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soy apache ger贸nimo


soy apache gerónimo

traducción de javier lucini

COLECCIÓN VUELAPLUMA


Director de la colección: JABO H. PIZARROSO Traducción: JAVIER LUCINI Producción editorial: ANA CLEMENTE ADRIÁN © de la edición para todo el mundo, MONO AZUL editora C / H a s e k u r a Ts u n e n a g a 5 5 · 41100 CORIA DEL RÍO · SEVILLA

www.monoazuleditora.com

primera edición NOVIEMBRE del 2008 SEGUNDA edición NOVIEMBRE del 2009

ISBN: 978–84–936469–6–7 Depósito Legal: J–908–2009 Técnicas gráficas LA PAZ, Torredonjimeno (Jaén) printed in spain–impreso en españa Queda prohibida la reproducción total o parcial de la obra por cualquier medio sin la autorización y el permiso escrito de la editorial.


Por haberme permitido contar mi historia; por haberla leĂ­do con el convencimiento de que he intentado contar la verdad; porque creo en su imparcialidad y que, en el futuro, llevarĂĄ la justicia a mi pueblo; y por ser el jefe de un gran pueblo, dedico esta historia de mi vida a Theodore Roosevelt, presidente de los Estados Unidos. gerĂłnimo


prefacio La idea inicial de la compilación de esta obra era la de proporcionar al público un relato auténtico de la vida secreta de los indios Apaches, y la de extender a Gerónimo, como prisionero de guerra, la cortesía de­ bida a todo cautivo, es decir, el derecho a exponer los motivos que lo obligaron a oponerse a nuestra civiliza­ ción y nuestras leyes. Si la causa de los indios queda expuesta apropiada­ mente, la defensa de los cautivos presentada con clari­ dad y el corpus de información concerniente a esa raza que está desapareciendo queda de este modo enriqueci­ da, podré darme por satisfecho. Deseo agradecer las valiosas sugerencias del mayor Charles Taylor, Fort Sill, Oklahoma; del doctor J. M. Greenwood, Kansas City, Missouri; y del presidente David R. Boyd, de la universidad de Oklahoma. Desearía añadir, en particular, que sin el consejo y la amable cooperación del presidente Theodore Roose­ velt este libro no hubiera podido escribirse. Respetuosamente, S. M. Barrett Lawton, Oklahoma. 14 de agosto de 1906.

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introducción

Conocí a Gerónimo en el verano de 1904, cuando hice de intérprete para él, traduciendo del inglés al es­ pañol, y viceversa, en la venta de un tocado de guerra. Desde entonces, siempre que nos encontramos tuvo conmigo un trato muy agradable, aunque nunca man­ tuvimos una conversación seria hasta que se enteró de que yo había sido herido por un mexicano en cierta ocasión. En cuanto lo supo, vino a verme para expre­ sarme libremente su opinión sobre el mexicano medio, así como su aversión por los mexicanos en general. Le invité a que volviera a visitarme siempre que qui­ siera, cosa que hizo, y tras su invitación, fui yo quien acudió a visitarle a su tipi en la reserva militar de Fort Sill. En el verano de 1905, recibí la visita del doctor J. M. Greenwood, superintendente de las escuelas de Kansas City, Missouri, y le llevé a ver al jefe. Geróni­ mo se mostró correcto y reservado hasta que el doctor Greenwood dijo: —Soy amigo del general Howard, él fue quien me habló de ti. 13


—Vamos, —dijo Gerónimo, y nos condujo hasta una sombra, hizo que nos trajeran algo de asiento, se puso su tocado de guerra y nos sirvió sandía al estilo Apache –cortada en grandes pedazos– al tiempo que comenzó a hablar con toda libertad y de muy buen grado. Al mar­ charnos insistió en que volviéramos a visitarle. A los pocos días el anciano jefe vino a verme y me preguntó sobre “mi padre”. Yo dije: —¿Te refieres a aquel viejo caballero de Kansas City? Regresó a su hogar. —¿Es tu padre? —me preguntó Gerónimo. —No —le respondí—, mi padre falleció hace veinti­ cinco años. El doctor Greenwood es sólo mi amigo. Tras unos momentos de silencio el anciano indio vol­ vió a hablar, esta vez en un tono de voz que intentaba expresar convicción, o al menos impedir cualquier tipo de réplica. —Tu padre natural ha muerto, este hombre ha sido amigo tuyo y consejero desde que eras joven. Es tu padre por adopción. Hazle saber que siempre será bienvenido en mi casa. De nada habría servido darle más explicaciones, aquel anciano ya había decidido no entender mi rela­ ción con el doctor Greenwood fuera del marco de las costumbres indias, así que lo dejé pasar. A finales de aquel verano le solicité al viejo jefe que me permitiera publicar algunas de las cosas que me ha­ 14


bía contado, pero se opuso. Sin embargo, me dijo que si le pagaba, siempre que a los oficiales a cargo no les pareciera mal, me relataría la historia completa de su vida. Llamé inmediatamente al fuerte –Fort Sill– para pedirle al oficial que estaba al mando, el teniente Pu­ rington, permiso para escribir la vida de Gerónimo. Se me informó de inmediato que no se me iba a otorgar aquel privilegio. El teniente Purington me informó de los incontables estragos llevados a cabo por Gerónimo y sus guerreros, y del enorme coste que suponía man­ tener a raya a los Apaches, sin olvidarse de añadir que aquel viejo Apache antes merecía ser colgado que mi­ mado de aquella manera por la atención del público civil. Mi insinuación acerca de que nuestro gobierno había pagado a muchos soldados y oficiales para que se dirigiesen a Arizona para acabar con Gerónimo y sus Apaches, y que nunca habían dado con la forma de hacerlo, no pareció complacer demasiado al orgullo del oficial del ejército regular, por lo que decidí buscar el permiso por otra parte. Por lo tanto, escribí al presi­ dente Roosevelt haciéndole saber que allí había un vie­ jo indio que había sido hecho prisionero hacía veinte años y al que jamás se le había dado la oportunidad de contar su versión de la historia, acto seguido le pedía la concesión del permiso para la publicación de la historia de Gerónimo con sus propias palabras, con la garantía 15


de que dicha publicación no afectase desfavorablemen­ te a los prisioneros de guerra Apaches. En respuesta a mi carta recibí por correo la autorización que esperaba. A los pocos días me informaron desde Fort Sill de que el Presidente había ordenado al oficial al mando que me otorgase el permiso solicitado. Tuve que acudir a una entrevista para recibir instrucciones del Departa­ mento de Guerra. Cuando fui a Fort Sill, el oficial al mando me entregó un escrito con todas mis órdenes. A primeros de octubre me aseguré los servicios como intérprete de un indio escolarizado, Asa Daklugie, hijo de Whoa, jefe de los Apaches Nedni, y comenzó el tra­ bajó de compilar este libro. Gerónimo se negó a hablar delante de un taquígrafo, y no quiso esperar a que se le planteasen correcciones o dudas en el transcurso de su narración. Cada día tenía en mente lo que iba a relatar y lo hacía de un modo muy claro y conciso. Prefería hablar en su tipi, en la casa de Asa Daklugie, en la cima de una montaña o mientras cabalgaba al galope a través de la pradera; se­ gún el antojo de su imaginación, allí donde le parecía, y jamás nos hacía partícipes de lo que quería contar. El día que me entregó la primera porción de su auto­ biografía no pudimos preguntarle por los detalles y no quiso añadir ni una sola palabra, se limitó a decir: “Es­ 16


cribe lo que he dicho” y nos dejó que recordásemos y escribiéramos la historia sin prestarnos la menor ayuda. No obstante, estuvo de acuerdo en acercarse otro día a mi estudio, o a cualquier otro sitio que yo designara, para escuchar la reproducción –en Apache– de lo que nos había contado, y sólo entonces aceptaría contestar todas las preguntas y añadir información en los lugares que considerara necesario. No tardó en cansarse del proceso de elaboración del libro y habría abandonado la tarea de no ser por el hecho de que había acordado relatar la historia de principio a fin. Una vez que daba su palabra, nada po­ día impedir que cumpliese su promesa. Una ilustración muy llamativa de esto nos la proporcionó él mismo a principios de enero de 1906. Había aceptado acercarse a mi estudio en determinada fecha, pero a la hora pre­ vista llegó sólo el intérprete y me dijo que Gerónimo estaba muy enfermo, resfriado y con fiebre. Se había acercado para decirme que debíamos fijar una nueva cita y me transmitió sus temores acerca de que el viejo guerrero pudiese estar padeciendo un ataque de neu­ monía. Era un día frío y el intérprete acercó una silla a la chimenea para entrar en calor después de su larga cabalgada. Al tiempo que tomaba asiento miró por la ventana, se incorporó precipitadamente y sin decir esta boca es mía señaló algo que se acercaba rápidamente 17


en nuestra dirección. Al momento reconocí al anciano jefe cabalgando con furia –evidentemente en un in­ tento de llegar al mismo tiempo que el intérprete–, su caballo salpicado de espuma y tambaleándose de ago­ tamiento. Desmontó, entró y dijo en un ronco susurro: “Prometí venir. Aquí estoy”. Le expliqué que no esperaba su llegada en un día tan tormentoso y que teniendo en cuenta su condición física sería mejor dejar el trabajo para otro momento. Permaneció en pie un rato, y después, sin decir nada, abandonó la estancia, volvió a montar en su agotado potro y con la cabeza inclinada encaró diez largas millas de frío viento del norte: había cumplido su promesa. Cuando concluyó su historia le presenté el manus­ crito al mayor Charles W. Taylor, del Decimoctavo Regimiento de Caballería, comandante, en Fort Sill, Oklahoma, quien me dio algunas valiosas sugerencias sobre cierta información adicional que debería solici­ tarle a Gerónimo. En su mayor parte el viejo jefe acce­ dió a darme la información que le pedí, pero en algunos casos se negó, no sin expresar antes sus motivos. Una vez incorporada la información adicional le hice llegar el manuscrito al Presidente Roosevelt, de cuya respuesta cito: “Sin duda, este manuscrito com­ pondrá un volumen muy interesante, pero le aconsejo 18


que renuncie a toda responsabilidad en todos aquellos casos en que se pone en duda la reputación de un par­ ticular”. De acuerdo con aquella sugerencia, añadí unas cuan­ tas notas a lo largo de todo el libro renunciando a cual­ quier responsabilidad ante las críticas adversas a las personas mencionadas por Gerónimo. El 2 de junio de 1906, envié el manuscrito completo al Departamento de Guerra. La siguiente cita es de la carta que acompañó a la obra: “De acuerdo con la aprobación octava de las Ins­ trucciones que me entregó el oficial al mando de Fort Sill, en las que se especifican las órdenes del Departamento, presento aquí el manuscrito de la Autobiografía de Gerónimo. El manuscrito también ha sido remitido al Pre­ sidente y siguiendo su consejo he renunciado a cualquier responsabilidad ante las críticas per­ sonales –hechas por Gerónimo– que en éste se mencionan.” Seis semanas después de expedir el manuscrito, Tho­ mas C. Barry, General de Brigada, Ayudante del Jefe del Departamento, le mandó lo siguiente al Presidente: 19


memorándum para el secretario de guerra

Asunto: Manuscrito de la Autobiografía de Ge­ rónimo. El documento adjunto, que fue enviado a esta oficina el 6 de julio, con instrucciones de dar parte de cualquier cosa que pudiera parecer in­ conveniente, ha sido devuelto. El manuscrito es una interesante autobiografía de un indio notable, relatada por sí mismo. Hay una serie de pasajes que, desde el punto de vista del Departamento, son decididamente inconve­ nientes. Éstos se pueden localizar en las páginas 73, 74, 90, 91 y 97 y han sido señalados en rojo con unas líneas al margen. En su totalidad, el manuscrito parece importante en la medida en que muestra la versión india de una prolongada controversia, pero creemos que el documento, ya sea en su totalidad o por partes, no debería reci­ bir la aprobación del Departamento de Guerra. Expongo el memorándum para poner en conoci­ miento del público las objeciones del Departamento de Guerra. 20


La objeción se levanta ante la mención en la página 122 del libro de un ataque de los soldados norteameri­ canos contra los indios encerrados en una tienda en el Paso Apache o en Bowie. La declaración de Gerónimo es, sin embargo, sustancialmente corroborada por L. C. Hughes, editor de The Star, en Tucson, Arizona. En las páginas 135/6 y 139 del libro, Gerónimo critica al General Crook. Esta crítica no es más que la opinión personal que tenía Gerónimo de dicho General. Lo juz­ gamos como un asunto privado y renunciamos a añadir nada al respecto, puesto que no afecta en absoluto a la historia de los Apaches. En la página 143 Gerónimo acusa al General Miles de mala fe. Por supuesto, el General Miles fue quien llevó a cabo el tratado con los Apaches, pero sabemos muy bien que no fue responsable del modo en que el gobierno trató posteriormente a los prisioneros de gue­ rra. No obstante, Gerónimo no pudo comprenderlo y culpó al General Miles de lo que siempre consideró un trato injusto. Uno no puede esperar que el Departamento de Gue­ rra apruebe críticas adversas a sus propios actos, pero resulta especialmente gratificante que se haya podido extraer una perspectiva tan liberal a raíz de tales críti­ cas, así como que se haya aducido en el memorándum 21


esa franca declaración de los méritos de la Autobiogra­ fía. Es evidente que ni el Presidente ni el Departamen­ to de Guerra son en modo alguno responsables de las afirmaciones de Gerónimo; simplemente se le ha dado la oportunidad de exponer su propio caso, tal y como él lo vivió. El hecho de que Gerónimo haya podido contar la historia a su modo es, sin duda, la única justificación que se puede dar ante los numerosos elementos poco convencionales de esta obra.

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fragmento de SOY APACHE, Gerónimo