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El Rey Baltasar Por fin llegaban las vacaciones de Navidad. Irene cerró su mochila alegremente cuando sonó el timbre en el instituto, se despidió de todos sus amigos y se marchó a su casa con una sonrisa. Le esperaban unos días tranquilos en su pueblo, sin exámenes, sin agobios y con bastante tiempo para pensar en sus cosas. En enero llegarían sus dieciséis años, y esta chica se sentía por ello más madura, más sensata y más firme. La verdad es que a Irene no le importaba mucho la navidad. Estaba en esa edad en la que uno crea su propia filosofía, y quería descubrir lo que verdaderamente le importaba y lo que no, y a ser sinceros, la navidad le parecía algo absurdo: una época del año en la que todas las calles se llenan de lucecitas y todos cuelgan en sus balcones ridículos muñecos de Papá Noel... Y qué decir de la cabalgata de reyes, en las que el rey Baltasar es un blanco pintado de negro. Irene se hacía la misma pregunta todos los años, esa pregunta que seguro que todos os habéis hecho alguna vez: ¿no encuentran a ningún hombre negro para ser el Rey Baltasar en las cabalgatas de los Reyes Magos? ¡Qué ironía! Ella pensaba en lo comercial que se había vuelto todo en este tiempo. Regalos, champagnes, polvorones: gastos y más gastos, y los del Mercadona y el Corte Inglés mientras tanto llenándose los bolsillos... En eso se basaban para ella estos días. Irene, que estaba abriendo bien sus ojos ante este mundo, ya no creía en la magia de la navidad. Para ella, ilusión y la magia era cosa de niños por estas fechas. Sueños en los que ella ya había dejado de creer hace tiempo. Pero lo que ella nunca había pensado es que aquellas navidades le iba a suceder algo que cambiaría totalmente sus esquemas... Algo que le impactaría de tal manera que esa magia de la navidad le envolvería de nuevo y le dejaría en su vida un misterio por resolver...


Pronto llegaría el cinco de enero. Esa noche tan emocionante para los pequeños, la víspera del día de reyes. Esa noche en la que esos tres sabios de oriente van repartiendo sus regalos de casa en casa. Esa noche que Irene vivía con tanta emoción e ilusión cuando era pequeña. Por mucho tiempo que pasara, había algo que no cambiaba: Irene y sus amigos iban a ver la cabalgata de reyes cada año. Formaban una pandilla bastante grande de chicos y chicas, y eran muy buenos amigos todos. Tenían ciertas tradiciones juntos y una de ellas era ésta: iban a la cabalgata a pasar la tarde de cada cinco de enero y después cenaban todos juntos en algún bar, y por supuesto, después de cenar se pegaban una fiesta de las buenas, ahora que eran ya mayorcitos. Esta era su tradición, y además, este año había un motivo añadido para ir a ver la cabalgata: aquel cinco de enero, el papel del rey Baltasar en aquella cabalgata le había tocado al alma de la fiesta de aquella pandilla y además el mejor amigo de Irene, Hugo, un chico francés que había llegado hace años a aquel pueblo, y tenía la piel del color del auténtico Baltasar. Como ya sabéis, también hay franceses con auténtica piel oscura. Pues este era el caso de Hugo, negrito, alto, con apariencia de adulto y además bastante guapo. Fue idea de sus amigos que Hugo fuera el rey de la mirra. La madre de Irene era concejala de festejos y por lo tanto, una de las principales organizadoras de los actos importantes del pueblo, y por idea del chico más graciosillo de la pandilla, quien sabía lo tímido que era el pobre Hugo, comentaron a Irene que Hugo podría ser aquel año el perfecto Baltasar. ¡Ya era hora de que el rey Baltasar tuviera una piel auténtica! ¿No? Y así, por diciembre surgió esta conversación: - Irene, ¿sabes ya quiénes son este año los que harán de reyes?- preguntaron los chicos en un recreo. - Mi madre me ha dicho que Melchor es el guardia civil éste que vive por la rambla, Gaspar el cura, ¡para variar! Y queda buscar quién será el rey Baltasar.


- ¿Y por qué no se lo decís a Hugo? ¡Seguro que quedaría auténtico con esos ropajes! - ¡Perfecto! ¡Qué buena idea! En cuanto llegue a mi casa se lo digo a mi madre. Todo eran risas entre esta pandilla de amigos cuando le ofrecieron a Hugo participar en la cabalgata. Hugo era uno de los chicos más alegres del grupo, pero también era bastante tímido y no le hacía especial ilusión salir ahí en medio de todo el pueblo tirando caramelos a la gente. Además, sus amigos no pararían de recordarle esa cómica situación en meses. Irene se reía mucho hablando del tema con Hugo. - Pero Irene, ¡que yo soy muy vergonzoso para esas cosas! - A ver, Hugo, sólo es una tarde. Y seguro que te lo pasas bien con la tontería. Ya sabes que a mí no me van estos rollos, pero hasta mi madre me ha pedido que por favor te convenza... Va, no te cuesta nada, ¡anda! Así que al final, el tímido Hugo, por ser educado con la organización de la cabalgata de aquel año y con la madre de su buena amiga Irene, cedió y aceptó el papel. Por fin llegó aquella tarde-noche mágica del cinco de enero, en la que sucedería algo increíble... Eran las tres de la tarde. Hugo había comido poco, y encima le dolía bastante la garganta. Estaba sólo en casa esos días, porque sus padres estaban de visitas familiares y él había decidido quedarse en el pueblo. Pensó echarse un rato la siesta antes de aquella ajetreada noche. Entre lo cansado que estaba y el agobio de pensar que tenía que estar tirando caramelos dos horas, se le estaban quitando todas las ganas de ser el rey Baltasar por ese ratito. Hugo se tumbó en su cama, cometiendo el fallo de no ponerse la alarma en su móvil... Llegaron las siete y media de la tarde. Todos los colaboradores de la cabalgata estaban ya en la Casa de la cultura. Pero


faltaba uno de los protagonistas. ¡El rey Baltasar! En media hora empezaba la cabalgata y Hugo aún estaba durmiendo. La madre de Irene estaba de los nervios... ¡Vaya un impresentable! ¡Es que menuda juventud, ya lo digo yo siempre! ¡Hasta que no aparezca este rey Baltasar no podemos empezar! Por otro lado, Irene y toda la pandilla esperaban ya en un banco del paseo deseando ver llegar a Hugo, pedirle caramelos como si fueran críos y echarse unas risas viendo a ese mítico rey Baltasar que tanto conocían. Pero lo que ninguno imaginaba que Hugo estaba aún metido en su cama, ajeno a la cabalgata y sumido en un profundo sueño... Eran ya las ocho en punto de la tarde, cuando de lejos llegó de repente el Rey Baltasar. Se limitó a decir un "perdón por el retraso", y subió al camello que le correspondía con una sonrisa. Parecía totalmente real, todos los pajes y los supuestos Melchor y Gaspar le miraban admirados. Comenzó la cabalgata, y el rey Baltasar pasó enfrente de Irene y toda la pandilla. Les miró sonriendo, y todos reían al verlo. ¡Era genial! Irene notó una sensación extraña... vio como aquel rey Baltasar la miraba fijamente, y después, le sonrió con un guiño de ojo. Les tiró varios puñados de caramelos. Irene cogió un puñado del suelo y los metió al bolsillo de su chaqueta, sintiendo una sensación extraña... Terminó la cabalgata y los Reyes Magos fueron a la iglesia a repartir los regalos para un montón niños ilusionados como cada año. Eran ya casi las diez y media de la noche. Irene y sus amigos estaban en un banco esperando a que el acto terminara para preguntar a Hugo qué talle había ido en la cabalgata, cuando de repente sonó un mensaje en el móvil de Irene: "Irene, ¡que me acabo de despertar! ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no habéis venido a despertarme al ver que no llegaba? Lo siento muchísimo. ¿Qué ha dicho tu madre? ¡Me van a matar!"


Irene se quedó hecha un lío. El Rey Baltasar de la cabalgata no había sido Hugo. ¿Quién había sido entonces? Decidió no decir nada a los demás y enterarse por ella misma. Sin decir más que un "ahora vengo", Irene se marchó corriendo a la iglesia a ver quién era ese Baltasar, y justo cuando llegó acababa de terminar todo. Baltasar ya se había marchado. Ya no estaba en la iglesia, había desaparecido. Irene estaba muy pero que muy confusa. ¿Qué había pasado realmente? ¿Quién había hecho el papel de su amigo Hugo? ¿Cómo nadie se había dado cuenta de que no era él? Tras una sucesión de pensamientos en milésimas de segundo, el móvil de Irene volvió a sonar. Esta vez acababa de llegarle un mensaje de un número oculto: "Hay ciertas cosas de la magia de estas fechas en las que no deberías dejar de creer nunca. Nosotros, los Reyes Magos, siempre estamos cerca de vosotros estos días. Y hoy lo has podido comprobar con tus propios ojos. Espero que disfrutes de los ocho caramelos que llevas en el bolsillo." Irene, pálida y boquiabierta, metió la mano en su bolsillo derecho y contó. Ocho. Ocho caramelos justos. Sonrió y se sintió llena de una sensación especial, un sentimiento increíble. A partir de aquel día, Irene volvió a creer en la magia de la navidad, y volvió a creer en los Reyes Magos para siempre, sobre todo en el que sería para ella el más especial de los tres: el Rey Baltasar. Margarita Moreno Toledo


GANADOR CATEGORIA JUVENIL. EL REY BALTASAR