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Marcelo Cohen (Prólogo a Ventanas altas, de Philip Larkin)

Ventanas altas PRÓLOGO En el tupido sistema de la poesía inglesa, la posmodernidad irrumpió mucho antes de que las ciencias humanas del continente europeo se decidieran a estudiarla; mucho antes, y con un sentido más preciso, que en el mundo disperso de la poesía en lengua castellana. Para los ingleses el modernismo fue lo que instauraron Eliot y Pound; nació estrepitosamente con las innovaciones de La Tierra Baldía, se consagró en el agitado mapa de los Cantos Pisanos, estuvo asociado a la revolución del Ulises y a maneras de representación basadas en el verso libre, la prosodia oral, la imagen como núcleo, la ruptura de la sintaxis decimonónica y el rastreo de los ecos arcaicos de la palabra. Fue, por lo tanto, un movimiento de aspiraciones y resonancias ampliamente culturales, paralelo al que en la lengua española propugnaron las llamadas vanguardias (Huidobro, Vallejo, el Neruda de Residencia en la Tierra, el Lorca de Poeta en Nueva York, Paz, Lezama Lima, por ejemplo). Para un poeta inglés, declararse posmoderno no es esgrimir un escudo anímico sino oponer un programa poético al programa de la poesía experimental. A mediados de la década de los '50 un grupo de universitarios de Oxford entre los que se encontraban Robert Conquest, Kingsley Amis, Tom Gunn, Donald Davie, Elizabeth Jennings y Philip Larkin se propuso recuperar una vertiente de la poesía inglesa que, representada a principios de siglo por Thomas Hardy, había quedado interrumpida tanto por la Primera Guerra Mundial como por el fuerte impacto de Yeats —a quien esos jóvenes consideraban celta— y de Eliot —que para ellos era americano—. Un periodista del Spectator que los denominó The Movement (el Movimiento; aunque también Conmoción), juzgó a los rebeldes 'irónicos, robustos, escépticos, dispuestos a sentirse lo más cómodos posible en un mundo comercial, antirromántico y amenazado que, no obstante, un puñado de poetas no parece tener posibilidades de cambiar". Conquest diría que el punto esencial de la poesía de los cincuenta era el rechazo a someterse a grandes sistemas teóricos, aglomeraciones o dictados subconscientes, a la mística y a la lógica, para adoptar una actitud empírica. Más eufórico, Amis declararía: Por unos años nadie quiere leer más poemas sobre los grandes temas, pero tampoco sobre filósofos, o pintores, o novelistas, o galerías de arte, o mitología, o ciudades extranjeras, o sobre otros poemas. The Movement desdeñaba no sólo el preciosismo y el aislamiento del poeta, sino también el surrealismo, la experimentación desbocada y, posiblemente a sus contemporáneos norteamericanos, los primeros beats. No es impertinente sospechar que, proviniendo de graduados de Oxford, la actitud era más un sofisticado berrinche de intelectuales que una política vital. Al cabo, de todos modos, los llevaría a una concepción de la belleza: algo difícil de encontrar, ante cuya ausencia no había por qué escandalizarse, pero que tampoco convenía sepultar con exabruptos. El que más sutilmente materializó esta posición fue Larkin, un hombre adusto a quién alguien definió como el corazón más triste del mercado de posguerra y que a partir de los sesenta se convirtió en el principal poeta inglés posterior a Auden. Experto en presentarse como entidad insulsa, Larkin dijo una vez que su biografía podía empezar a los

Marcelo Cohen  

prólogo de 1988 a ventanas altas de philip larkin 1979

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