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Escribí la siguiente poesía inspirada en un personaje del Evangelio que siempre admiré por su certeza, su valentía y su dulzura. Ella es “la hemorroisa”, una mujer que, según cuentan, sufría de fuertes hemorragias. Esto le impedía llevar una vida normal, y como era segregada por causa de este mal, nunca había podido tener una pareja, y menos aún hijos. Había visitado muchos médicos, y había gastado mucho dinero pero nada había dado resultado, y cada vez sufría más y se sentía muy sola. Así es que un día decide a ir al encuentro de Jesús, confiada en que con sólo tocar su manto se sanaría. Es interesante leer el relato en el Evangelio, y poder ir más allá de lo textual. El pasaje está lleno de detalles y de simbología. (Marcos 5, 21- 3 4) La hemorroisa vivía su tristeza en secreto. Por la naturaleza de su enfermedad no podía ser de otra manera en esa época. Cada vez que imagino la escena al presentarse delante de Jesús y entre toda la multitud, me lleno de admiración por su coraje y su certeza. No cree que va a ser curada con sólo tocar el manto. Lo sabe. Yo creo que Jesús no hacía milagros para mostrar su poder. Creo que nos mostraba nuestro poder, y ése era el milagro. Entrar en contacto con nuestra maravilla, con nuestra Verdad, con nuestro Ser, ése es el milagro. Yo siento, como dice la poesía, que Jesús nos mira a los ojos con Amor Incondicional, y entonces hace que nosotros nos miremos a nosotros mismos de la misma manera. Eso es “sanar”… Y sanar es mirarnos en nuestra Verdad. Es ser concientes de la energía del Cristo en nuestro interior. Jesús ya no es más afuera. Es adentro. Siempre.


El Maestro ¿Dónde está el Maestro que con su mirada sana las heridas y acaricia llagas? ¿Dónde está el Maestro que con su presencia enciende esa chispa escondida adentro? Dicen que ese hombre tanto amor irradia que esa llama débil se hace llamarada, el fuego más dulce mezclado con agua, que limpia y transforma heridas del alma. Mañana en la tarde, dicen sin dudar, pasará el Maestro por este lugar. Cuando el sol despierte y sus rayos dormidos entren a mi cuarto, yo ya me habré ido.


Antes de que el pájaro, con su canto nuevo, en la madrugada haga su relevo al grillo cansado, que entrega la guardia, y cierra la noche con canto apagado… estaré en la vera del camino abierto, esperando ansiosa que pase el Maestro. Detrás de una piedra estaré escondida… me muero de miedo ¡ésa es mi herida! Sé que me señalo y así me señalan. Soy “la hemorroisa”, de mí todos hablan: aquella mujer que mientras camina triste va dejando jirones de vida. Y aunque quiero Vida en mi “lugar de Vida”, tengo tanto miedo que pierdo la Vida. Y toda esa fuerza ese potencial, se escapa y diluye sin fecundidad.


Y me muero, Maestro, me muero de miedo cuando veo afuera mi mentira adentro. Yo sé que es mentira, que es una ilusión, que nunca “Soy” sola que “Soy” sólo Amor. Pero siento miedo cuando me señalan, y también yo señalo eso que señalan… ¿Y quién no está enfermo, quién no tiene heridas? ¿Y quién no camina perdiendo la vida? Muchos pierden sangre, algunos, la venden, o a otros la roban, y otros, la retienen. Mostrame el regalo Maestro de Amor. ¿Qué debo aprender del rojo dolor? En el horizonte, una nube de tierra avanza envolviendo multitudes lentas.


Te acercás Maestro… Te huelo en el viento. En mi corazón tus latidos siento. Detrás de mi piedra, Maestro te espío. Recorre mi cuerpo el sudor más frío. Y de miedo tiemblo, más siento valor. Me inunda y embriaga el más dulce Amor.

Con un coraje impensado abandono mi guarida, la de adentro y la de piedra y voy en busca de la Vida. Y entre aquella muchedumbre me pierdo encontrando Vida, me confundo entre los hombres que también buscan la Vida. Y así, estirando mi brazo, logro tocar tu manto, y siento una fuerza de Amor que todo transforma en milagro. Y sucede en ese instante que se detiene la vida…

Me siento nacer de nuevo, ya no sangran mis heridas.


Dándome la media vuelta, me abro paso, agradecida, henchida de Amor Divino, ese que me devolvió la Vida. Pero la voz del Maestro nítida se hace escuchar: “¿Quién ha tocado mi manto? Quiero saber la verdad”. No entendiendo, sus amigos, se empiezan a preocupar: “Acaso, Jesús, no has notado que esto de gente es un mar?” Mirando a su alrededor Jesús vuelve a preguntar: “¿Quién ha tocado mi manto? Sé que es alguien especial.” Y le digo: “Yo Maestro… ¡Jamás me iba a imaginar que en esta gran muchedumbre mi amor ibas a notar! “Es que es tan grande y tan puro, ¿cómo no lo iba a notar?”, dice Jesús conmovido, “dejame a mí amarte igual”. Yo tímidamente digo: “Maestro, si me mirás, yo me miro en tu mirada y descubro mi Verdad.” Y el Maestro me responde, mirándome con amor, esta frase que atesoro profundo en mi corazón:


“Cuando en mis ojos te mires y en los tuyos Yo me vea, verás la Tierra en el Cielo y el Cielo vendrá a la Tierra. Y abrazarás la Verdad: s omos uno en el Amor por toda la eternidad.”

Luz L.M. Noviembre 2008

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El Maestro  

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