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Armando González Torres Desacralizar los Premios página 3 José María Espinasa Julián Meza página 6 Dalia Zúñiga Berumen Entrevista a Fernanda Tapia página 8 Milenio

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Homenaje a Max Ernst / eko

El cielo de los dandis Claudia Selser

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02 antesala

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Visor

Subrayar

De culto especial

Penélope Córdova fegari13@gmail.com

Edmond Jabès

La letra en el abismo

L

Toscanadas especial

David Toscana dtoscana@gmail.com

H

ace unos días volví a leer La marcha Radetzky, de Joseph Roth. Encontré varios subrayados que hice en otra época y elegí dos como mis preferidos. “Tanto el uniforme de suboficial como el de funcionario de correos estaban colgados, uno al lado del otro, en el armario. La viuda los mantenía en constante brillo mediante alcanfor, cepillo y limpiametales […] y cada vez que el hijo abría el armario creía ver dos cadáveres de su padre”. Una forma muy bella de resumir una existencia monótona. Sin embargo dejé dos palabras sin subrayar. Ahí donde están los puntos suspensivos, el texto dice: “Parecían momias”, lo cual me pareció que redundaba y debilitaba la idea del par de cadáveres. Más adelante, Joseph Roth da una categórica y sencilla explicación sobre la mala literatura. “El teniente recordó aquella noche otoñal, cuando servía en caballería, y oyó a sus espaldas los pasos de Onufrij. Recordó las novelas rosas, de ambiente militar, en unos volúmenes pequeños, encuadernados en verde, que había leído en la biblioteca del hospital. En esas novelas abundaban los fieles asistentes, campesinos toscos con un corazón de oro. Si bien el teniente Trotta carecía del menor gusto literario, y el término literatura, de oírlo casualmente, para él sólo significaba el drama Zriny de Theodor Kórner y nada más, había sentido siempre cierta aversión hacia el sentimentalismo dulzón de esas novelas y hacia sus conmovedores personajes.

El teniente Trotta no poseía la experiencia suficiente para saber que también en la realidad existen toscos campesinos con un corazón de oro y que esas malas novelas contienen gran parte de verdad copiada de la vida misma, sólo que mal copiada”. Me viene la idea de revisar todos mis libros. Elegir de cada uno mi subrayado preferido y entonces organizar un certamen personal. Ir enfrentando unos contra otros en una especie de eliminatoria hasta dar con el campeón. Hay libros que tienen todas las páginas intactas. Hay otros, como Don Quijote o las obras completas de Dostoievski, que están rayonadas en casi cada página con la tinta roja que suelo utilizar para el caso. De Memorias del subsuelo, van tres ejemplos: “Os juro, señores, que una conciencia demasiado lúcida es una enfermedad”, idea que se aviva algunas páginas después: “¿Qué hombre, en plena posesión de su conciencia, podría respetarse?”. O bien, “Déjenos solos, sin libros, y al punto nos perderemos, nos embrollaremos sin saber qué hacer ni qué pensar, sin saber lo que se debe amar ni lo que se debe aborrecer”. No sé cuál ganaría la competencia, pero sin duda una de las finalistas sería aquella frase de Crimen y castigo que Raskólnikov pronuncia ante Sonia: “No me inclino ante ti, sino ante todo el dolor humano”. Si Cristo la hubiese enunciado ante María Magdalena, yo sería cristiano. Pero mis profetas no vinieron de Israel, sino de la Rusia zarista. Eran frágiles, pecadores, borrachos. A algunos de ellos no los dejarían entrar al templo. Y sin embargo escribían mejor que el mismo dios padre. nv

as preguntas sustanciales carecen de respuesta. La que concierne a la escritura va más allá de la razón por la cual se escribe; tiene que ver con el significado de la escritura en sí misma, no como procedimiento estilístico, sino como acto divino reflejado en las pulsiones humanas: la creación. Blanchot, Derrida y Lévinas, teóricos cuya obra desplegó complejos puentes entre el hombre y el lenguaje, consagraron una parte importante de su trabajo al análisis de los libros de Edmond Jabès: el apátrida, el errante, el judío. La metáfora del mundo como libro, extraída e interpretada desde el simbolismo judeocristiano, y visualizada mediante la Cábala, es el espinazo del pensamiento de Jabès (1912-1991), nacido en El Cairo, hijo de una familia de origen sefardí y educado en la tradición francesa. En 1956, tras la Guerra de Suez y culminando una milenaria tradición de acoso y destierro, el presidente Nasser expulsó de Egipto —nuevamente— a la comunidad judía. Jabès se estableció en París, donde hizo amistad con los surrealistas, aunque nunca se adhirió a los postulados de éste ni de otro movimiento literario. Moldeados por el culto al libro, sus versos tienen la oscura potencia de la mística y recogen la sabiduría ancestral de las sentencias rabínicas. El desamparo que transmite cada una de sus frases no proviene de un lamento surgido por los acontecimientos históricos, sino

de una condición primigenia arrastrada desde un principio, antes incluso de llevar la marca del pueblo elegido; apela al impulso nómada que el hombre conserva como vestigio de una existencia anterior a la construcción de ciudades. En el desierto, tópico que vincula espacio y tiempo, la arena está hecha de granos de silencio, es el blanco de la página. Ahí, donde Dios derrama su presencia, en el libro, es donde empieza y termina la obra de Edmond Jabès. El libro nos ata. Así, “el escritor y el judío no son sino el tormento de una antigua palabra”. Sin embargo, su labor no es exegética ni crítica. Se equivocan radicalmente, declara el autor de El pequeño libro de la subversión fuera de sospecha, quienes asimilan cualquier parte de El libro de las preguntas a una teoría de la escritura. La voz de Jabès se resiste en igual medida al dogma y a la futilidad, es íntima y colectiva al mismo tiempo. Esther Seligson decía que “el libro se descifra en la relectura que de él emprende cada lector que se abre para ir al encuentro de su propio rostro; leer y releer con la devoción de un iniciado”. En uno de los versos de En su blanco principio, escribe Jabès que “una palabra tiene por destino otra palabra”; encadenamiento que sugiere la infinitud del pensamiento divino. El logos avanza y la escritura es también viaje; el perpetuo exilio del extranjero. En cada paradoja, Jabès busca la intuición de lo no escrito, aquello que, sin embargo, ha estado siempre sobre la página. El también autor del Libro de las semejanzas declara que se escribe siempre sobre el propio abismo y demuestra que si las preguntas sustanciales carecen de respuesta es porque tienen demasiadas. nv

Ex libris • Havelock Ellis

Bitácora psicotrópica

Eko

Xavier Velasco

El pudor es el miedo a la dicha extraoficial.

MILENIO francisco a. gonzález presidente · jaime barrera rodríguez director editorial · marina miranda directora general de negocios · miguel ángel puértolas jefe de información · antonio navarrete jefe de cierre editores: jorge valdivia g. ciudad y región · moisés mora negocios · ignacio dávalos cultura · elda arroyo mp · hugo merino diseño · kaliope demerutis ocio · irene selser fronteras · horacio salazar tendencias · jairo calixto albarrán qrr y el ángel exterminador · susana moscatel hey! · fernando torres circulación · noé anaya producción ·

Milenio Diario

Visor

Dirección José Luis Martínez S. Edición Alicia Quiñones Asistente Erick Baena Arte y diseño Alejandra Saavedra


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Visor

antesala 03

Desacralizar los Premios

Pantone 8602 Los rituales en honor a los muertos son un recordatorio de la desdicha y a la vez uno de los emblemas de la cotidianidad

Poesía

Escolios especial

Rodrigo Castillo

N

os fuimos a Narvarte a encender veladoras a los muertos, ritual de noviembre, con fotos de Nietzsche y dos de tu abuela, llena la mesa de guayaba y mandarina, dos caballos de tequila e incienso para sahumar una bodega, término general de lo inmóvil, los ojos de los tuyos, flor de cempasúchil hasta las esquinas, ahí, escribimos tu epitafio, lo pusimos en una cartulina, donde no se viera mala leche, a las buenas de la temporada, los odios más profundos, cabezas de pescado amarradas por los huecos, espacios de lo inútil, fruta y flores, un mantel con estampas, tamales de dulce. Tú querías hojas de plátano, hacer un simbolismo, como si Joyce tuviera incumbencia una jarra de agua fría, Los muertos, te dije, con esto los atarantamos, sus cerebros, vaya pues sus desdichas, y del cuerpo, esos que se fueron incompletos, (por eso no hay fotos de los míos) sin la mitad del estómago, sin una pierna, con la espalda llagada, etcétera. No, mejor abre las cervezas y prende la televisión, The Wire está empezando, en Baltimore, tú sabes, también la gente muere.

A

utor de Espacio de resistencia (UACM, 2006), Rodrigo Castillo

ha colaborado en revistas como Letras Libres y Punto de Partida. En 2006 obtuvo el Premio Nacional de Poetas Jóvenes Jaime Reyes, y actualmente es editor de Esquina Boxeo; de las colecciones de poesía El Billar de Lucrecia-Poesía Latinoamericana y EBL/ Cielo abierto; y de la revista Tierra Adentro. Pantone 8602 (Bonobos/ UANL), de donde provienen los versos que aquí publicamos, es su más reciente poemario que, en palabras de Marcelo Pellegrini, se distingue “por algo que no tengo más remedio que llamar una velocidad compositiva que corre como un río que sabe que llegará no al mar, sino a una cascada que se disolverá en el abismo”.

Sealtiel Alatriste

Armando González Torres agonzale79@yahoo.com.mx

S

especial

olemos profesar un culto ingenuo al Premio como un indicador de prestigios infalibles que legitima nuestro gusto en arte y literatura. En realidad, esta fe animista en el premio es profusamente manipulada por los mercaderes contemporáneos de la fama (véase a James English en su The economy of prestige…) y, por ejemplo, en el mercado editorial el premio generalmente funciona como un instrumento mercadotécnico no para reconocer, sino para producir mérito y conferir valor agregado al producto. Se supone que, precisamente para contrarrestar la lógica comercial, existen premios literarios institucionales, en los que se honra el mérito mediante el juicio de los pares. En México, el Xavier Villaurrutia, de “escritores para escritores”, es uno de los más prestigiados. Por supuesto, no es inmune a críticas y un vistazo a su historial muestra la huella de forcejeos entre grupos de poder literarios. Pero nunca, como cuando se le dio a Sealtiel Alatriste, había despertado tal polémica. ¿Por qué? Al menos uno de los jurados, Ignacio Solares, tenía vínculos amistosos y laborales con el premiado y, por ende, un conflicto de intereses. Además, existían cuestionamientos previos y fundados sobre la legitimidad como escritor del premiado (los plagios demostrados y confirmados por su patética defensa de una “poética” basada en reproducir fragmentos de otras obras como “homenaje”). Gracias a la presión social, el Sr. Alatriste ya se separó de un puesto altamente simbólico en la UNAM y ya renunció a que su singular concepción

de la intertextualidad y el homenaje fuera premiada con el Villaurrutia. De cualquier modo, el mundo de las letras tiende a ser fagocitado por muchos Alatristes que buscan imponer los fueros obtenidos en otras esferas y aspiran a obtener reconocimiento literario por una vía más expedita que el aburrido oficio de escribir. A ésos habría que cerrarles el paso a los reconocimientos que se pretendan serios, y, sobre todo, que impliquen recursos públicos (las editoriales comerciales están en su derecho de invertir en crear genios semestrales y el consumidor está en su derecho de creerles). Para ello, simplemente hay que introducir un poco de transparencia y sentido común en la deliberación de los premios institucionales. Prácticas como, entre otras, transparentar la relación laboral o familiar de jurados y candidatos; solicitar requisitos mínimos de trayectoria a un ganador y subir a internet la lista completa de obras que fungieron como candidatas y la versión estenográfica de la deliberación brindarían elementos de juicio al público y ayudarían a limitar la impunidad. Nada garantiza que los premios sean incontrovertibles, con todo, disminuir la sacralidadopacidad que los rodea y exponerlos a un mayor escrutinio al menos haría más difícil materializar la propensión de muchos a traducir poder burocrático en prestigio literario y a figurar como autores sin escribir o, peor, apropiándose de textos de otros. nv


Visor

El cielo de los

dandis

El escritor chileno Juan Pablo Sutherland publicó recientemente una antología que reúne a los más destacados representantes del dandismo latinoamericano, infatigables flâneurs que se opusieron a la estética establecida. De Rubén Darío a Salvador Novo, el libro retrata un movimiento cultural del que aquí ofrecemos algunas muestras

Amado Nervo

E

l cartel no dejó lugar a dudas. En un pasillo de Eaton, el centro comercial más grande de la ciudad de Montreal, pudo leerse hace pocas semanas: Merci de ne pas flâner. “Gracias por no callejear”, una manera gentil de decir absténgase de circular si no va a consumir. Caminar porque sí, mirando distraídamente y tomando nota de los detalles, caminar sin destino ni rumbo, sin más finalidad que curiosear, acaba de ser amablemente prohibido en un mall de Canadá. La acción de callejear, de flâner, no es un hecho cualquiera. Fue el centro de un movimiento cultural que se dio a comienzos del siglo XX en Europa y que tuvo como personaje principal al dandi, ese cronista que ostenta como carta de presentación el criterio de distinción, de estilo, de no hacer lo que se espera, comenzando justamente por la apariencia. Roland Barthes describe al dandi como un hombre que ha decidido radicalizar la distinción sujetando su vestimenta a una lógica absoluta. “Él está condenado a inventar continuamente rasgos distintivos que son cada vez nuevos: a veces se apoya en la riqueza para distanciarse de los pobres, otras veces quiere que su ropa se vea desgastada para distanciarse de los ricos —éste es precisamente el trabajo del detalle, que consiste en permitir al dandi escapar de las masas y nunca ser devorado por ellas—. Un dandi es un hombre que se considera elegante y refinado, y cuya actitud ante la vida se caracteriza por la falta de deseo, el desgano, el aburrimiento y el desprecio por los gustos del vulgo”. A menudo identificada sin razón como una frivolidad, esta corriente, que se llamó dandismo, es también una metafísica, una postura particular respecto a la cuestión del ser y del parecer, y diversos autores, la mayoría de las veces los mismos dandis, se interrogaron sobre su sentido. Así, en un contexto de decadencia, Baudelaire identificó el dandismo como la última hazaña posible, una búsqueda de distinción y de nobleza, de una aristeia (“excelencia”) de la apariencia.

El flirt

Alberto de Villegas Habita el Mala-Bar una frágil japonesita, vestida con kimono de seda escarlata, florido de glicinas y de picaflores, y cuya cintura breve ciñe una inmensa mariposa color de oro y de jade. Se llama Ai-ko y no tiene edad. Enviada recientemente por un diplomático rumano, de servicio en Tokio, conoce poco las costumbres europeas, y para iniciarla en la vida sentimental de Occidente he escrito esta carta: Encantadora amiga: Fatigado de romanticismo, el siglo decimonono ha muerto exhalando una sonrisa refinada y lisonjera: ¡el flirt! Y de esta amable herencia hemos construido un adorable pretexto de elegancia espiritual para corazones vagabundos. Un moderno psicólogo de París asegura que el flirt es la acuarela del amor, y en verdad parecen diluirse en este ejercicio peligroso, y por consiguiente encantador, todos los colores que el amor presta a cada siglo, según los profundos analistas de las comedias humanas. Ni Werther, ni Don Juan conocieron el flirt. Casanova tampoco. Su época atormentada y conmovida se embriagaba con amargos so-

Su máximo y primer exponente fue Georges Brummell (1778-1840), un burgués de familia respetable que desde niño se sorprendió con la pomposidad reinante en la corte inglesa bajo la regencia del príncipe de Gales y dio con una clave sutil para imponer otro reinado: “ejercer la distinción sobre la pomposidad”. Pero ese movimiento surgido en Europa, con cultores de la talla de Oscar Wilde en Inglaterra y Baudelaire y Barbey d’Aurevilly, en Francia, tuvo sus exponentes en América Latina. En este rastreo se sumerge el escritor y comunicador social chileno Juan Pablo Sutherland hasta escoger 50 textos que componen Cielo dandi. Escrituras y poéticas de estilo en América Latina. Profesor del magíster de Género en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile, y autor de A corazón abierto. Geografía literaria de la homosexualidad en Chile y de Nación marica, Sutherland vincula su interés por el tema del dandismo en América Latina de finales del siglo XIX y comienzos del XX con una serie de situaciones personales: “todo se fue dando para caer rendido por fin ante cierta espectralidad dandi que había cultivado en mis callejeos de escritor marica y de vagabundeos por una ciudad letrada siempre a contrapelo... Años antes, Carlos Monsiváis, en una agitada y bella noche en casa del escritor Pedro Lemebel, me había regalado un exquisito libro sobre la vida de uno de los dandis mexicanos más relevantes, Salvador Novo”. La lista abarca desde Rubén Darío hasta José Asunción Silva; rescata notas de Juan Croniqueur, seudónimo con el que Juan Carlos Mariátegui participó activamente del modernismo peruano, y las agudas reflexiones estético-sociológicas de Juan Emar, sorprendentes para 1924, año en que fueron expresadas. Cincuenta textos de 27 autores. No es poco, pero Sutherland no tiene pretensiones de haber agotado el tema: “Ocurrirá más de alguna vez que algún dandi camine suelto y sin rumbo en el paisaje desbocado de nuestra imaginación literaria y ahí podamos reconocerlo en un gesto, en una pose, en alguna seña bajo el cielo latinoamericano”. (Claudia Selser) nv

llozos, carcajadas desgarradoras y cadáveres de flores. El flirt no tiene esas armas: sonríe siempre, cuando hiere y cuando muere, es con una sonrisa. […] Es una íntima y coqueta divagación donde las palabras no tienen otro valor que por lo que ellas sugieren de las secretas afinidades de la vida con nuestra alma. Su encanto es el de adivinar lo que no se dijo, lo que no se puede decir, lo que no se dirá jamás, y que sin embargo flota, como un perfume innegable, como una insinuación vaga que no obliga ni sujeta. […] Y así como un jardín no es más que un escenario donde se dan besos y bombones, el flirt es, encantadora Ai-ko, un sendero delicioso que nos conduce a ninguna parte. Tuyo, cordialmente. El Bar-man. Incluido en Memorias del Mala-Bar (1928). Alberto de Villegas (1897-1934), escritor modernista, dandi y aristócrata boliviano, escribió en diversos medios periodísticos. Publicó La campana de plata y

Sombras de mujeres, entre otros libros.

Espíritu viejo y espíritu nuevo Juan Emar

a su autor en el futuro. Mientras un ismo sea una investigación apasionada lleva en sí una esperanza; cuando la investigación da sus frutos se convierte en una realización. Junto con esto, la realización ofrece a los espíritus perezosos una manera de hacer, y los viejos, los oficiales, abren entonces las puertas de sus salones a lo que les causó pavor mientras fue un ensayo de las fuerzas jóvenes. Ya empiezan muchos pintores en todo el mundo, no a seguir por los caminos indicados por Cézanne, sino a “hacer cézannes”; muchos escritores a poner en sus plumas “la manera” de Proust. De aquí a algunos años, los señores Presidentes de las Repúblicas y sus Majestades los Reyes abrirán al son de himnos patrióticos grandes salones oficiales de académicos cubistas, futuristas y dadaístas, como hoy inauguran salones de impresionistas retrasados. Publicado originalmente en La Nación, Santiago de Chile, 6 de mayo de 1924.

Los “ismos” son totalmente secundarios. No basta hacer cubismo para ser joven y la fabricación del futurismo no coloca forzosamente

Juan Emar (1893-1964), seudónimo de Alvaro Yáñez Bianchi, escritor, crítico de arte y pintor chileno. Su gran obra fue la novela Umbral.

Rubén Darío


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de portada 05

El viejo París

de proclama (¿no sería el señor un coronel? O cierta solemnidad de apotegma, ¿no será aquel señor un Viejo París, 30 de abril de 1900 catedrático?) exclamó perentoriaEstoy en el Viejo París, la curiosa mente y sentenciosamente: reconstrucción de Robida. Aunque, —¡La galantería española ha como todo, no está todavía complemuerto! tamente concluido, la impresión es Yo no sé por qué peregrina agradable. Desde el río, la vista de asociación de ideas me acordé de los antiguos edificios se asemeja aquel curioso capítulo de Mallarmé a una decoración teatral. Casas, en que se afirma que “La pénultiéme torrecillas, techos, barrios enteest morte”, y yo no contesté. ros evocados por el talento de un Además, no estaba de acuerdo con artista ingenioso y erudito halagan la afirmación y no era cosa de entablar al contemplador con su pintoresca un pleito sobre un punto tan arduo. Me perspectiva. limité, por tanto, a seguir sonriendo Al entrar ya se ve uno que otro travesti, con una sonrisa ambigua. desde el arcabucero o el lancero que Después de cierta se pasean ante los portales hasta pausa, el hombre las vendedoras de chucherías cenceño volvió a decir, que tras los mostradores con una convicción, si y las mesitas erigen en cabe, mayor aún que las graciosas cabezas el en la vez primera: alto gorro picudo, cuyo —¡Sí, la galantería nombre, en viejo franespañola ha muerto! cés, se me traspapela Como nadie en la en la memoria. El sol se plataforma recogía su cuela por los armazones afirmación, el señor de de madera, se quiebra en rostro cervantesco calló; pero las joyas y dorados de las al llegar el tranvía a la Puerta del ventas y en las brigandinas Sol, queriendo poner un clavo de oro vo de los soldados; y el aire de a su gentileza, esperó al pie del estribo a No r do vida circula, el mismo que la viejecita, cuyos olvidadizos setenta años a v l Sa la primavera sopla sobre la ya no recordaban la amabilidad del caballero; exposición enorme y fastuole ofreció la mano, que ella aceptó entre agradada sa, sobre el glorioso París. Como y sorprendida, y no contento con esto, enarcó su brazo la imaginación contribuye con la derecho, donde ella apoyó, temblona, su siniestra, y la llevó generosidad de su poder, no puede así hasta la acera inmediata, que es, por cierto, la ya famosa uno menos que encontrar chocante en en que un infame asesino mató villanamente al insigne D. medio de tal escenario la aparición de una levita, José Canalejas. de unos prosaicos pantalones modernísimos y Entretanto, no sé qué pasajero exclamaba con tono zumbón: del odioso sombrero de copa, justicieramente —¡Van como dos palomos!... bautizado galera, que llegan a causar un grave desperfecto a la página de vieja vida que uno se Tomado de Crónicas (1996). halla en el deseo de animar, así sea por cortos Amado Nervo (1870-1919), seudónimo de Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo y instantes. Si las cosas actuales anduvieran de Ordaz, periodista, diplomático, poeta y prosista mexicano, fue una de las otro modo, allí se debería entrar con traje anti- voces del modernismo hispanoamericano. Integrante de la Academia guo y hablando en francés arcaico. Entretanto, Mexicana de la Lengua. conformémonos.

Rubén Darío

Publicado originalmente en Peregrinaciones, 1901. Rubén Darío (1867-1916), poeta nicaragüense, lideró el movimiento modernista hispanoamericano. Autor

Del género epistolar y su lamentable decadencia Salvador Novo

de Azul, Prosas profanas, Los raros, Cantos de la vida

y esperanza.

La muerte de la galantería Amado Nervo

El tranvía número 6, uno de los más simpáticos de la villa y corte —no porque sea el que deja diariamente en su domicilio a este servidor de ustedes, sino porque tiene coches llamados “simpáticos” por el público, merced a su disposición moderna, y nos une, además, dos sitios deliciosos de Madrid (El Retiro y el Parque del Oeste)—; el tranvía número 6, digo, describía una vasta curva en la gran plaza de Castelar para entrar en la calle de Alcalá, cuando una viejecita hizo seña al conductor de que se detuviese en la parada que hay a la izquierda de la Cibeles. Era una ancianita bajita, regordeta, de aspecto simpático. Subió —sin mucha pena— a la plataforma posterior, en la cual me encontraba yo entregado a la ardua tarea de conservar mi equilibrio a cada brusco desplazamiento de mi centro de gravedad, y miró con cierto afán al interior del coche, completo. Los pasajeros, hombres en su mayoría, o no la vieron o no quisieron levantarse, menos uno, cenceño, de bigote y pera canosos, de ojos vivaces y muy expresivos, el cual, en cuanto la miró, púsose en pie y, con una reverencia señoril, le ofreció el asiento. Nuestras miradas se cruzaron, y él debió leer en la mía un leve signo de aprobación, porque encarándose conmigo y con voz solemne que resonó con cierta marcialidad

Juan Pablo Sutherland (compilador) Cielo dandi. Escrituras y poéticas de estilo en América Latina Eterna Cadencia Argentina, 2011 288 pp.

ductor y optimista repite en las lejanías: “No te serviré”. La madre natura iba ya a fulminar al joven poeta rebelde cuando éste, quitándose el sombrero y haciendo un gracioso gesto, exclamó —“Eres una viejecita encantadora”. Ese non serviam quedó grabado en una mañana de la historia del mundo. No era un grito caprichoso, no era un acto de rebeldía superficial. Era el resultado de toda una evolución, la suma de múltiples experiencias. El poeta, en plena conciencia de su pasado y de su futuro, lanzaba al mundo la declaración de su independencia frente a la Naturaleza. Ya no quiere servirla más en calidad de esclavo. El poeta dice a sus hermanos: “Hasta ahora no hemos hecho otra cosa que imitar al mundo en sus aspectos, no hemos creado nada. ¿Qué ha salido de nosotros que no estuviera antes parado ante nosotros, rodeando nuestros ojos, desafiando nuestros pies o nuestras manos? […] Hemos aceptado sin reflexión, el hecho de que no puede haber otras realidades que las que nos rodean y no hemos pensado que nosotros también podemos crear otras realidades en un mundo nuestro, en un mundo que espera su fauna y su flora propias. Flora y fauna que sólo el poeta puede crear, por ese don especial que le dio la misma naturaleza a él y solamente a él. Non serviam. No he de ser tu esclavo, madre Naturaleza; seré tu amo. Te servirás de mí, está bien. No quiero y no puedo evitarlo; pero yo también me serviré de ti. Yo tendré mis montañas, tendré mis ríos y mis mares, tendré mi cielo y mis estrellas. Y ya no podrás decirme: “Este árbol está mal, no me gusta ese cielo…, los míos son mejores”. Yo te responderé que mi cielo y mis árboles son los míos y no los tuyos y que no tienen por qué parecerse. Ya no podrás aplastar a nadie con tus pretensiones exageradas de vieja chocha y regalona. Ya nos escapamos de tu trampa. […] Una nueva era comienza. Al abrir sus puertas de jaspe, hinco una rodilla en tierra y te saludo muy respetuosamente. nv Manifiesto leído en el Ateneo de Santiago de Chile en 1914. De Obras

completas (1976). Vicente Huidobro (1893-1948), poeta chileno, fundador del creacionismo latinoamericano y exponente de las vanguardias literarias, dirigió la revista Azul y en 1917 colaboró con la revista

El impulso que nos mueve a escribir una carta traduce el deseo de comunicarnos con aquella persona a quien la distancia aparta de nuestra posibilidad de entablar con ella un diálogo directo. Este impulso presupone, naturalmente, una afinidad esencial, que ya se manifiesta en el hecho de la amistad cuyos vínculos mantienen, a distancia, los corresponsales. Pero el que se comunica por carta con su amigo, disfruta las ventajas del monólogo, y elude aquellas interrupciones que fragmentan la conversación ordinaria; evita los esguinces y desviaciones a que en esta orilla constantemente el diálogo alterna, y se libra de las inhibiciones que pueden asestar a uno o a otro de los interlocutores, el “subtexto” o lenguaje mudo y elocuente del ademán o de la mirada. El que escribe una carta puede, sin ninguno de esos riesgos, volcarse, explayarse sin límites en esa confesión, en esa confidencia, en esa mutua prueba de confianza. Y al hacerlo, va trazando su más sincero autorretrato. Sincero aun en el caso en que cuide esmeradamente de no expresar ni más ni menos de lo que ya se ha propuesto decir a su amigo; sincero aun cuando intuya que, alguna vez, esas cartas van a ser (más perdurables que las palabras, que el viento se lleva) conocidas por personas a quienes no se destinaron originalmente.

Nord-Sud, dirigida por Pierre Reverdy, Guillaume Apollinaire, Tristan Tzara, Jean Cocteau y André Breton. ILUSTRACIONES: EKO

Tomado de Las locas, el sexo y los burdeles (1970). Salvador Novo (1904-1974) perteneció al grupo renovador de las letras nacionales los Contemporáneos. Su extensa obra incluye teatro, poesía, ensayo, narrativa y crónica de la Ciudad de México.

Non serviam

Vicente Huidobro Y he aquí que una buena mañana, después de una noche de preciosos sueños y delicadas pesadillas, el poeta se levanta y grita a la madre natura: Non serviam. Con toda la fuerza de sus pulmones, un eco tra-

Vicente Huidobro


06 literatura

domingo 19 de febrero de 2012

Contra los juicios absolutos

Visor

(1944-2012)

Recuerdo de Julián Meza El domingo 12 de febrero murió el autor de La huella del conejo, refractario a los discursos dominantes, crítico feroz, lector vital

Reseña

ana paula meza

Margarito Cuéllar magocuellar@hotmail.com

A

nte el aforismo, artefacto literario noacuñadoporun escritor sino por un médico, Hipócrates, cualquier definición o caracterización es insuficiente. Un retrato hablado del género, o lo que sea este bicho de pocas patas y harto veneno, apunta hacia lo novedoso,locríticoylodevastador. Utiliza recursos de la tradición, como el juego, la ironía, la metáfora y la parodia para finalmente volverse contra ellos. Tiene un carácter permanente de ruptura. El aforismo, dicen Irma Munguía y Gilda Rocha en su Diccionario antológico de aforismos, inaugura la cultura del trastorno. Pariente cercano —aunque más contundente, profundo, firme de pulso y sentido transgresor— del refrán, la máxima, el apotegma, la sentencia y el proverbio,tambiénsuelehermanarse al micro relato, a la poesía y al ensayo lírico. La brevedad domina el discurso aforístico, aunque los grandes aforistas rompen con esta idea. Releo Caldo de buitre después de dar fe de El silencio del cuerpo de Guido Geronetti, Aforismos políticos y civiles de Francesco Guicciardini, El malpensante de Gesualdo Bufalino, Breviario del caos de Albert Caraco y Pensar de Virgilio Ferreira, y encuentro cada vez más lejos la definición de la Real Academia Española: sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte. El universo temático del aforismo es tan amplio, Caldo de buitre lo corrobora, que lo mismo caben el amor, la amistad, la política, la moral, la ética y el arte que la vida misma, Dios, las religiones, el deseo, la muerte, la filosofía, la historia. En México, hace dos años se cumplió un centenario de vida del aforismo, si se toma como punto de partida Breves notas tomadas en la escuela de la vida de Francisco Sosa. La lectura de Caldo de buitre remite al lector a un conjunto de textos que rara vez se reúnen en un volumen, que aparecen de vez en cuando en la historia de las letras de cualquier país y que suelen pasar desapercibidas. El autor lo dice con cierta sorna: “Monterrey tiene una rutina: ignorar a José Jaime Ruiz”. Yo diría que hacer que el otro parezca in-

José Jaime Ruiz Caldo de buitre Posdata Ediciones México, 2011 168 pp.

visible ante nuestros ojos es más bien un deporte nacional. Veo en Caldo de buitre la intención, no de quien pretende hacer ver como absoluta una verdad sino de quien se burla de los juicios absolutos. “Durar es disminuirse: la existencia es pérdida de ser”, dice Cioran. “Contra la vida no hay mejor antídoto que los vicios”, dice J. J. Ruiz. “Hay que aprender a mearse detrás de las malas lenguas”, dice Arturo Azuela. “Cuando el vituperio te alcance tiene que ser diáfano”, dice José Jaime. “Quien habla a nombre de los otros es siempre un impostor”, otra vez Cioran. “Omite a tu interlocutor. Siembra un jardín de estatuas”, dice Ruiz. “Es mejor morir de vodka que de aburrimiento”, dice Maiakovsky. “Eres martini, agítate bien”, dice J. J. Si el aforismo es bien construido establece un diálogo con el interlocutor de otra cultura, otro tiempo y otra lengua. Caldo de buitre no deja títere con cabeza, y a pesar de ser un libro lapidario es una obra que enseña, quizá muy a pesar del autor; porque es un libro cuyos ingredientes —el lenguaje, la inteligencia, la presencia de autores y libros, la historia, el presente— pasaron por un tamiz de riguroso pulir, desbaratar, construir de nuevo. La obra tiene momentos de escarnio, de reflexión, de risa, de pasatiempo, de burla, de profundidad, de poesía, y nunca pierde el hilo conductor, fiel, más que a un género, a un decir. O a un sentir: qué son las fronteras geográficas o literarias sino líneas imaginarias, murallas que en el peor, o en el mejor de los casos, urge derribar. “Antes que un bostezo viral te gane, confiesa: en el país de las maravillas siempre se hace tarde”, dice socarronamente el autor de Caldo de buitre. nv

Novelista, ensayista, maestro

In memóriam José María Espinasa

J

ulián Meza fue un gran amigo. Eso lo dicen incluso quienes se peleaban a tiro por viaje con él. Cuando lo conocí, hacia finales de los años setenta, venía de un prometedor inicio como novelista —había ganado, creo, una mención, en algún concurso, con la que sería su primera novela, El libro del desamor— y una militancia política más o menos a la izquierda de la izquierda, en el maoísmo de la época. De ambas cosas renegaba ya, ejercía una implacable crítica del dogma reflexivo y perseguía los ejemplares de la mencionada novela en las librerías de viejo para hacerlos desaparecer. Sin embargo, tanto el interés por el discurso político, un género de la ficción apasionante para él, como por la narrativa, que practicaría con singular éxito en textos como Un famélico en busca de salvación, La feria de los lacayos y La saga del conejo, no decaería nunca. A principios de los años setenta vivió en Francia y adquirió un sólido conocimiento de su cultura y su realidad intelectual. Su perfil era, al menos por esa época, claramente afrancesado, sólo que resultaba extraño en esos años, cuando se prestaba cada vez menos atención al pensamiento galo, que parecía haberse detenido (para nosotros) en Lacan y Foucault, apenas con un poquito de Deleuze. En cambio, Julián nos hablaba de pensadores marxistas antidogmáticos y heterodoxos, como Claude Lefort y Cornelius Castoriadis, Kostas Papaioannou y Kostas Alexos. También de Cioran y la deslumbrante lucidez de un rumano —un bárbaro— que escribió en el mejor francés del siglo XX. La mirada de Julián era implacable y apenas sentía que un autor estaba ingresando en el discurso dominante lo abandonaba, no sin antes someterlo a una crítica feroz. Ya hacia finales de los años setenta, o tal vez a principios de los ochenta, Julián regresó a México como abanderado de los nuevos filósofos franceses, luego de una breve “militancia” en la antipsiquiatría. Sus detractores lo llamaban Julián Mezá con afectado acento. Y sus amigos recogimos el mote con afán festivo justo cuando él ya se alejaba de los tópicos de esa nada nueva filosofía y regresaba desde otro ángulo a los maestros pensadores que tanto combatía. Julián descubría, además, a los escritores

del Este, no sólo a Milán Kundera, y le hablaba de ellos a quien se dejara. Su curiosidad intelectual no se quedaba quieta y buscaba compartir aquellos autores que lo deslumbraban, lejos de guardarlos para consumo propio, como es común en la cultura mexicana. Nunca tuvo ambiciones de propietario, mucho menos de terrateniente intelectual. Si la labor de lectura define a un escritor, a Julián le quedaba el mote: era ante todo un lector. Esa actitud tan vital y admirable fue, sin embargo, la que lo fue apartando de los círculos del poder literario. Si era reactivo ante todo poder ejercido es natural que a los poderes de facto, así fueran los literarios, les resultara incómodo. Esa lejanía no trajo como consecuencia una soledad en el medio intelectual, sino que se rodeó de amigos y terminó siendo más bien un escritor de mi generación, veinte años más joven, que de la suya. Por eso no me sorprendía escuchar la admiración que sentían por él sus alumnos en el ITAM, y de la claridad con la que exponía y comentaba los textos de su lectura más fiel y apasionada: Jorge Luis Borges. Sí me sorprendía, en cambio, ver que no sólo su literatura sino el propio escritor argentino, cuya persona cansada y cancina era la antítesis de Julián, le resultara tan apasionante. Solía reunirse a comer o a cenar —era también un entusiasta del buen comer— alrededor de platillos cocinados por él mismo o por amigos, y aderezados con buenos y abundantes vinos. No pocas de esas reuniones terminaban como el rosario de la aurora. Para reencontrarse uno o dos días después como si nada hubiera pasado. Nunca se dejó contaminar por el rencor y el resentimiento. Siempre pensamos que el hígado acabaría pasándole la factura, y sin embargo fue un cáncer de pulmón el que acabó llevándoselo. Dejo aquí también constancia de otra condición extraña y entrañable de Julián: sabía ser también amigo de las mujeres, no sólo admirarlas sino tratarlas con cariño, ser receptivo a sensibilidades que a una cultura inevitablemente sexista le eran ajenas. En los años ochenta, cuando fui editor de las publicaciones de la UAM en Difusión Cultural, literalmente lo obligué a recoger de revistas y suplementos sus textos y así armar Cándidos y tartufos, un libro excepcional que recoge sus pasos críticos antes mencionados. Con ese libro tuve el privilegio de iniciar una colaboración editorial que me llevó a publicarle cuatro libros más, incluida la reedición de Cándidos y tartufos, ya en Ediciones Sin Nombre, y a formar parte del selecto grupo de editores que fuimos además sus amigos: Joaquín Diez Canedo (Joaquín Mortiz y Fondo de Cultura Económica), Jesús Anaya (Planeta), Diego García Elío (El Equilibrista), Carlos González Manterola (Espejo de Obsidiana), Ana María Jaramillo (Ediciones Sin Nombre) y otros que se me escapan. Hasta hace unos días seguíamos hablando con él de proyectos editoriales, la publicación de Sicilia, la piedra negra —que se había editado en España pero que prácticamente no había circulado en México—, un libro sobre Grecia que estaba por terminar, antologías sobre Blanchot, sobre Lefort, sobre Edgar Morin, una de sus últimas pasiones, conversaciones condimentadas por comentarios sobre nuestra triste realidad política y económica rematadas por las carcajadas escépticas que le fueron tan cercanas. Regresábamos a veces a Bataille o a Cioran. El talento de Julián como escritor está en su capacidad para volver el insulto un arte —como hizo en sus bestiarios—, pero también en su capacidad para elogiar sin reticencias, para celebrar en el sentido más pleno de la palabra, tal como celebró la vida. nv


domingo 19 de febrero de 2012

Visor

Novedades Enrique Vila-Matas

Evelio Rosero

En un lugar solitario. Narrativa 1973-1984 Debolsillo México, 2011 473 pp.

La carroza de Bolívar Tusquets México, 2012 389 pp.

Vila-Matas escribió su primer libro mientras cubría su servicio militar en Melilla, en el remoto 1971. Entre este año y el de 1984 habría de concebir otros cuatro más, que hasta hoy pasaban por verdaderos freaks de museo. Estaban fuera del mercado, proscritos por el mismo Vila-Matas. En un lugar solitario reúne esas cinco piezas, los escarceos tempranos de un autor —oh, sorpresa— “con una mínima formación lectora como hombre de letras”. Al margen de que puedan arrojar cierta luz sobre una obra que descansa sobre la búsqueda obsesiva de la identidad profunda, parecen confirmar que los buenos escritores no dejan nunca de reinventarse a sí mismos, o, quizá, de buscarse cada vez más problemas. El volumen vale además por el prólogo en el que Vila-Matas, con distancia irónica, rememora el salto vivencial que implicaba adoptar una vida de encierro como condición única para volverse novelista.

Frente al espejo, mientras se prueba un disfraz de simio, el ginecólogo Justo Pastor Proceso López, de cincuenta años, piensa en el proyecto al que ha dedicado la mitad de su vida, el libro La Gran Mentira de Bolívar o el mal llamado Libertador, una biografía a contrapelo de la historia oficial. Piensa también en el asombro que provocará en sus hijas, su esposa y sus vecinos en el tradicional carnaval de Blancos y Negros, en Pasto, capital del departamento de Nariño, en Colombia. Imagina muchas cosas divertidas y sonríe, pero de pronto vuelve a la realidad, al desamor de sus hijas, al odio de su mujer, a las burlas de sus amigos y conocidos, y decide destruir su disfraz. Este es el comienzo de la nueva novela del autor de Los ejércitos donde, en medio de infidelidades conyugales y litigios con sus detractores, el médico no ceja en su propósito de desvelar la historia negra de Bolívar.

en librerías 07

Buñuel, Figueroa, Garzón

Los paisajes invisibles especial

Baltasar Garzón

Iván Ríos Gascón José Alfredo Reynoso Ruiz (idea, investigación y dirección) Quintas de Tacubaya Delegación Miguel Hidalgo México, 2011 208 pp.

A lo largo de su historia, Tacubaya ha tenido diferentes nombres; entre ellos “Tlacubaya” y “Atlacolayan”. Aunque alguna de sus etimologías hace referencia al atlatl o “lanzadardos”, en general el resto coincide con el elemento acuático; Manuel Payno definía “Atlacolayan” como “lugar donde tuerce un arroyo”. Desde antes de la llegada de los aztecas fue un sitio apreciado precisamente por este hecho y su entorno verde, lo que se mantuvo durante el virreinato. Escribe Guillermo Tovar y de Teresa en el prólogo: “Este libro es un capítulo de esa historia del Valle de México que nos debemos los habitantes de esta capital y que corresponde a la última etapa de esas grandes casas y fincas que caracterizaron a poblaciones como Tacubaya hasta hace tres cuartos de siglo”. Casa de la Bola, Casa Escandón Busch, Rancho de la Hormiga y Casa Amarilla se encuentran entre los sitios recordados.

Luis Barjau Hernán Cortés y Quetzalcóatl Ediciones el Tucán de Virginia/ INAH México, 2011 207 pp.

El 20 de mayo de 1519 Hernán Cortés, quien había desembarcado en las costas de Veracruz un mes atrás, otorgó una merced a dos caciques enemigos de Moctezuma. ¿Se trata en verdad del primer testimonio en castellano escrito en tierra americana? Ese es, al menos, el parecer de Barjau. El documento es valioso además porque hace referencia a la profecía que vaticina el regreso de Quetzalcóatl, describe la organización política, social y religiosa del imperio azteca y atestigua las divergencias entre el pueblo, el tlatoani y el Estado. Aunque desestimada hace años por José Luis Martínez, que la definió como “una curiosa superchería”, la merced, sostiene Barjau, “es el patrimonio histórico más antiguo de México”. La edición ofrece un facsímil del original, la transcripción paleográfica y un resumen de las polémicas que ha suscitado en la historiografía mexicana desde mediados del siglo XVIII.

Franc Ducros

Harold Bloom

Claves poéticas de la Divina comedia Ficticia/ Universidad Veracruzana México, 2011 125 pp.

Anatomía de la influencia Taurus México, 2011 444 pp.

Primer volumen de la colección El gabinete de curiosidades de Meister Floh, el libro del profesor Ducros parte de una serie de lecciones que dio en la Universidad de Guadalajara. La traducción fue realizada por Dulce María Zúñiga y en 1993 la universidad publicó la primera edición. La erudita exposición de Ducros se detiene ante todo en conceptos que en la Edad Media tenían un significado y en la actualidad otro distinto (véase la evolución de la palabra “estilo”); no deja de lado tampoco aspectos simbólicos relacionados con la numerología. Su objetivo es mostrar la unidad que hay en la Comedia en particular y en la obra de Dante en general. Al hablar de ese personaje esencial que es Beatriz, por ejemplo, Ducros se remonta a la Vita nuova, donde aparece por vez primera, pero la referencia no es gratuita: la Vita nuova es un inicio y la Comedia la conclusión del periplo.

Por más de medio siglo, Harold Bloom se ha dedicado a indagar la genealogía de los más grandes poetas ingleses y estadunidenses, a los que empezó a leer desde niño. Exploró el tema de manera apasionada en La ansiedad de la influencia (1973) y, más atemperado, vuelve a él con este libro en el que reflexiona sobre un amplio espectro de relaciones de influencia. “Shakespeare es el Fundador, y con él comienzo —escribe Bloom—. Luego paso a la influencia de Marlowe sobre Shakespeare y a la de éste sobre escritores que van desde John Milton a James Joyce”. A lo largo del libro —explica el autor de El canon occidental— contrasta la presencia de Shakespeare con la de Whitman, “el único poeta norteamericano que ha ejercido una influencia mundial”, y trata de las relaciones entre muchos otros autores en los que encuentra que los más poderosos siempre tratan de borrar el nombre de sus precursores.

thewhitesubway@yahoo.com

L

uis Buñuel lo dejó muy claro en Mi último suspiro: “Es una ilusión creer que se puede escapar a la Historia, al tiempo en que se vive”. Se refiere a la Guerra Civil, a los días de horror, persecución, bombardeos y ejecuciones. Sobre la ambigüedad sanguinaria de la lucha y pensando en Calanda, su pueblo natal, escribió: “En 1936, el pueblo español tomó la palabra, por primera vez en la Historia. Instintivamente atacó primero a la Iglesia y a los grandes propietarios, representantes de una antiquísimaoposición.Quemando las iglesias y los conventos, matando a los sacerdotes, el pueblo designaba con toda claridad a su enemigo hereditario. “Del otro lado, del lado fascista, los crímenes eran cometidos por españoles más ricos y más cultivados. Eran cometidos –el ejemplo de Calanda puede extenderse a toda España— en mayor número, sin verdadera necesidad, con una frialdad mortal”. Si bien Buñuel reconoció que nunca fue un adversario fanático de Francisco Franco (le otorgó el beneficio de la duda con respecto a la defensa territorial de España frente a los nazis), su mayor perplejidad provino del espíritu de clase: “Lo que me digo ahora, mecido por los sueños de mi inofensivo nihilismo, es que el mayor desahogo económico y la cultura más desarrollada que se encontraba al otro lado, en el lado franquista, hubieran debido limitar el horror. Pero no fue así. Por esta razón, a solas con mi dry martini, dudo de las ventajas del dinero y de las ventajas de la cultura”. A décadas de la Guerra Civil, de la muerte del dictador y de la del maestro Luis Buñuel, los rescoldos del franquismo vuelven recargados en la administración de Mariano Rajoy y el Partido Popular, para quienes el desempeño

del juez Baltasar Garzón configura el delito de prevaricación. Inhabilitado por once años para ejercer el cargo sólo por hurgar en la represión franquista y en los cochineros corruptos de la ultraderecha, su condena no borrará, jamás, la memoria que el mundo tiene de Garzón por haber saldado cuentas con uno de los más despreciables genocidas de la Historia: sus expedientes sobre la Caravana de la Muerte, los crímenes de lesa humanidad, la detención del chileno Augusto Pinochet y los cargos en contra de otros insignes hijos de puta de la dictadura argentina, le otorgan un capítulo especial en la narrativa planetaria, un relato en claroscuro donde la dignidad y los principios suelen olvidarse en el pantano ventajoso del dinero y la cultura. La represalia en contra de Garzón trastorna a la reminiscencia, revive a héroes y cobardes. Pienso en un caso especial: simpatizante de la República y comprometido moralmente con el pueblo español, don Gabriel Figueroa fue miembro honorario del Comité de la Federación de Republicanos Españoles en México. En 1955, María Félix filmó en España y le ofrecieron trabajar en los rodajes pero don Gabriel dijo que no. Poco después, su entrañable colega Roberto Gavaldón le envió un telegrama: “Producción ambiciosa, tres idiomas, me proponen dirigir. Quiero que tú fotografíes. Historia magnífica, actúan Jean Gabin y Dolores del Río. Filmación en Madrid, manda condiciones especiales a vuelta de cable”. Don Gabriel Figueroa ni siquiera lo pensó: “Gracias por la oferta. Para los buenos asuntos y los buenos amigos no tengo condiciones especiales. En caso de filmarse en Madrid iré, siempre que quites a Franco del reparto”. Por esos años, un poderoso Camilo José Cela recibió el Premio de la Crítica por La Catira. Historias de Venezuela. nv


08 música

domingo 19 de febrero de 2012

Visor

Fernanda Tapia

Música de Julieta Marón

Apasionadas con sus vidas Tampoco se trata de ser perfectas es el libro más reciente de la comunicadora Fernanda Tapia, una compilado de historias de mujeres de distintos estratos, con varios puntos en común, entre ellos la lucha por sobrevivir océano

cuenta de que no es así.

El papel de las notas

- La verdad es que van a encontrar historias de a pie, de mujeres como cualquier hija de vecina y cómo le han ganado a la adversidad del mundo, de diversas formas, porque la vida de reflectores compra enseñanzas a las que hay que sobreponerse. Hay historias de reclusión, pobreza terrible, otra por drogas, una que sobrevive a un terrible accidente, una más que no puede dormir, y todas se han sobrepuesto y salen más fortalecidas y mejores seres humanos. Son una inspiración y un espejo, porque muchas otras se pueden ver reflejadas y decir yo también tengo una gran historia que contar.

especial

Eusebio Ruvalcaba eusebius1951_2@yahoo.com.mx

S

iempre me ha asombrado la unión de la música y la poesía. Como yo lo veo es un nuevo instrumento. O más que eso, un nuevo arte. Dos elementos que marchan cada uno por su lado. Cada uno con sus propias leyes, cada uno con sus propios códigos, y de pronto —¿al servicio de la música, al servicio de la poesía?—, bajo el impulso de la belleza, despliegan las alas y remontan el vuelo. No hay que darle muchas vueltas para sentir en carne propia el embrujo. Como en el caso de Inventario, el disco más reciente de Julieta Marón. Compositora nacida en Guadalajara, pese a su juventud Julieta Marón posee a estas alturas una trayectoria lo suficientemente sólida para abrirse paso en el difícil ámbito de la música mexicana. Aunque ya conocía yo música de su autoría —su cuarteto, y su capricho Evocación—, este disco de Inventario constituye una muestra admirable del arte de componer de esta compositora. Que el día de mañana figurará en el catálogo de los melómanos es un hecho. Amparado bajo el sello de la Secretaría de Cultura del gobierno de Jalisco, el índice es tan heterogéneo como representativo. Incluye diversas dotaciones: Tres vientos para flauta, clarinete y fagot; Cuatro lieder. Sonetos de Sor Juana Inés de la Cruz para mezzosoprano y piano; Muerte sin fin, obra para cuarteto de cuerdas y soprano, adaptación libre del poema de José Gorostiza; Instantes y miradas para trío de clarinetes; y, por último, Perdidos para violín y clarinete. Cuánta idea tiene esta compositora del arte musical. Por ejemplo, en Tres vientos impera una textura de introspección y hondura. Es música de cámara que lleva a cuestas el prurito de la emoción. Pero transcurre en un ambiente de diáfana intimidad. Los Sonetos de Sor Juana Inés de la Cruz acaso son lo más conmovedor del disco. Y es prueba palpable —auditiva, sería más apropiado decir— de que en

Julieta Marón

la historia de la literatura a cada poema le corresponde una música determinada. Es como si Julieta Marón pusiera su talento musical a los pies de Sor Juana. Como si se hubiera imbuido de la poesía de Sor Juana y extraído la música misma de esos sonetos. Que le va muy bien a la palabra de Sor Juana la tesitura mezzo, es otro acierto. Cuando finalmente se escuchan no es de imaginarse otra dotación que no fuera ésa. Pero el prodigio no termina ahí. Se repite, se recrea, en Muerte sin fin. Para quien esto firma, es de belleza insólita esta obra. Y sin desear poner en la mesa provocación alguna —odio a los que se lo pasan provocando—, me aventuraría a decir que esta música logra lo que muchos críticos literarios o bien ensayistas quisieran: aproximarse a la fuente misma de la palabra del señor Gorostiza. Pues enseguida de escucharla, corre uno a leer el poema. Y mientras que Instantes y miradas es una pieza resuelta en dos movimientos eminentemente virtuosísticos por el desafío que significa componer para trío de clarinetes, Perdidos semeja una caja musical de infinitas posibilidades tímbricas.

Intérpretes: Flauta: Georgina Oñate Aguirre; clarinete: Inmuris Ulloa Morales; fagot: Monserrat Velázquez; mezzosoprano: Patricia Hernández; piano: Elena Palomar; soprano: Dolores Azpeitia Moreno; violín primero: Yolanda Michalevitz; violín segundo: Sara Latsanicht; viola: Aura Staskeviciene; violonchelo: Piotr Ziatkov; trío de clarinetes Evano; violín: Konstantin Ziumbilov; clarinete: Xóchitl García Verdugo. nv

¿Cómo fue el proceso de construcción de este libro?

La comunicadora conduce El Almohadazo

Entrevista Dalia Zúñiga Berumen

L

as portadas de libros que llevan fotos de mujeres muy mediáticas, suelen producirme cierta desconfianza. A pesar de que la autora es una mujer de todos mis respetos, Fernanda Tapia, tenía mis dudas. Tras la primera historia, todo cambió. Tampoco se trata de ser perfectas (Océano, 2011), es un libro cuyas historias son tan apasionantes como las vidas de las mujeres que reflejan. Sin un índice, ¿para qué?, la comunicadora presenta trece historias de mujeres mexicanas, algunas con ascendencia extranjeras, a cual más de interesantes, desde la más anómina que sin más se convirtió en una luchadora de los derechos de los desprotegidos, como Concepción Cruz, hasta las más polémicas por sus estilos de trabajo y forma de “moverse” en su profesión, como Paty Chapoy. Entre ellas, está una Sasha Sökol espiritual y volátil, una increíble Paty Guerra obsesionada con retar a su cuerpo hasta las últimas consecuencias en su calidad de nadadora de aguas heladas, una deliciosa chef Morgan que no sabía nada de cocina y eso no fue impedimento para llegar a ser toda una autoridad en el tema, y una envidiable Orly Beigel, representante de artistas de música culta. Tapia hace una pequeña descripción no de cada mujer, sino de un contexto que puede explicarlas, al principio de cada historia. Por ejemplo, para presentar de Paty Guerra primero hace una historia de las heroínas en los cómics, para Ángeles Mastreta, desde luego, una semblanza de las escritoras, y así. Todas las narraciones están en primera persona, ejercicio que se agradece mucho, pues cada

Fernanda Tapia Tampoco se trata de ser perfectas Océano México, 2011 206 pp.

una tiene su propio estilo de platicar y esas voces se distinguen. Digamos que Fernanda Tapia hace la edición y uno puede imaginársela pasando horas y horas descartando declaraciones, para llegar a una unidad congruente y atractiva al lector. Tuvimos una breve charla telefónica con la autora, y esto fue lo que nos comentó sobre este compendio de voces atractivas para hombres y mujeres. - Fernanda, cuando una mira la portada, cree que se va encontrar con historias de mujeres muy mediáticas, pero en los primeros textos nos damos

- El libro nos tocó cuatro años. A muchas de las entrevistadas las conocí desde hace tiempo, hasta 25 años, por ejemplo Conchita [Concepción Cruz] hace trece años, a Ángeles Mastreta cuando publicó por primera vez *Arráncame la vida, en fin. Cada una vivió un momento especial en sus viudas, Ángeles estaba en plena pérdida de su madre, Tania [Pérez Salas] pasaba por embarazo mientras luchaba contra la enfermedad que no poder dormir. Queríamos demostrar una de cada medio, para reflejar que no importa el estrato, siempre hay un peso en la vida que es difícil de llevar. - Algo que es cierto, es que todas son mujeres de la capital. - Pero la realidad es que son historias universales, que no dependen del lugar en el que vivan. Muchas de ellas no habían encontrado su propia voz, a veces pensamos que la ciudad es el lugar de las grandes oportunidades, pero también nos hacen perdernos en ella, la chef empieza en provincia [Thelma Morgan], también Ángeles quien es poblana. ¿Qué acogida ha tenido este libro?

- Las chicas lo toman como inspiración, los señores se dan cuenta de porqué somos tan necias, y todos encuentran una razón para seguir adelante. Yo no soy escritora, soy recopiladora, de forma sencilla y amena, me ha asombrado que a gente quisquillosa le ha gustado. ¿Qué prepara hoy?

- Trabajo en un cuanto al libro para pronto, un bestiario político del Almohadazo, que nos hará reír bastante en cuanto salga en un mes o dos más en Planeta, otro rollo distinto al estilo del Almohadazo. nv

Suplemento Visor 19-Feb-2012  

Suplemento Visor publicado el 19 de febrero del 2012 en Milenio Jalisco

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