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Martes 14 de agostomilenio de 2012 o 31

Acentos

Acentos

ROBERTO BLANCARTE roberto.blancarte@milenio.com

Apocalipsis en Neza

E

n Nezahualcóyotl, Estado de México, el horror del fanatismo religioso vuelve a presentarse, esta vez con tintes verdaderamente trágicos. Una familia le sacó los ojos a un niño de seis años “para salvar al mundo” o “para evitar un terremoto de gran magnitud”. Literalmente poseídos, pero no necesariamente por el diablo, sino por la ignorancia y las doctrinas apocalípticas, los miembros de la familia sacrificaron al pobre niño, por una razón todavía oscura, arrancándole los ojos. En los reportajes y noticias inmediatamente aparece la palabra “secta”, acompañada en ocasiones del adjetivo “satánica”. Habrá mucho que investigar sobre este drama, en el que se asoma de manera paradójica una búsqueda de salvación con una condena moral y emocional que ya se antoja eterna. Hay muchas preguntas que requieren respuesta: ¿cómo llegó esta familia a ese punto de fanatismo? ¿De qué Iglesia forman o formaban parte, si acaso lo hacían de alguna? ¿Qué evento desencadenó los hechos particulares? Como el fenómeno al parecer fue colectivo, estamos evidentemente más allá de la locura de una persona; es una acción que escapa a la explicación psicológica. Al hacer nuestros análisis tendríamos, sin embargo, que cuidarnos de utilizar peyorativamente ciertos términos que tienen una enorme carga en nuestra sociedad; uno de ellos es el de “secta”. Sobre todo porque sociológicamente

EL PROBLEMA no

son las sectas, sino la ignorancia y el fanatismo religioso, así como los contextos sociales y políticos que los hacen posibles.

JORGE MOCH

hablando, no tiene por qué asumirse que las sectas son peligrosas. De hecho, en términos generales, las sectas no son un problema en sí, ni para el orden social ni para la libertad de los individuos, lo cual no quiere decir que no representen un reto para nuestras acostumbradas formas de convivencia. La mayor parte de las grandes religiones nacieron como sectas, es decir, como separaciones, como opciones religiosas distintas de las tradiciones religiosas existentes. Por lo tanto, generalmente sus miembros fueron perseguidos y, en no pocas ocasiones, aniquilados. El budismo nació como una crítica al sistema jerárquico hinduista. Jesús de Nazareth formó una secta judía que cuestionó el sistema religioso, por lo que fue acosado y perseguido hasta

su muerte. Mahoma corrió con mejor suerte, pero muchas veces tuvo que salir huyendo. Lutero escapó a la hoguera, pero muchos otros no lo hicieron. En pocas palabras, las sectas suelen molestar al orden establecido, aunque eso no las hace negativas en sí. Pero ¿qué es una secta? Ésta es, en términos generales, una organización religiosa que se separa de una tradición religiosa ya consolidada históricamente. Enzo Pace señala en su libro Las sectas cuatro elementos que caracterizan a las mismas: 1) la alteración de los confines de una determinada creencia religiosa, 2) la constitución de un nuevo principio de autoridad, 3) la búsqueda de conductas de vida que marquen la radicalidad de la opción religiosa que se pretende y 4) la temporal o defi nitiva salida de este mundo, es decir, de los comportamientos considerados normales en un cierto ambiente social. En otras palabras, para formar una secta se requiere de personas que cuestionen una determinada interpretación religiosa, encabezadas generalmente por un líder o profeta, con comportamientos individuales que sean clara e intencionalmente distintos a los de la religión cuestionada y con una tendencia a rechazar las cosas de este mundo, porque de entrada se consideran parte del mal. Esto explica por qué, en no pocas ocasiones, los miembros de las nuevas sectas tienen comportamientos “extraños”, provocan el rechazo de los

que están en su entorno y son perseguidos, a veces por incitación de los líderes de las organizaciones religiosas socialmente predominantes. Hay dos diferencias muy importantes entre Iglesia y secta que nos permiten distinguirlas. En primer lugar, la Iglesia es una organización en la que los fieles ya nacen en ella y no requieren alguna conversión o compromiso especial. Por el contrario, generalmente la entrada a una secta se hace por una decisión voluntaria de ingresar a un grupo de iniciados que deciden recorrer un determinado camino religioso, el cual requiere casi siempre de una transformación profunda de su ser. Por lo demás, en la medida que es una decisión personal de transformación, que supone una voluntad de conversión, es raro que las sectas duren más allá de una generación; o se disuelven o se convierten en Iglesias. En segundo lugar, generalmente la Iglesia se presenta como una institución de salvación para todo el género humano. Para alcanzar este objetivo, ésta tiene que llegar a compromisos con otras realidades culturales distintas a las de su origen y convertirse en ocasiones en una institución por lo tanto más abierta a dichas realidades del mundo. La secta, por el contrario, pretende aislarse del mundo y generalmente pide a sus miembros que se adapten a un modelo único de pureza o de salvación. Así, por ejemplo, la secta judía de los cristianos comenzó a volverse Iglesia cuando San Pablo convenció a los demás apóstoles de buscar la conversión de los no judíos. El problema entonces no son las sectas, sino la ignorancia y el fanatismo religioso, así como los contextos sociales y políticos que los hacen posibles. m

ROBERTA GARZA Twitter: @robertayque

Instantes, de Pierre Menard

U

n error imposible de imaginar”, dijo María Kodama. Un descuido “poco grave”, dice Elena Poniatowska. El asunto no es que la secretaria de Cultura del gobierno legítimo haya podido pensar que el edulcorado texto favorito de los aficionados a las cadenas de mails con fondo de atardecer sobre el mar hubiera sido escrito por Borges, ese portento de la arquitectura económica del lenguaje, sino que, en una primera reedición de los años noventa para el libro Todo México de su entrevista de 1973 con el autor, aparecida originalmente en Novedades, haya colado un añadido

de ficción: según la periodista, en ese encuentro ella le recita al argentino dos poemas, y describe que “Borges escucha con incredulidad, con atención (...), sin el bastón, sus dos manos sobre la colcha, se ve más desamparado. Sonríe. —¿Qué puede importarme ser desdichado o ser feliz? Eso pasó hace ya tanto tiempo… Estos poemas son demasiado inmediatos, autobiográficos, son remordimientos”. La bronca es que no fueron ni uno ni lo otro: uno de los escritos, “Instantes”, no es de Borges, y no se necesita ser un experto del lenguaje para saberlo: el autor en ese entonces tendría 70 y tantos años, mientras que el texto cierra

diciendo “Pero ya ven, tengo 85 años...”. El otro, “Remordimientos”, fue escrito al poco tiempo de la muerte de la madre del argentino; a dos años de haberse celebrado la entrevista original. Por increíble que parezca, la versión alterada del encuentro fue publicada de nuevo, para honrar el vigesimosexto aniversario luctuoso del autor, en Borges y México, compilación editada por Miguel Capistrán para Random House. La entrevistadora se aferra a la desmemoria: “No me acuerdo. (...) Me acuerdo que tenía frío, pero no me acuerdo de nada más, no creo que sea nada grave; (...) seguramente metieron los poemas después...”, y alega

que la lectura de “Remordimientos” sí se dio, pero en un encuentro posterior, en 1979, y que lo que pasó fue que para Todo México mezcló ambas entrevistas. Por supuesto, sin citarlo. Random House, en boca de su director editorial, Cristóbal Pera, dice que “Para nosotros fue una reedición (...), por lo cual no se tuvo el cuidado que se tiene en un libro normal”. Porque una edición conmemorativa presentada en Bellas Artes ante la viuda de Borges es cosita de nada y pasar ficción como periodismo es poco grave. Pero que nadie se equivoque: el problema de México está en los tenebrosos anaqueles de Soriana, ¿eh? m

Milenio Cd Carmen  

14 Agosto 2012

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