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N.o 461

Visor

Antonio D'Alfonso París está lejos... página 2 Los intelectuales y el PRI Heriberto Yépez página 2 Avelina Lésper Coleccionistas página 8

domingo 29 de abril de 2012

Drácula en Londres

Recuperación del texto de Adriana Díaz Enciso Página 6 ESPECIAL

MILENIO

La literatura en la infancia Thomas de Quincey

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02 b domingo 29 de abril de 2012

MILENIO

antesala

París está lejos...

ESPECIAL

Tributo a la ciudad de Breton, Baudelaire, Verlaine, estos versos no ocultan su devoción por los rumores urbanos y el lenguaje secreto de los amantes POESÍA

Antonio D’Alfonso

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arís está lejos, como el Secreto de Rodin, esas manos de amante que se acarician sin tocarse, y aún tocar es tocar, un susurro que abraza lo que no puede encerrarse, mi hogar es una ciudad de encierro, aunque la jaula sea invisible y los barrotes reluzcan. París es un secreto que se abre a sí como un susurro, y los muros caen cuando el taxista sonríe y los mozos ríen: este restaurante es el sexo del amante que los poetas besan. ¿Qué labios hemos tocado hoy? No se puede poner precio a las obras que el misterio augura. En el atrio, mujeres de vida alegre. Sobre nosotros, los aristócratas de la historia roncan. Uno deja y otro da, uno toma y otro rompe. Ninguna foto puede captar las múltiples dimensiones de esos dedos que tocan sin tocar. Esta calle es un refugio de réplicas donde tocar es renacer.

10 de abril de 2002 Versión al español de Diego Cremer

A

ntonio D’Alfonso es poeta, ensayista, guionista y narrador canadiense. Nació en Montreal en 1953. Como fundador y director de la editorial Guernica durante 33 años, publicó más de 475 títulos, entre ellos muchas de las voces italo-canadienses. Ideó la serie En itálicas. Reflexiones sobre etnicidad donde rescata conversaciones con otros autores canadienses sobre el origen, la pertenencia, la ínsula cultural que significa ser de origen italiano y vivir lejos de Italia (y de la mirada de Italia), entre la anglofonía y francofonía canadienses. Por ello ha establecido puentes entre el italiano, el francés y el inglés, escribiendo él mismo en los tres idiomas. Vivió algunos años en México al final de los años setenta. Sus libros han sido premiados: Fabrizi’s passion recibió el Bressani Award (2000), y en su versión al italiano el Internazionale Emigrazione en Italia (2003); Un vendredi du mois d’août, el Ontario Trillium Award (2005). Entre sus películas independientes figuran My trip to Oaxaca (2005), Bruco, que recibió el premio como mejor película extranjera y mejor dirección en el New York International Film Festival en 2010, y Antígona. Mucho de lo que escribe es autorreferencial. En sus novelas ha jugado con el alter ego Fabrizzio Notte, al igual que John Fante, escritor italo-americano y a quien admira, usa el Arturo Bandini. Actualmente combina su escritura con las clases de guionismo en la Universidad de Quebec en Montreal. La definición de la identidad en un Canadá multicultural, la batalla por el amor, el fracaso, las historias de familia son algunos de los temas que le interesan, bajo la constante reflexión sobre la inmigración y la transculturación. Esperamos poder leerlo muy pronto en español, pues su voz es sin duda una de las más originales y retadoras a la vera del mainstream canadiense (Mónica Lavín).

Los intelectuales y el regreso del PRI ARCHIVO HACHE Heriberto Yépez hyepez.blogspot.com

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n Sin embargo, Alejandro Páez Varela dijo: “El PRI de inmediato se rodeará —como lo hicieron en la tormenta Luis Echeverría, José López Portillo o Carlos Salinas— de una nata de intelectuales que le ayudará a validarse ‘moralmente’ ” (http://www.sinembargo.mx/ opinion/16-04-2012/6313). Supongamos que el PRI regresa a Los Pinos. ¿Qué cambiará en el mundo intelectual mexicano? Sí, habrá una nueva camada intelectual del PRI. Podemos sospechar quiénes regresarán o se estrenarán en la República de las Artes y Letras Re-Institucionalizadas. Peña Nieto, empero, no parece darle mucho valor al mundo intelectual. Básicamente es un político de poca lectura o reflexión, como vimos en la FIL. Pero Peña Nieto no necesita entender la importancia de que intelectuales lo respalden; basta que lo entiendan sus asesores. El PRI inventó el sistema que Vargas Llosa llamó la “dictadura perfecta” que incluye —como explicó ante un atónito Octavio Paz— la compra de conciencias, como el propio Paz, aunque Vargas Llosa lo haya exonerado de esa tradición. Es interesante esta transición. El escritor mexicano vivo más influyente en el mundo es Carlos Fuentes, y Fuentes desprecia abiertamente a Peña Nieto. Otro intelectual relevante, Enrique Krauze, recientemente habló mucho mejor de López Obrador —a quien hace seis años repudió— que del candidato priísta. Y Javier Sicilia dice que

Peña Nieto es el “peor de los cuatro”. Es común que intelectuales se pronuncien a favor del voto nulo o López Obrador pero rarísimo que uno confiese que votará por PAN y aún menos por PRI. Los intelectuales que en urnas votarán por PAN o PRI, en público no lo confesarán: se desprestigiarían en un medio crítico que va de la izquierda a la incredulidad total. Aunque es evidente que todo tipo de intelectuales asumirán puestos gubernamentales e “independientes” en un probable retorno del PRI. El silencio que están guardando los intelectuales neo-priístas es una señal de que el viejo modelo puede actualizarse; su “silencio” es la llave de su colaboración. En cuestión de intelectuales, el Re-PRI generará al menos tres escenarios. 1) Una parte se re-integrará al régimen priísta mediante el silencio “apolítico”. 2) Se creará un discurso cultural de re-integración. 3) Otro sector se politizará con mayor claridad que en el pasado en contra del régimen priísta. Viene una casta de intelectuales orgánicos de clóset, que servirán al PRI haciéndose los intelectuales-muertos. Viene una nueva ideología revolucionaria re-institucional. Y viene también una ampliación del rechazo de otra parte del mundo intelectual hacia el PRI. Estamos a punto de entrar a otro capítulo de la intrigante historia de la relación de los intelectuales con el régimen del Partido Revolucionario Institucional, ahora espectáculoneoliberal. V

MILENIO FRANCISCO A. GONZÁLEZ presidente · JAIME BARRERA RODRÍGUEZ director editorial · MARINA MIRANDA directora general de negocios · JORGE VILLARREAL comercialización · MIGUEL ÁNGEL PUÉRTOLAS jefe de información · ANTONIO NAVARRETE jefe de cierre editores: JORGE VALDIVIA G. ciudad y región · MOISÉS MORA negocios · IGNACIO DÁVALOS cultura · ELDA ARROYO mp · HUGO MERINO diseño · KALIOPE DEMERUTIS ocio · IRENE SELSER fronteras · HORACIO SALAZAR tendencias · JAIRO CALIXTO ALBARRÁN qrr y el ángel exterminador · SUSANA MOSCATEL hey! · FERNANDO TORRES circulación · NOÉ ANAYA producción ·

MILENIO diario b VISOR b Dirección: José Luis Martínez S. Edición: Alicia Quiñones Coedición: Roberto Pliego Arte y diseño: Salvador Vázquez Mejía


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VISOR

antesala Mesa de novedades en la Joselisa ALEJANDRA LEYVA

Ricardo Pozas Horcasitas Los signos de la memoria UAM y FCE $140 Joel S. Migdal Estados débiles, estados fuertes Traducción: Liliana Andrade Llanas y Victoria Schussheim FCE $120 José María Pozuelo Yvancos Historia de la literatura española. Tomo VIII. Las ideas literarias Crítica $429 Vicente Quirarte Amor de ciudad grande

FCE y UNAM $165 Rodrigo Soto El nudo Periférica $330 Esteban Buch *El caso Schönberg. Nacimiento de la vanguardia musical FCE $355 Antología América en el pensamiento de Alfonso Reyes Prólogo y selección: José Luis Martínez FCE $90

Juan Bosch Judas Iscariote, el calumniado Prólogo: Baltasar Garzón Machado Libros $290 Zygmunt Bauman Daños colaterales desigualdades sociales en la era global FCE $220 Patricio Pron El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia Mondadori $219 Eraclio Zepeda Sobre esta tierra FCE $160

EL LECTOR SE LLEVA ALEJANDRA LEYVA

Una vuelta a los clásicos Mónica Stettner, directora de la Fundación Universidad de Guadalajara LA INVITACIÓN ALEJANDRA LEYVA

Alejandra Leyva

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Patricia Rodríguez Ama de casa En la Joseluisa ¿Qué título compró? Compré títulos infantiles para mi hijo Mateo. Mis primeros colores de la editorial Silver Dolphin y El secreto de familia de la editorial Egales de la escritora Isol. ¿Cómo es que elige los títulos? En este caso él lo eligió. Suelo venir con recurrencia a la Joseluisa. Estoy un poco involucrada con las novedades infantiles que tiene la librería. Me oriento un poco con los autores que están siendo populares, o que se venden con mayor recurrencia. ¿Cuáles son los más recomendables para el público infantil?

A mis hijos les he comprado Olivia –todo lo involucrado con ella-, Isol, Anthony Brown y Oliver Jeffers. ¿Qué es lo que deben contener los libros que elige? La historia no debe ser moralista ni trate de ser educativa, si no que busque ir más allá. Algo que me parece importante es el hecho de tocarles el alma, que no le dé un mensaje obvio, que logren encontrar algo profundo que también los guíe y los nutra culturalmente, ya que están en la edad formativa, la más importante en el desarrollo de un ser humano. ¿Qué título sigue? Yo vengo cada quince días. No tengo ninguno ya definido, seguramente caminaremos rumbo a la sección y veremos lo que tanto él [Mateo] como yo creemos que es lo mejor. V

ónica Stettner está nerviosa. Recordar o recomendar títulos literarios no es su fuerte. Sin embargo, la mirada que destina a sus encuadernados compañeros es la misma que la de una cómplice de aventuras. La tarde es frenética. El tráfico de la avenida Hidalgo contrasta con la parsimoniosa calma que hay en el edificio en el que labora Stettner. Un ventilador. Cinco libros y varios posters de la Feria Internacional del Libro en Guadalajara en diferentes ediciones encuadran la atmósfera del lugar. “Mis últimas adquisiciones son diferentes libros que en algún momento me han marcado de cierta manera. Los de abajo de Mariano Azuela, es un libro que leí cuando era muy joven y que nos muestra tristemente lo absurdo de la guerra. Uno que leí en la secundaria fue El extranjero de Albert Camus; el tercero que yo quiero proponerles es el de Bajo la sombra de la Historia de Fernando del Paso, y el cuarto Mujeres que corren con los lobos de la psicoanalista Clarissa Pinkola”. Sin embargo, cada que toma un libro la regla de lectura exige contar por lo menos con un gancho, una oración o algún enunciado que la atrape, que la fusione. El héroe más notable en su desarrollo está en Rayuela de Julio Cortázar. “Los

Stettner suele acudir a la relectura de títulos que la han marcado en otros tiempos

clásicos son clásicos, no cambian”. No se considera ortodoxa en cuanto a la elección de títulos. Ella se define como una lectora ecléctica, sin guía: “De pronto retomo algún escritor que leí años atrás y que quiero conocer un poco más su obra. Son muchas veces autores que ya conozco pero que deseo explorar. Releer libros que ya había leído años atrás. De pronto también recomendaciones que veo en revistas o en Internet, de gente en la que yo confío y a veces cuando estoy en la librería, un libro me llama”, comenta Mónica Stettner. Hablar de la literatura para Stettner es hablar de su mayor hobbie: conocer nuevos mundos, caras y momentos, es lo que le reditúa cuando sus ojos navegan en arroyos de letras que generan instantes indescriptibles. V


VISOR

La literatura

en la infancia Por cortesía de la editorial Sexto Piso, presentamos un fragmento de Bosquejos de infancia y adolescencia, 1785-1800, el volumen con el cual el autor de Confesiones de un opiómano inglés inició la publicación de sus obras completas cuando acababa de cumplir 67 años Thomas de Quincey

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l niño es el padre del hombre” dice Wordsworth para llamar la atención sobre el hecho, casi siempre desapercibido o del que sólo se es consciente a medias, de que todo lo que acaba siendo un adulto ha preexistido de manera germinal en el niño, como si se tratara de una fruta. Sí, hubo un día en que todo lo que hoy está completamente desarrollado en el hombre estuvo latente —de forma visible o invisible— en el brote del niño. Su contrario, sin embargo, es falso: que todo lo que preexiste en el niño acaba desarrollándose en el adulto. Ciertas primeras nociones y tendencias que podrían haberse desplegado a veces no lo hacen por accidente o por fuerzas contrarias a su desarrollo que congelan su crecimiento natural. La infancia, por tanto, debe contemplarse no sólo como una parte de un mundo más amplio que espera su completo desarrollo en la edad adulta, sino también como un mundo independiente en sí mismo, una parte de un continente, pero también una península. Gran parte de lo que tiene el adulto es heredado de su yo infantil, pero eso no significa que toda su herencia provenga de esa etapa. […] Esos casos en los que la infancia llega mediante ese privilegio silencioso del corazón a ciertas revelaciones especiales en las que se pone de manifiesto la verdad, o la belleza, o el poder, tienen cierta analogía con otros casos más directamente sobrenaturales (de acuerdo con la fe tradicional de nuestros ancestros) en los que se revelan profundos mensajes admonitorios que le llegan al individuo a través de una súbita comprensión de ciertas palabras, escuchadas o escritas, que originalmente no habían sido dirigidas a él. De estos

casos hay dos tipos: aquellos en los que la persona implicada ha tenido una actitud básicamente pasiva, y aquellos en los que ha cooperado en cierta manera. El primero de estos tipos fue señalado por el poeta Cowper, y también por George Herbert, el poeta (famoso por su piedad) hermano del (más famoso aún por su paganismo) lord Herbert de Chesbury en un soneto memorable. Habla en él de los imprevistos destellos que emana la luz divina para llamar nuestra atención en el centro de lo que podría parecer su contrario: la vacía oscuridad del azar y el accidente. “Libros abiertos, y en ellos millones de sorpresas”. Es uno de los casos a los que Herbert alude, es decir, el de los libros que se encuentran abiertos por accidente y en los que un desprevenido lector, al deslizar una indolente mirada sobre sus páginas, se queda maravillado ante una palabra solitaria que esperaba allí, por decirlo de algún modo, emboscada, a la espera y acechante, mirándole como un ojo desde un lugar encantado de la conciencia. Esos casos son en realidad casi idénticos en lo esencial a los del segundo tipo, en los que el lector coopera o no tiene al menos una actitud completamente pasiva. Se trata de los casos que los judíos llaman Bath-col, o hija de la palabra (el augurio en el eco), es decir: cuando un hombre se encuentra angustiado o desconcertado porque debe tomar una decisión, le puede la urgencia

de obtener algún consejo que le guíe y de pronto escucha la voz de un extraño en alguna situación no buscada, una palabra que en principio no estaba dirigida a él pero que puede aplicarse con total precisión a la situación que le atormenta. En esas ocasiones la palabra mística que transmite el mensaje que sólo puede ser entendido por un oído en el mundo debe ser siempre imprevista: ahí es donde se encuentra su virtud y divinidad, ser capaz de arbitrar los medios para hacerse con el significado de tales palabras sería lo mismo que negar su misma razón de ser. […] Algo análogo a esas transfiguraciones espirituales de alguna palabra o frase producida por ciertos órganos del cuerpo (el ojo o el oído) se produce en todas las mentes sensibles cuando perciben la belleza, el pathos o la magnificencia que a veces se esconde en algunos textos literarios y que suele pasar desapercibido para las mentes más comunes. Me gustaría que el lector comprendiera aquí que, si expongo en este texto la manera en la que mi mirada infantil detectó en ciertas situaciones un resplandor de belleza que resultaba invisible para los demás, no lo hago con ninguna intención de arrogarme de más que de lo que podría hacerlo el más humilde de los hombres, es decir, de cierta singularidad en la constitución de la mente que en algunos casos determinados revela en algunas personas una fuerza estética que pasa desapercibida para otras personas, y hasta para todas en algunos casos. El primer caso pertenece a la marca divisoria (o frontera) entre mis ocho y mis nueve años, y los otros dos a un periodo dos años y medio anterior. Comentaré el último de los casos en primer lugar […]. El pasaje que me dispongo a citar me reveló el carácter de la sublimidad moral. ¿Qué era y dónde se encontraba? Seguramente le parecerá extraño al lector, y no le faltará razón, que el carácter de lo moralmente sublime se me revelara a través de la lectura de Fedro, el fabulista esópico. Mi tutor, el doctor S., cometió un grave error al darme como segundo libro de latín el Fedro, un escritor que trataba con gracia y un pulido satírico a los textos simples e informales de Esopo, pero así lo hizo. A Fedro le arrebataba el entusiasmo al narrar que la más intelectual de entre las razas de los hombres había erigido una estatua colosal a alguien que pertenecía a su misma clase social, es decir, a


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de portada HENRI LEBASKE

la de los esclavos. Los versos en los que aquella inquietante gloria de la sublimidad parecía arder como un poderoso faro para mi mirada infantil eran éstos: Aesopo statuam ingentem posuere Attici; servumque collocarunt eterna in basi.

Una colosal estatua alzaron los atenienses en honor a Esopo, al pobre paria pusieron para siempre sobre el pedestal. No he tenido ningún escrúpulo en utilizar precisamente la palabra “paria”, porque es la mejor manera de hacer entender al lector la forma en la que aquel texto hizo entender a mi corazón la sublimidad de ese pasaje. La sublimidad surgía realmente de cierta grieta espantosa, del abismo que ninguna mirada podía penetrar entre la corrupción de la esclavitud (sobre el hecho de que existiera un hombre pero se le negara su derecho y su poder legítimo para comportarse como tal) y la estrellada altura del esclavo en el instante en el que, levantándose desde su inmortal estatua, obligaba a todos los ejércitos del mundo a rendir sus armas ante el hombre emancipado, a todos los bombos y los platillos, a ahogar las murmuraciones de los reyes sobre su bajeza, y a cantar a las arpas que antes habían llorado por el esclavo a celebrar ahora su redención. Hablo sólo de los elementos que evocaron entonces en mí aquellos versos, por muy extravagante que pueda parecerle al lector que toda esa imaginería saliera de la cabeza de un niño […]. Hubo otras dos experiencias de la misma naturaleza que sucedieron antes y que compartí con mi hermana Elizabeth. La primera surgió de Las mil y una noches. Mrs. Barbauld, una escritora hoy casi totalmente olvidada, era la más célebre escritora para niños por aquel entonces […]. Aquella mujer tan desconocida y tan célebre en sus tiempos de gloria, escribió en una ocasión que las dos joyas de Las mil y una noches eran “Aladino” en primer lugar y, en segundo, “Simbad el marino”. Mi hermana y yo opinábamos justo lo contrario: que Simbad el marino era muy mala y que Aladino estaba cerca de ser la peor de todas, opinión que me sigue pareciendo perfectamente acertada. Simbad ni siquiera era un cuento, sino más bien una sucesión de aventuras sin unidad ni interés y en el caso de Aladino, después de que se asegura la posesión de la lámpara, la historia pierde todo su dinamismo. El resto del cuento no es más que una simple acumulación decorativa: cómo terminó un salón un día, cómo terminó otro al siguiente, sin más accidentes adicionales más que la ventaja que le da el mago ante la soberana ineficacia de Aladino para el uso de la lámpara. Pero a pesar de que mi hermana y yo despreciábamos a Aladino casi con la misma furia con la que despreciábamos a la reina de las escritoras por tener el mal gusto de valorarlo tanto, había un pasaje del cuento que me atrapaba y fascinaba con una intensidad tal que no pude entenderlo durante años. La sublimidad que lo envolvía me parecía tan insondable que parecía imposible poder encontrar la clave para interpretarlo. Estaba tan perturbado por la ciega sensación de su grandeza que no conseguía descubrir su causa […]. En el comienzo del cuento se nos presenta a un mago que vive en las profundidades de África y que conoce, gracias a sus artes ocultistas, la existencia de una lámpara maravillosa cuyos poderes favorecerán siempre a quien la posea. Y aquí se encuentra la dificultad. La lámpara se encuentra en una cámara subterránea y sólo puede ser sacada de allí por un niño inocente. Pero eso no es todo: el niño debe tener también un horóscopo particular y un destino que le autorice a tomar posesión del preciado objeto. ¿Dónde se podrá encontrar a semejante niño? ¿Dónde se le podría buscar? El mago sabe cómo: aplica su oído a la tierra y entre el infinito rumor de los pasos que en ese momento hieren la superficie terrestre distingue el sonido singular de los pasos de Aladino a seis mil millas de distancia, mientras juega en las calles de Bagdad. Atravesando un impresionante laberinto de ruidos y sonidos que ni siquiera la aritmética de varios siglos unidos podría resolver, el mago reconoce el sonido de los pasos del único niño que se encuentra en el margen de un río de Asia al que un ejército tardaría al menos cuatrocientos días en llegar. En su corazón misterioso de hechicero conoce esos pasos y los invoca, porque son los del único niño cuyas inocentes manos pueden permitirle conseguir la lámpara. Hay, por tanto, dos cualidades maléficas y criminales en los propósitos de ese mago que planea acabar con la vida de Aladino en cuanto cumpla su misión: la primera es la de arrebatarle a Babel su confusión y la segunda el poder, más inexplicable aún, de ser capaz de descartar innumerables sonidos terrestres y concentrar su atención en un único rastro, de leer en ese movimiento casi imperceptible un nuevo alfabeto de infinitos símbolos, pues para que el sonido de los pasos de un niño adquiera significado y se convierta en algo comprensible ese sonido tiene que estar preñado de una música de infinitos matices; latidos del corazón, movimientos de la voluntad, dudas de la mente deben de transmutarse en la información del sencillo ruido de esos pasos y, más aún, deben ser perfectamente distinguibles de los sonidos inarticulados y brutales de la tierra entera con todos sus álgebras y lenguajes que de alguna forma tienen sus correspondientes claves, su gramática y su sintaxis, dando a entender así que hasta las cosas más minúsculas del universo son reflejo de otras mayores. La lectura de las manos tiene también algo de esa oscura sublimidad. Todas aquellas cosas se las comuniqué a mi hermana mediante torpes remedos de explicaciones que ponían de manifiesto mi parco conocimiento del lenguaje y ella, que siempre sintió una inmediata sintonía con mis sensaciones y deseos, más rápida aún de lo que permitían mis torpes palabras, sintió aquel pasaje de la misma manera que yo, aunque tal vez no con tanta intensidad. Ella era muy superior a mí en velocidad

mental y en muchas otras virtudes intelectuales pero también poseía una de las cualidades propias de su sexo (perdonadme, hermosas amigas, por la traición de estas palabras): la de no sentir ningún hambre por las profundidades del pensamiento, ni la misma necesidad de adentrarse en ellas que sienten algunos hombres. Sólo diferíamos un poco, por decirlo de algún modo, en aquellos casos en los que lo sublime estaba fundado en alguna abstracción un poco oscura sin que hubiera en ello ningún signo de grandeza moral, en el resto nos fundíamos con perfecta fidelidad y simpatía, y no sólo con respecto a lo sublime, sino en cuanto a un gran número de materias intelectuales. Por eso relataré ahora gustosamente un caso en el que se exponen las pocas diferencias que había entre nosotros.

Estaba tan perturbado por la ciega sensación de su grandeza que no conseguía descubrir su causa No hay ejemplos de venganza que me parezcan tan efectivos, o tan patéticos si se quiere, como los que se ejercen sobre un malhechor de noble espíritu. Desconozco de dónde provenía esta historia que seguramente será nueva para el lector, ni yo mismo lo supe entonces ni he conseguido saberlo más adelante. La descubrimos en un libro que el Dr. Percival, el médico que nos atendía en Greenhay, había escrito para sus hijos. El Dr. P. era un literato de gustos elegantes y aficionado a la filosofía. Hay algunos textos suyos que se pueden encontrar en la Manchester Philosophic Transactions y que siempre he escuchado mencionar con mucho respeto aunque no haya tenido ocasión de leerlos personalmente. […] Un joven oficial (no importa de qué ejército) perdió el control de sí mismo de una manera tan total en un momento de súbita irritación que golpeó a un soldado raso que se tenía por alguien muy digno (cosa que sucede en todos los escalafones) y que además era célebre por su coraje. Las rígidas leyes militares impedían al soldado ultrajado cualquier posibilidad de venganza mediante la acción y, como sólo disponía de las palabras, cuando vio que se retiraba el oficial le aseguró que “se arrepentiría de lo que había hecho”. Como aquellas palabras tenían todo el color de una amenaza reavivaron la ira del oficial y aplacaron cualquier remordimiento que pudiera haber comenzado a nacer, por lo que la hostilidad entre los dos se volvió aún más tensa. Pocas semanas después hubo un enfrentamiento parcial con el enemigo. Imagina, lector, que eres un espectador y que contemplas cómo los dos ejércitos toman un valle. Están enfrentados en posición de combate pero no se produce más que una pequeña escaramuza y en su transcurso se presenta la ocasión para llevar a cabo una desesperada misión. Uno de los reductos ha caído en manos enemigas y debe ser recuperado a toda costa, aunque en circunstancias de gran dificultad. Un valiente escuadrón se ofrece voluntario y reclama a alguien que lo guíe y ahí se ve a un valeroso soldado raso dar un paso adelante para asumir el liderazgo. El grupo se pierde de vista de

inmediato entre las nubes de humo y durante media hora llegan, desde el otro lado, informes telegráficos de la cruenta batalla que se desarrolla, feroces señales: destellos de armas, gritos y ruidos de fusil, movimientos que avanzan y retroceden. Finalmente todo termina, se recupera el escuadrón. Lo que estaba perdido se ha recuperado, la joya que había sido secuestrada ha sido rescatada con sangre. Se elige a otro escuadrón para tomar posesión del matadero y los gloriosos conquistadores que lo han conseguido quedan en libertad para volver victoriosos entre innumerables grupos de camaradas que les aclaman hasta llegar al cuartel general donde sus acciones han de recibir el sello que las consagre. Observa, lector, a ese grupo que regresa; hace sólo una hora se lanzó con avidez hacia la agonía, hambriento de muerte, ¡con qué lentitud regresa ahora, al regreso, la calma y la seguridad! Se les puede ver ascender desde arriba en los márgenes del río: llevan por uniforme unos harapos desagarrados y las ennegrecidas hilachas de lo que antes fue una bandera. El joven oficial desciende entusiasmado y con prisa para saludar a ese escuadrón de voluntarios y al valeroso líder que les ha dirigido y descubre de pronto que el líder no es más que un soldado raso pero no le importa. En mitad de la euforia de la exaltación, ante cualquier sublime cortejo de la tumba, las distinciones se evaporan, “alto” y “bajo” se vuelven palabras sin sentido y toda la diferencia que separa al valiente del valiente y al noble del noble se evapora ante ese grito unánime. El oficial y el soldado raso están a diez pasos de distancia. No te diste cuenta, lector, por el fervor con el que se aproximaron, pero ahora que están cara a cara… ¿por qué se detienen los dos? Estás desconcertado, ¿verdad, lector? Estos hombres ya han estado una vez cara a cara. Ahora lo están de nuevo, y ante la mirada de todo el ejército. ¿Quiénes son ese oficial y ese soldado? Es el soldado golpeado y es el oficial que le golpeó. Tal vez por una provocación imaginaria el oficial se permitió tratar como un perro a quien en realidad era un héroe. El soldado es quien sumó a aquella provocación otra más y el que ha guardado un corrosivo rencor ulcerante a su oficial. Se detienen ahora, ¿por qué? ¿Es que acaso alguno de los dos desconfía de su propio corazón? No, cada uno de los dos es muy capaz de responder por sí mismo, pero ninguno de los dos está lo bastante seguro como para responder por el otro. La vacilación dura apenas un segundo y los dos se dedicaron una mirada que significaba el perdón que se concedían mutuamente. Con el temblor que quien creía perdido a un hermano y lo recupera, el oficial salta hacia delante, rodea al soldado con sus brazos y le besa como si se tratara de un santo que regresa aureolado desde la muerte pero el soldado da un paso atrás y describe con su mano el bello movimiento del saludo militar a un superior. Aquella respuesta acalla para siempre la ofensa, pero aludiendo a ella por última vez, y contesta: “Ya le dije, señor, que se arrepentiría de lo que había hecho”. V 1 La hija de la palabra quiere decir que es el sonido original el que se considera la madre, y es la reverberación o el sonido que le prosigue lo que se considera la hija. 2 La intención del mago era la de emparedar a Aladino en una de aquella cámaras secretas.


VISOR

ESPECIAL

Ese inmigrante literario:

Drácula en Londres

La suerte póstuma de Bram Stoker, a quien recordamos en el centenario de su muerte, parece irremediablemente ligada al Rey de Reyes de los Vampiros. Pero qué ha sido de los escenarios por donde este no-muerto y no-vivo arrastró su cansancio y su hastío; qué aspecto ofrecen a los sobrevivientes de hoy Adriana Díaz Enciso

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l capítulo II de Drácula nos revela al conde infame como un alma sensible, un literato. “Éstos”, le dice a Jonathan Harker, secuestrado en su castillo en ruinas, mientras acaricia los ejemplares de su extensa biblioteca, “han sido buenos amigos míos, y durante algunos años ya, desde que tuve la idea de ir a Londres, me han dado muchas horas de placer. A través de ellos he llegado a conocer su gran Inglaterra, y conocerla es amarla. Ansío atravesar las calles atestadas de su Londres soberana, estar en el centro del torbellino y prisas de la humanidad, compartir su vida, su cambio, su muerte y todo lo que le hace ser lo que es”. Drácula y yo vinimos a Londres por los mismos motivos: los libros, que nos hicieron soñarla. Cuando el conde llega a tierras inglesas a bordo de un barco a la deriva, el cadáver del heroico capitán atado al timón, desembarca en Whitby, en las costas de Yorkshire. Ahí seduce a Lucy Westenra, en el cementerio de romanticismo inverosímil junto a las ruinas de la abadía que domina el pueblo y el mar. Después la seguirá hasta Londres. En la novela de Bram Stoker, las relaciones entre Inglaterra y Transilvania, entre Oriente y Occidente y entre vivos y no-muertos no son muy afortunadas. Pero no faltan esfuerzos librescos por comprender la otredad; mientras el conde leía incluso almanaques en su castillo, Harker se hundía en los libros del reading room, la sala circular de lectura del Museo Británico, para conocer la tierra del hombre al que visitaría, pensaba él, nada más para venderle una casa. En la meta-realidad, la investigación la hizo Stoker, quien en sus pocos ratos como secretario del actor Henry Irving se encerraba ahí, donde los cerebros más excelsos han estudiado, imaginado y recreado el mundo. Hasta hace algunos años era posible visitar la sala de lectura bajo la cúpula decimonónica. Ahora el espacio aloja exposiciones especiales, y no queda sino llorar sus escritorios de tapiz turquesa que acogieron tanto a Lenin como al profesor Van Helsing, que ahí consultaba tratados de medicina antigua en su paso por Londres. Pero me adelanto. Volvamos a los Cárpatos. Drácula, cauteloso, le pide a Harker que le describa la casa que está a punto de adquirir: Carfax, en Purfleet, a unos 25 kilómetros de la gran ciudad. “Está rodeada por una barda alta de antigua estructura”, responde Harker, “y no ha sido reparada durante muchos años. Las puertas cerradas son de viejo roble y hierro, todo carcomido por la herrumbre”. Añade que los árboles

del terreno lo vuelven lúgubre, que la construcción tiene añadidos discordantes, que está muy aislada y lo más cercano es un manicomio. El lector se pregunta qué clase de agente de ventas es. Sin embargo, el conde queda muy complacido: “Me da gusto que sea grande y vieja. Yo mismo pertenezco a una antigua familia, y vivir en una casa nueva sería mi muerte”. Y continúa: “No busco alegría ni alborozo […]. Ya no soy joven, y mi corazón, a fuerza de años extenuados de llorar a los muertos, no está en sintonía con el regocijo”. Siempre tuve ganas de ir a Purfleet. La descripción de Stoker me había descaminado. Parto de la pequeña estación de Fenchurch Street, primera terminal de ferrocarril de Londres. Aunque rodeada de un complejo de oficinas de acero y cristal, la fachada no debe ser muy distinta de la que habrían conocido Seward, los Harker y Quincey Morris, comandados por Van Helsing, en sus viajes entre Purfleet y Londres. El tren atraviesa el paisaje más lejano imaginable de la campiña inglesa: zonas suburbanas y medio industriales entre una vegetación profusa que intenta distraer al viajero de tanta fealdad, la aguja de una iglesia sofocada por hileras de casas en serie, supermercados y fábricas de acero, hileras de viejos contenedores y un depósito de chatarra. La estación de Purfleet es una raya pintada de mala gana entre las vías. Me asomo por el vidrio mugriento de la sala de espera, cerrada. Le pregunto a un joven de mirada torva por el centro del pueblo. Balbucea algo ininteligible. Me echo a andar siguiendo el único letrero: Purfleet Heritage Centre. Bordeando la autopista, pronto me doy cuenta de que no existe el centro del pueblo. Tampoco el pueblo en sí. Purfleet es una aglomeración de casas nuevas y tan decadentes como los escasos edificios antiguos que sobreviven. No hay ni una abarrotería, un expendio de periódicos, un mísero café, nada. Merodean adolescentes con expresiones peligrosas de hastío, más vampiros de Stephen King que de Stoker. A la izquierda corre el Támesis, sombrío. El centro de la vida social es el Royal Hotel, sin un alma, edificio del siglo XIX con decoración de hotel de paso del XX, frente a la iglesia de St. Joseph. Ésta fue construida con el material de Purfleet House, la casa ahora derruida en la que se inspiró Stoker para crear Carfax. Un jardín mal cuidado se extiende frente a la iglesia cerrada de polvorientos muros. Imposible concebir aquí el refugio de lo sagrado. Junto a la entrada hay una cruz de piedra dedicada a soldados muertos, con una corona de amapolas de plástico. Lo inusual es la otra cruz en

el centro: dos burdos palos de madera atados con cuerdas, como si de verdad la hubieran levantado desesperadamente para alejar a los malos espíritus. Arrinconada a un lado hay una fuentecita, una mesa y cuatro bancas dispuestas para un convivio que da terror imaginar, bajo el lúgubre zureo de las palomas. En la barda, una placa presume la inspiración que el sitio le prodigó a Stoker. El lugar no se parece nada a Carfax, pero es una perfecta versión siglo XXI de aquel atroz sometimiento del espíritu. Salgo emocionada, en busca del manicomio. Purfleet tiene un prestigio militar por sus antiguos almacenes de pólvora. Leí que el único polvorín en pie es ahora el Heritage Centre, y que Stoker tomó Ordnance House, donde vivía el cuidador de almacenes, como modelo del hospital y hogar del doctor Seward —y de Renfield, devorador de moscas, arañas y almas, y acólito servil del vampiro—. El único polvorín que encuentro tiene puerta y ventanas tapiadas. Bajo el sol opaco, como si no alcanzara a tocar esa realidad, los adolescentes están sentados frente al río o trepan a los juegos del centro infantil —ni un solo niño a la vista—. Alguien dibujó en el suelo con tiza de colores tres monitos sonrientes, niños sin vida atrapados en el asfalto. Buena parte de Drácula ocurre en Purfleet, alrededor de la lúgubre vida del doctor Seward, sin amor, cuidando de sus locos y obsesionado con Renfield, quien fervoroso espera a su vez señales de esa presencia ominosa en la casa vecina. Ahí sucede una de las escenas más memorables, el beso entre Drácula y Mina Harker, con su intercambio de un fluido precioso que la dejaría contaminada. El Purfleet real no guarda rasgo alguno de estética gótica. Lo que Stoker capturó es una atmósfera de muerte que el tiempo no ha borrado. De regreso en Fenchurch Street, la sucia Babilonia me pareció más hermosa que nunca. ◆◆◆ Al centro de Londres-Babilonia llegaron las 50 cajas llenas de tierra —dormitorios portátiles— del conde Drácula: la estación de Kings Cross. Como sucede con las grandes estaciones, los alrededores son un tanto sórdidos, y siempre hay obras públicas sumándose al caos. Acaban de inaugurar una nueva área de acceso para los 47 millones de pasajeros que utilizan la estación cada año. El audaz diseño se pierde en el centro comercial, con las mismas cadenas de negocios de todas las estaciones y terminales de aeropuertos. Drácula es una alabanza al progreso y a Londres como ciudad imperial, eje del movimiento del mundo


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literatura moderno. La novela es una espiral vertiginosa de viajes que gira alrededor de múltiples estaciones de tren. Al profesor Van Helsing lo vemos llegar a la estación de Liverpool Street, en la City, alrededor de la cual se ha construido un enorme armazón de cristal de tres pisos que permite apreciar la construcción original con sus graciosos ornamentos victorianos. Las estaciones de tren son como templos. Pese al caos, movimiento y suciedad del tránsito constante, aún emocionan, y quizás así fueron construidas: templos al progreso que cantaba, bufando, el nuevo ferrocarril. Van Helsing se hospedaba en el Great Eastern Hotel (ahora Andaz). El exterior de brillante ladrillo rojo y cornisas blancas sigue ahí, con su primorosa techumbre y una incongruente entrada de puerta giratoria. Entro: a otra realidad, un lobby negro y gris a media luz con cierta estética de table dance. El olor a desinfectante acentúa la tristeza. El mostrador al centro es de aspecto funerario. Los interiores han sido remodelados por completo y, lóbregos, no serían un hábitat descabellado para un vampiro actual, aunque sospecho que a Van Helsing ya no le gustarían. En la frenética odisea de Drácula los personajes no dejan de viajar. De Charing Cross parten los héroes, ya bastante averiados (Mina con la marca de la hostia en la frente que denota su impureza, Jonathan con el pelo blanco), hacia París, donde tomarán el Expreso Oriente para dar caza al vampiro. A la entrada de Charing Cross hay una réplica de la cruz que marcó el último descanso del cortejo fúnebre de Eleonor de Castilla. Ahora torea la entrada y salida de incansables black cabs, los taxis londinenses. La estación, atravesada por corrientes de aire, con su caterva de cadenas de sándwiches para llevar y su reloj victoriano como de cuento, está en el Strand, una zona de no poca majestad. El hotel Charing Cross fue construido al mismo tiempo que la estación. Conserva lujosos interiores decimonónicos, estampa de glorias pasadas que da la espalda a las hordas de turistas o borrachos que por las noches llenan la estación de metro o a los pordioseros afuera de los teatros. Cerca, afuera de la National Portrait Gallery, está la estatua de Henry Irving, solemne y muy peinadito. Dicen que fue para Stoker el modelo de Drácula, quizá inconscientemente. (Lo mejor de la novela proviene del inconsciente del autor, que si se hubiera dado cuenta, mojigato como era, de lo que estaba diciendo, la habría pasado mal.) Esta variedad de humanidad y destinos fue lo que trajo a Londres a Drácula, un no-muerto cansado del dolor de la vida, pero ávido al fin de vida —ajena—. Por eso habrá elegido como vivienda extra (al vampiro nunca le falta dinero, el oro excrementicio de la vida que perdió) la casona en el número 347 de Piccadilly, epicentro de esa apabullante humanidad. Es tanta la tentación de la sangre humana que un septiembre lo vemos ¡de día! en plena calle. Jonathan y Mina caminan por Rotten Row en Hyde Park Corner. Por la pista para montar cubierta de arena se dejaban ver las clases altas. Sigue siendo territorio de riqueza, embajadas, comercios exclusivos, Rolls Royces, bares de champaña. Luego la pareja se adentra en el bullicio de Piccadilly. Pasaría por los muros verde pistache de Fortnum & Mason (donde la familia real hace sus compras y a cuyas puertas Oscar Wilde, a quien Stoker le bajó la novia, soportó una vez el escarnio de los transeúntes). De pronto, Jonathan palidece. El conde, rejuvenecido, mira con fijeza y lascivia a una joven hermosa en un carruaje afuera de la exclusiva joyería Giuliano’s. Ésta ya no existe, pero queda mucha exclusividad en Piccadilly, con sus rutilantes arcadas comerciales y cafés de abolengo entre la democrática turbamulta de turistas que atestan las cadenas de cafeterías. Hay también hoteles de lujo: Arthur, el viudo de Lucy (pues su sangre se unió en la transfusión: esa es la boda), se alberga en el Albermarle; Van Helsing escribe un día desde el Berkeley. Y está el Ritz, con su elegante arquería que protege interiores de lujo inaccesible. La vi pintarrajeada y con vidrios rotos el año pasado, durante la marcha en protesta por los recortes al presupuesto público. Ya no vi en la noche el estallido de una turba más bien disminuida, pero que alcanzó a encender una fogata a unos pasos de la estatua de Eros. Me sé historias de los de arriba y los de abajo en ese hotel: una ex alumna trabajaba en el área de limpieza y contaba anécdotas de bajos salarios y huéspedes fieles, como una prostituta de

ESPECIAL

Casa en Hampstead

ingresos impresionantes. A Drácula le habrían interesado esas historias, habría mirado con atención las sombras de los jóvenes bailando alrededor del fuego, la exhibición de los extremos de una confusa condición humana. En la esquina del Ritz, Van Helsing, Harker y Seward saltan de su carruaje mientras Arthur y Morris convencen a un cerrajero de que les abra la puerta de la casa del conde, con la esperanza de esterilizar a punta de hostias (consagradas) sus cajones de tierra. Los tres primeros esperan ansiosos la señal para alcanzarlos, espiando desde Green Park. Green Park es adonde Mina y Harker se encaminan cuando a éste se le escapa la fuerza después de ver al conde rejuvenecido. En una banca bajo la sombra se queda dormido con la cabeza apoyada en el hombro de su esposa, en una de esas escenas de languidez masculina que tanto enredan la identidad de los sexos en la novela. Yo camino por Green Park en un día cálido de primavera. Los narcisos asoman sus cabezas amarillas; la renovación del mundo nos saca del letargo invernal, pero las ramas de los árboles aún están desnudas y bajo la luz radiante del sol parecen hechas de oro. El gozo corre con la rapidez de un virus: igual que los narcisos, la gente sale, ríe, grita, somos flores arrojadas al deleite de la hierba y el sol —es difícil encontrar una banca vacía—. A la entrada se acumulan bolsas de basura. Ser humano: gozo, renovación, ruido, basura. El misterio que a Drácula lo llena de nostalgia. La casa de Drácula tendría que estar en el 347 de Piccadilly, pero ese número no existe. La busco partiendo de la descripción. Tiene fachada de piedra y unas escalinatas a la entrada. Me inclino por la majestuosa casa en el 139, junto al Hard Rock Café. Para llegar tengo que abrirme paso entre una horda de turistas adolescentes que hacen cola a la entrada. El sudor de estas decenas de casi niños, tras un día de andar turisteando bajo el sol, es agobiante. Humanidad, pienso, conteniendo el aliento. El número 139 es ahora un conjunto de oficinas. Me gusta la herrería de los balcones del edificio contiguo, así que hago de la casa de Drácula una mezcla de ambas construcciones. Doy vuelta a la esquina de Piccadilly para ver si tras la casa hay restos de los establos que describe Harker. Los hay, convertidos en el estacionamiento del hotel Four Seasons. Salgo del otro lado, callejones manchados y contenedores de basura, las sórdidas puertas traseras del exclusivo barrio de Mayfair. Enfrente, el edificio de cristal negro y funerario de Playboy of London.

Bermondsey era y sigue siendo perfecto para ocultar ataúdes ◆◆◆ Todo Londres es tierra de contrastes, como bien lo sabía Drácula. Convenía guardar unos cajones en Mayfair, pero el viejo East End ofrecía otras formas de invisibilidad. Los cruzados del doctor Van Helsing localizan los elusivos ataúdes en Bethnal Green, Walworth, Mile End, Poplar y Bermondsey. Éstas son ahora áreas multiculturales y multiétnicas; a lo largo de su historia han sido multitodo. La proverbial pobreza de los habitantes del East End siempre convivió con los intereses mercantiles del puerto. Hoy día, con todo y la mejora de condiciones sociales y el acicalamiento del área, los contrastes no

han cambiado del todo. Llego a la estación de London Bridge, empequeñecida por el Shard, más megalomanía de cristal, sueño de terroristas. Paso junto a una joven cansada con sangre falsa en el rostro: reparte volantes para incitarnos a entrar a la London Bridge Experience. Un joven también ensangrentado se pasea indolente junto a una guillotina de cartón. La London Bridge Experience es una “horrífica y espantosa” atracción turística, a unos pasos del London Dungeon (o mazmorra), que es más o menos lo mismo. Puede que los ingleses ya no exhiban las cabezas de criminales clavadas en picas, pero su fascinación por la sangre y la violencia nunca será del todo saciada. A veces, como lo vemos en sus tabloides sensacionalistas, ésta va acompañada de un tono edificante. Me pregunto si esa es la naturaleza de la tercera atracción turística apelotonada en tan breve espacio: la Britain at War Experience. “Velo. Siéntelo, Respíralo”, dice la publicidad, junto a la foto de un niño con una máscara antigás: “la aventura de Londres desgarrada por la guerra”. La totalidad de Londres convive aquí: ricos y pobres; pasado, presente y visiones del futuro. Se continúa demoliendo y construyendo incesantemente, pero nada elimina la atmósfera de eje industrial y comercial del gran puerto del siglo XIX. A medida que dejo atrás Tooley Street y me acerco a Jamaica Road, la modernidad y efervescencia se van adelgazando y lo que queda son negocios más modestos en la planta baja de edificios victorianos, algunos bien conservados, otros en un estado de abandono que anuncia su inminente demolición. A mi izquierda está el complejo de vivienda social Dickens Estate, indescriptiblemente feo, aunque por supuesto era mucho peor Jacob’s Island, área de miseria escandalosa que el mismo Dickens inmortalizó en Oliver Twist. El día es gris y nublado. Un jovencito repite un estribillo de sea lo que sea que escucha en su ipod y deja escapar un silbido gutural. Un enfermero camina pacientemente a su lado. Tomo el autobús de regreso a London Bridge porque de pronto la tristeza y las nubes me penetran los huesos. El autobús se adentra por un fabuloso laberinto de túneles y callejones de nombres como Druid Street o Crucifix Lane; ésta última no habría de gustarle a Drácula, pero el laberinto en sí le encantaría, arcos de puentes adornados con rostros de piedra carcomida, sucios de tanto ver pasar el tráfico, escenografías cinematográficas del crimen modernizadas por una puerta de metal corrugado cubierta de grafiti. Bermondsey era y sigue siendo perfecto para ocultar ataúdes. Se han convertido viejas bodegas en departamentos de lujo, pero entre la renovación y el abandono sigue habiendo espacios donde lo siniestro puede pasar inadvertido. En Hay’s Galleria, el centro comercial donde antes estaban los muelles, arcos altísimos hacen eco al entorno eminentemente victoriano. Albergan cafés, restaurantes y un barco de metal que nos recuerda que el Támesis hizo alguna vez de Londres el puerto más poderoso del mundo. De un embarcadero cercano habrá zarpado el Czarina Catherine en que el conde huye de sus enemigos. Drácula no habría reconocido este plácido comer y beber de la clase media contemplando el río ni, en la orilla norte, la mezcla de arquitectura centenaria y vanguardista, con el Gherkin asomando brillante como una bala tras la piedra, pero este renovado trueque de experiencia humana habría avivado su sed. ◆◆◆ No todo Londres es bullicio. Hay muchos espacios de bucólica calma. Eso también lo sabía el conde. Cuando Lucy Westenra y su madre regresan de Whitby el destino es Hillingham, la casa familiar, en Haverstock Hills, cerca de Hampstead. El zoológico de Regent’s Park no está lejos, cosa conveniente porque el lobo Bersicker, cuando la mirada de Drácula lo enerva y escapa de su jaula, llegará hasta la habitación donde duermen Lucy y su madre para darles un susto literalmente de muerte. Hampstead es uno de los lugares más hermosos de Londres, lleno de referencias literarias. Uno de sus mayores atractivos es Hampstead Heath, vegetación en estado semisalvaje punteada por jardines secretos y estanques —incluyendo el Continúa en la página 8


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MILENIO

varia WILFRIDO PRIETO

Gay Pond; cuentan que de noche hay concurridas áreas de cruising gay y sadomasoquista. Antes de buscar la casa de los Westenra me tomo un café. Un loco se acerca a la mesa de al lado, afectado por la primavera o quizá, como Renfield, por la influencia de un ser sobrenatural. Viste de negro y trae el saco abierto, sin camisa. Se burla de comensales y transeúntes mientras mantiene en equilibrio su sombrero de copa sobre una lata de cerveza. Cuando se cansa de odiarnos, se va. Llega una mujer cansada con sus bolsas del súper a recoger a su hijo, un joven ante una taza de café que tampoco está muy bien de sus facultades mentales. En mi búsqueda de Drácula la locura me persigue, como al pobre doctor Seward. Me adentro por Hampstead Hill Gardens, una elegante calle residencial: grandes casas de fachadas blancas que encandilan en la luz brillante. Las magnolias están por todas partes, erguidas como velas, y abundan los cerezos y manzanos en flor. No he caminado ni un minuto cuando descubro la casa de Lucy. Por fuera, señorial. Por dentro no queda nada, puro esqueleto. Entran y salen trabajadores; debe ser una obra de remodelación profunda, pero hoy por hoy ésta es casa de vampiros. No hay puerta ni vidrio en las ventanas, y esos agujeros negros abiertos en la blancura son pura desolación. Un cuervo se ha posado en la elegante cornisa del techo. Sigo caminando: fachadas magníficas, jardines frontales impecables, el mundo en flor con todos los aromas nuevos en el aire y, de pronto, la casa de ladrillo rojo, custodiada por dos demonios de piedra, siniestros aún bajo el sol. ¿Quién vive ahí? Me adentro en el parque agreste. Es aquí donde Lucy se aparece ya no-muerta, la hermosa dama que llama a los niños que se han quedado jugando en el brezal y a quienes deja esas heridas en el cuello. La vegetación crecida, los árboles y el estanque quieto, los pájaros el único sonido, crean un paisaje de romanticismo insuperable (no olvidemos que por aquí paseaba Keats con su novia Fanny), pero también incita a la melancolía y las apariciones de otros reinos. De regreso paso por Jack Straw’s Castle, antigua posada donde cenan Van Helsing y Seward antes de la engorrosa tarea de abrir la tumba de una no-muerta, y ahora un exclusivo spa. Veo también The Spaniards Inn, que sigue siendo un pub desde el siglo XVI y por donde han pasado incontables luminarias: Keats, Shelley, Byron, Blake, Dickens y el asaltante de caminos Dick Turpin, y que tiene su propio fantasma. Aquí no entran Van Helsing y Seward, pero afuera toman un carruaje tras dejar junto al camino al pequeño que acaban de rescatar de los brazos de Lucy, después de asegurarse (escondidos tras los matorrales) de que lo ven los policías haciendo su ronda. Lucy fue enterrada en el cercano cementerio de Highgate, una de las necrópolis abiertas en el siglo XIX en las afueras de una ciudad que en su acelerado crecimiento resultaba insuficiente para albergar tanto cadáver. Se pretendía que el cementerio fuera un despliegue monumental de belleza fúnebre y lo fue desde el principio, pero la vegetación que le ha ido creciendo entre las tumbas al paso de los años lo ha mejorado bastante. Está lleno de leyendas, como la tumba de Lizzie Siddal. Que la modelo pelirroja de la Ofelia de Millais y otros cuadros prerrafaelitas esté enterrada aquí es fundamental para nuestra historia. Lizzie, artista ella misma, fue esposa del pintor y poeta Dante Gabriel Rossetti, con quien no fue precisamente feliz. A su muerte (quizá suicidio), Rossetti deposita en el ataúd el único ejemplar que reunía todos sus poemas. Luego, arrepentido, pide autorización para exhumar el cuerpo y rescatar su poesía inmortal (en la que ya había penetrado un docto gusano). Unos buenos amigos se encargaron de la macabra ceremonia, pues sus nervios delicados no le permitían acudir en persona. Para no alterarlo le contaron que Lizzie estaba intacta, tan hermosa como siempre; sólo le había crecido el cabello. Es probable que este episodio de drama, romance y necrofilia inspirara a Bram Stoker para enterrar a Lucy en Highgate. Recordemos lo hermosa, aunque cruel, que es cuando la descubren en su tumba, o cuando, voluptuosa, intenta seducir al pobre de Arthur entre las lápidas. Esto ocurre en el ala oeste del cementerio. El ala este es un poco más proletaria; ahí está enterrado Karl Marx. Esa se puede visitar a cualquier hora del día, pero no la otra, con mucho la más hermosa. Hay buenos motivos para ello. Durante años el cementerio estuvo abandonado. Inglaterra, siendo lo que es, esta mezcla de progreso, tradición antiquísima, magia, sentido práctico de la vida, fantasía desaforada y excentricidad, a principios de los años setenta vio aparecer en el panteón al Vampiro de Highgate. Fue necesario saltarse la barda del cementerio (igualito que Van Helsing) para perseguirlo y encajarle la estaca en el corazón. La historia se convirtió en un escándalo televisado, con todo y profanación de tumbas, y cuando los Amigos del Cementerio de Highgate decidieron proteger el área, cerraron el acceso libre al público. Ahora sólo hay visitas guiadas y se sobreentiende que no está bien visto preguntar por el vampiro. Esta es otra historia —y larga— que ya he contado en otro sitio. Quizás a Bram Stoker le habría perturbado que su novela inspirara de tal forma al par de locos ya sexagenarios que hasta la fecha se disputan la gloria de haber descubierto al Vampiro de Highgate. Yo pienso sin embargo que al Drácula lector el hecho lo llenaría de orgullo. Para tratarse de no-muertos, a esto es a lo que llamo literatura viva. v

P

or el error involuntario de continuidad, cometido en la edición pasada de Visor, reproducimos el texto de Adriana Díaz Enciso, para disfrute del lector, con nuestras disculpas

Una de cal y una de arena, dimensiones variables

¿Por qué el coleccionista compra esto? Zona Maco 2012 CASTA DIVA Avelina Lésper avelinalesper.com.mx

D

ecepcionante. La feria de arte Zona Maco 2012, sin haber conocido la gloria, ha entrado en decadencia. Esta selección repetitiva de obras evidencia la visión que las galerías tienen de sus compradores, incluyendo al Estado, que es su mejor cliente: es de una increíble pasividad, puritana, proclive al autoengaño y urgida de bloquear el libre ejercicio de la apreciación y la contemplación. Esta falta de originalidad de las obras es producto de la imitación patológica de lo que se produjo desde hace décadas. Pero ofrece un espacio seguro para el comprador acrítico, que es básicamente el que adquiere este tipo de obras. El coleccionista de estos objetos no es un mecenas, es un consumista de los nuevos artículos de lujo en los que la novedad se limita a no ser lo que aparenta. Un montón de arena y otro de cal de Wilfrido Prieto, un toro invisible de Karmelo Bermejo, la insignificante sobreproducción de José Dávila, los cartoncitos con letreros de Moris: ¿por qué el coleccionista compra esto y en concreto el coleccionista mexicano?, ¿para qué adquiere papeles arrugados enmarcados o confeti envasado?, ¿por qué saca la chequera para llevarse un muestrario de telas sobre una mesa de Cecyl Bart? Para no sentirse excluido. El consumo es aspiracional. El que compra aspira a entrar en un grupo y ser reconocido como miembro. La integración ideológica, religiosa o consumista permite que el individuo pertenezca a una tribu y sea protegido por ella. Así como los autollamados artistas se integran a estas expresiones sin inteligencia para amparar su mediocridad grupal, el comprador se integra al grupo para no exhibir su falta de individualidad y de sensibilidad estética. Este pseudo arte, que es profundamente excluyente y fascista, hace del elitismo su motor de ventas. No basta tener dinero; además, hay que someterse a la dictadura de la contradicción y al totalitarismo estético, en donde el comprador no tiene idea de lo que adquiere y se deja aleccionar por

completo, nulifica su pensamiento, y si se emancipa sencillamente no entra al grupo. Estas obras no le gustan a nadie, no están hechas para invocar a la belleza, que a estas alturas es un anatema; están hechas para pertenecer a un grupo y participar de su ideología. El artista que destaca en este sindicato de la repetición no lo hace con una aportación original; se trata de un capricho del azar y de relaciones públicas y privadas. El comprador que adquiere esto no apoya al arte. De hecho, ni siquiera sabe que su compra aporta a la involución del pensamiento artístico. Tampoco lo hace porque tenga una comunión intelectual con el artista ya que no existen ideas detrás de estas obras. Lo hace porque cada opción nueva de consumo se explota hasta que el aburrimiento la sustituye por otra. El discurso curatorial proselitista se mimetiza con el discurso del vendedor. La obra se ve en menos de diez segundos y el galerista recita el speech de ventas durante un cuarto de hora en el que apenas puede respirar. Se ha implantado un fenómeno que antes era imposible de vislumbrar —cuando la obra era la que hablaba por sí misma y su apariencia se mostraba consecuente con el significado—: el comprador se esclaviza a su adquisición. La obra, cuando es arte, es autónoma, toma su espacio y lo habita. Ahora, en el desamparo absoluto, en peligro de ser arrojada a un cubo de basura, reciclada o confundida con la decoración de un bar, la obra necesita a un comprador que la proteja con retórica. El comprador tiene que aprenderse el speech de ventas que lo convenció de adquirir esa cosa y repetirlo. Este credo justifica su falta de exigencia. Mientras que con otros objetos de consumo el cliente exige lo mejor, en el arte se muestra sumisamente benévolo y condescendiente. Se deja engañar para no ser marginado, cree las virtudes invisibles de la obra y la adquiere intimidado, sin resistencia, con pánico a ser diferente y ejercer su pensamiento. El comprador sabe que su coche, su casa o su reloj le tienen que gustar y causarle satisfacción, pero en estas cosas tiene que resignarse a que sean así. Es una aberración, una forma de consumo irracional que se ejerce por algo que no emociona. v


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