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ARBOLES, ARBUSTOS Y ESPINAS Colecci贸n de Poes铆a 2007


I HUERTO DE LOS OLIVOS Hoy no comienzo nada Tal vez como golondrina Empiezo a irme Ante el invierno No aventare la última locura De dejar la paz del hogar Para intentar la cumbre de mi sino No voy a molestar Ser percibido No voy a dejar de mirar al sol Aunque no sea de frente, Desde su salida Hasta su ocultamiento. Lo seguirán mis ojos curiosos A la luz Como si siempre fuera la última vez, Humildemente Y no habrá tarea más importante De escribir por los días y las noches Algún par de poemas Olvidar otros en mi mente O en el disco duro de mi ordenador Si lo hubiese escrito adormilado. Pues algunos vienen de materia inorgánica y olvido.


II

EL TALA

Alguna vez pedí razones otras a una nube negué la inteligencia Una perdiz desplegó su vuelo al husmeo de mi perro y no fui sensible no había hambre ni deseo Entre cardos unas plumas dejan migas de un festín persisten al hálito como ahora, canto más allá de la sangre. El perro movía su cola con el cuerpo del ave en la boca y mi mano acariciaba el morro Sobre el campo olor a romero un tala daba sombra como si la recompensa fuera digna.


III EL SAUCO No pude hundir mis pies en el barro ser vegetal de frente a mi propia lluvia. Ni recostar la cabeza en el regazo de una mujer mis discrepancias. No son fáciles los menguados vasos de potro tallados por hierros para herrar todavía. No voy a mirar atrás ni decir palabra canto la muerte sin vacilaciones. EL AROMO No llego a ser el día no llego no permitieron abrirse a la luz de nuevo a un horizonte a las nubes caladas por el viento. no hizo falta cerrarle los ojos la austeridad de su mirada denotaba la paciencia infinita del aromo y esa flor amarilla en la llanura a contrapelo del sol ¡Que desperdicio! esos ojos dispersos sin mirada y que paz benevolente su sonrisa.


IV EL QUEBRACHO Resitió la intemperie como nadie hasta la ira de un dios devuelta como rayo. tejedor de ramas sin lujos ni hojas cambiantes para atormentar Pintores modernistas. Urunday madera de hierro mellando el hierro que tala tú tronco Lalan duro para el riel del gusano pérfido de humo. No ha resistido tenaz. tu bruta solidez insiste como el hueso de un cuerpo más allá de la muerte.


V EL ALAMO La materia no puede soportar el peso de tanta palabra No es un ala ni una basa apenas si sostienen mis raíces Cinco vocales y unas pocas consonantes más arman una vida diáfana o cargada de amargura como el último arrebol del verano. Sobre el horizonte impertinente un álamo como un viejo paraguas cerrado intenta imponer su silueta a la puesta del sol. Me contaron del viento crudo corriendo desde el río más no sentí su paso por mi cara de mirar el álamo tan quieto cuando el sol huía.


VI

EL OMBU Las risas de muchachas sostenĂ­an las sogas y en sus nalgas de hamacas ContarĂ­an secretos En vaivenes sombreados De la tarde del campo. A la hora en que duermen los que siembran la tierra. Y canta el molino sobre el tanque australiano.


VII

EL ROSAL Las risas volvían del aula Oliendo a café El humo de cigarrillo se cortaba en rodajas entre las lúgubres telas del aula magna. Los pizarrones se elevaban y bajaban como un gran decorado de la Opera Y mis ojos sencillos asomaban la vida taciturnos y de pujante dialéctica Una rosa un pantalón de amplias botamangas y el pelo largo Algo dijiste y no me acuerdo en tu silencio


VIII EL TAMARINDO Veníamos caminando por las dunas entre tamarindos del Tuyú aceitados con aceite de cocina tostaba el sol nuestra adolescencia en los cuerpos desnudos Valery a los gritos en la rompiente bravía contra el viento del Oeste. El mar recomenzaba sin cementerios marinos. Por la noche junto a un fuego el cigarrillo hablador nos acompañaba hasta el silencio mutuo.


IX EL CEIBO He asistido cascos de centauros sin herrar esmerilados por la hierba seca de la pampa. Solo han venido a recordarme el paso del tiempo hasta esta orilla donde la bifurcaciĂłn del rĂ­o me deja perplejo ante la sanguĂ­nea flor del ceibo lamiendo la correntada Un bigua camina sobre el agua un pez hace un circulo y mis ojos intransigentemente desvelados.


X DOS ROSALES Cantaban los hombres en la tarde y las mujeres salían al patio a buscarlos de regreso en los trenes bicicletas azules eran Minotauros. Así todos los días un perfume tan cabrio como el estro en primavera apretaba en el domo de la maquina al tronar el aire y al chirriar los rieles resbalando el hierro las ruedas cansadas de cada partida. Y fue por años la misma semblanza la misma cultura pero un día ella no espero desnuda. Fue clámide inquieta en otra cintura tenía pezones tan tersos como ella y una lengua entrañable tan suave y sin gritos. Ahora los trenes no paran aun cantan los hombres más ellas no salen al patio a buscarlos.


XI EL ROBLEDAL Por el bosque de los robles una rosa hay en tu espalda Por el bosque te quedaste muertas tus piernas largas Nombres no tienen Las pipas de las bellotas tan crueles los robles siguen plantados tus plantas no te sostienen.


XII

EL CARDO

No hubo espejo ni charca para reflectar tu imagen verdadera Labios pintados arenales de pelos seductores y un pubis de palabras Sobre esa mata creció un cardo áspero sutil e inaccesible. Lejos un borboteo, agua de lluvia rompía la estanqueidad del charco. Y tú tal cual eres en círculos por la espalda del estanque no ves tu rostro multiforme Un cardo agudo celebra la fiesta de la espina


XIII

CARDO RUSO Estoy de nuevo y tan viejo; añosos mis pelos canos Mi barba blanca y mis bigotes albos un poco teñidos por la nicotina No se donde esta voz quisiera alabar al mármol y siento madera, es apenas tronco de piquillín aislado, en la pampa rala mi desierta alma. No soy quien para darte mi adiós no quisiera perdonar al viento su fuerza y pureza mas al verlo triste galopar las piedras me quedo rodando como un cardo ruso.


XIV

EL NARANJO La madera es tu ira olorosa como el incienso la distingo temprano como adivino en el ombligo de la naranja el jugo y el sabor. Las suelas de mis zapatos caminan por cuerdas de seda hay vaivenes hay sostenes y no puedo decir los nombres porque la voz me tiene entumecida el alma y alborotado el sentido como a un pĂĄjaro la luz. No puedo ir a mĂ­ ni a ti no soy consuelo y refugio ni paz al fin tenida. Sobre la maĂąana una nube pasa sobre nuestras cabezas y no supimos mirarla.


EN LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES, PARTIDO DE VICENTE LOPEZ, SANTA MARIA DEL HUERTO DE LOS OLIVOS EN EL MES DE MAYO DEL 2008

ARBOLES, ARBUSTOS Y ESPINAS  

Colección de poesía 2007

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