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Helvecio Maside

Cruz del Eje


A Juanito y a Betty A Pilar y a mis hijos A los cruzdeleje単os


Prólogo En el mes de Febrero de 1997, tuve que ir a Galicia a cobrar una cantidad que la compañía de seguros nos iba a entregar a mis hermanos y a mí, tras la muerte de nuestra madre. Murió en mi cuñado Tito, quien acababa de ser desahuciado por un cáncer de pulmón, a los 44 años. No debo olvidarme de estos detalles, sobre todo porque éstos son los hechos que decantaron en mí un estado de ánimo propio para la tristeza, la zozobra y la escritura. La emigración, en varias generaciones de mi familia, de ida y vuelta, da para contar historias como ésta y mucho más. Ellos dos, por ejemplo —mi madre y mi cuñado Tito— eran también dos gajos desarraigados, viviendo en maceta ajena. Pero creo que cumplo con mi deber al decir que lo que se puede leer a continuación ya estaba escrito antes de suceder lo que menciono más arriba. No, yo no he escrito nada del relato. Apareció en un manuscrito amarillo y muy ajado, en la salita de mi casa de Maside, Ourense. Encontré las hojas bien atadas con su cordel en esa sala, que es una biblioteca respetable, junto a fotos y otros objetos que mi madre se había traído de Argentina y que, no cabía duda, había decidido guardar, quizá con la secreta intención de dármelos más adelante. Ignoro si era esa su intención, pero algo me dice que, habiendo estudiado lengua y literatura inglesas en Santiago, tal vez mi madre quisiera que fuese yo quien guardase el texto. Cuando ya llevaba leídos muchos capítulos, y después de estornudar mucho polvo, comprendí la razón por la que había guardado el manuscrito. La ciudad de Cruz del Eje existe en la realidad y es donde nacimos mis hermanos y yo. Donde había nacido mi madre, gran parte de mi familia argentina y parte de mi familia española. A su vez, mi familia argentina procede de Siria, Líbano y España. —7—


Alguna vez yo había preguntado a mi madre cómo habíamos ido a parar a aquella aldea de Galicia. Mi madre respondió que lo entendería el día que yo quisiera a alguien. En la misma caja que encontré el manuscrito, había una cosa que me llenó los ojos de lágrimas: un Rolls Royce rojo metalizado, de una colección Matchbox que yo traje de Argentina, tal vez mi tesoro más valioso. El cochecito había sido el primero que tuve, y, por tanto, iniciaba la colección. Aún lo conservo, desde 1968. Un año después de abrir aquella caja, empecé a transcribir con ordenador el manuscrito. Me limité a rellenar hojas, a zurcir los agujeros de las páginas —en las que los tachados o roturas nos privaban de su contenido— con alguna ocurrencia que pudiera encajar en esta historia. Cuando encontré aquel autito supe que mi madre quería que esta historia se publicase. Entendí que ella quería que fuese yo quien lo hiciera. Así, algún día, de paso, tal vez entenderíamos por qué nos había querido tanto. Hay que decir que averigüé, en conversaciones con mi anciano padre, que los personajes, en su mayoría, son reales.

Juan José Helvecio Álvarez Carro

(Helvecio Maside)

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Proemio

Còrdoba de la Nueva Andalucía, 1572 (30 leguas al noroeste de la ciudad argentina) tando el recuerdo de Lucía. La imagen de su cara, real y cercana, se desvaneció al instante. Así, tumbado sobre la carreta, no le dolían tanto los ganchos del coleto ya clavados en la carne como garrapatas. un quejido mortecino de su boca. con dolorosa crudeza—. ¡Seré yo quien no vivirá si no dejáis de El golpe que llevaba el capitán en el costado había abierto una brecha de una cuarta cumplida y mostraba algunas costillas con fracturas que se clavaban como dientes. Eran las huellas de la macana del cacique Olayón. mar el sargento. —Pero el salvaje también tuvo lo suyo y ya os precede en el camino al campo de Josafat, señor. Al instante, el sargento arreó en voz baja hacia el soldado: —¡Pardiez, que avives el paso, Aguirre. Aún nos quedan dos Y blasfemó el cabo Lucena. —9—


tán herido, que profería alaridos como si el mismísimo Satanás le retorciera el coleto con cada tropiezo. Pero a pesar de los dolores, sus alucinaciones le hacían dedicarse a espantar el envite de la guadaña con recuerdos. —¿Sabéis, cabo Lucena, lo que solía decir mi padre? Mi padre me decía que la vida de este lado de la mar océana nos iba a camcacique salvaje ante nuestros caballos españoles mereciera ésta y Y lanzó un grito aterrador de dolor con la última piedra del camino. madre? ¿Has visto con qué decisión y tierna apostura besó a su hembra y a sus hijos antes de combatir conmigo? aquietarle el cabo Lucena, acomodando los empapados paños a la herida. encontraba vacío. Segundos más tarde, volvía a buscar la empuñadura y sollozaba de impotencia al comprobar lo vano de su empeño. Tras escupir sangre, se agarraba al brazo del cabo para reclamar su atención y también su comprensión. —Se enfrentó a mí con una macana. Mi toledana y mi coleto —Amén —sentenciaba siempre el cabo Lucena. Desde lo alto de la loma que acababan de coronar, a media milla, vieron un soto que decidieron sería el mejor lugar para descansar unos minutos a la sombra de los árboles y, después, atravesar el río. Para cuando lo alcanzaron, los delirios del Capide alférez en el ejército. Antes de disponerse a cruzar el río, se detuvieron unos instantes a enjugar con el agua fresca y limpia las — 10 —


heridas sangrantes del capitán. No vendría mal tampoco sacudirse el polvo y el sudor, que resquebrajaban la piel, ya bastante roja por el sol. En esos momentos, de pronto, se hizo el silencio. Inesperadamente, como cuando llega el soplo negro de la muerte. El sargento Galán, el cabo Lucena y los cuatro soldados de Su Majestad que les acompañaban, se levantaron de su reposo como intentando averiguar la causa de la quietud que acalló incluso a las chicharras. El río parecía querer emular la serenidad fría de aquel momento y la imagen de los soldados bajo los árboles se repetía sobre el manto quieto de agua, como una burla temblorosa. No se oía ni el vuelo de los insectos. Aquel soplo gélido recorrió la espalda de los soldados. Pero callaron. Por un momento sospecharon fuera una celada de los salvajes, quienes querrían vengar a su cacique, o tal vez podría tratarse de alguna alimaña nueva y horrorosa del nuevo mundo. Pero nada ocurrió. El sargento dio por terminada entonces la pausa, y comenzaron a andar para atravesar el río con la carreta. Al llegar a la parte más honda del vadeo, la carreta se movía con una lentitud penosa. Y, de pronto, las mulas se detuvieron. La boca del capitán se abrió. Los músculos se tensaron expuldos por el esfuerzo, como para dejar salir el más espantoso de los gritos de dolor. Pero no se oyó más que un sordo y entrecortado suspiro. En ese punto, el eje de la carreta se partió. Y Medina expiró. Sueltas las mulas, el sargento Galán y el soldado Aguirre arrastraron el cuerpo del noble andaluz hasta la orilla. Se vieron obligados a usar cantos rodados de la riera para darle la más digna de las sepulturas, sin palas ni picas. Con el duro y seco suelo era imposible pensar en otra opción. El cabo Lucena sintió la necesidad de cristianar el lugar de la muerte del capitán Medina y Antequera. Llevaban largos meses desde que llegaran al nuevo virreinato, aquella tierra infestada de salvajes, pero aún así el cabo mantenía redivivo el recuerdo de su madre en el lecho de

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Fiel a la memoria de su madre, con astillas rotas de la carreta, dej贸 hecha y clavada en la tumba de piedras una cruz hecha con el eje.


LA HABANA (Cuba) Marzo de 1898

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e todas las veces que Tincho Malán —el aguador vendedor de periódicos— había visto a Jacques LeBarón, aquella fue la primera que le vió tan apresurado; “Sin duda —pensaba el muchacho— que su nariz ganchuda acaba de oler un negocio.” Los que le veían frecuentemente en el Círculo Mercantil de Santiago de Cuba le conocían una propensión irresistible a hacer las cosas a la fulera. Y entre los terratenientes de Santiago que merodeaban la compañía de aquel francés vestido de negro riguroso, además, sabían que lo mejor era dejarse querer por él. No estaba la cosa para despreciar una mano amiga cuando había que hacer una visita a alguien y recordarle sus deberes. No llevaba todavía mucho tiempo exiliado en Cuba, cuando el marsellés ya había exhibido buenas muestras de sus cualidades profesionales en la huelga de la zafra de 1886. En aquella ocasión, había conseguido romper la unidad de los trabajadores de la caña, haciendo uso de sus mejores artes. Tiempos idos. —Buenos días.¿Un vasito de lo barato, mesié? —Hoy tomaré vino español en el Círculo, Tincho —contestó en un alarde de magnanimidad, haciendo volar una moneda de real hasta el niño. —Gracias, mesié —Pas de quoi, Tincho. ¿Algún mensaje? —Un caballero muy distinguido vino por aquí temprano y me preguntó si sabía dónde vive usted, mesié. Claro está que dije que no, pero de todas formas me dejó esta tarjeta para usted.

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Aparte del hermoso caserón con palmeras en lo alto de la calle Padre Pico, Jacques LeBarón poseía grandes dotes de convicción. Lo sabían bien los vecinos del barrio de Tívoli, en Santiago ya que recordaban cómo durante la huelga del 72, llegó a convencer, por ejemplo, a Manuel Marchena de que aquello acabaría mal para todos. Manuel de Dios Marchena, un activo sindicalista que había huído a Cuba durante la revuelta de Cádiz, no pudo contenerse ante las condiciones inhumanas de los jornaleros, a pesar del forzoso incógnito en que se encontraba como peón de la zafra. Estos peones rebeldes eran sustituidos rápidamente —y sin charla de fructíferos resultados con Marchena, LeBarón se limpió la sangre en la propia camisa del andaluz. Después la arrojó con un gesto de enfado y molestia al fuego que despedía ya olor a melaza y carne. Y pensaba que su alcurnia ya no le permitía seguir aceptando esa clase de encargos. —Este cabrón ya no hará ninguna huelga más, ni tampoco una zafra más. Ya ha quedado bastante… “quemado” de ésta. Y congeló la sangre de sus dos esbirros negros con una mirada acompañada de aquella risa ácida y arrabalera con que él engalanaba sus momentos de inspiración. Jacques LeBarón tenía el paso corto y lento de quien observa callando. Seguro de que con ello te deja saber que todos y cada uno de tus movimientos quedan registrados en su mente hasta que lucía llamaba la atención de las damas y al respeto de los caballeros. Consciente de la importancia de la apariencia en las calles de La Habana y Santiago de Cuba, él se había dejado ver por las mismas esquinas y salones durante un tiempo prudencial. las habladurías le hubiesen construido una profesión, un pasado, do a su porte de gentilhombre marsellés. —Allons. Enfants de la patrie —entonaba entre dientes al tiempo que se alejaba en busca de su caballo jerezano, dejando — 14 —


atrás el cuerpo carbonizado de Marchena, que enviaba pavesas hermosas al aire en el atardecer ardiente del verano cubano.

En la tarjeta que Tincho Malán le entregó había un mensaje en el que se le convocaba a una cita. LeBarón andaba esos días haciendo uso ya de menguadas reservas. Y había que reponer con vio entrando en el complejo del ingenio azucarero con adelanto, para poder estar en el despacho del director de la planta a las diez de la mañana en punto. Kensington-McFinney, Ltd. llevaban seis caña de azúcar en Santiago de Cuba. No se les podía hacer esperar. Últimamente se estaban dedicando a comprar tabaco, que ya les resultaba más barato y distinto al que sus familias producían —Kindly wait, please, Monsieur LeBarón —espetó el joven secretario con acento de aristócrata bostoniano. —Merci —contestó el marsellés secamente, declarando con un gesto de su cabeza principios de no hostilidad idiomática. El enorme despacho de Kensington y McFinney daba a la bahía y estaba presidido por un retrato de los socios y sus padres, junto al inmenso óleo del presidente de los Estados Unidos. Los dos americanos se presentaron con educación aristocrática. El que parecía de más edad, Charles Kensington ofreció una copa a LeBarón —Espero que le guste el bourbon, monsieur LeBarón. Aún estamos esperando nuestro próximo envío de coñac francés. Pero este desagradable asunto de la guerra nos tiene retrasados y, sobre todo, preocupados. —Sí. La guerra. Mal asunto—añadió el marsellés con un chasquido de sus labios, impaciente por conocer el asunto que le haazúcar y tabaco de la isla. —Y nos han dicho que con su ayuda podríamos resolver alguno de nuestros acuciantes problemas, monsieur LeBarón… — 15 —


En la mente pragmática de Le Barón se destacaron tres palabras clave del asunto que ya se habían reconocido rápidamente: ayuda, resolver y acuciantes. El dinero estaba en camino. —Sin duda usted ya habrá oído que algunos productores de la isla se niegan a vendernos sus cosechas. No cabía duda de que el problema debía ser serio para ellos, un grupo de empresas con una enorme capacidad de producción, transporte y procesamiento, limitados ahora por la escasez de materia prima. —Algunos tienen lo que hay que tener, messieurs. Creo que ustedes los yanquis lo llaman guts. sotros canalizamos en la actualidad las tres cuartas partes de las cosechas de la isla. Muchos han recibido adelantos sobre las copara la explotación, si no estoy lejos de lo cierto, cuando haya que —Atina usted, monsieur LeBarón. Y queremos que usted nos ayude a convencer a ciertos productores mas bien reticentes —expuso McFinney con un tono de verdadera preocupación. Y continuó tras recibir un gesto de su socio, quien ya había detectado los síntomas de impaciencia en el francés. —Fulgencio Colinas... lidera un grupo de productores del este que pretenden crear un ingenio y secaderos con capital propio, de España, y mandar su producción al mercado oriental... Cuando Kensington mencionó el apellido Colinas no se regesto, un parpadeo, cualquier evidencia de molestia, que efectivamente halló. productores criollos...y, claro, la guerra les ha creado prejuicio contra nosotros, que seríamos su mejor opción... No podemos permitir que abran negocio por su cuenta, monsieur LeBarón. Sería un precedente nefasto para nuestro sistema en el caribe y en oriente. Ya hemos intentado negociar con ellos, pero el capitán Colinas se muestra especialmente obstinado, con argumen— 16 —


tos un tanto baladíes como que su familia no puede permitir que nos adueñemos de la isla. gunos tienen lo que hay que tener, messieurs. Ustedes los yanquis deberían saberlo mejor que nadie— repitió engolado con una de sus sonrisas de satisfacción de ver azorados a los dos hombres más poderosos de Cuba. —Claro que lo sabemos, monsieur LeBarón. Y por eso estamos dispuestos a tenerle en cuenta a la hora de reorganizar el ción. Y usted cuenta con un extraordinario savoir faire. Hemos oído sobre el excelente trabajo que realizó en el canal de Suez para su antiguo patrón, el vizconde de Lesseps. También hemos oído que no supieron reconocerle sus méritos en su justa medida, Monsieur Lebarón. El francés se limitó a asentir con un gesto educado pero frío, sin añadir comentarios que pudieran obligarle a entrar en detalles. Y McFinney continuó: —Algunos errores se pagan caros. Por supuesto, nosotros no cometeremos el mismo error—complació Kensington de esta forma a LeBarón, a sabiendas de que le hacía falta cariño. Al advertir que el francés había comprendido todo muy rápido, continuó McFinney su exposición. —Tengo entendido que la compañía Lesseps quiere construir bien al vizconde y a sus socios. —Caballeros, perdón, por favor. Antes de que prosigan, quisiera advertirles que no subestimen a la Compagnie Lesseps, es decir, al vizconde. —No. No, monsieur LeBarón. Nada más lejos de nuestro ánimo. Antes al contrario, creemos que la empresa llegará a término, por mucho que puedan oponerse algunos. quiere hacer el señor Colinas utilizará el canal para comerciar con Oriente, ¿verdad?

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—Podría ser. Pero deberían resistir hasta la terminación de la obra. Nosotros estamos interesados en el canal para un futumomento. Debemos evitar que el proyecto de Colinas llegue a buen puerto. Cuba es casi nuestra, pero necesitamos deshacer la unión de los españoles de Santiago. Lo que ignoramos es cómo hacerlo. En ese momento, Kensington cortó a su socio con la mirada. No quería precipitar la decisión del francés, ni estaba seguro de poder convencerle rápidamente. Sabía que un parpadeo de más en los ojos de LeBarón podía acarrearles un disgusto y era la hora de la prudencia. Pero McFinney no poseía el mismo temple que su socio, y creía que su vehemencia les ayudaría. Y continuaba su discurso. —No sé. Parece que los españoles están llevados por motivaciones ajenas a lo puramente comercial, y eso nos tiene desconcertados. Están perdiendo dinero a raudales, y no comprendemos cómo empresarios que saben el valor del dinero se muestran tan decididos a perderlo. Hemos intentado incluso pagar las tiea algún productor con deudas. Es obvio que algunos de ellos se han rendido. Pero nos interesa —sobre todo— Colinas, además de algunos de sus amigos que le apoyan: Joaquín Montederramo, Juan Perelada. —Supongo que ya han advertido ustedes que algunos medios están agotados. ¿Y que no me dejan mucha opción en cuanto a los recursos a utilizar? —Jamás hemos dudado de su capacidad para descubrir nuevos métodos y de su creatividad, monsieur LeBarón. Considérese desde ya, si lo desea, colaborador asociado de KensingtonMcFinney. Cuente con nuestra más incondicional aprobación de cuanto haga. El intercambio de cortesías de despedida contrastó con la trazar un acuerdo inviolable y rotundamente cerrado.

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—Au revoir despidió además con una suave caricia y un pellizco en la mejilla, tras acomodarle el nudo de la corbata. El olor del dinero y la incipiente entrada en acción excitaba los instintos del alma de LeBarón. Dulce. Como la caña.

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Santiago de Cuba 28 de Abril de 1898

F

ulgencio Colinas se había levantado muy temprano esa mañana. En el gran escritorio de su despacho, junto al ventanal que ya volcaba luz del este, miraba los planos cación de otros nuevos, más modernos. Sus comentarios de futuro sonaban como fantasías infantiles a oídos de Pedro Montederramo. Éste soltó ruidosamente la taza de café sobre la bandeja, amigo, con la guerra en marcha y la situación de la mayoría de ellos. Colinas se negaba. también la envidia de mis compañeros. Tengo el río Cauto. Esta gencio Colinas como si estuviera convenciéndose de ello a sí mismo. —Y además, es mía. Mi familia lleva aquí más de cien años, Pedro. Pedro Montederramo. Y continuó amargamente: —No puedo seguir perdiendo dinero. ¿Cómo le voy a contar a mi madre que somos capaces de seguir con todo esto, sin dinero, después de llevar aquí cuarenta años trabajando? Mira, Colinas, cuando descolgaba a mi padre en el secadero de tabaco fui el primero en leer su carta —se ensombreció el rostro de Montederramo.

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misa. Decía que renunciaba a seguir luchando por un proyecto que le era ya más ajeno que propio. guntó Colinas. —La carta iba dirigida a mí, Fulgencio. No a mi madre ni a la familia. Tenía mi nombre... Pasaron unos minutos en los que Pedro Montederramo se liberó del nudo en la garganta. —Sí. Me voy a ir —contestó Montederramo. —Y tú, ¿qué vas a hacer, Fulgencio? Si ya ni debes saber qué hacer con tu propia vida... Sí, de acuerdo que eres criollo y que todo esto es tuyo, pero también eres capitán del ejército español, y ahora todo esto te tiene atenazado... Tienes que tomar parte ya tino nos va a liberar de esta tortura. Mis vecinos han malvendido ya hace tiempo todo lo que tienen y han optado por la retirada. Nosotros no podremos ni tan siquiera malvender, Fulgencio. Ya pagan lo que les da la gana, cuando pagan. Esto es... América, Fulgencio. Tu país ya no es España. Esa España en la que tú tanto crees... te ha abandonado. Fulgencio se hallaba esos días a la espera de instrucciones de sus superiores para incorporarse a su batallón en la guerra con Estados Unidos. En un arranque patrio, más dedicado a sí mismo que a su amigo, le espetó: —¿Te atreves a pensar qué diría tu padre si te oyera hablar así? de vista, Fulgencio. Y todavía me cuesta creerlo. Pero voy a seguir su voluntad. —La voluntad de tu padre era seguir adelante con la Sociedad de Cultivo y Producción. —Esa es tu voluntad, Fulgencio, y ese empeño llevó a mi padre a la desesperación. Deja ya de jugar al héroe andante. Este es otro mundo, Colinas. No estamos hablando de estrategias de guerra que has aprendido en tu academia. Esta no es una guerra — 22 —


de bayonetas. Esto ya es otra cosa. El oro y el dinero: los dólares de Estados Unidos. Los campos de batalla son ahora de parqué, en Wall Street de Nueva York. Si no vendemos a los americanos nuestra caña y nuestro tabaco, ¿a quién se lo vas a vender? ¿Es que todavía crees que los japoneses o los chinos te van a solucionar tus problemas? ¿Y que los americanos se van a cruzar de brazos, mirando como vendes tus producciones a los mercados orientales? Hubo treinta segundos de silencio junto a la mirada de Fulgencio y Montederramo. No había ruegos ni cansancio en ellas. Sólo había un deseo sordo y triste que se abría paso a duras penas como un arado roto en tierra seca. Acercándose al enorme ventanal, el capitán Fulgencio Colinas trataba de imaginar un futuro próximo y hablaba a su amigo. —Tu padre pensaba que nuestra idea era viable, Pedro. Dos días antes de morir, yo mismo estuve hablando con él sobre el futuro del canal de Panamá. Tenía unos deseos de seguir avanzando y luchando, Pedro, que no veo en ti, siendo más joven y aventurero. Pedro sabía lo que Colinas iba a decir a continuación. Y su ruego silencioso de discreción no tuvo respuesta. Fulgencio continuó. —Tu padre había estado con la Trini esa noche, Pedro. He hablado con ella. Montederramo se acercó a la ventana, hombro con hombro junto a Fulgencio, para no oír de frente el testimonio de las andanzas de su padre. —Bastantes problemas causó ya esa Trini en mi casa, Colinas. No los agraves tú ahora —dijo en voz baja. —Me contó que tu padre no había estado jamás tan impetuoso y animado. No era un hombre al borde de la desesperación. Era un muchacho con toda una vida por delante. —Mi padre era un hombre cansado de luchar por lo mismo siempre, Fulgencio—y aumentaba el tono de su voz a medida que pronunciaba el nombre de su amigo.

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—Él no pudo escribir esa nota. Le había escrito una carta a la Trini en la que le prometía ayudarla a empezar otra vida después de la guerra, cuando todo esto estuviera canalizado y funcionando. Un hombre derrotado no hace esas promesas, Pedro. Esa clase de promesa sólo la hace alguien que ve el futuro con ganas. La carta que ha escrito aparentemente tu padre dice que ... “aquí no mente Montederramo—. No quiso seguir luchando... y añadió Sin haber terminado de decirlo, Montederramo sintió las manos de Fulgencio Colinas sujetándole los brazos y sacudiéndole para obligarle a escuchar. —Tu padre no abandonó. A tu padre lo mataron. Y tú y yo lo sabemos —gritó casi al borde de desgañitarse. Y continuó, ya sin necesidad de comedirse ni mostrarse más tranquilo. hombre alto y delgado salir de la casa con tu padre hacia el secadero. Un cuarto de hora después vieron a ese hombre cabalgar como el demonio, Pedro... Y tú y yo sabemos que ese es LeBarón. —¿Tú también con la fabulación del asesino?—cortó Montederramo, con un gesto de cansancio. Montederramo se sacudió los brazos con toda la fuerza que pudo, como si en realidad estuviese peleando por soltarse de la sujeción poderosa y fantasmagórica de su padre siendo víctima de un asesino, y se apartó de Colinas. Unos minutos más tarde, cuando pareció calmarse, quiso explicar sus sentimientos a su amigo con paciencia. Una paciencia de la que parecía incapaz tan sólo unos segundos antes. Necesitaba convencer a Colinas de que su situación era absolutamente ridícula. La guerra estaba acabando a trompicones, con el ejército español en derrota virtual, no sólo por las campañas y las balas, sino también por la humedad de la manigua, el hambre y las enfermedades. madre y a mis hermanas a Méjico. Estoy sólo en la casa... Y estoy

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Pasaron el resto de la mañana hablando de los nuevos secaderos que pretendía instalar Colinas. Madera nueva para humos nuevos, decía Fulgencio. Almorzaron a pie de obra, con los trabajadores y en camisa, levantando las pesadas cerchas con las poleas, o tirando de las yuntas de percherones. Cuando dieron por terminada la jornada y se sentaron a la sombra del primer de agua, mojando a los remolones. En ese instante la voz del capataz interrumpió la conversación de los dos jóvenes. Al galope todavía, gritó desaforado:

Los hombres se apresuraron hacia los caballos. Aquella cabalgada les llevó en un santiamén a las acequias tres y cuatro. Sobre la marcha decidieron que si llegaban antes que el fuego, había temente rápido servirían de cortafuegos. Y los obreros podrían tener agua muy a mano para apagar el incendio. Pero al llegar uno y dos, siempre llenas, puesto que servían de conducción para ya había cortado el agua desde el canal principal, más de una legua cañada arriba, lo cual indicaba que ni a todo galope llegarían con tiempo de hacer nada por los tabacales. Pero sí tuvieron tiempo de ver la silueta espigada del jinete que se encaramaba a lo alto del Cerro del Pobre. Allí, en el cielo del crepúsculo, cortádirigió una muy gesticulada reverencia de sombrero. —¿Sigues pensando que tu padre se ha suicidado? ¿O te hace falta alguna prueba más?— declaró Fulgencio al tiempo que clavaba las espuelas al caballo para salir tras él. Pero la persecución fue infructuosa. Cuando Colinas llegó de vuelta a la casona de La Danila eran más de las dos de la mañana. Montederramo y el capataz se despidieron con pocas palabras, — 25 —


no sin antes trazar las líneas de lo que harían al día siguiente. Desensilló al fatigado caballo. Mientras lo acariciaba para calmarlo, pasaban por su mente las miles de ocasiones en que se había encontrado con el francés, y se arrepintió de las mil veces que pudo haberle matado en el acto. Y no haberlo hecho. Con sus propias manos. En sus antiguas andanzas, el francés y Colinas se habían encontrado en algunas ocasiones. Como aquella en la que Fulgencio Colinas le había humillado delante de muchos en el lupanar de la Trini, una noche que LeBarón se estaba excediendo con una de las pupilas. A punta de sable, Colinas y otro joven alférez que le acompañaba habían obligado al francés a pedir excusas a la chica y a pagarle un extra para resarcirla del disgusto. Otros terratenientes presentes rieron la gracia del joven capitán y del alférez. Aunque muy pronto tuvieron que arrepentirse puesto que la venganza del marsellés no se hizo esperar y llegó en forma de campos quemados, casas destrozadas y criadas violadas sin la menor de las contemplaciones. LeBarón jamás se permitía dudar de que había que salvaguardar una fama arduamente ganada en Cuba. Fulgencio subió las escaleras de la casona pesadamente, acusando un cansancio menos físico que de ánimo. Entró en el vestíbulo. La cabalgada detrás de la sombra de LeBarón había sido inútil. Tan inútil o más que la lucha que mantenía consigo nal de su relación. El cosechero cubano hasta el tuétano, contra el capitán del ejército gachupín. Y ya comenzaba a hacer mella en su ánimo, dinamitando las que ya empezaban a ser escasas fuerzas. Resonaban los ecos de la sentencia de Montederramo: “...esa España te ha abandonado...” No. Eso era imposible. Hay desconcierto, eso sí. Pero no nos han abandonado a nuestra suerte, pensaba. Había restos de ceniza por todo el salón y Colinas tuvo que sentarse unos segundos al pie de las escaleras para recuperar el resuello, en medio de un ataque de ira. Sentado sobre los peldaños de mármol, se sujetaba las sienes porque pensaba que estaban a apunto de estallar. Un minuto después, se levantó y observó de cerca un retrato de sus padres, sentados en dos — 26 —


secaderos al fondo. A la izquierda, aparecía Fulgencio con apenas dos años, en brazos de Ramona, el aya negra que le había cuidado hasta que marchó a España para asistir a la academia militar de Toledo. Y en el centro, entre sus dos padres, las dos hermanas mayores, Luisa y Caridad. Justo a la derecha del cuadro familiar, había otro en el que aparecía Fulgencio, con su traje de alférez, y el Alcázar de Toledo de fondo. Tenía Fulgencio varias fotos de su vida de alférez en la academia y algunas de guerra en África. Notó que faltaba una foto. No era de las más antiguas, sino de las Todos de uniforme y algunos de ellos recién llegados a Cuba. La escena mostraba precisamente a los recién llegados en el puerto de la Habana, con la fragata al fondo. Cuando creyó que había conseguido ahuyentar el deseo de arrancar aquellos retratos de la pared y quemarlos con los rescoldos vivos de los secaderos, se levantó y empezó a subir las escaleras, en busca de lo único seguro que le quedaba en la vida. —¿Esmeralda? ¿Dónde estás, cielo?—llamó Fulgencio a su mujer desde abajo. Al no obtener respuesta subió a la planta alta con pesadez por las anchas escaleras de la casa. —¿Esmeralda? Los ventanales enormes de la habitación estaban abiertos de par en par y las cortinas blancas y suaves se paseaban desde el techo hasta el suelo, bailando con la brisa. Supo que su mujer debía haber estado esperando despierta ya que había luz en la espaciosa alcoba y tal vez no contestaba por haber caído dormida. El aroma a tabaco quemado le llegaba desde la distancia y se respiraba por toda la casa. Buscó a Esmeralda y vio que se hallaba dentro de la bañera, con la mirada perdida. Tanto que ella ni siquiera reparó en la llegada de su marido. Se frotaba con insistencia para lavar una suciedad inexistente en la piel. Y cantaba Esmeralda con apenas un hilito de voz: Reina de mis ilusiones — 27 —


Por ti mi alma suspira Oh, rosa de mis amores* Era una vieja copla criolla que su marido solía cantarle en los momentos que ambos hacían el amor y le provocaba la risa, abandonándose al placer. Cuando Fulgencio se acercó hasta la bañera, el agua estaba completamente roja. Esmeralda se iba de este mundo despacito, con las venas abiertas y sin dar una sola voz de queja. Era una mujer de honor y creía que debía dejar que su vida se fuera por los dos pequeños cortes que había hecho, sin un solo atisbo de derrota. Apenas le quedaban fuerzas, pero con los últimos suspiros pudo acopiar el aliento necesario para contarle a su marido la amargura y el horror de aquella noche, que se habían iniciado exactamente cuando Colinas y los otros dos hombres salieron en persecución del oscuro jinete. Para ella habían pasado seis horas de humillación aberrante, en la que los cuatro hombres hicieron con ella uno tras otro lo que quisieron. Esmeralda indicó con la mirada el mensaje que los atacantes dejaron para él. Sobre el escritorio que Colinas tenía en su habitación habían dejado un papel con un mensaje escrito con mano agitada. Las manos de Colinas mancharon el papel con sangre y agua:

“El tiempo todo lo cura” J.L. Fulgencio levantó a Esmeralda de la bañera y la llevó hasta la cama. Gritó desesperado llamando a la criada. María y Tomasa, pir el desangrado, pero ya había perdido gran cantidad. No había nada que hacer. Apenas tardó unos minutos más en morir. En ese instante, Fulgencio comprendió que tan sólo restaba una tamente los que marcaban la distancia que separaba el lecho de gado todavía en la pared de su habitación privada.

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Abrió el cajón grande del escritorio y sacó dos revólveres. Se colgó el sable junto a los revólveres y corrió a las cuadras a buscar su caballo. Sin siquiera ensillarlo, un suspiro más tarde ya cabalLa noche era clara, y Colinas sabía que no tardaría mucho en Santiago. Sabía que le estaría esperando. Se conocían bien el uno al otro. Cabalgó como llevado por el viento durante apenas tres minutos para recorrer los dos kilómetros desde la casa hasta el camino de Santiago. Fulgencio divisó a LeBarón apoyado en la tranquera de la la camisa blanca del francés le serviría para apuntar con los revólveres. No deseaba ni mirarle a la cara. Lo haría desde lejos y sin dudar. Todavía al galope, con la derecha comenzó a apuntar. Cuando iba a apretar el disparador, tres lazos le rodearon desde partes diferentes de la arboleda que rodeaba el camino y le derribaron del caballo. Los primeros golpes que recibió fueron a la cara, aunque no causaron sangre. LeBarón quería la cara y el cuello para él. El dolor de las patadas en el pecho se clavaba en los pulmones y le impedía respirar. Colinas no soltaba el arma a pesar del dolor punzante mientras los cinco que le pateaban gritaban cosas sobre los momentos en que habían estado con Esmeralda. Le iban gritando comentarios sobre cómo ella se revolvía en vano para evitar el ultraje. dispararlo sobre Colinas. El que hablaba con acento americano le quitó el sable. —Nunca he tenido un arma tan bonita. Ni una mujer como la tuya, gachupín— dijo poniendo el sable en alto como los héroes que triunfan en combate. —Ese sable es mío— dijo LeBarón.

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Cuando todos hubieron montado, Fulgencio se concentró dejando de respirar, para levantar su cabeza con la escasa ayuda de los músculos entumecidos por la paliza. Tuvo que hacer toda la fuerza del mundo para sacar el brazo de debajo de su cuerpo roto y conseguir ponerse boca arriba. Y con la mano izquierda, en la que aún conservaba el otro revólver, hizo tres disparos hacia la única camisa blanca, en medio de aquella noche de luna llena. Uno de esos disparos abrió un gran boquete en la pierna izquierda del jinete que ya cabalgaba a galope. Después de la última detonación, el capitán Fulgencio Colinas y Gaboto cerró sus ojos. Y su vista se oscureció para siempre. En la guerra de Cuba.

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Buenos Aires (República Argentina) Diecinueve años después. 5 de Septiembre de 1917

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enemos que desembarcar ya, mi coronel— musitó el joven capitán, utilizando la voz queda de quien sabe que viene a interrumpir. El coronel Lezama llevaba más de media hora acodado sobre la borda en la cubierta, con la mirada perdida entre el cartel enorme que anunciaba el puerto de Buenos Aires, a lo lejos, y las barcazas que transportaban a los viajeros hasta el muelle. Los barcos grandes no podían atracar en la dársena, así que entonces el desembarco de los pasajeros se debía hacer de aquella manera, dado el escaso calado del puerto, por la enorme cantidad de arenas que el Río de la Plata arrastraba desde la mesopotamia argentina. —Sí—contestó el coronel lacónicamente, pensando que aún le quedaba media milla por recorrer en una de aquellas barcatiempo para dar media vuelta, buscar otra vez la puerta del camarote en el que había habitado durante los últimos doce días miró hacia la exigua maleta que descansaba junto a sus botas, y Tenerife, las Compañías Hamburguesas. Se leía con claridad y en letras mayúsculas hechas a pluma: “Buenos Aires”. Decidió que el nombre Buenos Aires hab ía desuponer un buen augurio para él y los hombres que le acompañaban en la — 31 —


aventura. Pero también Lezama sonrió —casi divertido— al recomo lo había estudiado en la academia, para los ingleses en sus dos aventuras argentinas con intento de invasión, aquellos aires deberían haberlo sido y no lo fueron, porque fracasaron. Los dos tenientes que acompañaban a Lezama eran personas de juventud bisoña, y por eso no sabía si sentir alegría por ellos o miedo por sus futuros. Los cuatro capitanes, sin embargo, al haber ejercido su mando en cajas de reclutamiento, debían estar lentitud de aquella estructura oxidada que el ejército español era por aquel entonces. Un ejército con un sistema de leva que perseñoritos y pisaverdes, quienes a cambio de dinero, compraban la voluntad de gañanes majaderos. Éstos acudirían al servicio militar en su lugar, con su valor supuesto, y con la esperanza de algún medro, por otra parte, totalmente imposible entonces en sus aldeas de procedencia. Esos capitanes de Reclutamiento habían mostrado su apoyo incondicional para atender las propuestas de Lezama y, por tancuando las cosas se pusieron feas. También iban con él dos comandantes cuyos puestos estaban ligados directamente a él en el servicio. Lezama se sentía, por tanto, responsable inmediato de los ocho hombres y sabía que ellos así lo veían. Inconscientemente, todos le esperaban casi en formación de revista militar sobre el muelle del puerto de Buenos Aires. A ellos les sobraban razones para pensar que Lezama no abandonaría y todos ellos daban por sentado que regresarían algún día a España acompañando al coronel, reconocido, y aceptado por el gobierno. Tal vez por eso, les sorprendió tanto escuchar las palabras con las que Lezama se despedía de ellos: —Señores. Estoy seguro de que ninguno de ustedes imaginó encontrarse en esta situación hace años, cuando hicieron el jura— 32 —


co. Pero es lo que yo he elegido ahora y quiero que sepan no estoy arrepentido de ello. Y confío de corazón en que ustedes tampoco se arrepentirán. Los hombres no daban crédito a lo que oían, pues sonaba a rendición incondicional. Era como la vuelta al pasado, sólo que esta vez lo era en otro país y en otro continente. Era la admisión de la victoria ajena. Aquel —pensaban los ocho hombres— no podía ser el mismo Lezama que les arengaba en sus reuniones privadas. Ahora tan sólo les cabía pensar en su futuro inmediato. Y el futuro inmediato era cruzar la aduana que les haría arribar pública Argentina. Buenos Aires tenía allí un olor a almizcle. Aguas de río mezclada con cereales, más el océano urdiendo el acompañamiento olfativo para aquellos hombres, camino de su porvenir. Cada uno de ellos se fue acercando a una cola diferente, después de que el coronel les dijera unas palabras al oído a cada uno. Con un abrazo corto pero apretado, Lezama sellaba con cada uno de ellos una mente el derrotero que tomaría cada uno. Sabían que Lezama les estaba quemando las naves. Ahí supieron que tal vez era mejor así. Tan sólo les indicó a cada uno un nombre. El de un funcionario en la embajada española, una persona con la que podrían entrar en contacto si lo necesitaban de verdad y, quizás, si lo consideraba necesario, podría informarles del paradero de los demás.

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Buenos Aires (República Argentina) 5 de agosto de 1917 22:00hs

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homas Langston abrió la celosía para asomarse a la terraza de la casa. La arboleda de la calle Misiones anunciaba la temprana primavera de 1917 a bocanadas de olor. De allí fue al otro extremo de la terraza. Acodado en la balaustrada, Langston estiraba un poco el cuello para asomarse a la otra calle que bordeaba la casa, Intendente Indart, y así poder admirar la columnata elegante del hipódromo, en pleno barrio de San Isidro. El caserón pertenecía a la empresa de ferrocarriles de la West Indies, concesionaria de las líneas más importantes del país. —Tu maridito recibe buen trato de la empresa—sentenciaba con cierta envidia. volverle a meter dentro. —Te he dicho muchas veces que no te asomes. Nos puede ver algún vecino o alguien desde la calle y esto se me terminó…—le reprendía con aquella vocecita tan inocente, que despertaba la líbido pura de transgresor en su amante inglés, mientras ella cerraba con rapidez recatada. cho. —Pues sí que le cuidan. Fíjate qué sillón tiene aquí tu Jacinto.

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—Ya está. Salgamos, que además, no le gusta tampoco que le toque su mesa. Dice que puede traspapelar sus documentos, o qué se yo. —Me encanta cuando te pones así de buena. Me entran unas ganas de besarte y abrazarte que…. Sin darse cuenta, con el brazo izquierdo derribó una pila de carpetas marrones. Bien ordenadas alfabéticamente, no tuvieron problemas en volver a acomodar la pila en su lugar sobre la mesa. Salieron del despacho y cenaron en el comedor. Con la ausencia de Jacinto, el servicio había recibido permiso, como ocurría siempre que Langston la visitaba. Jacinto se encontraba de viaje a la provincia de Córdoba, a 800 kilómetros de Buenos Aires. Al menos una semana. Siempre, al acabar la cena, Tommy metía la mano en su bolsillo y sacaba un regalo para la hermosa Susana. Con gusto y dinero, Langston regalaba el ego de la bella y, al mismo tiempo, el suyo propio, lo cual les predisponía a ambos para una noche inolvidable. Hasta la siguiente. Pero aquella noche era especial. Iba a ser la primera que pasarían juntos en la casa. Con suerte sería una semana entera para ellos dos, y Langston sabía que también ella quería hacerle un regalo. A Susana no se le escapaba que su amante aprovechaba cada ocasión posible para averiguar cosas sobre la West. Ya fuera a través de ella o del servicio, Langston espiaba y conocía con antelación las visitas que recibían en la casa, los movimientos de las personalidades o datos sobre inversiones. Y aquella noche no podía dejar de ser de gran provecho, pues tendría acceso, por vez de Largos Recorridos del Ferrocarril Central Norte. Se levantó de la cama cuando ella se hubo dormido profundamente. No pudo evitar acercarse a ella y darle un beso. Y pensó que empezaba a dar muestras de debilidad con aquella hermosa italo—argentina, que le tenía el corazón robado. Salió muy discretamente de la habitación. Recorrió los pasillos con una satisfacción tan placentera, que pensaba que la felicidad debía pare-

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cerse mucho a aquella mujer, a aquella casona de San Isidro y al despacho en el que se disponía a entrar. Cuando había tirado la pila de archivos y expedientes, antes de la cena, pudo observar que todas ellas llevaban el mismo nombre principal y luego uno secundario. El primer nombre era “Expedientes de Concesión”. Cada carpeta llevaba después el nombre de alguna línea de Ferrocarril y la ciudad correspondiente. Dedato que le sirviera de corroboración sobre las últimas noticias: la renovación —o no— de las concesiones sobre las líneas. En aquellas carpetas podría hallar la valoración que hacía la empresa sobre las líneas que debían conservar en su poder y aquellas que se podrían devolver al estado argentino, sin el menor de los temores. Fue recorriendo un expediente tras otro, leyendo lo que le parecía más importante según un criterio que había decidido momentáneamente: el primero, la distancia con respecto a la caciudad de Balcarce. Al leer los informes de las carpetas, no pudo bladamente precisa de los informantes. Allí se podía hallar no cuál era la producción aproximada o la capacidad, así como el número de explotaciones o empleados. Pero el toque de exquisitez se dejó notar con la cantidad de información personal sobre los propietarios, datos sobre sus familias y otras propiedades. Se trataba, cómo no, de un material de primerísima calidad, digno de un servicio de información británico, a mayor gloria de su MaEran casi las cuatro de la madrugada y ya había leído una buena cantidad de expedientes, donde halló incluso datos de su propia familia, cuando oyó pasos acercándose al despacho. Sintió alivio al comprobar que era Susana. —Eres muy travieso—le dijo bostezando. Se acercó a él para darle un beso como reprimenda. Después, mientras ella se afana— 37 —


ba en recomponer la pila de carpetas, con cara de sueño y protestando, de una de las carpetas cayó un sobre anaranjado con un rótulo muy ostentoso: Indies Company Langston levantó el sobre y quiso comprobar si estaba abierto. Por supuesto que el sobre estaba cerrado, aunque no con lacre. Con la otra mano, acercó hacia sí el expediente del que había salido el sobre. Tenía el rótulo de los demás, “Expedientes de Concesión” y en la parte inferior se leía “Ciudad de Cruz del Eje— Prov. era Ralph E. Wilkinson, Director Local de Talleres y Trayectos. Langston procedía ya con impaciencia febril. Encontrar aquel de Susana. No tardó en correr a la cocina y poner al gas una tetera con agua. No tuvo el menor de los problemas en abrir el sobre al vapor y sacar cuanto había en él. Encontró documentos que pertenecían a la Embajada de España en Buenos Aires. En aquellos informes secretos, Wilkinson declaraba haber recibido de la embajada, mediante un amigo, datos sobre un propietario de aquella zona de la provincia de Córdoba. Al parecer, ese hombre, Don Joseph Loutón, de origen francés, conocido por sus viñedos, y la ganadería, se hallaba en campaña de poner en marcha una vieja mina de oro. En la ciudad, Cruz del Eje, la compañía poseía talleres y se disponía a invertir para mejorar las comunicaciones, dada la mente interesante para el lector ávido de detalles: la reticencia del francés a entrar en negocios con la West. Alguien había averiguado aspectos oscuros de Loutón. Su vida en Cuba durante la guerra con los españoles, muy poco clara gar a Argentina por razones obvias. Había contraído matrimonio con otra heredera de la zona, pero, al parecer, ambos eran ya mayores y no tenían hijos.

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—Mira, Susana. No es sólo uno, son dos propietarios, casados entre sí, sin hijos. Uno de ellos tiene datos ocultos sobre su vida anterior. Es casi un ejemplo de torpeza mercantil. Imagínate lo que se puede hacer con esta información, si cae en manos de alguna mente desaprensiva. Tomó una hoja de las que llevaban membrete de la embajada española, la guardó en su chaqueta y volvió a llenar el sobre anaranjado. Una suave pincelada de goma arábiga y colocó el sobre dentro del expediente “Cruz del Eje—Prov. De Córdoba”. —Ya sabía que mi ángel de amor tenía un regalo para su Tommy.

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Cruz del Eje (Prov. de Córdoba) Tres kilómetros al sur de la ciudad 12 de Septiembre de 1917

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e llamo Sir Thomas Langston. Siéntese, por favor — pidió el elegante caballero inglés, con pocas ganas de cortesía. El gesto adusto mostraba que no deseaba llevar a cabo lo que le habían encomendado. Y, para colmo, comprobó casi con desdén, como una premonición corroborada que su invitado Brassa aún vestía su roñosa ropa de trabajo. —Señor Brassa, ¿sabe quién soy yo? —No, pero me hago una idea. Los que me han traído dicen que es usted de la West Indies —decía con una mezcla de timidez y arrogancia. Brassa: —¿Este despacho es suyo?—mientras dejaba sus ojos recorrer las paredes cubiertas de trofeos, fotos, objetos de uso militar. —No, no es mío—decía Langston mientras dejaba sus papeles y recorría con la mirada encima de las lentes la habitación. —Pero debo admitirle que no me importaría que lo fuera. En el despacho que aquel sir inglés recibía al obrero italiano, había piezas de valor incalculable por su antigüedad y otras de menor valor monetario, pero de indudable interés histórico. Detrás del inglés, colgaban de la pared pistolas, fusiles, y también capotes, cantimploras o brújulas, todo ello delicadamente protegido en urnas o cajas acristaladas. Frente a él, en la pared que quedaba a la vista de quien se sentaba en el despacho, había — 41 —


también marcos que contenían fotografías de soldados posando en maniobras y, metidas en sus urnas, las que parecían ser las fías se veían escenas de combate y algunas de grupos más formales, como de instrucción en la academia junto a otros retratos de menor trascendencia, con fondos de parques o paseos en las que Mientras había estado esperando, Brassa había mostrado gran interés en uno de aquellos retratos en particular. Era una marcialidad ante unos cuantos bultos que parecían ser su equipaje; y detrás un barco, el Galatea. Todavía absorto en la foto, Brassa volvió de repente a la realidad cuando Langston le comentó: —Me parece que ha tomado una decisión sabia, señor Brassa. Mientras decía eso, Langston empujaba lentamente desde su lado de la mesa un sobre hacia la mano del italiano, agrietada y con las uñas rotas e hinchadas . —Es usted un hombre de ambición. Y eso es lo que hace falta para sobrevivir aquí, en el nuevo mundo. Brassa abrió el sobre y empezó a contar los billetes que había en él. Jamás había visto una cantidad de dinero como aquella, salvo los montoncitos que se apilaban en la mesa de pagos del ferrocarril, todos los sábados por la mañana. —Es más de lo apalabrado, señor Langston. —Sí. Yo me he tomado la libertad de añadir algo por mi cuenta porque voy a pedirle un favor, Brassa. Es una forma de agradecerle lo que nos cuenta usted de las actividades de los huelguistas. El gesto de cierto reparo que tenía Brassa en su rostro desapareció. Y el cambio no pasó desapercibido para Langston.

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—Si conseguimos nuestro objetivo, es decir, si ponemos en marcha la mina y los ferrocarriles vuelven a su funcionamiento Como Brassa se mantuvo callado, Langston quiso retomar la iniciativa mejorando la oferta. —Bien, aquí en la ciudad, o tal vez en otra ciudad, si usted lo Indies. Pero Brassa pensaba ya solamente en Ramona. Si aceptaba lo que el inglés le ofrecía, podría llevársela lejos de allí, podría convencerla más fácilmente de que abandonase a su familia, aquella vida digna, lejos de la miseria que le había rodeado siempre, desde que era un niño y perdiera a su padre en la campaña de Albania, veinte años atrás. —Este mundo es para los que luchan por sí mismos, señor Brassa. ¿Cuánto hace que está en Argentina? —Cinco años en noviembre. —Yo nací en Inglaterra, pero mis padres me trajeron aquí de muy pequeño. Yo me negué a que la fortuna de mis padres me llevara a donde no quería. Tienen una estancia en Balcarce, y, como ya se imagina usted, yo podría esperar dulcemente el momento de heredar, pero siempre he querido abrirme camino por mis medios. Y en la West Indies lo he conseguido. Esta tierra es así, ¿verdad, señor Brassa? Mientras Brassa esperaba que Langston terminara el planto lírico y acabara de pedirle con precisión lo que quería de él, se levantó y se acercó a mirar otra vez la foto que le llamara tanto la atención unos minutos antes. —Es curioso, pero éste de aquí se parece mucho a alguien que conozco. —No creo que eso sea posible—se puso en pie Langston y se acercó a la fotografía. les españoles. En ese momento, Brassa se dió cuenta de que alguien más había entrado al despacho. Debía de ser alguien importante, ante — 43 —


quien el propio Langston se había apartado con respeto. Aquel hombre observaba detrás de ellos también al militar que el itafrancés: —Esa foto fue tomada en Cuba, hace muchos años. —Este hombre —explicó Brassa— el segundo por la izquierda, se parece a un español que está con nosotros desde hace unas semanas. añadió: —Si consigue que terminemos con la huelga cuanto antes, le prometo dos veces más lo que acaba de contar en ese sobre... Después de escuchar unas instrucciones de Langston, Achille Brassa sostuvo la mirada de Langston durante un largo momento que se había otorgado para pensar y decidir. Cogió el sobre y lo guardó en el bolsillo de los pantalones. Y después se volvió hacia el otro hombre, que salía y entraba nerviosamente en el despacho. El hombre, casi un anciano, alto y espigado, permaneció inmóvil y en silencio, con un gesto impasible en su rostro. Cuando Brassa se aprestaba a despedirse, el hombre se volvió sobre sus talones Langston acompañó a Brassa hasta la puerta. Allí le despidió, entregándole una bolsa. Cuando pudo ver que en el interior había un revólver y tres cajas de munición, se fue. Contando las hileras de viñas hasta la salida de la propiedad. En el despacho, observando a aquel italiano bien pagado marcharse a pie por el camino, permanecieron Sir Thomas Langston y el hombre espigado con acento galo. —Continuemos, por favor—dijo el anciano, dejando caer pesadamente su cuerpo en el sillón del escritorio. —Recuerde, Monsieur Loutón, que no tiene usted descendencia. La venta es su mejor opción. Y no debe usted olvidar que la West Indies, hoy por hoy, considera casi un deber patrio hacer negocios con alguien como yo.

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—Y usted no olvide que debo contar con el beneplácito de mi mujer para vender la propiedad, Langston…La mitad le pertenece a ella —Oh, por Dios, monsieur Loutón. Un hombre de sus recursos no tiene problemas para salvar ese obstáculo. Langston deslizó la pluma —una vez más— hacia la mano de Loutón. El francés sintió cómo el destino se burlaba de él, al permitir que —vaya ironía— los ingleses cayeran ahora como buitres, a poner sus garras encima de sus propiedades. Al tacto de la pluma en su mano, se levantó de la silla más bruscamente de lo que su edad le permitía y lanzó la pluma contra la pared del despacho, dejando una mancha estrellada de tinta. Dio un traspiés al girarse, pues su cojera le privaba de esos accesos de ira y casi se cae, si no fuera por el apoyo del bastón. Se asomó a la ventana para mirar los viñedos que rodeaban la que era su casa —temía él— por poco tiempo ya. —Por favor, Monsieur Loutón. Ahórreme la escena. No va con su elegancia. Está usted muy mayor para continuar este proyecto y lo que yo le ofrezco es mejor que nada. —Mi mujer tiene otros proyectos para las tierras. Ella no puede ni quiere desdecirse de sus ideas ahora, con la población chola —contestó Loutón casi sin aliento. —Y yo le digo que, además, estoy seguro de que su mujer podría sufrir mucho si alguien la pusiera al corriente… —se tuvo que callar y retirar Langston, puesto que el anciano Loutón había desenvainado el sable del bastón con una destreza y velocidad electrizantes. Lo apuntaba hacia la garganta de Langston, que no pudo evitar un segundo de pasmo con los ojos abiertos de par en par. Pero se repuso de inmediato. Y continuó hablando con naturalidad. —Amelia tiene los días contados, monsieur Loutón… de su pulso. La sola mención a la enfermedad de su mujer por de naipes. —Usted sabe que mi deseo es conseguir que la propiedad prospere. Tal como están las cosas hoy en la ciudad, con la huel— 45 —


ga, los desórdenes, yo soy su mejor oferta. Firme, y haga que su monsieur Loutón—ordenó Langston.


Buenos Aires (República Argentina) 27 de Octubre de 1917

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el ancla en el Río de la Plata, a dos millas del puerto de Buenos Aires bajo una torrencial lluvia de primavera. Desde las barcazas que transportaban a los pasajeros hasta una sombría indiferencia ante los recién llegados. No era sino otro más de los miles de viajes que las líneas germanas harían esos terribles años. Terribles para quienes abandonaban sus países, por toda la vera del mediterráneo, y cruzaban el Atlántico hacia Argentina, México o Estados Unidos, para devenir en una de aquel gigante latinoamericano, en este caso, que se peinaba con gomina mientras apretaban la cintura al tango de arrabal. Al descender por las pasarelas, pegadas al costado del barco, tes— iban tocando las cuadernas negras de acero remachado, agradeciendo a aquel animal metálico la travesía. Bajaban contentos porque habían oído decir que llegar a puerto aligeraba la tristeza que les atenazaba el corazón. Al amontonarse en la barcaza que les iba a transportar hasta tierra, no tardaban en descubrir que era una alegría pasajera, que se tornaba en miseria nuevamente al contemplar el horizonte titánico de Buenos Aires. El mismo puerto era una pequeña ciudad, en la que sabían que podrían incluso perderse. Los funcionarios que les inspeccionaban antes de desembarcar, advertían sobre la inconvenien— 47 —


les podía salir cara cualquier inobservancia de las leyes. Sobre todo las que atañían a la salubridad del viaje, en general. Había que prevenir la seguridad de los pueblos a los que irían a parar los recién llegados. Dentadura, coloración de piel, ojos, pelo sano y abundante y control de plagas. levantar la vista, la potencia de Argentina aparecía ante ellos en todos los rincones de las explanadas, interminables y repletas de inmensos montones de trigo o maíz, esperando para ser embarcados hacia destinos trasatlánticos. Era una opulencia grosera —y casi sin dueño— que llenaba de promesas los ojos de todos los que descendían de los barcos europeos. un calor húmedo y pesado, la muchedumbre babélica se iba separa admitir más personas mientras sus equipajes permanecían despiadada monotonía, día tras día, barco tras barco, año tras año en el puerto de la ciudad que algunos llamaban ya “la cesta de pan del mundo.” Un funcionario escribiente y dos de seguridad por mesa. Hidel puerto mostraban la primera cara —dura cara— del país a los recién llegados: del funcionario, quien se debía disponer a partir de ese momento a oír cualquier sonido en la más extraña de las lenguas, sin levantar siquiera su mirada del papel: — Abdul, Abdalá. —¿Apellidos? — Abdul, Abdalá—insistía en colocar su apellido primero y luego el nombre aquel desorientado joven sirio-libanés, a quien de poco valían su inglés o francés correctos. Y desde entonces, aquel joven que se había llamado Abdalá durante los veintidós años de su vida, pasaba a llamarse Abdul o Asís, en lugar de Ha— 48 —


ziz. Asís como Francisco, o Pedro, según la voluntad y cultura del argentina a punto de estrenar. Y de allí, si había tenido la inmensa fortuna de llegar hasta este punto, al Hotel de Inmigrantes. Con habitación y alimentos para, al menos, cinco días reglamentarios. Un baño, o varios, charlas sobre geografía argentina, o salud en el hogar, como requisitos imprescindibles para recibir la cédula de entrada, es decir, la puerta que se abría a un país de dos millones y medio de kilómetros cuadradros. Gorgonio Colinas y Rubio vio de inmediato, desde lejos, al funcionario de la embajada española, que le hacía señales de dirigirse al despacho del interventor de la Autoridad Portuaria. —Por aquí, Señor Colinas, por favor. —Me alegra verle, Ochandiano—añadió Gorgonio cuando consiguió llegar hasta él después de un suplicio de empujones y calor exasperante. En la mente de Gorgonio se instaló para siempre el cuadro completo de aquella noche con sus olores y sonidos, nítidos y claros, tras los cuales siempre aparecía un nudo en la garganta: quizás era la persistente idea de sus compatriotas abandonando España para dirigirse a un futuro que la cansada y convulsa Europa ya no podía deparar. Tal vez fuera aquel torrente humano del que había oído desangraba España lentamente, y que palpaba ahora de cerca, con sus miserias y dolores envueltos en ropas grises y negras o descoloridas simplemente. Tal vez era el magín infantil de Gorgonio, todavía impregnado con las únicas imágenes que conservaba de su tío, el capitán Colinas y Gaboto, héroe que corría por sus venas, que todavía le cantaba aires de La Habana española al oído y le impedía darse cuenta de que Buenos Aires acababa de celebrar hacía poco los primeros cien años de independencia de la Madre Patria. O quizás, los ojos de aquella madre con un niño de pecho, separada ahora de su hombre y su

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ayer. nario que les atendió, guardándose el sobre con rapidez… —A usted y a cualquier enviado de la embajada de España. Ochandiano se secaba agitadamente el sudor de su reluciente calva, haciéndose aire con el sombrero. Parecía impaciente por cedía a Colinas. El capitán de navío Colinas, sin embargo, parecía más dispuesto a curiosear y a disfrutar. A seguir tanteando las perspectivas de salir del puerto maloliente y hacer justicia con la bien ganada fama de Buenos Aires, como ciudad de luces y un emblema del país nuevo al que servía de umbral. Casi había el empedrado de la explanada principal. Bajo sus paraguas, se abrieron camino entre la multitud de viajeros, familiares, cocheros y mozos que parecían ir y venir sin entorpecerse unos a otros. Pero, ya en el exterior del puerto y antes de subirse al coche de la embajada española, seguro de que nadie les oía, Ochandiano abrió fuego. llegar. ¿Cómo se encuentra después del viaje? No hubo una contestación en palabras, pero torció el gesto con muchas ganas de llegar. —Por lo que me han dicho —comentó discretamente— las órdenes que ha recibido de la Casa Real son precisas y claras. —Sigo sin ver algunas cosas claras, Ochandiano. Pero, sobre todo, lo que no tengo tan claro es el cómo hacerlo. Le agradeceré cualquier ayuda. No, no era tarea fácil. Colinas pensaba, muy a su pesar, que encontrar a alguien que ha huído del país, se avenga a una charla amigable, se deje convencer y llevar a España de vuelta, para de-

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jarse juzgar una vez allí, con la seria prevención de acabar en el paredón de un cuartel...No. No suele ser fácil. al salir del palacio. Textualmente dice “Organizar la vuelta a Esacciones de las Juntas Militares de Defensa.” —Sé que no es fácil, Colinas. Pero, si no estoy mal informado, creo que no le faltan apoyos. Si el mismísimo Rey Alfonso le ha cado. Y eso es una garantía. La carta que yo recibí seguía.... “Merece la pena iniciar un esfuerzo de modernización del país. Hay hay que empezar con…el encargo, y quiero que sepa que puede contar con todo mi apoyo. —Ochandiano, me parece mentira que le tengan a usted por un funcionario modélico y que, a su edad, no sepa de la distancia que hay entre la retórica de los documentos y la realidad que nos toca patear a otros… Tras un incómodo minuto de silencio, en el que el vehículo ya había salido del puerto, Ochandiano carraspeó y preguntó: —¿Ha leído todas las cartas, Colinas? Colinas miró lleno de sorna a su acompañante, añadiendo todo el escepticismo que pudo ante la aparente inocencia del que se iba a convertir a partir de ese momento en su sombra, su ayu-

tas. he tenido mucho tiempo para esas. Supongo que sabe que hemos andado un poco ocupados últimamente…Si no se lo han contado los desinformadores de su ministerio, debo decirle que incluso me enfrasqué en asuntos más políticos que militares, Ochandiano. Para cuando yo recibí su paquete acababa de volver a mi casa. — 51 —


Comprenderá que apenas he tenido tiempo siquiera de hacer una maleta para este viaje. Además —añadió Gorgonio volviendo al tema principal— usted y yo sabemos que hay encargos con veneno dentro. ¿Usted cree que lo que me piden que haga es posible? jen juzgar, con el único propósito de que contribuyan a construir un futuro mejor? Gorgonio acababa de soltarle a Ochandiano un discurso que tenía ganas de soltar a alguien, y ya lo había hecho. —Le pido que me perdone, no he querido culparle a usted, Ochandiano. Pero no me diga que no es como para tomárselo bastante mal. Colinas sabía que tal vez no le debía ninguna explicación aquel hombre bonachón y achaparrado, con su vientre redondo se merecía la bronca que le estaba cayendo, pero, al verle allí en el puerto, tan seguro ante las autoridades portuarias, con su sobre conteniendo el soborno raudo y competente, se convirtió a ojos de Gorgonio en la imagen viva de ese Ministerio que acababa de enviarle a Sudamérica, a cumplir una misión imposible y ante el cual se consideraba indefenso. Para él representaba un castigo. Y que le fuera hecho por el mismísimo rey de España, lo hacía aún más ofensivamente doloroso. —Me he defendido como he podido, Ochandiano. He luchado y me he quemado las pestañas con mis propios compañeros de armas, amigos míos, Ochandiano. He conseguido atajar revueltas ya inminentes, asonadas cuarteleras en el último minuto… ¿Y me lo pagan de esta forma? Dígame, Ochandiano. ¿Usted de qué lado está? El capitán de navío Gorgonio Colinas traía por esas fechas una pesada losa de descreimiento en su mente. A nadie había contado lo del paquete de cartas que días atrás había hallado en reveladores de un pasado que no había siquiera imaginado. Pero a decir verdad, lo más sorprendente había sido la forma en que habían llegado a su poder aquellas cartas. Le esperaban en un pa— 52 —


quete que había sido facturado con urgencia a su nombre desde ca. El segundo envoltorio interior, es decir, el original provenía, sin embargo, de Buenos Aires. Dado que él se hallaba fuera de llegado el paquete, había recibido la llamada urgente del Rey Alfonso. Lamentó profundamente no haberse dedicado de lleno a la lectura de esas cartas, con paciencia, para descubrir lo que venían a revelarle. Se había limitado a abrir alguna de ellas , elegida al azar de uno de aquellos atados. Algo que sirvió para tan sólo despertar en él la curiosidad sedienta de quien sabe de recuerdos ocultos en la familia, enterrados por el tiempo como sus antecesores. No había leído las cartas. Ochandiano ya empezaba a mascullar la idea de tener que convertirse en narrador. Y transmitir oralmente al capitán Gorgonio Colinas algo que debía haber sabido de antemano, antes de su llegada a Buenos Aires. Algo que iba escrito en aquellas cartas que no había tenido tiempo de leer. Lo que Ochandiano tenía claro —y el rey también— era que Colinas había sido siempre un soldado de talento. Y pensaba que tal vez, a sabiendas de la clase de persona con la que trataba, fuera mejor dejar las cosas discurrir a su ritmo. Ya también su tío había servido bien al país, pero ambos —tío y sobrino— mostraban un parecido no sólo físico, sino también de carácter. Eran lo que les hacía buenos. Gorgonio lo había sido incluso desde antes de irse a la academia naval. Sus superiores lo sabían, lo habían sabido sus padres y, aún peor, él mismo lo sabía. Y ahora, que aquel encargo tan precipitado, difícil, le fuera hecho a él, no le pillaba de sorpresa ni con el pie cambiado. Pero aquellas cartas con contenidos sobre su tío Fulgencio y su mujer Esmeralda habían creado un pasmo inaudito en Colinas. Sólo había tenido tiempo de mirar el contenido de aquellas misteriosas cajas por encima, cuando llegó el mensajero del Ministerio de la Marina con el telegrama.

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que le espere y le acompañe hasta la estación de ferrocarril inmediatamente. Dejó los paquetes de correspondencia amontonados en la misma caja en la que los había recibido y se dispuso para la marcha. Para Colinas fue una gran noticia el que no tuviese que ir a San Sebastián, ya que el rey había regresado a Madrid precipitadamente. Tendría que ir a verle a su despacho personal en palacio. siempre ingresar en la Escuela Naval de San Fernando, a pesar de que en su familia militar siempre habían sido de Caballería o Infantería. Además, desde pequeño había podido oir cómo circulaba entre ellos la inclinación a pensar que los que vestían de blanco eran unos maricones o, cuando menos, pisaverdes. Así que, haciendo honor a su prematura rebeldía, Gorgonio pensaba que, ya fuera por delante o por detrás, todos acabaríamos con la parca pisándonos los talones, así que decidió que no le pillara sin haber visto mundo. Había, pues, cosas que hacer. Por ejemplo, había un gajo cubano de la familia que, aunque desaparecido, él debía intentar conocer. Al menos en lo referente a su tío Fulgencio. Y se lo había propuesto como medida de urgencia antes de llevara al huerto o al altar. Lo cual era lo mismo. Aunque lo cierto es que aquel gajo cubano de la familia Colinas no había dejado descendencia. Con lo cual lo tenía difícil. Y—de paso— Gorgonio también se lo ponía difícil a la desaprensiva.

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San Fernando con 17 años

G

orgonio pronto había demostrado ser un joven a quien le gustaba jugársela. Y muchos se preguntaban las razones que habían empujado a Colinas a bregar siem-

habían pasado cuatro meses desde que iniciaran la instrucción como aspirantes a caballeros marinos. Tenían 17 años, y cada aspirante traía a la academia su sino ya pintado en el rostro. Los apellidos solían asegurar un paso cómodo, fructífero y de cierta garantía. Algo que se negaba a los que no traían su abolengo colgado del nombre. Esos tenían que sudar lo de la endogamia y Pedro Calonge, de Soria, que era uno de esos candidatos a no entrar en matrimonio con la Armada, compartía galidad con la Marina, más errado y sin remisión que un Papa, por no hablar de lo plebeyo de su sangre. Y ese hecho no había en mala suerte encargarse de la instrucción de los caballeros—aspirantes. Pero el acoso al aspirante Calonge, blandiendo lindezas como ésta, sólo servía para fortalecer al soriano, quien se afanaba en le había parecido bien venir bañado en coñac a ejercer el cum— 55 —


aquel sábado se convirtió en la representación teatral rediviva de lo que venía ocurriendo en las últimas semanas. Los reclutas llela puerta con violencia y salió. Con la garganta roja por las voces de mando y el alcohol, las palabras siseaban como lija gastada: Calonge sobrellevaba muy bien una leve tartamudez que atendía a la mala costumbre de acentuarse en momentos de nervios. Mientras intentaba recapacitar sobre la orden del sargento, éste le espetó: —¿Es usted lerdo de nacimiento o es que va sujetando algo con el culo? Después de leer la orden, Pedro esperó a que se le diera permiso para regresar a la formación. Pero la orden no llegaba y coglamentaria esperando la reacción de Pedro Calonge y le apuntó a la cabeza. Los tres que se encontraban más cerca se apartaron. ¿No se va a levantar el señor?

hundir al sargento en un pozo ridículo— ¡Pero si va a ser que a ñaron de la situación. Sin embargo, algo pareció cruzar su pensamiento porque, sin aparente razón, se olvidó de Calonge, se pabellón. Mirando a la puerta, pasando revista por delante de los aspirantes, tropezó y cayó encima de algunos de ellos. Con un gesto de cólera, rechazó la ayuda y continuó su camino hacia afuera. — 56 —


de semana. Los aspirantes sabían que poco se podía hacer y no su verdadero puesto dentro de la plebeya etapa que atravesaban bajo el mando pasajero de aquel pobre diablo chusquero. En la Escuela Naval corría el rumor —aunque últimamente el rumor era ya un corredor de fondo maratoniano— de que la vida conyugal del sargento no era nada apacible. Se llegó a saber que ciales, reclutas de la zona, cruzaban apuestas para averiguarlo. Mantenían el oído abierto y pillaban conversaciones que corroboraban la historia del adulterio e incluso ponían nombre y apellidos al asunto. El asunto llevaba galones de teniente de navío: en los servicios de semana. Gorgonio se había tomado la molestia de comprobarlo, por supuesto con la inestimable ayuda de los furrieles y escribientes de toda la Escuela Naval. Porque había que hacer algo para ayudar a Calonge. Y sin duda lo hicieron. Pero aquella noche de sábado, con el coñac como santo patrón avecinaba con los cuernos del sargento tenía ya toda la pinta de bía aquella noche, a que había empezado a comprender lo que ya se temía de antes. Sólo que esta vez había aparecido alguien más que lo sabía, y eso agudizaba, amargamente, la herida. Después del episodio de Calonge leyendo la Orden y de destrozar el cuarto la calle principal de la escuela. Cuando el sargento hubo abandonado a los aspirantes, allí, en formación, Calonge y otros tres se acercaron a la habitación y encontraron la causa de lo acontecido: alguien había hecho llegar una carta anónima al sargento, conteniendo un sonetín: — 57 —


que al pendón honra y saluda Enhiesto, de ansia rebosa El gran mástil que lo escuda Al viento alegre ondea el pendón Ya sea mar o tierra, da igual A todos abre el corazón Y las piernas también. Tal cual Mas se ve triste al sargento Sin voz ni voto consiente. Cornudo sin miramiento. La gran milicia sonriente En el acuartelamiento

Calonge había sido el plumilla. Así que salió de la compañía, y atravesó la explanada hasta el mástil, alterando alocadamente su rumbo, sin resolverse por ninguno. Una de las veces, terminó perdiendo el equilibrio y sentado como pudo y emprendió el camino por la calle principal de la academia. Dió el último sorbo a la botella de coñac que llevaba en la mano y la estrelló contra el cañón que presidía la gran entrada a la escuela. Los del cuerpo de guardia, por descontado, le dejaron salir sin rechistar. Mientras tanto, Colinas había decidido aprovechar su pase do para observar la casa. Incluso mantuvo unos minutos de discusión con su amigo Jaime Dávalos, el fotógrafo de la familia. Éste se encontraba de visita en San Fernando por encargo de la — 58 —


madre, con el pedido de retratar al aspirante convenientemente para la posteridad. Y ahora se hallaba en la calle del Gallo, esconDos marineros cocheros y uno de escolta eran la compañía traban afanados, conversando con las mozas del barrio. Colinas y Dávalos observaban desde la esquina para asegurarse de que no era menester tomar grandes precauciones en cuanto a la forma de entrar en la casa, debido a que uno de los reclutas conocía ya la generosidad del caballero—aspirante Colinas. Con toda tranquilidad, Colinas y el fotógrafo entraron en la casa. Comprobaron que no hubiese nadie más en ella, como era habitual durante las visitas del teniente de navío. Se acercaron sigilosamente hasta la habitación que ocupaba la pareja y abrieron la puerta repentinamente. Dávalos disparó una instantánea muy interesante, en la encima de ella y roncando sonoramente. La juerga debía de haber sido larga, ya que había una botella de buen coñac casi vacía en la mesilla de noche. Completamente dormidos, las enaguas del pendón cubrían las nalgas del teniente. Colinas aprovechó el tiempo e inmediatamente, después de las fotos, le despertó para mosa era incapaz de articular palabra alguna, pues la resaca era cabalgante. No obstante, tuvo tiempo de reparar en lo que estaba ocurriendo. Cuando comprendió, sin decir palabra se vistió, mientras agradecía con sorna el gesto. Aunque vistiendo una dignidad que estaba lejos de lucir, quiso usar un último cartucho y se acercó a Colinas para rogarle al oído discreción marmórea, no se fuese a estropear su carrera... por un polvo barato. Colinas le corrigió, sin perder el respeto y la compostura: —No, mi teniente. Posiblemente este ha sido el polvo más caro de su vida. Ahí Dávalos le pondrá al corriente del precio. Hay quien pagaría mucho por verle en enaguas, mi teniente, con Y sin más, Colinas se volvió, no sin antes pedirle que no fuera duro con el sargento por si daba en abandonar de forma brusca el servicio de semana. — 59 —


al uniforme que llevaba o por haber roto diez normas básicas del manual en su camino hacia la calle del Gallo, amen de los tiros con que había despachado a todo viandante que se pusiera ante que se rumoreaba sobre su mujer. No la había hallado haciendo más que lo que el común de los mortales a esa horas, verbigracia, dormir. Ni jamás nadie entendió la repentina predilección del de aspirante de Soria.

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Día 1

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eguía lloviznando en Buenos Aires. Gorgonio y Ochandiano se dirigieron sin demora hacia las habitaciones que este último había alquilado en el barrio San Martín. No estaban lejos del puerto, tampoco de la estación de ferrocarril, pero sí había preferido alejar a Colinas lo más posible de su embajada, pues su estancia en la ciudad porteña era conocida únicamente por el embajador y su secretario, Ochandiano, y así debía permanecer durante la mayor parte posible del tiempo. No en vano, las llegadas, idas y venidas de funcionarios de todo pelaje era controlada por casi todas las embajadas en Buenos Aires, sobre todo en las de aquellos países implicados en la Gran Guerra, que ponían a trabajar a sus servicios de información ante cualquier movimiento. Claro es que cuando éstos pasaban algo por alto, también eran los servicios domésticos los que se encargaban de corregir el entuerto, de forma que Ochandiano había preferido alejar en lo posible a Colinas de miradas indiscretas de su propia embajada, tan poco inclinada a la reserva. Colinas descubrió que la humedad de Buenos Aires es concupiscente. Se pega a la piel y te anuncia que algo va a salir de tu cuerpo de un momento a otro. Así que Gorgonio se dedicó a ese algo, lo que daba a los porteños ese aire añorador del que había oído hablar tanto. Supuso, y además comprobó con creces, que todos vienen de algún sitio distinto, de un pueblo, o una gran ciudad. Tal vez del campo. De países remotos y, otra vez, del campo o de la ciudad y acaban por juntarse en Buenos Aires. Como para no tener aire añorador. No hay nada como el tango para despertar el viento de la nostalgia. Un vuelco que te da el corazón,

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después de que el sonido metálico y punzante del bandoneón lo hienda. Casi como un puñal en el cuero de un cristiano. Los arrabales de Buenos Aires se habían ido llenando de gauchos indómitos que huían de la miseria pampeana. Pero era inútil: la misma indisciplina e incorrección que les echaba de las llanuras, convertía a las ciudades en el lugar más inhóspito y letal para esos ejemplares en vías de extinción... Se iban arremolinando en la margen del Río de la Plata, en el barrio porteño de La Boca. Casi como los elefantes van en busca de su paraje para morir. Los italianos, los “tanos” como se llama aún hoy a los napolitanos, se arracimaban también junto a los gauchos y pasaban a ser “gringos” que no hablaban ni jota de español. Pero compartían derrota y tristeza en la misma cantidad... Tan sólo variaba el metro del verso y la música con que las envolvían. Como no podía ser de otra forma, entre las rarezas de las que hacía gala Colinas, empezó dando los primeros pasos hacia quiénes eran los funcionarios de servicio en Inmigración durante los días que podían corresponder con los que pudieran haber atendido a los militares fugitivos. Y Corsino, que era uno de ellos, vivía en la Boca. Las chozas de chapas pintadas de colores muy llamativos hacían de La Boca un pequeño laberinto en el que Gorgonio no tuvo miedo de perderse, a pesar de las advertencias de Ochandiano. Aníbale Corsino le había anticipado que si preguntaba por él a cualquiera en el barrio no tendría problemas de ningún tipo. Era dero de los huidos, pues trabajaba en la aduana de Buenos Aires desde hacía diez meses gracias a su formación en el funcionariado italiano e interpretaba para las autoridades argentinas cuando éstas se lo requerían. Así que Gorgonio se daba con un canto en los dientes por tener a alguien como él, avispado y rápido, y adeLa casa de Corsino era pequeña, pero tan sólo la necesitaba

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entró en aquellas dos habitaciones grandes de tierra batida, el italiano se disponía a cenar, pero decidió no hacerlo y pidió a su hija: —Chipolata, porta vía questo. Non mi piace —ordenó Aníbale a su hija con una dulzura que sólo revelaba la contundencia de la autoridad paterna.— Siéntese, signore Colinas, prego... —Gracias. No quiero entretenerle, Corsino... —No, no. Tómese su tiempo, signore Colinas, per favore. Cuénteme sobre la travesía. Dos horas y seis vasos de grappa más tarde, Aníbale le había pronunciado unas veinte veces. Tantas como Gorgonio le había rememorado personas e historias de San Fernando, donde se habían conocido. Mientras Corsino se mantuvo trabajando en el funcionariado italiano, había visitado Cádiz con frecuencia, trabando amistad con los reclutas y estudiantes de la escuela naval. Allí se intercambiaban cigarros, comida de varios países europeos, en la puesta en marcha de un sistema gración, al irse a Buenos Aires, había dejado tras de sí un tropiezo profesional, un amor imposible y un pecado inconfesable. España el 21 de Agosto, y la travesía dura entre doce y quince días, debió arribar al puerto de Buenos Aires entre los días 3 y 6 de septiembre. Según los informes que Ochandiano había conseguido, la autoridad del puerto consignaba que en esos días hubo cuatro llegadas. Dos de ellas provenían de Turquía, Grecia e Italia. Esos barcos eran improbables y fueron descartados ya que no hacían escala en España. Los otros dos eran de las Compañías Hamburguesas, con salida desde Hamburgo y hacían escala en raron sus planes esos días. Era tal la cantidad de personas que huían de la guerra, que el Caracas no haría escala en Canarias, sino que recalaría solamente en Lisboa y en Casablanca. llegado desde Santa Cruz de Tenerife, último rastro de evidencia — 63 —


que se tenía del coronel y los huídos. Y ese barco había arribado a Buenos Aires el día 5 de septiembre de 1917. Corsino presumió ante Colinas de conocer a todos los funcionarios del puerto. Y consultados los que participaron en el turno su porte fuera excepcionalmente arrogante y dispuesto. Es que traía dinero consigo, y eso se nota de inmediato, cuando surge de una muchedumbre inmigrante. Pagó a un “changuita” para que le llevara rápidamente a la estación de ferrocarril, porque dijo que quería llegar cuanto antes a Córdoba. Al salir de la casa, Gorgonio llevaba noticias de los movimientos de los huidos, al menos de uno de ellos, el coronel Lezama, mezclados con vapores espesos de puerto y aguardiente en la nariz. Aún así, en cuanto pudo, le deslizó Colinas el consejo de abandonar aquel barrio tan infame en tanto su pecunio se lo permitiera, pero Corsino contestó con un gesto incomprensible. Se excusó argumentando que allí servía a sus compatriotas en apuros, los recién llegados y los que no. Gorgonio pensó que, tal vez, aquel vecindario era un retiro anacoreta, una especie de castigo aceptado, que Aníbale sobrellevaba en expiación de algún error. A cambio de sus favores, aquella noche, Gorgonio había endulzado lo oídos de Corsino con escenas y episodios del barco. Él predo y con el rostro iluminado, pero allí, varado en la puerta de su choza de chapa, no cabía sino tomar su gesto como un quejido. Al pasar por la esquina, Colinas dejó caer unas monedas en el jarrito del ciego que fumaba y tocaba el bandoneón. : ¡Aullando entre relámpagos perdido en la tormenta Busco tu nombre... No quiero que tu rayo Me enceguezca entre el horror, Porque preciso luz para seguir... ¿Lo que aprendí de tu mano — 64 —


no sirve para vivir? Yo siento que mi fe se tambalea, Mejor que yo…

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Día 2

A

l día siguiente, emplearon todo su tiempo en localizar y preguntar uno por uno a los funcionarios de aduanas que Corsino había mencionado, sobre los demás fugados. Ninguno había dado muestras claras de adónde se dirigían, zama según al retrato que les estaban mostrando. Los demás, al La última de las entrevistas con los aduaneros había tenido lugar en un pequeño pero elegante café, el de “Los Inmortales”, de la calle Corrientes, muy cerca de la Avenida de Mayo. Allí preguntó Colinas a los dos últimos de los aduaneros, que parecían ser los más jóvenes, sobre qué podrían hacer dos solteros esa noche en la primavera de Buenos Aires. Casi al unísono, contestaron lo mismo y sin dudar. Con dinero en sus carteras, no tenían más que cruzar al otro lado de la Avenida de Mayo. Con todo el pesar del mundo, Ochandiano se vio forzado a llevar a Gorgonio a cenar al Armenonville. El gran y hermoso Armenonville. Buenos Aires es la ciudad de los árboles. Casi como la antigua leyenda de las ardillas, uno podría recorrer la ciudad saltando de copa en copa, sin tocar el suelo. La arboleda de la Avenida de Mayo se confundía con la de aquel local de moda. En el hermoso jardín de verde intenso del Armenón se podía cenar al aire libre oliendo las glicinas. Era una mezcla de patio andaluz y cervecería alemana, que permitía bailar de vez en cuando un tango y— sobre todo— recordaba al Hansen, que había cerrado cinco años antes. El amplio jardín contaba con decenas de reservados, separados por setos naturales de arrayán y al fondo, se divisaba el enorme chalé de estilo europeo imponiendo su personalidad a todo el — 67 —


jardín, cubierto de verdes mirtos tallados en formas acolchadas, curvas ellas de una sensualidad desbordante. Después de situarles en una mesa discreta, una vez que el maitre se había retirado, Ochandiano pareció sentirse más cómodo y relajado. Miraba a su alrededor, como si quisiera encontrar a alguien entre el abundante público de aquella noche. Se percibía un ambiente especialmente tanguero, en función del espectáculo que mostraba el cartel. Y Gorgonio no ocultaba su entusiasmo: en voz alta Gorgonio. —Si la Duquesa de Norfolk ha dicho que va contra el espíritu hay duda. Hay que ver el tango. —Aquí se puede ver cualquier cosa, Colinas —advertía con pavor mientras miraba a su alrededor. Mientras decía esto, con temor de ser oído por alguno de los muchos personajes que pululaban entre las mesas, Ochandiano continuó. de postín pearrabal orillero. No hay lugares así en Madrid, ni creo que en el mismísimo París...—mascullaba Ochandiano, suavizando el tono de su voz. —El “Armenon” es un espectáculo en sí mismo, Colinas. Es un espectáculo vivo. Nosotros podemos pagar el caro menú para ver evolucionar en escena a verdaderos orilleros con un tango; para ver cómo el bacán de turno se lleva una “mina” a su reservado, o para ver a los músicos zanjando con una puñalada disputas artísticas. Y cada palabra con la que Ochandiano intentaba disuadir a Gorgonio, sólo conseguía agrandar la sonrisa lasciva de éste. Con elegante esmoquin y pechera dura, el sexteto de músicos apareció en escena. Era entonces cuando el “Armenón” abría sus encantos en todo su esplendor. Bueno, en casi todo su esplendor. Aquella noche aparecía en el cartel del programa una voz de éxito, un gordito que ya no lo era tanto como cuando había — 68 —


debutado dos o tres años antes, en el mismo local. A decir de Ochandiano, aquel cantor era francés. Y que venía de Montevideo. El ex gordito cantaba bien. Su nombre era francés, pero era realmente oriental —como llaman a los uruguayos en Buenos AiEl caso es que emprendió un repertorio con canciones camperas de cierto agrado. Al igual que todo lo que le rodeaba, el cantor poseía el encanto de lo nuevo para los oídos y los ojos del ávido Colinas. En cómo prolongaba las vocales, nasalizando y convirtiendo el portamento, un defecto técnico sin perdón, en una cualidad narrativa. Todo lo cual conducía a corroborar sus orígenes franceses. Y cuando no cantaba y se extendía en la presentación de su siguiente tema, Gorgonio no dejaba de hallar encantador el de cuentas, ese acento dulce, corregía elegantemente la pedantería de su hablar. Así que poco a poco se fue abriendo lugar en la atención de las gentes. Pero cantó un tema —ese sí— que invadió el sentido de Gory canalla del tango le dotaba de un aire enormemente atractivo.

Percanta que me amuraste en lo mejor de mi vida... dejándome el alma herida y espinas en el corazón, sabiendo que te quería, que vos eras mi alegría y mi sueño abrasador... Gorgonio se dio cuenta de que había casi dejado de respirar durante los versos de aquel tema. Se llamaba “Mi noche triste”. —Cenemos, pues. Y disfrutemos —se apresuró a decir Gorgonio al terminar aquella pieza, mirando al plato con esperanza. Un segundo después su tenedor se hundió en el tierno y macizo pedazo de carne asada humeante. Al igual que se hundió en el corazón de Gorgonio el recuerdo de Paloma, la golfa adolescente

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que le trajo al mundo de los adultos una noche de invierno en linas volvió a la realidad. La interrupción de Ochandiano fue como morder un pedacito de hueso. —Corsino dice que alguno mencionó la ciudad de Córdoba expresamente. —Desde luego, eso tiene visos de certeza, habida cuenta de que la variedad de opciones no es tanta. Mendoza, al oeste, les acercaría a Chile. Pero un paso fronterizo siempre tiene cierto riesgo para el que va inseguro y sin papeles claros. —¿Y el sur, Ochandiano? —La Patagonia. Mmmm —dudó el navarro. —Desde luego es segura. Pero desierta. Córdoba es la opción. Militares de prestigio como ellos, seguro no pueden renunciar a sus aspiraciones internándose en zonas desiertas. La mayoría deben haber ido a Córdoba... Ochandiano se convenció ya de que Colinas no había leído cho, no habría tenido dudas de que había que ir a Córdoba sin por cuenta del instinto canino de Gorgonio seguir el rastro de Lezama. La pausa que Ochandiano había hecho tuvo razones de peso. Una bellísima dama se acercó a la mesa contigua hasta ocuparla como una reina ocupa su trono y quiso que todos lo supieran. Como respetuosos cortesanos, los comensales del salón hicieron silencio, hasta que la reina ocupó el lugar más destacado del restaurante. El caballero que la acompañaba se movía con pasitos ella.”— pensaron todos los presentes. Y a continuación los hombres añadieron a su pensamiento: “¿Y quién no?” Unos minutos después, cuando ambos estaban ya sentados, el maitre del local se acercó a la mesa de Ochandiano y Colinas, a traer un ofrecimiento del recién llegado. Una botella de Caber-

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net—Sauvignon mendocino. Un “Hipólito”, según la etiqueta, de 1911. Agradecieron con una reverencia y continuaron. Ochandiano no necesitó la interrogación y se dispuso a contestar a la muda pregunta de Gorgonio: do. El actual subdirector de las líneas de Largos Recorridos del Ferrocarril. Le llaman el Kinoto. Es una historia triste, Colinas... — ¿Cuántas veces te he dicho que no quiero la leche en taza, amorcito? Y Kinoto se giró para regresar a la cocina no sin antes tropezar con el zapato de taco alto que Susana se quitaba siempre al vuelo antes de caer en la cama. Había regresado a las dos de la mañana de esa cita con las amigas y la canasta en el club, en la que se bebía. Claro que con moderación. —Leche y galletitas, linda. —He visto a Mr.Langston en el club y me preguntó por vos. Se queja siempre de que no vas por allí. —Tengo mucho que hacer por acá, linda. —Te vendría muy bien dejarte ver por el club de vez en cuando. Mirá a Landáburu cómo le ha ido. —Landáburu es un cretino con un estómago de basurero.— dijo Kinoto con un gesto de náusea, además de añadir— Le chuparía las medias a su sepulturero para que le busque un buen sitio en la fosa común. —Sí, pero se va a su nuevo destino en Inglaterra en enero, amorcito. Eso es una carrera fulgurante. Con Sir William Leguizamón, querido... Se observaba que Susana sabía que su marido la amaba con desesperación, y que ella tendría el sol que pidiera y galletitas con leche. Susana ni se molestaba en recomponerse el peinado ni el vestido tras las noches de juerga y desenfreno con Langston o ber que él no le concedería el divorcio por nada del mundo. Y que — 71 —


mientras Kinoto siguiera siendo subdirector de Recorridos en los Ferrocarriles, Susana tendría la vida asegurada a buen ritmo. Toda la compañía sabía lo de Kinoto con Susana. Sabían más bien lo del mote, pero con toda seguridad ignoraban lo de su oriredonda y calva tenía una piel de tonos anaranjados que encajaba perfectamente con la descripción. Aunque la verdadera historia traspasaba los límites de la normalidad, si por tal entendemos la vida, desprendida de emoción, sabor y pasión. Los que se suben a la montaña rusa aceptan el riesgo de un encuentro poco aforsubirse a ella por miedo, por desear menos de lo que la vida a veces da sin que se lo pidamos. Éstos se aseguran el tránsito salubre por sus caminos, aunque sin el vértigo de las curvas y otras sinuosidades. Así pensaba Kinoto para sí, sobre la posibilidad de que algún día, quizá todavía lejano, Susana quisiera mirarle con los mismos ojos del primer día. Y a ese afán se entregaba con le permitían. El caso es que el país se encontraba sumido en un momento de tensión general, pues Argentina no estaba ajena a los vientos de revolución. Los disturbios de los ferroviarios en huelga sacudían por entero contra la empresa británica en aquellos años. Una noche, tras una intensa jornada de negociación sindical, los ingleses del Comité salieron a cenar junto a los miembros argentinos de la empresa. Algunos activistas de los trabajadores se habían enterado del lugar elegido para la cena y la casi segura juerga posterior. Sir Thomas Langston era uno de los jerarcas británicos quien, aunque no era precisamente un recién llegado, había conocido aquella misma semana a Susana Bianco de los principales ejecutivos de la empresa ferroviaria. Unas horas después de terminada la cena del Jockey Club de Buenos Aires, llas primeras negociaciones, les pillaron a ambos en el coche de Langston, desnudos, con una larga borrachera que dormir. Así, — 72 —


les llevaron al hotel Emperador, para dejarles en el suelo del luy un gran cartel que decía: “Negociamos por ti. Por tu país. Por tu ferrocarril”. Entre las piernas de Susana vaciaron un cesto de kinotos, que había sido el postre elegido aquel día por todos los comensales de aquella cena. Naranjas de la China en almíbar con suave y elegante toque de “Cointreau”...Tuvieron la enorme suerte de ser inmediatamente retirados a una habitación por parte del gerente del hotel, amigo de ambos, Langston y Susana, pero sin evitar la indiscreción de algún miembro del personal. Antes de pagar la cuenta, Ochandiano se levantó a agradecer la botella de vino. Colinas se sintió incómodo, pues creía que debía participar del agradecimiento. Aún así pudo sentir sobre sí la mirada de ambos hombres, la de ratoncillo que tenía aquel y la de Ochandiano. Mantuvieron una charla larga, durante la que vio dieron la mano, dio un beso a Susana Bianco y regresó a la mesa. tre y se dispusieron a partir. —Es una historia de amor...triste. Lo de este hombre es de una humillación y sumisión suicida, Colinas. Colinas miraba sorprendido a Ochandiano, con el gesto de alguien que observa incrédulo la ceguera de otros: —¿Pero es que el amor es otra cosa, Ochandiano?

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Día 5 A Córdoba

E

n la Plaza San Martín, de camino a la estación de Retiro, no había niños jugando con sus ayas, ni abuelos sentados al sol. Aquella mañana se habían concentrado allí cientos de trabajadores de los ferrocarriles para mostrar su descontento con las últimas disposiciones de la empresa inglesa. Bien temprano, Colinas les había oído gritar desde su habitación. Pensó que podría afectar al horario del tren hacia Córdoba que ellos iban a tomar al mediodía. Ya habían tenido que cancelar un tren el día anterior, por riesgo de violencia con los huelguistas, y Colinas había encontrado en aquel retraso un guiño de la providencia. Se entretuvieron en recorrer algunas calles de la ciudad: Corrientes hacía honor a su fama entre los españoles jóvenes: luz, vida nocturna, movimientos por todas partes, tanto en la luz como en las sombras... Y pensó Gorgonio que la humedad de la ciudad de Buenos Aires era insolente. El calor que reinaba en aquella primavera de 1917 prometía un verano de justicia. De repente, sentados en su compartimento, a Gorgonio le asaltó la idea sobre la perspectiva de unas Navidades en medio de aquel tórrido verano austral. Se levantó y se asomó a la ventana en busca de aire fresco. La máquina Concordia dio un pitido largo y potente para marcar la partida sobre las dos de la tarde. Era poco el retraso, puesto que festantes. La idea no le entusiasmó en lo más mínimo. —¿Se hace uno a la idea de la Navidad a 40 grados, Ochandiano? —Nunca, Colinas. — 75 —


só Colinas mientras seguía con la vista las pancartas que enarbolaban los huelguistas en las plataformas de la estación y también en las calles circundantes. que aguantar el sol de las dos de la tarde Buenos Aires, les aseguraba no tener que llegar bajo el sol tórrido y sofocante que, como le habían anticipado, reinaría en Córdoba a la misma hora del día siguiente. Los setecientos kilómetros se hacían con una relativa rapidez, puesto que lo llano del terreno permitía a la moderna máquina inglesa hacer una buena media de velocidad. En su compartimento viajaban tres personas más. Un caballero galés, que no hablaba español y se disculpó por ello durante toda ocasión que podía. Iba acompañado de su esposa, quien sí hablaba algo de español, pero no parecía muy interesada en hacer uso de su conocimiento, ya que se mostraba más preocupada por el calor que hacía en aquel lugar. El tercer viajero era un hombre, cercano a la cincuentena, muy elegante, que pasaba más tiempo ausente del compartimento que en su asiento. Al menos, su equipaje no estaba allí. Tan pronto entraba, debía salír casi con la misma celeridad con que le llamaban. Durante las primeras horas de viaje había muy escasa actividad en el tren, pero todo cobraba vida al ponerse el sol. Las campanadas de los mozos del tren, anunciando los turnos de cena, daban el pistoletazo de salida a un cambio en las reglas. Los caballeros y las damas habían tenido tiempo de solucionar en sus modernos camarotes las penurias producidas por el calor de las horas diurnas. Algo que no estaba al alcance de los viajeros de segunda y tercera clase. Con el fresco reinante, se abrían todas las puertas y el mayor tránsito de personas, ajetreadas por los movimientos del tren en los pasillos, informaba del comienzo verdadero del viaje, en el que siguiendo unas ordenanzas tácitas, los actos de protocolo se postergaban para esa hora, antes de la cena, ya lejos de los calores crueles de la siesta.

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Pero aquel viaje contaba con más pasajeros de los esperados en el Nocturno de Córdoba. Entre ellos se encontraba el gobernador de esa provincia, en compañía de gran parte de su séquipresidente Irigoyen, con la Asamblea Nacional, y la Compañía de Ferrocarriles. No sería fácil, por tanto, hacerse con una mesa en el vagón comedor, según las advertencias de Ochandiano. Pero, como había sido él quien había insistido en conseguir billetes para aquel tren, se mostró paciente. Se acercaron al maitre y éste les contestó con poca amabilidad que tendrían que esperar dos horas para acercarse a la posibilidad de matar el gusanillo. El caballero que había pasado la tarde entrando y saliendo del compartimento, que ocupaba una mesa, se puso de pie para invitar a los dos españoles a la suya. Tras levantarse con modales muy acentuados, ofreció un lugar a los dos despistados. Gorgonio observó que el hombre lucía un traje de exquisita hechura, con los puños de la camisa inmaculadamente almidonados y adornados con unos llamativos gemelos de oro. Gorgonio no pudo resistir el impulso de aceptar sin dudas, ya que era mayor el apetito que la discreción a la que su trabajo le obligaba. Él se sabía un perfecto desconocido y no tenía que mantener tantas precauciones. El cielo, el aire, las llanuras, la amabilidad y la generosidad de sus habitantes eran más grandes en Argentina. La codicia y el apetito eran más grandes en Argentina. También la nube de perfume que rodeaba a José Ramos Ribadulla. Más grandes que el vagón restaurante. Hubo un breve momento de desconcierto durante las presentaciones, pero no dejaba de ser razonable que, siendo todos ellos desconocidos, alguien tuviera que tomar la iniciativa. Ochandiano volvió a mostrarse un tanto nervioso por unos momentos. En la mesa se descorchó una botella y se sirvieron las copas para los tres. Ochandiano bebía en silencio, mientras pensaba en qué clase de situación se encontraban pero Colinas se dejaba llevar por su sensualidad. Argentina, vino en la copa y un tren.

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—Es vino mendocino, señor Colinas. No iguala a nuestros riojas, pero se apaña bien. Tras limpiarse delicadamente con la servilleta, añadió: —Estoy bromeando. Pero le recomiendo que no se lo deje saber al señor gobernador—dijo señalando al hombre de la mesa contigua. —O, de lo contrario, se meterá en problemas... Este vino es —No se preocupe, no quiero por nada del mundo aumentar los problemas que ya tengo. Le ruego que me disculpe, pero creo que no me ha dicho su nombre y ya estoy ocupando su mesa... — no recordaba Colinas haber dicho su nombre en ningún momento, pero no le dio importancia. —Ramos. Me llamo José Ramos Ribadulla, señor Colinas —y se notaba su grueso acento del ribeiro cada vez que pronunciaba su nombre. —Usted es gallego, Ramos. Pero no creo que sea de los recién llegados, ¿no? —Cree bien. Hace unos años que llegué a este país buscando... Bueno, lo que usted, imagino. —Discúlpeme si exagero, pero no parece que le haya ido mal, señor Ramos. —No. No me ha ido mal. Aunque he trabajado lo mío, debo decir. Al pronunciar la última palabra, una voz atravesó el pasillo có a la mesa de Ramos y palmeó cariñosamente sobre el hombro del gallego. —Gallego y trabajador como él solo —dijo el gobernador, mirando a los dos recién llegados. —Presénteme a sus invitados, Ramos. —Este es el señor Gorgonio Colinas. Recién llegados a Argentina, él y su socio, el señor Fernando Ochandiano. —¿De negocios en nuestro país, señores? —Bueno. Podríamos decir que sí, señor gobernador. —¿En qué ramo trabajan, señores? Hay muchos sectores en los que nuestro país está demandando grandes ideas y cambios. — 78 —


—Maquinaria —dijo Colinas, improvisando con una naturalidad que horrorizó a Ochandiano. Bueno, después de todo, lo suyo tenía que ver con la maquinaria…del estado. —Ya veo, Industria. Mmm —balbució aseverativo, al tiempo que daba cuenta de un trago de su vino. —Eso es el futuro. Industria que mueva este país pesado y grande —dijo el gobernador sin ocultar el brillo de sus ojos. —El presidente Irigoyen tiene unas grandes ideas sobre nues—Nuestros intereses apuntan a diversos sectores que son de ras, ya saben ustedes...—apuntó el gobernador dando la bienvenida a uno de los platos con la mirada. Ochandiano presenció absorto la disertación de Colinas sobre las maquinarias que iban a empequeñecer a los grandes inventos de la historia. Y resultaba obvio que, al hablar de vinicultura, atraería la atención del gobernador, y se disparó entonces el merio de misiones encubiertas del rey Alfonso. Ochandiano estaba horrorizado Ramos era un personaje de un magnetismo indiscutible. Mostraba una capacidad para conversar manteniendo, al mismo tiempo, estilo, discreción y buenas maneras, junto a una clarividencia transparente. Lo cual no sólo explicaba porqué se había adueñado de la situación, sino que también demostró por qué se había hecho cargo del comercio local de su ciudad, lo cual incluía hablando de comercio, hasta las almas de algunos feligreses. Es decir, incluso los timberos más empedernidos de la zona, se contaban entre los acólitos de aquel gallego con voz de fanfarrón, quien, sin embargo, había conquistado la amistad de toda suerte de parroquianos. El comisario Sánchez, por ejemplo, quien era un habitué de las timbas de Ramos. El policía hacía la vista gorda con el gallego cada vez que convenía, retirando las patrullas del río, en las inmediaciones de las casa de éste los jueves por la noche. Ese era el día de las grandes partidas de julepe o póquer.

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No era, desde luego, una deferencia del comisario hacia Ramos —quien esas noches introducía a deshora vinos y licores ilegales en las bodegas—. El comisario lo hacía por los jugadores, que solían salir al paseo del río por dos únicas razones: o bien a vomitar las largas horas de partida o a contar estrellas con alguna de las “ahijadas” de Ramos. “Son caballeros —decía— y hay que mantener las formas, ¿no le parece?”—. De esta manera, no había personaje o autoridad en la ciudad ni en la zona de Cruz del Eje que no gozara de la amistad del comerciante y de los lujos con que agasajaba a sus invitados, y que, por tanto, no estuviera bien cogido por los huevos. Estaríamos buenos. El viejo gallego no había abandonado su tierra para irse a diez mil kilómetros de su hogar a ejercer de buen samaritano ni para hacer de contable en balances ajenos en los negocios del nuevo mundo. Faltaría más. La noche concluyó con el tintineo propio de las copas de champán que, chocando entre sí, decoraban el vaivén del tren. Celebraba el gobernador la reciente entrada de los ferrocarriles en la vida nacional: Los ingleses debían ir pensando en que algún día no muy lejano, todos los trenes iban a ser argentinos. Las licencias de explotación acababan de expirar y las nuevas daban mayor protagonismo a las decisiones argentinas... Eran enormes las extensiones de territorios incomunicados por los ferrocarriles y Córdoba estaba entre las que necesitaban mayor comunicación con la capital, al igual que Mendoza. Tanto en una como en otra, el gobernador mismo poseía campos que esperaban la ocasión de ponerse a trabajar. Y, por encima de todo, incluso por encima de su condición de gobernador de una provincia argentina, sabía que un Laudin como él, apellido de honda estirpe gala, debía mostrarse encantado de que los ingleses se llevaran una patada en el culo. La intercesión de aquel señor Ramos permitió a Colinas y a Ochandiano disfrutar esa noche de un compartimento para ellos solos. Aquello les ahorró una noche de literas y ruido a la que ya se habían resignado antes de la cena. Gorgonio no dejaba de lucir la tranquilidad de la que siempre había hecho gala. Sin embargo, — 80 —


Ochandiano se hallaba nervioso e inquieto. Aparte de los tropiezos y la torpeza de sus manos para acomodar los equipajes, no pudo conciliar el sueño con la facilidad de Gorgonio. Se levantaba y abría la puerta del estrecho habitáculo con frecuencia, como si quisiera comprobar algo en el pasillo. A veces se aproximaba a la ventana y observaba la oscuridad como si pudiera ver algo en ella. En una de esas veces, Gorgonio levantó la cabeza para mirar a su compañero de viaje y vio que Ochandiano sostenía unas hojas de papel con los pliegues propios de una carta. Durante una de las veces que abrió la puerta del compartimento, habló con alguien que preguntó si había aclarado con Colinas el asunto. Ochandiano pidió al extraño que bajara la voz y que le le advirtió: —No trabaje tanto, Ochandiano. Se le quebrará la salud— apenas pudo susurrar Colinas con la lengua pesada de las madrugadas. Ochandiano miró la carta que sostenía en sus manos y dando un suspiro entrecortado se acercó a Colinas. —Gorgonio. Supongo que hay que hacerlo. ¿Recuerda usted las cartas en su casa antes de partir hacia Madrid? — Sí, las recuerdo. Le vuelvo a pedir excusas. Me extrañaron mucho, pero en aquellos momentos no tenía tiempo de ponerme a leerlas. ¿Por qué? —Ya. No, por nada. Duerma, Gorgonio.

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Día 6 Hotel San Martín

A

la mañana siguiente, el tren entró en la periferia de Córdoba al compás cansino de las bielas fatigadas. Muy temprano, Gorgonio se despertó sobresaltado por una sacudida del tren. Se levantó y se dio cuenta de que Ochandiano ya se había marchado; que su maleta yacía pulcramente colocada sobre la litera, con las sábanas dobladas y recogidas a los pies. Colinas se aseó y se vistió sin darse prisa, puesto que según su reloj, aún le quedaba más de una hora para llegar a la al vagón restaurante a desayunar. Cuando llegó allí, se encontró a Ochandiano sentado a la mesa con el Gobernador y con Ramos. Acostumbrado a observar rápido, Gorgonio se dio cuenta de que el navarro parecía azorado y mientras hablaba, apoyaba el mentón sobre las manos anudadas, mientras miraba por la ventanilla. Ya se había percatado de que existía una relación entre ellos que intuía previa a aquella noche del tren. Se mantuvo unos segundos quieto en el incómodo pasillo entre vagones, hasta que Ramos le vio. Se levantaron a recibirle y llamaron al camarero para que atendiera al amigo Colinas como era debido. Una hora después el tren hizo su entrada en la estación por la vía 3. Al detenerse, aquella multitud de recién llegados se disperde aquel tren no solamente se componía del séquito del gobernador, sino también de viajeros, comerciantes, trabajadores temporeros y, por supuesto, inmigrantes. Colinas había reconocido incluso algunos rostros vistos durante la travesía del Atlántico. De ellos, los más afortunados se dirigían a una cama amiga que — 83 —


les cobijaría durante, bueno, el tiempo necesario para depender de ellos mismos. Otros, la mayoría, a la búsqueda del destino sin cara y sin hora que habían decidido se encontraba en Córdoba. El Hotel San Martín ejercía un matronazgo sobre los viajeros, pero también sobre todos los inmigrantes italianos que se asodia”. En esta asociación se juntaban los recién llegados con los ya instalados, y no solamente italianos. Gorgonio eligió el hotel para evitar en lo posible las explicaciones. Entre inmigrantes españoles no podría llevar ni lucir los trajes que llevaba y allí, en el San Martín podía pasar por hombre de negocios. Era un hecho que no pasó desapercibido para el señor Ramos ni para el gobernador, quienes, al despedirle, no pasaron por alto invitarle a futuros encuentros. Ochandiano todavía no salía del asombro que le había producido la soltura gatuna con que Gorgonio se mantuvo durante las largas parrafadas mercantiles.

—¡Pero no olvide que también es un hombre de negocios, y —Nos viene muy bien conocer al gobernador. Nos puede abrir puertas. Al terminar de instalarse en el hotel, bajaron al restaurante en el que ya se veía mucho ajetreo. Todas las mesas estaban ocupadas. Casi siempre por hombres que compartían mantel y negocios. Los grandes espejos multiplicaban el salón con sus cortinones de terciopelo; las molduras doradas en los capiteles de Y, en medio de todo aquello, bullía el paso de los camareros con fuentes llenas de pasta, polenta y tucco, prestas a ser consumidas llantes que los capiteles. Allí también los oros de aquellas mismas — 84 —


manos que acompañaban al brillar de los capiteles con frondosos gestos, se hallaban las magras y únicas fortunas de unos. Y a veces, las de otros. Justo con el primer bocado que dieron Colinas y Ochandiano, llegó la interrupción. Pero era de agradecer, por cierto, ya que se trataba de una botella de vino mendocino que, ofrecida por el amable camarero, traía una nota del gobernador Laudin:

Acepten esta botella de vino en señal de bienvenida. Desearía que aceptasen también una invitación para visitar mi casa y extender nuestra conversación del tren. Me interesa enormemente su propuesta industrial. Aurelio Laudin, Gob. Cuando terminaron sus platos y escanciaron las últimas copas de vino, pudieron ver cómo se acercaba a la mesa un hombre corpulento y de paso seguro, quien con muy poca discreción se presentó como Pierre, el chauffeur del gobernador. El hombre había venido para ofrecerles un coche y acercarles a la residencia que el gobernador Laudin tenía en una villa cercana. En ese instante la mirada entre Ochandiano y Colinas ya era más que elocuente. Bingo. No se sabía cómo pero habían acertado. El conductor les explicó durante el trayecto que esa noche tendría lugar una cena, en la residencia veraniega del gobernador, que sin duda les resultaría de gran interés. Y que el gobernador estaría encantado con su presencia. Pierre se mostraba ahora más amable que al principio de su encuentro. Como muchos trabajadores, su personalidad sólo se expresaba durante el ejercicio de la función encomendada. La carretera les llevaba por los llanos enormes del norte de la ciudad de Córdoba. Esos llanos terminaban en un hermoso trayecto entre bosques de paraísos y jacarandas, a medida que aquella carretera les acercaba a las sierras. Sólo perdonaron el calor endiablado de ese día por lo penetrante de los olores grue— 85 —


sos de esas horas: era la primera bienvenida, caudalosa, con que las sierras de Córdoba les saludaba, antes de entrar en materia, en la casa del gobernador Laudin. La casa era sencilla, una villa de montaña situada en el camimo gobernador les esperaba en la entrada, bordando una escena que bien valdría un cuadro, con las enormes sierras a la espalda oscureciendo la mitad del panorama visual y el riachuelo pizpireteando por entre las piedras... Pero echando un vistazo a la casa, se podía entrever que ese día, aquello iba a ser algo más que un encantador retiro dominical, ya que en ella se habían dado cita varios visitantes de copete, a juzgar por los cuatro grandes coches que se agrupaban bajo la sombra del paraíso en el jardín. El gobernador en persona se dirigió hacia los dos españoles cuando les vio bajarse del coche, abriéndose paso entre el grupo de visitantes: —Encantado de tenerles entre nosotros, señores. Acérquense a las sombras y tomen algo. El gobernador no parecía tan exultante como cuando le conocieran en el tren el día antes. El grupo de hombres se movía inquieto a la espalda del gobernador, pues allí había personas importantes, a juzgar por los trajes y sombreros sin tocar. Los de más atrás permanecían quietos en sus puestos dando a entender que aguardaban órdenes. Los cinco más adelantados, los que se hallaban hablando con Laudin cuando Gorgonio y Ochandiano llegaron, intercambiaban algunas palabras en voz baja, nerviosamente. El ama de llaves invitó a los recién llegados a pasar. Mientras el gobernador daba paso amablemente a Gorgonio en la puerta principal, dijo a éste casi susurrando: —Hoy tenemos una cena de la que sin duda ustedes disfrutarán como yo.

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Día 6 Residencia de verano del gobernador

M

erde del idioma materno que le quedaba —¡Los caracoles

dicho que asevera que los emigrantes pueden cambiar sus dioses y hasta sus nombres antes que su comida. El gobernador Aurelio Laudin conservaba un sarmiento de los que trajeron sus abuelos de Francia —y que dieron origen a sus viñedos— en un marco de madera noble con cristal de Bohemia. No era para menos. Aquel sarmiento enmarcado presidía las vidas de la familia Laudin desde hacía noventa años, haciendo las veces de ese retrato de algún antepasado insigne que cualquier familia de abolengo que se precie ha de venerar. Tras recomponer un gesto más amable ante sus invitados, el gobernador continuó afable y orgulloso: —Mi vino, señores, se bebe en la residencia del presidente desde hace años. Ese valor no tiene precio. Y quiero que siga siendo así. No me pidan ustedes que retire mi apoyo a Hipólito Irigoyen. Mi vino es mi palabra. El que parecía el hombre de mayor rango en aquella mesa, a quien el gobernador había presentado como el doctor Marcelo Bunge, mostraba ya signos elocuentes de hallarse a punto de perder la paciencia y la compostura. No hacía más que rebufar a cada bocado del gobernador, y él mismo ni siquiera había empezado a comer del elegante plato que les había servido Olga. Los demás mantenían un tenso silencio o se limitaban a demostrar la misma impaciencia que él, ejerciendo de orquesta, silenciosa — 87 —


niendo ambas manos sobre la mesa y empujando los cubiertos hacia la copa de vino que se hallaba ante él: Y a partir de ese momento Gorgonio comprendió que se habían iniciado las hostilidades. La confrontación contenida durante la primera hora dio comienzo. Así, el que parecía llevar la voz cantante se descolgó con un discurso de tono profundamente aguerrido. Después de haber desplegado un largo argumentario sobre el peso de sus empresas en el producto interior bruto del país, y de la perspectiva general de las mismas, destapó el tarro de las esencias: hasta aquí hoy, una legislación sobre los trabajadores del campo le va a afectar tanto a usted como a nosotros, Gobernador… Por ejemplo: fíjese en algo tan simple como sus viñedos, Laudin. Sin ir más lejos, ¿es usted consciente de que su producción en Mendoza le va a costar más cara? El gobernador terminó de masticar su bocado al tiempo que recorría con sus ojos las miradas de todos sus invitados, tal vez buscando algún atisbo de apoyo en alguno de ellos. Aún se dio tiempo de limpiarse con delicadeza. Levantó la copa de vino, y casi como en la eucaristía la mostró a los demás y se dirigió quien presidía aquel grupo de presión: —Mire, Bunge: producir vino ya es caro. Y si pagar lo adecuado a mis peones, me asegura su cariño hacia la uva y hacia lo que yo les pida, pagar más es algo que puedo y debo afrontar. Sin embargo ustedes, los cerealeros o ganaderos, ven las cosas de otra forma. No saben ni cuántos empleados tienen en sus campos. No saben ni les interesa saber lo que les cuesta cosechar una tonelada de grano o un quintal de carne. Se limitan a producir para exportar y cobrar. Pero, si lo piensan ustedes durante un momento, verán que ahí fuera, en el campo, hay gente que deben cuidar. No sólo en las enfermedades. También tienen chiquillos a los que deben enseñar a leer y a escribir. Esa gente que les ayuda a que sus cosechas sean cada vez mejores, pueden ser su mejor — 88 —


inversión. Y en realidad, ahí están, en el campo, dejados de la mano de Dios. El gobernador se expresaba casi con cariño, bajando el tono de su voz y modulando cada palabra, como un viejo maestro, tratando de ofrecer un punto de vista que servía para aleccionar a sus invitados, sabiendo que con ello esparcía un curativo bálsamo sobre sus maltratados egos. Y como lo sabía, añadió: —Esa gente, Bunge, les pasarán una factura y eso será pronto. —¡Claro que será pronto si Irigoyen no deja de jodernos con sus promesas de cambio, de leyes justas y esas boludeces, goberquien está esperando a que nos descuidemos para cortarnos el cuello? —De eso se trata, querido amigo Bunge. De que no les corten el cuello a ustedes. No creo que quieran cortármelo a mí... —Mire, gobernador. No le estamos pidiendo nada que no pueda usted hacer por nosotros. Esas leyes son un atentado contra la base de la economía de la república, la exportación a precios competitivos. Y si sabe usted de lo que estamos hablando, puede que su cuello también tenga intereses en este asunto que tratamos. —Y si ustedes saben de qué estamos hablando, les reitero que no pienso interceder ante el presidente para detener la promulgación. Señores, estamos ante una situación de no retorno. En ese momento, ya la mayoría de los comensales se había exabrupto y llenando el comedor con groserías sobre la forma de conducir el país del actual presidente Irigoyen. El gobernador, sin embargo, pasaba por alto el comportamiento de aquellos invitados y mantenía una compostura propia de las personas de campo, con cabal educación y paciencia. Cuando creyó que la escena había recuperado la calma, continuó en voz baja y serena: —En nuestro país ya viven muchas más personas que ustedes y sus familias. Gente llegada de países que ni podríamos marcar — 89 —


en el mapamundi. Gente que deja atrás su pasado, sus familias, para hacerse un futuro en el que intervenir activamente. Para tomar decisiones sobre su propio destino. Ya son argentinos, señores. Argentinos como ustedes y como yo. Tan legítimamente argentinos como usted, Lebowsky. O como usted, Bunge. O como usted, Krönwitter. Y como Yrigoyen. Y son ellos los que han dado a ser un país grande, fuerte. No, señores, siento no responder a sus expectativas, pero no pienso interferir una legislación que ha sido propuesta a instancias del presidente... por mí y mi equipo. Bunge se hallaba enrojecido ya por una ira no contenida. No sólo se estaba dando cuenta de que el gobernador respiraba por otros lados diferentes a los de sus invitados, sino que no tenía la menor intención de continuar aquella farsa. Lanzando la servilleta con desprecio, se levantó dejando caer la silla hacia atrás. —Gabacho cabrón. Mi abuelo tenía razón. Te la meten ha—Oh, por Dios. No hace falta ponerse groseros, caballeros. Por lo menos esperen ustedes al ragoût que ha preparado Olga. Y acábense el vino. No creo que haya un problema en el mundo que un buen ragoût de Olga y mi vino no puedan resolver. —Te vas a arrepentir, gabacho cagón. fue su contestación a la oferta de diálogo que acababa de hacer el gorbernador. Y aquello le recordó que era domingo. Y ya en voz muy baja, añadió casi para sí mirando a la hermosa copa que tenía en su mano. —Me quedan pocas horas para ver a Macaré. Las papilas de su lengua se estremecieron de placer al tacto del torrente de vino. Y a continuación se estremecieron al puro pensamiento de Macaré y del sabor de aquello que no se nombra.

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Gorgonio se peguntaba ya cuál sería el derrotero de los pensamientos del gobernador, en aquel rincón de la mesa, paladeando y juzgando el trasluz de su copa. Debía de ser una mujer portentosa, según se podía ver en los ojos de paz absoluta del gobernador. Era increíble ver tanta calma tras sentir aún el retumbo en sus oídos de la espesa conversación que había presenciado: percibía todavía el eco de un choque estruendoso de titanes furiosos. Pero eran titanes de su misma talla, usaban trajes como el suyo... Y, sin embargo, el gobernador tan sólo era capaz de pensar en que se disponía a pasar una noche con ella. Durante el resto de la velada, muy breve, el gobernador les momentos de la misma condición con Macaré. Horas más tarde, mientras regresaban a Córdoba, cómodamente sentados en el coche que les había traído por la tarde, Gorgonio y Ochandiano no abrieron la boca. Ya empezaban a aclararse algunas ideas, las dimensiones, el nivel de esfuerzo que habría que emplear, y, sobre todo, que tenían un largo camino que recorrer hasta los huidos. Y ahora las distancias parecían más largas en aquél país brutalmente grande. Gorgonio comenzó a sentir el cambio, arrebujándose en el acogedor asiento de cuero del coche del gobernador, el paso fugaz de un leve escalofrío furtivo. Como marino, se daba cuenta de la escala oceánica de toda medida en aquel continente. Como miembro del cuerpo de información no recibió bien aquel estremecimiento. Era un mal signo. Todo parecía estar a diez leguas de la idea más próxima: una simple caminata era medida en galopadas en el país del ganado. Ya estaba paulatinamente dándose cuenta de que algunas expresiones de su idioma como aquella de “a tiro de piedra”, se convertía en la realidad pampeana de su múltiplo de diez. América le estaba corrigiendo ya su europeo sentido de las cosas sin previo aviso y a grandes zancadas. De vuelta al hotel San Martín, Gorgonio y Ochandiano se dirigieron a sus habitaciones con paso calmo. Debían buscar el — 91 —


sentido, el rastro al camino de los huídos dentro de aquella inconmensurable selva de inmigrantes, gauchos y hectáreas, sobre todo hectáreas de tierra, que parecían separar con lenta parsimonia de placa tectónica a los unos de los otros. Tenía que pensar dónde va un militar acostumbrado a la jerarquía que le daba su rango, cuando de repente debe abandonar toda rutina, y largarbrújula, que le haga mantener rumbo siempre adelante, sin que

demonios tenía aquel continente que cambiaba hasta tu manera de respirar? No era la primera vez que la desorientación hacía mella en su cabeza. Los años de inmersiones como buzo especialista en memoria imágenes y olores. Sabores y tactos vívidos que volvían de visita cumpliendo un rito ceremonioso de mantener su cita con él. Era aquella niebla espesa como mantequilla que empieza a cubrir los ojos cuando le descompresión se hace demasiado deprisa. La imagen temblorosa que indicaba que se debía parar y, sobre todo, que la guadaña andaba cerca. Y tirar hacia arriba. Todo ello siempre que se supiera donde está arriba y abajo, qué está arriba y qué está abajo a esos metros de profundidad. Y era entonces cuando aparecía la silueta de Calonge, cortándose entre los rayos de sol tirando de él hacia arriba, hacia la vida, al aire. Aquella mano milagrosa que le ataba al oxígeno y a la luz fue lo último que había visto de su amigo Calonge. Cuando recuperó la consciencia días más tarde, sólo pudo ver las esquelas en los periódicos. Pero esta vez era la primera que aquella niebla hacía su aparición estando en tierra. Gorgonio sentía ya el vértigo previo. Aquellas eran muchas coincidencias. Jamás había creído en ellas: un gobernador en el mismo tren. Una cena encantadora con espectáculo incluido. Mal asunto.

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Día 7 Córdoba

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ciudad universitaria, aliviando el paseo. Pareció despejar el embotamiento que Gorgonio llevaba de la noche anterior. Ochandiano había sugerido ir a la Sociedad Española, cuyo café era de los mejores de la provincia, según les había asecontrar allí algún rastro de Lezama o de alguno de los militares, puesto que era un lugar concurrido y popular entre los españoles. En la acera de enfrente del café, junto al parque, había un enjambre de curiosos contemplando un Mercedes Benz azul y plata, que reinaba entre tranvías y caballos. El conductor explicaba con parsimonia y delectación cada uno de los detalles por los que le preguntaban los reunidos. Al pasar junto al grupo, Gorgonio creyó oír un acento galaico en el conductor. Al otro lado de la calle, el Café se hallaba en un local extraordo imitar al de la nueva Legislatura de la provincia. Ocho arcos iguales, cerrados por cristales, dejaban ver a parte de los clientes sentados en las mesas. La barra se extendía a lo largo de la pared del fondo donde una decena de mozos de pulquérrima casaca blanca, trabajaban para hacer llegar el café en bandejas manejadas con magistral espectacularidad y acompañando rigurosatres enormes en cada pared, devolvían multiplicadas las escenas de partidas de cartas, ajedrez o dominó, bien difuminado todo por la espesa nube de humo que ocultaba parte de los rostros de las mesas no cercanas. Se decía que algunos preferían aquel café de la Sociedad precisamente por esa razón. Podía ser lugar de — 93 —


encuentro y, a la vez, de retiro discreto si uno se colocaba en la esquina adecuada. Las mesas de mármol vinculaban a los socios con el terruño, porque habían sido hechas en mármol de Porriño. Aunque había partes del mobiliario que ennoblecían aún más el lugar, a pesar de ser un hecho ignorado por muchos de los clientes. Allí sentados Ochandiano y Gorgonio quisieron indagar y preguntaron a uno de los camareros, aunque no consiguieron averiguar más que lo que ya sabían por la vista. Plegando velas por un rato, mientras les duraba el sabor del café en sus paladares y la sensación les transportaba a viejas vivencias, en el caribe habanero a uno de ellos y en la costa magrebí al otro, Ochandiano hizo un comentario sobre la belleza de las sillas, comparándolas con las del Centro Gallego de La Habana. En ese momento, una voz corroboró desde una mesa cercana: —Esas sillas labradas son verdaderas obras de arte, ¿verdad? Las hizo un artesano, de nombre Juan González con la maestría ancestral de los silleiros de Maside, en Ourense —les dijo, con la voz un tanto engolada por la información que aportaba. No les cupo duda de que aquella voz pertenecía al hombre del tren. —El placer es mío. Señor Colinas. Señor Ochandiano —dijo Ramos, completando una amplia reverencia. —Permítanme que les invite. Es una alegría tener visitantes ilustres. De no haber sido por los excesos histriónicos de que pecaba Ramos, la hechura de sus trajes y el porte del hombre transmitían un aura caballeresca y elegante. Nadie negaba ya la capacidad de dominio de aquel hombretón que, en pocos años, había labrado una de las fortunas más destacadas de la comunidad de la provincia de Córdoba. La tarde que José Ramos Ribadulla había llegado a Cruz del Eje por vez primera, hacía ya veinte años, era fría; como el adiós el horizonte verde y dorado de Cruz del Eje, llano, de olivares interminables y olor a balasto, se esparcía en la distancia con el — 94 —


inevitable lagrimeo que el frío y el brillo del sol otoñal arrancan. Él había sido el único pasajero en bajarse al andén, por tanto no tuvo muchos problemas en entrar en conversación con el jefe de Estación. Se acercó a él y le preguntó: buscar en un trozo de papel que se afanaba en abrir donde poder corroborar la dirección de Sande. Era sólo un gesto, ya que sabía de memoria la dirección de su maestro leída y memorizada desde hacía años. —Un momentito, por favor. Espérese —le había respondido el jefe de estación mientras hacía un hueco en su afanosa tarea de despedir con la mirada al tren que estaba saliendo de la estación con dirección al norte. Serafín Sande había entrado en la vida del adolescente Ramos un día de Junio en la biblioteca municipal de Maside. El único poeta del pueblo que había llegado a editar algunas rimas y sonetos despertó en aquel chiquillo enamorado al hombre y al ciudadano libre y reivindicativo. Las visitas a la sastrería de Sande fueron seguidas de tardes de estufa en el café de Rey. Convertido casi en un lazarillo del sastre, Ramos atendía embobado las diatribas tertulianas en las que la política daba paso a simples chanzas amorosas y chascarrillos populares. La lectura del periódico era el único catón que ilustraba al pequeño José Ramos, aunque, eso sí, convenientemente tamizado por el espíritu crítico del maestro Sande. De sus amigos de Santiago de Compostela recibía ejemplares de La Tercerola, El Patriota y Las Espabiladeras, que el joven leía sin entender, pero en la mayoría de los casos, se trataba de acontecimientos que el maestro Sande se encargaba de interpretar para los tertulianos del café con increíble claridad diametral. No obstante, la verdadera talla militante del sastre quedó patente la noche que llegó Francisco Otero, un miembro de la Internacional que iba de camino a Madrid y paró a hospedarse en casa del maestro Sande en aquel frío septiembre de 1879. Unos meses más tarde, todos los periódicos nacionales y provinciales reportaban en páginas principales que aquel

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hombre había sido detenido en Madrid por cometer un atentado contra el Rey Alfonso. En la misma noche que se había producido aquel acontecimiento, la madre de Ramos entregó al niño un paquete, cumpliendo instrucciones de Serafín Sande: en él había un ejemplar de sus poesías encuadernado en cuero, algunos billetes de banco y una carta en la que el maestro se disculpaba ante el muchacho por no despedirse como correspondía a personas de educación, pero que esperaba verle pronto en el lugar que quedaba explicitado en sus poesías...sobre cruces y ejes. Y así pasaron pocos años: los necesarios para que el adolescente se convirtiera en un hombre dispuesto a no oír a su propio padre, a desapegarse de su madre y embarcarse para siempre en la búsqueda de la quimera. El enorme respeto que llegó a sentir por Sande no le hizo retras que transitar hacia el bollo que va a saciar el hambre a veces es difícil: se tiene que mojar uno en los charcos. El joven Ramos quiso irse a Portugal, donde uno podía hacer buenos y rápidos negocios con el contrabando. Así fue. Pretendía conseguir el dide le esperaba su maestro: el sastre-poeta-anarquista de la Internacional, Serafín Sande. —Busco a Serafín Sande, de la calle del Comercio, 18 —dijo el joven Ramos, que por vez primera se hizo consciente de su grueso acento del ribeiro, encrespado por el cansancio del viaje. —Sí. Tiene una sastrería en la calle del Comercio —continuó, simulando una pereza que quería ocultar en realidad la excitación de lo nuevo y extraño, además de la impaciencia de quien va a encontrarse con alguien largamente añorado. —Así es. Gallego como usted, por lo que veo, joven.

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Aquel hombre tenía un rostro amable, y hacía buena compañía a su voz, de aire paternal. Era un aire que el joven Ramos agradeció profundamente. El jefe de estación continuó: —Aunque me temo que no tengo buenas noticias. Creo que debo decirle que llega usted tarde, amigo. La esposa de su amigo Sande acaba de subirse en el mismo tren que le ha traído a usted. Enterraron al pobre Sande anteayer. La mirada de Ramos debió de atropellarse de desolación cuando se encontró con la del Jefe de Estación. Porque éste continuó sin miedo de parecer indiscreto, poniendo una mano sobre el hombro del recién llegado Pregunte por Arias. Cuéntele. Él le ayudará. Era un buen amigo de Sande... Aquellas palabras “...le enterraron anteayer...” penetraron en respiración durante unos segundos, dejando al joven en la más oscura de las orfandades. Tragó saliva y pensó que acababa de tragarse una piedra del tamaño de un limón. Punto y aparte. Por supuesto que el vasco Arias le ayudó. Con los contactos que tenía consiguió meter a Ramos en los Ferrocarriles, todavía dies Company. De sus primeros años en el Ferrocarril Central Norte, le quedaba al viejo José Ramos Ribadulla la amabilidad aprendida y falsa de los revisores. Esa amabilidad que forma parte del único bagaje de educación que tenían él y otros muchos como él. Esa cortesía llena de miramiento que era utilizada a todas horas, como si se tratase de un único traje, que se viste a todas horas y al que hay que cuidar como nada en el mundo. Se contaba que en su juventud y siendo revisor de los trenes que hacían los largos recorridos —de Buenos Aires a Córdoba y Mendoza— se había convertido en el mejor “banca” de las partidas que se celebraban a bordo. Era un dinero que se trasegaba año tras año de ganaderos terratenientes a exportadores o a la inversa. Parte de él — 97 —


siempre caía en manos del gallego, de una manera o de otra. Pues llegaron a alcanzar fama internacional las encantadoras opciones que Ramos añadía a sus servicios como banca: él requería a todas las chicas a hacerse las francesas, un gancho irresisitible para el negocio. Con lo cual Ramos también se preocupaba de darles medios para aprender algo sobre Francia de boca de aquellas que verdaderamente lo eran. Había creado una auténtica escuela que no tardó en ocasionar algún problema con las autoridades. El camarero de la Sociedad Española trazaba un círculo perfecto para que la taza se mantuviera en su sitio mientras volaba rumbo a la mesa y aterrizaba, en un alarde de exactitud profesional, ante Ramos, Gorgonio y Ochandiano. —Cuéntenos, señor Ramos —pidió Gorgonio, encantado de topar con él en el Café de la Sociedad. —¿Cómo es la ciudad donde vive? Creo que dijo usted Cruz del Eje, ¿no es verdad? Ese nombre, más que una frase, es toda una oración. Con aquel comentario Colinas desencadenó, con toda la intención del mundo, las cualidades narrativas de Ramos. Y Colinas guardó la apariencia de atenderle, al escuchar a Ramos preparar la voz para la narración, mientras él en verdad se dedicaba a recorrer discretamente con su mirada todas las mesas del café, acechando alguna pista, algún rostro, algún gesto que pudiera llevarle a recuperar el hilo de su búsqueda. —Es una ciudad en crecimiento, puesto que es un cruce de caminos de gran interés. Pronto se va a instalar un verdadero nudo ferroviario que la convertirá en una gran ciudad. No me cabe la menor duda de que puede despertar su curiosidad, como importadores de técnicas y mecánicas. —¿Nudo ferroviario?—preguntó Colinas, repentinamente atraído por la expresión de Ramos. —Así es, ya que asistimos estos días a un hecho que no deja de resultar llamativo en nuestra ciudad. Son muchos los que vienen hoy a Cruz del Eje a vivir, no sólo a buscar trabajo en la construc-

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que nos va a traer. Y no nos cabe la menor duda de que así será. Como ya había sucedido otra vez, Colinas y Ochandiano cruque Lezama era coronel de Ingenieros del Ejército. Su vida profesional como militar corría paralela a su carrera de Ingeniero civil y estaban seguros como de sus nombres de que Lezama no podía perderse la ocasión de tomar parte en la construcción de una ciudad, con su ferrocarril y todo aquello que acarreara crear raíces nuevas, y además, con sus propias manos... Lezama, el idealista, el creyente; no cabía duda de que Lezama debía de andar por Cruz del Eje. Salieron del local juntos. Tras despedirse, Ochandiano y Gorgonio tomaron camino al parque. Ramos y el conductor cruzaron la calle para subirse al Mercedes azul y plata. Fruncía el ceño Gorgonio mientras algo en su magín le reiteraba la pregunta, como una letanía. Desde lo más profundo de su consciencia brotaba un insistente soniquete, un mensaje bip-bip de telégrafo, que no dejaba de alertarle, al tiempo que intentaba conjurar el embrollo. La Cruz del Eje se mantenía cerrilmente sobre su pensamiento, pero tal vez era un puro juego de eufonía. De qué le sonaba aquel nombre, maldita sea.

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Día 7 El Coronel Plácido Lezama do Val

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chandiano recibía correspondencia en el hotel. Eran, sobre todo, cablegramas que los botones del hotel tenían órden de entregar de inmediato. A veces dos o tres en lapsos cortos de horas. Eran órdenes de agilizar al máximo los procesos, dirigidas también a Colinas, aunque se utilizaba su seudónimo de aquella misión, George Hills. En uno de aquellos telegramas, se les informaba de que alguien llamado Anasagasti había recibido también ya sus órdenes. Colinas leyó con detalle dado el cariz que los acontecimientos tomaban en España. Había interpretar el lenguaje diplomático. Se decía en ellos que las Juntas Militares habían presionado hasta lo indecible para conseguir el reconocimiento de sus derechos. Y como contestación, se habían producido encarcelamientos, renuncias y agitación, que venían aparejadas junto a ascensos y sueldos sin precedentes en la historia del país. Muchos de ellos, eran amigos personales de Colinas. Pero, lo nuevo de esta situación era que todas las demandas del pueblo, se estaban viendo encabezadas por el propio ejército. Ante eso, los apoyos civiles no se hicieron esperar. Con ello el rey Alfonso, que andaba más necesitado que nunca, no podía desaprovechar la corriente pública para poner un poco de orden, ahora que coincidían las reivindicaciones militares con las de una gran parte de la población. El Coronel Márquez había escrito al monarca una carta en la que le exhortaba: ... “adelantaos a hacer la revolución contra la oligarquía con el apoyo del pueblo y del ejército.” y los Servicios de Inteligencia decidieron hacer llegar a Colinas — 101 —


un informe sobre la situación con el objetivo de poner en marcha un plan. El nombre de Colinas apareció en varios círculos, tanto en las Juntas como en los delegados de los ministerios y, por tanto en el gobierno. Alguien, además, desde los servicios diplomáticos, había añadido una recomendación para que el capitán Gorgonio Colinas fuese nombrado coordinador del proceso de negociación. No ya por su trayectoria militar, sino también por su marcada impronta social y las habilidades sobradamente mostradas. Gorgonio había participado con resultados excepcionales en la negociación con los ferroviarios y con los propios militares de algunas Juntas. Tanto que algunos compañeros de armas le habían elegido para representarles en todas aquellas reuniones en las que hubiera algo que debatir, contrastar o conseguir. Pero el Presidente del Instituto de Reformas Sociales, Gumersindo de Azcárate. Aquel mismísimo 9 de agosto se acabó promulgando la ley reconociendo las demandas de los trabajadores. Pero en esta ocasión, los militares estaban juntos, salvo aquellos pertenecientes a esa oligarquía rancia y severa que se atenía a sus privilegios a cualquier precio. Empero para aquel entonces, les cupo la menor duda de que estos militares eran los indicados para llevar adelante las reformas, tan imperiosas, tan sangrantes. Como suele pasar con los viejos ganaderos, sabían que sólo el amo se acerca a una vaca herida. Debían ser ellos, esos militares y el mismísimo rey los que encabezaran las negociaciones y todas las reformas. Pero estos hombres habían preferido irse. Ellos, los elegidos, estaban en Argentina, muy lejos de la metrópolis. bía abandonado la península a bordo de una fragata de la Armada, que le llevó hasta las Canarias. Los amigos marinos que habían seguido la revuelta de las Juntas, no muchos, colaboraron con el coronel en su marcha, conscientes del futuro incierto de su acción. Dos tenientes de caballería, cuatro capitanes de Ca— 102 —


jas de Recluta, y dos comandantes acompañaron a Lezama en su marcha a las Islas donde decidirían sobre el camino a seguir. En el fondo de sus mentes se hallaba el mismo pensamiento: ya no quedaba mucho por perder, sus familias habían perdido las fortunas y el predicamento habidos en otros tiempos mejores. Los gobiernos de la oligarquía iban cayendo: Maura, Romanones, Sánchez de Toca, Allende Salazar. Sucesivamente y, muchas veces, por la fuerza de las exigencias militares. Pero no cambiaban, sin embargo, los nombres de las familias que ocupaban los puestos destacados. A aquellos ocho militares les parecía claro que, fuera el que fuere el derrotero de los acontecimientos, a ellos no les iba a deparar un sino brillante. Por el contrario, los que se encontraban bien arropados por sus abolengos rancios, hallarían un cómodo pasar: si se habían colocado del lado de los revolucionarios, serían despachados con una palmadita en el pompis como chicos traviesos a los que había que perdonar. Si se habían alineado con los conservadores de la tiranía, recibirían el abrazo go, para ellos no iba a ser tan fácil. A ellos les estaba reservada la parte dura del castigo. Pronto iban a tener que decantarse. Y seguidamente, a perder. Como siempre. La calle se iba a convertir en escenario real de esta lucha, que de momento sólo se libraba en sus mentes. Con la declaración de la huelga del 10 de Agosto de 1917, todos los cuerpos del ejército habían recibido órdenes de sofocar los disturbios generales, poniéndose al servicio de los gobernadores y de la Guardia Civil. La represión fue despiadada. Lezama no encontraba proporción ni explicación a tanta sangre vertida, tanta rudeza por contrarrestar un movimiento social que hasta muy poco tiempo antes también contenerse y escribió en la primera página de “LA LIBERTAD”, el único órgano reconocido de los junteros:

del movimiento subversivo del 1º de julio fueron “moralidad, jus— 103 —


chillar a un pueblo inerme, defensor, con los brazos caídos, de la moral, la justicia y la equidad?” No. No era posible estar contento con haber reprimido manifestaciones populares. No sin recibir el odio eterno en las miactivistas futuros, cargados de razón. Hasta hacía bien poco que se habían celebrado con honores las revueltas ciudadanas de la guerra napoleónica. No. No estaba bien haber usado las armas contra el pueblo. La desilusión que estos hechos provocaron en buscaron salidas más o menos negociadas a las reacciones de los mandos. Otros supieron aguantar con valor la humillación de la cárcel. Pero Lezama supo que para él había llegado la hora de torcer el destino y hacer suya la expresión aquella con la que se hacía referencia al Nuevo Mundo. Nuevo Mundo, en todo y para todos. Por vez primera, sentía que sus manos podrían crear su mundo, que podría intervenir en su destino, y emprendió la marcha hacia América. El periódico La Libertad llegaba a un inmenso público militendido la convicción de que el ejército se había vuelto un anquilosado y artrítico anciano, con ínfulas de un pasado glorioso que ya nadie recordaba salvo él mismo. Como ocurre con ese anciano, que se niega a reconocer el paso de los años y la mengua de las propias fuerzas, el anciano que se cree aún capaz de la caminata más impensable, o de subirse al cerezo con seguridad. A la sazón, el cerezo y la caminata estaban en África, y al abuelo le estaban zurrando la badana. Las palabras de Lezama alcanzaron las altas instancias con celeridad, más allá del general Márquez y del Estado Mayor. Más nerales, quienes elaboraron un detallado informe sobre los orígenes vasco—gallegos del coronel. Algunos de sus consejeros reales no tardaron en encontrar explicaciones genealógicas a la conducta política de Lezama, cuyos orígenes fueron para el rey — 104 —


precisamente argumentos favorecedores. El Rey quería analizar con él la situación y averiguar de su propia boca cuáles eran sus mino de Buenos Aires. Mas el nombre de aquel coronel —decidió el monarca— estaba ya en boca de demasiada gente como para dejarle de lado. Era menester contar con él para la reforma del ejército. El rey sabía que tenerle de su lado resultaría vital. Y ordenó que le buscaran. Por la mañana, sobre las diez y media, Ochandiano y Colinas Allí compraron dos billetes de primera clase. Bajo las enormes pilastras metálicas de la estación, de brillante pintura negra, no olía sin embargo a carbón ni a balasto. Una nube de mozalbetes descalzos ofrecían bolsitas y manojos de hierbas de las sierras de Córdoba, anunciando a voz en grito las propiedades. Las había para la digestión, piedras de vesícula, o calvicie. Colinas compró una selección. Pensó que les harían falta en Cruz del Eje.

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Día 8

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atardecer incendiado en la estación nueva de Cruz del Eje. Desde la antigua estación Sur hasta la Norte, que recientemente se acababa de inaugurar, había un trayecto de diez minutos. Y la calle Estación Norte corría paralela a la del Comercio; calles ellas que habían visto arribar ya a miles de personas como ahora llegaban Ochandiano y Colinas. Ambos recorrieron la media milla que había hasta el centro de la ciudad sin perder el gesto boquiabierto. Ninguno de los dos recordaba haber visto un crepúsculo como aquel en sus peninsulares vidas. Sibilinamente, tras horas de viaje por las sierras, la primera ciudad de la llanura les acababa de desplegar su mayor encanto. Con las indicaciones del Jefe de Estación se entretuvieron más de media hora. Treinta minutos que decoraron de poesía española los primeros instantes de estancia en la ciudad. Por boca del Jefe de estación, los poemas de Miguel de Unamuno y Ramontados en el sulky que Francisco Coutiño, natural de Marín, tenía para servicio de viajeros. No abrieron la boca hasta llegar a la calle Florida. Allí, Coutiño se detuvo ante el hotel que les recomendó: Hotel Del Plata. Haciendo esquina con la calle del Comercio se erguía la enorme mole tapizada de pasta—piedra, con arquivoltas y un frontispicio de aire neoclásico. Por dentro, amplias y cómodas habitaciones en el centro de la ciudad, eran el capital recién estrenado de Don José Juliá, un catalán de perspectiva, que ofrecía unas “instalaciones de cuidado ambiente y limpieza”. Pero no eran la limpieza o el ambiente donde el orgulloso catalán centraba el atractivo de su empresa, aunque fueran el motivo publicitario. Lo cifraba en el novedoso divertimento — 107 —


público del biógrafo, también conocido como el cinematógrafo, con el cual exhibía películas de reciente factura, en los salones bajos del inmenso caserón. Las proyecciones estivales, sin embargo, se hacían en el patio de coches del hotel. Allí, bajo los enormes paraísos, los vecinos se entremezclaban en tertulias interminables con los huéspedes del hotel. Se abrían discusiones en las que no pocas veces se llegaba al acaloramiento, sobre todo cuando las películas planteaban asuntos o historias relativas a algún país de los de la Gran Guerra: últimos no escaseaban los dimes y diretes y, aunque se pudiera pensar que la titularidad británica de los ferrocarriles debiera favorecer la tensión social lógica entre una población mayoritariamente asalariada y trabajadora contra su empresa, eran muchos los que en el país anhelaban y hubiesen visto con buenos ojos aquella sugerencia de Sir William Leguizamón, de incorporar la República Argentina a la Commonwealth Británica. Don José Juliá se acercó a la mesa recién ocupada por lo dos gallegos recién instalados en el hotel: —Bona nit… o mejor boas noites —dejó caer. —Bona nit—contestaron ambos sin dudar, en un deseo de no ofender a quien les iba a ayudar a satisfacer el estómago y a encontrar el camino de Lezama. —Esta noche no puedo ofrecerles pescado, que desearán sin duda los señores, pero puedo hacerles degustar la mejor carne en 30 kilómetros a la redonda. Tengo vino de Mendoza y La Rioja... argentina, se entiende. Mañana o pasado podremos hablar de dorados o pejerrey a la sal. —Nos complace tener tanta amabilidad, Don José. Pero el senuestros deseos —culminó Colinas. cocinas, hacia donde dirigió dos auténticos dardos con el mayor e indisimulado de los odios. El camarero, riojano de la Rioja ar— 108 —


gentina, no había hecho más que comentar sobre el origen de los nuevos clientes. En Argentina eran tantos ya los gallegos de Galicia, que así llamaban a todos los españoles, aunque fueran de Sevilla o Logroño. Allí habían llegado masivamente los gallegos después de la guerra de Cuba y en los primeros años del nuevo siglo. —Les ruego me disculpen. Pero el camarero comentó que eran ustedes gallegos, y yo me tomé la libertad de... —En cualquier caso, estamos dispuestos a oír todas sus sugerencias con atención. Y le aseguramos que no hay ofensa alguna en la confusión. Don José Juliá entró en la cocina como para hacer alguna pesquisa, aunque a los dos españoles no les cupo duda de la bomba laboral que se cernía sobre el pobre mozo. Tras regresar a la mesa para la comanda, Colinas terció: —No obstante, Don José, hablando de gallegos, conocerá usted a muchos aquí en la zona. —Los hay. De todas la provincias españolas también, señores. El ferrocarril nos trae mucha gente. El pobre Juliá había interpretado como un gesto tajante la respuesta de Colinas y se mostraba ahora más discreto de lo necesario. Mantuvieron silencio durante la cena, que disfrutaron sin hallar mácula a la disposición, al contenido ni al servicio. Una ensalada de tomates perita con desmenuzados de atún en conserva fueron el entrante que dio paso a la carne: sensualmente jugosa, venía arropada por el aroma de las brasas. Sorprendieron a Colinas los chinchulines que ofreció la cocina. De postre sirvieron unos “panqueques” rellenos de dulce de leche. El justo dulce del vino riojano acompañaba sin desmerecer. Tras aquél ágape inopinadamente opíparo, Colinas debió volver a la carga. en la ciudad esta noche? —inquirió Colinas para romper otra vez el hielo del catalán. —Esta noche proyectamos una película americana. La Dama de Azul se titula. Les aseguro que la disfrutarán. — 109 —


Después añadió en voz baja, tras asegurarse de que las dos damas que acababan de entrar en el local se habían distanciado —Hay otros divertimentos más reales y palpables. La Flor de Lys les recibirá, sin duda, con los brazos abiertos. En la calle Avellaneda, cerca de la estación de ferrocarril. Acaban de contratar una orquesta de señoritas de Francia. Sigo garantizándoles que la carne es exquisita —añadió con un gesto rebuscadamente cómplice. Ese gesto tardó en desaparecer del rostro de Juliá, y pronunciaba sus gesticulaciones cada vez que sus miradas se encontraban. Colinas y Ochandiano bebieron sus digestivos con fruición y decidieron emprender el camino hacia “La Flor de Lys”, calle el paseo de quince minutos en aquella fresca noche cruzdelejeña. Eso y una orquesta de señoritas en perspectiva, tan sólo podían plantear dos temores en el ambiente: o que la bebida no fuera

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Día 8 La Flor de Lys

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quien como mandan los cánones, iba vestido al uso. Debía de estar estrenando su gorra de plato, a juzgar por el poco tiempo que ésta pasaba en su emplazamiento teórico. apasionado del café cantante. Tras franquear el concurrido recibidor, donde una amable señorita retiraba sombreros, había que abrir un pesado telón para entrar en sala. La enorme araña de ínbajo, utilizado como pista de baile. La barandilla que bordeaba la pista acolchaba las esporádicas pérdidas de equilibrio, accidentales o etílicas, de los clientes. Por fuera de ella se alineaban mesitas bajas con sillas igualmente achaparradas. El nivel más alto, exterior y lejano a la pista, se mantenía también más oscuro. Pero el escenario ocupaba, por su iluminación y situación, el emplazamiento primordial en todo el cuadrado local. No había más o menos toques decorativos que los necesarios, aunque se apreciaba un cierto afrancesamiento en los colores y los ornamentos de iluminación y estáticos. a dar comienzo a la actuación de un momento a otro. Se apresuraban los últimos a sentarse en sus lugares sin volcar sus copas mientras el maestro de ceremonias se asomó entre las cortinas aclarando la voz ceremoniosa, arrancó: —Damas y caballeros. Es un honor para mí presentarles, recién llegada de Francia, tras haber causado sensación en Bue— 111 —


nos Aires, Córdoba y Rosario, y en exclusiva para toda la ciudad —e impostó la voz el presentador con exagerada entonación— Le Groupe de Chambre de Boulogne. Sonaron aplausos en todo el local, aunque se destacaron notoriamente los que provenían de una mesa de las de arriba. En la esquina derecha alborotaban ya desde hacía rato con descorches y jolgorio que, sin embargo, no llamaban la atención de los asistentes salvo Colinas y Ochandiano. Al punto, de esa mesa se levantó una mujer joven vestida con elegancia a bailar los compases del vals con que inició su actuación la orquesta; pero dio un mal paso con los zapatos altos que la llevó a tropezar con la mesa de los dos españoles y derramar las copas aún sin empezar. Uno de los hombres que se hallaban con ella en la mesa se levantó de inmediato para ayudarla a levantarse, sin dar tiempo a Colinas y al navarro a hacer lo propio. Con un gesto de fuerza, con ira contenida, la levantó por un brazo, y casi en volandas la llevó hasta el hall, donde, sin tiempo a que el cortinón les ocultara, le dio una bofetada que dio con ella en el suelo. Sin llegar aún a caer, se dejó oír un grito: La chica se acomodó como pudo el vestido, calzó el zapato alto que había perdido en la caída y se arrobó en el chal que le ofrecían, urgiéndola a que se marchara. El hombre esperó en la Al regresar hacia la mesa, el hombre se detuvo junto a Gorgonio y a Ochandiano: —Les ruego mil disculpas, caballeros. Convendrán ustedes conmigo en que la bebida es un placer pero, a veces, es un castigo. Al mismo tiempo, con un gesto de su mano llamaba a uno de los camareros, quien inmediatamente se encargó de que fueran repuestas las bebidas derramadas. —Permítanme que les invitemos nosotros, caballeros. Desde luego, no aceptaré un no. ¿Sus ropas tienen algún daño?

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—No, no se preocupe. Pero permítame que le diga que, por la parte que nos toca, no podemos decir lo mismo que ella de los gallegos. No quiso Colinas perder la ocasión de entablar conversación con quien le pareció tenía alguna responsabilidad en el local nocturno. Ante los acentos que acababa de escuchar, las presentaciones no se hicieron esperar. un acento de Ourense que disparó el celo profesional de Gorgonio. —Me llamo Gorgonio Colinas. Y este es el señor Ochandiano. Sin dar tiempo a que terminasen con las introducciones, por el cortinón hizo su aparición un hombre espigado, con un porte más se podría decir escoltado, por las formas de los acólitos. Su traje en línea caía a la perfección y venía luciendo unas polainas que relucían en la semioscuridad de La Flor de Lys. Sin dejar de excusarse con premura. —No duden en llamarme si desean algo, señores. Ahora, discúlpenme, por favor. Y se acercó raudo al hombre, casi para salirle al paso. sas de arriba, en la que se acomodaron con cierto desasosiego. Repitió el gesto hacia los camareros y con idéntica celeridad, éstos se dirigieron a atender a los ilustres clientes. —¿Ya le ha reconocido, Colinas? —preguntó lleno de curiosidad Ochandiano, queriendo jugar con la proverbial memoria de Colinas. —Creo que este hombre es el que conducía el coche de Ramos en Córdoba. La orquestina no lo hacía mal, aunque se vislumbró algún patinazo cuando quisieron emprender una canción nueva, un tango, muy de moda en Buenos Aires, habida cuenta de la falta de carácter de la voz cantante. Sin embargo, la presencia del violín daba un aire decadente y nostálgico a la pieza que alcanzaba a los rincones más impenetrables de la memoria y el sentimiento. — 113 —


Al compás de aquella canción tan melancólica, Colinas lanzó sus ojos a recorrer, una vez más, el panorama a la vista. El hombre de la izquierda, sentado con un aire cansado, iba, sin embargo, vestido con cuidado. Pero el rostro denunciaba sin paliativos su condición de solo. Una cabellera que se iba batiendo en retirada, aplastada por la gomina, marcaba caminos precisos y negros en un paisaje color piel. El mostacho también engominado terminaba en rizo. Aunque lejos de hacerlo con graciosa compostura, lo asimétrico de la contorsión bajo las abultadas bolsas de sus ojos, convertía al conjunto en una patética grosería. La mujer que acompañaba a aquel hombre en la mesa rubricaba la estampa con kilos de maquillaje y muchos más años de servicios de los que se podían ocultar. Los dos hombres jóvenes que había en la mesa contigua atendían por igual a uno y otro espectáculo, acompañándose de unas copas de champán. En las mesas cercanas a la pista, se turnaban parejas jóvenes con grupos de muchachos y Ya a la derecha, tres señoras de incierta edad mantenían la fortaleza vigilada, como las torres en el ajedrez, atentas a un eventual ataque que pudiese sobrevenir desde cualquier ángulo, ansiando la ocasión del enroque. Otra mesa tenía su candil encendido, aunque se hallaba en espera de su ocupante, con el cartel de reda para observar el espectáculo y la entrada principal. Llamaba la atención la excepcional presencia en la mesa de una hermosa botella verde de Glenn Fiddich. Y ya la mesa de los ruidosos era la última en el recorrido que realizó Colinas en el sentido de las agujas del reloj. so desde su silla. Tras éste, recibieron una visita de un camarero que ofreció otra copa a los dos accidentados españoles. La mesita que se encontraba reservada recibió a su ocupante ya bien empezada la actuación de la orquesta. Se trataba de José Ramos Ribadulla, quien muy discretamente se sentó hojeando algunos papeles con manos muy rápidas, mientras departía con

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de Ramos a comentar algo al oído de éste. Al observar, Gorgonio su jefe. Imaginó Colinas que parte del reporte abarcaba también el episodio de la joven expulsada. Tardó Ramos, sin embargo, en percatarse de que los clientes afectados por la muchacha eran Colinas y su pretendido socio Ochandiano. Ramos y el hombre espigado del Glenn Fiddich se sentaron juntos y estuvieron hablando con cierta tensión, que se desprendía de sus gestos durante la mayor parte de la actuación musical. Mantuvieron una larga conversación que les requirió casi dos copas de lo que bebían. Rostros tensos, ora sonrientes, cejas enarreció una larguísima negociación, Ramos se levantó. El espigado caballero y sus dos acompañantes hicieron lo propio, aunque su diálogo continuó durante unos breves segundos, justos los que duró un descanso entre pieza y pieza de la orquestina. Segundos de silencio que permitieron a Gorgonio alcanzar a oír lo último que se dijeron el uno al otro antes de acercarse a la mesa de los españoles, como siempre, con los brazos abiertos: —Señor Wilkinson, las cosas son así. No me pida más de lo que puedo hacer. A continuación el hombre abandonó el local sin ocultar su contrariedad. Desde la gran cortina, el inglés se giró y advirtió: —Ramos, no olvide a quién represento. ruga, que se apresuró en cumplir en el exterior del salón. De inmediato volvió su atención hacia Gorgonio y Ochandiano. —¿Cómo no me avisaron que venían ustedes a Cruz del Eje? ¿Están hospedados ya ustedes? Porque yo quisiera ofrecerles mi casa, caballeros. —Ya hemos tomado habitaciones en el Hotel Del Plata. Don José Juliá parece un hombre acogedor, igual que el hotel, Señor Ramos. —Aún así, les ruego que mañana acepten mi casa y dispongan de ella como suya. Mandaré un coche a recogerles a las doce.

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Colinas y su socio. —El señor Ramos me ha pedido que mañana les recoja en el hotel a las doce. Será un placer poder charlar con ustedes, paisanos. No es hombre que acepte negativas, me temo que ya lo saben,¿verdad? Lo hizo con un lacónico saludo, que no pudo ocultar el brevísimo pero intenso segundo de saudade en los ojos de Felisindo que llevaban juntos, era que había que tener más cuidado que nunca en los momentos en que Ramos se mostraba más cortés y amable. Un saludo cordial o un gesto cariñoso eran la marca para sus hombres de a quién había que cepillarse. Y de aquello, le

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amos le había conocido durante su primera travesía veinte años atrás, a bordo del “Pernambuco”, también de las Compañías Hamburguesas. Ellos dos y en compañía de ochocientas personas a bordo, todas ellas con la mirada perdida en algún punto impreciso del mar. Ni a proa —o sea Buebuscar alguna razón en cualquier punto, incluso ajeno a su rumbo, que les hiciera dar marcha atrás en aquella locura. Desde Galicia, Buenos Aires ejercía una poderosa atracción, pues era como un faro grandioso y prometedor. En cambio, las luces trémulas de las aldeas de noche no eran sino el símbolo de un futuro oscuro y poco probable, casi seguro muy húmedo y con un fuerte olor a bosta de vaca. Pero el vértigo de una travesía atlántica como aquella convertía el olor a vaca en un perfume a extrañar, y la humedad de Galicia en un bien a añorar durante las largas noches del exilio. El viaje era como entrar en un túnel oscuro del que sólo se desea salir cuanto antes, porque la angustia les quebraba el resuello. Muchos lo iniciaban como el viaje a ninguna parte, como mientras los cubría la “negra sombra” silenciosa. La misma que en sus monstruosas pesadillas viera y describiera Rosalía, con cuyo aleteo inexorable les expulsaba a un viaje continuo, condenándoles a no llegar nunca, a perder para siempre de su idioma la palabra hogar. A sobrellevar la Némesis con la mayor entereza, ahí pegada a la piel del alma. Ese inmenso frío en el alma agarrotaba el seso y producía sucesos impredecibles: los solitarios buscaban a alguien a quien amar por última vez. Las parejas se prometían amor eterno. Los agnósticos lloraban en el corazón. Los creyentes maldecían su — 117 —


suerte. Luisiño el mongólico, que pensaba que iban a Santiago a ver al Apóstol, hablaba con su madre y le decía que no se preocupara, que no llorara, que él la iba a ayudar y cuidar. Y que sabía que a Santiago no se iba por mar. en la misma baldosa que él mismo —y eso no ocurría nunca— la delidad antes inaudito. Al parecer, Felisindo era perseguido por la ley debido a un turbio asunto de la raya de Portugal, en Ponte Barxas, que se había saldado con la muerte de un sargento de carabineros. También se le atribuía un embarazo extramarital en una ilustre esposa de una no menos ilustre familia de la señorial villa de Celanova. le dio por encariñarse durante la travesía con una mozuela bien apadrinada por dos tahúres, y que iba ya casada por poderes a Buenos Aires. Ramos y otros tres aparecieron milagrosamente en el momento en el que Felisindo, arrinconado tras unos bultos en la popa del barco, ya blandía su enorme navaja, con la gresca vio cómo Ramos departía un momento con los dos tahúres, lo se, no sin antes dedicarle una mirada llena de promesas. Ramos había reconocido a aquellos dos profesionales de los tiempos del contrabando y sabía que éstos nunca prometían en vano. Y sabía prendada por siempre jamás. Era necesario llegar bien abrigado al Nuevo Mundo. Y a la historia de Felisindo, sólo le faltaba un asunto de dinero. Por supuesto, lo había. En la zona de su aldea existía la costumbre de constituir una suerte de comunidad de negocios vecinal. En A Touza, una de las aldeas más prósperas del Ayuntamiento de Maside, los negocios de ganado y todo lo relacionado con él, cueros, chacinas y la propia compraventa, se llevaba a

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se repartían igual que las pérdidas. No existían siquiera obligaciones familiares que pudieran excusar cualquier desviación de aquellas que se contraían con el grupo vecinal. Sindo rompió esta regla de oro, porque un santo día tuvo la desgraciada ocurrencia de asumir en persona un encargo de suministro de jamones a unos empresarios de Oporto. A Sindo le pareció demasiado jugoso aquel negocio para dejarlo en manos de los jerarcas de la aldea. Hasta que, un mal día, claro, sus compañeros descubrieron el tenderete que Sindo se había montado por su cuenta y le obligaron a reembolsar. Pero ya era condenadamente tarde. A esas alturas del negocio, ya ni la palabra de vergüenza de su padre ni una hipoteca sobre la casa familiar pudieron recuperar lo perdido. El muy imbécil había gastado una fortuna en rameras y hoteles baratos del lado portugués del Miño, donde el menos avispado le podía hundir en la timba. Pero —eso sí— se había dado un lujo que pudo conservar tras la ruina: en la Plaza Mayor de Ourense se compró la albaceteña más cara que encontró: cachas nacaradas con ribetes de diamantes. Ocho dedos de fría y puso nombre a su navaja, a la que juró amor eterno: Raíña, que

de Buenos Aires—. Llévese aquí al gallego al ropero y dele un repaso de las normas de la casa.

especial y retorcida de la lucha de clases. No cejó en el empeño hasta dar con la hija del capataz. Aguantó tres meses estibando sacos de cincuenta kilos con tal de vengarse de la tiranía de aquel mando, acostándose con su hija... trar en la casa de la moza, llovía a cántaros sobre Buenos Aires. Y, si había entrado furtivamente, en la huída tuvo que salir por pies. — 119 —


—A cona —pensó Felisindo, mientras maldecía el recuerdo del napolitano que le había vendido aquellos zapatos: “Bellísimi. todavía recordaba cuando exclamaba el napolitano juntando los dedos pulgar y corazón, como si cos sobre los que había pasado corriendo ya le habían llenado los zapatos de agua. Fue justo cuando saltaba por la ventana, ya que ta empapada, pesaba mucho y le impedía correr. La Raíña en la mano brillaba con la iluminación de las esquinas y con el agua... —Dios. De ésta me matan... Joder, me matan... Los seis estibadores iban armados con sus respectivos ganla furia de mastines a belfo soplado. Sólo que no querían enganseguían el último hilo que les unía a la vida que llevaban: querían los fajos de billetes que pertenecían a la recaudación de apuestas de todo el puerto de Buenos Aires, que en esos momentos viajaban en el saco agarrado ansiosamente con sus manos y en el pantalón del gallego. Recaudación copiosa la de aquel día, enbía que nadie mata a nadie por meterse en la cama de una hija. Bien distinto era meterse lo ajeno en el bolsillo... Y aquella noche, ese era el capataz. Ni más ni menos. Lo del dinero había sido un golpe perfecto. Todo obedecía a un plan perfectamente trazado por Sindo, ya que había esperado al día de mayor recaudación. No cabía en sí de gozo. Una noche con la niña y la recaudación. El capataz vivía en un departamento de tres piezas a la vuelta de la Avenida Santa Fé. Tres semanas antes, de madrugada, saltando por la ventana de la niña, Felisindo había ido a caer, como siempre, al callejón. Al oir voces acercándose hacia donde él estaba, decidió esconderse para evitar malos encuentros. Pensaba que se trataba de maleantes o algún borracho que pudieran causarle daño o algún disgusto. Desde las sombras de una escalera, — 120 —


pudo ver a tres hombres que se caminaban casi sin hablar hacia la parte más recóndita del callejón, justo donde se encontraba Sindo acechándoles. Enseguida se dio cuenta de que el más alto de los tres hombres no era otro que su capataz en el puerto. Aquellos individuos apenas se saludaron e intercambiaron unos papeles. Hablaron de cantidades y se despidieron con rapidez. Sindo apenas pudo distinguir palabras como campeones y boxeo. Fue entonces cuando Sindo se dio cuenta de que así se producían las entregas del dinero de las apuestas, a veces de caballos, a veces boxeo. Allí presenció desde la penumbra el momento en el que el capataz recogía una bolsa. Aquella bolsa fofa, grande y espesa iba usualmente a parar bajo la cama de la niña, a falta de un espacio más seguro o amplio para pasar una noche. En el minúsculo piso del capataz, aquella habitación se había convertido en una zona de seguridad inviolable. A la noche siguiente, el amor tuvo un sabor de exquisitez rutilante..., cuando Sindo tocó el saco por casualidad, en una de las muchas piruetas a que acostumbraba la niña en los prolegómenos del amor. Tras cerciorarse de que aquella era la antológica... Con el sudor escociéndole en los ojos, pudo ver que la única alternativa para escapar de sus perseguidores se le presentaba en la Estación de ferrocarril de Retiro. Corriendo con el último aliento, apiló dos durmientes, lanzó el saco al otro lado de la tapia y trepó para saltar al otro lado. Con la última carrera, alcanzó a colarse en el tren que salía en esos momentos. Dos niños le observaban asombrados desde el pasillo, comiendo un bocadillo. Aquel extraño, descamisado y sudando, tumbado en el suelo, durante un segundo, todavía respirando pesadamente, pensó en las camisas que abandonaba en la pensión, junto a la maleta de piel con el broche de su madre y sus botas. Bueno: de todas formas, no le gustaba quedar debiendo dos semanas de pensión a Doña Pura. Lo comido por lo servido. Un insRaíña y el tacto áspero de la bolsa le devolvieron sonriente a la actualidad. Se acomodó el pelo como — 121 —


pudo mirándose al cristal húmedo y empañado de una ventana mientras tosía e intentaba recuperar el aliento. Cerró la puerta del vagón y los ojos se le fueron detrás de las luces de Buenos Aires, que formaban arcos temblorosos por el movimiento del tren y las gotas de lluvia en sus pestañas. Parecían decirle adiós. En eso, una mano violenta le sujetó el hombro y le espetó: —¿No estará pretendiendo viajar sin pagar, verdad? revisor. Ningún botones me trata así a mí —pensó tirando de la Raíña por la imagen del cristal de la ventana. Nadie... salvo, claro estaba, que aquella sonrisa burlona estuviera adherida al rostro de Ramos. Fueron exactamente quince segundos de silencio y de —No me lo puedo creer, Ramos. Joder. El abrazo fue largo. Los puños pellizcaban las ropas de uno y otro, para no soltar el instante del encuentro y conjurar la saudade. —Eres como San Andrés de Teixido. O que non vai de morto vai de vivo La camareta que los revisores tenían asignada en los trenes de larga distancia ofrecía los mismos lujos que la de cualquier viajero de primera clase. Incluso disponía de una segunda cama, chas después de aquella en la que los caminos se juntaron, como

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Día 9 El primer día en Cruz del Eje El primer día en Cruz del Eje supuso para Gorgonio y Ochandiano el reencuentro con la tranquilidad aparentemente perdida en algún momento de los últimos tres meses. Aquella ciudad de sólo dos calles, pero muy largas, era hija digna de aquellas otras ciudades nacidas en las reconquistas españolas. Castilla y Andalucía sabían de calles únicas como nadie. Pueblos formados por acumulación de moradores, por accidente, por casualidad, por la el pueblo, dice usted? Perico el de los palotes, contestaban los viejos. Los del tren, decían los niños. Aquí vino el diablo, porque había perdido el poncho. Las calles Caseros y Domingo F. Sarmiento evocaban a presidentes del país en épocas críticas cuyos méritos, como casi siempre ocurre, eran reconocidos sólo por la mitad de la población. zana eran la columna vertebral de la ciudad. Se extendían desde la Iglesia del Carmen, hasta que 3 kilómetros más tarde se veían cortadas en seco por la calle Florida y por la línea de ferrocarril que iba a La Rioja. A partir de allí continuaban su camino recto impenitente, pero ya con otros nombres. Pellegrini era la continuación de Sarmiento. El Hotel “Del Plata” se hallaba casi

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perdían su nombre. Casi enfrente al hotel se hallaba el puente por el que las imponentes máquinas 600 cruzaban la calle despuente para estacionar el Mercedes y recoger a sus compatriotas del hotel. Gorgonio no conseguía conciliar esta invitación de facto de Ramos, con su prudencia. Sin embargo, sabía que los pocos días que tenía para hacer lo que tenía que hacer, no le daban tiempo ni tregua de pensar prudentemente. Había que aceptar lo que viniera y sacar provecho de lo que el destino le sacaba en bandeja. —¿Les gusta el box maletas de Gorgonio y Ochandiano al portaequipajes del coche. —Esta noche tenemos un combate en los talleres, y al señor Ramos le complacería que le acompañaran. Sólo Dios sabe qué formas puede adoptar el innombrable, pero aquellos días de Octubre de 1917, soplaban vientos extraños que según los temores de muchos, eran de procedencia maligna. Llegaban noticias de que La Rusia de los Zares, antes una corte envidiada por antigua, rica, fastuosa, se desmoronaba como una Cruz del Eje no era una excepción. Los talleres de ferrocarril habían iniciado una huelga en demanda de mejoras salariales pero, en especial, en seguridad e higiene. Eran frecuentes los desplomes de piezas pesadas o roturas de bujes. Los accidentes por desplome suponían un desastre en general, ya que aparte de los heridos o muertos, paralizaban el trabajo de los talleres de forma dramática durante días. En los últimos tres años habían muerto 13 hombres, cifra que no escapaba a los “números normales” según Ralph Wilkinson, el Gerente General del Ferrocarril Central Norte en la zona. Pero la revuelta ya estaba en marcha. Algunos trabajadores, llegados desde Buenos Aires y Rosario, se mostraban avezados conocedores de los entresijos de la lucha obrera, mientras los demás, de procedencia rural, dejaban hacer. Habían constituido la F.O.R.A., la Federación Obrera Radical Anarquista, una organización dirigida por inmigrantes e hijos de inmigrantes. Es decir, americanos de Argentina tales como Delledon— 124 —


ne, Ulovich y Saúco, junto a los líderes locales Baldecich, Brassa, ferrocarril, tales como servicios postales, trenes, playas, señales, serenos, almacenes, mantenimiento y los talleres, establecieron una estrategia a seguir para la huelga que inauguró un período de lucha más largo del esperado: dos años. Iniciaron paros de dos horas para solicitar a la empresa la contratación de más personal para las zonas de materiales pesados, puesto que en ellas era donde el cansancio producía descuidos fatales; tanto en los que manipulaban las grúas como en aquellos que debían operar directamente con las piezas. Pero los paros se convirtieron en días enteros de lucha y enfrentamientos. kinson tenía recursos aún sin utilizar para neutralizar la fuerza de combate de box en el taller 16, que enfrentaría a Jack “Hook” eventos, para los cuales no dudaba en acondicionar alguno de los talleres cercanos a la calle del Comercio, propiciando con ello la asistencia masiva de público. Como era obvio, aparecían también otros que no lo eran, fueran ferroviarios o no, jóvenes o viejos. En de aquel sábado debía servir para espantar los malos espíritus huelguistas, y para abrir unos cauces más civilizados de negociación, en los que el inglés se defendía con mayor claridad y ventaja. No estaba exento de razón Wilkinson, ya que los combates se convertían en grandes baños de masas populistas en los que él no tenía inconveniente en sumergirse. Aquella noche no iba a ser la noche de la paz para Wilkinson. Y menos aún cuando hicieron su aparición treinta y dos hombres, completamente embadurnados de manchas rojas como la sangre. Fueron entrando al improvisado patio de butacas, para apresude la expeditiva ayuda de otros hombres armados con barras de — 125 —


hierro y porras. Habían pagado religiosamente su entrada, con lo cual nadie podía impedirles el acceso ni mucho menos la estancia en el recinto. Se preocuparon de colocarse en las primeras sillas alrededor del cuadrilátero y las cuerdas. Allí no dejaron de dar vivas y consignas a favor de la causa huelguista mientras duró el espectáculo. Las ovaciones del público general se repartían por igual entre los aciertos del púgil local y las consignas de los huelguistas, con lo cual ni siquiera en los momentos álgidos del combate se dejaron de oír sus gritos reivindicativos. Wilkinson tos quedarían ahogados al empezar los púgiles el espectáculo. Y así concluyó el primer round. En ciertos momentos el coro huelguista cambiaba el tono o los versos de sus peticiones y provocaba distracciones en los dos boxeadores. Comenzado el segundo round, aquello llegó a exasperar al púgil británico, porque, en uno de esos momentos de zozobra, entre un ataque de Aguirre y la conveniente retirada defensiva, se dirigió al árbitro en reclamación de tranquilidad, lo cual fue aprovechado por su contrincante para asestar un directo que llevó a la lona a Hook Logan. Por descontado que la bronca estaba servida: quienes habían apostado por el boxeador británico quisieron declarar nulo el combate, dadas las circunstancias extradeportivas en que se había producido el gancho de Aguirre. Algo a lo que los otros, no había ni que discutirlo, se negaron en redondo. El combate ya no podría reanudarse aunque los árbitros o los organizadores lo quisieran, así que Wilkinson tuvo que dar el evento por terminado y pedir a las autoridades ayuda para hacerlo con cierta seguridad y serenidad. Tras ser evacuados los talleres y el ring, con la intervención de la policía, los agitadores se las ingeniaron para trasvasar la demanda a la calle, soliviantando a ambos grupos: aquellos que apoyaban al irlandés y a los que no iban a permitir se arrebatara la victoria al púgil local. Habían arrojado a los pies de Wilkinson la comprometida decisión salomónica de anular el combate, perjudicando enormemente la convivencia al tratarse del héroe local Aguirre; o la no menos comprometida de dar por

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válido el resultado, contraviniendo las reglas del deporte, en su más exquisito y británico sentido. El domingo por la mañana amaneció con una gran humareda negra en la ciudad que provenía del incendio de unos vagones en las cercanías de los talleres situados en la calle del Comercio, al lado del taller 16, donde había tenido lugar la pelea entre Logan y Aguirre. La policía se había empleado con moderación en los disturbios, sabedores de que los organizadores estaban bajo control según informaba el comisario Sánchez a Ramos durante el desayuno. La casa de Ramos se situaba en la Calle Sarmiento, encima de los enormes salones dedicados a almacenar ultramarinos y las bodegas, que eran los negocios visibles del gallego. Hacia atrás, la altura de la casa le permitía tener una vista de pájaro desde la amplia terraza, sobre el río Cruz del Eje. En el centro de la terraza, reinaba una mesa de forja blanca con sus sillas, custodiada por un cenador de mimbres y cañas tacuaras, pintadas de blanco. Mientras daban cuenta de cuatro grandes rodajas de naranja sin piel, rociadas de un aromático vermú, pidió el café, el pan tostado y que avisaran al gobernador de los sucesos. Aunque la vista de hoy no es halagüeña, hay que decir que tiene una hermosa casa . —Pero poco tiempo para disfrutarla, amigo Colinas. Ya ve. Entre el café cantante, el negocio de la alimentación y las bodegas... gobernador de los sucesos? La mirada dura de Ramos dejó entrever que estaba calibrando el sentido verdadero de la pregunta. Pero no tardó en recomponer su gesto amable, al contemplar el sonriente rostro de Colinas. Era un touché puramente deportivo y fraterno. Después de la carcajada, Ramos continuó: —Es que hoy vamos a inaugurar la Sede de la Sociedad Española de Cruz del Eje y el gobernador está entre las autorida-

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des que hemos invitado. Supongo que querrá estar al tanto de lo acontecido, por si le preguntan, para ofrecer un punto de vista. Hubo entre ellos un silencio largo que sirvió para disipar los últimos vapores de tensión. Ramos evitaba casi volver a enconcuperar las facultades al completo antes de enfrascarse en más retórica con el recién llegado español. —Nos gustaría que Ochandiano y usted estuvieran presentes en la inauguración, y que si no tienen inconveniente, dirigieran un tinte patrio. Como ven, señores, su venida a Cruz del Eje se ha adelantado a nuestros deseos y no puede ser más oportuna. La Sociedad Española de Socorros Mutuos se situaba en lo que había sido el antiguo café del vasco Arias, que fuera en su momento lo primero que pisó Ramos a su llegada a Cruz del Eje en 1897. Se erguía en el lugar más céntrico de la calle del Comercio. La larga galería, que cruzaba hasta la calle trasera, se convertiría en el primer pasaje de comercios y tiendas de la zona, ya que junto a ella se había abierto el enorme Café Español. Y encima de éste café, el gran salón de convenciones y reuniones. Era uno de los sueños que había sido largamente acariciados por Ramos y otros gallegos emprendedores. A pesar de que querían inaugurarlos el 12 de Octubre de 1916, para conmemorar la fecha, debieron retrasarlo por problemas propios de una construcción nueva y la ya entonces conocida como “burocracia”, ante la que ni los guió que se produjera en Octubre. De 1917. El gobernador se presentó con una hora de retraso en el lugar de la cita, habiendo hecho esperar a otras autoridades como el comisario Sánchez, al jefe político de Cruz del Eje, Florián Carro y al obispo. Pero se hallaban allí también representantes de las comunidades inmigrantes más destacadas en la zona noroeste de la provincia de Córdoba, como la italiana, británica, eslava, turca, sirio—libanesa, alemana y armenia.

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—Dignidades, señoras y señores —remarcó el vocativo el gobernador en su mejor momento del discurso, para culminar: —Aquel babel casi impensable viste hoy los mismos trajes, los mismos sombreros, habitan las mismas calles y barrios, tejen los mismos sueños, y hasta conducen los mismos coches de caballos, también de los mecánicos, que se venden y arreglan unos a otros; ese babel casi impensable se reune los domingos en el paseo de rigor por la calle del Comercio. Se ven las caras en las mismas escuelas para sus hijos, donde tan solo leyendo la lista de alumnos se asiste a una clase de idiomas. En todo momento, el gobernador no perdía la mirada de cada uno de los representantes de las comunidades, quienes asentían con gravedad, para no olvidarse de las revueltas, pero satisfechos con la invitación de los españoles. —Y son, a partir de hoy, el plantel de nuestra nueva patria, variada, mezclada y sin embargo única en tan solo un aspecto: el futuro. Ese babel casi impensable que no olvida sus comidas por ellos; en el que se puede empezar de cero, dejando atrás vida, madre, tierra y pecado. He dicho.

la jornada. El domingo, día de descanso, parecía haber impuesto su ley incluso a los activistas de la noche anterior, puesto que no hicieron su aparición en el acto, tal y como Colinas y Ochandiano barruntaban. Un hecho que no dejaba de ser llamativo y curioso. Todo se desarrolló según el programa planteado para la celebración, incluido el almuerzo multitudinario que se sirvió en los salones de arriba, donde no faltaron las gaitas ni las guitarras. Había que ser acogedor. Aunque fuesen ese día españoles en su mayoría, gallegos casi todos y muchos tanos. De los que ocupaban la mesa presidencial, echaron en falta a Ralph Wilkinson. Pero él se había excusado de asistir por razones obvias para todos. Debía atender urgentemente sus asuntos como gerente general del ferrocarril, a la espera de recibir ór— 129 —


denes de sus superiores de Buenos Aires. Se habían producido daños de importancia que había que reportar. Gorgonio sabía que Lezama no podía renunciar a estar presente ni faltar a un acto de esa índole. No tenía la menor de las dudas de que el coronel debía estar entre ellos y, sin embargo, Colinas fue incapaz de localizarle. Eran más de trescientos españoles y algunos invitados más, que hacían inviable reconocer en búsquedas raudas un rostro que había visto solamente en un retrato. ¿Estaría trabajando en los talleres, como uno más, o en las obras de vías? ¿Se habría dado ya a conocer como ingeniero? Porque estaba claro que no se habría presentado como militar ante nadie, salvo ante su conciencia y su Rey. Ambas instancias estaban lejos. Muy lejos. Tanto como Cruz del Eje.


Día 10 La F.O.R.A. lledonne con fuerza. La muchedumbre contestó con un rugido sobrecogedor. No se había visto antes en la ciudad tamaña demostración de poder y unión. El mismo Delledonne comentó con Ulovich, mirando ambos hacia sus seguidores, saludando con los brazos levantados mientras intentaban acallar a la multitud que se agolpaba en el salón de La Fraternidad. Con emoción, los dos señalaban hacia el cartel con las siglas de la F.O.R.A. que alguien había pintado toscamente sobre una sábana vieja: —Es nuestra ocasión, Ulo. Es nuestra ocasión. El enorme salón no pertenecía al sindicato de ferroviarios, pero se había producido una toma de posesión de facto del local, puesto que últimamente sólo era utilizado por ellos, algo que inse mantenían detrás de Delledonne, casi aupándole al pequeño escenario, para que iniciase su arenga. Tardó minutos en poder empezar, dado el murmullo continuo de los ferroviarios, impacientes por dar comienzo a las movilizaciones. de anoche no es más que la demostración de que la fuerza de la mano trabajadora sirve para algo más que manejar máquinas — el clamor de los asistentes se hizo dueño de la sala. Delledonne no podía haber empezado mejor su discurso. Su acento italiano todavía pronunciadamente presente, y sus ropas dignas pero muy modestas, cargaban sus palabras de una auto-

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ridad inaudita hasta ahora entre sus compañeros. Pero la mejor parte aún estaba por venir. para mover piezas, también para mover voluntades más pesaconseguido que se acallara para escuchar sus palabras. Las casi seiscientas voces allí presentes hicieron silencio. En ese momento, Delledonne comprendió el regalo teatral que le estaban haciendo, y empezó a buscar con la mirada al caballero que se había acercado a ellos el día anterior. Aquel inglés que se había presentado como mensajero de la West Indies, para preguntar qué querían, había llegado a ofertar puestos de responsabilidad para los negociadores, incluso traslados a destinos fuera de la ciudad, el que quisieran pedir. Dinero. Se llamaba Thomas Langston. Le encontró allá al fondo del salón abarrotado de ferroviarios. Con aquella calma elegante y segura con que les había abordado días antes, se puso su sombrero Stetson blanco y sostuvo la mirada de Delledonne durante unos eternos segundos. Se dirigió a la salida del salón, puesto que acababa de oír la respuesta de los huelguistas, por boca de Delledonne. —¡La nostra forza sirve para descargar de los hombros trabaciación y arreglar lo que el destino tiene preparado para aquellas Enardecida la multitud, ya sólo quedaba lugar para el aplauso y la ovación. En ese momento el aire del salón tenía ya un color signa, del viaje sin retorno que muchos habían ya comenzado en ardían sin remedio y solo quedaba mirar hacia delante. —¡No se dejen engañar por ese inglés falsario que quiere manejarnos a su antojo con distracciones, usando a esos dos pobres púgiles, almas inocentes y proletarias, confundidas por el peso

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Era necesario reconducir la movilización a su verdadero sentido y objetivo. Muchas eran ya las familias que se habían quedado en la miseria por no recibir ayuda de ningún tipo, tras la pérdida de su hombre. Eso, por lo que respecta a la previsión. Y los talleres, en cuanto a la seguridad, necesitaban reorganizar la producción y la mano de obra. En algunos puestos sobraban manos, o las que desarrollaban el trabajo eran manos inexpertas. Cuando sobraban los empleados, se les despedía, sin más. Cuando hacían trabajos delicados sin experiencia, las consecuencias solían ser una desgracia. Era frecuente la pérdida de miembros, para dejar a un hombre impedido para siempre. Era la hora. La hora de la F.O.R.A. —¡Hoy domingo tomaremos una determinación sobre lo que dos horas aquí mismo, y someteremos a su decisión lo que hayaLos ferroviarios empezaron a salir del local entre voces de coquedaron encima de la pequeña tarima que hacía de improvisado escenario para recibir el saludo cordial y el apretón de manos de amigos y compañeros. Delledonne ya dejaba traslucir en su mirada el gesto preocupado por la situación que debían afrontar. Ulovich mantenía el espíritu del grupo con mayor displicencia, aunque no se sabía a ciencia cierta si era por tranquilidad o por inconsciencia. Delledonne fue el primero en abandonar el salón para dirigirse a la pequeña sala junto al escenario, que debía servir como vestuario en las representaciones o para guardar las cosas de los músicos en los bailes de la Sociedad Ferroviaria. Allí se reunieron alrededor de una mesa iluminada por una claraboya cenital, desde la que entraban rayos de sol oblicuos directos a la silla que eligieron sus compañeros para Delledonne. Allí, otra media docena de hombres componían el comité reunido para estudiar las posibles acciones de la semana. Necesitaban determinar el futuro de las movilizaciones, ya que se habían hecho cons-

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cientes del poder que tenían en sus manos ahora, con el salón lleno de ferroviarios de voluntad entregada. Tras media hora de debate, tan sólo habían conseguido aclarar el punto de partida. Ulovich se mostraba más creativo en la lluvia de ideas, pero Delledonne aportaba su gravedad y sentido común. —Los paros de dos horas son inútiles, porque sólo sirven para que nos las descuenten del salario semanal. Hay que obligar a Wilkinson a sentarse a hablar. Y eso es muy difícil —declaró Ulovich. —No le duelen las horas de retraso. Sólo habrá que trabajarsiente. Ya se sabe que está llamando gente de Buenos Aires y Córdoba para trabajar, pero para despedir a los que hagan huelga... —advirtió Yasante. Y continuó: —Con los paros sólo conseguimos eso, menos dinero y más conseguir que nos atiendan. Si llegan los trenes con la gente nueva, nos van a despedir a todos sin demoras. Todos sabían que había una causa principal para que la huelga no prosperase. Se trataba de la unidad de todos los trabajadores de la empresa. Pero ese era precisamente el toro que había que tomar por los cuernos. Había una parte de los trabajadores que no colaboraba en la lucha dado su carácter estatutario. Todos —Los maquinistas. La culpa la tienen los maquinistas. No nos acabar con las voces. —Sin ellos, esto no se para. Yasante era maquinista y sabía que era cierto, que sus compañeros, en su mayoría, gozaban de un estatuto diferente al del resto de los trabajadores de los ferrocarriles, lo cual les permitía encontrarse también en situación diferente. Era una herencia de cuando la empresa pertenecía en su totalidad a la Compañía Inglesa originaria. Hoy se hallaban en una situación extraña, dado — 134 —


que los ingleses mantenían la titularidad sobre los trenes, aunque no sobre las vías. O a la inversa. Pero siempre manteniéndose al mando de la situación. ajena al grupo de los que estaban reunidos a la mesa, desde la oscuridad del rincón de la puerta. —Esa es la única forma. Todos se giraron hacia la esquina de la sala desde la cual procedía la voz. Se dispusieron en sus sillas para atender al de la propuesta, que se hallaba aún en el umbral de la puerta. —Pase y cierre la puerta —pidió Delledonne. El recién llegado se acercó a la mesa de Delledonne muy desla recepción y el impacto de su idea, antes de exponerla con detay entonces se lanzó con voz clara y segura. —Hay que cortar el tránsito de trenes en todos los ramales. ros, Ulovich y Delledonne para contener el vértigo que les provocaba la inminencia de una lucha en toda regla. La propuesta del desconocido era valiente. —Audaz, el galleguito —comentó Ulovich al escuchar hablar al aparecido. —Sin duda. Pero es necesario ver la forma de hacerlo, que —¿Cómo se propone que lo hagamos?—preguntó Delledonne curioso. Estaba claro que no resultaba fácil plantear esa posibilidad y que la idea debía venir bien sustentada. —Hay varias posibilidades. Así que ustedes mismos tomarían la decisión. Se produjo un momento de expectación entre los presentes. Delledonne recorrió a todos con la mirada, para averiguar sin alguien conocía al de la propuesta, pero los hermanos Toranzo, Brassa, Yasante, Baldecich y Sauco levantaron los hombros mos-

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trando no saber quién era el gallego. Ulovich fue quien abrió fuego otra vez: ahí. —Hay formas inocentes de hacerlo sin dañar las líneas —continuó el recién incorporado. —Se apilan durmientes y se les planta fuego, animado por petróleo. —Ya ha dicho usted que es una forma inocente de cortar el tránsito durante unos minutos —reprochó Delledonne. —Pero hay otras formas más contundentes. Podemos levantar algunos rieles enteros y hacer que descarrilen los trenes. Sólo que cuando faltan los rieles, se ve con facilidad. Y daría tiempo al maquinista a detener el tren antes de llegar. Costaría tiempo, pero en una o dos horas se podría restituir el tránsito... Delledonne empezaba a mostrarse impaciente por la poca intensidad de las propuestas y derivó su mirada a unos papeles que había sobre su mesa. —Aunque todavía queda una más disuasoria—dijo el gallego. Los presentes callaron de repente, mirando al desconocido con ansiedad por conocer la tercera y más esperada propuesta. —Se trata de cortar solamente un fragmento del raíl. CincuenDejaron que sus miradas se encontraran una vez más, busse levantaba un raíl entero, se podía ver desde una cierta distancia, sobre todo si el tren circula despacio, que era lo habitual en los trenes mientras circulaban cerca del casco urbano. Pero si se alejaban de la ciudad y cortaban un trozo de raíl en zonas despobladas, donde los trenes aún venían a velocidad de crucero, el pedazo ausente originaría un descarrilamiento seguro, sin posibilidad de ser visto para evitarlo. De esa manera se garantizaba una interrupción duradera del tránsito. —Pero necesitaríamos explosivos para hacer eso. Y los explosivos llaman la atención. Estarían prevenidos. Además, no nos sería fácil conseguirlos. — 136 —


—No necesitaríamos explosivos. Nuestros compañeros de los talleres podrían ayudarnos con las soldadoras. Si aplicamos frío al raíl con hielo, y además con la soldadura abrimos un corte en un punto concreto, y golpeamos secamente, es fácil que arranquemos el trozo. Aún si no lo arrancamos, nos bastaría con torcerlo hacia fuera. Y tendríamos que hacerlo en varios puntos. Y por lo que respecta a los explosivos, sí podemos conseguirlos. Aunque no para aplicarlos a esto sino para otros menesteres. —¿Cómo se llama usted, señor? No quiero dar la bienvenida a nadie a la F.O.R.A. pasando por mal educado —consideró Delledonne.

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Día 12 La lucha

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ezama desplegó un mapa que traía cuidadosamente metido en un cilindro de cartón. Cuando lo tuvo extendido sobre la mesa, los hombres pudieron ver con claridad el sello de los ferrocarriles del Norte presidiendo la leyenda del mapa, en el que se veían los trazados de las vías a su ingreso en la ciudad. Todos se inclinaron sobre la mesa para observar lo cina de los ferrocarriles, quería decir que aquel gallego trabajaba allí. Y si trabajaba allí, no era de los analfabetos. Delledonne ya le había dado el espaldarazo. Los demás ahora tan sólo tenían que escuchar. —Ustedes conocen de sobra la red ferroviaria, vemos que a la ciudad entran tres vías principales, y que provienen desde tres orígenes distintos, formando una especie de triángulo invertido, y en el centro, la ciudad. Y también vemos que ese triángulo mantiene a todas las líneas comunicadas entre sí por las dos estaciones de Cruz del Eje: al norte, al sur y al oeste. Durante más de una hora, los reunidos discutieron con el recién llegado los detalles del plan. No iba a ser fácil, pero ¿cuándo se dijo que lo sería? Había que contar con la colaboración de personas de todas las áreas del ferrocarril. —Es necesario constituir tres grupos de trabajo con un mando en cada uno de ellos. Se desplazarán a su punto y allí cortarán la vía. Acordaron esperar unas horas para ver cómo se decantaban los hechos. También era evidente que no podrían exponer públicamente cuál iba a ser el procedimiento de los activistas,

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momento eran espontáneos y una vez formada la comisión directiva de la huelga, convertirían la asamblea en constituyente y darían así formalidad a los cargos. Salieron de La Fraternidad a la hora de la comida, tras haberse dividido la tarea y sus responsabilidades. Ulovich y los hermanos Toranzo se separaron de Delledonne y Baldecich. Tras la reunión en la Fraternidad supieron que nombres estaban ya en poder de la empresa, de Wilkinson, que decidiría sin despeinarse y de un plumazo sobre los destinos de todos ellos, como quien decide cambiar de camisa, en segundos y sin el menor de los prejuicios. Pero aquellos hombres tenían ya poco que perder, habiendo venido a Argentina, dejado atrás su propio país y familia. Ahora el mundo se había puesto ante terpretado, coloreado con tonos a placer. Todos ellos sabían lo que querían e imaginaban su propio cuadro, con sus reglas, con sus propios colores. Muchos de ellos ajustándose a restricciones de cubista o arquitecto. Manteniendo la perspectiva razonablemente aplicada. Otros a brochazos tan anárquicos como Dios les daba a entender. Pero todos ellos seguros de hallarse ante su propio futuro. Su propia vida. Tendrían que ponerse en campaña de conseguir que algunos compañeros de los talleres se quisieran incorporar a la lucha. Habría que conseguir sacar las soldadoras autógenas de los talleres sin que nadie les estorbara. Después de conseguir los materiales necesarios, los tres grupos se repartieron el trabajo de ir a los puntos adecuados a producir el corte de raíles. Al analizar la estrategia, repararon en el hecho de que si uno de los ramales no era correctamente cortado, permitiría a un tren unir los puntos incomunicados de manera más lenta y larga, sí, pero convirtiendo en inútil toda la maniobra de los huelguistas. Delledonne, Mario Toranzo y Baldecich se dirigieron a la línea de La Rioja, el ramal del oeste por el que venían grandes cargamentos de mercancías con destino a la Capital Federal. Ellos decidieron que había que cortar fuera de la ciudad, — 140 —


en la parte todavía llana. Ocurría que, una vez dentro de los límites urbanos, la vía se elevaba a lo alto de un terraplén que haría caer al tren si descarrilaba, dejando la vía libre. Pero además, si un tren caía, no sólo dejaría la vía expedita, sino que también podrían ocasionar muertes, algo a lo que se negaron todos. ramal del norte, el que unía Cruz del Eje con la ocupadísima línea de Deán Funes. Brassa pidió con insistencia acudir con este grupo, que le resultaba especialmente morboso, puesto que toda el azúcar que se producía en los ingenios ingleses del Tucumán circulaban por estas vías, para pasar hacia el gran puerto de Buenos Estación Sur que era el que provenía de la ciudad de Córdoba. Lezama y su piquete tenían que ir dos kilómetros más al sur de la estación, y cortar justo antes de que las vías se repartieran en dos direcciones. Después de haberse encontrado en la propia estación de Toco-Toco, marcharon llevando la soldadora sobre una chata con su mula, que era préstamo valioso —su único bien—del suegro de Hugo Toranzo. Llegados al punto de separación de las dos vías, Lezama comenzó a dar soldadura al raíl, mientras Ulovich y Hugo Toranzo aplicaban hielo al metal. El cielo ya clareaba y pronto, a esa hora de la mañana, entre las siete y las ocho, se produciría tos habría tres trenes descarrilados, uno en cada línea. Además, los cables de telégrafos iban a ser convenientemente seccionados para impedir avisos contraproducentes que dieran, por tanto, al traste con el operativo. Sin comunicaciones y sin trenes, la empresa tendría que avenirse a resolver los problemas y discutir con ellos lo que hasta ahora era materia indiscutible. Temprano, por la mañana, una bulliciosa muchedumbre empezó a juntarse a la sombra del puente, al fondo de la calle Florida y Sarmiento. Allí, frente a la puerta principal del Hotel Del Plata estaba previsto que arrancase la manifestación a favor de los trabajadores ferroviarios. Se habían congregado allí miles de personas, pues la ciudad se estaba volcando con el millar de tra— 141 —


bajadores que se asociaban en el gremio, acercándose a ese puente. Un puente que se había convertido ya en todo un símbolo de la industrialización con diseños europeos al estilo del ingeniero Eiffel. Su estructura metálica formaba parte de la línea de La Rioja, la que debía ser cortada por Delledonne y su grupo. Aparentemente, todo se había realizado según lo planeado. Dos grupos habían regresado ya al lugar acordado aunque todahabían vuelto, ni nadie supo dar noticias de ellos. Lo que sí oyeron, a las nueve y media de la mañana, fue el soplido desaforado de una máquina tipo 600, pasando por encima de sus cabezas a ción al tren que, se suponía, ya había descarrilado en la línea de La Rioja. —Pero, ¿de dónde carajo sale ese?—preguntó Delledonne. era cómo había llegado hasta la ella, si se debía suponer que la llegada a la estación le era imposible, de haberse cortado el raíl apropiadamente. La única explicación era que la vía del último grupo, el del norte, por donde aquella máquina había aparecido rugiendo, había fracasado. No habían cortado la vía. —La locomotora 600 con número 4563 es la de Gallardi. Éste viene de Deán Funes —precisó Ulovich, sacudiendo la cabeza, apesadumbrado y decepcionado por el esquirolismo de su colega. cieron agitados: Brassa, que debía llevar y encargarse de la soldadora, no se había presentado a su hora. Ellos intentaron improvisar algún material para cortar acudiendo a amigos de la zona, pero no les había dado tiempo. El tren había aparecido y silbando a gran velocidad casi les había pasado por encima. —Si esa vía no está cortada, no hemos hecho nada —añadió— Y si no está cortada, les hemos dado un tiempo precioso. El responsable de Movimientos, Constantino Plaghos, debe de haber tenido alguna idea —contestó Lezama. Decidieron ir a ver lo que ocurría con el tren que acababan de ver. Lezama y Delledonne montaron a caballo y salieron como

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exhalaciones hacia el descarrilamiento al que iba a socorrer ese tren. Mientras cabalgaban al galope, se preguntaban qué había podido ocurrir. Lezama se temía que algo olía mal en aquello. El italiano no quiso seguir la conversación, por no desmoralizarse. Cuando llegaron al lugar, encontraron toda una intendencia ya montada: había ya más de una docena de carros cargando parte de los bienes que venían en el tren, para traerlos hasta la estación o pasarlos al nuevo convoy que acababan de ver, que ahora de improvisados estibadores. Las tareas de carga y descarga eran llevadas a cabo por veintiséis armenios que venían de La Rioja, con la intención de trabajar en la mina de oro de Joseph Louton. Los carreteros les contrataron en el acto para estibar lo que fuera posible de un tren a otro y a los carros. Había un capataz organizando el trabajo de transporte. Era José Coutiño, aquel carrero que había transportado a Gorgonio y a Ochandiano hasta el hotel en su sulky, quien capitaneaba la que ya se había juntado alrededor de los trenes. Las recuas de pecherones de Coutiño eran famosas más allá de las sierras, adonde solía ir a las cosechas del trigo o cebada. No cabía duda de que tanta agitación y diligencia no presagiaba nada bueno. El gallego había aprendido en su pueblo que la resignación ante un sino adverso era algo propio de buenos cristianos, pero allí, en su nueva tierra, aprendió que la resignación era para los perdedores, y que la ocasión brotaba como las hierbas de la sierra. Todo era cuestión de pillarlas en el momento adecuado y en el sitio adecuado. Ofreció sus servicios, y la West le contrató en el acto. Sobre las once de la mañana, el propio Coutiño traía un carro hacia la estación, cuando tropezó con el grueso de la manifestación, que subía la cuesta de Florida. Jaleó los caballos por el Se produjeron momentos de tensión cuando algunos decidieron abrirse ante la llegada de los caballos y otros gritaban desaforados llamando a la resistencia sin temores. Los caballos alcanza— 143 —


ron la multitud hasta casi tropezar con ella. Allí detuvieron su marcha, pues estaban asustados y casi empezaron a recular. Los que se hallaban más cerca vieron con claridad una mano armada con un revolver, que les disparó varios tiros. Uno de los caballos cayó muerto en el acto. El otro, herido, se afanaba en huir a toda costa y siguió tirando unos segundos hasta que tropezó con su compañero muerto y también cayó. Esa mano armada pertenecía a Brassa, quien había hecho los disparos y se abrió paso a empujones y disparando al aire para abandonar rápidamente el lugar. entendieron. Pensaron entonces que Brassa se había propuesto solucionar por sus medios la pérdida de fuerza de la huelga al había ocasionado con su incomparecencia en las vías aquella madrugada. A tiros. Brassa salió de la multitud corriendo. Coutiño y el carrero que venía detrás decidieron salir tras él. El hijo de Coutiño, Santiago, que iba junto a su padre, quiso acompañarle en la persecución, a pesar de los avisos de su padre para que permaneciese junto al carro y los caballos ya muertos. Brassa había elegido correr calle arriba, en el mismo sentido que llevaban los carros antes de los disparos. Corrían hacia las vías, en la calle Mitre. Brassa giró a la izquierda, y eligió la calle de tierra paralela a las vías. Tan sólo un momento después, volvió la cabeza para mirar a sus perseguidores y se dio cuenta de que quien más corría era el niño. Miró otra vez hacia delante y decidió entrar en un patio de vecinos. Allí, corriendo entre las gallinas, se paró en seco. En medio de una nube de polvo y plumas al aire, se dió la vuelta y decidió esperar quieto, en el centro del patio, apuntando el revólver con pulso agitado hacia la puerta por la que acababa de entrar. Se oía a Coutiño dando voces al niño. El niño apareció por la boca de luz del portal casi simultáneamente a su padre. Ambos se detuvieron al ver a Brassa apuntándoles con el arma. Coutiño, quien abrazaba a su hijo para protegerle. Los tres res-

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piraban con agitación después de la carrera. Brassa, entonces, acorralado, dijo con la voz entrecortada por la fatiga: —Escucha y que no se te olvide, hijo de puta. Esta huelga es para todos y de todos—dijo Brassa. Y disparó dos veces. Una a la cabeza y la otra al tórax. Coutiño sólo pudo caer al suelo tras los estruendosos disparos. José Coutiño, el carrero gallego, ya había perdido el habla cuando apareció ante los demás en la calle Florida, llevando el cuerpo sin vida del niño.

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Día 13

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a multitud se acalló repentinamente en un silencio que causó estupor. ¿Cómo era posible aquella muerte? Nadie había presenciado la escena del corral. Nadie había sido testigo de la crueldad de Brassa, apuntando al niño y disparando. Pero no hizo falta presenciar los disparos para que se dieran cuenta de que los huelguistas, con aquello, habían traspasado la roja línea que separaba el activismo de la crueldad terrorista. Nadie entendía por qué Santiago Coutiño, de diez años, ahora era un montón inerte de treinta y cinco kilos, en brazos de su padre. Algunos sopesaban que quizá había sido un accidente en medio de la fuga. Otros intentaron buscar la explicación en quienes tenían a su lado. Apenas un instante después, la manifestación se tornó en una confusión de gritos de condena y pasmo, que empezó a dispersarse sin prestar ya oídos a consignas ni reivindicaciones. El hombre depositó el cadáver del niño sobre el carro que seguía al suyo instantes antes de que todo aquello ocurriera. Sólo y en silencio, sin aceptar la compañía que le ofrecían, inició la marcha hacia su casa. Lezama y Delledonne se apartaron de la multitud durante unos momentos para intentar hablar y averiguar lo que había en el momento de los disparos, les informaron de que había sido Brassa, el mismísimo Achille Brassa quien disparara sobre los caballos y sobre el niño. Baldecich agarró de un puño la camisa de Delledonne para pedirle que repitiera lo que acababa de decir. Al donde sentarse con las manos en la cabeza. Transcurrida una hora, la situación era tan crítica que debían tomar una decisión urgente, y sin lugar para la duda o la demora. A pesar de la confusión del momento, no era aconsejable perder — 147 —


el sentido claro de lo que tenían que hacer. Acababan de dar la más incondicional y aplastante de las razones para que el pueblo les quitase su apoyo. Por supuesto, la acusación no tardó en recorrer las calles de la ciudad, puesto que el ferrocarril culpaba a los huelguistas de adoptar medidas puramente criminales y asesinas para conseguir sus objetivos, llegando a matar a tiros a un niño de adultos. Por su parte, la F.O.R.A. desplegó carteles por la ciudad en los que apuntaba directamente a la dirección del ferrocarril como culpable de causar la muerte del niño con la aviesa intención de producir una ruptura social, en contra de los trabajadores. La tensión se podía respirar en el ambiente, puesto que la calle no iba a perdonar fácilmente aquella barbaridad. —Sin el apoyo del pueblo, no hay huelga que valga. Pero las luchas contra los poderes son crueles y ciegas, amigos —explicó Delledonne. —Tenemos que dar un paso más. ¿Alguna idea, Lezama? —Lo que viene después de lo de las vías es parar el centro de mos pararnos a dar explicaciones. Ya las daremos cuando sean necesarias. Y posibles. Ahora mismo no lo son. Consideraba Lezama —y con razón— que no era aquel momento de pararse, puesto que por mucho que desearan dar explicaciones a la ciudadanía, nadie entraría en razón, salvo los incondicionales y llevar un mensaje claro a la población debía ser trabajo del periódico local. De momento, todo retraso o inona —sentenció Delledonne. Al terminar la reunión que hicieron en casa de Delledonne, versación y las ocurrencias últimas, cuando vieron entonces que Baldecich se abalanzaba hacia la acera desde el zaguán, mientras profería un juramento. Delledonne le siguió. Se había percatado de lo que ocurría y tuvo que gritarle: — 148 —


—Baldecich, no lo hagas. No vale la pena. Te digo que no lo hagas. Baldecich dijo algo en voz baja que los demás no pudieron cho entusiasmo y bajó la cabeza. —No lo hagas, Baldo. No —volvió a pedirle Delledonne Baldecich y Brassa aún mantuvieron un diálogo que se prolongó más allá de lo que hubieran deseado. Hablaba la pena con arma con la que apuntaba a la cabeza de Brassa. Y no tuvo más remedio que darse la vuelta para no arrepentirse. Brassa soltó una carcajada impotente y les dejó caer lo que sabía: —Ya saben que ahora vais a ir a la estación. Ahora hay policías allí. Y Plaghos los ha distribuido a lo largo de la única línea que queda sin cortar para protegerla, pero en la estación misma seguramente serán pocos. —¿Y tú qué sabes de eso?—miró Delledonne muy curioso a Brassa, aunque ya daba por supuesto lo que ocurriría. Aún así tuvo tiempo de dedicarle una mirada prometedora. Lezama, Delledonne y Baldecich ya se habían dado cuenta de que Brassa les había traicionado, contándoles a Wilkinson y los suyos lo que hacían los huelguistas, pero además, ahora sabían que era un asesino. Toranzo tienen las armas —dijo Baldecich. Pertrechados con cuatro carabinas Winchester, y siete revólveres de Smith & Wesson, se encaminaron hacia la calle del Comercio para ir a las cercanías de la estación. Mientras iban de camino, Lezama dio algunas explicaciones sobre el uso de las armas, sobre cómo recargarlas con precisión y rapidez. Notó que casi todos sabían hacerlo, y que no era la primera vez que usaban armas. Tuvieron varios encuentros en la calle, pero siempre eran conocidos de alguno de ellos, así que se sintieron medianamente seguros. plantearon producir una primera andanada de disparos con la — 149 —


cual intimidar a los hombres de dentro. Lezama y Delledonne acordaron que ellos dos harían su entrada para dar a Plaghos por relevado de sus responsabilidades. Los huelguistas que trabahombres. Plaghos tenía un asistente directo, llamado Juárez. Dos responsables de los planos con el tránsito de los trenes, misión encargada a los primos Sabatini en los turnos de día. Y, por último un factor de mercaderías y cargo en general, que solía salir y entrar de las dependencias para sus inspecciones. Ese había sido el trabajo que Ramos había desarrollado al principio de su estancia en Cruz del Eje. Con ello, había conseguido relacionarse con todos los comerciantes, productores y comisionistas de la zona. Aquello le había dado al gallego una perspectiva clave del trasiego diario, no sólo de mercaderías, sino también de voluntades, pareceres, tan tornadizos como cualquier bien perecedero. Empezaron a situarse en posiciones en el exterior. Delledonne y Lezama se repartieron los hombres en dos grupos que capitanearía cada uno de ellos. Los mejores tiradores, los hermanos Toranzo, se iban a quedar fuera para apostarse en buena posición de tiro, en caso de que hubiera compañía. Tres se iban a ir con Delledonne hacia la puerta delantera tras los primeros tiros y los otros cuatro se irían con Lezama a la puerta de atrás, la más cercana a la paredes exteriores de la estación. Iban a entrar por las ventanas si era necesario. Los que acompañaban a Lezama habían levantado ya un durmiente de palo de quebracho, para usarlo como ariete contra los ventanales. Lezama le pasó su arma a uno de los Toranzo para ayudar a los que portaban el madero. cina. Los cristales se rompieron en una lluvia de pedazos, que se mezclaron con la humareda y la explosión de los disparos. Apuntaban directos a los que llevaban el durmiente. Los hombres comenzaron a dispersarse como Dios les daba a entender, algunos heridos por las astillas del durmiente y otros con restos de posta en la piel. Allí, de pie mientras intentaba dar órdenes a los hombres, el primero en caer fue Lezama. Le habían alcanzado en un muslo y en el abdomen.

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El tiroteo alertó a los policías que se hallaban a lo largo de las vías, en las cercanías de la estación. Y, por descontado, acudieron el apoyo de las armas del Tiro Federal, el club local de tiro, y alguna que otra aportación personal. La retirada no fue fácil, teniendo que ayudar a Lezama a moverse entre los disparos a discreción que ordenara Constantino Plaghos desde dentro. Hugo Toranzo, que disparaba desde las distancia, dejó su arma en el suelo y se arrastró junto la pared, justo por debajo de la ventana, a la sombra de los disparos. Se acercó a Lezama y le llevó a rastras hasta la salida. Una vez a cubierto, se levantó y cargó a su espalda a Lezama. A duras penas salieron del fuego que les llovía desde el se vieron en la calle, y, aunque con algunos heridos, fueron discasa de algún médico y decidieron que lo más cercano era buscar a Herman Gassman, que había instalado consulta en la vuelta del Pasaje España, bajo el local de la Sociedad Española, a tres manzanas de allí. Minutos más tarde, Delledonne y uno de los Toranzo entraron con Lezama en la consulta del doctor precipitadamente y éste les atendió casi de inmediato. No habló durante la intervención, que duró más de una hora. Cuando hubo terminado, el médico se dirigió a Lezama Los dos son disparos casi limpios. Pero el de la pierna le dolerá más. Hay algún rasguño en el hueso y tardará tiempo en sanar— dictaminó Gassman usando su fuerte acento sajón. No les quedó más remedio que poner al médico al corriente de las razones de las heridas. Un enfrentamiento inesperado y un ataque alocado. —Caballeros, permítanme que les transmita mi repulsa más enérgica por lo que han hecho ustedes con ese niño. Tengo el deber de atenderles, pero no el de entenderles. En cuanto hagan efecto los calmantes, tengan la bondad de abandonar mi consulta.

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—Doctor Gassman, la muerte de ese niño no es parte de nuesdecich. —Solamente tiene usted que ver que el pueblo se ha alejado de nosotros y es lo último que queríamos. Se debe a comportamientos aislados e individuales... El médico rebatió enfurecido: —Explíquenle eso a Coutiño y a su esposa. Señores, en esta guerra no existen los comportamientos individuales. Un hombre armado, si no está sujeto por la disciplina de los uniformes, es una serpiente venenosa. Ahora, tengan la bondad de irse de mi consulta. Delledonne, los Toranzo, Ulovich y Baldecich llevaron a Lezama a la casa de un amigo común. No podían llevarle a ninguna de las suyas, dada la situación, pues era previsible que las autoridades quisieran actuar a consecuencia de la muerte del niño, pero lo que no era previsible iba a ser la actitud del propio Coutiño. Brassa, mientras tanto, se refugió en casa de la Ramonita. El primer trago de ginebra que dio a la botella, apenas consiguió abrirse camino por el gañote angustiado ante la furia que acababa de desatar. Con el segundo trago, largo y analgésico, la mano dejó de temblar al tacto del dinero bajo el colchón.

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Día 14 La casa de Ramonita

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espaldas de la estación se habían ido acumulando familias pobres, y pobres de solemnidad. Los había que habían llegado desde otras poblaciones en busca de algún futuro y habían fracasado en el intento. Se habían formado villas de chabolas, más o menos consistentes, en las que habitaban viudas olvidadas, huérfanos y otros marginados de la industria local, arrollados por la propia desidia, la mala vida o la imprevisión de las empresas. Ocupaban no solamente las casas de obra antigua y abandonada que quedaban, sino que también vivían en vagones de ferrocarril de vía muerta. Casi tan muerta como su futuro. Las chabolas escoltaban a las casas grandes como niños pobres a un dadivoso. Las chicharras sonaban con fuerza, acompañando al calor ardiente con solidaridad. El Mercedes-Benz se detuvo delante de las escaleras blancas de mármol sucio y desconchado, situadas en medio del muro que rodeaba toda la antigua propiedad y la separaba de la calle. Aquella casa era alta y llena de balcones huérfanos de sus barandas. Al caserón le faltaba también parte de la techumbre. En el jardín, que ahora era más bien cuadra y monte de pastura a un tiempo, había una higuera que enseñoreaba con su olor todo el lugar, y penetraba inmisericorde en las habitaciones. Solamente la planta baja de la casa era ya habitable: un zaguán servía de distribuidor hacia el que fuera un aristocrático salón de la casa, y las dependencias más vividas, como la cocina, el comedor de diario y la despensa, y a aquellas que servían como dormitorio. En el hogar de la chimenea habían hecho su nido una gallina y dos patos. A aquellas horas, parecían ser los únicos se— 153 —


res vivos de aquel lugar. En el salón, lo que en su día fueran dos elegantes sillones de estilo, con repujes en cinta de cuero y tallas, reclamación de justicia ante tal atropello de desorden y mugre. Llegó hasta una de las habitaciones, donde alcanzó a distinguir a Brassa, quien dormía la mona en una postura imposible sobre la camiseta que supo ser blanca. Las sábanas eran un lujo que había desertado ya hacía tiempo de aquel medio cuartel, medio conventillo, asilo de putas viejas y patio de Monipodio. Cuando dientes: —Imbécil hijoputa. —Dejalo tranquilo —le dijo la Ramonita, desde la puerta. su vestido prieto sus dos pechos jóvenes, morenos y sudorosos. La Flor de Lys días atrás. —Sigo sin entender qué haces malviviendo aquí, Ramona, en jaras... —pero interrumpió la oración al ver que la joven bebía el último sorbo de grappa de su vaso, para alejarse de la caricia que él ya le enviaba. Con la misma mano, decepcionada de no poder tocar a Rasacó entonces un fajito de billetes y lo entregó a la joven. Ramocanción. Acabado el brevísimo momento romántico que se pudo permitir, recordó a lo que venía en realidad, en medio de aquella tarde tórrida. bies de aires. La cosa se pone espesa para ese… novio tuyo—le dijo dándose la vuelta, camino de la puerta. Y salió. Se preguntó cómo era posible hallarse en disposición de perder la compostura por una mujer como aquella. Cómo era posible no reponerse de los arrastres a que ella le sometía. Justo — 154 —


cuando pasaba por el umbral del recibidor, se dio la vuelta para dirigir una mirada hacia Ramonita, de esas que anteceden a una frase muy meditada, largamente acariciada. Pero ella la desintegró antes de llegar a los labios, con un solo gesto de su mano. Se sacó el pelo de la cara para girar y adentrarse en la habitación pero habló con los tres ocupantes sin montarse, por si había algo más que decir en casa de la Ramonita. Los del coche se mantenían bajo sus sombreros al tórrido sol. —Brassa está dentro, Ramos. Pero no está en condiciones de entender lo que tienes que decirle. Se ha bebido una botella de ginebra de la buena. Parece que maneja dinero estos días... far. Pensó durante unos segundos. Prolongando teatralmente el momento, haciendo tiempo para que todos los que estaban allí se enteraran de que algo estaba a punto de empezar, algo serio. Lentamente se sacó el sombrero, lo miró por dentro y ambos lados. Le encantaba leer las etiquetas bordadas en el interior con la marca de “Fernández & Roche. Sevilla”, quienes le enviaban todos los años un ejemplar de su catálogo desde España, además de media docena de sombreros cada dos años. Mientras sacudía una minúscula mota blanca, dijo: —Por lo visto, Langston ha andado ya por aquí. Déjale dicho alguno de los míos le ve o le veo yo otra vez en Cruz del Eje, me encargaré de pegarle dos tiros. Con mis propias manos…

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Día 15

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y sus consecuencias corrieron como la pólvora. Ochandiano, que se hallaba a la expectativa de cualquier novedad, lo oyó en el salón del hotel Del Plata, mientras bebía su café y leía la prensa. El grupo estaba formado por seis señores trajeados pulcramente al mismo corte y altura, con las mismas cadenas de reloj y brillo en las polainas. Al amor de un café y vasito de soda, Ochandiano no tuvo el menor reparo en acercarse hacia aquellos caballeros lugareños que comentaban el asunto en su cotidiana rueda de actualidad. Y éstos le admitieron sin reparos como uno más. Allí se enteró de los últimos episodios de la revuelta ferroviaria y también de que uno de los heridos era “un español, incorporado recientemente a la lucha del sindicato...” Se dispuso a conocer más detalles del asunto, con lo que se acercó a preguntar a Don José Juliá. Minutos más tarde, Ochandiano corría como un poseso hacia el bar Español, apenas a dos manzanas, y allí localizó a Colinas, en plena plática con varios ancianos lugareños. —¿Cómo lo ha sabido, Ochandiano? ¿Dónde está? —Tenemos que averiguarlo porque no está en su domicilio habitual. A juzgar por lo que han dicho, alguien lo tiene escondido, supongo. Esto se pone feo. Salieron del Bar Español por la puerta de atrás. Pensaba Colinas que así despistarían a cualquier observador sobre su intención de ir al lavabo o a la salida del Pasaje Comercial. Era una maniobra que resultaba, en parte, de la deformación profesional — 157 —


del capitán de navío, que Ochandiano juzgó excesiva. Al salir del pasaje a la calle trasera, se dirigieron por la calle Alvear, coronaron el terraplén de la vía y la cruzaron. ruga, quien les envió un sonoro saludo desde el coche. Estaba saliendo a cumplir un encargo de Ramos. Se detuvo ante ellos por un momento para decirles que les buscaba ya que tenía que transmitirles una invitación de que habían sido objeto para la tarde noche del sábado. ñor Ramos. en el asiento, sujetando un maletín de médico. Al llegar a la esy condujo en dirección a la Plaza 25 de Mayo. go impaciente Colinas. —Resulta que tenemos una invitación para ustedes. Se trata cienda, en la que se cultivan treinta mil y pico de plantas de viña —Treinta y seis mil, para ser exactos—dijo el Dr. Gassman, sin apenas variar su posición. —Oh, disculpen mi torpeza, señores. El señor Colinas y el señor Ochandiano son huéspedes del señor Ramos, doctor. Señores, les presento al doctor Herman Gassman. Tras darle la mano con la incomodidad correspondiente al primero al doctor a atender un paciente que no podía venir a la consulta y luego continuaría con el relato de la invitación. —¿Les importa acompañarme? Será solamente un rato. Buediano con una complicidad que Colinas no supo interpretar.

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Diez minutos más tarde entraron en una calle lateral a Sarmiento, donde vivía Iris Pavón, no muy lejos de la plaza de la catedral. Iris era una activa poetisa muy conocida en la zona por con una gran palmera en el jardín delantero. Cuando el doctor volvió a sentarse otra vez al volante. —El doctor va a atender a un paisano nuestro, ¿saben? Uno de los que hirieron ayer en el intento de toma de la estación. Creo que se llama Lezama. Dicen que el tío es todo un carácter... — dijo al tiempo que se giraba. Comprobó que Ochandiano y Colinas ya no se encontraban en sus asientos. Se habían bajado del coche y entraban corriendo en la casa. Al ver a los dos hombres tan decididos, Iris Pavón comenzó a gritar llamando a su marido, al tiempo que cogía un gran cuchillo de cocina. Fue entonces a parapetarse en la puerta que daba acceso al patio interior de la casa y dijo: —Sé que el segundo de ustedes pasará, pero les aseguro que el que venga primero se va a quedar acá conmigo —gritó Iris llenita de convicción, blandiendo el enorme cuchillo a la altura de los ojos de Gorgonio. pedes del señor Ramos. —¿Y qué hacen aquí? Yo no he invitado a nadie —contestó Iris sin moverse. —¿Cómo está Lezama? —preguntó impaciente Gorgonio. —Eso se lo va a contestar el doctor mejor que yo, así que esperen fuera,... por favor. Iris Pavón bajó el pistón, ya con más calma, al ver que preguntaban por el herido usando su nombre propio. Salieron al jardín y al llegar a la palmera, perdiendo con la tó:

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—¿Se dan cuenta del lío en que me podía haber metido si esta mujer les alcanza con el cuchillo? un informe para Ramos. Al rato, el doctor Gassman salió de la habitación de Lezama y —Tenga la bondad de ir hasta la botica de mi mujer y pedirle que le suministre esto —dijo entregando una nota en la que le pedía un frasco conteniendo cincuenta pastillas de una sustancia que el doctor se hacía importar desde Alemania llamada aspirina. encargo del Doctor Gassman. Para eso estaba allí esa mañana. Durante el trayecto, Felisindo no hacía más que dar vueltas al asunto. Cuando había regresado con el medicamento, el médico dio instrucciones a Iris sobre el tratamiento a administrar al herido. —Esto tiene un gran poder antipirético y analgésico, Iris. Dale cinco o seis pastillas al día y le reduces la dosis a medida que redesaparecer. Si es que lo hace. Y ahora, deben dejarle descansar. —Necesito hablar con ese hombre —se apuró Colinas a decir. no está en condiciones de escuchar, por muy interesante que sea lo que tiene que decir, señor —Iris zanjó y se dio la vuelta. —Adiós. raba cuánto debía revelar y hasta dónde podía acompañar a los dos compatriotas que viajaban en el asiento de atrás. No estaba dispuesto a que aquello se le fuera de las manos. Requería una explicación que dar a su jefe puesto que no habían podido ver al paisano herido. Pero viajaron en silencio durante el trayecto a la casa de Ramos las claras: —¿Por qué quieren ustedes hablar con el activista, señores? — 160 —


estuvieran armados y que dispararan tan pronto, cuando los que debían estar más heridos eran los de dentro? Gorgonio quería desplazar el punto de conversación desde ellos hacia otro lado. Era obvio que alguien había advertido los huelguistas. Pero tanta rapidez revelaba que el traidor estaba dentro del grupo de los líderes. Y, además, Gorgonio también ocultaba uno de los líderes de la huelga. Apenas les cabían dudas ya de que Ramos tenía algo que ver en los movimientos de los huelguistas. En la Flor de Lys, Gorgonio ya había visto a Ramos negociando algo con aquel caballero espigado y elegante, a quien reconocieron como Ralph Wilkinson durante el combate de boxeo. El asunto era saber cuánto tenía que ver Ramos en todo aquello.

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Día 16 Joseph Louton

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urante aquel sábado, Colinas y Ochandiano entretuvieron su día paseando calle arriba y abajo, en los alrededores de la casa de Iris Pavón. Por turnos se aseguraron de no se produjese ningún movimiento extraño, aunque habrían tenido alguna ayuda en caso de necesidad. Ochandiano pudo atisbar el arma que llevaba Colinas dentro de su chaqueta. Ese dato reveló a Ochandiano el nivel de impaciencia de su socio temporal. Pero se tranquilizó al hacer sus cábalas sobre las posibilidades de llevarse a Lezama impunemente. Es decir, ninguna. Salvo que Colinas hubiese ya urdido un plan, del que no tenía ni noticias. Así las cosas y abortados dos intentos de entrar en la casa aunque sólo fuera a verle, Colinas decidió que no convenía agitar a Lezama antes de tiempo. Y aún menos sin un plan claro y despejado para la huída. Gorgonio le había encontrado, pero ahora Lezama estaba herido y quería averiguar sus condiciones para trazar un plan de huida. A España, ni más ni menos. Sobre las siete de la tarde, sentado junto a Ramos, Gorgonio diez kilómetros al sur de la ciudad, se hallaban enhiestos los pazona, donde, como decía el doctor Gassman, crecían las treinta y seis mil plantas de viñedo traídas expresamente de Francia para Don Joseph, en un intento de ennoblecer con injertos las parras locales, que ya daban alguna satisfacción al anciano Louton en da, como los que se construyen en las grandes heredades, con lu-

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cimiento de escudos y apellidos que previenen al visitante sobre la verdadera —y a veces pretendida— calidad de los amos. Los parrales se cubrían a aquellas horas vespertinas con nubes rosáceas. Todo mezclado con el naranja fuerte del sol del atardecer, era la escenografía perfecta en la que el matrimonio Louton de estilo europeo, con planta alta, daba la bienvenida convenientemente iluminado, como una diana situada en el centro del cade caballos en el galpón de la derecha. Por las ventanas salía una luz que se divisaba desde varios kilómetros de distancia, creando un resplandor espeso en torno a la casa. Con el silencio que le era inherente, el Mercedes de Ramos pisaba las rodadas de ripio para llegar hasta el porche de la casa. Cuando descendieron del coche y se acercaban a las escalinatas presenciaron la ceremonia de bienvenida. Allí, en el centro, se encontraba el todavía alto y espigado Don Joseph Louton, apoyado en su lujoso bastón para dar la mano a los invitados y besar detalles de protocolo se entreveía el nuevo código, el patrón en el centro, con las piernas muy abiertas, atestiguando la imponencia de las posesiones americanas, mientras la señora recibía en segundo plano. Aunque su castellano era casi perfecto, su acento francés tintaba la gramática de Louton fulminantemente. —Señog Gamos. Un placer. Sirva esta invitación para excusar mi ausencia el otro día de la inauguración de la Sociedad Española. Pero, ya sabe usted, a veces las cosas no salen como uno quisiera. En cualquier caso, bienvenido. —Por favor, Don Joseph. No se excuse usted. La nota que me sarla a usted, por no haber sido la madrina del acontecimiento. ¿Cómo se encuentra su salud? —Bien, gracias, José. Me gustaría ir en otra ocasión a conocer las instalaciones. Será un placer. —Permítanme que les presente a mi invitado compatriota. El del Eje por invitación mía. Le aseguro que le resultará interesan— 164 —


te hablar con él, Don Joseph, puesto que quiere vender maquinaria europea en la zona. —¿Maquinaria? ¿De qué tipo? —De la que seguro llamará su atención, Don Joseph—dijo Rade Colinas. tedes ya casi estamos prácticamente todos los invitados. Cuando Gorgonio empezó a excusarse por la ausencia de Ochandiano, el otro caballero español que esperaban acudiera a seph Louton levantó el mentón para ajustar las lentes a sus ojos y miró durante un momento indiscretamente largo a Colinas. Y éste, consciente de ello y un tanto asombrado, para no forzar el momento de incómoda inquisición, se dedicó a recorrer con la mirada a toda la concurrencia. Seguía notando Gorgonio la miRamos, quien se había distraído con otros invitados por un momento, para solicitarle ayuda en la tarea de aclimatación. Pero de repente —para su sorpresa— Colinas sí supo idenigual de hermosa, igual que la recordaba de la primera vez que la había visto en Buenos Aires. Allí estaba con todo su porte y ravillarse Colinas de lo pequeño que es el mundo a veces... Completamente vestida de blanco, reinaba con una total naturalidad. Aquella mujer reunía en sí magnetismo y saber hacer a cantidades idénticas, ya que atraía sobre ella las miradas de los hombres, al tiempo que la envidia sana —no la insana— de las mujeres. Aparte de inspirar en ellas las ganas de decir que era claramente tenía algo aquella mujer que las compelía a pensar que harían lo mismo de estar en su situación. No iba acompañada esta vez de Kinoto, su bajito marido, Director de Recorridos del Ferrocarril, a quien vieran en el Armenonville de Buenos Aires. Esta vez iba con Thomas Langston, según le llegó a decir Ramos después. — 165 —


día ver cómo ardía una fogata alta. Con ella se alimentaba de brasas al asadero, que para Colinas constituyó el verdadero espectáculo de aquella noche. En el lugar para el proceso de asado, un círculo de tres metros de diámetro rodeaba a un ternero estacado, de unos doscientos kilos y situado en el centro. Allí había dos hombres encargados del asunto, quienes con esmero rociaban la yectaban en las carnes —jugosas y tiernas como bocados de manteca— salsas y meringotes con la ayuda de mechas especiales. De vez en cuando, habían de tirar de las cuerdas que, atadas a la estaca del asado a modo de vientos, servían para orientarlo hacia la tarde, la carne se podría reblandecer hasta convertirse en un manjar principesco a las diez de la noche. Del vino se encargaban diez mozas ataviadas con los trajes de la región, escanciándolo en las copas de los invitados junto a las consabidas empanadas criollas fritas en unto. Las mesas grandes de madera acogerían a un gran número de comensales, entre los de dar buena cuenta de la exquisita carne, servida en tablas individuales. Papas asadas en su piel, ensaladas de lechugas carnosas eran la única compañía a la carne, mientras las hogazas de pan horneado el mismo día por la tarde, perfumaban con voluptuosidad las mesas. Tres guitarreros acompañaron sin protagonismos la cena, cantando canciones camperas de amor y evocación del terruño. Llamaba la atención la presencia de un cuarto músico con un violín, que, cuando no tocaba, cantaba los versos con buen fuelle. Así fue transcurriendo la velada sin mayores sobresaltos, con el grito de algún entusiasmado y el sensual olor de la carne asada. Cuando llegó la hora de los brindis, Don Joseph deseó la pronta recuperación de su mujer, el buen desarrollo de la uva y la felicidad de los presentes. Se dio la circunstancia de que Colinas se había sentado junto a Ramos, no muy lejos de Louton y su esposa; — 166 —


lugar desde el que Gorgonio sorprendió, en más de una ocasión a lo largo de la cena, la mirada de Don Joseph. Después, los guitarreros se sumaron a un grupo de quince músicos para constituir ya una banda en toda regla, que se arrancó con un “boleró” para dar comienzo al baile. Y como era de rigor, dio comienzo la sesión sentimental al arrullo de los acordes. En la vida de Gorgonio se habían cruzado muchas mujeres. Pocas, en el decir de los viejos criollos, marcaron con los arados de la indiferencia su corazón. Las más, solamente cambiaron y movieron de sitio los aperos. Aquella hermosa rubia, sentada junto al anciano amigo de don Joseph Louton se encontraba ya amarrando la yunta de percherones al arado. De varias vertederas. Tanto, que hasta Ramos se dio cuenta, procuró seguir el trayecto de la mirada que llevaba Colinas con insistencia desde hacía buen rato. Observó y cuando hubo averiguado quien era el objeto del deseo, le sacudió de un plumazo la nube de encima de su cabeza — Ay, amigo Colinas. Observe y disfrute. Paladee en la distancia, pero nada más. —¿Y por qué en la distancia, amigo Ramos? —Porque no pertenece a nadie. Walda Schumboldt tiene un aspecto frágil. Pero su corazón es salvaje, Colinas. Esa chica no es corriente. —Nadie quiere que la que esta buscando sea corriente, Ramos. —¿Está usted buscando, Colinas? —¿Hay alguien en este mundo que no busque algo o alguien, señor Ramos? —El gallego que responde con preguntas soy yo, Colinas. No resistió Gorgonio la tentación de tomar la copa y brindar hizo falta más que una mirada para poner en marcha al veterano gallego. Pero Ramos hablaba ahora mientras miraba la copa de vino que sostenía en sus manos. —Yo mismo dejé de buscar hace tiempo. Lo que uno hace ahora, a mi edad, es puro divertimento. Cuando llegué aquí venía — 167 —


buscando a un amigo. Pero no tarda uno en darse cuenta de que es la excusa. La búsqueda no termina nunca, Colinas. Uno cree que busca la independencia, la vida propia. Y lo que uno busca es a si mismo, amigo mío. Cuando eso llega, llega en paz la muerte. He buscado el dinero y la fortuna. Y ya los tengo. Pero, ahora me doy cuenta de que estoy un poco muerto... y no me he encontrado todavía. Y algo peor, creo que ya es un poco tarde. —El vino de Louton es traidor, Ramos. No me cuente usted eso. Cuénteme por qué tengo que mirar a la rubia de lejos. —Fíjese en esta copa. Es de un cristal maravillosamente soplado y tallado. Ahora es mía. Podría romperla si quisiera. O el vino que hay dentro, de buqué exquisito. Me lo bebo y lo disfruto. Pero jamás poseeré el talento de la persona que ha tallado la copa, ni el espíritu de la persona que ha hecho el vino... Gorgonio volvió a mirar a Walda Schumboldt, para escuchar y comprobar lo que le decía aquel sincero Ramos. —Se trata del mismo tema. Esa chica va por caminos ignotos, Colinas. Apenas tiene amigos. No sale casi de su casa. Pasa la mayor parte de su tiempo con su padre, Schumboldt, en la mina. En En ese momento, los Louton se habían levantado y paseaban entre los invitados, en compañía del viejo Schumboldt y su hija Walda. Casi tocaba ya el turno a Ramos y a su invitado español —Toda una novedad. Hemos disfrutado de su comida y de su vino con delectación, señor Louton. Y de la música, por supuesto... Éste pareció no entender lo que le decían, porque espetó sin dilaciones. con aquel mismo gesto de observación de antes. Así comenzó la conversación sobre maquinarias que Colinas había preparado para Louton, puesto que éste no sólo po— 168 —


seía unos extensos viñedos, sino que también salió a relucir la mina de oro, de la que esperaba extraer cantidades rentables próximamente. Fue entonces cuando Louton hizo llamar con un gesto a un caballero que se hallaba departiendo animadamente en un grupo al lado. Habló con él discretamente al oído y tras cerciorarse de que había comprendido, lo presentó al grupo de sir Thomas Langston, representante de la empresa británica de los ferrocarriles. Y entre onzas de oro y vagones de tierra de mena se deslizaba la charla, hasta que la señora Louton quiso zanjar, presentando a Walda y a su padre, a Gorgonio Colinas. Tras departir animadamente y entre risas, en su mayoría derivadas de las cosas del idioma, de sus usos en uno y otro lado del mundo, Gorgonio pudo ver algo que le llamó poderosamente la atención. En cierto momento de la charla, Ramos se alejó del círculo para buscar una bebida en la mesa de ambigú. De repente, Susana dejó caer la copa que le extendía el camarero. Mientras limpiaba la chaqueta de Ramos, salpicada en el incidente, Gorgonio alcanzó a ver cómo Susana Bianco introducía un papel en el bolsillo derecho de la chaqueta. los Louton, hora en la que se dieron por terminadas las obligaciones de los mozos y mozas del servicio y los músicos, sirviendo la copa de despedida, tradicionalmente de Por descontado, la yunta de percherones araba ya sin descanso e irremediablemente en el corazón de Gorgonio.

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Walda

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alda Schumboldt paseaba una bella mezcla de rubios cabellos— exóticos para la zona— con la morenez de piel y de carácter que había heredado de su madre Paloma. Walda y su padre Hans Luwdig Schumboldt antigua Compagnie Miniere de l´ Alsace ponía a disposición del Director General de las explotaciones mineras. Pero aquél era un privilegio que la hermosa Walda llevaba como un castigo que se cumple altiva y honradamente. Es decir, el palacete la había priesos cohetes que estallan por la mecha de la furtividad y la pólvora de la adolescencia. Por su orfandad temprana, Walda se vio pronto enseñoreando la casa con el propósito de atender debidamente a su viudo padre. El hermoso palacio colonial había sido construido sobre el que un día habitara D. Jerónimo Luis de Cabrera, el fundador de la ciudad de Córdoba, tres siglos antes. La villa había servido de escena de hechos extraordinarios, cuya excelencia histórica reposaba sobre cada palmo de alfombra, sobre cada teja. Como, por ejemplo, el primer parto de Ulayé, la esposa india de Don Jerónimo. Ulayé era de sangre azul. De la familia de Olayón, el gran jefe indio de los comechingones. La dinastía de Olayón había gobernado en la Cuenca del Sol durante generaciones hasta la llegada de los españoles. Hans Luwdig solía contar a su hija que la historia que daba nombre a la ciudad la llenaba de honor. No podía el viejo bávaro más que rendirse a su pasado prusiano en la caballería. No se resignaba a no hallar en toda historia, una

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singular al capitán conquistador, murió, dando muerte también a su rival. Después del sangriento combate que tuvo lugar, ya en retirada, los españoles enterraron a su jefe, y le pusieron una cruz de madera hecha con el eje del carro en el que le transportaban, comprendiendo que les sería imposible continuar, pues se había roto al vadear un río. Fue así como se dio nombre a la ciudad de la Cruz del Eje. Ciudad que no sólo llevaría la cruz en su nombre. Sino también en la esencia de su pulso. para la niña, pero, en cambio, permitió a la pequeña Walda crecer recorriendo el palacio como su propio país de las maravillas. Por ejemplo, ella había puesto nombre a todas y cada una de las habitaciones: la de los vestidos, la del balcón de la música, la del teatro, la del mirador, desde la que en días claros se podía divisar la ciudad de Cruz del Eje. La preferida de Walda era la del mirador, porque estaba presidida por un enorme óleo con el retrato de su madre. Tantas eran las horas que la niña pasaba a solas en aquella habitación que alguna vez llegó a asegurar que su madre la miraba allá donde fuese. Y Walda le hablaba para consultarle sobre sus asuntos: la última novia de su padre, o para leerle cuentos, que la niña escribía para ella...Lo que la madre agradecía sonriendo desde lo alto del retrato o desaprobaba recogiendo su tenue sonrisa en un rictus más bien amargo. Y Walda —entonces— acataba la voluntad de Paloma Caribeaux sin rezongar. Pero, sin duda, era por las noches cuando Walda disfrutaba de la estancia en todo su esplendor, cuando la presencia de su madre se hacía más palpable. Paloma parecía no querer turbar la vida de su hija y descendía al centro del salón sin el más pequeño de los sonidos o gestos. Desde allí interrogaba, interpelaba, opinaba o corregía a Walda con la misma delicadeza que lo hacía antes de morir. No siempre se notaba su presencia con la misma intensidad. A veces, pocas, había dejado que su halo apareciera con tanta fuerza, como aquellos días de inquietud en la ciudad. Tan sólo había habido dos ocasiones iguales que aquella: el día que Palo— 172 —


ma murió, Walda se encontraba jugando con sus primos cerca del río. Ella lavaba el pelo de una de sus muñecas mientras sus primos correteaban siguiendo a unos dorados río arriba. Eran días de crecidas veraniegas que convertían a los cauces de los ríos en trampas mortales. En sus juegos, los primos se alejaron dejando a la niña atrás, en un recodo bajo. Y llegó la arrolladora crecida, de la que los niños escaparon, pues se hallaban en los pedregales altos, jugando con las cañas y las totoras. Paloma llamó a la niña para que se alejara del agua, hacia la casa, donde le dijo cuánto la quería mientras la peinaba y besaba. Tras el susto inicial, recogidos los niños en el patio de la casa, nadie creyó a la niña cuando contó que su madre la había salvado de las aguas, pues todos sabían que Paloma había muerto una hora antes de que Walda apareciera en el patio. La otra ocasión fue menos trágica. Walda había acompañado a su padre a una cena en casa de Joseph Louton, con motivo aprovecharon para animar a Schumboldt a rehacer su joven vida. tes de la juventud casadera de la zona. De regreso a la casona de la mina, en la sala del mirador, donde se hallaba el gran cuadro que la retrataba de cuerpo entero, Paloma dio órdenes muy detalladas y precisas a su hija.

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Día 17 Ramos abre la puerta

men, alegando que quería asistir a la primera misa. Bajó del coche animando a los demás presentes a acompañarle. Pero declinaron y precisaron con una risotada general que solían acudir a misa de mediodía. —Nos veremos este mediodía. Despidió Colinas a los del Mercedes, que partieron con un levantamiento de hombros. Cuando el coche de Ramos se hubo alejado, empezó a caminar para recorrer dos cuadras más, hacia la casa de Iris Pavón y Ducklesky. Allí había convocado a OchanTras preguntar si había alguna novedad de Buenos Aires o Madrid, Gorgonio se lanzó: —¿A las seis de la mañana? —Esto se nos está terminando, Ochandiano, no podemos perder más tiempo. Pero cuando doblaban la esquina de la casa de Iris, vieron un furgón policial que se detenía a las puertas de la casa de las palmeras. Gorgonio detuvo a Ochandiano cogiéndole por el brazo. No era conveniente que fuesen vistos a esa hora merodeando la casa, y menos por la policía. Desde su esquina vieron cómo el comisario Sánchez, todavía ataviado con el elegante esmoquin Iris salió de la casa hecha un basilisco, pero dos policías la sujetaron y llevaron hasta la presencia de su jefe, mientras otros dos portaban una camilla con Lezama y le metían en el interior del — 175 —


furgón. A pesar de que, con los intentos de Iris por zafarse de los dos hombres, el comisario Sánchez recibía un baño de improperios, éste indicó que la soltaran cuando terminasen de llevarse al herido en el tiroteo. —Nos han jodido. Sólo nos faltaba ahora la policía —se lamentó Colinas. Entretanto, tras unos momentos de discusión con la brava Iris, el comisario se subió al furgón y partieron. Entonces Colinas no tardó en acercarse a Iris y a su marido para preguntar a dónde —Imagino que le llevarán al hospital del ferrocarril en la calle Mitre mientras no se cura. Después le llevarán a la comisaría, supongo. Iris contestó sin ninguna sorpresa de ver a tanta gente interesada por el español a esas horas de la madrugada. —No seas inocente, Ducklesky. No le llevan al hospital —aseguró ella—. Lo van a esconder en otro lado, donde no puedan rescatarlo sus compañeros. Tenía Iris toda la razón. No podían arriesgarse a una maniobra de los de la F.O.R.A. por liberarle y, por tanto, le iban a ocultar. En ese momento la paciencia de Gorgonio estaba tocando fondo y algo le anunció que ya era hora de averiguar qué demonios estaba pasando. Intentó que Iris le contara todo lo que pudiera saber. Iris Pavón estaba dolida por la derrota. Aquello iba a decepcionar a sus compañeros. Temía que su credibilidad como ideóloga se hubiera ido con el activista detenido por la policía. guar cuanto pudiera de la situación. Respecto a cómo pudo informarse la policía de dónde estaba el activista, Iris tenía alguna idea que apuntaba a vecinos de su casa. De inmediato, empezaron a pensar cuáles serían las maneras de evitarle males mayores al preso. Se esforzó Iris en traer de su memoria cualquier cosa, cualquier dato que les diera pie para articular una defensa. Y, de pronto, se acordó de que cuando le habían traído a la casa, Delledonne y Hugo Toranzo lamentaban que en el momento de recibir los disparos, Lezama iba desar— 176 —


mado, creyendo que, de haber llevado la pistola en la mano, no hubiese sido un blanco tan sencillo. Iris y Gorgonio pensaron al mismo tiempo que aquello quizás fuese bueno para el herido. No se le podría acusar de portar armas. Y así, puesto ante la justicia, le podrían sacar del grupo de atacantes… Irremediablemente, tuvieron que dejar la conversación sin terminar. Se le encimaban a Gorgonio las ideas, contradictorias y confusas. Se despidieron de los Ducklesky y decidieron analizar despacio lo que tenían. vando al médico a casa de Iris para curar a un huelguista, y horas después la policía descubre el sitio donde lo tenían para llevárselo. ¿Pero cómo? Aquí alguien está jugando a dos bandas... Se dio una pausa para ordenar las pocas piezas que tenían, y entonces continuó: —Ramos tiene tanta carne metida en esto como los del ferrocarril. Aquí algo pasa y hay que averiguarlo. Tenemos que hablar con Lezama porque esto se puede liar más todavía y no podemos dejar que nos enreden a nosotros como pipiolos. Al terminar, soltó tres juramentos de calibre grueso el capitán de navío Colinas. de carajo está nuestro hombre, le cogemos y nos largamos de este embrollo cuanto antes. Gorgonio se dispuso a buscar a Ramos para explicar su problema. Pero, momentos después, se dio cuenta de que no sería prudente abrirse ante Ramos sin antes conocer el grado de implicación y los intereses del gallego en la huelga de los ferrocarriles. No fuéramos a contarle al granjero, que veníamos a robarle una gallina. Siguió haciendo un esfuerzo Gorgonio por interpretar los datos y hacerse una idea de la situación. En ese momento vinieron a su mente los disturbios que presenciaran en la estación del Norte de Buenos Aires, con las pancartas y los activistas intentando cortar el paso del tren que les iba a llevar a Córdoba, ya semanas atrás. No había, pues, dudas de que los ferrocarriles se hallaban en un momento complicado en todo el país. Sus dueños, los in— 177 —


gleses, peleaban por renovar o incluso ampliar las concesiones sobre casi la totalidad de las líneas, muy rentables en una Argentina gigantescamente rica y productiva. Dejó pasar la mañana mientras se dedicaba a andar desde la casa de Iris Pavón, a lo largo de la calle Domingo Faustino Sarmiento, la principal avenida y casi única de la ciudad. Era una línea trazada paralelamente al río, con lo cual Colinas recorrió muy despacio los dos kilómetros que separaban la Plaza del Carmen del centro. Se detenía de vez en cuando para acercarse lo más posible al río y contemplar las praderías del otro lado, dejándose tentar por la apacibilidad de las vacas pastando. Tenía mañana. Se encaminó al Bar Español, con la esperanza de tomar un café que le aclarara las ideas después de la noche en casa de los Louton. Leyó los periódicos de Córdoba y los de Buenos Aires. En todos ellos se hablaba del malestar general y la inquietud de las movilizaciones obreras. Sobre todo en el ferrocarril, en debate abierto con sus dueños legales británicos. También había una noticia destacada a doble página, dedicada a la gran carrera automovilística, un acontecimiento llamado Gran Premio Argentino, que se podría ver afectado por los huelguistas en su recorrido de miles de kilómetros. Pasó el tiempo mucho más rápido de lo que Colinas esperaba. —Son 15 centavos, patrón. Antes de las doce hay oferta. Con un suave manotazo en el zapato el lustrabotas le trajo a la realidad. Eso le indicaba que su mente había estado ocupada fraguando medios de escapatoria. Le largó un peso completo al muchacho y salió despacio del Bar Español. Así que para cuando Gorgonio entró en la terraza de la casa de Ramos, éste le espera—Acérquese, señor Colinas. Tenemos que hablar, creo. En el cenador de la terraza había alguien más sentado. No supo adivinar Colinas de quién se trataba, ya que las sillas de respaldo alto se lo impedían.

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—Además, amigo Colinas, ahora tengo que presentarle a alguien —comentó Ramos tomando al español por el brazo y acercándole a la mesa. Situado ya al frente de su silla, Colinas vio al otro lado de la mesa al invitado. Allí, estirando su breve brazo hacia Gorgonio, y levantando la nariz como un ratoncillo, para atisbar detrás de sus gafas, un hombre bajo, de porte nervioso, saludaba.

mos visto una vez. carriles. Nos conocemos desde hace ya unos años, ¿verdad, Jacinto? bajaba en la línea de Córdoba y Mendoza. Ramos y él reían largamente cuando recordaban en su charla cómo había conseguido colocar en aquellos trenes a sus muchas pupilas, francesas y otras que no lo eran, que conseguían trasegar pesos de ley hacia haciendo de banca y bolsa para la timba organizada del tren nocturno. —Pero posiblemente alguna vez, en alguna mala mano de cartas, desplumaron a alguien equivocado, puesto que se había recibido una denuncia por juego ilegal y prostitución ante la Dirección General de Ferrocarril en Buenos Aires. Se ignoraba si la había presentado el desplumado por un delito sobre lo primero, o si había sido la legítima de aquél por un delito sobre la segunda causa. La cuestión es que tuve que abordar personalmente la investigación, por encargo de la West. tura que Ramos tenía montada. Digamos que llegó a disfrutar plenamente del descubrimiento, dada la discreción reinante, el buen gusto que desplegaba el gallego, el tono efímero y absoluta

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elegancia que había impuesto en el negocio. Y, como colofón, lo extraordinariamente rentable del sistema. Al cabo de media hora de charla, Colinas tenía ya una idea clara de la simpatía que se tenían ambos. Pero Ramos sabía que lo importante aún les esperaba. Terminó de un bocado su plato y pidió a una sirvienta que retirara los servicios. —Mire, Colinas —se explicó Ramos, en la hermosa terraza de su altísima casa—. Usted y yo sabemos que no se mueve en el mundo ni un solo grano de trigo por mar, sin que lo sepan los ingleses. No se mueve un solo kilo de mercancía por tren en todo el mundo, sin que lo sepan los ingleses. Aunque su vehemencia era la habitual en él, sus ojos estaban encendidos, empecinados en demostrar la verdad de sus palabras. No cabían dudas ya en Gorgonio sobre las cualidades de el ademán justo, la mirada honda. La criada trajo el postre. Tres cubitos casi congelados de calabaza en almíbar, con rodajitas de la palabra. —Ya sabe usted cómo se produce en estos países. Las minas, los campos, los vinos, la caña, los cueros. Aquí, casi todo pasa por la zona de Cruz del Eje. El norte, amigo Colinas, que manda cargamentos ingentes hacia el puerto de Buenos Aires. Todo. Casi todo pasa por Cruz del Eje. Yo pienso, y le aseguro que muchos piensan como yo, que ya llegó la hora de que esas vías y esos trenes sean argentinos. Se aclaraba poco a poco la disposición de las piezas. Una de ellas al menos estaba acercándose a su posición exacta en el rompecabezas. —Por tanto, lo que usted me dice es que lo que está pasando aquí estos días no se ha generado espontáneamente, ¿verdad, amigo Ramos? —Usted sabe que, a veces, el pueblo sólo necesita una pequeña arenga para que recobre su conciencia. Un empujoncito —y le brillaban los ojos, recordando sus principios proletarios y anarquistas bajo el constante fuego ideológico de Serafín Sande, allá en Maside, en Galicia. — 180 —


—¿Pero qué le va a usted en esta huelga, Ramos? —A mí no me va nada. Yo soy comerciante, y no tengo mucho que ver. Los ingleses pagan los sueldos de los ferroviarios y ellos se lo gastan en mis tiendas y en mis cafés... —¿Luego? tiguo. Lo que nosotros queremos es construir un país mejor organizado. Se ve claramente que los ingleses no construyen por comunicar este país. Lo hacen por rigores exclusivamente de rentabilidad, sin orden ni concierto. —Ya. Y ustedes quieren poner orden en estas cosas. Pero, ¿qué orden quieren ustedes seguir? fesoral. Y sermoneó casi al español. las inversiones en vías nuevas. —Pero los ferrocarriles les pertenecen a ellos y contra eso… —En la actualidad, como ya ha visto —siguió el directivo— el gobierno quiere renegociar las concesiones a los ingleses. Nosotros queremos que Cruz del Eje deje de pertenecer a las líneas inglesas. —Dígame, Ramos, ¿conoce al activista que hirieron el otro día en la toma de la estación? —Bueno, he oído hablar de él. Es paisano, por lo visto. Y los debe tener bien puestos. —Tengo una curiosidad que me está escociendo. Todavía ignoro cómo es posible que le hirieran de esa manera tan fácil. Alguien debió avisar en la estación de que los activistas iban hacia allí. incómodo con los rodeos, algo que a Ramos se le daba especialllego, como para pedir su anuencia y concluir: —Por supuesto que me interesa. Murió un niño de dos tiros. —Eso es una desgracia terrible. Los huelguistas se excedieron en su celo luchador. Terrible. — 181 —


—¿Cree que los huelguistas mataron al niño, Ramos? —¿Y quién si no? quisiera que perdiesen el favor del pueblo. Un reventador. Ramos escrutó a Colinas con aquella mirada de jugador viejo. Y vio que a éste algo no le encajaba. Ramos sabía que estaba cerca la hora en que debían poner las cartas boca arriba —Es posible, Colinas. Pero creo que sobrestima usted nuestro como la nuestra, todavía de poca importancia estratégica en los ferrocarriles, con un hecho semejante? —La misma persona que avisó a los de la estación de que los huelguistas iban para allá. Además no es tan poca la importancia de la ciudad, ya que usted mismo nos habló, a Ochandiano y a mí de las posibilidades de Cruz del Eje en el futuro. Ramos se dio cuenta de que no podía continuar mucho tiempo con la comedia, puesto que Colinas estaba desmadejando bien el ovillo. el coche cuando llevaba al médico a curar a nuestro paisano, en casa de Iris Pavón. —Ya lo sabía, evidentemente. Y también me contó que ustedes mostraron un interés inusitado por el paisano. beros viejos que se entienden a las primeras de cambio. Ramos abrió fuego para acordar un entendimiento: —Yo le cuento y usted me cuenta. ¿Hacemos trato? —De acuerdo. Usted empieza, Ramos. Se le veía a Ramos un gesto de incomodidad en el rostro. No estaba acostumbrado a que le pillaran en ningún renuncio. Pero, por alguna razón, se sentía tranquilo con Gorgonio. No sabía por pasado en algún momento de la vida, de esos en los que las leyes parecen no cumplirse en totalidad. Esos momentos en los que te desestabilizas por cuestiones aparentemente simples, entrando — 182 —


en un desasosiego extraño, y buscas consuelo en personas amigas, lo sean o no, porque te lo parecen, por su cara, o su forma de hablar o de saludarte. Sólo porque crees que es así, sin pruebas ni demostraciones. —Colinas, usted conoce mi amistad con el gobernador Laudin, ¿verdad? Mire, creo que no hace falta que le cuente que la República Argentina está en momentos de zozobra, como bien habrá visto en su corta estancia en el país. El gobernador tiene fe en el presidente Irigoyen. Y usted ya sabe que el presidente se está quedando sólo, que necesita cualquier apoyo, el que sea, para continuar lo que empezó. Y lo que empezó es gordo. No tiene retorno, Colinas. Gorgonio se retrepó en la silla para aprestarse a escuchar a Ramos y cruzó los brazos. El Ramos más sincero de los últimos aquel pueblo perdido del norte de Córdoba, en apariencia inocente, donde no hubieran esperado jamás dar con su hombre, pero en el que, a poco que se observase, se alcanzaba a vislum—Póngame en antecedentes, por favor, señor Ramos. —Mire, Colinas, algunas de las concesiones industriales más importantes de Argentina están a punto de extinguirse. No escapa a su inteligencia que las de los ferrocarriles son parte importante de ellas. —Y la todopoderosa West Indies no está dispuesta a perderlas... — comentó Colinas para conllevar el relato. —Claro está. E Irigoyen necesita argumentos para no renovares un buen argumento para elevarles las exigencias. Todas las líneas importantes seguramente van a renovar, pero no las menos importantes. Y así, necesitamos que las importantes se vean mezcladas con las de segunda para crear necesidad de nacionalización. Me parece que se lo he explicado bien y rápido. Nosotros estamos colaborando a que las cosas vayan en ese sentido... —¿Me está diciendo que usted dirige la huelga, Ramos? —No, amigo. Dirigirla, no. Añado presión o la quito. Eso es todo. — 183 —


—Por eso colabora en cuidar al activista herido, supongo. —Por eso y porque es paisano, Colinas. No se olvide de eso. Y además, le han dado unos tiros sin razón. A mí me dijeron que no iba armado en el momento de recibir los disparos. —Digamos entonces que lo que usted quiere es que la huelga esté bajo control... Ramos asintió con su silencio, dando por sentado que lo que se estaba librando era una batalla por el poder territorial. Y fue sobre su papel en el teatro de operaciones. —Por lo que a mí respecta, los ingleses me producen, digamos, un rechazo casi visceral. Y no pudo evitar recordar lo que Ochandiano le contara en Buenos Aires sobre Kinoto y su mujer Susana Bianco. Comprendió Colinas al instante la animadversión hacia los ingleses, con el tal Langston decorando la calva anaranjada de Kinoto con sendos cuernos. —La West quería deshacerse de mí, señor Colinas. Encontradesde hacía mucho tiempo. El encargo me fue hecho para motivar un despido fulminante, pero lo que ocurría en realidad era que sabían de mi tendencia nacional en el terreno político. Yo estoy con Ramos en lo de los ferrocarriles. Y consiguió desmontar los argumentos en dos días. Nadie encontró nada de las chicas en los trenes, nada que apoyase a la West. Y desde entonces le debo una a este gallego crápula. Colinas mantuvo el gesto en la mirada, solicitando continuación en la confesión de ambos hombres en aquella terraza blanca, nas. Ramos le miraba buscando algún atisbo de sorpresa. Tardaron cinco segundos en romper a reír abiertamente. bado. La sacamos del teatro Colón, precisamente. Y una amiga,

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se lo aseguro, Colinas. Ya habrá visto que ella ha asumido su cometido con Langston con total entrega y dedicación. Pasados los comentarios sobre la dimensión de las palabras dedicación y entrega, fueron ellos quienes asumieron que aquel cometido era inviable de otra manera. También recordaba Colinas a muchos hombres llamando puta a Mata Hari y a los que harían lo propio con Susana. Sin ellas, nadie de su entorno habría pasado a la historia. Era Susana quien informaba de los movimientos de Sir Thomas Langston. Lo que equivalía a decir la West Indies. —¿Y los de la F.O.R.A. qué opinan, Ramos? —Esos a mí me tienen sin cuidado. Trabajan solos. Y en ello le iba mucho al empresario José Ramos Ribadulla. La pregunta que venía a continuación ya estaba en el aire, y Ramos se dispuso a contestarla sin necesidad de que Colinas se la formulara. — Sí, ya sé lo que quiere usted preguntarme, Colinas. Al niño... lo mató Brassa. Uno de los activistas —dijo Ramos ocultando el rostro a la mirada escrutadora de Colinas. hijo de puta imbécil —sentenció Ramos. —¿Pero qué demonios pretendía con eso? —No lo sé. A mí me contaron que se emborrachó la noche que debía ir a cortar las vías con sus compañeros, y no acudió. Eso algo que iba a dejar la movilización en casi nada... El muy desalmado debió pensar que aún debía ir más lejos, y no se le ocurrió mejor idea que hacer aquello. —Es horrible—alcanzó a musitar Gorgonio, entreviendo en el gesto de las manos de Ramos que éste se iba a lanzar a continuar con el alegato de mea culpa... —Ya me he asegurado de que no vuelva por aquí. No le queremos entre nosotros —sentenció el viejo gallego. —Pero me parece que alguien le maneja...

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A partir de ese momento, Ramos dio por concluido el paseo al que sometió a su postre, recorriendo el plato sin dar un bocado. Naturalmente era incapaz de saborearlo con el recuerdo amargo del niño, allí tendido en la consulta del doctor Gassman. Así le había visto cuando se hubo presentado para ofrecer su ayuda al médico. Ni Ramos ni el doctor habían conseguido oír una sola palabra de boca de Coutiño. Pero el grito de dolor que brotaba de sus ojos ensombrecidos les aturdió el alma para siempre. Se hizo el silencio en la terraza. Ahora que los tres hombres habían terminado de comer, las horas crueles de la siesta se adueñaron del lugar, y se levantaron de la mesa para instalarse en la sombra de la galería fresca del gran patio. Allí bebían su masagrán de café, dejando que cada granito de hielo se fuera fundiendo en la boca con toda la tranquilidad de una hora en la que incluso las pasiones más alocadas se encontrarían aletargadas. Entre otras cosas, masticaban las recientes palabras de uno y otro para averiguar lo que estaba ocurriendo aquellos días. los daños y enviar un informe completo a Buenos Aires. Se expequeños pies casi orientales. Abajo, en el río, lo único que se movía eran las iguanas. De vez en cuando, alguna de ellas se acercaba a su piedra, u otras se las disputaban por haber llegado tarde al reparto. Era la batalla diaria por buscar su sitio y dormitar al sol. Arriba, en la terraza, el sueño traía a Ramos y a Gorgonio escenas imposibles a primer plano. La rubia Walda y el niño muerto se entremezclaban en la mente. En la de Gorgonio, la hermosa rubia acariciaba su pelo, vestida de blanco, y tumbada, le hablaba de secretos momentos. Poco a poco la punzada de dolor triste por el niño fue cediendo a la presencia de Walda. Estaba casi a punto de perder la conciencia, cuando Ramos le volvió a traer al mundo de los vivos. —Su turno, Colinas.

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Para ese momento, el capitán de navío ya había girado la cabeza hacia Ramos, levantó el sombrero y mantenía una mirada pícara que aseveraba varias verdades a la vez. El sueño de Walda todavía le atenazaba el gañote. —Aquí ha habido demasiadas coincidencias, usted en el tren de Buenos Aires, usted en el café de la Sociedad Española en Córdoba... Lléveme a ver a Lezama y me ahorrará tener que dar la misma explicación dos veces... Ramos casi sonreía, pero se daba cuenta de que las cosas no estaban como para gracias dialécticas. —Usted sabe de sobra que Lezama está en casa de Iris y Ducklesky. Cuando quiera, nos vamos. —Me temo que no. Porque esta mañana la policía se lo llevó. Nadie sabe dónde está ahora. —¿La policía? —exclamó Ramos, incorporándose en su tumbona. Estaba claro aquella pieza no le encajaba e intentó preguntarse cómo demonios permitía ahora al comisario Sánchez meterse en todo esto, sin hallar respuesta. Optó por terminar rápido y preguntar al mismísimo Colinas. —¿Cómo sabe usted eso, Gorgonio? —Esta mañana, cuando le pedí que me dejara en la Iglesia, realmente quería ir a casa de Iris a ver a Lezama. Ochandiano se reunió conmigo en la esquina de Sarmiento y vimos de lejos la escena.

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Día 19 16:00h

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amos desapareció durante casi dos días desde aquella conversación de la terraza. Colinas preguntaba por él, al igual que Wilkinson, quien apareció por la casa del gallego en dos ocasiones. Llegaron dos mensajes traídos por aquel chauffeur que les había llevado a la residencia del gobernador. Y la ansiedad de Gorgonio aumentaba a pasos agigantados, mientras intentaba averiguar por sus medios dónde demonios tenían a Lezama. Ochandiano ponía de su parte lo necesario. Iban y venían al Bar Español en busca de información fresca. brío. Llevó a Colinas a la terraza para hablar con tranquilidad, pero mientras miraban el río desde el cenador, oyeron los paOchandiano que llegaban de su almuerzo particular, a traer las nuevas a Ramos. —Ramos —empezaba Felisindo muy circunspecto—, no hemos conseguido nada. La gente anda muy callada. Me temo que Sánchez y Langston van muy atareados por ahí haciendo su trabajo. Y sin darles un respiro, Ramos se levantó de su tumbona para dirigirse a las escaleras de la casa. Pronunció la orden con autoridad a los tres hombres. Parecía verdaderamente enfadado, porque bajaba las escaleras sin la chaqueta y sin su sombrero. Felisindo había recogido ambas prendas y llevaba la chaqueta exquisitamente doblada en su brazo. Recorrieron la calle Sarmiento como una exhalación en el Mercedes azul y plata hacia la calle Avellaneda, en dirección a la — 189 —


preguntó. No hallaron allí al comisario Sánchez. El cabo Bianchini les indicó que se encontraba en su casa, descansando, tras las noches en vela a causa de los disturbios. Ramos perdió la mirada hacia la estación durante unos segundos. Con una palmada en el hombro, quizá por calmar a su perro, quizá para darle su apoyo, le indicó: —A su casa, Sindo. Salieron a toda prisa a recuperar el carril izquierdo en el cocalle España casi hasta el río y allí girar por Pellegrini, hacia el norte. Por aquella calle crecía un barrio de lustre nuevo, y la casa del comisario formaba parte, junto a otras, de unas propiedades de un relumbrón muy comentado. Cuando llegaron, llamaron con fuerza al portón metálico que les separaba del jardín. Un perro grande, un pastor atado a un paraíso, se levantó y empezó a ladrar con furia. Con el silencio de la siesta se le debía oír desde muy lejos. La mujer de Sánchez apareció entonces abriendo una pesada cortina de tiras. Enseguida reconoció a los visitantes y pensó que, sin lugar a dudas, debía de tratarse de algo importante. Percibieron un gesto de temor en el rostro de la mujer, quien sin llegar al portón metálico, acalló como pudo al desaforado perro, les saludó con una voz tenue y les rogó que esperasen. Luego entró en la casa a llamar a su marido. Pocos minutos después, el comisario Sánchez se presentó en camiseta, despeinado y con cara de dormido, aunque entendió con rapidez y perfectamente la pregunta de Ramos: incumbencia, señor Ramos —contestó sin vacilar ni un instante. Ni siquiera unos segundos. Unos segundos de los que tan sólo una semana antes, el comisario Sánchez se hubiera concedido a sí mismo antes de dar una negativa a quien se la estaba dando ahora. Y como Ramos lo notó, su respuesta tampoco fue de duda. Se acercó hasta casi pegar la nariz al rostro del comisario. —Sánchez, no me toques las pelotas. ¿Dónde tenéis a Lezama?

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El comisario aguantó la mirada a Ramos durante unos instantes, en un claro gesto de desafío, y continuó sin perder las formas: —Es uno de los activistas de la huelga. Le están cuidando bien las heridas, si es lo que le preocupa. Por lo demás, ahora está bajo custodia policial. —¿Pero a qué viene esta pendejada, Sánchez? —Mire, señor Ramos. Lo del hijo de Coutiño ha crispado los ánimos ya bastante. Los responsables son los activistas y el tal Lezama es uno de ellos. Así que está detenido. No tengo más que añadir, y si tienen la bondad, yo quisiera descansar... mó Ramos con contundencia. Y Sánchez, que ya se retiraba, frenó su marcha en seco para darse la vuelta y acercarse a Ramos con el dedo índice muy recto hacia la cara del gallego. —Tráigamelo y acúsele. Yo le detendré entonces. Mientras tanto, el señor Lezama permanecerá bajo custodia policial, hasta que el juez determine lo que le parezca. Yo cumplo con mi cometido, eso es todo lo que le puedo decir. —Está bien, comisario —Ramos le llamaba ya “comisario” para evitar males mayores. a asistencia letrada, por lo menos. Aquí el señor Ochandiano es abogado... Se reía abiertamente ya el comisario. Ya habían jugado a las cartas demasiadas veces juntos como para que aquello fuera serio. —Ese es el derecho del detenido. Yo me reservo el de informarle solamente a usted de dónde se encuentra el detenido. Por los viejos tiempos. A nadie más—añadió mirando a los otros hombres. Ramos se acercó entonces hasta Sánchez para recibir los detalles. Cuando éste le hubo dicho lo necesario, se dio la vuelta sin más dilaciones ni consideraciones hacia el comisario, para dirigirse al Mercedes. date prisa. No quiero estar aquí ni un segundo más de lo nece— 191 —


sario —pero se detuvo repentinamente, tomó su chaqueta del asiento del coche y mirando nuevamente al comisario, se la puso ceremoniosamente, extrajo el pañuelo de etiqueta y lo besó, anbajó la mirada. Alá vai, carallo en vulgata, a entonar un réquiem por el comisario. Solamente tenían que cruzar el puente, al norte de la ciudad y tomar rumbo noroeste, hacia Media Naranja. Diez kilómetros comisario. Artemio Sánchez había un arco metálico que presidía la entrada. Era una explotación vacuna incipiente que ya tenía vallados los caminos de acceso hasta la casa. Se hallaba todavía a medio construir, lo que daba un aire desaliñado en general, contrastando con la elegancia del arco de entrada. Allí en el porche del caserón a medio techar todavía, dormitaban dos policías de gorra y alpargata, sin marcas ni insignias en las camisetas. En cuanto vieron el coche de Ramos, se levantaron de un brinco, se cuadraron y sin rechistar abrieron camino hasta las habitaciones. Se les notaba que formaban parte de lo que la población llamaba la milicada. Es decir, antiguos soldados a los que el gobierno había convertisino, más bien, por el ancho de la caja torácica. Había todo un país que construir. interior de la chaqueta, contento de no tener que poner su diestra a trabajar. Hizo una señal a los policías para que se retiraran. Ellos aún lo ignoraban, pero en una de aquellas habitaciones se de España. Ochandiano y Gorgonio contuvieron la respiración durante los segundos que duró el tránsito por el largo pasillo hasta la habitación del fondo. Debía ser la más luminosa de la casa, porque la puerta se dibujaba perfecta con la luz en los quicios. Colinas no pudo resistir la tentación de ir contando los pasos. Su mirada — 192 —


se encontró varias veces con la de su socio, mostrando complacencia por lo que podían ser los últimos compases de aquel tango que se habían visto obligados a bailar. Pero no ignoraba Colinas que esos eran los pasos más difíciles, los últimos. Había que demostrar clase, cintura y decisión. Incluso en el tango. Sus ojos parecían decir “la de días que hace que le buscamos...Creo que se terminó Ochandiano.” —Con permiso —fue lo único que se le ocurrió decir al llegar hasta la puerta. Ninguno de los hombres quiso abrir la puerta al llegar a ella. Hicieron el gesto automático de apartarse todos para dejar que fuese el último quien abriese. En el segundo de indecisión, todos Ochandiano, por respeto. Ramos, con curiosidad incontenida. orden de Ramos, los dos policías se dieron la vuelta y regresaron a sus asientos en la entrada. Gorgonio abrió la puerta despacio, para no molestar ni hacer ruido a la persona que se encontraba semidormida en aquella enorme cama de forja. Una mujer joven que limpiaba muy silenciosamente se retiró de inmediato portando una bandeja. Gorgonio seguía conteniendo la respiración, no fuera a desvanecerse en el aire otra vez, y delante de sus ojos, para siempre. Colinas había pensado varias veces en las palabras adecuadas para entrarle. En sus noches de vigilia no halló más que dos: —Mi coronel —dijo Colinas al hombre tumbado en la cama.

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Día 19 17:00h

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l hombre de la cama hizo un intento de incorporarse con un gesto de sorpresa en el rostro. Hacía tiempo que nadie le llamaba de aquella manera, pero los militares están acostumbrados a las sorpresas. Los tiros y las explosiones les acostumbran a pasar de la primera impresión asustada a la serenidad en un solo tranco. Lezama ya se había imaginado que esa situación se produciría en algún momento de su vida. Pero no lo esperaba tan pronto. Y menos, desde luego, en aquel estado tan poco gallardo, con dos tiros en el cuerpo. Tardó cinco segundos en responder. Tic.Tic.Tic.Tic.Tic Pero hubiera sido ridículo negarse a contestar, tanto más disimular no ser quien la voz de Colinas buscaba, así que el coronel tomó identidad. —Alguna vez lo fui —contestó lacónicamente. —Muchos esperan que aún lo sea. —El capitán de navío Gorgonio Colinas y Rubio. Respiró hondo el coronel y cerró los ojos. Su pecho se llenó de aire un par de veces antes de hacer un gesto con la mano, pidiendo al recién llegado que se acercara. —Traigo un mensaje para usted. —¿Un mensaje? ¿De quién? —Sólo quiero que lo lea usted, mi coronel. Es una carta. las manos temblorosas, el coronel tomó unos lentes de la mesilla e intentó levantarse. Gorgonio colaboró con el peso y cuando — 195 —


consiguió ponerse de pie, le acercó a la ventana. Allí se sentó en una silla que Colinas arrimó a la luz. Mientras el coronel abría el sobre, despacio, intentando recobrar el resuello que le hacía contener el dolor en el abdomen y la pierna, los demás se mantuvieron en silencio animados por los suaves gestos de Ochandiano. —¿Cómo me ha encontrado, capitán de navío Colinas? —Con ayudas varias, mi coronel —explicó Gorgonio señalan—Yo diría que son amigos, mi coronel. Pero si leyese usted la carta que le he entregado, podríamos hablar después, largo y tendido. Ramos no pudo contener la risa un tanto histérica al ver la escena en la que se revelaban verdades de repente, pero detuvo la ola de comentarios sarcásticos ante la petición muda de Colinas, de que abandonaran la habitación para dejarle a solas un rato con el Coronel Lezama. Salieron al porche en el que los milicos aún reposaban la siesta de rigor. Allí, Ramos quiso rebuscar un lugar de la casa con la intención de fumarse un cigarrillo en la tranquipor el entarimado del porche, para evitar tener que empezar muy rápido con las preguntas. Acercó una silla de enea a la pared, se ta de que había más bien motivos de preocupación, porque no se desprendía de su elegancia ni en los momentos más álgidos. En los últimos diez años de su vida, jamás había pasado por una día, sentía una fatiga propia de los que deben empezar a concebir una nueva estrategia, habida cuenta del cambio repentino de actitud del comisario Sánchez. De ese hecho podían esperar, a partir de ahora, el más insospechado de los movimientos. Por eso, Ramos decidió que habría que obrar con muchísima precaución. No era cuestión de dar paso, groseramente, al impulso primitivo de la curiosidad. Ante el ventanal grande de la habitación, el coronel empezó a leer sosteniendo el papel con mano más tranquila. — 196 —


El coronel tiene quién le escriba Al señor Don Plácido Lezama do Val, Coronel del Ejército de Tierra del Reino de España, en Madrid, a veintiséis de agosto de 1917 Señor y Coronel: Aunque son necesarias las palabras para poder plasmar los sentimientos sobre el papel, no son precisamente palabras lo que necesitamos en el momento que atraviesa nuestra nación. Hechos son lo que ha menester, ahora que la guerra nos impone su lenguaje atroz, sin piedad; para pensamos en los pasos que hemos de dar para no equivocarnos. Es ahora cuando desearíamos que la prudencia, el talante, la mesura, huidizas y caras cualidades, fueran los compañeros de viaje del honor, la valentía, y el arrojo, tan derrochados por nuestros hombres en los campos de batalla. De batallas os hablo, señor Coronel, que no sólo se hallan allende nuestras fronteras, en el África; también dentro de ellas: en nuestras ciudades y campos, en nuestras fábricas y heredades. Pero es aún más, a fuer de sinceros, lo que resulta para nos doloroso: también hay pugna dentro de nuestro propio ejército.

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Así las cosas, señor coronel, tengo para mí que en y otros problemas, acuciantes para nuestra nación. Son aquellas que os han llevado al cargo que ejercéis —así aún lo espero— amén de otras que hacen de vos persona imprescindible en los momentos que nos ocupan. Tenéis, coronel, algo que no parece abundar entre las gentes de armas; y que se llama consciencia de lo social. Con frecuencia he oído algo que mi padre solía repetir entre sus allegados y que, considero, aquellos en cargo de ejercer el mando del arma no deberían olvidar nunca; y es que no sólo se tiene hombres en el ejército. También éstos, a su vez, tienen esposas, madres y hermanas que les aman y cuidan, no sólo en lo material, sino también en lo espiritual y en lo moral. Y quien cuida de su ejército, cuida de su país. Y añadía también que aquel ejército y, por ende, aquel país que olvidara esto estaba condenado a vivir en la zozobra. Soy incapaz de ver en vuestra marcha la actitud del desertor, señor coronel, sino la del visionario despechado que torna la espalda a los que no le entienden, ahítos de ciego orgullo. Y sí soy capaz de ver, de intuir más bien, el destello de vuestros ojos ante la aventura de una vida nueva en el nuevo mundo; una perspectiva tan tentadora, debo admitir, como el vértigo del infante en el tobogán. una mujer. re el peso de la corona, os pido que volváis a España, señor coronel, y nos ayudéis a hacer del nuestro un país nuevo. No caben dudas en nuestro ánimo de que aquellos que nos aconsejan en la hora ardua de las decisiones, están guiahombres como vos en la tarea. No necesitamos militares — 198 —


con apellidos, sino militares. No necesitamos políticos con apellidos, sino políticos. No deseamos colaboradores cuyo principal mérito estribe en lo rancio de su abolengo, sino en la radicalidad de su motivación; en la decisión de sus planteamientos; en la originalidad de sus ideas y en la convicción. Volved a España, señor coronel, y aunque la ley nos obligue a someternos a su imperio, haciéndoos sufrir como militar, os prometo que os llenará de gloria como civil y como consejero real. Alfonso XIII, Rey de España Había una sonrisa en el rostro de Lezama que llamó la atención de Gorgonio. Una sonrisa que bien podría estar celebrando la ácida situación como un sarcasmo de la vida. Ahí estaba Lezama sonriendo ante una carta por la que algunos de sus compañeros matarían, o se lanzarían a la más ridículamente suicida de la misiones. Y allí estaba él, sintiendo la inoportunidad de la carta, tan intempestiva, para un coronel en paños menores, con dos tiros en el cuerpo y a miles de kilómetros de su casa... ¿Pero se puede saber qué habrá visto Su Majestad en un hombre como él para pedirle semejante cosa? —Disculpe que le diga esto, después de atravesar usted el dígame: ¿cuánto cree usted que tardarían en mandarme al pelotón de fusilamiento al amanecer, en caso de que yo volviese a la península? —Ignoro, mi coronel, cuál sería el proceso ni su duración. Pero tenga en cuenta que ha sido el Rey en persona quien me ha la carta que usted acaba de leer. Y es porque confía en poder protegerle de la ley militar y también de la civil —contestó Gorgonio.

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El coronel Lezama miraba con atención a aquel que se decía capitán de navío, aparecido de la nada, con una carta como aquella en la que el rey quería invitarle a tomar el té. Con la que estaba cayendo en España. Era demasiado ridículo para ser una broma. Pero si es que era cierto, era un exceso suicida de ingenuidad. Así, ridículo y simple. Tanto como lo hubiera estado aquel Stanley diciendo medio en calzoncillos eso de El-doctor-Livingstonsupongo, sintiéndose tan estúpido, que era imposible no creerle, precisamente por eso. Mientras valoraba la carta que acababa de leer, el coronel miraba por la ventana hacia un punto muy lejano. Tenía ya para sí una opinión hecha: había una sensación de encanallamiento en la palabras del capitán de navío, que él conjuró volviendo a pensar en la Barranca de los Loros. Perdía la mirada con una facilidad asombrosa el coronel. Colinas no tardó mucho en averiguar el porqué. Colinas se impacientaba ante la falta de concentración del coronel. Debía decir algo para traerle otra vez a la realidad, maldita sea. Entraba en ganas de reconvenirle, no se me disipe, mi coronel, que nos tenemos que ir y se nos va el tiempo. Mucho tiempo después, años más tarde, el propio Colinas tuvo ocasión de visitar aquel lugar en el que el coronel perdía la mirada. Cerca de la propiedad del hermano del comisario Sánchez, se hallaba una barranca, una enorme grieta en la que el una de las chacras de alfalfa ya cortada, en la que dormían restos muy olorosos todavía. En esa hendidura del terreno, el río hacía un meandro, donde se ocultaba un bellísimo rincón, sombreado y sobre todo fresco en aquella época del año. Luisa, la muchacha a cuyo cargo se encontraba esos días, le había prometido llevarle en cuanto pudiera caminar. El coronel se quitó los lentes, miró largamente a Colinas, buscando palabras que pudiesen expresar lo que pensaba claramente, y le costaba decidir si estaba a punto de dirigirse a un militar o a un hombre de mundo. Y pensó en Luisa... —Luisa, la muchacha que ha visto usted salir hace un rato, dice que la barranca es un sitio bonito. Muchos no van allí por — 200 —


miedo. Porque creen que es un sitio peligroso. Ella dice que va cuando se siente cansada y desorientada. Ella dice que es un sitio mágico. A mí me gustaría ir allí con ella. Alguna vez. —Si lo dice una mujer, debe ser cierto, mi coronel. —Por favor, capitán, le ruego que se ahorre el tratamiento jerárquico, y me llame Lezama, o Plácido, si le parece. —Tengo que llevarle conmigo a la Península, mi coronel. Es mi cometido, y haré lo necesario para llevarlo a cabo —contestó Gorgonio sin la más leve de las consideraciones. —Es usted una persona decididamente militar... —contestó el coronel sombríamente, casi compadeciéndose. Perdió la mirada otra vez el coronel hacia el horizonte. Esta vez, estaba poblado de reses, cientos de ellas en camino a la vaguada, como hacían todas las tardes los baquianos del hermano de Sánchez. Repentinamente, el rostro del coronel pareció haber reparado en algo que hasta ahora pasara por alto. El coronel se giró hacia Colinas y le preguntó —¿Cómo ha dicho que se llama usted, capitán? —Colinas, mi coronel. Colinas y Rubio. —¿De dónde es usted, Colinas? Mantuvo una mirada incrédula el coronel sobre Gorgonio durante lo que pareció una eternidad, de tan sólo unos minutos. Lentamente distrajo sus ojos hacia la carta que aquel capitán de antes. Sostuvo entonces una carcajada sorda, para no alterar los músculos que le dolían una enormidad en el vientre y la pierna. Tuvo que escamotear su rostro varias veces tras la mano que aún mientras sacudía su cabeza, negando la evidencia que tenía delante, el coronel preguntó, seguro de la respuesta: —¿Es usted de la familia del capitán Fulgencio Colinas y Gaboto, capitán? Gorgonio contrajo el gesto de displicencia de su rostro, a uno de sorpresa indisimulada.

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—Era mi tío. Hermano mayor de mi padre. ¿Le conoció usted, mi coronel? el calor de la siesta no era el adecuado para los esfuerzos. blamos más tarde o mañana. —No sé si eso será posible, mi coronel. Si tiene algo que decirme le ruego que sea ahora. Pero, dígame. ¿Conoció usted a mi tío? —Dígame, Colinas. ¿Ochandiano está en esto con usted? —Ochandiano está ahí fuera, esperando que venga usted conmigo a España, mi coronel. Decidido ya a mantener la intriga de sus carcajadas y de sus preguntas, Lezama consideró la conversación terminada, al mecomo para enmudecerle a costa de la impaciencia desmedida de Colinas. Dejó allí al coronel y salió hacia el patio donde se hallaban los demás, a la espera de que Gorgonio diese señal de partida para las preguntas. —Todavía es temprano —dijo Ramos—. Tenemos día para decidir qué hacer, mientras mi amigo Colinas me cuenta lo que me debe. ¿No es así, Gorgonio? Gorgonio había tomado la carta del rey de las manos de Lezama, para enseñársela a Ramos y abreviar la narración. —No me hace falta, Gorgonio. Ya sé lo que dice esa carta sin haberla leído. Conozco su historia y sé que no vende usted maquinaria, aunque debo decirle que su soltura para la interpretaGorgonio quedó atónito ante la rápida puesta en situación del gallego, y antes de que plantease su jugada, le advirtió: —Me voy a llevar a este hombre, cueste lo que cueste, amigo Ramos. —Lo tiene usted difícil, Colinas, ahora que se ha metido la justicia por medio.

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—Recuerde que no llevaba armas en el momento de recibir los balazos. No creo que puedan acusarle de mucho, más que de estar en el sitio equivocado, en el momento equivocado. —Le acusarán de lo que les dé la real gana, amigo Colinas. Y le procesarán. Habiendo sido arrestado, lo harán. Necesitan a alguien para calmar los ánimos. —No podemos esperar a un proceso judicial, Ramos. Tenemos que irnos lo antes posible. —¿Irnos? ¿A dónde? —preguntó una voz desde un rincón del porche. El coronel volvió a hacer acto de presencia en el porche, todavía sacudido por la llegada de Gorgonio. Lezama miró a Ochandiano sonriendo, quizá para saludarle al tiempo que valorando la estrategia de aquel funcionario bajito y regordete, que venía a reavivar algo que él quería dar por olvidado. Esa parte de la historia de la que estaba huyendo y aún le alcanzaba. Allá, en aquel remoto pueblo de una provincia remota, en un país remoto del nada de aquello que le traían ahora aquel grupo de hombres salidos de la nada a aquella hora intempestiva de la siesta. Pero no podía. No podía esconderse en sus heridas ni en su cansancio. No tenía más remedio que tomar cartas en el asunto. El coronel miraba a Ochandiano, como si esperara que la respuesta viniese de él y no de quien parecía estar al mando de la pequeña comitiva española. Largamente, sin mostrar más inquietud por la tensión del momento, Ochandiano le sostuvo la mirada. Ya que Ochandiano no aceptó o no supo responder, miró entonces hacia Colinas, y éste contestó: —A España, coronel —dijo Colinas contundentemente. —¿Y qué le hace pensar que voy a tomar la decisión de irme con usted, capitán de navío Colinas? Se le habrían ocurrido en ese instante más de media docena de buenas razones, por lo menos un par, para pensar que así sería, pero no quiso Colinas sentar un precedente grosero hacia el coronel Lezama. En tanto bullir de historias, personas, y calor, sobre todo calor, el entendimiento se espesa a densidades insospechadas. Ra— 203 —


en discusiones pareadas entremezcladas con el goteo del sudor y las camisas que se aplastaban a la piel. El coronel se dio la vuelta para iniciar un paseo hacia la parte trasera de la casa. Colinas se apresuró a ayudarle, pero Ochandiano tomó la iniciativa esta vez, y detuvo a Gorgonio para ser él mismo quien acompañara al coronel en aquel doloroso, pero necesario promenade. Detrás de la casa se abría un mar verde y marrón del alfalfal a medio cortar. Aguantando el dolor, el coroapoyándose en el brazo de Ochandiano, sobre una oxidada rastra de discos, ya vestida por yuyos y habitada por gatos y gallinas a la sombra del enorme jacarandá. No muy lejos, también sentada sobre una mecedora, tejía Luisa al croché. Me ha traído usted al sobrino de Fulgencio. ¿Y la Legión, para cuándo? —Tan sólo piense en la carta que le ha traído, coronel Lezama. El rey le quiere allí. —Y usted, Ochandiano. ¿Dónde me quiere usted? El navarro miró con un rostro inexpresivo a Lezama. No podía nadie tomar decisiones por otros. —Míreme, Ochandiano. Llevo dos tiros en el cuerpo. Jamás en mi vida me han herido. Y he tenido que venir a este lado del mundo para ver la vida de otra forma. Francamente, Ochandiano, ¿usted cree que debe importarme mucho lo que me pida el rey desde España? Luisa carraspeó para hacerse presente en la conversación de los dos hombres, así no tendría que ser ella quien tuviera que abandonar el fresco lugar que ocupaba a la sombra. Y eso era lo último que el coronel quería. Además, juntó sobre sus ojos toda la vehemencia que el dolor de las balas le permitió, para intentar comunicar al Secretario de la Embajada de España, con acuse de del Eje.

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—¿Cuándo fuiste por última vez a la Barranca de los Loros, Luisa? —¿Ahora le tengo que tratar de mi coronel? —preguntó Luisa sin levantar la vista de lo que estaba haciendo. Ochandiano comprendió que la escena había terminado y debía hacer mutis. No quería agobiar al coronel. Lezama estudió durante unos segundos la pregunta que acababa de escuchar de Luisa, para medir el grado de decepción o de sorpresa de la mujer, ante la verdad que se le había descubierto en apenas unos instantes. —Eso no es un nombre, Luisa. Eso es un pasado. —Pero el pasado está siempre con nosotros, señor. —¿Y tú qué pasado tienes, Luisa? —Yo no tengo un pasado sólo para mí. Es de mi familia, de mis padres y mis abuelos...Yo no puedo separarme de él. Usted tampoco puede, coronel. No se podría imaginar un tono más tiernamente convencido. Ni más dulcemente sabio en las maneras de Luisa. No desviaba su mirada del croché mientras escanciaba pensamientos tan sabrosos como eternos, de profundidades abisales, y aún así, ella los enunciaba con una frescura campesina, que otros tardan milenios en asumir. Las partes de su piel que se veían probaban su procedencia india. Ahora eran más los centímetros cuadrados que se veían, porque había recogido su pelo en un rodete simple y práctico. Cosas del calor. —¿Dónde vives, Luisa? —Aquí, en la hacienda. —Cuando el señor esté mejor, lo llevo. Ahora no me pida eso porque lo tengo que cuidar. La mirada de Luisa le dolió más que los balazos, cuando dijo aquello de cuidarle. No dejaba de ser una ironía del destino el que una muchacha tan joven fuese encargada de cuidar a Lezatumbrado a la vida ruda del cuartel o del vivac, o el campamento; que había soslayado de su vida el calor de un hogar y una mujer, — 205 —


a cambio de la tozuda e ingrata independencia. No se podía permitir una sola distracción en su vida dedicada con espíritu monacal al servicio militar. Esa constancia que le había llevado a no rechazar ningún destino, ninguna misión por razones de familia, era la que le había granjeado el respeto de sus superiores y el ascenso. Y ahora, mientras miraba, escuchaba atónito cómo Luisa iba derrotando de un plumazo los más graves de sus motivos, al más profundo de sus pensamientos. —Bien —masculló Lezama— . Esto es el presente. Todo aquello ya no me sirve de nada. Pasado mañana cumplo cincuenta. A la mierda. España. —¿Cuántos años tienes, Luisa? —Creo que veinte, coronel. —¿No lo sabes con certeza? —No, señor. Pero la señora me ha dicho que aparecí en la casa la misma noche que ella vino aquí por primera vez. En un canasto. sabía éste si era una mirada desalentadora, una reprimenda o una llamada justa y clara. Del brazo de ella, se incorporó para regresar a la habitación. Dando un lento paseo, llegaron hasta el porche donde aguardaban Gorgonio, Ramos y los demás. Tuvieron que vencer la resistente autoridad de Luisa, pero aclararon al coronel que iban a venir a buscarle pronto. Le prometieron no abandonarle ni a sol ni a sombra. Al día siguiente, el coronel Lezama sentía una mejoría asombrosa en su estado. Luisa no solamente cuidaba las heridas del tiempo que limpiaba los balazos, curaba el ánimo del coronel. Lo hacía hablando de verdades simples y eternas que, con el humo de las batallas y el ruido de los sables, a veces se difuminan.

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Luisa tomó su mano pálida y llevó al coronel a las cuadras. Eligió un caballo para enganchar al sulky en el que llevar al herido Lezama hasta el paraje. Y no tardó nada Luisa en complacerle. El pingo que Luisa había elegido para el paseo trotaba a buen tranco, mientras ella le iba enseñando los extremos del campo. zonas de mejor regadío, las de descanso de los animales y las que aprovechaban las vacas a punto de parir. Conocía las añadas como sólo los amos distinguen. La señora le había enseñado que aquella propiedad había sido de su familia durante generaciones, y que si todo salía bien, ella tendría que ocuparse de las tierras cuando el ama muriera. so preguntar más de una vez quién era la señora, pero ante los ojos de la joven y el dulzor de sus palabras, Lezama no hubiera querido perder el tiempo con minucias. Media hora después llegaron al meandro del río, donde empezaba la barranca. Luisa maneó al caballo con gran soltura y condujo a Lezama siguiendo el trazo de una enorme grieta abierta por el agua, hasta la propia vera del río. La zona se ensombreco y lleno de ruido de aguas bravas. Allí las minúsculas gotas de el verano de más arriba, el de la chacra, cuando se posaba sobre su rostro. Desde allí se hallaba con facilidad la explicación cubiertas de nidos de catas, horadados en la arcilla. Los loritos encimaban su estridente chillido a la fuerza del agua que golpeaba los bordes. Era inútil intentar hablar. No obstante, cualquier palabra articulada con la boca se perdería como una de tantas gotas minúsculas en aquel universo salvajemente ominoso de grietas, agua y espuma. Mojándose un poco los pies, podían llegar a una oquedad amplia, en el exterior de la curva, en la que se sentaron con tranquilidad. Aquel maravilloso refugio en medio de la barranca quedaba al descubierto en épocas de cauces bajos, como esa pri— 207 —


mavera de 1917. Por delante de ellos corría desaforado el torrente de agua y piedras, tropezando la una contra las otras. Las hojas de agua afeitaban las espumas de los cantos rodados sin darse pausa ni respiro, como barberos novatos y peligrosos. Novatos y peligrosos como los impulsos de Lezama, a punto de los cincuenta, pero con su corazón latiendo como el de un adolescente, anticipándose a lo que venía. Lo vio claro desde que Luisa pusiera dolorido, cuando eran no solamente las heridas las que le hacían sufrir. Luisa apareció ante Lezama como la luz para el ciego y el aire para el asmático. Agüita de mayo. Lezama se apresuró a tocar su bolsillo, para asegurarse de la presencia de la carta. Luisa pensó que iba a volver a leerla, y no se lo permitió. Sólo quería Lezama cerciorarse de que la carta era real. De que lo que le pedían era toda una oferta y no una que mantuvieron. Resultaba patético que lo que había esperado durante toda una vida, ahora no ocupase más su atención, no más que el espacio de su bolsillo, comparado con la escena que tenía ante sí. Luisa le contemplaba, y él a ella sin mediar más palabras que las que ya se habían dicho. Ella era una india, morena, dulce y suave. Se acercó a él, colocándose de rodillas y mirándole audazmente a los ojos. Nadie había mirado así antes a Lezama. Insubordinación o audacia. Y, sin embargo, por primera vez en su vida, el sentimiento era de indefensión. Ella desabotonó lentamente la camisa del coronel para no hacerle daño en las heridas. No debía permitir que le doliera. Ella le recostó en el suelo húmedo de arcilla fresca. Abrió y sacó los pantalones del hombre con la mayor de las tranquilidades. Y se desprendió de su vestido, dejando a la luz naranja y dorada de la barranca su piel morena y su largo pelo negro. Le besó Luisa despacio. Por todas partes, se adueñó de la voluntad del varón que tenía ahora a su merced, Abrió sus piernas y se colocó a horcajadas sobre Lezama. Y tomó posesión. Era la reina.

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Dos horas más tarde, mientras regresaban grieta arriba, Luisa miró el cielo y anticipó: El coronel contestó que ese era un motivo inmejorable para recogerse en la casa. Pero, el vaticinio de Luisa se convirtió en inminente, porque saliendo de la enorme grieta por donde habían entrado, vieron que tres hombres les esperaban ahora junto al sulky. Uno de ellos era el comisario Sánchez y los otros, los policías de la alpargata, pero esta vez vistiendo el uniforme reglamentario completo. —El señor nos tiene que acompañar —dijo uno de los policías, con todos los buenos modales reglamentarios que pudo concitar.

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Día 20

M

acarena no hablaba idiomas, pero decían que se carteaba con un pitoniso de París que le había enseña-

años después de su llegada a Cruz del Eje, Macarena ya regentaba un lupanar de alto vuelo, visitado hasta por el gobernador. Éste mantenía encuentros solamente con Macarena, a la que él llamaba tiernamente Macaré. Aquel nombre acortado en aguda debía de traerle recuerdos de la Francia de sus ancestros al gobernador Aurelio Laudin, porque se rumoreaba entre sus enemigos políticos —maliciosamente— que la llamaba Macaré porque no le daba tiempo a pronunciar más...Y él insistía celosamente en mantener la pronunciación francesa de su apellido: “Lodén, por favor.” din tenía en San Marcos, recalaba en el local de Macarena. Y aquello había hecho del prostíbulo de Macaré un pequeño gabinete donde se producían encuentros más o menos fortuitos de los que, entre copas, puros habanos y revolcón, salían acuerdos, proyectos y negocios de toda clase, hasta aquellos de poca trascendencia política. Aurelio Laudin era sobre todo un hombre de campo, lo cual hacía que se encontrara más cómodo en el salón de Macaré que en el despacho de Córdoba, en el excesivamente grande y ostentoso Palacio de Sobremonte. Y ello había hecho de Macaré una suerte de secretaria, asesora “in pectore”. In pectore. Su cuerpo juraba que se mantenía en los perfectos treinta y tantos, pero Macarena tenía los años en sus ojos. Sus ojos confesaban que ya habían visto demasiado en la vida, como para saber y entender la naturaleza humana: ella había acogido entre sus brazos a varones con sueños inabarcables de poder, extensiones caudillescas de tierra gobernada con desabrimiento, sacudidas por tormentas bravías como las que solamente se veían en aquel — 211 —


continente, o calmas chichas que la hundían en la más abismal de las tristezas. Había en cada gesto, en cada movimiento de sus caderas, de sus manos, esa profundidad milenaria que se va acumulando como capas de conocimiento y sabiduría en las mujeres. Aquél era un día de tormenta estival, de esas que dejaban caer piedras de granizo como melocotones. Gorgonio transitaba con crática casona de Macaré, buscando un refugio para cobijarse de aquella monstruosidad. Macarena se asomó al porche para observar a aquel inconsciente que venía por el camino conduciendo la voiturette con techo de lona que ya mostraba las mellas de las como para bajarse del coche, metió la pobre voiturette bajo un paraíso y corrió. Cuando hubo alcanzado el porche de la casa, casi se lanzó hasta los pies de Macarena. Se sacudió el agua y el granizo de su chaqueta y exclamó: gonio se dolía de los golpes en la cabeza y brazos. año para todos, señor... señor... —Colinas. Me llamo Gorgonio Colinas. na. Gorgonio miró con sorna de chiste fácil hacia el Ford T 1908 que se encontraba medio perforado por el granizo, como a modo de contestación. Pero, tras esos segundos de mirada mutua, que dieron de sí como una amistad de años, Gorgonio continuó explicándose, no para ser educado, sino para seguir recibiendo la mirada de aquella mujer. guió Gorgonio entonando una interrogación que Macarena esperaba del español. Pero la intención que traía el visitante le borró la sonrisa burlona de un solo plumazo. Macarena no permitía a nadie frivolizar sobre las visitas del gobernador y menos a aquel gachupín recién llegado.

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lidades. Por eso, y porque no me interesa verlo como gobernador, señora... señora... para siempre, gallego. Mire, para no andar con rodeos, el gobernador viene aquí a descansar. Así que no pretenda entrarle con asuntos políticos, que con lo de Yrigoyen ya tiene bastante... —Ya le he dicho que no quiero verle como gobernador. —Pues como no sepa usted de vinos o de cartas y que algún amigo le presente a su mesa, le auguro poca fortuna en el intento, gallego. —De lo que no hay lugar a dudas es de que usted estima al go—¿Y por qué cree usted que voy a hacerlo, gallego? —Porque es usted una mujer cabal que conoce sus habilidades y debilidades, y porque sabe que no me interesa ver a Aurelio Macaré tuvo que atender unos desperfectos en la parte trasera de la casa, según avisó la pequeña criada china, así que pospuso el combate con Gorgonio para más tarde. Pero tras la tormenta, llegó la calma. También al exterior de la casa. La noche tenía el aire mojado y lleno del olor de las plantas rotas por el granizo. Un olor bello y triste. Como el humor que traía el gobernador aquella noche. Aurelio Laudin se bajó del coche sin esperar a que se detuviera del todo. Al bajarse del coche el conductor se acercó al gobernador para sugerirle una noche de descanso, habida cuenta de la tormenta que les acababa de caer encima. cuando lleguemos. Tendremos que pasar la noche aquí, y mañana intentar vadearlo al llegar a San Marcos. biando el gesto adusto de su rostro por la perspectiva de una noche con Macarena.

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Momentos después Macaré regresó al salón principal donde del gobernador. —¿Todavía aquí, gallego? —dijo Macarena de camino. Colinas no contestó por la rauda marcha de Macaré hacia el porche. Pero le sostuvo la mirada, divertido, anticipando el momento en que el gobernador fuera juez y parte. —Ma cherie No había reparado el gobernador en Gorgonio hasta que éste salió de las sombras que el fantástico porche de Macaré ofrecía a los visitantes tímidos. mos le ha puesto al corriente de los encantos de nuestra tierra —exclamó Aurelio Laudin dando grandes zancadas hacia él. La zo efusivo correspondía a un gobernador que se sabía con pocos apoyos entre los de su propia clase, y veía con simpatía a aquél empresario “gallego” dispuesto a colaborar en la construcción de un nuevo país con Irigoyen a la cabeza. Los ojos de Gorgonio se asomaron por encima de la ancha espalda del gobernador, fueron a la caza y captura de los de Macaré, quien, en un solo gesto, declaró odio eterno y sin cuartel al gachupín osado que acababa de quedarse con ella, y con su protector, de una sola tacada. —Hace días que quería contactar con ustedes —dijo el gobernador. —A propósito, Colinas ¿dónde está su socio Ochandiano? —Ha decidido quedarse en Córdoba, a descansar un par de días, y ver a unos conocidos de su familia allí. Pero la verdad era diferente. Lo que en realidad ocurría era que la Comandancia enviaba mensajes a Gorgonio solicitando información sobre el estado de las investigaciones a través de contactos en las tripulaciones de los buques de las Compañías Hamburguesas o a través de telegramas. Los mismos que habían conducido a Gorgonio a contactar con Aníbale Corsino. Éste mantenía sus relaciones con ellos y de vez en cuando le traían — 214 —


mensajes para que se encargara de hacerlos llegar a destino. Habían acordado enviárselos a Gorgonio al café de la Sociedad Española, donde Ochandiano contaba con apoyo seguro. Y se había marchado a Córdoba a recibir los que pudiesen haber llegado. Y a preparar la salida. Macarena dio orden de disponer la cena para los tres. Sin dejar de recibir miradas punzantes como agujas, Colinas disfrutaba con aquel odio casi lo mismo que el gobernador con su presencia. Durante la cena, el gobernador fue desgranando todos y cada uno de los recuerdos de la Francia que le habían llegado de sus ancestros. Parecía que él mismo había olido los aromas que describía con lujo de detalles, como si los hubiera percibido por su propia nariz, o los diferentes rojos de los vinos de sus abuelos, que clasiPero dio un giro a la conversación. Gorgonio a utilizar una respuesta elaborada y coherente. —Exactamente esto que estamos haciendo, Gobernador. Y es la segunda vez que me hacen esa pregunta hoy —añadió Gorgonio levantando su copa hacia Macarena. Gorgonio prosiguió para no dejar al Gobernador en la duda. mido en un momento de cambios sustanciales y que no todo el mundo está de acuerdo en los métodos o el rumbo a tomar. —Así es, Colinas. Y se animó a seguir el gobernador. —Nunca fue fácil tener razón y hacerlo ver así a todos. Lo que usted vio es apenas una muestra. Inquietante, pero sólo una muestra de lo que se mueve detrás de esos personajes que tuvo el honor de conocer el otro día. —Tengo entendido que la propia Sociedad Rural está dando la espalda a Yrigoyen, aún siendo uno de sus integrantes más ilustres. Eso le deja con pocos apoyos. ¿Con quién cuenta el presidente realmente, Gobernador? Aparte de usted, claro está. Es decir, si usted es parte de esa minoría terrateniente y poderosa, y — 215 —


le están retirando su apoyo al presidente, ¿qué pinta usted entre ellos? El gobernador dirigió una mirada larga y de gesto escrutador hacia aquél gallego educado y de buenas maneras que tenía delante. Ser franco es una cuestión de momentos y de personas. Concluyó que era el momento y era la persona. y alta. Se adivinaba que iba a ser una buena “soleá”, bien entonada y en ritmo. —Mi bisabuelo y mi abuelo vinieron de Francia tras la Revolución que derribó al régimen de los aristócratas tiranos. Traían consigo unos cuantos sarmientos de las viñas que habían cultivado durante generaciones en su tierra. Una tierra que jamás fue suya, por cierto, porque pertenecía al Conde de Puyhaut. Éste sólo bebía el resultado de la vendimia y no tenía ni la más remota idea de lo que había que pasar para llegar a criar una cepa que diera un buen vino. Hizo un pausa para servir más vino en su copa y en la de Gorgonio. —Después de la Bastilla y los tiros, ya sabe, aquél viñedo cayó en manos de un ahijado político de Robespierre, un tal Dominique LeBaureau o LeBorot, quien contribuía con sus fondos a la causa de la nueva situación, que realmente no cambió grandemente para los que trabajaban en esas tierras. Así que mi abuelo, muy joven entonces, se cansó y convenció a su veterano padre para irse a América. Habían perdido a su madre y esposa a causa de higiene en sus vidas y en sus casas. Pero, ya sabe, los médicos no abundaban y sólo los acaudalados se los podían permitir. No se podía hacer otra cosa. La revolución se perdió en su propia razón de ser. Y aquí estoy yo, con sus viñas, señor Colinas, tratando Tras un largo, larguísimo sorbo de vino que quiso más bien ahogar un sollozo emocionado, el gobernador preguntó: —¿Con ese pasado, Colinas, me ve usted sentado junto a los oligarcas, los dueños de este país? ¿De este país que ya siento que es más mío que nunca? — 216 —


Pudo ver la mano de Macarena acercarse hasta la del gobernador que se levantó para no mostrar que el nudo en el gañote le iba dejar solo con la emoción. La presión debía ser máxima aquellos días, y el gobernador se solazaba con lo único que le era —Le he preparado una habitación en la parte de arriba, señor Colinas. Sara le acompañará cuando quiera. dicional con un gesto de su mano derecha. Macaré aprovechó un aparte del gobernador para encarar a Gorgonio sin la más leve de las misericordias, y le dijo claramente: —No recuerdo haberle oído contar esta historia a nadie. Ese detalle le convierte a usted en miembro de su círculo más íntimo, evitarlo. No malgaste su buena suerte. Hablaba con una brevedad de sintaxis apabullante. Se notaba en sus ojos que la autoridad con que se expresaba no era vana. Sus recursos permanecían ocultos pero no dejaba dudas de que los tenía a buen recaudo. Y, sin más, se levantó para alejarse con el gobernador hacia sus habitaciones. A la mañana siguiente, Gorgonio fue despertado por el goberiniciaron la marcha a las siete. —Dígame, Colinas. ¿A qué ha venido? Macaré me ha dicho que no quería usted verme como gobernador. Un vendedor de maquinaria sólo querría verme como gobernador. —Me interesa el país enormemente, no sólo para mis negotes años como para saber que en esto no hay intereses mayores ni menores. Son intereses, a secas —se detuvo el gobernador y tomó a Colinas por el brazo para obligarle a detenerse también. Recordó Gorgonio las palabras de Macaré la noche anterior y pensó que debía explicar al gobernador todo cuanto éste igno— 217 —


raba, antes de pedir lo que venía a pedir. No había otra forma. Y supo que la franqueza era cuestión de personas y momentos... —¿Sabe usted que Macaré le quiere mucho? —No menos que yo a ella, Colinas. —Cuando vine ayer, quería que le dejase a usted en paz. Casi pude sentir la contundencia con que le defendía, gobernador. El gobernador contestó con una amplia sonrisa de complacencia en ese hecho. Y casi sin dejarle terminarla, Gorgonio declaró: —Soy capitán de navío de la Armada Española, gobernador. Siguió mirando al suelo el gobernador mientras caminaban, y mantuvo una compostura propia del timbero avezado, sin mostrar la más mínima sorpresa. —No me sorprende su graduación. Solamente su capacidad —He venido a buscar a un hombre. —¿Y en qué puedo yo ayudar al capitán de navío Colinas? —He encontrado a ese hombre en Cruz del Eje. Seguía el gobernador sin comprender el alcance de la petición de Colinas. —Se trata de un coronel del ejército español, llegado hace ya unos meses a la ciudad. —¿Y qué es lo que ocurre, Colinas? —Está encarcelado. —Estoy convencido de que nada. Lo que ocurre es que... está implicado en los disturbios del ferrocarril. Y fue herido. Eso... hizo más fácil su detención. del gobernador Laudin. Encogiéndola en mil arrugas, abriendo las fosas nasales hasta un extremo casi imposible, miró al suelo lleno de barro y luego al horizonte. —Tendrá que esperar a que la justicia siga su curso, Colinas. Si usted cree que no hizo nada... —Tengo que llevarme a ese hombre a España, gobernador. Y necesito que eso ocurra cuanto antes. — 218 —


—Me temo que no podré ayudarle en eso. —Es un encargo del mismísimo Rey de España. samente el sarcasmo el gobernador—. Si ese hombre no ha hecho nada, pronto podrán marcharse. Pero todavía le quedaba algo por decir. Sus manos y su mirada se le adelantaban: sencia, pero nos permitimos dejarle seguir con la farsa para evitar tener que ponerle en antecedentes sobre el momento actual... pero llegados a este punto, me temo que debería preguntar primero a su socio Ochadiano y luego...hablaremos. Gorgonio comprendió. O empezó a entender que había algo que se le escapaba. No estaba el horno para bollos. Regresaron sin hablar, más que unas pocas palabras de puro compromiso y buena educación. Era indudable que el gobernador ya conocía la historia de Gorgonio, y que no estaba dispuesto a soltar la buena baza de un detenido en medio de todo aquel maremagno del ferrocarril. Le iba a hacer falta. Ignoraba Gorgonio Colinas que también Ulovich y Delledonne estaban detenidos. Les habían llevado a Capilla del Monte, a unos cuarenta kilómetros de la ciudad en dirección a la capital. Una capital desde la que se habían desplazado numerosísimos efectivos y pertrechos del ejército, junto a policías provinciales les del Regimiento Nº 17 de Infantería, bajo el férreo mando del teniente Lucero y del comisario Mosconi. Así las cosas, volvió Gorgonio a montarse en el abollado Ford T de 1908 que Ramos le había prestado para acercarse a San Marcos. Se situó para arrancar y emprendió una marcha lenta y pesada, porque creía que se le olvidaba algo. En ese momento, en Colinas y éste en ella, hasta que se perdieron el uno del otro por el fondo del camino. — 219 —


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Día 21 La cucaracha y el sapo

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uando hubo recorrido la mitad de los diecisiete kilómetros desde la casa de Macaré a la ciudad, Colinas descubrió que aquella máquina necesitaba combustible para moverse. “La avería del idiota” —no dejaba de pensar. Era uno de esos momentos en los que se vuelve uno miserable, alcanzando niveles críticos de hundimiento. Pero, soliviantado por la testosterona, y con las piernas doloridas a raíz del ataque de patadas a las que sometió a aquella humilde máquina amerihabía indicado. Ni gota. La granizada del día anterior lo había perforado como si fuera de mantequilla y se habían perdido los valiosísimos cinco galones de gasolina. Observó el coche desde cierta distancia, como hacía cada vez que deseaba resolver un problema. Se le asemajaba a una cucaracha, negra y brillante, en medio del lugar. Y tras soltar dos juramentos de calibre universal, seguidos de una segunda tanda de patadas a la chapa ya maltrecha de la voiturette, se sentó sobre el estribo del coche a esperar que alguien sacar del páramo. Una vez conjurado el ataque de ira, inició la ceremonia de búsqueda del tabaco que siempre llevaba en la faltriquera. Rebuscó en su maletín para volver a mirar los dos folios con timbre había birlado del coche. Encendió un cigarrillo, que era lo único que podía hacer ya en medio de aquel paraje. Sabía Colinas que sus cigarros habían — 221 —


tenido siempre la virtud de evocarle momentos excepcionales e intensos. Buenos y también malos. Aproximar la llama al rostro abrumadora. Tras dejar comenzar el ritual consabido, se dignó — Dios sabe por qué razones— a mirar aquel lugar que le rodeaba, ya que estaba dispuesto a dejar que el paisaje empezase a formar parte de sus recuerdos, ahora imborrables. Ahí, ante sus ojos, la vista terminaba con las sierras cortando bravamente el suelo verde. Se lucían los colores verdosos de los montes cercanos y el azul fuerte de los lejanos, con esa transparencia y brillo de los días de resaca; de esos días que el sol parece tener una fuerza descomunal y arranca de las cosas más intensidad que la de los días cualesquiera. Y recordó su viaje inaugural como caballero aspirante en La Galatea. Recordó que había visto ba que una luz como aquella era irrepetible y que no era sorprendente en absoluto que en su plenitud produjera acontecimientos tales como el motín de la Bounty. Recordó las horas de “franco de ría” que pasara junto a Calonge y otros compañeros allá, down under que dirían los ingleses, allá abajo en las islas del paraíso. Y recordó, con un ataque casi histérico de risa que en Papa— dro Calonge, colega de fatigas, tenía suegro y suegra, y cuñados incluidos, aunque él creía que con pocas ganas de verle otra vez. Los lazos familiares no estaban sellados ni legal ni convivencialmente. Era por razones más bien etílicas, pues las noches de sábado eran capaces de producir historias a miles entre los jóvenes aspirantes, allí embarcados en la lejanía. Después de beber los brebajes afrodisíacos de las islas, los amigos habían preparado una boda con la hija del cacique de la aldea, tras convencerle de que Calonge era un gran Jefe. Pedro se dejó llevar por su sentido de la broma. Pero no tardaron en averiguar que el jefe de la tribu se había dejado llevar por el engaño, en toda su extensión y ceremoniosidad. De esto último no cupo duda alguna a Calonge, puesto que había invertido el tiempo de los sucesos, disfrutando — 222 —


con Lili—Wa, que así se llamaba la hermosa niña, de momentos normalmente posteriores a las ceremonias. Cuando no había ya más que dar por terminadas las nupcias responsabilidad de Colinas y sus amigos sobre la broma, batiéndose en retirada por la vía rápida. Pero descuidaron un pequeño detalle: los hermanos de la novia debían acompañar al novio hasta un paraje próximo a la playa para recitar unos versos de amor y juramento hacia la desposada, como colofón del largo proceso. Allí debían consumar el matrimonio ante toda la familia, al amor Fue entonces cuando Calonge y los demás se percataron de lo lejos que había llegado la puesta en escena, y de lo grave que era ya a esas horas... Casi podían oler ya la sentina y los calabozos de la Galatea, ante la que se iba a formar. Cuando la comitiva principal con los novios a la cabeza, custodiados por lo hermanos de Lili—Wa, pasaban frente a las dependencias de la Gendarmería, Colinas pensó que era la última oportunidad que tenían de deshacer el entuerto. Él mismo se acercó al gendarme que custodiaba la entrada, y le arreó el peor puñetazo que fue capaz de descargar. Con su brazo bueno. El gendarme hizo tanto ruido en su caída que no fue necesario alertar a los otros, quienes salieron inmediatamente, en persecución de Colinas. Y así, mientras la familia de Lili—wa, últimamente enpaso de los gendarmes, los marinos españoles cogieron a Calonge casi en volandas, para dirigirse al Galatea. El plan de Colinas rozaba la perfección, puesto que esa noche el Galatea zarpaba a primeras horas de la madrugada. Llegaron Calonge, Colinas y los otros con el tiempo justo de subir a bordo, navío a punto de mandarles buscar. Hubo tres días de arresto en sentina. Y respiraron aliviados. No hubo telegramas ni órdenes de puerto. El gendarme, con un ojo a la funerala, tendría que quedarse con la galleta puesta, y hasta la próxima. Porque sabía que la habría.

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En estos mares estaba todavía cuando una voz le transportó otra vez al Ford T 1908, varado como en calafate, en aquellas cuestas de San Marcos, sin gota de vida en el motor. —Oiga, ¿necesita ayuda? —dijo la voz de mujer, que venía desde el otro lado del coche, con un tono que sonaba más bien a recriminación. —Ayuda y un poco de suerte —maldijo Colinas. enorme alazán, y se había arrimado a la alambrada desde el inte—He visto desde el mirador de la casa que se paraba usted. Imaginé que sucedía algo... ¿Puedo ayudarle en algo?—preguntó. Sólo Dios sabe cuántas respuestas podría haber dado Gorgonio a aquella pregunta y en aquellas condiciones. —Como no venga usted provista de un bidón de combustible para esto, creo que lo único sería indicarme donde puedo conseguirlo. —En la casa hay gasolina. Si quiere usted acompañarme, gustosamente se la ofreceré. Saltó la alambrada y se colocó al lado de la mujer. Poco a poco, se adueñaba de Gorgonio la impresión de tener los ojos saltones, piel verde, y de caminar dando saltitos con sus fuertes ancas de rana. De un momento a otro vendría el beso de la princesa que iba a desencadenar el proceso de transformación. Pero antes de que la princesa se bajara del caballo, ya habían llegado a la casa... El beso de gracia tendría que esperar. Porca miseria. Ludwig Schumboldt se asomó para recibir a su hija y a su acompañante. En las manos sostenía todavía los trozos de minerales que había recogido ese día tras su marcha habitual de varios kilómetros. Ya había averiguado Gorgonio que Don Ludwig poseía una de las colecciones de minerales más envidiadas del país, dada la variedad amplia de muestras con que contaba, con piezas de todos los continentes y latitudes. —Padre, este hombre necesita combustible para su voiturette. Con tu permiso, voy a dárselo. — 224 —


—Buenas tardes, joven. Adelante, hija, que tome el que necesite. —Les estoy agradecido —dijo Gorgonio casi refunfuñando, ante el ridículo que suponía estaba haciendo. —No sé por qué, pero tengo la impresión de que nos conocemos, señor. —Así es, señor Schumboldt. Me llamo Gorgonio Colinas, y Si lo recuerda, yo iba con el señor José Ramos. naria... ¿Es así? —Es así, señor Schumboldt. —No deja de ser divertido que una persona familiarizada con la maquinaria se deje sorprender por una de ellas —remató sin mostrar una mínima compasión, aquella rubia enhiesta, ya monmera relación. El padre y el humillado visitante se mantuvieron quietos mientras ella desaparecía por detrás de la casa al galope. —Tiene lo peor de su madre y lo mejor de mí —dijo Schumboldt con la idea de sorprender a Colinas. —El genio improductivo y arrebatado de mi esposa. Era indomable. Y su físico, estremecedor e insolente. —¿Cuál es su parte? La mejor de sus partes, quiero decir... señor Schumboldt? —La de saber callar y marcharse a tiempo. Sabía Colinas que debía dejar algo dicho tras un momento como aquel, un monumento a la dialéctica de academia, aunque no supo encontrar en su nutrida reserva de ocurrencias, nada que hiciera honor al hecho reciente. Tuvo tiempo de dar las gracias a mente como había aparecido. No dejaba de tener su gracia que las máquinas pudieran rebelarse de vez en cuando para recordarnos nuestra miseria y desvalimiento. Como siempre, Gorgonio concluyó que no hay mal

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mentira en Argentina. Una de ellas se encarg贸 de record谩rselo. Pero le acerc贸 a su princesa.


Día 21 12:00 h Cuando llegó a la ciudad, Ochandiano le esperaba en la puerta con impaciencia ante la tardanza. la rubia dando vueltas aún por su magín. Y añadió: —Debe saber que tienen a los otros activistas en Capilla del Monte. A unas ocho leguas, creo. Allí les está interrogando el ejército, que viene de camino a Cruz del Eje, por cierto. Reparó Ochandiano que Colinas tenía cosas por preguntar. Tendrían que sentarse a hablar, pero sin perder tiempo. No tuvo Colinas ya la menor duda de que el siguiente paso era tomar una iniciativa inmediata, que les sacara lo más rápidamente del embrollo. Había que dar unos pasos concretos y pocos, a ser posible, para escapar de aquella ciudad que envolvía inexorablemente a todo el que llegaba a ella. La Cruz del Eje era ya el suplicio anticipado por su propio nombre. —Ochandiano, ¿tenemos algún amigo en Córdoba, que nos eche un cable aquí? —Alguien con agallas y que nos apoye. Tenemos que sacar a Lezama de la comisaría. -

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—No me ha entendido, Ochandiano. Cuando digo sacar, quiero decir sacar a Lezama de allí. Antes de que llegue el ejército. O sea, ya. —Pero... ¿cómo sacarle? ¿Por la fuerza? —Obviamente, amigo mío. El navarro supo que aquello era una determinación ya irrefrenable. Sólo quedaba colaborar. Con espanto, pero colaborar. statu quo en la ciudad. Pero había más de una idea clara ya por aquel entonces: si querían tener éxito en la huida debían contar con la ayuda de Ramos. Su ascendiente sobre la ciudad era tal, que hacía de él y de su gente aliados imprescindibles. ¿Pero querrían? los activistas.

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Día 21 El plan

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os ferroviarios se agolpaban en los salones de La Fraternidad para aprestarse a escuchar a Yasante, a los Toranzo y a Baldecich. La reunión había empezado apenas media hora antes, con lo cual todavía se hallaban allí todos los que tenían algo que decir o hacer sobre la huelga. La compañía había traído gente de Buenos Aires y Santa Fe para trabajar en los talleres, según la información que manejaban los líderes, y era necesario continuar con las movilizaciones y la presión. Debían encontrar posiciones adecuadas para cuando viniera el ejército. Llegado ese momento, todo el mundo había de tener las cosas ya claras. Y eso incluía a los huelguistas, y al ejército. A las mujeres y los hombres, abuelos e hijos, a los vecinos... Colinas se dio cuenta entonces, momentos antes de entrar a aquel inmenso salón, que tal vez no era la mejor de las situaciones para plantear maniobras peligrosas a los activistas. Temía manchar el cuadro que esos pintores estaban dibujando, y tal vez de Lezama. Aturdido al principio por el ruido y las consignas, sus oídos empezaron a ensordecer. Ahora sólo comprendía lo que sus dos de algunos, morenos, ojos azules, pelos negros, rubios, cobrizos, niños en llanto, sobre los hombros, ropas de trabajo. Padres explicando a sus primogénitos lo que tenía que comprender de aquello, las primeras palabras del abecedario del reclutamiento. Y gestos de hambre y mala leche. Gorgonio comprendió que no podía pedir aquello a los activistas. Tendría que poder volver a mirarse al espejo y afeitarse — 229 —


con normalidad, sin que viniera a su mente el día que insultó a aquellos hombres que luchaban por su país. Como él hacía por el suyo. Se retiró con pesadumbre por haber tenido aquella ocurrencia y no haberse apercibido. Una hora después, al terminar esa reunión, se dirigió al Bar Español. Allí se sentó junto a Ochanteoría de Gorgonio sobre la capacidad de epatar al contrario con el silencio, de romper las débiles defensas de los poco avezados en la confrontación dialéctica. Como cuando se siente vértigo, se tiende a decir cualquier tontería, con tal de romper el vacío sonoOchandiano había empezado a entonar una explicación sincera, ordenando los detalles que a Gorgonio se le presentaban de modo anárquico. Y había iniciado su relato desde las cartas que debía haber leído Gorgonio antes de salir de España. Allí le habló de su tío Fulgencio Colinas, de Esmeralda, de Cuba. El navarro mostraba unas dotes narrativas que cautivaron al Colinas más infantil, al que Ochandiano precisamente pretendía invocar... Habló de su propio papel en la Cuba de la colonia, en la Cuba de la guerra y de su trabajo en la embajada. Ochandiano iba observando los gestos de su interlocutor para intentar averiguar hasta dónde había leído, hasta dónde se había informado de lo que le esperaba en aquel país, tan lejano, tan parecido... A veces, brotaba de la voz de Ochandiano el funcionario prolijo y correcto y se detenía en detalles que bien podrían haber llenado un libro de nacimientos completo. Por último habló sobre las personas que había conocido en Cuba y después volvió a ver ...en Argentina. En ese momento, Colinas retuvo la mirada de Ochandiano, mostrándole que atendía y quería saber ahora más de eso... Pero los minutos pasaban y los últimos en marcharse de la asamblea de la F.O.R.A. habían empezado a hacer su aparición por el Bar Español. El chasquido de las piezas del dominó reinaba a su alredesentado con los forasteros, le colocaba en una postura incómoda, — 230 —


porque los rumores corrían que daba miedo. Algo había ya en aquellos forasteros que les hacía ser diferentes de los otros recién llegados a la ciudad. ¿Tendrían que ver con la huelga y los incidentes más recientes aquellos dos gallegos bien trajeados, que vivían en casa de Ramos? La F.O.R.A. tenía simpatizantes por todas partes que recelaban de cualquier movimiento o de cualquier persona nueva en la escena. La policía, y ahora el ejército, pondrían ya su mirada sobre cualquiera que pudiera crear expectativas o sospechas. Ni Ochandiano ni Colinas pasaban precisamente desapercibidos. Como quien está previendo los movimientos del otro en el ajedrez, Colinas se aprestó con su mejor artillería para lo que se avecinaba. O los que se avecinaban. Mantuvo una tar con su apoyo. —Lo que me pide es imposible, señor Colinas. Mire, capitán. ¿Cómo voy a sacar de la cárcel a su hombre? ¿Se da cuenta de lo que me está pidiendo? —Claro que me doy cuenta. Por eso se lo pido, porque sé que —Me pide un imposible, Colinas. —Le pido que me ayude, paisano. —Le digo que no puedo, Colinas. No puedo —y Gorgonio vio go a su patrón. en la que se encontraban. El croata no dudó y entró directamente en materia. —Nos han dicho que saben dónde está Lezama —disparó Baldecich. —¿Cómo sabe usted eso, Baldecich? —Conocidos que tiene uno en todas partes. Hasta en el cielo hay que tener amigos. A propósito, ¿tendrán algo que ver estos señores con la desaparición de Lezama? —preguntó algo más que curioso el croata. Gorgonio entró a calibrar en décimas de segundo las posibilidades que tendría una operación con la ayuda de ellos para liberar a Lezama de la policía. Sin duda era arriesgado, pero era lo — 231 —


que había. O ellos o Ramos. Y algunas posibilidades ya estaban agotadas. Así que creyó que lo mejor era ahorrar tiempo. —Lezama está ya en la comisaría —contestó Gorgonio—. Si ustedes me ayudan le sacaremos de allí. Los tres sindicalistas no hicieron preguntas, porque dieron por sentado que sus sospechas eran fundadas. Simplemente secundaron a Gorgonio hasta el enorme patio trasero del Hotel Del Plata, donde les esperaba ya una mesa servida como siempre con delicadeza. Allí tuvieron que ponerse al día unos a otros sobre la realidad de la situación. Cuando Gorgonio les dijo que no se privaran durante la cena, puesto que pagaba el rey de España, rieron tan largo y tendido sobre la broma del gachupín, que olvidaron por unos minutos los acontecimientos que se avecinaban. Ellos no recordaban haber tenido nunca una cena como aquella. Ochandiano, los demás no habían probado bocado de sus platos. Josep Juliá explicó a Colinas que los sindicalistas le habían pedido que guardara aquellos alimentos para llevárselos a sus casas, pues no sabían qué panorama encontrarían en ellas después de las detenciones y los despidos. Al terminar de comerse un trozo de pan, Baldecich inició la conversación sobre la estrategia a seguir: de la comisaría? —preguntó—. ¿Y más ahora, que se nos viene encima el ejército? billete de vuelta... —respondió cansado Gorgonio. —Pero, ¿por qué buscan ustedes al gallego, señores? Ustedes son españoles como él... —Necesitamos llevar a Lezama a España. Alguien le reclama desde allí. Eso es todo lo que puedo decirles. —¿A España? —se miraron entre ellos, sorprendidos. Y Baldecich, corroborando su barrunto personal, curioseó: —¿Pero el gallego quiere irse con ustedes, caballeros? —El gallego, como usted le llama, no tiene mucho donde elegir. Aquí está en la cárcel y nosotros queremos sacarle de ella. Confórmese con eso, Baldecich. — 232 —


No tardó Hugo Toranzo en hacer la siguiente pregunta. —Pero, ¿cómo piensan llevar a Lezama siquiera hasta Buenos Aires sin ser detenidos? —Esa es harina de otro costal. El asunto es que tenemos que sacar de aquí a Lezama cuanto antes. Tenemos que hacerlo esta noche o mañana, como muy tarde. ¿Contamos con ustedes? A Colinas se le hizo eterno, pero fue tan sólo un instante. —El gallego nos ha servido bien. Se lo debemos —dijo Juan Toranzo, para convencer a Baldecich, que era de naturaleza más Tras unos minutos de pausa, Baldecich arrancó sólidamente. —Bien. Le sacamos, pero yo doy las órdenes... —Nada que objetar... si conseguimos sacarle. Cuénteme —le concedió Colinas, sin más remedio. Entre los preparativos y las copas de vino, Colinas reparó en que en la mesa contigua se hallaba cenando Walda Schumboldt. Daba cuenta de una ensalada bien poblada y bautizada con el mejor “aceite de oliva del mundo”, que decía don José Juliá. Era aceite traído de España. —Señorita Schumboldt. Buenas noches. Levantó la mirada Walda sin dar mucha importancia ni rapidez al movimiento. Con ello dio por pronunciada la oración interrogativa de qué-desea-señor-no-moleste. —No sé si me recuerda. Soy el de la gasolina. Y quisiera me brindara usted la ocasión de agradecerle lo que hizo por mí —deFue quizás la brevedad seca del acento español lo que hizo sonreír a Walda, pensó él. Pero fue la mueca extraña de su rostro, cuando dijo lo de la gasolina, lo que la hizo sonreír. —Espero a mi padre a cenar conmigo, señor Colinas. Tendrá que invitarnos a los dos. —Será un placer triple entonces. —¿Por qué triple? Doble, querrá decir. —El primero de los placeres es el que estoy gozando en este momento. El siguiente será el de invitarles a los dos. —¿Y el tercero? — 233 —


—¿Dije tres? —Dijo tres, Colinas. —Entonces ese tercero es inconfesable... Deje que lo guarde para mí. —Buenas noches —irrumpió en la conversación Hans Ludwig Schumboldt. —Buenas noches, señor Schumboldt. Estaba intentando convencer a su hija de que me permitieran ustedes agradecerles su providencial préstamo de combustible. —¿Ha conseguido usted dominar a la máquina, señor Colinas? Gorgonio se preguntaba si el padre se refería a su propia hija con lo de la máquina. —Confío en que no me ocurra nunca más nada semejante — reía para sus adentros Colinas, convencido de que si la fuga planmediata. El resto de aquella velada no se prolongaría en demasía, ya que Colinas y ciertos amigos tenían planes muy detallados. Tras departir sobre aspectos imprevisibles de las máquinas, de lo previsibles que resultaban ciertos comportamientos humanos y sobre el campo y la geología, Gorgonio pagó la cuenta a Don José Juliá con gusto. Cuando tomó la mano de Walda para besarla y despedirse, creyó emplear más segundos de los necesarios. Ella no se lo hizo notar. dió con un beso a su padre, deseándole buenas noches. Y quiso acercarse a la habitación del mirador, porque hacía una espléndida noche de primavera. Las brisas deliciosamente frescas de esa época del año dieron un brillo especial a las luces de la ciudad, allá a pocas millas, en la hondonada del río. El cauce era seguiWalda. Todo le pareció bien. Pero aún faltaba algo, para que fuera perfecto. Se giró tan rápidamente como pudo, como quien desea salir de sus dudas lo antes posible, aunque retardaba lúdicamente el momento a sabiendas de la solución y miró al retrato de su madre. Paloma Caribeaux sonreía como nunca lo había hecho. — 234 —


Día 22 11:00 h

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outiño alzó el brazo y disparó a Brassa en el abdomen. Desde cinco metros, al verle aparecer por las escaleras de mármol, saliendo de la casa de la Ramonita. —Un tiro. Por mi mujer llorando desconsolada en mi casa. Mírame bien, Brassa —y disparó otra vez, pero en esta ocasión en una rodilla. —Dos tiros. Por los dos hijos que me quedan vivos, porque tú mataste a su hermano. Desde la casa de la Ramonita empezaron a acercarse varios niños mugrientos, atraídos por los tiros, al tiempo que sus padres les gritaban que no lo hicieran. Y la propia Ramonita, que clamaba desesperada por que alguien la ayudara. Brassa había caído sentado en los escalones de mármol blanco, ya sucio para siempre. —Tres tiros —dijo Coutiño, disparando otra vez a la otra rodilla —por los tres hermanos que tengo y no he vuelto a ver desde que me vine a este país, a trabajar mucho. —Cuatro, por las patas del caballo que mataste en la calle. Y era mío. Y cinco, por los años que hace que murió mi madre, en Marín. Y no pude enterrarla como Dios quiere que lo hagan los buenos hijos. Al apoyar las manos sobre el charco de su propia sangre, Brassa iba haciendo dibujos abstractos, intentado retirarse del arma. gritos. Uno de los hombres de la casa, sin duda amigo de Brassa, se acercó a Coutiño. Éste le ignoró con la furiosa dureza de su venganza, convencido de la inutilidad de aquellas súplicas. Coutiño — 235 —


se volvió para apuntarle a la cabeza, así que el hombre se retiró con las manos en alto y mirando al suelo. Y el carrero volvió a su tarea de balear a Brassa, haciendo su recuento familiar. —Seis tiros. Porque seis fueron los hijos que tuve con mi mujer y de los que no vivieron todos. Ya había vaciado el tambor, así que Coutiño sacó cuatro balas más del bolsillo derecho de su chaqueta negra. La única que tenía de paño, le hacía sudar en el calor cruzdelejeño, pero era la única prenda negra de que disponía para enlutar rigurosamente su día. Cuando terminó de colocar cada bala, despacio, se dio cuenta de que había un círculo de medio centenar de personas mirándole. Nadie le pedía por la vida de Brassa, nadie se acercó a él. Y disparó otra vez. —Siete, por los pecados capitales, que no aprendiste de pequeño. —Ocho tiros. Dos en cada brazo y dos en cada pierna. Y nueve. Porque no te reproduzcas nunca, rata inmunda. Brassa casi había perdido la consciencia y aún se oían sus sollozos de dolor. Aunque tuvo tiempo de mirar hacia la Ramonita e inmediatamente otra vez a su verdugo. Coutiño arrastró a Brassa, tomándole por el cuello de la chaqueta, hasta el interior del patio de la casa. Allí , en el centro delpatio, se situó junto a la cabeza y disparó a la frente. —Y este último por los diez años que nunca llegará a cumplir mi hijo Santiago. Diez. Y resonó el último disparo con el eco de las lomas de Cruz del Eje.

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Día 22

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olinas y los activistas planearon cada paso a dar, pues éstos no eran gente de armas ni avezada en cosas de la guerra. Pensaron de acuerdo al material que deberían emplear en cada uno de los pasos. Primero previeron el tipo de arma a utilizar y las personas necesarias para el ataque a la comisaría. Como fuente próxima y bien informada, acudieron a una hermana de los Toranzo, casada con un policía. La mujer explicó que, según le contaba su marido, todas las noches se quedaba un retén de cinco policías. Ella tenía por costumbre enviar empanadas y algo de vino para las largas noches de invierno, cada vez que su marido hacía servicio nocturno, y corroboró que ese era el número más frecuente. Al parecer, uno permanecía en la mesa de principal. Para el servicio de los posibles detenidos, cuando los había, se encontraban dos más: uno que dormía en el corredor de celdas, y otro fuera del pasillo, de guardia. El quinto hacía las hacerse cargo de dos o tres. Y el del exterior podía ser alejado del lugar con una cierta facilidad. Eso elevaba el número de hombres necesarios a una docena, tal vez quince, más o menos. La hermana de los Toranzo desplegó un talento memorístico considerable al detallar con los activistas y aquel español tan decidido, los aspectos de la comisaría y la intendencia que podían resultar de gran utilidad: las distancias, el mobiliario, distribu—No se olviden de que posiblemente el retén sea mayor estos días. Con la huelga y los disturbios... Así que no debe haber ninguna certeza sobre el número exacto de policías —advirtió ella.

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—Ya lo imaginaba, por eso creemos que si son cinco o seis, nos obliga a llevar al menos doce hombres —se volvió hacia Baldecich otra vez. —Para la huida, ¿contamos con algún vehículo que sea rápido? —El gallego sabe montar a caballo, supongo —enarcó las cejas interrogativo Baldecich. Gorgonio estuvo a punto de decir que era coronel del ejército español, amigo Baldecich. Pero pensó que ya estaba bien de ir repartiendo cuentos de coronelitos españoles apresados y se prometió terminar cuanto antes. —El gallego sabe. —Bien. Al mediodía, Gorgonio y Baldecich ya habían terminado de plan, ya que cualquiera podía irse de la lengua. Ya lo había observado Colinas. Armas, gente cabreada, el ejército en ciernes y la huelga...La sensación de vacío legal era general. Era muy fácil convertir el rescate de Lezama en una masacre. Para desesperación de Ochandiano, Colinas se perdió durante un par de horas. Pero el navarro sabía que si así lo disponía Colinas, sus motivos tendría. Al llegar la noche, Baldecich empezó el recuento de los hombres en el potrero de los hermanos de Yasante. Cada uno con su montura, se aprestaban lo mejor que podían. Incluso algunos habían rescatado la bombacha, ese pantalón amplio y cómodo del gaucho, y las botas. Y vio Baldecich sobre todo en los Toranzo, un brillo en la mirada que indicaba que la prenda, esa noche, tenía linas empezó a repartir armas entre los hombres, un arma larga a los que se iban a quedar fuera y los que iban a cubrir la salida. Colinas, Baldecich y Hugo Toranzo iban a entrar, así que portarían revólveres. Según les había contado la mujer del policía, la rutina nocturna de la comisaría empezaba a las once de la noche, cuando — 238 —


se producía el último relevo en el puesto de la puerta principal. de que todas las puertas estaban convenientemente cerradas, al igual que las ventanas y cerraduras de las dependencias. Luego daba conformidad y novedades al comandante del retén de guardia y se despedía hasta el día siguiente. El encargado entrante de la ronda exterior solía ser el último en incorporarse, con lo que siempre se producía una cierta demora en cubrir ese puesto. Ese sería el momento de entrar sin ser detenidos en la puerta. ducir un ruido considerable. Decidieron que debían ir separados, y juntarse en la zona de la comisaría, provenientes de diferentes puntos para no llamar la atención, y como máximo, en grupos de tres. Baldecich y Hugo Toranzo iban a ir juntos en su grupo, para organizar a los jinetes una vez que llegaran al punto acordado. Al terminar el operativo, cuando salieran con Lezama, y mejor era que evitaran los tiros si podían, debían volver a sus puntos de origen; sólo que esta vez cada jinete cabalgaría por su cuenta y riesgo. A carajo sacado. Si el policía de la ronda se hallaba en su puesto de la puerta principal, habían decidido que uno de los hombres iba a ir acompañado de una mujer para poner todo en marcha: la pareja tenía que simular una discusión acalorada, muy cerca de la entrada principal, para atraer al policía de la ronda exterior hacia aquella esquina de la calle Sáenz Peña. A una señal convenida, los hombres entrarían a la comisaría en tromba de siete u ocho. Los demás se quedarían fuera, haciendo la cobertura del ataque y la salida. Cuando llegó la hora pactada, los jinetes empezaron a aproximarse hasta la esquina y allí se encontraba ya la pareja. A lo lejos, a la altura de los talleres de ferrocarril se podían contar los otros jinetes que se acercaban lentamente. Desde la calle Florida, al lado opuesto, los otros grupos cabalgaban. Unos minutos y todo empezaría rápido. Pero hubo una aparición inesperada: Braulio, borracho conocido por la mayoría de los cruzdelejeños, traía el vino y el día peleones y quiso dormir esa noche en comisaría. No pudo elegir — 239 —


una noche mejor para provocar al policía de la guardia. Los jinetes más próximos a la comisaría, Baldecich y uno de los Toranzo, vieron cómo se asomaron tres policías a la acera de la comisaría y se quedaron allí, a neutralizar al pobre diablo y a observar al extraño ir y venir de caballos. Baldecich estaba a punto de dar la orden de entrada en tromba, cuando uno de los policías hizo sonar su silbato e, inesperadamente, un furgón salió de detrás de los paredones de la espolicial. De él empezaron a bajar policías que se dirigían rápido, con armas largas, y disparando al aire, a acordonar la entrada a la comisaría. Pero lejos de allí, tan sólo unos instantes antes de la aparición del furgón, tres hombres se metieron en la comisaría por la parte las celdas. Lezama se hallaba mirando al techo de su celda para acompañar con sus ojos el recuerdo de Luisa y la barranca, que volaba por el aire como una mariposa. Reía el coronel con la risa del adolescente enamorado, ausente, sin reparar en el jaleo que se avecinaba. Un portazo le trajo a la vida real sin compasión. Se levantó del catre para ver qué ocurría y escuchar las inusuales voces a esas horas de la noche. Y pudo ver a aquellos tres hombres acercándose hasta la mesa de guardia al principio del pasillo, al agente sentado. Éste leyó con desgana, aunque sorprendido de aquellas presencias. Un momento después se levantó y les acompañó a la celda del coronel. Abrió y dijo al detenido que saliera con los policías recién llegados. Ya se podía oír con claridad el ruido de armas, las voces de Braulio repartiendo juramentos y manotazos; y las carreras que se estaban produciendo en la parte delantera de la comisaría, mientras ellos salían por la puerta de coches. Los tres policías empujaron a Lezama al asiento trasero de un coche y se alejaron en dirección al sur de la ciudad.

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Cuando Baldecich, apostado con su caballo en la esquina vio al coche salir por la puerta de cocheras hacia la calle, huyendo al sur, hizo dos disparos al aire. Era la señal. Pensaba Baldecich en cuánta razón tenía el tal Colinas. Sabía que esta noche les iban a estar esperando también en la comisaría. Y se dio cuenta de que no valía la pena pensar en quién era ahora el traidor. Podía haber sido uno o dos. O tal vez alguien ingenuo, hablando más de la cuenta en el sitio inadecuado. Cualquiera que fuera la razón, no podía evitar pensar en cuánta fuerza tenía el dinero cuando el cuerpo estaba débil de no comer. Y los jinetes empezaron a dispersarse. Sin comerlo ni beberlo, sobre todo lo último, Braulio había sido tomado como uno de los activistas y había desencadenado la emboscada con gloria y de yacían a buen recaudo en la faltriquera maloliente del beodo. Con un par. Tras haber visto arrancar el coche a toda velocidad, la sombra que acechaba desde la esquina de la calle de cocheras, ajena al guirigay de tiros y juramentos en buen cristiano, guardó el arma con paciencia. Había sido otro testigo más del operativo montado por Colinas. Otro testigo que portaba unos gramos de plomo llenos de venganza para el activista gallego que tenían preso en comisaría. Hoy no es el día, pensó Coutiño. Con uno por día, tengo bastante.

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Día 23 00:10 h

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l llegar a la calle Pellegrini, el coche giró a la izquierda a toda velocidad. Lezama no conseguía aferrarse lo necesario, puesto que el dolor en el abdomen y en la pierna se lo impedían. Pero ya no hubo más giros violentos. Al llegar al puente del ferrocarril de la calle Florida, el conductor maniobró con un frenazo brusco que colocó al coche detrás de los árboles de un derrape. Se bajaron de inmediato, arrastrando a Lezama hacia otro coche más grande que esperaba bajo el puente, en las sombras, con el motor encendido. Después de comprobar que nadie les seguía, fueron recobrando el resuello y arrancaron otra vez. Lezama vio desde el asiento de atrás cómo el policía al volante, ya conduciendo con más calma, le lanzaba una bolsa con ropas y un par de zapatos. Los tres se sacaron los birretes de po—¿A dónde me llevan ustedes, señores?—preguntó el coronel Lezama con poca esperanza de recibir respuesta. —Le llevamos a España, mi coronel —dijo Colinas mientras se sacaba el birrete de agente de policía de la provincia de Córdoba y el bigote postizo y se daba la vuelta desde el asiento delantero para hablarle. —Pónganse cómodos, señores, porque tardaremos unas tres desde el asiento del conductor. Y añadió: —Le he traído esa ropa de la bolsa, coronel. Creo que usted y yo andamos por la misma talla. No obstante, pararemos en casa de un amigo dentro de una hora para tomar algo y por si quiere asearse.

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—¿Le aprieta mucho el uniforme, Ochandiano? —se rió Colinas. tenía usted razón, Colinas. Ya nos esperaban en la puerta princi—Tengo mis dudas sobre quién era. A estas horas Baldecich debe haber despejado ya esas dudas. Pero, como ve, ya estoy diciendo era. Ahora tenemos que preocuparnos por otras cosas, amigo Ochandiano. El coronel está con nosotros, y nos vamos... Mientras pronunciaba estas palabras, Colinas miraba al coronel Lezama, demacrado y dolorido aún por las heridas. Heridas en su cuerpo y en su alma, que se volvían a abrir cada día y a cada paso en ese nuevo mundo largo y ancho. Como la llanura que estaban recorriendo antes de comenzar a ascender la sierra. Mantenía, sin embargo, el coronel una altura en su mirada tan digna como su rango. Había una tristeza impotente en su mirada. Debía estar pensando que el destino le perseguía y estaba decidido a no soltarle. Había conseguido huir de España, organizar lo que había organizado, sólo para, poco después de haber llegado a aquel país, volver a traerle a la península. Y con dos balazos en el cuerpo. Así, permaneció en silencio durante el trayecto, mirando por la ventanilla del coche. —¿Le puedo hacer una pregunta, mi coronel? —Sabe que mi único derecho está en no contestar, amigo Colinas. ¿Amigo Colinas? Era la primera vez que le oía hablarle así. De repente se veía en aquel hombre un leve rastro de simpatía hacia su secuestrador. de Buenos Aires, el lugar natural para un hombre como usted. te una hora, señores. No podemos tardar más. Allí, en San Marcos, es donde vivía Joaquín Lamas, amigo cerca de Maside, en Galicia. Les esperaba con el corralón potrero abierto para que no tuvieran que parar el vehículo fuera. Por aquellas tierras, sólo se veía el De Dion Bouton del gobernador — 244 —


Laudin o el Mercedes de Ramos. Y pocos coches más. No querían llamar mucho la atención. —curioseó Ochandiano. —Aún no sé yo mismo cómo me he dejado embrollar. Pero seguro que usted ya sabe que Colinas es un hombre muy convincente cuando quiere. Colinas dio una palmada de agradecimiento en la espalda al gallego. Su cuñado era el encargado del mantenimiento de las caballerizas y garajes de la policía. Y gracias a él salieron y entraron con toda naturalidad mientras la entrada principal se convertía en el rosario de la aurora en un pis-pas. El chivato actuó rápido, dando la razón a Colinas: éste había trazado el plan sin arriesgar la salida de Lezama. Lo cierto es que había habido otra ayuda considerable: el papel timbrado que Colinas había birlado unos días atrás del maletín del gobernador Laudin. Colinas solamente tuvo que rellenar el documento solicitando la entrega del detenido haciendo uso de la máquina de escribir Underwood de Ramos. —Le felicito, capitán Colinas. Ha sido usted rápido, certero y sagaz. —Lo único que ocurre es que... yo no me voy con ustedes. Joaquín Lamas les invitó a sentarse a su mesa, donde su mujer había dispuesto una cena más que abundante, tan propiamente acogedora como las gallegas de la mejor casta. Se enfrascaron da por el vino y el buen pan con queso. Mientras tanto, Lezama miraba con insistencia a Colinas. —Parece usted un hombre muy pragmático, capitán Colinas. Si le contesto a su pregunta de por qué vine a Cruz del Eje, posiblemente estemos empezando a contar una historia que no sé si usted quiere oír. Sostuvo la mirada el coronel sobre Colinas, esperando una tivamente o dejar que sus mundos no se encontraran del todo. — 245 —


Había algo que el coronel tenía que decir y que había quedado pendiente desde el mismo día que se conocieron. Sánchez y le hizo aquello tanta gracia. Puede que me apetezca oír esa historia. —Yo conocí a su tío Fulgencio Colinas. cosa... lla tampoco añadía mucha emoción a la que ya de por sí vivían en esos momentos. Y se vio obligado a lamentar la muerte del pobre tío Fulgencio, tal y como había oído durante los últimos diecinueve años en su casa. —Una pena que su muerte heroica no fuera reconocida por nadie. —Más que heroica..., yo diría trágica —corrigió el coronel Lezama. muerte viene inherente a la guerra. Y aquella de Cuba lo era. Para él y para todos los que como él se dejaron el pellejo en la manigua. —¿En la manigua? —preguntó Lezama. Una enorme y humeante fuente de caldo se posó ante ellos. Las manos de la mujer del gallego Lamas les devolvieron a lo más íntimo de sus recuerdos infantiles, con mesas amplias y surtidas, ese olor a cocina elaborada y sobre todo la voz, la tierna voz de Maruja, diciendo. —Tome, señor. Este caldo le sentará muy bien. Coma, coma usted, que me parece que le hace falta. Joaquín consideró que ya estaba bien de formalidades y que era necesario abordar el tema que les traía a esas horas por su casa. —Las cosas no están para muchas bromas en Cruz del Eje. El ejército está ya en Capilla del Monte. Me lo han dicho mis cuñados que van allí a diario. Dicen que quieren estar en Cruz del Eje pasado mañana. Cuatro compañías, una es de caballería…

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—Supongo que esperan refuerzos o material. Pero dicen que hay más de ochocientos hombres. No sé qué más quieren. Llevan algunas piezas de artillería y camiones. Podrían estar en Cruz del Eje en tres horas o cuatro de camino. —Hay cosas extrañas en todo esto de la huelga —dijo Lezama. —No quiero entrar en el tema, porque ya me interesa bastante poco, pero he de reconocer que el coronel tiene razón. Todos vieron el gesto de sorpresa en el rostro de Lamas al mencionar Gorgonio la palabra coronel. —El propio Ramos me confesó que él mismo tiene mucho que ver en ella. —¿Ramos? —dijo Lezama. podía tener tanta información y de primera mano sobre nuestros movimientos? —Incluso los balazos que lleva usted encima se los debe a alguno de sus informadores... Mientras esperábamos en las cocheBrassa ha pasado ya a mejor vida. mentaba lo que a su jefe atañía tan de cerca. Seguía comiendo las deliciosas viandas que Maruja les había preparado. Colinas no pudo resistir su impulso inquisitivo y añadió: —Brassa trabajaba bajo las órdenes de Ramos. Y pagó cara acusaba directamente como el verdugo del italiano. ra tenían sus ojos puestos en él. Dejó de masticar y recorrió lendebió usar Jesús el Nazareno durante la cena maldita buscando al Iscariote... ruga sin perder un ápice de su compostura— pero yo no hice ese trabajo, señor Colinas... Yo estaba con usted, y muy ocupado por lo que recuerdo... Y si algo puedo asegurarle es que Brassa no trabajaba para Ramos. Trabajaba para sí mismo. — 247 —


De todas formas, ya no tenía voz en aquel negocio el pobre hijo de puta. Tenían todos muy claro que no era hora de hablar de Brassa, ni del niño de Coutiño. Era hora de pensar en llegar a la ciudad de Córdoba cuanto antes y sin incidentes, pues no iba a ser fácil transitar con un coche tan vistoso por las carreteras si el ejército se hallaba en Capilla del Monte. Tenían que pasar por entre los convoyes, montados con controles de principio a evitar ataques innecesarios de los huelguistas. Había que pensar en llevar el coche hasta la Capital federal. Había que pensar en el combustible para más de setecientos kilómetros, y cada uno de ellos pleno de avatares. Una novela de por sí. Y ahora se añadía el problema de que Lezama se negaba a marcharse. —Escúcheme, mi coronel. No creo que tenga usted muchas alternativas. Ahora ha pasado a ser un fugitivo de la justicia argentina. Yo le estoy ofreciendo dejar de serlo de la española — dijo Colinas malhumorado otra vez. Colinas, que había empezado este viaje ya de mala gana, se estaba cuestionando su propio deseo de cumplir con la misión. Se estaba cuestionando su motivación para continuar con un trabajo ajetreado, después de haber cumplido con honor —y sin la más remota de las vacilaciones— muchas misiones de carácter especial. Gorgonio, que había aprendido a evitar los tiros, los de verdad y los de palabra; que había aprendido a esquivar momentos de peligro real; que se había adiestrado en cientos de situaciones de guerra y de paz con la misma soltura casi gatuna con la que había nacido, ahora tenía el magín fuera de lo que ocurría en Argentina. No entendía nada ni se entendía a sí mismo, así de esa Pero necesitaba urgentemente llegar a un acuerdo con el coronel y no debía distraerse con sus propias fruslerías... Eso antes de pasar la Navidad a 40 grados y para eso ya quedaba muy poco. Se había prometido a sí mismo no pasar en aquellas latitudes ni un minuto más de lo necesario.

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momento en que tuvo que marcharse a Argentina, le habían roto el sentido con que había envuelto su vida y la de sus ancestros. Se hallaba ahora en un desordenado presente, inmisericorde con él, tan hecho a controlar sus acciones, sus pensamientos, su vida Cuba. En una de ellas, se adjuntaba una vitola de puro habano con unas iniciales: JL. Y dos hojas manuscritas en una de las cuales se hacía referencia a datos de unas cosechas de caña de azúcar, con el mismo membrete de la vitola. La otra carta era de agradecimiento a Ochandiano, por unas gestiones en Buenos Aires en torno a una documentación relacionada con un proceso de nacionalización en la embajada española. Llevaba el membrete: J.L. La diferencia radicaba en las fechas. Entre las primeras— fechadas en Santiago de Cuba— y la segunda, mediaban dieciocho años. Gorgonio sentía la imperiosa necesidad de regresar a España y averiguar lo que su madre y su padre no le habían contado de su tío Fulgencio, el héroe de la estirpe Colinas. Y ahora, el coronel Lezama le escamoteaba la historia, porque se la quería soltar a cuentagotas...y casi seguro le quería negociar. Por tanto, decidió Colinas que el coronel no debía verle muy ansioso por conocer la historia de su tío. Claro que tampoco podía llevarse al coronel Lezama esposado a España. Terminada la cena de Maruja Lamas, Colinas salió a fumarse su cigarro al patio donde reposaba el mastodóntico Mercedes Benz de Ramos. Allí la luna dejaba caer su cremosa claridad sobre las sierras. El coronel Lezama no tardó en salir a hacerle compañía. —Es asombroso que el mes de difuntos tenga este calor y este paisaje. Así, me recuerda al Rif —comentó el coronel Lezama. —Muchos muertos y sierras blancas. Hizo una larga pausa el coronel Lezama, durante la cual varias veces se le oyó el chasquido de la lengua, de los que indudablemente querían espantar o maldecir algún mal recuerdo. Dignándose a compartir sus pensamientos, preguntó:

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—¿Estuvo usted en África, Colinas? —dijo el coronel casi seguro de la respuesta negativa del capitán de navío. —Estuve —contestó contundentemente el marino que siempre había recibido el desprecio de los de Caballería e Infantería por su escasa y lejana participación en las guerras. —Pero he de decirle que yo no fui de los que estuvo en el Barranco del Lobo. —Yo sí —contestó con un gesto sombrío—. Yo estuve en el Barranco del Lobo. Allí uno entiende muchas cosas sobre la vida, Colinas. Uno entiende lo poco que vale —sentenció el coronel. —Se nos ha hablado más veces del lado noble de la guerra, Colinas, que del lado siniestro. Hemos oído tantas canciones, tanta poesía sobre la guerra que no nos hemos parado a verla de una forma más cruda y real. Nunca se nos han contado las guerras con pelos y señales, que siempre hemos querido ocultar, porque no era de caballeros, bien visto. Pero en la guerra no hay nada bueno. Perdemos todos. Sangre de hijos, de hermanos, llanto de madres y mujeres. A cada comentario, el coronel añadía siempre un chasquido de sus labios. —¿Sabe, Colinas? En los campos del río Nekkor, me tocaba repartir las guardias por las noches. No había garitas, imagínese. Miraba al claro horizonte el coronel y señalaba con un movimiento de su cabeza hacia lo alto de las sierras imaginando los puestos de guardia de los que hablaba. —Los muchachos se aferraban a su arma como único parapeto. A veces hacíamos pequeños nidos con las piedras del río. Los moros de Beni Urriaguel solían gritar desde lejos, lanzando su terrible ulular. Aquello era el mensaje aterrador. A veces, después de los alaridos encontrábamos a algún centinela degollado. Ni se les oía llegar, por Dios bendito. Se tomaban hasta la molestia de dejar a los muertos sentados con sus armas. Cuando se acercaba el pelotón al puesto de guardia, uno no sabía lo que iba a encontrar. —Y, cuando llegaron los refuerzos desde Barcelona, supongo que tampoco se aliviarían ustedes... —apostilló Colinas.

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nosotros ni podíamos contener a veces las pequeñas revueltas entre la tropa. El coronel de mi regimiento optaba ya por dar un tiro a cualquiera de los nuestros que abandonara su puesto. Y bueno, imagínese, Colinas, con los de Barcelona los moros se cebaron. Muchos de los que llegaron no sabían ni usar el armamento. Y, por supuesto, pasó lo que tenía que pasar. Eran en su mayoría padres de familia, gente ya instalada en sus puestos de trabajo, gente con un espíritu más patrio que militar. Fueron auténtica carne de cañón. Fueron derechos a la masacre del Barranco del Lobo; La voz de Lezama se había quebrado por un instante. —Bien, ya lo sabe, de ahí a la Semana aquella de Barcelona del año 9, fue todo un solo paso —explicó el coronel lo que Colinas no necesitaba que le explicaran. —¿Sabe, Colinas? —insistía en la muletilla el coronel para años, y a veces todavía me despierto tanteando la cama para coger el revolver. —A mí me contaron que, a pesar del calor, muchos se envolde los degolladores y podrían despertarse para luchar por sus vidas. —Es cierto, Colinas. Yo también lo hice. Todas las noches desbien de hablar de mí ¿Y usted? ¿Dónde le tocó estar, marinero? —A mí me tocó estar en el otro lado de la línea. El coronel no disimuló sus deseos de conocer cuál había sido la experiencia de Colinas tras las líneas enemigas, pero Gorgonio no quiso distraer al coronel de la verdadera ruta de la charla. —Me tocó ir a buscar a algunos mandos prisioneros y canjearlos. —¿Por dinero? —preguntó el coronel, que mostró una sonrisa de esas que brotan en los que comprueban algo largamente sospechado. —Y otras cosas también, coronel. A veces armas o simplemente munición. — 251 —


No había sido tan canalla la vida militar de Gorgonio. Pero ahora se lo parecía, al hablar con el coronel en aquella noche tan especial, tan de luna blanca y pura. Siempre había tenido para sí que la suya no había pasado de ser un mero juego de salón, como corroboraba la experiencia del coronel. Una vida castrense que que ahora huía y esperaba no volver a ver jamás. Pero hubo de convencerse, primero a sí mismo y luego a los demás, de que su vida estaba tan llena de defectos, de los bien y de los mal llevados, como de virtudes, de las bien y de las mal llevadas.

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Margaretha Geertruida

E

lla fue una de sus defectos mal llevados. En Madrid, Gorgonio había conocido a la hermosa Margaretha Geertruida Zelle-Mac Leod. Colinas, al contrario que muchos de sus colegas, nunca había sucumbido al vicio, pero le lladolid natal, le había enseñado el misterio de la vida a los 17. Años después la holandesa que bien podía pasar por alemana, fue conocida más tarde como Mata-Hari. Era la primera vez que veía un sexo de mujer en público. Sintió entonces el más arrebatador de los impulsos de protección hacia aquella mujer que necesitaba en esos momentos algo más, mucho más que el cobijo Después de muchos avatares, cuando la espía cayó en desgracia, Colinas la encontró por casualidad una madrugada al salir del café del Círculo de Bellas Artes, en la calle Alcalá. Debía de estar esperando a alguien distinto, pero seguramente consideró a Gorgonio como una opción buena en medio del momento crítico que vivía. A partir de esa noche, la ocultó durante un tiempo pidas, hasta que la maquinaria alemana de guerra comprendió Todo le había ocurrido a Margaretha en Madrid, donde había sido destinado Ernst von Kalle como agregado militar de la embajada del kaiser. Allí, este general prusiano había caído en la cama de Mata Hari igual que muchos otros antes que él. A través de ella, Gorgonio había averiguado sobre un inminente desembarco de armas desde un submarino alemán en las costas marroGorgonio debía informar a los franceses de ese hecho. A raíz del — 253 —


Poco después, estaba perfectamente al tanto de la importancia de las personas que Margaretha recibía en su cama e intentó obtener información para el Reich, mientras se daba algún revolcón gustosamente. hermosa Mata Hari. En Berlín, dos meses más tarde de lo del en la embajada española, el Reich ya la consideraba prescindicomenzó a mandar mensajes altamente arriesgados hacia Berlín, pero haciendo uso de una clave que se consideraba “quemada”. En aquellos mensajes se descubría con toda claridad la identidad de la bella Margaretha. Les había sido tan fácil de descifrar los mensajes en la embajada española que Gorgonio entendió inmeceses sin el menor de los escrúpulos, y quiso ayudarla. Pero ya era tarde. En marzo de 1917, ya había sido arrestada y enviada al Claro que la guerra no tenía secretos para Colinas. Secretos los que él se veía obligado a guardar en la conciencia, pesada y allí delante del coronel. No. Colinas no tuvo que emplear mucho tiempo en interpretar la mirada desolada del coronel, quien intentaba que Gorgonio encontrase similitudes entre los inexpertos soldados de aquellos desastres de la guerra de Marruecos, los corderitos del Barranco del Lobo y los ferroviarios de Cruz del Eje de la huelga, a punto de recibir la aplastante visita del ejército argentino. —Bueno —espetó el coronel trayendo a Colinas otra vez al mundo de los vivos —sí hay una ventaja de la guerra con respecto a la paz. Alguna vez he oído decir a alguien que lo único bueno de la guerra es que sabes dónde están los hijos de puta. Siempre enfrente. Eso en tiempos de paz es difícil de decir. Están por todas partes. —Ésta no es su guerra, mi coronel. Y no se lo digo yo. Se lo está diciendo el propio rey Alfonso XIII. ¿Se da cuenta de lo que — 254 —


le está ofreciendo el rey, mi coronel? Yo se lo voy a decir: le está brindando la ocasión de hacer lo que la mayoría de los españoles quiere hoy. De poner los medios de que ocurra aquello por lo que muchos han muerto o matado, mi coronel. El cambio. Le está pidiendo que haga usted algo tan simple como una lista de cosas que hay que hacer en nuestro país, hoy, para ser mejores y más justos. Luchar contra los de siempre, que nos han llevado a donde estamos... —Contra esos precisamente, Colinas, estoy luchando ahora. Sí, es mi guerra, capitán... —No es su país —decidió Colinas ácidamente. Lamas, y a Maruja. De lejos se oyó una tierna voz de mujer. Llegaba en el justo instante de la culminación. —No me fatigue usted al coronel, que está muy débil —le instó Maruja a Gorgonio desde el porche de la casa. Ambos no pudieron evitar una sonrisa cariñosa hacia Maruja. Y pensaron que bien podría haber sido la voz de sus madres o de sus abuelas. Al alejarse Maruja, el coronel continuó sin titubear: —Cuando me dijo antes que su tío había muerto en la manigua, ¿me lo decía en serio, Colinas? ¿Me está usted diciendo que no sabe cómo murió su tío? Gorgonio frotó los ojos con el gesto de enorme cansancio que le azotaba. Con los dedos de ambas manos trenzados entre sí, recorrió la cabeza hasta parar en la nuca. Abrió los ojos, suspiró y esperó a que el coronel disparara. —Su tío no murió en la manigua, Colinas. Me sorprende que no lo sepa. —¿Dónde, si no, coronel? —A su tío lo mató un francés llamado Lebarón. Jacques LeBaron. En su propia casa.

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Día 23 02:00

erá, Colinas. Yo también estaba en Cuba durante la guerra. Era todavía un alférez con muchas ganas de vencer aquella guerra larga, enfermiza y maloliente. Durante el tiempo que permanecimos en la manigua, moría tanta gente por las enfermedades como por la guerra en sí. Aquello tenía que terminar de cualquier forma. Yo había conocido a su tío en uno de sus viajes a la península, aunque tiempo después coincidí con él en el frente de Santiago, cuando el desembarco de Guantánamo. Él ya era de los primeros en sostener que aquello no duraría; que había que dar curso a otra manera de trabajar en Cuba y con los cubanos. Charlábamos mucho sobre el futuro... Gorgonio no podía ocultar su sorpresa y encandilamiento por lo que acontecía ante él. Allí, ahora resultaba que el coronel Lele estaba completando el eslabón perdido de su familia. Perdido, al menos, hacía apenas unas semanas, desde que aquellas cartas coronel y su tío Fulgencio ya era demasiado. Comprendió Colinas que el coronel jugaba ahora con los sentimientos. Ya no era una simple negociación. Le estaba apelando al corazón. —Mi coronel, por favor. No me toque las narices. No creo que tenga usted derecho a hacerme esto. Yo... yo estoy cumpliendo una misión. Usted sabe que no tengo nada personal contra usted. Usted sabe, en cambio, que le respeto enormemente por lo que es y lo que hizo. No me haga usted esto.

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—Colinas. Capitán, escúcheme —le tranquilizó el coronel con que tengo que contarle, podrá usted decirme lo que le parezca bien. Rota la primera línea del frente, Colinas no tuvo más remedio que dejar avanzar al coronel. —Su tío se hallaba en una postura muy incómoda en Cuba. Era terrateniente. Cultivaba caña y tabaco, pero era al mismo tiempo militar español. Y aquella tenía que ser su guerra también. Cuando todo estalló, él se había propuesto junto a otros propietarios iniciar una empresa al margen de los americanos, con capital español. Pero muchos de los que como él habían aguantado, habían vendido o hipotecado sus tierras con bancos americanos. La idea de su tío no gustó a los que manejaban el comercio en Cuba. Forzaron a muchos para que vendieran o se marcharan, simplemente. Su tío quiso resistir y, no dudaron en presionarle. Como fuera. El caso es que contrataron al tal Jacques LeBarón. Era un mercenario conocido por sus trabajos para los terratenientes, los americanos y para la compañía Lesseps, ya sabe, la que construyó el canal de Suez y de Panamá. Luego me enteré de que Fulgencio y LeBarón ya se conocían de antes. Habían tenido muchas escaramuzas y enfrentamientos. Yo mismo asistí a más de uno después. Siempre por lo mismo. A LeBarón le encantaba su trabajo. Y su tío odiaba a Lebarón. Lo cierto es que se hizo odio mutuo. Y cuancuando Fulgencio salió en su busca —porque Fulgencio ya sabía que había sido él— el grupo de secuaces del mercenario se fue a La Danila. Y allí... ronel y al boquiabierto Gorgonio Colinas. Sentía un vértigo que había sufrido más de una vez desde que estaba en América, y que no sabía si se debía al fuerte olor a algarrobo del patio corralón de Lamas. se sentaba en una banca de piedra. — 258 —


Gorgonio. —Me contaron que los de LeBarón atacaron a Esmeralda. La humillaron e insultaron durante horas. Como Fulgencio no llegaba, en su afanosa busca de LeBarón, desviaron su odio hacia ella. La violaron y se marcharon. Gorgonio solamente pudo poner las manos sobre la cara, al tes, e intentando recomponer un gesto adecuado a la situación. Lezama no estaba sólo narrando una tragedia ya de por sí horrible. Estaba descubriendo un pasado que le habían ocultado por la razón que fuera. —Cuando Fulgencio llegó, ella ya había decidido quitarse la vida. Murió en sus brazos. Entonces, su tío salió otra vez en busca de LeBarón. Pero esta vez le estaban esperando a las puertas de La Danila. Allí le mataron con sus propias pistolas. Las sombras, los árboles, las sierras blancas de la noche leen el que Gorgonio se esforzaba por salir. Le habían entrenado para eliminar lo sobrante y quedarse con la principal. Pero ahora, embutido en aquel remolino vertiginoso, la mente de Gorgonio no daba crédito a lo que oía y sin embargo, sabía que debía hacerlo. En medio de la segunda escena surreal de la semana, era sabedor de que agua y aceite no se mezclan nunca, tal y como ocurre con la vida propia y el trabajo. Ahora la ley física parecía recibir una seria contestación. Una vez más, se hacía patente el hecho de que aquél encargo que le habían hecho en España tenía veneno dentro. —Ahora puede decirme lo que le parezca oportuno, capitán de navío Colinas. Regresó a la formalidad el coronel, al utilizar el apelativo con el cargo de Gorgonio. Le estaba lanzando la obligación de sopesar lo escuchado y analizar su valor ante la próxima negociación. Lezama se daba al barrunto de si Colinas le permitiría quedarse

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en Argentina, tras haber quebrado su voluntad férrea, con semejante historia. Había que reconocer a Lezama que como intento desestabilizador estaba muy bien —pensaba Gorgonio—. Nada como un buen traspiés en la historia familiar, o en la personal, para desespionaje que Gorgonio había tenido que repasar más de una vez. No podía dejarse obnubilar por aquella historia del coronel, para hacerle perder el rumbo. No, no podía ser. Otra vez será, coronel. —Otra vez será, mi coronel. Eso ocurrió hace casi veinte años. Lo que me ocupa ahora es de otra índole. Pero Colinas y Lezama supieron que aquellas palabras fueron la forma más rápida de indicar que había tocado a Gorgonio, en de Gorgonio durante años, apaleado y muerto como un perro en Santiago de Cuba. Pero todavía le quedaban cosas que saber y descubrir en aquella calurosa noche de difuntos del hemisferio sur. El coronel metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta, desde donde extrajo un sobre blanco, doblado y muy ajado ya. Sacó la carta del interior y la extendió hacia Gorgonio con suma lentitud, como para dejar que fuera él quien decidiera leer o no el papel que había marcado el último año de Lezama. A aquellas horas de la madrugada, y a esas alturas del partido, ya no había mucho lugar a dudas. No le quedó más remedio que tomarla y comenzar a leer. —Esto responderá a su pregunta de por qué elegí Cruz del Eje y no Córdoba o Buenos Aires.

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En la ciudad de Buenos Aires, a 11 de marzo de 1917

En prevención de la extrañeza que ha de producirle la presente misiva, señor Coronel, me tomo la libertad de ocupar algunas bre todo, amigo del capitán Fulgencio Colinas y Gaboto, de quien —tengo entendido— lo fue usted durante el servicio en tierras de Cuba. He llegado a saber por algunas narraciones de allegados y conocidos que su amistad fue sincera y profunda, si por tal entendemos no sólo la cercanía que mantuvo usted con la casa del capitán, amén de la que el servicio militar de por sí propicia. Sino también porque la herida que —según lo narrado— usted recibió en el desembarco de Guantánamo habría de condenarle a la muerte más cruel e inevitable, de no haber intercedido por su salvación el propio capitán Colinas, aún a riesgo de su vida, contra el ataque de las tropas sediciosas. Debe usted saber que el diario que Esmeralda escribía contenía páginas enteras en las que se mencionaba el eterno agradeciusted pasar la ocasión de recordar la deuda y hacer profesión de sión para esa devolución nos viene ahora, fría y añeja a despertar nuestras conciencias. Aunque como buenos cristianos, sabemos que debemos alejar de nosotros al instante cualquier atisbo de revancha. Y llegado a este punto, desde el sobre ajado que contenía aquella carta cayó al suelo la misma vitola con la sigla que él ha-

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chó para recogerla y tras examinarla miró una vez a cada uno de los que tenía ante sí. Y continuó leyendo:

Estoy en condiciones de demostrar, puesto que he tenido ocasión de comprobarlo, que la persona que asesinó vilmente al capitán Colinas en Cuba, Jacques LeBarón, se encuentra viviendo como terrateniente de gran fortuna en la Ciudad de Cruz del Eje, situada al noroeste de la provincia de Córdoba, en la República Argentina. que adjunto a la carta que tiene usted en sus manos llegó a las mías, como es de suponer, en una caja de puros habanos. Esa caja me había sido enviada como un regalo de agradecimiento por parte del señor Joseph Louton, con motivo de cierto servicio consular en el que me presté con diligencia a tramitar algunos papeles de su esposa. Como habrá ya usted entendido, el ahora llamado Joseph Louton, no es otro que el asesino de su amigo, el mercenario marsellés, conocido de todos los que trabajábamos a la sazón en tierras cubanas, Jacques LeBarón; quien, por lo que estamos rubricada ni iniciales en su nueva vida de Argentina. Como se mada por Jacques LeBarón en Santiago de Cuba, 1897, aparecida entre la correspondencia y papeles de Don Fulgencio Colinas y Gaboto y que conservo en mi poder, desde la época en la que me encontraba destinado en la isla de Cuba. Creo cumplir con una obligación largamente dilatada en el tiempo, con comunicar a usted esta verdad, que Dios nos pone en vía de conocer por sus insondables caminos. Fernando Ochandiano Bermejillo Secretario de la Embajada del Reino de España en Buenos Aires.

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Gorgonio se giró para llamar a Ochandiano con un grito que iba a brotar desde una profundidad inimaginada. Pero el navarro ya se hallaba a dos pasos detrás de Colinas. Gorgonio se limitó a levantar la mano con la carta, en un gesto deslucido, ya desprovisto de toda carga dramática, sin fuerza para interrogarle sobre nuación? —Preferí esperar a que se enterara usted aquí —empezó lid la misma carta que al coronel. Y continuó Ochandiano: no fui. También yo fui quien recomendó su nombre al ministerio para la misión de encontrar a Lezama. Sólo que a él se la envié hace ya muchos meses. Colinas miraba sus manos por no mirar al suelo, ni mirar a nadie que le invitara a hacer comentarios directos, ni al cielo buscando una explicación. Solamente fue capaz de contestar a su amigo Ochandiano. —Ahora entiendo por qué me sonaba el nombre de esta ciudad... lo había visto escrito en alguna parte. Y fue en alguna de las por Louton, es verdad. En la Cruz del Eje. ¡Maldita sea mi estam—Es la verdad, Colinas. Sólo la verdad.

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Día 23 05:30 h

El mes de Difuntos

A

Ochandiano sentados bajo el algarrobo del patio central de Joaquín Lamas, muy cerca del Mercedes de Ramos, preparado para una loca fuga, pero abortada ahora en camde vehículo potente, cerca de la puerta y apuntando su agresivo radiador hacia la carretera cargaba los ánimos de impaciencia, parecía un toro en la puerta de chiqueros, clavando con bravura su cornamenta en la madera La claridad de esos días en que no has dormido, insistente, cruelmente diáfana, suele estar en relación directamente proporcional a la confusión reinante de ojos para adentro, o sea originada ya por la resaca o por la miseria de la tristeza. —¿Por qué vino a Cruz del Eje, coronel Lezama? ¿Para matarle? —inquirió Colinas. El coronel se puso de pie, aunque apenas pudo alejarse de los demás, que, allí sentados al pie del algarrobo, parecían el magro público de un pequeño café de vodevil. —No sé por qué he venido a Cruz del Eje. Tal vez sí, vine a matarle. No sé qué me ha traído aquí. Sólo sé que llevo dos balazos en el cuerpo, y que aquí he podido vivir de lleno la lucha de los ferroviarios, como si fuera mía... — 265 —


—¿Y usted, Ochandiano? ¿Por qué me ha traído hasta aquí? El navarro se tomó poco tiempo para contestar. Ya estaba bien. Habían sido muchos meses de exasperante represión, harto de templanza y moderación. De lenta cocción de un plan trazado por él, pero sin saber por qué ni para qué. —Usted tenía que saberlo, Colinas. Usted más que nadie debía estar al corriente. Ese hombre ha vivido en la ciudad como un —¿Pero se lo ha contado usted a alguien más? ¿Lo ha denunciado usted? Ochandiano instaló en su rostro un rictus de descreimiento propio de quien sin querer decir lo que sabe, lo da a conocer con vehemencia. Denunciar. —¿Denunciar qué? —preguntó Ochandiano. Se levantó Colinas sin hacer apenas ruido. Anduvo hacia el otro algarrobo que reinaba en el frontón de la casa. Pasaron algunos minutos silenciosos hasta que Colinas se volvió. Les miró sobre quién demonios era aquel grupo de hombres allí sentados, en un estado penoso y fatigado. Allí estaba Lezama, con sus vendajes ahora ocultos por la ropa limpia que le habían prestado, de pie, cuya gallardía ocultaba, como la ropa, su orgullo herido. Ahí pero también amigo Ramos, con su colaboración en la fuga. Y allí estaban también, sin dormir, el gallego Joaquín Lamas, Maruja que se aprestaba ya a preparar el desayuno. Y, sobre todo, allí estaba Ochandiano, achaparrado, y regordete, con aspecto de Sancho, pragmático y visceral, que había llegado a su quijotización. Idealista callado y laborioso, había ido guardando con celo toda la información de los Colinas, para poder usarla algún día contra LeBarón. Él también era parte de aquel desastrado grupo. Colinas miró entonces las arrugas de su propia ropa, y se acercó al coche. Puso una mano en cada faro, y como confesándose al radiador del Mercedes, miraba al suelo. Un minuto más tarde, aún inmóvil delante del coche, dijo casi murmurando: —Tengo que comprobar primero si es él. — 266 —


doba. Y no ofrecía más opciones. El gallego había colaborado ya arriesgaba el trabajo, sino incluso la libertad o la vida... ga. Desde allí le prometo, nos arreglaremos solos. —No está lejos de aquí, pero sí le digo que está peligrosamenusted quiera. Montaron en el coche de Ramos y cada uno de ellos lo hizo como si fuera la última vez. Despacio y adaptando cada movimiento a su cadencia. Maruja y Lamas les saludaban desde la casa. El coche atravesó el portalón levantando polvo y espantando a las gallinas. Dos kilómetros después, llegaron al cruce de San Marcos, donde les saludó atento como siempre, el pastor cholo en medio de las ovejas de Joaquín Lamas. Cuando divisaron la casona de Macarena, vieron que la mujer se hallaba arreglando un ramo de calas y siemprevivas en el jardín delantero. Allí fueron a su encuentro al bajar del coche. Colinas supo que no sería fácil pedirle a Macaré refugio para unos cuantos días, pero tenía claro que ella era la única persona timos del gobernador —tal y como ella le había advertido días Colinas que el mes de Difuntos era malo para el negocio de Macaré, y que eso le daba unas horas, o casi un día de margen para pensar y trazar un plan. No tendrían que cuidarse de malos encuentros durante ese día y esa noche. —Sólo le pido que me dé unos días. No diga nada al gobernador de que estamos aquí. Yo mismo le avisaré. Por favor, Macaré. No iba a ser la primera vez que diera alojamiento a hombres, ya que la casa era grande, aunque los motivos por los que lo había hecho en otras ocasiones fueran bien distintos a los de Colinas. De lo más diverso. Algunas de esas ocasiones eran anécdotas con posibilidades de que alguien las convirtiera en pequeños y bue— 267 —


nos relatos: desde jugadores arruinados hasta maridos expulsados por sus mujeres del domicilio conyugal. Pero al historial de la casa solamente le faltaban los fugitivos políticos. Y ahora aparecían los dos “gallegos” a refugiarse en su casa, aunque Macaré todavía no conocía esa circunstancia vital de los hombres que teRamos lo que la disuadió de ponerse en contacto con el comisario Sánchez inmediatamente. Ella también tenía sus deudas con el comisario. Y éste con Macaré. Así que sopesó y concluyó que tampoco le convenía ofender a Ramos. Iba a colaborar. cio Colinas pasaba evidentemente por verle otra vez y hacer unas comprobaciones. Gorgonio había tenido tiempo de ver la coinciLouton. Ochandiano intentó demostrar que el uso de las iniciales escritas con agilidad de trazo y ancho de pluma eran los mismos en ambos casos. Pero cuando se espera que uno tome la resolución de aplacar a los dioses de la venganza, la prudencia se adueña del timón. Siempre hay quien piensa que Hamlet no tenía sanGorgonio venía a buscar al hombre para llevarlo a España, por encargo del rey Alfonso. Y resultó que ese hombre no sólo conoció a su tío veinte años atrás, sino que había sido arrastrado a Cruz del Eje igual que él, por otro que aseguraba su tío había sido asesinado sin piedad en la Cuba de la guerra. Demasiado para una sola noche y una sola persona. Tenía que compartirlo. Macaré se disponía a acercarse al cementerio de la villa, en el que se hallaban pocas tumbas, y todas ellas recientes, por lo que se observaba en las lápidas. La que Macaré iba a visitar estaba entre las más lejanas de la entrada principal. Gorgonio acompañaba a la mujer, sin su consentimiento. Se trataba casi de coincidir con ella en el paseo que había desde la casa hasta el camposanto. Ya delante de la tumba, ella se arrodilló. —Murió joven —dijo Colinas. —Diecisiete años —contestó ella —. La tuberculosis no perdona. — 268 —


La tragedia recordada ablanda los corazones y las lenguas. Macaré explicaba que su hermana contrajo la enfermedad durante el viaje desde Buenos Aires. —Me habían dicho que en las sierras de Córdoba había zonas que podrían sentarle bien para la convalecencia, si ésta llegaba. Así que ya ve usted, Colinas. La traje aquí a morir, prácticamente. Al ponerse de pie, Macaré regresó a su altura física y recobró también la talla de su orgullo acostumbrado. En silencio admitió la compañía del español para regresar a la casa, puesto que colocó su mano en el brazo que le ofrecía. No temió Gorgonio empezar su labor nueva: —¿Conoce usted a Don Joseph Louton, Macaré? —¿Y quién no le conoce, Colinas? pasado. Se limitó Macarena a levantar los hombros. —Yo sólo sé que no viene a mi casa. No ha venido nunca. Mantiene una buena relación con su mujer, por lo que sé, y no frecuenta otras camas. Es muy rico, y por tanto, poderoso. Y hace vino, al igual que el gobernador. También he oído que va explotar cosa... —¿Sobre qué? —Sobre la mina que va a empezar a explotar —le reconvino Macaré con cierto aire de enfado. —Pero hay quien dice que lo de la mina es un bulo. Recordó entonces Colinas lo que Louton y Ramos le comentaque “vendía”, ya que facilitarían mucho el trabajo en la mina que se hallaba a punto entibar y explotar. Colinas se convenció de que debía ver a Louton, y comprobar lo que su amigo Ochandiano le había dicho. Cabía la posibilidad de que todo fuera una triste y desagradable faena de las coincidencias, no menos traicioneras que la verdad. Pero verle ahora iba a resultar complicado: la fuga de Lezama tendría enfadada a la policía y posiblemente a Ramos, lo cual añadía al goberna— 269 —


invitación previa. digamos que ayudados por la nocturnidad, pero ¿qué se podría comprobar de noche? No. Había que ir ahora, así que Gorgonio pidió un par de caballos a Macaré. De regreso a la casa no dudó Colinas en proponer al coronel Lezama que le acompañara a casa del terrateniente, pero no sabía si las heridas le permitirían cabalgar las dos leguas que distanciaban los viñedos de Louton de la casa de Macaré. A lo que el coronel respondió con silencio, poniéndose en pie. —Por cierto, Colinas —empezó dubitativo el coronel Lezama. —Yo le acompaño con la condición de que si le ayudo en su tarea, usted me ayudará en la mía. —Yo me vuelvo con usted a España, sólo si me ayuda con los huelguistas. —¿Y qué hacemos con LeBarón? —De momento se llama Joseph Louton. Ya veremos después.

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Día 23 8:30 Sesenta y cinco minutos más tarde se hallaban ante el portarespiro a las monturas, pero también para pensar qué decir. Al llegar al imponente porche de la casona, desmontaron y se acercaron lentamente a la puerta donde les recibió un mayordomo. —Don Joseph se encuentra ocupado en este momento, pero le informaré de que están ustedes aquí. Alcanzaron los dos a ver que Louton se hallaba charlando con Ralph Wilkinson, el director de los ferrocarriles y con sir Thomas Langston, muy afanados en la observación de unos enormes planos extendidos sobre la mesa principal del despacho, hasta que el sirviente se acercó a Louton y le comunicó la visita. El anciano francés levantó la vista hacia el recibidor. Aquella mirada duró un inquietante minuto, en el que Wilkinson hablaba sin que pareciese percatarse de la llegada de los dos españoles. Sin dejar de mirar a los españoles durante un solo segundo, la charla de Louton con Langston y Wilkinson terminó, cuando vieron que éste último recogía algunos de los planos y se despedían. Entonces Loutón hizo una señal hacia un sirviente. Éste se acercó y, tro de Colinas y Lezama. —Me alegro de verles, señores —musitó el anciano retirando ya la temblorosa mano del saludo. —He de decirles que esperaba verles antes —continuó más fatigado de lo que observaban en el aún espigado cuerpo del francés. Por un momento, Colinas pensó que Louton había adivinado en los rostros de sus visitantes la marca de la historia que acaba-

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ban de averiguar tan sólo unas horas antes, dando por válida la razón de esa inesperada visita. En la mente de Colinas, sin embargo, lo que había ahora al ver al espigado francés, era un tropel de recuerdos que se agolpaban con los de su tío Fulgencio y Esmeralda en una Cuba que él ya jamás vería. Y buscaba la manera de responderse a la pregunta de por qué su familia le había ocultado aquel episodio. ¿Habría algo feo que esconder en la vida de Fulgencio? ¿Habría algo tan oscuro que mereciera ser ocultado, para evitar la vergüenza de siempre idolatrado dentro y fuera de la familia? lladolid y en Santa Uxía de Ribeira, en Galicia, el lugar donde supo que quería ser marino. Allí había aprendido que las playas inmensas y solitarias son un lugar forzoso de paso. No son cultivables ni contienen en sí riqueza que explotar. Son tierra de nadie, casi como burbujas, en las que el tiempo se detiene y el espacio se interrumpe drásticamente, una pausa de regalo para permirirte tomar decisiones. Por aquellas playas, los paseos con su padre y su tío Fulgencio se prolongaban lo que duraban las historias que mar. Allí vivía las mañanas de los marineros y los percebeiros, que se jugaban la vida entre los riscos, soportando el golpe de las olas, sujetos por cabos a veces misteriosos. Estos mariscadores del riesgo solían contar al boquiabierto niño que no morían en la mar porque la respetaban. Es como la propia mujer: si no la quieres ni la respetas—decían—ella no te quiere ni te respeta. Y te mata. Así hablaba el tío Fulgencio, como los marineros: siempre sentencioso, lleno de verdades milenarias. Eso es al menos lo que Gorgonio recordaba de la última vez que le vio. Recuerdos tan nebulosos como las bretemosas mañanas de la ría, siempre gris y fría, que anidaron en el magín infantil de Gorgonio, como en el de cualquier mente niña: son los recuerdos del sonido y del olor, que asaltan con su poder evocador en el momento y lugar más inoportuno, como le ocurría esa mañana de difuntos, en el salón de la casa de Louton.

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Mientras les conducía hacia el salón, la cojera de Louton les disimulaba con la ayuda de su mujer y el mismo bastón que llevaba, guiándoles hasta el confortable sofá. —Pasen, señores. Pasen y siéntense. Doña Amelia Brion apareció por la entrada del jardín trasero, y no dudó en recordar a los visitantes que su marido necesitaba descansar, para que no le importunaran demasiado. —Todo esto de la mina va a acabar contigo, querido —y observaron Lezama y Colinas el tierno gesto con que la mujer hermosa y ya mayor acarició el rostro de su marido. No era imaginable que un matrimonio de años, tan mayor, conservara esa ternura, esa envidiable ternura capaz de revolver en sus asientos a los descreídos del amor. Como si los años de convivencia desgastaran inexorablemente la suavidad de nuestras manos, las hiciera más insensibles a los indicios de amor y nuestra pareja. —Esta mina va a ser mi último proyecto. Pero espero que el más grande, señores. Por eso deseaba verle, señor Colinas —dijo sedad sus palabras. Aunque a los dos militares les costó prestar atención a la ironía, por estar más atentos ahora a la nueva batalla, a las armas del enemigo, sus posibilidades y la disposición de las líneas. Loutón había reconocido de inmediato en Lezama a aquel joven alférez que acompañaba siempre a Fulgencio, como aquella noche en la casa de la Trini, en Santiago de Cuba, siglos atrás. Además, le había resultado difícil ocultar el estupor que le produjo vislumbrar el rostro de Fulgencio en la cara de Gorgonio Colinas, como una aparición espectral sedienta de venganza. Sin embargo comenzó Louton entonces una larga descripción de las do a Amelia. Y comenzó a explicar el futuro de la explotación, ya que los ingleses habían propuesto encargarse de la instalación de las líneas férreas tanto internas como externas, a cambio de la cotitularidad de la mina. — 273 —


—Algo en lo que habrán ya ustedes reparado, por la presencia de los señores Wilkinson y Langston aquí. Los británicos están enormemente interesados en la mina, puesto que puede reavivar la actual rentabilidad de las líneas de Cruz del Eje... Se cerraba entonces el círculo de intereses que concurrían en la historia reciente de la ciudad de Cruz del Eje. Los ingleses, a punto de perder la titularidad de la concesión de las líneas férreas de la zona, enfrascados en el proyecto de la mina junto a Louton, la huelga de los ferroviarios, el gobernador de Córdoba y la legislación laboral, Ramos de fogonero y ahora, el ejército a las puertas de la ciudad, para velar por los intereses... ¿de quién? Lezama, ese ingeniero que le acompañaba, tan atento a las explicaciones que iba haciendo sobre el proyecto de la mina. Mientras el anciano se entusiasmaba escuchándose y escuchando las observaciones de Lezama, continuaba mirando a su mujer, haciendo un ruego sordo para que no le dejase solo en esos momentos con los dos españoles. Gorgonio pidió con amabilidad a la señora de la casa, poder ir al servicio y aprovechó para reconocer el lugar. Recorrió con la mirada todo cuanto pudo observar en el salón y en el despacho de Louton. Oteaba, buscaba cualquier indicio, un recuerdo, una fotografía, un adorno, que permitiese poner fechas y lugares cabales en la historia de aquel hombre. Sorprendía la cantidad de armas, instrumentos y materiales de uso militar que componían la colección que Louton ostentaba en su salón y también en su despacho. Había brújulas, binoculares, capotes, y pistolas. También los sables, y fusiles Máuser que guardaba con mayor celo, a juzgar por la protección que tenían. En cuanto Gorgonio se perdió de la vista de Louton y el ingeniero Lezama, Don Joseph se dio cuenta de que la tardanza de Colinas no hacía más que precipitar su futuro. Así que decidió pedir a Lezama que le acompañara a su despacho. Dramáticamente, Louton asía a su mujer por el brazo para que le siguiese constantemente allá donde se encaminaba. Amelia Brion supo

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le pedía. Al entrar en el despacho, encontraron a Colinas con un sable en las manos, pero no lo blandía hacia ellos, sino que parecía empeñarse en buscar algo, algún detalle situado en un punto recóndito, algún pliegue o esquina de la cazoleta. Amalia protestó hacia Colinas, pues observaba algo insolentemente extraño en la actitud de aquel joven español, tan educado y amable durante gonio, como para arrebatarle aquella pieza de las manos. Pero Loutón la retuvo con suavidad. Colinas la miró también con delicadeza, ya que no entraba en sus planes ser grosero con aquella dama. Entonces, viendo a la pareja ante él, aferrados el uno al otro, tomó el sable por la hoja, a media altura y lo alargó hacia Loutón. Se mantuvo así durante treinta larguísimos segundos, sin cambiar su mirada, casi sin pestañear. Don Joseph miró a su esposa y luego bajó la mirada al suelo. Pasó el brazo por los hombros de su mujer y exhaló un lento y pesado suspiro. De repente, Gorgonio tomó la hoja del sable con ambas manos y girando sobre sus talones, estrelló con todas sus fuerzas la empuñadura contra una esquina del alféizar del ventanal. La empuñadura de nácar estalló en pedazos por ambos lados. Gorgonio volvió a observar la empuñadura con ansiedad. Miró primero uno de los lados, luego el otro y allí sus manos se detuvieron. Había encontrado lo que buscaba. —Está bien, querida, no pasa nada. No te preocupes. Deja que yo hable con estos hombres. Ahora les ruego que me disculpen, caballeros —rogó Loutón, del brazo de su señora. —Pero entenderán que soy una persona ocupada. Estamos ultimando grandes pasos relativos a la mina, y no quiero hacer esperar a quienes se encargan del proyecto. trozar esa pieza. —Ya te lo explicaré —musitó lacónicamente Loutón.

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Walter y los tres hombres que había en el jardín aparecieron con sus armas. Pero Louton les mantenía lejos con sus gestos. Colinas sostenía el sable, no en posición de ataque, sino con ampuñadura antes de que la hiciera estallar en pedazos. Lezama se acercó a Colinas y, arrastrándole por un brazo, tomó el sable por la empuñadura rota y se abrió camino con él hacia la salida, apuntando hacia los que le iban saliendo al paso. Walter y los hombres, que ya eran más de una docena, convocados por los gritos de Amelia, esperaban las órdenes de su amo para actuar. Pero, por alguna razón que no acertaban a comprender, éste no parecía querer detener a aquellos dos extraños que se marchaban ya montando sus caballos. En el último momento, aún veían a Louton con la cabeza gacha, tratando de calmar a su ban, pechos henchidos, dispuestos a saltar tras ellos a la menor de las señales. Después de una cabalgada desaforada, al llegar a la casa de diano les esperaba sentado en el porche, como siempre luciendo su ya habitual inquietud. Guardaron los caballos en la cuadra tan rápido como pudieron. Pero ambos, Colinas y Lezama, sabían que habían cruzado la línea de no retorno. Durante el almuerzo que Macaré les sirvió en el mismo porche mantuvieron un silencio largo y rotundo, en el que los ojos de Colinas se encontraban de vez en cuando con los de la mujer y con los de Lezama. Con la tentación de romper a hablar de un momento a otro. Desistían al no saber qué proponer y decidían callar otra vez hasta el siguiente tropiezo de miradas. —Es él —corroboró el coronel Lezama. —Claro que es él —añadió Ochandiano. Fue entonces cuando vieron aparecer por el camino un camión con siete hombres apostados en la cajuela, quienes no se esforzaron en ocultar que venían armados. Llegaba el momento de tomar actitudes, sin remedio. Sabían perfectamente que los — 276 —


habían llevado a la casa Loutón. Un percherón francés alazán y el tordo comtois, regalos del gobernador Laudin para Macaré, eran una necesidad imperiosa para los dos españoles, pero también una imprudencia no menos necesaria. Los baquianos de Loutón no dudaron ni un instante. El propio gobernador y Macaré los habían montado muchas veces por aquellas propiedades. En ese instante Colinas arrastró al coronel Lezama al interior de la casa, mientras preguntaba a gritos a Macaré si tenía armas. Pero no tuvo tiempo Gorgonio de llegar a la escopeta que guardaba Macaré tras la barra del bar de su salón, porque los primeros disparos le detuvieron. Era inútil resistirse ante la superioridad de Walter, apostado en la cabina del camión disparando por el heridos entre los que, como Macaré, eran meros espectadores. Segundos después, aquel que parecía estar al mando del grupo apuntó a Colinas con su arma en primer lugar y le obligó a subirse al camión y a tumbarse. Walter se dirigió al coronel: No se llevaron a Ochandiano. Solamente al coronel y a Colinas. La durísima suspensión del camión rebotaba contra la cara de los dos, tumbados boca abajo. Iban con las manos en la nuca por orden de los pistoleros, con lo que la postura se había convertido en un tormento añadido. Camino de la ciudad iban pensando ambos que su destino estaba claro: la comisaría. Aprovechando un giro en la marcha, Gorgonio se volvió para pedirles permiso y darse la vuelta. No pasó mucho tiempo para que se dieran cuenta de que no iban a la ciudad, puesto que poco después de haber Louton. El mismo camino que recorrieran unas horas antes se hizo interminable hasta llegar a la gran casa del francés. Cuando el camión se detuvo y pararon el motor, ellos continuaron boca abajo y encañonados, pero oyeron una voz familiar que les dijo:

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Ya en tierra, el francés volvió a ajustar sus lentes para mirar habrá alcanzado ya graduación,...eh...Lezama. Eso es. Lezama —Soy coronel. —El tiempo ha sido amable con usted, Lezama. Tiene todavía la misma mirada ambiciosa que cuando era usted un joven alférez —parecía usar un tono de respeto que, de no ser por lo Louton. Pero prosiguió, esta vez con Gorgonio: —Y el parecido físico de este hombre con Fulgencio Colinas es asombroso, ¿verdad, coronel Lezama? Pero, ahora necesito que pasen, caballeros. Tenemos muchas cosas que hablar, supongo. —¿Hablar, monsieur LeBarón?—preguntó Colinas. —Creo que la palabra es explicar. Se detuvo LeBarón apoyado en su bastón y buscó palabras. Al darse la vuelta, se dirigió a Gorgonio —Sí, señor Colinas, he dicho hablar. Cuando llegue usted a mi edad, verá que lo único que nos queda en la vida es poder hablar. Para explicar. Llegaron hasta el patio que días atrás sirviera como escenaotros, menos amables. Había hombres armados repartidos por ba reconocer en la dureza de Walter al que días atrás interpretara hermosas melodías con el violín: parecía uno de los capataces de manejando el arma con la misma soltura. Pero Walter conseguía hacer difícil descifrar en qué lado cae el arte y en qué lado el mercenario, y cuál de sus dedicaciones lo era a tiempo completo. LeBarón entró un momento en la casa y volvió tras unos instantes a salir, portando una urna en la que exhibía uno de sus múltiples sables. siento una pena enorme, porque me ha destrozado usted la pieza más importante de mi colección.

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—Usted sabe, LeBarón, que era la única forma de comprobar lo que tenía que comprobar. —No le pertenecía. Ese sable es el de mi tío —tuvo que explicar Colinas por si alguno de los presentes lo ignoraba. —Supongo que saben ustedes que el comisario Sánchez ha sido avisado para que venga a detenerles. Son ustedes prófugos de la justicia. Usaba un tono lento y monótono que revelaba imprecisión, muy poca convicción en lo que decía. —Coronel Lezama, tengo entendido que se ha convertido usted en todo un paladín para la lucha de los ferroviarios. —Si nos ha traído aquí para hablar de eso, usted sabe ya que la lucha obrera ha dado un paso hacia adelante serio, en esta ciudad. —¿Llaman ustedes un paso serio a ir matando niños, señores? —No creo que eso deba escandalizarle mucho a usted, LeBarón —dijo Colinas. —No, a mí no, desde luego. Pero a la sociedad cruzdelejeña sí, señores. Un niño... —decía LeBarón, mientras sacudía su cabeza en gestos de reprobación. —Reconozco que se habían puesto las cosas difíciles para la empresa. Pero, como es obvio, se ha resuelto todo con soltura y rapidez —continuó LeBarón. —No puedo permitir que mi empresa se pierda por culpa de unos cuantos agitadores como ustedes. En todo momento, mientras LeBarón hablaba, desviaba su mirada hacia el ventanal del salón, donde Langston se hallaba con Amelia Brión observando la escena. Sirvieron unas tazas de té a los hombres en el jardín. Eran órdenes de la señora, quien no conocía todavía el alcance verdadero de la situación en la que se encontraban aquellos dos recién llegados. Louton daba escuetas instrucciones sobre el empeño de la señora en servir té, sin atreverse siquiera a desdecirla. También daba instrucciones a sus subordinados, pero el violinista había puesto cara de extrañado cuando oyó a aquellos hombres llamar — 279 —


LeBarón a su patrón, y entendió perfectamente que ocurría algo nuevo, diferente en la vida de aquel espigado francés que le contratara años antes por su dulzura musical. No, no era la mina de oro. No, no era la propuesta de los ingleses de hacerse cargo de la mayoría de la inversión en estructura de la mina. Desde la llegada de Langston, Walter y los hombres sabían que era algo nuevo, porque jamás había visto a su amo tan raro, ni jamás habían visto repartir tantas armas entre ellos. Y era algo que no escapaba tampoco a su mujer, Amelia. LeBarón había decidido apartar a Amelia de aquella agitación y la acompañó hasta su habitación, en la planta alta. Y allí, entre los visillos de su habitación, observaba a los dos españoles sentados en las sillas de hierro del jardín, rodeados de hombres armados. Era el momento de preocuparse seriamente, porque Ramos nada, seguramente, llegadas las cosas a ese nivel. Sánchez venía de camino, inexorablemente de camino con su carga moral, legal y judicial contra ambos. Así que había que hacer algo y rápido. Dentro de la casa, Lebarón se hallaba con su mujer en la habitación. Lezama y Gorgonio miraban la escena, arriba en la habitación, en la que ella estaría preguntando a su marido por lo que estaba ocurriendo en el jardín. En su jardín. Y posiblemente él le dores de los desórdenes de estos días, llegados bajo identidades su mujer, para entibiar sus duras palabras con un abrazo cariñoso y tranquilizador. Por encima de la espalda de Amelia, los fríos ojos de LeBarón miraban hacia los dos hombres del patio. A los pocos minutos se oyó llegar al vehículo. Apareció el comisario Sánchez con el furgón policial en el que ya viajara días atrás el herido Lezama. Cinco policías con armas largas le acompañaban. —Los pájaros no han volado, señor Louton. No se imagina cuánto se lo agradezco. — 280 —


LeBarón con voz engolada. Los policías levantaron con malas maneras a los dos hombres lo que unas horas antes era vergüenza para ellos: aquella fuga de la comisaría que había puesto en cuestión su quehacer profesional. Ellos, que habían preparado una emboscada técnicamente perfecta. Sánchez estaba bastante afectado por la fuga, porque le sonó a estratagema de Ramos; por la humillación de días atrás. augurar con claridad un panorama poco cómodo para aquellos dos presos. En el momento en que salían hacia el porche, Amelia Brion asomó desde el despacho de su marido para acompañarle en tan extraña situación. Fue entonces cuando Gorgonio Colinas se detuvo ante LeBarón y dijo: —Mi tía Esmeralda había escrito en su diario que hasta los La mujer miró perpleja a su marido, a quien aquel extraño traño. Lebarón no quiso devolver la mirada a su esposa, aunque sabía que tarde o temprano tendría que hacerlo. Lo sabía desde hacía años.

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Día 24

B

la noche anterior, con Braulio el borracho como pro-

ponerse a valorar los hechos. Por ejemplo, el de que fue Brassa el único que faltó a la parranda y fuga de Lezama, aderezada con una buena ensalada de tiros. No alcanzaba todavía a sospechar de ninguno de los hombres. Pero quiso pensar que como hacía días que no le veían, desde lo del niño, posiblemente estaría llorando arrepentido como un hijo de puta por lo que había hecho y que ya tenía su castigo en ese sufrimiento. Desde la calle alguien gritó su nombre. Era su primo Roman. Entró y se sentaron ambos al fresco de la parra que sombreaba la mayor parte del patio. El padre de Roman era croata. Había llegado a Argentina en 1892, así que Roman hablaba un castellano sin máculas, pero su primo Rado Baldecich prefería hablarle en su idioma natal. ria con dos cojones. —¿Sabes si llegaron a Córdoba con el gallego? hecho el resto. Se fueron...También se supo otra cosa, primo— balbució Roman, dejando pasar un rato. El necesario para preparar no sólo un mate, sino también el terreno para lo que venía. —Brassa ha muerto, primo. Le han dado diez tiros. Baldecich retiró la vista hacia otra parte con la rapidez de un rayo. Como si la noticia que llevaba días esperando le sorprendiera. Sacudió la cabeza durante un buen par de minutos, mirando hacia el interior de la casa, ocultando el rostro de la mirada de su

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primo. Al cabo de un rato, con los ojos llenos de lágrimas, Baldecich preguntó: —¿Cómo ha sido? —Me han dicho que un hombre le hablaba mientras le disparaba. Él iba saliendo de la casa de la Ramonita. Y dicen que le estaba esperando fuera. Como siempre que suceden las cosas en la muerte, en la pérdida, Baldecich sintió que un trozo de sí mismo se moría con Brassa. Ellos dos habían llegado juntos a la Argentina, y juntos se habían marchado a trabajar en el ferrocarril. Juntos habían vivido la nostalgia y habían llorado juntos la mona en numerosas ocasiones. Pero también corría por las venas de Baldecich el amargo y prepotente sentido de la guerra. Y la parte castrense muerte del amigo del alma, por traidor a la causa. —Me han preguntado algunos sobre lo que hablaste con él, el día de lo de la estación, cuando le apuntabas con el revólver. ¿Le habrías matado? —Tenía que haberle pegado yo mismo esos tiros —fueron las de su amigo. Baldecich le contó a Roman, que pocos años antes, cuando estuvieron construyendo el Tren de las Nubes, en el norte, habían estado trabajando junto a decenas de compatriotas, croatas, serbios, bosnios, italianos. Contaba que todas las noches, se sentaban al fuego a escuchar a un hombre llamado Josip Broz*. Les hablaba con tanta pasión de su país, de la lucha obrera por conseguir un mundo mejor, protección para sus hijos, educación obligatoria y sanidad. Brassa solía entusiasmarse tanto con sus palabras, que había llegado a decirle a Baldecich que si algún día dejaba de soñar con ese futuro, ese día preferiría morir...

* Josip Broz recibió después el sobrenombre de Tito, el mariscal de hierro de Yugoslavia.


—El otro día, mientras le apuntaba con mi arma, le pregunté si aún seguía soñando con lo que había aprendido de Josip Broz. Me contestó que un inglés le había pagado para hacer lo que hizo... Y le dije que viviera, pues, con su decepción. Ése sería su castigo. En el mismo momento que pronunciaba esas palabras, una mano entreabrió la puerta de la calle. El hombre que apareció ocupando toda la luz de la puerta, se apoyó para sostener el enorme revólver con ambas manos y dejó correr el tambor hasta que agotó las balas. Cinco fueron para Baldecich. La última se clavó en uno de los troncos de la parra. Allí permanece todavía. Roman no pudo hacer nada. Salvo rezar por su primo muerto, en la República Argentina.

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Camino de la comisaría

E

l furgón policial era negro, como todos los Ford, y una incómoda adaptación del modelo T de 1915, que había sido traído de Córdoba tan sólo unos meses antes, por los ruegos e instancias del Jefe Político Florián Carro ante el gobernador Laudin. Lo de Jefe Político va escrito con mayúsculas, porque ese es el nombre del cargo: Argentina, compuesta de provincias federadas, divide a cada una de ellas en departamentos, y éstos eran dirigidos por un representante del gobernador, cuyo puesto recibía ese nombre: Jefe Político. En la realidad, se trasegún la época y, claro está, el gusto del gobernador. del Eje, tuve que pasear arriba y abajo, intentando colocar las piezas cuando me vi envuelto en esta historia. Como jefe político, ese día me hallaba más preocupado por las incidentes de la estación, los vagones incendiados, y al día siguiente, las llamadas desde Córdoba anticipando la inminente llegada de los refuerzos y del éjército, que por aquellos dos arrestados. Pero, desde que había asistido a la inauguración de la Sociedad Española, recibía presiones del gobernador Laudin, del comisario Sánchez, del mismo Loutón, Wilkinson, y todos estábamos ligados a aquella actualidad de la que yo, irremediablemente, no podía sustraerme. Debo confesar que me mantuve equidistante entre la lucha de los trabajadores en su cita con la Historia, frente a la todopoderosa West Indies, observando desde mi papel puramente burocrático. Aunque tampoco es necesario decir que mi conocimiento sobre lo sucedido en todos los ambientes de esta narración me — 287 —


eran cercanos. Es obvio que aunque tenía conocimiento instantáneo de los movimientos de la policía, de los huelguistas y de los que entonces eran personajes destacados estratégicamente, tales como Lezama, Colinas o el propio Ochandiano, no siempre entendía con claridad lo que ocurría en mi ciudad. En aquella ciudad cuya seguridad se me había encomendado. Y hospedarse en casa de Ramos era lo mismo que tener pasaporte a la popularidad de inmediato. Así que aquellos dos recién llegados españoles habían atraído inmediatamente nuestra atención. Y qué decir de la Flor de Lys, donde cualquiera que quisiera ser alguien debía dejarse caer de vez en cuando. El caso es que me encontré en la situación de tener que intervenir cuando Sánchez puso ante mi autoridad a los presos espaun capitán de navío, llamado Gorgonio Colinas y Rubio, a los que se acusaba de delitos contra el orden público y desacato, aparte todo había uno de ellos más llamativo: era la corresponsabilidad en el asesinato del hijo de Coutiño, como activistas en los disturbios. Tal como habíamos tenido noticias de la situación en todo el país, de las diferentes huelgas —aunque podemos decir que todas ellas eran una sola huelga, que no sólo afectaba a los ferrocarriles, sino a todas las calles argentinas, desde Buenos Aires hasta la punta más remota de Jujuy— por aquellos días se vivía una agitación galopante. Tan es así que los ejércitos habían recibido la convocatoria presidencial para colaborar en la lucha contra los levantamientos. Recuerdo que yo recibía la constante presión de Ralph Wilkinson para acabar con los huelguistas al precio que fuera, y costara lo que costara. Pero en mí existía la convicción de que había una cierta razonabilidad en las demandas de los trabajadores, aunque no en los métodos que utilizaron para exponerlos. Me veía con el gobernador constantemente en su casa de San Marcos, y allí con Ramos —todo un personaje, Ramos—. Pero para explicar la intensidad que tomaron los sucesos, bastaría con decir que se me informó de que la presencia de dos militares de Es— 288 —


paña, país neutral en la Gran Guerra, era altamente sospechosa para los intereses británicos en Argentina, o sea el ferrocarril y la mina de oro de Louton. Los militares españoles iban a recibir una acusación de espionaje y sabotaje, presentada ante los tribunales por parte de la West Indies Company, en nombre del Imperio Británico. Ni más ni menos. Pero, metidos en el fragor de aquellos días, en todo este maremagno había un hecho que llamaba poderosamente mi atención. ¿Por qué, habiendo montado una fuga magistral de la comisaría de Cruz del Eje, los dos españoles se van a la casa de Joseph Louton, quien al día siguiente les entrega a mí? No me cabía duda para que yo me planteara una duda razonable sobre la verdad de las acusaciones que se hacían sobre los dos militares españoles. Y, obviamente, tuve que entrevistarme con los acusados. No tenía obligación de hacerlo, pero me vi compelido a ello, en atención a otro hecho inesperado, que ocurrió a la mañana siguiente de la detención. Antes de la llegada del ejército, recibí la visita de Macaré. Ella vino con Ochandiano a mi casa. Como en tantas ocasiones anteriores en que Macaré traía y llevaba mensajes, esta vez el cometido era el de ponerme al corriente de la historia. La visita se prolongó hasta la hora del almuerzo, momento en que el gobernador se sumó a la mesa. Creo que no es necesario me dilate describiendo mi incredulidad ante la rocambolesca historia que entonces me estaban contando Macaré. Con el postre, Ochandiano remató la historia como un mago, sacando a Colinas, el joven, de su chistera funcionarial, en Cruz del Eje, con desconocidas intenciones. En mi ciudad. El gobernador y yo estuvimos de acuerdo, entonces, en que los dos españoles no podían pasar la noche en comisaría. Ya tenía poros considerables...Por tanto, fueron trasladados a una casa que yo mismo ofrecí, donde estarían bien custodiados y fuera del alcance de los huelguistas, o de los hombres de Louton. La casa de campo tuvo luces encendidas permanentemente. Estuve junto a ellos durante aquella noche larga, en la que me — 289 —


contaron cosas de sus vidas, de África, de Cuba y de España. Y, conocida la mayor parte de la historia, tuve que hacerle la pregunta: —¿A qué vino a Cruz del Eje, coronel? ¿A matar a Lebarón? —Ya me han hecho esa pregunta alguna vez. Hizo un largo silencio el coronel, pero ni yo ni Ochandiano ni Macaré quisimos interrumpir su narración. —Aparte de los cientos de veces que me lo he preguntado a mí mismo. Siempre tuve la certeza de que el asesino había sido LeBarón. Pero al terminar la guerra de Cuba, nosotros queríamos solamente salir de allí cuanto antes, enfermos de paludismo, vencidos y cansados. Sobre todo cansados y sin deseos de seguir. Entendí que buscar a LeBarón hubiera sido volver a Cuba y a morbosa y podrida de ese pasado. Ese pasado que yo quería dar por olvidado y dejar atrás cuanto antes. Pero cuando volví a España descubrí que, aunque no teníamos mosquitos ni ciénagas, rra, no para cambiar las cosas, sino para que todo siguiese como sario para torcer la historia. Y desde luego que la torcí. Pero sólo para mí. Cuando instauramos las Juntas Militares de Defensa, notamos que por vez primera muchos estábamos de acuerdo. El pueblo y nosotros. Y entre nosotros, los militares jóvenes. Pero la realidad era más poderosa que nuestras ínfulas bisoñas. Así que decidí que tenía que huir. Pero he de confesar que no huía de la situación, ni del castigo o de la cárcel. Huía de mí mismo. De la opresión en el pecho angustiado. Huía para no morir ahogado en mi propia cordura. Hasta que al llegar a la ciudad de Cruz del Eje, guiado por las cartas de Ochandiano, y con la idea de venir a ver a ese hombre, me vi en los ferrocarriles. Tras una pausa, en la que Lezama pareció recapitular sobre lo que ya había contado, se palpó las heridas para realizar una comprobación de su estado general. Casi mecánicamente, intentando


enfriar su testimonio, como queriendo ser ecuánime y distante sobre sí mismo, continuó: —Había conseguido entrar a trabajar fácilmente. Nadie me preguntaba por mi pasado, sino por mi presente, algo que en cultades en emplear mis conocimientos como ingeniero para que me contrataran. Era la primera vez en mi vida que sentía el bullir de la sangre casi adolescente ante los preparativos. La huelga se convirtió en mi vida. Sentía que había salido de un túnel y que ante mí se abría una hermosa llanura verde, con diferentes colores, y caminos; muchos caminos entre los que elegir. Convertí mis deseos de libertad en otros de ilusión por la lucha. Conduje por primera vez mis frustraciones hacia el orgullo del abandemomento, con dos tiros y vivo. No es la primera vez que me hieren. Pero he decidido que será la última. No habrá próxima vez. Cuando comenzó a hablarnos de Cuba, o de África, desde la perspectiva de quien ha sufrido y luchado por su país, siendo de los que recibían los balazos, quien pasaba sed o hambre, suciedad y enfermedad; al ser de los que medían la realidad por litros de sudor, o de sangre, propia y de los compañeros; al ser un hombre a quien se materializaba el sentido de la pérdida en amigos muerdeber un acto de entrega y renuncia, al no querer esposa e hijos, tengo que reconocer que no pude esquivar un profundo impacto emocional. Se convirtió pronto en respeto. Fue ese el momento que Gorgonio eligió para permitirme leer la carta que el rey de España enviaba al coronel Lezama.

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Día 25

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bre. Dos días más tarde de la detención. Bien, mejor digamos retención por mi parte de los dos militares españoles. El comisario Mosconi apareció con refuerzos policiales de la ciudad de Córdoba, pero el grueso de la fuerza lo puso el ejército, con el regimiento nº 17 de Infantería, comandado por el aguerrido teniente Pedro Lucero. El teniente Lucero dividió a sus hombres entre la estación Sur, la que se conocía como de Toco—Toco. Tenía ese nombre en honor al jefe indígena que había gobernado en la zona muchos años antes. Otro grupo de soldados ocupó la estación nueva, más al centro de la ciudad, en dirección al norte. Un tercer grupo de soldados fue apostado en los talleres, porque allí se encontraba la mayoría de los trabajadores del ferrocarril, quienes mantenían así la moral de huelga, cumpliendo horarios de trabajo pero sin que trabajaban en Tránsito y Talleres se habían agrupado en torno a Yasante; allí acababan de decidir que les iba a dirigir una arenga que subiera la moral, dado que habían oído de la detención de Lezama y algunos más y había que procurar información lo más rápida posible al grueso de los obreros. En esos momentos, una máquina que iba manejada por un soldado de Infantería inició la maniobra de aproximación a los topes de vía muerta, donde había dos vagones. El soldado, joven e impulsivo, quiso alardear de una soltura de la que carecía y no aplicó correctamente la velocidad de acercamiento. Así, el choque contra los vagones fue inevitable. Pero lo peor se produjo tras el impacto, porque, a consecuencia de éste, la única esca— 293 —


patoria de los dos vagones, cerrados por los topes de un lado, y embestidos por la máquina 600 por el otro extremo, se produjo obviamente hacia un lado, donde se encontraba un gran número de trabajadores. Allí murieron tres ferroviarios, y otros diez recibieron con dureza el golpe que les dejó malheridos. Pero aquellos que resultaron ilesos se enfurecieron y se dirigieron en busca del inexperto maquinista para proceder a un linchamiento sumarísimo, que hubo de ser neutralizado por los disparos de los otros soldados. Aquel accidente no hizo más que encrespar los ánimos de la movilización, después de muchas horas de calma. El teniente Lucero se personó en el lugar de los hechos para lamentar el incidente y procurar poner un poco de orden. Detuvieron entonces a algunos de los más exaltados del linchamiento y se los llevaron al campamento militar. Las familias de los tres muertos pusieron lo mejor de sí para evitar más enfrentamiento antes, ya que no tenían siquiera comida para subsistir. Y ahora muchas ni siquiera tenían la posibilidad de poner a otro hombre de la familia a trabajar. Aquella noche recibimos en mi casa la visita del teniente Lucero y del comisario Mosconi. Ambos tenían gran curiosidad por conocer a los dos militares españoles que habían puesto en jaque a las autoridades locales, pero de sobra sabíamos que su deber y pretensión eran llevárselos a Córdoba y entregarlos allí a otras instancias de la justicia, aunque, por cierto, con el permiso de Ramos, del comisario Sánchez, del gobernador Laudin y de Jacques Lebarón. Tenía ante mí toda una papeleta que solucionar, porque puestos a conceder autorizaciones para el traslado de los deteniponsable que era de la custodia de los mismos hasta su entrega a la autoridad judicial. El ambiente estaba de lo más cargado, ahora que me llegaban los informes sobre las muertes de Brassa y Baldecich, ambas por disparos. Dos activistas destacados de las movilizaciones muertos, y con el ejército cerca y la policía enfadada, no consiguieron más que recrudecer la situación ante la cual yo tenía, perentoriamente, una actitud que tomar. Tomé como punto de partida que — 294 —


las heridas del coronel Lezama no estaban curadas totalmente, lo cual me daba un respiro de algunos días. Pocos, pero valiosos. Firmé la orden de traslado, pero con fecha de día 24 de noviembre. Esto me permitió acoger a los dos militares una noche más, en la que Lezama recibió los cuidados de Luisa, algo que al hermano del comisario Sánchez pareció no importarle. Pero por la mañana de aquel día 24 de Noviembre sucedió algo inesperado. Con los primeros rayos de luz, pude ver que un casa. Allí vi descender del sulky a aquella dama, con la lentitud que los años imprimen en aquellas personas que desean mantener su alta dignidad. Fue una visita sorprendente y estremecedora, por lo que pude observar en los rostros de Lezama y Colinas. La señora se dirigió en primer lugar al capitán Colinas: —Explíqueme por qué mi marido ya no es el que era, señor Colinas —preguntó con voz temblorosa Amelia Brion. Lezama y Colinas se miraron con la única intención de corroborar lo que ambos pensaban. Y era que Ochandiano era la persona ideal para contestar a aquella pregunta. La señora comenzó a exponer su punto de vista al darse cuenta de la curiosidad que bañaba nuestros rostros: por la mañana para reclamar a mi marido una suma de dinero que, al parecer, debía a su hombre. Un tal Brassa. Y ustedes, que llegaron a mi casa y llamaron a mi marido por otro nombre que no es el suyo. Dijo usted, señor Colinas, que mi marido era un asesino...Yo quiero saber qué es lo que ocurre. Porque él ya no es el mismo. Por favor, explíquenme por qué han cambiado mi... nuestra vida. Hubo que explicarle que Susana Bianco había descubierto los planes de los ingleses. Thomas Langston había averiguado el pasado de Lebarón y que había decidido extorsionarle. Así lo podría forzar a venderle sus tierras, para continuar con el proyecto de la mina. Los ingleses y, por ende, Langston, se vieron enormemente interesados en las propiedades de LeBarón y decidieron impulsar el proyecto a costa de lo que fuera menester. Tan sólo faltaba la

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de aquella situación, se desencadenó una cascada de intereses cruzados, como los del comisario Sánchez: él junto a su hermano, Amelia Brion. El comisario apoyaba a Langston y a los ingleses, quienes habían conseguido las tierras extorsionando a Lebarón. A la muerte de Amelia, esa propiedad iba a volver a sus dueños originales, los indígenas de la zona, por expreso deseo de ella: la servicios a la West Indies. Ramos con sus intereses; los huelguistas por otro; Ochandiano, quien vio la ocasión de vengar a su viejo amigo Fulgencio Colinas de Cuba; la aventura personal de Lezama; y, por último, el gobernador que quería ayudar al presidente Irigoyen, hicieron el resto. He de decir que el cambio de actitud en LeBarón no fue una noticia de gran pesar para los dos hombres, que hallaron, eso sí, un gesto conmovedor en la visita de Amelia Brion. Aunque ninguno de los dos quiso tomar la iniciativa en el acto de desencubrimiento de su marido. Ochandiano se encontró de bruces con la decisión de la mujer, diano relatar los hechos a la señora de Lebarón sin acritud, pero ¿cómo hacerlo? Descubrir que la persona a la que uno ama tiene algo más que una vida. Hunde el valor de las cosas compartidas, de las promesas, de los sueños y las razones. Hunde los sentimientos más profundos en un fango mugriento imposible de limpiar ya jamás. Amelia Brion se levantó cuando creyó que Ochandiano había terminado su narración. Se limitó a no decir ni una palabra, pero enarbolando un gesto de descrédito sobre lo que le habían contado. Sus ojos no daban por cierto lo que su marido era o hiciera en su momento y en tierras lejanas. Lejanas incluso en el tiempo. No, no era posible que aquel guapísimo y elegante francés con el que había contraído matrimonio la hubiese engañado de aquella forma. Ella, que había rehusado casarse con cualquier pisaverde


petimetre por orden de su padre, se viera ahora en la situación de engañada. No. Era imposible. Llegó a su casa buscando el libro en el que había apuntado y guardado las cartas que su marido le enviara durante su noviazgo. Escritas con la caligrafía hermosa y llena de rabillos de viña, aquel francés las envió casi a diario desde que la conociera en uno de los saraos locales, al ritmo de canciones y fuego criollos. Amelia era por aquel entonces una mujer recién llegada de la capital, donde había estudiado Farmacia, en uno de los muchos gestos de rupturismo a que había acostumbrado a sus padres. Los largos cabellos rubios, pronto habían empezado a tornarse blancos merced a la propensión familiar a encanecer, y la hacían aparentar más edad de la que realmente tenía. Y no se dejó llevar tampoco por la coquetería del teñido. Faltaría más: crear más servidumbres a las que de por sí te obliga la vida, ni hablar. Y acarreaba consigo el pecado de su empeño, que la había llevado a cumplir los treinta en ese estado de soltería impenitente. Y aún no se sabe bien qué es lo que vio Amelia en aquel francés delgado y alto, que trabajaba creando vino, como un señor, muñendo a la tierra. Y cercano a los cincuenta y tres años. Una tarde de otoño la había llamado para realizar una consulta profesional, con relación a la rebeldía de algunos caldos a empezar su hervor de fermento. Ella arrancó entonces el proceso del vino y al mismo tiempo, el del corazón de aquel solterón francés. Fue todo por decisión propia y sin más obligaciones que las es lo que hizo. Ser dueña y señora de su destino, que fue el de ser la señora de Joseph Louton. Ni más ni menos. Y habían pasado diecisiete años desde entonces.

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Día 27

A

l mediodía, el comisario Mosconi tenía ya claro el prosión, porque estaba satisfecho de la diligencia con que se resolverían sus inquietudes. Traía la autorización de Córdoba que le permitía trasladar a los presos hasta la capital, merced al en el gobierno provincial para acelerar los procesos, consciente de que las detenciones y los juicios traerían la calma a las movilizaciones. Mosconi presentó también las denuncias contra los dos españoles, incluida la que enviaba por cable la embajada del Reino Unido, a través de la West Indies Company. Y no pude menos que preparar un almuerzo para despedir a mis dos retenidos. Ahí dimos buena cuenta de un churrasco, acompañado de vino, por cierto, una botella de riquísimo Pedro Ximénez de la bodega de Louton. Claro está que me abstuve de comentar nada acerca del vino. Y puse mi coche al servicio de los retenidos, para ser trasladados a la comisaría de policía. Caía el sol con la fuerza del plomo sobre las ardientes calles de Cruz del Eje. Indiqué al conductor del coche que yo no iría con ellos, y que cumpliera al pie de la letra la misión encomendada, a Los coches y las iguanas eran los únicos transeúntes de aqueen el Mercedes, con dirección a la comisaría de la calle Avellaneda. Los vehículos, oscuros, eran hornos con los ocupantes dentro, asando sin contemplaciones, y la única esperanza que reinaba era la del leve frescor que hallarían cuando llegasen al puente. Allí el río tenía árboles enormes que formaban una hermosa catedral de sombra, en cuyo centro se hallaba el puente. Casi llegando a — 299 —


la ciudad, el puente de Media Naranja hace estrecho aún hoy el paso obligado de los automóviles. Aquella ardiente tarde, encontraron otro coche parado a un como a mi conductor a reducir la velocidad al mínimo y embocar el paso hacia el interior del puente. Resultaba extraño ver a alguien sentado en su vehículo y a esas horas de la tarde. El coche volvió a detenerse. Cuando el segundo coche llegó a su altura, Colinas pudo ver desde su posición dentro del coche al violinista, sentado en el interior, junto a varios de sus socios, afanados en una de las interpretaciones que mejor parecía dársele: disparar sus armas hacia ellos. Mi coche recibió la lluvia de balas, lo cual hizo perder el control al conductor y lo llevó a caer por el lado derecho del puente terraplén abajo, hasta ir a parar dentro del río. En ese momento, el violinista ordenó a sus hombres bajar tras él, pero tuvieron que detenerse, puesto que alguno de ellos continuó descargando más disparos de los debidos y el coche empezó a arder. Con la desde donde estaban el cuerpo inmóvil del conductor y con eso así que había muerto en el acto. Ramos y Ochandiano, que habían ya cruzado el puente con su ademán de entrar en el río para acercarse a los heridos aunque fuera a nado, pero tuvieron que retirarse ante las amenazas de dos de los pistoleros quienes les apuntaban desde la otra vera y peludo, tenía tantas mañas de pistolero como aquellos. Había decidido bajar hasta el río, pero por el lado oculto escondiéndose de los tiros, con lo cual caía fuera del campo de visión de los hombres del violinista. Trepó otra vez hasta su coche, mientras hacía señas a Ramos y Ochandiano para que volvieran al coche y alejarse de allí cuanto antes. Aparentemente nada se podía hacer en ese instante, en el que una espesa humareda negra lo cubría — 300 —


detuvo cien metros más adelante y giró por la calle de su izquierda: seguía el curso del río. Después de unos tensos minutos, dijo —Están río abajo. Algo quemados y heridos, desde luego, pero —¿Cómo sabe usted eso?—preguntó Ochandiano. —Es que les he visto. Entretanto, el coronel Lezama y Colinas se iban dejando arrastrar como pudieron corriente abajo, hasta situarse debajo del puente entre unos matorrales. —Estamos empatados, coronel. Dos tiros. Creo —le informó Colinas, con la voz entrecortada de dolor. Gorgonio llevaba ya en su cuerpo los mismos disparos que el coronel: dos, pero en lugares y profundidades diferentes, por fortuna. Allí, entre cañas tacuaras y totoras, Colinas juraba como un leñador, maldiciendo la madera que había en las tablas del violín del pistolero. Y en su madre. El coronel se había librado por los pelos. Un rasguño en la frente le decía que tenía razón, cuando se había determinado a no volver a recibir balazos. Este había estado cerca. Ahora tenían que pensar cómo y cuando salir del río, porque Colinas sangraba profusamente, pero podían estar esperándoles arriba. Así que decidieron que era mejor esperar un poco. Y comenzaron a alejarse del lugar, que pronto estaría lleno de gente, muy interesada en ellos, por cierto. Entonces, escucharon al violinista llamar a sus hombres. El coche aceleró y se alejó del lugar rápidamente. Una hora después el puente estaba lleno de policías de la provincia y soldados rastreando el lugar. Cien metros río abajo, do hasta su casa. —Mañana es día veintitres de noviembre, ¿verdad? Al recibir corroboración siguió hablando con una determinación que dejaba pocas dudas.

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Tras las curas respectivas, hallaron a Colinas muy débil. Eso alteraba los planes y les obligaba que plantear una segunda huida, sólo que esta vez no tuviera interrupciones ni escalas. Y ¿cuándo? Un día o dos, como máximo, estipuló el propio Colinas. Ya estaba bien. Pero pensó que ya estaba bien de aguantar. —Hará tres meses que estoy metido en esto, Ochandiano. en su madre. —Ha perdido los estribos, Ochandiano. Y eso es bueno para nosotros. —Bueno, no importa por qué. El caso es que nos ha ayudado a escapar de la policía. Ahora, tenemos que administrar nuestra libertad con inteligencia. Es un bien escaso —añadió Lezama. Felipa, la mujer que se encargaba de la limpieza y de cocinar muerte de los tres ferroviarios en los talleres a causa del soldado. Y les puso al día sobre las decisiones de los grupos de huelguistas y las detenciones. Proponían sentarse a una mesa de negociación y abandonar toda actitud beligerante, si el ejército se retiraba y se liberaba a todos los detenidos sin cargos. Era una postura a tener en cuenta, si se hacía balance de los muchos días y pérdidas de vidas, horas de trabajo y material. Las autoridades aceptaron en todo, salvo en lo tocante a aquellos que se encontraban en paradero desconocido o tuvieran delitos de sangre. No se podía liberar a quien no se encontraba detenido y esa era la condición para la imposible exculpación de los dos militares, a quienes se corresponsabilizaba de la muerte del niño, junto a otros activistas como Delledonne o Ulovich. Éstos recibieron el compromiso del comisario Mosconi de que si los españoles eran entregados, la justicia se encargaría de determinar su culpabilidad o inocencia en la muerte del hijo de Coutiño, y serían juzgados por daños al ferrocarril, con benevolencia. En la reunión que mantuvieron, Toranzo leyó la nota con las propuestas de la empresa:


—No sabemos dónde se encuentra Lezama, si es a él a quien no sabemos de quién nos están hablando —remachó Hugo Toranzo, portavoz de los huelguistas desde la muerte de Baldecich. —¿Me está diciendo que no conoce al otro hombre? ¿El que ayudó a Lezama a huir de la comisaría con papeles falsos?—preguntó Sánchez cabreado. —No tengo ni la menor idea de quién se trata —dijo Toranzo sin pestañear. El comisario Mosconi se alejó junto a Sánchez para departir unos instantes en privado. Esta vez fue Sánchez el que habló: —Los queremos a los dos, o no hay trato. —Le repito que no sé de quién me están hablando—contestó Toranzo. de la comisaría la otra noche. —Si hay alguien que podía contarle a usted lo que pasó la otra noche en la comisaría era Baldecich —explicó Toranzo. Y añadió: —Pero ya sabe usted que eso no puede ser. Sánchez estaba verdaderamente indignado y no supo contenerse. Recordó que ya habían muerto dos de los huelguistas principales y que ni Brassa ni Baldecich serían los únicos si no atajaban a tiempo toda la rueda de acontecimientos en torno a la por ahí con su arma, absolutamente ciego de dolor por la muerte de su hijo, haciendo uso del antiquísimo derecho a la venganza, en el tambor de su revólver. Sánchez quería conocer la identidad de los líderes activistas para protegerlos. Gran jugador de póquer éste Sánchez. Y quería a los dos españoles, ante todo y más que nada.

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Día 29 La segunda huida queña pero hermosa casa. Colinas y Lezama subieron al coche de Ramos de madrugada aquel 26 de noviembre. El gran Mercedes Benz del gallego los iba a conducir hasta Córdoba, donde otro coche les llevaría a la provincia de Santa Fe, a Colastiné Sur, cerca de Paraná. Era más rápido que intentar llegar a Buenos Aires por carretera, debido a que allí era posible tomar una barcaza que los trasladara hasta la capital porteña con menos tropiezos molestos, o tal vez ninguno. Al menos hasta Rosario. Desde allí, y cambiando de barco, se librarían de tener que pasar continuos controles de carretera o del ejército. Sabiendo que el país entero estaba convulso por los ferrocarriles, las gentes de mar o de río eran garantes de una singladura tranquila y sin problemas. Además, desde Cruz del Eje, habían de recorrer sólo 400 kilómetros hasta Colastiné Sur. De otra forma les esperaban casi 800 por carretera hasta la capital federal, sin suministros seguros de combustible o reparaciones eventuales. huida, tras su visita a Córdoba. Mientras Gorgonio se entrevistaba con el gobernador en la casa de Macaré para pedirle ayuda, la embajada española le recordaba que una posibilidad de escapatoria podía encontrarse en Horacio Anasagasti. Este hombre estaba ya al tanto de la posible petición de socorro. Aunque según habían leído en la prensa, por aquellos días se hallaba participando en la celebración del Gran Premio Argentino de Automóviles. En la jornada del 26 de noviembre, arrancaba la etapa Córdoba—Colastiné Sur—Rosario. De los 32 caballeros driver partici— 305 —


pantes, 26 todavía sobrevivían a las etapas pampeanas. Horacio Anasagasti, millonario fabricante de autos deportivos, recibió una carta de la embajada española por conducto privado. Anasagasti sonreía cada vez que recordaba a su amigo Alfonso XIII recibiendo como regalo del piloto, el coche casi ganador de la París—Madrid. En las cocheras del palacio en julio de 1912, se había sellado una amistad que el rey supo conservar. Ahora, en agosto de 1917, el monarca le pedía al empresario colaboración en un asunto de máxima importancia, aunque no le precisaba con exactitud en qué. Horacio Anasagasti había nacido en una familia de origen vasco. Eran fabricantes de máquinas y bienes. Exportaban o importaban, con lo cual Horacio se movía resueltamente por los puestos aduaneros y, por tanto el puerto de Buenos Aires era territorio conocido y, en muchos aspectos, su casa propia. No dudaba de que sería de ayuda con toda seguridad, pero jamás imaginó el vasco—argentino que su colaboración con el Rey de España, sería la de correr como el viento con su máquina, sobre un ligerísimo chasis Isotta-Fraschini, movido por un motor Janvier de 2800 cm cúbicos acompañado de tres copilotoschauffeurs hasta Colastiné, alcanzando puntas de 170 kilómetros por hora. Tan sólo cabía preguntarse si sus dos nuevos copilotos españoles estarían a la altura. Llegados en cualquier barco desde Colastiné al puerto de Buebuque español o de las Hamburguesas, previamente advertido por el buen hacer de la Secretaría del embajador. En caso contrario, unas libras esterlinas obrarían el milagro. Nada habría de extraño, entonces, en una barcaza o un bote aproximándose a los Todo esto formaba parte del plan que Gorgonio iba narrando ro había que llegar sin novedades a Córdoba... Iniciaron el viaje. Colinas sabía que iban seguros en las may que podían darse ya por salvados. Lezama iba pensativo, deján— 306 —


ruga en la idea de que se iban a marchar a España, de vuelta a la parte, el coronel iba abocado a una aventura de dimensiones políticas, ignotas por tanto, en un país donde hacer política sin ser político era entrar en la rueda de la fortuna: era jugar a la ruleta, en la que se puede terminar en la más profunda ruina económica y hasta social. O, con suerte, llegar a ser alguien con algo que decir, y mucho a lo que renunciar, al despojarse lentamente del lastre ideológico, letal en la ruta de la supervivencia. Mientras, desde el asiento trasero, Gorgonio iba mirando las manos vendadas del coronel Lezama, que se había quemado al agarrarle por la chaqueta ardiendo y arrojarle al río, salvándole de una muerte segura. Así arrancaba otra vez la secuencia, pasaban por su mente con lentitud las escenas del tiroteo, buscando nerviosamente la explicación y la resolución de los errores cometidos en esos instantes: su instinto había visto el coche del violinista, ahí detenido para cortarles el paso, justo a la entrada del puente. Había tenido un barrunto de mala espina y no había actuado. Desde aquella corazonada, hasta que se encontró la cara del violinista bajo la gorra, levantando con precisión el arma de dos cañones hacia ellos, apenas si habían pasado tres segundos. Tan solo tres segundos que fueron casi como una vida para Colinas. Tres segundos en los que vio sus días, semanas de búsqueda en Argentina, el rostro del coronel Lezama sonriendo cuando la primera vez que se vieron, las cartas de Ochandiano con las vitolas, y, sobre todo, recordó con el más vívido e intenso de los dolores, el momento en que, tras desarmar el sable Ybarzábal en casa de Lebarón, encontró las iniciales que no deseaba, grabadas bajo la espiga. ¿O sí deseaba encontrarlas? En algún momento, sin saber cuándo, había tomado la determinación de encontrar a Lebarón. Había quebrado las cachas con aquel golpe contra la pared. Una vez que libró la hoja de la cobertura, no quedaba ninguna posibilidad de dar marcha atrás. Porque sabía que si deseaba volver a mirarse a sí mismo al espejo el resto de sus días, tenía que desarmar, y con ello inutilizar para — 307 —


por sentenciada la vista del caso, las tres letras que rezaba para no hallar. Allí estaban, frescas y nítidas, marcadas a martillo con el acero aún caliente en Eibar, medio siglo atrás. Fin del monólogo de Hamlet. F.C.G. Fulgencio Colinas y Gaboto. Colinas nos explicó tiempo después que los sables de Ybarzábal eran un pequeño capricho de la Fábrica de Armas Blancas de Toledo para el ejército. Eran piezas cuyas hojas venían fundidas que se lo podían permitir, solicitaban del fundidor la deferencia ción quedaba oculta al montar la espiga y la cazoleta del sable. El Mercedes de Ramos pasó rozando el cartel que indicaba hombros levantados, tratando de enderezar el chasis sobre las roderas, que se empeñaba en derivar hacia los lados, volando sobre el ripio a aquella velocidad. Felisindo tenía maneras al volante. Pasaban las piedras golpeando con furia la panza del auto. Pasaban los árboles y las primeras curvas de las sierras. Pasaban las hojas de peperina y tomillo. Pasaban los kilómetros polvorientos y los minutos. Pero las imágenes de aquellos tres segundos se repetían recurrentes ante los ojos de Colinas una y otra vez. De vez en cuando Lezama se volvía para pedir conformidad a GorY vuelta a empezar. Había pasado pocos minutos, quince, quizá veinte, desde que salieran de la ciudad. El otro conductor —un joven que trabajaba junto a su casa, un pequeño rancho a la vera del camino, a avisar a su madre y poder vaciar la vejiga, después de la espera larga. Gorgonio no sabía en qué minuto, en qué segundo de aquellos — 308 —


que él empleaba en pensar en su tío y en Lebarón, el uno había convencido a los otros de que no podía ser. No podían marcharse sin más. Tan sólo se miraron los tres hombres entre sí durante el la parada, dejando a aquel muchacho en lugar seguro y emprender el camino de regreso hacia Cruz del Eje. Mientras el muchacho se aliviaba tras un árbol, arrancaron violentamente. Ninguno, pues, abrió la boca cuando el vehículo hizo la maniobra de aquellos incendiarios ciento ochenta grados. Mucho tiempo atrás, mucho, Gorgonio había aceptado la convicción de que si uno lleva un arma encima, es para usarla. Esté bien o no, es para usarla. Así que se dejó de correcciones éticas, a las que le habían acostumbrado precisamente por necesidad de su formación. Ya la llevaba encima desde antes de que les quemaen la pierna derecha y el brazo del mismo lado. También le había tocado tener casi la mitad de su pelo quemado, con lo que hizo un intento de imaginar su rostro huesudo y cortado, dominado Su metro setenta y cinco de hombría, ancha y musculosa, con las manos vendadas, herido por partes, tratando de concitar unas palabras, algo tan original que pudiese incluso arrancar una sonrisa del rostro de Walda Schumboldt, en la improbable —y ahora poco deseable— posibilidad de tenerla delante. No conseguía imaginar nada, obviamente; no era momento para ello. Porque el pensamiento de la joven se evaporó en cuanto divisó a lo lejos las torres de la iglesia del Carmen y el cartel indicador de la ciudad de Cruz del Eje. che y paró el motor. Ninguno de los tres pronunció palabra alguna, porque había que pensar qué hacer y hacia dónde ir. Ninguno de los tres se atrevió a decir que tenía un plan a sugerir, pero los tres sabían cómo concluiría aquel día: irremediablemente mal. — 309 —


Sólo les consolaba la posibilidad de que no se inclinara la balanza de la parca hacia ellos. No se oyó palabra alguna. Tan sólo la respiración pesada de los dos hombres heridos y la brisa que sacudía la lona del techo del Mercedes. Gorgonio soltó un quejido de dolor cuando sacó la Luger de su escondite, y la montó. Lezama hizo lo propio con palanca, colocó el selector de avance en arranque y se bajó. Insertó la palanca bajo la boca del radiador y los caballos del coche volvieron a relinchar. Ocho minutos más tarde entraban por la tranquera de la casa de Louton. Despacio y con mucha prevención, rodaron por el camino hasta detener el coche ante la casa. Bajaron y se acercaron a los ventanales para ojear el interior. Tras las limpísimas ventanas vieron solamente a una criada recogiendo el servicio del desayuno en el despacho de Loutón. Cinco que decidieron ir al jardín trasero por el exterior de la casa. Colinas comprobó sorprendido que había un silencio alarmante en ella. No se veía a nadie en el jardín, nadie en el despacho, nadie en el recibidor ni el gran comedor. Tan sólo se escuchaba a la criada que acababa de ver, fregando en la cocina. Esperó y recibió guido entrar en el parterre trasero de la casona, desde el extremo opuesto. Decidió subir a la planta alta. Con sigilo, un escalón tras otro, iba apoyando la espalda siempre contra el pasamanos, sin quitar ojo al pasillo donde se hallaban las habitaciones. Al llegar arriba se dirigió hacia la única puerta que se veía abierta. Recorrió los diez metros desde la escalera hasta aquella habitación sin dejar de mirar a un lado y a otro. Durante una de las ocasiones que miraba hacia atrás, al volver la vista hacia delante se encontró de bruces con otra criada, que salía de la habitación con una bandeja. La chica se asustó y dejó caer la bandeja con un grito. Amelia preguntó desde el interior de la habitación qué pasaba. La criada se mantuvo muda de miedo, así que Colinas

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pudo entrar más tranquilo al darse cuenta de que no había nadie más allí. Amelia estaba en la cama, más pálida de lo que la había visto días antes. Junto a la cama había una mesita repleta de medicamentos y utensilios de enfermería. —Pase, Colinas. Guarde el arma, por favor. No podría hacerme más daño del que ya tengo encima. Sin dejar de mirarle, se levantó con decisión de la cama, se acomodó un deshabillé y acompañó al español hasta la ventana. —Tiene usted un aspecto deplorable, capitán —dijo Amelia mientras intentaba ver las quemaduras en las manos y cara, y las heridas de bala. —Anoche estuvo conmigo Susana Bianco. Fue muy sincera, he de decir. Amelia tomó de un brazo a Colinas, le aproximó al ventanal y le dijo con suavidad, casi con ternura: —En aquella colina que ve usted allá, está la mina. Allí encontrará a mi marido. Se dio la vuelta para buscar unos papeles que había sobre el escritorio. Los cogió con temple, y fue rasgando hoja por hoja, con una sonrisa en el rostro que Colinas no supo entender. —Sólo quiero que entienda que hago esto por mi familia, señor Colinas. Entiendo que le han traído a usted para matar a mi marido. Y, sin embargo, cuando hablé con usted el otro día, me dijo usted algo que me entristeció mortalmente, pero ha sido usted noble y caballeroso conmigo. Me ha dicho usted la verdad —dijo Amelia mientras posaba un beso silencioso sobre el quemado rostro de Gorgonio. En ese momento, la criada volvió a aparecer por la puerta de la habitación y anunció a Amelia que un hombre se acercaba lo antes posible. Sin demora, los tres regresaron, se montaron y arrancaron de inmediato. Aunque el extraño iba armado y podría haberles desviado, el hombre decidió apartarse con urgencia al

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ver el Mercedes corriendo a toda velocidad por el carril, en dirección a la mina. Momentos después, la voz de la criada volvió a traer a Amelia a la realidad. Ésta recogió las cartas de su regazo, la cinta con que las había enlazado durante esos años y se levantó para acercarse a la puerta y atender al hombre recién llegado — ¿Aquí vive Joseph Louton?—preguntó Francisco Coutiño. —Aquí es —contestó Amelia tras pensar en la respuesta que darle a aquel sombrío extraño. Pero ya no importaba recibir más asombro. Estaba abriendo la puerta al nuevo estado de cosas que se adueñaba de su mundo.

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La mina

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correr dieciseis kilómetros en dirección al sureste de la ciudad. La sierra donde se hallaba la futura mina esta-

que colindaba con terrenos pertenecientes en su momento a los ferrocarriles. La empresa británica había expropiado los terreheredado en su momento de su amo español. La West vendió a LeBarón aquellas tierras tras las obras de las vías. La mina tenía ya algunas excavaciones, andamiajes, entibaciones de un antiguo proyecto español, abandonado cien años antes por inviabilidad tecnológica. Y así se iba a quedar para siempre. no, y detuvo el coche en la boca de la hondonada. No vieron ni oyeron a nadie. Parecía estar todo en calma. Un silencio que muy pronto acabaría por convertirse en estruendo de explosiones, trabajo y calor del verano austral, en medio de nubes de polvo de los caminos, sacudido por hombres, caballos, aperos y camiones. Aunque solamente en los planes que Wilkinson había falseado para tentar a la West a pujar por Cruz del Eje. Aquel remoto paraje en el que él había invertido todo su dinero. Era un anzuelo que Langston había mordido como un gran pez dorado de los que aparecían de vez en cuando por el río. La entrada de la mina parecía un bostezo al fondo de la hondonada, rodeada de lomas bajas y ralas, como muslos que protema, pues Langston y los ingleses ya habían mostrado su decisión Laudin, claro está, informado desde la embajada de España de — 313 —


que aquel propietario francés tenía deudas con el pasado. De ahí, a que Ramos urdiera un plan solamente hubo dos conversaguer. Con las negociaciones de los ferroviarios a punto, y aquellos dos españoles ya fuera de juego, sólo quedaba empezar a trabajar en la entibación y mayor prospección. bién el francés debía hallarse allí, o tal vez muy pronto lo estaría. Y LeBarón sabía que aquellos dos españoles vendrían a verle. Y sabía que debía esperarles, pues no habían encontrado realmente los cadáveres la tarde que ardiera el coche en el río. Desde el mismo día que Brassa había reconocido a Lezama en la foto de Cuba, Lebarón supo que había llegado la hora. Y cuando se encontró con la aparición del viejo capitán Colinas en comprendió que la vida nunca reparaba en gastos para darse un festejo. Lezama caminaba despacio, unos pasos por detrás de Gorgosana. Aun cojeaba, al igual que Colinas. Llegados al centro de la explanada, comenzaron a buscar a su alrededor. Con el sol ya alto, ambos habían levantado una de sus manos vendadas para protegerse los ojos y vislumbrar a quién pertenecía la voz que les hablaba desde la oscura boca de la mina: —Son ustedes hombres de recursos. Y bastante tercos. Les admiro caballeros —asomó LeBarón a la claridad, andando con su bastón hacia ellos. —Me pregunto qué vería en nosotros si alguien nos estuviera mirando. No estaba la cosa para ponerse a responder preguntas retóricas. Colinas y Lezama permanecieron callados. Pero entendieron, de pronto, que les estaba mandando un mensaje. No estaban solos. Lebarón continuó: —Yo les diré lo que vería: vería a tres pobres diablos heridos. Y buscándose para escupirse mala baba unos a otros. Levantó el bastón para señalarlo con la otra mano. — 314 —


—¿Sabía usted que su tío consiguió dispararme a la pierna, aún estando medio muerto en el suelo, Colinas? Casi se puede decir que es una herida de guerra, ¿verdad? —Las nuestras son heridas de guerra, LeBarón. La suya, no —dijo Colinas—. La suya es un castigo. Y sólo desaparecerá con usted. —No puedo negar esto que me dice, Colinas —decía Lebarón y enseñaba el bastón a los dos hombres. —Tengo la rodilla destrozada por su tío, capitán. Pero a mi edad, he llegado a pensar que sí, que fue un castigo. Pero no creo que tenga ya tiempo para contarles por qué, señores. Colinas y Lezama buscaban mientras tanto a los hombres en lo alto de las lomas de la mina. Allí empezaron a ver, sombrero a —Somos tragicómicos, señor Colinas —continuó Lebarón— Igual que su tío. Somos ahora como una compañía de dramas malos, dignos de pena. Pero, ¿sabe qué es lo más patético? Es que yo soy lo mismo que ustedes. Mientras pronunciaba sus palabras, LeBarón se alejaba de la entrada de la mina, para situarse en el centro del llano. Parecía querer atraer sobre sí la atención de los hombres, y desviarla de aquel par de militares vendados, heridos y débiles. Pensaban que por alguna razón, el francés quería ser el centro de las miradas. nos de viento, como su héroe tan español. Sí, creo que esa es la palabra. Lo suyo era quijotesco, señores. Incluso cuando Cuba ya estaba perdida, más que la propia guerra suya. Y vino a matarme solo, acompañado de sus pistolas. Y su sable. Y seguía paseando —Tengo que reconocer que estaba verdaderamente enamorado de Esmeralda. Y vino a matarme con su sable. Su último acto heroico, lleno de poesía. Langston y Wilkinson salieron de la mina. —Mira a quién tenemos aquí —canturreó Langston. Susana Bianco les acompañaba y se asomó por detrás de ellos para mirar

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a los dos españoles. Langston buscó al violinista, y le saludó con —Y cuando Langston llegó a mi vida, pensé en su tío, Colinas. Pensé que podría defender mi presente, mi vida con Amelia y el

Langston, tomando del brazo a Wilkinson. Y continuó: —¿No les parece un auténtico desperdicio el de ustedes? Militares de carrera con talento innegable, dedicando sus pobres vidas a la captura de una quimera? Es sencillamente asombroso. No...no deja de maravillarme ese sentido desprendido de las cosas. Por el simple hecho de buscar afanosamente metas altas en Hizo una pausa para darse un momento y encontrar las palabras que quería usar: —No se vayan a pensar que ironizo. No, por favor. Ya vieron ustedes la colección de objetos militares que tengo en mi casa— subrayó sus palabras cuando llegó al posesivo. —Comparto con monsieur LeBarón ese gusto por lo militar, varios militares en mi familia, pero desgraciadamente, es simplemente algo que no tengo. No me ha tocado nada de eso en el reparto hereditario.Y envidio a los que lo tienen. Gorgonio miró a Lezama en solicitud de algún gesto que desencadenara el proceso por el que habían venido desde tan lejos uno y desde tan hondo el otro. Langston parecía verdaderamente inspirado y quería sentirse dueño de la situación. —Supongo que cuando envidio a alguien, empiezo a odiarle. Su tío, capitán Colinas, tenía fortuna, tenía su graduación en el ejército. Y, sobre todo, tenía a Esmeralda. Langston se giró para no dar la espalda a la hermosa Susana. La tomó de la mano y la atrajo hacia sí.

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—Pero la vida me ha dado algunas cosas interesantes, he de decir. Sí, también con monsieur LeBarón los americanos fueron muy generosos en Cuba—decía con una sonrisa evocadora de los años mozos. —Y aquí conoció a Amelia —e inició otro largo silencio. Alejó su mirada de los dos hombres durante un rato, para acercase a LeBarón. —¿Ha estado alguna vez enamorado, Colinas? No creo. Por su edad, y su profesión, no creo pueda usted haber estado enamorado nunca. No dejaba de moverse Langston mientras decía todo esto, tratando de que los hombres le oyesen desempeñar su papel. so dejar atrás la vida rea, canalla y asesina que había llevado. Y se inventó un pasado para ella. Sólo para ella, y que acabó creyendo, como un niño. No se podía ya permitir prescindir de ella. Tenía que ser para él. Y lo fue. Y he de admitirles que debe haber visitado un lado de la vida que jamás pensé que existiera, caballeros. En ese lado, se sentía tan seguro que no podía ya abandonar. Ni nadie ni nada le harían abandonar. LeBarón permanecía en el centro cabizbajo, apoyado en el bastón. En ese momento Colinas miró al violinista encaramado a una de las lomas. Les apuntaba con su escopeta y no estaba solo. podía estar seguro de lo que tenía por detrás. Colinas empuñaba en su mano el revólver. Calculaba cuál debía ser el movimiento necesario teniendo en cuenta su estado, herido y con dolores. Pero sentía que el peso del arma en aquel momento era mayor del real. —tomó la mano de Susana Bianco y depositó sobre ella un elegante y tierno beso. —Y ahora, la ocasión de desprenderme de todos ustedes de una sola tacada. Colinas no hallaba ya razón de por qué habían vuelto. Pero habían vuelto. Lezama languidecía ante la misma pregunta. ¿He— 317 —


mos de darle dos tiros a este anciano, que ha querido matarnos y encarcelarnos, ahora? Habían dado la vuelta, porque pensaban que la decencia reclamaba la sangre de aquel francés enjuto y cruel. Luego, habían vuelto para algo. Allí estaban, con la esperanza de que en ese momento cayera un rayo divino que expurgara para siempre los pecados de LeBarón. Pero ya sabían ambos, Colinas y Lezama, que los castigos divinos no llegarían hasta pasado el tiempo correspondiente para que se formase el Juicio Final. Y ellos habían vuelto porque querían hallar la versión de trámite rápido, con lo cual iban a llegar a la sentencia en cuestión de segundos. Ya era sólo cuestión de quién iniciaría la ejecución de la sentencia. Y la sentencia fue que aquel anciano debía vivir con su sufrimiento por el resto de sus ya escasos días, meses o años. Langston se permitió hasta sobreactuar una pena por el anciano —Amelia, ayer, le preguntó a su marido por su pasado, señores. Me preguntó a mí quién era LeBarón, y quién demonios eran ustedes, para irrumpir de esa forma en su vida. Tenía ya la espalda cansada Lebarón: parecía haber envejecido en los pocos días en que aparecieron por su vida los dos hombres, y habían entrado como un huracán. Pero mientras Langston pronunciaba las palabras, se volvió hacia ellos. LeBarón, en tanto, se veía allí, viejo y solo, sometido a una náusea que le arqueaba el cuerpo hasta vencerlo por momentos. De rodillas, LeBarón era ya incapaz de levantarse. Empezó a sollozar arrodillado y Wilkinson se acercó para ayudarle a levantarse. De unos manotazos tan débiles como inútiles, intentó zaDe repente, LeBarón cobró aliento y consiguió ponerse de pie con la ayuda exigua de su bastón. Inspiró para hablar, con el mismo rostro altivo y mercenario de años ha. Usando la punta del bastón, señaló a Langston para corregirle: —Pero permítanme que añada que a mí también la vida me ha hecho un regalo extraordinario— dijo LeBarón.

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Y se oyó llegar un vehículo a la mina, en medio de una gran polvareda. —Esta mina ha sido siempre un fraude. Un gran fraude, señor Colinas. Un fraude para los españoles de la época colonial; para los que vinimos después y ahora para los ingleses. Langston se volvió hacia LeBarón y a Wilkinson, por ese orden, atónito ante lo que el anciano decía. En medio de la nube de polvo por la entrada del llano, justo Mientras, LeBarón continuaba volcando realidad ante su pequeño público: —En su momento, los españoles ciegos de ambición, vieron que los indios mostraban un enorme respeto por el lugar, al que no les permitían acercarse y protegían con su vida. Y pensaron que se trataba de un lugar en el que ocultaban sus riquezas. Y así fuimos engañándonos unos a otros, siglo tras siglo, creando intereses, engordando la mentira para no quedarnos con la moneda falsa. Y esto jamás pasó de ser más que un lugar de enterramientos indígenas —LeBarón apenas se esforzaba ya en que le oyeran los más cercanos a él. En esos breves instantes de dudas, Langston miraba al anciano y a Wilkinson. Mientras el hombre que había llegado en el muy sucia. El sombrero le cubría la mayor parte del rostro, lo que hacía difícil averiguar quién se acercaba con paso cansino hacia los otros tres en el centro del llano. Langston se debatía entre pedir explicaciones al anciano LeBarón, y no desatender lo que ocurría con aquellos dos españoles y el recién llegado. Cuando éste estuvo a unos diez metros, se paró y preguntó en voz muy alta y temblorosa: —¿Usted es Joseph Louton? —dijo José Coutiño. Y levantó el brazo, apuntando su arma contra Lebarón sin esperar a su respuesta. Pero Langston fue más rápido e hizo una señal a sus hombres. El pobre diablo no tuvo tiempo de hacer siquiera un disparo, porque le llovieron varios tiros desde lo alto de las lomas y las vigas de entibar. El cuerpo de Coutiño se sacudió cuatro o cinco veces — 319 —


antes de expirar, intentando apuntar al francés con el último estertor. Con un hilito de voz repitió cuanto pudo unas palabras que nadie logró escuchar. Se miraron en ese momento Lezama y Colinas. Parecía que de los cielos habían enviado al rayo vengador, en forma del carrero Coutiño, a traer un recado. Pero, como suele pasar en las malas guerras, el destino cumplió con la vieja costumbre de matar al mensajero. Y allí seguían de pie los dos militares, ante LeBarón, que observaba a Coutiño con expresión de tristeza, casi de conmiseración. —Tendrían que haberme dado esos tiros a mí—dijo en voz baja Lebarón. —Ya poco hay que hacer en todo esto. sumi. che para irse. Porque se veían más coches llegando hacia la mina. era el pasado. Aquel asesino francés que había anidado en lo más profundo de sus mentes, desovando noches de espera, entre la ira, la desazón. Aquel maldito mercenario asesino, era ahora un viejo decrépito y medio desquiciado. Era la sombra triste de una con voz de mando, dando ya por zanjado el trabajo, cerrando el último trámite de la jornada: —Bueno, señores. Ha sido un placer. Como comprenderán, ya no puedo dejarles marchar. Han demostrado ustedes tener tantos recursos para sobrevivir... así que Walter va a interpretar para ustedes un réquiem con su violín —dijo, un poco asqueado por la escena, intentando dar por teminado el proceso de liquidación de aquellos payasos. De repente,al querer dar la vuelta para marcharse de aquel lugar cuanto antes, Langston sintió el cañón caliente de una pistola en la sien. —Shit happens, darling —enunció la dulce Susana Bianco, no

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Langston había enmudecido y permanecía paralizado por la sorpresa. Wilkinson quiso sacar su arma, pero LeBarón le descerrajó un bastonazo en la rodilla. Cuando Wilkinson se cayó a su lado, el anciano desenvainó el sable y lo apuntó al cuello del Director de Ferrocarriles. Pero, de algún sitio, sin saber de dónde, volvieron a sonar dos disparos. En aquel momento, todos pudieron ver cómo Langston caía al suelo de rodillas, y casi sin vida, permanció unos segundos erguido, aún ignorando qué había ocurrido. Uno de los disparos había ido directo al pecho, pero el otro se había perdido en el cuello. Colinas miró a Lezama. Lezama miró a Colinas. Pero ninguna de sus armas humeaba. Ellos no habían disparado. Los hombres de Louton, que acechaban desde las lomas, se pusieron de pie para averiguar quién demonios había matado a Tommy Langston. Desde detrás de Lezama y Colinas, por el mismo camino y en el mismo coche que había traído al desgraciado Coutiño, vieron a Amelia Brion, erguida con uno de sus hermosos vestidos azules de suave seda, con las manos temblorosas sosteniendo el arma. El humo que salía de la bocacha y el brillo de sus ojos se desvanecieron casi al tiempo. Siguió andando hacia su marido al tiempo que balbucía una palabras que ninguno de los presentes pudo oir. Walter, el violinista, comprendió que con Thomas Langston muerto, estaba perdido, que su futuro se había evaporado con la vida del inglés. Y también su seguridad. Así que apuntó a su patrón y le disparó sin contemplaciones. El cuerpo anciano de LeBarón cayó pesadamente ante la violencia de los disparos de escopeta. Susana, allí en medio, como un blanco perfecto de todos, tirada en el suelo, no había dudado en ocultarse tras el cuerpo de Langston, y respondió hacia Walter. Éste seguía disparando hacia ella, pero sus hombres ya no entendían lo que ocurría. Colinas entonces, levantó su brazo izquierdo, con la Luger apuntando hacia lo alto de la loma. Buscó el punto e imaginó a parando hacia la camisa blanca de LeBarón. Y, en medio de ese segundo de recuerdo y homenaje, llegó el momento de lucidez — 321 —


en el que vio los dos agujeros negros del arma de Walter girando hacia él. Y apretó el disparador. Cuando Amelia llegó junto a su marido, le levantó para escucharle. Tuvo que acercar su oído a los labios de LeBarón, quien apenas con un hilo de su voz anciana, pudo decir algo extraño que para Colinas y Lezama era francés. —Che pykasumi reveve vaekué chehegüi rehovo oúva ne angüe cada pyhare che kera hopy;* Amelia abrazaba a su marido ya muerto y no quiso soltarle. Estuvo allí junto a él, hasta mucho después de llegar nosotros, e intentar dar por terminada la cosa. Los hombres tuvieron que esforzarse para desprender los brazos de la mujer y portarla hasta el coche. Amelia me había llamado personalmente, para que fuera a la mina acompañado de Mosconi y Sánchez. Éramos nosotros quieAmelia sabía perfectamente lo que Coutiño iba a hacer, así que decidió llevarle ella misma a la mina, a sabiendas de que el hombre tenía tanto derecho como ella a pedir cuentas en aquel asunto. Y había algo que ella también sabía: al conducirle a la mina, ambos tenían los días contados.

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Informe de atestado policial nº 310

Encargado supervisor: Señor Florián Antonio Carro y Rubio, Jefe Político del Departamento de Cruz del Eje En la ciudad de Cruz del Eje, a 23 de Noviembre de 1917, se procede a atender la llamada de la señora Amelia Brion, ante su petición de socorro. La Comisaría de la ciudad moviliza a siete números del destacamento más la cooperación de un pelotón del 17º Regimiento del ejército. 25b del catastro municipal, se hallan los cuerpos de los siguientes occisos: —Sr. Thomas Langston Welsh (n. 1877) empresario. —Sr. José Coutiño Bao (n. 1883) empresario Se constatan las muertes de los citados a consecuencia de las heridas de bala tras el enfrentamiento producido a raíz de los acontecimientos recientes en la ciudad. Los testigos explican que el señor José Coutiño acudió a la mina a buscar al Señor Louton, dado que le culpabilizaba de la muerte de su hijo Santiago, acaecida en la ciudad, (d. at.º 304 de fecha 9 de Noviembre de 1917). Al acometer el acto de venganza, dispara contra él, alcanzando en realidad al señor Thomas Langston, quien se halla muy cerca del titular de la propiedad, con resultado de muerte. El señor Walter Tormo Lucano, empleado de la propiedad, en acto de defensa de su patrón, procede a disparar contra el citado agresor, con resultado de muerte. Al disparar su arma Winchester, se desequilibra con el retroceso y alcanza accidentalmente también a su propio patrón. El señor José Coutiño responde al intercambio de disparos, con su arma Luger contra el señor Walter Tormo, produciéndole también la muerte. Uno de los empleados de la mina, Matías Pardo Alzado, reporta a la autoridad la presencia de dos hombres armados en la escena, de nacionalidad española, con participación en el tiroteo. Ninguno de los restantes testigos

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curso de los hechos.

RELACIÓN DE TESTIGOS Ezequiel Barteuil Succa (n. 1887), Rodolfo Balta Pérez (n. 1877), Eutiquio Lorenzo Huaino (n.1882), Jesús María Iracet Iracet (n.1891), Colin MacFarla1872), Braulio Huesca Hidalgo (n.1889) y Zacarías Moreno Peral (n. 1902) Otros testigos: Señorita Susana Bianco Zanetti (n. 1892) de profesión actriz, de Buenos Aires. En la ciudad de Cruz del Eje, a día de la fecha, se cierra el atestado siendo las 13:27 horas. Firma Encargado redactor

Firma Supervisor

Comisario Publio Mosconi Chartier

Jefe Político Florián A. Carro y Rubio

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APÉNDIX A Informe de atestado policial nº310 A—10 Encargado supervisor Señor Florián Antonio Carro y Rubio, Jefe Político del Departamento de Cruz del Eje Documento de cierre forense

Juzgado nº1, con fecha 25 de noviembre de 1917, se concluye que los acontecimientos se producen de la forma descrita en el atestado (ut supra), a la luz de los tipos de armas usadas y las heridas producidas sobre los fallecidos. testigos y la relación de las heridas habidas en el intercambio de disparos. Esta Jefatura Política del Departamento desestima la presencia de más a mayores la denuncia de Matías Pardo Alzado, trabajador a sueldo de Thomas Langston Welsh. Firma Encargado redactor

Firma Supervisor

Comisario P.Mosconi Chartier

J.P. Florián A. Carro y Rubio

En la ciudad de Cruz del Eje, a día de la fecha, se cierra el atestado siendo las 11:00 horas.

Nada más terminar el tiroteo, me contaron que Susana Bianco se había acercado en primer lugar hasta el cuerpo de José Coutiño, se había agachado para recoger algo, y se había vuelto a levantar para apresurarse hacia donde estaba Amelia. Tardó poco en conseguir que se dejase allí a su marido muerto y abandonase — 325 —


el lugar. Ese mismo alguien me contó después que cuando pudo dejarla sentada ya en el coche, volvieron a ver a Susana corriendo hacia el cuerpo de Coutiño y le puso un arma en la mano. a despedirse antes de regresar a Buenos Aires. Yo también me hallaba allí casualmente ese día. En un aparte, Susana se acercó a mí para pedirme muy amablemente que saliese con ella al parterre trasero, justo hasta el lugar donde Amelia había oído por vez primera, pocos días antes, la historia real de su marido. Sin decirme palabra alguna, con sumo cuidado, Susana sacó algo y que ella abrió lentamente. Era el revólver Smith and Wesson de Coutiño, desarmado. Durante un minuto entero, sostuvo el arma en el pañuelo ante mis ojos. Así, depositaba en mí la decisión de resolver el asunto de otro modo. De tomar la decisión de implicar, acusar, resolver. Terminado el plazo que consideró levantó la tapa del aljibe que presidía el patio, donde fue dejando caer una tras otra las piezas del arma. Y no. No eran francés los versos que oyeron a LeBarón antes de morir. Aquellos eran unos versos pronunciados en lengua guaraní. Tan sólo con su sonido, llenan de amor los oídos de quien quiera escucharlos, según pude luego comprobar de la misma Amelia Brion. Eran la forma que eligió LeBarón para demostrar una vez más, una entre millones, que ese continente te cambia de una manera inescrutable. Impredecible. Tanto que al peor Jacques Lebarón, el asesino, el cruel mercenario, no se había hundido en el miedo por la llegada de la venganza de los dos españoles. Lo que le hundió fue la sola idea de perder el amor de Amelia, ya desahuciada por su enfermedad. Debo reconocer que, entre las pocas cosas que saqué en provecho del cargo político, fue el llegar a conocer a las personas en


la verdadera dimensión de su valía. Siempre había oído que ni los negocios ni la política eran para pichicortos. Digamos mejor, para los cortos de ánimo. Negocios y política, son terrenos abonados para que gobiernen la agresividad y la violencia civilizada. En política aprendí que ni la aventura ni el poder eran para los intelectuales, tan llenos de sus dudas hamletianas. Cuando te hallas en apuros, la decisión y el arrojo son vitales, y no dejan espaNo serán solamente las cualidades, sino también la naturaleza, el carácter, lo que condiciona a las personas y sus futuros. Por ejemplo, supe que los banqueros no podrían convertirse jamás en empresarios. Ni los empresarios convertirse en banqueros. Ya que casi te puedo comparar a los banqueros con los intelectuales, que administran bienes escasos, y los empresarios con los viven más que los sesudos, que los valientes no hallan acomodo en la sociedad sin guerra, que unos envidian a los otros por lo que poseen, y todos los que poseen, quisieran ser otro. Pero debo decir que siempre me quedará una duda. Una que creo jamás podremos resolver: y es la de saber para quiénes son candidatos a recibir sus favores. He llegado a la conclusión de que somos como niños al cuidado de una aya vieja, desmemoriada y antipática, que castiga al que jamás nos permitirá saber quiénes pueden vivir el gozo eterno, sin las dudas ni las deudas del desamor. Ni de quiénes han de recibir el dulce trago de la justicia, que sacia penas y hambres. Después de todos estos años; de idas y venidas; de fatigas; he llegado a la conclusión de que esas son para todos una verdadera lotería en la vida. Esa aya vieja y desmemoriada. Antequera, 6 de diciembre de 2010

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Epílogo —¿Otro mate, mi coronel? —Bien cebado, por favor, Luisa. Tras una pausa que duró lo que el líquido tardó en recorrer la milenaria distancia entre el porongo y los labios del coronel, éste dijo: —Mañana hay tormenta. —Sí, mi coronel —asintió Luisa. La tarde fue discurriendo sin altibajos ni sobresaltos. Salvo aquellos que venían del chirrido de las chicharras y del vuelo de los pájaros. Me contó Lezama, años después, que Luisa le llamaba todavía mi coronel, a pesar de que ya llevaba años compartiendo mantel y cama con ella. Eso sí, en la intimidad. Las cosas del respeto no tienen nada que ver con las de comer.

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La West Indies Company no renovó la concesión de la línea de Cruz del Eje. El ejército abandonó la ciudad y las cosas se calmaron veinte meses después, para dar paso a años de verdadera prosperidad. Con los años, ya mencionamos que el teniente Lucero llegó a general y fue ministro con Perón durante alguno de sus gobiernos entre 1945 y 1955. Ramos extendió sus negocios por la ciudad y la provincia, hasta que sus parientes cercanos se hicieron cargo de ellos. José Ramos se casó ya mayor, aunque no tuvo hijos y murió de un infarto en el casino de Mar del Plata, la Marbella argentina. vió varias veces a España, pero sus intentos de quedarse en Galicia no prosperaron. Acabó cantando el Che pykasumi a la Ramonita, el amor de su vida. Ochandiano se jubiló como secretario de la Embajada española en Río de Janeiro en 1934, donde había encontrado su lugar. Las autoridades dieron por desaparecidos al coronel del Ejérvío Gorgonio Colinas, tras el accidente del río. Yo mismo tramité los documentos de sobreseimiento de las denuncias contra ellos. Tampoco nos fue difícil, ni a mí ni al gobernador, otorgarle una nueva identidad en su residencia de Cruz del Eje al coronel Lezama. “Entre un rey y Luisa, la elección es difícil. Pero no creo que quedase bien cantarle Che pykasumi al rey Alfonso. Así que opté por Luisa.” Eso fue lo que me dijo el coronel. Con el nuevo nombre de Plácido Iturriaga Bao, casó con Luisa y juntos explotaron


Gorgonio regresó a España e informó que se había dado por muerto al coronel en un extraño accidente de coche, en el que algunos testigos aseguraron había habido un tiroteo previo. Terminada la Gran Guerra en 1918, Gorgonio solicitó destino de ciudad de luces y sombras. Muchas sombras. Sólo por si la de él y la de Walda se cruzaban alguna vez.

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CHE PYKASUMI Che pykasumi reveve vaekué chehegüi rehóvo Oúva ne angüe cada pyhare che kera jopy; Rohayhúgui ai ajepy´apyva ch ne ra arôvo, Michínte jepepa ndaivevuivéy che mba´embyasi. Ne añaitegui ndente aikóva ko aicha aikove asy Jaikoma rire ku juayhu porame oñondivete; Rese reveve che rajarei, che motyre´y, Aiko aikorei ndavy´amivéi upete gÜive. *Mi pequeña tórtola que volando leve de mi te alejaste, Tu imagen retorna una y otra noche a oprimirme el sueño. En razón de amor me desasosiego y estoy esperándote, Aún siendo recóndita es intolerable esta mi dolencia. Porque eres cruel ando trajinando enfermo y febril; Después de acunar el tibio cariño que juntos vivimos Emprendiste el vuelo: aquí me dejaste, tornándome huérfano,

amor en guaraní, a principios del siglo XX. Muchos años después, tantos como ochenta y tres, Joan Manuel Serrat incluyó estos versos en uno de los temas de su álbum “Cansiones” ( año 2000)


Indice Prólogo ........................................................................... 7 Proemio ..........................................................................9 Cuba,1898 .................................................................... 13 Santiago de Cuba.......................................................... 21 Buenos Aires, 1917 ....................................................... 31 Buenos Aires, 1917 .......................................................35 Cruz del Eje, 1917 ......................................................... 41 Buenos Aires, 1917 ....................................................... 47 San Fernando, Cádiz, a los 17 años .............................. 55 Día 1 .............................................................................. 61 Día 2 .............................................................................67 Día 5 ............................................................................. 75 Día 6 .............................................................................83 Día 7, Córdoba..............................................................93 Día 8 ........................................................................... 107 La Flor de Lys .............................................................. 111 Día 9, en Cruz del Eje ..................................................131 Día 10 ......................................................................... 154 Día 12 La lucha ........................................................... 139 Día 13 .......................................................................... 147 Día 14 La casa de la Ramonita ................................... 153 Día 15 ...........................................................................157 Día 16 Joseph Louton ................................................ 163 Walda ..........................................................................171 Día 17 Ramos abre la puerta .......................................175

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Día 19..................................................................................189 Día 19 El coronel tiene quien le escriba............................ 197 Día 20.................................................................................211 Día 21................................................................................. 221 Día 22.................................................................................235 Día 23.................................................................................243 Margaretha Geertruida.......................................................253 Día 23................................................................................. 257 Día 23 El mes de Difuntos..................................................265 Día 24................................................................................. 281 Camino de la Comisaría.....................................................285 Día 25................................................................................. 291 Día 27..................................................................................297 Día 29 La segunda huida....................................................303 La mina.......... .....................................................................311 Primer atestado.................................................................. 321 Epílogo................................................................................327 Che Pykasumy.................................................................... 331


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Cruz del eje  

Escrito por Juan José Helvecio Álvarez Carro

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