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HĂŠctor Dunia Quesada


Héctor

Lo peor de nacer en el seno de una familia acomodada que te tiene la vida resuelta es que, para poder disfrutar de las ventajas que esta te ofrece, tienes que acatar las condiciones que la familia te impone o, al menos, esto es lo que pienso yo. Pero deja que me presente: mi nombre es Héctor y desde hace dos meses acudo a la Facultad de Empresariales en la que mi padre me ha matriculado a pesar de que mi deseo, desde que tengo uso de razón, era matricularme en Filología Hispánica. Sí, ya sé que es de locos querer vivir de las letras en una época en la que el trabajo escasea y en la que el materialismo impera, pero, aunque me cueste reconocerlo, tengo sueños de poeta… Conocedor de mi natural atolondramiento, mi progenitor decidió que Octavio, el chófer de la familia, me trajera todos los días y me recogiera una vez hubiera terminado mi jornada. Si he de ser sincero con ustedes, aunque en un principio no lo entendí y me enfadé con él, una mirada de reojo el primer día al transporte público y a cómo se llenaba de mis sudorosos compañeros, me llevaron a agradecer, una vez más, la sabiduría de mi padre. Heme pues aquí, en el aparcamiento de la Facultad, aguardando a Octavio, cosa sumamente extraña, pues en mi vida he tenido que esperar por nada o por nadie, más bien ha sido a la inversa, pues como mi padre suele decir: “la alta alcurnia también se demuestra por el tiempo que los demás están dispuestos a esperarte”.

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Héctor Decidido: esperar no es lo mío, ¡ya no sé bien cómo colocarme! Además, este lugar, que hasta hace unos minutos era un hervidero, empieza a quedarse desierto y, aunque no soy miedoso, no me siento ni cómodo ni seguro en estos momentos. Vaya, tan ensimismado me encuentro que el sonido del motor de un coche que se acerca me asusta. No es más que un utilitario sucio y viejo que conducen a demasiada velocidad para lo que está permitido en esta zona. Un muchacho de no más de quince años se baja del coche cuando aún está en marcha. Esto no me gusta. Ahora el conductor acelera y se acerca peligrosamente al chico que corre de manera desgarbada, como si tuviera problemas en sus piernas. ¿Qué hago? No me han visto, o al menos eso creo. ¿Me escondo?, pero dónde. Si corro llamaré su atención. ¡Maldita sea!, Octavio, dónde estás…si me pasa algo mi padre te mata, seguro que te mata. Lo van a atropellar, mi madre, ¿pero qué les pasa? No puedo quedarme aquí tan tranquilo como si no pasara nada, ¿de qué pasta estoy hecho?, ¿es que voy a permitir que arrollen a ese chico?… Corro hacia el muchacho agitando mis brazos para llamar la atención del conductor. Unos extraños sonidos salen de mi garganta, no sé qué estoy gritando, pero he conseguido, sin lugar a dudas, llamar su atención: el coche frena su carrera y, en una fracción de segundo, cambia de dirección… ¡Dios mío, se dirige a donde estoy! El miedo me atenaza y mis piernas y brazos, que hasta hace un momento parecían tener vida propia, de repente están muertos: parezco un muñeco desmadejado y mi cuerpo, tembloroso, apenas si me sustenta. El destartalado coche se acerca amenazante y yo, pobre de mí, no puedo reaccionar. Cierro los ojos y espero que siga de largo. 3


Héctor …………………………………………………………………………….. Héctor siente como alguien sacude su cuerpo. Unos sonidos ininteligibles se van abriendo camino en su mente y se convierten en palabras que empieza a entender. -Héctor, Héctor, ¿estás bien? - suena preocupada la voz de Octavio-. Nos tenías preocupado… ¿Qué te ha pasado? - El chico, ¿dónde está el chico, Octavio? - logra articular con dificultad. -¿Por quién preguntas? Yo solo veo a esta muchacha – le responde Octavio mirando hacia su derecha- . Fue ella quien te encontró y estaba a tu lado cuando yo llegué. La pobre se ha llevado un buen susto… Héctor dirige su mirada al lugar que Octavio señala y se encuentra con el rostro más hermoso que ha visto en su vida. Se siente ridículo tirado en el suelo e intenta levantarse, pero un vómito repentino le sobreviene cuando se incorpora. -Calma chico, calma…no pasa nada. La señorita entiende que no estás bien - le dice Octavio que se da cuenta de la mirada que Héctor dedica a la joven que los acompaña en ese momento-. Deja que te ayude a levantarte y te meta en el coche. ¿Quieres que nos acerquemos al servicio médico de la Facultad o vamos directos a casa? - Prefiero que vayamos a casa, Octavio – le responde Héctor apesadumbrado e incapaz de mirar a su benefactora. - ¿Necesitas ayuda? – suena entre preocupada e irónica la voz de la muchacha-. Aunque no estás para presentaciones, mi nombre es Nerea y comparto algunas asignaturas contigo. Sueles sentarte justo delante de mí, por eso te he reconocido cuando te encontré tirado y ya iba en busca de auxilio cuando apareció tu chófer. 4


Héctor - Gracias, Nerea, yo soy Héctor. Disculpa mi mala educación. Tenía que haberte agradecido tu socorro mucho antes… - No te preocupes, Héctor, solo espero que estés bien. Te dejo en buenas manos ... Héctor y Octavio siguen con la mirada los pasos seguros y rápidos de Nerea que, en un momento, atraviesa la alameda que separa el aparcamiento del edificio principal. - ¡Vaya con la chavala! Si tuviera veinte años menos se iba a enterar. Sí que es guapa, sí. - Déjate de guapuras y llévame a casa, que quiero quitarme esta ropa de encima. Pero cuéntame, - le pide Héctor con tono de reproche a Octavio- por qué no estabas aquí a la hora de siempre. …………………………………………………………………. No lo entiendo, Nerea dijo que se sentaba detrás de mí en clase, sin embargo, llevo toda la semana observando a los que se sientan en las filas posteriores y no consigo vislumbrarla. ¿Le habrá pasado algo?...Ya estás con tus paranoias de nuevo, Héctor, no es suficiente con que desde hace tres días el simple sonido del motor de un coche te asuste… Desde luego mis compañeros van a pensar que me ha dado el mal de San Vito, no estoy quieto ni un minuto y así es imposible concentrarse. Tengo que dejar de pensar en Nerea, pero no puedo: la tengo metida en mi cabeza y no hago otra cosa que recordar la tristeza que se escondía tras su sonrisa cuando se despidió en el aparcamiento. Me voy a volver loco, o aparece o la poca cordura que en mí había, según mi querido padre, va a desaparecer… …………………………………………………………………………………. - ¡Eh, tú! Sí, es a ti, no te hagas el loco –le dice a Héctor un chico que ha acelerado el paso para ponerse a su altura cuando se dirige a la cafetería. 5


Héctor - Perdona, ¿hablas conmigo? -le pregunta Héctor, sorprendido. - ¿No me reconoces? Pues bien que estuviste dispuesto a jugártela por mí, tío… ¿Todavía no caes en la cuenta? Soy el idiota al que casi atropellan o por el que casi te arrollan, si lo prefieres… - Vaya, empezaba a creer que me lo había imaginado… Cuando, hum, cuando me “desperté” ya no estabas y, claro, nadie te había visto excepto yo, así que no podía estar seguro de que fueras real. ¿Estás bien? Me pareció verte cojear. - Sí, estoy bien, gracias. Bueno, tío, solo quería darte las gracias por lo del otro día – le dice mientras se aleja de Héctor- además, si no lo hago, mi hermana me mata… - ¿Tu hermana?- tarda en reaccionar Héctor- ¿Conozco a tu hermana? –le grita antes de decidirse a seguirlo. Por más que Héctor acelera el paso no consigue alcanzar al muchacho que se pierde entre la multitud de estudiantes que se dirige a la cafetería como él. Ya está a punto de abandonar su búsqueda cuando un movimiento, seguido del ruido de pasos acelerados a su derecha, llama su atención. Tras un leve titubeo, se dirige a la puerta que se acaba de cerrar y que tiene el cartel de almacén. Por un momento duda si traspasar esa puerta o darse media vuelta, pero algo en su interior lo decide a seguir su primer impulso y, armándose de valor, entra en él. Cuando habitúa su vista a la oscuridad, distingue una nueva puerta al fondo del estrecho y caótico cubículo y hacia allí dirige con precaución sus pasos tras asegurarse de que no hay nadie en el interior. La puerta que, pese a lo extraño del caso y como la anterior, no está cerrada con llave da a la parte trasera del edificio, donde se encuentran los contenedores de basura y restos de viejo mobiliario de las aulas y la cafetería.

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Héctor Héctor está a punto de volver al interior cuando escucha un débil quejido entre las mesas y las sillas apiladas. Con mucha precaución y con todos sus sentidos en tensión se acerca al lugar desde el que ahora le llegan más nítidos los sollozos. Lo primero que alcanza a ver son las sucias y viejas Vans de alguien que se encuentra tirado en el suelo. Acelera el paso y descubre que es el chico a quien estaba buscando. Este tiene la cara ensangrentada y el brazo en una posición antinatural. Está sacando el móvil para pedir ayuda cuando una mano en su brazo le impide que acabe el gesto. -¡Dios, qué te pasa! ¿Te has vuelto loca?, casi me matas del susto… -¡Quítate de en medio, Héctor! Ya me encargo yo- le dice Nerea haciéndolo a un lado-. No tengo tiempo para explicaciones. Ayúdame a llevarlo al coche. -Definitivamente estás loca. ¡Tenemos que llamar a una ambulancia o es que no ves en qué estado se encuentra!- le responde Héctor con una autoridad poco habitual en él. -¿Y cómo lo explicamos? Decimos, acaso, que tropezó o, mejor, que se cayó por las escaleras – le contesta Nerea mientras coge al herido con mucho cuidado por debajo de los brazos- ¡ah, no!, que aquí no hay escaleras.... ¿Vas a ayudarme o no? Por favor, Héctor, ya te lo explicaré, pero ahora tienes que confiar en mí y ayudarme a trasladarlo. Héctor, resignado, lo coge de las piernas y con sumo cuidado, pues el herido no para de gemir cada vez que realizan un movimiento brusco, ayuda a Nerea a llegar hasta un coche que está estacionado a escasos metros de donde se encontraban. -De esto ni una palabra a nadie, me oyes, a nadie. Sabré ocuparme de él, no te preocupes. Nerea, mientras se sube al coche, tiene tiempo para dedicarle unas palabras a Héctor y dejarlo sumido en el desconcierto.

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Héctor -Gracias por todo. No sabes lo que significa para Raúl tu ayuda. Cuando se entere de que una vez más te debe la vida, no sabrá cómo pagártelo. Y yo tampoco… ……………………………………………………………………………… Calma, Héctor, calma, no ha sucedido nada… ¡Joder! ¿A quién engaño? No me puedo quitar de la cabeza su cara destrozada… Así que se llama Raúl, o al menos de esa manera lo llamó Nerea, pero ¿puedo confiar en ella como me pidió? En realidad, qué sé de ella… Ya no sé qué pensar. Jamás soñé con encontrarme con algo así. Si mi padre se entera pondrá el grito en el cielo, él que me matriculó en Empresariales por ser carrera de gente con clase… Ciertamente el tal Raúl no se cayó por unas escaleras, entonces…no te hagas el tonto, Héctor, entonces está claro que lo del otro día no fue un accidente… Debo apartarme de esos dos o tendré problemas. Ella parece una buena chica, pero si su hermano, porque debe de ser su hermano, se mete continuamente en problemas, buena pieza tiene que ser… Claro, que juzgar a alguien sin tener todos los datos tampoco es de buena persona. ¿En qué me estoy convirtiendo? ¿Quién soy yo para decidir si alguien es bueno o malo? Nerea parece provenir de buena familia, fue atenta y educada conmigo y yo me despacho despotricando de ella y de su hermano…eso no está nada bien, Héctor, nada bien. ……………………………………………………………………………………….. Héctor, metido en sus cavilaciones, no se da cuenta de que, desde el mismo momento en el que pisó el vestíbulo, un par de ojos inquisitivos lo siguen a todas partes mientras evalúan su persona y se preguntan por la relación de este con los dos

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Héctor hermanos. Ajeno a todo, sigue con sus pensamientos y se pregunta qué pudo hacer Raúl para merecerse que lo maltrataran de esa manera. El resto de la jornada no consigue concentrarse y está, en varias ocasiones, a punto de llamar a Octavio, pero el sentido común le dicta quedarse para no tener que dar explicaciones ni a este ni a su familia. Por primera vez en su vida, Héctor siente la necesidad de saltarse una clase y, aunque con remordimiento, así lo hace. Se dirige a la biblioteca, ya que no se atreve a salir del edificio por temor a encontrarse con el chófer que en breve pasará a recogerlo. Decide sentarse cerca de los grandes ventanales que dan al jardín para aprovechar las vistas que este ofrece y serenarse. Sin embargo, antes de sentarse, el runrún de un motor, que provine del exterior y que llega amortiguado por el ventanal, llama su atención. Se acerca a la cristalera y constata que el vehículo que se aproxima es del mismo color y está igual de destartalado que el que estuvo a punto de arrollarlo. En un alarde de valor, decide bajar al aparcamiento y ver quién conduce a la temida bestia. Sin embargo, él no es el único que se percata de la llegada del coche y, antes de que Héctor salga a su encuentro, su perseguidor abandona la biblioteca presuroso para poner en sobre aviso a su conductor. Héctor llega a tiempo de ver como el coche dobla la esquina y se pierde en la lejanía. No alcanza a distinguir si dentro de él hay una única persona o si, por el contrario, son varios los ocupantes. Derrotado decide volver al edificio, sin ser consciente de que unos ojos sonríen burlones y se jactan de su fracaso. …………………………………………………………………………………. -¿Puedo hacerte una pregunta? –Octavio mira al ocupante del asiento trasero a través del espejo retrovisor.

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Héctor -¿Desde cuándo has necesitado permiso para preguntarme, Octavio? - le responde extrañado Héctor -. Tú dirás. - Desde hace unos días te noto distante – la voz de Octavio adquiere un tono grave-. Antes no parabas de hablar en todo el trayecto, pero en la última semana apenas me diriges la palabra. - Perdona, Octavio, debe de ser la cercanía de los exámenes. Para mí es una experiencia nueva y no quiero fallarle a mi padre. Ya sabes cómo es. - Entonces no tiene nada que ver con el coche que, desde hace días, nos sigue cuando voy a recogerte – una vez más Octavio mira inquisitivo al joven. - ¡Cómo! – el muchacho no puede evitar dar un brinco en su asiento y volverse para ver de qué vehículo se trata. - Desde luego… de discreto no tienes un pelo. Es un Renault azul que se encuentra en el carril de la derecha. ¿Estás metido en algún lío? Primero lo del aparcamiento y ahora esto. - ¿Estás seguro de que nos sigue? – no consigue limpiar de su voz el tono de ansiedad que la noticia le causa. - Héctor, ¿por qué crees que me contrató tu padre? Quien conduce ese coche o es un aficionado o un chapucero. Eso me tranquiliza y es la razón por la que no he querido informar al jefe antes de hablar contigo pero, si tú me dices que no sabes nada del asunto, me pondré manos a la obra y averiguaré de quién se trata. El chófer pone el intermitente para incorporarse a la arteria que lleva al campus. - De verdad que no sé quién puede ser… Pero yo no molestaría a mi padre, está de los nervios y lo único que se escucha últimamente en casa son sus gritos cuando lo llaman. 10


Héctor - Mucho interés tienes tú en que lo deje correr –le dice suspicaz Octavio a Héctor- para no tener nada que ver contigo. ¿Estás seguro de no haberte metido en algún lío de faldas? La tal Nerea… -¿Nerea? ¿Te refieres a la chica del aparcamiento? No la he vuelto a ver, no ha venido a clase esta semana –se apresura a responder. - ¿Y tú lo sabes por…? Vamos, chico, no le quitabas ojo. Y una chavala de ese tipo tiene un maromo detrás, sí o sí. ¿No será que el mozo se ha puesto nervioso con la competencia? - De verdad que no. Y sí, estoy pendiente de ella – admite pensando que así sosegará a su chófer-. No voy a negarte que Nerea me impresionara, pero no la he vuelto a ver. Creo que me evita y que por eso no coincidimos. - No seas tonto. Si no la has visto es porque son muchos en el aula. La cosa no fue tan grave– le dice sonriendo por primera vez durante la charla-, por mucho que en aquel momento quisieras que te tragara la tierra. Pero volviendo a lo de antes, si como aseguras no sabes nada, mejor investigo un poco, no vaya a ser que por un exceso de confianza nos veamos metidos en un lío. - Como quieras, Octavio, si así te quedas más tranquilo…-atina a decirle a la vez que abre la puerta del coche -. Acuérdate de que hoy me recoges una hora más tarde. Cuando Héctor se baja del coche, mira alrededor con la esperanza de ver aparecer a Nerea. Después se incorpora al grueso de alumnos que cruzan la alameda para dirigirse a las aulas. Entre ese enjambre de cuerpos se encuentra camuflado el individuo que desde hace casi una semana sigue a Héctor y que, como en días anteriores, llega al campus en el Renault que un experimentado Octavio ha detectado. Este parece uno más de los

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Héctor estudiantes, sin embargo, al chófer no se le pasa por alto esa figura que camina unos metros por detrás de su protegido y que intenta pasar desapercibido. Octavio aparca el coche sin muchos miramientos y, a una distancia prudente, marcha tras los chicos, para no alertarlos con su presencia. ………………………………………………………………………………… Vamos a ver, Héctor, no puedes ser tan transparente. Si sigues así Octavio no va a cejar en su empeño de descubrir quién está detrás de ese coche y no tardará en relacionarlo con Nerea y su hermano. ¡Joder, qué voy a hacer! Ya tiene la miel en los labios y ahora no va a parar hasta descubrir la verdad… ¿Cómo han llegado hasta mí? Al fin y al cabo nunca antes me había relacionado con los hermanos. Claro que a lo mejor es Octavio el que está sacando las cosas de quicio y realmente el coche no nos sigue a nosotros, sino que coincide en nuestro trayecto. Eso es, ¡cómo no se me ocurrió antes! Tan pronto como me suba en el coche esta tarde se lo plantearé a Octavio. Seguro que está de acuerdo conmigo. ……………………………………………………………………………….. Mientras Héctor, inmerso en sus pensamientos, no se da cuenta de que lo siguen, Octavio está a punto de interceptar al acechador. El chofer hace presa en el brazo del extraño a quien, con una dura mirada y un doloroso apretón en el antebrazo, obliga a abandonar la persecución y a seguirlo. En una fracción de segundo, se ha adueñado de la situación y dirige sus pasos a la parte trasera del edificio. Una vez fuera de la vista de todos, Octavio se encara con su presa a quien, a pesar de haber dejado libre, le tiene bloqueado el paso.

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Héctor -¿A quién tenemos aquí? – dice como hablando para sí y, acto seguido, lo interroga con tono amenazante- ¿Quién eres? ¿Por qué sigues a mi chico? - A ti qué te importa, tío –se atreve este a espetarle-. Me sueltas o… - ¿O qué? – Octavio, que vuelve a hacer presa en el brazo del chico y ahora se lo retuerce, le habla con tono amenazador- dime, listillo, ¿o qué? - Tío, no sabes en qué te estás metiendo… - Efectivamente, no lo sé, por eso vas a ser tú, listillo –lo imita con retintín-, quien me lo diga. Y te advierto: no tengo todo el tiempo del mundo… …………………………………………………………………………….. Una gran sonrisa ilumina la cara de Héctor cuando entra en el aula y se encuentra de frente con Nerea quien, tras hacerle una señal de reconocimiento, le lanza una muda invitación a seguirla afuera. Ya en el pasillo, Nerea se engancha al brazo de Héctor y lo dirige a las escaleras de acceso a la planta baja en la que se encuentra la cafetería. Héctor quiere preguntarle algo, pero esta, acercando su dedo a la boca de Héctor le pide que guarde silencio. Una vez dejan atrás a los compañeros rezagados, Nerea, en un tono de voz solo audible para Héctor, le pide que se adelante y la espere en el almacén que este ya conoce. Pasados unos minutos, cuando Nerea entra en el almacén y se acerca a él, ya ha acostumbrado sus ojos a la penumbra. -Perdona, Héctor, pero tenía que asegurarme de que nadie nos seguía – le dice Nerea que se coloca a su lado y le pone la mano en los brazos cruzado de él-. Una vez más tengo que darte las gracias por tu ayuda y comprensión. Sé que tienes que haberte hecho muchas preguntas estos días y, tanto Raúl como yo, pensamos que te mereces una explicación.

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Héctor - Eso puede esperar – le replica Héctor- . ¿Cómo está Raúl? Su brazo tenía muy mala pinta. -Dolorido. Tenía el hombro dislocado, pero al menos el húmero no estaba fracturado, que era lo que nos temíamos. Lo peor se lo llevó en realidad su cara, pero un labio partido y un par de puntos en la ceja es un mal menor para lo que podía pasar. Si no llegas a aparecer, no quiero ni pensar lo que hubiera sucedido… -¿En qué está metido tu hermano, Nerea? Si puedo saberlo, claro. Octavio, a quien ya conoces, me dijo hoy que un coche lleva días siguiéndonos. -¿Te están siguiendo? – la voz de Nerea suena preocupada-. Lo siento mucho, de verdad. Lamento que te veas metido en problemas por nuestra culpa. - Tu hermano… - Raúl no es mi hermano - corta a Héctor para seguir con su explicación-. No en el sentido exacto de la palabra. Desde hace años somos algo así como su familia adoptiva. Raúl es un buen chico que se ha visto obligado a tomar decisiones difíciles en su vida y que a veces tomó un camino equivocado, pero en esencia es una persona extraordinaria. Cuando lo conozcas te vas a dar cuenta enseguida. - Entonces, cuando me dijo que si no me daba las gracias su hermana se enfadaría, ¿no se refería a ti? - Raúl es hijo único y para él yo soy su hermana. Mis padres quisieron adoptarlo hace unos años pero se negó. Creo que en realidad quería evitarnos problemas. - No te entiendo, si es un buen chico, qué problema podría causarles. - Su madre murió cuando él tenía cinco, no, seis años. Por aquel entonces su padre estaba en la cárcel y apenas tenía contacto con él. No tenía más familia, de ahí que se le asignara un centro de acogida hasta que su padre cumpliera su pena. Sin embargo, cuando salió de prisión no quiso hacerse cargo de él. 14


Héctor - Vaya, tuvo que ser duro… - Imagínate, el niño contaba los días que le quedaban para volver a su casa con su padre, pero para este era un lastre. Mi madre, que era su abogada y había basado su defensa en la existencia de un hijo que lo necesitaba, se sintió utilizada. Pues bien, tras consultarlo con nosotros, solicitó la acogida provisional de Raúl. Su cliente firmó gustoso los papeles, así que el niño se vino a vivir a casa. - ¿Cómo te lo tomaste tú? –La interrumpe Héctor que la escucha con emoción contenida- al fin y al cabo no eras más que una niña. -Una niña que anhelaba tener un hermanito como el resto de sus amigas. Así que para mí la llegada de Raúl fue todo un acontecimiento. Además, la diferencia de edad entre nosotros no es tan grande y podía, como de hecho sucedió, convertirse en un buen amigo. Al principio a Raúl le costó habituarse a nuestra casa, pero con la paciencia que tienen mis padres y su comprensión, el chico fue, poco a poco, adaptándose a nosotros. Iba al mismo colegio que yo y se sentía uno más de la familia. Llevaba ya cuatro años viviendo con nosotros cuando su padre volvió a aparecer en su vida. - ¿En esos cuatro años no se había puesto en contacto con él? - No, ni siquiera lo llamó por teléfono. Pero deja que continúe hasta el final. Un día, cuando para darle una sorpresa pasé por el colegio a recogerlo, vi que estaba hablando con un desconocido. Me acerqué a ellos con la idea de llevármelo y de llamarle la atención sobre lo peligroso que era hablar con extraños, cuando el parecido del hombre con Raúl me abrumó. Enseguida me di cuenta de que se trataba de su padre. Cogí a Raúl del brazo y sin decir nada me lo llevé de allí.

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Héctor Raúl me pidió que no dijera nada en casa y yo, me arrepiento todos los días de ello, le hice caso. Dos días después Raúl huyó. Mis padres denunciaron su desaparición, pero no sirvió de nada. Pasados unos seis meses, me lo encontré un día a la salida de clase: había adelgazado, iba sucio y tenía la cara y los brazos, que estaban al descubierto, marcados de heridas. Sin decir nada lo abracé y me lo llevé a casa. Llamé a mis padres, que estaban en el trabajo, y enseguida se pusieron en marcha. Cuando vieron el estado en el que se encontraba llamaron a un médico amigo de la familia y este, tras curar las heridas que presentaba y asegurarse de que no tenía nada roto, les recomendó a mis padres que lo dejaran tranquilo y que no lo agobiaran con preguntas sobre lo que le había sucedido. Las semanas pasaron y Raúl se fue recuperando. Pensamos que todo volvía a la normalidad, pero una vez más nos equivocamos. Al principio, mis padres echaron en falta pequeñas cantidades de dinero, que pasaron a ser más importantes con el paso de los días. Mi madre se negaba a creer que Raúl estuviera detrás de esas desapariciones. Puedes imaginar lo que suponía para ambos aceptar que aquel niño, al que querían como a un hijo, les estaba robando. Cuando por fin se decidieron a hablar con él, Raúl negó los hechos y mis padres no insistieron más en el asunto. Pensaron que terminaría admitiendo su error y que pediría perdón. Pero esto no ocurrió: volvió a marcharse llevándose todo lo que había de valor en ese momento en casa. Mis padres no quisieron denunciar el robo, pero sí su huida. Al cabo de dos semanas, la policía lo trajo de vuelta a casa. Volvía a estar herido. Nos confesó que su padre lo había agredido y obligado a robar. Lo tenía

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Héctor amenazado con hacernos daño a mi madre y a mí si no le entregaba todo cuanto le pedía. Mis padres informaron de lo sucedido a la policía y el padre de Raúl volvió a entrar en prisión. Pensamos que con este episodio se había acabado el problema, pero no hizo más que dar comienzo a nuestra auténtica pesadilla: el muy miserable pidió que se nos retiraran la custodia y, aún nos preguntamos cómo, lo consiguió. Tras pasar por una casa de acogida en la que le hacían la vida imposible, Raúl se fugó y estuvo viviendo en la calle unos meses. Cuando lo pillaron robando,

lo

mandaron a un centro de menores. Mi madre pidió su tutela de nuevo, pero no quiso volver con nosotros. Tenía el convencimiento de que, cuando su padre saliera de la cárcel, iría a buscarlo directamente a casa, así que prefirió no ponernos en peligro. Hace unas semanas su padre salió de la cárcel y él se fugó del centro. Enseguida se puso en contacto conmigo para que no me preocupara, pero no quiso decirme dónde estaba y no nos volvimos a ver hasta el incidente en el aparcamiento. Me había llamado el día anterior para pedirme prestado dinero y pensaba pasar a recogerlo ese día. Estaba viviendo con unos colegas, en los que creía que podía confiar, pero algo salió mal. No he podido sacarle más información, pero sé que tarde o temprano me dará una explicación. No sé por qué, pero creo que su padre tiene algo que ver… Bueno, ya conoces toda la historia. No sé qué decirte con respecto a ese coche que sigue tus pasos. La única explicación que encuentro es que saben que Raúl está conmigo y, por alguna razón, piensan que a través de ti pueden llegar a nosotros. -¿Y ahora qué hacemos? – pregunta Héctor preocupado. …………………………………………………………………

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Héctor Cuando Octavio recoge a Héctor ese día, se da cuenta de que el chico está dándole vueltas a algo, por lo que

le echa fugaces miradas a través del espejo

retrovisor. Por su parte, Héctor no sabe cómo abordar a Octavio y se debate entre la necesidad de pedirle ayuda al chófer o respetar los deseos de Nerea y guardar el secreto. En vista de que el tiempo pasa y el muchacho no se decide a hablar, el chófer toma la iniciativa y es él quien da pie a las confesiones. -¿Qué tal te ha ido el día? Esta mañana, cuando te dejé, me quedé pensando que me había precipitado al contarte que un coche nos seguía -el chófer sonríe para sí cuando se da cuenta de que Héctor se remueve inquieto en el asiento trasero-. De verdad, espero no haberte asustado. -¿Si te cuento algo – empieza titubeante Héctor que siente que va a traicionar la confianza de Nerea-, me prometes que quedará entre nosotros? - No puedo prometerte eso, Héctor. No hasta que sepa de qué se trata. A veces – le dice tratando de facilitarle el camino para las confidencias -, aunque nos duela traicionar la confianza de quien la ha depositado en nosotros, debemos pensar en si nuestro silencio beneficia o, por el contrario, perjudica a esa persona. -Es posible que el coche del que hablabas sí nos estuviera siguiendo…-empieza dando un rodeo. -Ya sé que nos seguía, Héctor – trata de animarlo con sus palabras-. ¿Tienes idea de por qué? -El día del incidente del aparcamiento te pregunté por un chico. Me contestaste que no había nadie por los alrededores cuando llegaste, que la única persona que estaba allí era Nerea. Lo cierto es que sí hubo alguien –toma aire antes de continuar-. Es algo así como un hermano para ella y está metido en un lío. Ni siquiera Nerea tiene claro de

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Héctor qué se trata, pero supone que tiene algo que ver con el padre de Raúl, que es una mala bestia que acaba de salir de la cárcel. Hace algo así como una semana Raúl se me acercó para agradecerme mi ayuda. Cuando quise darme cuenta lo estaba siguiendo y, gracias a eso, evité que le dieran una paliza mayor que la que le estaban dando. Supongo que desde ese día nos están vigilando. -¿Por qué no me lo contaste antes? -No sabía que nos acechaban. Además, Nerea me pidió que confiara en ella y no contara nada. No soy un chivato y, por otro lado, qué querías que te dijera, no supe nada hasta que me lo contó hoy. -¿Hoy? ¿Quieres decir que hoy has hablado con Nerea? – En la voz del chófer la preocupación ha aparecido-. Héctor, no te asustes, pero tu amiga puede estar en peligro. Confía en mí y cuéntame todo lo que sepas, por favor, solo así podré ayudarlos. ……………………………………………………………………………………………. Con los datos que ha obtenido, Octavio se hace una idea clara de lo que pasa y, aunque llega a la conclusión de que la amenaza para su protegido es mínima, decide ayudar a los únicos seres por los que Héctor, hasta el momento, ha mostrado auténtica simpatía. Octavio, inmediatamente, toma una serie de decisiones entre las que está poner en conocimiento de su jefe parte de la historia que ha llegado a él. Por eso, tan pronto como deja al joven en su casa, empieza a llamar a sus contactos y, cuando ya tiene todo encauzado, comunica al padre de Héctor lo sucedido.

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Héctor Por su parte, Héctor vive estos días metido en un torbellino de emociones. Nerea ha vuelto a desaparecer y él no sabe cómo ponerse en contacto con ella. Además, desde que confió la historia a su chófer, siente que ha faltado a la promesa que le hizo a esta y, aunque trata de justificarse ante sí por la necesidad de obtener ayuda de Octavio para Nerea y su hermano, se siente culpable. …………………………………………………………………………………… Contrariamente a lo sucedido hasta ahora, no es Héctor quien busca entre la multitud de estudiantes a Nerea, sino que es ella quien se descubre realizando esta acción. La chica no puede evitar sonreír cuando localiza entre sus compañeros la figura elegante de Héctor quien, ajeno a esta circunstancia, avanza hacia el aula mientras repasa mentalmente algunas fórmulas. Cuando va a entrar, Nerea, quien se ha acercado a él sin ser vista, se interpone en su camino y con una gran sonrisa en la cara se lo lleva, una vez más, lejos de la corriente que se interna en el aula. -¡Qué cara tienes! Ni que hubieras visto a un fantasma - le dice sonriente. -Vaya, no esperaba encontrarte aquí – le dice Héctor mientras sonríe también. - ¿Y dónde esperabas hacerlo entonces? Fuera bromas, confío no haberte preocupado demasiado. Cuando le conté a Raúl que te estaban siguiendo me hizo prometerle que no aparecería por aquí durante un par de días. El muy… para asegurarse de que cumplía mi palabra, me obliga a permanecer con él gran parte del día. Pero no creas que he perdido el tiempo; una de mis amigas me pasa los apuntes y, como sé que es una romántica empedernida, le he hecho creer que tengo un lío amoroso. Por cierto, ahora que te ha visto conmigo pensará que eres tú mi enamorado. 20


Héctor - Espero que no sufra una decepción – logra decirle un sonrojado Héctor a quien el corazón se le acelera con las últimas palabras de la chica-. Nerea, no sabía cómo ponerme en contacto contigo y necesitaba contarte algo… - ¿Puede esperar lo que me tienes que decir a la hora del café? El profe acaba de entrar en el aula y tuve un par de dudas mientras completaba el ejercicio que teníamos para hoy. Ya ves, aunque no lo parezca – le pica el ojo- soy responsable con mis estudios… - De acuerdo – le responde aliviado mientras sigue los pasos de Nerea que se introduce en el aula-, te lo cuento después. …………………………………………………………………………………. Mientras tenía lugar esta conversación, en el acceso de entrada se producía una escena bien diferente. Una vez más habían seguido a Héctor, pero antes de que pudieran llegar hasta Nerea los perseguidores han sido neutralizados y llevados a comisaría. Durante su interrogatorio, los amigos de Raúl confiesan que el padre del chico los tenía amenazados y que, además, accedieron a traicionar a su amigo porque lo único que tenían que hacer era convencerlo de que consiguiera la ayuda de Nerea. Todo se torció cuando Raúl descubrió que lo estaban utilizando. Este se enfadó con ellos y se bajó del coche de manera precipitada. Los días siguientes los habían dedicado a buscar a su amigo. Los días pasaban y no conseguían contactar con él, pero el destino se puso de su lado cuando se encontraron de frente en el campus con el chico que se interpuso entre

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Héctor ellos y Raúl. En ese momento decidieron seguir a este, quien los llevó a dar de nuevo con su amigo pero, una vez más, interfirió en sus asuntos. Cuando el chófer los descubrió, volvían a actuar por orden del expresidiario, quien ahora había decidido cambiar de objetivo y ya no quería dar con su hijo, sino que lo informaran de cuando Nerea volviera al campus. Los amigos de Raúl tenían un teléfono de contacto con “su jefe” que utilizaban para informarlo de sus progresos y, gracias a esta circunstancia, la policía consiguió dar con él y nuevamente encarcelarlo. ……………………………………………………………………………………. Tras asistir a las primeras horas de clase, Héctor se encamina a la cafetería donde ha quedado con Nerea. El chico se plantea cómo va a sincerarse con ella y, aunque tiene que reconocer que durante un momento ha sentido la tentación de callarse y de disfrutar de la compañía de la chica, su conciencia le impide ocultar lo sucedido, por lo que se dispone a enfrentarse al enfado o al perdón de esta. -¡Quita esa cara hombre! – le espeta Nerea nada más verlo-. Cualquiera diría que has matado a alguien. Nada puede ser tan grave como para tener esa cara de funeral… - A lo mejor cuando oigas lo que te tengo que decir, cambias de idea- empieza un circunspecto Héctor-. Yo… estaba preocupado por lo que pudiera pasarles y, cuando Octavio me preguntó qué me preocupaba, no pude evitar contarle lo que había pasado con Raúl y contigo. Lo siento mucho, de verdad, pero no sé mentir ni mantenerme callado, por lo que parece –Héctor mira a Nerea esperando descubrir en su rostro alguna señal de lo que piensa.

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Héctor -Vaya, no esperaba eso de ti – Nerea cambia su discurso al ver la cara de disgusto de Héctor y alargando su mano, hasta tocar con ella la del chico, continúa-. La verdad es que no sé qué esperaba. Al fin y al cabo no nos conocemos de nada. Héctor, no te preocupes, de verdad. Te honra mucho habérmelo contado, eso habla de la clase de persona que eres. Una vez más me das la razón y refuerzas en mí la idea de que puedo confiar en ti y en tu juicio…Y ahora vámonos, que bastantes clases he perdido ya estos días. ……………………………………………………………………………… Horas después de esta charla, el padre de Raúl, durante su interrogatorio, confesó que, mientras estuvo en la cárcel, recibía todas las semanas su dosis a cambio de un dinero que se comprometió a pagar tan pronto como saliera de ella. Pretendía conseguir el dinero utilizando a su hijo pero, al desaparecer este del centro en el que estaba internado un par de días antes de su puesta en libertad, todo se vino abajo. Sin embargo, la casualidad quiso que a los pocos días, cuando Raúl acompañaba a sus amigos a su punto de venta, lo viera y que, tras informarse de quiénes eran sus acompañantes y de cómo podía dar con ellos, tramara no solo la manera de conseguir el dinero que necesitaba para pagar su deuda, sino de vengarse de quien fuera su defensora en el pasado. Tras pasar varios días espiando a los amigos de su hijo, consiguió encontrarse con ellos a solas. Se aseguró su ayuda amenazándolos, en primer lugar, con romperles las piernas si no colaboraban con él y prometiéndoles, a continuación, una recompensa sustanciosa que despertó su codicia.

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Héctor El expresidiario, para darle realismo al asunto, golpeó a uno de los jóvenes para que este tuviera una coartada que lo ayudara a convencer a Raúl de que su vida corría peligro si no conseguía pagar la deuda que tenía contraída con su “camello”. Raúl, como esperaba, acudió a Nerea en busca de ayuda. Sin embargo, un comentario desafortunado de los inútiles de sus socios, puso a su hijo en guardia y este se tiró del coche en marcha. Según ellos, cuando estaban a punto de atraparlo, un testigo inoportuno les hizo abandonar a su presa. Raúl acudió unos días después al campus y sus secuaces se lo llevaban cuando el entrometido volvió a aparecer y tuvieron que dejarlo a su suerte. Por eso había pedido a los chicos que siguieran al tal Héctor, pues intuía que este lo llevaría hasta su hijo. Y para su desgracia, no se había equivocado, pero había infravalorado el papel del pipiolo en la historia… ……………………………………………………………………………….. Han pasado unas semanas y Raúl vuelve a compartir sus ilusiones y su vida con quienes considera su verdadera familia. Su recuperación va “viento en popa”, como le gusta decir, y ha decidido retomar los estudios. Esta dispuesto a darse una nueva oportunidad en la vida y le ha pedido a la madre de Nerea que empiece los trámites para su adopción definitiva. Héctor, que se ha convertido en el “héroe” de Raúl, ejerce de hermano mayor del chico y trata de pasar parte de su tiempo libre con él y Nerea, de quien se ha hecho inseparable. El padre de Héctor, tras amonestar a este por el lío en el que se había metido, le ha ofrecido la oportunidad de abandonar sus estudios de Empresariales y comenzar los que ansiaba realizar. Se siente muy orgulloso de la actuación de su hijo y del grado de 24


HĂŠctor madurez y sensatez que ha demostrado al pedir ayuda cuando la necesitaba. Para su sorpresa, HĂŠctor le ha pedido que lo deje continuar con sus estudios al menos este curso y le permita, una vez acabe y decida lo que quiere en realidad, comenzar los de FilologĂ­a.

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Héctor