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La famélica luz amarilla de una modesta lámpara de techo es lo único que me permite trabajar en la estrechez de mi estudio. Las paredes teñidas de azul cobalto se ciernen sobre mí como las fauces de una ballena, minutos antes de engullir a su presa. En el exterior, resguardada por la oscuridad de la noche, respira agitadamente la vida bohemia con sus perversiones, alcohol y promesas de amor. Mi ser entero se entrega a lo único que conoce como verdadero y lo único que puede corresponderme: mi arte. El lienzo blanco se presenta vulnerable ante mí. Mis manos sostienen con fuerza una paleta salpicada con pinturas de colores vibrantes, las cuales se me hacen más difíciles de conseguir por lo crítico que se torna mi condición económica. Tomo un poco de rojo y con pincelada firme, escribo Vincent. No creo en las convenciones. La mayoría de mis compañeros tiene la poca virtud de anteponer lo académico a sus impulsos de expresión y critican mis obras, acusándolas de faltas de proporción, faltas de orden y rebeldes por esa manía de firmar al inicio y no al final. No se sorprenden de que hasta ahora no haya conseguido vender un solo cuadro de mi producción que alcanza las sesenta y siete obras. Continúo pintando absorto en mi trabajo y con el transcurrir de los minutos siento como va tomando posesión de mí una fuerza creadora que inunda de colores y amalgamas armónicas de formas el lienzo desnudo hasta transformarlo en un retrato. Me devuelve la mirada un rostro amable, pequeño y enjuto, casi senil, de un enfermizo tono de piel amarillo que sostiene entre sus manos vacilantes un pequeño mirlo violeta. En el horizonte se aprecia unas montañas terrosas y una bandada de mirlos, emprendiendo el vuelo. Tomo un poco de

pintura verde para darle una mirada de esperanza a los ojos del anciano y luego tomo el azul para desplegar con trazos circulantes mi furia contenida en un cielo oscuro plagado de centellantes constelaciones enfrentadas entre sí.

Me acomodo en mi silla de mimbre color ocre para darle una mirada más distante al cuadro. Al lado de donde estoy sentado, se yergue solitaria otra silla de mimbre, más elegante y refinada, esperando el regreso imposible de mi ex mejor amigo Paul. Dirijo la mirada a su asiento vacío como en tantas otras ocasiones que me sentía melancólico y agito la cabeza. Jamás volverá y con su partida murió en mí la esperanza de encontrar la felicidad en otro ser humano. Doy por finalizado el cuadro con pinceladas de color rojo sangre, aplicadas a manera de ráfagas que se extienden sobre el anciano y el mirlo como una lluvia bíblica. Por: Mildzy Mujica H.


Retrato del anciano