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HASTA AHORA Imรกgenes y algo para leer sobre Europa.

Mir ko Vukasovic M.


PARA PARTIR Promediando hacia arriba, ya casi 4 meses han pasado desde que vivo en Croacia. Decidí en un momento dejar de decir que “ahora estoy en Croacia” y simplemente cambiarlo. Por distintos motivos, el más cercano a mi mente en este momento, es que suena más cool. Y por supuesto, mucho más interesante para contar a la vuelta, tipo “... ah, es que yo vivía en Croacia, ves tu.” y así. Este cuarto reporte tiene por finalidad acomodar también al tercero, pero francamente se me ha hecho difícil, y sumando signos que reconozco de la migración anterior, de Punta Arenas al Norte, reconozco que el ánimo, el espíritu y la cabeza no siempre andan de lo mejor. Nada serio, nada de que preocuparse, simplemente, el viaje ha tomado su curso y mucho de lo que creía seguro ya no lo es tanto y mucho de lo que no sabía ahora lo sé, al menos, se me ha sido revelado de cierta manera. La razón de hacer de esto un pequeño libro es que sin duda es mi mejor manera para mostrarles mi visión de Europa, mi visión hermosa de recién llegado, que espero mantener por mucho tiempo y a donde sea que llegue, puesto que está libre de todo prejuicio, de todo asalto cultural y que deja el camino abierto para tomar nuevos ángulos de imágenes, de conversaciones, de personas. Algunos han visto algunas de estas imágenes, otros capaz ya las encuentren repetidas y creo que sólo dos personas sabían que quería hacer esto desde antes. Por último, pero muy importante: Esta es MI visión, de MI experiencia que comparto tratando de ser lo más sincero posible. Espero sepan -si no apreciarlo- respetarlo. Espero lo disfruten, lo comenten y si quieren, lo pasen por ahí.


Primera foto en el aeropuerto de Frankfurt. Esa fue mi cama y, cual sudaca recién llegado, amarré mi mosquetón al carro para que no me robaran, pensando que era el único que se quedaba a dormir en el aeropuerto más grande de Europa. Si, claro. Luego (abajo) me mandaría un monstruoso sandwich en el McDonalds. Promediaba ya unas 24 horas viajando y esperando alrededor de 10. El bus partiría en unos momentos y ya me había repuesto de la emoción (y alcohol) de la noche (?) anterior. O de hace 2 días.

¡Salud! Se hizo el viaje por Ryanair (chulísimo, pero baratísimo) y a continuación quedaba esperar el bus hacia Zagreb desde Zadar, donde me encontré con las dos cosas que más me acompañan hasta el día de hoy: Karlovacko (cerveza) y la Pekarna: Fabulosa panadería que vende sánguches baratos y TERRIBLES de buenos. Abajo: Ya instalado, pero sin internet, me iba a tomar cafés al ROKO, lugar de distorsión estudiantil por excelencia. Era de día y lo usaba para meterme a internet. De noche... sin detalles.


Alonso es un Magallánico que vive acá hace ya unos 5 años y se vino cuando la beca era distinta (mejor) y no estaba tan de moda venirse a Croacia por tener raíces. Tremenda persona y gran amigo que ayuda a pasar la lejanía en casa con cerveza. Mi “prima” Ana (en verdad es sobrina) fue una de las primeras personas que conocí en Croacia. Ya de antes sabía que éramos parientes y nos escribíamos mucho. Amante del café, fotografía y de conversar (o mentir).


ZAGREB 800 mil habitantes conviven la ciudad de Zagreb y la mayoría de los croatas lo encuentra “muy grande”. Y claro, uno viniendo desde sus 6 millones de habitantes y cruzando la ciudad en 2 a [indeterminado] horas si andas en transporte público, lo encuentra sin duda un pueblo chico. En verdad, Zagreb nunca me ha parecido algo como capital, sin duda Santiago tiene mucho más de eso, en el sentido de “modernidad”, movimiento y dinamismo. No olvidemos tampoco que por acá han pasado guerras, imperios y la recordada Yugoslavia de Tito, que dejó un rastro comunista en muchos aspectos, desde la arquitectura de Novi Zagreb hasta la mentalidad de que “alguien más se encargará de hacer lo que yo no haga” De tranvías viejos y modernos, de Audis y Alfa Romeo (que cuestionan diariamente la “crisis” croata) y de músicos callejeros apenas el clima lo permite, vagabundeo y transito por una porción relativamente pequeña de la ciudad, mayoritariamente en los tranvías, aquellos lentísimos y anclados trnes electricos que acarrean croatas por la ciudad. Impecables eso sí, uno de estos en Chile no dura ni 4 segundos sin que el amigo flaite le pase una mano de lija para inscribir en el vidrio, su nombre, su barrio o su equipo de fútbol predilecto. Ojo que eso se ve, pero mucho menos.


Strossmayer es el nombre de este paseo y también el nombre del mostro sentado acá, eternamente viendo el sol ponerse y salir por el otro lado al cual estamos acostumbrados. Las primeras fotos con mi cámara y haciendo un HDR, tal cual la vista de Zagreb (der). Además, existe en Strossmayer un buen pub en donde generalmente se hacen fiestas latinas (reggaetón) y que las croatas se vuelven locas por aprender lo que bailan en las academias. Nadie les dice (yo una vez lo hice, ups!) que bailan tiesas y no tienen idea. Siendo yo, un versado en el baile, claro está.


Por el Sava.


Y por Sljeme.


¿Lluvia o nieve era? Que me voy a acordar ya. Ni los perros se salvan de lo que es la moda y la ropa en Zagreb, algo definitivamente muy importante en el estilo de vida Croata. Zapatillas de 80 mil pesos se ven a diario y la moda es algo que ha de ser adquirido, todo con tal de tener estatus. Pareciera ser que el libre mercado llegó de golpe y para quedarse, en la tierra en donde si tu reloj es grande (gracias a la Vero, el mío es) tienes más dinero (JA JA).

Un crecido Sava (der) se alza casi sobre las copas de los árboles, pero la cosa viene así desde Eslovenia, en donde la pasan igual que acá con las inundaciones (se inundan, digamos).


Partido de hockey en Zagreb. Los locales, Medvedšcak (u “Ositos”, como prefiero llamarles) le ganaron a su par del otro lado del imperio (Austria).


En el mismo en el que los Ositos jugaron su match, tambiĂŠn hubo algo de patinaje artĂ­shtico; por supuesto, fuimos con cĂĄmara en mano para retratar las figuras... del patinaje, claro.


Una total reconstrucción es lo la catedral de Zagreb en andam hace más de 15 años (un dato e de la gente que no la recuerda s ellos). Grande, luminosa y vacía, un importante punto de ubicaci referencia en la ciudad.


que tiene a mios desde estimado sin , es i贸n y


Ya de salida estaba pelando el frĂ­o che; con mis amigos de Argentina y Venezuela partĂ­amos hacia Ljubljiana, allĂĄ en la lejana Eslovenia (a dos horas en tren).


Sljeme es como el Andino... pero pro. Bueno, tampoco tanto en verdad, lejos de ser esos centros de Ski que no conozco allĂĄ por Austria, es bastante

grande y abacanado como para organizar torneos de slalom nocturnos con la figura de Ivica Kostelic, el mostro del ski y hĂŠroe nacional (por eso mismo).


LJUBLJIANA Esto ya es un chiste. En menos de lo que te demoras en manejar hasta Natales, llegas a la capital de Eslovenia. Incluídas paradas en pueblos enanos y con cuestionable utilidad, trámites aduaneros y todo el cuento. Con razón cuando cuento que desde mi ciudad hasta la capital de Chile uno se demora 4 horas en avión se quedan tiritando y no entienden cómo es tan grande la cosa (el país, ojo). Hermosa es la ciudad, y aun mas chica que Zagreb, con 200 mil habitantes, calles como la foto de al lado y lleno de eslovenos, que en vez de usar (el los respectivos idiomas) 7 declinaciones -como en croata- usan 9... la diferencia sólo la saben estos de acá y todos se entienden sin mayor problema. El primer país de la ex Yugoslavia en entrar a la Unión Europea muestra precios acordes a lo que es Europa y me hace sentir por primera vez en la Europa que uno se imagina al estar en Chile: ordenada y cara. Vimos a una vieja vendiendo cachivaches con la bandera de Yugoslavia debajo de todo, a modo de mantel y me la imaginé en la pieza, en el asta de Punta Arenas y en mil lugares. No estaba a la venta. Ah, y no hay más fotos porque me da un poco de lata editarles y nevaba con tremenda ira y el perla sin guantes. Así que por hacerme cagar de frío las manos, Ljubljiana se queda con ésta foto no más.


GRAZ Bienvenidos al imperio. A cuatro horas en bus, es común que la gente de Zagreb va a Graz (Austria) a comprar pilchas baratas (ni tanto) a una que otra tienda en esta pequeña ciudad. Un afluente del Danubio la cruza y esto ya definitivamente es Europa, la Europa de la cual uno oye hablar, con sueldos promedios de 1400 euros y con el orden como corresponde: ¿subiste sin pagar el tranvía? No importa, porque fijo que algún tipo fiscalizando se sube, cierran las puertas del tranvía y a pagar te mandó saludos, una multita de 80 euros o algo así... tranquilito por Graz. Aún con todo esto, la ciudad es preciosa y a pesar de ser la típica ciudad enredada hecha hace cientos de años, uno se ubica bastante rápido y con referencias bien claras, como es el cerro Que No Me Acuerdo Del Nombre, llegas a todos lados altiro. He andado por acá dos veces, la segunda fue con Diego y Víctor, ambos argentinos. Diego, el mostro, quería comprarse una computadora y se mandó la brillante idea de pagar un taxi con un billete de 100 euros. Crack. No encontramos la computadora y yo me hice con un par de botas, para agregar estilo a las chilotadas que han ido minimizándose cada vez más, o quizás están esperando salir a relucir en el momento menos esperado y con la persona menos indicada (como caso ocurrió el viernes con el embajador de Chile, casi preguntándole por el Día de la Piscola).


Era otoño. Anduvimos, la primera vez, recorriendo con Ana y sacando mil fotos. Ella, gentil como siempre, se rajó con su cámara (una Canon con un lente igual al que uso cuando estoy en PUQ) por lo que había bastante costumbre del lente, del menú y todas las pavadas esas. Lo nuevo, a veces intimidante, es descubrir quién eres a traves de las fotos que tomas. Por ejemplo, jamás pensé estar de veras en Austria sacando fotos a la gente, a los edificios más antiguos que tu país, a la gente que vive y muere en ellos y no conocen otra realidad y finalmente me voy dando cuenta que todo es lo mismo, situaciones a las cuales debes adaptarte claro está, pero la luz, la sombra, el sujeto, el encuadre y sobre todo: la búsqueda y la intención de narrar una historia con una sola imagen, capturando un sólo momento es aquello que me sigue cada vez que cierro mi ojo izquierdo y pongo una cámara frente a mi ya operado ojo derecho. El resto -aquel momento frágil que pasa al segundo de soltar el disparador- lo hace tu historia, tu cerebro, tu intención y aquello que buscas en la imagen. Aun cuando a veces lo sabes y a veces no lo descubres al revisar, como la imagen de la derecha.


Calles y la plaza de Graz. Atardecía ya y andábamos apurados por pescar el bus de vuelta a Zagreb. El paseo dura el día y ya a las 5 de la tarde te llevan de vuelta, otras 4 horas en bus y un demoroso trámite aduanero nos llevarán a la ciudad nuevamente. Nunca hay líos en pasar de Croacia a la UE, es muy, muy común y ni siquiera cuando usé el pasaporte chileno me miraron raro, ni feo, ni de arriba hacia abajo, ni de abajo hacia arriba, ni de lado a lado, ni de- ya entendieron. Eso de que entrar a Europa es un lío, ¿lo escucharon alguna vez? MENTIRA.


NOVI SAD El bus finalmente para y está claro que he llegado a Novi Sad, claro para mi instinto, porque todo cuanto leo está o en cirílico o en serbio, que si bien no dista mucho del croata, no soy capaz de entender tampoco, eso sí, la estación de buses ya está bajo nosotros y es hora de bajarme. Escribo esto mientras el bus se detiene en la frontera con Crocia, y el sentido de “hogar” vuelve nuevamente a perder su sentido, su significado… vuelve de nuevo a escurrirse y hacerme pensar que ese viejo cliché dice que cada hogar está en casa, en donde llevemos el corazón, en donde hallemos la paz podría yo agregar, si algo queda para agregar a tan viejo argumento como el que está en discusión en este momento… lo cierto es que algo tengo respecto a los “hogares” a las casas, al menos, a los países que muchos llaman hogar. No vuelvo a casa. Vuelvo al país del cual tengo nacionalidad, pasaporte y una pieza en un dormitorio de estudiantes chico, sucio y que desde el miércoles en adelante, no me deja dormir. Sin embargo, ahora es ese lugar el que llamo “casa” u “hogar”, de cuando iré a dejarlo como fijo, no tengo la menor idea. (24.Oct.2010)


Tres versiones de la plaza principal de Novi Sad: Alrededor de esta hay multiplicidad de locales, gente paseando y por las noches, se tiñe todo de color y olor a Navidad, puesto que las fotos son de Diciembre. Por el día que estuve, salió el sol y logré capturar todo esto.


Plaza nevada en Novi Sad. Raro es haber ya estado en esta ciudad y ubicarme tan bien. De calles más amplias y mucho más verde (ahora sólo ramas con nieve) que Zagreb, me siento en una ciudad más grande. Sin embargo, la crisis y los problemas de separación que tiene Serbia con sus países vecinos está también agravada por la lucha interna que hay de Kosovo (un pasaporte boliviano llega más lejos que uno de Kosovo) y la región de Vojvodina, que también reclama independencia y soberanía. Nadie quiere pertenecer a Serbia parece.

JA.


Interior de iglesia ortodoxa en Novi Sad. El rito ortodoxo prohíbe muchas cosas respecto a la congregación en lugares que no sean aquellos en los que tu familia no se congrega, o “la iglesia de tu familia”, pudiendo incluso prohibir o remitir la entrada a otros templos. Sin sillas para la gente en la misa, creo que es un elemento para captar la mayor atención del público en el discurso del cura (o pastor... no sé como se llama). Veo que entran, besan un vidrio que abajo tiene la foto de un Santo (cada familia tiene su santo) y dejan dinero. Me estremece que no den boleta siquiera y me pregunto cuánto de eso hacemos, de distintas maneras, en nuestras vidas. Sobornar a una entidad mayor que nosotros a cambio de aquello que creemos necesitar. En euros por último, porque el dinar serbio no vale nada.


BUDAPEST El último viaje que me mandé fue hacia la capital de Hungría. Hermosa y fría ciudad, que me vio llegar con algo de fiebre y me vio partir cercano a hablar nada sino incoherencias y estar echado con una polera mojada en la frente para bajar la fiebre. No dió resultado. Es sin duda más grande de ciudad que Zagreb y se respira historia en todos lados, aunque sin duda, me sorprende la gente diferente, de rasgos, de costumbres y colores; sin duda el idioma húngaro es el más notorio cambio: palabras con muchos acentos y que no se lle como uno creería leer, es el único idioma de Europa que no se parece a ningún otro, es decir, si hablas húngaro, sólo hablas húngaro; no así con el croata, que se extrapola al serbio, macedonio, bosnio e incluso esloveno. Razón tenía la Tío Olma. Los textos son del viaje en tren hacia allá, como fue lo último que escribí, quedan mejor.


Esta es la vista de la ciudad desde la citadela ubicada en lo alto de un cerro, que incluye también, una catedral por la cual hay que pagar para entrar. Dios es un buen negocio al parecer. Abajo, el gran Danubio (desde donde me caí y metí la pata nada más) y el parlamento.


El Puente de Las Cadenas se llama el hermoso y gigante puente que cruza el Danubio y conecta la ciudad. Tanto detalle que no alcanzo a recordar, mucho menos a registrar me hacen enfocar sólo en quello que considero importante y que, a través de objetos por sobre panorámicas inmensas, darán el sentido de cómo es estar allá. Ya hay demasiadas postales de Budapest.


5:06, Tren de Zagreb hacia Budapest. Este es el viaje planificado para la ciudad de Sarajevo, destino que no ha sido todavía, que espera ser y que no tiene siquiera idicios de de concretarse. Mi compañero de viajes, reciente amigo y compañero de pieza -valiente el pibe- está pronto a marcharse y en honor a una despedida, un regalo, un recuerdo o una memoria que esperamos dure en el tiempo, decidí viajar con él a pesar de la incipiente fiebre, del dolor de piel y de los tiritones de frío que sufrí en la calle, frente a Savski Most, esperando el tranvía que nunca llegó. Sigo pensando en la imagen de mí mismo, extrapolada a un observador ausente, cauteloso y que en su condena carga el no poder dejar de observarme: ese soy yo. Me veo camino a Budapest, escribiendo en mi computador, sentado (echado) en un tren, con normalidad y -a ratosescuchando palabras croatas que de a poco, como un velo otrora denso, con acento portugués e inentendible, comienzo a entender. Invento verbos, conjugo mal los tiempos, uso palabras equivocadas (“hacia dónde tiene ese tren?”) pero finalmente, logro entender que el tema de mis impuestos con la compra de la cámara van bien, que tengo aún 6 meses para recuperar una aceptable cantidad de Kunas y que muy posiblemente se irán en un lente nuevo; apropiado sinónimo, “objetivo”, puesto que eso mismo veo cuando adquiero mis bienes acá. Veo tanto que a veces simplemente me pierdo. Veo tantas vidas, tantos destinos y caminos que se trazan, que ya fueron trazados y en el medio, sigo a veces preguntándome en dónde está el mío.

Para el tren. Parte el tren. Implacable con la hora y con las detenciones, recuerdo el salto artístico -hacia el lado equivocado- que tuve que hacer para bajarme del tren en Stara Pazova, Serbia, y de la guapa chica que venía conmigo. No quiero ser aquel que recoge experiencias y las lleva a su pueblo haciendo ostentación de todo aquello que vive y que sus pares no. No quiero pensar en el retorno como fracaso. Y quiero que un miedo latente desaparezca, antes que la comodidad, la rutina y todo aquello que no decidí para mi vida, regrese y termine viviendo como siempre, en Zagreb. Como en Santiago, en Zagreb. Como el Mirko atemorizado y que queda en proyectos, en Zagreb. Me siento culpable, por extrañar de una manera nueva y distinta. Me siento feliz de estar acá, y no me siento muy triste de no estar allá… pero sigo necesitando un viento de verdad, un abrazo de verdad, un olor a casa, un padre que, a veces distante, como no queriendo emocionarse, mira con satisfacción que su hijo ha llegado, y una madre cuyos brazos nunca se cansarán de rodearme. Para el tren. Sigue el tren. Y en el intermedio cambio de piezas, de vagones, entrego mi equipaje y consigo uno nuevo.


Vista del paseo entre el castillo, la Catedral y citadela que miraba hacia el Danubio. Lleno de turistas chinos y con una adhesión de sólo 4 euros (más los otros euros que ya habíamos pagado para entrar al castillo) nos haría sentir más cerca de Dios. Vale la pena pagar y sentir el frío a través de las densas capas de ropa; presiento que ya estoy fregado y que el destino es la cama, pero no puedo dejar de sacar fotos como enfermo del mate, simplemente, a cada esquina encuentras un nuevo y mejor ángulo sobre el cual puedes hacer una mejor toma, sacarle fotos a los viejos pajarones desprevenidos o a algún detalle precioso, acuñado hace ya más años que todas las ciudades de Chile. ¿Cómo se sentirá caminar en un lugar que ha visto nacer imperios y morir reyes como si fuera tu mismo patio? Abajo: Muero de frío y fiebre, pero me hago el leso.


Y eso es todo... ... hasta ahora.



Hasta Ahora - Un poco de Europa en pocas imagenes