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. CAMAS Anárquicas.

FOTOGRAFÍA DE MARTÍN TOYÉ ®

CARMEN MANTILLA Ediciones La Polla Literaria Santiago de Chile, 2012


Camas Anárquicas – Carmen Andrea Mantilla Primera Edición, Santiago de Chile, año 2012 Los primeros 50 ejemplares están numerados y firmados por la autora. Dirección Editorial: Gustavo A. Bernal. Dirección de Arte y Diseño: Marcelo Valdés. Fotografía Portada e Interiores: Martín Toyé. Registro Prop. Intelectual: XXX.XXX

Se autoriza la copia exacta y la distribución indiscriminada de este libro por cualquier medio, sin fines de lucro y citando claramente la fuente. Contacto con la autora: http://www.facebook.com/carmenmantillamatus Ediciones La Polla Literaria: www.lapollaliteraria.cl Búscanos en Facebook: Ediciones Polla Literaria


Gonzalo por ser el amante que siempre quise para todas mis mujeres.


LIBRO UNO


CARTAS PARA gONZALO LA HISTORIA QUE NO SE CUENTA

"Porque en tus ojos están mis alas y está la orilla en que me ahogo" CARLOS VARELA

Y comenzó la historia de la mujer que tirita cuando te lee, la historia de la mujer cuya loba interna aúlla cuando te siente cercano y cuyo campanario repica cuando sabe de tus misas clandestinas y de tu hostia consagrada. Estoy azotada, sufriente, oceánica; tengo rasgados los pétalos como una rosa de escarcha, triturados los sueños de la esperanza, me expongo partida en dos como un durazno maduro. La historia de la mujer húmeda, de la hurí ajada que te espera, de la hechicera que bebe de tu mano conjuros de olvido. Siente cómo palpita su entrega, cómo moja sus valles, cómo violenta sus cárceles, cómo baja sedienta de una sed que no le pertenece. Mujer extemporánea, de otros tiempos, de otras horas, para otros amantes distintos a ti. Continúa la historia porque soy tu mujer de lluvias y flagelo tu cuerpo con mis tormentas calientes, porque soy mujer de oquedades, de silencios y de ausencias, tu mujer de hielo, porque me derrito en ti. Mientras tú existas, seguirá la historia. 7


EL BAILE (Carta Nº 2)

“Te seguiré hasta el final por la ladera del viento para rogarte, por Dios, que me hagas sitio en tus besos.” PEDRO GUERRA “Deseo”

Hola, amigo: Aquí me tienes otra vez a tu puerta. Mis caderas suenan como una procesión de pulseras gitanas, enfrascadas en su lucha con la soberbia, no saben si pedirte otro baile (pero tendría que ser uno lento, un tango ferozmente dulce, un tango con reminiscencias andinas, de los que desarman las reservas y hacen explotar las dulzuras). Dancemos, furiosos de fuego, furiosos de rabia, furiosos de ganas; déjame desarmarte, déjame tocarte como a un arpa delgada de sonidos diáfanos. Tú no te imaginas lo que yo podría hacer en tu silencio, lo que yo podría hacer con el tiempo en tu piel, no te imaginas la vehemencia de mis lecturas, no te imaginas la claridad de mi grito. Déjame marcarte en el centro de tus deseos la estrella húmeda de mi cuerpo, déjame bañarte de la luz crepuscular de mi abrazo. ¿Bailemos?

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EL SILENCIO (Car ta Nº 3)

Hola, amigo:

A pesar que en ti todo se convierte en un grito, te escribo hoy pidiéndote que me silencies: Silénciame. Tengo en el cuerpo el murmullo inquisitivo, venenoso, mordaz, de un deseo quemándome. Silénciame. Tengo en el cuerpo la campanada urgente que repica recordándote la misa inquieta de mis ganas. Silénciame. Tengo en el cuerpo la inteligencia cáustica que te atormenta los días y que te incendia las tardes. Silénciame. Tengo en el cuerpo ciento veintitrés formas de enfurecer tu entrega avara. Silénciame. Tengo en el cuerpo esta balada erótica como ofrenda. Silénciame. Tengo en el cuerpo una selva inflamada y los lobos más hambrientos de la jauría. Silénciame porque el grito me ahoga. 9


TE RECUERDO (Car ta Nº 4)

Mi lejano: Estoy en esta ventana mirando el horizonte sin nombre de tu ausencia. Cuando cierro los ojos, yo recuerdo como susurros de luna acuchillada. Yo recuerdo, ojos de océano, la lujuria sin nombre de la siesta. Recuerdo, ojos de león, la tibieza del ocaso de múltiples horas inquietantes que pasaron por mi cuerpo marcándome los compromisos de tu roce. Grito en las fronteras del tiempo moribundo. Grito en las fronteras de tu cárcel de vidrio claro para quebrarte: “¡Mírame, hombre infiel y aterrante, mírame, por Dios, mírame!” Y caigo a tus pies de medio dios como una hoja marchita de olvidos. Tengo en las manos invitaciones araucanas para que presencies el rito sacrílego de dos cuerpos tiritando. Tengo entre las manos ramos de margaritas tristes para que deshojes alrededor de mi lecho. Te tengo entre las manos como un gorrión de ala rota, te tengo entre las manos y me necesitas como te he necesitado yo para pintar acuarelas de los vientos.

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¿CAMINEMOS? (Car ta Nº 5)

Gonzalo: Te escribo para decirte que tomes mi mano sin pudor. No me sueltes. Sólo eso. P.S. Hay una luna que brilla por ambos.

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ARIA DEL DESEO (Car ta Nº 6)

"Si tu ne m'aimes pas, je t'aime; si je t'aime, prends garde a toi" (Si no me quieres, te quiero; si te quiero, ten cuidado de ti mismo) BIZET, Opera CARMEN

Hola, amigo: Hoy me siento a escribirte sin urgencia, he puesto un gran lienzo negro y escribo en él enajenada y sudorosa. ¿Miraste mis contorsiones eróticas? ¿Escuchaste mis balidos de oveja atacada? ¿Amarraste mis libertinos deseos o los dejaste torear tus debilidades? Te escribo en el alfabeto húmedo y lascivo que aprendimos hace mucho, que santifica y prostituye la infertilidad de mi vientre. Pulso tu cuerpo como una guitarra desgreñada, hago latir en sus notas la desmemoria, toco en sus cuerdas ajadas tu palidez sin concierto. Esta luna ensangrentada de duelos prematuros gime, es una doliente oscura, silenciosa, asombrada, ardiente… Suicidada la esperanza sin aspavientos, te escribo porque mi entrepierna canta óperas.

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LA CAÍDA (Carta Nº 7)

Hola, Amigo: Te escribo con lentitud, convirtiendo las orugas que entorpecían mis manos en mariposas que alzan un canto aéreo. Te escribo con miedo, dudando del tiempo y de mis esperanzas, porque las palabras muerden al besar. Te tejo y te destejo, te deshago y te reconstruyo, te hago temblar y te sereno, te levanto y te dejo caer largo, interminable, sin destino. Más alta es la estrella en la que en cada crepúsculo me monto por el solo deseo de soltar tu mano sin decirte adiós. ¿O es tal vez que el adiós también cae? ¡Que no me detenga tu reflejo en la arboleda! ¡Por las diosas, que no lo haga! Si te miro un minuto extenso, voy cayendo también... cayendo también...

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TE SALGO A BUSCAR (Car ta Nº 8)

"Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua. " JULIO CORTÁZAR “RAYUELA”

Aquí otra vez, lejano e incandescente… y tiritando tanto, tiritando tanto… Golpeo la puerta de tus iglesias medievales, araño la altura insultante de tu histórica fortaleza, desgarro mis vestidos como una loca desaforada, vociferando ante esta puerta cerrada a mis trasnoches. Dame tu mano y aprisiona esta laguna dulce que llevo por ti entre las piernas, este mar insolente que me tiene desvelada, este canto indómito que se resiste a las bridas. Quiebra el vaso que te contiene y derrámate a la vera de mis fuegos. Abandónate a mis impudicias, déjame que te explore, que te ausculte, curiosa, infantil, ávida… que trepe desde tus tobillos con besos de azúcar y con voz de serpiente. Conquistaré tu soberbia y subyugarás mi miedo; invadiré tu cuerpo, marcando en él los símbolos de esta india; doblaré en dos tu arrogancia sureña; harás jactancia de mi entrega fácil, seré tu maldición cien veces conjurada. Dame tu mano, y no me sueltes como a un mal presagio. Abre la puerta esta noche. Mañana seguiremos siendo dos trashumantes eróticos con sus historias intactas. 14


DÉJAME TEMBLAR (Carta Nº 9)

Desperté pensándote. Tengo en el cuerpo estigmas de rosas viajeras, tengo en el cuerpo estigmas de lunas y las estrellas también bailan desaforadas en mis muslos... Y ahora te tengo en el cuerpo como una espina: palpitando. ¿Quieres poner en el fondo de esta vasija oscura, el vino? Haz mariposas con mi piel, enséñame a respirar, a tocar, a trepar la lujuria sin nombre de la siesta de tus muslos, a domar los compromisos de tu roce. Haz que todo vaya subiendo hasta llenarme de un crepúsculo todo tuyo, abre mi mente a la realidad que fabrican tus manos. Mis ojos se humedecen con el tango erótico que silba y zigzaguea, tu revólver hace heridas de fuego en mi carne que, vibrando, sabe que todo termina. Vivamos hacia adentro, en el dominio de rosas claras que nos pertenece; hacia adentro, amor, en la sinfonía guerrera de mi útero árido; hacia adentro, amor, hacia adentro...Latígame con caricias, explícame el latido urgente de mi carne, ara con impaciencia esta tierra sin hijos que sólo tiene leche agria en sus pechos de luna. Erosióname, desgástame, súrcame el cuerpo que se niega a ser siempre un astro sin luz, escudríñame hasta hacer brotar minerales de mi vientre, una y otra vez báñame de sudor ajeno hasta volver traslúcida mi piel. Nigromante certero, hazme sólo una. No aplaces la cita clandestina, concertada a través de tantos agostos. Éntrame en la carne como lluvia, colgando mis terrores en la pared de tu casa. Y déjame temblar... 15


LA DESMEMORIA (Car ta Nº 10)

Amigo: Ayer el crepúsculo acabó con tu existencia dulzona. Se acabaron los matices que asolaban la languidez de tu estructura. Te voy mirando extenso, resbala mi piel por tus piernas tibias para hacerte sentir estas bugambilias oscuras y altaneras. Tejo la hojarasca crujiente de los robledales. Entrecruzo un par de hilos de hualle con los hilos invasores policromos, bajando la grisácea mirada en un adiós postergado largamente. Enlazo las intensidades musicales de tu sexo con las notas sinfónicas de mi césped enlutado, la claroscuridad de tus contorsiones con la vehemencia de mis lecturas desquiciantes... Y tiemblo, dudo, la puerta entreabierta al cosmos donde aprendí de tus astros es aún un destino sugerente. La desmemoria es un reloj impuntual que, en ciertas medianoches innombrables, triza la irreversibilidad del tiempo, un campanario olvidado que cada ciertos días permite infieles vendavales musicales. ¿Alguien quiere ruiseñores matinales en su cama?

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LA LOBA (Car ta Nº 11)

Junio 17 de un año mudo

Amigo: Me mordí la lengua, amarré mis perros eróticos, me eché al bolsillo la dignidad y te escribí de nuevo. Destinada a escribirte, con la misma soltura que otras paren ángeles rubios. Destinada a escribirte, con la delicadeza que otras cocinan y entremezclan los olores, como otras trenzan sabores campesinos. Destinada a escribirte, como otras seducen hombres, como otras saltan de cama en cama como corsarias. (Y destinada a morir en el silencio de su entrepierna). Continúo incendiada como la mejor luna de verano, pálida, asombrada y dispuesta para el juego de abalorios que me prometiste. Aquí estoy, en medio del frío, con recuerdos de lluvia en la memoria, con aullidos de amante, como la loba herida que dejaste temblando en una cama extraña hace casi tres mil ochocientas noches atrás… Al fin y al cabo, ¿qué importa que lloraran mis ojos, si mi pubis también lo hacía? Soy una loba para la que no hay esperanza ni tiempos suficientes. 17


CEMENTERIO MALDITO (Car ta Nº 12)

Aún estoy en el lugar de entonces, en el lugar en el que los sueños se quebrajan como hojas otoñales, donde la ira gotea redonda como cereza, donde me dejaron los juegos indefensa ante la laguna oscura de tu corazón ciego. Sigo escribiendo para que me sepas empapada de rocío, incendiada, como un racimo de uva dorada y prepares la vendimia. ¿Qué hace mi canto desobediente alzándose nuevamente entre sus voces? ¿Qué soy entre el asfixiante manoseo de sus grandes aspas? Me comen los molinos. Las sensaciones otoñales se tatúan en mi piel de noches, en la siesta ardieron los monstruos que devoraron mis esperanzas raídas y mis redes echadas a los ríos mansos de tu rostro arrastraron lágrimas. En el madero donde los deseos crucifican la carne, agonizo cuando tu beso hiere la memoria. Me atrae tu silencio y como somos juguetes de guerra quiero descubrir tu cuerpo sin armas algún día... Quiero lunas degolladas en este ritual profano, quiero ensañarme con la tibieza leve de tu cercanía y hacer florecer dagas en tus ojos. Y luego quiero los días de los excesos, la lujuria danzante del ombligo, la fertilidad oferente de un jardín de escarcha. Quiero todo como un remolino, como el aguijón profundo de una abeja, como un evangelio sacrílego que nos confundió con la grandilocuencia de sus palabras sobrecogedoras. Quiero las cuentas de este rosario que con dificultad nos permitió escuchar la oración con el alma abierta. Te quiero conmigo, porque hay cementerios malditos donde los muertos nunca lo están... 18


LA CARTA QUE NUNCA ENVIASTE (Car ta Nº 13)

Ella me quedó mirando como si detenido el tiempo pudiese ver a través de mí, como si mi cuerpo fuese una ouija, como si mi pájaro tibio fuese el vaso que construye las palabras. ¿Qué pretenderá esta mujer de trazos gruesos? ¿Pretenderá acaso silenciarme de pronto? ¿Notará esas nuevas redondeces que colgó de cada lado, que se aprietan y se distienden como si cantasen...? Levanto mi caleidoscopio para ver imágenes... Si es la misma ¿por qué no puedo sentir su jarabe fértil? Aún hoy mis dedos parecieran oler como huele su horno. La extraño ¿qué nuevos bailes destrozarán ahora sus caderas? Girasol enorme, silabario vegetal con el estigma de una primavera prematura, girasol enorme, bombonera borracha de tesoros candentes, ¿qué hace otro nigromante conjurando tus formas? ¿Por qué otro sastre hilvana hijos en tu útero también mío? ¿Qué hace un marinero extranjero en tu agua íntima? Como una campana obstinada retumba tu rostro en mis sienes, quiero surcar tu tierra anhelante con mi arado blanco y que seas entre mis manos el canto de mi deseo.

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LA INVITACIÓN (Car ta Nº 14)

Gonzalo: Me sigo golpeando contra ti, como una ciega obstinada, como una gota terca, como un molino… Me sigo encontrando con tu silencio más pertinaz que mi osadía, más demoledor que mi esperanza, más lejano que todas mis ganas. Quiero dejarte una invitación, ¿me dejas? Una invitación para tu tarde de miércoles, porque el deseo los miércoles lo absorbe todo. Te insisto, ¿puedo?. Amor silente, amor noctámbulo, quiero acariciarte lentamente, recorrer con mi lengua las vértebras de tu espalda, dejar mensajes mojados en tu cuerpo, mensajes salados, salobres, salinos, como un reguero, como una sucesión de besos que no aflojan. Necesito, sosegadamente, conversar en tu sexo los diálogos que te debo después de tantas noches de ausencia, indagar inquisidora hasta en el último pliegue de ese cuerpo que es mío y que me niegas. Quiero desprenderte de tus cimientos, que te dejes llevar por mi locura, que transites mis tierras tan calientes y tan incomprendidas, sacudir tu sueño y encenderte como un faro. Incitar tu hombría, hacerte el vigía de mi magia, de la humedad que aguarda por ti y que te ofrezco. Grítame por los poros que soy la puta celestial de tu noche. Atrae mi tarde a tus horas que me sueñan entregada, a tus minutos que me estremecen, atrae mi tarde hasta que me quites el sol. Insisto: quiero dejarte una invitación infiel, ¿puedo? 20


ADIOS (Car ta Nº 15)

Capitán de mi navío: Te quiero como quieren las águilas, desde mis alturas insultantes, desde los penachos hasta las garras crueles. Como quieren los arco iris, con todos los colores, etéreamente, con todos mis juegos de luz y mis inconsistencias. Como quieren los álamos, con susurro de tarde, con murmullo de primavera. Como un geranio de sangre. Te quiero como quieren los que no aman por soberbia, los que se resisten arrogantes, los que no aman por orgullo. Te quiero con sonrojos de luna, con aullidos de dos que desvisten sus sudores, como si cada orgasmo se colgara de mi cuello como perla destilada. Estoy escurrida, filtrada, vertida, donada, queriéndote; pero suelto tu mano.

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REGÁLAME EL COMIENZO (Carta Nº 16)

“Sin duda, te reconoceré de inmediato.... y tocaré tus labios con mis dedos, presa de una fiebre que no amaina...”

Querido Amigo: La última vez que hablamos me dejaste abandonada, con los labios tiritando de rabia y frustración. Me hablaste de tiempos del polvo, de tiempos antiguos, de un improbable tiempo que quizás nunca se repita. Me obligaste a abrir la mano empuñada y dejar libres las mariposas que había cazado para ti. Mis dedos recorrieron mi cuerpo como si fuese un mago sin memoria, buscaron en el fogón donde cocino la vida por si algún rastro tuyo me quedase… Alguno que no me obligara al olvido violento. Quiero jugar con tus barcos de papel, que naveguen en mi corriente sin la prisa a la que estás acostumbrado… Quiero desabrocharte la camisa y besarte tan dulcemente que la boca se me vuelva granada. Tengo una boca perjura, una boca infame, una boca desleal que no quiere dejar de pronunciarte. No me regales de nuevo un final para mi cuento. Regálame el comienzo.

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CON BALCÓN AL MAR (Car ta Nº 17)

“Mi manera de comprometerme fue darme a la fuga…” JOAQUÍN SABINA

Querido Gonzalo: Después de un año nos reunimos para compartir un café. Mientras hablas con la intensidad que siempre te ha precedido, miro la barba entrecana que no existía antes y me pierdo en las manos delgadas que alguna vez contuvieron mi garúa. Cada vez que bebo un café en tu nombre siento en el pubis un presagio oscuro. ¿Ristretto? Sí, Ristretto porque es un amor condensado, profundamente aromático, denso en su esencia, líquido, caliente, breve… sobretodo breve. Me queda en la lengua el sabor de tu efímera estadía por mucho rato, puedo cerrar los ojos y volver nuevamente a amarte en la ausencia que no te duele como a mí. El aliento de una última palabra queda en mi cuello por los eones en los que la ópera salió de tus manos hacia el alambique tibio y cobrizo en el que empiezan mis piernas. Observo las vetas del roble que contiene en su interior mis uvas retintas, el lagar en el que reposa mi castaña donación tardía, y me sorprendo al verme aún en la copa.

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Me abrazas y tus manos cruzadas al final de mi espalda me estremecen los tatuajes que la lluvia de Valpara铆so me dej贸 hace doce meses. Los huracanes me cimbrean hasta quebrarme en dos partes: una de ellas se aleja y cruza la calzada, la otra se queda siempre en ti porque el amor tiene balc贸n al mar.

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TANGAMENTE (Car ta Nº 18)

“Abrázame fuerte que por dentro me oigo muertes, viejas muertes, agrediendo lo que amé.” HORACIO FERRER/ASTOR PIAZZOLLA

Te sé. Tengo tatuado en niebla tu pelo iracundo y desenfadado, tu sexo mendigo y dominante, las pecas de tus hombros a la que accedo abriendo mis brazos como un ángel donado, los que tan encima de mí existen cuando te beso con todos los sabores. Te sé, y con tus fortalezas y tus rejas que me mantuvieron lejana tanto tiempo me hice collares y sujetadores para el cabello, y cada tarde que me negaste la entrada y cerraste los ojos a mi pasión de india oscura sirvió para enlazarte a traición después, cada vez que en punta de pies te busqué la boca fue recompensado con la tuya en mis tobillos para instalarme los huracanes que destila tu lengua. Te bordo las pasiones y te muerdo la esperanza… Pero ¿me conoces tú con la contundencia de saber que tiritan mis labios cuando me derramas encima la semilla de tus olmos? ¿Tú conoces el poderío que se doblega ante ti? ¿mi potencia trastocada en caricia que tiembla? ¿mis miedos escondidos en pequeñas cajas de avellano? ¿las luciérnagas? ¿los volcanes y mis abrazos telúricos? ¿la muerte que se me enreda en el pelo y esa tristeza de fondo que tiene el sol que me alumbra? ¿me ves 25


esa tristeza de fondo que tiene el sol que me alumbra? ¿me ves en los escarabajos negros que arrancan entre las piedras? ¿en las certezas que se diluyen en el jugo de naranja de tu desayuno? ¿en el café que te bebes a las diez de la mañana? ¿me reconoces acaso en las mujeres de agua que te miran? ¿y en los hombres andinos que no leen? ¿y en los viejos que caminan ralentizando la mudez perenne? ¿y en los sexos enhiestos de los jóvenes que prolíficamente reparten el olor de sus violetas? ¿y en la mala pirueta que te desnuca me ves? Amigo, ¿me ves o vendrás apenas a marcarme la carne a las seis de la mañana?

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PUTA (Car ta Nº 19)

Grítame puta cuando de rodillas busco esquejes de tu pasión, cuando abro mi boca para recibir el trino de jilguero claro. Puta cuando soy una sola ventana abierta en espiral, cuando con los ojos te susurro que te quiero y con la boca te digo que a golpes de cuerpo me des la muerte que tu lengua asesina siempre produce. Grítame puta con tu voz cabalgando sobre la soberbia mientras mi Biblia herida se abre en el Cantar de los Cantares y mis versículos rezuman vino. Siete veces puta cuando tus dedos me escriben con pinceles perversos que soy tu muralla, tu hoja de papel, el malecón en el que vienes a estrellar tus furias. Insúltame cuando me vendo los ojos para el tango de niebla y muérdago que se marca en mis pechos, cuando hurgo el desorden estelar con los pezones erectos y en silencio masturbo mi magia con sal. Tengo lamentos bordados en el plexo lumbar, las costillas plagadas de quejas, las siete vértebras cervicales clamando, los rugidos excitados en la tibia y el peroné, cuarenta bramidos pastando entre los metacarpos y las falanges, las carnes moradas vociferan siete letras que se me hacen muerte lenta en la ausencia… Sí, Gonzalo, grítame puta y cógeme hasta que la sacrosanta reemplace a la impía medusa que ondea sobre ti.

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INSOMNIO (Car ta Nº 20)

He dormido cuatro horas. No puedo buscar la tranquilidad del sueño cuando tengo muslos arriba la inquietud haciendo mella. Con el dedo escribo en esta hoja redondas olas de agua tibia que se enlazan. Abro las piernas y empiezo a parir estrofas que te anegan la boca. Tengo telúricos designios que se van haciendo tormenta en los labios que me colonizan; me dejan banderas de dientes apretados en los hombros, mariposas azules, infames marcas de la urgencia, moradas amapolas de regresos infieles que bajan por el vientre y vuelan… La distancia es un licor que embriaga el deseo y lo envuelve en una nostalgia lila que acaba cuando cierro los ojos y te pienso vulnerable y desnudo contra la pared verde de mis ansias revueltas. Mi largo cabello se convierte en la brida que te permite la doma. Doy dos saltos infinitos que me parten la luna del trasnoche y encuentro el alba, estremecida.

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ORACIÓN A LAS DIOSAS QUE TE ARROJARON UN SÁBADO ENCIMA DE MI CUERPO (Carta Nº 21)

Aquí me tienen, diosas del olvido, en el templo en el que ruegan las mujeres. Estoy sentada en una nube densa como gota de jarabe y febrilmente invento oraciones para agradecer las horas en las que fui un jacarandá lila. Alabadas sean las diosas que ponen milagros llenos de pan en mi vientre y me reparten en la cama del santo varón que me dieron hasta la madrugada. Alabadas, diosas de sal y edificios, diosas santiaguinas que descalzas velan los vuelos de las mariposas negras. Loados los gorriones que le tatué en los hombros y que hice volar cuando las pestañas del día se cierran. Benditas ellas que me susurraron su nombre y me lo dieron un sábado cobrizo, delgado, de paisajes múltiples como el país que nos parió dolientes y regionales. Aquí estoy vertida como leche caliente para agradecer las violetas del parque y la carne de los damascos. Que por las altas montañas que nos convirtieron en islas y nos pusieron el pubis como verso oceánico, que por los desiertos, las selvas valdivianas, los valles y las vides rojizas, que por los lagares campesinos y los azadones violadores de la tierra, esa noche se torne nueva. Así sea.

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DESPEDIDA (Car ta Nº 22)

Y se nos acabaron los días... Siento nostalgia de caminar mirando Valparaíso de noche, pensando que los dioses idiotas me han olvidado en el malecón, que en la infinidad de la hora veinte me dejas sonriendo. Mi hombre-puerto al que regreso siempre sin deudas, donada como una párvula que crece en tu abrazo de macho solo, la hembra multiluces que huele a pan y filosofía de barro, la que te ama torcidamente, fragante como una magnolia que jadea con los ojos cerrados. Querido amigo, amante de la siesta corta y de la historia decimonónica, barítono de mi ópera estremecida, ¿en qué vereda de Santiago puedo recuperar la soberbia? ¿a quién le digo lo que dije a destiempo? ¿dónde atraco mi barcaza, la proa salina que partió tu agua? ¿quién hinchará mi velamen mezquino y acompañará mi vuelo de mariposa transoceánica?¿dónde te encuentro ahora que temo la dulzura?¿quién será el filatélico que amará mis sellos raros? Arrodillada a un costado de la Iglesia de San Francisco le doy la espalda al Cerro Santa Lucía que albergó los cuerpos de los que murieron negando a Dios, y comienzo a llorar por los hombros, las articulaciones se me vuelven agua, y las caderas, ríos salobres que arrasan con todas mis fragilidades. Cuando me despedí de tu costa, olvidé cerrar la ventana por la que se ve el mar.

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CARTA SOBRE LA MESA (Car ta Nº 23)

Me despido de los largos besos de tu boca delatora, de los abrazos que en la madrugada me sobraron, de los sábados de Piaf y las tardes de Nietzsche, de los hijos malparidos de tu tibieza. Adiós a Bolaño leído desnuda en la alfombra que amparaba tu desorden, a la ducha helada, a tus urgencias y a las conversaciones que nunca tuvieron pauta y siempre puertos, a los sentimientos bastardos, a tus labios que me buscaban convencidos. Desalojo de tus sábanas a Oliverio, a Pessoa, a la Arendt ocupada como almohada de motel. Me despido en versos, en sonetos invertidos, en sinfonías y en solos angustiados. Lanzo besos a tus vecinos que almorzaban arrocito al ritmo de mis nalgas golpeando la pared. Te aviso que no te devuelvo Rayuela, ni los libros de Germán Carrasco, que dejé en el refrigerador tu cena, y en tu cama, dos cuadernos en blanco.

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SANTIAGO NO DUERME (Car ta Nº 24)

Gonzalo: Santiago no duerme. Sobre la noche recortada de mi urgencia que bebe café y lee libros brutales como el olvido, desde la serena colección de los ecos de tus pasos sobre el corredor de una casa patronal, a partir de la violenta condición de tu mar desplegado por mi playa, por esta arena marcada con tus labios y por este camino que besa tu gravilla desorientada, sobre esta noche de Santiago que no duerme, yo tampoco duermo. Tengo al final de mi espalda, en la curva pronunciada del páramo desatado, guardado aún tu incendio y en él sigo consumida, devastada. Secuelas de amor trasunto, daños de la vida a distancia, amor de campesina y marinero que jamás encontrarían una tierra común, pero en el sonido intempestivo de esta noche todavía el valle entero se estremece de mar. Santiago no duerme. Colecciono piedras con las que construiré el malecón definitivo. Reúno pedazos de vidrios de colores para adornar el murallón que detenga tu entrada salina. Jacarandaes a la orilla de esta costanera que no sabe del sueño. Pero los miércoles tienen este sabor de media semana, este sabor de derrota, este beso de despedida. Santiago esta noche no duerme.

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NOSTALGIA (Car ta Nº 25)

Mis dedos alumbran un Valparaíso de plasticina y soplo en su nariz de ciudad costera para encontrarte a tientas. Quiero llorar abandonada en ti, recordarte en una sonrisa que se me descuelga de los cerros como luciérnagas ebrias. El amor tiene la persistencia de los espantapájaros, la terrible seriedad de los bueyes, esta profunda idiotez cromática que me tiene absorta en un mirador frente al mar.

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LIBRO DOS


EL MUNDO DE ALICIA

FOTOGRAFÍA DE MARTÍN TOYÉ ®


Porque hay mujeres que sienten en el alma la soledad y en el cuerpo el goce.


ALICIA CONOCE A ANDRÉS

Alicia lo miraba, reprimidos los muslos, contenida la boca, apretado el sexo contra la silla. Su intimidad olía a vainilla y a rocíos dulces. Su espalda se arqueaba ligeramente mientras hablaba de pasados y futuros cíclicos, imaginando el roce de su lengua por el cuello. Él tenía en los labios el gesto adusto del que no se dona, pero quizás fuera como ella: la campesina arisca que se volvía suave cuando la tocan. Quizás este hombre que traía las urgencias prendidas del pelo, efímero como haz de luz, como un juego de fractales armónicos, trajera la brevedad y la dulzura también, la pasión y el olvido que no hiere. Le miraba la boca mientras hablaba hasta que las palabras se fueron desdibujando y sólo existían esos labios que esperaban la invasión caliente, la marca de fuego y de saliva, los estigmas cárdenos de una intensidad que se derrama. Le observaba luego las manos y las imaginaba recorriendo el cuerpo que de tantos días grises olvidaron el verano. Su boca en los gorriones que miraban los cielos de Santiago, mordiendo, abriendo caminos húmedos. Y ella luego, arrodillada a su espalda, subiendo desde sus tobillos, a los muslos, a las nalgas, y bajando lento, lento… La Guerra Santa. El océano herido y gimiendo. El saqueo y la barbarie. El baile gitano. El abrazo largo.

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ALICIA Y EL TEMBLOR DEL ALMA

- Te amo –le dijo. - Yo no –le contestó, procurando tener la voz más fuerte que la lluvia que azotaba el ventanal. Y luego agregó: Y lo lamento, Andrés. Sentía sobre ella la mirada furiosa, de truenos que anuncian tormentas. Lo miró con desaliento. Cambió el tono, relajó la postura, tomó esa mano anudada sobre sí misma, la extendió y le dio un beso entre los dedos: - No puedo responsabilizarme de tus cosas, de tus desvelos, de tus dudas. Hazte cargo. No tengo tiempo ni ganas para el amor, te lo dije después del primer beso, te lo dije después de la primera vez que me quedé contigo y te lo repito ahora. Ni el agua que pasó bajo el puente, ni el tiempo que se nos ha adherido, cambian mi posición al respecto. Tráeme el Sampieri mañana, no lo olvides. ¿Almuerzas conmigo? - ¿Estás segura que no me amas también? ¿De qué mierda tienes tanto miedo, Alicia? –le dijo alzando la voz, haciendo caso omiso del cambio de escenario que intentó esa mujer a la que le temblaba el alma. - Menos pregunta Dios y perdona -le dijo, dando por terminada irrevocablemente la discusión que estaba en ciernes. Recogió 38


un par de papeles que se habían deslizado de su carpeta, les dio una mirada rápida para reconocerlos y los puso dentro de la carpeta roja. - ¡Qué carajo significa eso! –le devolvieron por respuesta – Tú ni siquiera crees en Dios. - Tengo mis dioses –masculló. Si no llegas mañana a primera hora con mi libro bajo el brazo no tienes derecho a entrar a mi departamento. ¿Me doy a entender? - No. Hace rato que no te entiendo –se levantó, tomó el notebook, un archivador plomo y algunas de las carpetas colgantes que estaban sobre la mesa. - Nos vemos mañana y para que sepas mañana todavía te estaré amando ¿Qué harás con eso? Tras la puerta que se cerró, la lluvia se hizo torrente en los ojos que se quedaron. Alicia, ¿y qué harás también con el amor que temblorosamente te sale por los poros y aroma a canelo los espacios que habitas? ¿Cuáles son esos dioses de los que hablas? ¿No son los mismos que te otorgaron perdón e indulgencia y a los cuales aún no les crees?

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ALICIA PERDONA SIETE VECES

Tirita en las notas de una melodía que no suena, que se niega a ser tatuada en su cuerpo de noches. No quiere testigos de la luna sonrojada, de sus égidas partidas en medio del tumulto de las gentes que no saben de él. Le escucha en las notas que se estremecen en los labios y nunca se dijeron. No hay silencio más profundo que el que se llena de las voces de otros. Le persigue. Le busca en las puertas cerradas que no se abren, en las ventanas tapiadas, en las rejas, en los candados con las llaves perdidas. Le busca sabiendo que no abrirá el horizonte, que no legitima sus temblores y que la lluvia caliente que la invade no sabrá evaporarse. Transita en medio del infierno de una ciudad que no la conoce, buscando un nombre que suena a otoño, afuera de su puerta cerrada.

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ALICIA Y LAS FIEBRES

Treinta y ocho grados de temperatura un sábado en la mañana no podía ser bueno. Menos si era el día en el que debía convertirse en la dama de honor de su mejor amiga que se casaba con un tipo con sabor a agua sucia. Miraba al novio. No tocaría a un hombre como ése aunque sus urgencias e intensidades la asolaran sin tregua. Le recordaba los matapiojos que invadían el tranque de Coihueco durante el verano. El abdomen alargado, sus ojos que aunque parecían no moverse no perdían rastro alguno, su ruido de fondo cuando se acercaba… No le habría sorprendido saber que como las libélulas poseyera un órgano para retirar el esperma que otros machos hubieran dejado en el vientre perfecto de Daniela, que se había convertido en una mariposa encantada desde que le propusiera que jugaran a los felices por siempre. Él no le era fiel y todos conocían a la paloma torcaza que lo arrullaba cuando Daniela volteaba la espalda. Pero ahí estaba el señor con una cajita de dos anillos de oro blanco, tieso como un pañuelo almidonado en medio de las organzas finísimas superpuestas de su amiga que -como todas las que tenía- se había enamorado del equivocado. Ahí también estaba Alicia, vestida de raso lila, apretadas sus carnes abundantes, sus tobillos puestos a prueba a diez centímetros del suelo y con 38,5º de fiebre que no cedía, riéndose de ser una dama de honor sin decoro. Un suicidio dialéctico a vista y paciencia de todos los comensales. 41


Pasaron rápido los rituales propios. Los anillos. El beso. El arroz. El ramo. La algarabía nostálgica de los que rememoran lo que no supieron cuidar. Luego el vals al que salió arrastrada por un desconocido que le acariciaba la espalda como si sus yemas fueran la boca que arranca sonidos a una blues harp de cara enrojecida. Lo miraba con los labios hinchados y la boca seca. Decidió que debía amarlo por treinta y seis horas, hasta el lunes a las siete de la mañana, en la que luego de la ducha, debería vestirse y salir de su departamento de soltero hábil, no fuera a ser cosa que la fiebre no se le quitara…

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ALICIA Y LOS FANTASMAS

Alicia volteó a mirarle con el desconsuelo de saber que nada retorna. No retornan los sudores que se negó. Ni el semen que nunca le marcó la boca. No retornan las lagartijas con las que se entretuvo en la infancia. Ni tan siquiera las manzanas confitadas que comió como pastillitas de colores cuando tenía tres años. Alicia lo miró a cincuenta metros de ella, sabiendo que cuando se empieza a caminar no hay regreso, que las saetas umbilicales subatómicas se clavan en cualquier parte cuando se sacan las manos del vientre. Principio de Incertidumbre decía Heisenberg. Alicia lo miró a ciento veinte metros, preguntándose qué habría sucedido si le hubiera dicho hace diez años que el amor se le licuaba y se le deshacía en una palabra dulce que jamás dijo, qué habría sucedido si un día le hubiera tomado la mano con la tranquilidad de la que sabe que toma lo suyo, de la que acaricia sus dominios…Juegos de historias divergentes. Efecto Mariposa. Alicia lo miró bajar a una de las estaciones del Metro de Santiago y lo perdió de vista. Sonrió con tristeza.

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ALICIA Y EL CIELO

Sale de la ducha y siente en sus pechos olor a mandarinas. Llama para aceptar la propuesta de trizar las ansias y ponerle musgos suaves a las fisuras. Se encuentran y se huelen como gatos. Paran frente a una puerta estrecha detrás de la cual hay tantos peldaños como cariños malos. La escalera tiene gruesas alfombras burdeos y dibujos de flores que esconden las pisadas, las envuelven para que no lleguen a los oídos de las esposas que no saben ni de los maridos que desconocen. Esperan que el tiempo pase, escondidos detrás de las cortinas. (¡Cuento yo! Uno, dos, tres… diez… ¡Salí! ¡Preso Andrés que está mordiéndome la boca!). Entran en la puerta 19, imagina que tiene que ver con el día de su cumpleaños y que habrá una cama de lluvia y de sol, una cama de agosto. Pero al otro lado hay un verano que la sorprende y le quema la piel. Se mira bailando en los espejos. Es una espiral tronchada. Tiene los ojos tristes, pero el cuerpo ardiendo. Se le abre el centro mientras se le quiebra la poesía en dos trozos. Alicia sale otra vez de la ducha, ya no huele a mandarinas. Mira el techo y 44


se ríe del cielo hecho en textil oscuro. Se prepara para irse y deja su luna olvidada en ese cielo de mentira. (¡Cuento yo! Uno, dos, tres… diez… ¡Salí! ¡Preso Andrés que va de la mano de su mujer!).

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ALICIA Y LOS MIEDOS

La mujer nació hace casi cuatro décadas en una ciudad que tiene olor a lavanda en verano y a leña húmeda en pleno invierno. Vivió durante todos los mayos en la mitad del frío, de la lluvia y del desfile de las Glorias Navales al que asistía con zapatos de charol, medias blancas y una trenza María que le domaba el largo cabello castaño. Crecía con raíces torcidas, con la corteza rugosa de árbol machacado y con las manos llenas de jacintos azules. Siguió viviendo por inercia durante muchos diciembres, cimbrada por los vientos tibios que asolaban el valle como si fuera un haz de trigo, bajo la mirada despiadada de un sol que le quemaba los deseos de chicuelita de provincia. Hubo algunas danzas tribales que realizó dolorida y asombrada detrás de los vidrios que la alejaban de todos. Era triste como tristes son los algodones de colores que se consumen en las ferias, triste y dulce. Alguna vez se destrozó la ropa corriendo por la mitad de un campo, adornó de yuyos impíos las piernas desnudas, diseñó con hilos de sangre la cara anterior de sus muslos suaves. También agonizó de sed y en vez de agua pidió un beso, pero lo ha olvidado. Sintió la mordida del hambre y se negó a abrir la boca porque el tormento de tener lo que se desea es muy superior a vivir en el cilicio de no alcanzarlo. El cielo se le caía encima cada vez que subía los ojos. Los jacarandas le enlazaban los tobillos y le dificultaban caminar. La voz se le hacía frágil y cada día y cada noche la cama se le iba 46


haciendo más y más grande, hasta que vio que los bordes de la cama iban trepando las paredes de la casa de madera en la que se había escondido para protegerse de los miedos. No comía por no ir a la cocina, que ya no existía y era una extensión de la cama en la que no dormía pero soñaba con otros paisajes. Tres metros de colchón hacia la derecha, tres metros de colchón hacia la izquierda, uno por sobre la cabeza y hasta uno y medio bajo sus pies (y ella al centro como si fuera una sortija). La mujer se fue haciendo niña de nuevo y se ponía melancólica pensando en los zapatos de charol que quedaban manchados de gotitas de mayo. Añoraba a su abuelo que le preguntaba si había quedado cesante cuando la veía retornar de sus juegos y le secuestraba en los bolsillos hondos de su chaleco plomo las bolitas de cristal y los “ojitos de gato” escondidos en el jardín. Se fue haciendo niña de nuevo y añoraba a la abuela que tenía una voz dura y los ojos verdes, la que le espolvoreaba azúcar granulada en los nísperos de su postre. La mujer extrañaba los días en los que reunió orugas en una caja de bombones. No se levantó por varios meses, pues ya no recordaba los pies, había olvidado las uñas y tampoco tenía idea alguna de para qué servían las rodillas. Cuando alguien entraba saltando como conejo en su colchón infinito, pestañeaba seguidamente buscando acostumbrarse a la luz de los intrusos. Murió una tarde en el que el cielo estaba enrojecido y de su casa sacaron colchones para cincuenta niñas que eran tristes, tristes y dulces como los algodones de azúcar.

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ALICIA Y EL PRINCIPIO DE SOLEDAD

Andrés tiene las manos frías y la boca incendiada, le recoge la falda y la hace parecer una flor extraña en el colchón que se humedece cuando decapita los olores dulces. La acuesta de medio lado y le gime en el cuello todas las palabras que no le dice a su mujer, la que le cría el hijo y le administra los años. Le viola los anhelos, le pone un pie sobre la cordillera y el otro pie en el océano y le clava el azadón en la tierra con violencia, le dice que su catedral invertida es la boca de Roma y cae de rodillas rezándole jaculatorias con la lengua. La engrilla a la desesperanza y le pone merengue en los pezones. Vuela a los nidos galantes que miran al Cerro Huelén, los visita en largas estadías que terminan en infusiones de tilo y calcetas de lana y en excursiones breves que mueren en derrames de semillas, gritos y un adiós sin ventanas. Alicia lo quiere en su nombre, como un mural de colores brillantes; Andrés, en cambio, la quiere a su nombre, escriturada como un desasosiego con melena. Alicia piensa que debe podar la enredadera de jazmines castaños que ha dejado crecer desde que tiene a este hombre que le besa las sienes. Enreda sus manos en los arrabales fragantes que tienen enlazados historias de rameras con corazones delicados, acaricia las sábanas azabaches en las que se recuesta el inconstante a susurrarle fresias carnales mientras le llueve el cuerpo y decide que amanecerá con el cabello rojo como un copihue, corto como un suspiro y sola, sobretodo sola. Ha sido suficiente: el cabello largo y los hombres posesivos no se pueden llevar para siempre. Cuando una mujer se peina frente al espejo el mundo cambia. 48


ALICIA Y LAS HORMIGAS (O CANCIÓN DE INFANCIA)

Vive en esta ciudad pensando que tiene escondida una llamarada detrás de un carbón de piedra. Tiene sueños extraños, orgías oníricas de colores chillones, como papagayos sueltos en mitad de la ladera encementada. Se sienta en el borde del camino y con la uña comienza a marcar carreteras para las hormigas que, porfiadas, no transitan por los lugares que les señala. Las observa con detención. Cuando era pequeña, mataba a una a golpes de índice y esperaba pacientemente que otra hormiga de la colonia viniera a recoger los restos. (Si ella muriese ¿habría alguien que viniera por su cuerpo o acabaría perdiendo el olor, sus moños, su cintura inexistente y la cobardía de sus manos vírgenes?). No sabe pertenecer, no hay espacio que sienta propio ni sonidos guturales que recuerde luego del sexo. Es una extranjera que rueda buscando la llamarada detrás del carbón de piedra. Sólo eso. Tres secciones tiene el cuerpo de una hormiga. Tres secciones tiene el suyo: la intelectualidad morigerada por el miedo, la emocionalidad dividida en largas cintas de papel como serpentina blanca, y la vagina que le estorba casi siempre (un secreto de magma que debe cubrir). Pasan los vehículos ostentando urgencias que no siente. Son hormigas en tándem. No tiene hormiga líder que le enseñe lo que su inexperiencia 49


desconoce y va a golpes de errores moviendo las seis patas y las antenas. Labra pequeñas figuras de obsidiana, triángulos isósceles de perfecta y brillante negrura que tienen bocas y ojos singulares. El cincel le golpea entre la quijada y el quejido, entre los labios y el clítoris, hasta convertirla en un arpegio. Alicia, sentada al borde del camino en el que hace carreteras para las hormigas, canta bajito “naranja dulce, limón partido, dame un abrazo que yo te pido…” y cruza los brazos hasta tocarse los hombros en un intento de autocontención vana y flagelante. Si alguien la mirara conjugaría todos los verbos de la ausencia…

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ALICIA Y EL AMOR EN LOS ANDENES

No hay lugar para mí en tu historia de desajustes. Me bato en tus guerras continuas sin darle tregua a mi desgaste. Nunca es suficiente, no lo es porque nos movemos a destiempo, atropelladamente como en un corral de animales que esperan el cuchillo. Tirito. Me estremece esta cercanía que nunca intersecta, estas rectas paralelas que corren al infinito citadino y no se tocan. Me rozo lentamente con el pulgar los contornos de la boca que vanamente se llena de geranios. Abro con mis manos el libro en el que te dejé una metáfora húmeda. Me inclino levemente hacia delante. Nuestros vagones de Metro se entrecruzan. Vienes cuando ya no estoy.

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ALICIA Y EL GOBIERNO ELECTO

Lo miró como acostumbraba hacerlo desde hacía veinticinco meses, bordándole los temores que ella nunca había sentido con otro. Imaginaba a los hombres como tacones altos, stilettos rojos que son bien llevados sólo por unas piernas firmes, por unas pantorrillas perfectas en su curva de nieve dorada, por unos tobillos especialistas en la tabla del veintitrés. Las otras, esas mujeres de piernas flacas, ésas que tienen una pantorrilla que no se diferencia de un brazo y unos tobillos que no saben de lenguas con sabor a ron blanco y hierbabuena, ésas no saben montarse arriba de nueve centímetros de infierno y ganas, ésas no saben balancear las caderas haciendo sonar campanas mientras se adelantan seduciendo a la lluvia y doblando el verano en tres partes proporcionadamente felices. Tampoco saben de multiplicaciones ni han visto sus tacones largos y afilados sobre los hombros de un Gonzalo que respira agitadamente. Veinticinco meses era un año demasiado extenso, un otoño tranquilo bajo cuyo peso la gravilla de aquella senda se estiraba sin oficio alguno, un camino en el que juegan las serpientes. Sus piernas temblaban cuando el soberbio venía a pasar revista a sus huestes y luego se relajaban hasta hacerse inaudibles los tañidos de su laguna asaltada en un Chile que se caía a pedazos.

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- Sin duda que te quiero –le dijo un domingo de Enero como si el diálogo se desarrollara consigo misma en uno de esas largas retahílas en las que luchaban verbalmente su sangre negra y la catalana, su bramido pehuenche y su frialdad de cantón suizo. - ¿Me quieres? –le preguntó, profundamente divertido por la confesión dicha tan a la ligera que le hacía dudar si su particular humor le estaba haciendo un guiño. - Sí, te quiero pero eso no asegura nada ni exige de ti cosa alguna. Más que est e amor de mediatard y de medianoche, me preocupa este cabrón que quiere parapetarse en La Moneda. Déjame escuchar el primer recuento –le mandó callar con su dedo izquierdo puesto en la boca pidiendo el silencio que no tenía en el cuerpo. El hombre le había sufragado tres veces ese día, dejando rastros de colibrí en su urna suave. Ella no necesita los informes de una despeinada voz oficial para saber quién gobernaría durante cuatro años más entre su pezón izquierdo endurecido y el dedo de su pie derecho que casi desaparecía por el costado. Seguramente su ombligo miraría otros países, haría tratados con otros gobiernos en una lucha de iguales que se quieren sacar el pudor existencial del deseo, pero el perfecto ombligo profundo sabía que a la postre sólo había un gobernante legítimo entre el hueso de su pelvis que se levantaba a buscar el cielo y sus hombros rotados hacia arriba siguiendo la línea de sus muñecas esposadas. - Me molesta que les dé igual quien gobierna, que estén privatizados los esfuerzos sociales, que todo sea una transacción de psiquis y bolsillo, me 53


molesta la ausencia de pasión, de fuerza, la violencia de un argumento imperfecto, la tranquila devastación de una idea brillante… Me molesta mirarte y perder el hilo de lo que estoy diciendo –y se acercó a enroscar con la lengua los pelos de su pecho y a mordisquear el pequeño pezón que se erectaba por el roce. Él se rió de sus fronteras, de sus altas murallas de distancia y frialdad. Mirarla era verla arder eternamente aislada y de pronto decía quererlo con la soltura con la que un niño declara su intención de ser un zorzal: sólo para comer de a una las uvas del parrón.

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ALICIA TIENE ALAS

Alicia, ¿Qué color tiene la angustia? Cuéntame, encogida a los pies de este hualle, cómo son las penas de tu tarde de viernes.

“Mi pena tiene los ojos azules, cinco dedos en su mano izquierda con uñas diminutas, mi pena tiene el cabello escaso porque se lo arranca por las noches como si desprendiese la arena en la cintura de un reloj. Mi pena tiene dientes ¿sabes?, dientes con los que una vez me marcó los hombros y me dejó perlas moradas, coágulos de amor en cadena regular. Mi pena no me escucha, tiene los oídos muertos y la boca ida. Yo le grito los pétalos de la angustia y no sabe de mi canto”. Ella tiene un nombre de consonantes. Cuando el hombre abre la boca para nombrarla, su labio superior se inflama y nacen urracas de él. Se peina frente a todos los espejos, llora en todas las camas desfallecida y abandonada a la sombra del amor. Mete la mano derecha en su sexo, el dedo del corazón en su corazón caliente, el índice en su bibliografía mojada, mueve los dedos adentro llamando hacia sí los hijos que le negó a su maternidad tajeada. Acorralados por su carne, se mueven buscando su corteza de sauce, la rugosidad de su tronco que goza, la pequeña almendra que traerá los arco iris convertidos en flechas líquidas. Alicia suspira y de su boca abierta brotan camelias que me golpean el pecho. Con la mano libre le latiga su urgencia y le aplasta el vientre para que no huya. En su oído comienza a pedirle que llore como los columpios. ( “Llora, perra, llora como lloraba el 55


columpio en el que perdí los dientes de leche”). No se puede confiar en las brujas que se hacen trenzas que le caen por el hombro dorado. En las brujas morenas que huelen a membrillos, tampoco. Empieza a contarle los dedos de los pies. Se inclina con su boca de serpiente a tocarle los muslos. Quiere que se vea los tobillos y su memoria salte de piedra en piedra hasta que recuerde su nombre. ¿Será que sabe que destila embrujos blancos, filigranas de semen? ¿Será que lo recordará mañana? Es una bruja que tiene cuatro sexos. En cada uno de ellos cultiva violetas moradas y violetas blancas. Las vergas enhiestas no le dan el miedo que le producen las palabras desvestidas del hombre que no la ama. “No me ama ¿sabes? Me ha dejado seguir a su lado como se permite que continúe viviendo la enredadera que brota entre las piedras: Por la ligera conmoción que produce saber que apenas tiene tierra para las raíces.” Abre los ojos porque siente el tañido de campanas claras. Son los sonidos de las esposas que la sujetan a los barrotes de la cama porque el hombre tiene miedo que las protuberancias que le han salido en la espalda sean alas. Le gustan las espaldas de mujer y ella tiene una que se hunde profundo antes de emerger en un paraíso partido. La curva de su espalda cuando está reclinada y gime, es suficiente para que le perdone la distancia; pero tiene miedo de sus alas. ¿Qué haría sin la mujer que tiene la vulva pequeña como haiku? ¿Dónde quedarían sus ansias de escritor sin el cuento de esta mujer sin ventanas? Se sonríe y baja a contar sílabas (Cinco, Siete, Cinco). Mira la inflamación de sus pechos y le clava astillas, siguiendo con el dedo el curso desordenado de la sangre. Tiene letra y tinta y la tendrá esposada hasta que su novela concluya. No se puede escribir sin musa. 56


ALICIA Y AUSTRALIA

Quiso llamarlo Australia porque estaba como ese país rodeado de aguas, aislado en medio de una ciudad enorme. Duerme de medio lado, con las piernas flectadas, con los brazos abrazando la almohada roja que le acaricia la mejilla derecha. Frente al ventanal que la conecta con Santiago, le besa la espalda y le cuenta tres lunares juntos bajo el hombro izquierdo que se le antojan secretamente suyos. Se los besa suavecito. No sabe su nombre pero conoce los tres lunares redondos, pequeños, cafés, que tiene en la espalda. Busca una nueva perspectiva y los vellos rojizos, claros y oscuros que lo conforman, le vuelve difusa la línea del cuerpo. Con miedo de despertarlo lo toca desde la nuca hasta los pies sensibles. Adelanta las manos, le acaricia el torso desnudo y el sexo como si el recuerdo fuera necesario dejarlo en las yemas de los dedos. Se levanta para observarlo en su cama de sábanas blancas, para recordarlo cuando ella se haya ido probablemente sin regreso. Quiere recordarlo entregado, indefenso y confiado, con la barba incipiente y la respiración acompasada. Pensó en llamar a su amiga para avisar que definitivamente no llegaría aquella noche al lugar que debía porque abrazaba a un hombre que entrelazaba sus dedos a los de ella después del beso. Mando un mensaje de texto desde su celular: “Alicia se vistió de fácil y se fue detrás de unos ojos de cielo porque el infierno la habita desde hace mucho”. La amiga guardó el café, el termo, la palta y el pan de la merienda que todavía la esperaba en la mesa. 57


Cuando la vio entrar a la mañana siguiente, le sonrió y ella por toda confesión le dijo “¿Quién dijo que no duele despedirse de los amores de una noche? Australia es un buen lugar”. Cerró la puerta y se puso a dormir todo lo que no durmió por mirarlo.

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ALICIA Y LAS CAMAS ANÁRQUICAS

Las camas se pusieron a danzar. No danzas celtas, en tal caso las hubiera acompañado en sus movimientos con cierta alegría. Incluso si hubiera sido tango habría tenido igual sexo en ellas, amarrada a sus somieres suecos como en una fantasía de bondage y dos por cuarto. No, las camas en las que ella dormía se pusieron a danzar en forma anárquica, desordenada, anómica. - ¡Al carajo, camas del demonio! Quédense tranquilas y déjenme en paz. Me faltan dos siestas y cuatro horas por noche desde hace una semana – les dijo con el rostro demudado, vomitando las agruras. Se pararon en seco y se miraron entre ellas con sus ojos de marquesa. Alicia parecía no temerles (porque ya se sabe que las locuras y quienes las dejan pastar en sus vientres fecundos no saben de los miedos, tampoco saben de las pérdidas de las esperanzas). Una de ellas, dos plazas, blanca, apostada frente a un ventanal que miraba jardines, hizo alocuciones de brillante oratoria. La convenció que la anarquía de las camas era un producto del desorden de los cuerpos que no se aman. - Dime tu nombre –le dijo a la mujer con la voz de quien sabe que mandar es una vocación innata. Se le hicieron las palabras una nube delgadita y recordó que sólo tenía la mitad de un ovario, el otro con cuñas, las trompas 59


de Falopio cortadas y una rodilla marcada por las caídas infantiles. De pronto esas circunstancias de pérdida física, la hicieron sentir inhábil. ¿Cómo decirle a las camas que se mantuvieran quietas y volvieran a poner las patas en el piso si ella no podía tener hijos con ojos de cielo y pestañas rubias? En vez de decirle su nombre, con el pesar de las mujeres que se suicidan en el mar frío del Pacífico (típicas mujeres de acantilado, mujeres sangrientas, mujeres en agonía), susurró: - No puedo tener sus hijos. - Eso es evidente –dijo con la suficiencia arrogante que suelen tener las camas-. No puedes tener hijos porque tu manera de entender el mundo está torcido. ¿Para qué traer hijos al mundo que ves en escala de grises? ¡Levanta tu falda de mezclilla! ¿Ves? Es apenas consistente: no puedes tener hijos porque tus tobillos no zumban como abejas. ¿Dónde se ha visto que existan mujeres así? Alicia calló y dejó de tener redondeces. Se hizo hace un quinquenio una mujer de vértices. Mujer hexagonal. Dejó de discutir y su ira se le fue dulcificando hasta acostumbrarse a tejer con crochet a la hora en la que antes tomaba siesta. Sólo vigila con ahínco que las peinetas y los cepillos del pelo no dialoguen con las camas.

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ALICIA OLVIDA TRES PÉTALOS

Un pétalo lo dejó en la cama en la que el hombre dormía sin saber de ella. El hombre pudo ser el hombre pero estaba dañado por los días en los que no amó. Después que bebió su magia se le desplegaron los silencios. No sabe de las noches en la que se juega a los amantes. Hubiera sabido entonces de flores en el cuerpo, del dulce olor de los jardines que se ocultan. Le cuesta olvidarlo. Después de tantas décadas sin los tangos el paso se hace tembloroso y no se sostiene. ¿Cuántos días hará que no la sueña? ¿Le habrá asaltado la tarde? ¿Habrá entrado por su puerta aunque estuvieran sellados los ingresos? Hay peldaños que son de papel y que se incendian cuando la tarde deja vagar al sol por sus techos de espejos… El hombre con los ojos de cielo que no habla, la mudez como testigo de los juegos del ego y del desacierto. (Terrome terrome tesic tesac terrome terrome tepun p’atrás). Dejó otro pétalo corcheteado en un informe para que muriera a golpes de escritorio, muerto de tijeretazos sin lunas y de aire acondicionado, de papel higiénico en rollos de 200 metros y de jabón líquido por litro. Lo mató a golpes de saliva burócrata. Lo transó por mercados a futuros improbables. Los oficinistas no sangran, suelen amar la sopa para uno y el café descafeinado con sacarina; pero no aman las margaritas porque inducen al desorden y le vuelven sábado por la mañana cualquier lunes. 61


Como buen tecnócrata se negó a los juegos con el tiempo. (Terrome terrome tesic tesac terrome terrome tepun p’atrás). Alicia olvidó otro pétalo, al que arrastraba amarrados a los pies todos los sueños renunciados, a aquel cuyo lastre no permitía el avance de su barco citadino. Renunció a sus canas porque la dignidad no se encuentra en los pigmentos del cabello si no en la prestancia con la que la gente desayuna los domingos en el Café Torres. Cuando Alicia golpeó sus nudillos contra la pared blanca que contenía su locura, se dio cuenta que era de papel crepé y prefirió hacer con ella rosas de origami. No quiso saber más de sus hijos crecidos ni de sus padres mayores, ni de sus uñas demasiado blancas para sus manos. Tampoco quiso tener teléfono que lo uniera a él como una cinta permanente y entonces se compró una caracola en la que escucha el océano e imagina las gaviotas. El hombre desespera por su olvido pero Alicia se despidió en el andén de los amores que agotan y no acostumbra caminar dos veces por la misma avenida. Que el hombre viejo se habitúe de nuevo a su mujer de iglesia, a su hijo inútil, a las demandas intolerables de sus padres, a su biblioteca inmensa que no tiene con quien compartir, a que le ocupen los libros de Hannah Arendt para matar arañas y a levantarse después de una noche que se alargó infinitamente porque no es feliz, ni siquiera de la manera gris y ladina en la que son felices los capitalistas exitosos. Que se habitúe y que olvide con el mismo estremecimiento nostálgico con el que ella cierra el libro de Pessoa. (Terrome terrome tesic tesac terrome terrome tepun p’atrás). 62


ALICIA Y EL DIOS PAN

Los dioses son felices. Viven la vida calma de las raíces. Sus deseos el Hado no reprime, o, al oprimirlos, los redime con la vida inmortal. No hay sombras ni otros que los entristezcan, y, además de esto, no existen…” FERNANDO PESSOA

Alicia mira al hombre dormir, mientras sus brazos y sus piernas se siguen poseyendo y los sexos descansan su batalla fónica, el enfrentamiento brutal de sus voces, la división de sus cantos en coplas. Tiene una mandarina acuchillada que lo recuerda, torpe fruta estrecha servida en copa desprevenida. ¡Cómo lo mira Alicia dormir! ¡Con qué ganas de comerle los hombros, abrocharse a sus riñones y escribir en mapudungun por su cuello! Ella dicta a sus dedos los planos siderales, ortografías planetarias para su verso triste, desmenuzados eones puestos a danzar. Todas las horas del deseo bailan tap. Quizás bailan tango también. Pero ciertamente danzan. Bailan frente al hombre los miedos y sus respuestas. Huye Alicia hacia el tiempo anterior, huye bosque abajo, se lanza al acantilado mentiroso de lo que no pasó. Niega los columpios. Niega los jacarandaes. Niega los libros de Dalton desparramados en alejandrinos corsarios por su océano agitado. Bailan frente al hombre los miedos y sus respuestas. Ataca Alicia su boca, embiste la hombría temblorosa de su hombre dormido, 63


hilvana revólveres en sus muñecas que le ejecutarán las sienes cansadas. Golpea su cajón peruano, le busca resonancias, le busca los sonidos, le desarma. Salivadas patadas en la boca del hombre hasta verlo yacer indiferente. Bailan frente al hombre los miedos y sus respuestas. Inmóvil Alicia lo deja hacer, número primo conjetural, nudo conexo de sus vacíos, algoritmo tibio deslizado por las indecisiones inconmensurables de su raza de mujer guerrera vencida por un abrazo. Bailan frente al hombre los miedos y sus respuestas. Sumisa nota pulsada para ser su canción por horas. Bailan frente al hombre todas las certezas.

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LIBRO TRES


Porque todo el mundo tiene su bestia.


BESTIARIO INFINITO

FOTOGRAFÍA DE MARTÍN TOYÉ ®


QUE TE QUIERA TU MADRE

"Tampoco te entiendo, pero mientras tanto ábreme la jaula, que quiero escapar; hombre pequeñito, te amé media hora, no me pidas más." ALFONSINA STORNI

Se ordenó en un moño alto el pelo color de ciruelas. Lo miró con una sonrisa a medio enarbolar, buscando mecánicamente las llaves de la casa en la que no volvería a entrar. Cuando las encontró, cerró el bolso, se levantó lento y sonriendo plenamente le dijo “Que te quiera tu madre, huevón”. Le hizo un cariño al gato que dormitaba en la silla, tomó el echarpe multicolor (que la hacía parecer un extraño papagayo en mitad del sur chileno), y se fue sin volver a mirarlo siquiera una vez. De eso, hace casi cinco años. Tenía corazón de corsario. A ratos la devastaba. Bajaba de sus naves y tomaba todo lo que esa tierra guardaba, lo tomaba con fuerza y violencia, a punta de espada y de lengua ávida. A su lado se hizo vieja porque aprendió la desconfianza, el temor, esperar toda una noche y un día y otra noche más que regresara de quizás dónde. Se hizo vieja pensando que llegaría con sabor a bar y con poesía de Neruda a pedirle perdón y sexo, a exigirle la desnudez y el amor. Pero su redondez de mujer pehuenche no quiso contener ni sus sudores, ni su semen y menos su sangre. Se fue sin pensar en el gato que la conocía más que él. 68


Ni en sus plantas que terminarían muertas bajo su cuidado, ni siquiera en la clepia que por generaciones estuvo en su familia, donando su flor dura y fragancia dulce, sus cinco puntas blancas, sus cinco puntas amarillas y su centro rojizo. Se fue y sólo escribió una pequeña reseña: “Animal de manos eruditas, lengua filosa y actitud errante. Puede provocar la hibernación del alma ajena”. Fue el inicio de su Bestiario Infinito.

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LOS MEMBRILLOS Y LA MUERTE

“Tengo miedo y tengo amor, ¡amado, el paso apresura! Iba espesando la noche y creciendo mi locura.” GABRIELA MISTRAL

Tengo en el regazo un canasto con membrillos que me han traído de Ninhue y en las manos una servilleta con sal. Busco el más grande de ellos, el más perfectamente hecho de sol, aquel cuyo olor me transporta -como me sucede con frecuencia- a mis mundos pasados… Y quedo herida por un recuerdo antiguo, con la sien vaciada de pronto, pálida y desencajada. Recuerdo un día de marzo, hace catorce años, cuando mientras sostenía un membrillo que había sobre la mesa y lo acercaba a mi nariz, mi abuela me avisó que se había suicidado. Me lo dijo sin prudencia, se abrió el tiempo y me sostuve de una silla, temerosa de caer en el hoyo enorme que había ante mí. Diez años nos separaban entonces. Yo tenía 16 años y él 26 y era infinitamente triste. Nos unían dos pasiones: la poesía y la política. Y nos separaba quizás qué, ni siquiera alcancé a averiguarlo. Me quedé con el recuerdo de sus ojos verdes, de su barba espesa y su cuerpo suave. Me quedé con la promesa rota de no dejarnos nunca y con los trozos de un rompecabezas que no encaja. La primera vez que lo besé fue bailando en un local de la carretera. Le mordí con delicadeza el cuello, mientras sostenía su nuca, y luego me acerqué a la boca. Él temblaba 70


ahora y yo no, porque ya había temblado 3 años en silencio. Fue Diciembre del año anterior. Ahora que lo pienso, quizás la actual ausencia de baile en mi vida está ligada a esta pérdida. El día anterior a que cerrara la puerta me acompañó en el sueño de organización del movimiento estudiantil y conversamos profundo sobre la libertad, los derechos humanos y la responsabilidad política. Me dijo que era brillante y yo le creí porque tenía la mirada limpia y serena. A mi casa fue a avisar Bernarda y le dijo a mi abuela “Dígale con cuidado” porque ella sabía de nuestro vínculo; pero mi Encarnación no sabía de suavidades y me lo dijo, gritándome, desde la cocina, mientras yo olía un membrillo. Entonces supe que debía recoger mi tristeza e instalarla donde no necesitaba ser explicada: a un costado del lugar donde lo velaban envuelto en una bandera, en su modesta casa de calle Manuel Montt. Compré una rosa roja, me hice acompañar por otra amiga (la morena que hoy carga un niño hermoso y que en ese entonces sabía de aquel romance autocensurado porque no quería que otros opinaran sin tribuna conferida) y me senté a llorarle a la par que lo hacía su hermana y su madre, que también tenía mi nombre. No quise hacer el epitafio. Tampoco pude abrazar su cuerpo inerte, porque eligió el fuego para la huida. Sólo pude acariciar con la mirada perdida el ataúd que lo contenía como no supe hacerlo yo. Todo el mundo tiene su suicida. Éste a mí me partió la adolescencia. La descripción dice: “Animal herido. Estrella de navajas que me rebanó la pasión y me instaló la angustia”.

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EL TRAUCO

“Y yo también como la tarde toda me tornaré dichosa para quererte y esperarte. Iluminada de tus ojos vendrá la luna, vendrá la luna por el aire.” MEIRA DELMAR

- Es el hombre de mi vida –me dijo contundente. Yo no creo en las personas para toda la vida, porque en este mundo no existen las certezas; pero no podía mantenerme impávida ante la contundencia luminosa de una de mis mejores amigas, y pregunté con genuino interés. - ¿Y eso por qué? - Recoge las pilas malas y las deja donde no contaminan. ¡Diablos! Me desconcertó. Una esperaría que alguien que se declara enamorada le encuentre el cometa Halley en los ojos, que su boca le recuerde el Mediterráneo, que su pecho desnudo le sugiriera la imagen de una playa centroamericana, que sus manos le suelten los huracanes… Cualquiera de esas cosas, pero no se espera que ser rastrillo de pilas botadas sea suficiente para que la mantenga a mil kilómetros del lugar donde yo necesito a mi amiga, a la que me mira y me sabe centímetro a centímetro, incluida el alma y la tormenta. Aunque tiene sentido. Si caminas a su lado (además de ir recogiendo pilas de todos los tamaños) va ordenando las cosas. 72


Entrar con ella a un Supermercado es una prueba de la flexibilidad y la rapidez: irá devolviendo los tarros al lugar que le corresponden, volverá a dejar la mantequilla que encontró entre medio de las virutillas y las ceras al lugar de los refrigerados, ordenará los carteles mal puestos y los precios chuecos en los visores, mientras habla de este mundo y el otro. Cuando recorre mis dominios domésticos, yo voy prendiendo luces, y ella va detrás apagándolas. Y si das una mirada rápida verás que ordenó mis collares por color y porte, sin que te alcanzaras a dar cuenta de cuándo fue eso. - ¿Y cómo lo conociste? –le digo. - En un bus, me senté a su lado. A mí me gustó la voz, después lo miré. Pero lo miré cuando ya me gustaba. Este tipo de diálogos es el que me convence que es mía. No podía ser de otra manera. ¿Que una debe enamorarse de hombres que te cortejan? ¿Que una debe enamorarse después de un test de compatibilidad, de conocerle la carta astral y saber qué diente le salió primero? Eso quedará para las que van por la vida prendidas del cuerpo y la juventud, de las profesiones, de los happy hour y los trajes de satín con cuello mao. Nosotras, las otras, nos enamoramos de la ortografía, de la irreverencia, de la genialidad, de la voz o de un dibujo literario perfecto que nos pusieron en la mente. Nos deslumbran. Nos enamoramos del que se resiste o del que se rinde sin cláusulas, de los dañados que ya no confían o de los cándidos que van por la vida confiando todas las veces, del que invadimos o del que nos coloniza… Con la única condición que nos ame tan 73


total, tan íntegra, tan brutal y tan inteligentemente, como somos capaces de amar nosotras. - ¿Y cómo se llama? - Manuel. Pues ¿qué hacerle? Manuel, bienvenido a mi vida… (Yo sabía que en Chiloé había Traucos).

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24 HORAS Y EL TANGO

“Quereme así, piantao, piantao, piantao...Abrite los amores que vamos a intentar la mágica locura total de revivir...¡Vení, volá, vení!” HORACIO FERRER-ASTOR PIAZZOLLA

- ¿Y si sólo son 24 horas de dos personas que acaso vivan 70 años? –me dijo con desesperanza. En la hora primera conoceré tu boca. Tu boca que tiene todos los sabores de la tierra, que es dulce, salada, amarga, ácida… Tu boca que en la fragua sin fatiga de mi lengua se mantiene caliente e infante, curiosa e invasora, donada y mendiga. Sesenta minutos para hilvanar mi beso en tu memoria. En la segunda hora conoceré tus manos. Tus manos que saben horadar las esperas, azadones tibios que levantan mis carnes y ponen la semilla que hará germinar más deseo. Cada uno de tus dedos, enlazados con los míos, guerreando por más cuerpo, dejando caer las égidas de la soledad y el olvido, rompiendo el ayuno de lunas sonrojadas, marcando el dos por cuatro de un tango postergado. En la tercera hora escudriñaré tus ojos que han oteado horizontes más allá de los míos. Sabré por tu mirada lo que me falta conocer y reconocerás en los míos lo que olvidaste un día: el sortilegio de una negra de arrabal. (Quizás te deje a mansalva 75


una bala de agua que te explote en el día postrero). En la cuarta, melodías de bandoneón, piano y violín saliendo de los sexos renacidos, de las grandes fronteras caídas y de las uniones imposibles que terminan mañana. Las horas se entremezclan, los minutos se alargan y los besos se nos hacen calandrias sabias que conocen todos los cantos. Faltan todavía 20 horas, hemos apenas comenzado…

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DIOS CASTIGA PERO NO A PALOS

“Oye, pordiosero: ahora que tú quieres es que yo no quiero.[…] ¡Vete, dios de hierro, que junto a otras plantas se ha tendido el perro!” JUANA DE IBARBOUROU

- ¡Angelito! –grité sin pudor alguno desde el otro lado de la calle. Se dio vuelta saltando de rostro en rostro ubicando la voz que tan familiar se le hacía. Hasta que mi desorden de bolsos y carpetas estuvo en su campo visual. Sonrió como sólo a quien le dicen “Angelito” podía hacerlo. Me hizo un gesto para que la esperara y caminó resuelta hacia la esquina de la calle, miró hacia todos lados y cruzó a encontrarme (He ahí una de las diferencias entre ella y yo: yo habría cruzado a la mitad, sin mirar a ninguna parte, con mi rosario de informes a la rastra y mi alegría a la vista). Nos abrazamos con escándalo. Quienes me aman saben que puedo y pueden dejar de verme por meses pero cuando nos reunimos de nuevo es como si el tiempo o el espacio no se hubieran interpuesto jamás. -¡Pero estás muy linda, mujer! –le dije asombrada de que los años la hicieran más bella todavía. -Gracias, Daniela, tú también –me dijo, con lágrimas que le surcaban el rostro. (He ahí otra diferencia, ella es de llanto fácil, mis lágrimas me las como en un cementerio ante el hombre que me dijo que estaría conmigo y me mintió con ligereza. Nadie más me ve llorar). 77


-Siempre fuiste mala para mentir –respondí, sacándole una carcajada. Empecé a rememorarla. A Angélica la dejé de ver un día de Septiembre, hace dos años y cinco meses, y me dejó con el corazón hecho un puré amargo. La quería como sólo son capaces de querer las amigas para siempre; pero soy respetuosa de las decisiones de otros, incluso de las decisiones erradas. ¿Qué hacerle? Cuando en medio de la desesperación y la ceguera yerras siempre habrá quien lo diga y ofrezca ayuda; pero si la rechazan, no queda otra que cruzar prudentemente la avenida y esperar, porque todo cae por su propio peso. Se enamoró de un idiota, pero no un idiota cualquiera: de un idiota con honores. ¿Por qué será que las mujeres buenas se enamoran de hombres malos? Empezó a cercarla, a ponerle límites, a exigirle ausencias. Primero nos cerró la puerta a las amigas y terminó negándole la entrada a su madre. Desesperamos, pero ella quería estar con él. Se la llevó lejos, convenciéndola que la felicidad no la alcanzaría jamás si no era bajo su amparo. - ¿Y Alejandro? –le pregunto, con miedo de que llegara a llevarse a mi milagro de un brazo. - Me dejó hace casi un año. Un día llegué de trabajar y me estaba esperando, me dijo que yo era poco para él, que una secretaria no lo haría feliz nunca, que él estaba para grandes cosas, para relacionarse con gente bien y que conmigo no lo podría hacer nunca. Que yo era un peso que no aguantaba. Que era un ancla que lo tenía en la miseria… 78


Hijo de puta. ¡La había dejado el muy cabrón! Se había dado el gusto de mandarse a cambiar después que la obligó a tenerlo de centro de gravedad. - Vivimos en Ancud, luego en Puerto Aysén y terminamos en Iquique. Ha sido largo, amiga. –dijo casi en un susurro, abrazándome y llorando de nuevo. Y entremedio del llanto, se sonrió y me dijo: Ando aquí porque vine a ver a mi mamá con mi novio, me voy a casar. Y siguió hablándome con el tono con el que se habla de una lección muy bien aprendida: Se llama Mauricio, tiene 42 años y es Profesor de Historia en un colegio de Iquique. -¿Y el innombrable? –pregunté temiendo que reapareciera y le robara su final feliz. -Se regresó, está aquí y es chofer de colectivos de la Línea que va a El Huape. Me lo encontré hace como tres días cuando fuimos a ver a mi Lela. -¿Te habló? -No, se hizo el desentendido. Y ¿sabes? sentí tanto alivio de pensar que tampoco lo conocía. Sonó el celular y volvió a los brazos de ese Mauricio que aún no conozco, pero que conoceré en un par de meses cuando viaje por primera vez tan lejos de mi ciudad para ser testigo que la vida es de dulce y agraz. Un minuto le dediqué al hombre que me hizo temer por la vida de mi amiga. ¡Pobre huevón! Dios castiga pero no a palos… 79


PENÉLOPE

“Tu cuerpo es el paraíso perdido del que nunca jamás ningún Dios podrá expulsarme.” GIOCONDA BELLI

Dobló la esquina con el alma prendida de un hilo finísimo. Avanzó como pudo hacía una custodia a dejar el bolso, mientras buscaba un pasaje que la llevara de vuelta a su mundo real, que la sacara del Macondo centralizado que horadaba con sus pies. Se había interrogado cada mañana durante cuarenta y cinco días frente al espejo donde trenzaba el largo cabello, si estaría haciendo lo correcto y llegó a la conclusión que eran demasiados los que bailaban ahí por lo tanto alcanzaba para todos los estilos. Total, todo era cosa de variar a quién se le preguntaba… Si le hubiere preguntado a María Elena sería una locura digna de largas sesiones de psicoanálisis, si le hubiere preguntado a Marta le habría dicho que el canelo susurra los nombres de ambos y que emprendiese viaje confiada en las diosas de la tierra, y si le hubiera preguntado a su amiga que, a fuerza de raíces, mantenía los pies en la tierra le hubiera dicho “Depende del pastel que se trate”. (¿Cuál será el vínculo que existe entre los hombres-tragedia y los pasteles?). 80


Buscó en la cartera que portaba y tenía en ella una bolsa de pastillas de anís, un deseo que se volvía incendio, un lápiz tinta azul, unos besos reprimidos que dibujaban el contorno de esas manos con los labios, una agenda del año anterior, unos dedos que temblaban por la posibilidad de rozar sus párpados, un block de notas, un mundo que se sacudía de ansias y de asombro de encontrar a alguien completo, entero, a quien no le faltaba ni la sensatez ni la inconciencia necesarias para transitar por la vida. Era más que suficiente. Sin embargo al mirarse largamente, le pareció escuchar en el aire la voz cascada de Serrat “[…] No eres quién yo espero. …”. Recordó cuando el cardiólogo con toda la suficiencia de alguien cuyo título huele a dinero le explicó con palabras largas que sus conductos que debían mirar la frialdad del Océano Pacífico, miraban en cambio la dureza inmisericorde de la Cordillera de los Andes. La larga perorata le hizo sentido: Siempre había querido al revés, podía ahora responsabilizar a la biología malhecha de su corazón. Se desprendió del bolso que limitaba sus movimientos con alivio; pero de este gran lastre de decepción y dignidad magullada por la sobreexplotación del sueño, no podría desprenderse por mucho tiempo. Terminó escribiendo con desamparo y tristeza inflamada. Quizás él lo entendería. Haría un último acto de fe.

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EL INFIEL

“No me dé una mano reservando la otra para retener quién sabe a qué fugitiva. Yo no estoy jugando a ‘querer poetas’; esto no me sirve de entretención, como un bordado o un verso; esto me está llenando la vida, colmándomela, rebasando al infinito.” GABRIELA MISTRAL

Me dicen que ame a otro. La simpleza de los que no aman puede hacer cabriolas en el alma de las que escuchamos los consejos. No me han importado sus fidelidades espurias, negociables todas, su boca en la que otras mujeres sacan con la lengua lo que le escribo. No me ha importado porque él regresa, porque él retorna a llenarse del océano que le entrego. No me importan las otras que no me conocen y me desprecian, las que lloran por los rincones porque esperaban en vano ser la única. Ni que en cada país –socarronamente- tenga embajadas que le apaciguan las urgencias. Éste es el que yo amo con todos los deseos sueltos, con todas las mañanas nuevas, con almuerzos que no concluyen sino hasta la cena, mi amante de carbón y luna. Soy la que recibe su beso sin fraude, porque lo recibo sabiendo que hay otros que me niega, que no me busca en los sexos de otras porque en todas busca designios diferentes, que a ésas las ama en otras horas y que las bebe sabiendo que son vertientes de paso. Acepté saber sus historias para suavizarles los contornos y dibujarles margaritas en los 82


bordes. Sé que reza novenas mensuales a diferentes santas, que encanta con sus silbidos y sus cuentos de estrellas, que puede sorprenderte en medio de la lluvia y hacerte tres tormentas seguidas en el pubis. Yo sé que miente, pero su mentira es para otras, conmigo siempre la verdad que duele y que me tiene al borde de la roca, balanceándome en el precipicio en el que todo rueda. Yo soy la que lo contiene. Lo amo cuando grita en los estadios y cuando termina gritando su éxtasis salado en mi entraña. Lo amo cuando gime acorralado por las urgencias económicas y cuando gime en mi oído por mi roce certero. Y lo sigo amando cuando viaja por el mundo desatando corolas eróticas de otras que lo aguardan, cuando al descuido creo ver aún el reflejo agradecido de la última en su pecho. No sé amar a otro.

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HOMBRE ESTACIONAL

“Pues ambos atormentan mi sentido: aqueste con pedir lo que no tengo y aquél con no tener lo que le pido” SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ

Hombre de Otoño. Me sobra y me falta Andrés. Me sobra en las mañanas y me falta en las noches. Me sobra en las calles rápidas y me falta bajo los robledales en los que el humus huele a excitación y abandono. Me sobra y me falta. Alternadamente. Como un péndulo de Newton, los cuerpos se reúnen y se expulsan. Hombre de Invierno. Le miro gris y extraño. Imagino que mis palabras pueden deshacerse en medio de su blancura y su frío. Me muerdo los labios. Aquieto la lengua. Sosiego las manos. Arrincono las ansias. Le miro desnudo y precario. Hombre de Primavera. Le descubro y se me arrancan las camelias del bajo vientre. Sostenida en sus manos soy el violín seducido y tensionado, su arco frotando mis cuerdas, pizzicato que se alarga y desfallezco.

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Hombre de Verano. Se me parten los damascos cuando me besa. El mar golpea el malecón con violencia. Enrojezco como una cereza cuando me toca. Huelo a violetas cuando expulsa dentro de mí los días de enero. Andrés tiene un aire de sentidos perversos, como si se les adhiriera a sus ojos claros las tormentas negras de las furias que me marcan. Hombre cíclico. Cuando lo miro desde mis cárceles, me inflamo.

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EL DESPATRIADO

La miró sin entender la contundencia del desaire. Adelantó la mano para tocar algo del cuerpo que se le negaba de improviso. Rozó un hombro desnudo y se le quedó en las yemas la tibieza de una piel de mujer que cruza otros mares. No escuchó a tiempo la necesidad de oler los cerezos que la mujer tenía, ni esa consistencia oleosa de su carne femenina que pedía los placeres que perduran, no supo mirarla profundo y la raspó apenas como un rallador vencido. El hombre se miró de pronto tronchado, ciudadano vencido por los burdeles en los que buscó su raza de sombrío oficinista de nueve a seis. Acercó el cuerpo con violencia y sal, y la mueca de rechazo le dejó los brazos caídos. Le habría mordido la boca hasta romperle los labios, hasta dejárselos hinchados como una bandera que flameara su impotencia de macho, le habría tomado las manos en la espalda y le hubiera buceado en el arrecife hasta dejarles cardenales; pero sabía que la mujer ya no le pertenecía, que era tierra para sí misma y no para el goce de su abrazo. Miró caer por la ventana la furia de una lluvia que tampoco vio venir, cogió un paraguas, abrió la puerta y, temblando, puso un pie en el mundo de los hombres sin patria.

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EL ESCRITOR

CARTA A MARIANA (O LA PREGUNTA)

Mariana: Cuando hayas recibido esta carta, sé que encogerás la nariz en señal de protesta. Sí, yo de nuevo, después de un año y algo más de haber tapiado la puerta que unía nuestras casas. No puedes leer sin tomar café, por lo que imagino una atmósfera sensual de café colombiano, quizás incluso suenen un bolero o la Niña Pastori de fondo… Y estás luchando con tu curiosidad y con la distancia que aún percibo como estela. Léeme. Hoy sólo léeme y juzga lo que te relato. La historia toynbeeana me persigue, la historia como una espiral que siempre regresa un punto más arriba de la partida; pero que vuelve, infinitamente retorna, como una bailarina que se balancea y se sostiene sobre su pie diminuto, todo su cuerpo sobre sus cinco dedos atormentados, todo su peso sobre la gracia de su tobillo, toda su singularidad multicolor llorando sobre su empeine. Te sé. Te conozco como uno conoce los recovecos de su propia guarida, sé cuál rincón de tu cuerpo me otorga más luz y en cuál de ellos pasar el calor de las tardes de verano; cuál de 87


los mohines de tu boca, capta mejor la ligereza de mi malhumor y mi cansancio; con cuál de ellos torcerás el labio superior haciendo egoísta tu boca de ofrenda. (Sé también que mientras me lees, pasas tu mano lentamente sobre tu pelo, como si amansaras un gato inquieto). Te intuyo. Sin necesidad de explicaciones, sé por qué te refugias en el silencio. Las palabras sobran. Las palabras cansan la luna de tu cuerpo claro, no quiero que existan entre ellas y tú ni un solo ruido, ni un eco que atosigue tu reserva, la paz contenida en tu afonía. A pesar de que son meses de ausencia y que cuando me nombran haces ademanes de fastidio, aún me extrañas. Quizás por eso he vuelto: por la invisible soga que me ata a tu cadera alocada, a tu cadera que se volvía golondrina. Vuelvo por tu boca también, por la boca que me dejó un día anclado a tus treguas quebrantadas, la que me acalló con una maestría que intimida y que marca. Es tu cumpleaños. No creas que no lo recuerdo. Soy el que no lo ha olvidado nunca. Pero también soy éste, el que te sigue pensando a pesar de haberme ido sin despedidas, sin decirte lo que el tiempo contigo hizo con mis días, el que cerró egoístamente la puerta entre nuestros dos mundos, el que un día decidió que todo era más íntimo de lo que esperaba y simplemente cerró el libro en el mejor capítulo, dejándolo luego en la repisa de siempre. Me odias a veces. Sin duda que sí, con tu pasión invariable, intensamente, con tu alma enardecida y traicionada, con tu ímpetu colegial que ya no le viene a tus treinta años, con ese calor que no encuentra sosiego nunca. Pero más son los momentos en que crees amarme. Por 88


eso me continúas leyendo ávida y fanática, arrebatada y violenta. Regreso a quedarme, si quieres, si me aceptas, si te atreves, si tu otoño ya homenajeó suficientemente a mis manos sin flores, si la furia de tu verano chillanejo me deja. Regreso porque te amo, tontamente, furtivamente, como un trompo, bailando en el fragor de tu tierra húmeda y dejando marcas en tu cara… Regreso a festejar tus pechos de luna, a agasajar tu sexo húmedo de ganas que no aflojan, a rendirle tributos a tus pies helados, a tus manos finas, a tu boca sin dueño, a la brava que desafía los oleajes más fuertes, a la constructora, a la que magulla en silencios sus rabias o las lanza como si fueran un ciclón sobre los malecones de otros… Te quiero, mi áspera, mi arisca, mi indómita, por ser la indomable en la que no remiten los fuegos, por ser la mujer que durante las largas noches de un año, no pude sacarme del alma. Te quiero: Me quedo, si me dejas…

SEBASTIÁN

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CARTA A SEBASTIÁN (O LA RESPUESTA)

Sebastián:

Las personas no son el libro que dices, son una película en movimiento. Y esta película se fue a negro con tu partida. Lloré. Lloré como si mis lágrimas fueran el rastro que seguirías para el regreso. Lloré, lloré, diez días seguidos, sin comer y sin dormir, un día por año desde el primer beso que me diste succionando mi boca y que me dejó atrapada a tus sensaciones perversas… Diez días con sus noches, abiertos los ojos como un búho erótico que vigila el ocaso, abiertos los ojos como una gaviota se estrella en el mar. Cada una de las mujeres de mi raza, vinieron a ocultar mi herida, a parar la sangre que traspasaba el dintel de mi puerta. Diez días, uno por cada año, desde que me partiste el vientre y di un grito de placer contigo. Tres amigas velaron mi vigilia, impotentes, incapaces, dolientes. Hasta mi madre y su amor etílico quiso contenerme como no lo hizo en la infancia. Después de las mañanas-tardes-noches de llanto, vino la locura: volví a leer cada una de tus cartas, los poemas con los que me pintaste los arco iris del futuro, los que me hacían la divina que nunca he sido, que me despegaban de mi vida corriente y me hicieron acompañarte por tantas horas, adherida a ti como si tu piel fuese el aire. La locura. Rememorar los 90


diálogos, reírme de tus cosas, de tus palabras, de tus grandilocuencias vanas pero tan encantadoras, pensarte diferente, tan diferente que no podía caber el olvido. La locura. Vestirme con las camisas que dejaste, dormir en el lado de tu cama, el tomar café en tu tazón… Esta película había pasado de negro a estar inmóvil en una sola imagen. Luego la ira. Redonda, fulminante, más fuerte que el sexo. El carrusel de amantes sibilinos, con los cuales entretuve algunas de las noches de ese año que dejaste en paréntesis. Esos hombres sin raíces que traían en sus cestas los damascos de Noviembre. No quería nunca más un hombre lleno de sortilegios. Y el remanso. Vino luego el remanso y el amante que de tanto acogerme con sus noches intensas, terminó durmiendo conmigo también las siestas. Soy una película que continúa llena de colores. Sólo en esto no te equivocabas. Mientras te leía, sonaba un bolero.

MARIANA

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EL AMANTE

La mujer tiene nombre de viento, un resabio de vicios y perversiones que se fundieron con el aire. Cuando le grita a la distancia pareciera que la atmósfera se llena de burdeles desde los que miran gatos gordos y trasnochados. La mujer trae apozados en los ojos todas las lluvias de su raza y el gesto intransigente de una pehuenche de palabra fácil. Huele a túnica sexual y a café de grano e incita a la ternura, a una ternura de sudor frío y de angustia saciada. Luego que se convierte en la irredenta puta de sus ansias, termina ofreciéndole agua mineral, hablando de Schopenhauer a horas en las que el temple abandona, besándole el cabello oscurecido y conversando con ella inclinada en su pecho. Duerme ahora. Sobre las sábanas que dejó revueltas, se abraza a sí misma, pasando su brazo derecho bajo el cuerpo que tendido boca abajo y en calma no pareciera la tormenta de lluvia que le azotó hace un rato. Siente que va y viene, que lo visita, lo inunda, iza sus banderas en todas sus avenidas y luego se repliega como una marea sin costa. Estira la mano y ya no está porque su discurso es un incendio feminista que a las tres de la mañana amengua por el sueño en forma abrupta. Lo que esperaba de la vida es un puño que le golpea a las siete de la mañana con una insistencia que lo aturde. A la hora en la que las amantes retroceden deslucidas, ella en cambio derrama su cielo de avellanas y come nalcas con merquén que alguien le trajo desde Lebu, lee el diario y acusa a 92


la prensa de mentir con más persistencia que un péndulo, se queja insistentemente de que en la casa del hombre no haya jugo de naranja, maldice los relojes y extravía tres veces la cartera antes de irse. Entonces la soledad se impone como una asignatura aterradora, de manos delgadas y manicure francesa... porque él la mira y sonríe, porque ella apenas se ha ido y él ya la extraña.

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ANDRÉS

Dedicado a Andrés Prieto Spool en el día de su cumpleaños.

Andrés se llamaba el hombre del cuerpo estrecho. Su alma tenía otro nombre, uno que arrastraba desde inmemoriales vidas hacia ésta, un nombre en capas, letras en sedimento que en mi boca sabían a un lejano dolor de inmisericordias. -Cualquiera diría que me amas…–me dijo en juego. -Es probable –le dije sangrando. -Loca. -También lo estás y no me quejo -dije, mientras hojeaba el libro que acababa de pasarme. Levanté los ojos y lo miré, quizás supiera que lo amaba a saltos, como atravesando un río sin mojarme los pies, de piedra en piedra, evadiendo su naturaleza de cauce furioso, temiéndole pero subyugada. Llegué a la otra orilla y respiré profundo observándolo, tan ajeno a mis necesidades de donación y fuga. -Anoche me acordé de ti –habló de pronto, buscándome con la mirada.

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-Hay mejores cosas en las que pensar –dije, ocultando la emoción de mi entrepierna que lo pensaba todas las noches en un juego de dos dedos. -Sentí los pacos pasar por abajo y no sé por qué las sirenas me recordaron que hacía muchas tardes que no venías. -¡Uf! Eres el rey de los tiernos. Peor, mucho peor, que el que dijo que las avellanas de monte le recordaban mis ojos. Rió. Se levantó del sillón, se acercó a acariciarme el rostro. -Tus ojos recuerdan el fuego negro. -Ya decía yo…peor poeta ¿Dónde has visto fuegos negros? –retruqué, alejándome de él. -Cuando me miras –dijo sin mirarme, mientras encendía un cigarrillo que se resistía a la muerte. Enrojecí y me acerqué a la ventana. Desde el quinto piso de cualquier edificio las luces de una tarde de otoño tenían un particular tizne a olvido. Recordé que hoy no había nada más que té verde con vainilla en mi despensa. Recordé también esa vez cuando me dijo que olía a las aguas que me bebo a las diez de la mañana y a las tres de la tarde de todos los días. “Tienes un olor a tecito de viejas cuicas”, lo abracé riendo y le dije “Y tú hueles a bodega anarquista”, me apretó las costillas y se rió más “Burócrata y vendida a la Concertación”, lo golpee repetidamente con las hojas del diario diciéndole “Chascón antisistema, izquierdoso trasnochado, bastardo del Che Guevara y del McDonald….” En la mitad de la 95


retahíla me besó. De aquel beso que nos quitó la ropa, se construyeron las murallas y las fronteras que separan las almas en dos puntos que no se reconcilian jamás, naturalezas de distinta mano, naturalezas espurias, hijos ilegítimos de los que sueñan la llave de sol en pentagramas nocturnos. Los besos son sentencias. Mientras conversábamos de todas las vidas, hacía cuelchas en su cabello. “¿Qué haces?” “Haré sombreros con tu pelo. Alguna de las mujeres de Ninhue me habita” y le contaba de esas mujeres que trenzan de memoria las pajas de los trigos mientras los cerros partidos miran las esperas de tres siglos y el tiempo les pasa por las sienes. -Modélame. Soy tu guitarrera –dije en un susurro, acercando el cuerpo como una onda eléctrica. Sentía la presión de sus yemas manejando el barro y oliendo las cerezas. -¿Cuál es tu nombre? -No importa el nombre, importa la historia. Soy la mujer que murió tocando la guitarra en los campos de Quinchamalí, esperando tu retorno. -¿Cuántas campesinas tengo cuando te toco? –dijo, metiendo sus manos calientes bajo la ropa y amando las carnes. -Todas, Andrés, todas las mujeres… La clepsidra se abrió. Su agua escurría hacia abajo. Los epígrafes orgásmicos me dejaron con todas mis lecturas vencidas, desmadejada como un rollo de cáñamo bruto, piedra caliza horadada por la lluvia semental de su cuerpo... Sin

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embargo, lo abandono ahora. Arrastro como un alud, con todos mis barros pútridos, con toda mi violencia, su delgada palidez de ojos claros hacia las tierras extrañas donde las personas se aman con dulzura. Mi torpeza jamás podría amarle la boca como se merece. Mejor lejos, mejor fuera, mejor extraño que cercano, adentro y mío. Allá lo dejé con sus cabellos melados esperando una micro que lo expulsara de mi duro sexo capitalino hacia los sexos provincianos, que son rosados y vírgenes, como duraznos al tacto… Lejos de los clavos que lo mantienen sujeto a mi cruz beligerante y guerrera. Lo miro alejarse en medio de las prisas que llevan los que nunca le conocerán sonriendo. Lo rememoro urgente y desnudo. Mientras camino por esta ciudad que me mal acoge, corto una margarita en el Parque Forestal. Entre mi pulgar y mi índice, percibo su delicadeza y observo los colores que nunca tendrán mis labios en sus pétalos y su centro polinizado tan distinto a mi alma. (Me olvida, me recuerda, me olvida, me recuerda, me olvida, me recuerda, me olvida). Quedó en la gravilla destrozada. Hay flores que se me parecen. La lluvia pareciera que me espera en todas las esquinas. Apuro el paso. Es el llanto que me contengo el que me aguarda en todas las ciudades por las que transito. También se encuentra en este Santiago de las alas rotas, escondido entre las estatuas desperdigadas en este cinturón verde acorralado por ventanales, estos cuervos transparentes que lo cercan, ansiosos de su carne vegetal. Abrocho la chaqueta que he traído abierta desde que lo dejé en las afueras de mi vida. Si cierro los ojos puedo imaginar el océano abierto ante mí y la dureza de la vereda encementada se deshace bajo los pies hasta hacerse arena. Mi cabello agitado 97


por el viento es una bandera que incita a la guerra en una cama angosta. Me agrando y me empequeñezco mientras las cuadras pasan. Lo miré alejarse en el sentido contrario al que tomaron mis pasos y el calor que mis incendios arrastran se fue apagando hasta instalárseme el invierno en la espalda. La ciudad Ícaro y su omnisciencia indolente, que todo lo ve pero nada le conmueve, lloraba hojas secas y maceraba las lluvias… Acaricié el contorno del libro de Paul Auster que insistía en recordármelo, subí el volumen a la canción de la Vargas, alcé la vista para encontrarme con el arcángel y el león que vigilan los cielos cercanos al Metro Baquedano, y esbocé lentamente una sonrisa… No importa, Andrés, “siempre tendremos París”.

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EL EDITOR

El hombre le responde una letanía de 480 gramos exactos, de 8 kilómetros con precisión métrica, le deja un sumario grotesco, una alocución cubierta de pies de página y notas de edición. Ella le dejó un verso polinizado bajo la almohada y él le devolvió el amor travestido.

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EL COMANDANTE

“no te salves ahora ni nunca no te salves” MARIO BENEDETTI

Te dejo las espadas que mueren por el exceso de deudas y el sexo en fiesta. Te voy dibujando de propina en propina, a golpe de monedas voy haciendo un boceto de tus ojos. Te cuelgo en el cuello la ternura a gotas densas y te dejo papelitos pegados en la pantalla de tu televisor: “Perdóname”. Desde hace años que me construyo de despedida en despedida, de café bebido a medias y de salir corriendo detrás de otros sueños más amargos. Golpeo las puertas y arranco antes que abran, como en ese juego de niños que ponía de mal humor a los vecinos en mi barrio. Te recito Benedetti mientras tus dedos juegan, me dices “bonita” cuando bajo con la boca y te dejo girasoles. Me acerco a tus hombros y te muerdo tan fuerte que me tomas del pelo y me alejas… Y entonces dominada, sumisa, vencida, con los labios mojados te voy pidiendo perdón. ¿Pa’ que te quiero? Puede que te quiera para hacer de ti un cuento de nostalgia… O el tango que bailo en el otoño. Quizás incluso hacer de ti un libro de tapas gruesas. Suele sucedernos a los amantes que, con los ojos cerrados y el amor aterido, no nos preguntamos ni el nombre, nos amamos con indulgencia a 100


nosotros mismos en el otro cuerpo que se nos ofrece, buscando que el silencio se desdibuje cuando a galope de un orgasmo olvidamos la violencia. -¿Te sirvo un té? Un té peladito, mira que no tengo pan… -No te preocupes, negra, ya me voy. Nos vamos y regresamos casi siempre, pero sabiendo que no es para quedarnos, aunque tiritemos de morbo y de una pasión que no se ve bien en la mesa de los domingos. No le dirías a tu madre que conmigo tu bandera flamea roja todo el día, que basta la más leve brisa para que se despliegue completa y haga patria. De “no congeles el júbilo” a jubilados, trasnochados que no hicieron más revolución que la del placer, ninguna otra jineta tiene nuestro uniforme más que esta desnudez tan triste del día siguiente. Sin embargo, de memoria otra vez te recito “No te salves”, pero estamos perdidos, de antes, desde madrugadas tan anteriores que ya no recuerdas cuándo una mujer te dijo que no te salvaras y, por un momento, en el sagrario en el que guardabas tu fe, creíste que el verso bastaba…

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ÍNDICE CARTAS PARA GONZALO ......................................................... LA HISTORIA QUE NO SE CUENTA (CARTA Nº 1) ............ 7 EL BAILE (CARTA Nº 2) ................................................................... 8 EL SILENCIO (CARTA Nº 3) ........................................................... 9 TE RECUERDO (CARTA Nº 4) .................................................... 10 ¿CAMINEMOS?(CARTA Nº 5) ....................................................... 11 ARIA DEL DESEO (CARTA Nº 6)................................................ 12 LA CAÍDA (CARTA Nº 7) .............................................................. 13 TE SALGO A BUSCAR (CARTA Nº 8) ...................................... 14 DÉJAME TEMBLAR (CARTA Nº 9) ............................................ 15 LA DESMEMORIA (CARTA Nº 10) ............................................ 16 LA LOBA (CARTA Nº 11) ................................................................ 17 CEMENTERIO MALDITO (CARTA Nº 12) ............................. 18 LA CARTA QUE NUNCA ENVIASTE (CARTA Nº 13) ...... 19 LA INVITACIÓN (CARTA Nº 14) ............................................. 20 ADIÓS (CARTA Nº 15)..................................................................... 21 REGÁLAME EL COMIENZO (CARTA Nº 16)......................... 22 CON BALCÓN AL MAR (CARTA Nº 17) ................................ 23 TANGAMENTE (CARTA Nº 18) ................................................. 25 PUTA (CARTA Nº 19) ...................................................................... 27


INSOMNIO (CARTA Nº 20) ........................................................ 28 ORACIÓN A LAS DIOSAS QUE TE ARROJARON UN SÁBADO ENCIMA DE MI CUERPO (CARTA Nº 21)…………….…......29 DESPEDIDA (CARTA Nº 22) ........................................................ 30 CARTA SOBRE LA MESA (CARTA Nº 23) .............................. 31 SANTIAGO NO DUERME (CARTA Nº 24) ............................ 32 NOSTALGIA (CARTA Nº 25)........................................................ 33

EL MUNDO DE ALICIA…………………………

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ALICIA CONOCE A ANDRÉS………………………….…....37 ALICIA Y EL TEMBLOR DEL ALMA………..……………38 ALICIA PERDONA SIETE VECES…………………………..40 ALICIA Y LAS FIEBRES…………………………….……....….41 ALICIA Y LOS FANTASMAS………………………………...43 ALICIA Y EL CIELO……………………………………………44 ALICIA Y LOS MIEDOS………………………………….……46 ALICIA Y EL PRINCIPIO DE LA SOLEDAD……….……48 ALICIA Y LAS HORMIGAS (O CANCIÓN INFANCIA)……………………………………………………….49 ALICIA Y EL AMOR EN LOS ANDENES………….……..51 ALICIA Y EL GOBIERNO ELECTO………………..………52 ALICIA TIENE ALAS…………………………………….…..…55

DE


ALICIA Y AUSTRALIA………………………………………….57 ALICIA Y Las CAMAS anÁrquicas……..……….…..…59 ALICIA OLVIDA TRES PÉTALOS……………..……………....61 ALICIA Y EL DIOS PAN…………………………..….……….....63 BESTIARIO INfINITO………………………………………..…..67 QUE TE QUIERA TU MADRE………………………………....68 LOS MEMBRILLOS Y LA MUERTE…………………….…..…70 EL TRAUCO…………………………………………………………72 24 HORAS Y EL TANGO………………………………………………………………..75 DIOS cASTIGA PERO NO A PALOS………………………....77 PENÉLOPE……………………………………………………..……..80 EL INfIEL……………………………………………………….….....82 HOMBRE estaciONAL………………………………………………….…….84 EL DESPATRIADO…………………………………………….…...86 EL ESCRITOR………………………………………………………..87 CARTA A SEBASTIAN …………………………………………...90 EL AMANTE…………………………………………………….....…92 ANDRÉS………………………………………………..………..….…94 EL EDITOR……………………………………………………..…….99 EL COMANDANTE…………………………………………….…100


BIOGRAFÍA CARMEN MANTILLA MATUS

Escritora, Gestora Cultural y difusora de la Tradición Oral del arte de la Declamación. Licenciada en Trabajo Social de la Universidad del Bío-Bío. Se traslada en el año 2009 a la ciudad de Santiago para comenzar su proyecto de creación literaria y gestión en cultura. Actualmente es becaria de la Fundación Apalabrar (España) para perfeccionarse en la narración oral (cuentacuentos) y explotar su talento en formato stand up comedy. Ha publicado dos libros de poesía "Alicia en el País de la Urgencia" (2010, Segunda Edición 2012 por Ediciones La Polla Literaria) y "La Muerte y el Hombre" (2012) y cinco plaquettes "El Mundo de Alicia"(2010), "Bestiario Infinito"(2010), "Cartas para Gonzalo" (2010), "Marías"(2011) y Rokha & Rolleando" (2011). Actualmente trabaja en la grabación de audio de su obra y en el poemario "Décimas de tierra", en homenaje a la Región del Bío-Bío.

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Libros Publicados por La Polla Literaria o de Pronta Aparición:

Al Revés de los Cristianos, Poesía, de Marcelo Valdés. La Puta Gana, Novela, de Gustavo Bernal. Relatos Biolentos, Bolumen 1, Cuentos, de Adrián Barahona. Dolores de Cabezas, Relatos, de Pepe Calderón. Radio Manini Remixes 2009, Antología, de Varios Autores. Obscena, Literatura fuera de Escena, de Nikanor Molinares. Los Hombres también son de Venus, Novela, de Danyela Castillo. Rabiosamente Lemebel, Novela, de Gustavo Bernal. El Libro del Camino Eficaz. Tao, Poesía, de Miguel Edwards. Fue por Culpa de los Pitchers, Poesía, de Marcelo Valdés. La Vitrina sin Cristal, Poesía, de Leo Paredes. El Toca Hojas, Microcuentos, de Guillermo Quiroga. Esto, Poesía, de Cristina Chain. Pop Life, fragmentos fascinantes de vidas de mierda, Relatos, de Eli Neira. Conurbano, Novela, de Pablo Strucchi. Sitiales Salvajes del Mundo, Cuentos, de Rubén Montaña. Under, Poesía + Narrativa, Varias Autoras.


La Polla Literaria es un proyecto editorial autogestivo e independiente que surge en marzo de 2009 a partir de algunas delirantes conversaciones entre no menos deliriosos escritores. Era necesario editar, editar y seguir editando porque el fin de un texto no es otro sino ser leído. ¿Y cómo pasar por encima de la industria editorial? Después de horas de infructuosa ingesta alcohólica la respuesta descendió sobre nosotros. Era fácil. Asociándose con otro puñado de escritores y armando una Polla, La Polla Literaria.

Contáctanos : librospollaliteraria@gmail.com

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CAMAS ANÁRQUICAS  

Camas Anárquicas de Carmen Andrea Mantilla, prosa poética, editado por Editorial La Polla Literaria

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