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El siguiente fragmento a analizar se localiza en el cuarto párrafo de la III Parte del Discurso del Método de René Descartes. El tema que se plantea a continuación es la moral provisional, con ella Descartes busca suplir la ausencia momentánea de certeza. La moral provisional tiene cuatro reglas, en el fragmento a analizar a continuación Descartes expone la tercera máxima. El filósofo sostiene que si conseguimos hacernos dueños de nuestros pensamientos y controlar nuestros juicios, podremos alcanzar la felicidad, pues el cómo nos afecte la realidad será controlada por nuestra voluntad. Así pues, “después de haber obrado lo mejor que hemos podido, en lo tocante a las cosas exteriores, todo lo que nos falta para conseguir el éxito es para nosotros absolutamente imposible” (líneas 4 y 5), por tanto Descartes expone que debemos controlar nuestros pensamientos, con el objetivo de no desear aquello que no podemos conseguir, y de este modo alcanzar la satisfacción personal y la felicidad. De igual manera que nuestra voluntad tiende por naturaleza a desear aquello que el entendimiento considera probable, debemos distinguir lo que depende de nosotros como los juicios, los deseos, los pensamientos; y lo que no depende, es decir, aquello que está al margen de nuestra voluntad. Así pues, no debemos sentir culpabilidad por carecer de bienes -ajenos a nuestra voluntad- que poseemos desde nuestro nacimiento, cuando nos vemos privados de ellos sin culpa alguna, “haciendo como suele decirse de la necesidad virtud” (línea 15), el filósofo pone el ejemplo del enfermo, cuyo mayor deseo es estar sano, o el preso, cuya mayor pretensión es ser libre; simples bienes adheridos a los seres humanos que en muchas ocasiones pasan inadvertidos. No obstante, Descartes reconoce que alcanzar lo descrito anteriormente es algo extremadamente difícil que requiere esfuerzo y tiempo; es decir, un ejercicio continuo y una meditación reiterada. Así pues, sostiene que este es el secreto de los antiguos filósofos estoicos que sí alcanzaron la felicidad, a pesar de las dificultades propias de la vida, como la pobreza y el sufrimiento; compitiendo incluso con los propios dioses – ya que como bien apunta una creencia estoica: “Dios no vence al sabio en felicidad”. Estos controlaban perfectamente sus pensamientos, es decir, aquellos bienes adjuntos a su voluntad; por lo que eran más ricos, más poderosos, más libres y más felices, que cualquier otro ser humano, no seguidor de esta filosofía, que jamás alcanzará todo lo que desea, aunque la fortuna y la naturaleza le favorezcan.


Tercera Maxima