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Curso de Formación Cofrade 2010/11 Primera Conferencia/Coloquio

LA CARIDAD EN EL SENO DE LAS COFRADÍAS. 500 AÑOS DE HISTORIA EN GRANADA

[COFRADIAS Y FUNCION ASISTENCIAL] Miguel Luis López-Guadalupe Muñoz [21 de octubre de 2010]

[Historiador, Doctor en Historia Moderna y Profesor Titular de Historia Moderna de la Univ. de Granada, desde 1998. Cofrade comprometido con nuestra Semana Santa, Hermano de las cofradías granadinas del Sto. Sepulcro y Cristo de San Agustín, así como Horquillero de Ntra. Sra. de las Angustias. En la actualidad, Archivero de la Hermandad Patronal de Ntra. Sra. de las Angustias de Granada.]


LA CARIDAD EN EL SENO DE LAS COFRADÍAS. 500 AÑOS DE HISTORIA EN GRANADA Viudas y huérfanos, excautivos y exsoldados, pobres vergonzantes, pobres de solemnidad y pícaros, prostitutas y vagabundos, enfermos y lisiados, locos, leprosos, mendigos, desocupados, peregrinos... eran tipos presentes en la sociedad del Siglo de Oro. La pobreza es una constante histórica en el Antiguo Régimen, a la vez que una realidad ambigua, que comprende situaciones muy dispares: un notable número de personas viven dentro de los límites de la pobreza más absoluta, pero, además, la gran parte de la población constituyen "pobres potenciales", pues sus recursos son tan precisos y su forma de vida tan precaria que "cualquier cosa que afecte al normal desenvolvimiento de la misma, amenaza con hacerles traspasar el umbral de la pobreza y caer en la indigencia", en palabras de López Alonso. En algunos momentos el panorama llegaba a ser desolador, sobre todo cuando la muerte se presentía tan cercana. Es ésta una razón poderosa para explicar la sociabilidad humana y el espíritu espontáneo de asociación. Es una expresión de signo cristiano propia de los hombres en la Edad Moderna. Socorrer al pobre y al necesitado es una obligación evangélica, que se repite tanto en los Padres de la Iglesia como en los tratadistas filosófico-teológicos. Es una obligación de todo cristiano. Por ello, en el seno de las Hermandades y Cofradías debe considerarse como uno de sus fines o funciones explícitas, por cuanto la caridad con los hermanos (el prójimo) va indisolublemente unida al amor de Dios, o sea, culto y caridad son las dos caras de la misma moneda. La mentalidad benéfica de aquella época se expresa en actitudes como: - visión del pobre y del enfermo como medios necesarios para la salvación eterna de sus benefactores. - fundación de obras pías, donaciones y legados. - preparación para el bien morir con disposición de obras de misericordia. - solidaridad ante la muerte. - aparición de centros hospitalarios. - generalización de la limosna. Para Juan de Zabaleta, "una descortesía para con el pobre es algo así como una violación del temor de Dios, y la denegación de la limosna se consideraba como una villanía infame y una ruindad de espíritu". La práctica de la limosna beneficiaba a ambas partes: al receptor desde el punto de vista material y al benefactor desde el punto de vista espiritual, manteniendo, empero, evidentes situaciones de injusticia social. La asistencia, sobre todo la hospitalaria, es un fenómeno en el que confluyen la práctica de la caridad ejercida por la Iglesia y el espíritu de justicia social del Estado paternalista, lo que hizo surgir importantes tensiones, hasta que a finales de la Edad Moderna, en el siglo XVIII, la intervención estatal se impone de una forma decidida en el control de la beneficencia. Para las prácticas benéficas no faltaron medios: hospitales, hospicios o sociedades de socorros mutuos en el ámbito colectivo; la limosna particular, en todas sus modalidades, etc. Las Hermandades y Cofradías ocupan un papel destacado en el campo asistencial, constituyendo uno de los elementos más activos. Movidas por el espíritu cristiano de hermandad y solidaridad, las cofradías plasmaron su labor benéfica con sencillez, tanto en lo espiritual como en lo material, tratando, a la vez, de alcanzar la benevolencia y misericordia divinas. Tres aspectos destacan en la labor asistencial de las Cofradías y Hermandades: los mecanismos de previsión, la asistencia hospitalaria y la solidaridad ante la muerte.

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1. Las medidas de previsión. Los cofrades obtienen beneficios, no sólo de índole espiritual, sino también material, derivados del espíritu de asociación y de actitudes de solidaridad, impregnados ambos por la caridad cristiana. Durante la Edad Media y buena parte del siglo XVI, por regla general, las medidas de previsión venían marcadas por la espontaneidad, es decir, las ayudas se concedían más a título de gracia que de derecho pleno. La cofradía (y también el gremio) constituyen embrionarias sociedades de socorros mutuos, como bien demostró Rumeu de Armas. Él la denomina cofradía religioso-benéfica, aludiendo el nombre a sus dos fines primordiales. Esta cofradía podía ser profesional o gremial (acceso limitado, sólo para los que practicaban un mismo oficio) y general (abierta o sin limitación de acceso). La variedad de auxilios es notable: a) Auxilio de enfermedad: subsidio, asistencia médica y/o farmacéutica, asistencia hospitalaria (cuando la cofradía poseía hospital propio), auxilio por accidente, etc. Téngase en cuenta que la enfermedad era una realidad especialmente dramática, pues abocaba a situaciones de necesidad al conllevar incapacidad temporal para el trabajo. b) Auxilio de invalidez y vejez: muy raro en la cofradía medieval, suele englobarse en el de enfermedad. Las ayudas se percibían en dinero o en ropa. c) Auxilio de paro: remediaba situaciones de ruina o pérdida del negocio y del trabajo, con cantidades indeterminadas. Sólo aparece raramente. d) Auxilio de muerte: relativo a los gastos de entierro de miembros de la cofradía, especialmente si eran pobres. En un ceremonial bien reglado, la hermandad podía costear caja, andas, sepultura, etc. e) Auxilio de supervivencia: destinado a viudas y huérfanos de cofrades, con diversas ayudas. La sociedad moderna estaba muy sensibilizada en el tema de la viudedad. f) Auxilios varios: ayudas para dotes (siempre que se tratara de doncellas pobres y honestas), ayudas en caso de prisión (por deudas) o cautiverio del cofrade. Este tipo de hermandades alcanza gran apogeo en el tránsito de la Edad Media a la Modernidad, aunque las más antiguas pueden rastrearse en los siglos XII y XIII, siendo las cofradías más frecuentes en los siglos XV y XVI. A partir de este modelo surge la Hermandad de Socorro, que constituye una auténtica "sociedad de socorros mutuos". La mutualidad era fruto espontáneo del acuerdo de los asociados y adquiría su más completa concreción a través de las ordenanzas y estatutos, que regulaban las admisiones y expulsiones, las cuotas y derramas, los cargos de gobierno y administración, la gestión económica y las prestaciones que el cofrade tenía derecho a percibir en cada caso. Se protegía a todos los "afiliados" con un "seguro". Las prestaciones que ofrecían, en líneas generales, se refieren a los mismos casos que los auxilios anteriores: a) Socorro de enfermedad. b) Socorro de invalidez y vejez. c) Socorro de paro. d) Socorro de muerte o gastos de entierro, que era el más común, hasta el punto de dar lugar a específicas "hermandades de socorro de muerte", por ser exclusivamente funerarias. e) Socorro de supervivencia: destinado a huérfanos y viudas. f) Socorro de maternidad. g) Otros socorros: en los que pueden incluirse los de prisión (siempre que sea por causa honrosa) y las dotes matrimoniales para hijas de los asociados. La cofradía religioso-benéfica fue la que gozó de mayor predicamento en la Edad

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Moderna. En el caso de Granada su presencia es prácticamente absoluta. Su naturaleza benéfica (más que mutual) se aprecia en el auxilio en casos auténticos de pobreza, que incluyen al pobre de solemnidad, al cofrade venido a menos y en necesidad, o al paniaguado, persona carente de soldada y sin dinero para costear su entierro. La Hermandad de Socorro, por otra parte, recibirá un duro golpe con la política ilustrada que propició su conversión en Montepíos, fórmula defendida por Campomanes y otros reformistas, como medio eficaz de asegurar a hijos y esposas contra el riesgo de muerte del cabeza de familia. Sin embargo, sus prestaciones pronto se extendieron a los casos de invalidez y vejez y, a veces, a los de enfermedad y muerte, constituyendo organismos aseguradores de casi todos los riesgos de la vida de sus asociados. En resumen, las medidas de previsión social en las Hermandades y Cofradías religiosas responden a la práctica de las obras de misericordia, pues "si esto se ha de cumplir con nuestros próximos, según nuestra facultad, cuanto más lo hemos de hacer con los hermanos de nuestra hermandad", rezaban en las constituciones antiguas de la Hermandad de las Angustias, patrona de Granada. 2. Cofradías y hospitalidad. La asistencia hospitalaria es una práctica benéfica incluida en las medidas de previsión de algunas cofradías. Sin embargo, constituye una actividad muy específica por el medio en que se desarrolla: el hospital. Los hospitales presentaban distintas finalidades: - hospitalización, por enfermedad o accidente. - recogimiento de pobres. - acciones caritativas diversas: limosnas, dotes de doncellas, entierros de pobres, liberación de cautivos, etc. - otros fines, ajenos a la hospitalidad asistencial y sanitaria, generalmente relacionados con el culto religioso. A los hospitales afluía, y a veces se hacinaba, una amalgama de personas, que iban desde el enfermo incurable hasta el vagabundo o el rechazado por la sociedad. La presencia de hospitales en la sociedad moderna, igual que en la medieval, se encuentra plenamente justificada como inseparable de una sociedad demográficamente catastrófica, sujeta a frecuentes crisis de mortalidad. Fue el Cristianismo pionero en esta labor asistencial a favor del enfermo y, en general, del desheredado, pero, desde muy tempranamente, concurren otras instancias en el mecenazgo hospitalario. En el siglo XVI se pueden distinguir tres grandes grupos de centros por su origen fundacional: - de cofradías y hermandades, bien sean profesionales o gremiales, bien generales (como las "cofradías de caridad"). - de creación particular, generalmente fundados por personajes procedentes de los estamentos privilegiados. - de la Corona o de instituciones municipales, con frecuencia dedicados a casos especialmente difíciles -leprosos, expósitos, apestados-, aunque no necesariamente. Entre las Hermandades y Cofradías pueden distinguirse dos modos de practicar la hospitalidad: a) Las hermandades profesionales, y religioso-benéficas en general, propietarias de hospital, desempeñan una acción hospitalaria para sus asociados en caso de enfermedad, de fallecimiento, de viudedad o incluso para curar heridas derivadas de los actos de culto, como las llagas de los hermanos disciplinantes. La "casa-hospital" era antes, sino exclusivamente, centro de reunión que centro de asistencia.

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b) Las cofradías de caridad tenían como cometido expreso el ejercicio de la caridad, abierta a la sociedad. No todas lo hacían con el mismo grado de especialización y eficacia, pues unas desarrollaron la asistencia hospitalaria, mientras otras tuvieron fines caritativos particulares (redención de cautivos, educación de huérfanos, adjudicación de dotes a doncellas, asistencia domiciliaria a los enfermos, socorro de pobres, auxilio de ajusticiados, recogida de cadáveres y de mendigos abandonados) o se dedicaron únicamente a prácticas religiosas, sin contenido asistencial. La diferencia básica estriba en el beneficiario de la labor asistencial: a) En el primer caso, los beneficiarios son los propios asociados (cofrades y sus familiares). Estamos ante la práctica de una caridad interna y, como tal, más cercana al concepto de prestación a cambio de una cotización. b) En el segundo caso, la sociedad entera es beneficiaria, es decir, los necesitados sin distinción. Se trata, entonces, de la práctica de una caridad externa, presidida por valores como la generosidad y la gratuidad, aun con todas las limitaciones posibles. En estas circunstancias, la acción hospitalaria de las hermandades y cofradías granadinas es muy reducida desde sus orígenes. Cuatro son las cofradías granadinas relacionadas con la hospitalidad: a) Cofradías hospitalarias o de caridad: Los hospitales del Corpus Christi y del Refugio, situados ambos en la calle Elvira, dependen respectivamente de la Cofradía del Santísimo Cuerpo de Cristo y Misericordia y de la Hermandad de la Caridad y Refugio. En 1787 el primero alberga tres personas y treinta el segundo. Una tercera, la Hermandad de Ntra. Sra. de la Misericordia, se estableció en el hospital de ese nombre, aunque probablemente cuando el centro había dejado de prestar servicios asistenciales. b) Cofradías religioso-benéficas y profesionales: La Cofradía de San Sebastián, que administra un hospital de fundación particular, en la Plaza de Bib-Rambla, dedicado a la asistencia de pastores, marchantes y pobres en general. Asimismo, la Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias, residente en la parroquia del mismo nombre, cuyo hospital data de 1664 y en 1787 contaba con nueve enfermos. Otros centros hospitalarios, como el de la Encarnación (de fundación diocesana), el de San Juan de Dios (fundado por su orden religiosa) y el Hospital Real (fundado por la Corona), rebasaban con creces el centenar de enfermos por la misma época. En cuanto a su administración, los hospitales dependientes de hermandades y cofradías se encontraban gobernados por sus propios cofrades, quienes nombraban al administrador o mayordomo. La financiación, en base a rentas y limosnas principalmente, solía ser bastante insuficiente, máxime cuando el gasto no se dedicaba únicamente a la labor sanitaria en sí (medicinas, higiene y salarios), sino más bien a celebraciones religiosas, obras y reparaciones, etc. Tal vez por ello, la tendencia en la Edad Moderna fue la de reducir estos pequeños centros hospitalarios allí donde abundaban o a no fomentar su proliferación donde apenas existían. 3. Solidaridad ante la muerte. La dimensión benéfica de las Hermandades y Cofradías iba más allá de la previsión y de la hospitalidad. El espíritu de sociabilidad y fraternidad se manifestaba en diversiones festivas, como banquetes y ágapes, pero alcanzaba también a distintas manifestaciones de solidaridad con los hermanos, sobre todo cuando habían caído en desdicha. Estos son algunos ejemplos de actitudes de solidaridad, tomados de las Ordenanzas de la Hermandad de Nuestra Señora de las Angustias de Granada: - velar al hermano enfermo que lo pidiere o a sus hijos.

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- honrar, con la asistencia, al hermano o hijo de hermano que cante misa. - visitar al hermano enfermo, recordándole, por si llegaba el caso de la muerte, la obligación de hacer una manda a favor de la cofradía. - preocuparse de que el hermano enfermo reciba, además de la atención alimenticia y médico-farmacéutica, los sacramentos de la confesión y de la comunión. La solidaridad ante el infortunio adquiere su máximo desarrollo en el momento de la muerte, donde el espíritu de fraternidad rayaba a gran altura. Existieron, ya se ha mencionado, auténticas "hermandades de Socorro de muerte", pero además todas las cofradías recogen medidas tendentes a la asistencia personal y material en tal momento. Así, en las citadas ordenanzas: 1) El entierro constituye una ceremonia regulada en sus más mínimos detalles, con una elevada participación de la cofradía: aviso a los cofrades por el muñidor, cita en casa del difunto, llevando los paños y cirios de la cofradía, procesión fúnebre hasta el templo, con cruz y candelas encendidas, el féretro a hombros de los hermanos y presidiendo la cofradía con sus cetros, asistencia al entierro, con rezo de ciertas oraciones y sepultura por parte de los cofrades, regreso con los familiares para el pésame. 2) Al entierro hay que añadir la celebración de misas y memorias por el alma del difunto: honras fúnebres, novenario de misas de la "luz", memoria "de cabo de año" y memoria anual por los difuntos. En muchos casos existían cargos específicos para estos cometidos: los "veedores de difuntos". La asistencia a estos actos era obligatoria para todos los cofrades, sancionándose la ausencia con multas. Las muestras de solidaridad descritas corresponden a la llamada "caridad interna", realizada en favor de los asociados, familiares y personas dependientes. Por ello, se establecen distintas modalidades de entierros: los cofrades y sus mujeres gozan de todos los beneficios, los padres o hijos/as de cofrades suelen llevar menor número de cirios, los parientes, mozos, esclavos y huéspedes de cofrades usaban del paño menor de la cofradía y los obreros, empleados con trabajo remunerado, paniaguados y encomendados de cofrades debían aportar una limosna. Preocupación material y espiritual, atención al cuerpo y al alma, en los momentos trascendentales de la enfermedad, la agonía y la muerte. Las cofradías, sobre todo las sacramentales, acompañaban solemnemente al sacerdote en el momento de administrar el Santo Viático y la Extremaunción, es decir el decisivo acto de prepararse para bien morir. La preocupación por la salvación del alma generó uno de los tipos de hermandades más abundantes en la Edad Moderna, las hermandades de Benditas Animas, establecidas en la mayoría de las parroquias, cuyas prácticas religiosas se hacían para honra de los difuntos, pero también como purificación de las faltas de los cofrades vivos. Además, atendían el adecentamiento de los cementerios parroquiales y de los carneros – camposantos de emergencia en épocas de epidemia- que pudieran existir en la feligresía. En fin, las actitudes solidarias ante la muerte contribuyeron a hacer muy populares a las hermandades, debido, especialmente a la conjunción de tres factores: - el alto índice de mortalidad y las precarias condiciones de vida. - el coste material del entierro, al que no todas las familias podían hacer frente. - la preocupación por la salvación del alma del difunto. Las cofradías plasman el espíritu cristiano de solidaridad con claridad y sencillez, solidaridad que "era deseada con mayor fuerza por los sectores más débiles, y abarcaba tanto lo espiritual como lo material. Las inquietudes convergían en un tema que preocupaba enormemente: la muerte y lo que había después de ella". Las funciones de difuntos en el mes de noviembre y la reciente costumbre de vestir de negro a las imágenes dolorosas de María, titulares de cofradías, son en cierto modo la herencia de aquella

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preocupación omnipresente en el pasado cofrade. *****

El vendaval liberal del siglo XIX se cobró la vida de muchas hermandades. Muchas de ellas, arrinconadas en una esquina donde lo popular se entendía cada vez más como castizo y marginal, no supieron o no pudieron imponerse a los acontecimientos. Sucumbieron en medio de las polémicas entre la Iglesia y el Estado y de un anticlericalismo cada vez más radicalizado. Cuando renacen, sobre todo las cofradías penitenciales, en la década de los años 20 del siglo pasado lo hacen con una impronta nueva. Remarcan su carácter cultual, escoran su tradición asistencial. Nunca desapareció en ellas la faceta caritativa, aunque más bien quedó reducida al campo de lo íntimo –caridad callada-, implícita en sus fines y ejercida de forma doméstica. Tal vez el avance de las prestaciones sociales, sobre todo por parte del Estado, hacía ya innecesaria su actuación en este terreno. Y, sin embargo, fue siempre y sigue siendo una de sus señas de identidad, inherente al mismo término de fraternidad que les da nombre. De un siglo a esta parte han ido variando sus actitudes y actividades. Se observa la atención en caso de necesidad de cofrades y vecinos, la realización de colectas y la creación de bolsas de caridad, la contribución a campañas específicas y sus aportaciones a situaciones de emergencia, la colaboración con Cáritas en su dimensión diocesana y parroquial. Hoy la labor de caridad está presente en las reglas de todas las hermandades y cofradías, y tras las últimas reformas, de adaptación a las nuevas normas canónicas y a los tiempos actuales, todas cuentan con una vocalía de caridad y relaciones fraternas. Aún más, deben aportar el 10% de sus ingresos ordinarios a las labores asistenciales y solidarias, se les exige, sobre todo a los directivos, el conocimiento y la difusión de la Doctrina Social de la Iglesia y, en algunos casos, cuentan con sólidos grupos de voluntarios/as que colaboran allí donde se les reclama. Hoy muchas cofradías granadinas, por residir en conventos de monjas, aportan a esas comunidades religiosas las ayudas que necesitan y muchas hermandades realizan campañas específicas, sobre todo en Navidad. Es mucho, pero aún hay que llegar más allá. La realización de proyectos caritativos colectivos, como los afrontados por la diócesis granadina con ocasión de su último Sínodo Diocesano o del Año Santo de comienzo del Milenio, puede ser más regular y continuada en el tiempo. Algunas cofradías, en situaciones extraordinarias – como han sido las coronaciones canónicas de sus Titulares Marianas o la conmemoración de determinadas efemérides- han acometido encomiables proyectos solidarios. No se oculta que estas obras requieren un gran esfuerzo para su continuidad. Y, junto a la actuación, la sensibilidad. Se impone una sensibilidad especial para detectar las nuevas pobrezas –aquéllas que son más anímicas que materiales-, que requieren finura de trato y de espíritu. Necesitan descubrirse internamente como un universo de fraternidad, donde los hermanos y hermanas, cada hermano y hermana, más allá de los roces derivados de las actuaciones cotidianas, han de considerarse mutuamente como un don, un regalo del Señor. Necesitan hacer donación de sus bienes y de sus personas. Las cofradías saben mucho de dedicación y de trabajo generoso. También hoy, ante los retos del siglo XXI, se les exige en el terreno de la caridad una fidelidad a sus orígenes y un compromiso firme de dar y de darse. Miguel Luis López-Guadalupe Muñoz

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