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Introducción El señor Don Jesús C. Díaz de León, menor de la familia de Don Pedro, es el que ha ministrado todos los datos, desde el principio de la obra, hasta el año de 1866. El señor Don Refugio Díaz de León, hermano del anterior, también facilitó muchos datos hasta esa época. Don Jesús Díaz de León tenía una suma predilección en platicar con su padre, Don Pedro, de cosas antiguas que notablemente habían pasado en Montesa, desde antes y después del advenimiento de la familia Díaz de León; y este señor, que le gustaba mucho transmitírsela a sus hijos, se las narraba desde sus abuelos y bisabuelos, todo lo que estos le habían transmitido también a él; y como don Jesús tenía una memoria muy feliz (falleció el 11 de junio de 1898) conservaba aún todo lo que le platicaba de antigüedades su padre, Don Pedro, que falleció de 102 años; con tal motivo, deseando conservar el origen de la Montesa; sus primeros fundadores, el estado que guardaban las cosas por aquellos tiempos y sobre todo, la genealogía de la familia Díaz de León; de quien me honro pertenecer, que reside en Montesa, cuyo punto es la matriz de todas la ramas que existen diseminadas en muchas partes de la República. La Historia de Montesa alcanza desde los tiempos más remotos, y cuando fue poblada, por muchos años, por indios salvajes, pero industriosos como lo demuestran los cimientos de una doble muralla del castillo que tenían en el cerrito, que hoy lleva el nombre de Cerrito de Guadalupe. Después de estos, los segundos moradores que habitaron también por muchos años el referido castillo, los cuales no fueron más que una cuadrilla de ladrones capitaneados por un tal Gregorio Rojas. Perseguido éste y al transcurso de varios años, ya fue habitada Montesa por unas familias ricas apellidadas Barragán, las que también vivieron largos años, y puede decirse que fueron los fundadores, y por último el advenimiento de la familia Díaz de León y Dávila; su origen, la unión en matrimonio de las dos familias, la estabilidad de ellas, su sistema y la fundación de un rancho en forma de estancia. Después de muchos años trascurridos bajo la feuda de Ciénega de Mata, que es a donde pertenecía Montesa, estuvo bajo el dominio de la Hacienda de los Campos, habiendo conseguido por fin su habitantes, al transcurso de los años, el independizarse de las haciendas del Marqués, comprando los derechos que representaban, y haciéndose con este motivo una congregación a manera de pueblo, erigiendo un templo, arreglando sus calles y plazas, estableciendo un comercio y dándole, aunque paulatinamente, su aspecto muy distintivo al que tenía; consiguiendo la erección de una vicaría y con miras de Junta Municipal.

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Capítulo I      

Origen de la Montesa Sus Primeros Fundadores El Castillo de Moctezuma Gregorio Rojas Los Tres Juanes 1400 a 1600

El origen primitivo de Montesa se pierde realmente en la historia, porque a punto fijo no se sabe cuándo estaría habitado por indios salvajes, por cuyo motivo, no se sabe si los primeros pobladores fueron Chichimecas, Caxcanes, Otomíes o Tarascos. Se cree que serían Caxcanes porque esta raza fue la que pobló Zacatecas, y tal vez, desde antes, o con motivo de las guerras de conquista, se vendrían muchos a ocultarse por estos puntos, por considerarlos más garantizados, en vista de lo fragoso del terreno. Pero según ligeros tratos, y por las fechas que se han sacado, Montesa era por los años de 1400 a 1500 una pequeña ranchería de jacales mal dirigidos y de un aspecto aterrador, dividida en dos secciones a la distancia, como de un kilómetro una de otro; habitadas por indios salvajes que no vivían más que de la pura caza. Una de aquellas secciones tenía sus jacales donde es actualmente la puerta del potrero El Albañil, perteneciente hoy a la familia de Don Luis Díaz de León, y la otra, donde forma actualmente la plaza de Montesa, extendiéndose hacia el Cerrito de la Cruz, hoy de la Virgen de Guadalupe. Parece, según vestigios encontrados, que no caminaban de conformidad, y se cree por esto que eran dos razas o tribus distintas, pues tal vez, las primeras eran Chichimecas, en vista de encontrarse en jacales donde moraban, y en sus alrededores, muchos dardos de piedra blanca y negra que les ponían a las jaras, aunque nada prueba con esto, porque tanto unos como otros usaban flechas. Pero éstas no dejaron vestigio de ser industria, pues la otra raza que vivió en Montesa, serían Caxcanes --de los que vinieron a poblar a Zacatecas o de otra raza de indios distinta a los primeros-- pues estos eran industriosos, si se toma en cuenta grandes trozos de loza bien bruñida y pintada con líneas y pinturas perfectamente delineadas y con tintas indelebles, cuyos trozos se han encontrado enterrados en excavaciones hechas en la huerta de Don Refugio Díaz de León, y aún en la misma plaza, con motivo de tierra que se ha cavado.

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En estos mismos puntos y junto a esas lozas se han sacado muchos esqueletos, pues se cree que estos serían también el sitio destinado para enterrar sus cadáveres, o tal vez en sus mismas chozas o patios de sus jacales, si se toma en consideración una composición de Ixtlixóchitl, mexicano o Nahuatl, descendiente de Chichimecas que dice así: “Nonantzin icuac ni miqui notcuilapal ce ne chontóca. Icuac tihúayas tlaxcaltica no pompa tica jonchoca. Fleian aguia titlanaquilliz nonantzin tleca ti choca, xiquillui xocoquin ocahutl ixtlaciutl etla popoca”. Traducción: “Te encargo Dulce bien que cuando muera me sepultes en esta choza humbría, En el hogar do enciendes viva hoguera, para cocer el pan de cada día. Si al recordarme, alguno sorprendiese tu oculto padecer ¡Oh! amada mía, dile que el humo de las verdes ramas hace brotar el llanto que derramas”. En los esqueletos se ha notado una cosa original, y es que, sin embargo de los muchos años transcurridos, los huesos permanecen intactos, y aún más, voluminosos. Entre los huesos de dichos esqueletos se han encontrado además de los trozos de loza, metates, huilanches y pitos negros de barro, como las de las serenas. Se cree que a las mujeres las enterraban con su metate y con utensilios de barro, y los hombres con un pito y algo también de loza de la que fabricaban para el servicio cotidiano. En el Cerrito de la Cruz que hoy lleva el nombre de Cerrito de la Virgen de Guadalupe formaron los indios un castillo que lo circundaba todo, como lo demuestran los cimientos de una doble muralla, que aún existen vestigios de ella. En este castillo, circundado de baluartes, vivía el cacique con su familia y los grandes que componían la corte, defendido por un gran número de indios que constantemente se estaban relevando. Tenía el castillo dos únicas entradas, una al norte y otra al sur; la primera estaba destinada para el servicio del cacique que figuraba como reyezuelo y la segunda del obrero, pues por aquella puerta se dirigían los sacerdotes que estaban manteniendo el culto. Se cree que debe haber habido algún teocali, por razón de que los peñascos que dan vista al sur aún conservan algunos jeroglíficos o pinturas de sus divinidades, que ellos adoraban. En unos peñascos cilíndricos que están al poniente del cerrito, los cuales quedaban adentro del muro del castillo, ahí iban los sacerdotes a sacrificar a sus víctimas, y se cree que por ahí ha de haber existido el teocali, donde tenían sus divinidades, y por quien se inmolaban las víctimas sacrificadas.

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A un lado de los peñascos donde existen esos jeroglíficos o pinturas indígenas, se encuentra una cueva como mantecosa, de donde salen, tirando una piedra hacia adentro, una infinidad de moscas. Se cree que ahí sería el depósito de toda la sangre de las víctimas sacrificadas, o sería despensa de la carne que conservaban los sacerdotes. Según la opinión de otras personas, el teocali debe haber estado arriba de los peñascos cilíndricos y los sacrificios deben haberse hecho en una gran piedra lisa que está al pie del peñasco liso, que tenía los jeroglíficos, por encontrarse más cerca de la cueva mencionada. El castillo levaba por nombre Moctezuma, se cree que los indios así le pusieron a la memoria del Emperador de México, y bajo este sentido creen que la raza establecida pertenecía a los Aztecas y lo acaban de confirmar los sacrificios que hacían, pues esto era para ellos una religión arraigada. Al final del siglo XVI ya no existía aquella tribu de indios que habían fundado a Moctezuma, pues con motivo de las persecuciones que les hicieron los conquistadores, probablemente estos se ahuyentaron, dejando su castillo abandonado. Aunque en esto no hay datos fehacientes que existió una tribu de indios y que estos formaron un castillo viviendo en él muchos años, es un hecho y lo demuestran los cimientos que aún existen, los vestigios de su industria y los esqueletos encontrados, pero no se sabe a punto fijo el motivo de su emigración. Transcurridos algunos años de evacuado el castillo, fue ocupado éste por un tal Gregorio Rojas, feroz y desalmado bandido que capitaneaba una gavilla de bandidos que salían a asaltar las conductas que, de Chihuahua y Zacatecas paraban para México, en tiempo del Virrey Don Juan de Mendoza y demás sucesores. Gregorio Rojas, ocupó el castillo de Moctezuma, pero ya no en las mismas condiciones que lo tenían los indios, pues ya la mayor parte estaba destruida, sin embargo, los que habían sido corredores, fueron para Gregorio Rojas caballerizas y algunos cuentan que quedaban habitaciones para él y sus compañeros. Al pie del castillo, por la puerta que daba vista al norte, fundó Gregorio Rojas una casa de piedra con amarres de palo y estos amarrados con correas de cuero, la cual existe todavía, y es la que habitó doña Albina Díaz de León con su familia. Esta casa fue la fundadora. Los terrenos que circundaban por todas direcciones, el castillo de Moctezuma estaban enteramente cubiertos de nopales, encinales, mezquites y palmares, pues con excepción de un camino algo transitable y con muchas encrucijadas, los demás eran angostas veredas por las cuales no se podía caminar a caballo. Desde las azoteas del castillo y de sus baluartes derruidos que se anivelaban con los peñascos más elevados, se veían por entre el follaje de los corpulentos

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árboles, los cerros de Pabellón, cierra de Guajolotes, los cerros de Aguascalientes y la cordillera de la sierra de Palo Alto, que se extiende hasta los cerros de Matancillas, la vista donde esta eminencia era amena y hermosa. Gregorio Rojas vivió por muchos años en el castillo de Moctezuma que fabricaron los indios, atesorando mucha plata y oro de las conductas que asaltaba al Virrey, amen de otros robos y asaltos que hacía por distintos rumbos. No pudiendo soportar el Virrey tantos abusos que estaba cometiendo Rojas, ordenó al gobernador de Guadalajara que se le hiciera una tenaz persecución y se lo remitieran para México bajo buen seguro. Con tal motivo, las acordadas de Guadalajara comenzaron a internarse por estos puntos, agarrando a cuantos ladrones encontraban, sin poder dar con la guarida de Gregorio Rojas, pero este considerando que podría ser aprehendido de un día a otro, ocultó el tesoro que había robado, haciendo un gran promontorio de tierra sobre los cuartos y caballerizas del castillo y tumbando cuanto baluarte había y destruyendo sobre todo en gran manera la muralla que circundaba el castillo, dejando únicamente la casa de piedra que hizo al pie del cerro, que es la que aún existe todavía. Gregorio Rojas después de terminada esta operación se lanzó a Zacatecas con el fin de volver más tarde a sacar su tesoro, pero en el camino fue sorprendido por la acordada de Guadalajara que andaba en pos de él, y por más esfuerzo que hizo en defenderse, fue capturado con los demás compañeros y conducido a Guadalajara y de ahí a México, como lo había ordenado el Virrey, puesto que el delito de que se le acusaba era de lesa majestad. Allá fueron conducidos a la inquisición y Rojas antes de morir pidió un sacerdote para descargar su conciencia y ahí confesó haber dejado enterrado un tesoro en el Castillo de Moctezuma, dejando el derrotero de él. El gobierno eclesiástico y civil hacían poco caso de este tesoro, puesto que nunca, --hasta hoy-- se haya sabido que hayan venido a sacarlo, con excepción de unas excavaciones que hicieron los señores Don Teodoro Díaz de León y Don Toribio Villalobos, de la ciudad de Lagos, el año de 1830 y otra que hizo la señora Doña Guadalupe Rincón Gallardo, hija del Marqués de Ciénega de Mata y dueña de la Hacienda de los Campos, el año de 1870, como diré más adelante cuando los acontecimiento nos conduzcan a sus fechas correspondientes. A principios del siglo XVII, después de la aprehensión de Gregorio Rojas, aparecieron tres famosos ladrones con sus correspondientes compañeros, asaltando a conductas del Virrey y a los atajos de mulas que con frecuencia pasaban del norte a México; uno de ellos se llamaba Juan Grande y vivía en los cerros Palo Alto, que llevan hasta hoy el mismo nombre, otro de ellos se llamaba Juan Gómez y vivía en los cerros que están por el rancho de Chupaderos, hoy del mismo nombre y el otro se llamaba Juan Álvarez y es el cerro que está por un lado del camino de Villa García y por allá tenía este su guarida.

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Así es que, eran tres famosos ladrones llamados juanes, los cuales caminaban de acuerdo y cada cual salía a asaltar con sus cuadrillas por donde podían, internándose muchas veces hasta la ciudad de Lagos. Según datos adquiridos, los tres juanes formaban una sola compañía y cada cual estaba en su posesión en acecho del mejor botín que se les presentara y cuando se trataba del asalto de una conducta o de un gran convoy se reunían a fin de poder hacerles resistencia. Estos tres juanes tenían su cuartel general en el Castillo de Moctezuma, el mismo que hicieron los indios y que después por muchos años habitó Gregorio Rojas. No pudiendo el gobierno de Guadalajara, soportar por estos rumbos tantos robos, permitió la erección de una villa a unos señores: Juan de Montoro, Gerónimo de la Cueva y Alfonso de Alarcón, la que llevó por nombre Villa de la Asunción, hoy Aguascalientes, la cual fue fundada por los años de 1575 a 1611, con el fin de sofocar tantos robos que hacían los indios y los tres juanes que hasta allá se internaban, y de esta manera, dan más garantías a los caminos que había de Zacatecas a Guadalajara. Así pasaron algunos años, más entre tanto, la Villa de la Asunción crecía en población, pero no pudiendo capturar a los juanes que seguían cometiendo asaltos, pidieron auxilio a Guadalajara y Zacatecas a fin de seguir una tenaz persecución hasta capturarlos. Como ya se sabía dónde tenían estos sus guaridas, los buscaron por los cerros donde hasta hoy y con tal motivo, llevan el nombre de cerro de Juan Grande y Juan Gómez y Juan Álvarez. Los tres juanes al verse perseguidos, sin darles cuartel en ninguna parte, se reunieron en La Montesa, en el castillo que dejó arrumbado Gregorio Rojas, sacando los tesoros que tenían guardados y se retiraron de estos puntos, sin saberse el paradero de ellos. Se cree que al sacar estos tesoros dieron con el de Rojas o parte de él y también lo sacaron --y con más razón si tuvieron conocimiento de él-- por cuya razón hay probabilidades que ya no existe tal tesoro, si se toma en cuenta lo expuesto. No se sabe a punto fijo que hayan tenido su tesoro los tres juanes, pero se presume que así haya sido, por razones de que, en los cerros donde estaban estos, no se ha sabido que hayan dejado oculto algún tesoro y que aquí sí hay muchas probabilidades que lo haya habido, si no de los juanes, al menos de Gregorio Rojas y lo demuestra el derrotero que dejó este señor al morir, cuyo documento conserva aún el general Don Jesús Aréchiga, gobernador que fue del estado de Zacatecas.

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Capítulo II    

Las Viudas Barragán Origen del Nombre Montesa Aspecto de Montesa por Aquellos Tiempos 1600 a 1700

Montesa llevó por muchos años el nombre de Moctezuma, en memoria del castillo que fundaran los indios, estos parajes estuvieron desiertos por mucho tiempo después de que lo habitó Gregorio Rojas y los tres juanes y allá por los años de 1720 vinieron a poblarlo unas viudas ricas apellidadas las Barragán, que más tarde fueron arrendatarias de Ciénega de Mata por el criadero que tenían en los linderos del Marqués de Guadalupe Don José Rincón Gallardo. Se tiene noticia que eran dos viudas apellidadas Barragán, no se sabe si al establecerse por estos puntos vendrían solas o casadas y aquí enviudaron, si fue lo último, no se conocieron sus maridos, se cree que haya sido lo primero, por las fabricaciones que hicieron. Después de la casa de piedra que hizo Gregorio Rojas, fundaron las Barragán, o sus esposos, una gran casa en el centro de Montesa, con bastantes piezas, corrales, pasillos, caballerizas y a continuación fabricaron a corta distancia de la principal más casuchillas para los peones o vaqueros, y algunos jacales de palma. Había por esos años muchos encinales frondosos y corpulentos que describían un gran círculo de sombra y debajo de estos había muchas cosas cercanas a la principal; a un extremo del jacal formaban el muladar y cenicero y al otro lado estaban los corrales para los puercos y para las vacas y becerros. Debajo de dicho encino o de algún huizache o mezquite próximo al jacal, estaba el tramojo del perro que servía de guardián de aquella casa. Contiguo a la principal o casa grande, que así se llamaba la de las Barragán, había un inmenso corral de palos de encino clavados en el cual había más de 400 vacas paridas que se ordeñaban diariamente, cercano a este corral había otros chiqueros para los becerros y puercos paridos y ganado de pelo. Por el rancho pululaban una infinidad de puercos, cóconos y gallinas los cuales se mantenían con bellotas y hierbajos que abundaban en extremo; en tiempo de aguas se mantenían con tuna, pues como no se conocía el beneficio de ella, comía y cosechaba la gente la que podía y la mayor parte se caía y la lograban los puercos y las reces, las viudas Barragán, probablemente no tuvieron sucesión, porque no se llegó a conocer un hijo de ellas, así que sin tener gastos, ni

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exigencias sociales de ninguna clase, estaban atesorando un caudal con el criadero que tenían, no obstante de los muchos animales que se comían los lobos y leones que abundaban mucho. Las viudas Barragán fueron muy ricas, tenían un crecido número de criados y criadas que se ocupaban en muchos quehaceres en la casa, con excepción de los caporales, vaqueros, becerreros y demás peones para los demás trabajos que se ofrecían. Tenían un magnífico coche, de los que se usaban en aquel tiempo y con frecuencia iban a Aguascalientes o a las haciendas del Marqués. Cada ocho días conducían en mular el queso y mantequilla que se fabricaba en la casa grande para Aguascalientes y Zacatecas. Los vaqueros y demás peones hacían fogatas las más de las noches junto a los corrales o en las puertas de los jacales, velando los animales por las muchas fieras que abundaba. Por aquellos años no tenían linderos ni parajes fijos, pues pastaban por donde querían, pasándose muchas veces para otros terrenos sin que hubiera ningún reclamo. En el mapa de las Haciendas del Marqués de Guadalupe figura montesa con el nombre de Moctezuma, no se sabe, si los moradores de ese tiempo se lo cambiaron por el de Montesa, por lo muy montoso que estaba o el Marqués de Guadalupe, en memoria y honor de las tres órdenes de Carlos III de España, así lo quiso distinguir, en el caso que desde la época de las Barragán, ya figuraba Montesa con este nombre, es decir en el año de 1763. Por aquellos tiempos no se conocían útiles de lujo para adornos de las casas, pues por alfombras o petates los sustituían los cueros de res, de coyote, de venado y las sillas confidentes o sofás, los suplían con bancos de encino mal cuarteados y por camas de alto unos cuartones de palma mal forjados sobre unos banquillos de palo; así es que, al entrar a la casa grande de las Barragán, que era la principal y ver el ajuar de ellas revelaba alguna riqueza encubierta con el antifaz de la miseria. Las leyes y disposiciones de los virreyes no resonaban en sus oídos por lo distante que se encontraban las poblaciones de importancia, así como por lo incomunicado que estaban y por la razón de no saber leer ni escribir ninguno de sus habitantes, su apuro consistía únicamente en pagar cada año una pequeña renta a Ciénega de Mata, sin saber lo que eran contribuciones, ni gabelas de gobierno. Si en algunas partes se quejaban del gobierno virreinal porque permitió la esclavitud, aquí en Montesa no se llegó a saber que haya habido esclavos, pues las Barragán tuvieron criados y criadas pero nunca esclavos, aunque en la apariencia, parecían las Barragán muy pobres por el ajuar de sus casas y lo

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desaseado de sus vestidos, pero en realidad no lo eran, pues lo que tenían en efectivo lo enterraban, no se si sería por costumbre que tenían los antiguos o porque no había mayores garantías en el gobierno virreinal. En las casas principales de aquella época, su afán, su anhelo y su dicha era tener muchos criados, vender sus esquilmos bien vendidos, atesorar dinero, hacer mucho queso y mantequilla, y comer aunque no estuviera bien condimentada la comida y dormir con espíritu tranquilo. En la clase proletaria se conformaban con servir con eficacia a sus amos, criar muchos perros aunque no tuvieran que cuidar y en hacer las más de las noches, y sobre todo en tiempo de invierno, luminarias frente a la puerta del jacal. Es aspecto de Montesa por esos tiempos era en extremo aterrador, en las pesadas horas de la noche no se oía más que el estridente grito del coyote anunciando la proximidad del lobo, y el monótono canto del búho, centinela nocturno que se posaba entre los follajes de los corpulentos y añosos encinales. En el resto del día, ya el prolongado grito del chacal o el espeluznante graznido del águila que va a posarse en las encrespadas rocas de los cerros vecinos, ya el canto de las torcazas, o de la paloma triste que de rama en rama canta por el objeto perdido, ya el zumbido de infinidad de chicharras escondidas en los matorrales y nopaleras. A la caída de la tarde el bramido de la vaca parida, anunciándose de vez en cuando a su hijo, ya el balido de la oveja y de la cabra conducidos por un pastor y triscando alegremente de peña en peña, eran conducido a su redil, ya en fin, el relinchido del caballo del amo o el de la mula de carga o el rebuzno del burro manadero. Los hombres en esta época se ocupaban mucho en colear y ensillar buenos caballos, en cuidar y hacer prosperar su animales; en fin, sacar cada ocho días a vender a Aguascalientes el queso de leche, requesón y mantequilla y las pieles de los animales que mataban. Las mujeres después de las tareas cotidianas se ocupaban en hilar con un malacate; en una tasa vidriada en hacer el queso y mantequilla; tejer tasas para sus maridos y costalitos de lana para vender. Las canciones que solían cantar en aquella época, eran una especie de cantinela que más que un canto dulce y melodioso, parecía más bien un canto fúnebre de nuestros días. Las viudas Barragán, no se sabe si aquí fallecieron o emigraron para otra parte, es probable que haya sido lo primero, porque las casas que hicieron no pasaron los derechos a otra persona, ni se llegaron a destruir, pues al arribo de la familia Díaz de León estaba la casa en muy buen estado y esta fue la que ocupó Doña María Carrillo, como diré en el siguiente capítulo, lo mismo como del capítulo de las Barragán.

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Capítulo III    

Origen de la Familia Díaz de León y su Advenimiento a Montesa Arribo de la Familia Dávila Origen del Primer Díaz de León y del Primer Dávila Casamiento de las Familias Díaz de León con Dávila y también con González  ¿Quién Fundó las Presas?  1700 a 1800 El año de 1767 expidió el Marqués de Ciénega de Mata una orden, de que todos los arrendatarios que hubiera en las haciendas con capitales de semovientes, se trasladaran a los linderos a fin de dejar los animales de las referidas que pastaran libremente en el centro; con este motivo, una viuda que vivía en el rancho de Bocas Viejas, cerca de Palo Alto, entonces Estancia, perteneciente a Ciénega de Mata, llamada María Carrillo, mujer que fue de Don Andrés Díaz de León, vino a vivir a Montesa, trayendo consigo todo su mueble, por ser este punto los linderos del Marqués, y por cumplir con la orden que había dado. Traía de hijos la referida viuda a: José, mayor de la familia, a León, José María, Andrés y a María Juana. Habiendo quedado casados en el Tecuán: Dionisio, administrador de la Hacienda, y con él sus otros dos hermanos, Felipe y Miguel. Y por Aguascalientes: María Romualda y María Gertrudis; la primera casada con Don José Chávez y la segunda con Don Rafael primero, del mismo apellido. El menor de la familia Díaz de León, hijo de Doña María Carrillo, se llamó Manuel, el que falleció chico a consecuencia de una caída que sufrió del pretil de una azotea, una mañana que se levantó con el tema de alcanzar el cielo con una garrocha. Doña María Carrillo, al llegar a Montesa se posesionó de la casa de las Barragán con todos los derechos que tenían, dándole cuenta al Marqués de todas las operaciones que había hecho y aprobándolo este en todas su partes. Doña María Carrillo comenzó a trabajar con ahínco y más cuando le platicaban de la fortuna que habían hecho las viudas Barragán. La fortuna de las viudas Barragán la recogió el Marqués en vista de que no dejaron herederos forzosos, pero se cree que mucho de lo que tenían en efectivo, lo dejaron enterrado y no es remoto que haya dinero en los cimientos o pisos de la casa que fabricaron y que después, como ya habíamos dicho ocupó la señora María Carrillo.

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Esta al tomar posesión de la referida casa y al tener conocimiento de las Barragán, es muy fácil también que se haya hallado algo, aunque nunca se llegó a saber nada. Doña María Carrillo era emprendedora, pero la fortuna no le sonreía como a las viudas Barragán, no obstante que tenía hijos de edad regular que le ayudaban a trabajar. Desde en tiempos de las Barragán habían quedado algunos pobres en el rancho, que habían servido de vaqueros, ordeñadores, becerreros. Y entre aquellas familias había un joven huérfano que se llamaba Barbarito Palacios y este por muchos años estuvo después sirviendo de becerrero en la casa de Doña María Carrillo. Así pasaron algunos años, creciendo los hijos de doña María y dedicándolos a los quehaceres de campo, dándole el derecho de jefe de la casa a su hijo mayor llamado José, pero le faltaba a aquella familia sociedad, pues se consideraban sumamente aislados. El tiempo corría y al transcurso de algunos años de estar viviendo en Montesa, doña María Carrillo con su familia, llegó por las mismas circunstancias de ésta, otra viuda oriunda del rancho de Moreno, perteneciente a Ojuelos, de las mismas haciendas del Marqués, llamada María Ana López, mujer que fue de Don Doroteo Dávila. Traía de familia, la relacionada viuda, a Juan J osé, mayor de la familia, a Ignacio primero, a Ignacio segundo, a María Sacramento, a María Elena, a María Rosalía y María Gertrudis. María Ana López traía también un regular capital en semoviente, pero en vista de que doña María Carrillo gozaba de más privilegios, por estar viviendo en la casa grande, ya hacía algunos años, y que con puntualidad estaba pagando en Ciénega de Mata sus arrendamientos, tuvo que someterse la primera las órdenes de la segunda. Las dos viudas al conocerse se quisieron mucho, sirviéndose mutuamente, sin llevar etiquetas de ninguna clase, apreciándose de tal manera que parecieran unas hermanas. Con tal motivo, los hijos de una y otra, que se trataban con mucha familiaridad, empezaron a verse con miradas interesantes, dando por resultado que de las relaciones amistosas vinieron las amorosas y el año de 1775 casó don León Díaz de León, este fue el primer matrimonio de la familia de doña María Carrillo. En 1775 don León, hijo de don Andrés Díaz de León y de doña María Carrillo casó con María Sacramentos Dávila, hija de don Doroteo Dávila y de doña María Ana

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López; tuvieron de hijos a José María, Pedro. Teodoro, Dionisio y Antonio, y de hijas a Nicolasa, Ignacia, María Eustaquia y María Jesús. A los dos años casó José María, hijo de don Andrés Díaz de León y de doña María Carrillo, con María Elena, hija de don Doroteo Dávila y de María Ana López, tuvieron de hijos a Doroteo, Manuel, Jacinto, Matías, Francisco, José María, Cesáreo, Rosalía, María Juana, Antonia y María Dolores. Casó después Andrés, menor de la familia de doña María Carrillo con María Rosalía Dávila, hija de diña María Ana López, tuvieron de hijos a Rafael, Reducindo y María Dolores. Don José Díaz de León, mayor de la familia, hijo de doña María Carrillo, casó con la viuda doña María Ana López, tuvieron de hijos a Hilario, Manuela y Antonio. María Juana Díaz de León, hija de Doña María Carrillo, casó con Don Vicente González primero. Tuvieron de hijos a Vicente, Rafael, Antonio y María Ignacia. Muerto don Vicente, casó Doña Juana por segundas nupcias con Don José Alonso. Tuvieron de hijos a Juana, Sanjana, María Merced y María Guadalupe. Todos los hijos de Doña María Carillo se casaron con las hijas de Doña María Ana López y de esta manera vino la liga de los Díaz de León con los Dávila y González.

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Historia de Montesa