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Aniversario de Miguel Hernández

Miguel Hernández el poeta pastor que tuvo que estudiar a escondidas porque tenía que llindiar el rebaño. Ahí escribió sus primeros poemas. Miguel Hernández no tuvo mucha suerte, ya que después de su infancia cuidando ovejas, cuando llegó su juventud tuvo que ir a la guerra civil. Preso por el régimen de Franco, murió de enfermedad en la cárcel a los 31 años de edad. En este blog sobre los Bosques, y aprovechando la celebración del Año Internacional de los Bosques, queremos recordar su poesía relacionada con los árboles, que es mucha y variada.


Los ĂĄrboles exhalan su Ăşltimo olor profundo dispuestos a morirse


Oda a la higuera Abiertos, dulces sexos femeninos, o negros, o verdales: mínimas botas de morados vinos, cerrados: genitales lo mismo que horas fúnebres e iguales Rumores de almidón y de camisa: ¡frenesí! de rumores en hoja verderol, falda precisa, justa de alrededores para cubrir adánicos rubores. Tinta imborrable, savia y sangre amarga; malicia antecedente, que la carne morena torna torna* y larga con su blancor caliente, bajo la protección de la serpiente. ¡Oh meca! de lujurias y avisperos, quid de las hinchazones. ¡Oh desembocadura! de los eros; higuera de pasiones, crótalos pares y pecados nones.


Al higo, por él mismo vulnerado con renglón de blancura, y orines de jarabe sobre el lado de su mirada oscura, voy, pero sin pasar de mi cintura. Blande y blandea el sol, ennegrecido, el tumor infamable. El pájaro que siente aquí su nido, su seno laborable, se ahogará de deseo antes que hable. Bajo la umbría bíblica me altero, más tentado que el santo. Soy tronco de mí mismo, mas no quiero, ejemplar de amaranto, lleno de humor, pero de amor no tanto. Aquí, sur fragoso tiene el viento la corriente encendida; la cigarra su justo monumento, la avispa su manida. ¡Aquí vuelve a empezar!, eva, la vida. (Miguel Hernández, Vals de los enamorados y unidos hasta siempre)


Troncos de soledad, barrancos de trsea donde rompo a lorar


Sólo la sombra. Sin rasro. Sin cielo. Sere. Volúmene. Cuerpos tangible dentro del aire que no tiene vuelo, dentro del árbol de los imposible.


Viene la luz mรกs redonda a los almendros mรกs blancos. La vida, la luz se ahonda entre muertos y barrancos.


CorazĂłn de la tierra, centro del Universo, todo se atorbellina, con afĂĄn de satĂŠlite en torno a ti, pupila del sol que te entreabres en la for del manzano.


Frontera de lo puro, for y fría. Tu blancor de seis flos, complemento, en el principal mundo, de tu aliento, en un mundo resume un mediodía. Astrólogo el ramaje en demasía, de verde resultó jamás exento. Ártica for al sur: es necesario tu desliz al buen curso del canario.

(Azahar)


(Uvas, granadas, dĂĄtiles)

Uvas como tu frente, uvas como tus ojos. azafrĂĄn, hierbabuena llueve a grandes chorros sobre la mesa pobre, gastada, del otoĂąo.

Granadas con la herida de tu forido asombro.


(El ni単o yuntero)

Me duele este ni単o hambriento como una grandiosa espina, y su vivir ceniciento revuelve mi alma de encina.


Primera lamentaci贸n de la carne

No seas, primavera; no te acerques, qu茅date en alma, almendro: sed tan s贸lo un prop贸sito de verdes, de ser verdes sin serlo.


Aceituneros Altivos Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién, quién levantó los olivos?

No los levantó la nada, ni el dinero, ni el señor, sino la tierra callada, el trabajo y el sudor.

¡Cuántos siglos de aceituna, los pies y las manos presos, sol a sol y luna a luna, pesan sobre vuestros huesos!

Jaén, levántate brava sobre tus piedras lunares, no vayas a ser esclava con todos tus olivares.


Digno de ser comandante Al eucalipt

Hoy te conozco y publico tus ímpetus de oleaje,

tu sencile de eucalipto, tu corazón de combate, dgno de ser capitán,

dgno de ser comandante


Elegía a Ramón Sijé Al almendro

Tu corazón, ya terciopelo ajado...

… lama a un campo de almendas epumosas mi avarciosa voz de enamorado.

A las aladas almas de las rosas del almendo de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero.


Últimos poemas Los olivos moribundos forecen en tdo el aire y los muchachos se quedan cercanos y agonizants

Sonreír con la alegre tristeza del olivo esperar, no cansarse de esperar alegría Sonriamos, doremos la luz cada día en esta alegre y triste vanidad de ser vivo.


Miguel Hernandez y los arboles  

Poesia de Miguel Hernandez sobre los arboles

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