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Derechos de autor del texto � 2012 de Tinderbox Books, LLC y Lauren Kate. Publicado por Delacorte Press, una impresi�n de Random House Mondadori Children's Books, Una divisi�n de Random House Inc., Nueva York. Este texto no viola ning�n derecho de copyright pues se encuentra totalmente disponible al p�blico en su idioma original.

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�ndice: Amor donde menos se espera: El San Valent�n de Shelby y Miles......................................................... .......6 Dos en el camino...................................................

............................8 Un extra�o bazar............................................................

...............21 Su espada. Su palabra................................................

.................31

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La

entrega

del

guante.........................................................

..........37 Lecciones sobre el amor:El San Valent�n de Roland...................................................... .....................................46 Un largo camino. Paredes y deslumbrante

.............................................48 ruinosas.

...................................................................... .....54 Consejo 1 de la oscuridad.

...............................................................6

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Alumno

del

amor.

...................................................................... ..68 Amor ardiente: El San Valent�n de Arriane................................................... .....................................79 El secreto.

........................................................................ .................82 Deseos infernales.

...................................................................... .....88 El primer profundo. corte es el m�s

...........................................93

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El

amor

tiene

alas.

.................................................................... .....99 Amor Infinito:El San Valent�n de Daniel y Luce.......................................................... ....................................106 Amor hace tiempo.

.................................................................... ..108 Un 116 Placer en desorden. alma en conflicto.

................................................................

.................................................................... .122

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La consecuencia de tocar las estrellas.

.....................................129 Ep�logo: Los guardianes.......................................... ......136

La vida es tan breve, el oficio tan largo de aprender, El intento tan dif�cil, la victoria tan dura, La terrible alegr�a, tan ardua de conseguir, Todo ello tan r�pido pasa � a eso yo llamo Amor � Puesto que sus maravillas en esta escena del mundo Confunden tanto que, cuando pienso en �l, Apenas s� si me hundo o nado. 7


Geoffrey Chaucer, El Parlamento de las Aves.

Amor donde menos se espera: El San Valent�n de Shelby y Miles.

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Dos en el camino. Un extra�o bazar. Su espada. Su palabra. La entrega del guante.

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Dos en el camino.

Shelby y Miles se re�an mientras sal�an de la Anunciadora. Sus oscuros tent�culos se aferraban al borde de la gorra de Miles y se enredaban en la coleta de Shelby mientras emerg�an de la sombra. Aunque Shelby se sent�a tan cansada como si hubiera estado en cuatro sesiones seguidas de Yoga Vinyasa, le aliviaba saber que se encontraban, otra vez, en el s�lido � presente � suelo. Hogar. Por fin. El aire estaba fr�o y el cielo gris, pero brillaba. Los hombros de Miles se alzaban frente a ella, protegiendo su cuerpo del fuerte viento que hac�a ondear su camiseta blanca, la que llevaba desde que dejaron el patio trasero de los padres de Luce en Acci�n de Gracias. Hace millones de a�os. "�Es en serio!", dijo Shelby, "�Por qu� es tan dif�cil para ti creer que el b�lsamo labial es mi primera prioridad? � se pas� un dedo por los labios y retrocedi� exageradamente � �Parecen papel de lija!. "Est�s loca", resopl� Miles pero sigui� el dedo de Shelby con la mirada, mientras ella lo deslizaba cuidadosamente por el labio inferior � "�Lo que perdiste en la Anunciadora era un b�lsamo de labios?". "Y mis podcasts...", dijo Shelby haciendo crujir con sus pies un mont�culo de hojas muertas � "... y mi bronceador". Hab�an estado saltando en el tiempo a trav�s de las anunciadoras durante tanto tiempo... desde la celda en la Bastilla donde hab�an conocido a un fantasmal prisionero que no quiso dar su nombre, hasta un sangriento campo de batalla en China, donde no reconocieron ni a una sola alma. Y, m�s recientemente, en Jerusal�n, donde al menos se hab�an encontrado con Daniel, 11


buscando a Luce. Solo que aquel Daniel no era completamente el mismo. Literalmente, estaba unido con una versi�n fantasmag�rica de su yo pasado y no hab�a sido capaz de liberarse. Shelby no pod�a dejar de pensar en el enfrentamiento de Miles y Daniel con las Flechas Estelares, la manera en c�mo las dos partes de Daniel � presente y pasado � hab�an sido separadas luego de que Miles sacara la flecha enterrada en el pecho del �ngel. Cosas espeluznantes sucedieron en el interior de la Anunciadora; Shelby se alegraba de haber estado con Miles. Si tan solo pudieran volver a sus dormitorios sin perderse en el bosque. Shelby mir� hacia lo que ella esperaba que fuera el oeste y comenz� a llevar a Miles por una triste parte del bosque que no conoc�an. "La Escuela de la Costa debe de estar por aqu�". El regreso a casa fue agridulce. Ella y Miles hab�an entrado en la Anunciadora con un prop�sito. Hab�an entrado en ella luego de que Luce desapareciera en el patio trasero de su casa. Hab�an ido tras ella para traerla de vuelta a casa � como Miles dijo: "Las Anunciadoras no te transportan a la ligera" � pero la siguieron para asegurarse de que ella se encontraba bien. No les importaba el motivo por el que los �ngeles y Demonios se estuvieran peleando por Luce. Para ellos, lo importante era su amiga, Luce. Pero en su b�squeda, nunca la encontraron. Se hab�an guiado por los instintos de Shelby, pero solo consiguieron llegar a paradas extra�as y luego viajar a la siguiente para ver que no hab�a ning�n rastro de su amiga. Ella y Miles hab�an discutido muchas veces sobre cu�l y c�mo era la mejor forma de llegar hasta Luce. Ella odiaba pelear con Miles. Era como discutir con un cachorro. La verdad es que ninguno de ellos sab�a lo que estaban haciendo.

Pero en Jerusal�n hab�a sucedido algo bueno. Ellos tres � Miles, Shelby y Daniel � se hab�an llevado bien por primera vez. Ahora, con la bendici�n de Daniel (algunos lo llamaban un comando) Shelby y Miles se dirig�an finalmente a casa. Una parte de Shelby estaba preocupada por abandonar a Luce, pero otra parte � la que confiaba en Daniel � estaba ansiosa por volver al lugar donde se supon�a que deb�a estar. Su �poca y lugar. Se sent�a como si hubieran estado viajando por mucho tiempo, pero nadie sab�a c�mo funcionaba el tiempo dentro de las Anunciadoras. Shelby se 12


preguntaba si llegar�an y descubrir�an que s�lo hab�an pasado segundos o tal vez a�os. "Tan pronto como volvamos a La Escuela de la Costa ir� disparado directamente a darme una larga ducha caliente", dijo Miles. "S�, buena idea". Shelby agarr� un mech�n de su espesa coleta y la oli�. "Tengo que lavar y eliminar esta peste de Anunciadora de mi pelo. Si es que es posible". "�Sabes qu�?", Miles se inclin�, bajando la voz, a pesar de que no hab�a nadie m�s a su alrededor. Era extra�o que la Anunciadora los hubiera dejado tan lejos del recinto de la escuela. "Tal vez esta noche debamos colarnos en el comedor y hacernos con algunas de esas galletas de hojaldre". "�Las de mantequilla?" � los ojos de Shelby se abrieron de par en par. Otra buena idea de Miles. Era de esos muchachos que es bueno tenerlos cerca. "�Rayos!, he perdido La Escuela de la Costa". Cruzaron m�s all� de una l�nea de �rboles y un prado se abri� ante ellos. Luego, la escena golpe� a Shelby de repente. No ve�a ninguna construcci�n similar a La Escuela de la Costa, porque no estaba all�. Ella y Miles estaban... en otro lugar. Hizo una pausa y observ� la ladera que los rodeaba. Se sent� sobre la nieve de las ramas de los �rboles y entendi� inmediatamente que no eran las secuoyas de California. Y la carretera fangosa que estaba delante de ellos no pertenec�a al Pacific Coast Highway. Mir� hacia las laderas de abajo y varios kil�metros m�s all� vio una ciudad incre�blemente vieja, protegida por un muro de piedra. Le recordaba uno de esos descoloridos tapices antiguos, donde unos unicornios se retozaban frente a ciudades medievales, que alg�n exnovio de su madre la hab�a arrastrado a ver en el Getty. "�Pens� que est�bamos en casa!", exclam� Shelby, su voz estaba en alg�n lugar entre el grito y el llanto. �D�nde estaban?. Se detuvo justo antes de que la carretera terminara y vio la desolaci�n del lugar. No hab�a nadie alrededor y Shelby comenzaba a tener miedo. "Tambi�n pensaba eso", Miles se rasc� la cabeza con tristeza. "Creo que no estamos cerca de llegar a la Escuela de la Costa".

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"�Cerca?. Mira este amago de carretera. Mira la fortaleza que est� all�" � jade� � "�Y qu� son aquellos peque�os puntos que se mueven all�, caballeros?. A menos que estemos en alguna especie de parque tem�tico, estamos atascados en la maldita Edad Media" � se cubri� la boca � "Ser� mejor que no nos contagiemos con la plaga. �Aquella Anunciadora que abriste en Jerusal�n...?". "No lo s�, yo solo...". "�Nunca llegaremos a casa!". "Claro que s�, lo haremos Shel. Le� acerca de esto... creo. Viajamos en el tiempo sirvi�ndonos de las anunciadoras de los �ngeles, entonces tambi�n podr�amos llegar a casa de esa manera. "Bien, entonces...�a qu� est�s esperando?. �Abre otra!". "No es as�...". Miles se coloc� la gorra de beisbol un poco m�s debajo de sus ojos. Shelby casi no pod�a ver su cara. "...tenemos que encontrar uno de esos �ngeles y tambi�n la forma de tomar prestada una de sus sombras". "Hablas como si tuvi�ramos que pedir prestado un saco de dormir para un campamento". "Escucha, si encontramos una sombra que se moldee al siglo en donde actualmente existimos, podremos llegar a casa". "�Y c�mo hacemos eso?". Miles neg� con la cabeza. "Creo que lo hice cuando est�bamos con Daniel en Jerusal�n". "Tengo miedo...". Shelby cruz� sus brazos sobre el pecho y se estremeci� con el viento, "...solo haz algo". "No puedo... y menos contigo grit�ndome". "�Miles!". El cuerpo de Shelby se encogi�. �Qu� era ese sonido detr�s de ellos? Algo se estaba acercando por el camino. "�Qu�?". Una carreta de caballos se acercaba a ellos. El sonido de las herraduras de los caballos se hac�a cada vez mayor; en un segundo, quien sea que estuviera conduciendo por la carretera, los ver�a. "�Esc�ndete!", grit� Shelby. 14


La silueta de un hombre corpulento llevando las riendas de dos caballos con manchas blancas y marrones alz� la vista mientras sub�a la pendiente. Shelby agarr� por el cuello a Miles. �l hab�a estado alborotando nerviosamente su gorra y cuando ella tir� de �l para esconderse detr�s de un ancho tronco de roble, la gorra azul brillante vol� de su cabeza. Shelby observ� la gorra � la que Miles hab�a usado diariamente durante a�os � volar por el aire como un p�jaro azul, para luego desplomarse en un ancho charco de barro de color marr�n p�lido de los que hab�a en la carretera. "Mi gorra", susurr� Miles. Estaban muy cerca uno del otro, con sus espaldas contra la �spera corteza del roble. Shelby lo mir� de soslayo y se sorprendi� al ver su rostro completamente descubierto. Sus ojos se ve�an m�s grandes. Su pelo desordenado. Se ve�a... hermoso. Como un muchacho que ella jam�s hubiera conocido antes. Miles tir� de su cabello instintivamente como si a�n llevara la gorra puesta. Shelby se aclar� la garganta y sus pensamientos. "Vamos a llegar a la Escuela tan pronto como pase la carreta. Qu�date fuera de la vista hasta que este t�o est� fuera de la carretera". Ella pod�a sentir el aliento c�lido de Miles en su cuello. Y el hueso sobresaliente de su cadera rozando la de ella. �C�mo es que Miles era tan flaco?. El hombre era toda carne y nada de patatas. Al menos, eso era lo que dir�a la madre de Shelby si lo llegase a conocer � lo cual nunca suceder�a si Miles no era capaz de invocar a una Anunciadora que los llevara de vuelta al presente. Miles se mov�a, tratando de ver su gorra. "�Qu�date quieto!" � dijo Shelby � "Ese tipo podr�a ser una especie de B�rbaro". Miles levant� un dedo y lade� la cabeza. "Escucha, est� cantando". Un pedazo de nieve cruji� bajo los pies de Shelby cuando ella estir� el cuello para encarar la carretera. El conductor era un hombre de mejillas rosadas con el cuello de la camisa sucio, pantalones que eran obviamente hechos a mano, y un gigante chaleco de piel que llevaba atado a la cintura con un cintur�n de cuero. Su peque�a gorra de fieltro azul luc�a tan rid�cula como un gran lunar en medio de una cabeza calva.

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Su canci�n ten�a un tono alegre y estridente, y el hombre la cantaba a todo pulm�n. El ruido que hac�an los cascos de sus caballos sonaba casi como un acompa�amiento de percusi�n a su estruendosa y molesta voz. "Cabalgando a la ciudad en busca de una criada, una muchacha de pechos grandes, una lujuriosa jovencita. Cabalgando a la ciudad para tener una novia y al caer la tarde, un Valent�n!". "Tiene clase", Shelby hizo girar los ojos en sus �rbitas. Pero al menos reconoci� el acento del hombre, una pista. "As� que... creo que estamos en la alegre vieja Inglaterra". "Y supongo que es el d�a de San Valent�n", dijo Miles. "�Emocionante! Despu�s de veinticuatro horas de sentirme especialmente sola y pat�tica... terminamos en la Edad Media!". Shelby hizo manos de jazz para a�adirle efecto a lo que acababa de decir, pero Miles estaba demasiado ocupado mirando al rudo tipo que llevaba la carreta como para darse cuenta. Los caballos estaban amarrados a unos arneses de color azul y blanco. Se les notaban las costillas. El hombre estaba solo, sentado sobre un asiento de madera podrida en la parte delantera de la carreta, la cual ten�a el tama�o de un cami�n y estaba cubierta por una gran lona blanca. Shelby no pod�a ver lo que el hombre llevaba a la ciudad, pero fuera lo que fuera, era algo pesado. Los caballos estaban sudando a pesar del clima frio, y los tablones de madera en la base de la carreta se estremecieron cuando el tipo comenz� a conducir hacia la ciudad amurallada. "Deber�amos seguirlo", dijo Miles. "�Para qu�?", Shelby torci� la boca. "�Quieres encontrar a tu propia criada tetona y lujuriosa?". "Quiero encontrar a alguien que conozcamos, cuya Anunciadora nos sirva para volver a casa, �recuerdas?,... �Tu b�lsamo labial?...". Toc� los labios de ella con el pulgar. Su contacto dej� a Shelby sin habla. "Vamos a tener una mejor oportunidad de regresar si encontramos a alg�n �ngel en la ciudad". Las ruedas de la carreta crujieron mientras surcaban el fangoso camino, haciendo que el conductor se meciera de un lado a otro. Pronto estuvo tan cerca que Shelby pod�a ver la tosquedad de su barba, la cual era tan negra y espesa 16


como su chaleco de piel de oso. Su tono fall� en la �ltima s�laba extendida de "Valent�n", y tom� una gran bocanada de aire antes de comenzar de nuevo. Luego, su canci�n se vio interrumpida bruscamente. "�Qu� es esto?", gru��. Shelby pod�a ver que las manos del hombre estaban agrietadas y rojas por el fr�o cuando tir� de las riendas de los caballos para detenerlos. Los animales desnutridos relincharon llegando a parar justo antes de la brillante gorra de beisbol azul de Miles. "No,no,no.", Shelby murmur� en voz baja. La cara de Miles estaba p�lida. El hombre baj� pesadamente de su asiento, gru�endo. Sus botas aterrizaron en el espeso barro. Se dirigi� hacia la gorra de Miles, se inclin� con otro gru�ido y volvi� a erguirse en un abrir y cerrar de ojos. Shelby escuch� a Miles tragar saliva. Un golpe r�pido contra los pantalones sucios del hombre y la gorra ya estaba igual de sucia. Sin decir una palabra, dio media vuelta y se mont� nuevamente en la carreta, metiendo la gorra dentro de la lona detr�s de �l. Shelby se mir� a s� misma y a su sudadera con capucha de color verde, y trat� de imaginarse la reacci�n del hombre si ella saliera detr�s del �rbol con su ropa del futuro y tratara de recuperar la gorra. No era una idea sensata. En el tiempo que le llev� a Shelby pensar en eso, el hombre hab�a tirado de las riendas y se dirig�a nuevamente a la ciudad. Y la canci�n que hab�a estado cantando tambi�n volvi� a sonar, m�s desentonada que antes. Otra cosa en la que Shelby hab�a metido la pata."Oh, Miles. Lo siento". "Ahora definitivamente tenemos que seguirlo", dijo Miles un poco desesperado. "�En serio?. Es solo una gorra". Pero luego mir� a Miles. Ella segu�a sin acostumbrarse a ver su rostro descubierto. Las mejillas que siempre le hab�an parecido infantiles ahora se ve�an m�s fuertes, m�s angulares. Y sus ojos, ten�an ahora m�s intensidad. Se dio cuenta por su expresi�n abatida, definitivamente no era "solo una gorra" para �l. Tanto si le tra�a buenos recuerdos o era solo un objeto de buena suerte; no lo

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sab�a; pero iba a hacer hasta lo imposible por quitar esa triste mirada del rostro de Miles."Bien, vamos a por ella", espet� Shelby. Antes de que ella supiera qu� suced�a, �l hab�a deslizado su mano en la de ella. Miles se sent�a fuerte, seguro y un poco impulsivo, y luego tir� de ella hacia la carretera."�Vamos!". Ella se resisti� por un instante, pero luego sus ojos se encontraron accidentalmente con los de Miles. Ten�a una mirada incre�blemente arriesgada y loca y Shelby sinti� como una oleada de euforia recorr�a todo su cuerpo. Instantes despu�s, estaban corriendo cuesta abajo por una calzada medieval cubierta de nieve, pasando por campos de cultivo muertos por el invierno. Todo estaba cubierto por una gruesa capa de nieve, desde los �rboles hasta los caminos de tierra. Se dirig�an a una ciudad amurallada, con torres imponentes de color negro y una entrada angosta rodeada de agua. De la mano, con las mejillas sonrosadas, con los labios resecos, riendo sin raz�n, Shelby jam�s lo hubiera podido explicar con palabras � se re�a tan fuerte que casi se olvida de lo que estaban a punto de hacer. Pero luego, cuando Miles grit� "�Salta!" � algo la hizo reaccionar y lo hizo. Por un momento se sinti� como si estuviera volando. Un tronco formado en la parte posterior de la carreta, era apenas suficiente para balancearse sobre �l. Sus pies lo rozaron, aterrizando all� por pura suerte. Por un momento. Entonces la carreta se tropez� con un bache y se sacudi� con fuerza, el pie de Miles se resbal� y Shelby se solt� de la lona. Sus dedos se resbalaron y su cuerpo se sacudi�, ella y Miles fueron arrojados hacia atr�s, directos hacia abajo, al lodo. Splash. Shelby gru��. Su caja tor�cica palpitaba. Se limpi� el barro fr�o de sus ojos y escupi� una bocanada de suciedad. Levant� la vista hacia la carreta cada vez m�s peque�a en la distancia. La gorra de Miles hab�a desaparecido. "�Est�s bien?", le pregunt� ella. �l se limpi� la cara con el borde de su camiseta. "S�. �T�?". Cuando ella asinti�, sonri�. 18


"Haz la cara de Francesca si se enterara de donde estamos en estos momentos" � la voz de Miles sonaba de buen humor, pero Shelby sab�a que por dentro estaba destruido. Sin embargo, la iba a imitar. Le gustaba hacerse pasar por su maestra de la Escuela de la Costa. Ella sali� del charco, se apoy� en los codos, sac� el pecho y se pellizc� la nariz. "�Y supongo que usted va a negar que viajaron deliberadamente tratando de desgraciar el legado de la Escuela de la Costa?. Estoy absolutamente reacia a imaginar lo que la junta de directores va a decir. Y, �he mencionado que me romp� una u�a tratando de controlar a una Anunciadora?, tratando de encontrarlos a ustedes dos". "Ahora, ahora, Frankie". Miles ayudado por Shelby desde el barro hizo su mejor imitaci�n de Steven, el esposo de Francesca, un demonio m�s relajado. "No vamos a ser muy duros con los Nefilim. Un solo semestre de fregar retretes les deber�a ense�ar la lecci�n. Despu�s de todo, su error comenz� con nobles intenciones". Nobles intenciones. Encontrar a Luce. Shelby trag� saliva, sintiendo como un sentimiento sombr�o se instalaba sobre ella, hab�an sido un equipo, los tres hab�an sido ese equipo. "No renunciaremos a ella", dijo Miles con suavidad. "Ya o�ste lo que dijo Daniel. �l es el �nico que la puede encontrar". "�Crees que �l ya la habr� encontrado?". "Eso espero, �l dijo que lo har�a. Pero...". "�Pero qu�?, pregunt� Shelby. Miles se detuvo. "Luce estaba muy enfadada con todos cuando se fue ese d�a del patio trasero, espero que cuando Daniel la encuentre ella le perdone". Shelby mir� el pelo embarrado de Miles, sabiendo lo mucho que se preocupaba por Luce. Es cierto que Shelby nunca se hab�a sentido as�. De hecho, ella era una leyenda absoluta para la elecci�n de los peores muchachos hasta la fecha. �Phil?, �Vamos! Si no se hubiera enamorado de �l, los proscritos no le habr�an seguido la pista a Luce y ella no habr�a tenido que saltar a trav�s de la anunciadora, y Miles y ella no estar�an atrapados all� ahora mismo. Cubiertos de barro.

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Pero ese no era el tema ahora. El tema era: Shelby estaba impresionada de que Miles no estuviera amargado de ver a Luce mega enamorada de otra persona. Pero no lo estaba. Era Miles. "Ella le perdonar�", dijo Shelby finalmente. "Si alguien me amara lo suficiente como para bucear a trav�s de los milenios solo para encontrarme, le perdonar�a". "Oh, �eso es todo lo que se necesita?", Miles le dio un codazo. En un impulso, le dio un manotazo en el est�mago con la parte trasera de la mano. Era la forma en que ella y su madre bromeaban entre ellas, como los mejores amigos o algo as�. Pero Shelby era mucho m�s reservada con la gente de fuera de su familia. Raro. "Oye...", Miles interrumpi� sus pensamientos. "...ahora, t� y yo necesitamos centrarnos en llegar a la ciudad, en encontrar a un �ngel que nos pueda ayudar, y encontrar nuestro camino de vuelta a casa". Y mientras tanto hallar la gorra, a�adi� Shelby para s� misma, mientras ella y Miles comenzaban a correr siguiendo la carreta hacia la ciudad.

La taberna estaba a una milla a las afueras de las murallas, una construcci�n solitaria en un campo grande. Era una peque�a estructura con una se�al de madera desgastada que se balanceaba, y grandes barriles de cerveza alineados contra sus paredes. Shelby y Miles corrieron por cientos de �rboles pasando por sus hojas ca�das a causa del fr�o, y el derretimiento de los parches de nieve salpicados en la fangosa y sinuosa carretera de la ciudad. En realidad no hab�a mucho que se pudiera ver. De hecho, hab�an perdido de vista la carreta despu�s de que Shelby sintiera una punzada en el costado. Tuvieron que reducir la velocidad; pero ahora, casualmente, lo vieron estacionado afuera de la taberna. "Ese es nuestro hombre", dijo Shelby en voz baja. "Es probable que se halla detenido a tomar una copa. Imb�cil. Vamos a por la gorra y sigamos nuestro camino".

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Miles asinti�, pero a medida que se deslizaba por la parte trasera de la carreta, Shelby vio al hombre del chaleco de piel en el interior de la puerta, y el coraz�n le dio un vuelco. No pod�a o�r lo que dec�a, pero ten�a la gorra de Miles en sus manos y se la estaba mostrando al posadero con tanto orgullo como si se tratara de una valiosa joya. "Oh", dijo Miles, decepcionado. Luego enderez� los hombros. "�Sabes qu�? Conseguir� otra. Puedo comprarla en cualquier parte de California". "Mmmm, bien", Shelby golpe� la lona de la carreta con frustraci�n. La fuerza de su golpe envi� una ondulaci�n hacia arriba. Y por un segundo, ella alcanz� a ver un mont�n de cajas en el interior."Hmm", meti� su cabeza debajo de la lona. Por debajo, estaba fr�o y hab�a un f�tido olor. Estaba repleto de cachivaches. Hab�a jaulas de madera con moteadas gallinas dormidas, pesados sacos de alimentos, una bolsa de arpillera de herramientas de hierro de diferentes tipos y un mont�n de cajas de madera. Ella trat� de abrir una de las cajas pero no ced�a. "�Qu� est�s haciendo?", pregunt� Miles. "Tener una idea", dijo Shelby con una sonrisa torcida. Agarr� algo que parec�a una peque�a barra de hierro de la caja de herramientas e intent� forzar la caja que ten�a m�s cerca. "�Bingo!". "�Shelby?" "Si vamos a ir a la ciudad nuestra ropa no nos ayudar� demasiado a pasar desapercibidos", Shelby sacudi� la capucha de su sudadera verde para darle efecto a lo que acaba de decir. "�No te parece?". De nuevo bajo la lona encontr� algunas prendas; las cuales luc�an descoloridas y desgastadas. Ella le lanz� algunas prendas a Miles, quien se apresur� a cogerlas todas. En un momento Miles llevaba puesto un largo vestido de color verde p�lido hecho de lino con mangas de campana y una tira bordada de oro en todo el centro. Un par de medias de color amarillo lim�n y un bonete que se parec�a casi a la toca de una monja, hecho de lino gris oscuro. "�Y t� que te vas a poner?", brome� Miles. Shelby tuvo que buscar en una docena m�s de cajas llenas de trapos, clavos doblados y piedras lisas antes de encontrar algo que sirviera para Miles. 21


Al final, sac� una sencilla t�nica azul hecha de una gruesa y dura lana. Lo mantendr�a caliente en este clima tan frio y era lo suficientemente largo como para cubrir sus zapatillas Nike. Y por alguna raz�n, se le ocurri� que el color era perfecto para sus ojos. Se quit� la sudadera con capucha verde y la colg� en la parte trasera de la carreta. Se le puso la piel de gallina en sus brazos desnudos mientras deslizaba el vestido ondeante sobre sus jeans y luego sobre la parte de arriba. Miles se ve�a reacio a todo eso. "Me siento extra�o robando cosas de un tipo que probablemente las llevaba a la ciudad para venderlas". "Es el Karma, Miles. �l rob� tu gorra". "No, el encontr� mi gorra. �Y si tiene una familia que mantener?" "Nunca sobrevivir�as a un d�a en los barrios bajos, muchacho...", se encogi� de hombros, "...a menos que me tuvieras a tu lado para cuidarte. Mira, lo prometo, vamos a regalarle algo al Cosmos. Mi sudadera..." � la tir� dentro de la caja en la carreta � �Qui�n sabe? Puede que las sudaderas se pongan de moda la pr�xima temporada en los teatros, o lo que sea que hacen aqu� para divertirse". Miles puso el bonete gris sobre la cabeza de Shelby, pero no encajaba en su cabeza por la espesa cabellera de Shelby, entonces Miles afianz� su pelo con una banda el�stica. El cabello rubio que antes le ca�a sobre los hombros era ahora una simple y organizada coleta. Se sinti� cohibida. Su pelo era una aut�ntica fiera indomable. Nunca lo dominaba. Pero los ojos de Miles se iluminaron mientras colocaba de nuevo el bonete sobre su cabeza "Mi lady...", le tendi� galantemente la mano, "�podr�a concederme el placer de acompa�arla a esta hermosa ciudad?". Si Luce hubiera estado all�, otra vez, como cuando eran solo tres buenos amigos y las cosas eran mucho menos complicadas, Shelby hubiera sabido exactamente qu� decir a modo de broma. Luce hubiera puesto su dulce voz de damisela en apuros y hubiera llamado a Miles su pr�ncipe de armadura brillante o alguna mierda as�. A lo cual Shelby hubiera podido decir algo sarc�stico y todo el mundo se hubiera puesto a re�r y la presi�n extra�a que Shelby sent�a en estos momentos sobre sus hombros habr�a desaparecido. Todo se habr�a sido normal, todo. Pero solo estaban Shelby y Miles. 22


Juntos. Solo ellos dos. Se volvieron hacia el muro de piedra negra que rodeaba la torre central. El aire ol�a a carb�n y heno mohoso. Una especie de m�sica vino desde el interior de la torre, una lira, y un sonido de tambores. Y en alg�n lugar de por ah�, esperaba Shelby, hab�a un �ngel cuya Anunciadora los podr�a llevar de vuelta al presente, a donde pertenec�an. Miles a�n sosten�a su mano en el aire mir�ndola con la profundidad de sus hermosos ojos azules. Ella respir� profundamente y desliz� la palma de su mano en la de �l. �l le dio un peque�o apret�n y luego, caminaron juntos por la ciudad, cogidos de la mano.

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Un extra�o bazar.

Atr�s qued� la tranquilidad del campo. En su lugar, en la cercan�a de las puertas de la ciudad, hab�a un gran bullicio, con tiendas de campa�a improvisadas a lo largo del prado, � que ahora era m�s bien de un color marr�n gris�ceo, a causa del invierno � en ambos lados de la carretera, que conduc�a a las murallas de la ciudad vestida de negro. Las carpas eran claramente parte de una instalaci�n temporal, como un festival de fin de semana o algo as�. El alegre caos de la gente pululando alrededor hizo recordar a Shelby un poco de Bonnaroo, del que hab�a visto fotos en Internet. Estudi� lo que la gente llevaba � aparentemente el bonete estaba de moda � Miles y ella no se ve�an tan mal, pasar�an desapercibidos. Se unieron a la multitud que pasaba por las puertas y siguieron la corriente de personas, que parec�a moverse en una sola direcci�n: hacia el mercado en la plaza central. Las torres se elevaban delante de ellos, parte de un gran castillo cercano a los l�mites de las murallas de la ciudad. La piedra angular de la plaza era una modesta pero atractiva temprana iglesia g�tica � Shelby reconoci� sus apuntadas torres � . Un laberinto de estrechas calles y callejones grises se cruzaban desde la plaza del mercado, que estaba llena, ca�tica y maloliente, vibrante, el tipo de lugar donde puedes encontrar "nada" y "a nadie". "�Ropa de cama!... �dos tornillos por diez peniques!" "�Velas, �nicas en su especie!" "�Cebada de cerveza.... Cebada de cerveza fresca!" Miles y Shelby tuvieron que salirse del camino para evitar a un fornido fraile empujando un carrito con jarros de barro de cebada de cerveza. Vieron su amplio atuendo gris mientras el fraile se hac�a camino a trav�s del mercado lleno de gente. Shelby comenz� a seguirle, solo para conseguir un poco de espacio, pero un momento 24


despu�s, la masa maloliente de ciudadanos charlatanes invadi� de nuevo el espacio libre. Era pr�cticamente imposible dar un paso sin tropezar con alguien. Hab�a tanta gente en la plaza � regateo, chismes, golpeando con fuerza las manos ladronas de ni�os lejos de las manzanas para la venta � que nadie prestaba atenci�n a Shelby y Miles. "�C�mo vamos a hacer para encontrar a alguien en este pozo negro?". Shelby aferr� la mano de Miles con fuerza cuando la d�cima persona le pis� los pies. Era peor que el concierto de Green Day en Oakland, donde Shelby se hab�a da�ado dos costillas en el mosh pit (baile de saltos y empujones previo al concierto). "No lo s�. Tal vez todo el mundo... conoce a todo el mundo". �l era m�s alto que la mayor�a de los ciudadanos, de modo que no era tan malo para �l. Miles ten�a aire fresco y buena visibilidad, pero Shelby sent�a que le iba a dar un ataque de claustrofobia: un rubor delatador arrasando sus mejillas. Desesperadamente, tir� del cuello de su vestido, oyendo c�mo se descos�a. "�C�mo pueden respirar esto?". "Inhala por la nariz y exhala por la boca", instruy� Miles, demostrando su propio consejo durante un segundo antes de que el hedor le obligase a arrugar la nariz. "Eh, mira... hay un pozo por all�. �Qu� tal un trago?" "Probablemente cojamos el c�lera". Murmur� Shelby, pero Miles ya iba en direcci�n al pozo, tirando de ella tas �l. Cruzaron a trav�s de una colgadura de ropa casera tendida en una cuerda floja. Pasaron cerca de un desfile de escu�lidos, y cacareantes gallos negros, y un de un par de hermanos pelirrojos que vend�an peras, antes de llegar al pozo. Era arcaico � un c�rculo de piedras alrededor de un agujero, con un tr�pode de madera puesto encima de la abertura del pozo. Un musgoso cubo colgaba de una polea primitiva. Despu�s de un rato, Shelby pudo respirar de nuevo. "�La gente bebe de esa cosa?". Ahora pod�a ver que, aunque el mercado ocupaba la mayor parte de la plaza, no era el �nico espect�culo en la ciudad. Un grupo de maniqu�es medievales vestidos de arpillera (estopa) estaban dispuestos a un lado del pozo. Los muchachos practicaban blandiendo espadas de madera, arremetiendo contra los maniqu�es de prueba de choque, como caballeros en su formaci�n. Juglares errantes paseaban por los bordes del mercado cantando canciones curiosamente hermosas. Incluso el pozo ten�a su propia peque�a ubicaci�n. Shelby se percat� de que hab�a una manivela para elevar el cubo. Un ni�o con mallas de ante ajustadas hab�a sumergido un cuchar�n en el agua de la cubeta y la 25


sosten�a para una muchacha con enormes ojos separados y una rama de acebo detr�s de la oreja. Apur� la cuchara en unos peque�os pero sedientos sorbos, mirando ensimismada al ni�o, ajena a que el agua goteaba por su barbilla hasta su hermoso vestido color crema. Cuando termin�, el muchacho pas� la cuchara a Miles con un gui�o. Shelby no estaba segura de que le gustara lo que insinu� con aquel gui�o, pero estaba demasiado sedienta como para montar una escena. "�Aqu� para la Feria de San Valent�n, verdad?", pregunt� la muchacha a Shelby con pl�cida voz. "Yo...eh...nosotros....". "De hecho..." Miles salt� con pat�tico acento brit�nico. "...�Cu�ndo comenzar�n las celebraciones?". Son� rid�culo. Sin embargo, Shelby se trag� su risa para que no levantar m�s sospechas y que se lo llevasen. No estaba segura de lo que pasar�a si los capturaban, pero hab�a le�do a cerca del empalamiento, de los instrumentos de tortura como la rueda y la cremallera. B�lsamo de labios, Shelby... s� positiva... chocolate caliente, sol y un reality en la tele. Conc�ntrate en ello.... Conseguir�an salir de all�... Ten�an que hacerlo. El muchacho pas� un brazo alrededor de la cintura de la muchacha, con adoraci�n: "Pronto, ma�ana ser� el d�a de la Feria". La muchacha se�al� el mercado con la mano. "Pero como pod�is ver, la mayor�a de los novios ya han llegado". Pos� su mano en el hombro de Shelby bromeando: "No os olvid�is de meter vuestro nombre en la Urna de Cupido antes de que se ponga el sol". "Claro... y...�t� tampoco!", murmur� Shelby inc�moda, como siempre hac�a cuando en el mostrador de facturaci�n del aeropuerto le deseaban un buen viaje. Se mordi� el interior de la mejilla, cuando los muchachos se despidieron, todav�a abrazados mientras paseaban por la calle. Miles la cogi� del brazo. "�No es genial?... �Una Feria de San Valent�n!". �l.... el muchacho que ten�a al lado, que jugaba a beisbol, y era capaz de comerse nueve perritos calientes de una atacada...�Desde cu�ndo Miles se animaba por una fiesta tan cursi como la de San Valent�n?. Shelby estaba a punto de decir algo sarc�stico pero cuando le mir� �l parec�a... bueno...deseoso. Realmente quer�a asistir a la fiesta. �Con ella? Por alguna raz�n, ella no quer�a defraudarle.

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"Por supuesto. �Estupendo!", Shelby se encogi� de hombros fingiendo indiferencia." Suena divertido". "No", Miles sacudi� la cabeza. "Quiero decir... los �ngeles ca�dos est�n obligados a estar aqu�, podr�an estar en cualquier parte. Aqu� es donde encontraremos a alguien que nos ayude a volver a casa". "Oh", Shelby aclar� su garganta. Claro, eso era lo que quer�a decir. "S�, buena idea". "�Qu� pasa?, �Algo va mal?". Miles sumergi� la cuchara en el agua y acerc� el agua fresca a los labios de Shelby. Se detuvo para limpiar el borde de la cuchara con su manga y se la ofreci� de nuevo. Shelby sinti� que se ruborizaba sin motivo, as� que cerr� los ojos y bebi� ansiosamente, esperando no contagiarse con alg�n tipo de enfermedad o muerte fulminante. Despu�s de que hubiese terminado de beber dijo: "Nada". Miles volvi� a sumergir la cuchara y bebi� un buen trago, mientras sus ojos escaneaban a la multitud. "�Mira!", dijo dejando caer la cuchara en el agua. Se�al� detr�s de ella una tarima al lado de los puestos del mercado en la que tres muchachas estaban api�adas, dobl�ndose de risa. Ente ellas hab�a una alta olla de peltre (aleaci�n de cinc, plomo y esta�o) con bordes estriados. Era vieja, sucia y bastante fea, el tipo de costosa "artesan�a" que Francesca podr�a tener en su despacho en Shoreline. "Esa debe ser la Urna de Cupido", dijo Miles. "S�, obviamente. La Urna de Cupido". Shelby asinti� con la cabeza sarc�sticamente. "�Qu� demonios significa eso?, �Cupido no ten�a mejor gusto?". "Es una tradici�n que se remonta a los d�as de la cl�sica Roma", dijo Miles entrando en modo acad�mico, como de costumbre. Viajar con �l era como llevar una enciclopedia encima. "Antes de que el d�a de San Valent�n se llamase d�a de San Valent�n..." continu�, con su voz te�ida de emoci�n, "...se llamaba Lupercalia". "Luper..." Shelby hizo un gesto con la mano, ideando un mal chiste. Entonces se percat� de la expresi�n de Miles: serio y sincero. Shelby ten�a los ojos clavados en su rostro, �l levant� instintivamente su gorra de beisbol sobre sus ojos. Un h�bito nervioso. Pero sus manos se encontraron con el aire.

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Se estremeci� como si estuviese avergonzado y trat� de meter la mano en los vaqueros, pero se top� con el grueso manto azul que los cubr�a, as� que lo �nico que pudo hacer fue cruzar los brazos sobre el pecho. "�La echas de menos, no?, le pregunt� Shelby. "�Qu�?". "Tu gorra". "�Esa cosa vieja?". Se encogi� de hombros con demasiada rapidez. " Nah. Ni siquiera he vuelto a pensar en ella". Mir� a lo lejos, paseando sus ojos despejados alrededor de la plaza. Shelby puso una mano sobre su brazo. "�Qu� estabas diciendo sobre Luper... Bueno, �ya sabes!". Sus ojos se volvieron hacia los de ella, dudoso. "�De verdad quieres saberlo?". "�El Papa viste de Prada?". �l sonri�. "Lupercalia era en realidad una celebraci�n pagana de la fertilidad y de la llegada de la primavera. Todas las mujeres que lo deseaban en el pueblo escrib�an sus nombres en tiras de pergamino y las met�an en una urna... igual que aqu�. Luego, los solteros de pueblo sacaban un nombre de la urna, el nombre de la que ser�a su novia durante un a�o". "�Eso es una barbarie!", exclam� Shelby. De ninguna manera una urna iba a decir con quien saldr�a ella. Pod�a cometer sus propios errores, gracias. "A m� me parece bonito". Miles se encogi� de hombros, mirando a lo lejos. "�En serio?...". Shelby gir� la cabeza hacia �l, "...Quiero decir... supongo que podr�a estar bien. Esa tradici�n de la urna tiene algo que ver con San Valent�n, �verdad?". "Correcto", dijo Miles. "Con el tiempo la iglesia se involucr�. Quer�an tener la fiesta pagana bajo control, por lo que la acoplaron a un santo patr�n. Lo hicieron con muchas fiestas y tradiciones antiguas. No ser�an una amenaza si fuesen propias." "T�pico de machos". "El verdadero Valent�n era conocido como el defensor del romance. Las personas que no pod�an casarse legalmente � los soldados, por ejemplo � acud�an a �l de todas partes para que oficiara la ceremonia en secreto". Shelby neg� con la cabeza. "�C�mo sabes todo eso?... o mejor dicho �por qu�?". 28


"Luce", dijo Miles, esquivando la mirada de Shelby. "Oh", Shelby se sinti� como si le diesen un pu�etazo en el est�mago. "�Te has aprendido la historia de la vida de San Valent�n para impresionar a Luce?". Shelby pate� la tierra. "Supongo que algunas muchachas se sienten atra�das por los cerebritos". "No, Shelby. Quiero decir..." Miles la agarr� por los hombros y la gir� para dejarla enfrentada a la tarima donde estaba la urna. "Es Luce. Ah� mismo". Luce llevaba un vestido marr�n claro con una amplia falda. Su largo pelo negro estaba trenzado en tres gruesas trenzas, unidas con estrechos lazos blancos. Su piel parec�a m�s p�lida que de costumbre, con un rubor color rosa escarchado que salpicaba sus mejillas. Daba vueltas alrededor de la urna, con pasos lentos y meditativos, apartada de las otras muchachas. En el caos de la plaza, Luce parec�a ser la �nica persona que estaba sola, sus ojos ten�an esa suave y perdida mirada; estaba en totalmente inmersa en sus propios pensamientos. "Shelby...�espera!". Shelby ya estaba a mitad de camino en la plaza, casi corriendo hacia Luce, cuando Miles la cogi� por la mu�eca. Tir� de ella para detenerla, y Shelby se volvi� dispuesta a arremeter contra �l. Pero el rostro de Miles... brillaba como algo que Selby no pudo descifrar. "Esa es la Lucinda del pasado. No es nuestra amiga. Ella no sabe que...". Shelby no hab�a pensado en ello. Fingi� que lo ya lo sab�a. Se volvi� y ech� otro vistazo a Lucinda. Su pelo estaba sucio � no grasiento, algo peor � Lucinda Price jam�s lo hubiera tenido as�. Su ropa era rara � desde la perspectiva moderna de Shelby � pero parec�a c�moda con ella. Parec�a estar c�moda con todo, lo que en realidad, tampoco era muy de Lucinda Price. Shelby pens� en Luce como una cr�nica � aunque con encanto � inadaptada. Era una de las cosas que le gustaban de Luce. Pero... �esta muchacha?. Esta muchacha parec�a c�moda, incluso en la desesperada tristeza que saturaba cada uno de sus movimientos. Como si ella estuviese acostumbrada a esa sensaci�n de tristeza desde la salida del sol, todos los d�as. �No ten�a amigos que la animasen?�No era eso lo que hac�an los amigos?. "Miles", dijo Shelby, agarr�ndole la mu�eca libre y acerc�ndole. "S� que nos pusimos de acuerdo para ayudar a Daniel a encontrar a Lucinda Price, pero esta muchacha sigue siendo la muchacha que nos importa... o una versi�n anterior de ella. Y lo menos que podemos hacer es levantarle el �nimo. Mira qu� deprimida est�. Mira". Miles se mordi� el labio. "Pero...pero... todo lo que hemos aprendido en las anunciadoras es que no debemos inmiscuirnos...". 29


"Holaaa, �aqu�!". Dijo Shelby con un sonsonete, tirando de Miles hasta llegar al lado de Lucinda. No sab�a de d�nde hab�a sacado ese dulz�n acento sure�o, salvo el que le hab�a o�do a la madre de Luce por Acci�n de Gracias en Georgia. No ten�a ni idea de lo que la gente de este mundo medieval brit�nico pensar�a de su acento georgiano, pero ya era demasiado tarde. Unos metros detr�s de ella, Miles sacud�a la cabeza con horror. �Ha sido por casualidad!, Shelby le dijo con los ojos. Lucinda no se hab�a dado cuenta � estaba tan absorta en su tristeza... Shelby se plant� frente de ella y agit� una mano sobre su cara. "Oh", dijo Lucinda mirando a Shelby; parpadeando sin indicios de reconocimiento. "�Buenos d�as!". No quer�a herir los sentimientos de Shelby, pero lo hizo. "�Nos... Nos hemos visto antes?, tartamude� Shelby. "Creo que mi primo de... eh.... Windsor conoce a un t�o de la familia de tu padre... o puede que sea al rev�s". "Lo siento, no lo creo... aunque tal vez...". "Eres Lucinda, �verdad?". Lucinda iba a responder cuando le pareci� ver algo familiar en los ojos de Shelby. "S�". Shelby puso la mano sobre su coraz�n. "Soy Shelby. Este es Miles". "Vuestros nombres no son t�picos de aqu�. �Ven�s del Norte?". "Claro", Shelby se encogi� de hombros. "Venimos del norte, muy, muy de l norte. Y nunca hemos estado en esta Feria... �Est�s metiendo tu nombre en la urna?". "�Yo?", Lucinda trag� saliva, llevando la palma de su mano a la garganta. "La idea de que un golpe de suerte pueda decidir mi destino no me atrae en absoluto". "Hablas como una muchacha que ya tiene un estupendo novio". Shelby le dio un codazo a Lucinda, olvidando que eran desconocidas, olvidando que sus palabras pod�an ser toscas y sarc�sticas para la sensibilidad de la Lucinda medieval. "Quiero decir... �hay un caballero que le interesa, se�orita?". "Estaba enamorada", dijo Lucinda sombr�a. "�Estaba?", repiti� Shelby. "Quieres decir que �est�s enamorada?". "Lo estaba. �l se ha ido".

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"�Daniel se fue?". Miles ten�a la cara colorada. "Quiero decir, �C�mo se llamaba?". Sin embargo, Lucinda parec�a no haberle o�do. "Nos conocimos en el jard�n de rosas del castillo de su Se�or, debo admitir que hab�a entrado sin permiso, pero hab�a visto a tantas bellas damas entrar y salir, y la puerta estaba abierta, y las flores eran tan hermosas...". Junt� las manos sobre su coraz�n y suspir� con profundo pesar. "Ese primer d�a, �l me confundi� con una muchacha de m�s alcurnia. De clase. Llevaba mi mejor vestido, mi pelo estaba tejido con flores de espino, como hacen algunas damas. Me ve�a bien, pero temo que fue deshonesto por mi parte". "Oh, Lucinda", dijo Shelby. "Estoy segura de que eres la mujer de sus ojos". "Daniel es un caballero. Tiene que casarse con una dama digna de su clase. Mi familia es pobre. Mi padre es un hombre libre, pero cultiva cereales, al igual que lo hizo su padre". Lucinda parpade� y una l�grima se derram� sobre su mejilla. "Nunca le dije c�mo me llamaba"� "Si �l te ama � y estoy seguro de eso � �l sabr� tu nombre", intervino Miles. Lucinda se estremeci� cuando cogi� aliento. "Entonces, la semana pasada, como parte de su deber de caballero, �l... �l entr� por la puerta de mi padre para recoger los huevos para la fiesta de San Valent�n. Era el aniversario de mi bautismo. Est�bamos celebr�ndolo... cuando vi su cara al verme en mi pobre hogar... trat� de detenerlo, pero se march� sin decir una palabra. Le he buscado en todos nuestros lugares secretos � el roble ahuecado del bosque, la franja norte del jard�n de rosas al amanecer,... pero no lo he visto desde entonces". Shelby y Miles compartieron una mirada. Obviamente, a Daniel no le importaba la clase de familia a la que perteneciese Lucinda. Era el aniversario, el hecho de que ella se acercaba a los l�mites impuestos por la maldici�n, lo que le hab�a asustado. Shelby se hab�a familiarizado con la manera en que Daniel, a veces, intentaba apartarse de Luce, cuando sab�a que su muerte se acercaba. �l hab�a preferido romper su coraz�n para poder salvarle la vida. Probablemente estar�a abatido por ah�, en alg�n lugar, tambi�n con el coraz�n destrozado. Ten�a que ser as�. La muchacha que estaba delante de Shelby ten�a que morir, puede que un centenar de veces antes de la vida cuando Shelby conoci� a Luce � cuando Luce tuvo su primera oportunidad para romper la maldici�n. No era justo. No era justo que ella tuviese que morir una y otra vez, y tener que pasar por un dolor como �ste tantas veces. M�s que nadie, Lucinda merec�a ser feliz. 31


Shelby quer�a hacer algo por Lucinda. Aunque solo fuese una peque�ez. Mir� a Miles de nuevo. �l levant� una ceja que Shelby interpret� como un �Est�s pensando en lo que estoy pensando?. Ella asinti�. "Esto es solo un gran malentendido". Dijo Shelby, "Nosotros conocemos a Daniel". "�En serio?". Lucinda les mir� sorprendida. "�Sabes qu�?, ma�ana vas a ir a la feria, y estoy segura de que Daniel tambi�n estar� all�, y vosotros podr�is..." El labio de Lucinda se estremeci�. Apoy� su rostro en el hombro de Shelby y se ech� a llorar. "No podr�a soportar verle sacar otro nombre de la urna". "Lucinda...", dijo Miles con tanto cari�o que los ojos de la muchacha se despejaron y le mir�, de modo �ntimo, como otras veces le hab�a mirado la Luce que �l conoc�a. Shelby estaba curiosamente celosa, y mir� a otro lado mientras Miles preguntaba: "�Crees que el amor de Daniel es verdadero?". Lucinda asinti�. "Y en tu coraz�n...", continu� Miles, "�De verdad crees que la posici�n de tu familia puede romper ese amor?". "�l... no tiene otra opci�n. Est� escrito en el C�digo de los Caballeros. Debe casarse con una..." "�Luce!... �no sabes que tu amor es m�s fuerte que un est�pido c�digo?", le espet� Shelby . Lucinda levant� una ceja. "�Ven�s?". Miles dedic� a Shelby una mirada de advertencia. "Quiero decir...em...el verdadero amor es m�s profundo y m�s fuerte que meras sutilezas sociales. Si te gusta Daniel, entonces debes decirle c�mo te sientes, debes dec�rselo". "Me siento sola". Lucinda estaba colorada, sosteniendo una mano sobre su pecho. Cerr� los ojos y, por un momento, Shelby pens� que iba a quemarse all� mismo. Shelby retrocedi� un paso. Pero no era as� como funcionaba, �verdad?. La maldici�n de Luce ten�a que ver con la forma en la que ella y Daniel interactuaban, algo que la presencia de �l despertaba en ella. 32


"Quiero creer que lo que dec�s es cierto. De repente siento que nuestro amor es muy fuerte". "Tan fuerte que... si nosotros traemos a Daniel al festival de ma�ana...", dijo Shelby "... �te ir�as con �l?". Lucinda abri� los ojos. Sus brillantes, grandes y salvajes ojos color avellana. "Me encantar�a. Ir�a a cualquier parte del mundo para estar con �l otra vez".

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Su espada, su palabra.

"Eso ha sido brillante", exclam� Shelby cuando Lucinda se hab�a ido y ella y Miles estaban solos en el pozo. Hacia el oeste, los rayos del sol palidecieron. La mayor�a de los ciudadanos caminaban de regreso a casa, portando carros y bolsas cargadas con provisiones para la cena de esta noche. Shelby no hab�a comido desde hac�a tiempo, pero apenas notaba el olor a pollo asado y patatas en ebullici�n en el ambiente. Estaba embargada por la emoci�n. "T� y yo estamos super compenetrados. Era como si yo pensase en algo y t� lo dijeras � al igual que este ritmo loco en el que nos hemos metido". "Lo s�". Miles meti� la cuchara de nuevo en el agua y bebi� un largo y lento trago. Sus pecas hab�an salido a la luz del sol. Shelby se estaba acostumbrando a lo diferente que estaba sin su gorra. "Ten�as raz�n � hacer sentir bien a Luce hace que me sienta mejor. Incluso si ella no es nuestra Luce.". Un segundo despu�s Miles gir� su cabeza hacia la izquierda, como si hubiera o�do algo. Su cuerpo se pudo r�gido. "�Qu� pasa?", pregunt� Shelby. Pero entonces, Miles dej� caer sus hombros a su modo normal. "Nada. Me pareci� ver una anunciadora. Pero no era nada". Shelby no quer�a pensar en anunciadoras. Estaba demasiado emocionada. "�Sabes lo que ser�a incre�ble?", dijo Shelby apoy�ndose en el borde del pozo. "Podr�amos ir de compras, conseguir alguna baratija de encaje para Luce, y de cirle que es de parte de Daniel. Podr�a escribir un lindo poema... las rosas son rojas o lo que sea, que probablemente ser�a nuevo para estos palurdos medievales. Y podr�amos... "

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"�Shelby...?, Miles la interrumpi�. "�Qu� hay de volver a casa? No pertenecemos a este lugar, �recuerdas? Ya hemos ayudado a Lucinda d�ndole la esperanza de ir a la Feria de San Valent�n. Pero en realidad no podemos hacer mucho m�s para cambiar el modo en que se desarrolla su maldici�n. Tenemos que encontrar una anunciadora". "Bueno, t� sabes que d�nde sea que vaya Luce, el resto de ellos est�n obligados a estar cerca", dijo Shelby r�pidamente. "Si encontr�semos a Daniel, ser�a como... digamos, dos p�jaros de un tiro. �l ir�a a la Feria...Nosotros encontrar�amos nuestro camino de vuelta a Shoreline". "No si ser� tan f�cil hacer que Daniel vaya a la Feria". "�Entonces no podemos ir a casa! �No hasta que nosotros no cumplamos la promesa que le hicimos a Luce! �No ser� yo la responsable de su desdicha!. �Se merece algo mejor!. Miles exhal� lentamente. Se pase� frente al pozo � con el ce�o fruncido � con cara de pensar. "Tienes raz�n", dijo finalmente. "�Qu� es un d�a m�s?". "�En serio?" chill� Shelby. "Pero...�d�nde vamos a encontrar a Daniel? �Lucinda no dijo algo acerca de un castillo?" dijo Miles, "Podr�amos encontrarlo y..." "Conociendo a Daniel pod�a estar deprimido en cualquier lugar. Y me refiero a ninguna parte". Shelby oy� el sonido de los cascos de un caballo y volvi� la cabeza hacia la v�a central que atravesaba todo el mercado. Pasando por los puestos de los comerciantes, que estaban empezando a cerrar, Shelby pudo ver a un regio caballo blanco como la nieve. Cuando pas� por el �ltimo puesto de comerciante, pudo verlo con claridad. Shelby se qued� boquiabierta. La figura sobre la silla de montar de cuero negro forrado de armi�o � a quien Shelby, Miles y la mayor�a de la gente del pueblo se quedaron mirando con descarado asombro � era un verdadero caballero de brillante armadura. De anchos hombros, su identidad oculta por una visera, el caballero cabalg� a trav�s de la plaza con dominante aire nobiliario. Las placas de acero remachado que comenzaban en sus pies, se posaban con firmeza sobre los estribos. Sus piernas estaban revestidas de pulidas grebas, y la cota de malla se ce��a a los costados de su musculoso cuerpo. Su casco de metal ten�a la parte superior plana, con dos curvadas placas que se encontraban en un cierre anguloso por encima de su nariz. Hab�a agujeros diminutos en

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la parte delantera de su visera y una estrecha ranura para sus ojos. Era aterrador: �l pod�a verlos, pero ellos s�lo pod�an ver su deslumbrante figura. Una funda sujeta a su lado izquierdo llevaba una espada, y sobre su armadura, una larga t�nica blanca con una cruz roja en el pecho, como una que Shelby hab�a visto en la pel�cula de los Monty Python. "�Por qu� no le preguntamos a �l?", dijo Shelby. "�En serio?". Shelby vacil�. Estaba nerviosa por acercarse a un caballero aut�ntico. Pero... �De qu� otra forma podr�an encontrar a Daniel?. "�Tienes una idea mejor?", Shelby se�al� a la inminente figura. "�l es un caballero. Daniel es un caballero. Lo m�s probable es pertenezcan al mismo c�rculo, �no?". "Vale, vale. Y... �Shel...?" Miles medio inhal�, algo que hac�a cuando se pon�a nervioso. O cuando pensaba que pod�a haber herido los sentimientos de Shelby. "Trata de no usar tu acento de melocot�n de Georgia, �de acuerdo?. Hemos alentado a la Lucinda medieval pero debemos tener cuidado con "mezclarnos demasiado". Recuerda lo que dijo Roland sobre interferir en el pasado". "Lo s�, lo s�". Shelby salt� del borde del pozo, enderez� los hombros como se imaginaba que har�a una dama, le gui�� un ojo a Miles � que se sinti� embarazoso � y se dirigi� hacia el caballero. Pero cuando Shelby hab�a dado tan s�lo dos pasos el caballero se volvi� para mirarla, levant� su visera y entrecerr� sus oscuros ojos � una mirada que Shelby ya se hab�a ganado varias veces antes. Hablando del diablo. �No acaba Miles de mencionar a Roland Sparks?. Roland ech� un vistazo hacia atr�s y otro a Miles y Shelby. Era evidente que les reconoci�, lo que significaba que era el Roland de su �poca, su Roland, el que hab�an visto por �ltima vez en el patio trasero de Lucinda Price. Lo cual significaba que estaban en apuros. "�Qu� est�is haciendo aqu�?". Miles se situ� al lado de Selby al instante, con sus brazos sobre los hombros de Shelby a modo protector. Era realmente digno de �l, no la iba a dejar sola en esto. "Estamos buscando a Daniel", dijo "�puedes ayudarnos?, �sabes d�nde est�?.

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"�Ayudaros?, �a encontrar a Daniel?. Roland les mir� desconcertado, �Quer�is decir que Luce, la muchacha mortal se perdi� en las anunciadoras? �Y vosotros...?" "Lo sabemos, lo sabemos, no pertenecemos aqu�". Dijo Shelby con su tono m�s arrepentido. "Hemos llegado aqu� por accidente", a�adi�, mirando a Roland sobre su incre�ble caballo blanco. Nunca hab�a visto un caballo tan grande, ni se imaginaba que existiesen caballos de ese tama�o. "Intentamos regresar a casa, pero t enemos problemas para encontrar una anunciadora". "�Por supuesto que s�!", resopl� Roland, "Como no tengo obligaciones suficientes, ahora tambi�n tengo que cuidar a dos chiquillos". Levant� una mano enguantada, "Le dir� que lo busc�is". "�Espera!" Miles dio un paso hacia adelante interrumpiendo a Roland. "Pensamos que, ya que estamos aqu�, pod�amos...eh...hacer algo agradable para Lucinda. Ya sabes, la Lucinda de esta �poca. Nada importante, solo hacer su vida un poco m�s feliz. Daniel la abandon� y...". "Ya sabes c�mo se pone a veces..." Shelby le interrumpi�. "Un momento. �Hab�is estado con Lucinda?" pregunt� Roland. "Estaba desolada", contest� Miles. "Y ma�ana es el d�a de San Valent�n ", a�adi� Shelby. El caballo relinch�, y Roland lo detuvo con las riendas. "�Estaba hendida?". Shelby arrug� la nariz. "�Estaba qu�?". "�Era la fusi�n de su yo pasado y su propio presente?". "�Quieres decir como...?" Shelby estaba pensando en el estado en que hab�a visto a Daniel en Jerusal�n, perdido y fuera de s�, como una pel�cula de 3D para la que hay que usar gafas. Pero antes de que pudiera responder, el zapato de Miles toc� sus pies. Si a Roland no le gustaba que ellos estuvieran aqu�, menos le iba a gustar enterarse de que hab�an estado viajando a trav�s de las anunciadoras por todas partes. "Shhh", le susurr� Miles con la comisura de la boca. "Mirad, es simple: �Os ha reconocido?, presion� Roland. "No", dijo Miles. "Entonces es la Luce de este tiempo y no debemos interferir". Roland les mir� con desconfianza pero no dijo nada m�s. Una de sus largas rastras doradas se solt� y se 37


desprendi� de su casco. La escondi� y mir� alrededor de la plaza, unos perros atacaban a un intestino de vaca, unos ni�os jugaban con una pelota de cuero deformada en las calles embarradas. Estaba claro que Roland no quer�a toparse con ellos. "Por favor, Roland", dijo Shelby, alcanzando con valent�a la cota malla de la mano de Roland. Gauntlet, pens�. Se llaman guantes. "�No crees en el amor? �No tienes un coraz�n?". Shelby sinti� que sus palabras hab�an sido g�lidas como el aire y dese� retirarlas. Sin duda, hab�a ido demasiado lejos. No conoc�a la historia de Roland. �l se hab�a puesto del lado de Lucifer cuando los �ngeles cayeron, pero nunca hab�a parecido malo. S�lo enigm�tico e inescrutable. Roland abri� la boca para decir algo y Shelby esper� o�r otro discurso sobre los peligros de viajar en las anunciadoras, o que los amenazase con entregarles a Francesca y Steven. Ella hizo una mueca y mir� para otro lado. Entonces oy� el met�lico ruido de la visera de Roland al cerrarse. Cuando levant� la vista el rostro de Roland estaba oculto de nuevo. El ojo oscuro - la hendidura - de su casco era insondable. Esto va a arruinarlo todo, Shelby. "Voy a buscar a Daniel", la voz de Roland retumb� detr�s de su casco, haciendo saltar a Shelby. "Intentar� que llegue a tiempo para la fiesta de ma�ana. Tengo que hacer algo primero, y despu�s volver� para proporcionaros una anunciadora que os lleve de vuelta a Shoreline, donde deber�ais estar ahora. No quiero r�plicas. O acept�is mi oferta o la dej�is". Shelby apret� los dientes para que no se le desencajase la mand�bula. Iba a ayudarles. "Sin r�plicas", balbuce� Miles. "Estaremos bien, Roland. Gracias". Roland descendi� ligeramente el casco, en aceptaci�n, y no dijo nada m�s. Dio un codazo a su caballo blanco gir�ndolo para hacer frente al camino que llevaba a la salida de la ciudad. Los comerciantes se dispersaron cuando el caballo empez� a trotar, para luego salir al galope; la cola blanca se agitaba detr�s de �l , desapareciendo como en una bocanada de humo. Pero Shelby not� algo extra�o: en lugar de montar a caballo con orgullo, Roland iba sentado con la cabeza baja y los hombros un poco hundidos. Como si algo inexplicable hubiera cambiado su estado de �nimo. �Algo que ella hab�a dicho?. "Esto fue...intenso", dijo Miles de pie a lado de ella. 38


Shelby se acerc� m�s a �l, hasta notar que sus brazos se tocaban, eso la hac�a sentirse mejor. Roland iba a encontrarse con Daniel. Les iba a ayudar. Shelby se sorprendi� a si misma ri�ndose un poco. En alg�n lugar debajo de toda esa armadura, tal vez hab�a un coraz�n que cre�a en el poder del verdadero amor. A pesar de su aparente escepticismo, Shelby tuvo que reconocer que ella tambi�n cre�a en el amor. Y podr�a afirmar, por la forma en la vio a Miles consolar a Lucinda esta tarde, que �l tambi�n cre�a en �l. Juntos, observaron el resplandor del sol crepuscular en la armadura de Roland y escucharon el ruido de los cascos en el empedrado disminuyendo hasta el silencio.

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La entrega del guante.

Una cosa sobre la Edad Media: las estrellas eran incre�bles.

Sin ser molestado por las luces de la ciudad, el cielo era un brillante paisaje de galaxias, el tipo de cielo que har�a que Shelby quisiera estar despierta durante horas para poder contemplarlo. Justo antes del atardecer, el sol que hab�a relucido detr�s de las grises nubes del invierno, dio paso a un lienzo oscuro repleto de estrellas. "�Esa es la Osa Mayor?", pregunt� Miles se�alando con el dedo u n arco brillante en el cielo. "No tengo ni idea". Shelby se encogi� de hombros, aunque se inclin� para seguir el dedo de Miles con los ojos. Pod�a oler su piel, familiar y un poco c�trica. "No sab�a que eras un entendido en astronom�a". "No lo soy. Ni lo he sido. Pero hay algo en las estrellas esta noche...o algo de esta noche en general. Todo parece tan digno de atenci�n, �sabes?". "S�", Shelby respir� hondo, perdida en el celeste cielo, en el que nunca se hab�a parado. Se sent�a tan cerca, de alguna manera. Rara. Cerca de Miles, tambi�n. "Lo s�". Una vez que se hubieron puesto de acuerdo en quedarse una noche, Shelby consigui� una deshilvanada manta y una cuerda y � usando las habilidades aprendidas cuando estuvo en Skid Row � form� una tienda de campa�a casi elegante. Al igual que muchos de los juerguistas visitantes, ella y Miles hab�an establecido su campamento en 40


una ladera de alta pendiente del prado, fuera de las murallas de la ciudad. Miles hab�a encontrado le�a, aunque ninguno de los dos ten�a idea de c�mo encender el fuego sin cerillas. Era agradable estar all�. S�, hab�a locos aullidos de coyotes procedentes de los bosques, pero Shelby record�, algunas veces en las noches de Shoreline, los mismos estridentes gritos. Miles y Shelby se pegaron � escondi�ndose detr�s de los medievales m�s carnosos, por si las salvajes criaturas se asomaban al campamento. En esa noche especial previa a la fiesta, el mercado se hab�a establecido cerca de la carretera, as� que despu�s de montar la tienda, que hab�an dividido, Miles fue en busca de comida y Shelby a la caza de regalos de San Valent�n para d�rselos a Lucinda y Daniel al d�a siguiente. Luego, se encontrar�an en el campamento para cenar bajo las estrellas. Justo al anochecer, los vendedores de la ciudad se hab�an trasladado a la parte exterior. El mercado nocturno era diferente al mercado de d�a dentro de los muros, que vend�a art�culos cotidianos como ropa y granos. El mercado nocturno, Shelby apreci�, era para una ocasi�n especial. S�lo para las celebraciones de San Valent�n, cuando la ciudad se desbordaba por la afluencia de comerciantes y visitantes. El prado estaba lleno de tiendas de campa�a reci�n montadas, muchas de ellas hac�an de centros de trueque. Shelby no ten�a mucho que ofrecer, pero se las arregl� para cambiar su diadema el�stica rosa por un pa�ito de encaje en forma de coraz�n, que pensaba dar a Luce "de parte de Daniel". Tambi�n hab�a intercambiado, felizmente, una tobillera de c��amo que Phil le hab�a regalado hac�a tiempo en Shoreline por una daga con su funda de cuero que pens� que podr�a gustarle a Daniel. Los muchachos eran buenos comerciantes. La diadema y la tobillera no eran �tiles para Shelby pero eran muy ex�ticas para los comerciantes. "�Qu� es esta sustancia alqu�mica que se extiende y mantiene su forma?", le preguntaban examinando la diadema como si fuera una preciosa joya. Shelby no pod�a re�rse m�s, los instrumentos de tortura medievales iban m�s all� de lo que ella hab�a pensado. Como siempre, despu�s de ir de compras, Shelby estaba muerta de hambre. Esperaba que Miles hubiese conseguido algo de buena comida. Corri� por el prado a su encuentro cuando un difuso pensamiento la abord�. �Qu� estaba olvidando?. "�Oh, qu� bonete tan precioso!", dijo una mujer rubia que apareci� con una amplia sonrisa ante Shelby. Acarici� el velo de encaje de la mantilla del bonete que Shelby hab�a robado de la carreta esa misma ma�ana. "�Es del Maestro "Sastre"?" 41


"Eh...�qui�n?", un rubor de culpabilidad trep� hasta la punta del bonete de Shelby. "Su puesto est� un poco m�s all�", la mujer se�al� a una tienda de lona blanca situada a unos diez metros de distancia. "Henry tiene tres hermanas, todas maravillosas costureras. Durante la mayor�a del a�o, sus agujas vuelan confeccionando las vestiduras para la iglesia, pero las muchachas siempre consiguen algo de tiempo para hacer alguna otra cosilla, y en especial algo para la Feria. Sus labores me dejan el aliento". Las solapas de la tienda estaban abiertas, y all�, bajo el toldo, estaba el robusto hombre, due�o de la carreta a la que ella y Miles hab�an intentado saltar como a un tren de carga en marcha esa misma ma�ana. El hombre que hab�a robado la gorra de Miles. Una peque�a multitud se hab�a reunido all�, asombrada, observando algo que parec�a ser muy valioso. Shelby tuvo que empujar a los asistentes a la feria para poder reconocer el objeto que tanta expectaci�n produc�a: Una gorra azul de los Dodgers. "�Admiren el tinte exquisito de la gruesa tela de esta visera!" Henry, el Sastre, estaba inmerso en la presentaci�n de la venta, como si la gorra hubiese sido siempre parte de su colecci�n, como si la hubiese cosido �l mismo. "�Han visto esta puntada...? Impecablemente regular... �hasta el punto de la invisibilidad!". "Y si una espada la hace rodajas, Henry, �entonces qu�?" se burl� un hombre. La multitud comenz� a rumorear. Quiz�s la gorra no el objeto m�s invencible en la colecci�n de Henry. "�Necios!", dijo Henry."Este objeto no es una armadura, es un objeto de belleza. �A caso, no es posible una cosa que simplemente sirva para complacer a los ojos y al coraz�n?". A medida que los visitantes le abucheaban, el coraz�n de Shelby golpeaba en su pecho con fuerza. Sab�a lo que ten�a que hacer. "�Voy a comprar el sombrero!", grit� de repente. "No est� a la venta", dijo Henry. "Por supuesto que est� a la venta" dijo Shelby, dejando a un lado sus nervios por su acento ingl�s, dejando a un lado algunas personas asustadas, dejando a un lado todo, todo menos su necesidad de conseguir la gorra. Era importante para Miles y Miles era importante para ella. "Aqu�", exclam� "�toma mi bonete a cambio! Mi...eh...padre me lo compr� esta ma�ana y no...um...no me sienta bien".

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Henry levant� la vista, y Shelby sinti� como una oleada de p�nico � sin duda �l sab�a que le hab�a robado el bonete. Aunque, cuando �l inclin� la cabeza hacia Shelby pareci� no reconocer el bonete como de su colecci�n. "S�, ese bonete hace que sobresalgan tus orejas. Pero eso no es suficiente". �Qu�ee? �Ella no ten�a las orejas grandes! Shelby estaba a punto de protestar cuando record� lo que era importante aqu�. "�Venga! Ese sombrero es viejo, su material est� descolorido", dijo y se�al� con un dedo acusador."�Y qu� clase de maldad significa esas letras estampadas en el frente?". "�Son letras?", alguien, de entre la multitud pregunt�. "Yo no s� leer", respondi� otro. Y, estaba claro que Henry tampoco sab�a. "�Qu� dicen?", pregunt� "Pensaba que era mera ornamentaci�n". Y entonces, recordando que �l hab�a afirmado haber hecho el sombrero a�adi�, "el dise�o me lo dio un hombre que estaba de paso".

"Son la marca del diablo", Shelby improvis�, su voz era cada vez m�s fuerte a medida que ganaba confianza. "�Sus brazos de p�as son su se�al y su huella!". La multitud se qued� sin aliento, acerc�ndose m�s. El olor a humanidad hizo que Shelby casi no pudiese respirar. Henry apart� la gorra de �l. "Si eso es cierto, entonces, �Por qu� lo quieres?". "�Por qu� crees?, mi objetivo es destruirlo en nombre de todo lo que es santo y justo en el mundo!". Hubo un murmullo de aceptaci�n entre la multitud. "La quemar� y librar� al mundo de la marca del Mal!". Estaba realmente convincente. Algunos de los presentes gritaron d�bilmente. "Voy a proteger a todos de la maldici�n del sombrero!". Henry se rasc� la cabeza, "Es s�lo un sombrero, �no?". Alrededor de Shelby, la gente se volvi� para mirarla. "Si, bueno,... pero debo quit�rtelo de las manos".

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Henry mir� el bonete que Shelby sosten�a en su mano, y levant� una ceja. "Esa artesan�a me resulta familiar", murmur�, luego mir� la gorra de Miles. "Un trato justo, �entonces?". Shelby le tendi� la toga de encaje. "Un trato justo". El hombre asinti� con un leve movimiento de cabeza e hicieron el intercambio. La preciada gorra de Miles parec�a como oro macizo en las manos de Shelby, le faltaba tiempo para volver a la tienda y mostr�rsela. Se iba a poner tan contento... Shelby avanzaba a saltos por el prado, pas� por delante de unos juglares que cantaban canciones tristes y solitarias, unos ni�os jugaban al eterno juego del pilla pilla, hasta que vio el contorno de los hombros de Miles en la oscuridad. Aunque, no estaba tan oscuro... �Miles hab�a descubierto la manera de hacer fuego! Estaba asando una salchicha sobre una llama. Cuando la mir� y sonri�, un hoyuelo peque�o, que nunca hab�a visto antes, apareci� en su mejilla izquierda. Shelby se sinti� aturdida y mareada. Probablemente ser�a por la carrera desde tan lejos. O por el calor repentino del fuego. "�Hambrienta?", pregunt� Miles. Ella asinti�, demasiado nerviosa por encontrar las palabras adecuadas para decirle que hab�a recuperado su gorra. La sosten�a detr�sa detr�s de su espalada, consciente de todo: su postura, el regalo, su holgada ropa medieval. Pero...era Miles; no la iba a juzgar. Entonces, �por qu� estaba tan nerviosa?. "Pens� que podr�a ser... �Oye...! �D�nde est� tu bonete?". �Hab�a un atisbo de lamento en su voz?, �su pelo estaba rid�culo? Ahora ni siquiera ten�a su goma el�stica... Shelby se ruboriz�, "Lo cambi�". "Ah, �por un regalo para Luce y Daniel?". La forma en la que la luz incid�a en su rostro hac�a que Miles pareciese su amigo y, al mismo tiempo, una persona completamente nueva para ella. Alguien... al que le gustar�a mucho conocer. "S�". Se sent�a rara, all�, de pie, con su loca melena de leona. �Por qu� no ten�a el pelo como Luce, un pelo liso, y brillante, y sexy, y...todo eso? El tipo de pelo que les gustaba a los muchachos. A Miles le gustaba el pelo de Luce. Segu�a mirando a Shelby, que segu�a de pie. "�Qu�?". "No es gran cosa. Si�ntate. Hay sidra y un poco de pan".

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Shelby se dej� caer sobre la hierba, junto a Miles, cuidando de ocultar su gorra entre los pliegues de su vestido. Quer�a d�rsela en el momento oportuno, despu�s de que su est�mago dejase de gru�ir. Miles puso una salchicha candente sobre una gruesa y crujiente rebanada de pan, y le dio una taza de hojalata abollada con sidra. Brindaron mir�ndose fijamente. "�De d�nde sacaste todo esto?". "�Crees que eres la �nica que sabe hacer trueque?. Tuve que decir adi�s a los dos cordones de mis zapatillas por ese bocadillo, mi lady, as� que come". Cuando Shelby mordi� un pedazo del bocadillo y bebi� un trago se alegr� de ver que Miles no estaba pendiente de su pelo. �l estaba mirando la expansi�n de tiendas de campa�a que hab�a hasta la ciudad, el humo de un centenar de fogatas que se mezclaban en el aire. Se sent�a m�s c�moda y m�s feliz de lo que hab�a estado en mucho tiempo. Termin� su bocadillo antes de que Shelby le hubiese hubiese dado un segundo mordisco al suyo. "�Sabes?, esta odisea de Luce y Daniel, su amor imposible, la maldici�n irrompible, la suerte, el destino y todo eso... cuando empezamos a aprenderlo en clase, incluso cuando conoc�a a Luce, me sonaba como..." "�Un mont�n de tonter�as?", le cort� Shelby, "Eso es lo que pensaba yo". "Bueno, s�", admiti� Miles. "Sin embargo, recientemente, viajando a trav�s de las anunciadoras contigo, viendo realmente lo que hay en este mundo...conocer a Daniel en Jerusal�n, viendo lo distinto que era Cam cuando estaba prometido... puede que no haya nada como el amor verdadero". "S�", Shelby reflexion� sobre ello, mientras masticaba. "S�". De ninguna manera quer�a preguntarle algo que lo incomodase. Pero estaba asustada. Y no era el miedo por tener que dormir a la intemperie en un bosque lleno de animales, muy lejos de su casa y sin la certeza de que podr�a encontrar el camino de vuelta otra vez. Era un tipo crudo y vulnerable de miedo, cuya intensidad le hac�a temblar. Pero si no se lo preguntaba, nunca lo sabr�a. Y eso era peor. "�Miles?". "�Si?". "�Alguna vez te has enamorado?".

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Miles arranc� una hoja marr�n de la hierba y le dio vueltas entre las palmas de sus manos. Le dedic� una sonrisa y luego sonri� con verg�enza. "No lo s�. Quiero decir...probablemente no...". Tosi�. "�Y t�?". "No", dijo, "Ni siquiera de cerca". Ninguno de los dos supo que decir despu�s de eso. Durante un momento, simplemente permanecieron sentados en medio de un inc�modo silencio. A veces, Shelby se olvidaba de ese inc�modo silencio, sintiendo un c�modo silencio en compa��a de su amigo Miles. Pero entonces le mir� de reojo, y �l la sorprendi�, sus ojos eran tan m�gicamente azules...Sinti� que todo era diferente, y se puso nerviosa otra vez. "�Alguna vez pensaste que hab�as vivido en otra �poca?". Miles finalmente cambi� de tema. Era como si hubiera estallado un enorme globo de tensi�n. "Yo no podr�a ponerme una armadura, ser caballeroso y todo eso". "�Podr�as ser un gran caballero! Yo no, sin embargo, me siento fuera de lugar aqu�. Me falta el ruido de California. Me gusta el ruido de California". "A m� tambi�n. Oye Shel..." sus ojos la estudiaron minuciosamente. Se sent�a c�lida, incluso cuando una r�faga del invernal viento de febrero sacudi� su vestido. "�Crees que ser� diferente cuando volvamos a Shoreline?". "Por supuesto que ser� diferente". Shelby mir� hacia abajo y arranc� una hierba. "Quiero decir, estaremos sentados en la cantina leyendo La Tribuna y conspirando travesuras para los No-Nefelim. Nada de cosas como... beber de pozos medievales y eso". "Eso no es lo que quiero decir" Miles se volvi� para mirarla, cogi�ndole la barbilla con un dedo. "Me refiero a ti y a m�. Somos diferentes aqu�. Me gusta c�mo estamos aqu�". Una pausa. Una profunda mirada azul. "�Y a ti?". Shelby sab�a que no era lo que �l quer�a decir. Pero ten�a miedo de saber qu� otra cosa pod�a significar. Porque...�y si estaba equivocaba? Sin embargo ella y Miles, estaban aqu�... y eso a ella le gustaba, y mucho. Todo el d�a hab�a estado sintiendo esas mariposas por �l. Pero no era capaz de decirlo. Se qued� muda. �Por qu� Miles no pod�a leer su mente? (no es que fuera menos confusa en este lugar). Pero no, Miles estaba pendiente de su respuesta, que ya estaba tardando. "Claro" Shelby se estaba sonrojando. Necesitaba una distracci�n. Cogi� la gorra de beisbol dispuesta a d�rsela. De esa manera �l dejar�a de mirar sus sonrojadas mejillas.

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"La raz�n por la que te pregunt� por tu bonete," dijo Miles antes de que le pudiera dar la gorra, "es porque me encontr� con �stos esta noche en el mercado". Sac� un par de guantes de cuero beige con pu�os blancos tabulados. Eran hermosos. "�Los compraste?, �para m�?". "En realidad, negoci� por ellos. Tendr�as que haber visto al comerciante mirando el paquete de chicles". Sonri�, "tus manos estuvieron muy fr�as durante el d�a, y pens� que har�an juego con tu bonete". Shelby no pudo evitarlo. Se ech� a re�r a carcajadas. Se dobl� y golpe� el suelo ri�ndose. Se sent�a tan bien al dejar a un lado toda esa nerviosa energ�a acumulada... para liberarla en la v�spera de San Valent�n y s�lo re�r. "Los odias". Miles son� abatido."S� que no son tu estilo, pero eran del mismo color que el bonete y...". "No, Miles, no es eso". Shelby se sent� de nuevo y se puso seria cuando vio el rostro de Miles. Se ech� a re�r otra vez. "Cambi� mi bonete por esto", dijo ense��ndole al gorra de los Dodgers. "��C�mo?!" cogi� la gorra con la ilusi�n de un ni�o que no puede creer que los regalos de Navidad est�n realmente debajo del �rbol. En silencio, Shelby tom� los guantes en sus manos. Despu�s de un momento, ambos se probaron sus respectivos regalos. Con la gorra puesta firmemente sobre sus ojos azules, Miles parec�a otra vez el antiguo Miles, el muchacho que Shelby recordaba de un centenar de clases en Shoreline, el muchacho con el que hab�a dado sus primeros pasos en las anunciadoras, el muchacho que era, entendi�, su mejor amigo. Y los guantes... los guantes eran incre�bles. El suave cuero, de delicad�simo dise�o. Le encajaban perfectamente, como si Miles supiera la forma exacta de sus manos. Shelby levant� la vista para darle las gracias, pero su expresi�n la hizo detenerse. "�Qu� pasa?".�Algo va mal? Miles se rasc� la frente. "No s�. �Te molestar�a que me quitase la gorra? Hoy me di cuenta de que te ve�a mejor sin ella y, me gust�". "�Verme?", Shelby no supo porqu�, de todas las veces, su voz eligi� �se para quebrarse.

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"S�. Verte". �l tom� sus manos, acarici�ndole el pulso. Todo en ese momento era lo m�s importante. Solo hab�a una cosa que estaba mal. "�Miles?". "�S�?". "�Te molestar�a que me quitase los guantes?. Me encantan, y los voy a usar, te lo prometo, pero ahora mismo yo... yo no puedo sentir tus manos". Muy lentamente, Miles le quit� los guantes, dedo por dedo. Cuando termin�, los dej� en el suelo y le tom� las manos de nuevo. Fuerte y reconfortante, y de alguna manera totalmente sorprendente, las caricias de Miles hicieron que a Shelby se le escapase una sonrisa. En la rama del laurel que hab�a tras ellos un ruise�or trinaba dulcemente. Shelby trag� saliva. Miles inspir� profundamente. "�Sabes lo que pens� cuando Roland nos dijo que nos mandar�a a ma�ana�?". Shelby neg� con la cabeza. "Pens�: voy a pasar el d�a de San Valent�n en este rom�ntico lugar... con la muchacha que me gusta". Shelby no sab�a qu� decir. "No estamos hablando de Luce, �verdad?". "No". �l la mir� a los ojos, como esperando algo. Shelby sinti� que se mareaba otra vez. "Estoy hablando de ti". A sus diecisiete a�os, Shelby hab�a sido besada por un mont�n de ranas y algunos sapos. Y, cada vez que llegaba ese momento, el muchacho siempre la miraba con gesto perdedor, diciendo "�puedo besarte ahora?". Ella sab�a que para algunas chichas eso era un gesto cort�s, pero para Shelby, era como una patada en el trasero. Siempre acababa diciendo algo sarc�stico otra vez, carg�ndose el ambiente. Tem�a que Miles le preguntase si pod�a besarla. Tem�a que Miles no se lo preguntase. Por suerte, Miles no dej� demasiado tiempo a su temor. Se inclin� hacia ella y, muy lentamente le tom� una mejilla con la palma de la mano. Sus ojos eran del color del estrellado cielo que ten�an encima. Cuando acerc� su barbilla hacia �l, inclinando su cara muy ligeramente, Shelby cerr� los ojos. Sus labios se unieron en el m�s dulce de los besos. Simple, unos pocos lentos picos. Nada demasiado complicado; estaban empezando, despu�s de todo. Cuando Shelby abri� los ojos y vio su expresi�n � una

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sonrisa que conoc�a tan bien como la suya � sab�a que le hab�an dado el mejor regalo de San Valent�n que hab�a. No lo cambiar�a por nada del mundo.

Lecciones sobre el amor: El San Valent�n de Roland.

Un largo y deslumbrante camino. Paredes ruinosas. 49


Consejo de la oscuridad. Alumno del amor.

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Un largo y deslumbrante camino.

Roland cabalgaba hacia la puerta norte de la ciudad. A pesar de que su ruta le llevar�a al escenario del peor momento de su vida, no cambi� su rumbo. Ten�a una misi�n. Su caballo, desconocido para �l hasta hac�a unas horas, � cuando lo rob� de las cuadras del Se�or � se adaptaba instintivamente a sus �rdenes. Era un ejemplar �rabe, blanco como la nieve, que parec�a m�s hermoso al contrastar con la negra piel de su caballero. Antes de que Roland lo encontrara, le hab�a echado el ojo a un apuesto caballo de amplios costados, de un campesino� un caballo de trabajo podr�a viajar m�s que un caballo noble, y con menos alimento � pero Roland no se sentir�a bien robando a la clase trabajadora. �ste � le llamaba Blackie, por la peque�a mancha negra de su nariz � relinch� y se encabrit� cuando lo mont� por primera vez, pero despu�s de unas cuantas vueltas sobre el fangoso suelo del redil, se hab�an hecho amigos. Siempre hab�a tenido una habilidad especial para los animales, especialmente los caballos. Los animales pod�an escuchar la m�sica en su voz con m�s claridad que los humanos. Pod�a susurrar unas cuantas palabras a una potra asustada y apaciguarla tan r�pido como la calma llega despu�s de una tormenta. En el momento en el que Roland atravesaba el caos del mercado, caballo y jinete parec�an uno solo, que era m�s de lo que podr�a decirse de su armadura. El conjunto, que hab�a robado de la c�mara de armas del hijo del Se�or en el

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castillo, no le encajaba. Ninguna de estas cualidades se ajustaba a Roland, cuyo cuerpo estaba acostumbrado a la "alta costura". Cuidadoso de eludir la l�nea de visi�n del Se�or feudal, Roland simplemente pas� por alto las miradas de los ciudadanos que, alarmados y entre murmullos, conjeturaban a cerca de la batalla en la que hab�a participado. Esta armadura � con su maldita cota de malla, ce�ida con un adornado cintur�n que deb�a pesar por lo menos 20 libras (diez quilos) � se usaba �nica y exclusivamente para la lucha; era demasiado llamativa e inc�moda para viajar. Lo sab�a. Lo sent�a a cada paso que daba su caballo. Pero fue lo �nico que Roland encontr� para ocultar su identidad en la medida de lo posible. No hab�a venido hasta este lugar los mortales intentasen capturarle y encarcelarle como a un demonio que hab�an confundido con un Moro. Necesitaba un disfraz que no dificultase la consecuci�n de su objetivo: mantener al pasado de Daniel fuera de problemas. No a Lucinda. A Daniel. Lucinda Price, cre�a Roland, sab�a lo que estaba haciendo. E incluso cuando no ten�a idea de lo que hac�a, ella siempre hizo lo correcto. Era impresionante. Los �ngeles que hab�an seguido a Luce a trav�s de las anunciadoras � Gabbe, Cam e incluso Arriane � no daban cr�dito. Sin embargo, Roland hab�a advertido el cambio en ella en Espada & Cruz, - una extra�a certeza que ella jam�s hab�a pose�do en cualquiera de sus vidas anteriores, como si ella finalmente hubiese vislumbrado la intensidad de su vieja alma � Luce no sab�a lo que hac�a cuando cruz� por su cuenta, pero Roland sab�a que iba a resolverlo todo. Este era el final del juego, y ella ten�a que desempe�ar su papel. Por eso era Daniel quien preocupaba a Roland. Daniel no pod�a equivocarse con Luce y arruinarlo todo. Alguien ten�a que asegurarse de que no cometiese ninguna estupidez, raz�n por la cual Roland lo hab�a seguido a trav�s de las anunciadoras desde el patio trasero de la casa de Luce. Pero encontrar a Daniel hab�a sido m�s complicado de lo que �l esperaba. Roland hab�a llegado demasiado tarde a Helston... lo hab�a perdido en la Bastilla, y probablemente no lo atrapar�a aqu� tampoco. Si hubiese sido m�s inteligente, Roland habr�a saltado e intentado interceptar a Daniel en una de sus vidas anteriores.

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Si hubiese sido m�s inteligente... Pero entonces Roland se detuvo cuando vio a dos anacronismos pululando sin rodeos, conspirando en el pozo � a plena luz del d�a, en el medio y medio de la villa, con ropas horrible y su acento extranjero. �A caso no lo sab�an? Los Nefelim le ca�an bien. Shelby era responsable, una chica decente, y no estaba nada mal. Y Miles � se hab�a ganado una reputaci�n por acercarse demasiado a Luce en Shoreline, pero... �qu� hombre en su lugar no habr�a hecho lo mismo?. El cr�o se merec�a un respiro. Hab�a estado brillante. Era todo coraz�n de oro. Ronald entendi� que los peque�os nefelims estaban all� por pura buena voluntad. Ten�an debilidad por Luce. Y estaba claro que ten�an grandes esperanzas en la Feria de San Valent�n � para Luce y Daniel, y puede incluso que para ellos mismos. "Probablemente... no lo sabemos todav�a" pensaba Ronald, y sonri�. Los mortales, rara vez, reconoc�an sus verdaderos sentimientos hasta que �stos le daban de golpe en las narices. Sucedi� de esta manera para muchas parejas que pasaron su tiempo disfrutando de la esplendorosa leyenda de Daniel y Lucinda. Ronald hab�a sido testigo de esto antes. Daniel y Lucinda eran emblemas del romanticismo, ideales que todos los mortales y algunos inmortales necesitaban creer, tanto que ni ellos mismos cre�an capaz una conexi�n tan verdadera. Daniel y Lucinda eran el ideal que ense�� el camino del verdadero amor al resto del mundo. Era un poderoso hechizo en el que encontrarse a uno mismo. Por supuesto, Roland ten�a que rega�arles por haber accedido a la vida de la Lucinda medieval. Deber�an estar donde pertenecen, en su propio tiempo, donde sus acciones no puedan causar ninguna cat�strofe hist�rica. Raz�n por la cual se merec�an una buena rega�ina. Los mantendr�a a raya hasta escoltarlos a salvo de vuelta a casa. Viajar con ellos era la �nica manera de asegurarse de que no terminar�an en alg�n lugar a�n m�s lejos de Shoreline. Pero primero, podr�a dejar que se divirtiesen un rato. Deb�a averiguar el paradero de Daniel y asegurarse de que tenga su sombr�a Feria de San Valent�n. Dar a Daniel y Lucinda un momento de felicidad no era trabajo dif�cil, y adem�s, le dar�a algo que hacer. 54


Adem�s, en esta �poca en particular, Roland necesitaba algo que hacer. Para mantener su mente ocupada. Y en la fr�a penumbra de febrero, Roland cabalg� por delante de una gleba (tierras a las que est�n adscritos los siervos), donde los siervos rellenaban los bolsillos del cl�rigo local. Pas� por delante de una iglesia g�tica, con sus arcos ojivales y capiteles espinosos. La casa de Dios. No pod�a evitar que los pensamientos inundasen su mente. Hac�a mucho tiempo que hab�a estado en una de esas. Cruz� un puente elevado sobre un crecido r�o, de turbias aguas, y gir� su caballo hacia la fortaleza de los caballeros que sab�a que quedaba en direcci�n norte a medio d�a de camino. No fue un viaje placentero: el camino era duro y el tiempo horrible. Blackie levantaba grandes salpicaduras de barro, pintando sus flancos con un l�gubre gris-marr�n. Y el fr�o hac�a que las bisagras de la armadura de Roland se endureciesen, inmoviliz�ndolo a�n m�s. A pesar de todo, en muchos aspectos, hab�a algo de agradable en volver a este pasado. Un rom�ntico como Daniel podr�a decir que la caballer�a jam�s morir�a, pero entonces, tuvo una complicada relaci�n con ambos, el amor y la muerte. Roland hab�a vivido en medio de este estigma desde el principio de la caballer�a, durante a�os. Casi se hab�a terminado en la Edad Media, y estaba seguro de que estaba totalmente extinguida en el tiempo presente desde el que hab�a llegado Roland. No hab�a la m�s m�nima duda. Pero hubo un tiempo... Por un breve instante se acord� de un destello de cabellos dorados mecidos por el viento. Lade� la visera de su casco y respir� con dificultad. No deb�a pensar en ella. No era el motivo que lo hab�a llevado hasta all�. Empuj� alentadoramente a Blackie hacia adelante y neg� con la cabeza intentando despejar su mente. Roland estaba a menos de una milla del grupo de caballeros que estaba buscando. Escudri�� el horizonte: al este hab�a un descenso radical de los valles, y detr�s de �l y hacia el oeste una tormenta. Por delante, el camino terminaba en las colinas que formaban la barrera protectora de la ciudad. M�s adelante, hab�a un castillo, que ten�a la intenci�n de evitar. Dejar�a una amplia distancia rode�ndolo. Y, al otro lado de dicho castillo estaba el camino � si todav�a segu�a

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en condiciones transitables � que le llevar�a hasta el Daniel de esta �poca. Y a su propio yo medieval. En su ya lejana memoria de esta �poca, record� c�mo un caballero vestido de manera extra�a se hab�a presentado ante ellos con �rdenes del Rey. El caballero redujo a su caballo en el umbral de las tiendas del campamento y mostr� un decreto real que ordenaba a los hombres a abandonar su cargo durante dos noches para celebrar el sagrado d�a de San Valent�n, como era voluntad de Dios. S�lo unos pocos de ellos sab�an leer, as� que la mayor�a de los hombres tomaron la buena noticia con creencia. Roland todav�a recordaba los chillidos y gritos de su compa�ero. El caballero, que no hab�a dicho una sola palabra, simplemente entreg� el decreto y se alej� al galope...en su caballo negro como el carb�n. Extra�o. Roland mir� a Blackie y acarici� su melena de color blanco plateado. Si ese era el destino de Roland � ser el �ngel oculto tras la visera del casco, que entregara a Daniel un regalo de d�a de San Valent�n: la direcci�n de regreso a los brazos de la muchacha que amaba � algo tendr�a que haber ocurrido que le permitiese cambiar su caballo blanco por uno negro... Adem�s, alguien tendr�a que haber puesto el decreto del rey en su mano. Cosas extra�as estaban sucediendo, lo sab�a... Asest� con sus pies los flancos de Blackie y cabalg�, sudando un momento y tiritando al otro.

Finalmente, Roland cabalg� hasta el castillo. Custodiaba el feudo al norte del condado, el �ltimo reducto en el camino hacia el campamento de los caballeros. Se sent� a horcajadas en su montura por un momento, disfrutando de la familiar mamposter�a. El castillo se alzaba ante �l como un coloso. Las chimeneas de cada sala estaban recubiertas de blanca Creta; estrechas aberturas proporcionaban una visi�n completa de cada fachada. M�nsulas y cornisas decoradas con bloques del color gris de la piedra, cuya magnitud hac�a que Roland se sintiese diminuto. La 56


envergadura del castillo aturd�a su mente. Siempre lo hab�a hecho, aunque solo fuese por un breve momento, cuando cruzaba sus puertas casi a diario � y sub�a sus estriadas piedras para llegar a un solitario balc�n todas las noches. Sus rodillas sacudieron los flancos de su caballo. Su coraz�n se sent�a como si hubiese aumentado diez veces su tama�o natural. Lat�a como si cada palpitaci�n fuese la �ltima. La parte trasera de sus hombros ard�a, quer�a volar lejos, pero sus alas estaban atrapadas por la cota de malla met�lica que llevaba puesta. Adem�s, no importaba cu�nto de lejos pudiese volar, no pod�a escapar del horror que inundaba su alma. En el interior del castillo viv�a una muchacha llamada Rosaline. La �nica mujer en todo el Universo que Roland hab�a amado.

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Paredes ruinosas.

Blackie relinch� suavemente cuando Roland descabalg�. La llev� hacia un peque�o brote de un manzano en los l�mites meridionales de la propiedad del padre de Rosaline y at� la brida alrededor del tronco. �Cu�ntas veces Roland hab�a rondado los �rboles de esta huerta, con una cesta de mimbre en su brazo, detr�s de ella, adorando los suaves y lentos movimientos mientras Rosaline arrancaba los rojos frutos de las ramas? Su padre era conde o duque o bar�n o cualquier otra variedad de soberano de la codiciada tierra. Roland hab�a dejado de preocuparse por tales t�tulos mortales despu�s de mil a�os de tener que ver jugar a su especie en juegos de guerra. La �nica pasi�n mortal en la vida parec�a ser exactamente eso: declarar la guerra, robar las riquezas de feudos cercanos y hacer la vida un infierno para todos sus vecinos. El grupo de caballeros a los que Daniel y Roland pertenec�an hab�an visto su n�mero reducido por el sacudimiento y tuvieron que pasar muchas horas entre los muros de este castillo. Meti� la mano en la alforja de Blackie y encontr� una manzana seca, se la dio al caballo mientras evaluaba la situaci�n. Record� la Feria de San Valent�n. Sab�a que se celebraba justo despu�s de que su romance con Rosaline hubiese acabado. Su amor hab�a durado.... cinco a�os. No ten�a que haberse detenido aqu�. Deb�a haber sabido que esto pasar�a � que los recuerdos inundar�an su mente y lo paralizar�an. 58


No hab�a pasado ni un solo d�a, durante estos miles de a�os, que Roland no se arrepintiera de la forma en las que las cosas hab�an terminado con Rosaline. Hab�a dise�ado su vida en torno a esa pena: muros y muros y muros, cada uno con su impenetrable fachada. Su arrepentimiento hab�a construido un castillo en su interior, m�s vasto que muchos universos, m�s que el castillo que ten�a ante �l. Tal vez, por eso el tama�o de este castillo ingl�s lo impresionaba tan radicalmente � porque le recordaba la amarga fortaleza que hab�a construido en su interior. Era demasiado tarde para redimirse ante ella. Y, a pesar de todo.... Acarici� alentadoramente a Blackie y se dirigi� hacia el castillo. Hab�a un pasillo de losas de piedra alienadas llena de arbustos de pr�mulas invernantes, que terminaban en una pesada puerta de metal. Roland la evit� y tom� el camino lateral. Caminaba bajo la l�nea de �rboles de los bosques lim�trofes hasta que pudo ocultarse en el muro occidental del castillo. Por encima de �l, a cincuenta pies, en la fachada estaba la primera ventana, que ten�a unas vistas impresionantes. Y en su interior... Rosaline sol�a esperarle all�, con su rubio pelo en el borde de la ventana. Era la se�al de que estaba sola � y esperando por los labios de Roland. La ventana ahora estaba vac�a; la miraba desde el suelo y una sensaci�n de oxidada nostalgia acudi� a Roland, como si estuviese muy, muy lejos del lugar al que pertenec�a. Sin guardias vigilando desde las almenas � el muro era demasiado alto �. Sali� de las sombras y se acerc� al pie de la ventana. Desliz� su mano sobre el muro, recordando los las ranuras donde tantas veces hab�a puesto sus pies antes. Jam�s se hubiese atrevido a mostrar sus alas frente a Rosaline. Era demasiado pedir para un mortal como ella que lo amaba a pesar del color su piel. Su padre nunca "vio" a Roland...jam�s permitir�a que un "Moro" luchase para �l. Roland podr�a haber cambiado su aspecto. Los �ngeles lo hacen todo el tiempo. �Cu�ntas veces hab�a cambiado Daniel su apariencia por Luce? Hab�an perdido la cuenta. Pero el estilo de Roland no era seguir esa tendencia. Era un clasicista. Su alma se sent�a c�moda � tan c�moda como era posible � en esta particular piel. 59


Hab�a ocasiones, como hoy, cuando su apariencia hab�a causado algunas molestias, pero nunca nada que no pudiese soportar. Rosaline le hab�a dicho que lo amaba por lo que hab�a en su interior. Y �l la amaba por su franqueza pero... realmente no lo conoc�a. Hab�a cosas sobre �l que nunca podr�a explicarle. Ahora no deb�a exponerse, no pod�a arrojar su armadura y mostrar sus alas. Un viejo h�bito que le ayudar�a a escalar la pared a la vieja usanza. El recorrido de acceso al muro volvi� a su mente, como si estuviera iluminado por el brillo de sus doradas alas reflejadas en �l. Comenz� a subir. Al principio, se mostr� cauteloso en su ascenso, pero al o�r el chirriar del metal de su armadura, los recuerdos de su pasado romance pronto le hicieron sentirse �gil otra vez. Minutos m�s tarde, lleg� a la cima de la pared exterior y alcanz� la estrecha cornisa de la balaustrada. Se enderez�, y se dirigi� hacia el torre�n contemplando su forma c�nica. Desde all� hab�a una traicionera subida hasta el anillo de ventanas en forma de arco que circundaban la torre. Sab�a que hab�a una estrecha terraza fuera de una de las ventanas, y una peque�a cornisa de piedra que rodeaba la torre. Pod�a acceder a ella y mirar al interior. Pronto, lleg� a la peque�a cornisa y se aferr� con fuerza a la piedra de la ventana. Fue entonces cuando se dio cuenta que la puerta del balc�n estaba abierta. Una cortina de seda roja ondeaba con la brisa. Y all�, detr�s de la cortina, un roce de movimiento mortal. Roland contuvo la respiraci�n. Las ondas de su dorado pelo, largo y suelto, ca�an por la parte posterior de su magn�fico vestido verde. �Era ella? Ten�a que ser. Sinti� ganas de alcanzarla y tirar de ella desde la ventana, para hacer que todo fuera como sol�a ser. Los dedos de sus manos se estaban entumeciendo en la cornisa y, en el momento crucial, cuando la diosa rubia se dio la vuelta, se qued� helado, tan r�pido, que pens� que caer�a como un t�mpano al suelo. Se apart� y se volvi� a acercar a la cornisa con el pecho pegado al muro, no pod�a sacar sus ojos de la muchacha. No era ella. Era Celia, la hija m�s joven del Se�or. Deb�a tener diecis�is a�os � la edad de Rosaline cuando Roland le rompi� el coraz�n. Se parec�a a su hermana: piel blanca, ojos azules, labios como p�talos de rosa y una impresionante melena 60


rubia. Pero el fuego en su interior � el poderoso fuego que Roland hab�a adorado en Rosaline � no era m�s que un rescoldo moribundo en Celia. Sin embargo, Roland segu�a mirando, incapaz de hacer el menor movimiento. Si Celia cruzaba la ventana hacia el balc�n � cosa que parec�a que ten�a la intenci�n de hacer � Roland ser�a arrestado. "�Hermana?". Aquella voz � como un instrumento de cuerda, s�lo que m�s hermoso. �Rosaline!. Por una fracci�n de segundo, Roland vio una sombra en la puerta, y luego: el claro y elegante perfil de la �nica mujer que �l hab�a amado. Su coraz�n se detuvo. No pod�a respirar. Quer�a gritar su nombre, alcanzarla... Pero las palmas sudorosas de sus manos le traicionaron y fall� su agarre. Durante los eternos segundos que dur� la ca�da Roland sinti� como si estuviese flotando en el aire, desplom�ndose hasta llegar al fangoso suelo.

Un recuerdo: Las puertas abiertas de un granero en ruinas. Roland reconoci� la estructura desvencijada en la esquina noroeste de los terrenos del castillo. El sol pasaba junto a la puerta a las seis en punto en las noches de verano, aunque Roland adivin� por la luz dorada sobre el heno que casi eran las siete. Casi la hora de la cena � o el tiempo, demasiado breve, que Roland ten�a para persuadir a Rosaline de pasar un momento a solas. A trav�s de las amplias puertas de madera vio a dos siluetas acurrucadas en un rinc�n oscuro. All�, entre la comida de las gallinas y un mont�n de hoces oxidadas, Roland vio a su yo pasado. Apenas reconoci� al muchacho que hab�a sido. Eran el mismo y, sin embargo algo hac�a parecer a ese muchacho m�s joven. La esperanza. La 61


castidad. Llevaba puesta una t�nica de lana y sus ojos eran tan brillantes como los de una potra reci�n nacida. Ella hac�a que �l... que �l se olvidase de los millones de a�os de duro trabajo en la Tierra, de su existencia en el Cielo y de la Ca�da. Pod�a ser un experimentado en el arte de la guerra, en la rebeli�n contra lo divino, pero cuando se trataba del amor, el coraz�n de Roland era como el de un ni�o. Se sent� sobre un taburete de madera de tres patas y mir� � con tanto ah�nco que le daba verg�enza recordarlo � a la hermosa muchacha rubia que estaba delante de �l. Rosaline estaba recostada en un costado del heno, ajena a los cardos que se pegaban a su vestido. Su pelo ten�a un brillo m�s hermoso a�n de lo que �l recordaba, y su piel era tan dulce y delicada como la nata. Ella miraba hacia abajo, lo que significaba que todo lo que Roland pudo ver de sus ojos azules era a trav�s de la suave cortina de pesta�as que emerg�a por encima de ellos. Por aquel entonces, sus carnosos labios ten�an dos expresiones: el puchero al que se aferraban ahora o el regalo de una breve sonrisa que, a veces, regalaba a Roland. Ambas deseables. Ella se movi� en el heno, fingiendo aburrimiento. En realidad, estaba pendiente de cada uno de los movimientos de �l. Roland pod�a verlo ahora. "Tengo una peque�a... bobada para ti. �Le gustar�a a mi lady escucharla?", dijo su yo pasado. Roland record� la inclinaci�n impaciente de la barbilla de su propio pasado, que ard�a por la verg�enza. Ahora se acordaba de por qu� hab�a insistido tanto para convencerla de que se reuniese con �l en el granero... ...para asaltarla con su mala poes�a. El muchacho, sentado en el taburete, no quiso esperar � estaba claro que no pod�a esperar � a que Rosaline refunfu�ase. Y cuando lanz� sus horribles versos, nadie podr�a haber imaginado que este soneto lo hubiese compuesto un �ngel de la M�sica. Las cimas nevadas son insignificantes en comparaci�n con la deslumbrante Rosaline. La suave mirada de los gatitos es menos,

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en el regazo de Rosaline. Como los versos al poema, yo soy a Rosaline. El trabajo de elaborar una cesta, para luego portarla para Rosaline. Como la nuez supera a la c�scara, dicha nuez es Rosaline. El que los misterios busca, deber�a contemplar a Rosaline.

Finalizada su exposici�n, Roland levant� la vista para ver la cara de Rosaline que frunc�a el ce�o. �l lo recordaba ahora, luch� por soportarlo por segunda vez, y sinti� la misma pesadez en el est�mago, como un yunque que cae por un acantilado. Ella pregunt�: �Por qu� me dedicas tan toscos versos? Esta vez, en su recuerdo, Roland pudo percibirlo en su voz: �Por supuesto!...Ella le estaba tomando el pelo. Deber�a haberlo sabido cuando ella le tom� la mano y tir� de �l hacia el heno, junto a ella. Su coraz�n lat�a con tanta fuerza que no pudo o�rla cuando le dijo: C�llate y b�same. �Y c�mo le hab�a besado!.... Aquella primera vez, en la que sus labios se unieron, algo incendi� el interior de Roland como si su alma se hubiese electrizado. Su cuerpo se tens� intentando no hacer nada que estropease ese momento. Sus labios se soldaron a los de ella, pero sin fuerza, delicadamente. Sus manos se pegaron como garras a los hombros de Rosaline, y ella se retorc�a en su abrazo. Por fin dej� escapar una dulce sonrisa mientras se deslizaba entre sus brazos. Se inclin� hacia atr�s en el heno, con sus labios de color de rosa fruncidos otra vez. Ella le mir� del modo que un ni�o mira un juguete que ya no le gusta. "T� dedicatoria no me hizo gracia".

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Roland se incorpor� de rodillas con las manos apoyadas sobre el �spero heno. "�Puedo intentarlo de nuevo? Estoy seguro de que puedo hacerlo mejor...". "Bueno, espero que s�". Su sonrisa era t�mida y elegante. Se apart� lo suficiente para burlarse de �l y se recost� en la paja cerrando los ojos: "Puedes intentarlo otra vez". Roland inspir� profundamente, bebiendo en la dulzura que irradiaba Rosaline. Pero justo cuando estaba a punto de darle otro torpe beso, ella le detuvo presionando una mano contra su pecho. Rosaline sent�a que su coraz�n se aceleraba pero no se dej�. "Esta vez..." ella le instruy�, "... no tan forzado. M�s... fluido. Piensa en la fluidez de un poema. Bueno quiz�s no en la de uno de los tuyos. Tal vez en tu poema favorito de otro autor. Piensa en cuando nos besamos". "�C�mo esto?" Roland intent� estabilizarse pero cay� encima de ella, rodando hacia un lado, y d�ndose de bruces en el heno. Se gir� hacia ella, sonrojado. Yacieron juntos, uno frente al otro. Ella le tom� las manos. Sus caderas se tocaban a trav�s de sus ropas. Las puntas de sus pies se rozaban embarazosamente. Sus caras estaban a cent�metros de distancia. "Te perdiste mi boca"; sus labios se entreabrieron con una sonrisa seductora. "Roland, el amor significa no tener miedo de dejarse llevar, confiando en que deseas todo lo que el otro hace, �entiendes?". "Si, si,... lo entiendo". La voz de Roland temblaba mientras se acercaba su pr�ximo intento. Sus labios, sus manos y su coraz�n estaban llenos de expectaci�n. T�midamente, se acerc� m�s a ella... "�Roland?". �Qu� pasa ahora?.. "Abr�zame con fuerza, se�or, no me va a romper". Mientras la besaba, Roland sent�a que ni la llamada del mism�simo Lucifer podr�a obligarle a separarse de la doncella. Seguir�a el consejo que ella le dio una y mil veces con otras mujeres en el futuro, pero nunca, jam�s, volver�a a sentir de esta manera.

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Consejo de la oscuridad.

Se despert� sinti�ndose mareado y perdido. El dulce recuerdo del romance con Rosaline se estaba evaporando. Toc� su palpitante cabeza y se dio cuenta de que estaba tirado en el suelo. Lentamente, se balance� sobre sus pies. Le dol�a todo, pero no era nada que no curase con un poco de tiempo. Mir� hacia atr�s, al balc�n. Nunca se hab�a ca�do desde all� en los viejos tiempos. Probablemente no deber�a haber llevado una armadura completa. Estaba oxidado. �Cu�ntas veces se hab�a subido a esa misma pared a la espera de reunirse con ella? �Cu�ntas veces el largo y rubio pelo de Rosaline le hab�a dado la se�al, como Rapunzel? Normalmente, cuando Roland alcanzaba la terraza, ella le esperaba entusiasmada por verle. Ella clamaba su nombre en susurros para luego unirse a sus brazos. Era tan ligera, tan delicada, su piel perfumada con agua de rosas, de su cuerpo afloraba la fuerza de su amor secreto... Roland sacudi� la cabeza, su amor no hab�a sido solamente puro brillo y gozo. Un oscuro recuerdo contaminaba el resto. Era el �ltimo recuerdo que ten�a de ella.

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Sucedi� en el tercer a�o de su secreto noviazgo, mientras el mundo a su alrededor se transformaba en oto�o, y las hojas verdes del verano se hab�an quemado en una explosi�n de ardientes tonos rojos y naranjas. Juntos planearon huir, escapando de las reglas de su padre, as� como de los prejuicios de una sociedad que no permitir�a a la hija de un noble casarse con un moro. Roland se hab�a alejado de su amada durante una semana, con el pretexto de hacer planes para su nueva vida juntos. Pero le hab�a mentido. En realidad se hab�a ido en busca de consejo a cerca de los problemas que tendr�a, en el futuro, una relaci�n como la suya: �Le amar�a igual si supiese la verdad sobre �l? O... �podr�a mantener en secreto su verdadera naturaleza y hacerla feliz al mismo tiempo? En realidad, solo hab�a una persona a la que pod�a recurrir.

Encontr� a Cam al sur de unas islas que en un futuro se llamar�an Nueva Zelanda. Por aquel entonces, aquellas islas no hab�an sido descubiertas por el hombre. Los maor�es no llegar�an a esta tierra hasta dentro de medio siglo, por lo que Cam ten�a todo el lugar para �l solo. Roland volaba sobre los amenazantes acantilados, afilados como pu�ales, una panor�mica que jam�s hab�a visto. Los fuertes vientos traicionaban sus alas, sacudi�ndolo entre las nubes. Estaba temblando y empapado cuando lleg� a la primitiva extensi�n terrenal donde Cam se escond�a del Universo. El agua era un espejo de las monta�as, verdes por los bosques de hayas. Al sobrevolar la superficie del agua una de las alas de Roland la roz�, not�ndola fr�a como el hielo. Se estremeci� y continu� su camino. Aterriz� en una roca de pizarra gris de gran envergadura frente a una impresionante cascada, cuya altura se perd�a entre la niebla. En su base yac�a el

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ca�do hermano de Roland, dejando que sus alas se vieran golpeadas por la potente ca�da del agua. �Qu� estaba haciendo? ...�cu�nto tiempo hab�a estado all� tirado, bajo la tortura de la cascada?... "�Cam!". Roland grit� su nombre 3 veces hasta darse por vencido y meterse a rescatar a su hermano de semejante tortura. La sensaci�n de contacto f�sico hizo que Cam se agitase, aferr�ndose a las rocas donde yac�a. Pero luego reconoci� a Roland y se dej� arrastrar fuera de la corriente, con una fuerte sospecha en su rostro. Roland le condujo a un saliente rocoso lejos de las cataratas. Le cost� mucho trabajo; estaba exhausto, empapado y congelado hasta la m�dula. El saliente era estrecho y no hab�a espacio suficiente para los dos sobre la piedra h�meda. Era un lugar misteriosamente tranquilo, a pesar de estar justo detr�s del rugido del agua. Agotado, Roland retrocedi� tambale�ndose hasta que sus alas se encontraron con la roca, se dej� caer y se sent�. "Vete a casa, Roland". Los verdes ojos de Cam parec�an aturdidos y desorientados, mientras se apoyaba en su codo. Su cuerpo desnudo era un enfermizo hematoma p�rpura provocado por el golpeo incesante de la cascada. Pero lo peor de todo eran sus alas... Estaban hechas polvo pero brotaban nuevas fibras doradas. Roland no pod�a dejar de admirar c�mo brillaban bajo la luz de la luna. "As� que �es verdad?". Roland hab�a o�do los rumores que dec�an que Cam hab�a cruzado al otro lado, con Lucifer. Ning�n demonio parec�a capaz de hacer acopio del ritual de bienvenida reservado a los miembros del redil: abrazarse, enroscando las puntas de sus alas como una expresi�n de aceptaci�n por parte de cada uno de ellos, el reconocimiento de que estaban a salvo y entre amigos. Cam se levant�, se acerc� y le escupi� en la cara a Roland. "Careces de fuerza para arrastrarme de nuevo al servicio. Lucifer hubiese venido aqu� si hubiese pensado que he sido negligente".

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Roland se limpi� la cara y se arrastr� a sus pies. Alarg� la mano hacia Cam pero el demonio retrocedi� aumentando la distancia entre ambos. "Cam, he venido aqu� para...". "Yo he venido aqu� para estar solo". Cam se dirigi� a una oscura parte de la cornisa donde ten�a su ropa y bolsas con algunas pertenencias. Roland crey� reconocer el pergamino que pudo haber sido su acuerdo matrimonial pero Cam r�pidamente arroj� un manto de piel de oveja peluda alrededor de su cuerpo y escondi� el pergamino. "�Todav�a est�s aqu�?". "Necesito consejo, Cam". "�Sobre qu�?...�c�mo vivir la buena vida?". La chispa de Cam hab�a vuelto pero desentonaba con el p�lido y fantasmag�rico espectro que Roland ten�a ante s�. "Empieza por encontrarte a ti mismo en una isla desierta. Esta est� ocupada, pero debe haber m�s por ah� en alguna parte". Cam extendi� su mano como mostrando el mundo para Roland. "Amo a una mujer mortal", dijo Roland lentamente "Y quiero hacer mi vida con ella". "T� no tienes vida. Eres un �ngel ca�do en el otro lado. Eres un demonio". "Sabes lo que quiero decir". "Cr�eme. El Amor es imposible. M�rchate y ah�rrale a tu coraz�n un disgusto". En ese instante, Roland se dio cuenta de que hab�a sido una locura ir a pedir consejo a Cam. Y sin embargo hab�a ido. La historia de amor de Cam no hab�a funcionado... pero pod�a entender por lo que Roland estaba pasando. "Tal vez podr�as decirme qu�... no s� qu� hacer". "Muy bien" dijo Cam, respirando de manera profunda y tr�mula. "Est� bien. No te degrades por vivir una mentira. No me preguntes si ella te querr� si se entera de lo que eres...incluso el enamorado m�s necio sabe la respuesta a esa pregunta. No lo har�. No puede. Tampoco sue�es con que puedes mantenerselo en secreto. Y, sobre todo, por el amor de Lucifer, no hay que olvidar que no hay ning�n templo en la tierra donde se te permita casarte con esa pobre criatura". "Creo que puedo hacerlo, Cam". "�Sent�s ambos lo mismo?" "S�, nos amamos". 68


"�Y cu�l es su punto de vista a cerca de la eternidad? Roland hizo una pausa. "�No me vas a decir que no lo sabes?. Bien, entonces, te lo dir� yo. Ah� va, Roland, la incuestionable verdad sobre nuestra inmortalidad: los mortales no pueden entenderlo. Les da miedo. El conocimiento � saberlo � la devorar�a, porque envejecer� y morir�, y t� seguir�s siendo el joven y robusto demonio que eres � ". "Podr�a cambiar por ella, podr�a envejecer, aparentar arrugarme y marchitarme y..." "Roland...", Cam se puso serio. "...ese no es tu estilo. Sea quien sea ella, le ser� m�s f�cil, mientras se sienta joven y proporcionada, encontrar a otra pareja. No malgastes sus mejores a�os". "Pero tiene que haber una forma en la que el amor sea posible. S�lo porque Lilith y t� no pudisteis..." "No estamos hablando de mi". Se quedaron en silencio escuchando el eco de la ca�da del agua que les rodeaba. "Bien", dijo Roland, "entonces, �qu� pasa con Daniel y Lu?..." "�Qu� pasa con ellos?" rugi� Cam hacia la cascada. Su rostro se puso rojo de repentina furia. "Si ellos son tu ejemplo a seguir, p�deles consejo a ellos". Sacudi� la cabeza disgustado. "Todos sabemos que va a pasar de todos modos". "�Qu� quieres decir?". Ahora Cam miraba con sus verdes ojos a Roland. Y Roland se ruboriz� compadeci�ndose de s� mismo. "Al final..." dijo Cam, "... �l la abandonar�. No tiene otra opci�n. No es rival para esta maldici�n. Le sobrevivir� y acabar� con �l". Las alas de Roland se erizaron. "Te equivocas. Te est�s pareciendo demasiado a Lucifer...". "Eso no podr�a estar m�s lejos de la verdad" censur� Cam, pero cuando se dio la vuelta Roland viola marca en la parte posterior de su cuello. El tatuaje sobresal�a del alto cuello de su manto. Inconfundible.

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"�Ahora llevas su marca?", la voz de Roland tembl�. �l no la ten�a. Ni esperar�a tenerla nunca. Lucifer s�lo marcaba a ciertos demonios, los demonios con los que quer�a tener una relaci�n especial. "Cam, no puedes...". Cam cogi� la cara de Roland con la mano y apret� con fuerza. Permanecieron cerca, encerrados en un agarre �ntimo. Roland no sab�a si eran amigos o enemigos. "�Qui�n vino a pedir consejo a quien, Roland? No estamos hablando de m� ni de lo que hago o dejo de hacer. Estamos hablando de ti y de tu conmovedora historia de amor, a la que vas a tener que poner fin." "Tiene que haber alg�n modo de..." "Afr�ntalo. No hubieras venido a m� si no supieses ya la respuesta".

De todas las cosas que Cam le hab�a dicho ese d�a en la cascada, sus palabras de despedida fueron las m�s dif�ciles de asimilar: S�, Roland sab�a la respuesta que buscaba. Deseaba que alguien le dijese lo contrario y lo salvase de hacer lo que ten�a que hacer. Cuando volvi� para hablar con Rosaline, ella parec�a saberlo todo. Subi� a su balc�n pero ella no se apresur� a besarle. Su rostro palideci� tan pronto como Roland entr� en sus aposentos. "Te noto cambiado", su voz era fr�a y desconfiada. "�Qu� pasa?". A Roland le dol�a todo el cuerpo al verla tan triste. No quer�a mentirle, pero no encontraba las palabras adecuadas. "Oh, Rosaline, hay tantas cosas que tengo que decirte que..." Entonces, como si Rosaline recordase sus locuaces poemas, le exigi�: "Resp�ndeme en una palabra. �Lo nuestro tiene futuro? Esto hab�a ocurrido hace m�s de mil a�os. Y a�n as�, Roland segu�a avergonz�ndose, pensando en lo que le hab�a dicho. Dese� poder borrar ese recuerdo de su memoria. Pero hab�a ocurrido. Y no se pod�a cambiar el pasado. 70


Hab�a respondido a Rosaline con una sola palabra: "Adi�s". Hubiese querido decir: "Para siempre". Sin embargo, Cam hab�a dicho la verdad: "para siempre" no era posible entre una mujer y un �ngel ca�do. Roland huy� antes de que ella le rogase que no lo hiciera. Pensaba que estaba siendo valiente. Pero la vida le hab�a ense�ado que no lo era. Estaba desolado. Despu�s de esto, Roland s�lo la hab�a visto una vez m�s: dos semanas m�s tarde, cuando rond� la ventana del castillo y la hab�a visto llorando sin cesar. Jur� que nunca m�s da�ar�a a nadie por culpa de su amor. Desapareci�. Volvi� a su camino. Roland not� algo en su mejilla y se sorprendi� al descubrir que era una l�grima. Aunque hab�a limpiado un mill�n de gotas saladas de sus mejillas, no pod�a recordar la �ltima vez que hab�a llorado. Pens� en Lucinda y Daniel, de su eterna y mutua devoci�n. Ellos nunca huyeron de sus errores... y a lo largo de los siglos, hab�an cometido muchos. Volv�an a los mismos errores, recre�ndolos, explot�ndolos, hasta el �ltimo estallido de una �ltima vida, cuando ella se reencarn� como Lucinda Price. Era lo que la hab�a impulsado a huir a su pasado y encontrar una soluci�n a la maldici�n. Para que ella y Daniel pudiesen estar juntos. Siempre estar�an juntos. Siempre se tendr�n el uno al otro, no importa c�mo. Roland no ten�a a nadie. En silencio, se puso de pie e hizo su propia promesa de San Valent�n. Escalar�a el muro de Rosaline de nuevo � y se redimir�a a s� mismo de la �nica forma que sab�a.

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Alumno del amor.

Roland se apoy� en la pared exterior del muro, en un segundo se escurr�a en la balaustrada de piedra y luego a la ascensi�n final a la torreta y al balc�n de Rosaline,... una vez m�s. En el momento en el que Roland volvi� a alcanzar el balc�n, el sol estaba llegando a su punto m�s bajo en el cielo, proyectando largas sombras sobre su hombro. Las anunciadoras se mov�an enroll�ndose en espirales dentro de las sombras, susurr�ndole "Estamos aqu�"... pero dejaron le solo. La temperatura hab�a bajado, y el aire tra�a indicios de que comenzaba a helar. Se imagin� entrando en la torreta a trav�s del balc�n, escabull�ndose por los pasillos ba�ados por la oscuridad del crep�sculo, hasta encontrar su habitaci�n. Y, entonces, se imagin� la expresi�n de Rosaline: Im�genes de su asombro, la alegr�a en el rostro de Rosaline, y sus manos apretando su exquisito pecho... Pero... �y si estaba enfadada? Cinco a�os despu�s...era posible. No pod�a descartarlo.

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Hab�an compartido algo extraordinario y hermoso; ella le hab�a ense�ado que las mujeres sent�an profundamente cuando amaban. Sent�an el amor de un modo que Roland nunca pudo concebir, como si sus corazones tuviesen rec�maras adicionales, infinitamente extensas, donde el amor pod�a permanecer para siempre. �Qu� estaba haciendo aqu�? El viento se filtr� por debajo de su armadura de acero. No deb�a estar all�. Esa parte de su vida hab�a terminado. Cam pod�a estar equivocado sobre el amor, pero no estaba equivocado sobre c�mo el tiempo hab�a cambiado a Roland. Deb�a bajar, subir a su caballo y buscar a Daniel. Solo que...no pod�a. �Qu� pod�a hacer? Pod�a arrastrarse. Pod�a ponerse de rodillas ante ella, y pedir perd�n. Pod�a y lo har�a... Hasta este momento, no se hab�a dado cuenta de que �l necesitaba su perd�n. Estaba cerca del balc�n, temblando. �Nervioso o excitado? Hab�a llegado tan lejos,...y todav�a no sab�a lo que iba a decir. Unas pocas l�neas de un poema hecho con el coraz�n... No hay ning�n rostro en mi mente, m�s que el bello rostro de Rosaline... No � de esta misma forma hab�a tenido alg�n apuro con Rosaline: ella no necesitaba una mala poes�a. Necesitaba algo f�sico, amor rec�proco. �Pod�a d�rselo ahora? La roja cortina onde� con el viento, la apart� con un simple roce de sus dedos. Se ocult� detr�s de la pared de piedra, estirando el cuello hasta que pudo ver el dormitorio donde sol�an estar a solas. Rosaline. Estaba gloriosa, sentada en un rinc�n en una silla de madera, cantando en voz baja. Su rostro hab�a envejecido, pero los a�os hab�an sido amables: la ni�a que Roland hab�a visto crecer era una joven muy hermosa. Estaba exultante. Espectacular.

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S�, Roland sab�a que hab�a cometido un error. Hab�a sido inmaduro e insensato, c�nico y hab�a estado convencido de que lo que ten�an pod�a durar. Sin atender a los consejos de Cam. Pero mira a Luce y Daniel. Ellos hab�an demostrado a Roland que el amor pod�a sobrevivir incluso al m�s duro de los castigos. Y tal vez, todo lo que hasta ese momento � volver accidentalmente a esta �poca, comprometi�ndose a ayudar a Shelby y Miles, cabalgando hasta el viejo castillo de Rosaline � hubiese ocurrido por una raz�n. Ten�a una segunda oportunidad en el amor. Esta vez, seguir�a a su coraz�n. Esta dispuesto a saltar la ventana abierta... Pero espera... Rosaline no estaba cantando para ella. Roland parpade�, mirando de nuevo. Ella ten�a audiencia: un ni�o peque�o, envuelto en un edred�n de plumas. El ni�o estaba mamando. Rosaline era madre. Rosaline era la esposa de alg�n hombre. El cuerpo de Roland se qued� paralizado y un peque�o grito ahogado se escap� entre sus labios. Deber�a de haberse sentido aliviado al ver su aspecto inmejorable � el m�s feliz que ella jam�s hab�a tenido � pero lo �nico que sinti� fue una poderosa soledad. Se alej� con pesadez de la puerta del balc�n, golpeando su espalda contra la pared curva de la torre. �Qu� clase de hombre hab�a usurpado el lugar que Roland nunca deber�a haber dejado? Se atrevi� a mirar otra vez, vio que Rosaline se levantaba de la silla y colocaba al beb� en una cuna de madera. Cerr� los ojos y escuch� sus pasos desvaneci�ndose como una canci�n, mientras andaba por la habitaci�n hacia el pasillo. Esta no pod�a ser la manera en la que terminase su �ltimo encuentro amoroso. Tonto. Tonto por volver. Tonto por no dejar las cosas como estaban. Instintivamente, la sigui�, arrastr�ndose a lo largo del borde superficial de la torreta hasta la siguiente ventana. Se agarr� a la pared con las manos rasgu�adas.

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Este aposento, al lado de la habitaci�n en la que hab�a visto a Rosaline, pertenec�a a su hermano Geoffrey. Sin embargo, cuando Roland se acerc� a mirar, hab�a ropa de mujer colgada por la ventana. Oy� la voz baja de un hombre, y luego la respuesta de Rosaline. Un joven se sent� de espaldas a Roland en el borde de una cama de damasco. Cuando gir� su cabeza, su perfil era bien parecido, pero no tan irresistible. Suave pelo casta�o, piel pecosa y una nariz ligeramente torcida. Una mujer estaba tumbada al otro lado de la cama, su rubia cabeza descansaba sobre el regazo de �l. Ella estaba llorando. Era Rosaline. "Pero, �Por qu�, Alexander?". Cuando ella levant� la cara ba�ada en l�grimas para mirarlo, el coraz�n de Roland qued� atrapado en su garganta. Alexander, su marido, acarici� el cabello enmara�ado de su esposa. "Mi amor", dijo bes�ndole la nariz, el �ltimo lugar que Roland habr�a elegido si hubiese tenido acceso a aquellos labios. "Mi caballo est� ensillado. Los hombres me esperan en el cuartel. Sabes que me tengo que ir antes de que anochezca para unirme a ellos". Rosaline agarr� la manga blanca de su camisa y solloz�. "Mi padre tiene un millar de caballeros que pueden ir en tu lugar. Te lo ruego, no me dejes...no nos dejes...para ir a la batalla". "Tu padre ya ha sido demasiado generoso. �Por qu� debe ir otro hombre en mi lugar cuando yo soy joven y capaz? Es mi deber, Rosaline. Tengo que irme. Cuando nuestra cruzada termine, volver� con vosotros". Ella sacudi� la cabeza, sus mejillas estaban rojas de furia. "No puedo soportar perderte. No puedo vivir sin ti". El coraz�n de Roland se estremeci� ante sus palabras. "No tendr�s que hacerlo", dijo Alexander, "Te doy mi palabra: volver�". Se levant� de la cama, ayudando a su esposa a ponerse en pie. Roland se cel� a�n m�s, cuando se dio cuenta de que estaba embarazada otra vez. Su vientre sobresal�a debajo de su fina bata plisada. Ella apoy� sus manos sobre �l, abatida.

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Roland nunca habr�a sido capaz de dejarla en un estado como ese. �C�mo pod�a este hombre ir a la guerra? �Qu� importaba la guerra en comparaci�n con las obligaciones del amor? Cualquier dolor que pudiera haber sentido por Roland hace cinco a�os, palidec�a en comparaci�n con esto, porque este hombre no solo era su amante y su marido sino que tambi�n era el padre de sus hijos. El coraz�n de Roland se hundi�. No pod�a soportarlo. Pens� en todos estos a�os entre esta angustia medieval y el presente del que hab�a regresado � de los siglos que hab�a pasado en la luna, vagando sin rumbo a trav�s de pe�ascos, abandonando sus funciones, tratando de olvidar que la hab�a conocido. Pero ahora sab�a que no importar�a cuanto tiempo durase su eternidad, nunca olvidar�a sus l�grimas. Qu� tonto narcisista hab�a sido. Ella no necesitaba sus disculpas � disculparse con ella ahora ser�a totalmente ego�sta, Roland tan s�lo buscaba un alivio para su culpable conciencia. Y abrir sus heridas ahora...no hab�a nada que pudiera hacer o ser para Rosaline nunca m�s. O casi nada.

El joven hombre parec�a larguirucho y desorientado cuando se acerc� a la cuadra donde Roland esperaba. Llevaba el casco en la mano dejando su rostro al descubierto. Roland lo estudi�. Odiaba y respetaba a ese hombre, que claramente se sent�a obligado y reacio a luchar. �Pod�a el honor y el deber significar m�s para �l que el amor? �O quiz�s confund�a el honor y el deber con el amor? �Qui�n querr�a ir a la guerra y dejar a su amada familia? "�Soldado!", Roland llam� a Alexander cuando �ste estaba lo suficientemente cerca como para reconocer el tormento en sus ojos. "Usted es Alexander, pariente de mi Se�or John, quien ostenta el t�tulo de este feudo?".

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"�Y qui�n eres t�?". Alexander dio un paso hacia el umbral de la cuadra. Sus claros ojos marrones se fijaron en la formal armadura de Roland. "�De qu� batalla has venido?". "He sido enviado aqu� para tomar su lugar en la campa�a". Alexander se detuvo. "�Te ha enviado mi mujer?, �su padre?", sacudi� la cabeza. "Hazte a un lado, soldado. D�jame montar". "De hecho, no lo har�. Su misi�n ha cambiado. Conoce el terreno en esta zona mejor que nadie. Tiempos peligrosos pueden llegar si la batalla no nos favorece en el norte. Si nos retiramos, se le necesita aqu� para proteger a la ciudad de los intrusos". Alexander lade� la cabeza. "Muestra tu rostro, soldado, porque no conf�o en un hombre que esconde su rostro detr�s de una m�scara". "Disculpe se�or, pero mi cara no es de su incumbencia". "�Qui�n eres?". "Un hombre que sabe que su deber est� aqu�, con su familia. Todos los botines de guerra no importan, la verdadera condecoraci�n es el amor y la familia. Ahora, ret�rese si desea vivir". Alexander dej� escapar una sonrisa, pero luego su expresi�n se endureci�. Sac� su espada. "Ve�moslo, pues". Roland deber�a haberse esperado esto. Y sin embargo, le irritaba. �C�mo pod�a estar tan decidido a dejarla?. ��l jam�s lo har�a!. Y, con todo, por supuesto que lo hab�a hecho. Abandon� a su verdadero amor como un tonto insensible, est�pido. Hab�a estado solo desde entonces. La soledad es una cosa, pero m�s horrible y angustiosa se vuelve cuando el alma prueba el amor. Ning�n hombre deber�a cometer el mismo error. Incluso a pesar de sus celos, Roland lo ten�a claro. Ten�a que detener a Alexander. Trag� saliva, suspir� para sus adentros y sac� su espada. Med�a por lo menos un metro de largo y parec�a tan punzante como el dolor que Roland sent�a en el coraz�n al tener que hacerle frente a este hombre. "Soldado..." dijo Roland rotundamente, "...no es una broma".

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El hombre avanz�, blandiendo su espada con torpeza. Roland la desvi� con un movimiento de mu�eca sin apenas esforzarse. Las espadas se enfrentaron con un s�rdido ruido. Alexander resbal� en la tierra con la ligera orientaci�n de la espada de Roland, hasta que rebot� contra el h�medo heno que se acumulaba en el suelo del establo. "�Por qu� quiere ir en busca de tu propia muerte?", le pregunt� Roland. Alexander gru�� y se alz� de nuevo en posici�n de lucha, elevando su espada por encima de su pecho. "No soy un cobarde". Quiz�s no, pero era excepcionalmente inepto a la hora de combatir. Probablemente hab�a practicado el manejo de la espada cuando era ni�o, luchando en un pajar en los festivales de verano con sus amigos de la infancia. No era un soldado. Estar�a muerto en menos de una hora si llega a ir al frente. Podr�a matarlo Roland ahora mismo... Al instante, tuvo la visi�n de su espada movi�ndose con destreza hacia el cuello desnudo de Alexander. La impresi�n de un severo corte y las rojas manchas del acero goteando el suelo. Que f�cil ser�a poner fin a la corta vida de Alexander. Ocupar su lugar en aquella torre y amarla como ella se merec�a. Roland sab�a c�mo hacerlo. Pod�a hacerlo ahora mismo. Pero parpade� y vio a Rosalinda. El beb�. No masacrar, se record�, solo persuadir. Salt� hacia adelante ligeramente, blandiendo su espada hacia Alexander, quien se revolv�a hacia atr�s intentando ganar distancia. Esta vez evit� la espada de Roland por pura suerte. Roland se ech� a re�r; su risa ten�a un sabor amargo. "Le estoy ofreciendo una gran ayuda, soldado � y se lo prometo, pertenezco a una orden m�s alta que la de su Se�or. Sepa que esto no es una deshonra para usted. Perm�tame que vaya a la guerra por usted". "Hablas en clave", dijo Alexander atemorizado. "�No puedes reemplazarme!". "Si" dijo Roland furioso. "De otra cosa no, pero de eso estoy seguro".

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En un estallido de violencia, Roland se olvid� de su prop�sito. Se fue hacia Alexander con la furia de un amante despechado. Alexander se qued� paralizado, con la espada tendida. Por su honor, no retrocedi�. Pero con otro choque de espadas, Roland hab�a desarmado a Alexander, y puso la punta de su espada en la garganta del joven hombre. "Un verdadero caballero ceder�a. Aceptar�a mi oferta y servir�a a su pueblo aqu�, protegiendo su casa y sus vecinos cuando necesiten protecci�n. �Cede, Se�or?". Alexander se sinti� ahogado, era incapaz de hablar. Mantuvo los ojos en la espada que le pinchaba el cuello. Estaba aterrorizado. Asinti� con la cabeza. Ced�a. La calma volvi� a Roland y se permiti� cerrar los ojos. �l y este p�lido Alexander amaban lo mismo. No pod�an ser enemigos. Fue entonces cuando Roland eligi�: no quiso salvarle la vida a Alexander por el bien del propio Alexander, sino por Rosaline. "Usted es m�s valiente que yo". Y era cierto porque Alexander hab�a sido lo suficientemente fuerte para amar a Rosaline, sin embargo Roland hab�a tenido miedo. "Acepte su suerte, tiene esta noche para regresar con su familia". Tuvo que esforzarse por mantener su voz firme:" Bese a su esposa y crie a sus hijos. Eso es el verdadero honor". Se sostuvieron la mirada durante un largo tiempo, hasta que Roland empez� a sentir que Alexander pod�a ver a trav�s de la ranura de la visera de su casco. �Pod�a sentir el sufrimiento de Roland? �Pod�a sentir lo cerca que Roland hab�a estado de matarlo y ocupar su lugar? Roland retir� la espada del cuello de Alexander. Enfund� su arma, mont� su caballo y sali� de la cuadra hacia la oscuridad de la noche.

El camino estaba vac�o y parec�a azul a la luz de la luna.

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Roland se dirig�a al norte. Todav�a ten�a que encontrar a Daniel...por lo menos un amor ser�a redimido en esta justa contra el tiempo. Durante un cuarto de hora Roland se perdi� entre los recuerdos de Rosaline, pero era demasiado doloroso. Sus ojos se centraron en la carretera cuando vio a un jinete galopando hacia �l en un caballo negro como el carb�n. Incluso en la oscuridad, hab�a algo extra�o y familiar en la armadura de aquel caballero. Por un momento, se pregunt� si se tratar�a de su antiguo yo, pero cuando el caballero levant� una mano para frenar se dio cuenta de que esos gestos no hubieran sido suyos. Se detuvieron uno frente al otro, sus caballos relincharon mientras giraban en c�rculo, respirando las heladas. "�Viene de esa propiedad?", la voz del caballero retumb� en el camino mientras se�alaba al castillo que quedaba atr�s. Debi� pensar que Roland era Alexander. Este caballero hab�a sido enviado para acompa�ar a Alexander al frente. "Ss...s�", balbuce� Roland. "Reemplazo a..." "�Roland?". La voz del soldado cambi� de ronca y afectada, a algo efervescente y fant�sticamente encantador. El caballero se quit� el casco. El pelo negro rod� r�pidamente sobre la armadura y, luego, con la luz de la luna, Roland se dio cuenta de que le conoc�a desde los albores del tiempo. "�Arriane!". Saltaron de sus caballos y se abrazaron. Roland no sab�a cu�nto tiempo hab�a pasado desde que su yo medieval hab�a visto a la Arriane medieval, pero la batalla emocional a la que acababa de sobrevivir le hac�a sentir que hab�an pasado siglos desde que no ve�a a su amiga. Gir� alrededor del delgado pero fuerte �ngel. Sus alas florecieron de las ranuras de su armadura y Roland envidi� su libertad. Por supuesto, sus ropas hab�an sido adaptadas en funci�n de sus alas...Todos lo hab�an hecho por aquel entonces. Roland se sent�a enjaulado en su prestado traje met�lico, pero no quer�a quejarse a Arriane. Ella todav�a no sab�a que era un anacronismo, y quer�a que siguiera siendo as�. Estaba tan contento de verla...

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La luna brillaba como un foco sobre la blanca piel de su amiga. Cuando ella gir� la cabeza, Roland se qued� sin aliento. Una horrible quemadura brillaba en el lado izquierdo de su cuello. Su marmolea piel estaba salpicada de nudos sangrantes, una herida espantosa. Roland retrocedi� sin querer haciendo a Arriane consciente de ello. Levant� la mano para cubrir su herida, pero se quej� por el roce de sus dedos. Roland habr�a visto esta cicatriz mil veces en futuros encuentros con Arriane, pero su origen segu�a siendo un misterio para �l. S�lo una cosa podr�a herir a un �ngel de esa manera, pero nunca supo c�mo preguntarle sobre ello. La herida era reciente, como una erupci�n de llamas que le atravesaba el cuello. Deb�a haber sufrido la lesi�n hac�a poco. "Arriane, �Qu� te pas�?". Ella apart� la mirada, no en el sentido de dar a Roland un punto de vista a�n m�s claro del que su devastada piel ya hac�a. Olfate�. "El amor es el infierno". "Pero..." � Roland cerr� los ojos, escuchando la frase que se repet�a en su mente: "la forma de un �ngel no puede da�arse, excepto por..." Arriane mir� hacia otro lado con verg�enza, y Roland la atrajo hacia s�. "Ay, Arriane", exclam� juntando sus brazos alrededor de su cintura, sus ojos se sent�an atra�dos hacia el cuello, y al mismo tiempo lo repel�an. No pod�a abrazarla como quer�a, no pod�a disminuir su dolor. "Me duele por ti". Ella asinti�. Lo sab�a. Nunca le hab�a gustado llorar. Dijo: "Acabo de ver a Daniel". "Iba de camino a encontrarme con �l", dijo Roland, sin aliento. "Debe estar presente en la Feria de San Valent�n". "Cabalgaba hacia la villa esta noche. Es posible que ya est� all�. Lucinda ser� feliz...por lo menos". "S�" dijo Roland, recordando con m�s claridad. "T� eras el caballero que vino a entregar ese mensaje a los dem�s, en el campamento. No era yo. Falsificaste el decreto del rey que ordenaba que los hombres se tomasen licencia para asistir a San Valent�n" Arriane se cruz� de brazos. "�C�mo lo sabes?". 81


"Clarividente". �l se sorprendi� al encontrarse a s� mismo sonriendo. Era maravilloso tenerla aqu�, a su querida amiga. Har�a que el viaje fuese m�s llevadero, menos sombr�o y angustioso. Roland recogi� el casco de Arriane y la ayud� a montar en su caballo. Se mont� en su caballo y dej� caer su visera una vez m�s. Lado a lado, los dos caballeros cabalgaron hacia la villa. A veces, en el amor no se trata de ganar, sino de sabios sacrificios y de la confianza de los amigos como Arriane. Amistad, Roland se dio cuenta, era su propio tipo de amor.

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Amor ardiente: El San Valent�n de Arriane.

El secreto. Deseos infernales. El primer corte es el m�s profundo. El amor tiene alas. 83


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El Bien. El Mal. Son solo palabras, Arriane. �Qui�n puede confiar en Ellos, de todos modos?.

Tess, Fallen in Love.

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El secreto. Arriane respiraba el perfumado tomillo de la Toscana. Estaba tumbada sobre la verde hierba aterciopelada, apoyada en sus codos con el ment�n entre las manos, disfrutando del calor, fuera de estaci�n, y de la suave sensaci�n unos dedos recorriendo su largo pelo negro. As� era c�mo Arriane y Tess pasaban sus poco frecuentes tardes juntas: una hac�a trenzas, la otra contaba historias. Y luego intercambiaban sus papeles. "Hab�a una vez un �ngel extraordinario..." Comenz� Arriane, girando su cabeza a un lado para que Tess pudiese recogerle el cabello desde la nuca. Tess hac�a mejores trenzados que Arriane. Se sentaba al lado de Arriane sosteniendo una cesta llena de flores silvestres en su regazo. Se inclinaba sobre la ce�ida espalda de Arriane y tej�a apretadas trenzas en el espeso cabello del �ngel. Enfilaba las trenzas en forma de zigzag sobre el cuero cabelludo de Arriane, hasta que parecieran una medusa, que era el peinado favorito de Arriane. Arriane, por el contrario, ten�a suerte de conseguir una trenza torcida. Tiraba y tiraba ayud�ndose del peine de los mechones de Tess hasta que �sta gritaba con el dolor. A Arriane se le daba mucho mejor contar historias, �y qu� ser�a de esos peinados sin una buena historia? No ser�a tan divertido... Arriane cerr� los ojos y gimi� ante el contacto de las u�as de Tess sobre su cuello. Nada era mejor como sentir el tacto de un amante. "�Arriane?".

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"Si". Su mirada estaba perdida en el pasto, donde las vacas lecheras holgazaneaban en los doscientos acres de la granja. Estos eran sus momentos favoritos: tranquila y sin complicaciones, solo ellas dos. La tarde estaba acabando, la mayor�a de las pastoras de la granja, donde Arriane hab�a conseguido un empleo, ya hab�an vuelto a sus hogares. Hab�a elegido este lugar porque no estaba demasiado lejos de Lucinda, que, en esta vida, se hab�a criado en un feudo ingl�s a pocos minutos de distancia de vuelo en direcci�n norte. Por lo general, Daniel se sent�a agobiado por la presencia de Arriane y la de los dem�s �ngeles que velaban por �l. Pero desde la granja, Arriane podr�a dar a Daniel espacio suficiente, y volar hasta ellos r�pidamente, en caso de que fuese necesario. Adem�s, a Arriane, de vez en cuando, le gustaba vivir como un mortal. Se sent�a bien trabajando en la lecher�a, cumpliendo con su jefe. Tess nunca hab�a entendido esa necesidad; pero luego result� que el se�or de Tess era m�s exigente que el Trono. Era raro tener un momento robado con Tess. Sus visitas a la lecher�a � a esta parte del mundo, en general � se hac�an esperar y eran, pr�cticamente, fugaces. A Arriane no le gustaba la oscuridad que se cern�a sobre ella tan pronto como Tess se desped�a, o era reclamada por su se�or, que odiaba ver que Tess se alejase de su reino. No pienses en �l, Arriane se reprendi�. �No cuando Tess est� a tu lado y no hay necesidad de cuestionar su amor! Si. Tess estaba a su lado. La hierba era tan suave, el aire de la granja tan perfumado de flores silvestres, que Arriane pod�a sentir que flotaba en el seno de un sue�o alentador. Pero la historia. A Tess le encantaban sus historias. "�D�nde me he quedado?", pregunt� Arriane. "Oh...No me acuerdo", Tess sonaba distra�da mientras recog�a un mech�n de pelo de Arriane rozando su cuero cabelludo con una u�a. "�Ay!" Arriane se frot� el cuello. "�No te acuerdas, Tess?". Pero era Arriane la que estaba perdida en sus pensamientos, no Tess. "�Algo va mal, amor?". "�No!", dijo Tess r�pidamente. "Estabas comenzando una historia....un extraordinario...umm". "�S�!", dijo Arriane con alegr�a. "Un �ngel extraordinario...se llamaba....Arriane".

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Tess le tir� del pelo, "�Otro de ti?". Arriane se ri�, pero su risa sonaba distante, como si hubiese volado muy lejos de all�. "T� tambi�n est�s en ella. Espera!". Arriane se gir� sobre su costado para ver la cara de Tess. La mano que Tess usaba para trenzarle el pelo se desliz� hasta la cadera de Arriane. Tess llevaba un vestido de algod�n blanco con una blusa estrecha de manga corta y volantes en las mangas. Ten�a manchas de pecas en los hombros, que a Arriane le parec�an peque�as galaxias de estrellas. Sus ojos eran a penas m�s oscuros que los sorprendentes p�lidos lirios azules de Arriane. Era la criatura m�s hermosa que Arriane hab�a conocido. "�Y qu� era lo extraordinario de ese �ngel?", pregunt� Tess despu�s de un momento. "Oh, �por d�nde empezar?...Hab�a tantas cosas extraordinarias en ella..." Arriane lade� la cabeza, pensando en c�mo continuar con la historia. Sinti� la trenza a medio hacer sobre su pelo. "�Oh, Arriane!" dijo Tess. "�La has deshecho!". "No puedo hacer nada si mi pelo tiene otros planes. Y puede que t� tambi�n". Arriane intent� coger la larga cinta ensartada en la roja trenza de Tess. Pero la muchacha fue m�s r�pida, ri�ndose de Arriane mientras retroced�a sobre la hierba como un cangrejo y Arriane la persegu�a. "Este �ngel m�s extraordinario..." llam� a Tess, que se alz� sobre la alta hierba ayudada por el viento de febrero. "... ten�a el nido de nudos m�s repugnante en el pelo. Era famosa por ello, a lo largo y ancho. Algunos la llamaban "Enmara�ada". Arriane paso a paso, con las manos en alto, mov�a sus dedos para evocar su cabello. "Las ciudades se desvanecieron bajo su poderosa melena. Ej�rcitos enteros se perdieron entre sus enredos. Los hombres lloraban y se perd�an en el abismo negro de sus serpentinos cabellos". Arriane tropez� con los bajos de su vestido de lechera y se cay� al suelo atra�da por la gravedad. A cuatro patas, mir� a Tess, que se hab�a detenido entre Arriane y el sol, un halo de luz rodeaba su pelo rojo. Tess se inclin� para ayudar a Arriane a levantarse, colocando sus suaves manos alrededor de las mu�ecas de Arriane.

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"Hasta que un d�a..."continu� Tess � Arriane frot� sus manos embarradas en el delantal de su vestido y Tess sac� un pa�uelo de algod�n de un bolsillo para limpiarse. "...Un d�a ese �ngel conoci� a alguien que le cambi� la vida". Levant� un poco la barbilla, Arriane la estaba escuchando. "Esa persona era un peque�o demonio" dijo Arriane. "Era bastante seria, siempre frustrando las bromas de Enmara�ada, burl�ndose de su ingenio, siempre recordando a Enmara�ada que hab�a cosas m�s importantes que el pelo". Inesperadamente Tess se apart�, sent�ndose en la hierba a espaldas de Arriane. �Tal vez hab�a encontrado la introducci�n a un personaje poco favorecedor?... Pero quedaba m�s por venir. Cada historia requiere un punto de inflexi�n, un elemento sorpresa. Arriane se acost� a la par de las piernas estiradas de Tess y apoy� un codo sobre la hierba. Con la otra mano descruz� los brazos que Tess hab�a cruzado con firmeza. Pero incluso con sus manos entrelazadas como dos amantes, Tess manten�a su mirada fija en un p�lida y amarilla flor silvestre del prado. "Deja esta historia, Arriane". Hablaba como si estuviese en trance. "No estoy de humor". "Oh, pero espera... solo estoy calentando". Arriane frunci� el ce�o. "En muchos sentidos, el adversario era totalmente opuesto a la terrible Enmara�ada. Su pelo era como un soplo de diente de le�n rojo". Arriane acarici� el cabello de Tess. "Su piel era como un lienzo claro que ard�a con el menor roce del sol". Pas� sus dedos por el desnudo brazo de Tess. "Arriane..." "Sin embargo, la criatura ten�a un peine, y en sus manos fueron domesticados los mechones rebeldes. La naturaleza de esta criatura, a diferencia de la del �ngel que era..." "�Basta!", replic� Tess, liber�ndose de Arriane y mirando al riachuelo que discurr�a m�s abajo en el borde de la pradera. "Estoy cansada de cuentos de hadas". Se levant� y Arriane se volvi� para acercarse ella. "Esto no es un cuento de hadas", insisti� Arriane, haciendo caso omiso de su piel de gallina. Se sent� con la espalda recta y ladeando la cabeza hacia Tess. "El hecho de que estemos aqu� juntas...". "Es solo una se�al de que �l no me est� vigilando". "�Ah no?". Un viento fr�o se apoder� de la pradera. 90


"�l me ha dado un ultim�tum". La sangre se escap� de las mejillas de Arriane, como los colores brillantes lo hicieron de la pradera. El azul del cielo se hab�a atenuado, la hierba hab�a perdido su br�o. El cabello de Tess parec�a p�lido. Arriane sab�a que este momento llegar�a � lo sab�a desde el principio � pero a�n as� se qued� sin aliento. Tess llevaba el tatuaje de fulminante color negro en la parte trasera del cuello, con el que Lucifer marcaba a su c�rculo de demonios m�s �ntimo. "Lo sabe. Y me quiere de vuelta". Hab�a hielo en la voz de Tess, el mismo que se inundaba el alma de Arriane. "�Pero si acabas de llegar!" Arriane sinti� ganas de correr hacia ella, postrarse ante sus pies y llorar, pero se qued� mirando sus manos. "�No quiero que te vayas. Odio cuando te vas!". "Arriane...". Tess dio un paso hacia ella. Arriane se estremeci� enfurecida. "No puede decirnos lo que podemos o no podemos hacer. �Qu� clase de monstruo es que predica sobre el libre albedr�o y sin embargo no te deja ser libre para seguir a tu propio coraz�n?". "No puedo elegir, no tengo otra opci�n". "S�, la tienes.", dijo Arriane. "Simplemente no lo har�s". Cuando Tess no contest�, Arriane sinti� que trepaba del interior de su pecho un sollozo de la misma forma que la ola inicial de un tsunami, que la arrasaba. Se sent�a tan avergonzada, tan apenada. Se volvi� y ech� a correr por la pradera. Corri� a lo largo del cauce del r�o y por la suave pendiente de hierba en el borde occidental de la granja. Pisote� el jard�n de hierbas arom�ticas de su se�ora, incapaz de ver el tomillo por culpa de sus l�grimas. Pod�a o�r a Tess corriendo tras ella, con suaves pasos que la alcanzaban. Pero Arriane no se detuvo hasta llegar a la puerta del antiguo granero, a donde tendr�a que acudir ma�ana por la ma�ana antes del amanecer para realizar el orde�o. Se arroj� bruscamente contra la pared del granero y llor� desconsoladamente. Tess la abraz� por detr�s, dejando que su trenza roja se balancease por encima del hombro de Arriane. Puso su cabeza sobre los om�platos de Arriane y se quedaron as�, llorando, sin decir nada. Cuando Arriane se dio la vuelta, apoy� su espalda sobre la caliente pared del granero expuesta al sol. Tess le tom� la mano, sus dedos eran largos, p�lidos 91


y delgados. La de Arriane era peque�a y ten�a las u�as mordidas. Arriane condujo a Tess al interior del granero, donde estar�an a salvo de las miradas de las orde�adoras, que pronto se reunir�an para cenar. Se quedaron en medio del heno y los caballos; unas pocas vacas yac�an acurrucadas en un rinc�n. El olor a animal estaba por todas partes: el almizcle de las gallinas, el suave dulzor de los caballos, el sudor seco de las pieles de las vacas. "Hay una manera de que podamos estar juntas", dijo Tess en voz baja. "�C�mo?...�desafi�ndole?. "No, Arriane", el demonio sacudi� la cabeza. "Tiene mi juramento. Estoy obligada a Lucifer." Cuando Tess gir� su cabeza para mirar por la puerta del granero hacia afuera, Arriane vio el tatuaje negro que estropeaba su hermosa piel. Era la �nica mancha que pod�a adherirse al cuerpo de un �ngel. A excepci�n de las cicatrices de sus alas, cada mancha de tinta, o herida, o cicatriz con el tiempo desaparec�an. La marca de Lucifer era la �nica cosa de Tess que Arriane pod�a decir que no amaba. Levant� la mano para tocar su cuello, p�lido y sin marcas. Puro. "No hay otra manera", dijo Tess acerc�ndose a Arriane hasta que sus pies se tocaron. El amor de Tess ol�a a jazm�n, y ella sol�a decir que Arriane ol�a a crema dulce. "Una manera de dejar de vivir as�, con nuestro secreto". Tess extendi� sus brazos hacia Arriane y rode� sus hombros. Arriane pens� por un momento que la iba a abrazar de nuevo. En cambio, sus fr�os dedos acariciaron la parte posterior de su cuello: "Podr�as unirte a m�". Arriane se sacudi� de inmediato. Su piel se estremeci� nuevamente. "�nete a m� como mi alma gemela, Arriane. �nete a m� y tendr�s tu lugar entre las filas del infierno".

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Deseos infernales.

Arriane retrocedi�. "�No!", susurr�, convencida de que eso era imposible. "Nunca podr�a hacerlo". Los azules ojos de Tess le suplicaron en su feroz intento: "Podemos poner fin a nuestra secreta relaci�n y proclamarla por todo el Universo". La forma en la que su voz retumb�, haciendo eco en las vigas del establo, hizo que Arriane se pusiese nerviosa. "�No quieres eso?", grit� Tess, "�no quieres que estemos juntas, y romper las injustas cadenas que nos impiden ser nosotras mismas?". Arriane neg� con la cabeza. No era justo. Tess estaba fuera de s�. Ten�a el alma m�s sublimemente hermosa que Arriane jam�s hubiese visto, pero esta vez hab�a ido demasiado lejos. Si realmente se preocupase por Arriane, deber�a haber sabido la respuesta de su amante a tal proposici�n. Pero entonces... Arriane vacil�, tom�ndose un momento para ver la situaci�n del modo en que lo hac�a Tess. Por supuesto que Arriane quer�a amar a Tess abiertamente. Siempre. �Qu� ten�a que hacer para demostrarlo?. �No! C�mo pod�a Tess pedirle eso. Pasarse al lado del Infierno. Eso no era amor. Eso era una locura. "Tal vez las reglas est�n en lo cierto...", dijo Arriane intencionadamente "...tal vez, �ngeles y demonios no deber�an..." "�Qu�?", Tess la cort�, "�Dilo!". 93


"Lucifer nunca lo permitir�a", dijo Arriane justific�ndose, mientras se alejaba de Tess paseando por el granero. Pas� junto a los caballos en los establos... las vacas en su redil... Todo ten�a su lugar. Mir� desde la otra punta del granero a Tess, nunca se hab�a sentido m�s lejos del alma que m�s amaba. "Lucifer podr�a permitir que..." Tess comenz� a decir. "�Sabes c�mo siente �l el amor?" le espet� Arriane. "Desde...", pero su voz se fue apagando. Esa vieja historia no importaba. No ahora. "No lo entiendes". Tess se ri� con una falsa sonrisa, como si lo que no entend�a Arriane era un simple problema de matem�ticas. "�l dijo que si te llevaba conmigo..." "�Qui�n dijo qu�?". Arriane alz� la cabeza bruscamente. "�Lucifer?" Tess retrocedi�, como si tuviese miedo, y por un momento, Arriane crey� ver algo sobre las vigas del establo. Una estatua de piedra...una g�rgola. Parec�a estar viendo la televisi�n. Pero cuando Arriane parpade� la g�rgola hab�a desaparecido. Encontr� los salvajes ojos de Tess de nuevo, y se sinti� traicionada. "�Se lo dijiste?". Arriane se dirigi� hacia Tess, par�ndose justo a cent�metros de su pecho. Ten�a la intenci�n de enfrentarla, Tess no dio marcha atr�s. "�C�mo te atreves?"; le escupi� Arriane. Antes de que Arriane se echase a correr fuera del granero Tess la cogi� por las mu�ecas. Arriane quiso zafarse, sent�a c�mo su piel se estiraba cuanto m�s intentaba liberarse. "�D�jame en paz!", grit� Arriane; no quer�a decir eso pero... de todas formas Tess no la estaba escuchando. Tess se acerc� a�n m�s a ella, tir�ndole de la manga del vestido con tanta fuerza que le rasg� la manga. "�S�, se lo dije!" Grit� Tess en un lado de la cara de Arriane."�A diferencia de ti, a m� no me importa qui�n lo sepa!". Arriane la empuj�. La empuj� con tanta fuerza que Tess cay� de espaldas contra una torre de cubos para la leche apilados, cay�ndole encima con un fuerte estruendo y salpicaron su p�lida piel de gotas blancas. Tess patale� enviando los cubos a lo lejos, intentando liberar sus pies. Y luego � Arriane no se hab�a esperado esto � sus alas florecieron hacia fuera detr�s de sus hombros. 94


Ellas nunca se hab�an mostrado sus alas, era algo que hab�an acordado hace tiempo. Era un aviso, demasiado claro, de que su amor ya no podr�a ser. Las anchas alas del demonio de Tess invadieron el granero de una luz tr�mula. Eran como el oro del �ltimo momento de una puesta de sol, altas laderas que se elevaban detr�s de sus hombros como monta�as gemelas. Golpeaban ligeramente sus costados, totalmente extendidas, r�gidas, con las puntas rizadas ligeramente hacia fuera, en direcci�n a Arriane. El ritual de la posici�n de ataque. Los caballos relincharon, las vacas mugieron sintiendo la tensi�n. Algo malo estaba a punto de suceder. Lo que pas� despu�s, Arriane no ten�a intenci�n...pero no pudo evitarlo: Sus alas respondieron a la llamada. Florecieron desde sus hombros de forma innata, y dej� escapar un grito de despreocupada alegr�a. Pero al instante le pes� verlas ondeando al cabo de sus costados. Tess bati� sus grandes alas doradas y sus pies se elevaron. Flot� en el aire por una fracci�n de segundo antes de lanzarse en picado abordando a Arriane. Las dos rodaron por el suelo del granero. "�Por qu� haces esto?", exclam� Arriane, agarrando los hombros de Tess, tratando de retenerla mientras luchaban. Tess hab�a agarrado un mech�n de pelo de Arriane. Se ech� hacia atr�s para mirar a Arriane a los ojos. "Para mostrarte que pelear�a por ti. Har�a cualquier cosa por ti". "�D�jame ir!". Arriane no quer�a luchar contra su amante, pero sus alas sent�an la antigua atracci�n magn�tica hacia su eterno enemigo. Arriane grit� de dolor y golpe� la cara que ella tanto quer�a y adoraba. "Una vez que te unas a mi..." se quej� Tess, sujetando las manos de Arriane, "...�l lo aceptar�. Aceptar� nuestro amor". Arriane neg� con la cabeza, encogi�ndose bajo su amante. Ten�a miedo de lo que Tess hiciese pero ten�a que decir la verdad. "Es un truco". "�C�llate!". "Un truco para que baje all�. Un alma m�s... es lo que �l quiere". Arriane intent� no corresponder el asalto de su amante, en contra de sus propias alas de 95


plomo, que arrojaban chispas cada vez que rozaban a Tess. "Lucifer es un comerciante..." gritaba por encima del estruendo de su pelea "...que se queda en el mercado despu�s de la puesta de sol solo para hacer una �ltima venta. Tan pronto como me una a ti..." Tess se qued� inm�vil, con su enrojecida cara a una pulgada por encima de la de Arriane. Le solt� el pelo, que ten�a apretado contra el suelo, y puso una mano sobre su mejilla. "�Lo pensar�s?". Hab�a tanto calor en la mirada azul de Tess que el coraz�n de Arriane se derriti�. "Me acuerdo de la primera vez que me desped� de ti", le susurr� Tess. "Ten�a miedo de no volver a verte". Arriane se estremeci�. "Oh, Tessriel". �C�mo pod�a resistirse a un �ltimo beso? La lucha se disolvi�, Arriane alz� la cabeza hacia Tess, cuyo rostro hab�a cambiado por completo. El amor lo inundaba de nuevo, llenando el espacio entre sus cuerpos hasta que no cupiese nada entre ellos. Enroscaron sus dedos en sus respectivos cabellos, entrelazaron sus extremidades, acerc�ndose cada vez m�s. Cuando sus labios se encontraron, el cuerpo entero de Arriane se encendi� con frustrada pasi�n. Bebi� de su amor, sin querer romper ese abrazo, sabiendo que cuando todo acabase... ...Habr�an terminado... Sus ojos vagaban recorriendo el rostro, ahora pac�fico de su amante. Arriane no pod�a pensar en Tess como un demonio. Nunca. La recordar�a as�. Sin darse cuenta sus labios se hab�an separado de los de Tess. Su coraz�n estaba triste. Se incorpor� lentamente y luego se puso de pie. "Yo... no puedo hacerlo". Los ojos de Tess se estrecharon y su voz se volvi� g�lida cuando not� su orgullo herido. No se levant� del suelo. "Eres un �ngel ca�do, Arriane. Ya es hora de que te des cuenta y desciendas de tu altar". "No soy esa clase de �ngel ca�do. No soy como t�. Ca� porque creo en el amor". "�Eso es mentira!, Ca�ste porque Daniel nos arrastr�, a ti a m� y a todos los dem�s con �l". 96


Arriane se estremeci�. "Por lo menos la marca de amor de Daniel no requiere que una persona traicione su propia naturaleza". "�Est�s segura de eso?". La pregunta qued� en el aire. Arriane se acerc� al comedero de la pared del fondo del granero, y a�adi� pienso y un cubo de agua para los caballos. Oy� suspirar a Tess. "Creo en la causa de Daniel...", dijo Arriane, "...Creo en Lucinda". "Te equivocas otra vez, fuiste asignada a ellos. Tienes que cuidar de ellos o los idiotas de La Escala vendr�n a por ti". "�Eso no significa que no crea en ellos! No voy a renunciar a Lucinda y Daniel". "�Insin�as que renuncias a lo nuestro?". Tess estaba llorando, sentaba en el centro del granero y limpi�ndose las l�grimas con su pa�uelo manchado. "Ma�ana es el d�a de San Valent�n, Arriane". "Lo s�. Nos pusimos de acuerdo para volar a la Feria de San Valent�n, donde estar�n Daniel, Lucinda y todos los dem�s." La voz de Arriane vacil�. "�bamos a ser felices". "�Felices?, �fingiendo que no soy tu amor y t� el m�o? �Fingiendo que buscamos lo que ya compartimos?". Tess frunci� el ce�o. Arriane no respondi�. Tess estaba en lo cierto. Su situaci�n era insoportable. Tess se levant� y se acerc� a Arriane. Cogi� el cubo de sus manos y lo dej� en el suelo. Puso una mano sobre la mejilla de Arriane, "Deja que Luce y Daniel tengan su d�a de San Valent�n. Tengamos el nuestro. Celebra el verdadero amor haciendo un pacto conmigo. �nete a m�, Arriane. Podr�amos ser tan felices juntas... si realmente estuvi�semos juntas.". Arriane se trag� el temor que ard�a en su garganta. "Te amo. Pero no puedo darle la espalda a mis promesas". Arriane huy� del agarre de Tess. Los ojos de Arriane se apuraron en capturar las l�neas de Tess: el vaiv�n de su pelo rojo en la brisa, con sus p�lidos pies desnudos sobre el bravo heno, su mano que ahora notaba la ausencia de la mano de Arriane, las l�grimas que nac�an en sus brillantes ojos azules... ...incluso el brillo espectacular del oro de sus alas. Ser�a la �ltima vez que se vieran. Ser�a su �ltimo adi�s. 97


El primer corte es el m�s profundo.

Nunca. Nunca. Nunca. El alma de Arriane pesaba mientras volaba. Ten�a que haber sabido que esto iba a pasar. Lo sab�a. Algo en su alma hab�a sentido siempre que un d�a como este llegar�a, cuando Lucifer llamase a Tessriel de vuelta. Pero nunca hab�a esperado que Tess le pidiese que abandonase el Cielo... �para cambiarlo por el fuego del Infierno! Su naturaleza aflor� y sus alas se extendieron en respuesta al mismo. A veces, cuando Arriane pasaba demasiado tiempo como un mortal, se olvidaba de lo extensas que eran sus alas, de su fortaleza, y del profundo placer que sent�a al dejarlas emerger de sus hombros... la placentera energ�a de sus alas. Deber�a sentir la exaltaci�n que siempre sent�a cuando surcaba el cielo, pero ahora sus alas de plata eran simples tristes recuerdos de lo que ella era, de lo que era su amor, y de c�mo ella y Tess nunca podr�an estar juntas. Nunca. Recuerdo la �ltima vez que me desped� de ti, le hab�a dicho Tess en el granero. Ten�a tanto miedo de no volver a verte. Arriane tambi�n lo recordaba: hace miles de a�os. Ella y Annabelle y Gabbe planeaban sobre una oscura nube de lluvia en las afueras de un lugar llamado Cana�n, observando una celebraci�n mortal, realizada por un hombre llamado Abraham, cuando el �ngel se apareci� de la nada y se detuvo flotando delante de ellas en el cielo.

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"�Qui�n eres?", Gabbe se mostr� hostil, dirigi�ndose al �ngel de brillante pelo rojo y cristalinos ojos azules. Para Arriane las alas del �ngel desconocido eran hechizantes y su piel parec�a tan suave como una nube de c�mulo. Un rel�mpago destell� a trav�s de su radiante piel. Arriane quiso extender su mano para tocarla, para asegurarse de que el �ngel era real. "Soy Tessriel, tu antigua hermana en el Cielo". El desconocido �ngel inclin� la cabeza con deferencia. "�ngel de los truenos que retumba a lo largo de la Euroasia". Tess estaba mirando a Arriane, y algo en el alma de Arriane record� a ese �ngel. Su hermana. S�. Ellas no se hab�an tratado en el Cielo � se hab�a producido una liga entre algunos �ngeles, pero a�n as� siempre hab�a una conexi�n. Un inexplicable misterio llamado atracci�n. "Traigo noticias de vuestro hermano Roland", dijo Tess a Arriane, que se hab�a quedado sin aliento al o�rla pronunciar el nombre de Roland. "Roland se encuentra bajo el dominio de Lucifer", dijo Gabbe bruscamente, "�Nos traes noticias del Infierno?". "Os anuncio...", la voz de Tess vacil� y Arriane sinti� que el coraz�n se le sal�a del pecho. No hab�a visto a Roland desde la Ca�da, y lo echaba mucho de menos. Ese �ngel ten�a un mensaje. Arriane se abri� paso con dificultad, empujando a Gabbe, que le daba la espalda con sus blancas alas. "�Vete, d�janos!", le orden� Gabbe. Fue el final. Tessriel sacudi� la cabeza con tristeza mientras se marchaba. Mir� hacia atr�s una vez, hacia Arriane, brevemente y con gran dolor. "Adi�s". Pero no fue la despedida. A�os m�s tarde, por su cuenta, caminando por el banco de arena de un r�o mortal, se encontr� con el �ngel pelirrojo de nuevo. "�Tessriel?". Tessriel levant� la vista del r�o, donde se estaba ba�ando. Estaba desnuda, con sus puras blancas alas rozando la superficie del agua, y su largo cabello rojo colgando h�bilmente sobre su espalda. "�Eres t�?", susurr� Tessriel, "Pens� que nunca volver�a a verte". Cu�ndo el �ngel se elev� sobre el r�o, la visi�n de su apariencia mortal fue demasiado para Arriane, que desvi� la mirada, contenta y, al mismo tiempo, avergonzada. Oy� el murmullo del agua desliz�ndose sobre las alas, sinti� el 99


roce de una c�lida brisa y, a continuaci�n, un segundo m�s tarde, sus dulces labios sobre los suyos. Brazos mojados y h�medas alas la envolvieron. "�Qu� ha sido eso?". Arriane parpade� asombrada apart�ndose de Tess. Sus labios se estremecieron en un inesperado deseo. "Un beso. Me promet� que lo har�a si te volviera a ver". "Y si me voy y regreso..." Arriane dijo en voz alta, "�me besar�as otra vez?". Tess asinti�, con una enorme sonrisa en su cara. "Adi�s", le susurr� Arriane cerrando los ojos. Cuando los abri� dijo: "�Hola!". Y Tessriel la bes� de nuevo. Y otra vez m�s... ... en un oscuro fiordo al norte de Noruega... en un barco que zarpaba hacia las Indias... en una meseta del desierto polvoriento de Persia... o en una tormenta en un bosque... cuando el mundo era joven, sencillo, sin complicaciones... y ning�n �ngel ca�do hab�a tomado una direcci�n definitiva... ellas se mov�an de un lado a otro del mundo, diciendo adi�s y hola de nuevo, en busca de un beso.

Ahora, solo le quedaba el recuerdo de haber tenido los labios del demonio al que amaba � adelant� a par de garzas pasaron en el cielo. Esas aves estaban emparejadas, ella estaba sola. Porque no pod�a traicionar su antiguo juramento. Deb�a ser leal. La invadi� una sensaci�n de locura y frustraci�n. Necesitaba un lugar solitario y remoto, donde su coraz�n pudiese doler en paz. Las l�grimas invadieron sus ojos, empa�ando su visi�n, mientras sobrevolaba las bajas praderas del valle. No quer�a dejar a Tess, no quer�a dejarla tan r�pido. Pronto, hab�a dejado atr�s la lecher�a, en el peque�o valle verde, en el que ella hab�a conocido el amor. Amor. �Qu� era eso del amor?.

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Daniel y Lucinda parec�an saberlo. Hubo un tiempo en el que Arriane pensaba que conoc�a el amor: la ternura, los fugaces momentos de un beso de Tess, dando rienda suelta a sus almas, perdi�ndose la una en la otra. Si tan solo hubiesen podido permanecer as� para siempre, minti�ndose a s� mismas, en un estado de completa dicha... Tal vez el amor es mentirte a ti mismo... No. El mundo se precipit� sobre ellas como una amplia y clara luz del d�a. Arriane sab�a que lo sent�a por Tess, lo que ambas sent�an, era y no era amor... lo era todo... y era imposible. Era por eso que ya se hab�an despedido una vez. Un desagradable adi�s. Hab�an pasado unos cuantos cientos de a�os desde la Ca�da. Arriane hab�a hecho su elecci�n final. Hab�a vuelto a las llanuras del Cielo, y despu�s de un tiempo, hab�a hecho las paces con el Trono. Sus alas brillaban de iridiscente plata � la marca que hab�a aceptado una vez m�s � y Arriane estaba ansiosa por mostrarlas a su amante. Encontr� a Tessriel en una cascada del Amazonas, donde hab�an acordado reunirse. "Mira lo que he hecho..." "�Qu� has hecho?". Al igual que las alas de Arriane llevaban un brillante tono plateado, las de Tess hab�an sido corrompidas, gloriosamente, magn�ficamente, con llamativo oro. "Nunca me dijiste que estabas considerando la posibilidad...", la voz de Arriane se fue apagando. "T� tampoco me dijiste nada", los ojos de Tess se llenaron de l�grimas, pero tan pronto como se las sec� parec�a enfadada. "Pero... �por qu�?. �Por qu� al lado de �l?". "�No es tu elecci�n tan arbitraria como la m�a?. Tu amo es la Autoridad, s�lo porque �l dice que lo es". "Por lo menos es bueno, a diferencia del tuyo". "El Bien. El Mal. Son solo palabras, Arriane. �Qui�n puede confiar en ellos, de todos modos?". "C�mo... �C�mo puedo amarte ahora?", Arriane susurr�. 101


"F�cil...", dijo Tess con tristeza: "...no puedes".

Fue Roland quien las volvi� a unir. Arriane deseaba que no lo hubiese hecho. Pero, al mismo tiempo, hab�a necesitado a Tess m�s de lo que estaba dispuesta a admitir. Roland hab�a organizado un breve momento para las dos en Jerusal�n, despu�s de lo que se supon�a que era el matrimonio de Cam y Lilith. Aquel matrimonio que no se hab�a celebrado. Arriane y Tessriel hab�an acudido. Tan pronto como se vieron, sus discrepancias se disolvieron en un irresistible beso. "Deber�amos ser libres, ser nosotras mismas de forma independiente", le hab�a dicho Tess, "nunca seremos tan fuertes como cuando estamos juntas". "Ten cuidado". Roland siempre le dec�a a Arriane cuando se escapaba para estar a solas con Tess. Ni una sola vez las hab�an descubierto. Ni una sola vez los �ngeles sospecharon que Arriane ten�a un secreto romance con uno de los mejores demonios de Lucifer. Hab�a tenido mucho cuidado... excepto con su coraz�n. Ella simplemente no esperaba que Tess hiciese esa elecci�n. Pero la hora definitiva hab�a llegado. Y s�lo hab�a una elecci�n. Este adi�s ten�a que ser para siempre.

Arriane no pod�a respirar. Las l�grimas se derramaban por sus mejillas mientras jadeaba y volaba a ciegas, sin saber a d�nde ir.

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�Volver�a a ver alguna vez a su amor?.

Un dolor agudo parec�a perforar su coraz�n. Una agon�a que provocaba fisuras en sus huesos. �Qu� estaba pasando?. Entonces, una oscura premonici�n min� su alma, y Arriane grit� desesperada. Not� un dolor en el coraz�n, no era un simple dolor. Algo no iba bien. Tess. En medio de su vuelo, sobre las monta�as del norte de Italia, Arriane invirti� la direcci�n de su vuelo. Sus alas se estremecieron y su coraz�n se paraliz�. Ten�a que regresar a la granja. Era la intuici�n del amante, una lenta conciencia que se propagaba en su cerebro... Hasta que ella estuviera completamente segura de que... Algo hab�a sucedido... Algo horrible...

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El amor tiene alas.

El granero estaba vac�o. El sol se hab�a puesto. La �nica luz que brillaba, adem�s de la luz de la luna de la Toscana que entraba por la puerta abierta del granero, proced�a de las alas de Arriane. Arrojaron su suave resplandor sobre los animales que todav�a no dorm�an: los caballos relincharon y las gallinas cacarearon inquietas en su corral, las vacas yac�an en el heno del almizcle, con sus ubres hinchadas de leche. Tambi�n present�an que algo no iba bien. Arriane se puso fren�tica... �d�nde estaba Tess?. Camin� por la granja, en busca de pistas, encontrando s�lo la evidencia de su pelea. Los cubos de leche derribados. El heno embarrado donde hab�an forcejeado. Si cerraba los ojos, a�n pod�a ver a Tess sonriendo, con el brillante rubor de sus mejillas. El aliento de Arriane exhalaba vaho ante su rostro, que se desvanec�a en el aire helado. Quiso gritar para que todo desapareciese. La premonici�n era tan fuerte que Arriane se retorc�a las manos, volviendo sobre sus pasos por los establos, recordando las palabras col�ricas que se hab�an lanzado la una a la otra, arrepinti�ndose de todo lo que le hab�a dicho o hecho a Tess... No era lo que ella sent�a. Ah�... Se qued� inm�vil, cuando la punta de una de sus alas arrastr� un mont�culo de h�medo heno. �Qu� era eso?. 104


Arriane cay� de rodillas. Sus blancas alas resplandec�an, iluminando a los animales que retroced�an, en busca de una esquina segura, aterrorizados. Hab�a sangre en el heno... un brillante charco rojo. "�Tessriel!". Arriane se elev�, examinando el suelo con locura, en busca de otro rastro de la sangre de su amante. Vol� en c�rculo presa del p�nico, recorriendo cada cent�metro de la granja, lanz�ndose como una alondra de un lado al otro, sin encontrar nada. Hasta que sus alas la llevaron al exterior, al otro lado del granero. All�, cerca de la puerta del granero, divis� un peque�o charco de sangre derramado en la hierba. Se acerc� un poco m�s. Quer�a tocarla, pero... No. Se contuvo. Lejos del charco de sangre se extend�an oscuras gotas rojas que formaban una cadena de varios cent�metros de longitud, en direcci�n a la Estrella del Norte. Tess se hab�a movido pero...�Qu� hab�a pasado con ella?. Arriane vol� pegada al suelo, en busca de nuevas se�ales. En varios lugares vio las manchas de sangre sobre las briznas de la hierba, pero entonces perd�a la pista de nuevo. En un momento dado, despu�s de cruzar un arroyo, el camino desapareci� por completo y Arriane se lament�, sintiendo que todo estaba perdido. Pero entonces, cerca de un sauce llor�n, encontr� el camino de su amante una vez m�s. La sangre flu�a durante veinte metros � el rastro se ampli�, hab�a salpicaduras recientes por todas partes �. �Alg�n enemigo estaba intentando cazar a Tess, hiri�ndola mientras intentaba huir?. Arriane se apur�, desesperada por defender a Tess de cualquier maligno que pretendiese hacerle da�o. Solo un ser podr�a haber cazado a un demonio tan poderoso como Tess. En sus m�s oscuras fantas�as Arriane se imagin� a Lucifer, las cataratas de sus ojos, con sus enormes alas extendidas con una hilera de negros cabellos. Pero, �Lucifer hab�a venido aqu� para llevar a Tess de vuelta al Infierno?. Arriane nunca se hab�a visto cara a cara con el Se�or de su amante, aunque en sus visiones la persegu�a. Si ella descubriese a Lucifer da�ando a Tess, Arriane 105


no sabr�a qu� hacer. A penas pod�a volar por culpa de la rabia que brotaba de su interior. Un amor as� era mortal. Aunque se tratase de un �ngel. "�Tessriel!" grit� en los interminables campos verdes. Pero no oy� nada. En el oeste, nubes de tormenta formaron una sucia cortina sobre el cielo. Arriane esperaba que Tess no hubiese viajado en esa direcci�n. Con la lluvia, todo � su olor, su rastro sobre el terreno, su esencia... - se echar�a a perder, haciendo que Arriane perdiese su pista. Tal vez Tess hab�a pensado lo mismo. Por lo tanto, ella deb�a ir al centro de la tempestad, al coraz�n de la tormenta. All� estar�a Tess. Arriane extendi� sus alas. Se concentr� en coger velocidad. Las turbulencias la sacud�an. Su cuerpo se balanceaba de izquierda a derecha, de arriba abajo, hasta que estuvo completamente empapada, temblando y escupiendo agua de lluvia. Fue entonces cuando vio a Tess, tumbada de espaldas en el borde de un pe��n rocoso en las estribaciones de los Dolomitas, no muy lejos de donde Arriane hab�a sentido aquel mal presentimiento. Parec�a que Tess se estaba muriendo...pero los �ngeles no mueren. Sus alas se agitaban extra�amente en sus costados. La sangre se derramaba sobre ella, escurri�ndose sobre una roca plana debajo de ella. Estaba sola. Ella estaba sola. Arriane flotaba a cien metros por encima de ella, pero el brillo plateado de la mano de Tess era inconfundible. Pero... �por qu� Tess ten�a un la flecha estelar?. Arriane descendi� tan r�pido que el viento silbaba en sus o�dos. Aterriz� en una roca gris, unos metros por delante de Tess. Sus alas arrojaban un c�rculo de luz en frente de ella, envolviendo el cuerpo de Tess en un sereno halo de iluminaci�n. Ahora pod�a verlo con claridad: el flechazo hab�a desgarrado el ala izquierda del demonio. No estaba demasiado rota, pero la, en otrora, poderosa ala de cobre de Tess colgaba por la parte m�s delgada del filamento de celestiales fibras.

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La ira se apoder� de Arriane � iba a matar a quien le hab�a hecho eso � Entonces mir� a la p�lida cara de Tess, que la miraba con los ojos apenas abiertos. Y lo entendi� todo. No hab�a nadie m�s a quien culpar. La peor de todas las heridas fue autoinfligida. Pocas horas antes, Arriane hab�a estado pensando en la pureza de la piel de un �ngel. Nada pod�a marcarla... pero eso no era totalmente cierto... hab�a cosas que dejaban cicatrices permanentes. Lucifer pod�a hacerlo con la tinta de sus tatuajes. Una herida de una flecha estelar pod�a hacerlo... e incluso acabar con la vida del �ngel. La uni�n de ... "Tessriel,� no!". El demonio ten�a flecha en la mano derecha y se la llev� cerca de la herida de nuevo, como si tuviese la intenci�n de amputar su dorada ala. Pero sus dedos temblaban tanto que cortaba otras secciones del ala, arrojando sangre del interior de sus fibrosos m�sculos. S�lo entonces pareci� percatarse de la presencia de Arriane. "Has vuelto", su voz era enrarecida como el aire de la monta�a. "Oh, Tessriel". Las manos de Arriane cubrieron su coraz�n."No cicatrizar�n de �sta". "Esa es la idea. Necesitaba algo para recordarte siempre". "No digas eso". Arriane cay� de rodillas, arrastr�ndose hacia donde Tess yac�a en el suelo. "�Qu� estabas haciendo con esa flecha estelar?, �un trueque con Azazel?, �Eso no se hace!". "Se hace cuando la necesidad es demasiado grande. Si no puedo tenerte, no quiero nada en absoluto". Tess torci� el gesto mientras empujaba la flecha con movimiento descendiente con la intenci�n de cortar su malherida ala. Emiti� un sonido a carne desgarrada pero no rompi� el ala por completo. "Es m�s dif�cil de lo que crees".

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"�Basta!", grit� Arriane, intentando agarrar la flecha estelar de Tess. Pero Tess se revolvi� hacia ella amenaz�ndola: "�No te acerques!", dijo con voz d�bil. "Sabes lo que pasar� si me tocas". Arriane estudi� al �ngel ca�do que tanto amaba, cubierto de sangre � si la tocaba � ser�a como un veneno para ella. Sin embargo, a�n sabi�ndolo Arriane no pudo detenerse. Necesitaba hacerle sentir a Tess que no estaba sola, que la amaba. El recuerdo de la risa de Tess reson� en sus o�dos, calentando sus entra�as, la imagen de Tess, su querida, dulce y hermosa Tess... pas� por la mente de Arriane mientras hac�a lo impensable: Se abalanz� sobre Tessriel, agarrando la flecha estelar, llorando de angustia mientras la sangre de Tessriel la abrasaba. Era un dolor descomunal, la mezcla de la sangre de un demonio y la carne de un �ngel, como un millar de brillantes espadas directas a su alma. Sangre con sangre era a�n peor. Arriane apret� los dientes, casi volvi�ndose loca con el dolor mientras agarraba la flecha estelar de la mano de Tess. "�D�jame ir!". Las u�as de Tess se clavaron en la garganta de Arriane hasta que desgarr� su piel y la propia sangre de Arriane comenz� a fluir. Un aullido de animal se escap� de los labios de Arriane. Su sangre herv�a, al reunirse con la de Tessriel, convirtiendo su cuerpo �cido y flameando su piel. Cada vez que sus sangres se mezclaban, se elevaban ampollas en el lado izquierdo de su cuerpo, produciendo horribles cicatrices en su pierna, el pecho y el cuello. Sin embargo Arriane no se alej�. "Mira lo que has hecho". Los labios de Tessriel estaban amoratados por la p�rdida de tanta sangre. Una s�dica sonrisa interrumpi� su angustia. "Incluso mi sangre es un peligro para la tuya, y la tuya para la m�a. Como siempre..." � su voz se quebr� y sus ojos comenzaron a desvanecerse � "...Como siempre dec�amos". "�Estate quieta!". Arriane intent� centrarse m�s all� de la �cida quemaz�n, lo �nico que importaba era disminuir el caudal de sangre de Tess. Pens� en atrapar las alas de Tess con sus manos, pero no sab�a muy bien qu� hacer.

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"�Lo est�s empeorando!". Grit� Tess. "�Para!, has perdido mucha sangre". Tess convulsionaba, pero se estabiliz� apoyando una mano sobre la roca, alzando la cabeza lo suficiente para poder mirar profundamente a los ojos de Arriane. "Has roto mi coraz�n, Arriane. Y no puedes curarlo ahora". Los labios de Arriane temblaron. "Puedo. Lo har�". Arranc� la falda de su vestido de lechera, utilizando sus dientes para rasgar el fr�gil tejido en pedazos. No iba a funcionar. Pens� mientras tej�a un pobre cabestrillo para envolver cuidadosamente el ala herida de Tess. R�pidamente teji� otro cabestrillo, trabajando hasta que sus dedos se quedaron entumecidos por el fr�o y el miedo. El cuerpo de Tess continuaba inm�vil, sus ojos estaban cerrados y no despertaba a pesar de los intentos de Arriane. Los cabestrillos no serv�an para nada. Las heridas de Tess necesitaban de la intervenci�n celestial. Eso requerir�a ayuda de Gabbe, y Gabbe se pondr�a furiosa � pero... la ayudar�a de todos modos � las alas de Tess nunca volver�an a ser las mismas pero tal vez, alg�n d�a, podr�a volver a volar. S�lo despu�s de haber vendado las alas de Tess lo mejor que pudo, baj� su mirada hacia su propio cuerpo. Era un cuadro miserable. Su cuello ard�a de dolor. Su vestido estaba hecho pedazos por el lado izquierdo. Su piel estaba herida, manchada de sangre mezclada con plateado pus, y su tejido angelical cubierto de escamas. No ten�a nada para tapar sus heridas. Hab�a usado toda su ropa para las heridas de Tess. Cay� sobre el regazo del demonio y solloz�. Necesitaba ayuda, pero no pod�a llevar a Tess en su estado, quemada y malherida. �Podr�a hacerlo, de todos modos? Tal vez Tess ten�a raz�n: ella no pod�a ser quien la curase. Arriane comprendi� que cada alma debe conocerse primero as� misma antes de sumergirse en el amor, porque uno nunca sabe cu�ndo el otro podr�a pasar de ese amor. Era la mayor paradoja: las almas se necesitan mutuamente, pero tambi�n necesita que no se necesiten.

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"Me tengo que ir", le dijo a Tess, cuyo aliento era apenas perceptible y trabajoso."Voy a buscar ayuda. Alguien vendr� a cuidarte". "Te amo, y jam�s amar� a nadie m�s. Lo mejor que puedes hacer para ayudarme es que te vayas y luches por la clase de amor que hemos compartido. El tipo de amor en el que creo. Espero que alg�n d�a encuentres lo que buscas". Una l�grima se desliz� por la mejilla de Arriane. "Feliz d�a de San Valent�n, Arriane. Mi �nico y verdadero amor". Una estrella fugaz dibuj� un brillante arco en el cielo. Norte... era la direcci�n que Arriane deb�a seguir para encontrar a Daniel y Lucinda. Su cuello lat�a cuando se levant� de la roca, pero a pesar de sus heridas, sus alas se sent�an poderosas y primigenias. Las abri� de par en par y se alej� volando.

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Amor Infinito: El San Valent�n de Daniel y Luce.

Amor hace tiempo. Un alma en conflicto. Placer en desorden. La consecuencia de tocar las estrellas.

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Amor hace tiempo.

Luce se encontr� sola en un callej�n vagamente iluminado por la luz del sol filtrada en una ranura del cielo. "�Bill?" susurr�. No hubo respuesta. Sali� de la anunciadora confusa y desorientada. �D�nde estaba ahora? Algo brillaba al otro extremo del callej�n, una especie de mercado muy concurrido, de donde ven�an destellos como de frutas y aves cambiando de manos. Un mordaz viento de invierno hab�a congelado los enlodados charcos del callej�n, y a�n as� Luce ten�a su negro vestido de fiesta sudado...�d�nde se hab�a puesto ese andrajoso vestido?...�El baile del Rey, en Versalles!. Hab�a encontrado el vestido en el armario de alguna princesa. Y tambi�n lo hab�a llevado en la �poca de Enrique VIII, en Londres. Olfate� su hombro: todav�a ol�a al humo del fuego que hab�a asolado el Globo. Not� unos fuertes golpes por encima de su cabeza: unas contraventanas se abrieron de par en par. Dos mujeres asomaron la cabeza por unas ventanas contiguas en el segundo piso. Sorprendida, Luce se peg� a la pared para escuchar sin que la viesen, observando c�mo las mujeres se complicaban con un tendedero com�n. - �Dejar�s ver a Laura las festividades? � dijo una; una mujer corpulenta con manto gris, mientras tend�a unos enormes pantalones mojados en la cuerda. - No veo ning�n da�o en "ver" � dijo la otra; una mujer m�s joven que sacud�a una camisa de lino para luego doblarla con eficiencia �. "Siempre y cuando no participe de esas obscenas representaciones. �La Urna de Cupido!, �Ja!. Laura s�lo tiene 12 a�os, es demasiado joven para que le rompan el coraz�n. 114


- "Oh, Sally", la otra mujer suspir� con una fina sonrisa.- "eres demasiado estricta. San Valent�n es un d�a para todos los corazones, j�venes y viejos. Acaso no hace que hasta t� y tu se�or os sint�is arrastrados por vuestro viejo romance, eh?.

Un solitario vendedor ambulante, de baja estatura, vestido con t�nica y medias azules, bajaba por el callej�n empujando un carrito de madera. Las mujeres le miraron con recelo y bajaron sus voces. "�Peras!", grit� hacia las ventanas abiertas, pero las mujeres hab�an desaparecido. �La rica fruta del amor!. Una pera para el d�a de San Valent�n har� el a�o que viene dulce! Luce se alej� en busca de la salida del callej�n sin despegarse mucho de la pared. �D�nde estaba Bill?. No se hab�a dado cuenta de lo mucho que hab�a llegado a depender de una peque�a g�rgola. Necesitaba ropa. Una idea de d�nde y cuando estaba. Y un informe ( o sesi�n de informaci�n) a cerca de lo que estaba haciendo aqu�. Una ciudad medieval de alg�n lugar. El d�a de San Valent�n... �Qui�n dir�a que era una tradici�n tan antigua? "Bill", susurr�. Pero no hubo ninguna respuesta. Alcanz� la esquina del callej�n y gir� su cabeza alrededor. La imagen de un castillo alt�simo la hizo detenerse. Era enorme y majestuoso. Torres de rosa marfil se elevaban hacia el cielo azul. Doradas banderas, blasonadas con un le�n, ondeaban suavemente desde sus altas astas. Casi esperaba o�r el fragor de las trompetas. Era como tropezar por accidente con un cuento de hadas. Inconscientemente, Luce dese� que Daniel estuviese all�. Esta era el tipo de belleza que no parece real hasta que la compartes con alguien a quien amas. Pero no hab�a se�al de Daniel. S�lo una muchacha. Una muchacha que Luce reconoci� al instante. Una de sus "pasados". La muchacha caminaba por el puente de adoquines que conduc�a a las puertas del castillo. Las cruz� y sigui� hasta la entrada de un fant�stico jard�n de rosas, donde las paredes estaban recubiertas de arbustos florecidos. Ten�a el pelo largo, suelto y algo desordenado, y llevaba un vestido de lino blanco. La vieja Luce � Lucinda � miraba con nostalgia desde la puerta del jard�n. 115


Luego Lucinda se puso de puntillas, apoy� una p�lida mano sobre la puerta y, de la mitad de uno de los arbustos inclin� el tallo de una simple e inveros�mil rosa roja hacia su nariz. �Era posible oler una rosa con tristeza? Luce no pod�a decirlo; todo lo que sab�a acerca de esa muchacha � ella misma � era que se sent�a triste. Pero, �por qu�?, �a caso ten�a algo que ver con Daniel? Luce estaba a punto de volver al callej�n cuando oy� una voz y vio una figura que se acercaba a su yo pasado. "Aqu� est�s". Lucinda solt� la rosa, que se rompi� al volver al arbusto, perdiendo su flor entre las espinas de los tallos. Los rojos p�talos en forma de l�grimas cayeron derramados sobre su espalda mientras ella se volv�a hacia la voz. Luce not� el cambio en la expresi�n de la muchacha. Una sonrisa invadi� su rostro al ver a Daniel. Y Luce sinti� esa misma sensaci�n en su propio rostro. Sus cuerpos pod�an ser diferentes; su d�a a d�a no parecerse en nada; pero cuando se trataba de Daniel, sus almas eran exactamente la misma. �l llevaba armadura, aunque su casco estaba da�ado y ten�a su dorado cabello sucio y sudado. Estaba claro que acababa de llegar de un largo camino, pues su moteada yegua blanca parec�a cansada. Luce tuvo que luchar contra todos sus impulsos para no correr a echarse a sus brazos. Estaba impresionante: un caballero de brillante armadura que eclipsaba a cualquier caballero de cuento de hadas. Pero este Daniel no era su Daniel. Pertenec�a a otra. "Has vuelto"- . Lucinda rompi� a correr hacia �l mientras su larga melena se mec�a con el viento. Alarg� sus brazos hasta casi a tocarle. Pero la imagen de su valiente caballero se desvaneci� en el viento. Y, luego... se hab�a ido. A Luce se le hizo un nudo en el est�mago cuando vio esfumarse la yegua y la armadura de Daniel en el aire enrarecido, y Lucinda � que no pudo detenerse a s� misma en el tiempo � choc� de cabeza con una repugnante g�rgola de piedra. �Casi!- Bill se re�a mientras giraba haciendo bucles. Lucinda grit�, tropez� con su vestido y aterriz� de rodillas en el barro. La escarpada risa de Bill se hizo eco en la fachada del castillo. Revoloteaba en lo alto cuando advirti� que Luce lo estaba fulminando con la mirada desde el otro lado de la calle. 116


"Aqu� est�s", dijo Bill dando volteretas hacia Luce. "Te he dicho que no hagas estas cosas!". "�Mis acrobacias?", le pregunt� Bill saltando a su hombro. "Pero si no practico nunca ganar� una medalla!", termin� con acento ruso. Luce le dio un manotazo. "Me refiero a lo de cambiar a Daniel". "No lo hice por ti, lo hice por ella. Tal vez tu "yo del pasado" piense que es divertido". "�Ella no piensa as�!". "No es mi culpa. Adem�s, no soy adivino. Debo entender que est�s hablando en nombre de todas las Lucindas cada vez que hablas. Nunca dijiste nada de gastar bromas a tus vidas pasadas. �Es todo tan divertido; por lo menos para mi!" "Es cruel". "Si te vas a poner as�, muy bien: es toda tuya. Supongo que no me necesitas, teniendo en cuenta que lo que t� haces con "ellas" no es precisamente muy humano". "Fuiste t� qui�n me ense�� a viajar en 3D". "Exactamente � respondi� con una escalofriante carcajada que puso a Luce los pelos de punta. Los ojos de Bill se posaron en una diminuta g�rgola de piedra de una de las columnas de las puertas del jard�n. Vol� en c�rculos alrededor de la columna hacia ella. Le ech� un brazo alrededor del hombro como si hubiese encontrado por fin a su verdadera compa�era, y le dijo: "�Mortales!. No se pude vivir con ellos. No puedes imponerlos a las profundidades ardientes del infierno. �Estoy en lo cierto o estoy en lo cierto? � mir� abajo, hacia Luce- �no es una gran conversadora!". Ya no pod�a soportarlo. Ech� a correr, apresuradamente, para ayudar a Lucinda a levantarse. El vestido de su otro yo estaba desgarrado en las rodillas y su rostro enfermizamente p�lido. "�Est�s bien?". Luce le pregunt� esperando que la muchacha se lo agradeciese pero, en lugar de eso, retrocedi� asustada.

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"�Qui�n... qu� eres?. �Lucinda mir� boquiabierta a Luce.�Y qu� clase de demonio es esa cosa?, pregunt� se�alando con su mano en direcci�n a Bill. Luce suspir�. "Es solo... no te preocupes por �l". Bill probablemente parec�a la encarnaci�n de un demonio medieval. Aunque Luce no ten�a mejor pinta � una chica vestida con un vestido futurista que apestaba a humo�. "Lo siento" dijo Luce, mirando sobre el hombro de la muchacha a Bill, que parec�a divertirse. "�Pensando en ir en 3D? pregunt� Bill juguet�n. Luce cruji� los nudillos. Muy bien. Sab�a que ten�a que adherirse al cuerpo de su pasado si quer�a avanzar en su b�squeda, pero hab�a algo en el rostro de la muchacha � desconcierto y una pizca de inexplicable traici�n � que la hizo detenerse. "Ser� .... Umm... ser� solo un momento". Los ojos de la muchacha se abrieron como platos y cuando estaba a punto de retirarse, Luce le tom� la mano y apret�. Las s�lidas piedras bajo sus pies cambiaron y el mundo se arremolin� como un caleidoscopio. Su est�mago se tambale� hacia su garganta y sinti� las n�useas propias de la uni�n corporal. Parpade� y, en un inquietante instante, se vio fuera de los cuerpos de ambas chicas. Estaba la Lucinda medieval, inocente, cautiva y aterrorizada; y a su lado, Luce, culpable, agotada y obsesionada. No hab�a tiempo para lamentarlo. Un solo cuerpo, un alma en conflicto. Los grasientos labios de Bill dibujaron una sonrisita. Luce llev� las manos al coraz�n sobre el vestido de lino que hab�a llevado puesto Lucinda. "Duele". Su cuerpo entero se hab�a convertido en una enorme angustia. Se hab�a convertido en Lucinda, sintiendo todo lo que �sta hab�a sentido antes de que Luce ocupase su cuerpo. Era algo que se hab�a convertido en una costumbre � como en Rusia, o Tahit� o el T�bet � pero no importaba cuantas veces lo hiciese, jam�s se acostumbrar�a a sentir, tan de repente e, intensamente, las emociones de sus yo pasados. Ahora sent�a el crudo dolor que no hab�a experimentado desde sus d�as en Espada & Cruz, cuando ella amaba tanto a Daniel que s�lo pensarlo la part�a en dos.

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"Est�s buscando agallas, novata". Bill flotaba delante de ella sonando m�s satisfecho que preocupado. "Es mi pasado. Ella est�..." "�Asustada?. �Enferma del coraz�n por el amor de un pat�n e in�til caballero? S�, el Daniel de esta �poca que se sacudi� como el tir�n de una m�quina tragaperras de alg�n casino". Bill cruz� los brazos sobre su pecho pensativo, e hizo algo que Luce no le hab�a visto hacer antes: puso sus ojos violetas en un fogonazo."Tal vez vaya a la Feria de San Valent�n" dijo con voz ronca, afectado, en una representaci�n extremadamente simplista de Daniel. "O tal vez tenga cosas mejores que hacer, como avasallar perdedores como mi descomunal espada...". "No hagas eso, Bill". Luce sacudi� la cabeza, molesta. "Adem�s, si Daniel no aparece en esto de San Valent�n, tendr� una buena raz�n. Estoy segura". "S�". Volvi� a croar la voz de Bill. "Siempre lo est�s". "Est� tratando de protegerme" argument� Luce, pero su voz era d�bil. "O a s� mismo..." Luce puso los ojos en blanco. "Bueno, Bill, �qu� se supone que debo aprender en esta vida?, �Qu� crees que Daniel es un imb�cil?. Entendido. �Podemos avanzar? "No exactamente". Vol� al suelo y se sent� a su lado. "En realidad, nos estamos tomando un d�a de vacaciones de tu educaci�n en esta vida. Bas�ndome en tu malhumor y en las bolsas bajo mis ojos � extendi� un brazo y estir� un pliegue arrugado de su floja piel que son� como una bolsa de canicas � yo dir�a que ambos necesitamos un d�a de descanso. As� que este es el trato: es el d�a de San Valent�n, o una variaci�n primitiva del mismo. Daniel es un caballero, lo que significa que tiene elecci�n en las fiestas. Tiene la cortes�a de estar invitado al banquete de los nobles en el castillo de su se�or." � Volvi� la cabeza hacia las imponentes torres blancas situadas tras ellos �"Sin duda habr� un buen asado de ciervo, puede que incluso rociado con sal, pero hay que quedarse con el clero, y �qu� idea es esa de una fiesta?. Luce mir� hacia el castillo de cuento de hadas. �Viv�a Daniel all�? �Estar�a tras esos muros en ese momento? "O... - continu� Bill � puede que �l prefiera ir a los barrios bajos, a la aut�ntica fiesta que se llevar� a cabo esta noche en el prado, con el pueblo. Fiesta

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no por ello menos respetable, donde la cerveza fluir� como el vino y el vino fluir� como la cerveza. Habr� baile, comida, y lo m�s importante, mozas." "�Mozas?". Bill agit� su peque�a mano. "Nada de lo que tengas que preocuparte, querida. Daniel solamente tiene ojos para una joven en toda la Creaci�n. �Entiendes?". "S�lo una muchacha" repiti� Luce mirando su �spera prenda de algod�n. "Cierta jovencita perdida � dijo Bill d�ndole un codazo � estar� all�, en la Feria, escaneando tras su m�scara a la multitud en busca de su macizo bomb�n". Bill acarici� la mejilla de Luce. "�No suena como a un gran momento, hermanita?". "No estoy aqu� para divertirme, Bill". "Int�ntalo, prueba una noche. Qui�n sabe, podr�as disfrutar y todo. La mayor�a de la gente lo hace". Luce trag� saliva. "Pero, �qu� pasar� si �l me encuentra?, �qu� se supone que aprender� antes de quemarme, antes de...? "�Para ah�!", grit� Bill. "Reduce velocidad. Te lo dije antes: esta noche es de diversi�n. Un poco de romance. Una noche "off", para ambos. "�Y la maldici�n?, �c�mo puedo dejarlo todo y celebrar el d�a de San Valent�n?. Bill no respondi� inmediatamente. En su lugar, hizo una considerable pausa y entonces dijo: "�Qu� pasar�a si te dijese que esta noche es el �nico d�a de San Valent�n que los tortolitos lleg�is a celebrar juntos jam�s?" Sus palabras golpearon a Luce con crueldad. "�Nunca?. Nosotros... �nunca celebraremos el d�a de San Valent�n?. Bill mene� la cabeza. "�Despu�s de hoy?...no." Luce pens� en sus d�as en Dover... En c�mo Callie y ella ve�an a otras chichas recibiendo bombones en forma de coraz�n y rosas en el d�a de los enamorados... En su tradici�n de lamentos sobre lo solas que estaban mientras tomaban un batido de fresa en alguna cafeter�a... Las horas conjeturando sobre las escasas posibilidades de tener una cita el d�a de San Valent�n. 120


Se ri�. Ahora estaba cerca de tener una cita. Nunca hab�a tenido un San Valent�n con Daniel. Mientras Bill le dec�a que s�lo tendr�a esta noche. La b�squeda de Luce a trav�s de las anunciadoras, todos sus esfuerzos por romper la maldici�n y descubrir lo que hab�a detr�s de todas sus encarnaciones, llegaba a su fin en lo que parec�a un ciclo interminable. S�, esto era importante. Por supuesto que lo era. Peor, �ser�a el fin del mundo si disfrutaba por una vez con Daniel?. Choc� su cabeza con la de Bill. "�Por qu� haces esto por m�?, le pregunt�. Bill se revel�: "Tengo coraz�n, un punto d�bil". "�Qu�?. Pregunt� Luce.- "�El d�a de San Valent�n?" "Incluso yo una vez am� y perd�". Y por un brev�simo momento la g�rgola parec�a triste y melanc�lica. La mir� fijamente y buf�. A Luce le dio la risa. "Vale" � dijo Luce � "Me quedo. S�lo por esta noche". "�Bien!. Bill apunt� con su torcida garra hacia el callej�n: "Ahora, vamos, a divertirse". Dijo gui��ndole un ojo: "En realidad, primero habr� que cambiarte el modelito. Y luego a divertirse".

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Un alma en conflicto.

Horas despu�s luce apoyaba sus codos sobre el alf�izar de una peque�a ventana de piedra. Desde all�, en el segundo piso, la ciudad parec�a diferente: un laberinto de edificios de piedra interconectados, techos de paja inclinados aqu� y all�, era algo as� como un complejo de viviendas medievales. A finales de la tarde, muchas de las ventanas, incluida en la que Luce se hab�a asomado, ser�an cubiertas de guirnaldas hechas con vides verdes y densas ramas de hiedra y acebo. Eran los s�mbolos de la Feria que tendr�a lugar fuera de la ciudad esa misma noche. "El d�a de San Valent�n".- pensaba Luce notando a Lucinda horrorizada. Despu�s de que Bill hubiese desaparecido en el castillo, por su misteriosa "noche en "off"", las cosas sucedieron r�pidamente: estuvo vagando sola en la ciudad hasta que una muchacha, unos a�os mayor que ella, apareci� de la nada para empujarla a las malsanas y h�medas escaleras de una peque�a vivienda de dos habitaciones. "Sal de la ventana, hermana", una voz grit� al otro lado de la habitaci�n. "�Estamos con lo de San Valent�n!". La muchacha era Helen, la hermana mayor de Lucinda, y el confinamiento de humo era la casa donde viv�an ella y su familia. Las paredes grises de la sala estaban desnudas; el �nico mobiliario consist�a en un banco de madera, una mesa de caballete y una pila de jergones donde dorm�a la familia. El suelo estaba sembrado con paja prensada y lavanda �un miserable intento de limpiar el aire del olor nauseabundo procedente de las velas de sebo que utilizaban como fuente de luz-. "Un momento", le respondi�. La peque�a ventana era el �nico lugar donde no sent�a claustrofobia.

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Calle abajo estaba el mercado que hab�a ojeado antes, y si se inclinaba lo suficiente, podr�a ver un asta del castillo de piedra blanca. Lucinda se sent�a atormentada por la tomadura de pelo de Bill � Luce pod�a sentirlo en el alma que ambas compart�an � porque esa tarde Lucinda se hab�a encontrado con Daniel en el jard�n de rosas; hab�a vuelto a casa y, coincidentemente, le hab�a visto mirando pensativo desde lo m�s alto de la torre. Desde entonces lo vigilaba a cada momento, pero no volvi� a verle. Otra voz susurr�: " �Qu� miras tan fijamente? �Qu� es tan interesante?" Luce se gir� lentamente. Su cuerpo nunca se hab�a sentido tan extra�o. La parte que pertenec�a a la Lucinda medieval estaba marchita y aletargada, arrasada por el amor que estaba segura de haber perdido. La parte que pertenec�a a Lucinda Price manten�a la esperanza de que todav�a hab�a una posibilidad. Tuvo que hacer un esfuerzo para hacer la m�s simple de las tareas: conversar con las tres muchachas que ten�a delante, que torc�an sus hermosas caras preocupadas. La m�s alta, en el medio, era Helen, la �nica hermana de Lucinda y la mayor de los cinco hijos de la familia. Estaba reci�n casada, y como prueba de ello, su denso cabello rubio estaba dividido en dos trenzas recogidas en un mo�o. A su lado, estaba Laura, su joven vecina, la misma muchacha sobre la que Luce hab�a o�do chismorrear a aquellas dos mujeres que tend�an la ropa. Aunque s�lo ten�a doce a�os era incre�blemente hermosa � rubia, con grandes ojos azules y una risa tan descarada que pod�a o�rse desde la otra punta de la ciudad �. Luce contuvo la risa, tratando de conciliar el sentido protector de la madre con la experiencia que ella sab�a que ten�a la muchacha, que ya paseaba cogida de la mano con alg�n que otro page por los bosques de da ciudad. Esto, que Luce extra�a de los recuerdos de Lucinda, sobre Laura, le record� a Arriane. Laura, como un �ngel, era f�cil de querer. Luego, estaba Eleanor, mayor que Lucinda, y su amiga m�s cercana. Hab�an crecido llevando una la ropa de la otra, como hermanas. Discut�an como hermanas, demasiadas veces. Eleanor ten�a una lengua afilada, rompiendo las enso�aciones de Lucinda en dos con alg�n comentario rotundo; ten�a la habilidad de traer a Lucinda de vuelta a la realidad. Y es que quer�a profundamente a Lucinda. No era muy distinta de la relaci�n de Luce y Shelby. "�Y bien?" pregunt� Eleanor. 123


"�Y bien, qu�?", dijo Lucinda sorprendida. "�Qu� me mir�is tan fijamente?". "S�lo te hemos preguntado tres veces ya, que qu� m�scara te vas a poner esta noche". Eleanor mene� tres brillantes y coloridas m�scaras en la cara de Lucinda. " Por fin, pon fin al suspense!". Eran simples m�scaras de cuero, hechas para cubrir solamente los ojos y la nariz, que se ataban detr�s de la cabeza con una fina cinta de seda. Las tres hab�an estaban cubiertas con la misma gruesa tela, pero cada una ten�a pintado un dise�o distinto: una era roja, con peque�os pensamientos negros, otra verde, con delicadas flores blancas, y otra de marfil con p�lidas rosas cerca de los ojos. "�Las mira como si no las hubiese visto cada cinco a�os en el baile de m�scaras!". Le murmur� Eleanor a Helen. "Tiene el don de ver como nuevo lo viejo", contest� Helen. Luce se estremeci�, aunque la casa estaba m�s c�lida de lo que hab�a estado la mayor parte de los meses de invierno. A cambio de las cestas de huevos que el pueblo hab�a ofrecido como presente al Se�or, �ste hab�a reembolsado a cada hogar con un peque�o fardo de le�a de cedro. As�, los hogares se hab�an vuelto m�s luminosos y acogedores, dando un saludable color a las mejillas de las muchachas. Daniel hab�a sido el caballero encargado de la recolecci�n de los huevos y de la distribuci�n de la le�a. Cuando fue a la casa de Lucinda, Daniel cruz� la puerta con la intenci�n de llevar a cabo su cometido y se qued� paralizado al verla. Hab�a sido la �ltima vez que la Lucinda medieval le hab�a visto, y despu�s de los recordar los momentos robados que hab�an pasado juntos en el bosque, estaba segura de que no le volver�a a ver otra vez. "�Pero por qu�?". Se pregunt� Luce. Luce sinti� la verg�enza de Lucinda por la morada pobre de su familia � pero no le parec�a justo. A Daniel jam�s le importar�a que Lucinda fuese la hija de un campesino. Adem�s, �l sab�a que siempre era ella, fuese como fuese. Ten�a que haber algo m�s. Algo que Lucinda estaba demasiado triste como para ver claramente. Pero Luce no pod�a ayudarla � tan s�lo, encontrar a Daniel, y reconquistarlo, al menos durante el tiempo que ella ten�a para vivir. "Me gusta la de marfil para ti, Lucinda". Sugiri� Laura, tratando de parecer servicial.

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Pero Luce no pod�a preocuparse por las m�scaras. "Oh, cualquiera de ellas es hermosa. Quiz�s la de marfil se conjunta mejor con mi vestido". Contest� tomando sin mucho entusiasmo la tela de su vestido de lana gastada. Las muchachas estallaron de risa. "�No pensar�s ir con ese corriente vestido de mercado?", jade� Laura ahogadamente. "Por lo menos deber�amos convertirlos en algo m�s adecuado para la fiesta". Se desplom� dram�ticamente sobre el banco de madera que hab�a junto a la chimenea. "Ay, �no me gustar�a enamorarme llevando mi triste vestido de martes!" Los recuerdos se agolpearon en la mente de Luce: Lucinda se hab�a disfrazado como una dama con su fino vestido y se hab�a colado en el jard�n del castillo. Donde hab�a visto a Daniel por primera vez en esta vida. Por eso su romance era como una traici�n desde el principio. Daniel no pensar�a en otra Lucinda que no fuese la Lucinda hija de campesinos. Por eso la idea de ponerse aquel vestido otra vez y pretender ser feliz en el festival era una gran esperanza para Lucinda. Pero Luce conoc�a a Daniel mejor que Lucinda. Si �l tuviese una oportunidad para pasar el d�a de San Valent�n con ella, la aprovechar�a. Por supuesto, ella no pod�a explicar los conflictos de su fuero interno a las muchachas. Todo lo que pod�a hacer estaba fuera de su alcance, tan s�lo limpiar sutilmente sus l�grimas con su mu�eca. "Parece como si hubiese encontrado el amor y la hubiese tratado con dureza", murmur� Helen entre dientes. "Pues yo pienso que si el amor es duro contigo t� debes ser dura con �l", continu� Eleanor de forma autoritaria. "Patalea tu tristeza con tus zapatos de baile" "�Ay, Eleanor...!" - Luce se oy� decir � "...no lo entender�as!". "�Y t� lo entiendes, verdad?", se ri� Eleanor. "T�, la que ni siquiera ha puesto su nombre en la Urna de Cupido?". "�Ay Lucinda!" Laura se ech� las manos a la boca, sorprendida. "�Por qu� no? Yo dar�a lo que fuese por que Madre me dejara poner mi nombre en la Urna!". "�Por lo que "yo" tuve que meter su nombre en la Urna!" voce� Eleanor, cogiendo la cola del vestido de Luce y tirando de ella por la sala en c�rculos. 125


Despu�s de una persecuci�n que derrib� el banco de madera y una vela de sebo de la repisa de la ventana, Luce agarr� la mano de Eleanor y exclam�: "�No lo hiciste!". "Ay, un poco de diversi�n te har� bien!" Te quiero bailando esta noche, alta y animada con el resto de enmascarados. �Venga!, ahora ay�dame a elegir un sombrero. �Qu� color har� que mi nariz se vea m�s peque�a, rosa o verde?. �Quiz�s enga�e a un hombre y se enamore de mi!". Las mejillas de Luce estaban ardiendo. �La Urna de Cupido!, �qu� tendr�a que ver con pasar el d�a de San Valent�n con Daniel? Antes de que ella pudiese hablar lleg� el vestido de fiesta de Lucinda. Un vestido que llegaba al suelo, de lana roja adornado por un cuello estrecho de piel de nutria. Llevaba una abertura sobre el pecho, algo que Luce se llevar�a a casa en Georgia; Si Bill estuviese all� y la viese, probablemente gritar�a "Buaahhh" en su o�do. Luce se sent� mientras Helen le tej�a un tallo de bayas de acebo en su negro pelo. Pensaba en Daniel, en c�mo sus ojos se hab�an encendido cuando �l se acerc� a Lucinda... Un ruido las asust�; en la entrada apareci� una mujer. Luce reconoci� al instante a la madre de Lucinda. Y, sin pensarlo, se ech� a correr a sus brazos. Se dieron un cari�oso abrazo. �sta era la primera de las vidas de Luce en la que sent�a una fuerte conexi�n con su madre. Lo que la hizo sentirse dichosa y nost�lgica al mismo tiempo. - Cuando volviese a casa, a Thunderbolt, en Georgia, Luce tratar�a de comportarse de forma m�s madura y autosuficiente �. Luce not� que Lucinda sent�a exactamente lo mismo; cuando la angustia hace de este mundo el m�s triste no hay nada como el abrazo de una madre. "Hijas m�as, tan bonitas y crecidas... �me hac�is sentir m�s vieja de lo que soy!". Su madre se ri� mientras acariciaba el pelo de Luce. Ten�a unos amables ojos color avellana y su cara era suave y expresiva. "�Ay, Madre!", dijo Luce apoyando su mejilla en el hombro de su madre, mientras pensaba en Dorin Price e intentaba no llorar. "Madre, cu�ntenos otra vez c�mo conoci� a Padre en la Feria de San Valent�n", le pidi� Helen. "�Ese viejo cuento otra vez!" Su madre suspir�, pero la historia comenzaba a reflejarse en sus ojos. 126


"�S�!, �s�!", corearon las muchachas. "Por aquel entonces, yo era m�s joven que Lucinda", comenz� su suave voz. "Mi Madre me mand� llevar la m�scara que ella hab�a llevado a�os atr�s. Cuando sal�a por la puerta, me aconsej�: "Sonr�e, peque�a, con una bonita sonrisa. Busca la noche encantada que har� tus d�as felices". En cuanto su madre se sumergi� en su cuento de amor, los ojos de Luce se fueron arrastrando hacia el marco de la ventana, imagin�ndose las torres del castillo, buscando a Daniel. �Tambi�n la estar�a buscando?. Despu�s de contar su historia, la madre de Lucinda sac� algo del bolsillo que colgaba del cord�n que rodeaba su cintura y se lo dio a Luce con un p�caro gui�o."Para ti", le susurr�. Era un peque�o paquete de tela atado con un nudo. Luce fue hacia la ventana y, con cuidado, lo desempaquet�. Sus dedos temblaban mientras intentaba deshacer el nudo. Dentro hab�a un pa�o de encaje en forma de coraz�n del tama�o de su pu�o. Alguien hab�a escrito unas letras con lo que parec�a una pluma de color azul: "Las rosas son rojas; las violetas, azules; el az�car, dulce... como t�. Te buscar� esta noche. Con amor, Daniel" Luce mascull� una sonrisa. Esto era algo que Daniel nunca escribir�a. Claramente, hab�a alguien m�s detr�s de esto. �Bill?. Pero para la parte de Luce que era Lucinda, esas letras eran un mont�n de garabatos, y Luce comprendi� que Lucinda no sab�a leer. As� que cuando Luce asimil� el contenido del poema pudo sentir c�mo Lucinda se derrumbaba. A su "yo pasado" le pareci� la m�s dulce y cautivante rima que jam�s hubiese conocido. Ir�a al Festival y encontrar�a a Daniel. Le mostrar�a a Lucinda qu� poderoso podr�a llegar a ser su amor. Esa noche bailar�a, esa noche la magia se podr�a respirar. Y � incluso como si fuese la �nica vez en la que pudiese ocurrir en la larga historia entre Daniel y Lucinda � esa noche disfrutar�a pasando el d�a de San Valent�n con su �nico y verdadero amor.

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Placer en desorden.

"�Eleanor!". Luce gritaba entre la densa muchedumbre de bailarines viendo a su amiga en la hilera de gente que bailaba la Giga (danza folcl�rica inglesa). Pero Eleanor no la escuch�. Era dif�cil saber si la voz de Luce se ahogaba entre los gritos de deleite de la multitud que observaba el espect�culo de t�teres habilitado en el borde occidental de la zona de baile, o por la muchedumbre hambrienta que hac�a cola en las largas mesas de comida que hab�an instalado en el extremo este del prado. O puede que solo fuera por el mar de bailarines del medio, que saltaban, giraban y hac�an piruetas con imprudencia, desenfrenadamente. Los bailarines de la Feria de San Valent�n no s�lo bailaban...tambi�n gritaban, re�an, cantando a viva voz los versos de la m�sica del trovador, y gritando a sus amigos que corrieran a la fangosa zona de baile. Todos a la vez y chillando todo lo que les permit�an sus pulmones. Eleanor no pod�a o�rla, Luce intentaba seguirla y acab� bailando, como ella, los pasos del baile que rodeaba el anillo de robles del prado. No ten�a otra opci�n, deb�a volver con su torpe compa�ero y hacer una reverencia. Era un hombre mayor con mejillas cetrinas y labios finos que se alej� con los hombros ca�dos y que parec�a querer esconderse detr�s de su peque�a m�scara de lince. Luce se hab�a despreocupado. No recordaba haberse divertido tanto en un baile de m�scaras. Todo el mundo bail� hasta que el sol bes� el horizonte; en ese momento, las estrellas brillaban como una coraza en el cielo. Jam�s hab�a visto tantas estrellas en el cielo. La noche estaba fresca, sin embargo, la cara de Luce estaba enrojecida y su frente perlada de sudor. Cuando la canci�n se acercaba a su final, agradeci� el baile a su compa�ero y se movi� furtivamente entre la hilera de bailarines, impaciente por escaparse. Porque, a pesar de la alegr�a del baile bajo las estrellas, Luce no hab�a olvidado la verdadera raz�n por la que ella

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estaba all�. Mir� a trav�s del prado y se inquiet�: ser�a imposible encontrar a Daniel all�. Cuatro trovadores vestidos con variopintos ropajes se reunieron sobre una de las tambaleantes tarimas ubicadas en la parte norte del prado, afinando sus la�des y liras para tocar una canci�n tan dulce como una balada de los Beatles. En un baile de instituto, estas canciones lentas eran las que las chicas libres, como Luce, esperaban deseosas; pero aqu�, todo el mundo bailaba con todo el mundo. Aqu� se agarraba el cuerpo m�s cercano, para mejor o para peor, y se bailaba. Un baile de saltos, un baile en c�rculos de grupos de ocho personas. Luce conoc�a algunos pasos gracias a Lucinda, el resto era f�cil de seguir. Si Daniel estuviese aqu�... Luce se apart� para tomar un descanso. Estudiando los vestidos de las mujeres que, por norma general no eran de fantas�a, pero los llevaban con tanto orgullo que parec�an tan elegantes como cualquiera de los que hab�a visto en Versalles. Muchos estaban hechos de lana; unos cuantos ten�an detalles de lino o algod�n cosidos en el cuello o en el dobladillo. La mayor�a de la gente en la ciudad era pobre, y solo pose�a un par de zapatos; abundaban las botas de cuero entre los bailarines, y Luce comprendi� cu�nto m�s f�cil deb�a ser bailar con ellos en vez de con los zapatos de tac�n alto que lastimaban sus pies. Los hombres parec�an galanes con sus mejores bombachos. Muchos llevaban largas t�nicas de lana con capuchas que colgaban sobre sus hombros. La mayor�a de las m�scaras de los hombres imitaban las caras de animales del bosque, complementadas con los dise�os florales de las de las mujeres. Algunos llevaban guantes, que parec�an caros; pero casi todas las manos que Luce toc� esa noche estaban enrojecidas, fr�as y agrietadas por el frescor de la noche. Los gatos rondaban los caminos del prado y los perros buscaban a sus due�os entre un l�o de cuerpos. El aire ol�a a pino y sudor, y a velas de cera de abejas y al almizcle dulce de pan de jengibre reci�n horneado. Cuando la siguiente canci�n lleg� a su fin, Luce vio a Eleanor, que pareci� feliz de ser rescatada de los brazos de un muchacho que llevaba una m�scara roja pintada con la cara de un zorro. "�D�nde est� Laura?". Eleanor se�al� hacia los �rboles, donde su joven amiga se inclinaba cerca de otro muchacho que no conoc�an, susurr�ndole algo. �l le mostraba un libro, movi�ndolo en el aire. Parec�a tener su pelo muy cuidado y llevaba una m�scara de cara de conejo. 129


Eleanor y Luce compartieron una risa tonta mientras se hac�an camino entre el gent�o. Helen, estaba sentada con su marido sobre una manta de lana extendida sobre la hierba, compartiendo un cuenco de madera humeante y ri�ndose de algo, lo que hizo que Luce echase de menos a Daniel otra vez. Hab�a amantes por todas partes. Incluso los padres de Lucinda hab�an ido a la Feria. La r�gida barba de su padre rozaba las mejillas de su madre mientras paseaban sobre la hierba. Luce suspir�, tocando el pa�o de encaje de su bolsillo. "Las rosas son rojas; las violetas, azules,...". Si Daniel no hab�a escrito esto, �qui�n lo hab�a hecho?. La �ltima vez que ella hab�a recibido una supuesta nota de Daniel, hab�a sido una trampa de los proscritos... Y Cam la hab�a salvado. Sinti� que el calor inundaba su cuerpo. �Era una trampa? Bill le hab�a dicho que esto era solamente una fiesta de San Valent�n. Hab�a puesto tanto empe�o en ayudarla en su b�squeda, que no la habr�a dejado sola si hubiese un verdadero peligro...�o s�? Trat� de evitar ese pensamiento. Bill le dijo que Daniel estar�a all�, y Luce le cre�a. Pero la espera la estaba matando. Sigui� a Eleanor hacia una larga mesa, donde hab�an dispuesto platos y cuencos con alimentos t�picos. Hab�a pato servido sobre liebres enteras, asados al espeto; calderas de coliflor ba�adas con una brillante salsa naranja; platos con montones de manzanas, peras y pasas secas cosechadas en los bosques circundantes; y una enorme mesa llena de deformes tartas, de carne y fruta, medio quemadas. Vio a un hombre sacar un cuchillo de la correa de su cintur�n y cortar una gruesa rebanada de una tarta. Esa misma tarde, cuando estaba saliendo por la puerta de su "humilde morada" la madre de Lucinda le hab�a entregado una cuchara de madera, que llevaba atada a un lazo de lana que colgaba de su cintura. Todos estaban listos para comer, peleando por acomodarse, pero Luce segu�a esperando la llegada de su amor. Eleanor apareci� al lado de Luce sosteniendo un taz�n de gachas de avena, que acerc� a sus narices. "Con mermelada de grosella por encima!", le dijo Eleanor, "tu preferida".

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Cuando Luce meti� su cuchara en la espesa mezcla, eman� un sabroso aroma que le hizo la boca agua. Estaba caliente y delicioso � necesitaba recuperar fuerzas para otro baile � y, antes de que se diese cuenta, se lo hab�a comido todo. Eleanor ech� un vistazo al taz�n vac�o, sorprendida: "El baile da apetito, �verdad?". Luce asinti�, sinti�ndose satisfecha. Entonces vio a dos cl�rigos sentados a parte, en un banco de madera bajo un viejo olmo. Ninguno participaba de las festividades � de hechos parec�an m�s bien carabinas que parrandistas � pero el m�s joven de ellos mov�a sus pies al ritmo de la m�sica, mientras que el otro, que ten�a el rostro arrugado como escudri�ando, fulminaba con su mirada a la muchedumbre. "El Se�or ve y oye este lascivo libertinaje cometido tan cerca de su casa", el hombre de la cara arrugada se mof�. "Y m�s cerca todav�a", se ri� el otro cl�rigo, "recuerdas, hermano Docker, cu�nto oro de la iglesia fue a parar al banquete de San Valent�n del Se�or? �fueron veinte piezas de oro por esto? Estas festividades del pueblo no cuestan m�s que la energ�a de bailar. Y bailan como los �ngeles..." Si Luce pudiese ver a su �ngel bailando hacia ella en este momento... "Los �ngeles que dormir�n ma�ana durante las horas de trabajo, hermano Herrick". "�No ves la alegr�a en sus j�venes caras?. Los ojos del vicario m�s joven cruzaron el prado encontrando a Luce en una esquina, y se complaci�. Ella se ri� bajo su m�scara �aunque su gozo esa tarde podr�a verse aumentado infinitamente si pudiese estar entre los brazos de Daniel. �C�mo, si no, podr�a resultar rom�ntica esa noche para ella? Parec�a como si Luce y el vicario de cara arrugada fuesen las dos �nicas personas entre aquella multitud de m�scaras que no estaban disfrutando. Y, generalmente, a Luce le gustaban las buenas fiestas, pero todo lo que ella quer�a era poder ver los rostros de los muchachos. Si se encontrase con �l en medio del gent�o, �c�mo sabr�a si el Daniel de esta �poca la estaba buscando? Luce miraba fijamente, sin rodeos, a un alto muchacho rubio, cuya m�scara se parec�a a un �guila, que salt� por delante del puesto de t�teres para plantarse frente a ella. "�Soy yo, o me estabas mirando?". Su abrumadora voz no le pareci� ni familiar ni desconocida. Durante un momento, Luce contuvo el aliento. 131


Se imagin� sintiendo sus manos alrededor de su cintura... el modo en el que �l siempre se inclinaba sobre ella para prolongar un beso... deseaba tocar el lugar donde sus alas florec�an de sus hombros, la secreta cicatriz que nadie conoc�a, solo ella... Cuando Luce le levant� la m�scara el muchacho sonri� abiertamente � pero su risa desapareci� tan r�pido como Luce le vio la cara. Era muy apuesto, hab�a solamente un problema: no era Daniel. Y entonces cada rasgo del muchacho � desde su cuadrada nariz, su fuerte mand�bula, sus grises ojos � palidecieron en comparaci�n con el chico que Luce ten�a en mente. El muchacho no pudo ocultar su verg�enza. Trat� de decir algo, pero no pudo; y desliz� de nuevo su m�scara sobre su cara, haciendo que Luce se sintiera terrible. "�Lo siento!", dijo ella retrocediendo lentamente. "Te he confundido con otra persona". Por suerte, mientras retroced�a se tropez� con Laura, cuyo rostro, a diferencia del de Luce era alegre por la magia de la noche. "�Ay, espero que empiece pronto el sorteo de la Urna de Cupido!", exclam� Laura, meci�ndose sobre sus talones; y alej� a Luce, afortunadamente, lejos del muchacho de m�scara de �guila. "�Pudiste meter tu nombre en la Urna?", le pregunt� Luce buscando una sonrisa. Laura neg� con la cabeza. "�Madre me matar�a!". "�Ya no falta mucho!". Eleanor apareci� entre ellas. Parec�a nerviosa (confiaba en cualquier cosa que no fuesen los hombres). "Suenan las campanas de la iglesia; otra oportunidad para que los nuevos enamorados bailen y... quien sabe... con suerte, reciban un beso". Sonaron las campanas. Para Luce parec�a como si hubiesen dado las ocho hace un momento pero el tiempo pasaba m�s r�pido de lo que ella pensaba. �Ya eran las nueve?. Su tiempo para estar con Daniel se estaba agotando � muy, muy r�pido � y su obsesiva b�squeda entre las m�scaras no daba resultado: ning�n par de ojos violetas brillaron bajo su m�scara. Ten�a que actuar. Algo le dec�a que tendr�a mejor suerte en la zona de baile. "�Bailamos otra vez?" pregunt� a las muchachas empuj�ndolas hacia los bailarines. 132


Los parrandistas hab�an sellado la hierba en el fango. La m�sica se hab�a vuelto m�s intrincada, un vals r�pido, y los pasos del baile hab�an cambiado. Luce segu�a los ligeros y r�pidos pasos, mejorando los movimientos de brazos cada vez m�s complicados a medida que aprend�a. Palma con palma con el caballero de enfrente, una simple reverencia, y luego varios saltos en c�rculo alrededor de la pareja para despu�s hacer frente al contrario; y, a continuaci�n, un intercambio con la muchacha de la izquierda. Y otra vez, palma con palma con el joven siguiente repitiendo los pasos anteriores. A mitad de la canci�n, Luce estaba sin aliento, ri�ndose tontamente cuando su nueva pareja se detuvo delante de ella. Sus pies se sintieron de pronto anclados al barro. Era alto y delgado, llevaba una m�scara con manchas de leopardo. El dise�o era desconocido para la Lucinda medieval � no hab�a leopardos en los bosques cercanos a la ciudad - . Sin duda era la m�scara m�s elegante que hubiese visto jam�s en cualquier fiesta. El muchacho alarg� sus manos mientras ella se dirig�a con cautela hacia �l; su apret�n fue firme, casi posesivo. Detr�s de los orificios de la m�scara de leopardo, se produjo un suave resplandor en el iris verde que la miraba con fijaci�n.

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La consecuencia de tocar las estrellas.

"Buenas noches, se�orita. Bailas con destreza. Como un �ngel". Los labios de Luce se abrieron para responder, pero su voz se qued� atrapada en su garganta. � Por qu� ten�a que aparecer Cam en esta fiesta?. "Buenas noches, se�or". Respondi� Luce con voz temblorosa. Del traj�n del baile su cara estaba enrojecida, sus trenzas se hab�an ca�do y una de las mangas de su vestido se hab�a deslizado de su hombro. Pod�a sentir la mirada de Cam en su piel desnuda. Justo cuando Luce iba a colocar su manga, la mano enguantada de Cam la detuvo. "Te queda mejor as�". Pos� un dedo sobre la clav�cula de Luce y ella se estremeci�. "Esto inspira la imaginaci�n de un hombre, sabes?". La canci�n cambi� de tono, una se�al para que los bailarines cambiaran de pareja. Los dedos de Cam se despegaron de su piel, pero el coraz�n de Luce todav�a lat�a con fuerza mientras bailaban uno a distancia del otro. Vio a Cam por el rabillo del ojo, que todav�a la miraba. Sab�a que de alguna manera este no era el Cam del presente que la persegu�a en el tiempo. �ste era el Cam que vivi� y respir� el aire medieval. Era sin duda el bailar�n m�s elegante del baile. Ten�a una cualidad et�rea en sus pasos que no pasaba desapercibida a las damas. Por la atenci�n que recib�a, Luce supo que �l no era habitual de la ciudad. Hab�a llegado especialmente para asistir a la Feria de San Valent�n. Pero...�por qu�?. Luego se emparejaron de nuevo. �Estaba bailando? Su cuerpo estaba r�gido. Incluso la m�sica parec�a detenerse en un infinito medio comp�s, lo que hizo que Luce se preocupase de que ella y Cam tuviesen que quedarse parados, mirando a los ojos del otro para siempre. "�Est� usted bien, se�or?". Luce no pretend�a decir eso pero lo hizo. Hab�a algo extra�o en la expresi�n de Cam. Era una especie de tiniebla que su m�scara no pod�a ocultar. No era la expresi�n aterradora que hab�a mostrado en el 134


cementerio de Espada & Cruz. No, el alma de este Cam estaba paralizada por la pena. �Pero...por qu�? Los ojos de Cam se estrecharon, como si intuyera lo que Luce pensaba y algo en su rostro cambi�. "Nunca he estado mejor". Cam lade� la cabeza. "Eres t� quien me preocupa, Lucinda". "�Yo?". Luce intent� no mostrarse afectada. Dese� tener una m�scara completamente diferente, ser invisible, que nadie, y mucho menos Cam, supiese lo que ella sent�a. Cam levant� su m�scara hasta la frente. "Te has empe�ado en algo imposible. Terminar�s con el coraz�n roto, y sola. A menos que..." "A menos que... �qu�?". Cam neg� con la cabeza. "Hay tanta oscuridad en ti, Lucinda", dijo mientras volv�a a ponerse la m�scara de leopardo. "Volver� a pasar, todo vuelve...". Su voz se apag� cuando empez� a bailar de nuevo. Por una vez, Luce no hab�a terminado con �l. "�Espera!", grit� Luce. Pero Cam hab�a desaparecido en el baile. Bailaba en c�rculos con una nueva pareja. Laura. Cam murmuraba algo al o�do de la inocente muchacha, y ella echaba su cabeza atr�s ri�ndose. Luce echaba chispas. No quer�a que Laura estuviese cerca de Cam. No le conven�a. Deseaba coger a Cam y obligarle a explicarse; quer�a mantener una conversaci�n, no breves intervalos melodram�ticos en medio de una fiesta p�blica medieval. Y all� estaba otra vez, se acercaba a ella con un perfecto dominio de sus pasos, como si fuese �l quien marcaba el ritmo de la m�sica. Luce no se hab�a sentido tan fuera de control. Justo cuando Cam estaba a punto de volver frente a ella de nuevo, un hombre alto y rubio lo empuj� a un lado, qued�ndose frente a ella sin intenciones de bailar. "�Hola!" Luce contuvo el aliento. "�Hola!" Alto, vigoroso, misterioso m�s all� de todo lo posible. Le conocer�a en cualquier lugar del mundo. Se acerc� a �l, desesperada por sentir alg�n tipo de conexi�n, por sentir la dulce descarga del verdadero amor... 135


Daniel. En ese momento, la m�sica estaba a punto de dictar un nuevo cambio de pareja, desacelerando el ritmo, casi como por arte de magia... transform�ndose en una melod�a mucho m�s lenta y hermosa. Las llamas de las velas colocadas alrededor de la fiesta vacilaron sobre el cielo oscuro, y el mundo entero pareci� contener el aliento. Luce mir� a los ojos de Daniel y todo pas� a un segundo lugar. Por fin, le hab�a encontrado. Daniel se acerc� a ella rodeando su cintura, haciendo que el cuerpo de Luce se fundiese con el suyo, ardiente por la emoci�n de su tacto. Ella le dej� hacer; no hab�a nada tan maravilloso en el mundo como bailar con su �ngel. Sus pies besaban el suelo con la ligereza de sus pasos... el deslizamiento era tan evidente y propio de Daniel... sinti� que flotaba en lo m�s profundo de su coraz�n...algo que solo sent�a cuando estaba cerca de �l. No exist�a nada m�s extraordinario...excepto, tal vez, un beso suyo. Sus labios se separaron en la espera, pero Daniel solo la miraba, mientras ella beb�a en sus ojos. "Pens� que nunca llegar�a este momento", dijo Luce. Pens� en su escapada a trav�s de la anunciadora en el patio trasero de su casa, persiguiendo sus vidas pasadas... vi�ndolos abrazarse,... en las discusiones que hab�an tenido por mantenerla a salvo y, con vida. A veces era f�cil olvidar lo bien que estaban juntos. Qu� hermoso era.... estar con �l era como flotar... S�lo con mirarle se le erizaba el bello, hac�a que su est�mago se llenase de mariposas...y todo esto, no era nada comparado con sus besos. Daniel levant� su m�scara y la abraz� con tanta fuerza que no pod�a moverse. Pero ella, en ese momento, no quer�a un abrazo. Quer�a estudiar minuciosamente todos los rasgos de su precioso rostro, persistiendo en la curvatura de sus delicados labios. No lo pod�a creer: �Era �l!. "Siempre volver� a ti". Sus ojos la hipnotizaban. "Nada ni nadie podr� imped�rmelo". Luce se puso de puntillas, desesperada por besarle, pero Daniel presion� un dedo contra sus labios y sonri�. "Ven conmigo", le susurr� tom�ndole la mano.

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Daniel la llev� fuera del prado de la feria, m�s all� del anillo de robles que rodeaban a los parrandistas. La hierba alta le hac�a cosquillas en los tobillos; la luna iluminaba su camino hasta que se adentraron en la oscuridad del bosque. All� Daniel tom� un peque�o farol que relumbraba con intensidad, como si todo formase parte de un plan. "�A d�nde vamos?" pregunt� Luce, a pesar de que no le importaba en realidad, siempre y cuando estuviesen juntos. Daniel se limit� a sacudir la cabeza y sonri�, tendi�ndole la mano para ayudarla a sortear un tronco que bloqueaba el camino. Mientras caminaban, la m�sica se desvanec�a poco a poco hasta que fue dif�cil de discernir, mezcl�ndose con el ulular de los b�hos y el cuchicheo de las ardillas en las ramas de los �rboles; la luz del farol se tambaleaba, alcanzando la mara�a de ramas desnudas que se engarzaban sobre ellos. Una vez, Luce hab�a sentido miedo de las sombras del bosque, pero eso parec�a que fuese hace miles de a�os. Caminaron cogidos de la mano siguiendo un estrecho sendero de guijarros. La noche se hac�a m�s fr�a y Luce se acerc� a Daniel en busca de calor, rode�ndolo por debajo de sus brazos mientras �l la envolv�a. Cuando llegaron a un cruce en el camino, Daniel se detuvo, como si se hubiese perdido. Luego se volvi� para mirar a Lucinda: "Te debo una explicaci�n...", dijo, "...te debo un regalo de San Valent�n". Luce se ech� a re�r. "No me debes nada. S�lo quiero estar contigo". "Vale, pero... he recibido tu regalo". "�Mi regalo?", Luce le mir� sorprendida. "Y me toc� el coraz�n". Se acerc� y le cogi� la mano. "Me disculpo si he hecho algo que no haya sido especial. Hasta ayer, no pens� que fuera capaz de encontrarte esta noche...". Un cuervo grazn� y aterriz� sobre una inestable rama por encima de ellos. Daniel continu�: "...pero luego lleg� un mensajero y nos dio a todos los caballeros instrucciones estrictas de asistir a la Feria. Me mont� en mi caballo desesperado por encontrarte esta noche... he estado tan impaciente por poder recompensarte por tu m�s que atento regalo". "Pero Daniel, yo no...". 137


"Gracias, Lucinda". Al momento sac� una funda de cuero que parec�a alojar una daga. Luce intentaba mirar no demasiado desconcertada, pero nunca hab�a visto esa daga en su vida. "�Alguna vez has tenido la sensaci�n de que alguien nos est� vigilando?, dijo Luce ri�ndose en voz baja y acariciando el pa�uelo de su bolsillo. Daniel sonri�, "Todo el tiempo". "Puede que sean nuestros �ngeles de la guarda", brome� Luce. "Puede" respondi� Daniel, "pero afortunadamente, en este momento, creo que estamos solos t� y yo". La gui� hacia la izquierda unos cuantos pasos m�s, luego giraron a la derecha pasando junto a un roble torcido. En la oscuridad, Luce pudo ver un peque�o claro circular, donde parec�a que hab�a un gran roble talado. Su tronco estaba en el centro del claro � y algo estaba colocado sobre �l, pero no pod�a distinguirlo desde aquella distancia � . "Cierra los ojos" le dijo; y, cuando lo hizo, sinti� que la luz se alejaba. Oy� crujir la hierba alrededor del claro, y estuvo a punto de mirar a escondidas, pero se las arregl� para aguantar, esperando la sorpresa de la manera en la que Daniel lo hab�a previsto. Despu�s de un momento, un olor familiar llen� su nariz. Cerr� m�s los ojos, respirando hondo. Algo suave... floral... y absolutamente inconfundible. Peon�as. Todav�a con los ojos cerrados, Luce pudo ver su deprimente dormitorio de Espada & Cruz, embellecido por el jarr�n de peon�as en la ventana, que Daniel le hab�a llevado cuando estaba en el hospital. Pod�a ver el borde del acantilado en el T�bet, donde Daniel le hab�a dado las mismas flores en un encuentro que termin� demasiado pronto. Casi pod�a oler el pabell�n de Helston, lleno de peon�as blancas y suaves como plumas. "Ahora... abre los ojos" Pod�a sentir la risa en la voz de Daniel, y cuando abri� los ojos y le vio de pie ante el toc�n de un �rbol adornado con un gran ramo de peon�as en un amplio jarr�n de cobre, se cubri� la boca, con la respiraci�n entrecortada. Pero eso no era todo. Daniel hab�a enhebrado las flores de peon�a en delgadas ramas colgantes... jarrones de corteza en todos los tocones de los �rboles circundantes... hab�a sembrado el suelo con los p�talos nevados de las delicadas 138


peon�as... hab�a tejido una corona de flores para el pelo...y por todas partes dispuso decenas de velas encendidas en peque�as l�mparas colgantes, de modo que todo el claro resplandec�a m�gicamente. Cuando Daniel se acerc� para ponerle la corona, Luce �y tambi�n su yo medieval� casi se derrite. La Lucinda medieval no reconoci� la variedad de tal cantidad de flores, no ten�a ni idea de c�mo hab�a conseguido hacer todo esto en pleno mes de febrero � y amaba cada detalle de la sorpresa � . Pero Lucinda Price sab�a que las peon�as de color blanco puro eran algo m�s que un simple regalo del d�a de San Valent�n. Eran el s�mbolo del amor eterno de Daniel Grigori. La luz de la vela parpadeaba sobre su cara. �l estaba sonriendo pero parec�a nervioso, como si no supiese si le hab�a gustado su regalo. "Daniel.." Luce le abraz�. "...son hermosas!". �l la sostuvo entre sus brazos dando una vuelta en c�rculo y le asegur� la corona sobre su cabeza. "Les llaman peon�as. No son las flores tradicionales de San Valent�n..." dijo sacudiendo su cabeza pensativo, "... pero de todas formas, son... tambi�n forman parte de una tradici�n". Luce quer�a entender lo que �l le dec�a exactamente, pero no pudo. "Quiz�s podr�amos hacer nuestra propia tradici�n de San Valent�n" sugiri�. Daniel sac� una flor del ramo y la sostuvo entre los dedos de Luce, manteni�ndola cerca de su coraz�n. �Cu�ntas veces a trav�s de la historia hab�a hecho exactamente lo mismo? Luce pudo ver un destello en los ojos de Daniel que suger�a que jam�s envejecer�a. "S�, nuestra propia tradici�n de San Valent�n", reflexion� Daniel. "Las peon�as y... bueno, debe haber algo m�s, �no crees?". "Peon�as y..." Luce se devanaba los sesos. No necesitaba nada m�s. No necesitaba nada m�s que a Daniel... y, bueno,...."�Qu� te parece: las peon�a y... un beso?". "Es una idea muy, muy buena". Entonces la bes�. Sus labios se sumergieron en los de ella con un deseo insuperable. El beso fue salvaje, nuevo, y exploratorio, como si nunca se hubieran besado. Daniel se perdi� en el beso, entrelazando el pelo de Luce con sus dedos; 139


not� su c�lido aliento en el cuello mientras sus labios exploraban los l�bulos de sus orejas y su clav�cula, descendiendo hacia su vestido. Respiraban con dificultad, pero se negaban a dejar de besarse. La excitaci�n sub�a por el cuello de Luce, y su pulso comenz� a acelerarse. �Qu� estaba pasando?. Ella iba a morir de amor all� mismo, en medio de este brillante bosque blanco. No quer�a dejar a Daniel, no quer�a ser expulsada del para�so hacia otro negro agujero, con Bill como �nico compa�ero. Maldita sea esta maldici�n. �Por qu� estaba ligada a ella?, �por qu� no pod�a liberarse?. L�grimas de frustraci�n acudieron a sus ojos. Se apart� de los labios de Daniel, presionando su frente contra la de �l, respirando con dificultad, esperando a que el fuego chamuscase su alma y tomase la vida de este cuerpo. S�lo cuando dej� de besar a Daniel, el calor se desvaneci�, como una olla que se aparta del fuego. Ella volvi� a sus labios otra vez. El calor floreci� a trav�s de ella como una rosa en verano. Pero algo era distinto esta vez. No era todo igual. Esta no era la llama que la consum�a por completo, la que la hab�a desterrado de sus cuerpos del pasado y enviado a escenas cubiertas de humo. Este era un �xtasis ardiente, vivo, deslumbrante... besar a alguien que realmente amaba; alguien con el que estaba destinada a estar por siempre. Y ahora. Daniel la miraba nervioso, sintiendo que algo importante estaba pasando en el interior de Luce. "�Ocurre algo?". Hab�a tanto que decir... Mil preguntas compet�an en la punta de su lengua, pero entonces una voz ronca sacudi� su imaginaci�n. ...El �nico d�a de San Valent�n que ten�is para estar juntos... �C�mo era posible? Tanto amor que hab�an vivido y, sin embargo, nunca antes y, nunca m�s volver�an a pasar el d�a m�s rom�ntico del a�o uno en los brazos del otro. A pesar de todo, all� estaban; atrapados en un momento entre el pasado y el futuro, agridulce y bello, confuso y extra�o, pero incre�blemente v�vido. Luce 140


no quer�a arruinarlo. Tal vez Bill, y el cl�rigo joven y su querida amiga Laura estaban en lo cierto. Tal vez solo bastaba con estar enamorados. "Nada. S�lo b�same... b�same una y otra vez". Daniel la levant� suavemente del suelo y la acun� entre sus brazos. Sus labios eran como la miel. Ella envolvi� sus brazos alrededor de su cuello. Daniel recorri� con sus manos la espalda de Luce hasta la cintura. Luce casi no pod�a respirar. Se sent�a abrumada por tanto amor. A lo lejos, las campanas sonaron. Estaban extrayendo nombres de la Urna de Cupido, las manos de los muchachos seleccionaban a sus amores, las mejillas de las muchachas se pon�an rojas de expectaci�n... todo el mundo con el deseo de un beso. Luce cerr� los ojos y dese� que todas las parejas del prado � todas en el mundo � pudiesen compartir un beso tan dulce como el suyo. "Feliz d�a de San Valent�n, Lucinda". "Feliz d�a de San Valent�n, Daniel. �ste y muchos m�s". �l le dirigi� una c�lida y esperanzadora mirada y asinti� con la cabeza. "Te lo prometo".

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Ep�logo: Los guardianes.

De vuelta al prado, cuatro trovadores que completaban su �ltima canci�n, salieron del escenario para dar paso a la presentaci�n de la Urna de Cupido. Tanto hombres como mujeres se agolpaban con j�bilo hacia la plataforma dejando a los trovadores a un lado. Uno a uno todos levantaron sus m�scaras, descubriendo sus rostros. Shelby baj� su flaut�n. Miles pulsaba un acorde m�s en su lira con destreza y Ronald le concertaba su desgastado la�d. Arriane meti� su oboe en su estuche de fina madera y se fue a servirse una gran taza de ponche, hizo una mueca cuando lo trag� y presion� con una mano la tela ensangrentada que tapaba su reciente herida en el cuello. 142


"Improvisas muy bien Miles", dijo Ronald: "�Ya hab�as tocado la lira antes, verdad?" "Es la primera vez", respondi� Miles con indiferencia, aunque era evidente que se sent�a complacido por el elogio. Ech� un vistazo a Shelby y le apret� la mano. "Probablemente, s�lo sonaba bien por el acompa�amiento de Shelby". Shelby puso los ojos en blanco, pero se dio por vencida y se acerc� a Miles d�ndole un pico suave en los labios. "S�, probablemente". "�Ronald?" pregunt� Arriane de repente, dando vueltas como inspeccionando el prado. "�Qu� pas� con Daniel y Lucinda?. Hace un momento estaban justo ah�. Ay � dijo d�ndose con la mano en la frente - �este amor suyo nunca sale bien?". "Acabamos de verles bailando", dijo Miles. "Estoy seguro de que est�n bien. Est�n juntos". "Le dije a Daniel claramente: "baila con Lucinda en el centro del prado donde podamos verte"; �como si no conociese nuestro trabajo!. "Creo que �l tiene otros planes" dijo Ronald con tono amenazante. "El amor a veces los tiene". "Vosotros, relajaos", la voz de Shelby tranquiliz� a los dem�s, como si su reciente amor hubiese reforzado su fe en el mundo. "Vi c�mo Daniel la llevaba hacia el bosque.". "�Alto!", grit� tirando del manto negro de Arriane. �No los sigas!... �no crees que despu�s de todo se merecen estar a solas?" "�A solas?" Ronald se puso delante de Arriane echando un brazo alrededor de su hombro tratando de evitar tocar su cuello lesionado. "S�" dijo Miles, agarrando la mano de Shelby. "Se merecen un tiempo a solas". Y, en ese momento bajo las estrellas, los cuatro entendieron lo m�s simple. A veces, el amor necesita un impulso de sus �ngeles de la guarda para mantener los pies sobre la tierra. Pero una vez que emprende el vuelo, deben confiar en sus propias alas, para subir a las m�s elevadas e inimaginables alturas en el cielo...y m�s all�.

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Fin. Traducci�n: E1980.

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