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PalaBras de EsperanZa - las últimas palabras de Jesús


índice: 1. LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ 2. PALABRAS DE PERDÓN 3. PALABRAS DE CERTEZA 4. PALABRAS DE PROVISIÓN 5. PALABRAS DE SUFRIMIENTO 6. PALABRAS DE NECESIDAD 7. PALABRAS DE VICTORIA 8. PALABRAS DE ENTREGA


Sumario: Temas: Dirceu de Lima Traducción: ACES Revisión: Jolivê Chaves/ Ruth de Choque Diagramación: Victor Hugo Flores Pintura Capa: Jocard Secretaria: Ruth de Choque Realización: División Sudamericana


1. LAS ÚLTIMAS PALABRAS DE JESÚS EN LA CRUZ INTRODUCCIÓN Durante esta semana, veremos las acciones y las declaraciones finales de aquel que dio su vida por todos nosotros. Vamos a reflexionar en las últimas palabras de Jesús en la cruz. Son palabras de esperanza. Leamos los siguientes textos: Lucas 23:34, 43; Juan 19:26, 27; Mateo 27:46; Juan 19:28; Lucas 23:46; y Juan 19:30. DESARROLLO Estas son las siete declaraciones memorables y solemnes dichas por Jesús en la cruz. Fue el discurso de despedida más importante de la historia del mundo. Jesús lo pronunció desde el púlpito de la cruz, en la capilla del Gólgota, el viernes antes de la Pascua, aproximadamente 33 años después de su nacimiento. A pesar de que las Escrituras cubren miles de años y registran las palabras que dijeron en vida centenares de hombres y mujeres, son pocas, poquísimas, las palabras pronunciadas por personas que estaban al borde de la muerte registradas en su totalidad, como es en el caso de Jesús. Nadie jamás captó los susurros de un hombre al borde de la muerte como lo hicieron los escritores de los evangelios, al tomar del Calvario las “siete cuerdas de la sinfonía de la redención”. Durante su ministerio personal, Jesús tuvo varios púlpitos: la cima de una montaña, un tejado, un banco, un pozo. Pero nunca tuvo un púlpito igual al de la cruz. Nunca hubo allí un predicador como el Señor, nunca hubo una congregación como aquella reunida en el Lugar de

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la Calavera y nunca hubo un sermón como las últimas palabras de Jesús. Pero ¿por qué son tan importantes las palabras de Cristo en la cruz? 1. El número siete tiene un significado muy especial, tanto en la literatura bíblica como en la universal. Cicerón ya decía: “En todo cuanto existe, el número siete prevalece”. Por ejemplo: siete son los días de la semana, siete las maravillas del mundo antiguo, siete los colores del arco iris, siete las notas musicales, siete las colinas de Roma, y siete fueron las palabras de Cristo en la cruz. En la Biblia encontramos más de ochocientas referencias al número siete. Por ejemplo: las siete iglesias del Apocalipsis, los siete sellos, las siete trompetas, etc. El número siete indica plenitud, perfección. Y, en estas siete palabras encontramos un mensaje perfecto, pleno. Un mensaje que nos habla de un Salvador que, en la hora de su muerte, tenía su corazón lleno de amor, amor que se derramó en palabras de esperanza. Sus heridas no fueron curadas, para que las nuestras lo fuesen. Sus aflicciones fueron inmensas, para que las nuestras fuesen sanadas. 2. Cuando una persona está por morir, todos quieren oír lo que tiene para decir. Si las palabras finales de un ser querido son recogidas y citadas por los familiares como un recuerdo precioso, mucho más significativas son las que Cristo pronunció sobre la cruz. El Señor no habló aleatoriamente o solo por hablar. En cada expresión hay un fundamento, hay un significado. Fueron pocas sus palabras en el largo silencio de aquel día en que estaba suspendido sobre un madero. Las absorbentes y aniquiladoras agonías de la cruz no turbaron el orden y la armonía de su misión en la vida. Las últimas siete frases de Cristo pueden ser comparadas con siete ventanas por donde contemplamos la nobleza de su carácter. Esas frases son tan importantes

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que los cuatro evangelistas citaron por lo menos una de ellas. 3. El registro de la historia humana revela que muchas de las personas que fueron sentenciadas a la pena de muerte tuvieron la oportunidad de expresar las últimas palabras que querían decir antes de morir. Algunos insistieron hasta el final en su inocencia. Otros mostraron su ira y su indignación contra los que los ejecutaron. Pocos reconocieron que merecían el castigo, en una actitud de arrepentimiento. Sin embargo, las palabras que Jesús pronunció en los momentos de su agonía, en aquella cruz, revelan el carácter santo y el propósito amoroso del Hijo de Dios para nosotros. ¡Sus palabras no fueron de amargura, de cobardía, de frustración ni de maldición! En una situación tan adversa, Jesús les dijo aquel día, a los que estaban allí, las mismas palabras que nos dice hoy a nosotros: a) Palabras de perdón: “Padre, perdónalos...” Aquí vemos el maravilloso amor de Jesús, aun sufriendo injustamente por causa de las acusaciones de los judíos y la violencia de los romanos. Jesús pedía al Padre que los perdonara. b) Palabras de certeza: “Estarás conmigo en el paraíso”. No importa donde estemos, no importa cuán pecadores seamos, si nos arrepentimos, confesamos nuestro pecado y aceptamos la salvación de Jesús, no solo tenemos paz en este mundo, sino también la seguridad de la vida eterna en el Paraíso celestial. c) Palabras de provisión: “Mujer, he ahí tu hijo... hijo, he ahí tu madre”. Las relaciones humanas son tiernas. Y, cuando Jesús vio a María, su madre, al pie de la cruz, tomó providencias en favor de ella. Le dio instrucciones a Juan para que la cuidara. Eso revela el cuidado de Cristo para con aquellos que son suyos, aquellos que lo siguen, por la fe en su Palabra. Estas mismas palabras de provisión son

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extensivas a nosotros, pues somos de la familia de Dios. Él es nuestro Padre y Jesús es nuestro hermano mayor y, como el mismo Jesús dijo: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la Palabra de Dios, y la hacen” (Luc. 8:21). d) Palabras que expresan sufrimiento: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” La muerte es separación, y la muerte eterna es separación de Dios. Jesús sufrió las agonías de la condenación final que tendrían que sufrir todos los impenitentes, que en la Biblia se la llama la “segunda muerte”, cuando recibió la carga completa de nuestros pecados, haciéndose “pecado por nosotros” (ver 2 Cor. 5:21). Gracias a Dios, Jesús venció la segunda muerte, o condenación final del pecado, para que usted y yo jamás tengamos que pasarla. Jesús pronunció palabras de sufrimiento para que nunca, jamás, usted y yo suframos los horrores de la segunda muerte. Eso solo depende de usted, de mí; solo depende de que lo aceptemos como a nuestro Sustituto, quien ocupó nuestro lugar. ¿Lo acepta usted? e) Palabras de agotamiento: “Tengo sed”. No era un reclamo, ni un pedido; apenas la simple afirmación de un hecho. Una lección obvia de que era de carne y hueso. Tenía hambre y sed como nosotros, y es por eso que se compadece de nosotros. “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia” (Heb. 4:15, 16). Gracias a Dios que tenemos un Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nosotros. ¿Por qué no llegamos hoy al Trono de la gracia confiadamente en busca de perdón, transformación y salvación? f) Palabras de victoria: “Consumado es”. Esta fue la declaración de victoria del Señor Jesús al mundo, a los hombres, al diablo, a los ángeles y a su Padre celestial. Él había pagado, consumado su obra redentora. El precio de nuestra deuda estaba totalmente pagado. Nuestro precio

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fue pagado; la victoria de Cristo es la certeza de nuestra victoria sobre el mundo con todas sus seducciones, sobre la carne con todas sus inclinaciones y sobre Satanás con todas sus tentaciones. Con Cristo seremos victoriosos sobre esta terrible confederación del mal: el mundo, la carne y el diablo. g) Palabras de entrega: “En tus manos encomiendo mi Espíritu”. La muerte no venció a Jesús; por lo contrario, él ofreció voluntariamente su vida. La muerte no fue al encuentro de Jesús; él fue a su encuentro. Al referirse a su vida y su muerte, dijo: “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo” (Juan 20:18). Jesús vivió una vida de entrega al Padre y, en la hora de su muerte, su disposición no podría ser otra, a no ser entregarse. En forma semejante, usted y yo necesitamos vivir una vida de entrega al Padre, para que si pasamos por la muerte podamos descansar, dormir seguros en sus brazos de amor. 4. Y el último motivo por el cual es importante meditar, estudiar las últimas palabras de Cristo en la cruz, está en lo que dice la escritora cristiana Elena G. de White en su libro El Deseado de todas las gentes, página 63: “Sería bueno que cada día dedicásemos una hora de reflexión a la contemplación de la vida de Cristo. Debiéramos tomarla punto por punto, y dejar que la imaginación se posesione de cada escena, especialmente de las finales. Y, mientras nos espaciemos así en su gran sacrificio por nosotros, nuestra confianza en él será más constante, se reavivará nuestro amor y quedaremos más imbuidos de su Espíritu. Si queremos ser salvos al fin, debemos aprender la lección de penitencia y humillación al pie de la Cruz”. CONCLUSIÓN Ante lo que acabamos de escuchar, queremos dejarle a usted una invitación: a partir de mañana estudiaremos las

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siete últimas frases de Cristo en la cruz. Son siete declaraciones de su amor por nosotros. Mañana estudiaremos la primera, que es una declaración de perdón. El perdón es algo que necesitamos día a día. ¿Cuántos de ustedes, por la gracia de Dios, quieren levantar la mano diciendo que estarán aquí mañana para un nuevo encuentro con Jesús? ¡Amén!

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2. PALABRAS DE PERDÓN INTRODUCCIÓN Estamos nuevamente juntos para otra reunión en esta semana especial en la que recordamos la Pasión de Cristo. El tema de nuestra semana es: Palabras de Esperanza. Estamos meditando en las últimas palabras de Cristo en la cruz, que en esencia son palabras de esperanza. El tema para esta noche es: Palabras de perdón. Examinemos, entonces, la primera palabra de Cristo en la cruz. Está en San Lucas 23:33 y 34. DESARROLLO Cuando Jesús entró en Jerusalén montado en un asno joven, la multitud extendió sus mantos para que pasara sobre ellos (Luc. 19:36). La multitud gritaba y alababa en alta voz, diciendo: “¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor!” (Luc. 19:37, 38). Pero ahora, cinco días después, la multitud gritaba delante de Pilato: “¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!” Ahora le quitan el manto a Jesús. ¡Cuán rápidamente cambia la multitud! ¡Cuán influenciables son las personas! Es fácil acompañar a la multitud, a la masa. Es fácil creer en el dicho popular “La voz del pueblo es la voz de Dios”. Pero, es bueno recordar que la mayor parte de las veces la multitud estuvo equivocada. Y que, para nosotros, lo que vale no es la voz de la mayoría ni la de la minoría, sino la voz de Dios, expresada en las Sagradas Escrituras. La gente cambia fácilmente, pero gracias a Dios que Jesús no cambia. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos“ (Heb. 13:8). Todo lo que fue Jesús ayer (amor), es hoy. Todo lo que Jesús es hoy (amor) eso mismo será mañana y siempre (amor). En el Calvario, Jesús extendió las manos a sus ejecutores. Manos que no habían herido a ningún hombre, 10

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manos de las cuales fluían bendiciones para el mundo. La cruz fue levantada lentamente, y entonces quedó firmemente plantada en el hoyo preparado para ella. Jesús había subido a su último púlpito. Y sus primeras palabras en la cruz fueron de perdón. Esta primera palabra, lo mismo que la cuarta y la última, son oraciones que él dirige al Padre. El comienzo, el medio y el fin de la agonía de Jesús fueron bañados por la santa comunión con el Padre. Había comenzado su ministerio con oración y termina su ministerio con oración. Aquí encontramos una gran lección. Nadie puede ser victorioso en este mundo sin oración. Necesitamos aprender a hacer como Jesús, que dependía constantemente del Padre. Raramente los hombres ajusticiados oraban en la cruz. La crucifixión era un invento de manos depravadas, planificado para hacer la muerte tan dolorosa como fuera posible. Conforme a estudios hechos, sabemos que era común que la víctima delirara de dolor, diera gritos estridentes, maldijera y escupiera a los espectadores. Pero, Jesús oró. Cuando el hombre dio lo peor de sí, Jesús oró. No por justicia, sino por misericordia. Y oró, no después de haber sido sanadas sus heridas, sino mientras estaban siendo abiertas. “Padre”, dijo Jesús en la hora de la muerte. Tenía una corona de espinas que laceraban su rostro, pero eso no le impedía ver el amor del Padre. Sus manos estaban clavadas en una cruz, no podían ya curar a las personas; pero él podía orar. Sus pies no podían ya andar para alcanzar al pecador, pero eso no le impedía orar. Sus discípulos lo habían abandonado. No podía enseñarles, pero eso no le impedía a Jesús orar. ¡Ah, amigos! A veces, cuando surgen dificultades en nuestra vida, cuando un hijo sufre un accidente, cuando perdemos el empleo, el primer pensamiento que muchas

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veces acude a nuestra mente es el hecho de que tal vez Dios nos ha abandonado, que se ha olvidado de nosotros, que no le interesamos. Jesús, en medio del sufrimiento, del dolor, de la agonía, perseguido, golpeado, insultado y sangrando, no permitió que nada le impidiera saber que su Padre lo amaba y que lo miraba. Es posible que en nuestro medio, en este auditorio, se encuentre alguien que está desempleado hace mucho tiempo. ¿Es usted capaz de ver el rostro del Padre a pesar de estar pasando necesidad? ¿Está usted enfermo, desengañado por los médicos? ¿Los amigos lo abandonaron? ¿Fue traicionado por las personas que más amaba? ¿Se siente solitario? ¿Y, a pesar de todo eso, es capaz de ver el rostro del Padre? Jesús lo hizo en la cruz del Calvario. Sin amigos, abandonado por sus discípulos, odiado por la multitud, castigado por los soldados, acusado falsamente, crucificado injustamente, herido, en agonía, era capaz de decir: “Padre, no te veo, todo está oscuro, pero sé que estás ahí, presente. Sé que estás ahí, y confío en ti”. ¿Somos capaces de hacer eso? Si vivimos constantemente en comunión con el Padre, nada en este mundo podrá separarnos de él y de su amor. El primer pensamiento de Jesús en la cruz no fue acerca de su propio dolor, sino sobre el mal que sus acusadores se estaban infligiendo a sí mismos. En su hora de agonía, Jesús no pide por él; ora por los otros. Y no fue por sus amigos, o por sus familiares o por los buenos ciudadanos. ¿Sabe usted por quién oró? Oró por sus enemigos. Justamente por aquellos que lo maltrataban. Ora y pide perdón sobre ellos. Como un árbol que derrama perfume sobre el hacha que lo corta, Jesús dice: “¡Padre, aunque me niegues a mí tu misericordia, no se la niegues a ellos!” ¡Ah, amigo! Jesús estaba viviendo lo que siempre había enseñado: “Perdonad a vuestros enemigos”. “Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros

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deudores”. “Si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”. En la cruz, Jesús vivió su mensaje. Su mayor enseñanza sobre el perdón fue en la cruz. Él sale de la teología, de la belleza de las palabras, y entra en la realidad del perdón. Él practica lo que siempre predicó. En estas palabras de Jesús está la esperanza de nuestra salvación. Si nos acercamos para escuchar más atentamente lo que está diciendo, con certeza vamos a oír nuestro nombre mencionado en la súplica de Jesús. Él oró en voz alta para que supiéramos que estábamos incluidos en esa oración. En el texto griego, en el que se escribió el Nuevo Testamento, el verbo en Lucas 23:34 está en la forma imperfecta, indicando “acción continua en el pasado”. Nuestro texto dice: “Jesús decía”, lo que también puede traducirse por: “Jesús continuaba diciendo”. En otras palabras, Jesús pudo haber dicho varias veces la frase: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Cuando el centurión romano lo puso en el suelo sobre la cruz para clavarlo, Jesús oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” Cuando los rudos clavos rasgaron sus muñecas trémulas, Jesús oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Cuando levantaron la cruz, Jesús oró: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Cuando la multitud se mofó de él y lo injurió, Jesús oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Cuando los soldados echaron suertes sobre sus vestidos, Jesús oró: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. A pesar de que no conocemos todos los detalles, sabemos que Jesús continuó orando: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

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Pero, piense un poco por quién oró Jesús... Ciertamente su oración, como acabamos de mencionar, incluyó a los soldados que le clavaron los clavos en sus manos y en sus pies, que se arrodillaron al pie de la cruz, no en tristeza reverente, sino para echar suertes sobre su túnica. Tal vez fueron los mismos soldados que la noche anterior lo abofetearon, lo escupieron en su rostro, y quizá fueron ellos mismos los que pusieron sobre su cabeza la corona de espinas, clavándolas sobre sus sienes, hasta que la sangre le goteaba por el rostro y la barba. Si alguien así abusara de usted, ¿podría orar pidiendo su perdón? ¡Ninguna maldición salió de la boca de Jesús sobre los soldados que lo trataban tan rudamente! ¡Nosotros entendemos por qué los soldados fueron tan crueles! Eran pagados para eso y, además, debían obedecer a sus superiores. Nosotros entendemos la acción de los soldados... ¡Pero Jesús hizo más! Él perdonó... ¿Por quién más oró Jesús? Ciertamente, oró por la multitud que la noche anterior gritó, alucinada: “¡Crucifícale, crucifícale!” (Mar. 15:13) y que ahora, al pie de la cruz, se burlaba diciendo: “Si este es Hijo de Dios, descienda de la cruz”. Nosotros entendemos por qué la multitud gritó así. Los líderes del pueblo habían estimulado a la turba ignorante a pronunciar tal sentencia. Nosotros entendemos la acción de la multitud. ¡Pero Jesús hizo más! Él perdonó... ¿Por quién oró Jesús? Nuestro Señor oró por sus discípulos que huyeron. Ciertamente oró por su amigo Pedro, que lo negó. Nuevamente, entendemos la reacción de los discípulos. Todos nosotros sentimos alguna vez el choque de un peligro físico. Todos nos sentimos tentados alguna vez a huir. Por eso, podemos entender la reacción de los discípulos

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fugitivos. ¡Pero Jesús hizo más! Él los perdonó... Ciertamente, Jesús incluyó también a Caifás, a Herodes y a Pilato en su oración de perdón. Y nosotros entendemos por qué esos hombres de responsabilidad obraron así... Sabemos que los sacerdotes actuaron así movidos por la envidia. Pilato entregó a Jesús por miedo a la multitud y por miedo a perder la amistad del emperador romano. Nosotros entendemos por qué fallaron estos hombres. ¡Pero, Jesús hizo más! Los perdonó... Jesús oró por los responsables inmediatos de su sufrimiento y su muerte. Pero, su oración sobrepasó las fronteras de Jerusalén, sobrepasa los límites del viernes en que murió. Aquella oración de Jesús por sus enemigos alcanzaba al mundo entero. Incluía a todos los pecadores que han vivido y a los que llegarían a vivir todavía. La oración de perdón lo incluye a usted, cuando peca... A usted se le ofrece también el perdón, ahora. En la cruz, Jesucristo abrió la puerta del perdón de Dios. ¡La puerta todavía está abierta!... Pero ¿después de haber entrado por ella, qué debe hacer?... Pregunto: Usted ¿es capaz de orar por sus enemigos? Tal vez usted vive bien, con un buen saldo en el banco, con buena salud, con toda la familia unida. Pero, si de pronto es condenado a muerte por un cáncer, o está en dificultades financieras, con la familia hecha pedazos y todo el mundo contra usted, ¿sería capaz de orar por sus enemigos? Perdonar no es fácil, pero es necesario. En la cruz, Cristo estaba sufriendo. La sangre llevaba su vida, gota a gota. Su sufrimiento mental, físico y espiritual era profundo. Pero, si él hubiera sentido en su corazón rabia por aquello que le hacían, su sufrimiento habría sido mayor. Al perdonar, no solo estaba practicando lo que enseñaba, sino también estaba aliviando su propio dolor. ¿Sabe usted

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por qué? Porque el perdón beneficia más al que perdona que a quien es perdonado. Eso es lo que usted necesita aprender y aceptar. Si por algún motivo usted no es capaz de perdonar a alguien que lo traicionó, que lo lastimó, que hizo algo que marcó terriblemente su vida, usted no tiene paz y vive en un infierno cada vez que ve pasar a aquella persona. Su espíritu se envenena. Usted puede estar viviendo un momento feliz, pero cuando aparece aquella persona todo se estropea. ¿Sabía usted que probablemente aquella persona ni piensa ni se preocupa por lo que usted siente? El único que está sufriendo es usted. Entonces, cuando usted perdona, expulsa el veneno de su vida. El veneno de su pena no lastima en absoluto a su enemigo, pero perturba su propia vida. ¡Su corazón se convierte en un depósito de basura, porque el odio, las penas, el rencor, el resentimiento, todo eso es basura! Cuando usted consiga mirar al otro sin sentir rabia ni rencor, estará libre. El mayor beneficiado por el perdón es aquel que ofrece el perdón. Pregunto nuevamente: ¿Ya perdonó usted? ¿No logra perdonar al marido que la traicionó, o a la mujer que lo traicionó? ¿Al padre que nunca lo reconoció como hijo? ¿Ya perdonó al hijo que deshonró su buen nombre? ¿Al amigo que lo traicionó? ¿Es, quizá, su corazón un depósito de basura que solo lo perjudica? En la última parte de este mensaje vamos a ver cuál fue el resultado de la oración de Jesús. ¿Cree usted que su oración fue escuchada? Vamos a Jerusalén, cuarenta días después de la muerte de Jesús. Pedro, lleno del Espíritu Santo, está predicando a los hombres que participaron en la crucifixión de Jesús. La oración de Jesús en la cruz, por sus enemigos, es respondida. Él oró por sus enemigos, y ahora muchos de ellos son transformados. Imagine a aquel que colocó la corona de

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espinas en la frente del Maestro. Imagínelo corriendo hacia Pedro y diciéndole: “Yo clavé la corona en su frente; ¿hay perdón para mí?” y Pedro dice: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo, para perdón de los pecados”. Aquel que clavó las manos de Jesús corre hacia Pedro y le dice: “Yo clavé sus manos; ¿hay perdón para mí?” Pedro responde: “Si estás arrepentido hay perdón”. Y aquel día se bautizaron tres mil personas. Cuarenta días antes habían escupido su rostro, lo habían insultado y se habían mofado de él. Pero Jesús oró por ellos, y el Padre respondió la oración. Cuarenta días después, aquellos hombres fueron alcanzados por el evangelio salvador. ¿Habrá alguien, en este auditorio, que tiene el marido o la esposa, o un familiar que no quiere saber nada de Jesús? ¿Alguien que tiene un hijo distanciado de Jesús? ¿Tiene usted un amigo o un pariente por quien ya oró y oró, pero él continua indiferente con relación a Jesús? Continúe orando; sea perseverante. Ore por los amigos, pero también ore por los peores, ore por aquellos que en su opinión ya no tienen remedio. Si Dios respondió la oración de Jesús, responderá también la suya y le entregará a su marido, a su mujer, a ese hijo, a ese padre, a ese amigo para Cristo. Él lo hará. No pierda el ánimo; continúe orando, continúe suplicando. Él responderá su oración. ILUSTRACIÓN Contar alguna experiencia de respuesta a la oración intercesora. CONCLUSIÓN Quiero hacerle esta noche una invitación. Si usted se siente distante de Jesús, si usted está luchando con el pecado en su vida, si usted cayó, falló y no se perdonó, o no

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se siente perdonado, escuche ahora a Jesús desde el púlpito del Calvario orar en su favor, diciendo: “Padre, perdónalo. Perdona a este, tu hijo. Acéptalo en tu redil. Dale el abrazo de la paz. Que él sienta tu dulce y completo perdón. Que él reciba y acepte tu perdón, hoy, ahora”. ¿Cuántos desean colocarse de pie, y recibir la aceptación y el perdón del Padre? Quiero hacer una segunda invitación: Tal vez usted ya se sienta perdonado, pero quiere que el perdón de Jesús alcance el corazón de un amigo, o un pariente; quiere que Jesús lo ayude a perdonar a alguien. ¿Podría usted venir conmigo al Calvario, y decir: “Señor, fue por mí que entraste en la agonía. Allá, en la cruz, tú oraste por mí. Fui yo el que te crucificó. Allá en la cruz oraste por mi padre, por mi hijo, por mi marido, por mi esposa. Y, si en cuarenta días tres mil personas se entregaron a ti, ¿por qué no puedes transformar mi corazón y el corazón de aquella persona por la que estoy orando?” Si esta es su oración, permanezca de pie también. Oración. Mañana estaremos juntos nuevamente para estudiar la segunda palabra de esperanza pronunciada por Cristo en la cruz.

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3. PALABRAS DE CERTEZA INTRODUCCIÓN Continuando con nuestras reflexiones sobre las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, palabras que pueden ser comparadas también con siete declaraciones de amor y esperanza, vamos a meditar hoy en la segunda palabra, registrada en Lucas 23:39 al 44. DESARROLLO Miremos, en este momento, la montaña solitaria en la que están clavadas las tres cruces. Jesús está en el medio. A su lado, dos ladrones. El Maestro predicando su último sermón. Su púlpito es una cruz. Su auditorio, apenas dos personas: dos hombres que nunca quisieron saber nada de Jesús; dos ladrones que, como consecuencia de sus errores, están allí, colgados en la cruz, esperando la muerte. Pero ¿por qué fueron castigados de esa manera aquellos dos ladrones? Aquí hay algo que necesitamos entender. De Jerusalén salían dos caminos: un camino bajaba hacia Jericó, que estaba en la parte baja, y el otro subía al Gólgota. En el primero, el que iba hacia Jericó, los asaltantes, los ladrones, se escondían en las sombras de la noche para matar, robar, asaltar y violentar. Eso es lo que nos dice la parábola del buen samaritano, que nos habla de un hombre que fue asaltado en el camino que descendía hacia Jericó. Lo que esos hombres que se escondían en las tinieblas de la noche no sabían era que, por haber descendido hacia Jericó, tendrían que subir hacia el Calvario, porque más temprano o más tarde la sociedad los prendería, y serían juzgados y condenados. Y ¿cómo era esa condenación? Eran condenados con la pena de muerte, la pena de la

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crucifixión. Hoy no podemos comprender plenamente lo que eso significa. En realidad, la pena de muerte por crucifixión no era tan rápida y simple como la muerte en una silla eléctrica, o en la cámara de gas, o a través de una inyección o por fusilamiento. La crucifixión era una muerte cruel, terrible, miserable; era la peor de las muertes. Los romanos habían inventado ese sistema de ajusticiamiento para vengarse de aquellos malhechores y homicidas que habían perturbado a la sociedad durante mucho tiempo. Usted ¿no siente rabia cuando le roban el auto? Usted ¿no siente ira y dolor cuando invaden su casa, su vida, y tocan y se llevan aquello que es suyo? Usted ¿no se siente encolerizado y con furia cuando alguien a quien usted no le hizo nada invade su privacidad, y arruina su vida robando y matando? Entonces, los romanos, cansados del abuso de esos marginales, inventaron una muerte cruel para ajusticiarlos. Pero ¿en qué consistía la crucifixión? Ponían la cruz en el suelo y sobre ella depositaban al condenado, y luego clavaban sus manos y sus pies. Pero, nadie muere porque alguien le haga dos agujeros en las manos. Si los clavos fuesen clavados en la cabeza o en el corazón, sería diferente; pero en las manos lo máximo que puede suceder es sangrar. El objetivo de ese tipo de muerte, al clavarle las manos y los pies, no era matar inmediatamente, sino castigar al reo de la peor forma posible. Vea lo que pasaba. Después de clavar al condenado, levantaban la cruz. En ese momento, las cosas comenzaban a ponerse difíciles para el bandido, porque con el peso del cuerpo las carnes se rasgaban, y la sangre comenzaba a salir y, debido al sangrado, el ladrón se iba debilitando gradualmente.

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¿Cuánto tiempo quedaba el marginal suspendido en la cruz? La ley decía que su cuerpo solo podía ser retirado después de muerto. Y ¿cuánto tiempo duraba ese proceso? Dependía de la resistencia del condenado. Algunos resistían 6, otros 12, otros 24 horas, y otros aun más tiempo. Algunos resistían 2 ó 3 horas sin comida, sin bebida y sangrando lentamente. Lo único que la ley permitía era ofrecerle de hora en hora un poco de vinagre en los labios y nada más. Allí quedaba clavado y atado. De día, el sol le quemaba la carne. Imagínese la sangre secándose en sus manos, las moscas posándose encima de su cuerpo ensangrentado y él sin manos para espantarlas, sin moverse, sin poder defenderse. Y sintiendo, además, mucha sed... Cuando la noche llegaba, el frío helado, como un latigazo, castigaba su cuerpo herido y semidesnudo. Algunos contraían una neumonía, y morían. Otros se debilitaban lentamente, gota a gota. Era una muerte cruel y terrible, porque además de sentir intenso dolor, el crucificado tenía el tiempo necesario para recordar toda su vida pasada, todos sus pecados. Llegaba el momento en que no aguantaba más. Llegaba el momento en que les decía a los gritos a los soldados que estaban allí abajo: ¡Por favor, tengan piedad de mí; mátenme, mátenme, dénme el golpe final; no aguanto más! Pero los soldados le respondían: ¡No, tienes que morir lentamente y recordar todo lo que hiciste en el camino a Jericó. Recuerda cómo robaste, cómo asaltaste y mataste a gente inocente, gente pacífica que nunca te hizo nada. Muere ahí, derrama tu vida gota a gota! Ahora quiero que imaginen conmigo el Calvario. Allí, en la montaña, hay tres cruces. Dos tenían motivos suficientes para morir; pero el del medio era el que más motivos tenía: porque el de la derecha y el de la izquierda por lo menos morían solamente por ellos, pero el del medio

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moría por otros. Una de las cosas impresionantes en Jesús es que al nacer fue rodeado por animales y ahora, en la muerte, por criminales. Al morir, no escogió morir rodeado de los mejores ciudadanos, de los hombres más ilustres. No escogió morir rodeado por hombres famosos, como artistas de la televisión, jugadores de fútbol, políticos. Al morir, lo hizo rodeado de dos bandidos. ¿Por qué? Jesús siempre fue coherente. Cuando estaba en esta tierra, anduvo y se juntó con los excluidos de la sociedad, con los considerados perdidos. Usted siempre lo verá andando entre ladrones, publicanos, prostitutas: los parias de la sociedad. Él se mezcló con los pecadores. Vivió entre pecadores. Pero, lo que más nos impresiona es que, cuando murió, escogió morir entre pecadores. Murió clavado entre dos ladrones. Entre dos seres humanos acerca de los cuales la sociedad había perdido toda esperanza de recuperación, y por eso los estaba matando. Dos seres humanos salvajes, inmorales, sin sentimientos, que desperdiciaron toda su vida en el pecado. ¿Por qué? Él escogió morir entre los pecadores porque tenía una misión. Quería transformar la vida de aquellos hombres. Ahí está la grandeza del ministerio de Cristo. Vivió entre pecadores para salvar, y murió entre pecadores para salvar. A veces se apartaba de la multitud a algún lugar donde pudiera estar solo, únicamente para recibir poder del Padre, y luego volvía a predicar, transformar vidas y mostrar el maravilloso amor del Padre. De modo que nunca debemos olvidarnos de que nuestro Señor Jesús, que conocía todo, que sabía todo, gastó su vida en transformar pecadores y exhaló el último suspiro creyendo en la transformación de los peores seres humanos.

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Eso ¿quiere decir que el ministerio de Cristo en la cruz tuvo resultados? Sí y no, porque el primer malhechor, de un lado, lo miró y le dijo: “Si tú eres el Cristo, sálvanos”. “Si tú eres el Cristo”. Usted ¿se acuerda de lo que Satanás le dijo a Cristo allá en el desierto? “Si tú eres el Cristo, arrójate...” ¿Se acuerda de lo que los sacerdotes dijeron?: “Si tú eres el Cristo, desciende de la cruz”. Y ahora aquel criminal le dice: “Si tú eres el Cristo, sálvate...” El problema de ese malhechor es que no siente una necesidad espiritual, está consciente apenas de su necesidad física. No está arrepentido, no confiesa. Solo quiere alivio de la difícil situación en que se encuentra. Este hombre muestra la realidad de todos los tiempos. Millones de personas siguen a Jesús simplemente por intereses terrenos; porque Jesús puedo curarlos, o porque puede conseguirles un buen empleo, o porque puede sacar a su hijo de la miseria en que está viviendo, o porque puede hacer que el marido o la mujer vuelvan. Son los motivos ocultos, que muchas veces traemos en el corazón. ¿Cuál es su motivo para seguir a Jesús? Piense en el razonamiento del primero de aquellos hombres: “Si tú eres el Hijo de Dios, sálvame. Porque, si me salvas, si me sacas de la cruz, creeré que tú eres el Hijo de Dios. Si me curas, sabré que tú eres el Hijo de Dios. Ahora, si no me curas, ¿entonces cuál es la ventaja de seguirte? ¿Quiere decir que desear estar curado está equivocado? ¡Claro que no! Pídale a Dios un milagro. Crea en el poder divino, pero no haga de eso el motivo para seguir a Jesús. ¡Pobre hombre! Estaba delante del Agua de la vida, del Pan del Cielo, del Salvador, y murió con sed, con hambre y perdido. Pero, gracias a Dios que en la cruz no había solamente incredulidad. En la cruz había también un alma sincera que

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creyó en el Cristo moribundo. Yo quiero hacer de ese Cristo, mi Cristo. Quiero seguirlo sin interés. Quiero seguirlo sin esperar nada de él. Quiero seguirlo simplemente porque él me amó primero. ¿Y usted? Esta fue la actitud del segundo ladrón en la cruz. Está muriendo, clavado en la cruz. Le gustaría verse libre de aquella situación, pero su oración no es solamente para escapar de la cruz. Claro que sabe que su problema inmediato es que está clavado en la cruz, pero sabe también que hay un problema más profundo: él, que es un miserable pecador, percibe que en su corazón anida la naturaleza pecaminosa, que lo empujó a una vida completa de pecado. No quiere solamente ser librado de la situación angustiante de la cruz; quiere verse libre de la situación miserable del pecado. Por eso, reprende a su compañero de al lado, diciendo: “Este no hizo ningún mal, pero nosotros con justicia padecemos, porque hicimos el mal”. Este es el primer paso que debemos dar: reconocer que nuestro problema no es tan solo estar desempleado, enfermo, sino vivir separado de Dios, y que no le hemos dado a Jesús el primer lugar en nuestra vida. El segundo ladrón se da cuenta de la situación, reconoce sus pecados, no los esconde, no se justifica, no los explica, no argumenta, no les echa la culpa a los demás. Y, tan pronto como damos el primer paso, debemos dar el segundo, que es clamar por ayuda, y fue eso lo que hizo ese ladrón. Él le dijo a Jesús: “Señor, acuérdate de mí cuando vinieres en tu reino”. ¿Qué había en aquel hombre que mereciera ser recordado? Sangre, robos, asaltos, vicios, inmoralidad, deshonestidad. ¿Qué tenía de bueno ese hombre, en su vida, que valiera la pena ser recordado por Jesús? Aquí está la esencia de la salvación: ningún ser humano

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será salvo porque su pasado fue maravilloso. El pasado de todos nos condena. No podemos vivir ante el Trono de la gracia y decir: “Señor, aquí está mi buen comportamiento, mi conducta irreprensible”. No podemos depositar la confianza de nuestra salvación en obras humanas. La salvación viene solamente por la gracia. El perdón dado al ladrón nos recuerda que hay más gracia en el corazón de Dios que pecados en nuestro pasado. Este fue uno de los más sublimes pedidos hechos a Jesús: “Señor, acuérdate de mí...” Y Jesús respondió inmediatamente, dándole a aquel hombre la certeza, la dulce certeza. ¿Qué le dijo?: “Hijo, yo te digo hoy, yo te prometo hoy, que estarás conmigo cuando vuelva por segunda vez. Estarás conmigo en el Paraíso. Tu oración está siendo atendida en este momento. Puedes cerrar los ojos con confianza, puedes descansar en paz; cuando yo vuelva, tu lugar estará seguro en mi Reino”. Aquí hay esperanza para el peor de los pecadores. La promesa dada por Jesús era un cheque expedido por el banco del Cielo, tan digno de confianza como el hombre que lo firmaba. Aprendemos, de estas palabras de Jesús, que la salvación se nos entrega en el momento en que vamos a Jesús y le entregamos la vida, tal como está. No importa cómo somos, cómo vivimos hasta entonces, lo que hicimos en el pasado, cuán lejos estuvimos; podemos ir a Jesús con sinceridad de corazón, que él nos recibirá y perdonará nuestros pecados, nos hará nuevas criaturas, colocará la mente de Cristo en nuestro corazón. Nos transformará. Creará en nosotros nuevas motivaciones. Él fue contado entre los transgresores para que usted y yo podamos ser contados entre los redimidos. 25

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CONCLUSIÓN Estoy seguro de que esta noche usted necesita hacer ese mismo pedido a Jesús: “Señor, acuérdate de mí...” Acuérdate de mí; hoy necesito tu socorro, tu perdón, tu poder, tu saneamiento, tu salvación. Quiero ser recordado por ti hoy, porque quiero ser recordado por ti cuando vuelvas en las nubes de los cielos. Tenga la seguridad, amigo, de que si usted ahora, con sinceridad de corazón, ora, habla con Jesús y le dice: “Acuérdate de mí”, su pedido no será en vano, no pasará desapercibido. Él, en su amor, le dará a usted ahora la más dulce seguridad, y le dará una hermosa declaración de amor y certeza: “Hijo mío, mi amado hijo, te digo hoy que estarás conmigo en el Paraíso”. Yo quiero ser recordado por Jesús hoy y también cuando él vuelva. Quiero decirle hoy a Jesús: “Acuérdate de mí”. Quiero oír por la fe esta declaración de amor, de seguridad y certeza: “Hijo mío, estarás conmigo en el Paraíso”. “Si usted siente el mismo deseo en su corazón, si esta es su voluntad, póngase de pie demostrando su decisión. En este momento quiero orar por usted y por todos nosotros”.

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4. PALABRAS DE PROVISIÓN INTRODUCCIÓN Continuando la Semana del Calvario, hoy vamos a reflexionar sobre lo que se relata en Juan 19:25 al 27. Aquí encontramos otra declaración de Jesús; esta vez, una declaración, una palabra de provisión. Esta fue la tercera palabra de Jesús en la cruz. Vimos que la primera la dirigió hacia lo Alto, al Padre, y nos habla de la comunión que tenía con el Padre y de su amor perdonador. La segunda la dirigió al lado, al ladrón arrepentido, y nos habla de un amor que nunca desiste, que no nos abandona y que quiere darnos certeza en un mundo tan mutable, tan incierto. Ahora dirige una palabra hacia abajo, donde, cerca de la cruz, se encontraban su madre y el discípulo amado. Cuán grande es el amor de nuestro Señor Jesucristo. Se dirige hacia todas las direcciones, va a todos los lugares, toca en todas las puertas en busca del pecador. Lo hace así por amor. Lo hace así para salvar. Lo hace así porque quiere darnos perdón, esperanza, amor y cuidado. Analicemos más profundamente esta tercera palabra de Jesús. DESARROLLO Cuando describimos la escena del Calvario, quedamos agradecidos al ver que no todos los presentes estaban injuriando a Jesús. A algunas de las personas que estaban presentes les importaba Jesús. Entre ellas estaba Juan, el discípulo amado, María y otras tres mujeres. Todos los discípulos huyeron en masa, excepto Juan. Pero, las mujeres que lo habían acompañado en su ministerio no huyeron. No tuvieron miedo y se pusieron al pie de la

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cruz. En aquellos días las mujeres, lo mismo que hoy, tantas veces puestas al margen, tantas veces destituidas de su dignidad, están allí, al pie de la cruz. Nadie logra detener a una mujer que tiene un sueño, un objetivo. Jesús nunca discriminó a las mujeres; siempre las trató bien, siempre las respetó. Nunca se dejó llevar por los prejuicios de su tiempo. No tenía miedo de exponerse, de hablar con ellas en público, para evangelizarlas, para hacer que se sintieran hijas amadas del Padre. Y ahora, un grupo de ellas está allí, al pie de la cruz. Entonces Jesús, casi ciego por la sangre que le corría desde la frente, ve a dos personas que le eran muy cercanas: su madre y Juan, el discípulo amado. Hablemos, primero, un poco de María, su madre. Cuando pensamos en María, nos viene enseguida a la mente su disposición a aceptar el plan de Dios para su vida. Cuando el ángel Gabriel se le apareció diciéndole que concebiría del Espíritu Santo, y que la criatura que habría de nacer sería el Hijo de Dios, ella tuvo fe en que eso sucedería. María era una mujer de coraje, porque al aceptar el plan de Dios estaba dispuesta a ser difamada y criticada por la sociedad de su época. María respondió a estos desafíos, diciendo simplemente: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (Luc. 1:38). Dios tiene planes maravillosos para su vida; ¿está usted dispuesto a aceptarlos? Poco después de su nacimiento, Jesús fue presentado en el Templo, y María oyó de los labios de Simeón la profecía de que su hijo sería puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel. Le profetizó también que una espada traspasaría su alma. (Ver Luc. 2:34, 35.) Sin embargo, aun sabiendo eso, sabiendo que el fin de su amado Hijo sería triste, María lo crió con todo amor y

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cariño, dándole lo mejor que podía, educándolo a sus pies. Nunca dejó de ser para él su madre. Pero, llegó el momento en el que Jesús necesitaba comenzar su ministerio. Y, María, que estaba siempre con Jesús, estaría también con él en ese momento. La Biblia nos cuenta que Jesús inició su ministerio en Caná de Galilea, en una fiesta de bodas. Cuando, para consternación de los novios, se acabó la reserva de vino, María que sabía el hijo especial y poderoso que tenía, le contó lo que pasaba y les dijo a los sirvientes: “Haced todo lo que os dijere“ (Juan 2:5). El resultado fue que Jesús les pidió a los sirvientes que llenaran seis tinajas con agua. Ellos obedecieron, y aquellas aguas se transformaron en vino. Al beber este segundo vino, los invitados dijeron que era mejor que el primero. Cuando una pareja de novios invita a Jesús a su casamiento, él puede traer a estos novios algo mejor que el vino: el amor verdadero, el espíritu de perdón y la comprensión. Pero, para que eso suceda, es necesario invitar a Jesús, es necesario atender el mandamiento de María: “Haced todo lo que él os dijere”. ¿Está usted dispuesto a invitar a Jesús a que venga a su corazón, a su hogar, a su trabajo, a sus estudios, a su noviazgo? ¿Está usted dispuesto a obedecer el mandamiento de María de hacer todo lo que Jesús le pida? Si su respuesta es afirmativa, ¡Dios sea alabado!; usted comenzará a disfrutar ya aquí, en la tierra, del rico vino del cielo. Y así es como debe ser. El cielo tiene que entrar en nosotros antes de que nosotros podamos entrar en él. Con Jesús, podemos hacer de este mundo un pedacito del cielo. Pero María, que estuvo presente en el comienzo del ministerio de Jesús, allá en las bodas de Caná de Galilea,

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no podía dejar de estar también presente al final, y por eso estaba allí, al pie de la cruz. Ahora, imaginen conmigo el dolor y la situación de María. Ella, que había besado la cabeza del pequeño Jesús, veía ahora una corona de espinas colocada sobre sus sienes. Ella, que había tomado las pequeñas manos de aquel niño mientras aprendía a andar, las veía ahora perforadas por los clavos. Ella, que lo había mecido en los brazos, lo veía ahora retorcerse solito en la cruz. Ella, que lo había amado desde su nacimiento, lo amaba ahora todavía más en la muerte. Nunca un nacimiento humano trajo tanta alegría. Jamás una muerte trajo tanta tristeza. Ella, que sabía que él tenía poder para descender de la cruz y sabía que legiones de ángeles estaban a su disposición. Pero, cuando él dijo: “Mujer, he ahí tu hijo” y meneó la cabeza en dirección a Juan, ella entendió que la preparaba para la muerte. Los lazos terrenos estaban deshechos, y una nueva relación celestial estaba por comenzar. Él ya no sería más su Hijo, sino su Salvador. María sufrió en absoluto silencio. Veía la corona de espinas, pero no podía quitársela; veía los clavos, pero no le era permitido sacarlos; veía los moretones, pero no podía aliviar el dolor del Hijo con algún medicamento; escuchaba el escarnio y las burlas, pero no podía callar a la multitud. Era siempre peligroso demostrar que uno estaba en favor de un hombre que los romanos consideraran digno de la crucifixión. Pero ella permaneció a su lado. Ella quedó todo el tiempo delante de la cruz. No se desmayó, ni se cayó ni salió corriendo. Quedó allí y vio todo. Los artistas acostumbran retratarla con un lirio blanco entre las manos, pero alguien sugirió que el lirio estaba salpicado con la sangre de un corazón partido. El amor de madre es un amor mal comprendido, mal pagado, un amor que nada espera, y por eso quizá sea mal

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comprendido. Muchos solo podrán tener una idea del amor de una madre o del amor de los padres cuando lleguen a ser padres, cuando puedan tener por primera vez una pequeña vida entre sus manos. Los padres son, desgraciadamente, una raza mal comprendida. Las personas, al llegar a ser padres, dejan de soñar para ellas y comienzan a soñar para los hijos. Con el corazón partido por el dolor, María llegó hasta la cruz. Allí estaba su sueño clavado en una cruz. Cuántas veces, desdichadamente, los hijos tiran por la ventana los hermosos sueños de sus padres. Allí, al pie de la cruz, estaba también el discípulo amado. Jesús tenía doce discípulos, pero solo Juan se encontraba allí. Juan estaba allí; Juan, el que a diferencia de los otros discípulos había tenido una comunión especial con Jesús. No era una comunión formal, sino íntima. Juan no se contentaba solamente con oír las enseñanzas de Jesús, sino que trataba de reclinar su cabeza sobre el corazón de Jesús. En el momento de la crisis, los otros diez, que tenían una comunión no tan profunda con Jesús, huyeron. Juan fue el único que no abandonó al Señor, y lo hizo porque tenía una comunión íntima con él. El cristianismo es eso. Es hacer de Cristo nuestro amigo. El cristianismo es colocar a Jesús en el centro de la vida. Es darle el primer lugar. Es vivir como él vivió. Juan actuaba así. Reclinaba la cabeza en el corazón de Jesús y, cuando la crisis llegó, venció. Cuando Jesús vio a su madre y al discípulo Juan allí, al pie de la cruz, viendo su sufrimiento, su dolor, exclamó: “Mujer, he ahí tu hijo”; y, dirigiéndose a Juan, añadió: “He ahí tu madre” (Juan 19:26, 27).

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Podemos aprender muchas lecciones de este incidente. Primero: Jesús cuidó de su madre. Proveyó cuidado y compañía para ella. María, que ya era viuda, enfrentaba una crisis al ver su hogar totalmente destruido por la ausencia de aquel hijo, por el cual treinta años antes había arriesgado todo. Pablo dice: “Porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Tim. 5:8). Jesús pronunció una palabra proveyendo cuidado a su madre: “Mujer, he ahí tu hijo”. En la cultura judía de aquellos días, ese era un término cariñoso. La figura central en el drama del Calvario no era María, ni Juan, sino Jesús. Noten que él estaba preocupado por la madre, no por él mismo. Él le indica a su madre la figura del discípulo que más amaba: “Madre, yo voy a morir, pero voy a dejarte al cuidado de alguien de mi entera confianza: Juan”. Él trataba de satisfacer la necesidad de compañía que María sentiría. Jesús estaba preocupado también por Juan. Juan perdía al único ser que le había dado sentido en la vida y que lo había transformado de un violento “Hijo del Trueno” al tierno “discípulo del amor”. Entonces, en la última hora de su vida, Jesús le da a Juan una sagrada responsabilidad: cuidar a su madre. En otras palabras, Jesús le está diciendo a Juan: “Juan, yo me estoy muriendo, pero porque eres un discípulo que llevo en el corazón, porque eres de mi entera confianza, quiero darte una sagrada misión: cuida a mi madre. Yo quiero cerrar los ojos con la certeza de que cuidarás de ella”. “¡Hijo, toma mi lugar; haz mis obras! Tú no me tendrás más, pero tendrás a mi madre”. Ahí estaban dos personas que pasaban por la misma crisis, por la pérdida de un ser querido, que ahora serían de consuelo y fortaleza la una a la otra, y se harían compañía la

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una a la otra, siguiendo la orientación de aquel Consejero. Cristo estaba muriendo en un sacrificio voluntario, pero no olvidó las simples necesidades diarias de afecto humano. Y, la Biblia cuenta de manera magistral que, “desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Juan 19:27). Juan obedeció en el mismo instante. ¿Ha obedecido usted las orientaciones de Jesús? Para María y para Juan, las palabras de Jesús eran palabras de amor, amor que proveía compañía. Pero Jesús en breve perdería la sensación de la presencia de su Padre celestial. Entonces Jesús estaría solo en su lucha para derrotar el poder del pecado. No podemos entender totalmente cómo fue quedar sin la presencia de Dios, pero podemos entender cómo es quedar sin la presencia del amor humano. Sabemos cómo es estar solo. Todos lo sabemos. Por lo tanto, sabemos que Jesús entiende cuando estamos solos y, por eso, puede ayudarnos a ser victoriosos, así como él lo fue. CONCLUSIÓN Al concluir este mensaje, quiero enfatizar otro aspecto de esta declaración de Jesús. Las palabras dichas a María y a Juan son las mismas que él quiere decirnos a usted y a mí. Las Escrituras nos cuentan que cierta vez le dijeron a Jesús: “Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte”, a lo que él respondió: “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios, y la hacen” (Luc. 8:21). Cuando oímos y obedecemos la Palabra de Dios, nos transformamos en familia de Dios, hermanos y hermanas de Jesús. ¡Qué privilegio! ¿Cuántos quieren levantar la mano diciendo que quieren formar parte de la familia de Dios, leyendo, oyendo

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y obedeciendo sus enseñanzas? Jesús nos dejó una misión: “Hijo, he ahí tu madre”. Podemos y debemos cuidar de tanta gente necesitada a nuestro alrededor. Personas necesitadas de una palabra, de un gesto de amor, de cariño. Puede ser que usted no puede cuidar de su madre, porque ella no vive más, pero puede cuidar de otros hijos que están a nuestro alrededor.

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5. PALABRAS DE SUFRIMIENTO INTRODUCCIÓN La declaración de Jesús sobre la cual vamos a reflexionar hoy se encuentra registrada en Mateo 27:45 y 46. Fue la cuarta palabra o frase de Jesús en la cruz. El texto comienza diciendo que hubo tinieblas sobre la tierra desde la hora sexta hasta la hora novena, es decir, desde el mediodía hasta las tres de la tarde. DESARROLLO La escena estaba montada. Una oscuridad milagrosa cubrió el Gólgota, ocultando la forma de Jesús a los ojos humanos. Era mediodía. La misma naturaleza inanimada parecía esconder el rostro de la terrible escena del Calvario, en simpatía con su Autor agonizante. Las injurias y las burlas que salían de los labios de la multitud cesaron y, el miedo y el temor apretaron cada corazón. Lo único que se oía eran los gemidos y los suspiros de los que estaban en aquellas tres cruces. Cristo estaba soportando el horror de aquellas densas tinieblas para que un día pudiésemos nosotros entrar en su gran luz. El Dios que es luz tomó nuestros pecados sobre sí y soportó la oscuridad de la separación de su Padre. Aquel que podía salvar a los otros no podía salvarse a sí mismo, para que pudiésemos ser salvos. Pero, de repente, suenan unas palabras en medio de la oscuridad, rompiendo el silencio. Es Jesús que clama, como quien clama a un amigo: “Elí, Elí –Dios mío, Dios mío–, ¿por qué me has desamparado?” Los primeros tres clamores de la cruz fueron emitidos a la luz del día. Pero, en ese momento, el sufrimiento del Salvador fue envuelto en tinieblas. Ese grito de abandono, como es llamado, ocurrió apropiadamente en medio de las 35

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siete frases. Ese gemido es el que nos permite entrever el misterio del Dios sufriente: “Elí, Elí –Dios mío, Dios mío–, ¿por qué me has desamparado?” Es preciso comprender que en la Cruz convergieron todas las fuerzas del universo: el hombre hizo su parte, asesinando al Hijo de Dios y mostrando la maldad de su corazón. Satanás hizo su parte, aplastando la Simiente de la mujer y demostrando ridícula hostilidad. Jesús realizó su obra, pues murió, como dice Pedro: “Cristo padeció [...] el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Ped. 3:18). Y el Padre también hizo su parte, demostrando su justicia y su amor cuando derramó su ira sobre el Hijo. Para que Dios nos bendiga, él debe dar las espaldas a sí mismo. Sin duda, debemos acercarnos a la Cruz maravillados. Pero, la gran pregunta es: ¿Qué significa ese grito, ese clamor, ese quejido de abandono que brotó de los labios de Jesús? Lo primero que necesitamos aclarar bien es que el grito de Jesús reflejó una angustia real. Dios nos estaba jugando a las escondidas. De hecho, él dejó solo a su Hijo en la cruz. Dios permitió que Jesús experimentara el aniquilamiento total, pues si no fuera así la vida y la esperanza no alcanzarían al corazón de los hombres. Pero, aunque no lo parezca, la oración de Jesús agonizante es una oración de confianza y no de desesperación. En su mayor angustia, él clama a su único consuelo y amparo. No hay rebelión en sus palabras. No está exigiendo una intervención magnífica por parte del Padre. Está abandonado por todo y por todos; incluso del Padre. Aun así, le manifiesta su dolor. Él cree en el Padre tanto que recurre a él aunque solo sea para comunicarle la soledad insoportable que siente. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” ¡Qué diferencia de las experiencias anteriores con el Padre!

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En el Jardín del Getsemaní, tuvo un Dios que lo fortaleció. Pero, en la cruz, el mismo Dios le dio la espalda. En el Getsemaní, podía llamar a doce legiones de ángeles, que lo hubieran salvado rápidamente. Antes de eso, había afirmado que el Padre no lo dejaría solo. Ahora, el Padre le da la espalda. En el Getsemaní, el Hijo fue tentado a abandonar al Padre. En la cruz, el Padre abandonó al Hijo. Solamente aquí, en todo el Evangelio, Jesús se dirige al Padre como “Dios”. Ese cambio de tratamiento significa el quiebre de comunión entre el Padre y el Hijo. En aquel momento, el Padre no parecía estar actuando como un padre. El sufrimiento del Hijo era terrible, pero soportarlo sin la presencia del Padre aumentaba todavía más el terror. Ese clamor es de tan difícil aceptación para nosotros que muchos creen que el Padre no abandonó realmente al Hijo, sino que Jesús solamente se sintió abandonado. Otros dicen que, en la agonía, Jesús comenzó a delirar y no sabía lo que estaba diciendo. Otros argumentan que el sufrimiento físico era tan grande que aquella exclamación de abandono fue, prácticamente, arrancada de sus labios por causa del dolor. Pero, no debemos olvidar el verdadero significado de esas palabras. Jesús estuvo consciente hasta el último minuto de su vida. No deliraba. Sabía perfectamente lo que decía. Claro que el dolor físico era terrible, pero su clamor no fue el resultado de ese dolor, sino del dolor de estar separado del Padre. De saber que estaba llegando al sacrificio para salvar aquello que más amaba en el mundo: el ser humano. No nos engañemos. Sufrió el verdadero abandono por parte del Padre por nuestra causa. Abandonado es una palabra fuerte. Es una de las palabras más tristes en cualquier idioma. Un hombre abandonado por sus amigos. Una esposa abandonada por el marido. Es duro imaginar que hasta una madre sea

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capaz de abandonar a un hijo. Es cierto, del ser humano podemos esperar todo. Pero ¿de Dios?... De Dios solamente esperamos consuelo. De Dios únicamente esperamos presencia amorosa en la hora de la desesperación. Sin Dios nada podemos; sin él no nos queda nada. La ausencia de Dios es el momento de la más suprema prueba por la cual podemos pasar. Porque en ese momento es cuando se muestra la verdadera tentación: la de desistir de él. La tentación de adherir plenamente al mal, de descreer totalmente del amor. Pero, allí estaba Jesús en el momento más doloroso de su vida. Clavado en la cruz e imposibilitado de moverse, estaba allí pagando el precio de nuestra culpa y, sin embargo, por causa de eso, estaba completamente abandonado por el Padre. El Hijo era amado por el Padre desde la eternidad. La presencia del Padre era su único placer. Por eso, al ocultarse el rostro del Padre, pasó por el trago más amargo del cáliz que él había decidido beber por nosotros. Si nosotros, que somos pecadores, consideramos aterradora la idea de ser abandonados por Dios, piense en el sufrimiento del Hijo, que por toda la eternidad había estado al lado del Padre. ¡Imagínelo siendo abandonado! Si Dios no abandonó al pueblo de Israel cuando estaba frente al Mar Rojo; si no abandonó a los tres jóvenes hebreos cuando estaban en el horno ardiente; si no abandonó a Daniel en la cueva de los leones; si él nos promete que nunca nos abandonará, que nunca nos dejará; ¿cómo, entonces, en el momento más crítico, se olvida de Jesús? ¿En qué sentido se apartó del Hijo? ¿Por qué el Padre quedó en silencio? Dos mil años antes, Dios le había pedido a Abraham que ofreciera a su hijo Isaac sobre un altar erguido en el monte Moriah. Pero, cuando Abraham levantó el cuchillo, Jehová intervino. “No extiendas tu mano sobre el muchacho,

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ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único” (Gén. 22:12). Y, de esa forma, la vida de Isaac fue salvada. La voz que habló en el monte Moriah estaba silenciosa en el Calvario. Entonces, ¿por qué el Hijo fue abandonado por el Padre? Los ángeles, sin duda, buscaron una respuesta, pues tienen interés en todo lo que tiene que ver con nuestra salvación (1 Ped. 1:1). Los fariseos, que se encontraban a buena distancia de la cruz, no tenían capacidad para responder. Los sacerdotes y los soldados romanos tampoco podían comprender. Lo mismo sucede hoy. Muchos continúan indagando cómo fue eso posible. Vamos a tratar de entender. Primero, esa expresión “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” está registrada en el Salmo 22:1. Jesús debió haber aprendido el Salmo 22 cuando era niño. De cierta forma, este Salmo era una profecía de lo que sucedería en el Calvario, y por eso se lo llama el Salmo de la Cruz. Comienza exactamente así: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (vers. 1). El versículo 2 presenta otro clamor de tristeza y soledad y el versículo 3 dice: “Pero tú eres santo [...]”. ¿Quiere decir que Dios abandonó a su Hijo porque él es santo? Al leer Habacuc 1:13, tal vez usted entienda mejor lo que estamos diciendo. Ese versículo dice así: “Muy limpio eres de ojos para ver el mal, ni puedes ver al agravio”. Ahora hay que reunir las piezas y formar el cuadro: Antes que nada, es preciso saber que en la cruz del Calvario Jesús estaba pagando el precio del pecado. ¿Del pecado de quién? Del mío, del suyo, del pecado de todos los seres humanos de todos los tiempos; todos los pecados habidos y por haber, todos los pecados imaginados, todos los pecados realizados a lo largo de la historia de este mundo, desde el primer pecado de Adán y Eva hasta el último pecado que

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en este momento está siendo cometido. Todos los pecados, los que serán cometidos mañana y pasado mañana, todos los pecados de todos los tiempos, de todos los hombres, fueron depositados sobre los hombros del Señor Jesús cuando murió en la cruz. Lo más terrible del pecado es la separación que provoca entre el Creador y la criatura. El más terrible pecado está retratado en la Cruz. El pecado separó a Dios el Padre de Dios el Hijo. Los ojos de Dios son tan puros que no podían contemplar la iniquidad. Ahora entendemos por qué aquel mediodía se hizo noche. Las tinieblas físicas simbolizaban la separación entre Cristo y el Padre, que es luz. El teólogo John Stott escribió: “Nuestros pecados oscurecieron el brillo del sol del rostro del Padre”. Eso explica por qué Cristo habría preferido no beber esa copa. A lo largo de toda su vida había sufrido en manos de los hombres. En determinado momento sufrió en las manos de Satanás. Pero, ahora, sufría en las manos de Dios. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” “Porque tú eres santo” es la respuesta que él mismo da. El Padre abandonó al Hijo porque su santidad lo exigía. Cristo fue separado del Padre por causa del pecado. Isaías 59:2 enseña que el pecado nos separa de Dios. En 2 Corintios 5:21, leemos que Jesús se “hizo pecado” por nosotros. Al hacerse pecado por nosotros, recibió el castigo de nuestros pecados, y la última penalidad del pecado es ser abandonado por Dios (2 Tes. 1:9). ¿Hasta dónde estaba dispuesto Jesús a ir para salvarnos? Mateo 27:46 especifica la distancia. Jesús dejó la imponencia del cielo, pero fue más allá de eso. Vino a esta tierra como ser humano y como siervo, pero fue más allá todavía. Sufrió la vergüenza y el rechazo, pero siguió adelante. Fue a la cruz, pero la jornada no se había terminado. Para salvarnos, Jesús estaba dispuesto a ir hasta el lugar del abandono de

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Dios. Jesús fue abandonado en las tinieblas exteriores para que nosotros pudiéramos caminar en la luz. Fue abandonado por Dios para que nosotros fuésemos aceptados por Dios. Aferrémonos hoy a esta promesa: “No te desampararé, ni te dejaré” (Heb. 13:5). Él fue maldecido para que nosotros fuésemos bendecidos. Fue condenado para que nosotros pudiésemos decir: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Rom. 8:1). Él sufrió los horrores del infierno, es decir, la segunda muerte, para que nosotros disfrutáramos del cielo con él. Bebió la copa de la angustia, para que nosotros bebiésemos la copa de la alegría. El pecado, como una repulsiva serpiente, se prendió de él, pero él soportó la mordedura por nosotros. No logro entender esto: ¿Cómo pudo hacer Jesús eso por nosotros? ¿Cómo pudo amarnos a ti y a mí tanto? Además, ¿cómo pudo sufrir el castigo eterno por la culpa de todos los pecadores en aquel período comprimido en la cruz? No consigo entenderlo, pero puedo aceptar todo por la fe y agradecer de todo corazón a Dios “por su don inefable” (2 Cor. 9:15). CONCLUSIÓN Después de todo lo que Jesús hizo por nosotros, tenga la certeza, amigo mío, de que cuando aceptamos a Jesús podemos escondernos detrás de los muros de su gracia y estamos salvos de la ira. Un hombre que no tenía ninguna consideración por Dios estaba a la muerte. Al acercarse sus momentos finales, le pidió a la hija que soplara la vela que estaba sobre la mesa. Ella le dijo: “No, papá. No puedes morir en la oscuridad”. Él respondió: “Sí, moriré en la oscuridad”. Y murió de la

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misma manera que vivió. Vivió en tinieblas y murió en tinieblas. No es necesario ni debe ser así con nosotros. En la cruz, Jesús pronunció palabras de esperanza para ti y para mí, diciendo que estaba siendo abandonado para que usted fuera hallado, encontrado, perdonado y amado. Cuando dijo esas palabras de esperanza, lo hizo en la oscuridad para que usted y yo tengamos su luz. Vivamos a la luz de su Palabra y estemos con él en su “reino de luz” cuando vuelva a esta tierra. Estoy agradecido a Dios por todo lo Jesús sufrió por mí en la cruz. Quiero aceptarlo una vez más en mi corazón, como mi maravilloso Salvador. Si usted tiene el mismo sentimiento de gratitud a Dios y quiere recibirlo esta noche en su corazón, y aceptarlo como su Salvador, como el Señor de su vida, póngase de pie porque quiero hacer una oración especial por usted. Oración.

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6. PALABRAS DE NECESIDAD INTRODUCCIÓN Continuando nuestras reflexiones sobre los momentos finales de la vida de Jesús en el Calvario, vamos a meditar hoy en la quinta palabra de esperanza que Jesús pronunció en la cruz. Está registrada en Juan 19:28 y 29. Ya vimos que, en la cruz, Jesús oró por sus enemigos, garantizó la vida eterna al ladrón arrepentido, hizo provisión para el futuro de su madre y clamó al Padre en medio de las sombras del abandono. Vamos, entonces, al texto de hoy. Leamos. DESARROLLO En este texto bíblico, vemos que Jesús ya no tiene mucho más tiempo de vida. Las sombras que envolvían el Calvario desaparecieron y la luz del sol comenzó a brillar nuevamente. De repente, oímos su clamor: “Tengo sed”. Ningún tipo de sed que lleguemos a sentir, por más debilitante y abrasadora que sea, puede compararse con la sed que Jesús sintió en la cruz. Sintió la sed clásica de los crucificados, que era el resultado de un largo proceso de deshidratación. La última gota de líquido que Jesús había puesto en su boca fue la noche del jueves, cuando tomó la Cena con sus discípulos. Después vinieron las experiencias del Getsemaní, donde sudó hasta el punto de derramar gotas de sangre; luego la prisión y los juicios ante Anás y Caifás. La noche de ese día lo pasó en las mazmorras, y por la mañana pasó por una nueva serie de juicios, azotes y la obligación de cargar la cruz. En fin, un sufrimiento de esa naturaleza agotaría sin duda alguna los líquidos de su cuerpo. Y, como si no fuera suficiente, durante seis horas quedó colgado en la cruz sin tener acceso a ningún líquido. 43

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En el idioma sueco las palabras sed y fuego son semejantes, pues cuando la sed es demasiado intensa puede quemar como fuego en la boca. “Tengo sed”. No es por casualidad que Jesús pronuncia esa quinta palabra en la cruz. El Evangelio nos presenta a Cristo, al comienzo de su vida pública, llegando al pozo de Jacob, cansado y sediento por la larga caminata bajo el sol, pidiéndole agua a la mujer samaritana. “Mujer, dame de beber”. Ahora, cuando está terminando el viaje de la vida, cansado y sediento, pendido de la cruz, vuelve a pedir agua: “Tengo sed”. ¿Cómo es posible que el Creador de los ríos y los océanos tuviera los labios resecos por la sed? ¿Cómo es posible que el Dios todopoderoso estuviese sediento? ¿Cómo es posible que aquel que calmó el mar con su palabra anhelara algunas gotas de refrigerio? Aquel que hizo milagros en favor de otros se rehusó a realizarlos en favor de sí mismo. Se rehusó a producir agua para matar su sed. Él ya nos había enseñado cómo vivir; ahora nos está enseñando cómo morir. Esta simple frase, “Tengo sed”, tiene muchos significados. Es un mensaje de esperanza. Habla a todos los que tienen sed, a todos los que tienen sueños no realizados. Las gotas que él ansiaba pueden convertirse en lluvias de bendiciones para nosotros. ¿Quién estaba, realmente, detrás de ese clamor? ¿Por qué cree usted que el Creador del universo, Creador de todas las fuentes, muere en una cruz miserable, suplicando un poco de agua? Aquí está escrito con sangre el maravilloso amor de Dios por la raza humana. Para entender eso, hay que tener presente que lo que Dios más quiere es vivir en comunión con el ser humano. Satanás, el diablo y originador del mal en la tierra, de alguna manera, quiere meter en la mente de los hombres la idea de que Dios es malo, castigador y

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vengativo. Que es un ser que nos observa desde el cielo para castigarnos. De esa manera, muchos sienten miedo de Dios, y entonces lo sirven por temor y no por amor. Y Satanás se ríe a carcajadas ante tal comportamiento. Porque, si él no puede llevarlo a vivir una vida completamente equivocada y alejada de Dios, va a hacer que usted sirva a Dios por miedo, lo que para él es la misma cosa. Estimado amigo, ciertamente Dios no puede soportar que sus hijos vivan alejados de él, o que lo sirvan simplemente por miedo. Él nos creó para una maravillosa comunión con él. Pero, el hombre corre, huye de Dios. El Padre viene, y el hijo huye; el Creador se presenta, y la criatura huye. El Padre quiere abrazar, y el hijo entra en pánico. ¿Qué hacer, entonces, para que el Dios eterno pueda vivir en comunión con el ser humano? Es necesario que Dios se haga hombre para alcanzar al hombre. Y es ahí donde aparece una vez más el maravilloso amor de Dios. En la persona de Jesucristo, Dios se hizo hombre como usted y como yo, para alcanzarnos, para que nunca tengamos la disculpa de que Dios no nos puede comprender, porque él es divino y nosotros somos humanos. Cuando Jesús exclamó en la cruz: “Tengo sed”, estaba expresando su humanidad plena. Ahí podemos ver a Dios hecho hombre, plenamente hombre, hasta el punto de tener sed. ¿Se siente usted incomprendido? Jesús se hizo hombre para alcanzarlo a usted, para poder entenderlo. Clavado en la cruz, supo lo que era el dolor físico y emocional. Por eso, si usted está en una silla de ruedas sin poder moverse, sin poder ir a donde quiere, sepa que Jesús fue clavado en la cruz para saber cómo se siente usted. ¿Está usted luchando con una enfermedad que está devorando su vida? Usted no tiene derecho a pensar que Dios se olvidó de usted, porque él se hizo hombre y en la cruz supo lo que es el dolor físico

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y lo que es tener sed, y lo que es ser escarnecido. ¿Alguien escupió en su rostro alguna vez? Escupieron en el de Jesús. ¿Por qué él no lo entendería a usted? ¿Por qué no podría entender la lucha terrible que usted está teniendo en su corazón en este momento? ¿Por qué no podría comprender los traumas y los complejos que usted soporta desde su niñez? Cuando Jesús dijo: “Sed tengo”, estaba revelando su humanidad. Se hizo hombre para alcanzarme. ¿Por qué? A veces miro hacia arriba y pienso: Dios mío, ¿cuánto valgo? ¿Cuánto significo para ti, que dejaste todo y viniste a este mundo? ¿Qué hay dentro de mí que valga tanto? Y Jesús dice: “No sé. Lo que sé es que tú eres lo más importante que tengo en este mundo”. Volvamos a la mujer samaritana: Un día Jesús fue a una ciudad llamada Samaria para buscar a una mujer llena de problemas morales. La Biblia ni siquiera menciona el nombre de aquella mujer; simplemente la llama “mujer samaritana”. El texto bíblico dice que Jesús se sentó cerca del pozo, cansado del viaje, para esperar a aquella mujer. Dios no se cansa ni se fatiga. ¿Por qué, entonces, se cansó Jesús? Porque se hizo hombre para alcanzar al ser humano. ¿A qué ser humano? ¿A una señora ilustre de la sociedad? ¿A la Madre Teresa de Calcuta, que vivió una vida de inspiración y murió haciendo tantas cosas hermosas en favor de la humanidad? Si hubiera sido para esperar a un ser humano tan maravilloso como este que cabo de mencionar, hasta sería entendible; pero, ¿sabe?, Jesús se hizo hombre y se cansó para esperar a una mujer de reputación dudosa, a una mujer que había perdido el respeto propio y que, en la perspectiva humana, no tenía mucho valor. Ahora, dígame una cosa: ¿Tiene usted derecho a pensar que para usted no hay esperanza? Si Jesús dejó todo para

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cansarse, tener sed y morir como un malhechor, clavado en la cruz, ¿lo habría hecho si usted no valiera la pena? ¿Cree usted que tiene derecho a pensar que no hay esperanza para su caso porque está hundido en el mundo de las drogas? ¿Cree que tiene derecho a pensar que Jesús no lo ama porque usted es un pobre alcohólico sin respeto propio, amarrado y aprisionado a una botella de bebida? ¿Cree que tiene derecho a pensar que Dios no lo ama porque usted tiene un vicio del que no se puede libertar? Amigo mío, Jesús dejó todo y vino a morir en este mundo porque usted es importante; tal como usted es, con el carácter horrible que tiene, con ese temperamento malo que lleva sobre sus espaldas, con ese egoísmo, propio de la humanidad, con los vicios que lo esclavizan, con los sentimientos que lo perturban, con los complejos que lo atormentan; usted es la cosa más valiosa que Jesús tiene en esta vida. Es por eso que Jesús muere en la cruz; es por eso que el Dios creador de todas las fuentes pide de beber. Otro punto importante de este mensaje es que la muerte de Cristo en la cruz no debe llenar nuestro corazón de tristeza, sino de esperanza; ¿sabe por qué? Porque el clamor: “Sed tengo” no fue solamente el grito de la necesidad humana de Cristo, sino también fue el grito de victoria. Voy a explicar lo que estoy diciendo. Un atleta que participa en una competición y que está con los ojos fijos en la meta no se acuerda del dolor ni de la sed. Solo cuando alcanza su objetivo es cuando las necesidades físicas pasan a tener importancia. El atleta solamente pide un vaso de agua cuando llega al blanco. Amigos, en la cruz del Calvario, Jesús tenía una meta: salvar al ser humano. Y Jesús superó el dolor, el hambre y la sed. Superó todo hasta conquistar la meta. El hecho de que Jesús se acordara de que tenía sed me dice una cosa: Jesús había completado su

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misión. Cuando dijo: “Sed tengo”, quería decir: “Ya hice todo lo que era necesario para salvar al hombre. Conseguí mi objetivo, alcancé la meta. Ahora denme un poco de agua, porque llegué al blanco, terminé lo que tenía que ser terminado”. ¿Sabe lo que quiere decir eso? Que su victoria ya está garantizada; que su salvación es un hecho concreto; que sus errores pasados ya fueron pagados en la cruz del Calvario; que el diablo, el acusador, ya no tiene derecho a atormentarlo por causa de su vida pasada. ¿Sabe lo que quiere decir eso? Que la próxima vez que el enemigo, a través de su conciencia, quiera atormentarlo, usted tiene el derecho de decir: “Tú ya no tienes derecho a atormentarme porque, aunque es verdad, pequé, y merezco la muerte, la deuda de mi culpa fue pagada en la Cruz”. Nadie tiene hoy derecho a entristecerse, pensado que no hay solución para sus pecados. La Biblia nos dice que el evangelio es poder de Dios para salvar a todo aquel que cree (Rom. 1:16). Cuando se predica el evangelio, las personas son salvadas, transformadas. Y la historia de la predicación del evangelio nos habla de prostitutas que dejaron el prostíbulo, corrieron a los brazos de Jesús, y hoy son señoras extraordinarias. Nos habla de ateos que no querían saber nada de Dios; se burlaban y se reían de él, pero en su interior se sentían vacíos y angustiados. Hasta que un día cayeron a los pies de la Cruz, y hoy están predicando el evangelio de Jesús. Nos habla de hogares completamente deshechos; los hijos por un lado, los padres por otro lado, la esposa y el esposo en una guerra de nervios, pero un día el evangelio los alcanzó y entonces cayeron a los pies de la cruz, y hoy están unidos en el amor maravilloso de Jesús. No conozco una persona que haya ido a Jesús, llevando su vida como estaba, que haya vuelto defraudada. Porque,

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cuando Jesús dijo “Sed tengo”, estaba diciendo que todo lo que era necesario hacer para salvar al ser humano ya estaba hecho. Ahora, solo es cuestión de decidirnos por él. Pero, continuemos mirando al Calvario. Allí, el Dios eterno está muriendo por usted y por mí. Y lo hace clamando: “Sed tengo”. ¿Qué otra cosa puede decirnos este clamor? Si estuviéramos allí, ¿le daríamos agua a Jesús? Jesús enseñó que podemos hacer eso hoy, en los días en que vivimos. Leamos Mateo 25:34, 35 y 40. Si le damos un vaso de agua fresca a un hijo de Dios, es como si se lo estuviéramos dando a él. Una de las primeras señales de la vida es la sed. Todos nacemos sedientos, como lo saben muy bien las madres. Y, así como entramos en este mundo trayendo la sed física, también traemos la sed espiritual. Allá por el siglo XVI, el autor y ministro religioso Henry Scougal, escribió: “El alma del hombre trae consigo una sed voraz, insaciable. Solamente cuando nos entregamos a Dios esa sed puede ser saciada”. Tenemos dentro de nosotros sed de comunión, no solamente con las otras personas, sino también con el Dios que nos creó. Algunos deciden apagar esa sed en el alcohol, en el sexo, el dinero o el poder. Otros viven sobre la base de medicamentos, porque no logran soportar el dolor del propio vacío. Otros llenan su vida con placeres, tratando de sobrevivir por el estímulo continuo de las sensaciones del cuerpo. Todas esas fuentes dan una falsa ilusión de sustento, pero solo contaminan al hombre y lo mantienen apartado del Agua verdadera. “Me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua” (Jer. 2:13). La cuestión no es si tenemos sed, pues todos la tenemos, sino hasta cuándo tendremos sed, si estamos delante de

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Jesús, la Fuente del Agua viva. Felizmente, Jesús sufrió con los labios resecos para que nosotros pudiéramos beber de la Fuente de la salvación. Y la promesa es segura. “Ya no tendrán hambre ni sed [...] porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida, y Dios enjuagará toda lágrima de los ojos de ellos” (Apoc. 7:16, 17). Él conoce el significado de la palabra “dolor”, no apenas como el médico que conoce una enfermedad, sino como el hombre con heridas en su cuerpo y con la boca reseca. Los ángeles le hubieran llevado de buen grado un vaso de agua. Le hubieran llevado agua, pero él soportó la deshidratación. Jesús bebió la copa de la muerte para que nosotros pudiéramos beber la copa de la vida. Tuvo sed para que nosotros fuéramos salvados de la sed eterna. Acepte ahora al Cristo sediento, y su alma jamás volverá a sentir sed. Tome de esa agua ahora, del Agua de la vida, y podrá disfrutarla para siempre. Durante su ministerio, ese Jesús que ahora estaba sediento dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Juan 7:37, 38). Por eso, no es de admirar que en el libro de la Revelación de nuestro Señor Jesús podamos leer la última invitación que aparece en la Biblia: “El Espíritu y la Esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apoc. 22:17). CONCLUSIÓN Amigo mío, mire hacia la montaña y contemple a Jesús. Vea su rostro cansado y sangrante. Pero mire el brillo de

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su mirada. Él cree en usted. Él lo espera con los brazos en forma de cruz. ¿Por qué no abrir hoy, ahora, su corazón a él diciendo: “Señor, estoy cansado de las aguas de este mundo, aguas que no satisfacen? Esas aguas no sacian mi sed; por eso, quiero recibirte en mi corazón. Quiero beber del agua refrescante, salvadora y transformadora que tienes para mí. Quiero que mi vida sea saciada para siempre”. Si este es el deseo de su corazón, ¿por qué no levantar la mano conmigo? ¿Por qué no quedar en pie, así como estoy? ¿Por qué no venir aquí adelante, al altar del Señor, para orar juntos a nuestro Padre Celestial? Oración.

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7. PALABRAS DE VICTORIA INTRODUCCIÓN Hoy vamos a meditar en la sexta palabra de Cristo en la cruz. Fueron palabras de victoria. Esto significa que hay esperanza para usted y para mí, porque Cristo venció para que usted y yo podamos también vencer. Entonces, vamos a leerlas en Juan 19:28 al 30. DESARROLLO La primera palabra de Cristo en la cruz fue dirigida al Padre, en favor de todos; la segunda palabra fue dirigida a una persona; la tercera fue para dos personas: su madre y su discípulo Juan; la cuarta la dirigió al Padre; la quinta fue para él mismo; y la sexta, sobre la cual reflexionaremos hoy, fue dirigida al Padre, pero es para todos nosotros: “Consumado es”. Solamente Jesús pudo decir esas palabras de manera absolutamente verdadera. Él murió con la certeza de que su misión había sido eterna y perfectamente cumplida; murió sin ningún arrepentimiento. No necesitó más tiempo para predicar otro sermón, curar a un paralítico más o multiplicar más pedazos de pan. Tenía apenas 33 años, pero había cumplido su responsabilidad al pie de la letra. Aunque concluiría de manera traumática sus días en la tierra, moriría con la satisfacción de saber que el propósito de su vida había sido cumplido con éxito. Es casi una rendición de cuentas. Es el último y definitivo balance. En esas palabras, podemos encontrar la seguridad de nuestra salvación, la convicción de que nuestros débitos para con el Padre fueron pagados por otra persona. Esta frase “Consumado es” es una sola palabra en griego: Tetelestai, que viene del verbo telo, que significa “terminar, completar, realizar”. Significa la conclusión exitosa de un 52

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procedimiento. Usted puede usar esta palabra después de pagar sus cuentas o, si es un corredor, después de terminar una carrera. El siervo que terminaba su tarea usaba esta palabra para avisarle al dueño de la casa. Significa que usted terminó lo que vino a hacer y que, además, lo terminó en forma perfecta y acabada. Tetelestai era la palabra usada por los hacendados cuando un becerro nacía tan perfecto que parecía no tener ningún defecto. Entonces, el hacendado gritaba: “¡Tetelestai! ¡Tetelestai!” Era la palabra usada por un pintor que, después de dar los toques finales en un paisaje, se alejaba unos pasos y admiraba su obra. Si veía que no necesitaba ninguna corrección o mejora, diría orgullosamente: “Tetelestati”. Jesús usó esa palabra, “Tetelestai”. Lo que el Hijo había hecho estaba acabado y perfecto. A los pies de la cruz, los hombres decían: “La vida de Jesús fue un fracaso”; pero Jesús decía: “Fue un éxito”. De acuerdo con Mateo y Marcos (Mat. 27:50; Mar. 15:37, 38), Jesús pronunció esta palabra en voz alta. Quiso que todo el mundo oyera aquella palabra especial que resonaría por veinte siglos. Él no dijo: “Es el fin”, porque eso significaría que había sido muerto y derrotado. No, no era su fin, sino el comienzo de un nuevo capítulo en su existencia eterna. Al gritar “Consumado es”, Jesús dio el mayor grito de victoria en toda la historia de la humanidad. Pero, vamos a analizar juntos un poco más profundamente el significado de la expresión: “Consumado es”. Jesús vino a la tierra con un propósito. ¿Cuál era el propósito que Jesús tenía al dejar la gloria celestial y tomar forma humana, nacer como una criatura y vivir siendo tentado en todo, para, finalmente, morir en la cruz? Para entender eso, tenemos que volver al jardín del Edén. Después de crear el mundo, el viernes, Dios creó al hombre. Y, en aquel mismo día, al ponerse el sol, dice

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la Biblia que Dios contempló su obra de creación, “y vio todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”. Es decir, estaba completado, consumado, todo era perfecto. Todo estaba en su lugar. Un mundo perfecto y armónico, y el ser humano para disfrutar la felicidad en medio de esa creación sin defecto. Después de contemplar su maravillosa creación, Dios descansó el sábado, dejándolo para el hombre como un día especial de comunión entre la criatura y el Creador. Pero, entonces, el enemigo de Dios, el diablo, como si fuese una criatura malcriada ante un cuadro acabado con pintura fresca, viene y pone la mano, arruinando todo el cuadro de la Creación. En un mundo donde había perfección, él pone dolor, muerte y traición. El cuadro maravilloso de la Creación quedó totalmente arruinado. Ahora hay lágrimas, soledad, tristeza, muerte, traición y desconfianza. El mundo está arruinado. Pero Dios no puede aceptar que las cosas queden para siempre de esa manera. No puede permitir que el ser humano, que él creó con amor, para ser feliz, viva en un mundo tal. No, Dios no podía permitir eso, y en sus planes eternos ya estaba prevista la obra maravillosa de la Redención. Jesús vino a este mundo para restaurar lo que el enemigo había deteriorado. Vino para recrear, para salvar, para devolver la esperanza. Pero, para eso, era preciso pagar el precio de la culpa humana, porque si el hombre pecó, tenía que morir. No había otro camino. Pero el ser humano no quería morir ni su muerte podía pagar el precio de su culpa. ¿Cómo solucionar el problema? Alguien tenía que morir. Solo que Dios no puede morir porque es Dios. Entonces, tuvo que hacerse hombre para morir. Ninguna criatura, incluyendo a los ángeles, podría morir para salvar al hombre. Solamente Dios hecho hombre. De esa manera, el pecado sería pagado. La deuda humana quedaría paga,

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y el hombre podría recibir la salvación gratuitamente. Por eso, Dios tuvo que hacerse hombre y tuvo que morir en la persona de Jesús. Éramos nosotros los que merecíamos que nos escupieran en la cara. Éramos nosotros los que merecíamos una corona de espinas en la cabeza. Éramos nosotros los que merecíamos los latigazos en las espaldas hasta sangrar. Éramos nosotros los que merecíamos morir clavados en la cruz. Fuimos nosotros los que hicimos las cosas mal. En Jesús, nadie encontró pecado. Él nunca hizo pecado. Él no tenía por qué morir. Pero ya que no queríamos morir, alguien tendría que morir en nuestro lugar. Él murió, y con su muerte terminó su obra de salvación, sufrió todo lo que podía sufrir, enseñó todo lo que podía enseñar y, ahora, también en la tarde de un viernes, Dios, en la persona de Jesús, clavado en la cruz del Calvario, mira el cuadro restaurado, salvado, reintegrado, rehecho. Ahora el hombre no está condenado solamente a vivir en un mundo de infelicidad; ahora tiene una salida. Jesús, allá en la cruz, ve la obra de la redención terminada y exclama: “¡Está todo bien. Está completo. Está consumado!” Entonces, muere. El sábado descansa en la tumba, mostrándonos que todavía queda un día de reposo después del Calvario. Todo lo que Jesús necesitaba hacer para salvarnos está hecho. No necesitamos hacer nada más. Pero, por algún motivo, el ser humano no acepta lo que es de gracia. Si alguien le da de regalo un auto, un 0 km, usted va a mirarlo y pensar: “¿Qué me va a cobrar después?”, porque en este mundo nadie entrega nada gratuitamente. Vivimos en un mundo en el que tenemos que pagar por todo. Si vamos a una tienda a comprar un traje y vemos que está muy barato, no lo compramos y comenzamos a pensar: “No puede ser. Si es tan barato es porque no sirve, porque es de mala calidad” ¿Por qué actuamos así? Porque

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vivimos en un mundo en el que las cosas que valen cuestan mucho. Estamos acostumbrados a pagar y, cuanto más caro pagamos, tenemos la impresión de que compramos lo mejor de lo mejor. Por eso, es difícil creer que si vivimos mal y en pecado hasta ahora, si anduvimos en el pecado y caímos en la miseria, podamos ahora, de repente, ser salvos, de gracia, sin pagar nada, sin dar un centavo. Es increíble. Un evangelista estaba recogiendo su carpa inflable después de una campaña de evangelización cuando llegó alguien y le preguntó: “Pastor, ¿qué debo hacer para ser salvo?” El pastor continuó recogiendo su tienda y dijo: “¡Ah, joven, usted llegó demasiado tarde!” El joven quedó enojado y reclamó: “¿No cree usted que está siendo muy petulante al decir que llegué tarde? ¿Cree usted que era en su carpa donde encontraría la salvación? ¿Eran sus palabras dueñas de la salvación?” Y el pastor respondió: “Usted no me entendió, amigo. Si quiere hacer algo para salvarse, llegó dos mil años atrasado, porque todo lo que había que hacer para salvarse ya fue hecho en la cruz del Calvario. Usted tiene solamente que aceptar la salvación. No hay nada que pueda hacer”. ¿Quiere decir que el hombre no tiene ninguna responsabilidad en cuanto a la salvación? Sí, la tiene; ¿y sabe cuál es? Tiene que decir “Sí”, tiene que abrir el corazón, aceptar, porque Jesús no puede hacer nada por usted, si usted no quiere. ¿De qué sirve la penicilina si la persona que está muriendo con una infección no acepta el remedio? Todo está listo. Alguien pagó el precio para descubrir la penicilina. Ahí está el remedio listo. Pero, no vale de nada si el enfermo no reconoce que está enfermo y no acepta el remedio. Amigo, la salvación de la raza humana está provista en la cruz del Calvario. Está todo hecho, todo pagado. Pero, eso no vale de nada si usted no lo acepta, si no reconoce que

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lo necesita, si no corre a los brazos de Jesús. Imagínese que usted debe quince mil pesos. No sabe qué hacer, no sabe a quién recurrir, ni hacia dónde ir. El lunes usted tiene que pagar quince mil pesos en el banco. De repente, llega un amigo con el comprobante bancario de que su deuda está saldada, está paga. Sus quince mil pesos están pagados. ¿Qué necesita hacer para no deberle ya al banco? Sencillamente aceptar. Pero, si usted no acepta esa donación, nadie puede hacerlo por usted. Cuando Jesús murió, crucificado con los brazos abiertos, quería decir: “Hijo, aquí estoy, esperándote con los brazos abiertos. Ven a mí mientras puedes venir. No importa si fallaste antes. Nunca pienses que ya no hay esperanza. En la cruz, yo vencí para que tú también venzas. Para decir que todavía hay esperanza para ti”. Amigo, usted y yo merecemos morir; pero, un día, Jesús subió al monte Calvario. Era difícil. Era tan difícil que la víspera, en el Getsemaní, Jesús dijo: “Padre, si puedes, pasa de mí esta copa”. Pero el Padre dijo: “Hijo, tú eres el único que puede morir para salvar al ser humano”. Y Jesús, mirándote, dijo: “Está bien, yo te amo. Y no importa lo que tenga que sufrir; si es para salvarte, sufro”. Él sufrió en nuestro lugar. Clavaron sus pies y sus manos. Pusieron una corona de espinas en su frente, escupieron en su rostro, lo golpearon. Se rieron de él, se burlaron, lo insultaron, y en silencio soportó todo. Entonces, usted no tiene derecho a decir que está perdido, que su caso es desesperado. Allá, en la cruz, él exclamó: “¡Está hecho! ¡Está consumado!” Sí, él tomó nuestra deuda y la cubrió con su liquidez. Él no se limitó a dar un anticipo, esperando que usted pagara las cuotas: “Pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Heb. 9:26).

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En la antigüedad, cuando el precio de compra era convenido y no quedaba ningún valor abierto, se escribía TETELESTAI en el comprobante de venta, es decir, PAGADO, SALDADO. Sí, Jesús pagó el saldo de nuestros pecados hasta el último centavo. Eso significa que, cuando acepto a Jesús, mis pecados están en Jesús, y no en mí. Sí, existe pecado dentro de mí, porque aún tengo una naturaleza pecaminosa, pero no están sobre mí, porque recibí vestiduras nuevas, las vestiduras de la justicia de Cristo, y en Jesús tengo mi ficha limpia en el cielo. Las virtudes de Jesús fueron acreditadas en mi cuenta con éxito. Si intentamos añadir algo a la obra de Jesús, como rituales, penitencias o peregrinaciones, en verdad la estamos disminuyendo. Dios no quiere nuestro mérito; lo que quiere es nuestra disposición a aceptar el pago hecho por Cristo en nuestro favor. CONCLUSIÓN Si usted, amigo mío, todavía no recibió a Jesús como su Salvador personal, le recomiendo que lo haga en este instante. La cuestión que usted tiene ante sí no es la grandeza de su pecado, sino el valor del sacrificio ofrecido por Jesús. “Consumado es”. Él completó su obra para que, a despecho de nuestra obra incompleta, pudiéramos nosotros entrar en el cielo. Él alcanzó las demandas de Dios, para que pudiera completar nuestras deficiencias. “Consumado es”. Ese clamor significaba que la Simiente de la mujer había triunfado sobre la repulsiva serpiente (ver Gén. 3:15). Fue un grito de victoria que sacudió todo el universo. Satanás fue desenmascarado y vencido. Su eliminación es cuestión de tiempo. El Señor consintió y aceptó pasar por todo eso por amor a usted y a mí. Esas fueron las palabras más abarcantes y

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poderosas jamás pronunciadas. “La propiciación para un mundo perdido había de ser plena, abundante y completa” (El Deseado de todas las gentes, p. 518), y fue a través de ese grito que los portones del cielo se abrieron para quien quiera entrar. ¿Cree usted que, por casualidad, sería inútil todo lo que Jesús hizo por nosotros? ¿No es este el momento para que también digamos “Consumado es”? ¿Es decir, “doy por definitivamente consumada mi entrega a Jesús, devolviéndole, entregándole lo que por derecho es suyo, mi corazón”? Si ese es el deseo de su corazón, póngase de pie, salga de donde está y venga aquí al frente, diciendo: “Jesús, quiero hacer de tu victoria, mi victoria. Consumo hoy mi entrega a ti”. ¿Quién será el primero? Oración.

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8. PALABRAS DE ENTREGA INTRODUCCIÓN Hoy es nuestra última reunión en esta Semana Santa, y reflexionaremos en la séptima y última declaración de Jesucristo en la cruz, registrada en Lucas 23:44 al 46. DESARROLLO La misión de Jesús estaba llegando a su fin, y sus palabras son: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Dicen que generalmente las personas mueren de la misma manera en que vivieron. La vida de Cristo fue una vida de dependencia del poder de su Padre. Él fue capaz de entregar su vida a Dios en la hora de la muerte porque había pasado toda la vida en entrega a Dios. Quiera Dios que cuando llegue el fin de nuestra existencia nuestras palabras revelen lo que fue nuestra vida. ¿Puede imaginarse escribiendo su último mensaje a un ser querido? ¿Sus últimas palabras a su hijo o a su cónyuge? ¿Qué les diría? ¿Cómo pronunciaría sus palabras finales? Seguramente escogería cuidadosamente cada palabra. La mayor parte de los seres humanos tiene apenas una oportunidad de hacer su último pronunciamiento. Fue lo que pasó con Jesús. Sabiendo que sus últimas palabras serían evaluadas y estudiadas, ¿no cree usted que las escogió cuidadosamente? Sí, así lo hizo, y lo hizo por usted. ¿Qué lecciones podemos extraer de esas palabras? 1. Jesús vivió con las Escrituras en los labios y murió con las Escrituras en los labios. Citó las palabras del Salmo 31:5. Cuando el rey David fue calumniado y perseguido, exhortó a todos los que podían oír a que fueran fuertes, consciente de que el Señor los protegería en el momento de la dificultad. El Señor era su refugio, y no lo avergonzaría. Fue entonces cuando exclamó: “En tu mano encomiendo mi 60

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espíritu; tú me has redimido, oh Jehová, Dios de verdad” (Sal. 31:5). 2. Jesús comenzó sus palabras en la cruz usando la expresión “Padre”: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Luc. 23:34). Y ahora, al decir sus últimas palabras, comienza también diciendo “Padre”. Así fue siempre su vida. Él comenzaba el día con el Padre, vivía con el Padre y concluía con el Padre. Cristo está muriendo, pero no es víctima de esa tragedia. La entrega de su vida no es el resultado de una derrota. Es un acto libre que surge de su propia voluntad. Hablando de su propia vida, declaró: “Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar” (Juan 10:18). La muerte no fue hasta Jesús, sino que él mismo fue a su encuentro. San Agustín declaró: “Él desistió de vivir porque, cuando y como quiso”. Jesús murió de acuerdo con los propósitos divinos, no por causa del capricho de hombres cobardes. 3. Jesús murió en las manos del Padre. “Padre, en tus manos...” ¡Qué magnífico significado encontramos en esa expresión! ¡El poder de las manos! Varias veces Jesús dijo que sería entregado en manos de los hombres. A los cansados discípulos, en el Getsemaní, les dijo: “He aquí ha llegado la hora, y el Hijo del Hombre es entregado en manos de pecadores. Levantaos, vamos; ved, se acerca el que me entrega” (Mat. 26:45, 46). Pedro dijo que Jesús fue crucificado por “manos de inicuos” (Hech. 2:23). Manos perversas tejieron la corona de espinas y la clavaron sobre la frente de Jesús. Manos perversas lo abofetearon. Manos perversas rasgaron la carne de sus espaldas. Manos perversas hundieron clavos en sus manos y en sus pies. Pero, llega el momento en que las manos de los hombres no pueden hacer nada más, y las manos de Dios tienen el último poder de decisión. Cuando David estaba 61

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siendo perseguido por los enemigos, se dio cuenta de que, incluso cuando estamos en las manos de hombres perversos, podemos estar en manos de Dios: “Líbrame de la mano de mis enemigos y de mis perseguidores” (Sal. 31:15). De la misma forma, aunque estemos en las manos de enfermedades y accidentes, podemos estar en las tiernas y protectoras manos de Dios. Jesús se entregó voluntariamente en las manos de pecadores, y voluntariamente se entregó en las manos de Dios. Rodeado por los que lo odiaban, consciente de que nadie se había preocupado por las injusticias cometidas contra él; sabiendo que los discípulos habían, en su mayor parte, desertado; en esas circunstancias, él podía contar con el Padre. Podía entregarse en las manos del Padre. En las manos del Padre, fue elevado a una posición de autoridad y hoy espera que sus enemigos sean puestos debajo de sus pies (ver 1 Cor. 15:25). Estar en las manos del Padre es estar en las manos del Hijo. Las manos del Hijo y del Padre están en armonía, están entrelazadas. El secreto de la vida es estar en las manos del Padre. Estar en las manos del Padre es estar en el mejor lugar, en el más seguro y acogedor lugar del universo. ¿Está usted en las manos del Padre? ¿No le parece que estar en las manos del Padre es todo lo que necesitamos? Leamos Isaías 41:10 y 13. Las manos, en la Biblia, significa poder; y la mano derecha, el máximo poder. Dios emplea el máximo de su poder en nuestro favor. Él nos ofrece sus manos. Cuánta seguridad hay en saber que, debajo de todo, están siempre las manos del Padre. Nada, nadie, ningún acontecimiento, podrá causarnos daño. Siempre hay manos protectoras, fuertes y cariñosas que nos acogen. ¿Quién podrá sacarnos de las manos del Padre? Amigos, les recomiendo las manos del Padre.

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No se engañe en cuanto a estar o no estar en las protectoras manos de Dios. Cuando el reformador Juan Huss fue condenado por el Concilio de Constanza, en 1415, el obispo terminó la ceremonia, diciendo: “Nosotros ahora confiamos su alma al diablo”. Pero Huss contestó: “Confío mi vida en tus manos, Señor Jesucristo. A ti rindo mi espíritu, el cual tú salvaste”. Huss, que era seguidor de Cristo y conocía las buenas nuevas del evangelio, sabía que ningún hombre puede confiarnos a las manos del diablo si nos rendimos a Dios. Huss fue quemado amarrado a un poste, victorioso, cantando, mientras se quemaba, pues sabía que pertenecía a Cristo y que Cristo le pertenecía a él. 4. Jesús se entregó confiado: “En tus manos entrego...” Era un grito de confianza absoluta. Ante las puertas de la muerte, poniéndose en las manos del Padre, era una vida que descansaba en la providencia del Padre; mientras que la confianza estaba ausente en la vida de Pilato, que entra, sale, hace preguntas, emite un juicio y actúa como un poseído. Estaba también ausente en la multitud, que gritaba endemoniada. Y estaba ausente en los discípulos, que se dispersan, poseídos por el pánico. Y, por supuesto, confianza ausente en el Sanedrín, que monta un drama con maléficos designios, y acaba desorganizado y confuso. Solamente Cristo estaba en el pleno control de sus propias facultades y él solamente puede ejercer en plenitud su voluntad, porque conoce al Padre, porque mantiene su confianza en él. 5. Jesús no solo nos enseñó a vivir, sino también cómo morir. Él estaba preparado para morir. Aun cercado por las circunstancias más adversas, él murió en paz. Se cuenta que en la cultura africana los cristianos locales oran por una “buena muerte”. Al contrario de lo que podamos pensar, buena muerte no significa morir sin dolor

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o morir dignamente, ni morir a una edad avanzada. Buena muerte es tener la oportunidad de tener reunida a la familia en torno de uno en los últimos momentos y tener fuerza para dar el último “incentivo” a fin de que lleven una vida piadosa y se preparen para el reencuentro en el cielo. La fe es transmitida cuando el que está muriendo declara su fe al que está vivo. En la cruz, Jesús nos dio el último incentivo para que vivamos en las manos del Padre y nos mostró que, viviendo así, si tenemos que pasar por la muerte, estaremos tranquilos porque estaremos en las manos del Padre. Él nos dejó, como herencia, también una “buena muerte”. Cuando Cristo estaba por morir, las tinieblas en la cruz ya se habían disipado, el sufrimiento estaba acabado y él podía finalmente entregarse en las manos del Padre, a cuya presencia agradable retornaría. El libro de los Hebreos usa un simbolismo interesante. El autor de este libro ve a Jesús como alguien que fue al cielo en nuestro lugar, a prepararnos el camino. Dice que nuestra esperanza es “como segura y firme ancla del alma, y que penetra hasta dentro del velo, donde Jesús entró por nosotros como precursor” (Heb. 6:19, 20). Por lo tanto, deje que las tempestades hagan flamear las velas, deje las ráfagas de viento que tratan de sacarnos del curso, y crea que los salvos llegarán seguros al puerto. Cada día que pasa estamos más cerca del regreso de Jesús, cada día somos empujados un poco más hacia el puerto, por aquel que demostró ser más fuerte, incluso más fuerte que la muerte. Y, para nosotros que tenemos esta esperanza, la muerte no es el fin del camino, es apenas una curva; no es el cerrar de un libro, sino apenas el comienzo de un nuevo capítulo. Capítulo que comenzará cuando Jesús regrese y resucite a sus fieles. Pues él murió no solo para quitar nuestros

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pecados, sino también para probar que la muerte no domina sobre los que depositaron su fe en el único que la subyugó. Por eso, el fiel dormirá pero no morirá eternamente. Así, al acercarnos a la muerte, la Cruz nos será más preciosa que nunca. Tal vez al meditar en las últimas palabras de Jesús en la cruz, usted esté pensando: “Voy a vivir como quiera, y entonces, en el último minuto, diré: Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. ¡NO! Con rarísimas excepciones, usted morirá exactamente de la manera en que vivió. Si Dios no es su Padre ahora, ciertamente le será imposible aceptarlo como Padre cuando la muerte se esté acercando. Estamos preparados para el cielo cuando abrazamos a Cristo como nuestro Salvador, aceptando lo que hizo por nosotros en la cruz. Solo los que creen en Jesús pueden confiar enteramente su espíritu al Padre. CONCLUSIÓN “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Esas fueron las últimas de las siete palabras que Jesús pronunció en la cruz. Y estas han sido también las últimas palabras de miles de sus seguidores, desde entonces hasta ahora. Cuando las piedras comenzaron a ser lanzadas sobre Esteban, el primer mártir cristiano, oró así: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hech. 7:59). Pero, “bienaventurados”, escribió alguien, “los que no solamente mueren por el Señor, como creyentes, sino a semejanza del Señor, como exhalando la vida en estas palabras: ‘En tus manos entrego mi espíritu’”. Durante estas noches estuvimos meditando sobre las siete últimas palabras de Cristo en la cruz. ¡Cuántas preciosas lecciones nos enseñó Jesús desde la cruz! Lecciones sobre el perdón, sobre la certeza, la provisión, la confianza, la victoria y la entrega. Para que esas lecciones nos traigan beneficios, necesitamos desarrollar una relación con aquel

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que las enseñó. Pablo observó, en Gálatas 3:26 y 27: “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos”. Después de revestirnos de Cristo por medio de la fe y del bautismo, necesitamos estar dispuestos a seguirlo hasta la muerte, si fuere necesario. Jesús dijo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame” (Luc. 9:23). ¿Reconocemos lo que Jesús hizo por nosotros? ¿Reconocemos que, en la cruz, Jesús hizo siete declaraciones de amor por nosotros? Si lo reconocemos, entonces debemos estar listos a seguirlo para todo y a cualquier lugar. ¿Cuántos quieren, en esta noche, levantar su mano conmigo, diciendo: “Jesús, yo reconozco lo que hiciste por mí en la cruz? Ahora, quiero invitarlo a levantar la mano, a ponerse de pie, diciendo: “Señor, por todo lo que hiciste por mí en la cruz, y por todo lo que haces por mí cada día de mi vida, yo, en esta noche, de pie ante tu presencia, quiero decirte que en tus manos entrego mi vida”. Sí, si este es su deseo, quédese de pie conmigo. Ahora que usted ya levantó la mano y está de pie, quiero hacerle una invitación más. Venga aquí, hasta el frente, pues juntos queremos orar al Padre celestial sellando nuestra entrega a él. Hacer una oración de dedicación y entrega.

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