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L A PELUQUERÍA DE MICOLÓ No. 4 nueva época marzo-abril 2012


http://lapeluqueriademicolo.weebly.com Facebook: La peluquería de Micoló Colaboraciones: peluqueria.micolo@gmail.com Georgina Mexía-Amador: Dirección, diseño, edición y fotografías interiores.

Fotografía de portada: © Peluquería “La América”. Av. Cuauhtémoc, no. 159. Col. Roma, ciudad de México. Georgina Mexía-Amador, 2011. © La peluquería de Micoló es una publicación electrónica biimestral independiente y sin fines de lucro. Los textos firmados son responsabilidad de los autores. Los editores no comparten necesariamente el punto de vista de los autores. México, 2012. No. de reserva de derechos de autor: 04-2011-082211030200-203


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Degustaciones poĂŠticas en la cocina mexicana


Viajes INDONESIA. Recorriendo el archipiélago: Java y Bali Fotografías de Walter Keller


Amanecer en Sanur, isla de Bali, Indonesia.


Chalinas en una tienda de Denpasar, la capital de Bali.


Ni単a en una escuela de Wates, isla de Java, Indonesia.


En carreta rumbo a Yogyakarta, Java central.


Puesto de accesorios en el mercado de Bandung, una de las ciudades mรกs grandes de la isla de Java.


Local de comida tĂ­pica en Denpasar, Bali.


Ni単as y ni単os musulmanes en Java central.


Colegialas musulmanas en Wates, Java.


Candado tĂ­pico de Bali.


Templo hinduista en Bali.


Templo Borobudur en Magelang, Java central. Erigido en el siglo IX, bajo la doctrina del budismo Mahayana. Hoy dĂ­a es Patrimonio de la Humanidad.


Devotos en un templo hinduista, Bali.


Mujeres preparando ofrendas para los dioses en Bali. La poblaci贸n de la isla de Bali es hinduista, a diferencia de Java y las otras islas que son musulmanas.


Pollo a la venta en un mercado en Java central.


Campo de arroz, Bali.


Campo de arroz, Bali.


Puesto de flores para los templos, Bali.


Amanecer en la playa de Sanur, Bali.


Playa de Sanur.


Playa de arena negra, cerca de Wates, Java central. Walter Keller (Alemania, 1951). Es Asesor en Jefe del Proyecto de Mejoramiento para el Norte y Este de Sri Lanka. Ha colaborado tambi茅n en India, Paquist谩n, Bangladesh, Nepal, Tailandia, Malasia, Indonesia y Timor Este. Entre 1985 y 2003 trabaj贸 como periodista y fot贸grafo.


en gestaci贸n


La Víctima Por Carlos Chalico —Mmm... A ver, les voy a dejar un ejercicio —así nos decía mientras se frotaba la barbilla con el índice y el pulgar derechos. Se frotaba y se frotaba mientras en los ojos se le veía una mirada no sé si maliciosa o juguetona, pero similar a la del niño que planea una travesura, porque ya sabía lo que nos iba a pedir. —Búsquense a alguien de poca confianza. Mientras menos confianza le tengan, mejor. No sé por qué la primera persona que vino a mi mente fue el jefe de mi jefe: es un buen hombre y definitivamente me ubica, me saluda por mi nombre y hasta me ha dado palmadas en la espalda. ¡Vaya!, nos conocemos pues, pero no hay una relación así como lo que comúnmente se llama "de piquete de ombligo". Edson seguía dándonos instrucciones sobre el ejercicio de narrativa a desarrollar. Yo pensaba ya en mi víctima sin conocer la actividad a ejecutar; ya tenía al sujeto aunque sin predicado. —Aquí viene la instrucción —dijo Edson. —En cuanto hayan identificado a esa persona de poca confianza pídanle que les deje tocar su rostro—. “¡Aagh!”, pensé. Edson siguió: —Cierren los ojos al hacerlo, siéntanlo y escriban la experiencia. ¡No, no, no, no, no! Bueno, ya me imagino frente al jefe de mi jefe con los ojos cerrados tocándole el rostro: ¡adiós carrera profesional! Definitivamente no estoy buscando un cambio de chamba, por lo que el primer prospecto ha quedado absolutamente descartado. Me encanta el taller de narrativa y Edson tiene razón en el tema de tomar riesgos pero éste es un suicidio laboral que parece totalmente kamikaze. Hay que pensar en alguien más. ¿Quién será? ¿Quién? Salí de clase, me dirigí a casa y en el camino enfrenté el reto de pensar en una nueva víctima: consideré al vigilante de los departamentos de al lado, a la señora de los tamales, al poli y a la muchacha de la limpieza del club, pero ¿cómo les digo? No lo sé, mañana será otro día y una idea vendrá.

Anciana indonesia. Foto: Walter Keller.


Al día siguiente, la actividad en el trabajo estaba a todo vapor; terminé una junta y salí de la sala de reuniones pensando en los acuerdos tomados. Estaba totalmente imbuido en mis pensamientos cuando sonó mi teléfono; brinqué de la impresión: del otro lado de la línea estaba Angélica, la esposa de mi amigo Miguel. Me invitaba a celebrar el cumpleaños de él en la casa de ambos. Acepté, es un buen amigo, lo aprecio y aunque tenemos años de conocernos, más o menos quince, es en los últimos dos en los que la relación se ha estrechado. Angélica me comentó que casi todos los invitados a la reunión eran familiares de Miguel. Le dije: “Perfecto, ahí nos vemos.” Después de colgar el teléfono, pensé en lo interesante que sería conocer a la familia de Miguel, sus papás, hermanos... Seguro será divertido. De repente, pareció como si un foco se encendiera sobre mi cabeza... ¡Una idea había aparecido! No conozco a su familia… ¡eso quiere decir que entre ellos podría estar mi víctima! El sábado siguiente, llegué por la tarde a la casa de Miguel y Angélica. Los saludé, le di un abrazo a él y le entregué su regalo: una botella de vino tinto argentino —espero que le haya gustado, en la fiesta no lo abrió y me quedé con las ganas de probarlo con él. Pero bueno, para eso son los regalos; de niño nunca me gustó que otros niños jugaran con mis juguetes en mis fiestas, así es que ahora me aguanto. Después de darle su regalo, de haber saludado a los presentes y en especial, de haber conocido a sus papás, le dije: —Oye güey, ¿te acuerdas del taller de narrativa que te dije que estoy tomando? Él respondió: —Sí. —Bueno, pues me dejaron tarea. —¿Quieres que te cuente mis problemas, güey? —¡Uy, qué genio! Lo que necesito es tu ayuda, tengo que hacer un ejercicio que se trata de tocarle la cara a alguien. Yo cierro los ojos, le toco el rostro a la persona y luego escribo la experiencia.

De inmediato replicó: —Ay, ¡ajá, güey! ¿No quieres que hagamos figuritas de barro juntos como en "Ghost"? —No, güey, no hablaba de ti, había pensado en tu mamá… Digo... Si quiere... Finalmente, él respondió: —Habrá que intentarlo. Dile, a ver qué opina. Siguiente reto: pedirle a la mamá de Miguel que accediera a hacer el ejercicio. “Doña Mica” le dicen todos, “Doña Mica” le diré yo. Salí de la cocina, donde había hablado con Miguel, y me dirigí a la sala a buscar a Doña Mica: ahí estaba, jugando con sus nietos sentada junto a Don Panchito, su esposo. Conforme me acercaba a Doña Mica, se incrementaban los latidos de mi corazón. “¡Carajo!, parece que voy a pedirle que se case conmigo. Hace tiempo que no tenía esta sensación”, pensé. Finalmente llegué, me detuve delante de ella y le dije: —Doña Mica, además de que ha sido un gustazo conocerla, necesito pedirle un favor… ¿puedo? De inmediato respondió: —Sí, cómo no joven, dígame. Ahí tenía a Doña Mica, mirándome fijamente y esperando escuchar el favor que le iba a pedir. Lo malo es que ella no era la única que me miraba con atención: Don Panchito hacía lo mismo y al menos cinco parientes más de los que estaban cerca esperaban también la petición. Comencé a hablar después de pasar saliva muuuuuy despacio. —Doña Mica, fíjese que estoy tomando un taller de narrativa y... Me interrumpió, preguntando: —¿De qué? —De narrativa, quiero aprender a escribir mejor—. Las sonrisas se dibujaron en las caras de los testigos cada vez más interesados en el evento. Continué: —Nuestro maestro quiere que tomemos riesgos y que experimentemos sensaciones poco comunes para después escribir sobre ellas. Lo que nos ha pedido esta vez es que le toquemos el rostro a alguien, que cerremos los ojos mientras lo


hacemos y que escribamos la experiencia ¿Me permitiría hacer el ejercicio con usted? Doña Mica se sonrojó como si le hubiera pedido permiso para tocar otra parte de su cuerpo. Don Panchito se echó a reír (afortunadamente), y varios de los que estaban escuchando se acercaron. Para este momento, el grupo de mirones era considerablemente mayor que al principio. Doña Mica buscó a Miguel entre la gente y cuando encontró su cara, vio que aprobaba mi petición moviendo la cabeza de arriba a abajo, pero eso sí, con una gran sonrisa dibujada también. Doña Mica consintió finalmente en que hiciéramos el ejercicio, respondiendo con algo de timidez: “¿Lo hacemos aquí?” Para este momento, todos nos miraban y yo me sentía como si fuera a exponerme sin ropa en público. He tenido que dar muchas presentaciones ante auditorios grandes, pero sin importar el tamaño, siempre lo he hecho con la ropa puesta. Hoy me sentía extraño, como expuesto. Le respondí a Doña Mica: “Sí. ¿Podemos empezar?” Una vez que me confirmó su aprobación, dirigí mi mano derecha a su cara sin cerrar los ojos para no errar la posición. Nuevamente mi corazón se aceleró conforme la mano se acercaba al rostro… de pronto, sin esperarlo, sentí toques en los dedos. ¡Carajo! ¡Le había dado toques en la cara a Doña Mica! Los que nos rodeaban rieron, ella se quejó, yo ofrecí disculpas e iniciamos de nuevo. Dedos. Nervios. Cara. Cuando logré hacer contacto y cerrar los ojos, me sentí protagonista del alunizaje del módulo del Apolo 11. "Éste es sólo un dedo para Doña Mica, pero un gran salto para este carnal". Fue extraña la sensación en la yema de los dedos. Los dirigí a la frente: la piel se siente suave, muy suave, pero curiosamente también es una superficie quebradiza. La frente tiene arrugas, quizá de reír, quizá de pensar; tal vez sean preocupaciones fuertes o

carcajadas estruendosas, pero ahí están, dejando registro. Deslicé la mano hacia la izquierda, la bajé ligeramente y sentí lo que comúnmente se llaman las "patas de gallo", igualmente profundas; “aquí hay tiempo y experiencia, muchas emociones”. Seguí bajando y me encontré con mejillas ligeramente colgadas, flácidas. Efectivamente el tiempo ha pasado. Las variaciones de peso también se han hecho presentes. Moví la mano por debajo de la barbilla y la pasé al otro lado de la cara para darme cuenta de la simetría, imperfectamente humana, presente. Abrí los ojos. Le dije a Doña Mica: —Gracias. Y me dijo casi reclamando: —¿Ya? Respondí: —Sí, mil gracias—. Su expresión de extrañeza me hizo seguir y pensar que quizá era "tocador precoz". Una vez que el trance terminó, dije: —Quizá haya sido extraño para usted, pero a mí me ha servido mucho. Los nervios que sentí se han tranquilizado. Después de una fuerte ansiedad me ha invadido una gran calma y he sentido una especie de conexión con usted. No se enoje, Don Panchito, es algo así como espiritual—. Todos rieron. —En verdad se lo agradezco, no pensé que usted fuera a aceptar y yo a atreverme. Después me preguntó: —¿Y qué vas a hacer con esto? —Escribirlo, es parte de mi tarea. —Bueno, me dejas verlo, pero por ahora vamos a comer, ¿les parece? No supe cómo agradecer esto, porque yo ya no sabía cómo romper la incomodidad del momento: todos los invitados a la fiesta habían visto ya como le hacía un facial místico a Doña Mica, quien por cierto ya no es mi víctima… es… no sé… alguien especial. Carlos Chalico (México, 1972). Es aprendiz de escritor, le gusta correr y en sus ratos libres atiende temas relacionados con la seguridad de la información. Puede ser contactado en: achalico@yahoo.com


artes visuales: URBE


Serie fotográfica de César Abril: “Marquesinas” Proyecto que hurga entre las ruinas de la avenida Insurgentes, la más importante de la ciudad de México, en el tramo correspondiente a la Colonia Roma. Marquesinas de tiendas y locales extintos, que permanecen aferradas a las fachadas de estos edificios, como en un manifiesto de la memoria. Paisaje urbano de residuos, escombros, ruinas.  Boceto.


Pr贸ximo n煤mero: mayo-junio de 2012.

La peluquería de Micoló no. 4. Revista electrónica  

Revista bimestral en línea de literatura, artes, viajes, reseñas, música. Hecha en México para el mundo entero. Sitio web: http://lapeluquer...

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