo nacimiento, llevarán a sus propios descendientes a bautizar, sacrificando su ingenuidad al imperio de otro y la posteridad. -Tus blasfemias no son más ciertas por citar a Hobbes. -No es lo que intento, citaba a Plauto. Los sabios griegos carecían del sometimiento a Dios, bienaventuranza de haber vivido en una era previa al que lo inició todo-replicó con tono burlón y cruel-. Y pobres desgraciados los que se opusieron y procuraron conservar su propia fe, su propia visión del mundo: Los avasallaron mediante la guerra, el ostracismo y el fuego desde sus propios inicios; así consiguieron un emperador cristiano y así se extendieron por el mundo. Sabes que no miento, porque puede que la antigua historia no lo refleje, filtrada por siglos de clero, pero no ha pasado tiempo suficiente para que se olvide Salem. -¡Son fanáticos! -¿A caso no se quemaron “brujas” en España hasta el siglo pasado? -¡Más fanáticos! -¿Y el resto de Europa?- Heinrich guardó silencio.- Incluso un siglo después de aquellas barbaries, buscáis otras que cometer; y las que os quedan por delante, son dignas de… Se silenció, respiró hondo y se relajó. -Pero todo eso lo ha hecho el hombre. -¿Y qué es el hombre si no la criatura favorita de Dios, tan solo superada en perfección por sus ministros, los ángeles? Y si por el contrario, no sois tan perfectos, ¿cómo es que Dios permite que representéis su voluntad y no envía a un emisario más apropiado, como tantas veces previas se supone que ha hecho? -Me confundes. ¿Crees o no crees en Dios? -No creo. ¡Sé! Dios existe y es un hecho irrefutable constatado en un millar de hechos: En la magnitud del universo, en la perfecta armonía del sistema solar, en la compleja unidad de un millar de átomos, en el abrigado pelaje del oso polar y las coloridas plumas del pavo real, en el ardor del sol que calienta y el frío rostro de la luna que las aguas enerva, en la vida que tales proporciones de hechos genera, en la existencia de mil tipos de flora y fauna, y en la brillantez desarrollada tan solo por una: El Hombre. Pero Dios no es bueno, o no es el Dios al que tú adoras, porque Dios creó todo eso y mucho más: Creó a los ángeles y los armó con luz y fuego, y pudiendo destruir a los demonios les dio un reino aparte, y pudiendo evitar que cayera en manos del Hombre el conocimiento de las armas y la cosmética, la concepción de la moral y el pecado, os dio de lado. Creó al Hombre a su imagen y semejanza y nos dotó de libre voluntad, y con esa miserable excusa, nos dio la espalda y castigó a cuantos no le obedecieron, a cuantos intentaron proteger a la Humanidad de un poder tan inmenso que no estaba preparado para ello. -Eso… son… ¡blasfemias! -¡Verdades! Verdades frías y afiladas como puñales que se hunden en tus oídos. Dios os creó y abandonó a nuestra suerte, y se sentó en su alto trono de luz entre las nubes a observar cómo se desarrollaban los hechos: ¿Que los Hombres se giraban hacia otros dioses? Daba igual ¿Que marchaban sobre otros hermanos, los pasaban a cuchillo, los esclavizaban o sacrificaban? Daba igual ¿Que las enfermedades se extendían hasta arrasar una décima parte de entre los mortales? Daba igual. Fue Él, en su inmensa y considerada bondad quien derrumbó la Torre de Babel, y fue Él quien escupió cariñosamente siete plagas sobre Egipto, y solo Él quien permitió que Caín sacrificara a Abel para después castigarlo por toda la eternidad en su infinita misericordia. En su nombre se decapitaron miles de escandinavos, se persiguieron a miles de infieles, se quemaron a miles de blasfemos, se sacrificaron a miles de creyentes. Nadie está a salvo cuando se acoge a Su


sagrada voluntad, y todo lo que promete tras la muerte es un paraíso eterno del que no existe constancia alguna. -¿Cómo puedes insinuar eso? -No lo insinúo. ¡Lo digo! La vida mortal es finita y avocada a la Parca, y por las creaciones de Dios, la cita suele apresurarse más de lo que complace a la mayoría. Solo una vida y quién sabe si algo más… ¿Realmente estás dispuesto a dilapidar tu mayor tesoro en beneficio de quien ha enviado a tu padre a la guerra, a tu hermano a la tumba y a ti entre estos muros? -Los caminos del Señor… -¡Son una comedia! Una comedia que Él escribe, dirige y contempla, una parodia con la que entretenerse en su inmenso aburrimiento. Piénsalo, Él es eterno, todo empieza y todo acaba con Él; así que cuánto tiempo ha existido es una incógnita, pero estoy seguro de algo: Que el Hombre no es el primero ni será el último, y que hubo y habrá otros más o menos poderosos que él, solo para sus abominables entretenimientos. Heinrich guardó silencio y contempló detenidamente a Gagner, adentrándose en sus oscuros ojos casi negros. Los puños, apretados, se soltaron lentamente, y los labios, crispados y apretados, se liberaron en una sonrisa. -Estás muy equivocado. Gagner, cuya morena piel se había enrojecido en el ardor de su discurso y cuyos brazos estaban alzados al aire, muy gesticulantes y expresivos, se detuvo en el acto como si hubiera sido petrificado. Descendió los brazos y giró sobre sus talones con gracilidad, correspondiendo al atento examen de Heinrich. La piel volvió a oscurecer y el carácter se enfrió rápidamente, mientras los rasgos se suavizaban en una máscara de asombro. -¿Cómo? -Que estás muy equivocado, y puedo demostrártelo. -¿Cómo? -Es más, no voy a intentar convencer mediante la palabra. Voy a predicar con el ejemplo, como haría un buen profeta. Gagner prorrumpió en una ruidosa carcajada. -Imposible, te lo aseguro. Antes corrompo tu ingenua alma. -Si es imposible, no temerás ponernos a prueba. -¿Qué apuestas? Heinrich guardó silencio, pensativo, un momento, durante el cual meditó qué tentaría mejor al misterioso joven otomano a caer en sus redes. Luego, pese a lo blasfemo que le parecía, concluyó en que Gagner no era nada más que un sencillo muchacho más con unas ideas algo alocadas. -Mi alma-respondió con tono cómico-. Y te espeto a igualar la apuesta. Gagner arrastró una pesada silla de roble y se sentó en ella, frente a Heinrich. Lo miró directamente a los ojos, en absoluto silencio, y permanecieron así durante al menos un minuto antes de que los labios del otomano se arquearan en una media sonrisa. Le tendió la mano y esperó a sentir la suave piel de las manos del noble bávaro. -Trato hecho.


Cuenta atrás a lo inevitable. Era una noche oscura y fría, de esas donde se bebe mas para calentarse que por la alegría. La luz de la luna llena cubría la ciudad y el aire pasaba entre las callejuelas produciendo un sonido similar al de un suspiro. Era el día señalado, así que no estaba de más correrse una juerga memorable antes de...bueno, solucionar un problema. El reloj marcaba casi las tres de la mañana, era la hora de partir, la despedida del bar fue alegre, lógico, nadie podría esperar lo que iba a suceder, así pues dejando atrás a conocidos y amigos, el camino fue emprendido. ¿Al hogar? No, no era al hogar, sería un lugar terrible para resolver la disputa. El lugar indicado estaba frente a sus ojos, un almacén abandonado. Ventanas rotas, sonidos de ratas, algunos vagabundos buscando calor en bidones por los alrededores... sí, ese era un buen lugar. La puerta estaba abierta y, gracias a la luz de la luna, la visibilidad era bastante buena dentro del almacén, donde, como si alguien hubiese preparado el escenario para una obra de teatro, lo único que había en él eran dos sillas, una enfrente de la otra; era perfecto. Una vez tomada una posición cómoda, un suspiro recorrió todo el lugar, y finalmente, como si se tratase de una coreografía perfectamente ensayada, toda funda de arma que había en la sala se quedo vacía al mismo tiempo. Finalmente, el silencio de la noche fue interrumpido. -Aquí estamos. -Sí, así es. -Tú y yo, al final del camino... -Oh venga ya, ¿no podías evitarlo no? -¿A qué te refieres? -A soltar esa frase... menudo cliché. -No te sigo. -Sabes perfectamente que muy pocos van a pillarla. -Deja de hacer eso, me pone enfermo. Carcajeó. -Bueno, dada la situación, no debe ser lo único que te pone enfermo. Porque si no, es bastante triste llegar a esto por una mala costumbre. -Sabes que es por mucho más que eso... -Bueno pero deberías tener en cuenta de que esto no tendría porque salirte bien. -¿Por qué dices eso?


-Bueno, si tú tienes un arma... -...Tu evidentemente la tienes también. -Un perrito piloto para el caballero. -No pareces muy asustado por la situación -¿Debería estarlo? ¿Tienes acaso lo que hay que tener para hacerlo? -Un hombre debe hacer lo que debe hacer. -Tal vez... -¿Una última voluntad? -¿Y si preguntase yo eso? Creo que no eres consciente que estamos en la misma situación. -Sé lo que intentas, y no va funcionar -Oh, perdona, está claro que tu plan es infalible, porque lo viste en una peli. -¿Lo qué? -Quizá ahora no se note demasiado pero seguro que al final, se darán cuenta. -Te he dicho que dejes de hacer eso. -Y yo te digo a ti que puedes comerme la polla. ¿Enserio crees que va funcionar? -Bueno, creo que no me queda otra... -Realmente te quedan otras muchas, pero eres un flipado de mierda. -Ya basta, hoy terminare con todo. -Aun no me has dicho exactamente el porqué. -Eres lo único que me ancla a un pasado que no quiero recordar. -No te confundas, el propio pasado es un ancla que arrastras toda tu vida, pero de ti depende si hundirte o hacer ejercicio para ponerte en forma y llevarla con facilidad. -¡Juas! Ahora sé que tienes miedo. -¿De qué coño hablas pedazo de mierda? -¿Semejante filosofada viniendo de ti? ¿A quién intentas convencer? -Como te he dicho, estamos en la misma situación, ambos, intento que no cometas una estupidez, ESTO NO ES UNA PELICULA. De hecho, por el tamaño, no podría ser ni un guión.


-Que dejes de hacer eso. -En serio, recapacita: esto no es ciencia ficción, no es una superproducción de Hollywood, y tú, desde luego, tú no eres Edward Norton. Esto de hecho...por las pintas, a lo mucho es un relato pulp. NO, VA, A, FUNCIONAR. -Se acabo, ya has hablado demasiado, y me has hinchado las pelotas. ¿Unas últimas palabras? -Sí. -¿Cuál? -UNO.

Fdo. Tejón


Una terrible enfermedad. Un joven paciente, llega a la consulta preocupado por su estado... -Bien, ¿qué le sucede? -Verá, hace tiempo ya que me noto, francamente, raro. Tengo constantemente una sensación extraña en el pecho, no sabría describírsela correctamente, el caso es que desde que la tengo, todo en mi ha empeorado... -¿Empeorado? ¿En qué sentido? -Vera doctor, el caso es que ya no soy el mismo, no tengo apetito, me encuentro mal constantemente, me distraigo con una terrible facilidad, a veces lloro sin motivo alguno y/o simplemente me detengo en un sitio de mi casa durante más de 10 minutos abandonando cualquier tipo de tarea, sin ningún tipo de explicación... pero lo peor, viene cuando intento dormir... -¿Qué le sucede? -No consigo conciliar el sueño, me muevo en la cama constantemente de un lado para otro, y si cierro los ojos...empiezo a sufrir terribles delirios sin sentido, o visiones que jamás podrían suceder, doctor... ¿Qué me sucede? -Hum... por su descripción me temo que estamos ante una terrible pandemia que afecta a la humanidad desde el comienzo de su existencia... -Y... ¿qué es? -Me temo, señor mío, que está usted enamorado. -Maldición, suena grave... ¿Tiene cura? -Existe un tratamiento, pero aunque es el único que existe, no tiene eficacia al 100% y puede tener terribles efectos... -¿Cual es? -Dígale que la ama... -¿Perdón? -Es la única solución y lo peor de todo es que si esto no funciona a que mejore, su estad... -Su estado empeorara terriblemente a límites inalcanzables... -Un momento, ¿conoce el tratamiento? -Esa parte la conozco mejor que ninguna, señor doctor, vera le seré franco: confiaba en que cuando volviese a sufrir esta enfermedad ya hubiesen inventado una cura efectiva... -He de suponer entonces que otros médicos en anteriores ocasiones le han hecho seguir este tratamiento y no funcionó. -Si... y créame, he estado enfermo muchísimas veces y jamás a dado resultado, así que le pido, por lo más


sagrado... que me de otro tratamiento. -No existe otro tratamiento señor, aunque... ¿Está seguro que esos delirios que v al dormir son completamente imposibles de cumplirse? -Me temo... que sí. -En tal caso, sí existe otro tratamiento un poco más radical, ya que su enfermedad no es amor, si no amor no correspondido... -¿Y cuál es? -El suicidio.

Fdo.: Tejón


L

os cuervos graznaban con furia, y arañaban el cristal de los ventanales con sus garras. La lluvia arreciaba, y amenazaba con

volver a desbordar el río. Y en el salón del castillo, la Reina, sentada con desgana en su trono, observaba el espejo sobre la puerta de la entrada. Seguía siendo hermosa. Hermosa y cruel, la habían llamado a veces. Cruel y sabia. Y ella tenía constancia de que era cierto. No poseía la sabiduría que profesan los libros, sino más bien un fruto de la experiencia, el dolor, y la estricta tutela de su Maestro. Y el Maestro no la había criado para ser cualquier cosa. La había educado para ser, no una reina, sino la Reina. Adorada y temida por todos, discutida por nadie. Y esto no se consigue mediante la misericordia y la bondad. Es necesaria una mano de hierro, que demuestre a los súbditos quien manda, quién les permite vivir, y quién pone la comida en su mesa. Claro que, siempre hay alguna oveja descarriada... En este caso en concreto, como tantas veces, la oveja no era sino otro Pretendiente. Durante los 117 años de su reinado, millones de jóvenes tanto del Reino como del Exterior se habían atrevido a declararle su "amor". Y ella, como recta gobernante, los había rechazado a todos. Podría haber forrado su salón con los pellejos de todos ellos, y el pueblo le habría sonreído. Una reina que no se deja conquistar, es un reino que no se deja conquistar. Sin embargo, rehusó tomar tal medida, como muestra de respeto a los Pretendientes, que, si bien estúpidos, habían demostrado una extraña valentía al atreverse a intentarlo. Aunque, cuando todo está perdido, nada puede ir a peor, ¿no? Y, ser el Rey de la Reina Inmortal, podía resultar un buen incentivo para quien nada tiene que perder. Según la costumbre, el Pretendiente entró en el salón, encadenado, empapado por la lluvia, desnutrido y ojeroso. Por ley, un Pretendiente debía esperar un mes atado al poste de la plaza antes de acceder a la Reina. Y, claro, durante este mes, se alimentaban de lo que el pueblo le ofrecía. Y era poco, pues nadie apostaba por él, ni tenían esperanzas de que consiguiera su cometido. Ni falta que hacía. Al llegar al centro del salón, el Capitán de la guardia le dió la orden de hablar. Con la voz quebrada, murmuró: -M-majestad...y-yo... Y eso fué todo. Se derrumbó sobre sus rodillas, no inconsciente, pero sí acabado. La Reina bajó del trono, con paso seguro. Su vestido ondeaba tras sus pies, y los presentes no pudieron evitar sentirse abrumados. Realmente, ver a la Reina desplazarse desprendía un aura de poder y seguridad en sí mismo, que bastaba para doblegar a la mayoría. Al llegar junto al Pretendiente, lo tomó por la barbilla con su mano de hielo, y lo miró a los ojos. Acuchilló la mirada ya perdida del hombre con sus ojos de un azul acerado. La conmoción hizo que algo de espuma rezumara por las comisuras de los labios del Pretendiente. La Reina, casi más por respeto que por desprecio, asió su cabeza con fuerza, y con un giro seco, partió su cuello. Todo se quedó en silencio. ¿Y quién, al fin y al cabo, puede querer el amor de una sola persona, cuando puede tener el de un Pueblo?


Pequeño Shanghái Introducción- The Fool La luna pretendía ser vista entre la niebla reinante de la noche londinense, pero, probablemente nadie en todo Southwark, y mucho menos Mr. Tachibana, arrebujado en su abrigo en el asiento de su berlina, podía verla. Aunque eso no quitaba el sueño a Tachibana Kenzo, pues los bolsillos repletos de monedas bien empaquetadas, pues alguien sensato no quiere que el sonido de su dinero le delate, le reconfortaban en gran medida, y el frío de la noche no podía mermar su felicidad. Cuando el coche se detuvo en Surrey Row, el japonés bajó casi de un salto, y no pudo evitar entregar al cochero dos relucientes farthings1 como propina, y una sonrisa moderadamente estúpida. Al entrar en el Little Shanghai, el calor le recibió como una bofetada, una agradable y tórrida bofetada. No quedaba ni un cliente en el comedor, y el único que acaparaba todo el calor era Mr. Cho, el dueño. Mr. Cho era lo que se podría decir exageradamente chino: diminuto hasta el extremo, con aspecto de tener doscientos años, bigote y perilla blancos de un largo de unas ocho pulgadas y la nariz siempre dentro de una taza de té. Dirigió a Mr. Tachibana lo que para él suponía un saludo amistoso, y que para cualquier otro habría sido un gruñido. Pero el japonés estaba acostumbrado, y siguió su camino. -¡Ken-san!- saludó una voz a sus espaldas.- Apostaría la mano izquierda a que las cosas han ido mejor de lo esperado en el Golden Moon, ¿o mucho me equivoco? Al girarse, Mr. Tachibana se encontró con el siempre risueño Leng Chun, que salía de la cocina, como cada vez que lo veía. -Pareciera que confías demasiado en mi talento como comerciante, pequeño Chun. Sigue apostando así, y algún día uno de esos irlandeses se llevará tus dos manos a casa envueltas en papel de periódico. Los dos estallaron en carcajadas. El uno porque llevaba los bolsillos llenos de felicidad, el otro porque tenía el estómago lleno de aguardiente Confucio, pero, pronto callaron, porque por encima de sus risas se escuchó el famoso gruñido de desagrado de Mr.Cho. Un gruñido que quería decir algo así como: “Necesito silencio para pensar, y este es mi restaurante, así que, o callan, o usted se queda sin trabajo, y usted sin casa.” Así que, lo único que dijo Leng Chun en voz baja antes de volver a la cocina, a seguir con lo que fuera que estaba haciendo, fue: -Si buscas a Kay, estará detrás, remojando a los cazadores de dragones. Y Mr. Tachibana, que ya lo sabía, prosiguió su camino, pues igualmente tenía que pasar por el fumadero para subir hasta el piso. No es que le resultara agradable tener que respirar los oníricos humos de las pipas de opio de los adictos casi cada día, aunque no podía decir que no estuviese acostumbrado a ello. Al fin y al cabo, su modesta fortuna se debía a ello. Fortuna que sería útil y le permitiría incluso vivir entre la gentry si no debiera aún pagar a los innumerables acreedores que su padre siguió acumulando mientras estaba entre los vivos. En todo caso, Mr. Tachibana se cuidaba mucho de quejarse de su miseria, pues, habiendo reunido en los últimos años contactos importantes, y conocimiento de los mercados, tenía por certeza que, una vez solventadas las deudas de su padre, sería capaz de, como poco, adquirir una humilde casita lejos de los humos nocivos y la mugre constante del centro de Londres. Aunque, para ser concisos, adoraba la ciudad, como cualquiera dedicado a la distribución de cualquier sustancia implicada en el sostenimiento de un vicio. Simplemente, necesitaba un respiro, algo de la brisa fresca de las afueras, algún esporádico rayo de sol, que diera a su rostro un tono más decente. Al avanzar entre las columnas de humo, que se mezclaban cerca del techo con el vapor de agua destinado a evitar la deshidratación de los clientes, comenzó a escuchar las aterciopeladas notas de un shakuhachi, que componía casi perezosamente una tonadilla japonesa, que Mr. Tachibana recordaba de su tierna infancia en Edo. Entre volutas de humo denso se entreveía al intérprete, un 1

El farthing es una de las tantas monedas diferentes que se utilizaban durante el siglo XIX en Inglaterra. Por desgracia, no tiene traducción al castellano.


joven de unos quince años, ataviado en un ajado shen-i, con el cabello castaño recogido en una trenza, a la manera de los jóvenes chinos. Huelga decir, pese a todo, que el joven no era chino, ni japonés, sino londinense. -Parece que has estado practicando, joven Kay- dejó caer el japonés a modo de saludo, en voz baja, para no perturbar a los cazadores – ya casi parece música. El joven, que o bien no esperaba visita, o bien había sido obligado a olvidar esa posibilidad por los constantes vapores del opio, se sobresaltó, pero, rápidamente recobró la compostura, y saludó al japonés con una amplia sonrisa y un gesto vago de la mano. -Vaya, buenas noches, Ken-chan. ¿A qué debo esta inesperada pero deliciosa visita nocturna? Un par de opiómanos se removieron en sus divanes, atacados por el sonido de la voz de Kay, que en su curiosa ignorancia, había usado un tono demasiado alto. -Sabes muy bien, mi querido Kay, que al igual que tú, preciso de pasar por esta sala para tomar las escaleras hacia nuestra cámara. -Cierto- contestó el joven, bajando el tono, probablemente más por imitación que por conscienciaCierto es, debo haberme traspuesto y olvidado cosas obvias, como estos adorables caballeros, a quien si preguntara ahora mismo, no sabrían pronunciarme ni su nombre. Curiosa substancia el opio, ¿No crees, Ken-chan? - Curiosa, en efecto. Más, no creo que sea momento, ni lugar, ni tu estado el más aceptable, para disertar sobre la trascendencia de los poderes del opio, o su efecto en los hombres. Tras llevarse la diestra a la barbilla para pensar durante un momento, Kay formuló su réplica: -Ingeniosa manera de dar a entender que necesitas dormir, querido Ken-chan. Quedas pues, dispensado.- y lo despidió agitando su pañuelo, como si fuera a emprender un largo viaje que los separara durante meses. - A fe mía, que no te sienta bien pasar tanto tiempo con estas gentes- y abarcó a los opiómanos, dispuestos en divanes, recostados, la mayoría aún agarrados con avaricia a su pipa, con un gesto.Mañana mismo hablaré con Mr. Cho y pediré que rebaje las horas que trabajas en esta sala. No creo que resulte beneficioso para alguien tan joven ahogarse entre estos humos delirantes, podrías incluso hacerte adicto. El joven, que en ese momento vaciaba otro cubo de agua para vaporizar, no parecía haber escuchado estas últimas frases. -Muy buenas noches, mi querido Ken-chan. Intentaré no despertarte cuando suba. Y Mr. Tachibana, no muy convencido, enfiló hacia la salida posterior del fumadero, que conducía un diminuto patio interior donde crecían plantas aromáticas y especias que Leng Chun y el resto de cocineros utilizaban en sus guisos. De este patio partía una escalera endeble y añosa, que llevaba a la cámara que Kenzo y Kay compartían, pero que era propiedad también de Mr. Cho. Así pues, entró en la habitación, usando una pequeña llave de hierro, y con un fósforo encendió el candil, que iluminó tenuemente toda la habitación. Constaba esta de dos futones, tendidos uno a cada lado de la sala, lo cual era un eufemismo, pues la separación llegaba únicamente a ser de unos nueve pies, un armario ajado, que ambos compartían, un pequeño escritorio, un hogar, y, en la esquina más alejada de la puerta, oculto tras un precioso ukiyo-e, un agujero practicado en la pared por el propio Tachibana contenía una compacta caja fuerte, donde este acumulaba sus ganancias y sus documentos. Aquel día percibió el japonés al entrar en la pieza, una vez encendido el candil, un extraño olor, floral, dulce, como el aroma del jazmín. Esto le resultó obviamente extraño, pues solía dejar incienso encendido por la mañana, y por lo general, el olor de este aún permanecía dominante al llegar la noche. Cuando se inclinó a comprobar en efecto, los inciensos, escuchó un crujido a su espalda. Se giró con reflejo rápido, más fútilmente, pues acababa de notar un pinchazo en el cuello, algo por encima de la altura de la clavícula, y cuando alcanzó a alzar la cabeza, algo empezaba ya a correr por sus venas, y su mirada se enturbió y se volvió acuosa, y solo le mostró una sombra fluctuante, que poco a poco fue cubriéndolo todo. Y entonces, oyó como desde lejos el sonido de su propia cabeza cayendo a peso sobre el suelo de madera crujiente. Y entonces, todo se quedó oscuro.


Capítulo 1: The Magician La luna pretendía ser vista entre la niebla reinante de la noche londinense, pero, probablemente nadie en todo Southwark, y mucho menos el joven Kay Cromwell, quien, tras despachar al último cliente de la noche y limpiar descuidadamente las mesas, apuraba su tardía cena con Leng Chun, que, aprovechando la ausencia del resto de los cocineros, acompañaba la suya con una generosa dosis de aguardiente. No llegaban a ser las diez cuando ambos, con el estómago lleno y una buena conversación en la boca, sacaron sus saquitos de tabaco, para liar un par de cigarrillos, que apuraron con calma, hasta ser interrumpidos por Mr. Cho, que entró de improviso en la cocina sobresaltando a los jóvenes, sin estar estos, sin embargo, realizando ninguna acción digna de reprimenda, todo sea dicho. No obstante, por alguna razón ignota, la presencia de Mr. Cho en si misma poseía el extraño efecto de imbuir un respeto absurdo en Kay y Leng Chun. Quizás por su sobriedad constante, quizás por el hecho de que los había cazado infinidad de veces faltando a sus deberes, quizás por el hecho de que su techo y su sustento dependían directamente de él. Sea como fuese, el caso es que el citado Mr. Cho irrumpió en la cocina, y, reprimiendo con todas sus fuerzas una sonrisa al ver como los muchachos se sorprendían acaso de su entrada, gruñó unas palabras en chino, no muy bien dirigidas a nadie. -Mr. Cho dice- tradujo Leng Chun- que tomes un par de tinas y vayas al fumadero a refrescar el ambiente, y atender a los clientes si algo precisan. -Como si no lo supiera. Y era cierto que lo sabía, mas para nada por el hecho de entender el mandarín, sino, más bien por haber escuchado esas mismas palabras casi cada noche desde hacía tres años. Esto se unía al hecho de que Mr. Cho hablaba únicamente chino, no por ignorancia, sino por orgullo, pues Kay sabía, porque lo había observado a escondidas, que hablaba un inglés fluido, más solamente cuando acudía a los combates de boxeo sin guantes, única causa que le hacía, un par de veces al mes, dejar el restaurante. Y, como se le había mandado, cargando con dificultad dos tinas cargadas de agua de lluvia, se condujo al fumadero que ya hemos conocido. Ha de decirse que este suponía un local modesto, pero revestido de ese gusto acogedor que parecen apreciar los opiómanos. Al estilo oriental, se extendían ricas pieles y telas por todo el piso, y sobre los divanes, y cada uno de estos, doce en total, se acompañaban de una mesita que cobijaba un pequeño calefactor de carbón, y un pequeño cofrecito donde los cazadores podían encontrar frasquitos de láudano, ajenjo, y angostura entre muchos otros, terrones de azúcar, una bujía para aquellos que habían adoptado la costumbre moderna de prescindir del carbón, la mecha, o el chisquero, y, en fin, todo tipo de útiles que pudieran hacer su estancia más placentera. Esta mesita contaba además con una suerte de aros atornillados a las aristas superiores, cuyo objetivo era sostener una completa y variada colección de pipas de opio y de haxix, a entera disposición del cliente.


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os cuervos graznaban con furia, y arañaban el cristal de los ventanales con sus garras. La lluvia arreciaba, y amenazaba con

volver a desbordar el río. Y en el salón del castillo, la Reina, sentada con desgana en su trono, observaba el espejo sobre la puerta de la entrada. Seguía siendo hermosa. Hermosa y cruel, la habían llamado a veces. Cruel y sabia. Y ella tenía constancia de que era cierto. No poseía la sabiduría que profesan los libros, sino más bien un fruto de la experiencia, el dolor, y la estricta tutela de su Maestro. Y el Maestro no la había criado para ser cualquier cosa. La había educado para ser, no una reina, sino la Reina. Adorada y temida por todos, discutida por nadie. Y esto no se consigue mediante la misericordia y la bondad. Es necesaria una mano de hierro, que demuestre a los súbditos quien manda, quién les permite vivir, y quién pone la comida en su mesa. Claro que, siempre hay alguna oveja descarriada... En este caso en concreto, como tantas veces, la oveja no era sino otro Pretendiente. Durante los 117 años de su reinado, millones de jóvenes tanto del Reino como del Exterior se habían atrevido a declararle su "amor". Y ella, como recta gobernante, los había rechazado a todos. Podría haber forrado su salón con los pellejos de todos ellos, y el pueblo le habría sonreído. Una reina que no se deja conquistar, es un reino que no se deja conquistar. Sin embargo, rehusó tomar tal medida, como muestra de respeto a los Pretendientes, que, si bien estúpidos, habían demostrado una extraña valentía al atreverse a intentarlo. Aunque, cuando todo está perdido, nada puede ir a peor, ¿no? Y, ser el Rey de la Reina Inmortal, podía resultar un buen incentivo para quien nada tiene que perder. Según la costumbre, el Pretendiente entró en el salón, encadenado, empapado por la lluvia, desnutrido y ojeroso. Por ley, un Pretendiente debía esperar un mes atado al poste de la plaza antes de acceder a la Reina. Y, claro, durante este mes, se alimentaban de lo que el pueblo le ofrecía. Y era poco, pues nadie apostaba por él, ni tenían esperanzas de que consiguiera su cometido. Ni falta que hacía. Al llegar al centro del salón, el Capitán de la guardia le dió la orden de hablar. Con la voz quebrada, murmuró: -M-majestad...y-yo... Y eso fué todo. Se derrumbó sobre sus rodillas, no inconsciente, pero sí acabado. La Reina bajó del trono, con paso seguro. Su vestido ondeaba tras sus pies, y los presentes no pudieron evitar sentirse abrumados. Realmente, ver a la Reina desplazarse desprendía un aura de poder y seguridad en sí mismo, que bastaba para doblegar a la mayoría. Al llegar junto al Pretendiente, lo tomó por la barbilla con su mano de hielo, y lo miró a los ojos. Acuchilló la mirada ya perdida del hombre con sus ojos de un azul acerado. La conmoción hizo que algo de espuma rezumara por las comisuras de los labios del Pretendiente. La Reina, casi más por respeto que por desprecio, asió su cabeza con fuerza, y con un giro seco, partió su cuello. Todo se quedó en silencio. ¿Y quién, al fin y al cabo, puede querer el amor de una sola persona, cuando puede tener el de un Pueblo?


Pequeño Shanghái Introducción- The Fool La luna pretendía ser vista entre la niebla reinante de la noche londinense, pero, probablemente nadie en todo Southwark, y mucho menos Mr. Tachibana, arrebujado en su abrigo en el asiento de su berlina, podía verla. Aunque eso no quitaba el sueño a Tachibana Kenzo, pues los bolsillos repletos de monedas bien empaquetadas, pues alguien sensato no quiere que el sonido de su dinero le delate, le reconfortaban en gran medida, y el frío de la noche no podía mermar su felicidad. Cuando el coche se detuvo en Surrey Row, el japonés bajó casi de un salto, y no pudo evitar entregar al cochero dos relucientes farthings2 como propina, y una sonrisa moderadamente estúpida. Al entrar en el Little Shanghai, el calor le recibió como una bofetada, una agradable y tórrida bofetada. No quedaba ni un cliente en el comedor, y el único que acaparaba todo el calor era Mr. Cho, el dueño. Mr. Cho era lo que se podría decir exageradamente chino: diminuto hasta el extremo, con aspecto de tener doscientos años, bigote y perilla blancos de un largo de unas ocho pulgadas y la nariz siempre dentro de una taza de té. Dirigió a Mr. Tachibana lo que para él suponía un saludo amistoso, y que para cualquier otro habría sido un gruñido. Pero el japonés estaba acostumbrado, y siguió su camino. -¡Ken-san!- saludó una voz a sus espaldas.- Apostaría la mano izquierda a que las cosas han ido mejor de lo esperado en el Golden Moon, ¿o mucho me equivoco? Al girarse, Mr. Tachibana se encontró con el siempre risueño Leng Chun, que salía de la cocina, como cada vez que lo veía. -Pareciera que confías demasiado en mi talento como comerciante, pequeño Chun. Sigue apostando así, y algún día uno de esos irlandeses se llevará tus dos manos a casa envueltas en papel de periódico. Los dos estallaron en carcajadas. El uno porque llevaba los bolsillos llenos de felicidad, el otro porque tenía el estómago lleno de aguardiente Confucio, pero, pronto callaron, porque por encima de sus risas se escuchó el famoso gruñido de desagrado de Mr.Cho. Un gruñido que quería decir algo así como: “Necesito silencio para pensar, y este es mi restaurante, así que, o callan, o usted se queda sin trabajo, y usted sin casa.” Así que, lo único que dijo Leng Chun en voz baja antes de volver a la cocina, a seguir con lo que fuera que estaba haciendo, fue: -Si buscas a Kay, estará detrás, remojando a los cazadores de dragones. Y Mr. Tachibana, que ya lo sabía, prosiguió su camino, pues igualmente tenía que pasar por el fumadero para subir hasta el piso. No es que le resultara agradable tener que respirar los oníricos humos de las pipas de opio de los adictos casi cada día, aunque no podía decir que no estuviese acostumbrado a ello. Al fin y al cabo, su modesta fortuna se debía a ello. Fortuna que sería útil y le permitiría incluso vivir entre la gentry si no debiera aún pagar a los innumerables acreedores que su padre siguió acumulando mientras estaba entre los vivos. En todo caso, Mr. Tachibana se cuidaba mucho de quejarse de su miseria, pues, habiendo reunido en los últimos años contactos importantes, y conocimiento de los mercados, tenía por certeza que, una vez solventadas las deudas de su padre, sería capaz de, como poco, adquirir una humilde casita lejos de los humos nocivos y la mugre constante del centro de Londres. Aunque, para ser concisos, adoraba la ciudad, como cualquiera dedicado a la distribución de cualquier sustancia implicada en el sostenimiento de un vicio. Simplemente, necesitaba un respiro, algo de la brisa fresca de las afueras, algún esporádico rayo de sol, que diera a su rostro un tono más decente. Al avanzar entre las columnas de humo, que se mezclaban cerca del techo con el vapor de agua destinado a evitar la deshidratación de los clientes, comenzó a escuchar las aterciopeladas notas de un shakuhachi, que componía casi perezosamente una tonadilla japonesa, que Mr. Tachibana recordaba de su tierna infancia en Edo. Entre volutas de humo denso se entreveía al intérprete, un 2

El farthing es una de las tantas monedas diferentes que se utilizaban durante el siglo XIX en Inglaterra. Por desgracia, no tiene traducción al castellano.


joven de unos quince años, ataviado en un ajado shen-i, con el cabello castaño recogido en una trenza, a la manera de los jóvenes chinos. Huelga decir, pese a todo, que el joven no era chino, ni japonés, sino londinense. -Parece que has estado practicando, joven Kay- dejó caer el japonés a modo de saludo, en voz baja, para no perturbar a los cazadores – ya casi parece música. El joven, que o bien no esperaba visita, o bien había sido obligado a olvidar esa posibilidad por los constantes vapores del opio, se sobresaltó, pero, rápidamente recobró la compostura, y saludó al japonés con una amplia sonrisa y un gesto vago de la mano. -Vaya, buenas noches, Ken-chan. ¿A qué debo esta inesperada pero deliciosa visita nocturna? Un par de opiómanos se removieron en sus divanes, atacados por el sonido de la voz de Kay, que en su curiosa ignorancia, había usado un tono demasiado alto. -Sabes muy bien, mi querido Kay, que al igual que tú, preciso de pasar por esta sala para tomar las escaleras hacia nuestra cámara. -Cierto- contestó el joven, bajando el tono, probablemente más por imitación que por conscienciaCierto es, debo haberme traspuesto y olvidado cosas obvias, como estos adorables caballeros, a quien si preguntara ahora mismo, no sabrían pronunciarme ni su nombre. Curiosa substancia el opio, ¿No crees, Ken-chan? - Curiosa, en efecto. Más, no creo que sea momento, ni lugar, ni tu estado el más aceptable, para disertar sobre la trascendencia de los poderes del opio, o su efecto en los hombres. Tras llevarse la diestra a la barbilla para pensar durante un momento, Kay formuló su réplica: -Ingeniosa manera de dar a entender que necesitas dormir, querido Ken-chan. Quedas pues, dispensado.- y lo despidió agitando su pañuelo, como si fuera a emprender un largo viaje que los separara durante meses. - A fe mía, que no te sienta bien pasar tanto tiempo con estas gentes- y abarcó a los opiómanos, dispuestos en divanes, recostados, la mayoría aún agarrados con avaricia a su pipa, con un gesto.Mañana mismo hablaré con Mr. Cho y pediré que rebaje las horas que trabajas en esta sala. No creo que resulte beneficioso para alguien tan joven ahogarse entre estos humos delirantes, podrías incluso hacerte adicto. El joven, que en ese momento vaciaba otro cubo de agua para vaporizar, no parecía haber escuchado estas últimas frases. -Muy buenas noches, mi querido Ken-chan. Intentaré no despertarte cuando suba. Y Mr. Tachibana, no muy convencido, enfiló hacia la salida posterior del fumadero, que conducía un diminuto patio interior donde crecían plantas aromáticas y especias que Leng Chun y el resto de cocineros utilizaban en sus guisos. De este patio partía una escalera endeble y añosa, que llevaba a la cámara que Kenzo y Kay compartían, pero que era propiedad también de Mr. Cho. Así pues, entró en la habitación, usando una pequeña llave de hierro, y con un fósforo encendió el candil, que iluminó tenuemente toda la habitación. Constaba esta de dos futones, tendidos uno a cada lado de la sala, lo cual era un eufemismo, pues la separación llegaba únicamente a ser de unos nueve pies, un armario ajado, que ambos compartían, un pequeño escritorio, un hogar, y, en la esquina más alejada de la puerta, oculto tras un precioso ukiyo-e, un agujero practicado en la pared por el propio Tachibana contenía una compacta caja fuerte, donde este acumulaba sus ganancias y sus documentos. Aquel día percibió el japonés al entrar en la pieza, una vez encendido el candil, un extraño olor, floral, dulce, como el aroma del jazmín. Esto le resultó obviamente extraño, pues solía dejar incienso encendido por la mañana, y por lo general, el olor de este aún permanecía dominante al llegar la noche. Cuando se inclinó a comprobar en efecto, los inciensos, escuchó un crujido a su espalda. Se giró con reflejo rápido, más fútilmente, pues acababa de notar un pinchazo en el cuello, algo por encima de la altura de la clavícula, y cuando alcanzó a alzar la cabeza, algo empezaba ya a correr por sus venas, y su mirada se enturbió y se volvió acuosa, y solo le mostró una sombra fluctuante, que poco a poco fue cubriéndolo todo. Y entonces, oyó como desde lejos el sonido de su propia cabeza cayendo a peso sobre el suelo de madera crujiente. Y entonces, todo se quedó oscuro.


Capítulo 1: The Magician La luna pretendía ser vista entre la niebla reinante de la noche londinense, pero, probablemente nadie en todo Southwark, y mucho menos el joven Kay Cromwell, quien, tras despachar al último cliente de la noche y limpiar descuidadamente las mesas, apuraba su tardía cena con Leng Chun, que, aprovechando la ausencia del resto de los cocineros, acompañaba la suya con una generosa dosis de aguardiente. No llegaban a ser las diez cuando ambos, con el estómago lleno y una buena conversación en la boca, sacaron sus saquitos de tabaco, para liar un par de cigarrillos, que apuraron con calma, hasta ser interrumpidos por Mr. Cho, que entró de improviso en la cocina sobresaltando a los jóvenes, sin estar estos, sin embargo, realizando ninguna acción digna de reprimenda, todo sea dicho. No obstante, por alguna razón ignota, la presencia de Mr. Cho en si misma poseía el extraño efecto de imbuir un respeto absurdo en Kay y Leng Chun. Quizás por su sobriedad constante, quizás por el hecho de que los había cazado infinidad de veces faltando a sus deberes, quizás por el hecho de que su techo y su sustento dependían directamente de él. Sea como fuese, el caso es que el citado Mr. Cho irrumpió en la cocina, y, reprimiendo con todas sus fuerzas una sonrisa al ver como los muchachos se sorprendían acaso de su entrada, gruñó unas palabras en chino, no muy bien dirigidas a nadie. -Mr. Cho dice- tradujo Leng Chun- que tomes un par de tinas y vayas al fumadero a refrescar el ambiente, y atender a los clientes si algo precisan. -Como si no lo supiera. Y era cierto que lo sabía, mas para nada por el hecho de entender el mandarín, sino, más bien por haber escuchado esas mismas palabras casi cada noche desde hacía tres años. Esto se unía al hecho de que Mr. Cho hablaba únicamente chino, no por ignorancia, sino por orgullo, pues Kay sabía, porque lo había observado a escondidas, que hablaba un inglés fluido, más solamente cuando acudía a los combates de boxeo sin guantes, única causa que le hacía, un par de veces al mes, dejar el restaurante. Y, como se le había mandado, cargando con dificultad dos tinas cargadas de agua de lluvia, se condujo al fumadero que ya hemos conocido. Ha de decirse que este suponía un local modesto, pero revestido de ese gusto acogedor que parecen apreciar los opiómanos. Al estilo oriental, se extendían ricas pieles y telas por todo el piso, y sobre los divanes, y cada uno de estos, doce en total, se acompañaban de una mesita que cobijaba un pequeño calefactor de carbón, y un pequeño cofrecito donde los cazadores podían encontrar frasquitos de láudano, ajenjo, y angostura entre muchos otros, terrones de azúcar, una bujía para aquellos que habían adoptado la costumbre moderna de prescindir del carbón, la mecha, o el chisquero, y, en fin, todo tipo de útiles que pudieran hacer su estancia más placentera. Esta mesita contaba además con una suerte de aros atornillados a las aristas superiores, cuyo objetivo era sostener una completa y variada colección de pipas de opio y de haxix, a entera disposición del cliente.


Obertura. Qué día tan horrible. Heinrich se encogía sobre sí mismo, hecho un ovillo, en un rincón de la carroza que ascendía por aquel camino endiabladamente empinado, hacia la cumbre del pico. El joven muchacho de unos diecisiete años permanecía hundido en la oscuridad, con los ojos cerrados y muy apretados, haciendo pasar con sus nerviosos dedos cada una de las cuentas del rosario, totalmente absorto en sus plegarias. No era para menos, en absoluto. El camino había sido duro y empinado casi desde su inicio, pero a medida que se acervan al Fegefeuer Schule, el camino no sólo se volvía más inclinado, si no también más estrecho y más crudo. Las ruedas de madera botaban continuamente al hundirse en los baches o chocar contra pequeñas piedras del camino, desprendidas de la cruda ladera rocosa que se erguía a un lado, como una pared de cuchillas incrustadas; al otro flanco del vehículo sólo se extendía un inmenso vacío, hermoso al principio, desde el que se podían contemplar los preciosos parajes de los montes suizos. Pero ahora, los cielos dejaban caer toda su furia sobre aquel lugar. Apenas habían abandonado el último pueblo, las nubes se habían arremolinado sobre la montaña y tornado de un color negro como el carbón. Los truenos empezaron a retumbar sobre sus cabezas como si se estuvieran disparando salvas de cañones, y la luz de los mismos era la única fugaz iluminación, pues la tempestad había convertido en noche el día. El aguacero no tardó en caer, aumentando su intensidad en cuestión de minutos hasta convertir la ladera en una fiera catarata de torrentes que el conductor sorteaba casi milagrosamente. Era como si los cielos se hubieran propuesto arrojar de un manotazo al carro, descargando sobre él todo su arsenal natural. El muchacho tenía el corazón en la garganta, y que el cochero hubiera acelerado el trote de los caballos no mejoraba la situación. Cada vez, el carro avanzaba más rápido y más inclinado, a cada curva del camino daba un bandazo y con cada nuevo bache un nuevo salto, dando una sensación de vértigo inmensa que hacía pensar a Heinrich, por un segundo en cada ocasión, que finalmente se había precipitado barranco abajo. Incluso creyó escuchar un derrumbamiento tras ellos, entre el eco de un temible trueno que iluminó los cielos durante, al menos, un minuto. Rezó, rezó con más voz y más fe que nunca, porque si alguien podía salvarle de tan inefable destino, sin duda, era Dios. Y el coche frenó. Escuchó el chirriar de una verja abriéndose y los cascos del caballo, agotado, al trote. La caja negra como un féretro avanzó y lo balanceó con suavidad, recuperando la completa horizontalidad, y el fervor del aguacero golpeando con crudeza el techo mermó hasta convertirse en un suave rumor. Un par de golpes resonaron contra la caja, golpes de nudillos, y al poco un mayordomo vestido de negro y armado con un enorme paraguas cóncavo abrió la portezuela. -Señorito, es un placer recibirle en nuestra escuela-dijo con un tono frío y aséptico, tan común en los mayordomos ingleses, que nunca pierden la paciencia. Heinrich alzó la mirada. Los truenos seguían iluminando los cielos de tanto en cuanto, pero los negros nubarrones habían quedado lejos, y ahora su lugar lo ocupaban nubes grises, entre las cuales se habría hueco un tímido sol de atardecer, que con su tono rojizo teñía las aguas de un amplio lago y arrancaba luces de colores a la lluvia que lentamente amainaba. Saltó del carro y estuvo a punto de desfallecer, cayendo de rodillas sobre el sólido suelo embarrado del camino. Pero logró conservar la compostura. -Del equipaje se encargará el servicio, señorito-añadió con aquella misma voz carente de emoción ni opiniones, al ver cómo Heinrich echaba mano a sus maletas-. Acompáñeme. Heinrich tentado estuvo de abrazarse al mayordomo, pero conservando la calma apropiada de su alcurnia y domando a su desbocado corazón, logró seguirlo con la cabeza alta, aun respirando nerviosamente, camino a la enorme puerta de madera que daba acceso al viejo castillo suizo. Un nuevo chirrido captó su atención, a sus espaldas. Se giró y miró por encima del hombro cómo se cerraban las verjas de la escuela. Dejó de tronar allá arriba, mientras se dispersaban las nubes del cielo. Primer Acto.


El joven Heinrich cabeceaba, a medio camino entre el cansancio y el aburrimiento, sobre las páginas ajadas de un viejo libro de lomos desgastados, acariciado por los rayos solares que se filtraban a través del enorme ventanal de la biblioteca. Más allá de los cristales emplomados se extendía un amplio parque verde adornado con algunos setos de coloridas flores y una gran fuente de piedra, cuya cristalina agua caía en cascada a través de sus tres amplios platos superpuestos. Algunos jóvenes estudiantes y profesores de la escuela caminaban por allí, aprovechando sus pocas horas libres, previas al ocaso. Más allá, un oscuro bosque vestía la falda de una empinada ladera, y el pico, oculto entre algunas perpetuas nubes, cubría con su sombra, tan protectora como amenazante, el edificio. La biblioteca, por su parte, era una salía amplia y bastante fría, de suelo entarimado y paredes formadas por enormes sillares de roca gris, sobre los que se apoyaban los gigantescos armarios y estantes de madera oscura que guardaban centenares de tomos de conocimiento. En mitad de la sala, entre el grueso portón de madera maciza adornado con los bajorrelieves de sabios griegos y la amplia cristalera, se extendían amplísimas mesas considerablemente pesadas, dotadas de altos candelabros donde clavar velas de sebo, y flanqueadas por bancos donde tomar asiento. A los laterales del amplio salón podían encontrarse escaleras de caracol, construidas en negro hierro forjado, por las que ascender al segundo nivel de la biblioteca. Largas vigas de madera sostenían el suelo de ladrillo, reforzados por algunos pilares de aspecto clásico que enmarcaban los estantes del nivel inferior; sobre el otro nivel, aún había más pasillos formados por más estanterías, aquellas de maderas menos nobles y menos pesadas, con más de otro centenar de volúmenes. Y allá, arriba del todo, un desnudo techo abovedado sostenido por contrafuertes y arcos. Aunque habían intentado que pasara desapercibido, los motivos naturales y las reminiscencias clásicas junto al ladrillo revestido de entarimado resaltaban contra la crudeza del muro de roca. Fegefeuer Schule era una honorable institución dedicada enteramente a la plena instrucción de los jóvenes descendientes, y probables herederos, de los hombres más poderosos de Europa y parte del extranjero fundada en torno a mediados del siglo anterior. Sin embargo, el edificio principal era mucho más antiguo y ocultaba historias de personajes mucho más ancianos, erigido por guerreros en la Alta Edad Media, aunque restaurado, modificado y ampliado durante los sucesivos siglos. Respecto al joven Heinrich, que casi dormitaba sobre su libro, era el joven tercer hijo de un conde bávaro. Tenía que haber tomado los hábitos, pero el destino quiso que aquel miserable año los franceses osaran invadir las tierras germánicas, forzando a su padre y el mayor de sus hermanos a presentar batalla. La victoria había sido suya, pero a un precio desconsiderado: Muchos primogénitos heredaron antes de tiempo, y otros con menos fortuna, habían cedido su cargo a sus familiares más jóvenes. Así fue cómo Heinrich, educado entre sacerdotes y mujeres para tener un carácter afable y piadoso, se encontró segundo en la línea sucesoria de los títulos de su familia; y como no había sombra alguna de ardor guerrero en su sangre, había que asegurar de algún modo su futuro. Los tiempos cambiaban. Sí, la guerra seguía siendo guerra y los nobles seguían siendo nobles, pero la plebe ya no era la misma. Ahora, en la segunda mitad del decimonoveno siglo, cualquier hombre por solitario o mujer en compañía podía ascender muy rápido mediante la invención de nuevas tecnologías, la dedicación a la industria o la Bolsa. Eran tiempos donde la aristocracia ya no solo la formaban méritos militares; y Heinrich parecía adecuado para una vida culta y completamente formada. Así se había decidido que el muchacho partiría hacia Suiza. El cambio tampoco supuso ningún desagrado. A Heinrich le gustaba estudiar y aprender, y detestaba los excesos propios de la violencia; sin embargo, a medida que la pubertad formaba su carácter, tampoco había asimilado gratamente su futuro como sacerdote. En cierto modo, se sentía aliviado con el cambio. Sin embargo, el giro del destino había sido repentino: se había unido a la escuela en la última semana de Octubre, y sus compañeros le aventajaban. Motivo por el cual estudiaba en la biblioteca a aquellas horas, en vez de disfrutar uno de los últimos, aunque fríos, agradables atardeceres del año. -Tengo la impresión de que no te había visto antes por aquí. La voz, dulce y cantarina, lo arrancó de sus cabezadas con una violenta sacudida. Se giró hacia la


voz, en el piso superior, y vio allí asomado a un muchacho de edad similar a la suya y piel muy morena. -Ha… hace poco que llegué, señor. El otro muchacho descendió alegremente los escalones de hierro y se dirigió a grandes zancadas junto a Heinrich. -¡Nada de señor! No me gustan todos esos formalismos-dijo con tono enérgico-. Es un placer conocerte-añadió, recorriéndolo con la mirada hasta fijarse en sus ojos a la vez que extendía su mano hacia él-, y créeme, no es un mero formalismo-sonrió. Heinrich se quedó un momento quieto y pensativo, algo desconcertado por la repentina aparición del extraño. No era habitual que en el silencio de la biblioteca alguien apareciera inesperadamente, pero en aquel momento allí no había nadie más, y los ojos cansados del bávaro picaban. Finalmente se repuso y le devolvió el apretón de manos. -Gracias, supongo-titubeó-. Soy… Heinrich, ¿y usted, señor? -¡Nada de señor, por favor!-exclamó sin perder la sonrisa- Y lamento mi pésima educación, no sé cómo pude pasar por alto presentarme: Me llamo… bueno, no creo que te sea fácil pronunciar mi nombre, es algo extraño. Oh, bueno, puedo tutearte ¿verdad? -Eh, sí, por supuesto-Heinrich no era una persona amigable, pero tampoco hostil; aunque el carácter del extraño era avasallador, había algo realmente encantador y misterioso en él, algo que lo relajaba al instante-. ¿Por qué dice usted…? ¿Por qué dice eso? -Porque en Oriente se emplean nombres que en Europa resultan extravagantes, cuántos hombres eminentes del este han visto irremediablemente transmutados sus propios nombres. No, yo prefiero ponerlo más fácil: Llámame Gagner. Heinrich recorrió con la mirada al extraño muchacho. Era alto, un poco más que él, pero el pantalón, el chaleco y la levita negra del uniforme escolar dejaban entrever una figura esbelta. Las manos eran delgadas y los dedos largos, sin ninguna marca característica, pero el apretón era firme y fuerte, de forma muy parecida a sus propias manos, aunque estas fueran de tez bien blanca; los rasgos de su bronceado rostro eran proporcionados: unos finos labios oscuros, una alargada y estilizada nariz, unos ojos oscuros, casi negros, ligeramente almendrados, unas arqueadas cejas y una negra cabellera lisa peinada con la raya a un lado; en esto, Heinrich era absolutamente lo contrario: sus labios eran sonrosados, sus ojos del color azul del cielo y la cabellera rubia, ligeramente rizada, todo enmarcado en una piel blanca como la nieve. Lo cierto es que Gagner parecía de origen árabe, probablemente otomano, aunque vistiera y peinara según la moda europea, lo que tampoco era extraño. El Imperio Otomano tenía una larguísima historia inevitablemente ligada a Europa, en esos mismos momentos aún controlaban la Hélade. Y por terribles que fueran las diferencias religiosas, el nuevo siglo había traído consigo la expansión de los territorios, la mejora de las rutas comerciales, la apertura hacia nuevas culturas y la alianza entre gobernantes. Por muy abominable que a algunos les resultara, era inevitable que otomanos y europeos acabaran entremezclando si no sus culturas, al menos sus sangres. -Gagner-repitió-. También es un placer para mí-y logró retener el “señor” justo a tiempo. -No lo dudo-bromeó-. ¿Y qué ata a un joven a esta aburrida biblioteca? Llevo todo el mes buscando los libros interesantes, pero deben tenerlos bien escondidos, en otro sitio. -Acabo de llegar y estoy bastante retrasado en mis estudios-resopló-. Me temo que tardaré semanas en ponerme al día. -Menuda jugarreta del destino. -¿Y ust… y tú? -Como he dicho, buscaba alguna lectura entretenida para evadirme de este purgatorio-bromeó con un juego de palabras-, pero no hay nada más que libros de ciencias varias y absurda teología cristiana. Aunque inapreciable para quien no conociera aquella escuela, el juego de palabras de Gagner era bastante obvio y sencillo: Fegefeuer Schule tenía por misión, según decían sus profesores, purgar de la incultura y las malas costumbres a todos sus alumnos, encaminándolos a una visión elevada sobre la vida y la educación, por un bien mayor.


-Esta escuela… tampoco me parece tan terrible. -Ah, joven ingenuo e insensato, hablas con la voz de la ignorancia y desde la carencia de la experiencia-replicó fingiendo hábilmente una voz rasgada y envejecida, con tono gruñón-. Sobre el dintel de las puertas de este edificio debería estar escrito, en grandes letras de bronce, siempre iluminadas por vivas antorchas, aquello de “Es por mí que se va a la Ciudad del Llanto, es por mí que se va al dolor eterno y el lugar donde sufre la raza condenada, yo fui creado por el poder divino y no hubo nada que existiera antes que yo. Abandona toda la esperanza si entras aquí.” Heinrich soltó una carcajada. Cuando recordó en qué lugar se encontraba, la contuvo rápidamente, amortiguándola con una sonrisa, pese a que no hubiera siquiera bibliotecario al que molestar. -Es usted el más irreverente exagerado que he tenido el placer de conocer. -¡Te dije que nada de usted! -Lo recuerdo, pero te castigo-añadió, en un claro tono de burla-. Te castigo por tu impiedad contra Dios y contra Dante Alighieri, por profanar sus versos de un modo tan vulgar. -¡Oh! ¿Tan seguro estás de eso? Pues aún puedo ser más impío, pero sensato, y asegurar que esta escuela la dirige el mismo Satán. Heinrich tornó el rostro, un poco incómodo. -Eso sí ha sido excesivo-dijo con tono más grave, pero luego recordó que hablaba con un turco y supuso que, para ellos, mencionar el nombre de Satán no sería tan grave, dado que no formaría parte activa de sus creencias-. Además, si tal aseveración fuese cierta ¿cómo iba a permitir Dios la condenación eterna de mi alma tan a la ligera? ¿O se atreve usted a dudar de mi inocencia? Esta vez fue el rostro de Gagner el que varió a lo dramático, dándole la espalda a Heinrich y agravando su voz, mientras su figura se perfilaba contra los verdes prados y la gris ladera. -Ten en cuenta que, por más impiedades que tenga la desfachatez de proclamar, no dudo ni un momento de la ortodoxia de tu voluntad ni la pureza de tu alma, Heinrich. Pero sí dudo de Dios, y de su auténtica naturaleza. -¿Cómo… cómo puedes insinuar eso? -Es un tema que habitualmente crispa y enerva, y más a aquellos que ofrecen su vida a Dios, por ello no quiero empañar nuestra recién formada amistad con tales habladurías. No al menos que tú te consideres capaz de soportar mis ideas. Heinrich guardó silencio, sentado, meditando sobre aquel curioso otomano con el que estaba hablando. Y finalmente se decantó por pensar que, cómo iba un turco a sentir piedad por un Dios que no era el suyo, y qué insensatez sería entonces ofenderse por cualquier cosa que pudiera decir alguien de una cultura tan diferente y exótica a la propia. -Creo que podré soportarlo. Es más-añadió en tono de broma-, puede que pueda hacerte ver la luz. -Oh, eso sería una auténtica proeza-carcajeó-. Lo cierto es que sostengo la existencia de Dios, pues solo una sapiencia infinita y todopoderosa puede ordenar la infinita magnitud del universo con tan preciso orden que, pese a parecer un absurdo y completo caos, persiste a incontables eras cumpliendo periódicamente a las mismas funciones, con una abrumadora y meticulosa exactitud que no puede ser comprendida por ningún inglés ni plasmada por ningún suizo en ningún reloj. -Pues bien, he ahí cómo es que Dios es benevolente en su naturaleza. -He ahí cómo es Dios de preciso y exacto. Porque Él es el primero y de Él provienen todas las cosas; y por tanto, de él provienen todas las epidemias que arrasan a animales y gentes, todas las hambrunas que a menudo nos debilitan, todos esos inmensos y brutales baños de sangre, toda esa muerte, que lo mismo alcanza al anciano en la plenitud de su vida como al joven, que empieza a formarla. -Pero las Sagradas Escrituras mencionan que los Jinetes del Apocalipsis son el castigo a la Humanidad mortal por el Pecado Original. -¿Y estabas allí para verlo por ti mismo?- Heinrich guardó silencio, frunciendo el ceño, sin comprender a qué se refería.- ¡Ah! Triunfo para mí. Las Sagradas Escrituras las escribieron humanos para humanos, y Dios me parta con un rayo si realmente hubo alguna intervención divina.


Y es así cómo todo el Génesis no es sino una infame mentira para explicar un pasado que se ignora, devorado por el tiempo. -¿Y para qué diantres iba un hombre a inventar semejante calumnia contra toda la Humanidad? -Para esclavizar.- Heinrich se horrorizó ante aquella respuesta.- No me dirás que es impropio de la naturaleza del hombre: “Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit”; Así es como un hombre convence a muchos de que están condenados junto a todos sus hijos, salvo si se unen a su fe, porque él, un miserable mortal más, puede limpiar con agua ese pecado original. Y estos borregos, manipulados desde su mismo nacimiento, llevarán a sus propios descendientes a bautizar, sacrificando su ingenuidad al imperio de otro y la posteridad. -Tus blasfemias no son más ciertas por citar a Hobbes. -No es lo que intento, citaba a Plauto. Los sabios griegos carecían del sometimiento a Dios, bienaventuranza de haber vivido en una era previa al que lo inició todo-replicó con tono burlón y cruel-. Y pobres desgraciados los que se opusieron y procuraron conservar su propia fe, su propia visión del mundo: Los avasallaron mediante la guerra, el ostracismo y el fuego desde sus propios inicios; así consiguieron un emperador cristiano y así se extendieron por el mundo. Sabes que no miento, porque puede que la antigua historia no lo refleje, filtrada por siglos de clero, pero no ha pasado tiempo suficiente para que se olvide Salem. -¡Son fanáticos! -¿A caso no se quemaron “brujas” en España hasta el siglo pasado? -¡Más fanáticos! -¿Y el resto de Europa?- Heinrich guardó silencio.- Incluso un siglo después de aquellas barbaries, buscáis otras que cometer; y las que os quedan por delante, son dignas de… Se silenció, respiró hondo y se relajó. -Pero todo eso lo ha hecho el hombre. -¿Y qué es el hombre si no la criatura favorita de Dios, tan solo superada en perfección por sus ministros, los ángeles? Y si por el contrario, no sois tan perfectos, ¿cómo es que Dios permite que representéis su voluntad y no envía a un emisario más apropiado, como tantas veces previas se supone que ha hecho? -Me confundes. ¿Crees o no crees en Dios? -No creo. ¡Sé! Dios existe y es un hecho irrefutable constatado en un millar de hechos: En la magnitud del universo, en la perfecta armonía del sistema solar, en la compleja unidad de un millar de átomos, en el abrigado pelaje del oso polar y las coloridas plumas del pavo real, en el ardor del sol que calienta y el frío rostro de la luna que las aguas enerva, en la vida que tales proporciones de hechos genera, en la existencia de mil tipos de flora y fauna, y en la brillantez desarrollada tan solo por una: El Hombre. Pero Dios no es bueno, o no es el Dios al que tú adoras, porque Dios creó todo eso y mucho más: Creó a los ángeles y los armó con luz y fuego, y pudiendo destruir a los demonios les dio un reino aparte, y pudiendo evitar que cayera en manos del Hombre el conocimiento de las armas y la cosmética, la concepción de la moral y el pecado, os dio de lado. Creó al Hombre a su imagen y semejanza y nos dotó de libre voluntad, y con esa miserable excusa, nos dio la espalda y castigó a cuantos no le obedecieron, a cuantos intentaron proteger a la Humanidad de un poder tan inmenso que no estaba preparado para ello. -Eso… son… ¡blasfemias! -¡Verdades! Verdades frías y afiladas como puñales que se hunden en tus oídos. Dios os creó y abandonó a nuestra suerte, y se sentó en su alto trono de luz entre las nubes a observar cómo se desarrollaban los hechos: ¿Que los Hombres se giraban hacia otros dioses? Daba igual ¿Que marchaban sobre otros hermanos, los pasaban a cuchillo, los esclavizaban o sacrificaban? Daba igual ¿Que las enfermedades se extendían hasta arrasar una décima parte de entre los mortales? Daba igual. Fue Él, en su inmensa y considerada bondad quien derrumbó la Torre de Babel, y fue Él quien escupió cariñosamente siete plagas sobre Egipto, y solo Él quien permitió que Caín sacrificara a Abel para después castigarlo por toda la eternidad en su infinita misericordia. En su nombre se decapitaron miles de escandinavos, se persiguieron a miles de infieles, se quemaron a miles de blasfemos, se sacrificaron a miles de creyentes. Nadie está a salvo cuando se acoge a Su


sagrada voluntad, y todo lo que promete tras la muerte es un paraíso eterno del que no existe constancia alguna. -¿Cómo puedes insinuar eso? -No lo insinúo. ¡Lo digo! La vida mortal es finita y avocada a la Parca, y por las creaciones de Dios, la cita suele apresurarse más de lo que complace a la mayoría. Solo una vida y quién sabe si algo más… ¿Realmente estás dispuesto a dilapidar tu mayor tesoro en beneficio de quien ha enviado a tu padre a la guerra, a tu hermano a la tumba y a ti entre estos muros? -Los caminos del Señor… -¡Son una comedia! Una comedia que Él escribe, dirige y contempla, una parodia con la que entretenerse en su inmenso aburrimiento. Piénsalo, Él es eterno, todo empieza y todo acaba con Él; así que cuánto tiempo ha existido es una incógnita, pero estoy seguro de algo: Que el Hombre no es el primero ni será el último, y que hubo y habrá otros más o menos poderosos que él, solo para sus abominables entretenimientos. Heinrich guardó silencio y contempló detenidamente a Gagner, adentrándose en sus oscuros ojos casi negros. Los puños, apretados, se soltaron lentamente, y los labios, crispados y apretados, se liberaron en una sonrisa. -Estás muy equivocado. Gagner, cuya morena piel se había enrojecido en el ardor de su discurso y cuyos brazos estaban alzados al aire, muy gesticulantes y expresivos, se detuvo en el acto como si hubiera sido petrificado. Descendió los brazos y giró sobre sus talones con gracilidad, correspondiendo al atento examen de Heinrich. La piel volvió a oscurecer y el carácter se enfrió rápidamente, mientras los rasgos se suavizaban en una máscara de asombro. -¿Cómo? -Que estás muy equivocado, y puedo demostrártelo. -¿Cómo? -Es más, no voy a intentar convencer mediante la palabra. Voy a predicar con el ejemplo, como haría un buen profeta. Gagner prorrumpió en una ruidosa carcajada. -Imposible, te lo aseguro. Antes corrompo tu ingenua alma. -Si es imposible, no temerás ponernos a prueba. -¿Qué apuestas? Heinrich guardó silencio, pensativo, un momento, durante el cual meditó qué tentaría mejor al misterioso joven otomano a caer en sus redes. Luego, pese a lo blasfemo que le parecía, concluyó en que Gagner no era nada más que un sencillo muchacho más con unas ideas algo alocadas. -Mi alma-respondió con tono cómico-. Y te espeto a igualar la apuesta. Gagner arrastró una pesada silla de roble y se sentó en ella, frente a Heinrich. Lo miró directamente a los ojos, en absoluto silencio, y permanecieron así durante al menos un minuto antes de que los labios del otomano se arquearan en una media sonrisa. Le tendió la mano y esperó a sentir la suave piel de las manos del noble bávaro. -Trato hecho.

Nº1 Weird Planet  

Seguro que ustedes emplean redes sociales, igual que nosotros; y seguro que han ojeado, alguna vez, el perfil de alguno de sus agregados, ig...

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