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Sólo reír Hace cinco años apareció en Buenos Aires la revista Barcelona. Sus contratapas no muestran una publicidad de zapatillas o de un auto caro (dicho sea de paso, estas publicidades tampoco aparecen en el interior de la revista), sino que tienen como protagonistas a los personajes y hechos más conocidos, horrorosos y lamentables de la realidad argentina e internacional. Son montajes, dibujos y collages en dos tonos realizados con imágenes vistas mil veces en otras revistas, diarios y publicidades. La búsqueda de fotos inéditas perseguida hasta el cansancio por periodistas y paparazzi aquí poco importa. Al contrario, son los demás medios gráficos y sus avisos los que componen el archivo sobre el que se roba abiertamente, citándolos mediante la parodia. Cercados por palabras o por alteraciones leves, las caras, frases y objetos famosos cambian su sentido. Dejan de exhibirse simplemente para comenzar a acusar. La tosquedad explícita de la factura, la economía de los textos y el lenguaje directo de las contratapas increpan a quien las mira con ojos acostumbrados al photoshop. Como espectadores, las imágenes nos colocan en un sitio incómodo al ampliar el repertorio de lo supuestamente permitido para la burla. Esta sensación, sin embargo, dura poco; y es entonces cuando puede encontrarse el mayor mérito de estas contratapas: no existen límites morales que indiquen sobre qué cosas se puede joder. Poco importa guardar debido respeto por la tragedia ajena frente a la injusticia que le dio origen ni, lo que es más grave aún, conociendo las nefastas consecuencias de esa tragedia. La imposibilidad del regocijo queda anulada por el reconocimiento de la miseria. La sátira y la risa aparecen como los únicos paliativos posibles, como una crítica virulenta que no propone otra cosa que usar –en el peor sentido de la palabra– los íconos que otros han construido con la intención de crear consenso, conservar hegemonía, transmitir exitismo y –en todos los casos– ganar dinero. El humor, entonces, funciona como defensa, y la irreverencia y la risa destructiva –en el mejor espíritu vanguardista de hace más de cien años y con el tono pretencioso de todo militante–, como revolución. Marisa Baldasarre Curadora

Muestra Barcelona  

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