Issuu on Google+

08 b domingo 4 de marzo de 2012

Visor

Milenio

en librerías Novedades El álgebra del misterio Jorge F. Hernández FCE México, 2011 136 pp.

A

l azar le da por adoptar las maneras de una mujer casquivana: tan pronto como posa su mirada en nosotros, se vuelve hacia otro lado… y tan campante. No es otro el arbitrio que gobierna los cuentos reunidos en este volumen, tan bien concebidos como finamente escritos. Son, en muchos sentidos, abiertos homenajes a escritores o amigos, guiños literarios al poder metamórfico de la literatura. Léase, por ejemplo, “De la secreta fórmula con la que se esfuman los enanos de este mundo” (con destino para Eliseo Alberto) o “Coincidencias inútiles” (dirigido a Bioy Casares). Hernández sabe alternar el prosaísmo con la erudición, y todo para demostrar que la realidad no es sino una cadena trivial de hechos extraordinarios: el filo gélido de una navaja puede estar aguardando detrás del espejo y un partido de futbol puede ser la prueba de que somos capaces de ocupar dos sitios distintos a la vez.

Papeles en el viento

Eduardo Sacheri Alfaguara México, 2011 413 pp. i Diego Armando Maradona es la piedra angular de un culto laico, por qué no escribir una novela con el futbol como tema de fondo, sobre todo cuando se trata de Argentina o, aún más, del equipo de Vélez Sarsfield. Que no hay zonas prohibidas para la literatura queda en claro tras la lectura de Papeles en el viento. Sacheri pone en acción a un grupo de personajes que, más que al futbol mismo, celebran la audacia con la que algunos locos toman riesgos desmedidos: fintar, pisar el balón, quebrar la cintura, frenar para una fracción de segundo después torcer el camino. Se trata, en pocas palabras, de vender, por un buen puñado de dólares, a una antigua promesa que ahora pasea su ineptitud por ligas de mala muerte. Tal insensatez se traduce en una serie de peripecias que conducen hasta el submundo que habita la gente —conspicua, insensible, cruel—, como dirían los clásicos, “de pantalón largo”.

S

Libros como muertos los paisajes invisibles ESPECIAL

Gonzalo Lizardo Ediciones Era/ UNAM México, 2011 184 pp. n adolescente atrapado entre el deseo por una bruja y su absoluto desconocimiento del mundo es el narrador-protagonista de la novela Invocación de Eloísa, del zacatecano Gonzalo Lizardo. Es la historia de una sirena, de una bruja de agua, de una diosa sensual y sexual enamorada de un muchacho cuya mayor pasión había sido, hasta antes de conocerla, dibujar escenas de mártires en su cuaderno de catecismo. La pasión inunda a la pareja hasta que el pasado alcanza a Eloísa para cobrarle una deuda de amor inapelable. A la vez, el protagonista va descubriendo los misterios del placer y la culpa, mientras trata de amar al Dios de su niñez y a la bruja de su presente sin perder la cordura. En la novela, el desasosiego del primer amor se combina con una oscura historia de fantasmas ya que el narrador es un hombre muerto y los hechos que registra en un cuaderno ocurrieron en un tiempo por demás lejano.

U

Lecturas sobre la lectura

Alberto Manguel Océano Travesía México, 2011 500 pp. lberto Manguel (Buenos Aires, 1948) vuelve a su tema predilecto: la lectura. En este libro incluye ensayos publicados en El bosque del espejo (1998) y despliega la erudición sin arrogancia que lo ha hecho famoso. La lectura —escribe en el prólogo— es “la más humana de las actividades creativas”; dice también que la palabra impresa “le da coherencia al mundo” y explora obras y autores que corroboran su certeza. Entre otros asuntos intenta una definición del lector y la biblioteca ideales, comenta el negocio de los libros y, al recordar su formación como lector, subraya su relación con escritores como Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo. En uno de los capítulos más emotivos del libro, habla de Borges como un hombre que nunca tuvo una experiencia erótica. Fue —dice— “un torpe soñador enamorado” que jamás tuvo entre sus brazos a “esa mujer gozosa y casi perfecta con la que soñaba despierto”.

A

Sara más amarás. Cartas a Sara Juan José Arreola Joaquín Mortiz México, 2011 271 pp. oncebido por sus nietos los músicos Alonso y José María, este libro nos presenta la historia de amor de Sara Sánchez y Juan José Arreola. Dividido en trece apartados más una introducción y una despedida, el eje es el epistolario que el autor de La feria le envió a su dama de pensamientos; como una especie de coro, se intercalan textos de Sara y sus hijas Claudia y Fuensanta que ofrecen una visión más completa de esta entrañable relación. Otros personajes importantes como el padre de Juan José y el actor francés Louis Jouvet no podían soslayarse. El conjunto de cartas va del 11 de enero de 1942 —año en que se conoció la pareja— al 17 de marzo de 1950 —meses después de haber aparecido Varia invención, el primer libro de Arreola—. “Estas cartas constatan que en algún momento de aquellas existencias llegaríamos al mundo para contar cuánto se amaron Sara y Juan José”, leemos en la despedida.

C

Cartas lusitanas

Blanca Luz Pulido Dirección de Literatura, UNAM México, 2011 135 pp. oeta, ensayista, traductora, Blanca Luz Pulido (Estado de México, 1956) reúne en este libro textos sobre poetas y narradores de Portugal con el fin de trazar una carta de navegación para “hacer un poco menos ancho el mar que nos separa de la gran literatura portuguesa”, de la que conocemos un puñado de nombres mientras muchos otros nos resultan ajenos y sus obras permanecen “guardadas dentro de las fronteras de ese país y su orgullo discreto y cauteloso”. El libro se divide en dos apartados: poesía y prosa; en ellos, con los célebres Álvaro de Campos, Pessoa, Camões y Lobo Antunes, se revela la personalidad y obra de António Ramos Rosa, Nuno Júdice, Virgilio Ferreira, Maria Judite de Carvalho y Camilo Castelo Branco, entre otros. En su inventario, Blanca Luz Pulido incluye al poeta queretano Francisco Cervantes (1938-2005), uno de los mayores difusores de la poesía portuguesa en México.

P

domingo 4 de marzo de 2012

Poema inédito de Anne Sexton

Página 3 ESPECIAL

MILENIO

Entrevista exclusiva con Iain Sinclair

El Londres visionario de William Blake Adriana Díaz Enciso Página 4

Iván Ríos Gascón

Invocación de Eloísa

David Toscana La maldición del lector de prosa página 2 Armando González Torres Un año para García Márquez página 3 Marco Antonio Campos / Alicia Quiñones Samuel Noyola página 6

N.o 453

thewhitesubway@yahoo.com

M

editando sobre el vínculo entre la carne viva y la letra muerta, el escritor italiano Giuseppe Marcenaro anota en Cementerios. Historias de lamentos y de locuras (Adriana Hidalgo editora), una curiosa imagen a propósito de la odisea libresca de la neoyorquina Helen Hanff: “Con frecuencia miro a mi biblioteca como la representación casera de un cementerio. La gran estantería de pared es un soberbio columbario sin un fin reconocible. Los nombres de los autores impresos en los lomos son el paradigma imaginario de los epitafios de una funeraria. Los libros ‘muertos’ están ahí por años, sin ser buscados, olvidados. Detrás de cada lomo, en el papel, persiste el resumen de las existencias. Silenciosas. Bendito el hombre que es capaz de despertar un texto. Que equivale a resucitar a un muerto”. Especialista en Valéry, Montale, Rimbaud, Stendhal y Leopardi, Marcenaro es un apasionado de la trágica ilusión de los camposantos, esas regiones donde las lápidas, austeras o fastuosas, erigen un mundo paralelo, y quizá es por eso que las primeras páginas de Cementerios… las dedica a Helen Hanff, quien durante dos décadas mantuvo una intensa correspondencia con Frank Doel, empleado de la librería londinense Marks & Co. ¿Qué hay de celebración mortuoria en esa aventura esencialmente epistolar que se convirtió en 84 Charing Cross Road, el best seller llevado a la televisión, al teatro y luego al cine en 1987 por David Hugh Jones? Marcenaro exalta el tributo que Hanff le rinde al almacén que a partir de 1949 la proveyó de libros de segunda mano, pero no a su viejo amigo Frank

Doel. De Londres a Nueva York y viceversa, las cartas cruzaban el Atlántico cargadas de un diálogo vibrante y, si bien aquella lectora siempre se mantuvo firme en el proyecto de viajar a Inglaterra para recorrer las estanterías plagadas de tomos antiguos y, de paso, conocer personalmente a su corresponsal, fue hasta 1971 cuando pudo concretar la travesía: Doel estaba muerto pero el local de Marks & Co. seguía en pie. Y en vez de visitar la tumba de su bookiniste, ella prefirió entrar en la librería desierta, la librería simbólica, para hablar mentalmente con las ediciones invisibles cuyos despojos reposaron en un hipogeo vertical durante años, porque la muerte es ausencia de recuerdos o reminiscencia irreductible, la muerte invoca caracteres y apariencias ocasionalmente distintas a la forma primigenia. Volviendo a la imagen sepulcral de Marcenaro, últimamente me he dedicado a contemplar mis libreros y sus ingentes epitafios. Cada nombre, cada título, contiene una invitación a su recuerdo, un llamado para revivir el instante en que fueron engendrados. Aquellos muertos no piden que se les lea (o evoque) como un capítulo biográfico o un epítome existencial, sino que imponen una imaginativa remembranza: la noche, el día, la buhardilla, el escritorio, la tinta, el papel, la tranquilidad o el alboroto, el frío, el calor, la sobriedad o la embriaguez, el hambre, el hartazgo, la ansiedad, la calma, la energía, la fatiga o la desesperación que enmarcaron su principio. Aquellos muertos reclaman su ciclo vital página por página. En sus párrafos se asienta la sombra de un tiempo perdido, igual como sucede con los vivos. Después de todo, quienes moran en los cementerios no son simples huesos, sino un polvillo de locura, de extravío y de frenesí o desorden o, tal vez, de olvido y eterno aburrimiento. V


02 b domingo 4 de marzo de 2012

MILENIO

antesala De culto

Hugo García Michel

b

hgmichel55@yahoo.com.mx ESPECIAL

La maldición del lector de prosa TOSCANADAS DEVIANTART

David Toscana dtoscana@gmail.com

A

veces me gustaría ser un lector de novelas que busca la emoción, la profundidad, las revelaciones sobre la vida y la muerte, sin andarme fijando en las minucias de la prosa, en la ortografía y gramática, en los significados de las palabras. No sé en qué momento me convertí en un lector de prosa, pero eso me resultó una calamidad, pues me pierdo de disfrutar a todos esos autores que dominan el qué pero no el cómo. Quisiera tener una capacidad infinita para disculpar los descuidos de los escritores y poder leer frases sin sentido o redundantes o jaladas de los cabellos o simplemente erráticas, suponer que son un mero bache en el camino y que lo importante es el paisaje. García Márquez es un maravilloso prosista. Él dijo más o menos algo así: “Un punto o una coma mal puestos rompen el hechizo de la novela, hacen que ya no pensemos en los personajes y las situaciones, sino en la mala puntuación”. Ayer leía una novela. De pronto me topé con esta frase: “Enzo tuvo la impresión de que el trompetista lo seguía como si esa mañana hubiera estado esperándolo”. Tengo que detener mi lectura. He de preguntarme si hay una manera distinta de seguir a alguien si no se le esperaba. Para cuando termino de reflexionar sobre el asunto ya no recuerdo quién seguía a quién y me siento tentado a leer otra cosa. Si en otro libro encuentro: “Sus ojos parecían dos ventanas por donde un gato se asoma para ver sin interés las luces de una marquesina de cine de barrio”, mi dolor de cabeza se vuelve monumental. En cambio las erratas no me

molestan. Si leo: “Esa mamana despertó temprano”, me sigo derecho como si la Ñ hubiese estado claramente pintada en su justo lugar. Las erratas no vienen de una pretenciosidad ineducada ni de un descabelle de lo poético ni de la mera ignorancia. Suelen ser un mero accidente. En el libro que leía antier, el autor usaba la palabra “insecto” para referirse a una araña. Para mí era tanto como llamarle reptil a una gallina. En el libro del fin de semana un autor argentino insistía en usar el “hubiera” como condicional: “Si yo hubiera estudiado, hubiera sido médico”. Pongo apenas unos ejemplos que tengo a la mano porque el espacio de esta columna es inadecuado para tratar el estado de la prosa contemporánea. Ni siquiera intento hacerlo, pues no quiero hablar sobre la escritura sino sobre la lectura. No sé usted, amigo lector, si su mente esté tan adormecida o tenga tan buenos amortiguadores para pasar por todos esos baches sin sentirlos. Lo envidio sinceramente. Otros, inevitablemente, vemos la novela como una sucesión de frases. Esto nos vuelve mezquinos, hasta amargados. Pasamos las páginas como si nuestra ilusión fuera trabajar como correctores en una editorial; como si disfrutáramos al pillar a un autor en falta, máxime si se trata de un laureado; como si no reconociéramos a los escritores el derecho a la incorrección necesaria, pues nos hemos oxidado en el pasado, con nostalgia de aquellos días en que se estudiaba griego, latín y retórica. Que se estudiaba español. En fin, ahí está otra vez el Toscana mirando la paja en el ojo ajeno, pero ¿cuántos errores tiene este artículo? V

James Cagney

Simpático enemigo público

N

o deja de ser paradójico que el primer papel que tuvo uno de los actores más identificados con la rudeza del cine de gángsters de la década de 1930 haya sido como chorus girl, en una obra musical de Broadway en 1919. En efecto, a los veinte años de edad, James Cagney (Nueva York, 1899) apareció por primera vez en un escenario como “bailarina”, perfectamente ataviado y maquillado, sin que alguien se percatara de ello. Quién iba a decir que doce años más tarde sería el duro protagonista de la extraordinaria cinta de William Wellman El enemigo público, al lado de la rubia platinada Jean Harlow, y que la escena en que le aplasta media toronja en el rostro a Mae Clarke se convertiría en un hito de la historia del cine. Sin embargo, tal vez la imagen que mejor retrata a Cagney es la del final de White heat (1949), cuando el sicótico gángster con complejo de Edipo al que personifica vuela en pedazos, en lo alto de un tanque de combustible que él mismo incendia, un instante después de gritar: “¡Lo logré, mamá! ¡Llegué a la cima del mundo!” Para muchos, James Cagney fue un actor muy superior a sus contemporáneos Pat O’Brien, Edward G. Robinson y Humphrey Bogart. Sin embargo, hoy muy pocos lo recuerdan. Dúctil y versátil, era un fantástico actor de comedia (La

novia que cayó del cielo, 1941), gran bailarín y coreógrafo (Yankee doodle dandy, 1942), actor de carácter (El hombre de las mil caras, 1957)), pero sobre todo destacó en el papel de gángster al mismo tiempo rudo y sentimental, implacable y vulnerable, temible y simpático. Así apareció en joyas como Smart money (1931), G Men (1935), Ángeles con caras sucias (1938) o The roaring twenties (1939). Alternó con las mayores estrellas del cine hollywoodense de los años treinta, en especial el producido por la Warner Brothers, opacando a la mayoría de ellas. Hablo de figuras como Bette Davis, Loretta Young, Joan Blondell, Ann Sheridan, Virginia Mayo, Olivia de Havilland, Barbara Stanwyck o los mencionados Robinson y Bogart. Fue dirigido por realizadores legendarios como Howard Hawks, Raoul Walsh, Billy Wilder, Michael Curtiz y Charles Vidor. Luego de filmar en 1961 la divertida comedia One, two, three, decidió retirarse y permaneció lejos de la gran pantalla por veinte años, hasta que aceptó participar en ese épico filme que es Ragtime de Milos Forman (basado en la novela de E.L. Doctorow), en el papel de jefe de la policía. Sería la última película de este hombre a quien Orson Wells calificó como “tal vez el más grande actor que haya aparecido jamás enfrente de una cámara”.

Ex libris

Bitácora Psicotrópica

Edgar Allan Poe bEKO

Xavier Velasco

El poder del motor de la autoestima se mide en pavorreales de fuerza.

MILENIO francisco a. gonzález presidente · jaime barrera rodríguez director editorial · marina miranda directora general de negocios · jorge villarreal comercialización · miguel ángel puértolas jefe de información · antonio navarrete jefe de cierre editores: jorge valdivia g. ciudad y región · moisés mora negocios · ignacio dávalos cultura · elda arroyo mp · hugo merino diseño · kaliope demerutis ocio · irene selser fronteras · horacio salazar tendencias · jairo calixto albarrán qrr y el ángel exterminador · susana moscatel hey! · fernando torres circulación · noé anaya producción ·

MILENIO diario b VISOR b Dirección: José Luis Martínez S. Edición: Alicia Quiñones Coedición: Roberto Pliego Arte y diseño: Salvador Vázquez Mejía


domingo 4 de marzo de 2012 b03

Visor

antesala

Coraje

Un año para García Márquez

Fascinante y subversiva, la autora de Live or die, de quien ofrecemos este poema inédito, logra en sus versos una fuerza y claridad asombrosas poesía

escolios ESPECIAL

Anne Sexton

E

s en las pequeñas cosas donde lo vemos. El primer paso del niño, tan imponente como un terremoto. La primera vez que vas en bicicleta, tambaleándote por la acera. La primera paliza cuando tu corazón fue de viaje todo solo. Cuando te llamaron llorón o pobre o gordo o loco y te hicieron un extraño, cuando bebiste su veneno y lo ocultaste. Más tarde, cuando miraste a la muerte de bombas y balas no lo hiciste con una bandera lo hiciste sólo con un sombrero, para cubrir tu corazón. Tú no has acariciado la debilidad en ti a pesar de que estaba allí. Tu coraje fue un pequeño carbón que has seguido tragándote. Si te ha salvado tu compañero y murió haciéndolo entonces su coraje no fue coraje, fue amor; amor tan simple como jabón de afeitar.

Traducción de José Luis Reina Palazón

E

n la edición que comenzará a circular el 15 de marzo, la revista española Turia incluye siete poemas inéditos en español de Anne Sexton (1928-1974), anticipo de su poesía completa que será publicada en breve por Ediciones Linteo. El responsable de este rescate cultural —explican los editores de la revista— es el poeta y traductor José Luis Reina Palazón, quien afirma que Sexton fue la primera en escribir sin ataduras morales sobre “la contradicción del odio y el amor en la maternidad, sobre la dependencia del alcohol y las píldoras, sobre la labilidad síquica y el delirio, sobre al aborto, la masturbación, el incesto, el adulterio, el suicidio y el éxtasis sexual destructor”. Autora de libros como The book of folly, por el que obtuvo el Pulitzer de poesía en 1967, y The death notebooks, Anne Sexton se suicidó el 4 de octubre de 1974.

Armando González Torres agonzale79@yahoo.com.mx

E

ste año se conmemoran 30 años de que Gabriel García Márquez ganara el Premio Nobel de Literatura y 45 de que publicara su novela más célebre, Cien años de soledad. Cuando en 1982, García Márquez acudió a Oslo con una vestimenta y un discurso heterodoxos, culminaba el proceso de canonización literaria de un autor, de una figura y, sobre todo, de un libro, Cien años de soledad. Como todas las obras verdaderamente significativas, esta novela ofrece al lector una liberación y una constricción. Una liberación porque culmina una renovación (no sólo suya sino generacional) del acto narrativo y de los hábitos de lectura; una constricción porque un escrito tan deificado suele ser una influencia aplastante y cubrirse con un dogma laudatorio, reacio a los matices del gusto y la interpretación. Esta novela hace famoso a García Márquez y representa la obra cumbre del llamado boom latinoamericano, ese fenómeno cultural, comercial y político que propició que un grupo de escritores fungieran como representantes privilegiados de un lenguaje, una cosmovisión y una realidad social, que mezclaban lo más moderno con lo más arcaico, lo más desgarrador con lo más esperanzador. No es extraño que, como consigna Roberto González Echeverría, la traducción al inglés de Cien años de soledad de García Márquez haya sido devorada no sólo por la academia literaria, sino por las facultades

de política y sociología. En particular, ciertos rasgos de la personalidad de García Márquez (su antisolemnidad y buen humor), más que a otros escritores de su generación, lo alejaron del estereotipo glacial del intelectual y lo convirtieron en una suerte de ídolo popular, afable y cercano y, al mismo tiempo, envidiable, capaz de bailar con actrices inalcanzables o de tutear y aconsejar a jefes de Estado. Con su facultad imaginativa, García Márquez crea en Cien años de soledad un territorio sin fronteras lógicas o genéricas, donde seres indefinidos deambulan entre lo humano, lo sobrehumano y lo infrahumano, entre el costumbrismo y el prodigio, entre el imaginario popular y la alusión histórica. Es natural que, en su tiempo, esta literatura fascinara a un público europeo ávido de exotismo o a un público latinoamericano que se descubría en un referente tan familiar en lo cultural como novedoso (y prestigioso) en lo literario. Pasados los años del boom, uno se pregunta si se sostiene la lectura de este escritor caracterizado por sus poses anti-intelectuales y sus posiciones (u omisiones) políticas controvertibles. Lo cierto es que, pese a las muchas arrugas e imperfecciones que ocultan sus exégetas, Cien años de soledad mantiene lozano su encanto adictivo y, físicamente, es casi imposible suspender la lectura, pues con una finísima labia narrativa García Márquez logra que el archisabido relato de las peripecias de una prole de lunáticos y de un pueblo perdido se vuelvan un tema nuevo, íntimo e impostergable. V


Visor

ESPECIAL

Iain Sinclair

y el Londres visionario

de William Blake

La ciudad de Dickens, de Arthur Machen y Jack el Destripador es una presencia ambivalente, orientada por igual a lo luminoso y a lo abismal, dice el escritor galés en esta entrevista exclusiva que acompañamos con un fragmento de su libro más reciente Adriana Díaz Enciso

I

ain Sinclair es uno de los autores contemporáneos que más exhaustivamente han explorado la ciudad de Londres, sus escritores y leyendas. En 2007 se celebró el 250 aniversario del natalicio de William Blake. Sinclair dio entonces una conferencia en el auditorio de la Swedenborg Society que tituló Blake’s London: The Topographic Sublime. Se acaba de publicar una transcripción de la charla. Sinclair me recibió para hablar sobre esta ciudad entre real e imaginaria. Partimos de su definición de la realidad de Londres: —Es definitivamente varias ciudades. Su superficie es lúgubre y difícil, es una ciudad compleja cuyas descripciones le han sido impuestas por políticos, no se asientan sobre la naturaleza de la ciudad. Por otra parte, hay individuos visionarios que tratan de crear sus propias estructuras, no que les sean impuestas por esta descripción insulsa. Aquí puedes atravesar capas y capas de un pasado literario anterior, porque las obras de otros autores están aún muy activas y vivas en las calles. Hay una geografía que se abre para permitirte formar parte de una realidad que puede tener relación con Blake o Dickens, De Quincey o quien quieras. Es la idea de Borges del laberinto; hay infinitas áreas por descubrir para escapar de la densidad y gravedad que parecen tirar de ti, chuparte y destruirte también, si no tienes cuidado. “La naturaleza de la ciudad es maniquea: hay una escisión entre la oscuridad y la luz, ya desde el periodo romano. Los romanos tomaron la parte cerca del Támesis que aún es la forma de la ciudad original, y situaron el templo de Mitra en la ribera, un templo dividido entre un área subterránea y otra que está arriba, abierta a las estrellas. Coexisten como si Londres desde el principio hubiera estado dividido de esa forma. Siempre hay momentos y lugares así, como estar en la cima de la colina de Greenwich, que es el sitio astronómico oficial y también mira a las estrellas, y a la vez la otra parte de sótanos, bodegas y opresión. El poeta John Claire, que vino del campo, no podía caminar por Chancery Lane. Sentía que la presencia y los fantasmas eran muy fuertes y que en cualquier momento las piedras del pavimento cederían y lo dejarían caer en algún sótano o subterráneo. La gente ha escrito sobre Londres como un lugar de túneles, sepulturas y pozos; hay mucho espacio oculto. A la vez,

tienes una cantidad extraordinaria de jardines, la sensación idílica que Blake aún evocaba, donde él y su esposa supuestamente se sientan desnudos leyendo a Dante, creando el paraíso. Esta dualidad es la naturaleza esencial de Londres, perfectamente mostrada en Jekyll y Hyde, donde tienes un edificio con una fachada de aspecto grandioso que te lleva a la ciudad oficial, y un túnel como acceso posterior que te lleva al gueto, a la locura: un símbolo perfecto de esa época. Blake hizo algo parecido, al tener que ganarse difícilmente la vida en la ciudad en una época de revolución y al mismo tiempo creando la suya propia, reescribiendo la historia y la poesía partiendo de sus lecturas para crear sus propias estructuras, que lo liberaban para moverse entre las estrellas”. Sinclair comparte con varios autores la ambivalencia frente a Londres: no poder abandonarla y a la vez querer huir. Sus caminatas le revelan los cambios que sufre el tejido urbano. Le menciono a tres autores que son el eje del libro que estoy escribiendo sobre Londres: Blake, Dickens y Arthur Machen. “Tres de mis favoritos”, dice, y explora la relación de ellos con la ciudad: —Machen, viniendo de la frontera con Gales, veía también esta realidad dual del Santo Grial en el oeste. Se siente impelido a deambular por las orillas de Londres, pero al mismo tiempo están las casas dentro de las cuales se realizan rituales, la gente se reúne y suceden cosas oscuras. Siempre tiene el sueño de escapar. Creo que Blake no tiene la misma necesidad; cuando se va [a Felpham], resulta desastroso. “Dickens llega a este monstruo de ciudad que está viniéndose abajo, con los basureros, los cadáveres, y deambula constantemente. Sale mucho, visita Francia y Estados Unidos y al final decide no vivir en Londres sino en Kent. Nunca se queda mucho tiempo en un lugar. Era su energía pero también le perturbaba la ciudad que en ese momento empezaba a caerse y reinventarse. “[La imagen de la ciudad] ha cambiado ahora tan dramáticamente como en el periodo que Dickens describía. Cuando empieza con Los papeles póstumos del Club Pickwick es una antigua ciudad georgiana con carruajes, y al final es esta cosa enorme, extraña, cuyos modelos son la política de mercados financieros y fondos de protección, con

Iain Sinclair Blake’s London: The Topographic Sublime The Swedenborg Society Londres, 2011

enormes basureros y toda la maquinaria aporreando y arrancando y reinventando. Machen, por su parte, escribe sobre estos nuevos suburbios y sin embargo bajo la superficie está la estructura de la ciudad más antigua, e incluso de las ciudades antes de que la gente llegara aquí, las primeras criaturas que habitaron el paisaje, figuras trogloditas. Ahora estamos exactamente en un momento así, con los grandes proyectos, las demoliciones masivas, la inmigración, nuevas estructuras, torres de departamentos. Londres está más cambiado y amenazado que en ningún otro periodo desde el auge del ferrocarril. “Ahora es más difícil asirse a ese linaje literario, porque toda la naturaleza de la cultura está en contra. Y no quieres que sea sólo un tema literario, porque es muy real. “El Londres de los márgenes, que son interesantes en sí mismos, ha sido diezmado y destruido. La parte central de Londres no ha cambiado tan dramáticamente, aunque sufre los altos niveles de vigilancia y seguridad y la predisposición mental que acompaña todo eso. “[Los autores que mencionas] eran visionarios a pesar de y contra Londres, al mismo tiempo que inspirados por Londres. Describen estos periodos en que la ciudad estaba bajo asalto, cuando aparecen crímenes o rituales que parecen ser un reflejo de lo que estaba sucediendo a mayor escala dentro de la cultura, el momento en que la ciudad misma está definiéndose como una ciudad industrial y colonial enormemente poderosa, y se dan cosas como los asesinatos de Jack el Destripador, que también parecían representar el aspecto Jekyll y Hyde entre la ciudad respetable invadiendo la ciudad empobrecida, el gueto, y creando sacrificios que nunca fueron resueltos. Ahora ese tipo de cosas sucede con menos frecuencia pero es horriblemente azaroso y casi accidental, como los jovencitos apuñalados en las calles”.


domingo 4 de marzo de 2012 b05

de portada Pero, intervengo, sin duda aún podemos percibir la luminosidad de Londres. El autor responde: —Ambas cosas existen. Si veo a las multitudes moviéndose por Londres no veo demasiada luminosidad. Parece un proceso difícil y engorroso abrirte paso en un sistema de transporte colapsado, las calles... todo el tiempo una batalla. Y sin embargo siempre encuentras pequeños espacios tranquilos en un parque o un cementerio o iglesia, y si tienes suficiente dinero hay lugares hermosos dentro de edificios donde la gente se sienta tranquila tomando vino o té y viendo el río. Esa parte de Londres también existe en abundancia. En el libro que nos ocupa, Sinclair habla sobre cómo la ciudad es reconstruida una y otra vez, constantemente disputada entre fuerzas opuestas. En sus páginas, esta transformación es casi toda amenazante. Observa cómo cambia la significación del tejido y el arte urbanos según sean destruidos o convertidos en bienes de mercado por una sociedad confundida, que vive de una vicaria expectativa de redención espiritual y peligro. La ciudad es entonces una alucinación, y sus transformaciones hacen una lectura pervertida de la ciudad sagrada de Blake. Comento que me llama la atención que califique al Nuevo Parque Olímpico como una Golgonooza electrónica (en la cosmogonía de Blake, Golgonooza es la ciudad sagrada del arte y la imaginación).

La ciudad es una alucinación, y sus transformaciones hacen una lectura pervertida de la ciudad sagrada de Blake —Es la idea de una ciudad mental muy complicada, creada por diferentes unidades, el diseño visionario de un hombre que ahora es parodiado por una fantástica ciudad oriental que es en esencia un centro comercial muy extraño. Tiene zonas como la ciudad de Blake, dividida en cuatro y con puertas y murallas, pero no es sino una ciudad generada por computadora, una mala parodia de lo que para William Blake es una ciudad visionaria, en la que cree pero que es también una ciudad de la mente y la inspiración. “Siempre se ha deseado reflejar la visión perfeccionada de una ciudad que existe por encima de la ciudad real, y hay momentos en que puedes ver un reflejo de ella en lugares particulares, momentos particulares, porque una de las grandes cosas de Londres es cómo cambia la luz. En un solo día la luz se transforma dramáticamente. Si vas caminando por el río atraviesas interminables y extraños cambios de luz que son también cambios de estados de ánimo y vislumbres de un recuerdo. Es una parte muy especial de Londres, que es un puerto, una ciudad unida al mundo por el Támesis, constantemente alimentada por distintos pueblos que llegan y traen algo, y la ciudad también se ramifica, gracias a gente que aun antes de saber que había algo más allá ya estaba navegando hacia las Antillas o el Paso del Noroeste, justo desde el corazón de la ciudad marítima, que es lo que la vuelve tan perfecta”. Le pido que me hable de algún momento en que haya percibido la esencia Golgonooza durante su vida en Londres. —Es difícil, porque Blake es un compañero de fragmentos, no es como leer algo, es más como conocer a alguien pero no del todo, y de pronto se vuelve visible. Hojeo un poco de Jerusalén, por ejemplo, y más que considerarlo como algo coherente, según las líneas decides hacia qué parte te diriges. Recuerdo leerlo de muy joven como un viajero mental, esta idea obsesiva y cíclica del niño, la mujer, el sacrificio, que era mucho de mi idea de Londres, más que la noción de una ciudad idealizada o conceptualizada. “Blake es simplemente extraordinario. Toma el Progreso del peregrino de Bunyan y lo recrea, o a Milton, y al mismo tiempo trabaja en su oficio de grabador e inventa sus propios procesos, sin tener gran éxito, abriéndose camino gracias a la experiencia visionaria. Es la máxima figura londinense, un hombre de la ciudad, educado de muy joven dibujando en Westminster Abbey y finalmente muriendo en Fountain Court, cantando alabanzas a la luz del río”. El libro de Sinclair se concentra en la particular cartografía de la ciudad dibujada por Blake, donde Londres se convierte en su cuerpo espiritual y casi físico. Las palabras son entonces los mapas que es necesario seguir para llegar al núcleo del Londres visionario, cuya clave reside en la obra y vida del arquetípico escritor londinense, William Blake. L

En los márgenes de la City

*

Iain Sinclair

C

uando los cercamientos llegaron a Londres, a Hackney por ejemplo, en Hackney Downs, se valló un área de tierra comunal, suspendidas las antiguas libertades. La turba, los londinenses, no lo iban a aceptar. Arrancaron las vallas y las cosechas, y se las llevaron como si fueran suyas porque reivindicaban esa tierra como su patrimonio. Donde estamos ahora, en el antiguo Stratford de Blake,1 de la noche a la mañana y sin consulta alguna, una elevada valla azul cerca lo que es tierra comunal, pantanales, tierra de lammas,2 un lugar para caminar en libertad. Las parcelas que había ahí, los manor garden allotments, todo eso fue arrasado. Mi impresión inicial es la de Blake como un libertario de gorra roja entre la muchedumbre en la quema de la prisión de Newgate. En ese periodo de su vida es un agitador, partidario de las revoluciones. Política y misticismo, arte y artesanía, vanidad y modestia: en pugna. Y la lucha en su interior —y la profunda discusión con lo que sabe de Swedenborg— se lleva a cabo mediante una reconfiguración de la topografía de Londres. [...] Hay otra forma de ver a Blake como londinense, que es de algún modo la versión que presenta Peter Ackroyd en su Blake. El suyo es un recuento persuasivo de la vida del poeta, una narración cronológica: dónde vivió y cómo fueron escritos los libros. Pero ahí se da un proceso que implica arriesgados saltos de la imaginación. Una versión heredada de lo que Blake pudo, y quizá debió, haber sido. Ackroyd habla de Hercules Road, donde vivían los Blake en Lambeth, al sur del río: “Desde su ventana en el piso superior, Blake habría visto las barcas y botes pesqueros y veleros sobre el Támesis, donde la ribera se había convertido, al paso de los siglos, en el asiento de muelles de carbón y almacenes de madera”.3 Pues yo no sé... Yo he caminado eventualmente por estas calles y he visitado todos los sitios donde vivió Blake. Pero no puedes llegar con ese método, no puedes remontarte en modo alguno. Hercules Road es un arrecife de viviendas de interés social impávidas e impenetrables, un pub decrépito (o lo era entonces), y no hay forma de sustentar ninguna noción del río, que está a cierta distancia de la calle. Sí se advierte la presencia del manicomio cerca de ahí, Bedlam, el Hospital de Bethlehem, que se había trasladado ahí desde Moorfields en 1815 —en la forma en que Londres siempre quiere enterrar, o deshacerse de su locura visionaria, sus ciudadanos dañados—. Si querías entender dónde terminaba Londres como entidad orgánica, caminabas hacia afuera hasta topar con el collar de asilos para lunáticos. Cuando anduve recorriendo a pie la senda alrededor de la M25 —la autopista de circunvalación que le da la vuelta a Londres— descubrí que estaba definida por parques victorianos y eduardianos que contenían hospitales y psiquiátricos, todos los cuales han sido ahora desmantelados y convertidos en urbanizaciones cerradas, comunidades de lujo. Pero quedaba esa sensación subyacente de que aquellos que eran difíciles, estaban locos, dañados o lo que fuera en el centro eran sacados a empujones hacia el margen. [...] Ahora bien, mucha de la gente más culta y socialmente exitosa de la época, los

poetas universitarios, habrían considerado a Blake, en caso de que se hubieran llegado a interesar en él, perteneciente a la tribu de los locos. Charles Lamb, quien era muy positivo y entusiasta respecto a algunos elementos de Blake, lo veía en efecto como un caso especial, tocado por el genio, pero tocado —un loco—. El mismo Blake habría sido expulsado. Se puede decir que el viaje a Felpham, en la costa sur, donde se encuentra poseído por el espíritu de Milton, es una especie de extracción. Y no funciona. Al final se vuelve horrible y no queda más que regresar a la ciudad. La gravedad de Londres lo atrae todo el tiempo. A donde lo está atrayendo es, en cierto sentido, un lugar que es el gran oasis para los caminantes o pensadores en Londres, Bunhill Fields, donde el visionario de Lambeth está enterrado en una fosa común de ocupación múltiple. Ahora el monumento a Blake ha sido desplazado, la piedra que lleva tallado su nombre y el de Catherine, lejos de la tierra donde colocaron sus huesos. La triangulación de monumentos en Bunhill Fields representa el espíritu disidente de Londres. Ahí está William Blake, justo junto a él Daniel Defoe, y enfrente, al otro lado del camino empedrado, John Bunyan. Los tres fueron, a su manera, topógrafos. Bunyan, el hojalatero de Bedford, tiene la cartografía de los viajes reales que ha realizado como caminante traspuesta en un mapa espiritual, un viaje a través de la dificultad hacia la ciudad que brilla en la colina. Y Blake se involucra con este proyecto de Bunyan, y realiza una serie de dibujos reescribiendo ese peregrinaje. Mientras que Defoe, que vivía en Stoke Newington y también dirigía un negocio en el estuario del Támesis, era más un hombre de negocios, un agente secreto. Se aventura en un recorrido por toda la Gran Bretaña, pero con una doble identidad. En parte como cronista de lo que está sucediendo socialmente —un historiador cultural por cuenta propia, creador de documentales—. En parte como informante: un espía. Un agente doble. Lo que resulta fascinante es situar a estas tres personas en esta zona encantadora. Maravillosa, en una mañana como ésta, con los árboles en lo alto, las hojas moteadas —sobre la tumba de Blake cuelga una gran higuera—. Y se trata de un lugar que no está en la City.4 Está justo afuera de las murallas de la ciudad original. Porque una vez que cruzas, empiezan a abrirse los permisos. Los teatros originales crecieron justo al margen de la City. Los burdeles, las libertades, los psiquiátricos crecieron en Hoxton, en el margen, y en Hackney, porque son los suburbios. Y en este lugar también están enterrados los disidentes. Yo camino y me siento por ahí porque es un alivio durante cualquier trayecto por la ciudad. [...] El lugar al margen de la City es un lugar de respiro y determinación. V *Tomado de Blake’s London: The Topographic Sublime. Traducción de Adriana Díaz Enciso. ¹Blake menciona la región, Old Stratford, en su poema Jerusalén. [N de la T.] ²Lammas day, festival religioso de la cosecha que celebraban los pueblos anglosajones el 1 de agosto. [N de la T.] ³ Peter Ackroyd, Blake, Sinclair-Stevenson, Londres, 1995. 4 La City es el área que ocupaba antiguamente la totalidad de Londres. [N. de la T.] ESPECIAL


Visor

Samuel Noyola: el hijo del vértigo

Fue un poeta que lanzaba dardos envenenados, un huésped habitual del infierno. Nadie sabe dónde está, aunque acaba de aparecer su obra reunida ensayo Marco Antonio Campos

D

esde hace más de tres años los conocidos y amigos no saben nada de él. Si acaso vive, a Samuel Noyola le alegraría mucho ver su poesía reunida (El cuchillo y la luna, El Tucán de Virginia/ CONARTE) por Víctor Manuel Mendiola y Minerva Margarita Villarreal. Reúne los tres libros que publicó: Nadar sabe mi llama (1986), Tequila con calavera (1993) y Palomanegra productions (2003). No podía esperarse algo más o algo menos de Mendiola; lo vio desde sus inicios como el mejor poeta de su generación, y si alguien, sin buscar reciprocidad, se empeñó en divulgar su poesía, fue él. Más: lo apoyó hasta donde era humanamente dable y cuando Samuel cayó en la cárcel por un delito que no cometió, el propio Mendiola y un noble y solidario Juan Villoro consiguieron que el notable abogado Gonzalo Aguilar Zinser lo sacara a los pocos meses. Aguilar Zinser no cobró un centavo. Me parece un acierto el título general del volumen. Está tomado parcialmente de un poema dedicado a Daniel Sada (“Fábula del cuchillo y la luna”). El cuchillo y la luna serían dos contrarios que en la persona y en la obra de Noyola debatieron, se confrontaron, se integraron: el filo cortante y la luz espléndida. Es curioso que una personalidad altanera y violenta como la de Samuel, en sus versos estuviera en ocasiones más cerca de las claridades de la luna que de la hoja del cuchillo. En su primer libro, Nadar sabe la llama, Noyola aún está hechizado ante el mundo y su visión nos hechiza; en el segundo, Tequila con calavera, que es el mejor para Mendiola, ya empiezan a notarse en él las incisiones quemantes en el alma, la punta aguda del cuchillo haciendo cortes en el corazón y el cerebro, y, en esta dirección, si tiene una real familiaridad con un poeta mexicano, con un gran poeta mexicano, es con Francisco Hernández. Sin embargo, cuando en 2003 publica, a los 39 años, su último libro (Palomanegra productions), hay un buen número de poemas que parecen bosquejos y otros en los que se halla más preocupado por tintineos rítmicos o elaboraciones barrocas, que no iban muy bien con su sensibilidad, y que le ayudaron poco o nada en la escritura. Pero sobre todo en la segunda mitad de Palomanegra productions hay piezas líricas que son como navajazos al rostro y donde Samuel se pinta y figura tal cual es y despinta y desfigura lo que le parece o a quien le parece desdeñable: el ácido y caricaturesco “Brindis”; “Hotel Managua”, en el que rememora, cosa de veinte años atrás, su bohemia despreocupada en la Nicaragua postrevolucionaria, y “Otra vuelta al mundo”, que nació de una letra de rock y podría ser una letra de rock. Y en ese desorden, que a veces llega al delirio verbal, hallamos a veces ráfagas que arrasan árboles, llamas que prenden fuego, flechas envenenadas al corazón. Lo he de haber conocido en Monclova, Coahuila, en un encuentro regional de escritores, por 1986. Se me acercó para decirme que había leído mi traducción de Una temporada en el infierno y me halagó diciéndome que la llevaba en los bolsillos

cuando viajaba. Tenía 21 años. Acababa de publicar su primer libro (Nadar sabe la llama); al leerlo, me asombró —me alegró— encontrar a un poeta dotadísimo, y ahora, al releerlo, no dejo de entristecerme al pensar en el notable poeta que fue y lo grande que pudo ser. Por más que hago memoria no encuentro un poeta mexicano que haya publicado a esa edad un primer libro de tal altura. Tenía todas las virtudes como poeta y las ahogó en las aguas cenagosas de los túneles sombríos del underground. Leamos estos versos que sin exageración podrían leerse como un proverbio de William Blake: “Porque no soy más que un hijo del vértigo:/ bendición y transgresión, y exceso”. O estos dos que compendiarían también su paso por la tierra: “Bajé hasta el fondo de mí,/ al ser entregado al cero”. Gustaba decir de memoria poemas ajenos y propios y fue un ferviente lector de los poetas clásicos españoles. Por alguna vía, iba dando pistas de sus preferencias a lo largo de sus composiciones: el verso de hierba y aire de San Juan de la Cruz, los sonetos severos de Quevedo, las catedrales barrocas de Góngora y Sor Juana Inés de la Cruz, la alta música amorosa de Garcilaso y el caudal prodigioso de Lope de Vega, y después, ya en el modernismo, la lira sonora de Rubén Darío y las “palomas barrocas” de Ramón López Velarde.1 Entre los poetas del siglo XX de nuestra lengua, le atrajeron, sobre todo en la escritura de su primer libro, los descuadramientos verbales de Gonzalo Rojas, y de otras lenguas admiró a Eliot y Pound, y muy en especial a Rimbaud, al adolescente Rimbaud, quien fue incluso un modelo de vida. Pero quien fue su “verdadero dios”, quien se halla aquí y allá en su breve obra, es al que llamó —así lo puso en la dedicatoria de su último libro— “la constelación Octavio Paz”. Y más aún: al poeta de Mixcoac le escribió un poema donde es figura y tema (“Octavio”) y hay un buen número de piezas líricas o versos donde hallamos su profunda impronta. Asimismo, sus poemas más extensos, “Calzada Madero” y Arcano Cero”, no se explican sin la lectura de “Nocturno de San Ildefonso”. Desde luego, guardando las grandes proporciones entre la capacidad reflexiva entre uno y otro, del “Nocturno” Noyola

toma dos ideas que él varía y lo retratan en su escepticismo radical. Donde Paz, al hablar del anhelo de su generación, escribe “El bien, quisimos el bien:/ enderezar la historia”, Noyola adapta: “El Bien: una quimera”; donde Paz sentencia: “La historia es el error”, Noyola, luego de su experiencia en Nicaragua en los primeros años de “la revolución tropical”, hablará de la “histeria de la historia”. No deja de resultarme curioso o paradójico que un marginal de lo marginal tuviera esa ilimitada admiración por Paz, quien a su vez le tuvo deferencias: le dio trabajo un tiempo como corrector en la revista Vuelta y le publicaba poemas. Uno de los soles espléndidos de sus dos primeros libros es la mujer (Marcela, Angie, Joseta, Michela). Abeja sexual, la mujer representó para él ternura y alegría, desdicha y desesperación. Nada más encumbrado para el adolescente que alguna vez fue que el encuentro en el lecho de un hombre y una mujer: “La sábana/ es íntima luna que ilumina/ el afiebrado beso de dos cuerpos/ el más alto momento de la espuma”. De las tres naranjas que le regaló su madre, en una descubre de pronto virtudes maravillosas: “La naranja pequeña estalla/ y germina una muchacha”. Un sencillísimo terceto suyo, en el que la joven es envidiada por la naturaleza, es un sortilegio rítmico en su repetición: “Marcela: la mar/ está celosa de ti./ Marcela, la mar”. En el último libro los poemas de amor —salvo destellos aquí y allá— prácticamente desaparecen. “Clava saca otro clavo, pero cuatro clavos hacen una cruz”, escribiría Pavese en una de las últimas reflexiones de su diario, las cuales se leen como si se tuviera una cuchilla en el vientre (Il mestiere di vivere). Como lo leería Noyola. Noyola estuvo dividido entre la ciudad y el desierto del norte mexicano y aun escribió que tenía un pie en una y un pie en el


domingo 4 de marzo de 2012 b07

poesía DEVIANTART

otro. La ciudad era la condenación y el desierto la redención, pero acabó hundiéndose en el triángulo de grandes urbes mexicanas: Saltillo, Monterrey y la Ciudad de México. Sentía horror por las grandes urbes, pero no tuvo la pequeña ciudad idílica de infancia que recordar o donde refugiarse y a la cual realzar. Como López Velarde, vino a ser alguien en la capital y la capital lo devoró. “Sombra dantesca en la ciudad”, aun en algún poema comparó a la Ciudad de México con el infierno, y la Ciudad de México lo acabó hundiendo en el infierno. En otro poema, en una visión helada, encontraba en la gran ciudad sólo avenidas frías, vidrieras sin alma, palabras de ceniza, calles donde los hombres desaparecen. Sabía que su otro yo, su conciencia moral, como a William Wilson, lo perseguía feroz e incesantemente. No sabía a veces si vivía entre personas o entre máscaras delirantes. Noyola solía aliar, con mirada irónica, referencias del mito y la poesía, de la historia y la religión, con la realidad pedestre que circunda al hombre moderno. Por ejemplo, hacía convivir, en una fiesta nocturna, a San Juan de la Cruz y a los Rolling Stones; no ignoraba que en nuestro tiempo “las ninfas se casan con los ingenieros”; con el ojo de Goya podía mirar su noche bocabajo luego de acostarse con una prostituta, o podía encontrar a Cristo “con zapatos de oficina”. Sobre todo, en la última parte de su obra se preocupó mucho por el lenguaje y las fiestas del México urbano y se sintió íntimamente ligado al orbe del rock psicodélico y el heavy rock. Tenía destrozada la figura paterna —lo escribe en una confesión dolorosa—; la materna era de ternura y luz. Su lenguaje puede ser en ocasiones rabioso y duro pero muy raramente procaz. Su humor despreciativo se encuentra muy bien logrado en poemas como “Todólogos”, donde se burla sangrientamente de los marxistas de cantina y café (“gloricuelas locales”), o “Domus”, en el que dibuja la muerte simbólica de los amigos de infancia que viven “instalados frente al televisor” y “sentados en la mujer”, o el ya citado “Brindis”, sátira de nuestro mundillo cultural y artístico donde se codean en los salones Doña Cultura y Don Pedante y se ven “las plumas del fuckcionario engalanado”. Una palabra ilustraría en gran medida lo que de él noté desde las primeras veces que lo traté: destino. Era visible en él —como en Rimbaud o en Trakl— la marca, o como diría Baudelaire sobre Poe, “tenía escrito en caracteres misteriosos en los pliegues sinuosos de su frente la palabra guignon”. Entre la salvación y la condenación, uno sabía, no sin resignación y tristeza, que terminaría condenado y su final sería, entre el horror y el dolor, el naufragio sin luz entre bares, cantinas, ínfimos rincones citadinos, la pepena, el círculo del delirio de la droga y el alcohol, el callejón sin salida que daba a la ventana de niebla de la muerte.

La ciudad era la condenación y el desierto la redención, pero acabó hundiéndose en el triángulo de grandes urbes mexicanas Hay una breve elegía, angustiosa e impresionante, en la que Noyola relata una suerte de batalla boxística figurada: “Soñé con un amigo que está muerto./ No sé si por furia o alegría/ nos empezamos a golpear./ Ya no sé si le pegaba a la muerte/ o al amigo”. Ahora sabemos con cuál de los dos peleaba. O con los dos. William Wilson cazando —alcanzando— a William Wilson. Pero más allá de una posible desaparición o una posible muerte, gracias a su poesía, la cual escribió con las manos en el fuego, él sabía que iba a perdurar, y aun transcribió dos líneas de una letra del grupo de rock Greatful Dead: “We will get back./ We will survive” (“Regresaremos./ Sobreviviremos”). O si se me permite singularizarlo: Regresará. Sobrevivirá. Con la publicación de este libro empieza un mito urbano. V 1 Curiosamente, a López Velarde se le ha visto de varias maneras: Neruda lo vio como el último arcángel del modernismo; para Octavio Paz, fue el puente entre el modernismo y la poesía moderna, o, dicho de otra manera, el primer poeta mexicano verdaderamente moderno; a Noyola le parecía, no sé por qué, un poeta barroco.

Poemas inéditos Samuel Noyola

Pregón

El rehilete de Sami

Olvida los relojes descarados Devuelve al mar el pez contorsionista Retoza en un colchón de hojas rejegas Aspira con la mente en cero índigo Deposita el silencio en un ánfora Congrega un círculo de agua bendita Pisotea las uvas de tu vino

Mi perro es medio loco, como yo.

Acostúmbrate a volar con muletas A capear el temporal de sus ojos A descender el tiro de una mina Haz amistad con la pantera en celo Despierta brujo el fin de la semana Fabrica una alcancía para el sueño Dona tus dedos al fuego doméstico Ayúntate al idioma en pleno ayuno Bailotea descalzo en la tiniebla Deletrea en voz alta tus pecados.

¿Sabes quién soy? Alicia Quiñones

C

onocí a Samuel Noyola en septiembre de 2005, en la Casa Refugio Citlaltépetl, a donde llegué para solicitar un espacio para la presentación de mi primer poemario. Esperaba que me recibieran cuando se me acercó el poeta. Con olor a alcohol, voz grave y tono norteño, me dijo: —Soy Samuel Noyola, ¿sabes quién soy? —No —respondí un poco asustada. —Presento mi libro en dos semanas, ¿vienes? —preguntó extendiéndome la invitación donde destacaba el título Tequila con calavera, reeditado por Conaculta. La impresión que me dejó fue de miedo. El editor y escritor Édgar Krauss, dueño de la librería de la Casa Refugio, me explicó quién era Noyola, me habló de su poesía y me pidió —inusitadamente— que lo acompañara en la mesa de la presentación de su libro. Llegué ese día con mi texto. Éramos alrededor de veinte personas y Samuel leyó sus poemas con fuerza y devoción. No pasó ni una semana cuando recibí una llamada suya en Contacto, una revista de negocios donde yo trabajaba. ••• Las charlas con él fueron pocas pero sustanciales. Desaparecía con frecuencia, como lo saben sus amigos y conocidos. Un día me llamó de casa de su hermana, desde el Ajusco. Me dijo que había dejado de tomar definitivamente y que su mejor compañía era Sami, el perrito que vivía con ellos. “Tengo nuevos poemas, quiero terminar un libro”, dijo entusiasmado.

Resulta que de buenas a primeras, sin importarle a él, menos a nadie, se persigue a sí mismo por la cola. Y girando centrífugo, inclemente, del mareo humorístico que entraña, enloquece la brújula y el tiempo. Pide que sea el centro de la casa, el punto de partida y de llegada, la cerveza más fría del desierto, el peludo astronauta de su género, el dueño de la regla y el compás. Es como yo, mi perro loco y medio.

Quedamos de vernos en el Starbucks de Coyoacán, un viernes de julio de 2006, a las cinco de la tarde. Llegó con un aspecto muy diferente al habitual: su ropa era nueva y pidió un té negro. Samuel hablaba fuerte, por lo que de las mesas vecinas volteaban con insistencia. Me contó de la publicación de uno de sus primeros libros de poesía en Monterrey, de cómo fue sacado alguna vez de la mesa de redacción de la revista Vuelta e incluso de la ocasión cuando, en Madrid, despertó a Octavio Paz de madrugada para pedirle un poco de dinero. Al terminar la breve charla, en un fólder azul me entregó cinco poemas que acababa de terminar. Me llamó al día siguiente para saber qué pensaba del texto dedicado a Sami. No me dio tiempo de contestarle: enseguida comenzó a hablar del perro y de la felicidad que le provocaba verlo al entrar a su casa. ••• La última vez que vi a Samuel fue en una inesperada visita que hizo a las oficinas de Contacto. Una mañana llegó preguntando por el editor, Luis López, a quien conocía. Era muy temprano y no había llegado ni la recepcionista, pero sí el director general, un señor alto y robusto. Él le abrió la puerta. —Usted debe ser el mero-mero aquí, ¿no? —le dijo Samuel al observar su aspecto. —Sí —respondió el director. —Estoy buscando a Luis. —No está. —Lo espero... ¿Sabía que ésta es la nueva moda en Londres? Mañana vuelo para allá. El poeta señalaba una corbata que traía de cinturón. Llegué antes que Luis. Al verme me pidió cien pesos, me habló de su viaje a Londres, donde se hospedaría con una amiga. Me dijo que deseaba que tradujeran su poesía, y que tal vez nunca volvería. V


Suplemento Visor