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Bitácora del Director

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on tan ingeniosas y obcecadas las ganas que tienen algunos de meterse en camisa de once varas, que no pierden ripio con que atizar a la Iglesia, aunque no se lleven más que un titular a la boca. Acuden a Cáritas donde no llega la ración de Marinaleda, eligen un cura Defensor del pueblo andaluz, cantan, con Machado, coplas a la muerte de D. Guido —aquel trueno vestido de nazareno— y todas las primaveras andan buscando escaleras para subir a la Cruz…, empero les enerva el frufrú de sotana, sin reconocer que las cofradías, cáritas, las hermanas de la Cruz, el cura Diamantino, el padre Patera y el papa Francisco son tan Iglesia como el cabildo cordobés, al que algo debe la ciudad y su alfoz, antes y después de Cajasur. Más, no habiendo peor sordo que el fingido, zarandean a ver si cae. La penúltima embestida de unos tataranietos del gaditano Juan Álvarez Mendizábal, desamortizador burgués y testaferro de nuevos ricos, viene contra la catedral de Córdoba, a la que, por ignorancia, pereza y turismo, siguen llamando mezquita no siendo tal. A ver: si nadie nombra iglesia conventual de los Agustinos al palacio del Senado, aunque lo fue; ni dice iglesia del Hospital de las Cinco Llagas a la sede del parlamento andaluz, y se nota; ni titula Hospital de san Juan de Dios a la sede de la Asamblea de Extremadura… Por lo mismo, en los nueve felices años que pertenecí al presbiterio cordobés, jamás oí a un clérigo llamar mezquita a su catedral, y buen cuidado puse yo de que ningún feligrés mío lo ignorase. a serenata de la mezquita (no se confunda con la del maestro Rafael Medina) empezó cuando por marzo de 2006, el Obispado de Córdoba procedió a la inmatriculación o inscripción de la Santa Iglesia Catedral en el Registro de la propiedad, creado en España por la Ley Hipotecaria de 1861, que no será firme hasta 2016 si se alegara usurpación. Habida cuenta de que la Iglesia Católica, del siglo V al VIII, tuvo en este solar la basílica de san Vicente Mártir y la dumus episcopi con la escuela teológica y el hospital de pobres, arrebatados y destruidos para levantar la mezquita aljama, y que Fernando III devolvió a la Iglesia el inmueble en 1236 para destinarlo al uso original, la Iglesia tiene una propiedad milenaria, aunque no estuviese registrada por vacío legal. Así lo ampara el Derecho Internacional, el europeo y el español; igualmente lo avala la historia y el Estado, cuando lo declara monumento nacional en 1882, y la Unesco, inscribiéndolo en el catálogo de Patrimonio de la Humanidad el año 1984. El caso se repitió en Sevilla, salvo que el cabildo cordobés, senequista de pro, plantó de oratorios el recinto, levantó la capilla Mayor entre el bosque de columnas y puso campanario en el minarete, pero respetó y conservó la mejor parte del edificio. Empeño en el que no ha cejado hasta la fecha. ¿En que se afana, entonces, la Junta de Andalucía y el Ministerio de Hacienda? A río revuelto, en las denuncias de usurpación hechas por el polifacético cadí de una ruidosa plataforma on line. Esta moderna Fuenteovejuna, cuya fuerza está en la algarada, al postular que templos y conventos son de la ciudadanía y no de sus legítimos dueños, es muy vieja y descarada. ras esta bravuconada cívica —con ovación cerrada de ediles y sindicalistas encausados por la jueza Alaya ante otra cortina de humo, mientras llegan las procesiones, la feria y las carretas, que tanto distrae al personal, devoto de Frascuelo y de María y de Canal Sur—, sospecho que estén conchabados el picapleitos y el pisacharcos de turno, jaleados por la falange de conversos islámicos nacidos en la colación de san Andrés, sin ir más lejos. Esos que antier recibían sacramentos en vano y hoy, fervientes circuncisos, siguen pensando que las aleyas coránicas deben amoldarse e interpretarse con licencia luterana y libre albedrío. Y todo por ignorar, a sabiendas, que con qibla, mihrab, mimbar y maqsura… ésta no es una mezquita, sino la catedral de Córdoba; pues ningún mahometano de pura cepa aceptará compartir catedral o sinagoga si previamente no la arrasa o la purifica como está mandado. Ahí tienen la basílica patriarcal de Constantinopla (hoy Estambul), la Hagia Sophia, convertida en mezquita por los otomanos y ahora museo, en la que enlucieron mosaicos, se retiró el iconostasio, el altar, las campanas y cualquier vestigio de culto cristiano. Que fue lo que hicieron los emires cordobeses cuando invadieron la sede de Osio y Eulogio, rociada con la sangre del sacrificio de Acisclo y Victoria, Fausto, Marcial y Zoilo, caudal que ellos no dejaron secar con sus pacíficas cimitarras frente al río grande. ¿Quiere el conde Julián y don Oppas que retorne Muza o sólo buscan otro parque joyero?

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La jiguera

¿Por qué llaman mezquita a la catedral?

Antonio Arévalo Sánchez

Guadalupe 838  
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