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Texto: Marcelo Matas de Álvaro Ilustraciones: Mónica de Íscar


Érase una vez un niño al que le gustaban mucho los coches. ¡Qué digo mucho, muchísimo! Le gustaban tanto que el primer sonido que salió por su boca fue ¡Brrr! Antes de saber juntar los labios para decir papá o mamá, Luis decía ¡Brrr! cada vez que veía un coche. 1


También cuando veía una moto o un camión o un autobús decía ¡Brrr! Apretaba muy fuerte los labios hasta que le salía por la boca una especie de pedorreta vibrante ¡Brrr! ¡Brrr! ¡Brrr! sin dejar de señalar con el dedo al coche, a la moto, al camión o al autobús. 2


Y nada más cumplir un año, antes de saber decir caca, pedo o pis, Luis aprendió a decir ¡coche! Decía ¡coche! cada vez que veía un coche, pero también cuando veía una moto o un camión o un autobús. ¡Coche, coche, coche! Si se trataba de una ambulancia, los bomberos o la policía, añadía ¡güibooo, güibooo, güibooo! sin dejar de señalar con el dedo. Como os podéis imaginar, lo que más le gustaba en el mundo era montar en el coche de sus padres. Le subían en la sillita de seguridad y se pasaba todo el camino mirando a través de la ventana, sin pestañear ni un segundo y sin parar de decir ¡coche, coche, coche! cada vez que se cruzaban con un coche o una moto o un camión o un autobús. Es decir, todo el rato decía ¡coche, coche, coche! sin dejar de señalar con el dedo. 8


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A veces se empeñaba en subirse al asiento del conductor del coche y, por no oírle llorar, sus padres lo dejaban. ¡Pero con el coche parado, claro! No os vayáis a pensar... Entonces cogía el volante y lo movía de un lado a otro como si fuera un conductor de carreras. Agarraba la palanca de cambios y tocaba todos los botones y los mandos y... hasta que sus padres le decían ¡Basta ya! y le sacaban del coche llorando. ¡Güibooo, güibooo, güibooo! Sí, él también lloraba como si fuera la sirena de una ambulancia, de los bomberos o de la policía.

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¿Y a que no sabéis cuál era su juguete favorito? No. Un coche, no. ¡Todos los coches del mundo! Antes de saber caminar, ya tenía un correpasillos con forma de coche y luego tuvo una moto sin pedales y más tarde un coche de carreras con un pedal eléctrico. Salía a la calle y daba miedo verle bajar por las cuestas a toda velocidad, haciendo ¡Brrr, brrr! con la boca para avisar a la gente que tuviera la mala suerte de cruzarse en su camino. Además tenía un garaje y una caja llena de coches de todos los tamaños, colores y marcas. ¡Ah, se me olvidaba! Se sabía todas las marcas de los coches, aunque las decía a su manera. El coche de sus padres era un Aros, el de sus tíos un Memeuve y así. Jugaba todo el rato con los coches. Los ponía en fila, hacía carreras, los llevaba al taller, los tiraba de la mesa al suelo, los subía al sofá y a las camas y a las estanterías... y cuando se cansaba...

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...Cuando se cansaba cogía un cuento de coches y se sentaba en las piernas de su padre para que se lo contara. Tenía cuentos que apretabas un botón y sonaba el motor de un coche o de una moto o de un camión o de un autobús. También sonaban las sirenas de los bomberos o de la ambulancia o de la policía. Otros cuentos que le gustaban era el del taller de Paco o el de la fábrica de coches o el de carreras de fórmula uno.

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Os podéis imaginar que sus padres ya estaban hasta los pelos de tanto coche. ¡Vaya lata que les daba todo el día con el mismo tema! A veces intentaban que jugara con una pelota o con muñecos o con la granja que le trajeron los Reyes Magos, pero no había manera. ¡A Luis sólo le interesaban los coches! Hacía puzzles de coches, veía películas de coches, aprendía canciones de coches y siempre pedía que sus padres le dibujaran todo el rato coches, motos, camiones o autobuses.

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Así fue pasando el tiempo hasta que un día ocurrió algo inesperado. ¡Y asombroso! Una mañana, cuando Luis se iba a levantar de su cama con forma de coche para ponerse sus zapatillas de coche, notó que donde antes tenía dos pies le habían salido ahora dos ruedas. ¡Y en sus manos ahora también tenía dos ruedas! Se fue rodando a mirarse en el espejo y vio que no se reflejaban sus ojos, sino un parabrisas. Debajo, en vez de boca y dientes aparecía la rejilla del motor. “¡Guau! ¡Me he convertido en coche!” - exclamó tan contento.

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Pero cuando lo vieron sus padres no soltaron un ¡Guau! de alegría, sino un grito de horror ¡Aaahh! Su querido Luisito de carne y hueso se había convertido nada más y nada menos que en un coche de hierro y cristal y qué sé yo cuántas cosas más. -Ya se veía venir -dijo el padre. -Pues lo normal en estos casos -dijo la madre-. Lo llevaremos al médico.

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-¿Qué tiene, doctor? –preguntaron a la vez los padres. -Todo normal –respondió el médico-. Su hijo es un coche. Los análisis indican que están correctos los niveles de aceite, de agua y el líquido de frenos. Además tiene el depósito de gasolina lleno. -¿Y qué podemos hacer, doctor? –volvieron a preguntar los padres. -Lo que se suele hacer en estos casos, señores –contestó el médico con toda tranquilidad-. Una revisión cada dos años o treintamil kilómetros. Cambiaremos el aceite, los filtros y revisaremos las pastillas de freno y los niveles. Si hace falta, también se cambiarán las ruedas. Echen gasolina super extra. Es más cara, pero ustedes querrán lo mejor para su hijo, ¿no? ¡Ah! Tienen que echarle anticongelante en invierno. Los padres se pusieron a llorar. No podían soportar que su tierno y querido Luisito se hubiera convertido en coche de la noche a la mañana. ¡Un coche para toda la vida!

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-¿Y no se puede hacer algo más, doctor? –volvieron a preguntar a la vez los padres. -Sí. Pueden matricularle en una escuela especial –contestó el médico-. Allí le enseñarán todo lo que debe aprender para llegar a ser un coche de provecho el día de mañana.

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Así es como Luis llegó a la escuela especial, donde se encontró con muchos niños... mejor dicho, con muchos coches como él. Cada uno era de un tamaño, un color y una marca diferente. Luis era un coche grande, rojo y de marca Aros, que era la que él siempre había preferido. El horario estaba ocupado con clases donde le enseñaban las normas de la circulación, las señales de tráfico y todo eso, pero a él lo que más le gustaba eran las clases prácticas: hacer maniobras, subir rampas y aprender a derrapar para esquivar a la gente que se le cruzaba en su camino ¡Iaaaaa, cuidadooo, que vooooy!

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Claro, también le gustaba el recreo, que era cuando podía jugar con los compañeros. Jugaban al pilla-pilla, a carreras y al escondite. También cambiaban cromos de coches o de motos o de camiones o de autobuses. Pero en el patio de la escuela especial no estaban solos. Por allí también jugaban los alumnos de otras clases, aunque no se juntaban con ellos porque no eran coches. Eran grupos de muñecas, dinosaurios, princesas, indios, vaqueros, videoconsolas y balones. Sobre todo balones.

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¡Casi todo el patio estaba lleno de balones! La mayoría de fútbol, pero también los había de baloncesto, de balonmano y alguna pelota de tenis. Luis no se podía imaginar qué les enseñaban en clase a esos alumnos, pero en el recreo le parecía que se divertían mucho jugando entre ellos. Los balones de fútbol siempre jugaban once contra once y cuando metían un gol gritaban mucho y se ponían tan contentos que se abrazaban entre ellos hasta tirarse por el suelo. Al principio a Luis todo eso le parecía muy raro, pero la verdad es que cada vez que los veía abrazarse tan contentos, le daba un poco de envidia. Hasta que un día se acercó a la cancha donde jugaban y preguntó a uno si le dejaban jugar al fútbol. -¿Tú no te das cuenta de que no puedes jugar al fútbol porque no eres un balón? –le dijo Carlota, que así se llamaba la pelota. -Ya lo sé, pero es que veo que lo pasáis tan bien –contestó Luis. Además yo ya estoy un poco cansado de jugar siempre a los coches. -Yo también de jugar siempre al fútbol, pero, claro, como soy una pelota –respondió Carlota.

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Fueron pasando los días y cada vez más coches se paraban a ver jugar al fútbol. También los balones dejaban de jugar entre ellos para ver correr y derrapar a los coches. Y las muñecas dejaban de jugar a las mamás para mirar con envidia cómo peleaban los dinosaurios. Y los dinosaurios dejaban de poblar la tierra para mirar con envidia cómo tocaban los botones la videoconsolas.

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Y poco a poco ocurriĂł que las videoconsolas dejaban de mirar a sus pantallas para ir a disparar con los vaqueros. Y los vaqueros se bajaban de sus caballos para jugar al tenis con las pelotas de tenis. Y las pelotas de tenis dejaban de jugar al tenis para ir a rescatar princesas. Y las princesas abandonaban a los principes para ir a hacer el indio con los indios. Y los indios dejaban de hacer el indio para jugar a las mamĂĄs con las muĂąecas.

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Así fue como casi sin darse cuenta todos se pusieron a jugar con todos. Pero, claro, era un lío porque a veces sus formas no les permitían jugar bien a los juegos que querían. Porque... ¿os imagináis cómo puede jugar al fútbol un coche que tiene ruedas en vez de pies? ¿Y con qué dedo toca una pelota los botones de las videoconsolas? ¿Y cómo dispara un dinosaurio las flechas de los indios? En fin... ¡Vaya lío!

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Entonces, de la noche a la mañana pasó lo que toEntonces,deseando de la noche la mañana lo que todos dos estaban que aocurriera. Enpasó la cochera donestaban deseando que ocurriera. Por la noche todos soñade dormían los coches, en vez de oler a gasolina y al ron que de jugar a lo humo queyadeestaban vez enaburridos cuando salía de siempre los tubos demismo: eslos coches a los coches, las muñecas a las muñecas y todo cape, empezó a oler a sudor y a pies y a eso que os eso. Así que, al despertarse por la mañana notaron cómo de estáis imaginando. En la red donde dormían los balones repente ya no eran coches ni balones ni muñecas ni videoy las pelotas, en vez de tocarse todos con sus formas consolas ni vaqueros ni indios ni princesas. ¡Eran niños! Sólo redondas, empezaron a notar que en la espalda de uno niños y niñas que podían jugar entre ellos como quisieran y se metía la rodilla o el codo de otro. a lo que quisieran.

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A los indios, que dormían en una tienda india, se les borraron las pinturas de guerra y se les cayeron todas las plumas del penacho. Las princesas, que dormían en un palacio rosa, dejaron de tener el vestido rosa, los zapatos rosas y el pelo rubio. A los dinosaurios, que dormían en el parque jurásico, les desaparecieron las alas y la cola y la mirada de chulo que tenían por presumir de ser los más viejos de la tierra.

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Las videoconsolas, que dormían en sus cajas con el cargador puesto, se les acabó para siempre la batería, pero de pronto notaron cosquillas en los pies y algo de roña detrás de las orejas. A los vaqueros, que dormían acodados en la barra del saloon, se les cayeron las pistolas y el sombrero, pero también la mirada de chulo que habían copiado al dinosaurio. A las muñecas, que dormían en su casita de muñecas, les empezó a latir su pequeño corazón de plástico.

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Así, al despertarse por la mañana todos notaron cómo Y así ocurrió que a partir de entonces, todos se mezclade repente ya no eran coches ni balones ni muñecas ni ban para hacer carreras de coches o jugar al fútbol o al bavideoconsolas ni vaqueros ni indios ni princesas. ¡Eran niloncesto. Entre todos buscaban dinosaurios imaginarios, ños! Sólo niños y niñas que ya no se iban a aburrir nundisparaban como si fueran indios y vaqueros o rescataban ca princesas más de jugar a un losdragón. mismo:De losvez coches a los de lassiempre fauces de en cuando, coches, las se muñecas las compartir muñecas videoconsolas. y todo eso. ¡Podían también sentabanapara jugar entre ellos como quisieran y a lo que quisieran!

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Y de esta manera ocurrió que a partir de entonces todos se mezclaban para hacer carreras de coches o jugar al fútbol o al baloncesto. Entre todosenbuscaban dinosaurios imaginarios, Jugaban en la calle, la casa de algún amigo o en el disparaban como si fueran indios y vaqueros o rescataban patio del colegio. ¡Pero nunca más en el aburrido recreo princesas de las faucesespecial! de un dragón. De vez en cuando, de ninguna escuela también se sentaban para compartir las videoconsolas. Jugaban en la calle, en la casa de algún amigo o en el patio del colegio. ¡Pero nunca más en el aburrido recreo de ninguna 31 escuela especial! 29


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El niño que se convirtió en coche  

¿Puede un niño convertirse en coche? Léelo en este cuento sobre la diversidad

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