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novedades del mundo cultural

“Me siento el pintor del medio del río”

CARLOS Páez vilaró

Texto: Melisa Miranda Castro Fotos: 7 días

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El gran artista plástico uruguayo cumple 90 años pero está más activo que nunca. Se levanta a las 6 para terminar la muestra que presenta, desde el 1° de junio, en Tigre. Revela la clave de su vitalidad: tener siempre proyectos inalcanzables y estar rodeado de jóvenes.

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l sonido del agua transcurre como fondo musical, mientras un lienzo pierde su virginidad y se llena de color. El agua es una constante en su vida, en su obra, en su creación y es parte de ser un habitante de las dos orillas, un artista del medio del río, como él mismo se define. La partida de nacimiento de Carlos Páez Vilaró tiene como lugar de procedencia Uruguay, y su ADN está marcado por sus primeros años en Pocitos; pero también hay mucho de porteño en este hombre que con sólo 18 años se animó a la aventura de atravesar el Río de la Plata y conseguir su primer trabajo en el barrio de Barracas. “Conmigo se produce un hecho bastante particular porque yo inicié mi vida de trabajo y de artista en la Argentina. Corrían los años ‘40, mis padres eran diplomáticos y yo quería liberarlos de lo que significaba para mí que me mantuvieran. Como todo muchacho quise jugar a la aventura de irme a Buenos Aires y aquí me afinqué, en esta Argentina a la cual tanto le debo; porque en todo momento sentí la solidaridad de ayudarme a crecer”, recuerda Páez Vilaró. Así inició su contacto con el país que convirtió en su segundo hogar. Consiguió un trabajo de cajista de imprenta en Barracas y tomó contacto con el trabajo de los grandes dibujantes de la época. “Yo tenía la chance de ver las revistas desde que nacían, las leía antes de que salieran a la calle. Fue muy alentador porque me atreví a iniciar en los primeros dibujos que después me transformaron... iba a decir en un artista pero hace 70 años que busco el arte y aún no sé si lo encontré”, cuenta. Ramón Columba, Dante Quintierno, Divito y José Luis Salinas oficiaron un poco de maestros, sin saberlo, pero el que realmente lo empujó al lienzo fue un abogado uruguayo que a los 60 se

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convirtió en pintor, Pedro Figari. Al ver sus cuadros Páez Vilaró se animó a hacer los propios y se zambulló en la cultura afroamericana y el candombe que lo llevaron a recorrer el mundo. Desde entonces su espíritu aventurero nunca se frenó y fue probando cada una de las artes que despertaban su interés. Pasó por la escultura, la literatura, la arquitectura, el cine, la cerámica, los murales, los cuadros y cualquier área que le llame la atención. Su obra emblemática en Punta del Este es Casapueblo, moldeada con sus propias manos, se convirtió en un ícono arquitectónico y un lugar relevante en la fisionomía esteña. Pero cuando se enamoró de una casona abandonada en Tigre, rastreó a sus dueños hasta Irlanda e hizo su Casapueblo Tigre, desde donde ahora prepara la muestra que inaugura el 1° de junio en el Museo de Tigre, con lienzos de fondo blanco a los que les imprimió color. Es su manera de empezar a preparar los festejos de sus 90 años que llegarán en noviembre, aunque durante la entrevista con Expressions se atreverá a bromear y decir: “Los cumpleaños yo los lloro, no los festejo”. Si hay alguien que tiene 20 años en el rincón del corazón es él, que recuerda la dirección de la primera galería en la que expuso, los nombres de quienes lo acompañaron en su trayectoria, detalles ínfimos de sus anécdotas y sigue despertándose a las seis de la mañana para mezclar color y empezar a pintar. La clave, dice, es tener siempre proyectos y que sean inalcanzables para así tener que luchar por las cosas; y también es estar rodeado de jóvenes de quienes asegura aprender mucho. Los tres hijos de su segundo matrimonio lo ayudan: “De vez en cuando aparecen acá esas bandas de jóvenes que me gustan tanto, que yo estoy a favor de esa juventud linda, aunque tengan tatuaje en el cuerpo. Se divierten como locos”. De alguna u otra manera todos sus hijos

Sara Facio

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Páez Vilaró vive rodeado de la naturaleza en su Casapueblo de Tigre.

están vinculados al arte. Sebastián vive en el taller de Tigre y es responsable también del aspecto de la casa, él trabaja en bronce aunque todavía nunca expuso. Sebastián tiene un bar en Palermo, y Alejandro quiere ser chef y posee una taberna en Uruguay. Florencia quiere ser DJ: “El otro día me impresionó mucho ver cómo mezcla los sonidos como yo mezclo los colores”, señala el papá orgulloso. Sus hijos mayores, que nacieron en Uruguay, son Carlos Miguel, sobreviviente de la tragedia de los Andes, Agó es pintora y Diego se dedica a la decoración. “Los seis hijos que tengo salieron un poco vinculados con la creación. Ellos respiran todo esto porque se han encontrado con un padre muy activo”, reflexiona. -¿Qué lo inspira de Tigre y de Uruguay? -En Tigre tengo la nostalgia, tengo el verde de los árboles añejos, un jardín espléndido, veo serenidad acompañada por el canto de los pájaros que son los verdaderos guardianes de mi casa. En Uruguay tengo la vivencia del mar, el susurro permanente del oleaje, el azul del océano que baña los pies de mi casa. Son bastantes diferentes. -¿Es casual que viva rodeado de agua? -Yo lo atribuyo a que cuando nací, mi casa tenía apoyado sus balcones en el oleaje de Pocitos. Quedé enganchado con las playas largas de mi país, y después me contagié y me llevaron por el mundo. En mis viajes siempre he ido por el mar, como 84

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en la Polinesia, mi sitio preferido. -Pese a haber recorrido tanto, ¿Tigre y Punta son sus dos lugares en el mundo? -Tengo una pierna puesta en Uruguay y una pierna puesta en la Argentina, me siento con eso el pintor del medio del río. Si tengo que elegir un lugar para descansar, no es la palabra para morir, me gustaría que fuera en la Polinesia, lugar donde viví, donde instalé mi taller, donde pinté a la sombra del viejo Gauguin. -¿Cumplir 90 años lo invita a una reflexión, a hacer un repaso de su vida? -Por supuesto que sí, es como una especie de recuento de donde uno ha andado, de arrepentimiento por las cosas en las que no fueron bien, de felicidad por algunos logros. El cumplir 90 años resulta la obligación de hacer un balance, un recuento de tu propia obra. No es una auditoría, porque la vida mía está orientada hacia el futuro, pero sí es una chance de hacer un recuento y lo estoy haciendo. -¿Tuvo que pagar un precio en el mundo del arte por ser un artista popular? -Yo siempre pensé en el arte dirigido a los demás. La pintura mural tuvo en mí una gran influencia y fui creciendo en esa pintura generosa que estuvo siempre delante del pueblo, tanto la que tiene en frente a un policía que está cuidando la ciudad como a dos novios que se besan yendo a su estudio o simplemente el portero de un edificio. La pintura mural es un arte generoso que yo practico dejando

testimonio por donde camino. Para mí la pared en blanco es un grito de desafío. En todos los restaurantes que he visitado en mi vida tienen un plato mío hecho con mis crayones. Y no hay pared que yo resista. -¿Hay alguna obra de la que se sienta más orgulloso? -Me entusiasma mucho la parte de arquitectura. He luchado por hacer esculturas habitables. Pero dentro de todo eso, me entusiasma mucho una capilla que hice para la muerte en el cementerio de los Cipreses. Mirá qué curioso, un pintor de la vida estuvo durante un año construyendo un espacio para la muerte. Fue bastante difícil para mí, pero la realización me colmó de entusiasmo y casi te diría que es la obra más importante que hice. -¿Le tiene miedo a la muerte? -No es que le tenga miedo, Picasso pensaba en la muerte todos los días y de alguna manera yo pienso en la muerte todos los días. La capilla me costó porque ponerle color e imaginación a la despedida de la vida fue un gran desafío. En ese momento yo tenía una dificultad económica muy grande y estaba iniciando la vivienda en el Tigre con muchas complicaciones, así que acepté el reto. Creo que logré algo que alguna vez los estudiantes de arquitectura pasarán a rescatar detalles. -¿Le queda algo pendiente por hacer? -Me quedan muchas cosas por hacer, entre ellas algo que es casi imposible que sería crear un arte para los no videntes. Siempre me ha preocupado cómo un hombre puede pasar por la vida sin conocer el color. Lo he pensado pero debe ser la obra de un equipo de imaginación con sabios japoneses, técnicos, ingenieros. En principio había soñado con hacer un circo que se moviera por el mundo de los ciegos, entrabas a la sala por medio de un tobogán y que se pueda lograr el toque de objetos que cuelguen en el cielo, que sientan perfumes y música. Es un poco loco el tema. -¿Lo comparan con Leonardo Da Vinci, se siente identificado? -Yo me siento identificado con la gente que hace cosas, que tiene la valentía de zambullirse en el océano sin saber nadar. Lo más importante es el intento, yo vivo intentando. Soy una aspiradora, salgo al camino buscando emociones. A


Carlos Páez Vilaró