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OTAN NO. BASES FUERA.

Cipriano G贸mez.


Sobre el escenario un atril, tras el atril un hombre. Un hombre que habla. Sujeto al fondo del escenario ondula un cartel, como una pancarta. Grande, extensa, con emblemas de las organizaciones convocantes y el hongo siniestro de la bomba y el lema. El lema que llevamos coreando las últimas semanas y que repetimos a la menor oportunidad. Como un mantra, como una letanía: OTAN NO. BASES FUERA. Debajo la firma, de lo que somos o de lo que hemos llegado a ser: Plataforma AntiOTAN, y el nombre de mi ciudad. Pero las miradas están clavadas en el hombre que habla. En la forma en que su voz asciende y se alza en determinados momentos del discurso, los que él elije. En los movimientos de sus manos que acompasan y explican y producen un efecto hipnótico. En su acento. Del norte, del centro, de la megaciudad donde todo ocurre y que yo sólo imagino o veo en planos de televisión. Ese acento justamente, el de los locutores de la tele. El que los viejos han aprendido a respetar porque es el acento de los que saben, de los que tienen, de los que mandan. Con ese acento se teje el discurso. Lleno de palabras que se combinan entre sí formando ideas, cosas que se quieren decir, algo que la gente debe escuchar. Cosas importantes. Por eso el mar de cabezas que se despliega frente a él está fijo en lo que dice (aunque su voz salga en realidad por las columnas que flanquean el escenario), y responde al influjo de su voz y aplaude cuando ésta escala hasta alcanzar un pico. Entonces las voces que salen del mar vuelven a corear la consigna: OTAN NO. BASES FUERA. Detrás del mar de cabezas hay alguna gente de pie y otros que deambulan. Detrás, atrás, al fondo, estoy yo. Acodado sobre el gris liso de la barra improvisada para la ocasión. Del rectángulo de metal con frontales rojos de marca de cerveza que hemos cubierto de carteles de la campaña, porque hay que hacerlo así, porque no nos gusta la publicidad, porque compramos y consumimos la cerveza pero no queremos que se vea la marca comercial, porque esto es un acto político, ciudadano, reivindicativo..., porque nos han dicho que lo hagamos así. No tomo nada, nadie lo hace, todavía no. Después, cuando suene la música y el mar de cabezas se deshaga en jirones de gente y rompa contra la barra, entonces sí. Entonces el mitin transmutará en fiesta y habrá corros de gente que bebe y fuma y ríe y comenta y se saluda. Y las palancas de los grifos harán brotar chorros de cerveza que llenarán vasos de plástico (cuidado con la espuma me han dicho) que se irán distribuyendo por los corros y refrescaran las gargantas secas de corear consignas y animaran las charlas y los debates. Pero entonces yo ya no estaré aquí, acodado sobre la superficie de cinc, sino más atrás, del otro lado. Formando parte del grupo, de los diez o doce jóvenes (siempre la misma jodida palabra) cuya misión esta noche es abastecer de cerveza y refrescos y bocadillos a los asistentes al acto. Compromiso lo llaman algunos, militancia otros y yo todavía no sé como llamarlo, porque las palabras son importantes, las palabras definen, y si hay algo que me asusta es dar la impresión de no saber dónde estoy y delatar mi supina ignorancia sobre ese entramado de palabras, de conceptos, de expresiones que constituye el lenguaje del compromiso, de la militancia o vaya usted a saber qué. Bueno, eso y no saber tirar la cerveza y que haga mucha espuma en los malditos vasos de plástico y que alguien me lo recrimine. Rosa sale de detrás de la barra y se dirige a mí con su pelo negro rizado y sus ojos claros y su sonrisa abierta. Sobre el pecho izquierdo lleva la misma pegatina que llevamos todos, con el mismo dibujo de la explosión y el mismo lema: OTAN NO. BASES FUERA. Rosa es del partido, yo no, o todavía no, o no sé. Me habló del partido en el instituto pero yo ya lo sabía, o sabía lo que decía la gente y la había visto encararse con los profesores y hablar en las asambleas, y me invitó a las reuniones del partido (o de las juventudes, decía ella) y fui un par de veces sin saber si lo que me interesaba era lo que allí se decía, o lo que ella decía, o simplemente estar allí, donde estaba ella. O que después de la


reunión nos quedáramos un rato charlando y que accediera, con un poco de suerte, a tomarse una caña conmigo en algún bar, aunque también se vinieran los demás (los camaradas, decía ella). Luego empezó todo esto, lo de la plataforma y el referéndum y todo eso, y ella me pidió que me apuntara. “No tiene porqué ser como miembro de las juventudes. Esto es una cosa más abierta. De organizaciones y grupos y gente a título individual”, creo que dijo. Y yo dije que sí, claro, qué iba a decir. Que estaba en contra de los planes del gobierno, que nos habían engañado, que ya estaba bien y que yo estaba dispuesto a arrimar el hombro. En fin, todo lo que creí que había que decir y más. Porque tras cada razón que yo daba la sonrisa se le volvía cada vez más ancha (como dice la canción), y así seguí hasta que ella me echó los brazos al cuello y me besó en la mejilla. Y luego me pasé toda la noche recordando el roce de sus brazos, el breve contacto de los dos cuerpos y la humedad apenas sentida de sus labios en mi cara. Y puede ser que por eso esté esta noche aquí, por eso y porque a la gente de las juventudes le toca llevar la barra y yo, que soy independiente, no sabía dónde enrolarme, y claro. “¿Has visto las últimas encuestas?”, me pregunta en voz alta para que yo la pueda oír a pesar de la megafonía. Asiento. “La gente no cede, la gente está por el no”, añade. Y me pone una mano en el hombro, y una especie de escalofrío me recorre la columna vertebral, y yo me envaro porque no quiero que se me note. “Por mucha campaña que haga el gobierno, por muchos duros que se gasten, esta vez la gente no va a tragar. Esta vez vamos a ganar.” Sonrío, sonrío y asiento. Ella insiste. “Va a ser una gran victoria, la victoria que el pueblo necesita. Estoy segura de que a partir del día 12 van a cambiar muchas cosas en este país, ¿no crees?”. Digo que sí, que lo del día 12 va a ser una campanada... “Y de las gordas”, concluye ella, y se apoya en la barra a mi lado y los dos miramos hacia delante, hacia el hombre que habla, y el contacto de su brazo junto al mío me transmite su euforia. Porque es euforia lo que sentimos todos. Una corriente de alegría esperanzada que ha ido recorriendo cada acto, cada manifestación, cada reparto de octavillas. Un torrente jubiloso que no se amilana ante las campañas oficiales, que se nutre de la buena acogida de la gente, que se manifiesta en los saludos afectuosos, en la camaradería de los jóvenes y de los viejos, de personas que (según me cuentan, yo no lo sé) hasta hace unas semanas eran enemigos irreconciliables, antiguos militantes curtidos en la represión y recién llegados como yo. Una euforia que espera, que aguarda para estallar y desbordarse, y la fecha es el 12, el 12 de marzo por la noche, cuando se conozcan los resultados del referéndum. Un estruendo llena el pabellón cuando el hombre termina de hablar. Un aluvión de aplausos y de vítores. Y la gente se pone en pie, y aplauden, y gritan, y muchos levantan el puño, unos el derecho otros el izquierdo (y yo me anoto mentalmente averiguar qué significa cada cosa, para saber cuál debo levantar yo, para no equivocarme). Y del magma de aplausos emerge de nuevo la consigna. Fuerte, potente, impresionante, como deben ser las olas gigantes cuando embisten contra una playa: OTAN NO. BASES FUERA. El hombre que ya no habla, sale de detrás del atril y se acerca al borde del escenario. Los que intervinieron antes hacen lo mismo y cuando llegan a su altura se cogen de las manos y levantan los brazos y sonríen exultantes. Y la ola se mantiene, se expande, persevera. Y Rosa y yo también coreamos la consigna, la gritamos con todas nuestras fuerzas, hasta el último momento. Juntos, al unísono, las mismas cuatro palabras que rugen al mismo compás pronunciadas por cientos de gargantas: OTAN NO. BASES FUERA. Hasta que el mar embravecido empieza a calmarse y unos se sientan de nuevo y otros empiezan a moverse, a salir de las filas de sillas de tijera. Entonces siento el codo de Rosa en mi costado, y me vuelvo y veo que sus labios se mueven y me dicen algo que yo no escucho. Y acerco la cabeza y ella aproxima su boca, y a gritos me dice que vamos, que es la hora de que empecemos a currar. Luego se vuelve y yo la sigo, intentando no clavar la mirada en la ondulación de sus caderas bajo el jersey. Así, ella delante y yo detrás, nos colamos tras la barra. Ella se detiene para colgar los carteles con


los “precios populares” subiéndose a una silla, y yo intento ayudarla, y no sé qué hacer con las manos. En esto aparece Dani (el encargado, el que sabe porque es más mayor, porque es universitario, porque sabe) y me recuerda mi puesto en la barra, allí cerca de la esquina izquierda. Pero antes saca un paquete de Ducados y me alarga uno. Y yo lo cojo y saco el mechero y lo enciendo. Escucho su voz que dice: “Un pedazo de mitin, ¿verdad? El PSOE esta vez la ha cagado. Fíjate en la gente. Con un movimiento así no podemos perder. Esta vez les vamos a dar caña”, y me palmea la espalda. Yo asiento, varias veces, y doy otra calada al ducados y expulso el humo y sonrío. Y despacio, fumando, me dirijo a mi sitio, allí, al fondo, en la esquina izquierda de la barra. A lo lejos, en el escenario, el programa continúa. Ahora van los del grupo pacifista, a alguno lo conozco, del instituto y de una charla que dieron. Van a hacer una representación o algo así y van todos vestidos de blanco y con una careta, o una máscara, como las del teatro griego. Luego, saldrán los objetores, del MOC o del Mili KK, aunque yo todavía no sepa distinguirlos y yo vaya a pedir prórroga, de estudios. Después habrá un cantautor, de aquí, el de siempre. Un tipo simpático, con gafas, que sale solo con una guitarra, y canta canciones suyas pero también de Silvio y del Aute. Por aquí dicen que es bastante bueno, aunque no sea del partido, y que pronto va a grabar un disco. Luego habrá música y un grupo de jazz, de Granada, pero todavía no ha llegado y no se sabe. Y así hasta tarde, aunque no mucho, porque no tenemos permiso y porque hay que recogerlo todo, para que mañana esté listo cuando vengan a por la barra y a por los barriles de cerveza, y a recoger las sillas y a desmontar el escenario, y... Y ese también es nuestro trabajo. Pero mientras hay gente que se acerca a la barra. Y empiezan a pedir, bien, de buen rollo. Y yo voy poniéndoles cervezas delante y también refrescos, quitándoles la chapa con el abridor que llevo en el bolsillo, y recojo las monedas y los billetes y se los llevo al tío que lleva la caja, y él me da el cambio, y de vez en cuando miro hacia el otro lado de la barra, hacia donde está Rosa, y si nuestras miradas se cruzan le sonrío, y ella hace lo mismo, pero después vuelve a lo suyo y yo a lo mío. Hasta ahora he conseguido evitar el grifo. Llego y siempre hay alguien, así que pido y el que está delante tira sus cañas y las mías, y yo las llevo de vuelta con una sensación de alivio. Así una vez y otra y otra. Hasta que en una de esas ya no. Y en el grifo no hay nadie y me veo frente a las torres de vasos de plástico y el tubo goteando. Y me freno, en seco. Veo por encima del hombro a otro chaval que se acerca por detrás e intento cederle el paso, pero no se entera o no puede y se queda justo a mi espalda, esperando. Pronto hay dos más que esperan y otra, una tía, que viene de frente y me mira y hace un gesto con los brazos, como “¿qué pasa?”, y a mi me corre el sudor, frío, por la espalda. Y no quiero mirar al fondo, allí, donde está Rosa. Así que me armo de valor y cojo un vaso y lo coloco bajo el grifo y tiro de la palanca. Y el desastre se materializa en una pastosa nube de espuma que desborda el vaso, y me quiero ir, y oigo desde alguna parte detrás de mí una voz que me dice: “Túmbalo más, tío”. Cojo otro vaso intentando que no me tiemble en las manos y repito la operación, pero ahora lo inclino y lo acerco a la boca del grifo. Y la cerveza empieza a brotar y a resbalar por la pared del vaso. Y no hace espuma, al menos no mucha. Y sí, claro que sí. Claro que vamos a ganar, seguro: OTAN NO. BASES FUERA.


OTAN NO. BASES FUERA