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Marisela, niña de origen gitano; lápidas del cementerio alemán en la ciudadela medieval de Sighisoara.

HUELLAS DE

TRANSILVANIA 38

Inmortalizada gracias a la novela del irlandés Bram Stoker, la región de Transilvania está relacionada con el misterio y la oscuridad; sin embargo, al seguir los pasos del vampiro más célebre de la historia, Mónica Isabel Pérez se encontró con algo más que una leyenda. Fotos Pep Ávila

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uedo escuchar el eco de mis propios pasos mientras camino por las calles desiertas de Sighișoara. El sol apenas toca los restos de la muralla de la ciudadela y el viento mueve tan suave las hojas de los árboles que no es posible distinguir de ellas ni un murmullo. Espero el amanecer sin nada ni nadie alrededor, sólo silencio. Era de suponerse: estoy en el lugar donde nació el más grande mito de Transilvania… EL ORIGEN Catorce torres se yerguen entre las paredes de la fortaleza que, cimentada en 1260, es considerada una de las construcciones medievales mejor conservadas del mundo. Rodean, como desde hace siglos, cientos de casitas multicolores de piedra rústica cuyos habitantes actuales parecen resistirse a las actividades diurnas. Tiene lógica, estoy en la tierra de los vampiros. Y no sólo eso. Estoy en la tierra donde nació el vampiro. A sólo unos pasos de mi hogar temporal –un pequeño apartamento dentro de una casona medieval llamada Casa Baroca– se encuentra el lugar ante el que todo viajero suele detenerse: una casa amarilla marcada con una placa metálica que la registra como el sitio donde, en un lejano noviembre de 1431, nació Vlad Drăculea, príncipe sanguinario que, ya sin saberlo nunca, se convirtió en la fuente de inspiración con que el escritor Bram Stoker creó al legendario Conde Drácula. Pero no hay oscuridad ni niebla (al menos no en la primavera): irónica, la ciudad natal de quien ha sido

Mesera típica del pueblo de Sighisoara.

Torre de los Sastres, construida en el siglo XIV, en la muralla de la ciudadela medieval.

retratado históricamente como uno de los gobernantes más crueles de Europa del Este, está siempre en calma, cubierta por uno de esos cielos que, de tan azules, parecen sólo existir en los dibujos infantiles. Los tejados, las terrazas de los cafés, los habitantes –que al avanzar el día se animan a andar entre sus calles con cierto letargo– parecen parte del reparto de un montaje eterno basado en un cuento de hadas en el que un dragón amenaza con aparecer en cualquier momento. Desde el balcón de la Torre del Reloj –la más imponente de la muralla y la más nueva también, ya que fue construida en el siglo xiv–, Sighișoara parece una maqueta en la que nada pasa. Y debajo de ella, en la ciudad silenciosa, es la misma torre la que irrumpe la paz de sus habitantes gobernando el tiempo con el caminar de sus manecillas. Así que todo es una paradoja… incluso el mismo Vlad Drăculea. Villano literario, en Rumania es considerado un héroe. EL CLICHÉ TRANSILVANO En Sighișoara, una vez que se ha rodeado la muralla y se ha visitado el museo de historia que hay al interior de la Torre del Reloj –donde se conserva una colección de mapas, muebles y objetos medievales–, sólo queda entregarse a los placeres de la comida y de la contemplación. Para saciar el primero, hay que entrar a la casa de Vlad Drăculea, ahora adaptada como un espacio donde conviven un museo –más bien simbólico– en el que se han reunido armas y escudos de la familia, y un restaurante de cocina tradicional rumana. El salón principal, a media luz, con piso de madera crujiente de tan vieja, sólo resulta tenebroso hasta que llegan el vino y el sarmale –carne de res picada envuelta en hojas de col, parecida a la que en los países árabes hacen con hojas de parra– acompañado de mămăliga, una especie de puré de harina de maíz cuyo sabor y textura resultan similares a los de la polenta. Después de la comida habrá tiempo para el segundo placer, el de contemplar. Entonces hay que volver a la calles. Dejar atrás la vieja casa amarilla y subir los 175 escalones de la Scara Acoperită –en rumano, “escalera techada”–, construida en el año 1642 para conectar la ciudadela con la escuela y la iglesia evangélica con el cementerio. Desde ahí puede observarse la ciudad nueva (la que creció fuera de la muralla), pero también el bosque, pero también las tumbas… sepulturas con inscripciones que las revelan antiquísimas, llenas de enredaderas y de un musgo verde encendido por el contraste que hace con el gris de las lápidas que van perdiéndose bajo el salvaje dominio de la naturaleza. Los lugareños dicen que no pasa nada, sin embargo, tienen cruces plateadas en sus patios (la superstición se delata al ver las casas desde las alturas) y no recomiendan rondar por ahí después de que ha caído la tarde. Hay dos opciones: hacer caso y bajar la scara o retar a la sabiduría popular y recibir la noche en el panteón vampírico. No se sabe con certeza qué pase al elegir la segunda, pero con la primera se tiene la seguridad de que, al bajar, habrá al menos una pequeña taberna abierta con cerveza lista para celebrar la primera –y la más sencilla– de las escalas de este viaje. T R AV E L+L E I S U R E

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Donde la literatura y la historia se desencuentran Del diario de Jonathan Harker Bitstriz, 3 de mayo. […] No pude descubrir ningún mapa ni obra que arrojara luz sobre la exacta localización del castillo de Drácula, pues no hay mapas en este país que se puedan comparar en exactitud con los nuestros… En la novela, un joven abogado inglés llamado Jonathan Harker debe viajar a Transilvania en busca de un hombre por cuestiones de negocios: el Conde Drácula. El encuentro, sin embargo, resulta distinto a lo que Harker esperaba, ya que –contraria a una aburrida negociación– termina encontrándose con un extraño personaje que sólo sale por las noches, parece no comer y nunca se refleja en los espejos. Todos sabemos lo que pasa después: el Conde se revela maligno, hay sangre, ataúdes llenos de tierra transilvana que sirven como cama, triángulos amorosos, muertes de doncellas y, luego, una cacería: al descubrir que se trata de un vampiro, Harker –con ayuda de su esposa Mina y un doctor llamado Van Helsing– decide acabar con el cruento Conde que antes lo recibió en su inmenso –y en parte, ruinoso– castillo ubicado entre los montes Cárpatos de Rumania. Presumiblemente, el que se encuentra muy cerca de Brașov –a 89 kilómetros de Sighișoara– y el que todos conocen como castillo de Bran, es el sitio en el que Bram Stoker se inspiró para crear la morada del protagonista de su novela. Pero aquí es donde la historia y la ficción ya no convergen: pese a que los rumanos han sabido capitalizar la relación de Bran con Stoker, manteniendo el castillo abierto a cientos de turistas para quienes Drácula es el principal motivo de la visita, advierten que la relación es puramente literaria: el lugar tiene un gran valor por sí mismo, es un inmueble magnífico construido en el año 1377 que –dicen– Vlad Drăculea nunca visitó. No hay mala intención: Stoker jamás fue a Rumania. Usó Bran como referencia –quizá tomando en cuenta que fue cerca de Brașov donde el Drácula histórico cometió sus más grandes atrocidades– y, en consecuencia, el cine se dedicó a reforzar la idea, usándolo en repetidas ocasiones para ambientar muchas de las versiones fílmicas que se han hecho de esta historia. De modo que no hay engaño, sino dos Dráculas entre los cuales elegir: uno, el de la literatura, se encuentra en Bran y la visita al castillo y a sus pintorescos alrededores merece la pena sin ninguna duda. El segundo, el histórico, tuvo su morada no en su natal Transilvania, sino en la región vecina de Valaquia, específicamente en el castillo de Poenari, del que ahora prácticamente quedan sólo ruinas. EL VERDADERO DRĂCULEA Como puede deducirse, seguir los pasos del vampiro se complica cuando, al llegar a Rumania, la que domina no es la historia fantástica de Bram Stocker, sino la auténticamente sangrienta y documentada biografía de Vlad Drăculea, también conocido como Vlad III o —mejor aún— como Vlad Tepeș, que significa “Vlad el Empalador”. Príncipe de Transilvania y luego rey de Valaquia, sus años en el poder se caracterizaron por la eficaz defensa de 42

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Músico callejero en la hermosa calle Smardan, en la capital Bucarest; abajo: celebración de fin de curso en un colegio de Brașov; templo gótico en la Iglesia de la Colina; puesto de artesanías en Sighisoara.

su territorio –húngaros y turcos buscaban conquistarlo– y por su peculiar sed de justicia que lo llevó a cometer más masacres de las que se veían en el campo de batalla. Cualquier delito –hasta los menores, entre los que se incluía que alguien “no lo aceptara como autoridad”– podía derivar en empalamiento, su condena favorita de muerte. Las muertes fueron tantas –entre 1456 y 1462, se calculan entre 40 mil y 100 mil– y se talaron tantos árboles para fabricar las lanzas de empalamiento, que la zona terminó siendo conocida como “el bosque de los empalados”. La leyenda cuenta que, no conforme con verlos sufrir mientras agonizaban, Vlad acostumbraba beber la sangre fresca de algunos de ellos. El mito, como puede verse, fue oro molido para Bram Stoker. T R AV E L+L E I S U R E

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Iglesia de la Colina, templo luterano construido en 1345; dueño del restaurante instalado en la casa original de Vlad Tepes.

Pero pese a este tenebroso pasado, Brașov es ahora una de las ciudades más atractivas de Rumania. Llena de bares, restaurantes y boutiques, tiene una vida animada, sin murciélagos ni neblina, de la que vale la pena participar caminando en la peatonal Republicci y en su centro histórico medieval deteniéndose –al menos una vez– en alguna terraza para tomar un shot de tuica –un fuerte aguardiente de ciruela característico de Transilvania y sólo apto para valientes– para luego hacerse de una que otra foto con el hilarante letrero del nombre de la ciudad, instalado en un monte al más puro estilo hollywoodense. LA DOBLE MUERTE DEL VAMPIRO Vlad Drăculea, alias Vlad Tepeș tuvo un final no menos glorioso que el del conde que inspiró: luego de una dura batalla defendiendo su territorio de los turcos y de los boyardos, el héroe sanguinario cayó en la emboscada en la que fue asesinado. Su cara y su cabellera –separadas de su cráneo– fueron llevadas como trofeo a Estambul mientras el resto de su cuerpo se trasladó al monasterio de Snagov, una pequeña isla en medio de un lago homónimo cercano a Bucarest. De modo que es ahí donde se encuentra el que se considera su sepulcro auténtico: a 30 kilómetros de la capital rumana, cruzando un lago en bote. Si bien, pese a que hay una seguridad histórica de que esto es cierto, se cuenta que lo que hay enterrado en el monasterio actual no son más que restos de animales ya que, debido a un derrumbe, la tumba auténtica quedó cubierta por las aguas. No es ninguna casualidad entonces que para Bram Stoker la muerte del vampiro tuviera que incluir decapitación. En voz de Mina Harker, escribió: “… en ese preciso instante, surcó el aire el terrible cuchillo de Jonathan. Grité al ver que cortaba la garganta del vampiro mientras el puñal del señor Morris se clavaba en su corazón. Fue como un milagro, pero ante nuestros propios ojos todo el cuerpo se convirtió en polvo y desapareció” . Y continúa: “El castillo de Drácula destacaba en aquel momento contra el cielo rojizo, y cada una de las rocas de sus diversos edificios se perfilaba contra la luz del poniente”. Que con “castillo” se refiera al de Poenari siempre estará en discusión –lo más probable es que, en su labor de escritor, Stoker haya tomado un poco de ambos–, aunque con cierta seguridad, las últimas líneas de la novela hacen referencia, nuevamente, al viejo castillo de Bran. EL LIBRO PROHIBIDO Durante el gobierno del dictador comunista Nicolae Ceausescu, la novela Drácula fue una lectura prohibida en Rumania ya que se consideraba que dañaba la imagen de Vlad Draculea como héroe nacional. Pese a la ejecución de Ceausescu en 1989, la obra no fue autorizada sino hasta 1992.

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VOLVER A TRANSILVANIA Transilvania es la tierra rodeada por los Cárpatos, en la que los vampiros son héroes, donde todo es distinto a lo que se espera: donde se supone oscuridad, hay luz; donde se teme un ambiente lúgubre y mortuorio, hay calma y disfrute. Por su peculiar encanto, Transilvania –la región central y, sin duda, la más famosa de Rumania– merece una visita en calma (o acaso más de una). De tan magnética que resulta, incluso Bram Stoker hizo regresar a Jonathan Harker siete años después de la muerte de Drácula: “Durante el verano –narra– hicimos un viaje a Transilvania, recorriendo el terreno que para nosotros estaba y está tan lleno de terribles recuerdos. Nos resultó casi imposible creer que las cosas que habíamos visto con nuestros propios ojos y oído con nuestros oídos, hubieran podido existir. Todo rastro de aquello ha desaparecido por completo. El castillo permanece como antes, elevándose ante un paisaje lleno de desolación”. Por fortuna para los viajeros que no se ven en la necesidad de aniquilar vampiros, los recuerdos son opuestos: positivos por completo, llenos de buena comida, bebida y leyendas por doquier que hacen que sea difícil marcharse cuando llega el momento de hacerlo… Y así, con una nostalgia anticipada, dejo Transilvania atrás. Cuando me alejo puedo escuchar el eco de mis propios pasos mientras camino. Aunque sé que no va a pasar nada, he aprendido algo y llevo una cruz de plata… Los vampiros no existen, ya lo sé. Esto es sólo por si acaso. +

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Casco antiguo de Bucarest, conocido como el barrio de Lipscani, centro neurálgico y de vida nocturna de la ciudad. T R AV E L+L E I S U R E

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Huellas de Transilvania  

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