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M ATAR A ZERO M ORGAN DARK


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MATAR A ZERO Morgan dark

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Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el art.534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

© Morgan Dark Autor de las ilustraciones: Óscar Herrero Galán I.S.B.N.: 9781689339513

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PRÓLOGO

L

as calles de Los Ángeles estaban sumidas en un silencio espectral. La mayoría de los restaurantes y locales de moda habían cerrado. Las fábricas funcionaban con un estricto horario y los supermercados apenas tenían suministros. Las farolas que antes iluminaban las largas avenidas yacían ahora sin vida, engullidas por las tinieblas de la noche. Pocos se atrevían a salir de sus casas. El miedo se había apoderado del aire y dominaba con mano férrea cada alma que vivía en la ciudad. Nadie intentaba escapar. De nada valía. Antes o después, te atrapaban y entonces… Muchos rezaban para que aquel infierno terminara de una vez. Otros organizaban rebeliones sin éxito. Los más cautos esperaban. ¿Un milagro? Tal vez. O puede que solo una oportunidad, un destello de esperanza. Los portadores habían invadido Los Ángeles hacía meses. Aparecieron una fría mañana y tardaron apenas unas horas en hacerse con el control de las instituciones, las empresas… Aislaron la ciudad. Destruyeron las carreteras, las vías de tren e incluso el aeropuerto para que nadie pudiera acceder a su feudo. El ejército lo intentó, por supuesto, aunque en vano. Tampoco la policía había podido hacerles frente. Cada movimiento de ellos era anticipado por los portadores. Ahora, la ciudad entera les pertenecía y nadie era capaz de hacerles frente. Ellos tenían el control de la vida y de la muerte. Aquella noche, el Staple Center era el único edificio iluminado. Un enorme faro del que emergían haces de luz, música y risas. El espectáculo estaba a punto de comenzar. Ningún portador había querido perderse la diversión y las gradas estaban atestadas. Todos iban vestidos de la misma forma: un uniforme, blanco y dorado, con un emblema en la solapa de la chaqueta. Tres círculos concéntricos con una cruz en el centro. La marca del diablo… En la arena, tres asustados humanos se acurrucaban indefensos en un rincón, a la espera de su suerte. Sabían lo que iba a suceder. O, mejor dicho, sabían lo que les aguardaba. Los combates a muerte se habían puesto de moda cuando los portadores llegaron a Los Ángeles. Cada noche, lanzaban a un grupo de humanos al estadio para que fueran “cazados” por un portador. Era un juego macabro y sangriento que siempre terminaba igual…

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– ¡Damas y caballeros, esta noche vamos a divertirnos como ningún otro día! –la voz del comentarista salió por los altavoces del estadio, acompañada por un coro de vítores–. ¿Queréis que empiece ya el espectáculo? La respuesta fue inmediata. Los portadores golpearon el suelo con sus botas, haciendo que las gradas temblaran. Sus miradas se desviaron con avidez hacia el palco de honor vacío. Todos lo sabían. El combate no empezaría hasta que él no apareciera. Los portadores olvidaron su rítmico clamor y corearon al unísono un nombre, entonado como un canto de guerra primitivo que auguraba destrucción. El estadio vibró con más intensidad. Los humanos gimieron. Sí, solo faltaba él para que empezara a correr la sangre. Fuera, un coche blindado se detuvo frente a la entrada principal del Staple Center. La puerta de atrás se abrió antes incluso de que las ruedas se detuvieran y una esbelta mujer salió del vehículo. Su ceñido vestido blanco dejaba al descubierto su espalda desnuda y sus altísimos tacones realzaban sus voluptuosas curvas. Pero lo que más impresionaba de ella era su pelo. Rojo. Como el fuego… Como la sangre. Sus labios pintados de carmín dibujaron una sonrisa al ver la alfombra dorada que se extendía delante de ella, conduciéndola hacia el estadio. – ¿Preparada para hacer nuestra entrada triunfal, querida? –preguntó una voz masculina, ronca y profunda, detrás de ella. Él… Su mano cálida se apoyó en su cadera, provocándole una descarga por todo el cuerpo. También él llevaba un uniforme blanco pero a diferencia de los demás, el emblema de los círculos concéntricos era más grande y ocupaba gran parte de su pechera. La mujer asió con un gesto posesivo el brazo de su acompañante, acercándose todo lo posible. – Por supuesto –contestó. Apostada en la azotea del edificio que se alzaba junto al Staple Center, una misteriosa figura contemplaba la escena sin moverse. Había estado aguardando aquel momento mucho tiempo. Semanas… Meses… Ahora, por fin, la espera había terminado. Y esta vez no desaprovecharía la oportunidad. Entrar en el Staple Center no fue difícil. Tampoco lo fue deshacerse de los dos portadores que custodiaban la entrada. Una torsión de cuello brusca, un chasquido y se acabó. Luego, se escurrió por los pasillos del estadio, atento a cualquier ruido, a cualquier movimiento. El palco de honor estaba en el segundo piso. Y tenía que llegar allí antes que él… Se encaminó hacia las escaleras. Llevaba semanas organizando aquel plan suicida, memorizando los pasos que daría, el tiempo del que dispondría. Marianne le había ayudado. Sí, nada habría sido posible sin ella. Juntos habían conseguido los planos del edificio. Habían averiguado cuándo llegaría el coche blindado. Habían trabajado sin descanso, noche y día, para que nada fallara. Tan solo tenía que acabar con el portador que había convertido Los Ángeles en lo más parecido al Infierno en la Tierra. Después, todo volvería a ser como antes. 6


Al llegar al segundo piso, cinco portadores salieron a su encuentro. – ¡No puedes estar aquí! Este sitio está reservado para… No dejó que terminaran la frase. Golpeó a uno de ellos en la boca y a otro en la pierna. Los otros tres trataron de agarrarle pero no dejó que se acercaran lo suficiente. Se deshizo de ellos y pasó por encima a la carrera. Al fondo del largo pasillo, estaba el palco de honor. Ya falta poco… – Vaya, parece que llegas con algo de retraso. Se detuvo en seco. Un escalofrío sacudió su columna vertebral. El hombre que había visto en la entrada del estadio emergió de la oscuridad. Se materializó a su lado como si formara parte de las tinieblas y sus brazos quedaron envueltos en unas extrañas volutas negruzcas que salían de la esfera carmesí que sujetaba en la mano derecha. Retrocedió. Era él. El causante de aquel desastre. El motivo por el que estaba allí… Raven. A su lado estaba la mujer pelirroja, sonriéndole con una mueca siniestra. Había oído hablar de ella. Cassandra. La víbora de Raven. Y también su amante y su más servicial asesina. – Mi esfera me ha avisado de que ibas a venir –Raven no parecía molesto. Su interlocutor, en cambio, sí. Su mano se acercó despacio a la pistola que tenía escondida en la cinturilla de su pantalón. Automática. Silenciosa. Perfecta para asesinar a la escoria que tenía delante en cuestión de segundos–. Yo que tú no haría eso. – He venido a matarte y no me marcharé de aquí hasta que lo consiga. – ¿De verdad? Qué curioso… Según tengo entendido el único que va a morir hoy eres tú, Louis. Al escuchar su nombre en labios de Raven, el asesino frunció el labio. Se apartó la capucha y dejó su semblante al descubierto. Un rostro de facciones marcadas y mandíbula prominente surcado por una cicatriz que recorría su mejilla de un extremo a otro. Raven no se inmutó. miró más allá del hombro de Louis, como si estuviera buscando algo… o a alguien. – ¿Dónde está Marianne? Esperaba verla aquí contigo. ¿La has dejado en casa jugando a las muñecas? – No dejaré que le hagas daño. – ¿Y qué vas a hacer para impedírmelo? 7


– Lo sabes muy bien –Louis sacó su pistola y apuntó directamente a la frente de Raven. Un disparo certero. Solo necesitaba eso–. Jamás tendrías que haber regresado de entre los muertos. – ¿Eso crees? –Raven hizo un mohín y su extremidad metálica chirrió. El brazo que Richard Blake se cortó la noche que fingió su muerte en Cotton Hill para que todos creyeran que había muerto en el incendio. ¿Quién en su sano juicio era capaz de hacer algo así?–. Yo creo que el mundo es un lugar mejor ahora que estoy de vuelta. Los Ángeles se ha convertido en una ciudad dominada por los portadores y los humanos simplemente han pasado a ocupar su sitio en la escala. Muy pronto haré que todas las ciudades sean así. El mundo entero acabará rindiéndose a nosotros. – Estás loco. – Eso mismo dijo mi hijo antes de que le rompiera una pierna –contestó Raven. – No todos los portadores vamos a unirnos a ti –Louis apoyó la mano en el bulto redondeado que sobresalía de su chaleco. Sí. También él era un portador. Llevaba siéndolo desde que su mujer murió en un accidente de tráfico y él encontró en su apartamento aquella esfera negra. Pero él no era como Raven. No estaba dispuesto a aceptar aquel nuevo orden en el que los fuertes destruían a los débiles. – En cualquier caso, ya sabemos cuál será el destino de aquellos que se atrevan a desafiarme… Un dolor lacerante atravesó el vientre de Louis un segundo después de que su esfera le avisara de lo que iba a pasar. No tuvo tiempo de reaccionar. miró hacia abajo, demasiado sorprendido para gritar. El filo de un arma sobresalía de su estómago, rodeado por una mancha rojiza que se extendía por su camisa. Una risita divertida tintineó detrás de él. – Nadie se acerca al señor Raven sin que yo lo sepa. Louis giró la cabeza para enfrentarse a la persona que le había apuñalado por la espalda. Un anciano, escuálido y deforme, que le miraba igual que si fuera el plato más suculento del almuerzo. Boundell… El viejo ladeó la cabeza, admirando su obra, y se pasó la lengua por los labios. – Me encanta el color de la sangre. Louis se agarró a la pared más cercana para no caer al suelo. La vista se le estaba nublando y apenas alcanzaba a ver lo que sucedía a su alrededor. La pistola resbaló de su mano entumecida y cayó al suelo. No… No, por favor. Aún no. He venido para matarle. Tengo que… Raven le observaba impasible. – Te dije que serías tú quien moriría esta noche.

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La segunda puñalada se clavó en el pecho de Louis, a la altura del corazón. Dejó escapar un gemido. Sus rodillas flaquearon, incapaces de sostenerle por más tiempo. Su esfera volvió a agitarse a modo de presagio funesto. Entumecido por el dolor, Louis se arrastró por el suelo, tratando de llegar hasta Raven. Un rastro de sangre marcó su lento avance. Boundell no se movió para detenerle. Tampoco Cassandra. Ni siquiera Raven. Los tres le miraban con burla, como si fuera un chiste mal contado. Jamás lo conseguiría. Louis miró su esfera. No dejaba de vibrar. Sus predicciones eran un eco de los pensamientos de su dueño. Iba a morir. Y no había nada que pudiera hacer. Había fracasado. Ni siquiera había podido acercarse a Raven. Estaba convencido de que esta vez conseguirían derrotarle. Y, aun así… No había forma de acabar con él. Daba igual lo mucho que lo intentaran o los sacrificios que hicieran. Él siempre ganaba. Pensó en Marianne. nunca volvería a verla. Pensó también en los portadores que se negaban a unirse a Raven… No servirá de nada. su esfera se convulsionó con violencia entre sus dedos manchados de sangre. Una última predicción estaba apareciendo en su interior. Casi a la vez, la esfera carmesí de Raven se agitó también, con la misma fuerza que la de Louis. – Mi señor –susurró Cassandra. Raven levantó la mano para callarla y se concentró en su esfera. Louis hizo lo mismo. Ambos leyeron la predicción que mostraban sus esferas, el mismo vaticinio. – No puede ser… –murmuró Louis. Raven soltó una carcajada que sonó más bien como el grito de un loco. – Vaya, vaya, vaya. Esto sí que no me lo esperaba –chascó la lengua–. Parece que te has equivocado de persona. No es a mí a quien deberías haber intentado matar. Louis guardó silencio para no admitir que Raven estaba en lo cierto. Si lo que había anticipado su esfera era cierto… Siempre habían creído que Raven era la única amenaza que tenían que eliminar, el motivo por el que el mundo corría peligro. Por eso había ido hasta allí. Para matarle. Para evitar que se repitiera en otras ciudades lo que había ocurrido en Los Ángeles. Pero se habían equivocado. Era otra persona quien culminaría el plan de Raven. otro portador… igual de peligroso, igual de letal. Y su esfera le estaba avisando, De la misma forma que la esfera carmesí estaba advirtiendo a Raven. Lo primero en lo que pensó Louis fue en Marianne. Tenía que avisarla. Aquella profecía… Aquella profecía era más importante que cualquier otra cosa en aquellos momentos. – ¿Ocurre algo, mi señor? –preguntó Cassandra. – Parece que tenemos que encontrar a alguien… –musitó Raven. También él parecía desconcertado por la profecía. Su entrecejo fruncido delataba un rastro mínimo de preocupación.

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– No llegaréis a tiempo –haciendo un último esfuerzo, Louis se irguió. En su antebrazo había Un mensaje, escrito con su propia sangre. Raven se dio cuenta de ello. – ¡Detenedle! ¡No dejéis que escape! –gritó. Louis se movió antes de que pudiera hacerlo Cassandra. golpeó a la portadora y recuperó su pistola. Pero en vez de disparar a Raven, descargó el cargador contra el ventanal acristalado que protegía el pasillo del Staple Center. El vidrio se hizo añicos y el viento del exterior le golpeó en la cara. – ¡Detenedle! –volvió a gritar Raven. Louis tomó impulso y saltó al vacío, con el aire rugiendo con rabia en sus oídos. Moriría, pero al menos Marianne sabría lo que tenía que hacer a partir de ahora. Encontraría el nombre del portador al que tenía que matar escrito en su cadáver.

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